Cuarenta días después de temblar ante la majestad de Dios, Israel fabricó un ídolo con sus propias manos. Lo más impresionante de esta historia no es el becerro de fundición, sino la gracia de un Dios que puede aplacar su ira y perdonar nuevamente.
Transcripción automática
Lectura de Éxodo 32
Recuerden que la última vez que nos vimos dejamos al pueblo de Israel al borde del monte y el Señor, en una teofanía de tormenta, manifestando toda su gloria, todo su poder y toda su majestad. Ahora nos colocamos a cuarenta días de aquel episodio. Todavía Moisés está en la presencia de Dios, tiene cuarenta días allí, recibiendo la ley. Y ahora nos trasladamos a ver qué sucedía en el campamento.
Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido. Y Aarón les dijo: Apartad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos. Entonces todo el pueblo apartó los zarcillos de oro que tenían en sus orejas y los trajeron a Aarón. Y él los tomó de las manos de ellos y le dio forma con buril e hizo de ello un becerro de fundición. Entonces dijeron: Israel, estos son tus dioses que te sacaron de la tierra de Egipto. Y viendo esto, Aarón edificó un altar delante del becerro y pregonó diciendo: Mañana será fiesta para Jehová. Y al día siguiente madrugaron y ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz. Y se sentó el pueblo a comer y a beber y se levantó a regocijarse.
— Éxodo 32:1-6
Entonces Jehová dijo a Moisés:
Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé. Se han hecho un becerro de fundición y lo han adorado y le han ofrecido sacrificios y han dicho: Israel, estos son tus dioses que te sacaron de la tierra de Egipto. Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. Ahora pues, déjame que se encienda mi ira en ellos y los consuma, y de ti yo haré una nación grande.
— Éxodo 32:7-10
Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios y dijo:
Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? ¿Por qué han de hablar los egipcios diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel, tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre.
— Éxodo 32:11-13
Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo. Y volvió Moisés y descendió del monte trayendo en su mano las dos tablas del testimonio, las tablas escritas por ambos lados. Las tablas eran obra de Dios y la escritura era escritura de Dios grabada sobre las tablas.
Cuando oyó Josué el clamor del pueblo que gritaba, dijo a Moisés: «Alarido de pelea hay en el campamento.» Y él respondió: «No es voz de alaridos de fuertes ni voz de alaridos de débiles; voz de cantar oigo yo.» Y aconteció que cuando llegó al campamento y vio el becerro y las danzas, ardió la ira de Moisés y arrojó las tablas de sus manos y las quebró al pie del monte. Tomó el becerro que habían hecho, lo quemó en el fuego y lo molió hasta reducirlo a polvo, lo esparció sobre las aguas y lo dio a beber a los hijos de Israel.
Se puso Moisés a la puerta del campamento y dijo: «¿Quién está por Jehová? Júntese conmigo.» Y se juntaron con él todos los hijos de Leví. Y él les dijo: «Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Poned cada uno su espada sobre su muslo, pasad y volved de puerta a puerta por el campamento, y matad cada uno a su hermano y a su amigo y a su pariente.» Y los hijos de Leví lo hicieron conforme al dicho de Moisés, y cayeron del pueblo aquel día como tres mil hombres.
Y aconteció que al día siguiente dijo Moisés al pueblo: «Vosotros habéis cometido un gran pecado, pero yo subiré ahora a Jehová; quizá le aplacaré acerca de vuestro pecado.» Entonces volvió Moisés a Jehová y dijo: «Te ruego, pues, este pueblo ha cometido un gran pecado porque se hicieron dioses de oro. Que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito.» Y Jehová respondió a Moisés: «Al que pecare contra mí, a ese raeré yo de mi libro. Ve pues ahora, lleva a este pueblo a donde te he dicho. He aquí mi ángel irá delante de ti, pero en el día del castigo yo castigaré en ellos su pecado.» Y Jehová hirió al pueblo porque habían hecho el becerro que formó Aarón.
Lo que más llama la atención
Les pregunto ahora después de esta lectura: ¿qué es lo que ha llamado su atención? Algunos responderán que lo que ha llamado la atención es la deplorable actitud del pueblo de Israel, que después de haber recibido amplias provisiones de Dios, su tierno cuidado, y haber sido testimonio del temor de Jehová, a escasos cuarenta días se han corrompido. A otros les habrá llamado la atención lo grotesco del ídolo y cómo ellos entregaron sus propias prendas y las de sus hijos para preparar un ídolo de fundición, y tuvieron la insensatez de —habiendo ellos mismos producido su propio ídolo— decirse a ellos mismos: «Israel, estos son tus dioses.»
A mí me llama la atención algo aún más profundo: el carácter de mi Dios, que habiendo rodeado a su pueblo de bienes y viendo a su pueblo corromperse tan rápido, en vez de destruirle completamente, puede aplacar su ira y mostrar gracia. Lo más impresionante de esta historia no es el becerro de fundición. Lo más impresionante es la gracia de Dios, que puede escuchar la intercesión de Moisés y perdonar nuevamente a la nación de Israel.
El domingo pasado en Éxodo 19 dejamos a Israel sobrecogido ante la majestad de Dios, temblando al pie del monte y prometiendo obedecerlo en todo. Cuarenta días después, mientras Moisés recibe la ley en la presencia del Señor, encontramos al mismo pueblo desenfrenado, olvidando que Dios los rescató, fabricando un ídolo para adorarlo con un culto que ellos mismos habían inventado. El contraste es profundo entre el temor reverente y la abierta idolatría. Sin embargo, antes de juzgar a Israel, debemos reconocer que la idolatría podría estar también en nuestros corazones. Lo difícil no es solo salir de Egipto, sino lograr que Egipto salga de nosotros.
Hay una manera madura de leer la Escritura, y es leer la Escritura para ver cómo Dios se ha estado revelando a sí mismo. Si tú eres un niño en la fe, lees textos como este y te llama la atención la idolatría, te llama la atención el becerro. Que te llame la atención el amoroso carácter de tu Dios, que no nos paga según nos corresponde.
La fabricación del ídolo
La idolatría no tiene su origen en los pueblos circundantes. La gente asume que Israel adoró ídolos porque vivía entre otras naciones, pero la idolatría estaba en el corazón de ellos. La idolatría es como las bacterias, que ante las situaciones adecuadas se reproducen y se manifiestan.
¿De dónde sale la idolatría? No sale de los pueblos que estaban alrededor. Sale de tu propio corazón. ¿Qué es un ídolo? Un ídolo es un intento humano de reemplazar a Dios a través de sus propias obras. Un ídolo es aquello sucedáneo que produce en el pueblo lo que solamente Dios debería estar produciendo. Idolatría no es solamente doblarte ante una estatua; idolatría es también atribuir a tus propias creaciones lo que solamente a Dios en adoración su pueblo debería estar atribuyendo.
El ser humano fue creado para adorar a Dios y adentro suyo está el músculo. Y ante cualquier descuido eso podría ser canalizado a objetos que son diferentes. No es un factor externo. El ídolo está adentro. No hace falta la influencia de otros. El ídolo estuvo primero en el corazón.
Estos hombres han puesto sus ídolos en su corazón.
— Ezequiel 14:3
Los ídolos no están solo en los santuarios. El ídolo está en la cultura, en el trabajo, en el negocio, en la carrera, en los estudios. Ídolo es cualquier cosa que construimos los hombres para usurpar el lugar de Dios.
Toda idolatría comienza utilizando mal lo que Dios nos había dado. Al salir de Egipto, el Señor puso gracia en los egipcios de forma tal que se despojaron de sus propias prendas y las entregaron al pueblo de Israel. Un asunto milagroso. ¿Y para qué el Señor permitió esto? Para que eventualmente Israel se despojara de sus zarcillos y pudieran construir el tabernáculo. Y los mismos recursos que el Señor milagrosamente le había dado son los recursos que utilizan para crear sus ídolos.
Hermano, los mecanismos de construcción están adentro de nosotros, están en nuestro corazón. Ídolo puede ser casi cualquier cosa: tu marido podría ser tu ídolo, tu esposa podría serlo, tus hijos, tu prestigio personal, tu moralidad. Cualquier cosa buena que el Señor te ha concedido, mal usada, termina siendo idolatría. Los zarcillos no eran pecaminosos. El pecado no está en las orejas, está en el corazón.
Lo que hace que algo sea un ídolo es la manera en que tú lo tienes. Tu carro puede ser tu ídolo si produce en ti identidad y representación. Dios es tu representación, tu Señor es tu identidad y en tu Señor tú te sientes representado. Ese empleo podría ser tu ídolo: «Este es el empleo de mi vida.» El lugar donde tú vives podría ser el tuyo. Quizás tu ídolo es tu historia de progreso y avance: «Tú no sabes dónde yo empecé, tú no sabes de dónde yo vengo.» El asunto no es de dónde tú saliste, sino de dónde tu Dios te ha traído. Y tu misma historia personal, narrada de manera grandilocuente, podría ser tu ídolo.
¿Qué ocurrió aquí? Dice que Israel estaba desesperado: «Viendo el pueblo que Moisés se tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros.» Uno ve a esta gente y parece locura. La idolatría es locura. ¿Cómo es que tú has llegado a entender que tú puedes fabricarte un propio dios y ese dios puede ir delante tuyo? Ese «ir delante de nosotros» es protección, es representación, es provisión. Del mismo modo que tú entiendes que tus finanzas son tu seguridad, tu reconocimiento, y cuando miras el estado de cuenta te sientes saciado.
Estoy persuadido de que es más fácil ver la locura en los otros que verla en uno mismo. Es más fácil identificar la necedad en el vecino que identificarla en ti. Mírate a ti deseando con tanta efervescencia eso que tú sabes que en el fondo no te dará aquello que estás buscando y que pronto te va a dejar desencantado. Cada vez que atribuyes a algo —a un objeto, a un lugar, a una persona— los atributos de Dios, has hecho de eso tu dios. De forma tal que hasta la noviecita podría ser un ídolo. «Ese es el amor de mi vida.» Tu amor está desproporcionado. «Es que sin él yo muero.» Nunca te he visto con esa desesperación por Cristo.
Una final muy buena de cualquier deporte podría ser tu dios, porque nunca te he visto en el culto público expresando tanta efervescencia delante de tu Dios como te vi saltando en la serie final. Permitir que se desordenen las prioridades de tu corazón de forma tal que algo produzca en ti más satisfacción, deleite y expresión que lo que produce la adoración a Dios: eso es idolatría.
¿De dónde sale la idolatría? No sale del entorno, no sale de los medios, no sale de los zarcillos; sale del corazón del hombre. Por eso decía Juan Calvino que el hombre sin Dios es una fábrica de ídolos. Lo creamos, lo exportamos, lo difundimos.
Experiencias que no cambian vidas
Hay una tentación en esto. Todo el mundo quiere hacer la historia. Sucede desde que todo el mundo tiene un poquito de éxito en algo: quiere estar yendo a los podcast, quiere estar dando conferencias. «Esta es mi historia.» Esta no es tu historia. Esta es la historia de Dios, y Dios a ti te mostró misericordia.
Su falta de conocimiento del Dios verdadero produjo idolatría. Ellos no habían conocido al Dios verdadero. Dios estaba en la mente del pueblo, pero todavía no lo habían interiorizado; seguían pensando que Moisés les había sacado de Egipto. Moisés para ellos era su ídolo. No fue Moisés el que te sacó; Dios sacó a Moisés también de Egipto. La idolatría es una pobre conciencia de quién es realmente Dios. Cuando mejoras tu teología, estás más seguro. Una teología corregida te hace ver a Dios en tus medios, y ya no se lo atribuyes a alguien, sino que se lo atribuyes a Dios.
Escasos cuarenta días ellos sintieron los truenos, sintieron el humo. En todas las dimensiones el Señor se expresó, pero ahora están pidiendo: «Haznos dioses.» Te advierto aquí: tú podrías consumir experiencias espirituales y seguir siendo un incrédulo. Y ahí no compro eso de que alguien fue a un congreso y le cambió la vida. A ti lo que te cambia la vida es colocar a Dios en el lugar correcto.
Cuarenta libras de lágrimas no producen el entendimiento de quién es el único Dios verdadero. No quiero anular tus emociones. Lo que quiero sacar es del infantilismo de pensar que en el emocionalismo hay madurez. Donde hay madurez es entender quién es realmente Dios y quién eres realmente tú. Los congresos no cambian la vida. Lo que cambia la vida es colocar a Dios en el lugar correcto. Mejora tu entendimiento de Dios y estarás alejando los ídolos. Si Dios no se ve grande, tú vas a buscar un becerro de oro y entenderás que eso tiene valor.
Es posible sentir cosas, prometer cosas. Yo he visto incrédulos haciendo promesas que ustedes no se imaginan: «Jamás vuelvo.» Y un sobrecogimiento y demás. No es cómo tú te sientes, sino cómo se ve Dios en ti. Lo que va a producir seguridad es quién es realmente Jehová, el que nos sacó con su mano poderosa de la tierra de Egipto.
Y sucede a ambos lados. En el mundo más carismático la gente siempre anda buscando experiencias, toques, palabras. En el mundo más letrado la gente anda buscando un libro que le cambie la vida. Yo no creo que los libros cambien la vida. Tu bibliografía no marcará la diferencia. Se marca la diferencia poniendo a Dios en el lugar correcto y al pueblo en el lugar correcto.
El ídolo alcanza a la familia
La idolatría necesita un fabricante que materialice el deseo de tu corazón. Hay gente que hace su oficio materializar ídolos: es la persona que te dice «tú puedes por tus propios medios, tú eres capaz, tú lo vas a lograr»; está materializando el ídolo, porque dentro tuyo hay un deseo en ciernes de entender que tú puedes salvarte por tus propios medios.
Es una falsificación de la gloria de Dios. Oro, artesanía —dice que con un buril, no solamente lo fundió, sino que tomó un punzón y le hizo los detalles más pequeños—. ¡Que sea realista! Pero lo más peligroso de todo esto es lo que dice el versículo 2: «Apartad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas.» El ídolo alcanzó a toda la familia.
Hay una característica de la idolatría que la gente no toma en cuenta: tú no solamente te dañas a ti, también dañas a tu entorno. La idolatría tiene profundas raíces comunitarias, y donde un pecado ha estado siendo practicado, la familia completa está corriendo peligro. A la gente le escandaliza que tres mil varones murieron, pero a nadie le escandaliza que tres mil hombres entendieron normal quitarle a sus propios hijos los zarcillos para construir un becerro de oro.
Volví a ver la saga de El Padrino y fui consciente de que una lección en esas películas es que la delincuencia daña a la familia. Interesante que Padrino uno y Padrino dos, los dos comienzan con una fiesta familiar y terminan con tragedias familiares. Es mostrarte que la delincuencia no solamente es un asunto privado; te va a afectar a ti y va a afectar a los otros. Y lo mismo sucede con la idolatría. Un idólatra no solamente se daña a él, daña a su entorno.
Recuerdo la primera vez que yo leí este texto y dije: «Esto es muy violento.» Y violento es involucrar a tu familia en la idolatría. Lo que está haciendo aquí el pueblo es que corporativamente están participando desde los niños hasta los adultos. Todo el mundo está contribuyendo para la creación de un ídolo. Tarde o temprano tu familia terminará participando activa o pasivamente de tu pecado. Tarde o temprano las consecuencias de tu pecado terminarán dañando a tu familia.
La paciencia de Dios y la condena del pecado
Todo esto sucedió mientras el Señor le estaba dando la ley. Lo más impresionante es que el Señor siguió dándole la ley a Moisés. El pueblo está produciendo un ídolo debajo y Dios sigue con su plan. El Señor no es como nosotros; Él no se desespera. Sigue con su plan y juzga el pecado. Hay gente que se siente muy tranquila porque siente que el Señor no ha condenado su pecado. Que el Señor no lo haya condenado no significa que tu pecado se quedará sin consecuencia. El Señor es paciente aún para condenar. Cuando terminó su programa de cuarenta días, le dijo a Moisés: «Desciende.»
Esa paciencia de Dios vuelve loco a los hombres. Hay cantidad de gente que dice: «Dios a mí no me ha interrumpido, mira que hasta me ha bendecido; pudimos hacer el ídolo.» Lo que le muestro a la iglesia es que no hay que desesperarse ante el avance del pecado. Eso terminará cuando el Señor diga que termina. Traten ustedes de no hacer un ídolo, porque el pecado no se quedará sin consecuencia. Dios no puede ser burlado. Y aquí hablo de nuestros pecados privados. El ser humano juega a transgredir el límite y ver si hay silencio. Y si hay silencio, asume que está todo bien. Que estés practicando tu pecado con un poco de libertad en este momento no significa que el Señor no vaya a juzgarlo oportunamente. Impresiona pensar que Dios vio el proceso de fabricación.
La prueba del corazón de Moisés
Y ahora el Señor va a probar el corazón de Moisés. Escucha lo que le dice Jehová: «Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido.» Yo me imagino a Moisés escuchando esto: «¿Mi pueblo? ¿Que yo saqué?»
Sea cuidadoso cuando te hablan del pecado de los otros, porque cómo nos referimos a los pecados de los demás frecuentemente anuncia a gritos cuál es el estado de nuestro corazón. Imagínense que Moisés se vuelva loco y le diga: «Ay sí, Señor, yo saqué esta gente, pero mira ahora en lo que están.» Estaría confirmando que él se creyó la película.
Hay momentos estelares donde hombres nacidos de mujer dan unas declaraciones que parecen de grandes ligas. Moisés no corrigió a Dios, pero le dejó ver que su corazón era el corazón correcto. El Señor le dice: «Yo he visto este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. Ahora pues, déjame que se encienda mi ira en ellos y los consuma, y de ti yo haré una nación grande.» Tú vas a ser Abraham 2.0. El Señor está probando el corazón de su siervo.
Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios y dijo: «¡Oh Jehová!» Si él confirmaba lo que Jehová estaba diciendo, Moisés también estaría participando en la idolatría. Porque la idolatría no solamente es la idolatría grotesca; hay una idolatría más oculta en el corazón. Idolatría no solamente es un becerro; también idolatría es creerse el protagonista de la película. Hermano, en la película de Dios no hay protagónico: Cristo; y todos nosotros somos extras.
Dice Moisés: «Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte?» No contra «mi pueblo»: contra «tu pueblo» que sacaste «tú». «Señor, yo no soy nadie, yo soy menos que nada. La gloria es toda tuya.» Está manifestando que reconoce que el pueblo era de Dios y que Dios fue quien lo sacó.
La intercesión basada en el pacto
Pero lo que más me emociona es el versículo 13, pues Moisés no intercede basado en el rendimiento de Israel ni en los méritos suyos. Él apunta al pacto. Cuando usted vaya a la presencia del Señor a pedir misericordia, no pida misericordia por sentimentalismo. Apele a la misericordia de Dios basada en el pacto.
Dice: «Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel, tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo y les has dicho: Multiplicaré vuestra descendencia.» Hermano, así es que se clama. No le digas «Señor, yo no lo vuelvo a hacer», que si no, te destruyen el lunes o te destruyen el miércoles. Dile: «Señor, según la fidelidad basada en tu pacto.»
Es interesante que Moisés no mencionó el pacto en Sinaí que acababan de firmar hace cuarenta días, porque ese era un pacto condicional: si Israel manifestaba fidelidad, entonces el Señor les llenaría de bienes. Moisés está apelando al pacto que el Señor hizo con Abraham, porque ese pacto era incondicional. Cuando nosotros fuimos integrados en el pacto, no fuimos integrados en el pacto de Sinaí; fuimos integrados como si fuéramos hijos de Abraham. Pues no es por rendimiento, es por gracia.
Hermano, ore así. Una oración centrada en el evangelio es necesaria para crecer en gracia. No estoy diciendo que no confiese su pecado, sino que no le ofrezca al Señor nuevos pactos como «yo te prometo que si tú esto, entonces lo otro». Mire a Cristo. La sangre del nuevo pacto, en su sangre. «Señor, por los méritos de Cristo, para que tu nombre no quede en vergüenza.»
La manera en que reaccionamos ante el pecado de los otros está manifestando cuál es la actitud de nuestro corazón. ¿Tú te imaginas cómo Moisés le hubiera dicho al Señor? «Yo sabía que ese pueblo era malo.» Eso fue lo que dijo Aarón. Cuando Moisés confrontó a Aarón, Aarón dijo: «Tú sabes que este pueblo es un pueblo malo.» «Dura cerviz» —la cerviz es el cuello; a los animales les ponían una soga y quien lo dirigía, con un pequeño halón, dirigía al animal, pero un animal de dura cerviz, tú lo halas y él hala del otro lado. Es un animal bronco.
Recuerdo la parábola del siervo que desespera a su compañero y su señor le reprende: «A ti te hemos perdonado mucho más, y mira cómo estás tú ahora, después de esta pequeña deuda, hostigando al otro.» Nosotros estamos llamados a ser humildes, a interceder por los otros, a no ensoberbecernos sintiéndonos superiores. La gracia no solamente debemos esperar que venga de parte del Señor; nosotros deberíamos ser una comunidad de gracia, de forma tal que cuando veamos el pecado en los otros, en vez de sentirnos superiores y decir «Señor, haz conmigo un nuevo pueblo», deberíamos decir: «Señor, tu gloria, tu misericordia, aplaca tu ira», y señalar a Cristo.
Aquí hace sentido la advertencia de no juzgar. Lo que te están diciendo es: con la vara con que tú midas a los otros, es la misma vara con que a ti te van a estar demandando.
La gracia abundante de Dios
Pronto a perdonar. Cuando usted habla del pacto, Dios entiende ese vocabulario. Y cuando usted habla de la cruz de Cristo, eso se entiende en el cielo. «Ay, Señor, mira que él es bueno en el fondo.» No es justo ni a uno, lo que dice la Escritura. «Ay, Señor, no lo castigue, que yo mismo me voy a poner ahí, le voy a agarrar la mano para que no vuelva a hacer eso.» Señor, en base al pacto: acuérdate de Abraham, de Isaac, de Israel, tus siervos.
Dice el versículo 14 —qué corto el 14—. Después de una aberración como esta, el 14 parece un versículo corto: «Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo.» Y ya. Les recuerdo que el becerro aún existe. Les recuerdo que Israel aún no se ha arrepentido. Todavía no se ha manifestado el castigo justo de Dios sobre su pueblo, pero ya el Señor resolvió perdonar. ¡Qué cosa hermosa!
Es el hijo pródigo que antes de que llegue ya le están esperando con el perdón. Eso es lo que es el carácter de Dios. Lo más hermoso en este texto es que nuestro Dios muestra gracia. El Evangelio no comienza en el momento que tú entiendes que en Cristo hay gracia. El Evangelio comenzó en la cruz del Calvario cuando el Señor dio a su Hijo en propiciación por todos nosotros. Y aún tú todavía muerto en tu delito y pecado, ya la sangre de Cristo está operando. Aún antes de que Israel fuera confrontado, ya Dios dijo que iba a perdonar.
Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, y grande en misericordia para todos los que te invocan.
— Salmo 86:5
Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida.
— Salmo 30:5
Misericordioso y clemente es Jehová, lento para la ira y grande en misericordia.
— Salmo 103:8
Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.
— Isaías 55:7
Escuchen al Dios que nosotros estamos sirviendo: un Dios que aún antes de que nosotros seamos confrontados, ya ha resuelto gracia. Él paga antes de que ocurra. ¿Y qué hacemos entonces con los ídolos? ¿Los dejamos ahí? No. Parte del amor del Señor se manifiesta en que Él no solamente perdonó tu idolatría, sino que quiere destruir el ídolo que has creado.
Moisés reprende, Aarón se excusa
Moisés descendió del monte trayendo en su mano las dos tablas del testimonio. No había visto al pueblo todavía, porque una cosa es escuchar el pecado y otra cosa es verlo. Y aquí clarifico: trata de no ver mucho el pecado; la gente como que quiere vivir en ese morbo. Yo le aseguro que Moisés no quería ver a Israel fabricando un becerro de oro. Tuvo que verlo.
La comparación aquí es un objeto creado por Dios con su testimonio y un objeto creado por el hombre con la idolatría. No hay testimonio en manos de eso, pero qué hermoso hubiese sido tener un objeto que fue creado por Dios con su propia mano, con su dedo. La ley escrita por la mano de Dios y el becerro, que es el ídolo del hombre.
Josué escucha el clamor y dice: «Alarido de pelea hay en el campamento.» Moisés responde: «No es voz de alaridos de fuertes ni de débiles; voz de cantar oigo yo.» Estaban cantando, estaban danzando, estaban muy contentos. A mí me llama la atención cómo el falso culto que promueve el mundo genera tantos ruidos, tanta efervescencia, y el culto cristiano la gente está como aburrida. Dios quiere que ese músculo de nuestro corazón, ese músculo de expresión y alabanza, se ejercite para la correcta adoración. No puede ser que nos gocemos más ante el becerro de oro que ante Cristo. ¿Cómo va a ser que a usted le pongan un becerro y usted brinque, y usted está mirando a Cristo y no sienta y no exprese? Dos polos opuestos: la ley de Dios, una obra única y maravillosa, escritura de Dios grabada sobre tablas, y un ídolo grotesco. El pueblo se expresaba cantando con falsa adoración, con una algarabía que se escuchaba a la distancia.
¿Saben a quién me recuerda Aarón? A personas que tienen la madurez espiritual pero no tienen el carácter de interrumpir a alguien. A personas que tienen el conocimiento de lo que hay que hacer pero no tienen la valentía de traerse al pueblo en contra. Que alguien está dañando al pueblo y ellos siguen de largo: «Bueno, es que yo no quisiera interrumpir. Vamos a esperar a que venga Moisés.»
Y mientras el Señor le está diseñando la vestidura especial a Aarón y determinando que Aarón iba a ser sacerdote, con un pectoral con piedras preciosas, abajo está Aarón fabricando un ídolo. Así nos vemos nosotros cuando el Señor quiere hacer a través de nosotros grandes cosas y estamos entregados a la idolatría. En el cielo, en este momento, el Señor está soñando lo que quiere hacer a través de nosotros, y en la tierra podemos estar fabricando nuestros próximos ídolos.
Dijo Moisés a Aarón: «¿Qué te ha hecho este pueblo que has traído sobre él tan gran pecado?» Moisés culpa a Aarón, porque el conocimiento te da mayor responsabilidad. La indolencia te da responsabilidad, la debilidad te da mayor responsabilidad. Interesante que cuando el pueblo le pidió un becerro, Aarón le recomendó al pueblo que hicieran también un altar. Es como quien dice: «Si al becerro es que vamos a adorar, vamos a poner el altar completo para que podamos hacer sacrificio y que yo tenga trabajo en la idolatría.» Aarón se la estaba buscando en la idolatría. Moisés reprende a su propio hermano. Recuerden que Aarón era mayor que Moisés y era el vocero. Pero el liderazgo no solamente habla bien, habla bonito, habla duro; es tener carácter detrás de un pueblo encima.
Y respondió Aarón: «No se enoje mi señor, tú conoces al pueblo, que es inclinado al mal.» Qué debilidad de carácter. Me recuerda a nuestro padre en el Edén, culpándose el uno al otro: «La mujer que me diste», «la serpiente». «Porque me dijeron: Haznos dioses que vayan delante de nosotros.» Lo que Aarón está sugiriendo aquí es: «Ese pueblo estaba murmurando contra ti, Moisés. Ponte del lado mío, no del lado de ellos.»
«Yo le respondí: ¿quién tiene oro? Apartadlo. Y me lo dieron, y lo eché en el fuego, y salió este becerro.» ¡Salió! Así es como se hace la idolatría: tú no interrumpes, después concedes un chin, y terminamos todos desenfrenados. Ya hay cantidad de pueblo que está entregado al desenfreno porque no se levantaron unas cuantas columnas en medio del pueblo que le digan «hasta aquí». Lo que impide que la idolatría se materialice en el culto público es que haya gente con carácter que diga: «Hasta aquí.»
¿Y cómo llegamos a tener esa conducta laxa en adorar al Señor? ¿Y cómo terminamos congregándonos en esa situación? ¿Y cómo llegamos a tolerar el pecado entre nosotros? «Eso salió.» No interrumpas la idolatría y tú mismo vas a ver mañana cómo sucedió: «Eso como que siempre ha estado ahí.» A mí siempre el Big Bang me ha parecido un poco ridículo, pero más ridículo era Aarón: «Yo eché ese ingrediente y salió.» Relató los hechos con errores y omisiones y quedó como una víctima. Hay cantidad de gente que habla así de su pecado: «No, eso apareció ahí. ¿Y tú no lo trajiste? No.»
Hay una gran lección de liderazgo aquí. El pueblo necesita ancianos con carácter que interrumpan, que antepongan el interés familiar y sacrifiquen su comodidad, y estén dispuestos a enfrentar a un pueblo. Cuando no hay liderazgo, el pueblo se desenfrena.
El castigo y la confesión
El Señor ya perdonó, pero el pecado —sobre todo después del pacto— tiene consecuencias. Hasta este momento, cada vez que Israel deshonró al Señor, el Señor solamente concedió. Pero cuando entraron con Dios en una relación de pacto, entonces hay muerte. ¿Por qué en Refidim concedió y aquí no? Porque el Señor honra el pacto para bien y para mal. Si Dios es realmente Dios y ha prometido que habrá castigo y habrá bendición, sería un Dios mentiroso si no hay castigo.
Viendo Moisés que el pueblo estaba desenfrenado —un furor, un desorden, estaban fuera de control; nunca había sido más apropiado el comentario coloquial dominicano: estaban desacatados—. Recuerden que comieron, bebieron y se alegraron. Un pueblo ebrio, un pueblo sin entendimiento. Y aquí no toca discurso. El mundo seguirá degenerándose a un punto tal que llegará un momento en que ya no tocará un predicador que traiga un discurso; el Señor intervendrá y traerá castigo. Este desenfreno había traído también vergüenza entre sus enemigos.
Se puso a la puerta del campamento y dijo: «¿Quién está por Jehová? Júntese conmigo.» Y se juntaron con él todos los hijos de Leví. Tengan presente que no es Moisés quien habla: «Así ha dicho Jehová, el Dios de Israel.» Un versículo como Éxodo 32:27 es de los que la gente corrige su teología, porque te parecerá escandaloso. Cuando uno lo encuentra escandaloso, insoportable, lo subraya y vuelve y lo lee. Que el Señor está mandando a que maten sus propios familiares. Recuerdan lo que hizo Samuel con el rey de Amalec: el Señor mandó a Saúl, y el profeta Samuel sacó la espada y dijo: «Así es que se hace.» La gente ve a los levitas como decorativos; no eran decorativos, sabían tomar espada. «Poned cada uno su espada sobre su muslo, pasad de puerta a puerta por el campamento» —¿recuerdan que así pasó el ángel de Jehová ante Egipto?— «y matad cada uno a su hermano y a su amigo y a su pariente.» Y cayeron del pueblo aquel día como tres mil hombres.
Interesante que cuando se habló de la idolatría y de los zarcillos se mencionó a las mujeres y los niños, y ahora murieron tres mil hombres. Parece que el Señor quería decirles que ellos tenían una responsabilidad solemne de representar a Dios ante el pueblo. El Señor conoce el corazón. Ahora, el que puso su barba en remojo fue Aarón, porque a Aarón le perdonaron la vida. Y yo digo: «Señor, si tres mil hombres cayeron, ¿por qué no cayó Aarón de primero?» No cuestione a Dios. Estos textos que parecen escandalosos son los textos que corrigen la teología de uno. De ahí en adelante habrá un caminar de manera diferente. Me lo imagino a Aarón: «Yo fui que lo hice, yo fui que lo hice, y a mí me perdonaron la vida.» Hermano, tú eres Aarón. ¿Y por qué a Aarón no lo mataron? Por lo mismo que no te mataron a ti. Hermano, no cuestione a Dios; corrija usted su teología.
Aconteció que al día siguiente dijo Moisés al pueblo: «Vosotros habéis cometido un gran pecado, pero yo subiré ahora a Jehová; quizá le aplacaré acerca de vuestro pecado.» Moisés no está sobresaltado ni hiperventilando, con calma. Y entonces volvió a Jehová y dijo: «Te ruego, pues, este pueblo ha cometido un gran pecado porque se hicieron dioses de oro.»
El pecado es el pecado, hay que confesarlo. Arrepiéntase, que el pecado tiene consecuencias. Fue Dios que le dijo a Moisés que el pueblo se había apartado y estaba adorando un becerro, pero ahora Moisés, en nombre del pueblo, confiesa el pecado. Porque la gente quiere vivir en ese maniqueísmo con Dios: «El Señor conoce todas las cosas y si yo estoy aquí, ya me perdonó.» No. Confiese su pecado por su nombre. Moisés está haciendo en este momento lo que hace un pecador: confesar su pecado delante del Señor. No está asumiendo que ya el Señor purificó al pueblo. Aun aquellos a quienes el Señor les perdonó la vida tienen que confesar su pecado.
¿Y el Señor no lo sabía? Claro que lo sabía. Pero yo quiero que el Señor sepa que yo lo sé. ¿Ven lo que es confesar el pecado? Dios lo sabe todo, pero yo quiero que Él sepa que yo también lo sé. Por eso, cuando un creyente va humildemente al trono de la gracia y le dice: «Señor, tú conoces todas las cosas. Tuviste el pecado desde que yo comencé hasta que lo practiqué. Y ahora yo vengo y confieso mi pecado por su nombre. Yo participé en eso, yo te ofendí.»
El evangelio en Éxodo 32
«Que perdones ahora su pecado. Señor, perdona nuestros pecados. Y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito.» Y Jehová respondió a Moisés: «Al que pecare contra mí, a ese raeré yo de mi libro.» Moisés, te quiero mucho, pero la gente de la gracia no eres tú. Soy yo.
Dice el 34 —qué gracia, qué cosa hermosa—: «Ve pues ahora, lleva a este pueblo a donde te he dicho. He aquí mi ángel irá delante de ti.» ¡Eso es gracia! El Señor no tiene el dramatismo. «Ve, yo de todo modo lo voy a introducir en la tierra prometida, y mi ángel irá delante de ti, pero en el día del castigo yo castigaré en ellos su pecado.»
¿Cómo se ve aquí el evangelio? El evangelio es la buena noticia de que aunque todos merecíamos el justo castigo de Dios por nuestro pecado, Él nos ha dado en Cristo un gran mediador que intercede constantemente por nosotros. Cristo no solo estuvo —como Moisés— dispuesto a compartir nuestro castigo, sino que lo llevó en su totalidad. El justo padeció por los injustos para llevarnos a Dios y darnos vida eterna.
En Cristo la iglesia tiene un mejor Moisés, que no solamente intercedió por nosotros delante de Dios, sino que propició adecuadamente y pagó con su propia vida. Con su sangre hizo un pacto, no solamente para que el Señor aplacara, sino para que el Señor realmente eximiera. Eso es el evangelio: la buena noticia de que Cristo no solamente intercedió, sino que pagó por nuestro pecado. De forma tal que cuando confesamos delante de Él, lo que a nosotros nos tocaría, el Padre se lo atribuye a Cristo. Y los méritos de Cristo, entonces, el Padre nos los atribuye a nosotros.
Oro por la Iglesia del Señor, para que interiorice el evangelio, y por cualquier persona que en este momento se sienta en riesgo: Dios no puede ser burlado.