Dios se les bendiga, hermanos queridos. Muy bien. Con la ayuda del Señor, desde hace ya dos meses empezamos una serie de sermones acerca de la primera carta de Pablo a los tesalonicenses, y en el día de hoy continuamos con dicha serie. Algunos sermones para concluir en la carta, y hoy vamos a estar concentrándonos, hermanos queridos, en el capítulo 3 de la primera carta de Pablo a los tesalonicenses, con un mensaje que hemos titulado: Afirmados y consolados en medio de las tribulaciones. Afirmados y consolados en medio de las tribulaciones.
Quisiera que por favor nos pusiéramos de pie un momento para leer las Escrituras, vamos a estar leyendo lo contenido en el capítulo 3. Dice la Escritura:
Por eso no pudiendo soportarlo más, acordamos quedarnos solos en Atenas, y enviamos a Timoteo, nuestro hermano y servidor de Dios y colaborador nuestro en el Evangelio de Cristo, para confirmaros y exhortaros respecto a vuestra fe, a fin de que nadie se inquiete por estas tribulaciones; porque vosotros mismos sabéis que para esto estamos puestos. Porque también cuando estábamos con vosotros, os predecíamos que íbamos a pasar tribulaciones, y así sucedió, como bien sabéis. Por eso también yo, no pudiendo soportarlo más, envié para informarme de vuestra fe, pues temía que os hubiera tentado el tentador y que nuestro trabajo hubiera resultado en vano. Pero cuando Timoteo regresó, nos dio buenas noticias de vuestra fe y amor, y que siempre nos recordáis con cariño, y que deseáis vernos, como también nosotros a vosotros.
Por eso, hermanos míos, en medio de toda nuestra necesidad y aflicción fuimos consolados al saber de vuestra fe, de modo que ahora hemos vuelto a vivir, sabiendo que estáis firmes en el Señor. Por lo cual, ¿qué gracias podemos dar a Dios por vosotros por todo el gozo con que nos gozamos a causa de vosotros delante de nuestro Dios, orando de noche y de día con gran insistencia para que veamos vuestro rostro y completemos lo que falte a vuestra fe?
Pero el mismo Dios y Padre nuestro y nuestro Señor Jesucristo, dirija nuestro camino a vosotros. Y el Señor os haga crecer y abundar en el amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros, que Él afirme vuestros corazones, que os haga irreprochables en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos.
— 1 Tesalonicenses 3
Pueden sentarse, mis queridos. Tal y como les decía, hermanos queridos, iniciamos esta serie. El primer mensaje que nosotros compartimos con ustedes versaba acerca de las características ejemplares que tenía esta iglesia de Tesalónica: cómo ellos habían desarrollado una fe, una esperanza y un amor que eran no solamente visibles en ese círculo que ellos tenían allí, sino en otras latitudes cercanas, cómo habían influido en el testimonio a otras iglesias. Luego compartimos con ustedes, queridos hermanos, que esto no surgió solo. Esto fue el fruto, fue la consecuencia de un trabajo fiel, de un trabajo fervoroso, de un trabajo amoroso, de un trabajo dedicado del apóstol Pablo como pastor, para que se pudiesen desarrollar dichas características.
Propósito del mensaje y naturaleza de las tribulaciones
Ahora bien, hermanos, lo que nos corresponde en el día de hoy es compartir con ustedes que vamos a estar mirando cómo esta iglesia, en medio de las tribulaciones —las cuales son necesarias para nuestro crecimiento— el Señor les dotó de medios de gracia para que ellos pudieran resistir y salir aprobados en su fe. En primer lugar, un medio fue el utilizado por el apóstol Pablo, enviando a Timoteo para que fueran exhortados y confirmados allá, y otro medio, que es donde también quiero enfocarme de manera muy especial, es la oración delante de nuestro Señor en medio de dichas tribulaciones.
Nuestra introducción nos dice lo siguiente: las tribulaciones o situaciones que afligen son una realidad para todo ser humano. Todos los que estamos vivos, seamos creyentes o sean incrédulos, tienen que pasar por situaciones que afligen, por tribulaciones. Pero en muchas ocasiones, y de manera especial a los creyentes, los creyentes especialmente son matriculados porque queremos vivir para agradar a nuestro Señor. En este caso, algunos pensarán que vienen a causa de nuestros pecados, y es posible que acciones pecaminosas nuestras desemboquen en consecuencias por las cuales nosotros tengamos que pasar aflicción, dolor y tribulación.
Sin embargo, lo que sí es un hecho es que como creyentes, irremediablemente, nos sobrevendrán, en primer lugar porque estamos en un mundo caído, y además de esto porque este mundo se opone con ferocidad a quienes evidencian su fe por medio de una vida piadosa. No obstante a eso, las tribulaciones son necesarias en la vida del creyente para su crecimiento espiritual. En la mañana de hoy vamos a ver cómo la preocupación del apóstol Pablo le motivó a enviar a Timoteo para afirmar y consolar por medio de su exhortación a los hermanos de la iglesia de Tesalónica que estaban sumergidos en medio de las tribulaciones; pero también, sobre todo, de manera muy especial, cómo la oración juega un papel vital en el caminar de todo creyente, para que pueda resistir la aflicción confiando en nuestro Señor Jesucristo, de manera que salgamos refinados de dicha situación.
Objetivos del sermón y realidad de las tribulaciones
Hermanos queridos, yo me propongo básicamente dos cosas. En primer lugar, mostrarles a ustedes, queridos hermanos, que las aflicciones son una realidad. No podemos eludirlas; tarde o temprano nos sobrevendrán, vendrán a nuestra vida, y las mismas son necesarias. Puede parecer esto paradójico: ¿cómo es posible que la aflicción, el dolor, sean necesarios? Pues sí, debo decirles que son necesarios para que en nosotros se forje el carácter de Cristo, y para que nosotros podamos crecer y madurar espiritualmente.
Lo otro que quiero decirles, hermanos, que me propongo, es indicar que no importa la aflicción que usted esté atravesando, sea que usted tenga poco tiempo en ella o que sea de larga data, el Señor ha provisto medios de gracia para que usted pueda resistir y obtener victoria, y evidentemente, cuando usted tenga la victoria, salir aprobado. El carácter de Cristo haya sido conformado más a la imagen de Él en usted, una vez usted haya salido de esto.
Tres cosas debo de decirles. En primer lugar, vamos a hablar acerca de lo que son la realidad de las tribulaciones: qué son, cómo nos afectan. Vamos a ver allí cómo nosotros debemos, como hermanos, tener conciencia de cuando aquellos que están sufriendo, cuando aquellos que están atribulados, nosotros vayamos en su ayuda, y cómo también cuál es la influencia que tiene Satanás al utilizar dichas tribulaciones. Lo segundo que voy a compartir con ustedes, hermanos, es que la victoria de nuestros hermanos en la fe, cuando tienen victoria en la tribulación, son motivo de acción de gracias y gran gozo en nosotros. Debe de haber esa actitud: si yo veo que mi hermano está atribulado y yo le acompañé, cuando el Señor le respondió, yo tengo que también gozarme y tengo que darle gracias a mi Señor. Y por último vamos a ver la herramienta, como una oración de confianza y lucha en medio de las tribulaciones.
Pablo, Timoteo y el origen de la tribulación en Tesalónica
Miren, hermanos, nosotros hemos leído en los primeros versículos cómo el apóstol Pablo, apelando a ese corazón pastoral, a ese corazón amoroso, al ver que estos hermanos estaban atravesando por una situación de dificultad, por una situación de prueba de su fe, él no estaba con ellos. Él hubiera deseado ardientemente poder estar allí con ellos para poderlos acompañar, para poderlos consolar, para poderlos edificar. Pero ante esta imposibilidad, evidentemente el apóstol Pablo no se quedó de brazos cruzados. Él no podía salir de Atenas, entonces le dijo a su mano derecha ministerial, le dijo: Timoteo, acude allá. Acude allá. Aquí podemos ver el primer medio de gracia suscitado por el Señor para que estos hermanos de la iglesia de Tesalónica pudiesen resistir.
Él tenía una alta preocupación por la situación espiritual de estos hermanos y quería que ellos fueran fortalecidos en dicho proceso. Como no podía hacerlo a distancia, le dijo: yendo tú, Timoteo, es como si estuviera yendo yo mismo; ve por favor. ¿Y cuál era la tribulación que pasaban estos hermanos? En el capítulo 17 del libro de los Hechos nosotros vemos un episodio que es el famoso alboroto de Tesalónica. Allí es que surge todo, allí es que inicia la iglesia, y esa iglesia tiene la particularidad de que inició en medio de un tumulto, y el Señor la bendijo en gran manera.
El Señor la bendijo en gran manera cuando el apóstol Pablo visita esta ciudad y tiene periodos de predicación allí. Dice que muchos judíos que asistían a la sinagoga creyeron, que muchos nobles también se convirtieron, pero que había algunos judíos que fueron ociosos y buscaron hombres malos y crearon turbas, hicieron salir al apóstol Pablo despavorido de dicha ciudad. Y, evidentemente, los hermanos que allí se quedaron, los hermanos que habían creído en el Señor Jesucristo, ya me imagino la presión, la oposición que sufrieron, porque el apóstol Pablo pudo salir y escapar con vida de allí, pero estos hermanos que se quedaron evidentemente, me imagino que recibieron la presión constante de este tipo de personas, de judíos que no querían que la predicación del Evangelio, que no querían que el cristianismo, que no querían que la fe en el Señor Jesucristo estuviera dentro de dicha ciudad. Esta fue la tribulación.
Y también en el versículo 6 del capítulo 1, el apóstol Pablo dice que dicha iglesia había recibido la palabra en medio de tribulación. Estaba ahí, era latente. Pero, hermanos queridos, ¿qué es la tribulación? Tribulación, hay un término muy evangélico: “la gran tribulación”, eso todo el mundo ha escuchado eso. Pero ¿qué es tribulación? La tribulación, hermanos queridos, no es otra cosa que un estado de congoja, es un estado de angustia, es un estado de aflicción, es un estado de sufrimiento, es un estado de dolor, es un estado de calamidad, de adversidad, creado por las circunstancias que nos rodean y que nos afectan tanto física, emocional y espiritualmente también. Esas son las tribulaciones. Son las tribulaciones: dolor a donde quiera, aflicción, angustia.
Mire, diferentes versiones de la Biblia, cuando se refieren a este pasaje de las tribulaciones, lo traducen de diversas maneras. Por ejemplo, la Biblia de las Américas, cuando en el capítulo 3 de la primera carta a los tesalonicenses habla de tribulaciones, dice “aflicciones”. La Nueva Traducción Viviente y la Reina Valera Contemporánea se refieren a ellas como “dificultades”. La NVI lo traduce como “sufrimientos”. La Palabra de Dios para Todos lo traduce como “problemas”. Y quiero que el Señor me dé especial gracia, porque quiero ejemplificar algunas cosas que son parte de la vida cotidiana pero que nos causan gran aflicción, y muy probablemente, muy probablemente en medio de la iglesia estemos sufriendo por dicha situación.
Ejemplos cotidianos de tribulación y sufrimiento
¿Qué son situaciones que nos atribulan, situaciones que nos afligen? En primer lugar debo decirle que es la persecución a causa de nuestra fe, y que la misma desemboca en prisión, en violencia física o incluso la muerte. En muchas latitudes del globo terráqueo hay hermanos nuestros que, a causa de su fe, están sufriendo, están siendo atribulados, están siendo perseguidos. Muchos están en las cárceles y algunos otros, no pocos, han perdido la vida.
Yo siempre he dicho que, en el caso de nosotros, esta islita caribeña en el mundo occidental, debemos darle gloria al Señor todos los días de que con libertad podemos manifestar nuestra fe. No sé si más adelante, si el Señor no ha llegado, esta situación cambie, pero mientras tanto eso es un motivo de acción de gracias para nosotros, de que nosotros podemos profesar nuestra fe sin que nos metan presos, podemos profesar nuestra fe sin que nos den golpes y podemos profesar nuestra fe sin que se atente contra nuestra vida.
Otro ejemplo, hermanos queridos, de tribulación, que eso sí es posible que lo estemos pasando: la oposición a nuestro estilo de vida piadoso, burlas, calumnias, impedimento de mostrar a Cristo. Es probable que sí, en algún círculo, tal vez dentro de nuestra familia. Dicen: “Mira, ya ahí viene el ‘evangélico’; mira, ya viene este a hablarme de Jesucristo; mira, ya viene esta persona a enrostrarme que soy un pecador”. Se burlan, nos calumnian, nos descalifican, nos sacan de su círculo; ya no más, nos rechazan.
En el trabajo, en la universidad, sufrimos por eso, y eso, yo lo voy a decir, nosotros no nos sentimos bien. Porque muy probablemente en algún círculo familiar en el cual nos hayan echado a un lado, usted dice: “Oye, pero esta persona es familia mía; me echó a un lado porque, imagínate, yo no tomo alcohol, yo trato de no compartir con sus cuestiones mundanas y, sin embargo, me echaron a un lado”. Y tú vienes y dices: “Bueno, sufro por Cristo, gloria sea al Señor”, eso está bien; pero a uno también le duele, porque son familia de uno. No poder compartir con ellos le duele, eso causa aflicción, eso es tribulación, eso es tristeza también.
Otro ejemplo: la lucha contra las tentaciones, el pecado y nuestra debilidad de carácter. Miren, no hay algo más tremendo que usted querer tener una vida agradable delante del Señor y usted estar luchando con una atadura pecaminosa. El apóstol Pablo retrató eso con claridad meridiana en el capítulo 7 del libro de Romanos, que él decía: “Mira, lo que yo quiero hacer, no hago; la intención de hacer algo bueno, no puedo hacerlo porque la ley del pecado me golpea diariamente”. Y eso mismo pasa. Hay cuestiones de pecado que en nuestra antigua manera de vivir se enseñoreaban sobre nosotros y que nos visitan recurrentemente.
Y ahí está la tentación, y uno dice: “Ah, pero ¿hasta cuándo? ¿Cuándo es que voy a dejar esto atrás?”, y uno se siente miserable y uno siente que ha deshonrado, que le ha fallado al Señor. Porque no es verdad que cuando usted peca ahora, en esta nueva vida en Cristo, usted está tranquilo, se cambió la ropa, se bañó y siguió por ahí mismo. Si esa es su actitud, definitivamente usted no ha nacido de nuevo.
El pecado, las tentaciones, nuestra debilidad de carácter, cosas que arrastramos: “Ah, que yo soy así, ay, pero es que me sale naturalmente”. Miren, en el nombre del Señor hay poder, pero yo sé que hay cosas que no son de ahora para ahorita, que son un proceso y que vamos a estar luchando con ellas a través del tiempo, y nos causa aflicción porque uno viene y dice: “No me he comportado a la altura de mi Señor, he contristado al Espíritu Santo”. Aflicción, tribulación.
Hermanos, otro caso de tribulación es la angustia generada por nuestro cónyuge inconverso. Miren, hermanos, no hay nada tan tremendo como que el Señor lo haya alcanzado a usted con salvación y que todavía —no puedo decir que el Señor la destinó a perdición— pero que todavía nuestro cónyuge no ha sido alcanzado por salvación por el Señor. Miren, eso es tremendo y eso causa mucho dolor, y es muchísimo más común dentro del pueblo del Señor de lo que pensamos. Lágrimas, aflicción, dolor. Y uno viene y dice: “Señor, haz tu obra; así como tú tuviste misericordia de mí, ten misericordia de él o de ella”. Es difícil: aflicción, tribulación, y uno queriendo hacer la voluntad del Señor, y hay alguien que está tan cerca de uno que le impide hacerlo.
Más tribulaciones familiares, materiales y sociales
Tribulación. Otro caso familiar, hermanos: el sufrimiento por la conducta díscola de nuestros hijos, aun pequeñitos, porque dice que la necedad está atada al corazón del muchacho. Y a veces uno viene y dice: “Bueno, yo tal vez no estoy viviendo eso porque los hijos míos no están tan grandes como para percibirlo”, pero el hecho de que usted tenga un muchachito inquieto y que usted viene y le dice “tranquilo” y que no pueda comportarse en el culto, y usted viene y dice: “Eso es motivo de aflicción”, porque usted quiere adorar a su Señor con libertad. Entonces usted viene y dice: “¿Qué hago, Señor?”.
¿Y qué tal ya cuando están grandes, cuando están adolescentes? Miren, eso es algo tremendo. Inclusive hombres y mujeres del Señor están pasando por esa tribulación, pasando por esa tribulación que el Señor tal vez no ha hecho una obra en el corazón de sus hijos y tienen que sufrir eso: desobediencia, mundanalidad, carga de pecado tremenda, y los padres orando. Tienen que vivir con eso, dependiendo del Señor.
Otro motivo de tribulación, hermanos, es usted ver el sufrimiento de los demás. Algo que nos pone el Señor Jesucristo, cuando nosotros venimos a ver que somos una nueva criatura, es la sensibilidad por ver el sufrimiento del otro. Tal vez no debería hablar así, pero antes de Cristo yo era muy indiferente con las cosas a mi alrededor, con el sufrimiento de los demás. Y noto, y le digo a Anel, y le digo: “Guau, pero de verdad que el Señor hace cosas”, porque definitivamente eso me permite a mí compadecerme y ser sensible, tratar de identificarme con el dolor y el sufrimiento del otro.
Y uno ve que no sale de una: “Y mira, ahora esto, y ahora lo otro”, y cuando uno ve, por ejemplo, familiares que uno ve que están caminando directamente hacia el abismo, hacia la perdición, y uno dice: “Oh Señor, sálvalos; oh Señor, deténlos; oh Señor, impídeles”. Aflicción. Y ellos mismos están sufriendo a causa de su pecado, y uno dice: “¿Qué puedo hacer, Señor? Esperar en tu voluntad”.
Otro ejemplo, hermanos: la escasez material y la falta de empleo. Eso es tribulación, hermanos, cuando llegan los recibos y no hay con qué pagarlos, que llegó la fecha de pagar el colegio y no hay, que no tengo empleo. Es angustia, es tribulación, hermanos, y uno viene y dice: “¿Y ahora qué hago?”. Y para los que tienen trabajo, las cosas no son tan fáciles tampoco; los que tienen trabajo también tienen problemas dentro de él: una oposición, un jefe complicado, una situación de que tú tienes que cumplir con ciertas metas y tú dices: “Guau, pero ahora es que eso hace falta”. Tribulación, ansiedad, angustia, y tú dices: “Pero mira, aquí que yo quiero honrar a mi Señor, pero definitivamente estoy rodeado de gente que, para ellos, no es nada, y se burlan de mí, es como si el mundo me abrumara yo dentro de este escritorio”. Tribulación, hermano.
Y otra tribulación son los problemas legales. Imagínese que usted tenga su vehículo y usted está tranquilamente, sale de su casa, y viene un motorista, ¡pam!, se le estrella. No tiene seguro, no tiene nada. Y ya viene el tipo, y usted trata de hacer las cosas bien, van donde tienen que acudir, pero el motorista viene y le pone una demanda. Esto es común. Problemas legales: usted compró una propiedad y usted entiende que está comprando una propiedad bien, dice “ok”; el asunto es que la propiedad tiene problemas, tiene una oposición, tiene una cuestión. Problemas legales, angustia, tribulación.
¿Y qué tal de las enfermedades en la familia? Enfermedades comunes: dice “Bueno, ahora salgo de mi esposo, y lo cogió el más chiquito, y ya lo dejó el más chiquito y viene y lo toma la más grande. La más grande sale de eso y vuelve mi esposo y se enferma”. Tribulación. ¿Y qué tal esas personas que tienen que bregar con enfermedades catastróficas, que se drenan económicamente y emocionalmente? Tribulaciones. Tribulaciones.
Y ya más general, hermanos queridos: tener que vivir en un país que esté en conflicto, sufriendo la consecuencia de este. Guerra, hambre, enfermedad, falta de recursos, desprovisión total. Tribulaciones. Hay hermanos de nosotros que, aún hoy y a través de toda la historia, han tenido que bregar, que atravesar por este tipo de cosas. Usted puede decir: “Ah, pero mira, es verdad, muchas de ellas son consecuencias del pecado”. Probablemente es verdad, pero la gran mayoría de ellas, hermanos, son fruto de habitar en un mundo caído y que, debido a ello, no tenemos ninguna influencia ni control sobre eso, de que “yo voy a evitar que me sobrevenga tal cosa”. No puedo. No puedo, me sobrevendrán.
Yo puedo evitar enfermarme. No, porque yo estoy en un mundo caído. Por más que yo me cuide, por mejor dieta que yo quiera tener, por mejor que yo quiera cuidar mi cuerpo, yo eso no lo controlo. Pero cuando me venga la enfermedad es tribulación. No es verdad que nadie recibe una enfermedad muerto de la risa. Tribulación.
Lo que sí es un hecho, hermanos queridos, un hecho muy cierto, es que mientras estemos en este mundo, tarde o temprano tendremos que pasar por algún tipo de tribulación, y es más: probablemente dicha tribulación nos acompañará por el resto de nuestra vida. Oigan esto, ¿eh?
Entonces hemos visto lo que son las tribulaciones, cómo nos afectan, qué causan en nosotros. Ahora, ¿de qué manera el apóstol Pablo ayudó a estos hermanos, cuya tribulación particular era la persecución que ellos tenían por parte de los judíos? Dice en el versículo 2 que “enviamos a Timoteo, nuestro hermano servidor de Dios y colaborador nuestro en el Evangelio de Jesucristo, ¿para qué? Dos cosas fundamentales: para confirmarles y para exhortarles”.
Timoteo como medio de gracia: confirmar y exhortar
Ante la desesperación de Pablo de que él no podía hacer eso, de hecho, eso le causaba a él gran aflicción; él era tribulado a través de esa situación. Miren qué interesante esto, ¿eh? Alguien que está proveyendo un medio por parte del Señor para ir en auxilio a sus hermanos, él mismo también era tribulado por dicha situación. Hay que ser sensible.
Para confirmarles y para exhortarles. Confirmarles expresa la intención de estar firmes en medio de la lucha: firmes, inconmovibles. En medio de las pruebas, establecerse cada vez más. Fue Timoteo, fue a consolarles, para que fueran afirmados cada vez más en su fe, en su fe. Dice: “Mira, es verdad que tú estás pasando por esto ahora, pero yo traigo promesas aquí del Señor; el Señor no los ha olvidado a ustedes, y el hecho de que Él no los ha olvidado, porque yo estoy aquí”. Es que yo estoy aquí confirmándolos a que se mantengan firmes en las promesas del Señor, a que su naturaleza para afrontar dichas situaciones esté unida a que esto proviene del Señor, de nuestro gran Dios.
Y tal y como dice el salmista en el Salmo 46; miren, yo me imagino que esto fue parte de lo que fue llevarles Timoteo. Salmo 46 del 1 al 3, dice la Escritura:
Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza.
— Salmo 46:1–3
“Yo no seré conmovido”. Mire, aunque se desbaraten los elementos tal y como nosotros los conocemos, es la mano del Señor; estamos seguros. Eso fue con lo que fue Timoteo a afirmar a estos hermanos, y es de la misma manera que nosotros tenemos que hacerlo cuando tengamos alrededor nuestro hermanos que estén siendo atribulados: darles la promesa del Señor.
La exhortación: dijimos que fue a confirmar, que fue Timoteo a confirmarlos, pero también fue a exhortarlos. La exhortación comunica la intención de aconsejarles y consolarles, de manera que ellos pudieran sentir que no estaban solos en dicha aflicción. ¿Y cuál es el medio que nosotros tenemos para exhortar y aconsejar a mis hermanos? La Escritura, sus promesas que están aquí contenidas en su revelación. Animarle a que no desmayaran, sabiendo que Dios tiene cuidado de ellos y que Él mismo estaba proveyendo, en virtud de su misericordia, para que de alguna manera pudieran hacer más llevadera la situación.
Miren, esto es algo que debemos de tenerlo por norma: si usted va donde un hermano suyo que está pasando por una situación de aflicción, de dolor, una tribulación, por ejemplo una tribulación económica, es verdad, vamos a ir a llevarle la palabra, es verdad que vamos a estar allí con él codo a codo. Pero si usted también puede meterse la mano en los bolsillos y pasar por el supermercado y aparecerse con dos o tres fundas, hágalo. Si es una persona que está enferma y usted sabe que, aparte de la enfermedad, también está en estrechez económica, si usted puede decirle: “Hermano, tíreme una foto a la pastilla, a ver lo que yo hago”, y usted puede aparecerse con algo, no con el tratamiento completo, pero aunque sea para dos o tres días, hágalo.
Pablo les manifiesta que no deberían de ser inquietados por esta tribulación. Dice el apóstol Pablo: “a fin de que nadie se inquiete”; otras versiones dicen “para que nadie se perturbe por estas tribulaciones, porque vosotros mismos sabéis que para esto estamos puestos”. ¿Por qué el apóstol Pablo les había dicho que no se inquietaran, que no se perturbaran? Bueno, el apóstol Pablo, cuando fue llamado por el Señor allá en el capítulo 9 del libro de los Hechos, los versículos 15 y 16, el Señor le está diciendo a Ananías, que era el que le iba a devolver la vista a Pablo, le dice: “Ve, porque instrumento escogido me es este para llevar mi palabra delante de los gentiles, delante de los reyes y delante de los hijos de Israel. Y yo…”, esta es la segunda parte, dice: “Y yo le voy a mostrar a él cuánto es necesario padecer a causa de mi nombre”.
La Escritura dice eso. De ahí el apóstol Pablo tuvo que salir huyendo; fue apedreado, dejado por muerto, recibió azotes, estuvo encarcelado varias veces, además de esto. El propio Señor Jesucristo, hermanos queridos, en Juan 16:33 nos dice:
Estas cosas os he dicho para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.
— Juan 16:33
Es decir, que a veces no entiendo cómo es que hay personas que somos sorprendidos cuando nos sobreviene la tribulación, cuando el propio Señor Jesucristo nos dijo que íbamos a tenerla, que íbamos a tener que atravesar por ellas. Es complicado; entonces uno viene y dice: “Oh, ¿y cuál es el entendimiento? Asumo algunas cosas, pero las otras las dejo de lado”.
Estamos puestos para la tribulación y la lucha espiritual
Y miren, esto no tiene que ver con clases sociales, esto no tiene que ver si usted es un intelectual o no, es que todo ser humano tiene que atravesar por eso y, de manera muy especial, nosotros los creyentes tendremos que pasar por aflicciones. Señores, nosotros estamos puestos para la tribulación. Es debido a que luchamos con un mundo caído, luchamos contra un sistema de cosas que se opone a Dios y aborrece su voluntad, y también, hermanos, porque nuestra lucha tiene gran parte de un componente espiritual. Espiritual. Espiritual.
Dice en Efesios 6:12 que nuestra lucha no es contra carne ni sangre, es contra principados, contra potestades, contra gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes de maldad en las regiones celestiales. Esa es la lucha que nosotros tenemos. Especialmente el cristiano; el que está del otro lado, que es un siervo ignorante de Satanás —porque él no es consciente de que Satanás lo usa— tal vez ese tipo de tribulaciones a ellos no les afecten tanto, pero a nosotros que estamos en Cristo sí, sí. Y he nombrado un sinnúmero de cosas que son muy particulares a aquellos que profesan su fe en el Señor Jesucristo.
Más allá, señores, la Escritura nos dice en Hechos 14:22:
Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el Reino de Dios.
— Hechos 14:22
Segunda de Timoteo 3:12 dice:
Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.
— 2 Timoteo 3:12
Eso no me lo estoy inventando. Esto no es algo que ustedes pueden decir: “Bueno, es una nueva perspectiva”. No. Eso ha estado ahí en la Biblia siempre. Siempre.
¿De qué manera, entonces? También aquí habla del tentador. Dice en el versículo 5: “Por eso también yo, no pudiendo soportarlo más, envié para informarme de vuestra fe, pues temía que os hubiera tentado el tentador y que nuestro trabajo hubiera resultado en vano”. Señores, el enemigo de nuestras almas, porque el tentador aquí es Satanás, el enemigo de nuestras almas, él no quiere que se haga la obra del Señor, él no quiere que nosotros crezcamos hasta la estatura del varón perfecto. No quiere. Y siempre va a estar poniéndonos zancadillas para que nosotros tengamos que estar siempre en el suelo, tengamos que estar siempre postrados en nuestra propia incapacidad, en nuestra propia humillación. Él no quiere. No quiere.
Las tentaciones: ¿ustedes creen que las tentaciones provienen del Señor? No. Dice la Escritura que cada quien es tentado según su propia concupiscencia, que si alguno es tentado no diga que es tentado por parte del Señor, sino que de acuerdo a nuestra propia inclinación a la maldad, por eso es que somos tentados. Entonces, cuando usted está en esa lucha y dice: “Me da por aquí”, y yo trato de esquivarlo, y viene por aquí, y miren, eso desgasta. Esa lucha desgasta, esa lucha nos aflige, esa lucha nos quita la paz.
Y en las Escrituras el tentador está allí. Recuérdense que al apóstol Pablo le dieron un aguijón en la carne, dice “para que lo abofeteara”, y él le había dicho al Señor que se lo quitara varias veces, y el Señor le dijo: “Bástate mi gracia, que yo me glorifico en tu debilidad; eso tú vas a tener que convivir con eso”. La Escritura no dice si el apóstol Pablo, al final de sus días, dejó atrás ese aguijón. De hecho, hay mucha gente que no está clara de cuál era el aguijón, pero lo sufría.
¿Y qué tal el caso de Job? El Señor le dijo: “Tócalo”. Cuántas cosas perdió: las propiedades, perdió su familia, perdió la salud, fue vilipendiado por sus amigos, perdió su honra. El tentador. Una realidad. No menospreciemos eso; es una realidad.
En ambos casos, Dios permite que Satanás aflija a sus hijos, pero mientras Dios utiliza los sufrimientos que permite para fortalecer nuestra fe y el carácter santo en nuestras vidas —esa es la intención— los sufrimientos que vienen a nosotros son para perfeccionarnos, para fortalecer el carácter santo en nosotros. En cambio, Satanás, el enemigo de nuestras almas, usa estos mismos sufrimientos para socavar nuestra confianza y obediencia al Señor. Y de aquí esto me lleva a una advertencia que quiero hacerles, hermanos queridos, y es que, cuando estemos en medio de las pruebas, de la aflicción, no debemos darnos el permiso de desobedecer a nuestro Padre celestial, como diciendo: “Ya todo se ha acabado, ¿y qué importa que le dé rienda suelta a mis deseos pecaminosos?”.
Eso es algo que puede estar ahí: cuando usted entiende que ya usted ha sido abandonado por el Señor, de que ya usted entra en la expresión que se usa como que “nada es nada”, ya yo no tengo que seguir obedeciendo a mi Señor, “ya peor de lo que yo estoy no podré estar, ¿y qué hace de que yo ni satisfaga mi carne?”. ¿Cuántas personas no han incurrido, en medio de su aflicción y en medio de su dolor, no sé si en el ánimo de tratar de resolver su aflicción, han incurrido en un acto pecaminoso? O no sé si tal vez para engañarse a sí mismos y entender que detrás de ese acto pecaminoso van a tener un respiro a su situación.
Pero si lo hacen así, lo que están trayendo es mayor peso de condenación sobre sí mismos. Un teólogo alemán del siglo XVII expresó lo siguiente: que nadie, en medio de sus calamidades, sea traído a la esperanza halagadora y mundana de una vida más placentera, y que esto lo lleve a abandonar su deber cristiano. Miren, no importa lo que usted pueda estar atravesando, hermano querido, no importa lo abatido que usted esté, recuerde que usted está en la mano del Señor, de que ya esa conducta carnal, pecaminosa, ya no tiene cabida en usted; eso no lo define. Pero créame, cuando uno está en ese estado, uno viene como que se le va el pensamiento y dice: “No, el Señor me soltó; si Él me soltó, déjame yo darle rienda suelta”.
Si usted ha pensado que el Señor lo ha soltado, usted tal vez nunca ha estado seguro de que usted le ha dado la mano a Él. Porque nosotros no estamos en la mano del Señor cuando estamos bien. Nosotros estamos en la mano del Señor siempre. ¿Y qué más confianza podemos nosotros tener de que en medio de las tribulaciones, en medio del dolor, estamos seguros en la mano del Señor? Sería algo paradójico, algo ilógico, algo tonto, de que usted venga a decir que en su estado de mayor angustia el Señor lo soltó.
Debemos estar alerta para resistir al tentador. Mire lo que dice la primera carta a los Corintios, capítulo 10, versículo 13:
No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también, juntamente con la tentación, la salida, para que podáis soportar.
— 1 Corintios 10:13
El que diga que es tentado por el Señor, el que diga que está siendo afligido por medio de las tentaciones, recuerde esto siempre: el Señor no va a permitir que usted sea tentado más allá de lo que usted pueda resistir. Y si usted está en tentado, es porque Dios de alguna forma permite que esa tentación —no es Él que te tienta— pero la permite, entonces Él sabe el hijo que tiene y sabe que nosotros debemos de luchar, inquirir, levantarnos. Mientras estemos respirando tenemos que estar buscando glorificar a nuestro Dios, buscando honrarle, buscando vivir una vida agradable ante sus ojos, sin importar el dolor en el cual yo esté sumido.
El gozo por la victoria del hermano atribulado
Me muevo, hermanos queridos, al segundo punto, y es que la victoria de nuestros hermanos atribulados es un motivo de acción de gracias y de gozo en nosotros. Versículo 6 nos dice: “Pero cuando Timoteo regresó, nos dio buenas noticias de vuestra fe y amor, y que siempre nos recordáis con cariño, y que deseáis vernos como también nosotros a vosotros. Por eso, hermanos, en medio de toda nuestra necesidad y aflicción, fuimos consolados al saber de vuestra fe, de modo que ahora hemos vuelto a vivir, sabiendo que estáis firmes en el Señor”.
Miren, cuando Timoteo fue a darle el reporte de cómo sus hermanos habían resistido esas tribulaciones, esas situaciones, yo me imagino al apóstol Pablo que dio un brinco que ni LeBron James. Oigan eso. Como diciendo: “Uf, gloria sea al Señor que resistieron; gloria sea al Señor”. Él dice que había vuelto a vivir. Oye, eso es una expresión fuerte: “Había vuelto a vivir”. Es decir, que el apóstol Pablo había estado sumido en una angustia tan grande, tan tremenda, a causa de estos hermanos, de que él no sabía si ellos habían resistido en su fe, y sin embargo, Timoteo le dice: “No, esa gente están firmes”. “Gloria sea al Señor”. ¿Y cómo lo manifestó? Glorificando al Señor, manifestando gozo. Dice en el versículo 9: “Por lo cual, ¿qué acción de gracias podemos dar a Dios por vosotros, por todo el gozo con que nos gozamos a causa de vosotros delante de nuestro Dios?”.
Él dice: “Mira, yo no encuentro una forma más grande y más maravillosa, no encuentro la palabra exacta para yo poder glorificar al Señor en acción de gracias por eso que ha hecho con ustedes”. Eso es lo que está diciendo el apóstol Pablo. Esto nos lleva a nosotros a un principio: si Dios no es indiferente ante ninguna de las adversidades y angustias que está pasando su pueblo, nosotros, como parte de su pueblo, tampoco podemos serlo. Nosotros tampoco podemos serlo, y cuando Dios trae salvación sobre ellos, eso debe de ser motivo de gran gozo.
Miren, cuando usted ha acompañado, ha confirmado, ha exhortado al hermano, tal y como hizo Timoteo, que estaba en medio de la aflicción, y usted ve que el Señor ha respondido de una manera gloriosa, mire, usted se alegra tan “maquel”. Yo no sé si a usted le ha pasado: “Tan ‘maquel’”, y usted lo celebra y glorifica al Señor, y le da gracias a Dios. ¿Por qué? Porque es que usted es parte del pueblo de Dios, y si Dios tiene cuidado de ellos, no los ha abandonado, yo no puedo hacer menos. Yo no puedo hacer menos.
¿Cómo pudieron mantenerse firmes? Vamos a ver de qué manera estos hermanos pudieron mantenerse firmes y qué motivó a Pablo a tener una acción de gracias tan exuberante. Ellos habían respondido tal y como nosotros debemos responder ante las tribulaciones, al ser afirmados y exhortados por la palabra del Señor. En primer lugar, ¿de qué manera debe estar nuestra respuesta en cuanto a las tribulaciones? Bueno, lo primero es a gloriarnos en las tribulaciones para que se forme la paciencia. Romanos 5:3 nos dice:
Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia.
— Romanos 5:3
Pudiera ser una manera de comunicar al que no entiende la fe en el Señor Jesucristo que, al leer esta línea, dice: “¿Glorificarse en las tribulaciones? ¿Alegrarte en ellas?”. Sí. Sí, yo me alegro, yo glorifico a mi Señor en medio de las tribulaciones porque, evidentemente, después de allí yo saldré más perfeccionado, yo saldré de una forma que me pareceré más a mi Señor, y eso debe de ser el norte, el objetivo de cada creyente: tratar de parecerse a su Señor cada día. ¿Qué sentido tiene que usted quiera tener una vida, una militancia cristiana, para estar todo el tiempo igual?
¿Ustedes no desean parecerse a su Señor cada día más? ¿No lo desean? Parece que no; parece que quieren seguir siendo el mismo hombre de hace cinco años. Yo quiero que cada vez más el carácter de Cristo se perfeccione en mí. Yo quiero que en mi vida sea cada vez más evidente el fruto del Espíritu Santo, y una de las manifestaciones de ese fruto es la paciencia. Aquí está.
¿De qué manera debemos responder? Estando conscientes de que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús, como dice Romanos 8. En el versículo 35, hermanos, él dice así mismo… ¿Qué podrá ser: tribulación, será hambre, será desnudez? No. Nada de eso va a separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús.
¿De qué manera debemos responder? Bueno, entendiendo que si somos consolados por Dios, somos estimulados para consolar a los demás. Segunda de Corintios 1:4 nos dice:
El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a aquellos que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros mismos somos consolados por Dios.
— 2 Corintios 1:4
De que sepamos que estas leves tribulaciones momentáneas no son nada comparadas con el gran peso de gloria que en nosotros habrá de manifestarse, como dice 2 Corintios 4:17.
De qué manera, hermanos queridos: que la realidad de nuestra fe es lo que nos separa de aquellos que son meros profesantes. Primera de Pedro 1:7 nos dice:
Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual, aunque perecedero, se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado nuestro Señor Jesucristo.
— 1 Pedro 1:7
Miren, el término “tribulación” viene del latín tribulum, que eso quiere decir “trillo”. Y cuando usted está trillando el trigo es, usted separar la paja del grano. Y eso es exactamente lo mismo. La tribulación es separar quién es y quién no, quién es digno de seguir a su Señor, quién es un discípulo que es digno de servir a su Señor. Esas son las tribulaciones.
Una frase atribuida a Trench Keller nos dice que la adversidad es como un fuego que, en vez de destruirte, lo que hace es fortalecerte, embellecerte y perfeccionarte. Eso es lo que hace la tribulación. Y más aún, hermanos, miren: cambiando canales —yo casi no tengo tiempo— en estos días vi un programa que era de cómo fabricaban una espada, y ellos utilizan el método de forja manual. ¿Y cómo es la forja manual? Bueno, tienen una vara de metal, de acero, y entonces ellos intentan construir una espada con ello, pero ¿cuál es el método que utilizan? En primer lugar, calentar esa barra, ¿a qué sí?, a cuántos grados, y cuando eso está al rojo vivo vienen y la sacan, y con un martillo empiezan: “tin, tan, tin, tan, tin, tan”, ahí, dándole forma a la barra de acero. Y la enfrían.
Vuelven y la calientan y repiten de nuevo: “tin, tan, tin, tan, tin, tan”, y la enfrían, y en ese proceso eso se repite “n” veces. Y si en ese proceso no se logra templar esa barra hasta que se convierta en una hoja, cuando esa hoja es sometida a prueba, lo que hace es que se quiebra. El asunto es, hermanos queridos, que nosotros estamos en medio del martillo y el yunque. Es verdad, así estamos nosotros. Pero el detalle es que el martillo lo tiene el Señor en la mano, y Él nos sostiene con la otra y sabe de qué manera, y qué golpes está dando, de forma tal, de forma tal de que Él sabe qué golpe dar, dónde darlo, de forma tal de que nosotros seamos un instrumento, una herramienta útil, hecha por el Señor.
Lo otro es, hermanos: ¿cómo debemos asimilar las tribulaciones? A que seamos sufridos en las tribulaciones, pero constantes en la oración, como dice Romanos 12:12. Y con eso me muevo ya al último punto, mis queridos, y es que la oración es una herramienta de confianza y lucha en medio de las tribulaciones.
La oración como medio de sostén y lucha
En el versículo 10, el apóstol Pablo dice: “Orando de noche y día, con gran insistencia, para que veamos vuestro rostro y completemos lo que falte a vuestra fe”. Anteriormente a eso, la oración del apóstol Pablo había iniciado con una acción de gracias delante del Señor, pero él se enfoca de una manera tal de que, en medio de las tribulaciones, eso es algo seguro a lo cual nosotros podemos echar mano. Es una herramienta útil, segura y altamente confiable, de la cual nosotros disponemos y que nos ha provisto el Señor. El Señor nos puede proveer de un hermano que venga a confirmarnos y exhortarnos, pero el Señor a todo su pueblo le ha provisto de algo, de una herramienta de la cual nosotros tenemos que aprovecharnos de ella constantemente, que es la oración: que nosotros podamos ir a su presencia para clamarle a Él.
La oración es una herramienta que tenemos disponible como medio de sostén y de fortaleza en medio de las tribulaciones, pero viene en dos sentidos. En primer lugar, yo oro al Señor por mí mismo, para ser fortalecido cuando yo estoy atravesando por las pruebas y en terrible angustia. Yo pido la fortaleza del Espíritu Santo, pido la sabiduría de Dios, pido la dirección de mi Señor para yo poder afrontar. Pero también viene en otro sentido, tal y como había sufrido el apóstol Pablo; el apóstol Pablo estaba sufriendo, estaba siendo tribulado por la condición que estaban por enfrentar los hermanos de Tesalónica, entonces intercedió por ellos. De la misma manera, nosotros, orando, debemos clamarle al Señor por aquellos que están sufriendo en el Señor, para que el Señor les sostenga en medio de dichas tribulaciones, tal y como lo dice el apóstol.
La actitud que nosotros debemos tener al orar en medio de las tribulaciones es la que tuvo el apóstol Pablo. Él tenía plena conciencia de que el Señor sostenía a esos hermanos, pero eso no fue un obstáculo para que él no orara por ellos. No sé si ustedes me entienden: todo aquel que es hijo del Señor sabe que en la mano de Dios está seguro, independientemente de lo que esté pasando, pero no obstante a eso, yo no puedo dejar de lado el gran privilegio que yo tengo de interceder por mi hermano, de clamarle al Señor, y eso fue lo que hizo el apóstol Pablo. Él sabía que sí, Dios es poderoso para librar, Dios es poderoso para salvar, pero “yo oro”.
Hay una serie de peticiones que están en esta oración. El versículo 12 y 13 dicen: “Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros; y que Él afirme vuestros corazones, que os haga irreprochables en santidad delante de Dios, nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos”.
En esta oración, el apóstol Pablo está pidiéndole por crecimiento espiritual por estos hermanos, está pidiéndole por un desarrollo del amor cristiano. De hecho, esa es una de las características que fueron resaltadas en el capítulo 1: la fe, el amor y la esperanza. Desarrollar el amor cristiano entre ellos. También que mantuvieran firme su fe en el corazón; les está pidiendo por eso. Lo otro es también, que es muy importante, que mi serie concluirá allí más adelante con un sermón acerca de la santidad y un sermón acerca de la venida de nuestro Señor Jesucristo. Dice: “Miren, yo oro para que ustedes puedan tener un buen testimonio de santidad en medio de la tribulación y que se mantengan firmes, teniendo muy presente la esperanza bienaventurada del retorno de nuestro Señor Jesucristo”, de que sabemos que esta realidad, por mal que estemos sufriendo, no es nada comparable con el peso de gloria. ¿Y cuándo vamos a obtener ese gran peso de gloria? Cuando estemos en su presencia.
Llamado al arrepentimiento y conclusión
Cuando el Señor venga. Cuando el Señor venga.
Voy concluyendo, hermanos queridos, miren. Aquí probablemente haya personas que no conozcan al Señor. Me dirigiré a ellos como amigos. Amigos, si usted no tiene la oportunidad y el privilegio de acercarse al Señor en oración, usted puede tenerlo. Vaya a la presencia del Señor en arrepentimiento y fe, confiese sus pecados, y entonces, a partir de allí, el Espíritu Santo venga sobre usted y pueda establecer una relación con su Señor, entonces usted podrá dirigir una oración. Pero si usted no es parte de su pueblo, la única oración que Él puede escuchar de usted es la de arrepentimiento y de usted caminar en fe. Si usted está en medio de una tribulación, tal vez el Señor, en su gracia común, tenga algo de misericordia con usted, pero los que sí somos hijos estamos seguros de que Él nos va a sostener.
Ahora bien, si usted no lo conoce, acuda al Señor, acérquese a Él. Posiblemente hoy sea el día en el cual el Señor lo esté llevando a usted a que vaya al trono de su gracia y que pueda recibir el oportuno socorro, como dice la Escritura. Y que entonces, hermanos, usted pueda clamar, y amigo mío, usted pueda clamar como clamaba el salmista en el Salmo 107:
Entonces clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones.
— Salmo 107:6
Recapitulando, hermanos queridos, hemos visto que las tribulaciones y las aflicciones son una realidad en la vida de todos los seres humanos en algún u otro período de nuestra vida. De manera especial, la fidelidad cristiana se comprueba cuando usted está sometido a dichas pruebas y entonces su fe sale reafirmada. Las tribulaciones, hermanos, son necesarias. ¿Por qué? Porque fortalecen nuestro carácter cristiano, porque hacen que aflore y se desarrolle la paciencia en nosotros, y porque nos dan la oportunidad de practicar el amor de Cristo a los que sufren.
En definitiva, hermanos queridos, debo decirle que si en su caminar cristiano usted no está siendo afligido, usted no está siendo atribulado, glorifique al Señor, porque probablemente el Señor lo esté sosteniendo. Pero también hay algo de lo que usted debe preocuparse, y es que probablemente usted en el mundo no esté haciendo “roncha”, de que el mundo no está siendo hostil con usted porque usted no se está comportando como debe comportarse un hijo de Dios. Probablemente usted esté haciendo causa común con el mundo, y usted se diluye allí dentro, y ellos no lo molestan, no se burlan de usted, no lo persiguen, no lo oprimen. Entonces haga esa reflexión.
Finalmente, hermanos queridos, ya el 2018 tiene sus días contados. Probablemente nosotros iniciamos este año en medio de alguna tribulación, alguna aflicción en particular. Gloria sea al Señor si hemos tenido respuesta, si en lo que llevamos del año probablemente la estemos viviendo y como que no se vea a corto plazo, de que el año termine sin que nosotros hayamos tenido victoria. Y más aún, tal vez no entre el 2018, y quién sabe si todavía en el 2020 estamos lidiando con eso.
Lo que yo tengo para decirle es que en el Señor, en el Señor, está la fortaleza de los siglos, de que el Señor ha provisto medios para fortalecerle a usted en medio de esto, de que el Señor le ha dado una herramienta altamente confiable, que es la oración. Clame al Señor como clamaba el salmista, dice: “Clamaron a Jehová en su angustia y los libró de todas sus aflicciones”. Oremos.
Señor, alabamos y bendecimos tu nombre. Gracias te doy, Señor Jesucristo, porque tú nos has dado la oportunidad de comunicar esta verdad. Señor, permite que este mensaje nos sirva de ánimo, de estímulo. Probablemente, Señor, haya muchas personas que estén perturbadas, que estén afligidas, que estén atribuladas, pero Señor, permítenos, en primer lugar, ser iglesia, practicar la comunión cristiana, Señor, ayudándoles, confirmándoles y exhortándoles. Señor, y permite que nosotros podamos elevar un clamor en medio de nuestra desesperación para que tú nos libres, para que tú nos salves, Señor, y aquellos por los cuales nosotros hemos orado, cuando tú les das respuesta, mi Señor Jesucristo, que nuestro corazón se hinche de gozo, se hinche de acción de gracias por tú haber tenido misericordia de ellos.
Señor, acompáñanos, acompáñanos, fortalécenos. Permite, Señor Jesús, que esta lucha que nosotros tenemos contra las tribulaciones, las tentaciones, el pecado, mi Señor, podamos salir aprobados, podamos ser fortalecidos, podamos salir victoriosos en Cristo Jesús. La victoria es tuya, no nuestra. Todo esto te lo rogamos en el nombre poderoso, nombre tuyo, Señor Jesús, amén. Amén y amén.
Nuestros hermanos del ministerio de adoración nos despiden con canciones.