El evangelio reordena todas las esferas de la sociedad, desde la familia hasta el trabajo. Este texto tiene que ver más con Cristo que con tu matrimonio, más con Cristo que con la crianza, y más con Cristo que con las relaciones laborales. Es Cristo —no el esposo, ni el padre, ni el empleador— en todas nuestras relaciones.
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Quisiera con ustedes considerar en esta porción de la Escritura cómo se ve nuestro Señor Jesucristo en el amplio conjunto de nuestras relaciones. El tema central de la carta de Pablo a los Colosenses es cómo la palabra verdadera del evangelio crece y da fruto en nosotros. Yo quisiera mantener la atención de la iglesia en Cristo y su evangelio. Que cuando vayamos viendo este texto, más que pensar en maridos, más que pensar en esposas, más que pensar en hijos o en padres, o en siervos o en amos, pensemos en Cristo.
Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten. Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís. Mas el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere, porque no hay acepción de personas. Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos.
— Colosenses 3:18-25, 4:1
El evangelio reordena todas las esferas
Quisiera evitar dos tendencias al exponer este texto. La primera es reducirlo a un estudio sobre el matrimonio o la crianza y desde aquí tratar de extrapolar lecciones morales o terapéuticas. Quisiera mantener la atención en Cristo y su evangelio. La segunda tendencia que quisiera evitar es aislar las diferentes relaciones. Quisiera mostrarlas en su conjunto y cómo se ven a la luz de la nueva revelación que tenemos en Cristo.
Este texto tiene que ver más con Cristo que con tu matrimonio, más con Cristo que con la crianza, más con Cristo que con las relaciones de subordinación. Sin embargo, vengo a atender uno de los casos no resueltos en este mundo: la insubordinación. Las palabras son duras. Uno de los problemas cardinales en el mundo en este momento es que nadie quiere reconocer que haya autoridad. Sin embargo, un argumento fuerte en todo el Nuevo Testamento es que la autoridad ha sido colocada por Dios y que es algo bueno para nosotros.
Aquí hay potencial, no para que tu matrimonio mejore, ni para que tu crianza mejore, ni para que tu negocio mejore. Aquí hay potencial para que mejore la sociedad en su conjunto. Si realmente nos tomamos en serio que Cristo ha venido a reorganizar toda la creación, comenzamos a ver las relaciones desde una nueva perspectiva. Hoy veremos cómo el evangelio reordena todas las esferas de la sociedad, desde la familia hasta el trabajo. Es Cristo —no el esposo, no el padre, no el empleador— en todas nuestras relaciones.
Si realmente tú has sido pasado con el poder de Cristo de muerte a vida, yo creo que tus relaciones para la gloria de Cristo pueden comenzar a caminar mejor. Cristo no ha venido a dejar nuestras relaciones donde estaban; ha venido a reorganizar para bien todas nuestras relaciones. Cuando uno asume esta perspectiva, llega a ver que el evangelio tiene implicaciones prácticas: tú trabajas de manera diferente, te aproximas al matrimonio de manera diferente, crías de manera diferente. No es casualidad que las cartas del Nuevo Testamento terminan hablando de relaciones: padre, hijo, esposo, esposa, siervos, amos, ovejas, ancianos. Dios ha diseñado la creación de forma tal que todas las cosas están sujetas a Cristo a través de estructuras secundarias.
Casadas, estad sujetas
Cristo en el matrimonio. Dice el versículo 18: «Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor.» Lo menos que debe tener aquella persona que en este momento no tiene un marido o una esposa es el buen testimonio de que esas relaciones funcionan bien según el diseño de Dios. Y tú te cases o no te cases, deberías afirmar la estructura de Dios en el matrimonio. El problema en estos momentos es que las estructuras colapsan y las personas quieren estandarizar el mundo en base a su experiencia. El diseño de Dios sigue funcionando aunque yo no haya tenido el privilegio de participar.
En la creación hay un orden de subordinación establecido por Dios. En este orden hay principalía, y que haya principalía no significa que unos sean más valiosos que otros; son diferentes. La creación ha sido ordenada de forma tal que primero fue creado el varón y después la mujer. Primera Timoteo 2:13: «Porque Adán fue creado primero, después Eva.» ¿Y para qué es esa principalía? Para servir, porque la Escritura dice que el que quiere ser primero que se haga siervo de todos. El varón fue creado primero para servir a su mujer, para cuidar, para proteger, para proveer.
Si un muchacho no ha sido inculcado, no ha sido modelado, no ha sido instruido al respecto de que tiene que desarrollar integridad, estructura, valor, de forma tal que eventualmente una joven se va a sujetar de él de buena gana, vamos a estar siempre luchando en el matrimonio y eventualmente en la crianza. La lucha que estamos teniendo en la crianza es una lucha que viene de antes: primero pasó por el matrimonio y antes del matrimonio comenzó en tu casa.
En el diseño de Dios, aunque en la creación la relación hombre-mujer tiene un orden de distinción, en el matrimonio el asunto es más complejo porque ya no es un orden de distinción, es un orden de sujeción. Tener principalía y orden no te hace perder dignidad. En la Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen la misma deidad, la misma dignidad, pero el Hijo voluntariamente se sujetó al Padre. Y así como la tentación en la mujer es a insubordinarse, la tentación en el hombre es a imponerse. Por lo cual dice el versículo 19: «Amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas.»
Maridos, no seáis ásperos
A las casadas le dicen «sujétense», como si estuviera al lado y voluntariamente agarra. Y al hombre no le dicen «sujétela», sino «ámala.» El Señor no te está diciendo que ella se va a sujetar a ti y que tú tienes que sujetarla. Con toda la gracia le dicen a la mujer: sujétense a sus maridos. Pero tú, marido, no le dicen «sujeta», sino «ama, y no seas áspero.» El problema de sujeción que hay en tu casa habla más de tu relación con Dios que de la actitud de tu esposa hacia ti. Normalmente un hombre que está sujeto a Cristo, una mujer se sujeta a él de manera agradable. Pero si tú mismo andas suelto, sin estructura, sin cabeza, entonces: ¿qué cabeza tiene ella?
Esa caricatura que te han vendido de que ser masculino es ser imponente, no es eso. Cristo es mi Señor y yo le miro hacia arriba, y Él conmigo no es un aburrido, no es amargado, no es imponente. Y yo tengo que sujetarme a Él y frecuentemente ando suelto. La creación tiene un orden de arriba hacia abajo. ¿Cómo nos convertimos en hombres amargos, ásperos, duros? Así como toda mujer reconoce que ha tenido rasgos de insubordinación, todo hombre reconoce que ha intentado utilizar su fuerza, su posición, su designación de parte de Dios para imponerse. ¿Y qué hacer? Lo mismo que ha hecho Cristo contigo: esperarte pacientemente. Cristo no ha cambiado su palabra para que nos sujetemos. A lo que le sigue llamando bueno, le sigue llamando bueno, y a lo malo, malo. Pero Él te espera con paciencia.
Tú estás sirviendo esa casa, tú le estás sirviendo. Ella se siente cuidada, protegida, bien representada. Cualquiera manifiesta sujeción cuando siente que hacia arriba hay cuidado. Todavía yo recuerdo con cariño los supervisores agradables que he tenido, gente que yo sentía que nos estaba cuidando, que defendía nuestros intereses. Qué bien se siente tener un jefe así. Qué bien se siente tener un buen padre. Qué bien se siente tener un esposo admirable. Volvámonos admirables para que el diseño de Dios funcione y avance el evangelio en medio de nosotros. Quienes estamos en posiciones de autoridad tenemos que volvernos aún más admirables, de forma tal que nos quieran seguir de buena gana.
Una manera de amargarle la vida a una mujer que creyó que iba a tener contigo un proyecto familiar es no crecer como cabeza, frustrarla, atrofiarla, limitar su crecimiento por ser su techo. Es frustrante un varón que no quiere crecer, que no quiere estructura, que no se vuelve admirable. La admiración es un atributo que crece de año en año. Por el largo del tiempo tu esposa te debe ver y decir: él es admirable; es constante, es confiable.
Hijos, obedeced a vuestros padres
Dice: «Hijos, obedeced a vuestros padres en todo.» En todo. Las relaciones de nuestra vida son parte de la providencia. Nosotros no elegimos nuestros padres; el Señor nos colocó ahí. Interesante: a la mujer le dicen «sujétense», como quien voluntariamente agarra. A los hijos le dicen «obedezcan», una palabra más fuerte. En el original, el versículo 20 se refiere a ambos, a papá y a mamá. Los hijos deben sujetarse a papá y a mamá; hay un liderazgo compartido en la crianza.
Sin embargo, en el versículo 21 Pablo cambia el término. Dice: «Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten.» Aquí en el original se refiere específicamente a los padres varones. Podemos compartir el liderazgo en la crianza, pero hay una voz principal. Tu marido, tu esposo, tiene una responsabilidad en la crianza. Los varones no podemos desatendernos: «No, eso es lo doméstico, que lo críen ellas.» No, los hijos los criamos nosotros. Tu esposa es el primer violín de tu orquesta, pero eres tú quien está dirigiendo la orquesta. Y en cuanto a la disciplina de los hijos, los varones tenemos una voz importante: háganlo, pero no los exasperen, para que no se desalienten. Ahí es que está el problema: esta es una sociedad llena de desaliento.
Modelando a Cristo como padres
¿Cómo exasperamos a los muchachos? Con padres ausentes, que abandonan el proyecto familiar, que se anulan, especialmente cuando hay crisis. Cuando las cosas se ponen agrias, tú estás transmitiendo aliento. No es dinero solamente, es aliento. Muy importante que un varón transmita en su casa que este proyecto va a caminar: «Nosotros vamos a envejecer juntos. Yo te voy a buscar la vuelta las veces que hagan falta.»
La constancia importa. Nuestro testimonio en lo doméstico es un estímulo para que los muchachos quieran. «Papi y mami no eran ideales, pero permanecieron juntos y papi traía aliento a la casa.» Los muchachos están mirando un ejemplo de liderazgo de servicio. ¿Ellos sienten que realmente estás cuidándoles, protegiéndoles, representándoles? Otros son excesivamente críticos, perfeccionistas, hacen comparaciones imprudentes. «Mira a fulano, mira al otro.» Deja de comparar a tus hijos, que son lo tuyo, lo que el Señor te dio. Gran parte de la teología de nuestros hijos al respecto de Dios como Padre comienza con el ejemplo que les estamos dando.
Mientras mejor nosotros encarnemos el rol de Cristo, el rol de Dios como Padre, más preparados estarán nuestros hijos para entender que Dios es bueno. Un autor escribió: «Mi papá se fue de la casa cuando yo era pequeño. Por eso, cuando me introdujeron el concepto de Dios como Padre, le imaginé como un hombre taciturno y grasiento que quería venirse a vivir en nuestra casa.» Las tres veces que vio a su papá, lo único que recuerda es que olía a alcohol. ¿Qué van a recordar nuestros hijos cuando piensen en nosotros? Hay dos maneras de aprender: por modelaje y por instrucción. Muchos van a aprender lo que es un padre por instrucción, pero queremos que tengan las dos cosas. Y si tú no tuviste un buen ejemplo, sé tú el primero entre los tuyos. Cada vez que hay un nuevo proyecto familiar, hay un nuevo comienzo.
Cristo en las relaciones laborales
Dice el versículo 22: «Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios.» Interesante que Dios tiene una perspectiva positiva de las relaciones laborales en subordinación. Yo quiero persuadirte de algo que parece contracultural en un mundo de emprendedores: tener un jefe es mejor que no tenerlo. Tu empleador no solamente te está ayudando en lo financiero, sino que está formando tu alma y tu carácter.
Por regla general, una persona que está en una relación de subordinación con un empleador le va mejor a su alma que una persona que anda por su cuenta. Lo que dicen mis ojos pastorales es que la persona que ha tenido un empleador durante veinte años tiene más estabilidad que la persona que ha andado suelta durante veinte años. El que ha tenido que levantarse todos los días para cumplir un horario bajo la supervisión de alguien, su alma tiene un poco más de estructura. No solamente trabajamos por dinero, también trabajamos por carácter. Y esa relación de autoridad obediente en subordinación podría resonar en tu relación con Cristo.
Una buena señal para contratar a una persona es si terminó su pensum a tiempo, porque significa que pudo tener relaciones de subordinación consistentes con diferentes profesores. Cada vez que cambias de materia estás cambiando de profesor, cada profesor tiene un estilo, y una persona que puede cambiar de sistema es una persona que acepta la subordinación.
De corazón como para el Señor
«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.» Ese versículo tiene que ver con las relaciones laborales. Tu empleador es Cristo. Una teología correcta del trabajo nos muestra que el trabajo no solamente es para hacernos ricos; es primeramente para glorificar al Señor con nuestro carácter y nuestros dones, y después, como una consecuencia natural de eso, esperable aunque no garantizada, podemos prosperar. En esas ocho a cinco, Dios te está mirando. Hermoso un creyente que dice: «No me tienen que supervisar; yo lo voy a hacer para el Señor.»
«Sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.» Lo que te estoy mostrando es que si un esclavo podía hacerlo de corazón, entendiendo que su recompensa venía del cielo, ¿tú no crees que puedes hacer tu trabajo de mejor manera, con un poco más de entusiasmo? Tu Dios te está mirando.
Justo después dice: «Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos.» Ahora le habla al empleador. ¿Cuál exhortación? Primero, hagan lo que es justo: tratarlos con dignidad, ser agradecidos, permitirles que crezcan. Después, hagan lo que es recto: la legalidad, pagar su salario completo, pagarlo a tiempo, darle su descanso, respetar sus derechos. Son la parte vulnerable, como es la esposa la parte vulnerable de la relación matrimonial y como son los hijos la parte vulnerable del proyecto familiar. Cristo se pone del lado del vulnerable. El paradigma debería ser: si Cristo utilizara la relación que yo tengo con mis empleados para tratarme a mí, ¿cómo me trataría?
¿Cómo se ve el evangelio en todo esto? El evangelio es la buena noticia de que hemos sido salvados en Cristo de la rebelión y la insubordinación. En el evangelio hemos sido colocados con Cristo en una relación correcta de autoridad. Esta relación no solo informa, sino que transforma todas nuestras demás relaciones humanas. El evangelio no anuncia únicamente que Dios en Cristo ha resuelto el problema del pecado, sino que está restaurando las consecuencias del pecado en todas nuestras relaciones interpersonales, desde la familia hasta el trabajo.