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Mensaje

Abraham, lo que Dios pensó de un padre

Génesis 18:17-19

Todo hombre desea hacer algo importante con su vida, pero pocos consideran que la familia puede ser esa plataforma desde la cual encontrar su significado, su misión, su relevancia y su trascendencia. Abraham es un buen ejemplo de hombre que hizo de su casa una plataforma de servicio, y desde allí impactó a todas las familias de la tierra.

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Lectura de Génesis 18:17-19

Acompáñenme a leer Génesis capítulo 18, para ver desde esta porción de la Escritura la historia de Abraham, pero sobre todo lo que Dios pensó sobre un padre.

Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer, habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra? Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él.

— Génesis 18:17-19

La familia como plataforma de trascendencia

Hablo de hombre a hombre y sé que todo hombre desea hacer algo importante con su vida. Hay algo que el Señor ha instalado en nuestros corazones. Adentro de todo hombre hay espacio para un proyecto. Es parte de nuestro diseño: el Señor nos hizo para liderar, para administrar una casa, para inspirar a otros, para hacer algo importante con nuestras vidas.

Sin embargo, son pocos los hombres que consideran que la familia puede ser esa plataforma en la cual se puede encontrar significado, misión, relevancia y trascendencia. Es más fácil buscar nuestra vida en el negocio, en la carrera profesional, en el reconocimiento de los hombres, en la delincuencia. Son más, tristemente, los hombres que entienden que en la delincuencia pueden encontrar un futuro que los hombres que entienden que el proyecto familiar puede tener futuro.

Aún otros buscan ese espacio de relevancia en el ministerio cristiano, y está bien. Pero quisiera persuadirte de que la esfera doméstica familiar no tiene que ser necesariamente ni siempre el espacio femenino. En su propia casa, un hombre puede ser relevante, significativo y hacer algo que tenga valor eterno. Esa idea es relativamente nueva, que el espacio doméstico es un espacio para las mujeres y que el espacio público es el espacio para los hombres. Lo que muestra la Escritura de manera consistente es que un hombre debería encabezar el espacio familiar.

En Latinoamérica nos forman así: la casa es de las mujeres. De hecho hay hombres que en su casa ni siquiera opinan, porque es el espacio donde la mujer reina. Lo que muestra la Escritura es que un hombre piadoso quiere ser sacerdote en su casa, que él quiere encabezar el proyecto familiar, y que en el proyecto familiar hay trascendencia.

Abraham es normalmente conocido como el padre de la fe, pero en la esfera doméstica también fue un padre. Y es un buen ejemplo de hombre que hizo de su casa una plataforma de servicio y desde allí fue de bendición para todas las naciones de la tierra.

Un mensaje para todos

Veremos lo relevante que es el rol de un padre en la perspectiva de Dios, la proyección que Dios hizo de la paternidad de Abraham, cuál era su misión y la promesa que le acompañó.

Mientras me preparaba para predicar, asumía que probablemente en la congregación hoy no tendría muchos padres a los cuales hablarle. Yo anhelo que vengan días donde sean los padres los primeros que inquieten a la familia y les digan: «Vamos a la casa del Señor, a poner al Dios de esta casa en el primer lugar.»

Pero quizás hay alguna jovencita que pronto pondrá sus ojos en alguien que sea el padre de sus hijos. Me gustaría persuadirle de que no todos los hombres valen la pena para encabezar un proyecto familiar. Quizás hay alguna mujer preparando hombres y mujeres para el matrimonio. Quizás hay una abuela que está mirando hombres alrededor suyo que están luchando, y lo menos que debería hacer es darles aliento. Quizás hay algún hombre que pueda animar a otro hombre. Quizás hay algún joven que ya debería estarse preparando para el llamado de formar una familia.

Esto no solamente lo necesita consumir quien vaya a encabezar un proyecto. Esto también necesita consumirlo quien vaya a acompañar a alguien para que encabece un proyecto. En un mundo de emprendedores, yo le oro al Señor que me permita provocar padres de familia. En un mundo donde todo el mundo entiende que solamente hay perspectiva siendo el próximo Elon Musk, yo quisiera persuadirte de que Abraham es un buen ejemplo.

Abraham no era un hombre irrelevante, era un hombre que tenía prestancia pública, no era un pobretón que andaba por allá; era un hombre rico. Pero la mayor riqueza de Abraham estaba en que la promesa de Dios estaba sobre su casa. Dios no le dijo a Abraham que bendeciría su ganado, no le dijo que bendeciría solamente su tierra; le dijo que bendeciría su descendencia, y allí estaba su mayor riqueza.

Yo siento que en la sociedad se aúpa poco a los hombres. Hay cantidad de empatía, de sororidad sobre las mujeres. ¿Y qué tal un hombre que se está proyectando y dice: «Realmente yo quisiera que el Señor me dé una esposa y quisiera tener unos hijos, y yo estoy preparándome por los próximos treinta años; sé relevante desde ahí»? Quisiera yo que mis hermanos de esta iglesia sean columnas para otros hombres y que vean nuestra dinámica matrimonial y digan: «Yo también quisiera tener una.»

Quiero mostrar que realmente encabezar un proyecto familiar no es un saco de piedra con el cual vas a tener que cargar, que es un gran privilegio, y que Dios piensa en los padres. Es que cuando el Señor quiso hacer algo importante en esta tierra, no llamó a un empresario; llamó a un padre de familia. La familia es donde todo comienza, donde todo termina.

Dios reflexiona sobre Abraham

Si no entendiéramos que Dios habita eternamente en una trinidad y que está rodeado de ángeles, parecería un soliloquio de Dios, pero no es un soliloquio. El Señor habita en la eternidad en mucha compañía, y Dios está reflexionando al respecto de Abraham: «¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?» Escuchen cómo Dios está hablando de un padre. Abraham es un hombre notable. Es como que el Señor, en su proyecto que es la creación, está incidiendo y dice: «Yo no debería incidir en la creación sin hablar con el gerente general.»

Yo no sé cómo está tu proyecto familiar en este momento. Pero te puedo mostrar aquí que hay esperanza y que Dios tiene una perspectiva positiva de lo que puede pasar en una familia.

Dos padres, dos proyectos: Abraham y Lot

El telón de fondo de esta conversación importa. Hay otro hombre, padre de otra familia, que se llama Lot. Lot era un sobrino de Abraham que había salido de Ur de los Caldeos junto con Abraham. En su momento Lot fue prosperado junto a Abraham y los dos llegaron a tener gran cantidad de ganado. Hubo tensión entre los pastores de Lot y los pastores de Abraham y en algún momento se separaron.

Lot, con un corazón encaminado hacia la maldad, eligió primero —siendo el más joven y no teniendo el derecho— la mejor tierra. Vio una llanura y dijo: «Allá es que yo quiero habitar.» Y Abraham le dijo: «Procede, que no haya tensión entre nosotros, elige la mejor parte.» Lot fue moviendo sus tiendas y se acercó a Sodoma y a Gomorra. Vino después el Señor y le dijo a Abraham: «No te preocupes, sigue errante, mueve tus tiendas; no te aferres a los bienes de esta tierra, que tu riqueza soy yo.»

Lo que vemos aquí es el desenlace de dos historias. El capítulo que nos compete es donde Dios interviene para destruir Sodoma y Gomorra. Son dos padres, dos proyectos de familia. Una familia que tiende a la maldición y una familia que tiende a la bendición. Un hombre encaminado siguiendo la promesa de Dios y otro hombre aferrado a los bienes materiales. ¿Cuál era la riqueza de Lot? Que tenía tanto ganado como Abraham. ¿Y cuál era la riqueza de Abraham? Que Dios está conmigo.

El Señor va a destruir a Sodoma y a Gomorra, pero de camino a destruir se hace un paréntesis —los versículos del 17 al 19— y dice Dios: «¿Acaso voy a encubrir de Abraham lo que estoy por hacer?»

¿Cuál fue el resultado? Abraham se convirtió en el padre de la fe. Lot fue rescatado milagrosamente de Sodoma y Gomorra por la intervención de Abraham. Su mujer quedó en el camino convertida en una estatua de sal porque estaba tan aferrada a las cosas de este mundo. Terminó borracho, procreando con sus dos hijas, y de la descendencia de Lot salieron dos pueblos paganos.

Son dos maneras de ver la vida. Hay una manera dominada por los bienes materiales y una manera dominada por la fe en Dios y guiada por una promesa. Son dos modelos de padres: el modelo de Abraham y el modelo de Lot. Este texto existe para persuadir a hombres como nosotros de que el proyecto de Dios vale la pena, que nuestra meta no está en buscar los bienes de esta tierra, sino en dejar una herencia para Dios.

La inversión más grande

Tú quizás eres un emprendedor joven y tu mente en este momento está pensando en la criptomoneda, en las acciones, estás buscando fondos para hacer tu primera inversión. Tu inversión más grande es la esposa con la cual vas a procrear unos hijos y vas a dejar una herencia eterna. En cualquier momento puedes tener patrimonio, pero hay un momento para tener los hijos. En algún momento puedes tener bienes materiales, pero hay un momento para tener los bienes espirituales.

A mí me asusta que esta sociedad se está hablando de que vayan desde el bachillerato a enseñarles a los muchachos de inversión, de negocio, de bolsa de valores, pero ¿quién le va a decir a los muchachos que casarse vale la pena? Yo miro hacia atrás y me doy cuenta lo rebelde que yo fui. Probablemente desde los 23 años yo estaba listo para el proyecto familiar, pero priorizaba consistentemente los bienes de esta tierra. Y cuando debía estar pensando en casarme, ya tenía una muchacha que valía la pena, yo seguía buscando empujar una empresa, empujar unos negocios.

Va a llegar un momento en que tu satisfacción estará en haber criado hijos para Dios. Y tú puedes ser un Lot que tenga toda la cabeza de vaca de esta tierra, pero ¿qué pasará con tu casa? ¿Dónde está tu influencia? Yo no veo a nadie diciéndole a los muchachos de 23 años: no se trata solamente de hacerte rico, de comenzar empresas. Se trata de poner bien los ojos. ¿Dónde es que hay futuro para un proyecto familiar? ¿Con quién te vas a casar?

El proyecto no es la inversión intermediaria, el proyecto no es el software; el proyecto es la familia. Ahí es que está el potencial, ahí es que está tu verdadera riqueza y tu alegría en la segunda parte de la vida. Hay muchos momentos para hacer negocios, hay muchos momentos para hacerse ricos, pero hay momentos para emprender el proyecto familiar, y vale la pena sobre todo para un hombre.

¿No aparece un Abraham entre nosotros que diga: «Yo quiero hacer una casa, yo quiero constituir un nombre, yo quiero tener la esposa, quiero los hijos, quiero los criados, los animales y toda la cosa»? Edificar una casa, eso es. Y sobre todo edificar una casa espiritual. Eso es riqueza: desear llegar a tu casa porque hay una esposa y unos hijos que te están esperando. Eso es riqueza: entender que estás nutriendo un proyecto familiar que puede tener bendición para muchas generaciones. ¿Y los fondos mutuos? ¿Y los rendimientos? ¿Y el pluriempleo? ¿Y las horas extras? Ahí no está tu gozo, ahí no está tu satisfacción. De aquí a poco el gozo estará en si criaste como Abraham o criaste como Lot.

Estadísticas que hablan

Las estadísticas no son una fuente segura, porque en la historia de la redención no cabe una tabla de Excel. Pero tampoco somos ciegos. Las estadísticas no lo dicen todo, pero dicen algo. Hay un informe de Baptist Press que dice que si un niño es la primera persona en convertirse en su hogar, existe un 3.5% de probabilidad de que todos los miembros de su familia hagan lo mismo.

Si es la madre la primera creyente en su familia, las probabilidades de que sus hijos y su esposo le sigan: 17%. Si es el padre el primer creyente en su familia, existe un 93% de probabilidades de que todos los miembros de su familia le sigan.

Nosotros no somos estadísticos, creemos en el Señor. Estoy mostrando el dato para que entiendan el impacto que tiene un hombre en la vida espiritual de su casa. Hay algo en el corazón de una mujer: cuando un hombre quiere liderar lo espiritual, la mujer quiere que ese hombre lidere lo espiritual. Hay algo en los hijos: su padre resuena en el corazón de un hijo, y hacia donde va el corazón, allá va la familia.

Alguien me dirá: «Pero hay casos excepcionales.» Yo sé, diezmo de casos damos. Cantidad de hombres piadosos que sus hijos no permanecieron en Cristo; eso pasa. Cantidad de hombres que sus padres no fueron los primeros: mi padre todavía no es un creyente, yo estoy en Cristo. Ahora, yo sería un necio ante el grueso de la evidencia si cerrara los ojos. Vale la pena que los hombres nos comprometamos en seguir a Cristo y encabezar espiritualmente el proyecto familiar.

Jonathan Edwards y los Jukes

Hay un libro corto de 1900 que habla de Jukes y Edwards, un estudio sobre la educación y la herencia. Jonathan Edwards fue un predicador en el siglo XVIII. Y este nombre Jukes es el nombre que los investigadores le pusieron a una familia que era frecuentemente visitada por la criminalidad. Jonathan Edwards, con su esposa Sarah, criaron once hijos en un hogar centrado en Dios.

El resultado de su descendencia —se estudiaron 1,400 personas—: un vicepresidente de los Estados Unidos, tres senadores, trece presidentes de universidades, 60 médicos, 100 abogados, 100 pastores o misioneros, 75 oficiales del ejército, 60 autores notables. Ninguno de los descendientes de Jonathan Edwards se dedicó profesionalmente al crimen.

Vamos a ver al otro hombre, contemporáneo a él: Max Jukes. Fue un hombre arrestado por vagancia. Vivía en un desorden moral: alcoholismo, promiscuidad, desprecio a la autoridad. ¿Cuál fue el resultado de su descendencia? Se estudiaron 1,200 personas: 310 de ellos murieron como indigentes, 130 fueron convictos de diferentes delitos, 50 de sus descendientes mujeres fueron prostitutas, 60 fueron ladrones habituales, 7 asesinos, 440 tuvieron enfermedades físicas o mentales. Solamente veinte aprendieron algún oficio, y de esos veinte, diez aprendieron el oficio en prisión.

Te dejo que reflexiones un poco para mostrarte que la decisión que tú como hombre joven estás tomando hoy tiene un impacto en generaciones. Y que tus hijos pueden ser la generación de Lot o la generación de Abraham. Le pongo un tremendo pie de página: nosotros creemos en el poder del evangelio, no en los números. Y el Señor cambia historias. Si un descendiente de Max Jukes se encuentra con Cristo, ahí cambia la historia. Nosotros no creemos en el poder de los números; creemos en el poder del evangelio. Pero los números deberían empujarnos a abrazar el evangelio.

Lo que ven mis ojos pastorales

¿Qué dicen mis ojos pastorales? En las columnas de una iglesia, gente que empuja el proyecto de una iglesia local, o son hombres casados con mujeres piadosas, o son mujeres piadosas casadas con hombres nominales, con mucha discreción, que ellas mismas quisieran hacer más para el Señor y no lo hacen porque su cabeza todavía no se levanta.

Que aunque las iglesias tengan un liderazgo bíblico y un rostro masculino, son movidas principalmente por mujeres. Que muchos hombres, aún en el ministerio, no tienen autoridad en su casa y son movidos por sus propias esposas. Que son las mujeres las que están empujando: «Mi amor, vamos, que hay que predicar la palabra.» Que iglesias plantadas por jóvenes regularmente son jóvenes que salieron de las iglesias de sus padres casi en rebeldía para poder servir al Señor. Y que cuando un hombre se compromete en el proyecto familiar, eso tiene gran repercusión en la iglesia local.

Qué podemos hacer

Lo menos que quiero es dejarte abrumado, dejarte triste. Yo quisiera que hagamos algo. Le hablo en este momento a los varones, de varón a varón: ¿qué podemos hacer? Yo no quiero que la historia mía sea la historia de Lot, yo quiero la historia de Abraham.

Entusiásmate. Busca tu principalía en tu propia casa. Todo hombre anhela reconocimiento, notoriedad, liderazgo. Cógele el gusto a eso. Que no te importe tanto que te aplaudan en los clubes, que no te importe mucho que te aplaudan en el negocio. Los aplausos en tu casa, ahí es que cuentan. Recréate en esto. Dice la Escritura: «Deléitate en ella, y que tu amor te satisfaga siempre.» Toma decisiones hoy que te conduzcan a estar presente en tu propia casa.

Agradezco al Señor que me dio sabiduría práctica para tomar pequeñas decisiones que me encaminaron a estar presente en mi casa. Y cuando tomé esa decisión, yo sentí la providencia del Señor encaminándome. ¿Decisiones de qué tipo puedes tomar? Rechaza tú esa promoción laboral para evitar que alguien más críe a tus hijos. Dile que no a ese viaje al extranjero para poder criar a los tuyos. Las familias no funcionan por wifi, no funcionan por bluetooth; hay que estar ahí.

Es tiempo, es tiempo. Ese tema de «tiempo de calidad» nos vive impresionando. Yo no sé si es tiempo de calidad; yo sé que es tiempo, que estemos aquí. A veces hay que decirle que no a esa promoción. Y dile a tu jefe: «Yo tengo un niño, yo quiero criarlo; usted no me lo va a criar.» «No, que esa promoción es tuya, tú lo mereces.» Sí, pero donde yo estoy esperando que me promocionen es en mi casa.

¿Renunciar a un trabajo en fe? Sí. «Jamás voy a tener un trabajo como ese, me voy a ir a la ruina.» Mira, habla con tus hermanos varones. Los judíos tienen una práctica: cuando un hombre judío está en una situación precaria, todos los hombres judíos entienden que hay que buscar la manera. «Fulano, te lo cargas tú, me lo cargo yo. ¿Hay algún negocio que se pueda buscar?» Se entiende que a la comunidad le va a ir bien de acuerdo a como a los hombres les esté yendo.

Acércate a tus hermanos varones y dile: «Mire, ese trabajo no me deja criar a mis hijos, estoy cogiendo lucha ahí, ese es un trabajo que va en contra de mis convicciones; ayúdenme.» Yo te aseguro que el Señor puede usar a tus hermanos para ayudarte. No te vamos a garantizar tus ingresos, pero lo que te vamos a garantizar es que vas a poder criar a tus hijos tú. No se los va a criar un abuelo, no se los va a criar un tío, no se los va a criar un segundo marido. Una prioridad para un hombre debe ser criar a sus propios hijos.

Emprende para criar mejor, no solamente para acaparar más. ¿Cuál es la razón de tu emprendimiento? «Yo quiero tener un negocio propio que probablemente me va a repercutir el 60% de lo que antes me repercutía en empleo, pero me va a permitir estar por lo menos el 50% más del tiempo en mi casa.» ¿Quieres edificar tu casa? Home working, con propósito. Puedes trabajar desde la casa.

La historia mía en los últimos años ha sido eso. «¡Papá, abre! ¡Papá, abre!» Yo queriendo echar 200 líneas de código, preparar el sermón del domingo. «¡Papá, abre!» Él me tumba la puerta, y si no le abro, no se va. Se recuesta en la puerta y comienza a darle. En el Zoom, el cliente escucha. «Espérate, mi hijo me está tumbando la puerta.» Eso me da un gustico a mí: decirle a un cliente que mi hijo me está tumbando la puerta. Que se entienda que yo no trabajo principalmente para que tu corporación sea todavía más rica, que ustedes no son mi vida, que Cristo es mi vida y que esta familia a mí me importa.

Yo tengo pizarras grandes donde quiera que trabajo, y donde quiera que está mi pizarra encuentro un mensajito que me dejan mis hijos. Y para mí esa es la graduación. Lo menos que quiero es llamar la atención y decir que tengo un matrimonio perfecto. Lo que quiero decir es que vale la pena y que hay una satisfacción profunda en criarle hijos al Señor, que es ser interrumpido.

La familia y las generaciones

Dios habló de Abraham y dijo que Abraham importaba a causa de que su familia importaba. El Señor no dijo: «No, le ocultaré yo a Abraham que Abraham tiene quinientas cabezas de vaca.» Dijo: «Habiendo de hacer de él una familia fuerte, poderosa, y enseñarle a su casa que guarden al Señor.» La proyección de su vida: nación grande y fuerte, y bendecir en Abraham todas las naciones de la tierra. No le alcanzaría la vida terrenal para ver la bendición. Hermano, que el Señor te conceda hacer algo en tu casa que te falte un ojo para verlo.

Para asumir la familia como una misión, tienes que ver la vida desde la perspectiva de Dios: generaciones. El que anda mirando solamente el día a día —¿cómo se están comportando los muchachos ahora mismo? ¿Y el matrimonio cómo está? ¿Estamos de abecito o estamos de abalazo?—, no se lleve del día a día. Generaciones se vienen por delante. A veces tienes que pensar en frío y decir: sigue valiendo la pena, porque hay generaciones por delante.

Ayer en la tarde estuve en un memorial, el memorial de mi tía, y pude ver a gran cantidad de mis familiares: tíos, tíos abuelos, primos grandes, los primos más pequeños. Muchos de ellos fueron comerciantes, agricultores, banqueros, hombres de negocio, profesionales exitosos. En un memorial inmenso, cuando mirabas alrededor, la alegría principal o la principal tristeza de ellos estaba en sus hijos. Ya nadie está pensando en que le dieran un ascenso. La alegría de ellos es: ¿dónde están los muchachos y cómo están? Esa es la alegría.

Miraba yo gente que yo le conocí siendo comerciantes y al día de hoy son envejecientes. ¿Dónde está la alegría de ellos? ¿Dónde están los hijos y cómo están los hijos? Si ellos se pudieran devolver y retrotraer la historia, yo les aseguro que no comprarían tres tareas de tierra más. Probablemente hubieran dejado de comprar tres tareas de tierra más, para no tener que labrarlas, y le hubieran dedicado tres horas más a sus hijos.

La familia: un pequeño reino

Estuve leyendo un libro de Herman Bavinck, teólogo holandés. Dice él que la familia no es una cuarta esfera al lado de las otras tres —Estado, Iglesia, cultura—, sino más bien el fundamento o modelo de ellas. La familia es donde apreciamos un reflejo de cada una de estas esferas, siendo esta un pequeño reino que existe para el mayor bien, que es el reino de Dios.

Un pequeño reino. Y todo hombre quiere ser el rey en su casa, claro. Un reino no es solamente un asunto de patrimonio. Un reino es una influencia cultural, una influencia política, una influencia en el carácter. Eso es lo que es una familia: un pequeño reino, una manera particular de hacer las cosas. Yo creo que cada hombre debería anhelar desarrollar para Dios un pequeño reino. Esto es dominio, influencia, desarrollo.

Y a menos que veas la familia como Dios la veía en Abraham —como algo deseable—, siempre para ti la familia va a ser un estorbo. «La gente esta que se opone en mi carrera profesional, el estorbo este que no me deja tomar el ascenso.» Eso no es la familia. La familia es tu pequeño reino dentro del reino de Dios.

La casa de Abraham

Piensen en la casa de Abraham. Dice él: «Habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra, porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí que guarden el camino de Jehová.» Su casa. ¿Cuál era la casa de Abraham? Tenía un dominio muy grande: por lo menos 318 criados que podían ir a la guerra. Dios extendió la promesa de Abraham a todo varón de su casa, incluidos sirvientes o comprados.

Tenía Agar y tenía Ismael; de ellos levantó Dios un pueblo. Tenía Eliezer de Damasco, que era entre sus sirvientes el de más edad y administraba toda la propiedad de Abraham. Y Eliezer oraba al Dios de Abraham. Eso es lo que es una casa: es el dominio, es la influencia. ¿Hasta dónde se extiende tu influencia? Abraham tenía tiendas, sirvientes, la gente requería mucho alimento, agua. Eso era una nación moviéndose. Abraham se relacionaba y pactaba con reyes en condición de iguales: habló con Faraón, con Abimelec. No era un hombre de vida irrelevante, pero desde su casa.

Recuerda mi argumento: tú puedes hacer muchas cosas en tu vida, pero la plataforma desde la cual debes hacer todas las demás es una plataforma de influencia que se llama tu familia.

La misión y la promesa

¿Cuál era su misión y la promesa que la acompañaba? Que él mandara a sus hijos y a su casa después de sí. La promesa es: «Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él.» Es un compromiso de instrucción generacional, consistente y dedicado, que el Señor ve y bendice.

Quiero persuadirte de que la promesa no solamente es que tú seas cristiano y «mi hijo es hijo de la promesa». La promesa es que tú, como cabeza de esa casa, te comprometas a establecer ahí el camino de Jehová. El «mandar»: para cumplir eso hace falta carácter. Un hombre que no sea una autoridad, una potencia moral, no manda en su casa. No es: «Aquí se van a hacer las cosas como yo digo»; no es eso.

El asunto es que cuando ustedes se dieron cuenta de que Dios me pidió que sacrificara a mi único hijo, yo levanté la mano. No me tembló la mano para desprenderme de la cosa más importante cuando Dios lo dijo. Eso es lo que es ser una potencia moral: que un hombre ha caminado el camino de Dios con tanta precisión, con tanta constancia, durante tantos años. ¿Por qué no nos oyen? Porque estamos cambiando de convicciones todos los días. Oye una cosa hoy y mañana otra. Llega un momento en que tu familia te suelta: «Ese hombre no sabe para dónde va.» Un hombre que ha caminado el camino de Jehová siempre sabe para dónde va y tiene una autoridad en su casa.

Eso genera una admiración en la esposa y en los hijos, y en tu casa completa te quieren seguir. La fe no se impone, no se exige, no se demanda; la fe se modela. Y cuando tú has modelado la fe, tienes la autoridad moral para mandar.

Ese término «mandar» —estuve haciendo un estudio de palabras—, la mejor explicación es la función que hace una ley. Cuando el legislador establece una ley para dirigir un pueblo, eso no es un capricho. Esa ley ha sido pasada por el filtro de la prudencia, está apuntando a principios muy altos, y todo el mundo va a vivir de acuerdo a ella. Las leyes no son caprichos y por eso funcionan. El estereotipo es que un hombre, en nuestro contexto, está lleno de caprichos, de «lo que mi tío hacía, lo que me dijo mi abuelo, de los trucos». Estos no son trucos, es el camino de Jehová. Y cuando tú caminas el camino de Jehová, te conviertes en tu casa en un referente moral. Y la esposa y los hijos te quieren seguir en ese camino.

Ya cuando tú cesas, no hay que estar haciendo la petición del muerto, ahí ya con los bracitos puestos en el pecho: «Mis hijos, ustedes saben que yo fui cristiano de verdad.» «Papá, usted fue cristiano, sí.» «Yo servía el camino de Jehová y le quiero pedir que jamás se aparten.» «Pero usted tampoco estaba caminando de acuerdo…» Eso no es. Es que en tu vida hayas vivido de manera tan consistente y con tanto fruto en ese camino que tus hijos digan: «Mira cómo le fue. Yo creo que hay riqueza en vivir así y hay testimonio en vivir así.»

Que se levante una generación de hombres que comiencen a vivir de acuerdo al camino de Jehová. Y tengan no solamente esposa, hijos, criados, sirvientes, mucho patrimonio, sino también el testimonio de decirle a la familia: vale la pena hacer en tu vida la voluntad de Dios. Este es el sentido del término «mandará»: implica autoridad, pero no tiranía. Es dirección formativa. No habla duro. Consistencia, caminando un camino de forma tal que todos los demás quieran seguirte.

El Shemá: instrucción intencional

Este es el corazón del Shemá, Deuteronomio 6. Es un proceso de instrucción doméstica e intencional que incluye modelar y ponerlos por obra para que te vaya bien. Incluye poner la Palabra primero sobre tu propio corazón y luego repetirla a tus hijos en tu casa, andando en el camino, al acostarte y cuando te levantes. Escribirla en los postes de tu casa y en las paredes. Es un 360 con la voluntad de Dios. Es una inmersión para que te vaya bien.

Hombre que está aquí: ¿quién es que habla en tu casa del Dios que está en tu casa? ¿Quién es que se los dice a los muchachos? La parte más importante no es «mamis» ni «papis»: en esta casa servimos a Jehová de los ejércitos y caminamos en este camino. Alguien me va a decir: «Pero con esto, ellos tienen que elegir su camino.» No, hermano. Ellos pueden salirse del camino por el cual estamos caminando, pero en esta casa hay un camino.

¿Cuál es el alcance de ese mandato? «A sus hijos y a su casa después de sí.» Recuerden que comencé con dos personajes: Jonathan Edwards y la familia Jukes. Los dos desencadenaron en caminos diferentes. «A su casa después de sí.» El contenido es el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio. Y también hay una promesa: «Que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él.»

La gente quiere caminar según la cuenta corriente. Los hombres piadosos caminamos según la promesa. Tú haces lo que hay que hacer y esperas que Jehová haga venir sobre ti lo que ha dicho. «Busca primeramente el reino de Dios y su justicia; las demás cosas serán añadidas.» Tú haces lo que puedes hacer y esperas que Jehová hará lo que dijo que iba a hacer. No es: «Si yo veo que me está dando resultados…» Por momentos las cosas no darán resultados, pero tú de manera consistente haz lo que hay que hacer y espera que Dios te ayude.

El evangelio y la familia

¿Cómo se ve el evangelio en esta historia? Cuando Dios quiso comenzar la historia de la redención para toda la familia de la tierra, no llamó a un político, no llamó a un gran empresario, no llamó a un militar; llamó a un hombre para ser padre. Cuando el Señor quiso comenzar la historia de la redención, no llamó a un sacerdote. Llamó a un hombre para que fuera sacerdote en su casa.

¿Tú quieres cambiar la historia? Tómate en serio, ponle los ojos a una muchacha que realmente se toma en serio el camino de Jehová. Críen juntos unos cuantos muchachos y dejen eso correr para 500 años, a ver qué pasa.

La familia y los padres en particular jugamos un papel trascendental en vivir y promover el evangelio, y lo hacemos desde nuestra propia casa. Nosotros le vamos a predicar desde un púlpito a miles de personas, pero el impacto más grande que tendremos en el ministerio es lo que hagamos en la esfera doméstica. Ahí es el indicador. El Evangelio es el mejor predicador. Dios no solamente quiere que el Evangelio se predique con palabras, sino que se encarne y se modele. Y el lugar donde mejor se modela el Evangelio es en la familia.

Oro por los padres especialmente, para que el Señor les traiga un entusiasmo renovado en el proyecto familiar. Y oro por los hombres jóvenes en especial, para que el Señor les ponga una santa ambición de tener sus pequeños reinos dentro del reino.