Nuestras Biblias y acompáñenme allá al Evangelio de Juan en el capítulo 12. Estaremos viendo, con la ayuda del Señor, los primeros 8 versículos de este capítulo. Pueden ponerse un momento sobre sus pies para que leamos la Escritura. Es el Evangelio de Juan en el capítulo 12, desde el versículo 1 y hasta el versículo 8. Es el momento en que nuestro Señor Jesucristo fue ungido en Betania. Dice así la palabra del Señor, Evangelio de Juan, capítulo 12 desde el versículo 1 y hasta el versículo 8:
6 días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote, hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto; porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis.
— Juan 12:1-8
Pueden sentarse, hermanos queridos. Permítanme mostrarles desde estos 8 versículos del capítulo 12 del Evangelio de Juan cómo debe ser la expresión de nuestra gratitud. Esta porción de la Escritura no solamente está en el Evangelio de Juan; está asimismo en el Evangelio de Mateo, está en el Evangelio de Marcos, y el Evangelio de Lucas tiene otra descripción de un hecho similar que sucedió quizás en otro momento. Es notorio que este fue un acontecimiento importante, memorable para cada uno de los discípulos, para cada uno de los testigos presenciales; si no recordaron el olor, por lo menos recordaron el momento, recordaron lo que allí había sucedido. Evidentemente fue memorable para cada uno de ellos.
Tengo la intención de mostrar desde aquí cómo la iglesia debería expresar su gratitud, para prevenir a la iglesia al respecto de una serie de proyectos que, con la ayuda del Señor, estaremos lanzando los próximos años. En los primeros años de nuestra iglesia tuvimos un departamento, un equipo específico de misericordia. Hemos seguido como iglesia siendo misericordiosos, pero el día de hoy no tenemos una estructura formal para tales fines. Se hace de manera reiterada, pero siempre de una manera imprevista. No hay todavía en nuestra iglesia un equipo de hermanos, o por lo menos no lo hay en este momento, que se estén ocupando de atender las necesidades prácticas que tenemos alrededor de la iglesia. Queremos ser aún más intencionales en ayudar a los más necesitados de esta ciudad.
Adorar primero, ayudar después: prioridad y contexto
Queremos ser mucho más desprendidos como iglesia para llegar con recursos prácticos y materiales a aquellos que están sufriendo. Pero mientras hacemos eso, no deberíamos dejar de hacer lo otro. ¿Qué es lo que no debemos dejar de hacer? No debemos dejar, como iglesia, de tener en el más alto lugar la exaltación del precioso nombre de nuestro Señor Jesucristo. Primero adoraremos a Dios y después ayudaremos al pobre. He estado predicando una serie de textos de las Escrituras que son conducentes a que la iglesia entienda que debemos hacer ambas cosas, pero en primer lugar debemos exaltar, maximizar, magnificar el precioso nombre de nuestro Señor Jesucristo.
Tenemos que no solamente aprender a adorar, tenemos que mantenernos adorando y, mientras ayudamos con cualquier necesidad práctica, tengamos en primer lugar la exaltación, con todos los recursos emocionales, espirituales y materiales que tengamos a nuestro alcance, del precioso nombre de nuestro Señor Jesucristo. En este momento que estamos aquí presenciando, estamos acudiendo a una preciosa expresión de adoración. Aquí hay mucha gratitud entremezclada. El acontecimiento, el momento en que sucede esta cena, es unos cuantos días después de la resurrección de Lázaro. Esta familia que había sido arropada por el dolor, esta familia que había experimentado la más densa oscuridad, estas hermanas de Lázaro, Marta y María, están en este momento manifestando su gratitud al Señor por medio de una cena.
Lo que ellas acaban de vivir es que su hermano había muerto y hoy está vivo; el Señor se lo devolvió. Pero al mismo tiempo, la casa donde se está desarrollando esta cena –como se evidencia en los otros evangelios– es la casa de un tal Simón, el leproso. Y si estamos hablando de Simón el leproso, y Simón el leproso está participando en una cena, evidentemente Simón el leproso fue sanado. Y tenemos aquí al que estaba muerto y ahora vive, sentado en la cena. Estoy poniendo el contexto de estos acontecimientos porque, si no, parece una cena normal. No, no es una cena normal, no es una cena común y corriente; es una cena de gratitud. Se ve que un grupo de personas de Betania se pusieron a una, se pusieron de acuerdo para exaltar, para celebrar, para manifestar, justo unos días antes de su muerte, la grandeza de nuestro Señor Jesucristo.
Este contexto también es un contexto de cierto temor. Inmediatamente después que el Señor resucitó a Lázaro de entre los muertos, las autoridades de su día le estaban buscando para matarle. Era peligroso estar al lado de Jesús, pero este grupo de personas dejó de lado cualquier temor y se dedicó a decir públicamente que ellos iban a celebrar al Maestro.
El culto cristiano: gratitud, testimonio e identificación pública
Les decía en nuestra introducción que, para hacer evidente el estado del corazón de un hombre, solamente hace falta exponerlo a ver un pueblo adorando a su Señor. Si alguien está aquí hoy presente y vio al pueblo exaltar el nombre del Señor, hay preguntas que yo quisiera hacerle. La primera pregunta es: ¿cómo te sientes?, ¿qué te pareció? ¿Te parece justo lo que ha sucedido y apropiado, o lo consideras un desperdicio de recursos valiosos que bien podrían estarse empleando en otras cosas de mayor importancia?
Los incrédulos, los que no han reconocido la dignidad del Señor, quienes no han nacido de nuevo, y los creyentes inmaduros, siempre tendrán una excusa bien dispuesta para cuestionar la expresión de nuestra gratitud. Esto fue lo que ocurrió en una casa de la ciudad de Betania: un grupo de personas cuyo corazón era agradecido –un leproso curado, un muerto resucitado y sus hermanas– estaban atendiendo al Señor de diferentes maneras, y en un momento su adoración superó el límite de lo que algunos invitados entendían razonable. Al ser derramado un valioso perfume, Judas no pudo evitar expresar su descontento; lo consideró un desperdicio y dijo que hubiese sido mejor venderlo para dar lo obtenido a los pobres.
Hoy veremos que la expresión de nuestra adoración está impulsada por nuestra gratitud. Veremos en segundo lugar que algunas personas muy agradecidas llegan a desprenderse en formas muy impresionantes, y estaremos mirando en tercer lugar que la adoración a Dios revela lo que hay en cada corazón. Comienzo exponiendo los primeros dos versículos: “Seis días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban sentados en la mesa con él”.
Comienzo mostrándoles que en esta cena había múltiples expresiones de gratitud. Imagínese usted lo impresionante de tener una cena con una persona que acaba de venir de entre los muertos. Días antes, Lázaro estaba muerto, y no fue un secreto; fue un asunto donde se le hicieron sus honras fúnebres, donde fue colocado su cuerpo en el sepulcro, donde llegó a tener un estado de descomposición, y después que todo el pueblo presenció esto, ahora Lázaro, junto al Maestro, está participando en una cena.
Una cadena de gratitud y desprendimiento en la casa de Simón
Quiero mostrarle a mi iglesia que es natural expresar nuestra adoración al Señor en formas materiales. Celebrar cenas en honor de alguien es algo que se ha acostumbrado desde la antigüedad; cuando usted quiere mucho a una persona, usted no solamente quiere decírselo, usted quiere invitar a esa persona a comer. Este relato da a entender que fue un evento colectivo. En otros dos evangelios nos dice que fue en la casa de Simón el leproso, aquí nos dice: “Y le hicieron allí una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él”.
Esta familia, Lázaro, Marta y María, era una familia muy cercana al Maestro. Y si ellos amaban al Señor, después de haber experimentado el poder del Señor, la resurrección de Lázaro, le amaban a un punto aún más profundo. Quizás la cena no era en casa de Marta, pero aquí estaba Marta sirviendo. ¿Por qué Marta está sirviendo en una casa que quizás no es la suya? Porque este es mi Maestro, y aunque sea en una casa que no es la mía, yo quiero manifestarle a él mi gratitud.
En medio de la cena, entonces viene su hermana, María, y tomó un frasco de perfume muy valioso y lo derrama delante del Señor. Quizá podemos ver aquí, hermano, como una cadena de expresiones de gratitud. Lo que puedo inferir en el texto, ya lo he visto en la vida diaria: cuando un hermano es agradecido delante del Señor, hay otro que recuerda lo que el Señor también hizo por él y dice: si acaso alguien va a celebrar a mi Maestro, yo también. Si acaso en tu casa, entonces yo estaré ahí, estaré ahí para servir; y la otra dice: no, si tú sirves, yo llevaré mi frasco de perfume.
Es un asunto, hermano, donde nadie se quiere quedar quieto. Hay un hermano agradecido que se levanta en gratitud y hay otro hermano que también responde en gratitud. Es un asunto precioso cuando el pueblo del Señor manifiesta su adoración en formas prácticas. ¿Y qué diremos de Simón el leproso, quien era quizás el dueño de la casa? ¿Qué sería de este hombre si no hubiese sido por el Maestro, si no hubiese sido por el poder del Señor? Simón el leproso no hubiese estado en su casa; tuviera que vivir a las afueras de la ciudad, no pudiera estar con su familia, tuviera en este momento experimentando un cuerpo que se le iría descomponiendo, pero por la misericordia del Señor su cuerpo fue restaurado y aquí está él en medio de la gente.
Gratitud en tiempos de peligro: el culto como fiesta y testimonio
¿Qué diremos de Lázaro, el que experimentó la muerte? ¿Y cómo voy a quedarme? Alguien va a celebrar a mi Maestro que me acaba de levantar de entre los muertos y yo no estaré. Claro que estaré ahí, al lado del Maestro. Algunos comentaristas han dicho que probablemente este frasco de alabastro lleno de perfume de nardo quizás no era solamente la posesión de María, sino que esto era una herencia, una posesión familiar que había sido atesorada en la familia de Lázaro durante mucho tiempo, y probablemente todos ellos vinieron a la casa de este hombre y han sorprendido al Maestro diciéndole: Maestro, después de haber tú hecho por nosotros las cosas más grandes, nosotros queremos como familia entregarte en mano de María, pero en nombre de todos nosotros, nuestra más valiosa posesión.
En medio de esta actitud, de esta atmósfera de agradecimiento, de gratitud, donde muchas personas agradecidas se pusieron a una para exaltar el nombre del Señor, había también un ambiente de mucha tensión y peligro. Dice que era seis días antes de la Pascua; o sea, estamos hablando de escasos días después de la resurrección de Lázaro, y seis días antes de la Pascua donde nuestro Señor sería entregado. Dice al final del capítulo 11, en el versículo 53, que lo que sucedió después de la resurrección de Lázaro fue: “Así que desde aquel día acordaron matarle. Por tanto Jesús ya no andaba abiertamente entre los judíos, sino que se alejó de allí a la región contigua al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y se quedó allí con sus discípulos”. O sea, el Señor que se había alejado de la ciudad ahora regresa a la ciudad con sus discípulos.
Regresa para ser agasajado, para ser exaltado, para recibir todas estas muestras de gratitud. Dice el versículo 56: “Y buscaban a Jesús, y estando ellos en el templo se preguntaban unos a otros: ¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta?”. “Y los principales sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que si alguno supiese dónde estaba, lo manifestase, para que le prendiesen”. Aquí hay por lo menos tres que sabían dónde estaba; él estaba siendo agasajado, él estaba siendo exaltado por cada uno de ellos. Mientras al Señor lo buscaban para prenderle, este grupo de personas dice: Señor, en la más profunda hostilidad, en tiempos de peligro para nosotros, no podemos dejar de decir las cosas grandes que tú has hecho a favor de cada uno de nosotros. Aunque nos aprecen a todos juntos, aquí estamos nosotros para derramar perfume, aquí estamos nosotros para hacer fiesta, aquí estamos nosotros para celebrar a nuestro Señor.
Este es el momento en que la gente no quisiera relacionarse públicamente con él. Este es el momento donde los malagradecidos comienzan a recogerse; este es el momento donde aquellos que recibieron del Señor los beneficios, pero no están dispuestos a manifestarlos, no quisieran decir que son afines al Señor. Este es el momento en una ciudad donde una persona podría perder su prestigio dado el tipo de invitado que recibe en su casa. Imagínese que al Señor lo están buscando para apresarle injustamente como a un malhechor, y una persona viene y derrama este perfume valioso ante sus pies. ¿Qué se puede decir de ella? Llévensela también con él.
El culto como sacrificio de tiempo, tesoro y dones
De hecho, hermano, estos dos componentes son los componentes que describen mejor el culto cristiano. El culto cristiano es una gran fiesta de agradecimiento e identificación pública con nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué los cristianos damos culto en medio de un pueblo que no ama al Señor? Aunque tengamos la hostilidad de la gente, nosotros decimos que nada detendrá en nosotros la alabanza; y aunque los hombres no le den al Señor la gloria, nosotros estamos aquí para agasajarle.
Una iglesia reunida, un culto cristiano, tiene dos componentes principales: tiene el componente de la gratitud –estamos aquí para decir que él es bueno, estamos aquí para decir que él es grande, estamos aquí para decir que su poder ha operado a favor de nosotros– y estamos aquí también para identificarnos públicamente con el Señor. Una iglesia reunida expresa dos cosas principalmente: gratitud y testimonio. Estamos aquí para que Santo Domingo sepa que hay gente que no se avergüenza de decir públicamente: yo amo al Señor, estoy identificado con él, yo soy suyo y él también es mío. Aunque Santo Domingo no se congregue, hermano querido, aquí estamos nosotros para decir que nuestro agradecimiento al Señor es real.
Queremos desprendernos y queremos identificarnos. El culto cristiano tiene ese elemento de desprendimiento. Si una persona está aquí al día de hoy congregada, lo mínimo de lo que se desprendió fue de su tiempo. Habían otras cosas en las cuales tú pudiste haber invertido estas horas del domingo, pero sacrificas este tiempo porque para ti tu Señor Jesucristo es mucho más importante. El culto cristiano es un gran sacrificio de tesoro. Cuando una persona viene a la casa del Señor, con mucho o con poco, no llega con las manos vacías; él llega y quiere contribuir materialmente con el avance de la causa de Cristo y, sobre todo, decir: Señor, todo lo que me has dado es tuyo, yo solamente soy un mayordomo, y contribuye con sus ofrendas.
El culto cristiano es un gran sacrificio de dones. Hermanos tuyos, hermanos nuestros toman los dones que el Señor les ha dado, y en vez de utilizarlos para su vanagloria, para su enriquecimiento personal, para su comodidad, utilizan esos dones para el enriquecimiento de la casa del Señor y para la exaltación de sus preciosos nombres. El culto cristiano es una fiesta de gratitud. El mundo se pregunta: ¿y cómo es que lo hacen? Si alguien estimara lo que cuesta mantener los programas de una iglesia al año, si esto fuera una empresa que fuera a hacerlo… Imagínense que esto no fuera un culto, sino una reunión de entrenamiento, y que en esa reunión de entrenamiento haya que tener desde un auditorio a estas personas dispuestas, un programa, un programa musical, todas estas cosas. Si una empresa fuera a hacerlo, le costaría millones de pesos al año. ¿Cómo la iglesia cristiana puede hacerlo? Porque las personas que están aquí no solamente están aquí, están aquí y están agradecidas, y como están agradecidas entonces pueden desprenderse.
Un pueblo sanado y resucitado que sostiene la obra
Y el mundo dice: ¿cómo logran ustedes mantener esto vez tras vez?, ¿cómo logran hacerlo consistentemente?, ¿de qué manera pueden hacer fiestas para su Señor una vez a la semana, dos veces a la semana, a veces más? Podemos hacerlo, hermano querido, porque quienes estamos aquí somos los leprosos que han sido sanados, somos los muertos que han sido resucitados y somos aquellos que hemos visto a nuestros familiares milagrosamente abrir los ojos ante el poder del Evangelio. Una persona que está aquí congregada dice: yo estoy aquí porque yo vi que el Señor le abrió los ojos a mi hermano; yo estoy aquí porque vi que el Señor le abrió los ojos a mi padre; yo estoy aquí porque fui pasado de muerte a vida por la misericordia de Dios.
¿Cómo puede una iglesia desprenderse consistentemente para dar al Señor manifestaciones de adoración a este nivel? Puede hacerlo porque la iglesia ha recibido del Señor aún más, y lo que va a recibir de él todavía es mucho más grande. Quiero mostrar que la adoración cristiana está impulsada por la gratitud. Queremos identificarnos. Un creyente no se siente bien estando en su casa mientras el pueblo públicamente asume que estamos aquí dando la cara por el Señor. Si vas a dar la cara por el Señor en casa de Simón el leproso, yo voy contigo. Pero es peligroso, ¿qué le sucede? Moriremos con él; si hay que perecer, que perezcamos, pero aquí estamos nosotros identificados con el Señor.
La gente debe saber que estamos en una iglesia, la gente debe saber que tenemos una iglesia, la gente debe saber que estamos congregándonos. Qué triste sería que el Señor venga en un momento y te pregunte: ¿dónde estabas tú cuando mi pueblo me estaba dando gloria? Estaba atendiendo otras cosas, Señor. No. El deseo de un creyente es públicamente estar identificado. Queremos identificarnos entre nosotros, queremos que un creyente nos vea, que también nosotros somos creyentes, y queremos también identificarnos ante los incrédulos.
La alegría de congregarse y ser vistos adorando
Hermano, cada vez que usted prende el carro, cada vez que usted sale y coge la guagua, cada vez que usted se mueve derecho en la calle y hay personas que le ven con la Escritura en la mano, dicen: esos van a congregarse. Mano, mi deleite cuando me muevo en la mañana del domingo hacia la iglesia es que veo a los hermanos míos que van caminando de diferentes lugares como hormiguitas, y cuando van caminando a adorar el nombre de mi Señor en otras partes, yo digo: ahí también se le está dando fiesta al nombre de mi Señor.
Yo a veces no puedo resistir, hermano. Yo he bajado el cristal: “Dios le bendiga, hermano, ¿va a congregarse?”. Así. A veces bateado de foul… me ha pasado. He confundido; encuentro a alguien, pienso que va para la iglesia, y no, va a otra cosa. “Qué raro, una persona tan bonita, la mañana del domingo, caminando y con un libro en la mano, y uno asume: llega para la iglesia”, pero a veces no va para la iglesia. Hermano, a veces van a coger clases, a veces van para otra casa. Pero yo me emociono al ver la gente que va caminando para la casa del Señor. Hermano, el día domingo es una fiesta, y en esta fiesta, si alguien en medio del temor se está congregando, yo me congrego también con él.
¿No que Simón le va a dar la fiesta al Señor en su casa? ¿Cómo que al Señor en su casa? ¿No sabe que a mí me levantaron de entre los muertos? ¿Quién le dice a Lázaro que no entre? Entonces imagínese a Lázaro diciendo: “¿No es que venga fiesta en la noche al Señor Jesucristo? ¿Usted no sabe lo que yo pasé, que yo pasé de muerte a vida?”. Bueno, por eso en el culto cristiano todos los creyentes caben. Esta fiesta es una fiesta de la gratitud. Todo aquel que ha recibido la benevolencia del Señor está invitado a venir la mañana del domingo a decir: aquí estoy. Estamos aquí para identificarnos entre nosotros y estamos aquí para identificarnos ante los demás. Estamos aquí para, de maneras más abundantes, a veces de manera más humilde, pero siempre de maneras prácticas y materiales, decirle al Señor que para nosotros él cuenta, que para nosotros él es valioso, que para nosotros él es nuestra mayor y más valiosa posesión.
He estado mostrando en primer lugar que la adoración es impulsada por la gratitud. ¿Qué hace, hermano? Yo quiero cambiar la conversación. Gracias al Señor que entre nosotros esto no es un problema, pero veo cantidad de congregaciones que tienen que estar siempre arreando a la iglesia: “no dejen de congregarse, congreguense”. Lo que hay que preguntar no es si te quieres o no te quieres congregar; lo que hay que preguntarte es: ¿quién es Cristo para ti? ¿Él es para ti tu mayor posesión, él es para ti tu tesoro más grande? ¿Cómo está la gratitud en tu corazón? Si la gratitud en tu corazón es amplia, tú vas a querer dar un testimonio público. Si la gratitud en tu corazón es amplia, tú vas a querer desprenderte de algunas horas de la semana. Si la gratitud en tu corazón es grande, tú vas a querer poner todos tus dones al servicio de la casa del Señor. Que esta fiesta, hermano, no se quede corta, porque esta es una fiesta de la gratitud.
María a los pies de Jesús: instrucción, consuelo y desprendimiento
Cambiemos la conversación: “Ay, hermano, congrégate por favor”. No. A ti hay que preguntarte: ¿qué tú sientes?, ¿quién es él para ti? Bueno, yo pienso… No: ¿quién es él para ti? ¿Has experimentado su poder? ¿Has experimentado su benevolencia, su paciencia, su gracia? Si has experimentado la grandeza del Señor, su dignidad, tú no quieres quedarte fuera de esta fiesta.
Muestro en segundo lugar: si en primer lugar he mostrado que la adoración está impulsada por la gratitud, déjeme mostrar ahora que personas muy agradecidas terminan siendo muy desprendidas. Estoy en el versículo 3: “Entonces María –María era hermana de Marta, la que estaba sirviendo, y hermana de Lázaro, el que acaba de venir de entre los muertos– tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos, y la casa se llenó del olor del perfume”.
Oye, hermano, ¿te imaginas la experiencia? Estamos en uno de los últimos momentos que veremos a nuestro Señor encarnado. Él está casi por ir a la cruz y después por resucitar; ya él no más estará entre nosotros. Y una de las últimas experiencias que el Señor tuvo es que la casa se llenó de este valioso perfume, y todo el que está ahí presente, hermano, pudo olerlo. ¡Qué asunto maravilloso cuando usted puede olerlo y dice “guau”! Yo me imagino que el que estaba ahí, hermano, y tenía un buen corazón, estaba exultante, estaba: “¡Guau, qué asunto más glorioso! Esta es la carga que despedir al Señor”. Yo me imagino que el que estaba ahí y tenía un buen corazón decía: “Esta es la despedida que el Señor se merece”.
Muchas veces ustedes han querido agradar a una persona y no han tenido los medios; entonces, esta persona es tanto para mí, esta persona ha hecho tanto por mí, y yo… ¿qué es lo que puedo darle? ¿Qué es la cosa más valiosa? “Hizo una cena, quizá puedo llevarla al aeropuerto, quizá pueda ayudarle”, pero la persona se está yendo y usted quisiera decir: “No vamos a poder ver más a esta persona; ha sido tan importante para nuestra vida, tan importante para nuestra familia, tan importante para todos nosotros… ¿Qué es lo mejor que podemos hacer? El perfume, el perfume. Ese es el perfume”.
El perfume familiar y la última oportunidad de honrarle
Llegó María. Por eso le digo que probablemente este perfume no era un asunto solamente de ella. Es tan valioso que quizás era un activo familiar, era una herencia, era un patrimonio. Pero, dada la importancia del acontecimiento, dado que quizás sea la última cena que tengamos con el Maestro, quizás sea la última oportunidad que yo tenga de tocar sus pies, quizás sea la última oportunidad que yo tenga de tocar su cabeza, y yo no quiero hacerlo solamente con las manos. La cosa más valiosa que yo puedo encontrar para la ocasión, ¿qué es? Esto. Trae el recipiente, tráelo, tráelo y derrámalo todo, que él se lo merece.
Ocasiones como esta ameritan, hermano, desprendimientos como ese. No habrá dos oportunidades para ungir de ese modo al Maestro. María es una mujer que le gustaba estar a los pies del Señor. Por lo menos hay tres momentos en la Escritura en que se menciona que ella estuvo a los pies del Señor. Se menciona, por ejemplo, en Lucas capítulo 10, que ella estaba a los pies del Señor para escuchar su palabra. Qué hermoso, una persona que está a los pies del Señor para escuchar su palabra. Después, en su momento de aflicción, cuando por fin el Señor regresó a la ciudad y vino donde estaba la tumba de Lázaro, dice que ella se echó a los pies del Señor; estuvo a los pies del Señor para ser consolada.
Y ahora, hermano, ella viene y se pone a los pies del Señor para desprenderse delante del Señor, para exaltar el nombre del Señor. ¡Oh, hermano, qué mujeres como esas! Qué feo se ve un discípulo que está muy dispuesto a venir a los pies del Señor para instrucción, otros que están muy dispuestos a venir a los pies del Señor para consuelo. ¿Pero acaso estás tú dispuesto a venir a los pies del Señor para desprendimiento? ¿Acaso estás tú dispuesto a ponerle la mano a tu patrimonio, a ponerle la mano a tu bolsillo, a ponerle la mano a lo más valioso de tu casa, para venir a entregarlo delante del Señor?
Un discípulo de Cristo tiene que tener las tres disposiciones: estar a los pies de su palabra, estar a los pies del Señor para buscar su consuelo y, al mismo tiempo, estar a los pies del Señor para desprenderse de su mayor posesión. El Señor merece eso y mucho más. El valor de lo que ella entregó, hermano, estaba anunciando la profundidad de su gratitud. Si era valioso lo que ella estaba sacrificando, para ella el Señor era mucho más valioso.
El valor del perfume y el corazón de Judas
Cuando usted agrada a una persona, usted no le agrada según el valor de la persona, sino según la medida de su agradecimiento; es una representación. Si María entregó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, para ella el Señor valía no una libra de perfume de nardo, valía muchas veces más; valía muchas libras más de perfume de nardo, porque la gratitud, hermano, nunca alcanza. Cuando alguien te ha servido tan bien, tú le llevas un presente, pero ese presente no significa todo lo que esa persona te ha hecho. En el corazón de María, el valor del Señor era mucho más allá que el valor de ese perfume. El perfume era valioso.
Tristemente sabemos el valor estimado a través de Judas, porque fue Judas quien lo dijo. Oiga, hermano, Judas dijo que eso se estimaba en trescientos denarios. Un denario era el salario de un día de una persona; estamos hablando de cerca de un año de trabajo. Y fue Judas que lo dijo. Porque lo que vino al corazón de María no fue: “Señor, te traigo este perfume, esto es valiosísimo. Yo le calculo que tiene como más o menos un año de salario; esto viene de nuestra familia por generaciones”. No. Ella lo sacrificó delante del Señor; quien le puso el precio fue Judas.
Esta es la misma lección para nosotros al ofrendar, hermano. Cuando usted vaya a desprenderse de algo para el Señor, asegúrese de que es valioso, pero deje de estar anunciando, deje de estarle poniendo precio, deje de estar haciendo estimaciones: “Es esto para el Señor y ya”. Quien le puso el precio fue Judas; ella no, hermano, ella solamente lo derramó. Humanamente hablando, una persona quisiera, carnalmente hablando, que toquen cornetas: “Ahora, Señor, hemos estado en el motivo de esta celebración; ha sido que hemos querido agasajarte, tenemos este perfume que ha estado en nuestra familia, o tenemos este perfume que alguien me lo regaló, o tengo este que es mi patrimonio, mi herencia, y ahora, Señor, esto tiene un valor de más o menos un año de trabajo y lo voy a sacrificar para ti”. No, hermano. Ella llegó en silencio y en silencio lo derramó. No hay que tocar bocina para que el Señor vea nuestra gratitud, nuestro desprendimiento. Hágalo, hermano, hágalo en silencio, hágalo con gratitud, y el Señor sabe lo que está recibiendo.
Dar para que el Señor vea, no para que los hombres sepan
Que no te interese tanto que tu hermano sepa lo que tú estás dando, que te interese tanto que tu Señor sepa, por lo menos, una representación del inmenso valor que tiene el Señor en tu corazón. Que él lo vea, hermano, y él lo ve. Su valor estimado, quizás un año de trabajo. El envase donde estaba se menciona en Mateo que era de alabastro; era tanto valioso el envase como valioso el perfume. Eso se corresponde, porque un perfume tan valioso no lo vamos a poner en cualquier vasija, sino en una vasija valiosa para un perfume muy valioso.
Algo aquí que impresiona, hermano, es la desproporción que hay entre lo que María sacrificó a los pies del Señor con relación al precio que después Judas hizo de dos estimaciones que son… No encontré otro término: malvadas, malditas. Son dos las estimaciones cuando uno dice: “¡Guau, pero qué corazón tenía ese hombre!”. Él estimó lo que María está dando y después vendió al Maestro.
Le pareció que eso era mucho: trescientos denarios para darlo a los pobres. Pero a él no le importó vender al Maestro por unas cuantas monedas de plata. Las monedas, hermano, tanto los trescientos denarios eran monedas de plata como las monedas por la cual Judas vendió al Maestro. Dice uno: “Judas, pero tú bendito…” Si tú estás diciendo que eso es mucho… Él vendió al Maestro por cerca, yo estimando así al ojo, hermano, quizás por un 5% del valor que sacrificó María. O sea, que María, en el corazón del Señor, lo mínimo que merecía eran trescientos denarios; en el corazón de Judas, unas cuantas moneditas, solamente con eso está bien. Uno puede ver el valor que tenía el Maestro para una, el valor que tenía el Maestro para el otro.
El maestro digno y la sierva envuelta en su ofrenda
Bueno, yo te pregunto: ¿quién es Cristo para ti?, ¿quién es tu Señor? ¿El valor que hay en tu corazón del Señor, tú lo estás valorando con el valor que había en Judas o con el valor que había en María? Que el Señor permita que en nosotros haya un sentido de gratitud, hermano, que sea alto, que genere la admiración de la gente, que sea todavía más alto que lo que nosotros podamos darle. Siempre me impresionó que él recibió las monedas y le pareció bien: “Sí, denme eso; con eso resolvemos”, quizás el 5% de lo que ella estaba sacrificando.
María trajo el perfume, ungió los pies; dice que los secó con su cabello. Secar los pies es una labor que, al final, los esclavos de menor jerarquía en una casa hacían: limpiar los pies. Pero ella entiende que quien está en la casa es tan grande que ella no quiere dejarle en primer lugar el trabajo a un esclavo; luego, no lo va a hacer con agua: “Vamos a hacerlo con este perfume valioso”. Y después, no un trapo, no: “¿Cómo va a ser que yo use un trapo? Mis propios cabellos”. Es una persona que no solamente quiere dar algo, sino que quiere involucrarse personalmente en su ofrenda.
Qué hermosos son los hermanos que se involucran personalmente, que dicen: “Yo no solamente puedo desprenderme; no es hacer un cheque para el Señor, yo quiero hacer un servicio para el Señor, yo quiero ponerle la mano a la obra del Señor, yo quiero meterme adentro”. Ella aquí, hermano, se hizo ella misma una ofrenda; se metió ahí con todo: el perfume, sus propios cabellos. Todavía al día de hoy las mujeres valoran mucho su cabello, pero en la antigüedad el cabello de una mujer, hermano, era casi el símbolo de todo lo que una mujer era: eran sus cabellos. Ella poner los cabellos a los pies del Señor está diciendo: “Todo lo que yo soy en estos momentos lo estoy entregando; no solamente mi perfume, mi dignidad, todo lo que yo tenga, todo, Señor, es para ti, porque para mí tú eres demasiado grande”.
Me impresiona, y el Señor no dijo que no; es más, es que él es grande, él no puede mentir, hermano. Él es grande, él merece eso y mucho más. Era demasiado digno, hermano. Él merece mucho más que eso; él merece no solamente tu cabello, él merece tus manos, él merece todo. La casa se llenó del perfume, hermano. ¡Guau! Lo que para algunos quizá fue valioso, para otros fue un asunto solamente estrafalario e innecesario.
La incomodidad de Judas y el juicio que revela el corazón
Cuando yo veo el corazón de Judas, que era tan malo que se atrevió a hablar –porque cómo tú te atreves a hablar; tenías que haberte callado– aunque tú no pienses igual, el corazón se evidencia. En primer lugar he estado mostrando que la adoración está impulsada por nuestra gratitud; en segundo lugar, que personas muy agradecidas terminan siendo muy desprendidas. ¿Por qué algunos se desprenden más que otros? Porque tienen en su corazón una imagen del Señor todavía mucho más grande, porque tienen en su corazón todavía un sentido de gratitud todavía más vivo. Mientras mayor sea tu gratitud, mayor será tu desprendimiento.
Termino mostrando que la adoración revela el estado de nuestro corazón. Tú quieres saber qué hay en el corazón de una persona: exponla a la adoración. La adoración evidencia. Dice el versículo 4: “Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote, hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios y dado a los pobres?”. En un corazón malagradecido siempre hay una excusa oportuna para encontrar exagerada la adoración de un pueblo. Si una persona no nació de nuevo, si una persona no ha entendido el valor que el Señor tiene para nosotros, si una persona no ha entendido la dignidad que el Señor tiene para nosotros, si una persona no ha entendido la misericordia que es que nosotros demos esta fiesta, siempre encuentra desproporcionado el culto cristiano.
Hay actitudes que revelan lo que hay en el corazón. Hay personas que vienen y ven a un pueblo exaltando el nombre del Señor y no tiene la capacidad de hacerlo él mismo. Y ve que el pueblo está expresando; ve que un pueblo está levantando las manos; ve que un pueblo está cantando, pero él se sienta como… “No, es que yo… yo no, eso es inapropiado para mí; yo creo que están exagerando un poco”. “Nunca”, dicen, “están exagerando un poco”. Entonces, no sabes quién es que está aquí y que él es digno, y que está en medio de la alabanza de su pueblo. “No, eso yo creo que están exagerando un poco; yo creo que están teniendo un registro emocional demasiado alto; eso deberían manejarlo solamente…”. ¡Ay, qué triste! He sabido de lugares donde se oponen a que las manos sean levantadas.
David y Mical: dignidad humana vs. dignidad de Dios
Bueno, porque nosotros no podemos dejar de expresar. Nuestro cuerpo necesita anunciar, nuestro cuerpo necesita manifestarlo; debemos aplaudir, debemos saltar, debemos inclinarnos, porque es que él es demasiado digno, él es demasiado grande. Y si una persona ha visto la dignidad de la persona que está presente, ¿cómo va a ser que su cuerpo no lo va a manifestar? Hay otros que dicen: “No, es que yo como que no me siento identificado con lo que aquí está sucediendo”. Claro que no, porque estás muerto en tu pecado. Si tú fueras Lázaro, que pasó de muerte a vida, tú estuvieras batiendo las manos en este momento. Realmente no ven a Cristo en su gloria, en su esplendor. Hay otros que valoran más su imagen, sus intereses, sus posesiones que a Dios.
Cuánto me recuerdan a David y a Mical. En un momento está el rey David en la presencia del Señor, hermano, y él no pudo; él no pudo contenerse. Él tuvo que exaltar el nombre del Señor. Pero el rey pareciera que lo que estaba haciendo era impropio, dado que él era el rey de Israel. Pero David, hermano, era un rey que tenía un corazón agradecido y un corazón sensible; él sabe que por sus propios medios no iba a ser una opción para rey, pero que fue el Señor que le puso como rey sobre Israel. ¿Cómo no iba David a exaltar el nombre del Señor?
Es el libro de Segunda de Samuel, en el capítulo 6, del versículo 14 en adelante. Dice la Escritura:
Y David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová; y estaba David vestido con un efod de lino. Así David y toda la casa de Israel conducían el arca de Jehová con júbilo y sonido de trompeta. Cuando el arca de Jehová llegó a la ciudad de David, aconteció que Mical, hija de Saúl, miró desde una ventana y vio al rey David que saltaba y danzaba delante de Jehová; y le menospreció en su corazón.
— 2 Samuel 6:14-16
“Eso no es propio de un rey; David está exagerando un poco su expresión. Modérate, modérate, David, modérate”. Metieron, pues, el arca de Jehová y la pusieron en su lugar, en medio de una tienda que David le había levantado, y sacrificó David holocaustos y ofrendas de paz delante de Jehová. Es que él estaba muy agradecido, hermano. Y cuando David había acabado de ofrecer los holocaustos y las ofrendas de paz, bendijo al pueblo en el nombre de Jehová de los ejércitos. Hermano, que la ocasión era grande.
Un culto que adora y reparte pan: modelo para la iglesia
Y repartió a todo el pueblo y a toda la multitud de Israel, tanto hombres como mujeres, a cada uno un pan y un pedazo de carne y una torta de pasas; y se fue todo el pueblo, cada uno a su casa. Hermano, esa es la iglesia que yo quisiera pastorear: una iglesia que no se desnude en la presencia del Señor, no; una iglesia que primero baje la mano ante la presencia del Señor, que permita que el Señor ausculte su corazón, una iglesia que se goce en la presencia del Señor, y después que le dé a cada quien un pedazo de pan y un pedazo de carne. Pero primero, hermano, primero, primero, primero, adorar al Señor en su presencia. Primero adoramos y después entonces somos misericordiosos.
Volvió luego David para bendecir su casa; o sea, ya que había bendecido al pueblo, déjeme bendecir también mi casa. “Y saliendo Mical a recibir a David, dijo: ¡Cuán honrado ha quedado hoy el rey de Israel, descubriéndose hoy delante de las criadas de sus siervos, como se descubre sin decoro un cualquiera!”. Así ve el incrédulo al cristiano en adoración: como un cualquiera. “Entonces David respondió a Mical: Fue delante de Jehová, quien me eligió en preferencia a tu padre y a toda tu casa, para constituirme por príncipe sobre el pueblo de Jehová, sobre Israel; por tanto, danzaré delante de Jehová”.
Oiga, hermano, es que le respondió con ironía: “Ay, el rey de Israel, mira que danzando en la presencia de Jehová, que adorando al Señor; con eso se deshonra… Eso no es digno de un rey; un rey debe ser siempre regio, una persona que no se mueva de su elemento”. Y David le responde: “Fue delante de Jehová que yo lo hice; no fue delante tuyo, no fue delante del pueblo, fue delante de Jehová”.
Hermano, usted está aquí delante de Jehová. Si la gente le ve a usted exaltando al Señor en adoración, manifestando su desprendimiento delante de Jehová, es delante de Jehová que usted está. “Fue delante de Jehová quien me eligió en preferencia a tu padre y a toda tu casa, para constituirme por príncipe sobre el pueblo de Jehová, sobre Israel; por tanto, danzaré delante de Jehová. Y aún me haré más vil que esta vez, y seré bajo a tus ojos; pero seré honrado delante de las criadas de quienes has hablado”. “Y Mical, hija de Saúl, nunca tuvo hijos hasta el día de su muerte”.
La grandeza de Dios y la pequeñez de los prohombres
Yo no sé, hermano, por qué no tuvo hijos, si fue que David no volvió a su casa o si fue que el Señor la castigó; yo no lo sé. Lo que sé, hermano querido, es que David dijo que lo haría aún más vil, aún más exuberante en la presencia de Jehová. Hermano, que la gente no limite tu gratitud. Entiende que la adoración al Señor, la manifestación de la gratitud, revela el estado del corazón. El corazón de David era un corazón agradecido; él tenía muy claro que no llegó a ser rey de Israel por sus propios méritos.
Te hago una pregunta, hermano: tú eres el gran profesional de esta ciudad, la persona admirada. Qué hermoso es cuando el gran profesional de esta ciudad viene a la casa del Señor y puede humillarse correctamente delante de su Dios. ¡Guau! Tú eres el gran ingeniero, tú eres el gran comerciante, tú eres el gran doctor, tú eres el gran abogado. ¡Guau!, el gran comerciante está aquí entre nosotros en la casa del Señor. Hermano, nosotros no somos grandes; el único grande en esta casa es él. La hermosura del culto cristiano es que los prohombres de la ciudad, cuando llegan aquí, aquí se ven pequeños, hermano; que el nombre del Señor sea todavía más exaltado.
El corazón de Judas fue manifestado, el corazón de María también. Juan entendió que eso era inapropiado: “¿Cómo va a ser eso? Se pudo haber vendido y se le da a los pobres”. El temor a ser vistos, el temor a que nuestra pequeñez haga evidente… Cuántas cosas molestan del culto cristiano a los incrédulos, hermano. Ellos no siempre lo dicen, pero les molesta. “Sí, porque tienen que tener la casa tan arreglada”. Pero alguien te va a decir: “Pero tú no vives así como se ve tu iglesia”.
Por regla general, la casa del Señor se ve mejor que la mía. Problema tendría yo si la casa del Señor se ve peor que mi propia casa. Eso fue lo que dijo Salomón: “No, no: primero la de Jehová y después la mía”. La casa de Jehová, por regla general, se debería ver mejor que cualquiera otra casa. Si la casa de Jehová no está mejor atendida, mejor arreglada, mejor ornamentada que tu casa, preocúpate, porque parece que tú eres más grande. Primero la de Jehová, y luego la tuya.
Música, recursos y el pensamiento de Judas
Y el impío, cuando viene aquí, dice: “Oye, pero… ¿y esto está…? ¿Y cómo es? ¿Y qué es lo que pasa?”. “Es que esta es la casa del Señor”, hermano, y todos nosotros estamos de acuerdo porque el Señor necesita ser magnificado más allá de nuestros propios intereses. La instrumentación, la calidad musical… “Oye, qué buena música”. No, no es calidad musical; es desprendimiento en adoración. Son hermanos que han entendido que Dios es real y que Dios es más grande.
“Y cómo es que lo hacen, y cómo pueden, porque mira, yo calculo que hacer un combo como ese para hacer fiesta, eso debe costar tanto…”. Está teniendo el pensamiento de Judas. Está teniendo el pensamiento de Judas, y probablemente te aguarde el destino de Judas. Una semana después, esa misma actitud fue la que llevó a Judas a la muerte. Es destructivo ese pensamiento. “¿Y las reverencias, y las expresiones de adoración? ¿Por qué hay que inclinarse, por qué hay que levantar la mano? ¿Por qué aplauden, por qué le dan gloria a Dios?, ¿y por qué hay que hacerlo tantas veces? ¿No basta una vez al año?, ¿no es suficiente?”.
Ellos quieren recibir su vanagloria todos los días de la semana, pero se molestan que la gloria del Señor sea magnificada una vez. Pero quieren vivir para su vanagloria. Si un hombre caído, natural, a alguien no le dice “don”, a alguien no le dice “señor”, a alguien ignora durante un día su grandeza, su magnificencia, tendría un profundo problema en su corazón. Pero a él no le molesta que al Señor, por lo menos una vez a la semana, se le dé gloria.
“¿Y el hecho de que confronteamos y diezmamos? ¿Y por qué es que ustedes ofrendan y diezman?”. Porque entendemos que el Señor, que nos ha dado, de lo que él nos ha dado nosotros le damos. Aquel que no da nada por la casa del Señor le molesta que el pueblo de Dios sea desprendido. Y tienen un profundo problema con que los cristianos no dependamos del pueblo más desprendido que hay en esta tierra. Es el pueblo del Señor, porque es un pueblo muy agradecido. La iglesia cristiana, con sus propios medios –precarios o abundantes– le da un culto a su Señor con mucha dignidad, y aquí esto no es una ONG que está apuntalada por el gobierno, esto no es que hay dos ricos que ayudan. No, hermano, es la casa del Señor, que voluntariamente todos nosotros, en gratitud, nos desprendemos. Al mundo eso le molesta.
La falsa piedad de Judas y el peligro de ciertas banderas
Quiero advertir a la iglesia que hay expresiones que aparentemente son piadosas, pero encubren mucha maldad. Esto que está diciendo Judas parece… “Oye, qué hombre más sabio”, más sabio que su Maestro; él es más sensible que su Maestro. ¿Sabe? Judas tiene un corazón más sensible que el Maestro, el que se dio a sí mismo y se humilló y se hizo hombre a favor de todos nosotros, y estuvo haciendo grandes obras de misericordia, benevolencia, sintiendo compasión y teniendo grandes desprendimientos sobre todos los hombres; aquel que, si tenía que dormir poco, dormía poco; si tenía que moverse para ir lejos, se movía, iba lejos a favor de todos los necesitados. Ahora Judas tiene un corazón más sensible que el Maestro: él sí está preocupado por los pobres, el Señor no.
“Sí, tú superaste al Maestro, sí. Hoy, Judas, el filósofo; Judas que dice: ‘Eso pudo haberse vendido y fue mejor… Yo creo que lo que el Maestro está haciendo… Tú eres más sabio que él, tú eres más desprendido que él. A ti te carga más lo pobre que a él’”. Lo que dice después es que realmente él robaba, y el perfume no se lo podía robar. Ah, hermano, tenga cuidado con eso, porque cada vez que alguien tiene un mal corazón anda defendiendo a los pobres.
En esta ciudad hay mucha pobreza, hay muchas necesidades alrededor. Ten cuidado, que probablemente tengas un corazón igual que el corazón de Judas. Muy probablemente lo que está pasando en tu mente y en tu corazón es que te has movido por lo mismo que era movido él. Lo que había en el corazón de Judas, el Señor lo conocía. “Pero dijo esto”, dice el versículo 6, “no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa sustraía de lo que se echaba en ella”.
“Oye, no voy… no voy a poder llevar un chin. Oye, seguro que se puede meter un vasito, hermano. No lo derrame todo, ven, ponme aquí un poquito… ahí, ahí”. Hermano, esa es el corazón de la ingratitud, es el corazón de una persona que no ha nacido de nuevo, es el corazón de una persona que no ha entendido la grandeza de su Dios, una persona a la que todo lo que se hace para el Señor le molesta.
Adorar con dignidad sin descuidar la misericordia
Hermano, ayudemos a los necesitados, pero no dejemos de manifestar la grandeza de nuestro Dios. No dejemos, hermano, de hacer un culto para el Señor que esté al nivel de la misericordia que el Señor ha mostrado por cada uno de nosotros. Aquí hay gente que su familia, por la misericordia del Señor, ha sido reconstituida; aquí hay personas que salieron de los vicios por la misericordia del Señor; aquí hay gente que pasaron de muerte a vida; hay gente que su vida fue preservada. ¿Cómo va a ser que después de la manifestación de la grandeza del Señor en ti, solamente haya ponerse a sus pies para su palabra o ponerse a sus pies para buscar la consolación? Hermanos, pongámonos a los pies del Señor para desprender generosamente, para que su fiesta, hermano, sea una fiesta muy digna.
Advierto, hermano: hay gente que quiere abusar del desprendimiento del pueblo del Señor para mantenerlo siempre limitado, decir: “No, eso no se corresponde con el Señor, porque el Señor se hizo hombre, él se humilló hasta lo sumo, el Señor no recibiría un perfume tan caro porque es que él es muy humilde”. Hermano, espérese: el único que puede recibir un perfume caro aquí es él. El único grande es él. Él se despojó voluntariamente durante un tiempo y después recobró toda su gloria y su esplendor. Él ha vivido, hermano, eternamente en abundancia, él ha vivido eternamente en gloria; hay ángeles que siempre están en su presencia diciendo: “Santo, santo, santo”. Quieren abusar de la encarnación de Cristo, que se encarnó para hacerse como nosotros y padecer en una cruz, para mantener a Cristo en una adoración al nivel encarnado. Adora al Señor como él ha vivido eternamente, en toda su gloria y todo su esplendor.
Al final de su ministerio, una mujer vino y lo ungió con una libra, hermano, de un perfume de nardo que tiene un valor de trescientos denarios. Pero tras su muerte fue enterrado en el sepulcro de un hombre rico. Y Nicodemo, hermano, cuando fue a buscar al Señor… Si esto tenía una libra, tenía lo de ella. Saben cuántas libras tenía la cantidad de perfume que llevó Nicodemo para ungir el cuerpo del Señor? Si esto era de una libra y costaba trescientos denarios, tomen la cuenta que Nicodemo llevó cerca de cien libras de ungüento y perfume.
Cristo digno de mucho más que todo nuestro trabajo
Dice uno: “Pero ¿y qué es lo que… cien libras?”. Yo calculé, así al ojo, hermano, que el valor que tenía, si estoy calculando bien lo que estaba sacrificando Nicodemo para ungir el cuerpo del Señor, eso significaría cerca de ochenta años de trabajo de un jornalero. Es que nuestro Señor se merece eso y mucho más, hermanos. Nuestro Señor no está en condición precaria, ¿eh? Él es muy grande.
De hecho, una de sus últimas oraciones fue a su Padre, ya cuando él estaba puesto, hermano: “Señor, te he honrado, te he obedecido, ahora devuélveme la gloria, aquella gloria que tuve contigo desde antes de la fundación del mundo”. No lo veas como a un niño en la puerta, un niño de calzoncillos y pelú. No, hermano, adórale en su grandeza, en su magnificencia, en su majestad, en toda su gloria, en todo su poder, y hágalo al alcance que el Señor le haya dado, hermano, pero por favor no se quede corto con su Dios. Es demasiado grande.
Él no se molestó, hermano, no dijo: “Déjala…”. No fue como que el Señor le remordía la conciencia y decía: “Oye, ¿verdad? Esto parece un asunto demasiado grande y hay gente aquí que está pasando hambre…”. No. Él dijo: “No, eso que ella ha hecho está muy bien hecho”, y le dio tres razones diferentes. Terminaré con las tres razones, hermano, pero permítanme decirles que la expresión de Judas era un completo despropósito.
No tengan, hermano, actitud mercantil en la casa del Señor. Cuando alguien quiera traer algo a la casa del Señor, no vengan ustedes a calcular que eso es imprudente, que eso es demasiado grande. Hermano, deje que la gente, con liberalidad, contribuya para la casa del Señor; que usted no sabe lo que está pasando en ese corazón. Yo todavía, al día de hoy, hermano, no sé lo que está pasando en el corazón de la gente. Una persona quiere desprenderse con la casa del Señor, yo sólo digo: “Él y Dios saben; solamente sabe el Señor qué pasó en ese corazón, para que esté pasando lo que está pasando”. Entendiera que la casa del Señor es muy digna, que el nombre del Señor es demasiado grande.
Cuidarse de enfriar la liberalidad ajena
Esas actitudes mercantiles son propias de personas que quieren siempre estar llevando las cosas al nivel más mínimo, “lo que es prudente, lo que sobra; si acaso queda algo, entonces podemos hacerlo; eso puede parecer ostentoso…”. Hermano, por favor entienda que el Señor merece de nosotros eso y todavía mucho más. Era de considerar esa expresión de Judas; lo primero que tenía era una imprudencia hacia María. La hacía ver como que estaba desperdiciando algo. No importa, mujer, que se ha desprendido quizá de su patrimonio familiar, de su posesión más valiosa, para que tú vengas ahora a avergonzarla y decir como que eso que ella está haciendo no tiene valor.
Hay gente que no adora y les molesta que el otro lo haga. Déjala; que para ella es importante y su Señor lo está recibiendo. Era una imprudencia hacia su Señor porque se mostraba como que era más grande, como que era más sabio que él. ¿Cómo va a ser el discípulo más sabio que el Maestro, más sagaz que el Maestro? No va a ser. Por otro lado, era dañina hacia los presentes. Mateo y Marcos incluyen a los demás discípulos; dicen que los discípulos enteros tenían la misma actitud, quizá incitados por Judas. Juan menciona solamente a Judas, pero Mateo y Marcos muestran que la actitud de que eso era un abuso no solamente la compartía Judas; Judas quizá fue el que habló, pero parece que ya había contaminado a todos los discípulos.
Qué triste, unas personas que contaminan a los creyentes respecto de que no se expresen con liberalidad en su adoración al Señor. Las tres razones con las cuales el Señor justificó el hecho están en el versículo 7 y 8: “Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto; porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis”. Ahí hay tres razones. La primera es que esto tiene un sentido de propósito: “Para el día de mi sepultura ha guardado esto”. Ella no lo sabía, hermano; ella no podía determinar el momento en que el Señor iba a ser entregado, pero para ese momento justo, dice, ella había guardado eso; ella no lo sabía.
Propósito, prioridad y oportunidad en nuestra ofrenda
Hermano, a veces uno se aproxima al Señor con liberalidad, con generosidad, y está aportando algo que el Señor, en su sabiduría, en su decreto eterno, ya lo había determinado. Esta mujer estaba en el centro del propósito del Señor; ella quizá atesoró ese perfume durante años y no sabía para qué lo tenía guardado. El Señor sabía para qué estaba guardado. Dice: “Sí, para mi sepultura; ella ha guardado esto”. Quiero invitar a mis hermanos a que vean su prosperidad material a la luz de los propósitos del Señor. Bueno, si a usted le fue muy bien este año, piense no solamente: “¡Guau, el Señor quiere acomodarme!”, piense: “¿Qué necesidad tendrá el Señor? ¿Aquello podré yo ponerle la mano? ¿Qué podré yo, ser canal de bendición?”.
Yo estoy convencido de que si el Señor a mí, financieramente, me da un buen año, él parece que quiere hacer algo grande en su casa, porque si él va a hacer algo por medio de nosotros, está utilizando a nosotros. Si a un hermano este año le fue muy bien, debería pensar: “¿Qué necesidad el Señor quiere que yo atienda en su casa? Porque yo soy un mayordomo suyo”. Hermano, si nosotros somos mayordomos y nos mandan ante un camión de provisión, y nos mandan dos, parece que el Señor de la casa tiene un proyecto más grande.
Yo no conozco ninguna trabajadora doméstica que, cuando la dueña de la casa trae tres carritos de supermercado en compra, piense: “Ya quiere que yo coma más”. Ella pensará: “La dueña tendrá una fiesta; algo querrá hacer, porque yo voy a comer lo mismo que como siempre”. Hermano, si el Señor te ha dado este año administrar una provisión aún más grande, sea aún más desprendido con su casa, que alguna necesidad el Señor tiene y quizás tú estás en el centro de ese propósito.
“Para este momento lo había guardado, para mi sepultura ha guardado esto”. Pero ella no lo sabía, hermano. Cuando uno se manifiesta en gratitud, uno llega a hacer estas conexiones que son maravillosas entre un corazón agradecido y los designios, y los decretos, y los propósitos del Señor. Ella no lo sabía, pero ese perfume se había guardado con un propósito. Hermanos, sencillos actos de desprendimiento pueden ser asuntos providenciales; ella no lo sabía, pero eso era muy significativo, eso había sido guardado desde la antigüedad. Ella no lo sabía; hay cosas que el Señor te ha dado a ti que tienen sentido, tienen propósito. Mira todas las cosas con un sentido de propósito.
Lo segundo que el Señor le dijo es que había un sentido de prioridad: “A los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis”. Primero el Señor. A los pobres siempre los tendréis, pero está el momento de darme la gloria a mí; la prioridad es primero el Señor y después el Señor de los pobres. Primero el Señor y después cualquier otra necesidad. Hermano, entienda que hay un sentido de prioridad. Usted primero adora al Señor, usted primero exalta al Señor, y después usted tendrá toda una vida para servir, pero primero el Señor.
El ahora de la adoración y la eternidad sin ofrendas
Primero adoramos a Dios, después servimos a los hombres. Esto es consistente, hermano, con el gran mandamiento. Dijo el Señor: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu fuerza y con toda tu mente”. Después dijo: después de haber amado al Señor de esa manera, entonces ve y ama a tu prójimo como a ti mismo. “Ay, Señor, ¿yo a qué hora atiendo a los prójimos?”. Sí, primero ama al Señor con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, y después que tú hayas hecho eso: “Ah, ok, ve ahora y sirve a los pobres”. Hay un sentido de prioridad: primero el Señor.
Y lo otro, hermano, un sentido de oportunidad: “A mí no siempre me tendréis”. Si tú quieres adorarme, hazlo ahora. No habrá otra semana más para darle al Señor otra fiesta como esta; no habrá otro año más para darle al Señor una fiesta como esta. Si le vamos a dar la fiesta, es hoy. “A mí no siempre me tendréis”. Hay cosas que tenemos que hacer para el Señor y tenemos que hacerlas ahora, hermano, porque ya mañana no tienen sentido. Hay muchos asuntos que de aquí a cinco años ya no serán un problema.
Hermano, la contribución que tú puedas hacer para la gloria del Señor al día de hoy tiene sentido el día de hoy, porque quizá dentro de diez años ese no será el problema. Qué triste es una persona que está esperando que pasen los años para contribuir con algo, cuando ya llega tu contribución y el problema se pasó, el momento se pasó. Hermano, hay un sentido de “timing”, un sentido de oportunidad; hay un momento para ayudar. El momento de ayudar es hoy, hermano. “A mí no me tendréis mañana”, dice: “Lo que ella está derramando hoy, ya yo no estaré aquí para que lo derramen mañana”. Y desde la nueva eternidad, a la luz de la eternidad, lo que ella está derramando ya carece de sentido.
Hermano, de aquí a un pestañear ya todos los bienes materiales carecen de sentido; de aquí a un pestañear ya toda la sabiduría carece de sentido; de aquí a un pestañear, hermano, ya no habrá que desprenderse. Ya estaremos en su gloria, en su presencia, en una riqueza eterna donde no hay limitación. El momento para desprenderse es hoy. Hermano, no espere llegar a la eternidad para entregar su tesoro al Señor; entrégalo hoy, hermano. Dice la Escritura: “Hagan tesoros en el cielo”. Háganlo hoy.
María no sabía el propósito; el Señor sí lo sabía, hermano. Quiero invitar a mi iglesia a que entienda que la exaltación de la gloria del precioso nombre del Señor tiene un momento. Va a llegar un momento en que usted levante la mano y ya no sea tan importante; va a llegar un momento en que ya que usted lo diga con palabras no es tan importante; va a llegar un momento en que ya que alguien te vea adorar al Señor ya no… ya no hay que dar testimonio. En este momento es importante que la gente te vea exaltar a tu Dios; en este momento es importante que tus vecinos te vean exaltar a tu Dios; en este momento es absolutamente importante que tu compañero de trabajo vea tu desprendimiento hacia tu Dios, porque eso puede ser un precioso testimonio.
Oración final por un pueblo agradecido y desprendido
Cuando estemos en su presencia ya no habrá incrédulos, ya no habrá impíos; ya nuestro corazón será perfecto, nuestra naturaleza será perfecta. Lo que es glorioso es que hombres imperfectos como nosotros lleguemos a manifestar este tal nivel de gratitud. Cuando tengamos un cuerpo glorificado, una mente plenamente regenerada, hermano, cuando estemos en la plenitud de su gloria, ya ninguna de estas cosas tendrán sentido.
He mostrado a la iglesia, en primer lugar, que la adoración está impulsada por nuestra gratitud; en segundo lugar, que las personas muy agradecidas terminan siendo muy desprendidas; y en tercer lugar le he mostrado a la iglesia, con la ayuda del Señor, que esto revela nuestro corazón. Oro al Señor para que ustedes sean todavía más conscientes de la grandeza que él tiene y más diligentes en manifestar, en maneras prácticas, la gratitud que en su corazón hay para su Señor. Extienda su manito sobre una persona que tenga cerca y permítanme orar.
Señor, permite que este sea un pueblo agradecido. Señor, dando memoria de las grandes cosas que tú has hecho, enséñanos, Señor, dónde estábamos antes, y no por ignorancia: muertos en nuestros delitos y pecados, esclavos, ajenos a la vida de Dios y a las promesas. Señor, enséñanos el milagro que ha sucedido en nosotros para que hoy podamos verte. Enséñanos, Señor, el poder que obró en nosotros para, como Lázaro, Señor, que la muerte nos entregara y que pasáramos, Señor, a tu luz admirable.
Señor, recuérdanos las cosas prácticas que has hecho en nuestra vida año tras año. Padre, mira aquellos cuya familia fue reconstituida por tu misericordia; enséñales, Señor. Mira aquellos cuya vida fue preservada por tu misericordia; enséñales. Aquellos, Señor, que fueron rescatados de los vicios, del pecado, rescatados de la vergüenza; enséñales. Mira aquellos, Señor, que a la luz de sus convicciones y del poder que hay en ti ahora han sido enriquecidos; enséñales que ha sido por tu misericordia. Y permite que, asimismo, Señor, sacrifiquen sus posesiones más valiosas para que tu casa, tu culto, tu fiesta estén siempre muy bien atendidos.
Gracias, Señor. Te reconocemos en esta iglesia como lo más grande. Reconocemos, Señor, que cualquier cosa que hayamos hecho en estos diez años como pueblo para decir lo grande que es nuestro Dios ha sido poco. Reconocemos, Señor, que tú eres aún más glorioso, aún más bueno, aún más precioso que cualquier cosa que como pueblo hayamos podido darte en estos años. Danos, Señor, los medios para manifestarlo todavía de manera más grande, para la gloria de tu nombre. En Cristo Jesús.
Amén. Que el Señor les bendiga, hermanos. Nuestro ministerio de alabanza nos despide asimismo, exaltando con palabras la grandeza de nuestro Dios.