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Mensaje

El profundo amor de Dios por su pueblo

Isaías 49:14-16

Todos luchamos con el sentimiento de abandono. A través del profeta Isaías, el Señor toma el lamento de Israel en el exilio y responde con una imagen conmovedora de su amor: un amor tan constante y sacrificial como el de una madre por su criatura, pero aún más profundo, pues nos tiene esculpidos en las palmas de sus manos.

Transcripción automática

Con el favor del Señor, con su ayuda, quisiera persuadir a su pueblo de lo que parece una obviedad, y es que su Dios le ama. Y quizá usted lo sepa, pero yo quisiera que usted sepa que Él le ama profundamente. Y quizá usted lo sepa, pero yo no solamente quisiera hoy que usted lo sepa; yo quisiera que también usted lo sienta. Que usted pueda saber y que usted pueda sentir que su Dios le ama profundamente, permanentemente, constantemente, de manera tan tierna y tan sacrificial como ama una madre a su pequeño niño.

Pero Sion dijo: Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí. ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros.

— Isaías 49:14-16

El sentimiento de abandono

Creo que todos luchamos con el sentimiento de abandono. Quizá tú no lo digas con palabras, pero el sentimiento te visita. Es un sentimiento que viene visitando al pueblo del Señor a ambos lados de la cruz. Los santos del Antiguo Testamento lucharon con la idea de que parecía que su Dios se había olvidado de ellos. Y los santos de este lado de la cruz luchamos con el mismo pensamiento. Sabemos que somos suyos, pero a veces no sentimos que Él tiene cuidado de nosotros. Incluso los creyentes más piadosos y maduros se han preguntado dónde está Dios en medio de la incertidumbre o si tiene cuidado de ellos.

Este texto que tenemos ante nosotros no es la respuesta del Señor al clamor de un hombre; es la respuesta del Señor al clamor de toda una nación. Israel en cautiverio se hacía estas mismas preguntas que nos hacemos nosotros. ¿Dónde está Dios? ¿Cuándo va a responder? ¿Será que el Señor no está al tanto de nuestras circunstancias? A través del profeta Isaías, el Señor toma este lamento —como si estuviera repitiendo las mismas palabras que ha escuchado en la oración de su pueblo— y responde con una imagen conmovedora de su amor y un recordatorio de que sigue pensando constantemente en ellos. Estoy persuadido de que si el pueblo del Señor realmente se sintiera amado, va a poder esperar en su Dios.

Dios es bueno aun cuando disciplina

Cada vez que el pueblo del Señor se ha refugiado en otra parte, ha sucedido que dejó de confiar en el Señor. Yo no solamente quisiera que tú lo creas intelectualmente; quisiera que en lo profundo de tu corazón te sintieras amado a pesar de tus circunstancias. El amor del Señor por su pueblo es un amor tan grande que requiere más de una metáfora para poder explicarlo. Se describe como el amor de un novio que anhela ver a la novia. Se describe con la ternura del amor de una madre que jamás se olvida de su criatura. Se describe como el amor responsable de un padre que cuida y provee.

Este pueblo en los días del profeta Isaías era un pueblo que había sido disciplinado por Dios, castigado por Dios, y vivía en cautiverio. En el cautiverio, en medio de sus enemigos, se hacían estas preguntas y ahora nuestro Dios se goza de responderles. «Me dejó el Señor y el Señor se olvidó de mí.» Solamente el Señor sabe cuántas veces subió esa oración. Quizás había sido la oración más constante en tiempos del cautiverio: «Nos dejó el Señor. El Señor se ha olvidado de nosotros. Señor, ¿dónde tú estás? ¿Acaso no te duele?»

Aquí hay una paradoja: Dios tiene un carácter que es bueno y también es fiel. Pero al mismo tiempo es completamente justo. ¿Cómo reconciliar la idea de que Él nos ama y que al mismo tiempo Israel necesitaba ser disciplinado? ¿Cómo lidiar con la idea de que el mismo Dios que nos ama, que nos eligió, que nos ha protegido históricamente, en este momento nos ha entregado? El Dios que es bueno es el mismo Dios que es justo. Si Él tiene un carácter perfecto, no va a descender en su carácter para dejar de hacer lo que debe hacer. Dios es bueno aun cuando está disciplinando a su pueblo.

Quiero mostrarle a la iglesia que tu Dios es bueno aun cuando te ha disciplinado. Que es bueno aun cuando no te ha concedido lo que estás esperando. Regularmente, cuando no te concede lo que estás esperando, es que su carácter se hace más evidente. Él es bueno aun cuando nosotros no podamos entenderlo. Reconciliar nuestras circunstancias con su providencia, reconciliar su atributo de amor con su atributo de justicia: Dios disciplinando a Israel todavía seguía siendo bueno, y seguía siendo fiel aunque su pueblo no lo entendiera.

El amor de Dios se muestra en la disciplina

De hecho, Él mostró su amor a través del cautiverio. Es verdad que le sacó de su territorio, que le desterró, pero le envió consistentemente profetas que le recordaban que Él seguía siendo bueno, seguía siendo su Dios y que seguía teniendo planes y propósitos eternos. Mandó a Isaías, mandó a Jeremías. A través de Jeremías le dijo: «Yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes, afirma el Señor, planes de bienestar y no de mal, para que tengan un futuro y una esperanza.»

Él preservó milagrosamente a Israel entre otros pueblos. Una de las estrategias militares del mundo antiguo era mandar a un pueblo a vivir entre otros pueblos para que perdiera su identidad. Y el Señor preservó la identidad de Israel entre por lo menos tres naciones. Siguieron siendo distintivamente judíos. En medio del castigo, otras naciones conocieron al Dios de Israel. Dios no solamente estaba revelando su carácter en medio de la disciplina; también estaba alcanzando a otros pueblos a través de la disciplina de su propio pueblo.

Si usted quiere conocer el carácter de un padre, no lo vea cuando sale los domingos con el muchacho todo cambiadito y combinado. Mírelo en la esfera doméstica cuando tiene que tomar decisiones grandes y pequeñas por amor a sus hijos. ¿Cómo disciplina a los suyos? ¿Es constante? ¿Es firme? Entonces tú puedes decir: él le ama. Él le está entristeciendo por un tiempo para que sean felices durante mucho más.

Si el Señor te permitiera elegir la disciplina, tú siempre elegirías el confort. De forma tal que a nosotros nos desconcierta: ¿por qué tanto tiempo? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? El Señor hará lo que hará y Él nos ama. El argumento es este: Dios te ama a pesar de tus circunstancias. Él no necesita cortar la disciplina para mostrarse como bueno. ¿Qué profundo amor es este que puede ver la aflicción de un hijo y seguirle amando mientras persiste? No creo que el padre que ama sea el padre que anda siempre suspendiendo el castigo y acortando la disciplina. El padre que ama es el padre que hace lo que hay que hacer por el muchacho, aunque el muchacho no lo entienda.

Una tierna imagen de su amor

«Pero Sion dijo: Me dejó Jehová y el Señor se olvidó de mí.» Dos sentimientos comunes: abandono —me dejó— y desidia —se olvidó—. Los dos duelen mucho. Yo creo que el segundo duele aún más. Cuando tú has sido literalmente abandonado, duele, pero menos que cuando la persona todavía no te ha abandonado y tú dices: «No me abandonó, pero tampoco piensa en mí.» Supuestamente seguimos siendo suyos, pero no se manifiesta. La desidia —desinterés, falta de cuidado— es aún más dolorosa que el abandono.

Ahora viene una tierna imagen de su amor. Recuerda, son las palabras del Señor. Primero repite lo que decía su pueblo; después le da una respuesta. «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?» Respuesta obvia: no. La norma general es que la mujer atesora lo que tiene en su vientre, cuida lo que tiene en su vientre y se sacrifica por lo que tiene en su vientre. Dice: así de fuerte es mi amor por ti.

Ahondemos más en esto, pues la falta de conciencia sobre el amor de Dios y su interés en nosotros es peligrosa y es lo que nos conduce a pecar. Cuando nuestro sentimiento deja de confiar en que el Señor tiene cuidado de nosotros, el pecado siempre es una alternativa humana, carnal, diabólica, a lo que Dios tiernamente quiere darte. De forma tal que si tú interiorizas esta verdad, estarás en un lugar seguro. Tú no tienes que buscar la aprobación de Dios para que Él te ame. Él eligió a Israel cuando Israel no era deseable, y nos eligió a nosotros cuando no había nada en nosotros digno de ser el objeto de su amor. Si no hicimos nada para que nos eligiera, tampoco vamos a poder hacer nada para que nos deje de amar.

Sucedáneos del amor de Dios

Cuídate de varias cosas: el activismo, el legalismo, la mundanidad y la idolatría. Lo que está en el corazón de todo eso es el sentimiento de que Dios te va a amar si tú logras algo, o que alguien va a producir en ti lo que solamente Dios puede producir: amor, aceptación y compasión.

¿Qué es el activismo? Entender que porque te mueves mucho y haces muchas cosas para Dios, vas a tener menos sentimientos de abandono. Tú no necesitas moverte mucho para que Dios te ame como Él te ha amado. No es por rendimiento, no es por mérito; es por su corazón, por su elección. Tú podrías no hacer en este momento nada por Dios y su pueblo, y ya Él te amó irremediablemente, consistentemente, permanentemente. Es como el amor de la madre: no ama por rendimiento, ama porque son suyos.

¿Qué es el legalismo? Buscar la aprobación de Dios por medio del cumplimiento. «Como yo soy el que cumple, entonces Dios a mí me ama.» Él te ama. Tú vas a abandonar el pecado porque quieres parecerte a tu Padre, que tres veces es santo. Pero Él no te ama por tu santidad; Él te ama por su elección. ¿Qué es la mundanidad? Buscar aprobación, reconocimiento y cuidado fuera de Dios. Cuando dejas de pensar que tu Dios tiene un interés activo por ti, sales a buscar tu aplauso en otra parte. Deja de buscar tu realización donde no se encuentra; la realización se encuentra en el profundo y constante amor de Dios. ¿Qué es la idolatría? Buscar aprobación, reconocimiento y cuidado en objetos o personas. La carrera no te va a dar aprobación; tú fuiste elegido en Dios, aprobado en Él.

El amor de una madre evoca el amor del Padre

En muchos aspectos el amor de una madre ilustra el amor de Dios por sus hijos. El propósito más alto del amor de las madres es recordarnos el amor de Dios por su pueblo. Hay muchos aspectos de ese tierno, constante y sacrificial amor de una madre que nos recuerdan el amor de nuestro Padre.

La madre es el único ser que está completa y absolutamente seguro de que el muchacho es de ella. Y lo mismo dice Dios. «Conoce el Señor los que son suyos» (2 Timoteo 2:19). Qué ternura da que cuando para ningún hombre tú valgas, tú eres suyo. Que te falte cualquier otra cosa, pero que no te falte esa seguridad. Su amor por nosotros lo comprendemos de manera progresiva. Un adulto ama mejor a su madre que un niño. A medida que uno crece, puede entender el sacrificio de sus padres. Y así mismo sucede con el amor de Dios: a medida que maduras espiritualmente, vas entendiendo más profundamente el amor del Padre.

Es un amor sin condición. Se han viralizado los videos de madres defendiendo hijos delincuentes. No vas a compartir la delincuencia, pero tienes que reconocer que hay un tipo de amor que es particular: cuando todo el mundo se avergonzó, cuando todo el mundo se fue, cuando los compañeros abandonaron, ahí estaba la mamá. Cuando nadie confiaba, Él confió. Cuando nadie te respaldó, Él te respaldaba. Es el amor del Padre por su pueblo.

Es un amor constante. Yo no siempre puedo sentirlo, pero siempre puedo saberlo. A veces lloro y siento que mi Dios está a kilómetros de distancia, pero yo sé que Él me ama. Es un amor que lucha, como la gallina con sus polluelos. Un amor que defiende.

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.

— Juan 10:27-29

Oseas 14:4 dice, hablando de Israel, un pueblo rebelde: «Yo sanaré su rebelión. Los amaré de pura gracia.» Así como una madre ama de pura gracia, así ama el Señor a su pueblo. Es un amor difícil, porque no siempre puedes conciliar tus expectativas y su amor. Es un amor discreto, pues la maternidad siempre fue un proceso discreto: una mujer paría y se recluía con su criatura, le llenaba de cuidado, de cariño y de ternura. Y ahí, en la discreción, tu Dios te está amando. Así como la sociedad no necesariamente veía la abnegación de una madre, el mundo no necesariamente entiende el amor abnegado de Dios por su pueblo.

Esculpida en las palmas de sus manos

«¿Se olvidará la madre de la criatura que dio a luz? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.» Él es mejor que la madre. «He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida. Delante de mí están siempre tus muros.» Ese «he aquí» es una expresión de atención: miren esto. Su amor por nosotros es tan constante que tiene un croquis de su nación escrito en la palma de sus manos.

Esta expresión es muy profunda para Israel, porque cuando fueron desterrados, los muros de su ciudad fueron derribados, se derribó el templo, se derribaron sus casas. Parte de la nostalgia de alguien que pierde su lugar es que lo dibuja: trata de recordar cómo eran las calles, las casas, cuáles eran las medidas. El Señor le está diciendo: yo le tengo tan presente que tengo el croquis de mi nación en las manos para verle siempre. Ustedes no tienen que esforzarse tanto para preservar su legado. Y así como permití que fueran desterrados y disciplinados, puedo reconstituirlo. Cuando tú piensas que todo se perdió, Dios tiene los planos de su ciudad en la mano. Hay esperanza.

Cuando pensamos que no hay futuro, que todo se terminó, que Dios no llegó a tiempo, Él dice: yo tengo los planos. A Dios le dolía la ciudad de Jerusalén, que fue derribada, destruida, quemada. Y Él dice: la tengo aquí esculpida, de forma tal que yo puedo rehacerlo, puedo comenzar de nuevo. La historia está en la mano del Señor. «Ustedes no ven claro el proyecto, pero yo lo sigo viendo con claridad.» Como dice Daniel 2:21: «Él muda los tiempos y las edades, quita reyes y pone reyes.» No solamente tiene los planos, sino que los mira constantemente: «Delante de mí están siempre tus muros.»

También dijo a través de Isaías que vino a proclamar las buenas nuevas, a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar de espíritu angustiado, y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová para gloria suya. Cuando todo se quemó, cuando todo se derribó, todavía el Señor seguía soñando. El Señor puede enderezar la historia, puede reconstruir los pueblos, puede enderezar una vida. Porque los planos están en su mano y nuestra experiencia no es un indicador del poder de Dios.

El evangelio: abandonado para que nunca estemos solos

¿Dónde se ve aquí el evangelio? Lo que Dios le promete a Israel por medio de Isaías se hace palpable para su iglesia por medio de Cristo. El Hijo fue abandonado en la cruz del Calvario para que nosotros jamás nos volviéramos a sentir separados de Dios. Mientras cargaba con nuestros pecados, fue apartado por un momento del Padre, para que nuestros nombres fueran escritos para siempre en el libro de la vida. El evangelio —la buena noticia de que hemos sido elegidos, amados, preservados en Cristo, profundamente amados en Cristo— es la respuesta definitiva de Dios al sentimiento de abandono que había en los hombres. Es Dios con nosotros, Dios por nosotros y Dios en nosotros. Por ceniza te dará esplendor, gozo por llanto y paz por temor.