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El llamamiento de Jeremías

Jeremías 1:1-10

Dios conoció, apartó y llamó a Jeremías desde antes de nacer, y así también da propósito, llamado y seguridad a sus siervos, incluyendo a los jóvenes de la iglesia hoy.

Predicado23 de septiembre de 2018
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Acompáñenme hermanos queridos al Antiguo Testamento, al libro del profeta Jeremías. Vayamos juntos al primer capítulo del libro del profeta Jeremías, capítulo 1. Pónganse por un momento sobre sus pies para que leamos la Escritura. Estaremos leyendo el libro de Jeremías en el capítulo 1 desde el versículo 1 y hasta el versículo 10; es el llamamiento del Señor a la vida de un joven, del joven Jeremías.

Doy un momento para que todos puedan localizar el texto en la Escritura. Libro del profeta Jeremías en el capítulo 1, desde el versículo 1 y hasta el versículo 10. Estaremos considerando el llamamiento del Señor en la vida de Jeremías. Dice así la Sagrada Escritura:

Las palabras de Jeremías, hijo de Hilcías, de los sacerdotes que estuvieron en Anatot, en tierra de Benjamín.

Palabra de Jehová que le vino en los días de Josías, hijo de Amón, rey de Judá, en el año décimo tercero de su reinado.

Le vino también en días de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá, hasta el fin del año undécimo de Sedequías, hijo de Josías, rey de Judá, hasta la cautividad de Jerusalén, en el mes quinto.

Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo:

Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué; te di por profeta a las naciones.

Y yo dije: ¡Ah! ¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño.

Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande.

No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová.

Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca.

Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar.

— Jeremías 1:1-10

Leo de nuevo, hermanos queridos, los versículos del 5 al 8:

Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué; te di por profeta a las naciones.

Y yo dije: ¡Ah! ¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño.

Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande.

No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová.

— Jeremías 1:5-8

Puede sentarse, hermanos queridos.

Les digo a modo de introducción que Jeremías es uno de los personajes más apasionantes de todo el Antiguo Testamento. Profetizó durante un largo tiempo, quizás cuatro décadas estuvo profetizando; comenzó siendo un muchacho y lo hizo hasta edad muy adulta, quedando bien documentada tanto su vida personal como su vida ministerial. Este hombre, este muchacho y este anciano, porque en todos sus momentos aparece en la Escritura, es como figuras como Daniel que usted podría rastrearlo desde que era un muchacho hasta que era un anciano haciendo la obra del Señor.

Eso nos da una gran oportunidad para considerar cómo el Señor llama y cómo el Señor forma sus instrumentos. Por su corazón sensible, Jeremías ha tenido siempre el mote del “profeta llorón”.

El profeta llorón y la elección de un joven

Escribió, de hecho, un libro completo que se llama el libro de Lamentaciones de Jeremías, donde él abría su corazón a lo que estaba sintiendo a la luz de la situación de su pueblo y del mensaje del Señor. Contrasta esto fuertemente con la dureza de corazón de los pueblos a los que fue enviado y también con la dureza del mensaje que se le ordenó entregar. Israel sería llevado cautivo a causa de su maldad. Sorprende el hecho de que para una tarea de tal envergadura el Señor, en vez de pensar en un anciano ya experimentado, eligiera un muchacho muy tímido y sin experiencia, uno que en vez de transmitir valentía tenía mucha conciencia de su insuficiencia.

Pero sorprende aún más el hecho de que cumpliera su tarea con éxito y fidelidad durante cuatro décadas. Eso es evidencia de que los más jóvenes también pueden ser utilizados por el Señor y evidencia también de que el poder no está en la pericia o la idoneidad del mensajero, sino que todo el poder está en Aquel que le envía. Quisiera hoy tomar este texto, que es el llamamiento de Jeremías, para alcanzar más de un propósito delante de la congregación.

Hermanos, cuando un pastor predica la Escritura, nosotros no solamente queremos informar al pueblo, queremos también mover al pueblo, queremos decirle hacia dónde estamos caminando como iglesia. Lo que pretendo hacer desde este texto bíblico es evitar que nuestra iglesia se salte una generación. Hay un fenómeno que ya está muy bien documentado y es que frecuentemente, cuando se levanta una generación que sirva al Señor, la generación siguiente no necesariamente hace lo mismo.

Podría dar un estudio bíblico liderazgo tras liderazgo; ustedes verán que hay saltos generacionales. No necesariamente la generación siguiente manifiesta el mismo nivel de entusiasmo y entrega a la obra del Señor que la generación que hizo grandes cosas para el Señor. Al parecer, es difícil fijarse en la generación que está inmediatamente después a nosotros.

Quisiera evitar también que otros intereses terminen arropando la vida de los muchachos de nuestra iglesia. Tuve el gozo hoy de que en el culto de servidores a las 9:00 de la mañana, virtualmente la mitad de los servidores eran jóvenes y pude compartir una porción también de Jeremías para ellos. Estos jóvenes necesitan enrolarse en el servicio al Señor, necesitan asumir un compromiso cristiano y la iglesia necesita darle cancha a esos jóvenes.

He venido hoy a hacer abogacía a favor de la juventud, a decirle a mi iglesia que los jóvenes pueden ser tan idóneos como los mayores a la luz de los propósitos del Señor, que usted debe estar dispuesto a ser ministrado por ministros centrados en edad y al mismo tiempo por muchachos, porque lo que importa no es la edad, sino la persona que está detrás del instrumento. De hecho, uno de los propósitos por los cuales esta historia fue documentada es que en Israel había cierto prejuicio al respecto de la juventud. Se entendía que alguien debía tener ya canas físicamente hablando para serle útil al Señor, y el Señor en este momento de la historia se gozó en utilizar instrumentos relativamente jóvenes.

Por ejemplo, Josías, el rey que reinaba cuando Jeremías comenzó su ministerio, fue uno de los más jóvenes en comenzar a reinar, y quizás tenía unos 22 años cuando se levantó como profeta Jeremías. Y Jeremías quizá le llevaba solamente de 2 a 3 años, o sea que estamos hablando de un rey de 22 y un profeta de 25 haciendo grandes cosas para el Señor.

La Biblia llena de juventud y el llamado a la iglesia

Hermano, tenemos que apasionarnos al respecto de la juventud, tenemos una tarea por delante, y así como hace años en nuestra iglesia comenzamos a entusiasmarnos al respecto del ministerio con los niños, me gustaría comenzar a entusiasmar a la iglesia con el ministerio con los jóvenes. La Biblia está llena de juventud. Mencioné a Jeremías, 25; José cuando llegó a Egipto se estima que tendría aproximadamente 17, o sea que a los 17 años comenzó a estar en el centro de los planes y los propósitos del Señor.

Juan apóstol quizás era el más joven del grupo de los doce, aproximadamente también 17 calculan los historiadores, menos de 20. La Escritura está llena de juventud y los jóvenes han estado siempre en el centro del propósito del Señor. Los jóvenes tienen gran capacidad para desarrollar ministerios. Hermanos, en esto nosotros podemos quedar en vergüenza, porque si el mercado laboral está esperando a nuestros jóvenes, no deberíamos nosotros, nuestra iglesia, abrir nuestro corazón a ellos.

Me llamaba un hombre de negocios esta semana y me decía: “Rafael, estoy reclutando personas, y hay jóvenes en las iglesias que me gustaría enrolarlos para que consigan llegar al mercado laboral”, y me pongo yo a pensar: si las empresas están contando con las mejores fuerzas de nuestros muchachos, con su creatividad, con su energía, con su entusiasmo, ¿no deberíamos nosotros como iglesia abrirnos para que ellos también tengan una posición de importancia en medio de nosotros?

Quiero hablarle a los jóvenes, quiero hablarle a los padres y quiero hablarle también a la iglesia respecto del llamado del Señor en los primeros años. Comenzaré mostrando, hermanos queridos, la necesidad de tener un sentido de propósito. Son los versículos 4 y 5:

Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo:

Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué; te di por profeta a las naciones.

— Jeremías 1:4-5

Quiero mostrar desde estos dos versículos a la iglesia tres grandes cosas que el Señor ha hecho por cada ser humano antes de que este ser humano logre nacer. Son las mismas cosas que uno necesita conocer en los primeros años. Tengo pasión al respecto de esto porque he entendido que si la juventud entiende que su vida tiene sentido y tiene propósito, podría evitar malgastar 15, 20 o 30 años de su vida persiguiendo asuntos que no van a ninguna parte.

Con qué comienza un llamamiento. Un llamamiento comienza teniendo un sentido de propósito. Este sentido de propósito está atado a la primera expresión del versículo 5: “Antes que te formase en el vientre te conocí”. La segunda expresión es: “Antes que nacieses te santifiqué”. Primero: te conocí; segundo: te santifiqué; y la tercera expresión donde quiero detenerme es: “Te di por profeta a las naciones”. El Señor te conoció, el Señor te santificó y, al mismo tiempo, el Señor te dio.

Conocidos, santificados y dados por Dios

Alguien podría estar aquí hoy congregado y me dirá: “Yo no soy un joven, yo no necesito esto”. Hermano, si usted no aprendió esto en su juventud, quizá tendrá que aprenderlo a su edad adulta. Si usted siendo un muchacho no llegó a tener un entendimiento de que el Señor le conoció desde antes de nacer, de que el Señor le santificó, le apartó desde antes de nacer y que el Señor le llamó para un ministerio específico, para un propósito específico, entonces quizás este sea un buen momento para conocerlo.

Lo primero que dice el Señor es: “Te conocí”. Está hablando aquí de un conocimiento personal, individual, no solamente de un asunto colectivo. Él no está diciendo “tú eres parte de la humanidad”, no; el Señor le está diciendo: “Yo te conocí personalmente”. Esto implica, hermanos amados, que en la reproducción hay más que células; en esto hay intención, hay identidad y plan, hay propósito. Para los creyentes, la posesión de un ser humano no es solamente la mezcla de un espermatozoide y de un óvulo, no es solamente la multiplicación celular. Para nosotros la concepción del ser humano es la manifestación de los planes y los propósitos del Señor.

Nosotros entendemos que la vida tiene sentido y significado a la luz de que Dios conoció esa vida, la hizo con algún propósito. Quizás no conocemos de manera puntual todavía el propósito de cada ser humano, pero a nosotros nos mueve el profundo entendimiento de que los seres humanos no son creados por “lo de”. Cada ser humano que habita esta creación ha sido creado con la intención, con la voluntad y con la identidad que el Creador le ha dado.

Si hay un joven que está aquí hoy presente, quizás está preguntando: “¿Quién soy, de dónde vengo y a dónde voy?”. Lo primero que tú eres es creación del Señor. Eso da un sentido de propósito que conduce nuestra identidad. Me emociona el hecho de que este entendimiento comienza aún en las etapas más tempranas; él dice “antes de”. Él no lo está diciendo “cuando te estaba formando”; está diciendo “aún antes de que te formara ya yo te conocí”. Y esto hace mucho sentido con el Salmo 139 que dice: “Mi embrión vieron tus ojos”.

Nos mueve, hermanos, el entusiasmo de que cada ser humano es un decreto soberano del Señor, sin importar la manera en que haya entrado a este mundo. Tú entraste a este mundo y el Señor lo supo; aún antes de que tus padres tuvieran conciencia de tu concepción, ya Dios te estaba considerando; aún antes de que entraras en esta creación, aún antes de que ellos fueran conscientes de que tú estabas aquí, ya Dios lo sabía. Que el Señor te haya conocido te da un sentido de propósito.

Lo más profundo de nuestra identidad no está dado por un acta de nacimiento. El acta de nacimiento quizá dice tu nombre, tu apellido, la nación, tu ciudadanía; pero aún antes de todo esto está el hecho de que la mano del Señor intervino, de que la intención del Señor está ahí presente. Nuestra tarea como creyentes no es crearnos una identidad, sino recobrar esa identidad que tenemos en Dios principalmente.

La juventud necesita entender que su identidad no depende de la marca que llevan puesta, no depende de su estilo del momento, no depende de lo que tienes o de lo que has hecho. Nuestra raíz principal para encontrar nuestra identidad es que el Señor nos conoció desde que estábamos en el vientre, de que nosotros estamos siendo contabilizados, considerados, acariciados, estimados desde el cielo aún antes de cualquier valoración que pueda darnos un ser humano aquí en esta tierra.

Muchos jóvenes se preguntan: “¿Acaso fui yo deseado por mis padres? ¿Por qué mi padre me abandonó? ¿Por qué mi madre no está aquí?”. Yo quisiera evitar que los muchachos dediquen 30 años de su vida a la reflexión filosófica sin sentido. En algún momento todo joven debe hacer reflexión teológica, y es que si ningún ser humano contaba contigo, Dios te estaba pensando, Él te estaba considerando, Él te estaba haciendo, Él te puso, Él te creó. Quizás tus padres no son la fuente más radical, más profunda de tu identidad; la fuente más profunda de identidad es que el Señor te puso ahí.

Si tú quieres saber si eres importante, si tú quieres saber si alguien te ama, si tú quieres saber si alguien te estima, si alguien te tiene por valioso, entiende que el Señor fue que lo permitió: “Antes que te formase en el vientre te conocí”. Es la primera de tres expresiones que nos dan sentido de propósito. La segunda es: “Y antes que nacieses te santifiqué”.

El término santificar aquí tiene el sentido de “apartarte para”. No necesariamente estamos hablando de una cualidad moral, estamos hablando de una decisión de Dios, de una intención de Dios. Lo que es santificado es aquello que ha sido separado. Por ejemplo, los vasos en el templo que habían sido consagrados al Señor eran apartados para Él, eran santificados; significa que no iban a tener un uso común, un uso vil. Cuando el Señor le está diciendo a Jeremías: “Te santifiqué”, no le está diciendo necesariamente “te estoy perfeccionando”; lo que está diciendo es “te he apartado para”.

Apartados para Dios y llamados a un oficio

Qué hermoso es saber desde la más temprana edad que hemos sido separados para Dios, que el Señor no te hizo para un uso común. Más que un llamado advertencia a la santidad práctica, esta es una motivación para que vivamos así. Aún aquellos seres humanos que en su vida están deshonrando al Señor, están viviendo para ofenderle, están viviendo en el despropósito, aún esos seres humanos en su vida, en algún sentido se está alcanzando el propósito del Señor. Todo aquel que ha sido creado por el Señor ha sido creado por el Señor con algún propósito.

¿Qué expectativa le da a la juventud el saber que ellos han sido seleccionados por el Señor? Todo joven quiere cultivar un sentido de pertenencia, de utilidad, y en el Señor lo tenemos. Si nadie más te considera, tú debes saber que el Señor tiene planes y propósitos; quizá no sabes de manera puntual cuál es el llamado específico del Señor para tu vida, pero tú sabes que el Señor te ha apartado, que el Señor te ha considerado, que Él te hizo con algún sentido, con algún propósito. Y qué hermoso cuando un joven no solamente encuentra su propósito, sino también su llamado especial, su llamado puntual, y alcance en su vida el propósito para el cual el Señor le creó.

Primer elemento: “Te conocí”. Segundo elemento: “Te santifiqué”. El tercero: “Te di por profeta”. Es un llamado específico. Aguante más aquí, hermanos queridos; muy probablemente entre ustedes no haya muchos que hayan sido dados por profeta, pero que sea el Señor te ha dado como ingeniero, que sea el Señor te ha dado como abogado. Dice la Escritura que hagamos todas las cosas como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibiremos la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servimos.

Lo importante de esto es concatenar tu vocación, tu oficio, con un sentido de propósito. Quiero compartirle algunos beneficios de tener un temprano entendimiento del propósito de Dios en la vida de nosotros. Esto puede evitar que los muchachos terminen gastando años de su vida en el sinsentido, en las crisis de identidad, tratando de descubrir quiénes son ellos. Hermanos queridos, a la luz de la Escritura usted puede entender rápido cuál es su propósito y quién es usted.

Hay asuntos en los cuales a mí no me cabe la más mínima duda, hermanos queridos. Yo puedo encontrar muchas cosas en el camino, pero hay algo que tú puedes también encontrar en este momento que te da un sentido de identidad. Tú sabes que eres criatura: “Creó Dios al hombre”. Tú sabes que fuiste creado a imagen de Dios: “A imagen de Dios lo creó”. Y tú sabes que eres varón o sabes que eres hembra: “Varón y hembra los creó”.

Eso parece un asunto sencillo, hermano, pero quien logra resolver eso antes de los 20 años ha dado un honor. ¿Cuántas personas tienen 40 años y todavía se preguntan quién es que yo soy? Qué hermoso es una persona que a los 20 años tiene ya una identidad de que “yo soy criatura de Dios; yo no soy un accidente, yo no soy una progresión geométrica, aritmética, yo no soy un cálculo matemático; yo soy una creación del Señor”. Creatura, lo primero. Después, a imagen de Dios; el ser humano, Él nos hizo a Su imagen: “A imagen de Dios lo creó”.

Sus cualidades morales, sus cualidades creativas, estas actitudes que están en nosotros que replican las aptitudes que hay en el Creador, aunque se hallan muy malogradas a causa del pecado, pero todo ser humano puede decir esas tres cosas: fui creado, fui creado a Su imagen y fui creado varón o fui creado hembra. Aún antes: “Te conocí, te santifiqué, te di por profeta”. Esto evita que termines replicando la existencia de otro ser humano.

Cuántas personas descubren después de 30 años que vivieron en la primera etapa de su vida para replicar la vida de alguien más. Hermano, qué hermoso saber que el Señor te hizo con algún propósito, que tu vida no se trata de replicar la vida de una celebridad, de tratar de parecerte a alguien más, que tu vida se trata de alcanzar el propósito del Señor en tu generación, como dijeron de David.

Esto puede ser de mucha ayuda en las diferentes transiciones de la vida. Transicionar de la niñez a la adolescencia es difícil. Aquí tenemos cantidad de padres que tienen niños que están pasando de la niñez a la adolescencia; es un momento de transición y es un momento en que la gente vuelve a replantearse. Un adolescente está redescubriendo su cuerpo, su cerebro está cambiando, sus relaciones están cambiando, sus aproximaciones a la vida están cambiando, y en ese momento de cambio hay algo que se mantiene estable: eres criatura, tienes Su imagen y eres varón o eres hembra, y eso no tiene negociación.

La transición de la adolescencia a la primera juventud también es difícil. Un adolescente que está comenzando a regularse, son los momentos donde sales de tu círculo íntimo familiar y comienzas a aproximarte a la sociedad. Con qué garbo camina aquel que sabe quién es, aunque sepa que está en un momento de transición. De la primera juventud a la adultez, en ese momento también tu identidad en el Señor se mantiene estable: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué; te di por profeta a las naciones”.

Pongo en esto, hermanos, un poco de gracia. ¿Cuántos jóvenes nuestros están teniendo en este momento amplias tribulaciones familiares? Hermano, cuando en tu casa todo colapsa, todavía hay un asunto que se mantiene estable, hay algo que nadie puede quitarte: eres criatura, tienes Su imagen, varón y hembra los creó. Hay algo que se mantiene estable en los momentos de mayor convulsión.

¿Qué puede ayudar a los adolescentes nuestros que están luchando con las tribulaciones familiares? Lo que puede ayudarte es saber que en Cristo está resguardada tu identidad. Muchas cosas pueden cambiar alrededor de nosotros, pero hay algo que se mantiene estable, hermanos: Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos. ¿Cuántas cosas podemos decir al respecto de tener un sentido del propósito? Te ayudará a alejarte de la vanagloria: no es “yo me hice”, es “Dios me ha permitido ser”. Te dará una autoestima saludable, quita la sensación de vacío.

Qué hermoso sería si toda esta juventud que tenemos en nuestra iglesia pronto encuentra que en Dios está su propósito. Lo primero que recibió Jeremías fue un sentido de propósito: tú no eres un accidente; Dios le había estado considerando durante 25 años y él no lo sabía. El Señor le llamó quizás ya siendo un joven formado, pero le dice: “Aún antes de que te formaras en el vientre, ya yo te estaba conociendo”.

Hermanos queridos, Dios tiene el control de la historia. Nosotros a veces no sabemos los entramados que tomaron la vida, pero sabemos que toda vida tiene sentido en los planes y los propósitos del Señor. A Jeremías le están diciendo: “Quizás tienes 25 en este momento, pero hace 25 que tú eres mi proyecto; hace 25 que yo te estoy formando”. Quisiera entusiasmar a la iglesia respecto de los proyectos que Dios está formando en medio de nosotros. Miren, cada joven que tenemos en nuestra iglesia local es una experiencia; cada joven viene de un trasfondo que es distinto; cada joven tiene dones que son diferentes, tiene llamados que son particulares, y cada una de esas historias la está viendo Dios.

Elementos del llamado: audiencia, mensaje y capacidad

Primer asunto que es muy necesario: un sentido de propósito. Lo segundo es un sentido del llamado. Dice el versículo 7:

Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande.

— Jeremías 1:7

Hay una sutil diferencia, pero una cosa es sentir tu propósito y otra cosa es sentir tu llamado. El propósito puede conseguirlo hoy mismo, hermano; el llamado, eso depende de la soberanía de Dios. Saber que le serás útil al Señor puedes aprenderlo en un día; ahora, la manera puntual en que eso tendrá forma y que traerá gloria al nombre del Señor, el Señor lo irá revelando, pero ambas cosas las da el Señor.

Esto quizás es el asunto específico: elementos de un sentido del llamado. Si ya tú entendiste que eres criatura, si entendiste que el Señor te había estado formando, si ya tú entendiste que la vida tiene sentido a la luz de los propósitos del Señor, entonces quizás puedas pasar al paso dos, y es saber de qué manera puntual el Señor te va a usar.

Hay varios elementos que el Señor describió que le estaba dando a Jeremías para que demás le fuera útil. Lo primero que el Señor estaba dando era una audiencia: “A todo lo que te envíe…”. Yo no sé, hermanos queridos, a qué grupo de la humanidad en específico el Señor te enviará a ministrar, te enviará a servir, pero todos nosotros somos puestos en esta tierra para servir a una audiencia, no para llamar la atención hacia nosotros mismos, sino para alcanzar los propósitos del Señor en esas relaciones. Y la audiencia que el Señor te quiera dar para servirle, eventualmente te la va a enseñar.

Lo que estaba buscando este llamado no era darle a Jeremías un plan concreto, sino hacer que tuviera disponible el norte, sin decirle de manera puntual “ve allí” todavía. Si usted lee el libro completo, se encuentra que en cada momento el Señor dijo: “Ve, vayas, ve ahora a tal lugar”. En este momento lo que le dice es: “A donde quiera que yo te mande, tú irás”. No es el “qué”; es “estate disponible porque en algún momento yo te voy a enviar”: “A todo lo que te envíe irás tú”.

Si alguien me preguntara que cuál es la audiencia a la cual el Señor nos envía, yo podría decir, hermano, quizás lo mismo que respondió un profeta que fue contemporáneo a Jeremías; es el profeta Habacuc. Decía Habacuc que en la tierra habrá el conocimiento de la gloria del Señor como las aguas cubren la mar. Lo que el Señor está haciendo en medio de nosotros es dar a conocer Su gloria, dar a conocer Su grandeza, y la manera en que te va a utilizar a ti de manera puntual para que esa grandeza sea conocida, el Señor eventualmente lo revelará. Pero cada llamado tiene una audiencia. ¿Cuál será la audiencia en tu momento, hermano? El Señor lo dirá, pero en cada llamado hay una audiencia.

Lo segundo: un mensaje. Dice el versículo 7: “Asimismo, dirás todo lo que te mande”. Dado que el mensaje no era suyo, no importaba que fuera un muchacho. A veces uno tarda mucho para confiar en que la juventud puede ser usada por el Señor, porque uno está esperando que vaya a ser utilizada por el Señor para seguir su propia agenda, pero si el ministro no sigue su propia agenda sino la agenda de Aquel que le envió, no importa que sea un muchacho; lo que importa es quién le está enviando. Lo importante no es quién lleva la carta, lo importante es quién la escribió.

Si el Señor dará el mensaje, no importa que Jeremías sea muy joven. Él no estaría dando sus opiniones o reflexiones, él no sería un autor, él sería un mensajero: “A todo lo que te mande… y todo lo que te diga que digas, dirás”. Me llama la atención que esto vino directamente de Dios; en ambos aquí hay un pronombre “te”: “te”, “te”; todo lo que te diga, a donde quiera que te mande.

No es una misión autoimpuesta, esto no es un sueño. Hay una manera de engañar la juventud y es decirle: “Sigue tu propio sueño”. No siga tu propio sueño. Dios tiene planes, propósitos que son específicos; sigue, alcanza el propósito del Señor en tu vida. Eso de seguir tu propio sueño… hermano, nuestros sueños cambian todos los días. Eso depende de la composición que tenga en el momento la sustancia de nuestro cerebro. Si tú estás quizá muy deprimido, tienes un sueño; si estás muy exaltado, tienes otro. Los sueños de los seres humanos cambian.

La Escritura frecuentemente le habla al centro de nuestras emociones como el corazón, y dice que “engañoso es el corazón del hombre; ¿quién lo conocerá?”. Esto es cambiante. Hoy tú tienes un sueño, mañana tienes otro, pero Dios tiene planes y propósitos que son específicos. El mejor consejo que podemos dar no es: “Sigue tu propio sueño”; el consejo que podemos dar es: “Alcanza el propósito del Señor”.

Al parecer todo esto a Jeremías le vino de repente, no era algo que él estaba buscando. Aquí no tenemos una persona que estaba como ávida de una misión, ávida de una tarea; tenemos una persona que el Señor le sorprendió, y cuando le sorprendió le dijo: “Yo te he creado, te he estado preparando, y llegó el momento de utilizarte”. El término que dice en el versículo 4 es “me vino”: “Vino, pues, palabra… vino, pues, palabra”. No es algo que yo busqué, es algo que vino de repente.

Primer elemento de un llamado: cada llamado tiene una audiencia que tú no la conoces, pero el Señor te la revelará. Lo otro: un mensaje; tú no dirás lo que quieres decir, sino lo que el Señor te mandó decir. Me emociona el saber que también el Señor nos da una capacidad para cumplirlo. Dice el versículo 9:

Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca.

— Jeremías 1:9

Es probable que la expresión esté aludiendo a que recibió una capacidad para hablar. Como él decía que era un muchacho y no sabía hablar, el Señor tocó sus labios. Esto es muy consistente con casi todos los llamados que hay en las Escrituras. Por ejemplo, Isaías cuando fue llamado por el Señor dice que se le puso figuradamente un carbón encendido en sus labios. A Ezequiel le dijeron que se comiera un rollo; son como asuntos dramáticos que el Señor le decía, y te está diciendo: “Yo te estoy dando la capacidad; no es algo que tú podías hacer”.

Si acaso tú vas a hacer algo que tú entiendes que por tus propios medios puedes hacer, entonces no está el llamado del Señor, porque el llamado del Señor incluye el revestimiento de una capacidad para que sea cumplida. A Daniel también se dice que vino el Señor mismo y tocó sus labios.

Primer elemento de un llamado, hermano: una audiencia. Tú no sabes para qué, pero ponte disponible para que el Señor te pueda usar. Lo otro: un mensaje; tú no sabes lo que vas a decir, pero el Señor te lo puede revelar, el Señor te lo puede decir, el Señor te puede formar para que lo hagas. Lo tercero: una capacidad para cumplir que anteriormente no estaba en ti.

Y después, unas tareas específicas. Dice el 10:

Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar.

— Jeremías 1:10

Son tareas muy específicas.

¿Cuáles son los beneficios, hermanos queridos, así como le mostré de tener un sentido de propósito, de tener un sentido del llamado? Si usted sabe que ha sido llamado por el Señor, evitará ser distraído hacia otros asuntos. Si usted sabe que está siendo llamado por el Señor a algo específico, esto puede darle sentido a su vida en momentos que son áridos o de poco fruto. Tenemos algo que hacer y podemos hacerlo en obediencia; si el Señor te dijo qué hay que hacer, hazlo.

También esto, hermano, nos indica el uso que debemos dar a los medios que recibimos del Señor. Muy probablemente en 70 años de existencia tú recibas una gran cantidad de relaciones, de posesiones, de habilidades, y tú te preguntas: “¿Para qué el Señor me ha permitido esto?”. Para tu llamado. La manera en que se puede administrar con sabiduría en un mundo caído es entenderse como mayordomo del Señor.

Si el Señor le ha llamado a usted, hermano, el Señor le dará todos los medios que hagan falta para que haga usted en su vida eso que el Señor le mandó hacer. Ahora, podemos utilizar esos medios para nuestra vanagloria, para nuestra vanidad, para nuestro desperdicio de propósito, o podemos utilizarlo para la edificación del Señor, la edificación del reino del Señor y el alcance de Sus propósitos. Cuando tienes una conciencia del llamado llegas a ver la provisión del Señor de una manera diferente. Ya no solamente es un asunto para agradarme, es un asunto para agradarle y para colocarme en la posición de que Sus propósitos sean cumplidos.

Frecuentemente cuando alguien siente la vocación, siente el deseo de hacer con su vida algo relevante, dice: “Yo no tengo los medios”, y frecuentemente se sorprende de cómo el Señor le va mandando cada cosa que necesitará en el camino. Cuando el Señor te ha llamado para algo, el Señor te da la capacidad para que eso se haga.

Perdóname aquí un momento de locura, como decía el apóstol Pablo. Cuando oigo hablar de esto, yo recuerdo cuando tuve este vivo deseo; entendí que el Señor me había hecho con un propósito, estaba lleno de dudas, hermanos. Una de las dudas que decía era: “¿Y quién me puede ayudar? ¿Dónde están las relaciones que me pueden ayudar?”. Yo no conocía mucha gente, no sabía las personas que tenían los dones, y decía: “Señor, ¿dónde están las personas que me pueden ayudar?”. Hermanos, si el Señor le ha llamado para algo, entienda que a su momento el Señor le dará todas las cosas; pero esté dispuesto a utilizar todas las cosas a la luz del llamamiento del Señor y no solamente para su desperdicio y su vanidad.

Cuando un creyente sabe su llamado, entiende al mismo tiempo el propósito de las grandes provisiones que vengan de parte del Señor. Y miren, hermanos, si usted tiene un sentido del llamado, al mismo tiempo tendrá una autoestima que es saludable sin envanecerse. Como decía el apóstol Pablo escribiéndole a Timoteo en la primera carta, en el capítulo 1, en el versículo 12, decía:

Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio.

— 1 Timoteo 1:12

Cuando tú sabes que el Señor te ha enrolado con algún propósito, con algún sentido, en ti emerge una nueva felicidad, un nuevo entusiasmo, un nuevo deseo de hacer las cosas.

Hago aquí una pausa, hermanos queridos. La razón por la cual he compartido estas cosas es porque quiero que entusiasmemos a los jóvenes de nuestra iglesia al respecto de que su vida tiene sentido, al respecto de que pueden ser útiles para el Señor. Si tú tienes hijos en nuestra iglesia local, tú tienes una tarea como padre: que tus hijos no deben alcanzar tus propósitos, sino los del Señor. Pero si no tienes hijos en medio de nosotros, aquí hay un grupo de muchachos que todos nosotros deberíamos asumir, deberíamos entusiasmar, deberíamos empujar, deberíamos comenzar a conducir su vida para que su vida sea de edificación, sea útil a la luz de los propósitos del Señor.

Insuficiencia, humildad y temor correcto

Primer asunto: el llamado de Jeremías, sentido de propósito. Segundo asunto: un sentido del llamado. Lo tercero que el Señor le dio, después de haberle dicho que no era un accidente, una casualidad, después de haberle dicho que tenía también un uso puntual, un llamado puntual, es que le dio un sentido de seguridad, donde quisiera detenerme. Es frecuente que al intentar responder al llamado sintamos nuestra insuficiencia. La insuficiencia de Jeremías y la dependencia del Señor también se evidencia en el versículo 6:

Y yo dije: ¡Ah! ¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño.

— Jeremías 1:6

Así como les dije que es consistente en el llamamiento del Señor que el Señor toca los labios, le da como una capacidad, figuradamente hablando, para que hable; de hecho, asimismo es consistente en todos los llamados del Señor que el Señor llamaba instrumentos que cuando les llamaba se sentían insuficientes para la tarea. Con esto quiero yo inundar a la iglesia de una santa humildad. Por favor, hermano, no saque el pecho ante el llamado del Señor; si usted se siente que es apto, si usted se siente que es digno, si usted se siente que es suficiente en sus propios medios, está caminando rumbo a su perdición.

Uno no responde al llamado del Señor porque se sienta que es digno; uno responde en obediencia, hermano, aunque sepa su indignidad. Cuando a Jeremías le llamaron, ¿él dijo “yo estoy listo aquí, lo que haya que hacer, estoy preparado, soy muy alto”? No, hermanos queridos. Todo el que hace la obra del Señor la hace revestido de un sentido de insuficiencia, de incapacidad, entendiendo que su provisión viene del Señor. Si alguien se siente seguro, si alguien se siente confiado, muy probablemente terminará siendo destruido.

Cuando a Moisés le llamaron, ofreció una excusa que era una excusa semejante. Él decía: “Señor, a mí no, porque yo soy torpe de palabras. Yo no soy un gran orador”. Decía Moisés. Estuve compartiendo ese mismo texto bíblico en el culto de servidores antepasado y les decía a los hermanos que ese es el rasgo que un líder no quisiera admitir: ser corto de palabras. Pero Moisés estaba muy presto a decir: “Yo soy corto de palabras”, porque el llamado no lo comenzó Moisés, sino que lo puso Dios en la vida suya.

Cuando es el Señor que pone Su llamado en tu vida, tú llegas a sentir tu insuficiencia. Elías fue un profeta poderoso utilizado por el Señor; sin embargo, cuando el Señor fue y le llamó y reafirmó el llamado para su vida, él dijo que se estaba escondiendo, que tenía miedo; que tenía miedo, tenía miedo a Jezabel, y le tenía miedo a Acab. Se estaba ocultando. Salomón, en sus mejores tiempos, también sintió su insuficiencia; él dijo en 1 Reyes capítulo 3: “Señor, es que yo no sé cómo entrar, no sé cómo salir”. Y al Señor le gustó la actitud que había en su corazón.

Qué hermoso sería, hermano, si usted no responde al llamado del Señor porque usted entienda que es muy digno; usted responde al llamado del Señor porque usted se sepa que usted es obediente, y que si el Señor le está llamando, el Señor le dará todos los medios para que el llamado del Señor en su vida sea debidamente correspondido.

Entiendo que hay hermanos nuestros que han venido a los caminos del Señor ya después de su juventud; todavía hay chance, grandes oportunidades para servir al Señor, pero deberían ser muy cuidadosos para no sentir en sí la suficiencia. Deberían hacerlo porque el Señor les está llamando, en un sentido de obediencia y confiando en la capacidad que viene del Señor.

Gedeón, hermano, cuando fue llamado, también se sintió insuficiente; él decía: “Yo vengo de una familia pobre, y entre mis hermanos soy el menor”. Es hermoso que en cada llamado poderoso del Señor, la persona a la cual están llamando dice: “Yo no puedo”.

Si usted invita a los jóvenes a trabajar y los jóvenes le dicen que no pueden, muy probablemente tengan el corazón correcto; muy probablemente no tengan capacidades que todavía no hayan considerado y pueden recibir provisiones que todavía no están presentes. Saúl, un hombre físicamente impresionante, dice que cuando el Señor le llamó, después vinieron a buscar al rey y estaba escondido detrás del equipaje. Saque este: aquí va a ser el primer rey de Israel. No era un hombre valeroso, no era una persona llena de autoconfianza; era una persona que cuando lo estaban buscando para mostrárselo al pueblo, dice que hubo que salirlo a buscar y se estaba escondiendo detrás del equipaje.

Hermanos queridos, es natural que cuando vayamos a responder al llamado del Señor tengamos un sentido de insuficiencia. Aquí hace sentido también lo que el apóstol Pablo le dijo a Timoteo; le dijo: “Ninguno tenga en poco tu juventud”. Quizás el sentido más cabal de esa expresión es: no dejes que esas cosas te desborden, no dejes que esas cosas te amedrenten, no dejes que tu juventud sea una excusa para no hacer grandes cosas para el Señor.

¿Cuáles son los temores comunes que impiden que tanto los jóvenes como las congregaciones se abran a que pueden ser utilizados por el Señor? Hay jóvenes que quieren servir al Señor, pero tienen un amplio temor al rechazo: “¿Y si no me aceptan, y si no me reciben?”. Quizá por esto le dijo el Señor: “No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová”.

Es natural que si el Señor te está llamando tengas el temor: “¿Y qué va a hacer la gente?”. He estado pensando en los jóvenes, pero quizás aquí hay adultos que también puedan servir al Señor en un ministerio y no lo hagan por un temor al rechazo. Hermano, no se deje amedrentar; si el Señor le está llamando, el Señor puede hacerlo.

Hay otros jóvenes que tienen temor a la sabiduría o la experiencia de los otros, temor a ser avasallados, temor a emitir su opinión. Recuerdo que una de las primeras posiciones de liderazgo que yo tuve en mi iglesia local, cuando estaba bajo el cuidado del pastor Parra, cuando me llamaron a hacerlo, yo sentía que no podía. Y me acerqué donde mi pastor y le dije: “Pastor, me están pidiendo que haga esto, pero yo siento que hay otros jóvenes que son mayores que yo que podrían hacerlo”. Y él hizo lo que hizo el apóstol Pablo: que me contó todas estas historias, la historia de Moisés, la de Elías, la de Salomón, la de Gedeón, la de Timoteo.

Hermanos, lo que hay que hacer con la iglesia es decirle: “Si el Señor lo hizo antes, pues lo puede hacer hoy también”. Hay cantidad de hermanos nuestros que se sienten al día de hoy jubilados por los dones y talentos de los otros, y siempre la misma gente termina haciendo las mismas cosas en la iglesia. Necesitamos maestros y la gente siempre va a buscar los maestros de siempre; necesitamos líderes de adoración, vamos a buscar los hermanos que siempre lo han hecho.

Pero mira que hay un joven que tiene aptitudes, tiene cualidades; vamos a esperar que sea anciano para hacerlo. Digo esto, hermanos, más en broma que en serio, pero pasó de verdad a un amigo mío. Su denominación llamó a un joven, como de unos 27 años, acto, preparado, se había formado para servir al Señor, y le dieron un título; le dijeron: “Usted va a ser ministro en reserva”. Y él me llamó, y yo, hermano, no soporté la risa. Yo me lo imaginé como que estaba en un “túnel” de vino, dejándolo ahí que se añeje durante 90 años: ministro de reserva.

Hermano, ¿cómo vamos a tener un ministro en reserva durante 40 años guardado, a ver si el Señor después de 40 años de añejamiento le llama? Quizá había una bonita intención en su denominación, pero yo no pude evitar reírme, hermano. No tengamos ministros en reserva. Hay cantidad de jóvenes que tenemos en nuestra iglesia que son jóvenes que tienen buena formación cristiana, que son muchachos que tienen buenas aptitudes, tienen pasión por el Señor, tienen la misma inestabilidad que se tiene en la juventud, que están buscando identidad, propósito, sentido; a veces se caen, pero aunque lo agarremos entre dos hermanos, tenemos que utilizar los jóvenes de nuestra iglesia para que alcancen los propósitos del Señor.

Una iglesia que no se abre a esa oportunidad es una iglesia que muere pronto, es una iglesia que no tiene esa reserva. Me gozo el saber que la mitad del culto de servidores del día de hoy está compuesto por jóvenes y todos están enrolados en diferentes ministerios. Démosle cancha en nuestra iglesia para que hagan cosas para el Señor.

Les he mostrado el temor al rechazo, el temor a la sabiduría o la experiencia de los otros. El temor al fracaso, a salir mal. Hermano, un viejo tropieza y él ya tiene 40 años tropezando y se levanta. Los jóvenes cuando están comenzando a hacer cosas para el Señor necesitan tener hermanos maduros al lado que estén sosteniendo sus pasos, para que cuando caigan no se desanimen hasta el cansancio, a un punto tal que no quieran volver a intentarlo.

Hermano, vamos a seguir intentando, vamos a seguirlo haciendo. Ese temor al fracaso se vence teniendo hermanos al lado nuestro que nos den aliento. Temor a la oposición: “¿Y si se oponen, y si no me reciben?”. Hay tres estímulos aquí en el texto que utilizó el Señor para infundir valentía en este muchacho. Dice así el versículo 17:

Tú, pues, ciñe tus lomos, levántate y háblales todo cuanto te mande; no temas delante de ellos, para que no te haga yo quebrantar delante de ellos.

— Jeremías 1:17

El Señor le está dando un estímulo a la valentía, al arrojo. Uno: eso de “ciñe tus lomos” es una expresión recurrente en el Antiguo Testamento y siempre transmite el significado de prepararse para hacer un esfuerzo especial. Ciñe tus lomos, estás listo, estás dispuesto. Queremos enrolar jóvenes de nuestra congregación y no vamos a aceptar que digan “no podemos”; hay que decirles: “Ciñe tus lomos, hermano”. Como le dijeron a Josué: “Esfuérzate y sé valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo dondequiera que vayas”.

Lo primero que el Señor le está diciendo, dice el versículo 17, es “ciñe tus lomos”: una disposición, un ánimo resuelto, una preparación. Es esperable que en la juventud se mezcle el deseo de hacer cosas y al mismo tiempo el temor a comenzar, el temor a emprender. Está preparado, hermano, tenga una disposición, póngale la mano al arado.

Dice el 18:

Porque he aquí que yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muro de bronce contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes y el pueblo de la tierra.

— Jeremías 1:18

Y al final del 17: “No temas delante de ellos, para que no te haga yo quebrantar delante de ellos”. Lo primero: una advertencia a que se esfuerce; aquí es una advertencia: si tú no lo haces, te voy a hacer a ti lo que estoy dispuesto a hacerles a ellos.

Un joven debería aproximarse al llamado del Señor con un santo temor. Tú vas a tener que elegir en algún momento de tu vida si tú le temes más a los hombres que a Dios. Tú vas a elegir, tú, si yo tengo que hacer esto delante de los hombres; “les tengo mucho temor a los hombres”. Pero tú tienes que elegir si le temes más a los hombres o le temes más a Dios.

Hermano, quien responde al llamado del Señor es una persona que le teme más a Dios que a los hombres. Es natural que tú le tengas cierto temor al ser humano; es natural que ciertos seres humanos te produzcan cierto amedrentamiento, cierto temor, pero tú dices: “Esa gente me impresiona, pero me impresiona más Dios. Me causa un poco de miedo, pero más miedo le tengo a desperdiciar mi vida y no alcanzar el propósito del Señor”.

A Jeremías lo pusieron estrecho diciéndole: “Jeremías, tú vas a tener que elegir si les tienes miedo a ellos o me tienes miedo a mí”. “Señor, te tengo un temor reverente a un punto tal que puedo superar el temor que le tengo a los hombres”. La única manera, hermano, de vencer el temor para hacer cosas para el Señor es temerle al Señor mismo. Tú tienes que elegir si le tienes más miedo a los hombres que a Dios o más miedo a Dios que a los hombres. Si le tienes más miedo a Dios que a los hombres, estás en el camino correcto para hacer la voluntad del Señor.

Estaba hablando con mi hermana Rocío en días pasados; en mis primeros años de ministerio me acompañó, me hacía muchas preguntas y me decía: “Guau, pero tú tienes como un ánimo resuelto”. Y lo que yo puedo decirle, hermanos queridos, es que yo le tengo temor, pavor, a llegar con las manos vacías a la presencia de mi Dios, a que me digan “siervo malo, negligente”. Qué hermoso sería que el Señor te diga cuando llegues a Su presencia: “Buen siervo y fiel”.

Este es el dilema, hermano; tú tienes que hacer algo para el Señor que te va a colocar en estrecho; puede ser que te va a colocar en vergüenza; puede ser que te coloque en estrecho los financieros; puede ser que tengas que tomar una decisión que no tenga reversa; puede ser que tengas que cerrar oportunidades en tu vida y la gente te dirá: “Si tú cierras esa oportunidad la vas a malpasar”. Pero tú dices: “¿Yo le tengo más temor a los hombres o a Dios, o más temor a Dios que a los hombres?”.

Jeremías, hermano, duró cuatro décadas al servicio del Señor porque le tenía más temor a Dios que al pueblo. Cuando lo metían a la prisión, él quizás se sentía atemorizado, pero decía: “Más temor tengo yo de no decir lo que Dios me mandó a decir”. Cuando a Jeremías lo perseguían, cuando su pueblo no le recibía, él decía: “Estas personas me están rechazando, estas personas me están avergonzando, estas personas se burlan de mí; hay otros que dicen cosas contrarias”, pero: “yo le tengo más temor a Dios que a estas personas”.

Dios nos ve como ciudad fortificada y garantiza la victoria

Es el dilema constante en la vida de un ministro, de un siervo del Señor. Una persona que responde al llamado es una persona que le tiene un temor reverente al Dios que le llamó. Me da cierta presión, pero yo lo hago porque más aprehensión me da llegar a la presencia del Señor con las manos vacías, llegar a decir que me comí la encomienda.

Después le dice el Señor. Lo primero: “Ciñe tus lomos”. Después, esta advertencia para que lo haga. Después le da imágenes que son vívidas y figuradas para crear en él un efecto emocional y muy memorable. Dice el versículo 18:

Porque he aquí yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muro de bronce contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes y el pueblo de la tierra.

— Jeremías 1:18

Jeremías no se veía a sí mismo como “ciudad fortificada”; es el uso de la figura, hermano, de la metáfora. Este que dice que no es apto porque es joven, el Señor lo invita a que se vea como una ciudad fortificada. Haga esto con cuidado, pero es muy útil a veces hacer el ejercicio de tratar de vernos desde la perspectiva de Dios. Si yo veo las cosas desde la perspectiva mía, yo no haría nada para el Señor; pero si yo miro las realidades desde la perspectiva de Dios, yo puedo imaginarme como una ciudad fortificada, no a la luz de mis capacidades sino a la luz de Aquel que me está enviando.

Si el Señor está conmigo, yo seré una ciudad fortificada capaz de resistir cualquier ataque o embate. Creo que no puedo, creo que no debo, creo que no podré ni salir, creo que me van a amedrentar, creo que no podré abrir la boca. Imagínese como ciudad fortificada, no porque usted tenga la capacidad en sí mismo, sino porque el Señor puede hacerlo.

Después, en el mismo versículo 18, le dice: “Como columna de hierro y como muro de bronce”. El que entendía que el llamado le iba a desbordar, que el llamado le iba a doblar, que el llamado le iba a quebrar, le iba a destruir, el Señor le dice: “No, tú tienes que imaginarte como una columna de hierro y como un muro de bronce capaz de soportar la más pesada carga”.

Qué puede sostener a un hermano que asume la labor de responder al llamado del Señor: verse desde la perspectiva que el Señor te está mirando, como una columna de hierro o como un muro de bronce capaz de soportar cualquier cosa que venga sobre ti. Nos descansa mucho, hermanos, el saber que esta capacidad viene del Señor y no de nosotros.

Y lo otro que hace el Señor está en el versículo 19; le dice:

Pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte.

— Jeremías 1:19

El saber, hermanos, que nuestra victoria en el Señor está segura, que el Señor es quien nos va a librar, esto nos da esperanza. Él tendría gran oposición, pero sabría, hermanos, que la victoria era segura. ¿Por qué? Porque el Señor estaría con él para librarle.

Quiero aquí traer un poco de entendimiento al respecto de la vida de Jeremías. Hay personas que piensan que responder al llamado del Señor siempre significa que haremos cosas que son muy relevantes, cosas que son muy significativas, cosas que tendrán mucha rimbombancia. Hermanos queridos, Jeremías fue llamado en gran medida a sufrir, fue llamado a soportar, fue llamado a ser perseguido. De hecho, el mensaje que dio fue un mensaje negativo; el pueblo no le recibió. Lo último que sabemos de él es que salió también cautivo. Hermano, iba en la misma fila que las personas que iban al cautiverio; él mismo estaba entrando en el cautiverio, pero él sabía que en su vida se habían alcanzado los planes y los propósitos del Señor.

El asunto no está en que los hombres nos celebren, el asunto no está en que los hombres nos reciban; el asunto está, hermanos, en que le tememos a Dios y hacemos lo que el Señor nos ha llamado, lo que el Señor nos ha encomendado.

Termino invitando a la iglesia local a que me ayude en esta tarea de llenar a toda nuestra juventud de confianza. Hay dos maneras en que usted puede ver los jóvenes: puede ver los jóvenes como un problema, o puede ver los jóvenes como una preciosa provisión del Señor. Sucede más veces de lo que quisiéramos, hermano, haber visto que los jóvenes en las iglesias evangélicas terminan siendo la profecía autocumplida. Si usted entiende que los jóvenes son un problema, los jóvenes terminan siendo un problema; si usted entiende que los jóvenes están siendo vencidos por las debilidades, terminarán siendo vencidos por las debilidades.

Me gozo de ver cómo los apóstoles pensaban de la juventud; se escribía: “Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno”.

Llamado a la iglesia: ver, orar y dejarse servir por los jóvenes

Quiero invitar a toda la iglesia local a que haga, hermanos, tres cosas al respecto de los jóvenes que tenemos en la iglesia. Lo primero que quiero invitarle a que haga, hermanos, es lo mismo que hemos hecho con los niños. Miren a los jóvenes; los jóvenes están aquí presentes, hermanos, son una realidad. No son ministros en reserva, son una realidad el día de hoy. Están aquí, hermanos, y tienen la mano en el arado y necesitan el apoyo, el respaldo de todos nosotros.

Mire a los jóvenes y deleítese en la provisión del Señor para nuestra iglesia en la vida de cada uno de ellos. Tienen dones que son preciosos, tienen oportunidades que son magníficas, tienen una creatividad que es única. Yo estoy soñando con los próximos 10 años; se levantará una generación de jóvenes que nos ayude a mover esta iglesia, y necesito entusiasmar a la iglesia respecto de esto.

Mire a los jóvenes y deleítese en ellos. Cuando ustedes los vean haciendo cosas para el Señor, piensen que no depende de sus años, depende de que Dios está detrás de ellos. Depende de que si el Señor está con Jeremías, Jeremías lo hará en el poder del Señor para la gloria del Señor. No vea tanto al joven, vea al Dios que puede estar siendo glorificado en la vida suya, al Dios que puede estar impulsando la vida de ese muchacho.

Lo otro que quiero invitarle a la iglesia a que haga respecto de los jóvenes: ayúdenme a orar por ellos. Si usted tiene más de 25, hermano, ore, ore por todos los muchachos que están subiendo. La media de edad de esta iglesia hace 10 años andaba por 27 años; recuerdo el momento que lo calculé. Cuando comenzamos la iglesia, todos éramos muchachos solteros la mayoría, y el Señor tuvo de nosotros misericordia.

Frecuentemente me hablan de los jóvenes cristianos, y les digo: “No, los jóvenes cristianos fueron conocidos, son muchachos serios, el muchacho que le pesa el ruedo del pantalón, muchachos comprometidos con la obra del Señor”. Y así es que quiero verlos. Cuando tú miras a un joven con condescendencia, cuando tú lo miras como un amasijo de cosas que está al borde de romperse, terminan rompiéndose. Hermanos, alienten a los jóvenes con su mirada, oren por ellos; entiendan que también el Señor puede hacer grandes cosas en aquellos que están comenzando a vivir la vida, en los que están más tiernos.

Primera cosa: nótelos, hermano. Lo otro: oren por ellos, inclúyanlos ahí en su motivo de oración, oración. Y lo tercero: déjense servir por los jóvenes.

Sé que por un asunto de edad, hermano, hay hermanos que llegan a tener como mala conciencia al ver que los más tiernos están guiándoles en el camino del Señor. No debemos hacer acepción de personas por asuntos de edad. Así como estamos abiertos, y les he predicado en otras ocasiones, que hermanos nuestros que están a la postrimería de su vida pueden ser muy útiles para el Señor, hermanos nuestros que están comenzando pueden ser preciosos instrumentos también en las manos suyas.

Si el Señor manda en los próximos años pastores aún más jóvenes, si manda ministros aún más jóvenes, maestros aún más jóvenes, traten de no ver el rostro tierno que está ahí, sino el Dios poderoso que está impulsando la vida de esos instrumentos. Si no tenemos nosotros, hermanos, una expectativa de fe al respecto de nuestra juventud, se nos va a desbaratar en la mano. Quiero invitar a la iglesia a que se deje servir por los jóvenes.

Yo, desde ahora, estoy, hermano, orando y entusiasmándome a que estos muchachos que están hoy tomando escuela bíblica mañana serán los ministros que nos van a acompañar, serán los que estarán cuidando de nosotros, serán los que estarán tomando las riendas de esta iglesia. Alguien me preguntará: “Y entonces los que ya estamos en los 40, en los 50, ¿qué hacemos?”. Hermano, usted no me preocupa tanto, porque ya usted tiene mucha confianza; usted se enrola con más facilidad. Me preocupa el muchacho que al día de hoy tiene entre 17 y 25, que en esos momentos de la vida la gente es dubitativa al respecto de si se enrola o no, de si toma o no. Hermano, que se enrolen más en la casa del Señor que en el mundo.

Ayúdenme a que en nuestra iglesia local los jóvenes estén siempre bien representados. Yo estoy soñando un día, hermanos, donde tengamos un buen número de jóvenes que estén no solamente dando clases de escuela bíblica, como están haciendo al día de hoy, sino que estén predicando sermones preciosos, llenos de la palabra del Señor, que estén orando por nosotros, que estén dando consejos bíblicamente sustentados y que la iglesia rompa este prejuicio carnal y mundano de que no pueda haber sabiduría en los labios tiernos, en aquellos, hermanos, que son usados por el Señor, ser usados por el Señor desde sus primeros años.

Comencemos hoy orando por la juventud que el Señor nos ha dado. Comencemos orando por esta reunión preciosa que tenemos con ellos el próximo sábado, y que mientras oremos, hermanos, el Señor abra nuestro corazón, la gentileza bien servida en las manos de aquellos que están todavía en sus primeros años.

Oración final por la juventud y la iglesia

Cierren sus ojos ahí un momento. Permítanme orar por ustedes.

Padre, estamos clamando al respecto de la juventud que nos has dado. Queremos verlos, Señor, así como Tú estabas considerando la vida de Jeremías a la luz de Tu propósito, y queremos considerar la vida de cada uno de los muchachos que Tú nos has dado. Permite, Señor, que esta cosecha sea una cosecha buena, permite que estos muchachos, Señor, se entusiasmen. Señor, levanta muchachos que quieran plantar iglesias, levanta muchachos que quieran servir en la iglesia, levanta muchachos, Señor, que quieran ponerle las manos al arado.

Levanta, Señor, entre nosotros ministros de la palabra jóvenes; levanta, Señor, hermanos con corazón pastoral jóvenes; levanta, Señor, misioneras; levanta, Señor, hermanas con un carácter piadoso y temple. Señor, si Tú lo hiciste con todos estos personajes bíblicos, ¿cómo no podrás hacerlo en nuestra iglesia local?

Señor, te pido por mis hermanos que están ahora mismo ya en la edad madura; permite que entiendan, Señor, que no hay que esperarse a los 60 para serte útiles; que entiendan, Señor, que aún sus hijos pueden ser preciosos instrumentos en las manos tuyas. Señor, permite que los jóvenes de nuestra iglesia se sientan valorados, permite que aquí ellos, Señor, se sientan entusiasmados. Permite, Señor, que cada uno de estos jóvenes que Tú nos has dado tengan, Señor, un profundo sentido de identidad en Tu casa, que no se sientan aquí accesorios, Señor, sino que se sientan instrumentos poderosos en la mano de su Dios.

Padre, estamos anhelando que vengan más jóvenes a nuestra iglesia; haz que esta iglesia, así como se abrió, Señor, en los últimos años, a ser una iglesia sensible a los niños, permita que sea una iglesia que celebra a los jóvenes. Permite que cada muchacho que entre aquí, Señor, que tenga tribulación en su casa, aquí sea afirmado; permite que cada uno, Señor, que entre aquí, tenga, Señor, tribulación por su identidad, aquí sea afirmado. Permite, Señor, que esta iglesia los levante, que esta iglesia los apoye.

Padre, mira nuestros hermanos que ya están en el momento de la vida donde tienen canas, patrimonios o la experiencia de los años. Permite, Señor, que cierren filas para cargar a aquellos que son más jóvenes. Padre, qué hermoso sería si Tú tomas a todos estos hermanos nuestros que ya tienen, Señor, también aparte de la sabiduría que viene de arriba, también, Señor, el trajinar de los años; que estos hermanos, Señor, cierren filas para empujar la vida de los más jóvenes. Qué hermoso sería, Señor, si las familias adoptan, asumen, patrocinan a los muchachos, Señor. Trae sensibilidad, Padre, al trabajo con la juventud; trae sensibilidad a la importancia de la juventud; trae una expectativa positiva al respecto a toda esta congregación.

Ten tus ojos cerrados ahí, hermanos queridos. Te pido que pienses ahí en nombres de los muchachos de tu iglesia y clames al Señor ahí por ellos con tus palabras. Hermano, cuando uno ha orado por algo, uno queda mejor dispuesto a recibirlo. Busca ahí en tu mente los nombres de los jóvenes de nuestra iglesia. Tú los conoces, tú sabes quiénes son; algunos de ellos los viste desde que eran niños, viste su adolescencia y todavía están en Cristo. Dale las gracias ahí al Señor por la vida de ellos. Clama ahí al Señor por los jóvenes que tienes cerca, por los jóvenes de nuestra iglesia; pídele al Señor que los levante aún más, pídele al Señor que los llene de buen testimonio, pídele al Señor ahí que les llene de contentamiento, que afirme su identidad, que ellos se levanten con la gallardía de los hijos del Señor y que hagan, Señor, en sus vidas aquellas cosas que te agradan a Ti.

Pide ahí al Señor un momento por los jóvenes de tu iglesia.

Padre, mientras mi iglesia pide por los jóvenes, pido yo por mi iglesia local: trae, Señor, un fervor al respecto del potencial que hay en nuestros muchachos; trae, Señor, un entusiasmo al respecto del fruto que podemos ver en la vida de ellos. Trae, Señor, un entusiasmo renovado al respecto de que el liderazgo clave de nuestra iglesia, Señor, puede ser un liderazgo joven, pero que sea un liderazgo, Señor, impulsado por un sentido del llamado, un sentido del propósito y al mismo tiempo, Señor, con la seguridad de saber que Tu mano está con nosotros y que vas a cuidar de nosotros.

Bendice la iglesia local. Si hay alguien que ha escuchado la predicación de la palabra del Señor y no estaba habituado a estar aquí, yo le invito a poner en el Señor su confianza. Si hay algún hermano que no vino al Señor en su juventud, ya está quizá en la edad mediana, yo lo invito a que entienda que su vida tiene propósito.

Gracias, Señor, por Tu palabra; gracias, Señor, por el llamamiento. Trae, Señor, buenas noticias al respecto de estas cosas a nuestra iglesia local, todo esto para Tu gloria, en el nombre de Jesucristo.

Nuestro ministerio de alabanzas nos despide con canción.

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