Que el Señor les bendiga, hermanos queridos. Acompáñenme a la Sagrada Escritura y vayamos al Nuevo Testamento. Estemos juntos en el libro de los Hechos. Es el libro de los Hechos en el capítulo cuatro.
Pueden ponerse un momento sobre sus pies para que leamos la Escritura. El epígrafe de esta porción de la Escritura dice: “Todas las cosas en común”, y precisamente de esto hoy quiero hablarles: de tener las cosas en común. Es el libro de los Hechos en el capítulo cuatro a partir del versículo 32. Lo que es más natural es llevar esta porción de la Escritura por lo menos hasta el capítulo 5, versículo 11, porque es la misma unidad temática.
Leeremos inicialmente capítulo cuatro desde el 32 hasta el versículo 37, pero con la ayuda del Señor también al final estaremos leyendo los primeros 11 versículos del capítulo 5 del libro de los Hechos. También se podría llamar la vida de los primeros cristianos: cómo vivían ellos, cómo era la vida de nuestros hermanos en aquel tiempo.
Dice así la Sagrada Escritura, libro de los Hechos, capítulo cuatro a partir del versículo 32:
Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común.
Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos.
Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían y traían el precio de lo vendido,
y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.
Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación), levita, natural de Chipre,
como tenía una heredad, la vendió, y trajo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles.
— Hechos 4:32–37
Leamos ahora todos juntos el versículo 32:
Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían las cosas en común.
— Hechos 4:32
Puede sentarse, hermanos.
“Teniendo las cosas en común”. Tener cosas en común es una de las más claras señales de la salud de una iglesia y, asimismo, uno de los mayores retos para todas las comunidades cristianas, pues su implementación no está ajena a la maldad, a las motivaciones incorrectas o a la percepción de injusticia.
Cuando usted visita una iglesia local y descubre que en esa iglesia local las personas llegan a tener cosas en común, más allá de una fe, un Señor, un bautismo, también tienen una agenda en común, también tienen un presupuesto en común, también tienen compromisos en común, puede decir que esa iglesia tiene una señal de que es saludable.
Es muy revelador el hecho de que los primeros conflictos en el interior de la Iglesia primitiva no estuvieran relacionados con la doctrina, sino con la expresión material de la vida en comunidad. Lo primero que sabemos es que Judas robaba de la bolsa del Señor, tal cual vimos el domingo pasado. Después aparece en el libro de los Hechos en el capítulo 5, que Ananías y Safira quisieron simular una generosidad hacia sus hermanos que no tenían, y dice que estaban movidos por Satanás.
Más tarde se muestra en el mismo libro de los Hechos que hubo desacuerdo entre creyentes de origen griego y creyentes de origen judío sobre la distribución de los alimentos para las viudas. Sin embargo, aun con estas dificultades la iglesia logró establecer en el primer siglo un sistema de soporte entre los hermanos tan bien provisto y eficiente que, según documentó Lucas —y Lucas era muy ordenado cuando documentaba— no había entre ellos ningún necesitado.
La experiencia debería ser para nosotros al mismo tiempo motivación, al ver que fue posible, y también advertencia al considerar las dificultades que enfrentaron. Hoy estaremos viendo la hermosura de la vida en comunidad. Estaremos viendo también, con la ayuda del Señor, el ejemplo que debería dar al respecto todo creyente maduro y terminaremos viendo el riesgo de que nuestro corazón sea impulsado por actitudes incorrectas.
Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma, y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. De algún modo, la exposición de la Escritura que estoy haciendo hoy complementa y extiende lo que estuvimos viendo el domingo pasado. Si el domingo pasado veíamos que teníamos que priorizar la exaltación del nombre del Señor aun antes de socorrer a aquellos, aun de los nuestros, que estén en necesidad, hoy quisiera mostrarle a la iglesia que tenemos que socorrer a aquellos que están en necesidad.
Que tenemos que tener cosas en común, que no podemos cerrar los ojos ante las necesidades del pueblo, que la respuesta material práctica es muy necesaria para la vida en comunidad.
Una multitud grande y heterogénea con un mismo corazón
Comenzaré describiendo esta preciosa fotografía que se nos presenta aquí, que es la hermosura de la vida en comunidad. Consta de los versículos del 32 al 35. Comienza Lucas, que es el autor del libro de los Hechos, diciendo que aquí había reunida una multitud. No menciona un pequeño grupo de discípulos, menciona: “Y la multitud de los que habían creído”.
Comienzo hablando de una multitud reunida porque frecuentemente se piensa que si la congregación es pequeña, es muy cercana, y si la congregación es grande, entonces es distante. Vemos aquí una multitud que estaba reunida y al mismo tiempo, a pesar de ser una multitud, era de un corazón y un alma. Era una iglesia relativamente grande. Se estima que habían ahí por lo menos más de 3000 personas, porque en un solo día fueron convertidos 3000 al Evangelio, más todos los que existían desde antes. Y a pesar de su tamaño, esta iglesia logró manifestar afecto por las vías prácticas.
De hecho, porque eran muchos, llegaron a tener las cosas en común. Déjeme ponerle un poquito de contexto a esta historia. Estamos en el libro de los Hechos. Estamos días después del día de Pentecostés, estamos en el nacimiento de la Iglesia primitiva. Una multitud de personas encontramos reunidas en Jerusalén en aquel momento.
Estos creyentes que, según se describe en el mismo libro de los Hechos, venían de todas las partes de la tierra. Dice el libro de los Hechos, en el capítulo dos a partir del versículo 9, que la multitud estaba compuesta por partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en el Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes; les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.
Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en el Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes; les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.
— Hechos 2:9–11
Estamos hablando de una multitud que está reunida y que es una multitud heterogénea. Y este grupo de personas cuando abrieron los ojos a la realidad del Evangelio se encontraron en un momento en que estaban lejos de sus casas, a la luz de una nueva realidad. Necesitaban comenzar a vivir la vida cristiana en comunidad y quizás no habían preparado su viaje para tantos días. Quizás eran viajantes que tenían un presupuesto corto para hacer una peregrinación a Jerusalén y regresar.
Este grupo de personas, que tenían carencias materiales y eran una gran multitud, lograron ponerse juntos de acuerdo, tener cosas en común y poder establecer la primera iglesia que aparece descrita en el libro de los Hechos. Que fueran muchos nos indica que no es una excusa decir que somos un pueblo grande para no poder responder con soluciones prácticas a las necesidades. De hecho, he visto la experiencia de que las iglesias relativamente numerosas tienen una mayor disposición a tener cosas en común que aun las iglesias que son pequeñas.
Lo que veo aquí, hermanos, es un primer milagro. Así como el Señor permitió que de manera extraordinaria, como se describe en el capítulo dos del libro de los Hechos, las personas lograran escuchar el Evangelio en su propia lengua —un don extraordinario— del mismo modo, el Señor hizo un milagro, y es que dio una gracia especial para que pudieran vivir en una actitud de generosidad y en un abierto desprendimiento.
Cuando las personas leen el libro de los Hechos se encuentran maravilladas al ver que un grupo de personas que no conocían la lengua escucharan el Evangelio en su propio idioma. Pero a mí me maravilla tanto como lo anterior el hecho de que este grupo de personas, que no se conocían entre ellos hace quizás un mes, tuvieran, inmediatamente llegaron a Cristo, la disposición de desprenderse.
He visto, hermanos queridos, que cuando una persona ha nacido realmente de nuevo llega a tener ese corazón. He mencionado primero que era una multitud lo que estaba aquí reunida, pero inmediatamente después de que era una multitud se nos dice también en el versículo 32 que esta multitud había creído. Y me veo en la necesidad de poner aquí un gran asterisco, hermanos queridos: no intente vivir la realidad del Evangelio con personas que no han nacido de nuevo.
Lo que aquí está sucediendo no es que un grupo de personas se reunieron y comenzaron a tener las cosas en común. Lo que está pasando aquí es que un grupo de personas en un momento pasaron de muerte a vida, llegaron a tener un corazón abierto y aprendido, que es el mismo corazón que caracterizó a nuestro Señor Jesucristo.
Quiero mostrar con esto, hermanos queridos, que el desprendimiento de la iglesia, el desprendimiento en la iglesia local, no es el desprendimiento que se encuentra en otras organizaciones de este mundo. Esta congregación, esta multitud fue desprendida a causa de que era una multitud que había nacido de nuevo.
Quisiera despejar con esto aquella idea que tienen algunas personas de que el desprendimiento, la generosidad cristiana, es igual que el desprendimiento y la generosidad cuando uno la encuentra en el mundo; no es igual. El desprendimiento de un cristiano es a causa del desprendimiento de su Señor, a causa de que el amor de Cristo ha sido derramado en cada uno de nuestros corazones.
Veo aquí esta actitud que caracterizaba a estos creyentes. Me impresiona que la multitud completa podía llenar el estereotipo, podía llenar la descripción. No nos dice aquí que algunos de ellos llegaron a tener un corazón y un alma, sino que una multitud completa llegó a tener un corazón y un alma. Esto es un milagro del Señor.
Un mismo corazón y un alma: profundidad y compromiso
Es posible que en un grupo de personas usted encuentre que algunos manifiestan determinadas características, pero lo que es característico de todos aquellos que han nacido de nuevo y que han conocido el amor cristiano es que llegan a tener un alma y un corazón. Es un asunto impresionante que el apóstol Pablo después describió como estar juntos, sintiendo una misma cosa.
Esta descripción utiliza dos términos que parecen sinónimos, pero no lo son, sino que son complementarios. Dos elementos: primero, describe un corazón. Cuando la Escritura habla de corazón, está apelando a profundidad. No está hablando solamente de un órgano físico que bombea sangre, está hablando del asunto más profundo en el ser de una persona, aquello de donde salen sus emociones más radicales.
Cuando la Escritura dice “se compungieron en su corazón”, está hablando de que lo hizo desde adentro, desde una profundidad, de algo que no es superficial. Y la otra descripción que hace aquí es que dice que es un alma. Cuando la Escritura habla de alma, habla de individualidad. Está diciendo aquí el autor del libro de los Hechos que este grupo de personas estaba teniendo un sentimiento muy profundo y que todas sus almas, todas sus individualidades, habían sido rendidas para tener cosas en común.
Es un milagro del Señor. Quizá podríamos reunir las dos cosas: ellos estaban profundamente comprometidos. Estoy convencido de que una de las cosas que más falta hace para el crecimiento de la iglesia es que haya creyentes que tengan un alma y un corazón, que estén profundamente comprometidos.
La superficialidad no anuncia que una persona ha nacido de nuevo. Si una persona ha nacido de nuevo tiene que tener el mismo corazón que tenía el Señor. ¿Cuál fue el corazón que tenía el Señor? Que se dio a sí mismo por todos nosotros, que nos amó y nos amó hasta el final.
Nuestro Señor Jesucristo no solamente predicó discursos, nuestro Señor Jesucristo se entregó a sí mismo. La disposición que debe haber en una persona que realmente ha creído, sin importar que sean unos cuantos o sin importar que sea una multitud, es que deberían tener una unidad de propósito, tener el mismo sentimiento, tener la misma actitud, la misma disposición.
Es una multitud, es una multitud de creyentes, y lo que era característico en ellos es la unidad de propósito. Quiero mostrar, hermanos queridos, que esto no era solamente un sentimiento. Si fuera solamente un sentimiento, lo hubiera descrito con otra expresión. Está hablando de algo que sale muy de adentro, algo que nosotros no podemos inculcar por nuestros propios medios.
Estoy convencido también de esto: yo podría avivar la llama del amor de Cristo en sus corazones, pero por mis propios medios no puedo provocarlos. Yo podría lograr que un creyente que ha nacido de nuevo y que el amor de Dios ha sido derramado en su corazón llegue a avivar el fuego de este amor que en él ha sido sembrado, pero yo no puedo sembrarlo.
Estoy convencido de que podemos avivar la generosidad en aquellos que han nacido de nuevo, pero nosotros no podemos hacer que un incrédulo sea generoso. Nosotros podríamos, los unos a los otros, estimularnos los unos a los otros, practicar estas cosas, pero no podemos sembrarlas.
Si una persona ha nacido de nuevo, le puedo decir que si el amor de Dios ha sido derramado en su corazón, él tiene la capacidad, tiene la potencialidad de amar a un punto tal que llega a ser muy desprendido, pero no hagamos el intento ni siquiera de lograr, hermanos, que las piedras lleguen a tener profundidad de sentimiento y profundidad de expresión. Esto es un milagro.
Esto es más que un asunto de afinidad. Quisiera quitar este prejuicio, iglesia local, de las personas que piensan: “Podemos amarnos y expresar amor porque tú y yo nos llevamos bien”. Hermano, no es un asunto de que tú y yo nos llevamos bien. El amor de Cristo derramado en otro corazón llega a pesar y pesa mucho.
Pablo en Romanos nos dice que este amor que ha sido derramado en nuestros corazones ha sido derramado por el Espíritu Santo que nos fue dado.
Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.
— Romanos 5:5
Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma, y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía. Aguánteme aquí, hermanos queridos: no estamos hablando de comunismo.
No estamos hablando aquí, ni siquiera, de socialismo. No estamos aquí hablando de la anulación de la propiedad. Hay hermanos míos que han leído esto de manera superficial y han terminado haciendo una caricaturización de la generosidad. Estos hermanos no hicieron una ley para que todo el mundo se desprenda. No es esto lo que está sucediendo.
El problema no es, hermano, que usted ponga el título a nombre de todos; no es eso. Realmente ellos seguían poseyendo. Dice: “Y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía”. Lo que está describiendo es una actitud muy natural en nosotros, y es que si acaso yo tengo algo de valor, yo entiendo que eso que tengo ya no es mío, sino que es del Señor, y yo considero esto no tanto como mío, sino como nuestro.
Hermano, no me importa tanto a nombre de quién está, lo que me importa es la actitud. Es como si fuera de la causa. Todo lo que tú tienes es del pueblo, todo lo que tú tienes es de la causa de Cristo. Ellos no llegaron a despojarse quizá de todo, pero entendían todas sus posesiones a la luz de una nueva realidad: “Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común”.
Tener las cosas en común sin perder la propiedad
Hermano, para que usted y yo tengamos una cosa en común, usted no tiene que entregármelo necesariamente. De hecho, entregar alguna cosa sería más fácil que administrarla. Una de las cargas que tiene un discípulo de Cristo es vivir para administrar, para la gloria del Señor, las cosas que el Señor le da.
A veces sería más fácil despojarse de algo, decir: “Mira, ténganlo todo y déjenme tranquilo”. El asunto hay que administrarlo, y administrar cuesta. El dolor, hermanos queridos, no está en manifestar una generosidad, un desprendimiento absoluto. El dolor viene cuando tú expresas generosidad sirviendo a tu hermano de manera consistente a través de eso que el Señor te ha dado. Ahí es que duele realmente la generosidad.
El milagro grande fue que cuando el Espíritu Santo fue derramado en el corazón de ellos, ellos llegaron a tener una nueva actitud, y esta nueva actitud les hacía servir con todo aquello que se les había dado. Si había que venderlo se vendía, hermano, pero lo más importante no era que se vendieran las cosas. Lo más importante era que se consideraran las cosas a la luz de un nuevo entendimiento.
Doy un poco más de notas acerca de este trasfondo, hermano. Esto sucedió en un contexto de persecución. Estos hermanos nuestros, muy probablemente, terminarían al final, al fin y al cabo, perdiendo sus propiedades. Lo entendieron. ¿Qué mejor hacer con una propiedad que utilizarla hoy para una causa que es mucho más grande?
Si estamos siendo perseguidos, muy probablemente nos expulsen de esta ciudad y ya ni siquiera tengamos propiedades. Lo mejor que podemos hacer es ponerlas hoy a la disposición de la causa. Algo que tengo que decir es que esto sucedió de manera espontánea. No estamos hablando aquí de un decreto, no estamos hablando aquí de una obligatoriedad, no estamos hablando aquí de un pacto que tenemos todos que firmar y que nos despojamos.
Cada uno, hermanos, según la influencia del Espíritu Santo en su corazón. Alguien me dirá: “¿Y de qué dependía que algunos vendían y algunos no vendían?”. Dependía de la influencia del Espíritu Santo en su corazón. Hermano, dar con liberalidad es una obra del Espíritu Santo. Algunos se sintieron compelidos por el Espíritu Santo a despojarse a un punto mucho más profundo que otros. Gloria al Señor por esa obra.
No hay evidencia de que esto fuera un asunto recurrente. Parece que fue un asunto puntual. De hecho, no se encuentra en otras partes del Nuevo Testamento donde ya no hay tanto una propiedad en común, sino un llamado a aquellos que tenían familiares en necesidad a que atiendan ellos mismos a sus familiares.
Con esto le mostraré, hermanos, que no vean el libro de los Hechos como que hay unas normas rígidas para la iglesia. Aquí hay un ejemplo, sí es verdad. Pero en base a este ejemplo no trate de establecer una norma rígida. No trate de hacer de esto, hermano, un asunto duro, donde se pierde todo el espíritu del texto. El espíritu del texto es que el Espíritu Santo obra en nosotros para producir generosidad. No carguemos ahora un legalismo de que todo el mundo tenga que desprenderse.
A la luz del versículo siguiente, que es el versículo 33, que dice:
Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos.
— Hechos 4:33
Yo puedo inferir, hermanos, que este desprendimiento fue el resultado de la predicación. Me emociona saber, hermano, que mientras más se compartan las promesas del Señor, mientras más se comparta la obra del Señor, más crecerá en el corazón del pueblo la generosidad. Mientras más los apóstoles daban testimonio del Señor y de las grandes obras que el Señor había hecho, más y más abundaba la gracia de Dios sobre cada uno de ellos.
Me detengo aquí un momento, hermanos. Los apóstoles no se dedicaron a generar un estado de bienestar material como un fin en sí mismo. No era que Pedro y los demás apóstoles estaban haciendo aquí una cooperativa, una ONG, lanzando un proyecto de asistencia social. No era eso. Ellos estaban predicando el Evangelio. La consecuencia natural de la predicación del Evangelio fue la generosidad.
Hay cantidad de hermanos míos en diferentes momentos de la historia que han intentado replicar esto mecánicamente: “Hermano, tenemos que desprendernos de todo para que tengamos las cosas en común”. Hermano, no se hace así. Lo que debemos buscar es ser llenos del Espíritu Santo. Lo que debemos buscar es que el Espíritu Santo produzca en nosotros un cambio que sea tan radical que lleguemos a considerar lo que tenemos como que es de todos, que lleguemos, hermanos, a vernos a nosotros mismos como mayordomos y administradores de la multiforme gracia del Señor.
No es un proyecto artificial: “Vamos a lanzar una cooperativa, vamos a lanzar una ONG”. Hermano, no se trata de eso. Lo que tenemos que hacer es predicar la palabra y permitir que el Espíritu Santo inunde nuestro corazón, que el amor del Señor siga siendo derramado en cada uno de nosotros.
Siendo así, hermanos, los ministros de la palabra no somos activistas sociales. Hay una gran cantidad de hermanos míos que han perdido el rumbo y han terminado haciendo de la iglesia un asunto de asistencialismo. Hermano, se predica el Evangelio. El Evangelio predicado produce rica gracia, y una de las manifestaciones de esa gracia es la generosidad.
No es producir generosidad de manera mecánica, de manera manual, como si nosotros fuéramos activistas sociales. Nosotros somos ministros de la palabra, ministros del Evangelio, y cuando la palabra es predicada en el poder del Espíritu Santo, la generosidad se manifiesta en el pueblo, pero de manera espontánea.
La generosidad espontánea y el ejemplo de Bernabé
Podemos canalizar la generosidad por la diaconía, pero no podemos ver la generosidad como un fin en sí mismo. Es la obra del Espíritu Santo. Decirle a las personas: “Aporta, ayuda”, no produce nada si el Espíritu no está obrando. Lo que tenemos que buscar es llenarnos del Espíritu Santo, que el amor de Cristo sea derramado en cada uno de nuestros corazones. La predicación de la palabra es nuestra prioridad.
Desestimo todo esto que he visto en iglesias que terminan pareciendo más fundaciones y ONG que la casa del Señor. Lo que nosotros hacemos aquí, hermanos, cuando ayudamos, no es un asunto como si fuera un fin en sí mismo; es la consecuencia natural de la predicación del Evangelio. Es algo espontáneo, es algo voluntario, es algo que es un mover del Señor en el corazón de uno. No son estructuras mecánicas o políticas las que producen el cambio. El cambio en la iglesia local lo produce Romanos 5:5, el derramamiento del Espíritu Santo en nuestro corazón.
Después de mostrarnos en esta primera parte el libro de los Hechos la hermosura de la vida en comunidad, entonces se nos presenta un ejemplo, en los versículos 36 al 37, que debería ser un ejemplo para cada creyente:
Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación), levita, natural de Chipre,
como tenía una heredad, la vendió, y trajo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles.
— Hechos 4:36–37
Se introduce aquí un personaje del cual ya he predicado antes: Bernabé. Una de las columnas de la Iglesia primitiva, un líder fructífero, un hombre con mucha iniciativa para el Señor.
Puedo especular la razón por la cual se menciona específicamente la actitud de desprendimiento de Bernabé. Posiblemente él fue el primero que tuvo la iniciativa al respecto. Esto era característico en el hermano Bernabé: era un hombre de iniciativa. Usted lo busca en el libro de los Hechos y siempre lo encontrará tomando la iniciativa.
Probablemente Bernabé se dio cuenta de que aquí hay mucha necesidad y dijo: “Yo tengo una propiedad y el Espíritu Santo ha operado en mi corazón generosidad a un punto tal que tengo la capacidad de desprenderme”. Quizás Bernabé fue el primero en la Iglesia primitiva que dio este paso, que dio el paso hacia adelante de desprenderse de una propiedad y otros siguieron su ejemplo.
El asunto es que dentro de toda la multitud es el único que, por lo menos de manera positiva, se menciona por su nombre. Pero aquí yo quiero también llamar la atención, hermanos, y es que es muy necesario que nuestros hermanos vean un testimonio, un ejemplo de líderes prominentes que tienen una gran capacidad de desprenderse.
Un líder cristiano es una persona que debería ser reconocida por su desprendimiento. Yo encuentro extraño que una persona tenga mucha generosidad en el ministerio de la palabra y no sea, al mismo tiempo, muy generoso con sus bienes materiales. Para la formación de la iglesia era muy necesario que el liderazgo clave de la iglesia, en este caso Bernabé, diera un ejemplo de que los líderes no estamos aquí para ver cómo los otros se desprenden, sino que ellos mismos tengan la voz cantante también en la generosidad.
¿Usted busca al apóstol Pablo, hermano querido? El apóstol Pablo fue un hombre generoso. Usted busca a Pedro. Pedro dijo: “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. El liderazgo cristiano necesita dar en la iglesia local un testimonio firme, contundente de que también hemos crecido en generosidad. Quizás esa es la razón por la cual Bernabé se menciona por su nombre.
Quien está presto, hermano, a compartir lo espiritual, debería compartir también lo material. Sería raro que una persona me diga que tiene una fuerte vocación ministerial para el ministerio de la palabra y, al mismo tiempo, no sea una persona que se ponga pronto las manos en los bolsillos. De hecho, sería triste una congregación donde el liderazgo de esa congregación se dedique solamente a incentivar la generosidad y sus hermanos no puedan ver en ellos que ellos mismos pueden hacerlo.
Si usted hace algo material en la iglesia local, si tiene una posición prominente, si usted es un maestro de escuela bíblica, si coordina alguno de nuestros ministerios, yo le invito, hermano querido, a que crezca el testimonio suyo de desprendimiento y generosidad, porque asimismo la iglesia se multiplicará según esa generosidad que vea en su corazón.
Liderazgo desprendido y sujeto: la actitud de Bernabé
Usted me dice: “Yo no tengo una heredad en Chipre como tenía Bernabé”. Pero probablemente tiene un carro, hermano. Un carro tiene cinco asientos: el del conductor, el del pasajero y tres atrás. Y si nos apretamos mucho, caben seis. A veces he hablado con líderes, hermanos queridos, líderes, y yo les digo: “Mira, un líder establece su liderazgo en una iglesia local transportando a los hermanos”. Debe haber un ejemplo en esa iglesia de que ese líder puede moverse a favor de alguien más.
Hermano, si usted va a hacer un ministerio para la iglesia, hágalo con sus propios recursos. Qué hermoso es un hermano que hace un ministerio con sus dones, pero que al mismo tiempo provee para su ministerio con sus bienes materiales. Él dice: “Yo hago esto para el Señor, pero yo también quiero no solamente hacerlo con mi mano; yo quiero traer los materiales con los cuales eso se hace”. Eso glorifica al Señor y da un ejemplo de generosidad.
Qué hermoso es un líder que es fuerte en el ministerio de la palabra, pero también puede proveer materialmente según el Señor se lo permita, para la casa del Señor. El testimonio que tenemos en Latinoamérica es de ministros bivocacionales que por un lado han estado empujando el ministerio de la palabra y, por otro lado, han estado haciendo diferentes trabajos para poder sostener también la casa del Señor. Eso hermosea la casa del Señor y estimula la generosidad.
Con esto lo que estoy diciendo, hermanos queridos, es que Bernabé parece que su testimonio discreto y desprendido se replicó en los otros, y los otros también comenzaron a hacerlo. Quizás por eso se menciona por su nombre.
Sin embargo, el relato de Bernabé es más elocuente por lo que Bernabé no hizo que por lo que Bernabé hizo. ¿Qué fue lo que él no hizo? Sabemos, a la luz del libro de los Hechos, que Bernabé era un hombre de iniciativa, que le gustaba ser pionero, le gustaba tomar la obra en sus manos.
Sin embargo, cuando se desprendió de su heredad, dice el versículo 37:
como tenía una heredad, la vendió, y trajo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles.
— Hechos 4:37
El que tenía iniciativa no utilizó el precio de su heredad, que estaba dedicando para la obra, para hacer él mismo el ministerio, sino que puso esto que había vendido a los pies de los apóstoles. Aun siendo un hermano prominente, reconoció y se sujetó al liderazgo de la iglesia local.
Qué triste es una persona a la que el Señor le da medios materiales y esos medios materiales lo que producen en su corazón es, en vez de sujeción a la estructura de liderazgo de una iglesia, una capacidad de querer hacer él todas sus iniciativas. Hermano, qué hermoso es un hermano a quien el Señor le ha dado bienes y, en vez de utilizar esos bienes según él entiende, usa esos bienes en el contexto del liderazgo que el Señor le ha dado a la iglesia.
Lo que hizo Bernabé es que reconoció que la iglesia tiene un liderazgo, y si él se está desprendiendo de esto y lo pone a los pies de la iglesia, él no usa su heredad según sus ideas, sus proyectos y sus emprendimientos, sino que se sujeta también en el uso de esa heredad al liderazgo que el Señor le ha dado a la iglesia.
Aquí especulo un poco, pero si él era de Chipre, es esperable que su heredad estuviera allá, lejos de Jerusalén. Y él tenía una heredad que estaba en Chipre. Si fuera así, lejos de Jerusalén, él no la ocultó, sino que dijo: “Yo tengo algo en Chipre”. No estamos hablando aquí de un hermano que quizás tenía su heredad a la vista de todo el mundo, sino de una persona que nadie sabía que la tenía, y él voluntariamente la sacrificó.
Les repito: es más elocuente lo que Bernabé no hizo que lo que Bernabé hizo. Habla más fuerte de su corazón. Es evidente que actuó discretamente. ¿Cómo Lucas se enteró de que Bernabé lo había hecho? Probablemente uno de los apóstoles se lo dijo. La generosidad en él fue tan característica, hermano, que terminó dándole un nombre. Le llamaron “Hijo de Consolación”.
Se ha mostrado aquí un ejemplo acerca de un creyente que se desprendió generosamente, definitivamente a causa de la obra del Espíritu Santo en su corazón. Lo que viene justo después parece perder un poco el hilo entre el capítulo cuatro y el cinco, porque este sistema de capítulos y versículos no estaba en el original. Inicialmente esto era quizás un solo manuscrito donde las cosas continuaban y era más orgánica la lectura.
Ahora parece que está interrumpido. Sin embargo, lo que aparece en el capítulo 5 es, con toda seguridad, la consecuencia natural de que alguien vio la generosidad de Bernabé y lo leyó mal. Acompáñenme ahora al capítulo 5 desde el versículo 1 hasta el versículo 11.
Después de que estos hermanos tenían todas las cosas en común, después de ver la hermosura de la vida en comunidad, después de haber visto que ninguno de ellos tenía necesidad, después de haber visto, hermanos queridos, que Bernabé tomó la iniciativa y se desprendió, entonces entramos en el caso de Ananías y Safira.
¿Qué era lo que pasaba con Ananías y Safira? Ellos vieron el ejemplo de desprendimiento, también quisieron participar. Dice el capítulo 5, del versículo 1 en adelante:
Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad,
y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles.
— Hechos 5:1–2
Hermano, pareciera que él hizo lo mismo que hizo Bernabé, pero por mitad. Dijo: “Bueno, estamos desprendiéndonos…”.
Ananías y Safira: la simulación de la generosidad
Ay, hermano, qué triste es cuando una persona no responde a la influencia del Espíritu Santo, sino a un ejemplo carnal mal leído. Qué triste cuando una persona quiere replicar por su propio medio la obra que solamente el Espíritu Santo puede hacer.
Lo que impulsaba el corazón de desprendimiento de la iglesia era el Espíritu Santo, pero lo que impulsaba este aparente desprendimiento en Ananías y Safira era la obra de Satanás. Dice el versículo 3:
Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón, para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?
Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.
— Hechos 5:3–4
El peligro en esto es la simulación. El peligro en esto es no ser impulsado por el Espíritu Santo, sino por un deseo carnal de celebración. El peligro en esto es utilizar los bienes materiales, no como mayordomía cristiana, no como una obra del Espíritu Santo en nosotros, sino utilizar esto como si nosotros fuéramos realmente dueños para nuestra ostentación, para la vanidad, para llamar la atención de los hombres.
¿Qué estaba motivando posiblemente la simulación de Ananías y Safira? Quizás ellos pretendían lograr así una posición prominente dentro de la iglesia: “Yo quiero ser un Bernabé. ¿Por qué a José le llaman ahora Bernabé, Hijo de Consolación? Yo también quiero ser reconocido como un hijo de consolación. Aquí están mis bienes”.
¿Cuántos hombres, muertos en sus delitos y pecados, han querido lograr influencia en la iglesia local a través de traer sus bienes? De hecho, algunos se parecen a Esaú cuando se va a encontrar con Jacob, que antes de venir a la iglesia comienzan a mandar sus bienes delante: “Ahí van mis bienes, reciban lo que estoy mandando. Yo voy a llegar el mes entrante, pero mientras tanto vayan recibiendo mi generosidad”.
Hermano querido, ¿qué estás buscando con esto? Quizás lograr que tus bienes antecedan, quizás lograr que tu aparente generosidad venga por delante que tu persona misma. Definitivamente estaban buscando el reconocimiento de los hombres. Ellos también querían ser llamados hijos de consolación, y no podemos ser tres los hijos de consolación. “¿Y por qué a Bernabé ya? Porque a José le llaman así, yo también quiero…”.
Era un celo, hermano, mal infundado. Dice el versículo 3 que era Satanás que había llenado su corazón, y era un asunto mal canalizado. Dice el versículo 2 que ellos estaban sustrayendo del precio. Aquí entonces explico lo que vimos en la parte atrás, que era un asunto voluntario. Lo que Pedro le está diciendo es: “Ananías, si tu propiedad era tuya, ¿por qué te la vendes?”.
Reteniéndola, no se te quedaba a ti. Él está diciendo: “No es obligado desprenderse, no es obligado vender”. Si tú realmente querías tanto tu propiedad, ¿por qué la traes? Y después le dice: “Vendida, ¿no estaba todavía en tu poder?”. Aun vendiéndola, la totalidad del dinero era tuyo. ¿Por qué entonces simulas?
Aquí vemos, hermano, que hay dos influencias para la generosidad y el desprendimiento. Y aquí quiero advertir a la iglesia: hay una generosidad y un desprendimiento que son producidos por el Espíritu Santo, y hay una generosidad y un desprendimiento que son producidos por Satanás. Hay una generosidad y un desprendimiento que traen gloria al Señor y bienestar para la iglesia local, y hay una generosidad y un desprendimiento diabólicos que lo que han venido es a traer división y a dañar al pueblo.
Son asuntos pecaminosos, hermano, pero tenemos que evitarlos. ¿Cuántas son las personas que han querido tener poder en la iglesia por medio de sus aportaciones? ¿Cuántos son los otros que simulan un trabajo más grande que el trabajo que han hecho, un esfuerzo más grande, un desprendimiento más allá de lo que realmente están haciendo?
Hermano, no hay que simular. Si usted ha trabajado para el Señor, si usted le dedicó unas horas al trabajo para el Señor, no tiene que enseñar como que usted “no, que estoy aquí muerto del cansancio por hacer la obra”. Diga lo que usted hizo y ya. Mejor aún, ni siquiera lo diga, hágalo y ya, hermano. No hay que estar llamando la atención hacia nuestra gran obra, hacia nuestro gran trabajo. Todo eso es simulación.
Si usted se ha desprendido, no tiene que sonar trompeta para desprenderse. Dice la Escritura que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. Si usted se ha esforzado, hermano, hágalo para el Señor y que el Señor vea su esfuerzo. No hay que estarle diciendo a todo el mundo: “Miren qué esforzado yo soy”.
Estas personas querían decir: “Miren la heredad que yo he vendido”, y cuando fueron a ver, hermano, no era tal el monto que habían hecho. Las cosas que veo más frecuentemente en el interior de la iglesia, hermanos, son unos deseos de controlar por medio de los bienes. Es hermoso hacerlo, hermano, para el Señor, pero no trate de controlar su ofrenda, no trate de controlar su aportación.
Mentir al Espíritu Santo y las consecuencias
En esto, hermano, no se parezca a mí cuando yo jugaba pelota, que me gustaba que se jugara con mi guante y mi pelota. Yo era en extremo generoso, me gustaba bajar al play, y quería que todo el mundo jugara con mis guantes. Pero no era tanto generosidad; es que quien traía el guante ponía las reglas. Era más difícil que me cantaran out usando el guante mío.
Ay, hermano, tristemente en la iglesia local hay personas que han querido hasta ocultar su pecado y su maldad por medio de sus bienes: “Yo he sido generoso, yo soy quien aporto, yo soy quien contribuyo, cuidado que estoy ahora por encima del bien y del mal”. No, hermano querido. Aportar para el Señor es un asunto natural entre creyentes, es una obra del Espíritu Santo y no es algo que te distinga a ti por encima de tus hermanos. Que hayas aportado no te exime de hacer en tu vida también la voluntad del Señor.
De hecho, hermano, si lo que ellos querían era obtener fama, Ananías y Safira terminaron siendo infames. Sí son reconocidos, se les dedicaron los primeros 11 versículos del capítulo 5 del libro de los Hechos para describir su pecaminosidad. Qué triste es que aquellas personas que han tenido aparente desprendimiento sepan que el Señor conoce las cosas como son.
Pedro les dijo a ellos tres cosas, hermanos, que para nosotros deberían ser profundas advertencias. Lo primero que les dijo Pedro es que esa simulación era avivada por Satanás. Qué triste es esto, hermano, que es obra de Satanás. Y uno dice: “Guau, ¿y Satanás puede manifestar generosidad y desprendimiento?”. Él lo simula. Y le gusta hacerlo, porque produce toda una ola expansiva de maldad a lo interno de la iglesia.
La otra advertencia de Pedro es que quien participa en el pecado ajeno se hace copartícipe de ese pecado. Safira fue solidaria con Ananías. Dice el versículo 1: “vendió una heredad con Safira su mujer”, o sea que ambos sabían lo que estaban haciendo. Dice el versículo 2 que sustrajo del precio “sabiéndolo también su mujer”, o sea que ella sabía lo que se estaba haciendo.
Después dice el versículo 8 que le preguntan a ella: “¿Vendisteis en tanto la heredad?”, y ella participa de la misma mentira. Y dice el versículo 10 que la sepultaron junto a su marido. Si la primera advertencia es que la simulación es motivada por Satanás, la segunda advertencia es, hermanos, que quien se hace copartícipe de eso termina teniendo el mismo destino.
Dice el versículo 3, y en esto, hermanos, está la tercera advertencia: “¿Para qué mientes al Espíritu Santo?”. Todavía esto llama la atención a todos nosotros. No tanto nuestro desprendimiento material debería llamar la atención a todos nosotros, sino nuestra devoción. Debería llamarnos la atención en cuanto a nuestra participación en la obra del Señor. Debería movernos en cuanto a nuestro compromiso cristiano.
A los hombres, con facilidad, podemos engañarlos. Con facilidad podemos decir una cosa por la otra. Con facilidad podemos lograr que la gente hasta esté de acuerdo con nosotros. Con facilidad podemos atraerlos a nuestro punto de vista. Con facilidad podemos mostrar que nuestra causa es muy loable. Pero el Señor sabe lo que hay en cada uno de nuestros corazones.
Hermano, a un hombre usted puede traerle una media verdad o abiertamente un embuste, pero el Espíritu Santo conoce verdaderamente cada corazón. Alguien me preguntará: “¿Y cómo Pedro lo supo?”. Hermano, el Espíritu Santo se lo reveló. El hecho de que el Espíritu Santo está en medio de nosotros, hermanos, debería ser una advertencia solemne respecto de todas nuestras aproximaciones a la devoción, al trabajo cristiano y ministerial, a la generosidad y al desprendimiento.
Saber, hermano, que el Espíritu Santo nos está mirando. Usted puede decir que trabajó para el Señor, pero el Espíritu sabe si trabajó o no trabajó. Usted puede decir que es desprendido, pero el Espíritu Santo realmente conoce el desprendimiento. Usted puede decir que puede o no puede, pero el Espíritu Santo sabe si realmente usted puede o no puede.
Podemos mentir a los hombres, pero no podemos mentir a Dios. Y en esto, hermanos, como iglesia local tenemos que hacer las paces. Nosotros no podemos saber, a veces, si lo que estamos viendo es realmente el corazón, pero Dios no puede ser burlado.
Ananías y Safira, hermano, la realidad es que si uno analiza, no estaban haciendo ningún daño objetivo a la iglesia. Fuera poco o fuera mucho, estaban aportando. Piense en esto, hermano: no era que ellos estaban sustrayendo una propiedad de la iglesia. Ellos estaban sustrayendo de su propio patrimonio. No era el bien de otros que ellos estaban quitando; ellos trajeron una parte, quizá fue hasta significativa.
En un contexto donde hay hambre y necesidad, dos pesos o cien son iguales. Ahora bien, al Señor no le importa tanto la aportación que estás haciendo como el estado de tu corazón.
La severidad del juicio y el amor al dinero
Uno podría decir: “Guau, pero esta persona está aportando; de todos modos, es bueno que está aportando”. Con el corazón incorrecto, aunque la aportación sea buena, el corazón es malo. No estamos hablando de una persona que ha robado. No estamos hablando aquí de Judas, que tomaba lo que no era suyo. Estamos hablando de una persona que ha mentido.
El pecado que el Señor aquí está condenando no es tanto la falta de generosidad. Lo que está condenando es la mentira y la simulación. Lo que ellos estaban haciendo en apariencia era bueno. Ellos no estaban obligados a vender su propiedad, y aun así la vendieron y trajeron una parte significativa. Lo que estaban haciendo pareciera maravilloso.
Ahora, hermanos, el Señor no solamente está esperando tu desprendimiento y generosidad. El Señor está esperando que lo hagas con el corazón correcto, que es agradable a Él. ¿Por qué el Señor, hermanos, condenó este pecado de manera tan radical?
Leamos el versículo 5 en adelante:
Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron.
Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron.
— Hechos 5:5–6
Yo le pregunto, hermano: ¿tiene usted que caer como muerto, o el temor de que Ananías y Safira cayeron podría mover su corazón? Hay alguno que dice: “No, la gente en este tiempo no se muere de eso, uno puede hacerlo, el Señor no lo ve”. Que sepa usted: solamente sabe el Señor la cantidad de gente que está enferma o malograda por tener simulación, pecados ocultos o cosas que los hombres no están mirando. Solamente el Señor lo sabe. Solamente sabe el Señor cuántos han sido cortados o están prestos a hacerlo por vivir en esta misma actitud.
Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido. Entonces Pedro le dijo:
Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto.
— Hechos 5:8
Ay, hermano, ese “sí, en tanto” fue doloroso. Selló su propia muerte. Una persona que ha participado en un plan que es simulación, que está buscando asuntos carnales, que está siendo movida por Satanás, y ahora entonces participa, se está condenando ella misma. “Sí, en tanto”.
Y Pedro le dijo:
¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti.
Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido.
Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.
— Hechos 5:9–11
Hermano, yo no quisiera que ninguno de nosotros tengamos que caer muertos para que el temor del Señor se apodere de nuestro corazón. El saber que Dios es santo, el saber que Dios conoce, el saber que el Señor lee las actitudes, el saber, hermano, que el Señor conoce realmente lo que nos está moviendo.
Vuelvo a la pregunta: ¿por qué el Señor juzgó de manera tan contundente este pecado? Es que la raíz de todos los males, hermanos, es el amor al dinero.
Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.
— 1 Timoteo 6:10
Yo creo que a veces hemos subestimado el potencial que tiene el dinero tanto para la gloria del Señor como para la destrucción de los hombres. Hemos visto dos domingos consecutivos a dos personas dominadas por el dinero. Vimos a Judas, que terminó vendiendo al Señor. Vemos a Ananías y Safira, que quisieron utilizar las posesiones materiales para su exaltación.
Esto establecería, si el Señor no juzgaba este pecado, un mal precedente de simulación, desacreditando toda la obra del Espíritu Santo. La gente llegaría a entender que lo que estaba pasando en la Iglesia primitiva no era la obra del Espíritu Santo, sino que se estaba simulando los unos a los otros.
Ay, hermano, hemos visto momentos donde la gente compite los unos con los otros por ser generosos, compite los unos con los otros para ver quién aporta más, compite los unos con los otros para ver quién más se desprende. Eso es una actitud diabólica, impulsada por Satanás y que trae destrucción a la iglesia del Señor.
Qué hermoso es saber, hermano, que si hay en el fondo diez o veinte pesos, no son diez o veinte que han sido impulsados por Satanás, sino por la obra del Espíritu Santo, el desprendimiento genuino de cada creyente en su propio corazón.
Si el Señor no juzgaba esto, se iba a producir en la iglesia que se iban a levantar después de Ananías y Safira cuatro matrimonios más, a ver cuál es el que más aporta, cuál es el que más puede. Y en vez de recordar la hermosura de la vida en comunidad de los primeros cristianos, íbamos a recordar la competencia carnal en la cual terminó involucrándose la iglesia del Señor. Un pecado como ese, el Señor lo juzgó de manera contundente.
Doy dos razones más por las cuales quizás el Señor fue tan contundente. Hermano, esto atraería a otros con corazón incorrecto. Mire, en este mundo hay cantidad de benefactores buscando qué proyectos pueden patrocinar, hay cantidad de gente buscando que se le ponga su nombre a algo, hay cantidad de personas buscando trascender construyendo obeliscos en este mundo de maldad.
Si no se nos hubiera dado un testimonio contundente acerca de que eso es muy ofensivo para el Señor, la iglesia cristiana terminaría siendo otra de las tantas instituciones de beneficencia. ¿En qué se diferencia la iglesia cristiana, hermanos queridos, de cualquier otra institución de este mundo? En que la generosidad de la iglesia cristiana no está impulsada por asuntos espurios de un mal corazón; está impulsada por el Espíritu Santo.
Repito el mismo versículo: la raíz de todos los males es el amor al dinero.
Alcance de la misericordia: que no haya ningún necesitado
Termino con lo siguiente, hermanos queridos. Como iglesia estamos orando y trabajando para pronto relanzar nuestro ministerio de misericordia. Pongo aquí la advertencia: no queremos, hermanos, lanzar un ministerio de misericordia que sea motivado por la vanidad, por los deseos de protagonismo. No queremos relanzar un ministerio de misericordia que sea impulsado por la ostentación, que sea impulsado por poner el nombre de alguien en un lugar, que sea impulsado por buscar poder, influencia de este mundo.
Qué hermoso sería, hermanos, que lo que hace que entre nosotros se destaque ese nivel de compañerismo cristiano sea la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones. Eso es lo primero, hermano, advertir a la iglesia: queremos hacerlo, pero en el poder del Espíritu, no por la influencia de Satanás.
¿Hasta dónde deberíamos hacerlo? Dice que la Iglesia primitiva —esto es el versículo 34 del capítulo 4—:
Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido,
y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.
— Hechos 4:34–35
¿Hasta qué nivel debería llegar el alcance de la iglesia para responder a las necesidades prácticas de la gente, hermanos queridos? Debemos limitarlo a que las necesidades más básicas estén cubiertas.
Dice el libro de Santiago, en el capítulo dos, los versículos 15 y 16:
Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día,
y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?
— Santiago 2:15–16
Dos necesidades primero: están desnudos, les falta la ropa; y después, el mantenimiento de cada día. Esas son las dos cosas básicas. Una iglesia tiene que responderle a todos sus miembros hasta ese nivel.
Hasta ahora no lo hemos logrado, hermanos, con tanta eficiencia como creo que el Espíritu Santo nos puede ayudar a hacerlo, pero deberíamos aspirar a que el año entrante nadie alrededor de nuestra iglesia local le falten las dos cosas: el sustento, la comida, y el abrigo, las ropas. Son las cosas que a nadie le deberían faltar.
Y alguien más va a preguntar: “Pastor, ¿y qué hacemos con las vacaciones?”. Usted trabaja diligentemente, y según el Señor se lo permite, usted las toma. “Pastor, ¿y qué hacemos con los restaurantes? Si hay un hermano que quisiera ir a un restaurante…” Ese hermano trabaja con diligencia, y según el Señor se lo permite, va a un restaurante. Pero el sustento básico y el abrigo sería honroso que a nadie al interior de una iglesia local le falten.
Con esto, hermano, estoy enseñando que la misericordia no es un asunto accesorio, no es un asunto de lujo; es ayudar en las necesidades más apremiantes. Dice Santiago 2:15–16: si un hermano o una hermana están desnudos, le cubrimos su desnudez; eso debemos hacerlo. Y si tienen necesidad del mantenimiento de cada día, los ayudamos a que se mantengan.
Y alguno de vosotros le dice: “Id en paz, calentaos y saciaos”, pero no le da las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? ¿Hasta dónde debería llegar, hermano, la asistencia de una iglesia para que no haya entre nosotros necesitados? A que todos estén calentados y saciados. Son las cosas más básicas. Fuera de eso, hermano querido, ya no es necesidad, son cosas que si el Señor se lo ha permitido y se lo ha concedido, disfrútelas. Pero como iglesia no deberíamos tener la carga de suplirlas a cada uno, sino enseñar a que cada uno, según el Señor se lo permita, así mismo se las pueda proveer.
Que el Señor permita, hermanos queridos, que estas cosas se hagan en un ánimo hermoso, que no venga condenación, sino que la exaltación al nombre del Señor sea del mismo modo que fue en la Iglesia primitiva.
Oración por una comunidad generosa y sin simulación
Oro por toda la congregación para que el Señor les bendiga en estas cosas.
Padre, he estado mostrando a mi iglesia la hermosura de la vida en comunidad. Permite, Señor, que entre nosotros esto se haga evidente, no de manera artificial, sino a causa del Espíritu Santo obrando en cada uno de nosotros.
Padre, mira aquellos que han nacido de nuevo. Permite, Señor, que su nuevo nacimiento se manifieste en generosidad, en desprendimiento, en gozo al hacerlo, Señor. Padre, levántanos más Bernabés. Levántanos, Señor, líderes, hermanos, que tengan la voz cantante en esto. Permite que entre nosotros haya muchos que, para cubrir las necesidades y para ayudar al avance de tu obra, se desprendan con liberalidad de aquello que tú les has dado.
Padre, sobre todo te pido que cuides nuestra iglesia. Padre, cuida nuestro corazón. Mira, Señor, las ansias de reconocimiento, de renombre, de poder, de control, de dominio. Señor, permite, Padre, que seamos como Bernabé, que cuando demos algo lo pongamos a los pies del liderazgo sin querer controlar y que lo hagamos discretamente.
Ay, hermano, mantén tus ojos ahí cerrados y pidámosle al Señor que tenga misericordia, por un lado, y después que nos evidencie los pecados ocultos.
Señor, que ninguno de nosotros tenga que padecer a causa de ocultar, que ninguno de nosotros, Señor, tenga que padecer a causa de mostrar lo que no es. Cuida nuestro corazón. Padre, mira nuestra congregación aquí reunida, tú conoces, Señor, aquellos que trabajan, tú conoces el nivel de su trabajo. Aquellos que participan, tú conoces el nivel de su participación. Aquellos que dan, tú conoces, Señor, hasta dónde están dando.
Señor, lo que nosotros no podemos ver, tú lo ves. Bendice, Señor, nuestra iglesia para que lo haga con aún más desprendimiento, pero sobre todo cuida nuestra iglesia, Señor, que ninguno de nosotros corra el destino de aquellos que, influenciados por Satanás, han sido condenados.
Bendice nuestra iglesia local en este sentido. Cuida nuestra iglesia, Señor. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Que el Señor les bendiga, hermanos. Nuestro ministerio de adoración nos despide con alabanzas.