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El profundo amor de Dios por su pueblo

Isaías 49:14-16

Todos luchamos con el sentimiento de abandono. A través del profeta Isaías, el Señor toma el lamento de Israel en el exilio y responde con una imagen conmovedora de su amor: un amor tan constante y sacrificial como el de una madre por su criatura, pero aún más profundo, pues nos tiene esculpidos en las palmas de sus manos.

Predicado25 de mayo de 2025
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Pueden estar conmigo en el libro del profeta Isaías, en el capítulo 49, leyendo los versículos 14, 15 y 16, para ver en esta porción de la Escritura el profundo amor de Dios por su pueblo. Doy un chance para que todos puedan localizar la Escritura.

Con el favor del Señor, con su ayuda, quisiera persuadir a su pueblo de lo que parece una obviedad, y es que su Dios le ama. Y quizá usted lo sepa, pero yo quisiera que usted sepa que Él le ama profundamente. Y quizá usted lo sepa, pero yo no solamente quisiera hoy que usted lo sepa: yo quisiera que también usted lo sienta. Que usted pueda saber y que usted pueda sentir que su Dios le ama profundamente, permanentemente, constantemente. De manera tan constante, de manera tan tierna, de manera tan sacrificial como ama una madre a su pequeño niño.

Pero Sion dijo: Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí. ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros.

— Isaías 49:14-16

Lo leo de nuevo. «Pero Sion dijo» —Sion es una manera de referirse al pueblo de Israel—. Recuerde, hermano, mi propósito: que usted sepa que su Dios le ama, que sepa que Él le ama profundamente, y que no solamente lo sepa sino que también lo sienta.

Todos luchamos con el sentimiento de abandono

Pueden sentarse, mis hermanos. Creo que todos luchamos con el sentimiento de abandono. Quizá tú no lo digas con palabras, pero el sentimiento te visita. Es un sentimiento que viene visitando al pueblo del Señor a ambos lados de la cruz. Los santos del Antiguo Testamento lucharon con la idea de que parecía que su Dios se había olvidado de ellos, y los santos de este lado de la cruz luchamos con el mismo pensamiento. Sabemos que somos suyos, pero a veces no sentimos que Él tiene cuidado de nosotros. Incluso los creyentes más piadosos y maduros se han preguntado dónde está Dios en medio de la incertidumbre, o si tiene cuidado de ellos.

Este texto que tenemos ante nosotros no es la respuesta del Señor al clamor de un hombre: es la respuesta del Señor al clamor de todo un pueblo. La nación de Israel en cautiverio se hacía estas mismas preguntas que nos hacemos nosotros. ¿Dónde está Dios? ¿Cuándo va a responder Dios? ¿Acaso el Señor no está al tanto de nuestras circunstancias? Y tomo el sentimiento nacional de Israel para extrapolarlo a tu propio sentimiento. ¿Dónde está el Señor cuando caen mis lágrimas? Porque si yo soy suyo, vivo lo que vivo, me falta lo que me falta, anhelo lo que anhelo y no lo tengo. Es un sentimiento de abandono.

Ahora, no es el clamor de un individuo, sino el clamor de todo un pueblo que expresa su sentir delante del Señor; y es el Señor tomando las palabras literales del pueblo para dar respuesta compasiva, tierna, amorosa, y traer también esperanza. A través del profeta Isaías, el Señor toma este lamento como si estuviera repitiendo Él mismo las palabras que ha escuchado en la oración de su pueblo, como que se personaliza y asume el rol como si fuera Israel, y responde con una imagen conmovedora de su amor y un recordatorio de que sigue pensando constantemente en ellos.

Hoy veremos el tierno amor de Dios por su pueblo. Es mi oración, es mi deseo, que usted no solamente lo crea, sino que usted lo sienta: que a pesar de tus circunstancias tu Dios te sigue amando, que Él sigue pensando en ti. Creo que este es un texto apropiado para el día de las madres, pues tomaré ese sentimiento —es el sentimiento de ustedes, madres— para hablar de un sentimiento mucho más grande.

Miren, el amor del Señor por su pueblo es un amor tan grande que requiere más de una metáfora para poder explicarlo. Se describe el amor de Dios por su pueblo como el amor de un novio que ha desposado a su novia y se quiere unir con ella; aparece a veces el Señor en la Escritura como un novio que está anhelando ver a la novia y recibirla en casamiento. Es un amor tan grande que también se describe con la ternura del amor de una madre que jamás se olvida de su criatura. Es un amor tan grande que también se describe como el amor responsable de un padre que cuida y provee por nosotros.

En los días del profeta Isaías, era un pueblo que había sido disciplinado por Dios, castigado por Dios, y vivía en cautiverio. Y en el cautiverio, en medio de sus enemigos, ellos se hacían estas preguntas, y ahora nuestro Dios se goza en responderles: no solamente los he estado escuchando, sino que los estoy pensando. ¡Qué cosa más hermosa! A veces lo que uno necesita es saber si Dios ha escuchado la oración. A veces lo que necesitamos no es ni siquiera una respuesta directa, sino que nuestro Dios diga: «Ok, ha sido recibido tu mensaje.» Ser amado a través de la escucha. Y en este momento el Señor, figuradamente, habla como si fuera Israel: toma el clamor de ellos y les responde. Qué cosa más hermosa. Mano, si tan solo tú pudieras sentir que realmente tu Dios te está pensando, que tu Dios te está amando, creo que estarías en un lugar seguro.

Comienza él hablando del sentimiento de abandono. Habla como si fuera Israel: «Me dejó Jehová y el Señor se olvidó de mí.» Solamente Israel y el Señor saben cuántas veces subió esa oración. Quizás había sido esa la oración más constante que había subido al trono de la gracia en tiempos del cautiverio. Quizás era la oración predominante, eran las mismas palabras que subían a los oídos de Dios: «Nos dejó el Señor, el Señor se ha olvidado de nosotros. Señor, ¿dónde tú estás? ¿Acaso no te duele? ¿No puedes sentir tú lo que nosotros estamos sintiendo? Yo sé que somos tu pueblo, sé que somos tus hijos, pero ¿por qué estamos donde estamos, si nos pasa lo que nos pasa?»

Mano, yo quiero implicarte en el asunto, pues si tú no reconoces el sentimiento y lo expresas de manera adecuada, la palabra del Señor probablemente no haga en ti el efecto que puede hacer. Reconocer que luchamos con este sentimiento de abandono, donde figuradamente hablando podemos sentir como si el Señor —nuestro padre, o nuestra madre en este caso, que es la figura que Él elige— no estuviera teniendo cuidado de nosotros. Tú puedes tener la mejor teología del mundo, pero tus sentimientos son tus sentimientos. De hecho, nosotros no pecamos por nuestro conocimiento: pecamos por nuestro sentimiento. Cuando te sientes abandonado, cuando te sientes dejado por Dios, entonces te refugias en otra parte.

Y el Señor, cuando habló a su pueblo, eligió las metáforas adecuadas para que nosotros tengamos el sentimiento apropiado. Él no está diciendo: «Hey, dejen de pedir trivialidades, dejen de hablar como necios, realmente yo les amo.» No, no, no. Él está diciendo a Israel: «Ese sentimiento de abandono, ese clamor que está subiendo a mi presencia, está siendo reiteradamente escuchado. Y yo quiero que ustedes sepan que yo les pienso.»

Dios es bueno mientras disciplina

Aquí hay una paradoja, y es que Dios tiene un carácter: es bueno, también es fiel, y su carácter no es afectado por sus demás atributos —es también completamente justo—. ¿Y cómo podemos reconciliar esta idea de que nos ama, es perfecto, es bueno y justo, pero al mismo tiempo es necesario que en Él se cumpla toda rectitud? Israel necesitaba en este momento ser disciplinado. ¿Y cómo lidia uno con la idea de que el mismo Dios que nos ama, el mismo Dios que nos eligió, el mismo Dios que nos ha protegido históricamente, en este momento nos ha entregado?

El Dios que es bueno es el mismo Dios que es justo. Y si realmente Él tiene un carácter perfecto, Él no va a bajar en su carácter para dejar de hacer lo que debe hacer. Y Dios es bueno aun cuando está disciplinando a su pueblo. «¿Por cuánto tiempo, pastor?» Como cuatrocientos años, más o menos.

Escucha: si Dios es realmente santo, si Él es realmente bueno, si Él es realmente justo, todos los atributos del carácter de Dios se van a ver, y todo esto colaborará para el bienestar de su pueblo. Pero nos rompe la cabeza, o nos rompe el corazón: ¿cómo es que el Dios que es bueno no detiene el cautiverio? Si Él es perfecto, Él va a cumplir su palabra justa mientras nos continúa amando.

Hey, Dios no tiene esto que tengo yo, y es que yo castigo y yo soy el primero que quiere ir a poner la mano. Y estoy persuadido —y por eso es que el Señor le da dos padres a los muchachos— para que uno discipline y el otro sobe. A veces veo que es Caro la que está disciplinando a los muchachos, y yo entonces estoy como mordiéndome ahí, y aprovecho y paso la mano. Pero después digo: si realmente les amamos, ellos necesitan en este momento la disciplina.

Yo quisiera cuestionar el carácter de todos nosotros antes que cuestionar el carácter de Dios. Si Dios es realmente perfecto, Él disciplinará a su pueblo mientras ama a su pueblo. Y si nosotros no somos maduros, vamos a vincular la disciplina de Dios con que Él se ha olvidado de nosotros y que no tiene cuidado alguno. Quiero mostrarle a la iglesia que tu Dios es bueno aun cuando tu Dios te ha disciplinado. Que tu Dios es bueno aun cuando no te ha concedido lo que tú estás esperando. Y que regularmente, cuando no te concede lo que estás esperando, es que su carácter se hace más evidente. Él es bueno aun cuando nosotros no podamos entenderlo, y no va a requerir que nosotros lo entendamos para seguir siendo lo que Él es. Él es bueno, Él es justo, Él es nuestro Dios, a pesar de lo que nuestros pensamientos o nuestros corazones puedan pensar o puedan sentir.

Esa es su grandeza y su perfección: reconciliar nuestras circunstancias con su providencia, reconciliar su atributo de amor con su atributo de justicia. Dios, disciplinando a Israel, todavía seguía siendo bueno y seguía siendo fiel, aunque su pueblo no lo entendiera. De hecho, Él mostró su amor a través del cautiverio. Es verdad que lo sacó de su territorio, es verdad que lo desterró, pero le envió consistentemente profetas que le recordaban que Él seguía siendo bueno, seguía siendo su Dios, y que seguía teniendo planes y propósitos que eran eternos.

Mandó a Isaías, mandó a Jeremías; a través de Jeremías le dijo: «Yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes, afirma el Señor, planes de bienestar y no de mal, para que tengan un futuro y una esperanza.» Y yo digo: Señor, si tú puedes mandar palabras tan poéticas, corta unos cuantos años, y que en vez de cuatrocientos sean veinte. Es que Él es Dios.

Pero Él preservó milagrosamente a Israel entre otros pueblos. «Yo la voy a desterrar, pero al mismo tiempo la voy a preservar, de forma tal que haya un pueblo que pueda ser retornado y que la promesa del Señor se cumpla.» Y en esa preservación milagrosa se muestra al mismo tiempo su amor compasivo. Una de las estrategias militares del mundo antiguo era mandar a un pueblo a vivir entre otros pueblos para que perdiera su identidad. En el caso de Israel, el Señor preservó su identidad entre otros pueblos —no uno, sino varios, por lo menos tres—, de forma tal que siguieron siendo distintivamente judíos entre otras naciones. Esa es la providencia del Señor.

En medio del castigo, otras naciones conocieron al Dios de Israel. De forma tal que Dios no solamente estaba revelando su carácter en medio de la disciplina: también estaba alcanzando a otros pueblos a través de la disciplina de su propio pueblo.

Mire al padre en la esfera doméstica

¿Usted quiere conocer a Dios? Vea a Dios disciplinando a Israel. Son muchos años, son muchos profetas. Si usted quiere conocer el carácter de un padre, no vea al padre cuando sale los domingos con el muchacho todo cambiadito y combinado. Mírelo en su casa, en la esfera doméstica, cuando tiene que tomar decisiones grandes y pequeñas por amor a sus hijos. ¿Cómo disciplina Él a los suyos? Es constante la disciplina, es firme. Entonces tú puedes decir: Él le ama.

No vea al padre el domingo en la esfera pública; véalo en la esfera doméstica. Mire su mano cuando disciplina, mire sus ojos, mire su cara, mire su firmeza. Y cuando usted vea su firmeza, entonces usted va a decir realmente: Él le ama. Él le está entristeciendo por un tiempo para que sean felices durante mucho más. Él en este momento está haciendo lo que tiene que hacer por amor a ellos. Y esa muestra del amor del Señor, el ingenuo, el inmaduro, siempre la está cuestionando: «Dios no es bueno porque disciplina a Israel.» Yo digo: Dios es bueno mientras disciplina a Israel.

Hermano, el carácter de Dios no está siendo afectado en el momento del castigo. Israel ya tiene unos cuantos años en el cautiverio y el Señor le está diciendo: yo no me he olvidado de ustedes. «Señor, si tú pudieras mandarnos esas palabras tan hermosas a través de Jeremías y de Isaías, corta el cautiverio.» Él te va a decir: yo soy bueno, yo soy fiel, ustedes necesitan lo que necesitan. Dios no quiere el mal de su pueblo; Dios quiere el bien, y por eso disciplina.

Cuando yo veo a Dios haciendo lo que hay que hacer por un pueblo rebelde, yo digo: wow, Él realmente le ama, porque Él debió haberle desechado en ese momento y prefirió disciplinarlo por largo tiempo. Y después me veo a mí mismo y digo: no, conmigo no; con Israel, Señor, manténte allá. ¡Ay, hermano! Es el dilema del pueblo del Señor: que nosotros no entendemos que necesitamos la disciplina de Dios, pero Él sabe lo que nos conviene. Si el Señor te permitiera elegir la disciplina, tú siempre elegirías el confort. De forma tal que a nosotros nos desconcierta: ¿por qué por tanto tiempo? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?

El Señor hará lo que hará, y Él nos ama. Y el argumento es este, hermano: que Dios te ama a pesar de tus circunstancias, y que Él no necesita cortar la disciplina para entonces mostrarse como que es bueno. «Han suspendido los videojuegos por cuatro días.» Yo soy el primero que quisiera como aguantarlo. Yo a veces me quejo: hombre, tienes que consultar conmigo para los castigos, porque cuando los muchachos están castigados, el entretenimiento somos nosotros. Entonces cualquier forma de disciplina significa que tengo que salir yo, o tienes que salir tú; tenemos que ponernos de acuerdo.

El Señor es bueno, Él es perfecto, y Él realmente nos ama aunque no acorte nuestras circunstancias. Tú dices: qué profundo amor es este, que puede ver la aflicción de un hijo, de su pueblo, de nosotros, y seguirnos amando mientras persiste. Yo no creo que el padre que ama sea el padre que anda siempre suspendiendo el castigo, acortando la disciplina, dañando al muchacho. El padre que ama es el padre que hace lo que hay que hacer por el muchacho, aunque el muchacho no lo entienda. Y yo me humillo y le digo: Señor, yo no entiendo tu disciplina, no entiendo tu providencia, pero en medio de la providencia, de la disciplina y del castigo, puedo decir que tú eres bueno, que tú eres fiel, y que tú sigues pensando en nosotros.

Abandono y desidia

Dijo Sion: «Me dejó Jehová y el Señor se olvidó de mí.» Dos sentimientos comunes: abandono —«me dejó»— y desidia —«se olvidó»—. Y los dos duelen mucho. Yo creo que el segundo duele aún más que el primero. Cuando tú has sido literalmente abandonado y sabes que a ti te soltaron, duele mucho menos que cuando la persona todavía no te ha abandonado pero tú dices: no me abandonó, pero tampoco piensa en mí. Él no se fue, pero no me quiere. Supuestamente seguimos siendo suyos, pero no se manifiesta. ¿Qué duele más, el abandono o la desidia? Ambos duelen, pero la desidia es mucho más profunda.

Esa desidia, que es desinterés, falta de cuidado, esa herida dolorosa que el abandono produce, genera un sentimiento negativo no solamente hacia Dios, hacia arriba, sino también hacia tus hermanos. Tú dices: pero el Señor cuida de otros. Lo que decían los profetas es cómo es que el Señor preserva a otros pueblos y daña a Israel. De hecho, hay un libro en el Antiguo Testamento que se ocupa de eso: de cómo el Señor puede prosperar a otros pueblos y no a su nación. El bien a otros y el mal a nosotros.

¿Se olvidará la mujer?

Ahora viene una tierna imagen de su amor. Quiero invitarlos a que la interioricen. Hago un esfuerzo, hermano, en saborear esto. Recuerda: son las palabras del Señor. Primero repite lo que decía su pueblo, y después que repite lo que decía su pueblo, le da una respuesta. Y esta respuesta se documentó, estoy persuadido, a favor de todos nosotros. Escucha a Dios hablando de Dios, al Señor mismo hablando de su carácter.

Dice el 15. Hey, ustedes tienen mamá, ¿verdad? Ustedes tienen hijos. Hablo yo ahora como si fuera el Señor hablándole a Israel. ¿Puede identificarse con esta imagen, con esta metáfora? Está buscando que tengan conciencia sobre su amor y su interés. Dice Él: «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?»

Respuesta obvia: no. Alguien me va a decir: «Es que hay algunas que se olvidaron.» Esa es la excepción. La norma general es que la mujer atesora lo que tiene en su vientre, cuida lo que tiene en su vientre y se sacrifica por lo que tiene en su vientre. Dice: así de fuerte es mi amor por ti, así es que yo los quiero a ustedes, a pesar de que ustedes en este momento no tengan la madurez de entender las profundidades de mi amor y la perfección de mi carácter. Yo me gozo de tener un Padre así.

Quiero hablar sobre esto, hermano, y ahondarlo aún más, pues la falta de conciencia sobre el amor de Dios y su interés en nosotros es peligrosa, y es lo que nos conduce a pecar. Cuando nosotros nos refugiamos en el pecado, cuando nuestro corazón, cuando nuestro sentimiento deja de confiar plenamente en que el Señor tiene cuidado de nosotros —que no hay salida, que no hay provisión, que no hay esperanza—, el pecado siempre es una alternativa humana, carnal, diabólica, a lo que Dios tiernamente quiere darte. Es adelantarte a su provisión. De forma tal que si tú interiorizas esta verdad, estarás en un lugar seguro.

Tú dices: estoy en el cautiverio, pero estoy siendo amado en el cautiverio. Estoy en la inopia, en la aflicción, el Señor me tiene aquí más o menos abandonado… pero ¿no acaba de decir a través del profeta Isaías que Él tiene cuidado de nosotros, y que nos tiene el croquis esculpido en la palma de su mano? ¿Qué es lo que le están diciendo? Israel, Israel, confía en Dios. Israel, mantén viva la esperanza.

Activismo, legalismo, mundanalidad, idolatría

Esa falta de conciencia sobre el amor de Dios y su interés por nosotros es peligrosa, pues hay otras cosas en nosotros que van a tratar de reemplazar ese asunto. Tú no tienes que buscar la aprobación de Dios para que Él te ame; tú no tuviste que ser santo para que Él te eligiera. De hecho, Él eligió a Israel cuando Israel no era deseable, y nos eligió a nosotros cuando en nosotros no había nada digno de ser objeto de su amor. Y si nosotros no hicimos nada para que Él nos seleccionara, para que Él nos eligiera, tampoco vamos a poder hacer nada para que Él nos continúe amando.

El argumento del Señor es: el castigo no es un asunto de que te apruebo o no te apruebo. Yo te aprobé aún antes de que necesitara castigarte. Yo te elegí cuando en ti no había nada apetecible. Pero como un padre bueno que ama a su pueblo, que ama a sus hijos, que ama a su nación, en todo momento tengo que hacer lo que hay que hacer. No intentes buscar el amor de Dios por un sucedáneo: Él te ama, y ya. Y si Él te eligió, si Él te salvó, tú estás siendo amado constantemente, permanentemente, más allá de lo que digan tus circunstancias. Su disciplina no es la condición para aceptarte o rechazarte. Él te ha amado permanentemente, aunque tenga en este momento que castigarte.

Cuídate de varias cosas; solamente las enuncio así, rápido: el activismo, el legalismo, la mundanalidad y la idolatría. Cuídate de todas estas cosas, y lo que está en el corazón de todo eso es el sentimiento de que Dios te va a amar si tú logras algo, o de que alguien va a producir en ti lo que solamente Dios puede producir: amor, aceptación y compasión. Por mucho que tú te muevas y hagas cosas para Dios o para los hombres, ningún hombre te va a amar como te ha amado Dios en Cristo.

Se llama activismo. ¿Qué es el activismo? Entender que porque te mueves mucho y haces muchas cosas para Dios, entonces vas a tener menos sentimientos de abandono; que el Señor realmente va a pensar en ti porque tú te mueves. Ey: aunque no te muevas, tu Dios sigue pensando en ti. «Voy a volverme más visible para Dios. Si yo hiciera proezas, si coordinara cuatro ministerios, si hiciera más para el Señor, entonces el Señor va a reparar en mí.» Así funciona la cosa humana: en una organización hay gente que se mueve mucho y es muy notada por los de arriba. Ahí está el que se mueve mucho y todo el mundo piensa en él: «No, fulano es el que mueve este asunto, el hombre es clave.» A veces clientes o proveedores te hablan de la persona: «Esa persona que tú tienes ahí adentro, fulano de tal, ese sí.»

Ay, hermano, tú no necesitas moverte mucho para que Dios te ame como Él te ha amado. No es por rendimiento, no es por mérito: es por su corazón, es por su elección. El activismo es buscar su aprobación, su reconocimiento o su cuidado por medio del servicio, por medio del ministerio. Tú podrías no hacer en este momento nada por Dios y su pueblo, y ya Él te amó. Y aunque tu pueblo no note ninguna otra cosa, Él te ha amado irremediablemente, consistentemente, permanentemente.

Es como el muchacho que ama a la mamá. Asunto hermoso, el amor de la madre: que no ama por rendimiento, ama porque son suyos. A las madres la gente les pregunta si hay algunos que aman más que otros, y se hacen esos debates. Yo lo que sé es que ella sabe que son suyos. La mamá no ama por el rendimiento, ama porque son suyos.

El legalismo es buscar la aprobación de Dios, el reconocimiento de Dios o el cuidado de Dios por medio del cumplimiento: «como yo soy el que cumplo, entonces Dios a mí me ama». ¡Ey! Él te ama. Uno predica esta cosa y parece como que uno está mandando a la gente a pecar. No es eso. Tú vas a abandonar el pecado porque tú quieres parecerte a tu Padre, que es tres veces santo. Pero Él no te ama por tu santidad: Él te ama por su elección.

¿Qué es la mundanalidad? Buscar aprobación, reconocimiento y cuidado fuera de Dios, en otras partes. Esa celebración, ese aplauso. Todos nosotros fuimos creados para ser aprobados, aceptados, recibidos por Dios. Y cuando tú dejas de pensar que tu Dios tiene un interés activo por ti, tú sales a buscar tu aplauso en otra parte.

Veía esta semana con tristeza, sin ánimo de ser indiscreto, a un creyente que yo conocía a la distancia y que sabía que era un creyente firme en su iglesia. En algún momento el hombre como que se apartó, al parecer, se dedicó a escribir, ahora escribió un libro, su autobiografía, y ha hecho una rueda de prensa en diferentes canales hablando de sus logros. Y yo lo veo en esas entrevistas y no puedo dejar de sentir cierta tristeza al ver a este hombre que anteriormente hablaba de Cristo, que anteriormente hablaba de Dios, ahora hablando sobre él mismo y sus logros.

En un jefe que te reconozca, en una empresa que te dé un pergamino para pegarlo en una pared… Cuando tú sabes que tu Dios te ama y tiene cuidado sobre ti, no necesitas el aplauso de ningún hombre. Deja de buscar tu realización en otra parte, que la realización se encuentra en el profundo y constante amor de Dios. ¿Qué es la mundanalidad? Es cuando un creyente deja de buscar el aplauso hacia arriba y comienza a buscarlo hacia los lados. Cada vez que tú tratas de buscar en una institución de este mundo, en algún asunto de este mundo, lo que solamente en Cristo y en el amor de Dios se encuentra, estás participando de eso.

¿Qué es idolatría? Es buscar aprobación, reconocimiento y cuidado en objetos o en personas. La carrera no te va a dar aprobación: tú fuiste elegido en Dios, aprobado en Él. Los hijos, las posesiones, no te lo darán. Que tu patrimonio crezca o no crezca, eso es marginal. Lo importante es que Él te ama y que Él te sigue amando.

El amor de una madre evoca el amor del Padre

Esta tierna imagen habla mucho, pues en muchos aspectos el amor de una madre ilustra el amor de Dios por sus hijos. Recuerden, hermano, que estamos en el día de las madres. Algo hermoso: salí un momento ayer de la casa —al final tuve que regresar porque no me sentía muy bien—, pero la autopista Duarte estaba llena de vehículos, un alto tránsito. Que las madres mueven, claro. Y cuando lo veía, hermano, yo decía: eso está muy bien. Una de las cosas más hermosas que existen en esta creación es que todavía hay ternura, hay afecto, hay gratitud.

Pero el propósito más alto del amor de las madres es recordarnos el amor de Dios por su pueblo. Lo más hermoso que tiene una madre es que ella está dramatizando, está figurando, el tierno amor del Señor por su pueblo. El propósito más alto es ese: que en muchos sentidos su amor evoca el amor del Padre. Es un símbolo, hermano, no abusemos de la idea; la metáfora no es un asunto perfecto, es figurado. Pero hay muchos aspectos de ese tierno, constante y sacrificial amor de una madre que nos recuerdan el amor de nuestro Padre.

Hablo con cuidado, hermano, me muevo en terreno espinoso. Pero la madre es el único ser que está completa y absolutamente segura de que ese es el muchacho de ella. Los papás dicen «se parece a mí, se parece al abuelo»; pero la mamá dice: «Yo lo parí, ese es mío.» Y lo mismo dice Dios. Segunda de Timoteo 2:19: «Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos.»

Yo pastoreo a los hijos de Dios, y a veces me pregunto: ¿este nació de nuevo o no nació de nuevo? ¿Hay fruto de arrepentimiento o no hay fruto de arrepentimiento? «Conoce el Señor a los que son suyos.» Si yo te conozco o no te conozco, eso puede ser más o menos importante; lo importante es que tu Padre, que te engendró espiritualmente, te conoce.

Ese amor de una madre es muy profundo. Yo hablaba de esto con Carmen: «Mira, se han dado casos de que en la clínica, en los hospitales, cambian al muchacho.» Yo le decía: no, es que ahí te están hablando de los nacimientos con partera del mundo antiguo, donde una mujer pujaba, pujaba y pujaba, y salía el producto de su vientre. Conoce el Señor a los que son suyos. Si realmente soy del Señor, Él me conoce; no tengo que demostrar su paternidad, Él me eligió. A mí no me interesa mucho que tú tengas o no el acta de nacimiento: me interesa que Él sepa que yo soy suyo. «Conoce el Señor a los que son suyos.» Y ahí comienza la seguridad de nuestra salvación.

Qué ternura da que, cuando para ningún hombre tú valgas dos pesos ni uno, tú eres suyo. Y que te falte cualquier otra cosa, pero que no te falte esa seguridad. Dice Él: «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?» Hermano, tú eres el hijo suyo.

Un amor que se comprende con los años

Su amor por nosotros lo comprendemos de manera progresiva. Un adulto ama mejor a su madre que un niño. He hecho un argumento al respecto de esto durante años: los bebés están sobrevaluados. Esa ternura y demás… el bebé no sabe. Después, cuando van creciendo, dicen «wow». Y cuando tengan sus propios hijos, entonces van a amar mejor a sus propias madres. A medida que uno crece, va entendiendo el sacrificio de sus padres.

Antes de ayer salí con Caro, di una vuelta, y veía a una madre que andaba junto a su hija, y la hija estaba embarazada, evidentemente embarazada. Y yo veía la estética de la hija, y no se parecía a la estética de la madre: la madre parecía una señora recatada, elegante, de esas que van al salón en la mañana antes de hacer las diligencias; y la hija con un corte un poco radical de cabello, muchos tatuajes y demás. Pero su hija estaba embarazada. Y uno ve esa relación entre esa madre y esa hija, y yo pensaba: ahora esa hija va entendiendo lo que es una madre. Ahora entiende el malestar, entiende el sacrificio, entiende lo que es el cuidado.

Y así mismo sucede con el amor de Dios: a medida que tú maduras espiritualmente, vas entendiendo más profundamente el amor del Padre. Cuando uno viene a Cristo, uno entiende que repitió una oración y se salvó; y después uno entiende que si yo repetí una oración, significa que Él me estaba amando desde antes, que Él se acercó a mí, envió ese instrumento, me predicó el evangelio, mis ojos fueron abiertos a la realidad del evangelio, Él abrió mis ojos antes de que yo tuviera fuerza, y Él permitió que yo diera un paso al frente en su búsqueda aún antes de que pudiera hacer nada.

El amor del Padre se entiende mejor a medida que vamos madurando. Cuando tú tengas tus propios hijos, cuando tú entiendas lo que es el sacrificio, entonces vas a amar mejor a tu madre. Y lo mismo sucede con el amor de Dios: va creciendo. Y a medida que caminamos con el Señor y nos damos cuenta de cómo Él siempre va caminando delante de nosotros, decimos: caramba, qué amor es este, qué profundo amor, qué constante amor.

Un amor sin condición

Evoca el amor del Padre, y es un amor sin condición. Se han viralizado los videos de madres defendiendo a hijos delincuentes. Y usted no va a compartir la delincuencia, pero tiene que reconocer que hay un tipo de amor que es particular. Cuando todo el mundo se avergonzó, cuando todo el mundo se fue, cuando sus compañeros de delincuencia lo abandonaron, ahí estaba la mamá. Frecuentemente, en los juzgados, ¿quién va a hacerse presente? Las madres. Porque a ella es que le duele.

Y cada vez que un creyente cayó, cada vez que un creyente pecó, el que se mantuvo firme fue el mismo que le parió, espiritualmente hablando. Cuando nadie creyó, Él creía. Así de profundo te ama Dios. Es un amor constante. Yo no siempre puedo sentirlo, pero yo siempre puedo saberlo. A veces lloro y siento que mi Dios está a kilómetros de distancia, pero yo sé que me ama. Todo el que tiene una madre viva sabe que hay un lugar en esta tierra donde va a ir y va a recibir cariño, va a recibir ternura. Hay gente que llama: «Quiero escucharte, quiero verte.» Ese es el amor de una madre. Y así es el amor de Dios.

Es un amor que lucha. Dice la Escritura: como la gallina a sus polluelos. Y es verdad: un amor que defiende. ¿Qué no haría una madre para defender a un hijo? Uno no comparte la violencia, pero a quien le duele es a la madre. Dice Juan: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.» Ese es su amor.

Hay muchachos que son más estándar que otros. Recuerda, hermano, que yo vengo de ser el muchacho problemático, el que no daba pie con bola en los estudios, el que daba mucha lucha y demás; pero quien estaba ahí siempre era la madre. ¿Quién va a hablar con los profesores? ¿Quién está ahí cuando yo estoy enfermo? La mamá. Es una ternura, hermano. Él dice: hey, si esos son ustedes, están evocando el amor mío por ustedes. La madre es la que da y no está esperando quitar.

Oseas 14:4 dice, hablando de Israel —un pueblo rebelde—: «Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia, porque mi ira se apartó de ellos.» De pura gracia. Así como una madre ama de pura gracia, así ama el Señor a su pueblo.

He estado hablando de atributos. Es un amor difícil, es un amor discreto. El problema de esta sociedad es ese: que tu madre te ama y te ama profundamente, y tu Padre celestial te ama profundamente, y tú no siempre puedes conciliar tus expectativas con su amor. Por eso es un amor difícil, es un amor discreto. Se ha vuelto ya que las madres son populares, y la maternidad se televisa, se transmite, se hace live y toda la cosa. Pero la maternidad siempre fue un proceso discreto: una mujer paría y se recluía con su criatura, la llenaba de cuidado, de cariño y de ternura. Y ahí, en la discreción, tu Dios te está amando. No hay que recibir un live para sentir que Dios te ama, que tiene cuidado de ti. Y así como la sociedad no necesariamente veía la abnegación de una madre, el mundo no necesariamente entiende el amor abnegado de Dios por su pueblo.

Te tengo esculpida en las palmas de mis manos

«¿Se olvidará la madre de la criatura que dio a luz?» ¡Claro que no! Y aquí está la seguridad de nuestra salvación. Dice: «Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.» Él es mejor que las madres, es lo que está diciendo. Aunque aparezca una madre desnaturalizada que se olvide de sus hijos, «yo no me olvidaré de ustedes». Así de profundo nos ama el Señor.

Y viene un recordatorio de que sigue pensando en nosotros. Dice el 16: «He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros.» Ese «he aquí» es una expresión de atención: atiendan, atención a esta parte. Es un recordatorio retórico, como si tú subrayaras algo. Él está diciendo: he aquí, miren esto. Mi amor por ustedes es tan constante —ustedes dicen que yo me olvido de ustedes— que tengo aquí un croquis de mi nación escrito en la palma de mis manos.

El Señor tiene esculpida la nación de Israel en su mano. Esta expresión es muy profunda, sobre todo para Israel, porque lo que ocurrió es que cuando ellos fueron desterrados, los muros de su ciudad fueron derribados, se derribó el templo, se derribaron sus casas. Parte de la nostalgia de alguien que pierde su lugar es que lo dibuja: trata de recordar cómo eran las calles, cómo eran las casas, qué color tenían, cuáles eran las medidas. Y ellos en el cautiverio decían: wow, desbarataron mi casa, derribaron mi ciudad, por ahí era que estaba, aquí estaba el negocio de fulano, ese era el muro.

El Señor les está diciendo: yo los tengo tan presentes que tengo el croquis de mi nación en las manos, para verlo siempre. Ustedes no tienen que esforzarse tanto documentando su historia, preservando su legado, su gloria, su linaje: yo sé. Y así como yo permití que ustedes fueran desterrados y disciplinados, al mismo tiempo yo puedo reconstituirlo. Y cuando tú piensas que todo se perdió, Dios tiene los planos de su ciudad en la mano, de forma tal que hay esperanza.

Cuando pensamos que no hay futuro, que todo se terminó, que Dios no llegó a tiempo, Él dice: ¡ay!, yo tengo los planos. A Dios le dolía la ciudad de Jerusalén, que fue derribada, destruida, quemada. Y Él dice: ustedes están lamentando todo eso; yo la tengo aquí esculpida, en mi mano, de forma tal que yo puedo rehacerlo, yo puedo comenzar de nuevo. Cuando parece no haber camino, ni decisión certera, ni un curso de acción claro, el Señor dice: aunque ustedes no sepan nada, yo sé para dónde vamos y cómo vamos. La historia está en la mano del Señor. Está diciendo: yo sigo contando con ustedes. Ustedes no ven claro el proyecto, pero yo lo sigo viendo con claridad. Mira, sucedió aquí, después va a suceder allá, y después vamos a hacer esto por allá.

Y cuando tú entiendes que la película se terminó… Hay veces que yo he visto películas, y cuando estamos llegando al final, yo digo: este director tiene que ser muy bueno, porque vamos ya para una hora y media y yo no creo que él pueda darle a este asunto un final que termine bien. Y hay directores que lo logran. El Señor, en el último minuto, dice: yo tengo el plano aquí, yo tengo el cierre. La historia no se terminó, porque yo la tengo escrita en mi mano.

Dice Daniel 2:21: «Él muda los tiempos y las edades, quita reyes y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos.» Él muda los tiempos y Él tiene los planos. Y no solamente tiene los planos: dice que los mira constantemente. «Delante de mí están siempre tus muros.» Wow. Cuando nosotros entendíamos que ya no había nación, cuando entendíamos que los límites políticos, los límites religiosos, los límites familiares, todo había sido borrado y destruido, cuando el mundo entendió que para nosotros no había esperanza, Él dice: yo sigo mirando aquí dónde comienza y dónde termina. Todavía hay pueblo. No se desterró todo: todavía hay pueblo.

Dijo también a través de Isaías que Él vino a proclamar las buenas nuevas, a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar de espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya. Cuando todo se quemó, cuando todo se derribó, cuando todo se destruyó, todavía el Señor seguía soñando.

Recuerdo que entre el 2008 y el 2010 cantábamos reiteradamente esta canción en nuestra iglesia: «Por cenizas te dará esplendor, gozo por llanto y paz por temor.» Una canción de Crystal Lewis, y se repetía: por cenizas te dará esplendor, gozo por llanto y paz por temor. El Señor puede enderezar la historia, puede reconstruir los pueblos, el Señor puede enderezar una vida, porque los planos están en su mano. Tu experiencia no es el indicador de Dios: cuando nadie confía, cuando nadie cree, el Señor puede hacerlo.

Cómo se ve el evangelio

Miren: lo que Dios le promete a Israel por medio de Isaías se hace palpable para su iglesia por medio de Cristo. El Hijo fue abandonado en la cruz del Calvario para que nosotros jamás nos volviéramos a sentir separados de Dios. Mientras cargaba con nuestros pecados, fue apartado por un momento del Padre, para que nuestros nombres fueran escritos para siempre en el libro de la vida.

El evangelio —la buena noticia de que nosotros hemos sido elegidos, amados y preservados en Cristo, profundamente amados en Cristo— es la respuesta definitiva de Dios al sentimiento de abandono que había en los hombres. Es Dios con nosotros, Dios por nosotros y Dios en nosotros. Por cenizas te dará esplendor, gozo por llanto y paz por temor. Oro por la iglesia, para que pueda creer, pueda sentir y pueda vivir a la luz de haber sido profundamente amada en Cristo.

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