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Cristo en todas nuestras relaciones

Colosenses 3:18-25, 4:1

El evangelio reordena todas las esferas de la sociedad, desde la familia hasta el trabajo. Este texto tiene que ver más con Cristo que con tu matrimonio, más con Cristo que con la crianza, y más con Cristo que con las relaciones laborales. Es Cristo —no el esposo, ni el padre, ni el empleador— en todas nuestras relaciones.

Predicado18 de mayo de 2025
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Pueden buscar su Biblia, la carta de Pablo a los Colosenses, en el capítulo 3. Estaremos leyendo desde el versículo 18 para considerar desde aquí cómo se ve Cristo en todas nuestras relaciones. Es Colosenses, capítulo 3, a partir del versículo 18, para ver en esta porción de la Escritura cómo se ve Cristo en todas nuestras relaciones. Estaré leyendo desde el versículo 18 del capítulo 3 y llegaré hasta el versículo 1 del capítulo 4, pues es la misma unidad de pensamiento. Dice así la Sagrada Escritura, la palabra del Señor.

Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten. Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís. Mas el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere, porque no hay acepción de personas. Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos.

— Colosenses 3:18-25, 4:1

Pueden sentarse, mis hermanos. Quisiera con ustedes considerar en esta porción de la Escritura cómo se ve nuestro Señor Jesucristo en el amplio conjunto de nuestras relaciones.

El evangelio reordena todas las esferas

El tema central de la carta de Pablo a los Colosenses es cómo la palabra verdadera del evangelio crece y da fruto en nosotros. Y uno de los lugares donde ese crecimiento se hace evidente, palpable, tangible, es en nuestras relaciones. Este texto es un texto regularmente frecuentado en actividades de matrimonio o en actividades de crianza; quizás es un buen texto para hablar de las relaciones de empleado y empleador. Sin embargo, yo quisiera hoy evitar dos tendencias.

La primera tendencia es tomar este texto y desde aquí tratar de extrapolar lecciones morales o terapéuticas al respecto de las relaciones matrimoniales o de la crianza. La segunda tendencia que quisiera evitar es aislar las diferentes relaciones; quisiera mostrarlas en su conjunto. Yo mismo he expuesto este texto para hablar de diferentes relaciones, pero hoy quisiera mostrar el conjunto de nuestras relaciones y cómo se ven a la luz de la nueva revelación que tenemos en Cristo. Es Cristo en todas nuestras relaciones.

Este texto tiene que ver más con Cristo que con tu matrimonio. Este texto tiene que ver más con Cristo que con la crianza. Tiene que ver más con Cristo que con las relaciones de subordinación. Sin embargo, vengo a atender hoy uno de los casos no resueltos en este mundo. Uno de los problemas graves dentro de esta creación se llama insubordinación. Y las palabras son duras. Yo no ignoro que estoy predicando a personas que probablemente no estamos en la misma página, y cuando usted me vea predicando estas verdades espirituales, le parecerá locura. Permíteme molestarte durante un tiempo.

Creo que aquí hay potencial, no para que tu matrimonio mejore, no para que tu crianza mejore, no para que tu negocio o tu empleo mejore. Aquí hay potencial para que mejore la sociedad en su conjunto. Si realmente nos tomamos en serio que Cristo ha venido a reorganizar toda la creación, comenzamos a ver las relaciones en la creación desde una nueva óptica, desde una nueva perspectiva. Hoy veremos cómo el evangelio reordena todas las esferas de la sociedad, desde la familia hasta el trabajo. Es Cristo —no el esposo, no el padre, no el empleador— en todas nuestras relaciones.

Al mismo tiempo sé que predico contra un asunto complicado, pues una eficiente estrategia diabólica ha sido anular, desacreditar y cuestionar injustamente la autoridad en todas las esferas de la sociedad. Por dondequiera que usted avance y camine encontrará insubordinación, crítica, amargura, nada sirve. Una crítica despiadada a las relaciones padre-hijo, una crítica despiadada a las relaciones eclesiásticas, una crítica despiadada a todo el trabajo y a los empleadores. Yo creo que es la voluntad del Señor que todos vivamos en relaciones de sujeción, y que cuando vemos la perspectiva agradable del asunto, entonces la sociedad comienza a caminar mejor.

Sé que es difícil, pero no cuento con ustedes, tampoco cuento conmigo. Yo estoy persuadido de que todo aquello que el Señor nos ha mandado hacer, seremos ayudados por el Señor para que esa cosa sea hecha. Y usted puede pensar en este momento que no hay futuro para sus relaciones; yo quiero mostrar el poder del evangelio para reorganizar todas las cosas. Si realmente tú has sido pasado con el poder de Cristo de muerte a vida, yo creo que tus relaciones, para la gloria de Cristo, pueden comenzar a caminar mejor.

Perdónenme el largo preámbulo, quiero implicarles. Yo creo que en todas las relaciones a las cuales me estaré refiriendo, usted participa en alguna. Quizá hay algunos que me dicen: yo soy un hombre soltero, soy una muchacha soltera, yo no tengo un marido. Quizá tú tienes un padre, tienes una madre, tienes un empleador o tienes empleados. Las relaciones son el entramado de la sociedad. Y Cristo no ha venido a dejar nuestras relaciones donde estaban; Cristo ha venido a reorganizar para bien todas nuestras relaciones.

Cuando uno asume esta perspectiva, llega a ver que el evangelio es más que filosofía, que el evangelio es más que una idea suelta, que tiene implicaciones prácticas: tú trabajas de manera diferente, tú te aproximas al matrimonio de manera diferente, tú crías de manera diferente. Recuerda, uno de los problemas cardinales en el mundo en este momento es la insubordinación. Nadie quiere reconocer que haya autoridad. Sin embargo, un argumento fuerte en todo el Nuevo Testamento es que la autoridad ha sido colocada por Dios y que es algo bueno para nosotros.

Y yo espero, al final de esta exposición de la Escritura, persuadirte de que sin importar el tipo de relación que tú tengas, es mejor estar bajo autoridad y bajo sujeción. No por la persona, sino por Cristo. No es casualidad que las cartas del Nuevo Testamento terminan todas hablando de relaciones: padre, hijo, esposo, esposa, siervos, amos, ovejas, ancianos. Dios ha diseñado la creación de forma tal que todas las cosas están sujetas a Cristo a través de estructuras secundarias. Cristo es la cabeza de todas las cosas; todo principado, toda potestad, toda autoridad está sujeta a Cristo. Pero Cristo no opera en el vacío: Cristo opera en nosotros, en nuestra alma, a través de estructuras.

Cristo en el matrimonio

El versículo 18: «Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor». Y aquí comienza a generarse una roncha en el alma. ¡Ah, ahí vienen! Es el tema de siempre. Yo ni siquiera marido tengo, ¿a quién voy a estar sujeta? Ay, hermano, las estructuras del Señor han sido diseñadas de forma tal que usted participa o no participa, pero por lo menos usted la está viendo.

Y lo menos que debe tener aquella persona que en este momento no tiene un marido o una esposa es el buen testimonio de que esas relaciones funcionan bien según el diseño de Dios. Y te cases o no te cases, deberías afirmar la estructura de Dios en el matrimonio. Probablemente seas un hombre o una mujer divorciada; colapsó tu proyecto matrimonial. Yo quisiera mostrarte el diseño de Dios de forma tal que tú sigas abogando por la estructura de Dios en el matrimonio, y que entiendas que tu experiencia no es lo que va a conducir la creación.

Quizás tú no conociste a tu padre. Quizás has sido abandonado por tu madre y por tu padre. Yo quiero mostrarte de todos modos que hay esperanza en las estructuras de Dios, y que tu experiencia no es la estructura. El problema en estos momentos es que las estructuras colapsan y las personas quieren estandarizar el mundo en base a su experiencia. El diseño de Dios sigue funcionando aunque yo no haya tenido el privilegio de poder participar.

«Ay, no me hablen de mi empleador. De mi empleado. Gente difícil». Todas las relaciones de sujeción son relaciones difíciles, pero le hacen bien a nuestra alma. Y cuidando a la iglesia del abuso y de la desconsideración, yo quiero mostrarles que estamos sujetos en todas las áreas, que todos estamos sujetos, y que la sujeción cuesta, pero le hace bien al alma.

Comienza diciendo: casadas, estad sujetas a vuestros maridos. Y uno siente como que entra rápido a un tema difícil. ¿Qué? ¡Introdúcelo! Vamos a hablar un poco. Pásame la mano primero, no vayas directo al asunto. Wow, yo quisiera que me pusiera la empatía. Yo entiendo que ustedes están luchando con hombres que probablemente no son los hombres ideales, no son valerosos, no son admirables, que no tienen estructura alguna, que tú te agarras de eso y no sabes dónde va a terminar. Eso es lo que quisiéramos. Pero el texto te está mostrando el diseño.

«Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor». Suspende por un momento tu experiencia y te muestro el diseño. Muchacho soltero que estás aquí, suspende por un momento tu experiencia y te muestro el diseño. En el diseño de Dios, las mujeres casadas están sujetas a sus maridos como conviene en el Señor. En la creación hay un orden de subordinación establecido por Dios.

Mano, voy lento. Yo no quiero pasarme en mi ministerio en este púlpito tirando tiros al aire, con gente que ve cosas y dice «estoy de acuerdo» y en realidad está luchando con Dios. En esta creación hay un orden, de forma tal que en este orden hay principalía. Y esa principalía no significa que haya algunos que sean más valiosos que otros o más dignos que otros: son diferentes. La creación ha sido ordenada de forma tal que primero fue creado el varón —así mismo lo enseñó Pablo a Timoteo— y después fue creada la mujer. De forma tal que la mujer, en cuanto a principalía, ha sido por diseño subordinada al varón.

Porque Adán fue formado primero, después Eva.

— 1 Timoteo 2:13

En la creación hay un orden, de forma tal que el primogénito tiene una principalía. ¿Y para qué es esa principalía? Para que te sirvan, porque la Escritura dice al mismo tiempo que el que quiere ser el primero, que se haga siervo de todos. El Señor ha puesto esta principalía de forma tal que el varón fue creado primero y después la mujer, porque el varón fue creado para servir a su mujer. ¿Y por qué el primogénito? Porque tiene una carga de representar esa familia, de continuar el proyecto familiar. Son cosas que a la gente no le hacen sentido, pero tienen sentido para Dios.

Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso. «No me gusta, no estoy de acuerdo». Por lo menos, hermano, déjame molestarte un poco. A veces uno tiene que dejar la espada clavada en el alma para que uno siga reflexionando, buscando el rostro del Señor, y pueda llegar a la verdad. Yo no espero que tú llegues de un momento al otro, de manera dramática, a estar en la misma página, no conmigo, sino con la voluntad de Dios. Pero yo quiero mostrarte que el varón fue creado primero y después la mujer.

De forma que aun los muchachos solteros deberían aproximarse al sexo opuesto con una actitud de servicio, con una actitud de dignidad. Y dondequiera que haya un varón, debería sentirse que él está aquí para cuidar de las chicas, para cuidar de ellas. Y eso se aprende desde niño. «No, que yo lo que tengo son hijas y yo les he mostrado que es igual varón y hembra». No. El varón fue creado primero para que te sirva, de forma tal que, en vez de prejuiciar a las más pequeñas, tú deberías enseñarles esto desde temprano.

Un varón aprende eventualmente a desarrollar la estructura de forma tal que una mujer quiera agradablemente sujetarse a él. Queremos resolver la cosa en la capa 8, pero venimos arrastrando el problema desde atrás. ¿Le hemos enseñado a los jovencitos de doce, trece años que ellos deberían cultivar estructura, que deberían ser disciplinados, que deberían ser admirables? No estoy hablando de un interés sexual, no estoy hablando de un interés romántico. Estoy hablando de que cuando un muchacho llega y se aproxima a la esfera pública, a la vida pública, él debería sentir que los ojos han sido puestos en él. ¡Hey, llegó un varón!

Llegó el que va a luchar, llegó el que va a cuidar, llegó el que va a proveer, el que va a proteger a su pueblo. Yo me gozo en ver a los muchachitos jóvenes que quieren involucrarse, que quieren ayudar, y yo digo: claro, mi amor, dale. Estoy practicando desde temprano, hermano. Yo salgo de mi casa y le digo: «Andrés, te las encargo. Cuídame a mamá, cuídame a Jules». Pongo un poco la chanza para mostrarles que uno va modelando esto desde temprano.

Si un muchacho no ha sido inculcado, no ha sido modelado, no ha sido instruido al respecto de que tiene que desarrollar integridad, estructura y valor, de forma tal que eventualmente una joven se sujete a él de buena gana, vamos a estar siempre luchando en el matrimonio y eventualmente vamos a estar luchando en la crianza. La lucha que estamos teniendo en la crianza es una lucha que viene de antes: primero pasó por el matrimonio, y antes del matrimonio comenzó en tu casa. Si a ti no te mostraron que realmente tú deberías cuidar de alguien, si no te mostraron que deberías proteger, si no te mostraron que debías proveer, ¿cómo alguien se va a sujetar a ti y cómo eventualmente ustedes dos van a criar a sus hijos?

¿Entienden, hermanos, que es un asunto de diseño? La creación tiene este orden de distinción. Y aunque en la creación la relación hombre-mujer tiene un orden de distinción, en el matrimonio el asunto es más complejo aún, porque ya no es un orden de distinción, es un orden de sujeción. No podríamos decirle a las muchachas solteras que deberían sujetarse a los muchachos varones, pero sí podemos decirle a las mujeres casadas que se sujeten a sus propios maridos.

Y hay un orden de dignidad en la creación de forma tal que una mujer soltera ve a un varón y, en vez de cuidarse de él, en el diseño de Dios se siente descansada. Uno debería sentirse descansado en la autoridad. Me uno un poco, hermano, a la chachara del mundo, y eso es lo que todo el mundo dice: sí, es verdad, pero llega un militar de noche y tú no te sientes protegido. Pero deberías sentirte. Deberías sentirte seguro.

Hay un grupo de muchachas solas en un sitio y llega un varón, y ellas deberían sentirse un poco descansadas: llegó un varón. Y ellas mismas deberían pedir que haya varones. Hermanos, tuvimos una actividad preciosa —solamente he visto la foto y he escuchado los testimonios de ayer—. Lo único que quizás nos faltó es que nos pidan directamente a los varones que estemos ahí. ¿Qué nos faltó en la actividad? Que a los varones de esta iglesia las hermanas nos digan: hey, necesitamos que estén ahí en la puerta, necesitamos que estén en el parqueo, vengan a cuidarnos, vengan a protegernos, queremos sentirnos descansadas de que ustedes estén aquí.

¿Entienden el pensamiento, hermanos? Perdónenme, no es que estoy criticando nada; lo que estoy mostrando es la necesidad de que afirmemos el diseño de Dios en todas las esferas de la sociedad, porque si no lo entendemos en el nivel más básico, tampoco lo vamos a sentir en el nivel más alto. Si estamos teniendo problemas para criar es porque estamos teniendo problemas para sujetarnos. Y si estamos teniendo problemas para sujetarnos, es un asunto de diseño, es un asunto ontológico. Viene desde atrás.

Primero tú aprendes que esto es algo agradable, que es algo valioso, que es un regalo del Señor. Llega un varón y debe haber una fiesta: ahí hay un líder potencial, ahí hay uno que puede cuidar de nosotros, ahí hay uno que puede proveer para nosotros. Si comenzamos a decir que todo es igual, eventualmente tampoco va a haber sujeción y eventualmente tampoco va a haber crianza. Tener principalía y orden no te hace perder dignidad.

En la Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen la misma deidad, la misma dignidad, pero el Hijo voluntariamente se sujetó al Padre. Ustedes me dirán: ¿Cristo estaba como maltrecho cuando estaba sujeto? No: «aquí estoy, el Padre me mandó». Una sujeción agradable, de forma tal que hay un orden ontológico aun en la creación. En el cuerpo, los miembros están sujetos de forma tal que usted puede reconocer que una cosa es la cabeza —la cuida especialmente— y otra cosa son los brazos. ¿Y qué es más importante, los brazos o la cabeza? Todo importa. Pero hay un orden.

Maridos, no seáis ásperos

Así como la tentación de la mujer es a insubordinarse, la tentación del hombre es a imponerse. Por lo cual dice el versículo 19: «Amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas». Hermanas, lo que dice arriba es «como conviene en el Señor». No es de acuerdo a mi experiencia, no es de acuerdo a lo que yo conocí en mi casa, no es que en mi pueblo somos así: como conviene en el Señor. Entiendan que es diseño de Dios, no de los hombres. No es una conveniencia social, no es una experiencia particular.

Concedo, quizá tú no has tenido la mejor experiencia, pero tú no eres el estándar de la creación. Concedo que probablemente tu marido no es un hombre admirable para ti, pero ustedes dos no son el estándar. El problema de los seres humanos es que vemos el mundo de acuerdo a nuestra expectativa: si yo tuve buenos padres, entonces yo entiendo que la paternidad es un asunto agradable. Ay, aunque tu padre y tu madre te dejaran, con todo Jehová te recogerá.

Y si tú no has tenido buenos ejemplos, toma el estándar. Hay dos maneras en que se aprende: se aprende por instrucción y se aprende por modelaje. Probablemente no has tenido los mejores modelos, pero tienes la instrucción. Qué interesante que cuando el Señor quiso ordenar el mundo, no solamente nos dio creyentes, sino que también nos dio su palabra, de forma tal que cuando los hombres se van en desbandada a la izquierda o a la derecha, su palabra permanece fiel. Aquí está la fórmula.

La tentación en una mujer, la tentación en un hijo, la tentación en un siervo es a insubordinarse. ¿Y cuál es la tentación en el varón? Imponerse. Escucha: el Señor no te está diciendo «ella se va a sujetar a ti, tú tienes que sujetarla». No, no, no. No le dicen al hombre «sujeten a sus mujeres». ¿Entienden la gracia que esto tiene? No le están diciendo: ¡hey, amárrenla, sujétenla! No: con toda la gracia le dicen a la mujer «sujétense a sus maridos», de forma tal que la prerrogativa está en el corazón de una mujer que se sujeta de manera agradable.

Podrías insubordinarte, pero la Escritura te dice: prefiere sujetarte. Qué hermoso que no te lo muestran como si tú fueras un objeto, como si fueras un bien inmueble, como si fueras una persona sin criterio, sino que te dicen: tú probablemente eres una mujer con más capacidad que él, probablemente tienes en este momento más desarrollo que él, pero la recomendación que te hace la Escritura es que utilices tu inteligencia, que utilices tu capacidad para, con toda tu gracia, sujetarte a él. Interesante: no es «maridos, sujeten a sus mujeres», sino «casadas, por amor a Cristo, como conviene en el Señor, sujétense a sus maridos». Qué agradable la Escritura, hermano.

«Hombre, aquí hay un problema, esas mujeres están sueltas». No es eso. Mujeres piadosas, ustedes que aman a Cristo y que han nacido de nuevo —porque el único que puede vivir a la luz de ese estándar es una persona que tiene un nuevo entendimiento—, háganlo por amor a Cristo. ¿Y cuál es la tentación del varón? La imposición y ser ásperos. La manera en que se traduce es «no seáis ásperos», no sean duros. Algunas traducciones lo ponen: no sean amargos con ellas.

O sea que esa caricatura que te han vendido de que ser masculino, de que ser un hombre, es ser un personaje aburrido, el que está aquí para atrasar, para imponer, no es eso. Porque Cristo es mi Señor, y yo le miro hacia arriba, y él conmigo no es un aburrido, él conmigo no es amargado, él no es imponente. Y yo tengo que sujetarme a él, y frecuentemente ando suelto.

Marido, aguánteme aquí, porque los hombres creyentes toman estos textos y dicen: «no, dice la Biblia que la mujer debe sujetarse». Y tú debes sujetarte a Cristo, y hace rato que estás suelto. ¿Me siguen en el pensamiento? O sea, no es para tomar esto ahora y andar diciendo: «no, que dice Colosenses, el pastor lo leyó». Y el pastor que lo leyó también te dice que yo estoy luchando en los dos sentidos: estoy luchando hacia arriba y estoy luchando hacia abajo.

Hermano querido, que la palabra lo diga no significa que uno quiera dominar o manipular a los nuestros con los versículos. Míralo aquí, hay hombres que lo subrayan. El problema de sujeción que hay en tu casa habla más de tu relación con Dios que de la relación o la actitud de tu esposa hacia ti. Y normalmente, cuando un hombre está sujeto a Cristo, una mujer se sujeta a él de manera agradable. Pero si tú mismo andas suelto, si tú mismo andas sin estructura, si tú mismo no tienes una cabeza, entonces cabeza tiene ella. Recuerda: la creación tiene un orden de arriba hacia abajo.

No sean ásperos, no sean amargos. ¿Cuál es la manera de convertirnos en hombres amargos, hombres ásperos, hombres duros? Y así como toda mujer reconoce que ha tenido rasgos de insubordinación o completa insubordinación, yo creo que todo hombre reconoce que ha intentado utilizar su fuerza, ha intentado utilizar su posición, su rol, su designación de parte de Dios, para imponerse. La voluntad del Señor es que no te impongas. «¿Y por qué lo hago? Porque no se sujeta». Lo mismo que ha hecho Cristo contigo: esperarte pacientemente. Cristo no ha cambiado su palabra para que nosotros nos sujetemos; a lo bueno le sigue llamando bueno y a lo malo le sigue llamando malo, pero él te espera. Con paciencia.

¿Qué es esto de que no sean ásperos con ellas? Es no intentar que te sigan por posición, sin un liderazgo de servicio. Tú estás sirviendo esa casa, tú le estás sirviendo, ella se siente llamada por ti, se siente protegida, se siente bien representada. En el caso de los que no han sido representados, se sienten en un lugar de dignidad. Cualquiera manifiesta sujeción cuando siente que hacia arriba hay cuidado. En todas las relaciones: las relaciones matrimoniales, las relaciones de crianza, las relaciones laborales. Todo el que ha tenido un buen jefe se sujeta voluntariamente.

Todavía yo recuerdo con cariño a los supervisores agradables que he tenido, gente que yo sentí que nos estaba cuidando, gente que yo sentía que defendía nuestros intereses. Un hermano, Fernando, esposo de mi hermana Milagro, yo todavía le recuerdo con cariño. Vino un día pasado a la iglesia, y cuando le vi me generó esa grata impresión. Le decíamos «el super boss». Y uno decía: yo soy del equipo de él, soy del equipo de Domingo. ¿Y por qué? Porque él cuidaba de nosotros, defendía nuestros intereses. A todos él no los trajo, él no los contrató, ¿entienden esta diferencia?

Yo recuerdo la primera vez que llegué a esa empresa y le vi. ¡Wow! Este hombre genera una admiración. Y por dondequiera que él iba —era un call center de diferentes pisos, trabajábamos en tecnología—, dondequiera que él iba la gente le saludaba con agrado. Y yo decía: ¡wow!, tiene como un carisma, tiene algo en él. ¡Ay, qué bien se siente tener un jefe así! ¡Qué bien se siente tener un buen padre! ¡Qué bien se siente tener un esposo admirable! Volvámonos admirables para que el diseño de Dios funcione y avance el evangelio en medio de nosotros.

Porque el desespero está en que queremos que estas cosas avancen a la fuerza. No, no. Volvámonos —quienes estamos en posiciones de autoridad— aún más admirables, de forma tal que nos quieran seguir de buena gana; y no solamente por amor a los nuestros, sino por amor a la sociedad. Dondequiera que hay un hombre que es admirable en su liderazgo, hay un muchacho que también quiere una esposa. La gente te está mirando. «No, que eso solamente es lo doméstico». No, es en la esfera pública. Dondequiera que haya un hombre admirado por su esposa, hay otra muchacha que dice: yo quisiera que el Señor me dé un esposo. Y probablemente las personas que han postergado el proyecto familiar lo han postergado porque no han tenido buenos referentes, buenos modelos, buenos ejemplos.

Intentar exhibir públicamente tu dominio autoritario: ella tiene dignidad, ella tiene carácter, tiene habilidades. ¿Con qué ganas tú? ¿Estás avergonzando a tus hijos? ¿Estás avergonzando a tu esposa en la esfera pública? De hecho, todos soportamos cosas, como las soporta Cristo hacia mí. Y un hombre me dirá: «no, eso que usted me ha dicho, eso es insoportable». Insoportable es lo que le haces tú consistentemente a Cristo. Y él no te destruye. Y el que es más fuerte, más poderoso que tú, no es áspero; porque si Cristo fuera áspero con nosotros, hay problema.

Hay una traducción que traduce ese versículo así mismo: «y no les amarguen la vida». Una manera de amargarle la vida a una mujer que probablemente creyó que iba a tener contigo un proyecto familiar es no crecer como cabeza: frustrarla, atrofiarla, limitar su crecimiento, pues tú eres su techo. Y es frustrante un varón que no quiere crecer, un varón que no quiere estructura, un varón que no se vuelve admirable.

Y esto va creciendo de año en año. La admiración es un atributo que crece de año en año; de día en día no crece. A lo largo del tiempo tu esposa te debe ver y decir: él es admirable. Es constante. Es confiable. «Ay, pastor, yo lo hubiese intentado, pero tengo serias dudas, porque es que cambia mucho: hoy dice que sí, mañana que no; hoy está, mañana no está. Siempre está mirando la puerta. ¿Podemos creer en un proyecto familiar que él va a encabezar?». Hermano, volvámonos admirables. Recuerden que la tentación de estos textos es tomar solamente una parte o dejar de ver a Cristo.

Hijos, obedeced a vuestros padres

No voy a hablar solamente del matrimonio; hablemos un poco de la crianza. Dice: «Hijos, obedeced a vuestros padres en todo». Ay, ay, ay, en todo. Y aquí viene el gran asterisco: «pero es que mis padres no son admirables, mis padres no son buenos, mis padres no son cristianos». Uy, qué duro es, hermano.

¿Saben qué es interesante? Que las relaciones de nuestra vida son parte dura de la providencia. Nosotros no elegimos nuestros padres; el Señor nos colocó ahí. Y dice a los hijos: obedeced. Interesante, «obedeced». Si a la mujer se le decía sujetarse, como si estuviera al lado y voluntariamente se agarra, a los hijos les dicen: obedezcan. A las casadas les dicen sujétense; ahora a los hijos les dicen obedezcan. Interesante: cuando una mujer está al lado de un hombre, voluntariamente se agarra; pero al hijo no le dicen «agárrense, sujétense a sus padres», sino «obedezcan a sus padres». La palabra es más fuerte. Y la dirección es «obedeced en todo». Ahí está: en todo.

Interesante. En el original, aquí «padres», en el versículo 20, se refiere a ambos, a papá y a mamá. Es interesante, porque en griego hay una palabra para cada cosa: hay una para el plural de padres, donde están papá y mamá, y hay otra para los padres varones. En el 20 está hablando de que los hijos deben sujetarse a papá y a mamá, de forma tal que aquí hay un liderazgo que es compartido. En el proyecto de crianza los dos estamos criando. Es evidente que hay una cadena de autoridad: Cristo, maridos, padres, hijos. Y eso es lo ideal —no, no es ideal, frecuentemente falla—, pero debemos apelar al diseño.

Modelando a Cristo como padres

Sin embargo, en el 21 Pablo cambia el término. También es «padres», pero aquí se refiere a los padres varones. «Padres» —y aquí en el original, en el español no se percibe, pero en el original primero utilizó el genérico de papá y mamá y ahora está hablándoles a los varones—, o sea, a los padres varones: «Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten». De forma tal que podemos compartir el liderazgo en la crianza, pero hay una voz principal.

Figuradamente hablando, tu marido, tu esposo, tiene una responsabilidad en la crianza de sus hijos. De forma tal que los varones no podemos desatendernos y decir «no, eso es lo doméstico, que los críen ellas». No: los hijos los criamos nosotros. Y así como nosotros tenemos una visión para esta familia, tenemos una voz importante en la crianza de esos muchachos. Importante no: es la voz. Tu esposa es el primer violín de tu orquesta, pero eres tú quien está dirigiendo la orquesta.

Y en cuanto a la disciplina de los hijos, los varones tenemos una voz importante, de forma tal que nos dicen aquí: hey, háganlo, pero no los exasperen, para que no se desalienten. Ahí es que está el problema: esta es una sociedad llena de desaliento. Muchachos que no quieren familia, que se están casando tarde, que no se casan. Muchachos que prefieren la promiscuidad sexual antes que el amor comprometido. ¿Por qué? Porque no han tenido buenos ejemplos. El sexo casual no compromete. ¿Y por qué no quieren lo otro? Porque no han tenido buenos ejemplos.

Es triste, pero muchos de ustedes se casaron para salir de esas estructuras opresivas, de hombres que exasperaban a sus mujeres y a sus hijos. Y para muchos de ustedes, no se casaron porque el proyecto fuera viable; se casaron porque estaban huyendo del fracaso del proyecto de origen. Y ahora estás repitiendo la misma historia. La realidad es que son muchos los muchachos que se casan para que los dejen en paz.

Esa es la canción de Aladino. La princesa con Aladino en la alfombra: «un mundo nuevo, un nuevo y fantástico punto de vista, sin que nadie nos diga que no o nos diga que sí, para hacer todo lo que nosotros queremos hacer». Para eso tú te casaste. Para pasar la página. Y ahora te das cuenta de que Aladino no es tan bueno como tú pensabas, que la alfombra no es la alfombra sino un carrito, que estamos luchando para llegar a fin de mes, que hay que fregar mucho, limpiar mucho. Y ahora sujétate a un hombre que probablemente es peor que tu papá, pero por lo menos no es tu papá.

Esa es la experiencia de la vida. La gente dice: «no, que yo me casé para salir de mi lío y ahora tengo un problema más grande. Ahora mi casa me parece un lugar más agradable». Hay que ser fiel. Ahí dice así mismo: háganlo, no exasperéis a vuestros hijos para que no se desalienten. Necesitamos alentar a la sociedad. Necesitamos que los muchachos quieran. Necesitamos que quieran sujetarse las muchachas. Queremos que las esposas hablen bien del matrimonio, que digan: mira, es verdad, no ha sido sin dificultad, pero el Señor nos ha ayudado. Que haya aliento y no desaliento.

La exhortación en todo esto siempre vuelve a Cristo. Hermanos, hago aquí preguntas. Les pregunto a mis hermanas: ¿de qué manera el liderazgo de tu esposo, o la ausencia del mismo, podría ayudarte a interiorizar el evangelio y el liderazgo de Cristo? Les hablo a los muchachos: ¿cómo podría el ejemplo del matrimonio de tus padres, o su ausencia, estar afectando tu entendimiento de la autoridad de Cristo? Y a los esposos: ¿cómo podría la falta de sujeción de tu esposa estar hablando de tu propia relación con Cristo? Todo se trata del evangelio.

Recuerden: «hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor». Siempre vuelve: porque agrada al Señor, porque agrada al Señor. ¿Cómo exasperamos a los muchachos? Son padres que están ausentes, que abandonan el proyecto familiar, que se anulan, especialmente cuando hay crisis. Cuando las cosas se ponen agrias, tú estás transmitiendo aliento. No hay solamente dinero, hay aliento. Cuando hay dolor, cuando hay enfermedad, cuando hay crisis, eres tú el primero que está en la puerta, tú les dices: aquí estamos.

Lo más importante que un varón debe transmitir en su casa, si está casado, es que este proyecto va a caminar. Nosotros vamos a envejecer juntos. Yo te voy a buscar la vuelta, las veces que hagan falta. Recuerden, hermanos, que yo no soy nuevo en esto, tengo ya unos cuantos años, de forma tal que lo menos que quiero es utilizar mi ejemplo o traer indiscreción. Si he hablado, he hablado con caro respeto, y cada vez le digo a ella: mi amor, yo voy a hablar de esto y quiero ser muy transparente.

Hermano, si yo he permanecido casado ha sido por la misericordia del Señor, lo primero. Y después he asumido como mi proyecto reenamorarme consistentemente varias veces al año de la misma mujer. Y cuando la cosa se complica, estamos aquí. ¿Están contentos? No, no estamos contentos. Pero yo no voy a estar mirando la puerta.

¿Cuánto desaliento trae un hombre que siempre está diciendo «no, que me voy»? Ay, hermano, hasta aquí el Señor me ha ayudado. Son muchas las veces que hemos dormido… ah, «no se ponga el sol sobre vuestro enojo». ¿Entiendes? Dice la Escritura que no se ponga el sol sobre vuestro enojo; bueno, que salga pronto, ni le des lugar al diablo en el asunto. ¿Me siguen este pensamiento? No es ideal el asunto, pero la constancia importa.

A los hijos se les dice lo mismo: no, ella es mi esposa, yo me envejecí con ella, y ella está conmigo desde antes que llegaras tú. No, que ahora se trata de ellos solamente. No, no, no. Que oren ustedes, que el Señor les dé lo suyo. Pero nuestro testimonio en lo doméstico es un estímulo para que los muchachos quieran. «No, papi y mami no eran ideales, pero permanecieron juntos, y papi traía aliento a la casa». Sí, claro, hazlo.

Otros abusan de su posición para estar ordenando asuntos egoístas. Hey, tus hijos sienten que tú les estás sirviendo, que tú estás luchando por ellos. Los muchachos están mirando un ejemplo de liderazgo de servicio. Hay papás de los que lo único que se recuerda es que hay que buscarles el agua y la chancleta. Esa es tu masculinidad: agua y chancleta. Yo entiendo, hermano, eso es bonito —«mira, me quitó los zapatos, me los guardó, gracias»—, pero, hey, ellos están sintiendo que realmente tú estás cuidándoles, que estás protegiéndoles, que estás representándoles, que estamos aquí para ellos. Que no se desalienten.

Otros son excesivamente críticos, perfeccionistas, hasta haciendo comparaciones imprudentes: «mira a fulano, mira al otro». Deja de comparar a tus hijos, que son lo tuyo, lo que el Señor te dio. No seas necio, no seas necia, no prepares el cuchillo para tu propia garganta, porque esos son lo tuyo, lo que el Señor te dio, como te los dio.

Hey, gran parte de la teología de nuestros hijos respecto de Dios como Padre comienza con el ejemplo que les estamos dando. De forma tal que un hombre en su casa está dando la clase bíblica número uno. La clase bíblica número uno es que este es un padre y Dios es tu Padre. Y parte de lo que estamos haciendo es preparar el cerebro de los muchachos para que entiendan que Dios es un padre, de forma tal que mientras mejor nosotros encarnemos el rol de Cristo, el rol de Dios como Padre, más preparados estarán nuestros hijos para entender que Dios es bueno. Porque hay cantidad de gente a la que le dices «Dios es tu Padre» y dice: yo no quiero a Dios como padre.

No me lo invento. Fue un libro que leí hace mucho tiempo, de una persona que me parece que en este momento ni siquiera está en los caminos del Señor. Se llama Donald Miller, y el libro es Tal como el jazz. Dice él: mi papá se fue de la casa cuando yo era pequeño; por eso, cuando me introdujeron el concepto de Dios como Padre, le imaginé como un hombre taciturno y grasiento que quería venirse a vivir a nuestra casa y meterse en la cama de mi mamá. Ahora solo recuerdo que esta era una idea espantosa y terrible.

Cuando les digamos a los muchachos que Dios es tu Padre, tú vas a ser un buen ejemplo. Realmente van a sentir que tú les amas de manera constante, de manera sacrificial, que tú pones el interés de ellos por encima del interés tuyo. «No, yo que soy su papá». Espérate, espérate, eso no es. A medida que crezcan van a ir poniendo un asterisco más fuerte. Hay dos maneras de aprender: tú aprendes por ejemplo, por modelaje, o tú aprendes por instrucción. Muchos van a aprender lo que es un padre por instrucción, pero queremos que tengan las dos cosas, que ellos puedan decir: realmente yo aprendí lo que es un padre a través de mi papá, y también lo entendí en la Escritura.

Alguien dirá: ay, entonces, ¿qué hago?, ¿me rasgo la vestidura? No, hermano, mira: las familias tienen algo, y es que cada vez que hay un nuevo proyecto familiar, hay un nuevo comienzo. Y si tú no tuviste un buen ejemplo, un buen testimonio, sé tú el primero entre los tuyos. El primero en tu nombre. Mi papá me abandonó, yo no quiero abandonar. Mi papá era el hombre taciturno y grasiento. Dice Donald Miller que las tres veces que él vio a su papá, lo único que recuerda es que su papá olía a alcohol: olía alcohol en las manos, olía alcohol en el cuello, olía alcohol. Eso es lo que él recuerda. ¿Qué van a recordar ellos cuando piensen en nosotros?

Cristo en las relaciones laborales

He estado hablando de las relaciones en el matrimonio, de las relaciones en la crianza, y sobre todo he estado hablando de Cristo. Hablemos ahora de las relaciones laborales. Dice ahora el versículo 22. Hermano, esto es completo: es como todas las relaciones posibles —no todas, pero una gran cantidad de ellas— para mostrar cómo Cristo informa las relaciones.

Está denso, hermano, el asunto. Tómate el tiempo. Mi meta no es persuadirte; mi meta es dejarte la pregunta de forma tal que tú sigas buscando el rostro del Señor. Pero el tipo de padre o de mamá que tú tuviste está informando tu relación con Dios. El tipo de crianza que tuviste en tu casa, lo doméstico, está informando tu matrimonio.

Hablo ahora de las relaciones laborales. Dice el 22: «Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios». Una exhortación a los siervos y después una exhortación a los amos. Interesante que Dios tiene una perspectiva positiva de las relaciones laborales en subordinación. A mí me enseñaron eso hace mucho en administración de empresas: que uno de los principios que demuestra que hay una relación laboral es la subordinación.

Tú debes entender que tienes un jefe. Y yo quiero persuadirte hoy de algo que parece que no encaja en un mundo de emprendedores: yo quiero persuadirte de que tener un jefe es mejor que no tenerlo. Escucha mi argumento, hermano: tener un jefe es mejor que ser tu propio jefe. ¡Qué fuerte! En este mundo donde nadie quiere estructura, en este mundo donde todo el mundo quiere ser su propio jefe, yo te quiero mostrar que tu empleador no solamente te está ayudando en lo financiero, sino que también está formando tu alma y tu carácter. Cada uno atienda como le toca, porque quizá tú eres empleado o tú eres empleador.

Dice así la Escritura: «obedeced en todo a vuestros amos terrenales». Interesante, lo puso ahí: amos terrenales. Gente imperfecta, gente que se parece a ti, gente que no son los más grandes, sino tus amos terrenales. ¿Por qué? Por regla general, tener un empleador, un supervisor y un horario le hace más bien a tu carácter que ser un freelance. Por regla general. Por regla general, a una persona que está en una relación de subordinación como empleado le va mejor a su alma que a una persona que anda solamente por su cuenta.

Y lo que dicen mis ojos pastorales es que las personas que han tenido un empleador durante veinte años tienen más estabilidad que las personas que han estado sueltas durante veinte años. Que el que ha tenido que levantarse todos los días para cumplir un horario de trabajo bajo la supervisión de alguien, su alma tiene un poco más de estructura que la del que dice «yo trabajo por mi cuenta, trabajo si quiero, trabajo si no quiero». No solamente trabajamos por dinero, también trabajamos por carácter. Y esa relación de autoridad obediente, en subordinación, podría resonar en tu relación con Cristo.

Bueno, yo tengo unas tesis que parecen quizá extrañas, pero te quiero mostrar lo que dicen mis ojos pastorales: que las personas que tienen un empleo estable —y hablo con todo el cuidado del mundo, pero también quiero tener toda la claridad del mundo— son más pastoreables que las personas que no tienen una relación laboral estable. Y que una persona que ha podido retener un empleo, un trabajo, una relación de subordinación, regularmente tiene más madurez que una persona que no retiene un trabajo.

«Pastor, ¿qué hacemos? ¿Actualizamos el currículo?». No es eso, es la actitud. Lo que te quiero mostrar es que seas agradecido con tu Padre celestial, que te ha colocado en esta tierra en relaciones de subordinación donde tú no solamente te vas a hacer rico, sino que también te vas a hacer maduro. Una buena señal para contratar a una persona es si terminó su pénsum a tiempo. ¿Y por qué? Porque significa que pudo tener relaciones de subordinación consistentes con diferentes profesores, entregar resultados y no retrasarse.

Pero una persona que ha tenido caos en su carrera profesional —caos es «que el profesor no me publicó, que me quemó, que no tuve la nota»— normalmente también va a tener caos en sus relaciones laborales y también caos en sus relaciones familiares. Y se lo dice el que entró a la universidad a los dieciséis y la terminó a los veintisiete. ¿Me siguen el pensamiento? Normalmente, lo que hace ese muchacho que no termina la carrera es insubordinación: «no, que el profesor me miró mal». Señores, cada vez que tú cambias de materia estás cambiando de profesor, y cada profesor tiene un estilo, cada profesor tiene un librito, cada profesor tiene un sistema. Una persona que puede cambiar de sistema es una persona que acepta la subordinación.

«No, que ese profesor no explica bien; no, que ese profesor tiene esto». Tú vas a encontrarle un pero a cada profesor, pero hay que generar resultados. Y si una persona puede generar resultados bajo diferentes supervisiones temporales, yo creo que también puede comprometerse en una relación laboral; de forma tal que para mí es importante. No digo, hermano, que tenga un prejuicio —yo contrato en todos los sentidos—, pero si una persona me dice que terminó su carrera a tiempo, normalmente es un indicador importante de que realmente puede permanecer en una relación laboral de subordinación.

«Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales». Este es un mundo donde el mercado laboral está anunciando cómo está el estado del alma de las personas. Yo bromeo y le digo a la gente que yo vengo de una familia donde, si yo decía que renuncié al trabajo, tenía que dar muchas explicaciones. ¿Que renunciaste al trabajo? Yo a veces siento, hermano, que a mí me iban a llevar de nuevo donde el empleador: «no, contrátelo». Y hoy vivimos en un tiempo en que una persona deja el trabajo así como así: «no, que me da agobio, me da ansiedad, yo no puedo permanecer sentado».

«Y yo sé más que él, y yo soy más sabio que él, y yo voy a ser mi propio jefe». A new world, a new fantastic point of view. Que nadie me moleste, que nadie me opine, que nadie me… En todos los sentidos de la vida. Pocas personas tienen un sincero deleite en estar bajo la autoridad de alguien. Ese es uno de los mensajes de marca más potentes de nuestra generación: sé tu propio jefe, insubordínate, rebélate, reclama autoridad sobre tu territorio, alcanza la libertad, domina tu tiempo.

De corazón, como para el Señor

Impresionante la forma en que se describen estos problemas, que son problemas contemporáneos. Dice que no trabajes simulando, al ojo, que es un problema contemporáneo. «No, que es un trabajo en el que a mí no me supervisan; él no viene por aquí frecuentemente, yo puedo hacer con mi tiempo lo que fuera, y yo soy genial». Está dañando tu alma. Hey, siervo, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres. «No, que a mí no me ven y me pagan como quiera». Y tu alma se está dañando y tu Dios te está mirando.

Lo que le estoy mostrando es que, así como las casadas tienen que entender que es por amor a Cristo, y los hijos tienen que entender que es por amor a Cristo, los empleados tienen que entender que no es por amor al empleador: es primero por amor a Cristo. Y que nuestro trabajo Dios lo ve. Ay, hermano, una teología correcta del trabajo nos muestra que el trabajo no solamente pasa por hacernos ricos, sino que es primeramente para glorificar al Señor con nuestro carácter y nuestros dones; y después, como una consecuencia natural de eso, esperable aunque no garantizada, podemos hacernos ricos.

En esos ocho a cinco, Dios te está mirando. ¿Cuántas cámaras hay que ponerte? ¿Cuántas veces te van a poner a ponchar? La gente está llena de trucos para lograr lo que hay que hacer, para agradar al ojo. ¿Te supervisan o no? Hermoso es un creyente que dice: no me tienen que supervisar. Si me supervisan, supervísenme, pero yo lo voy a hacer para el Señor.

Luego lo dice la Escritura: «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres». Ese versículo tiene que ver con las relaciones laborales. ¿Sabes que no es tu empleador? Es Cristo. Otro problema: trabajar sin interés, sin alma. ¿Han visto a alguien templado, como zombi, que lo que lleva es el cuerpo? Y sienten que hay que pagarle porque él llevó el cuerpo. «Ahora quieren que yo lo haga de corazón. Oigan, gente, esto es demasiado».

Dice que de corazón. De corazón. Ay, sí. Para el Señor. O sea que vamos a tener que hacer todo este resultado de corazón, vamos a tener que dar la clase esta de corazón, vamos a tener que pegar los botones de corazón. «No, yo lo hago, pero sin entusiasmo, mecánicamente». No, con gusto. Uff. «Tú sabes que a mí hace dos años que no me aumentan». Yo sé. Y lo mismo se quejan los hijos, y lo mismo se quejan las esposas, y lo mismo nos quejamos todo el mundo. Todo el mundo.

Un juego de palabras interesante ahora en el contexto. Dice que del Señor recibiréis la herencia. Déjenme hacerlo un poco más candente. Los traductores al español, como ya esas relaciones no existen, traducen «siervos» donde decía «esclavos». Pero las relaciones de las que aquí se está hablando son relaciones de esclavitud. Y le están diciendo a un esclavo… hey, la esclavitud en los tiempos bíblicos era una institución laboral, como lo es un empleo en nuestros días. No era la esclavitud escandalosa que llegó a degenerar después. Eran personas que estaban en relación de sujeción, de subordinación con otros, y no podían evitarlo. Y no tenían derechos, no tenían herencia. El esclavo no heredaba; el que heredaba era el hijo.

Pero el esclavo decía: yo estoy trabajando para este hombre, pero al final estoy trabajando para los hijos, que son unos vagos, que no trabajan. ¿Y qué motivación tengo yo de trabajar para este hombre si yo no voy a heredar? A veces sí había amos buenos que permitían que los esclavos heredaran, pero la mayoría no. Se entendía que tú eres esclavo y que tenías que trabajar. ¿Con qué motivación puede hacerlo de corazón un esclavo? Dice aquí: «sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís».

Hermano, lo que te estoy mostrando es que si un esclavo podía hacerlo de corazón, entendiendo que su recompensa venía del cielo, ¿tú no crees que puedes hacer tu ocho a cinco de manera mejor, con un poco más de entusiasmo? «No, que aquí no ven el trabajo que uno hace ni el esfuerzo». Tu Dios te está mirando. Y si tú estás esperando que vas a enriquecerte porque tu empleador te vea, perdiste la expectativa. Como pierde la expectativa un hijo si entiende que obedece porque su papá lo ve. Y como pierde la expectativa una esposa si entiende que está sujeta porque le es agradable. Cristo está mirando, y si Cristo está mirando, vale la pena hacerlo.

Amos, haced lo justo y lo recto

Casi siempre se llega solo hasta ahí, porque la división de capítulos y versículos es nueva; pero inicialmente esto era un solo rollo, y en el rollo, justo después, decía: «Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos». Ahora le habla al amo; si fuera hoy, al empleador. Ay, hermano: «no, que yo no tengo». Usted tiene a alguien que le ayude en el trabajo doméstico en su casa: usted es un empleador. ¿Usted tiene una microempresa? Empleador. ¿Un emprendimiento? Empleador.

¿Cuál es la exhortación? Hagan lo que es justo, lo primero, con sabiduría: tratarlos con dignidad, ser agradecidos, permitirles que crezcan, aceptarlos. Son del Señor, no son tuyos. Después, hagan lo que es recto: la legalidad, pagar su salario completo, pagarlo a tiempo, darles su descanso, respetar sus derechos. En las relaciones laborales, en los códigos laborales, la gente dice: «no, que esos códigos están siempre del lado del empleado». Es que esa es la parte vulnerable, como es la esposa la parte vulnerable de la relación matrimonial y como son los hijos la parte vulnerable del proyecto familiar. Entonces Cristo se pone del lado del vulnerable.

Y le dice: hey, ustedes que tienen un empleado, tienen cinco o tienen cientos, «haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos». El paradigma debería ser: si Cristo utilizara la relación que yo tengo con mis empleados para tratarme a mí, ¿cómo me trataría? Hey, si él me tratara a mí como trato yo a los muchachos en el trabajo, ¿qué esperaría yo de mi relación con él? O sea que cada vez que yo soy empático con ellos, estoy esperando la empatía de mi Amo que está en los cielos. Cada vez que soy justo con ellos, estoy esperando la justicia de Dios.

¿Cómo se ve aquí el evangelio?

He mostrado que el evangelio permea nuestra relación matrimonial, nuestra crianza y también nuestra relación laboral. ¿Cómo se ve el evangelio en este asunto? El evangelio es la buena noticia de que hemos sido salvados en Cristo de la rebelión, la rebeldía y la insubordinación. Nosotros nos habíamos liberado de la autoridad de Cristo, pero en el evangelio hemos sido colocados con Cristo en una relación correcta de autoridad. Esta relación no solo informa, sino que transforma todas nuestras demás relaciones humanas.

El evangelio no anuncia únicamente que Dios en Cristo ha resuelto el problema del pecado, sino también que está restaurando en Cristo las consecuencias del pecado en todas nuestras relaciones interpersonales, desde la familia hasta el trabajo. Oro por las esposas, oro por los hijos y oro por los siervos: que el Señor nos dé vía para glorificarle, y que la sociedad en su conjunto comience a trabajar para la gloria de Dios.

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