Bar de hermanos, amigos queridos, una alegría tenerles hoy a ustedes todos en la casa del Señor. Hay dos cosas por las cuales los cristianos nos congregamos, dos cosas que venimos a hacer a la casa del Señor. La primera cosa es exaltar su nombre en alabanza; entendemos que Él es digno, que Él es grande, que Él merece nuestra exaltación, nuestra alabanza. Todo fue hecho por Él y para Él, ya lo hemos hecho, hemos exaltado el nombre del Señor. Y la segunda cosa que hacemos los creyentes cuando nos congregamos es escuchar su Palabra para obedecerla. Entendemos que la obra del Señor, la Sagrada Escritura, es un tesoro para nosotros.
Cada vez que podemos abrirla, cada vez que podemos leerla, que podemos compartirla, nosotros entendemos que este es un libro vivo, que la Palabra del Señor inspirada tiene el poder de cambiar la manera en que uno piensa, la manera en que uno actúa. Creemos que hay cosas nuevas que el Señor hace en el corazón de uno cuando uno lee su Palabra. Les invito a que abran la Sagrada Escritura conmigo y vayamos juntos al segundo libro de la Biblia, el libro de Éxodo. Nos dirigimos allá hasta el capítulo dos, el segundo capítulo del libro de Éxodo. Les doy un momento para que puedan buscar la Escritura.
Es esta una de las historias más conocidas de toda la Biblia. Si usted no ha leído la Escritura, por lo menos tiene la referencia del personaje bíblico Moisés, tiene aunque sea a grandes rasgos la historia de lo que sucedió con su vida. Donde comienza esa historia es que el pueblo del Señor fue llevado hasta Egipto; llegaron de manera libre, pero después allí fueron esclavizados. Y, como una manera de limitar su crecimiento y de dañar al pueblo del Señor, el faraón de Egipto ordenó que todos los niños fueran destruidos al nacer.
Recuerdo que hace dos años, precisamente en el Día de Familia, vimos esa historia. Hoy quisiera que veamos también la historia de Moisés, no tanto la historia de su nacimiento sino más bien de cómo el Señor permitió que una madre, providencialmente, pudiera criar a su propio hijo. Es el segundo capítulo del libro de Éxodo. Comenzaremos donde dejamos la historia: se había decretado que todos los niños tenían que morir, pero providencialmente el Señor preservó la vida de un niño. Y también, providencialmente, el Señor permite que su propia madre terminara criándolo e inculcándole unos valores diferentes. Pueden ponerse sobre sus pies un momento. Es el libro de Éxodo en el capítulo dos. Estaremos leyendo desde el versículo 1 y hasta el versículo 10, inicialmente, con la ayuda del Señor.
Un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví; la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses. Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos, y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño, y lo puso en un carrizal a la orilla del río. Y una hermana suya se puso a lo lejos, para ver lo que acontecería. Y la hija de Faraón descendió a lavarse al río, y paseándose sus doncellas por la ribera del río, vio ella la arquilla en el carrizal, y envió una criada suya a que la tomase. Y cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y teniendo compasión de él, dijo: De los niños de los hebreos es éste. Entonces su hermana dijo a la hija de Faraón: ¿Iré a llamarte una nodriza de las hebreas, para que te críe este niño? Y la hija de Faraón respondió: Ve. Entonces fue la doncella, y llamó a la madre del niño; a la cual dijo la hija de Faraón: Lleva a este niño, y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crió. Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó; y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué.
— Éxodo 2:1-10
Pueden sentarse, hermanos, amigos queridos. Aprovecho nuestro Día de Familia para, desde esta porción de la Escritura, animar a las familias aquí congregadas acerca del privilegio que tenemos de criar. Sé que tengo aquí familias congregadas que están en diferentes momentos: hay algunos que tienen hijos ya grandes, hay otros que están comenzando la tarea y hay algunos abuelos también aquí congregados. Me gustaría tomar esta porción de la Escritura para mostrarles dos cosas, principalmente, a la congregación.
Lo primero que quiero hacer es presentar una perspectiva positiva acerca de la crianza. Quisiera que todos ustedes salgan de aquí mirando el potencial que tiene la crianza y mirando la crianza de cualquier niño como un privilegio. Al mismo tiempo, quisiera aprovechar para, en segundo lugar, motivar a toda la familia extendida a que entendamos que criar es un proyecto de familia.
Criar como privilegio y proyecto familiar
Que no solamente aquellos que tienen niños pequeños y están comenzando en este momento el proceso deben hacerlo, sino que todos nosotros tenemos, si no un hijo, un nieto; y si no un nieto, un sobrino. Algunos, el Señor no se los ha mandado providencialmente, pero nosotros, con su ayuda, podríamos ser instrumentales para que en esa vida se alcancen los propósitos del Señor.
Dije en otra introducción que la manera en que asumamos la tarea de la crianza tendrá un impacto en sus resultados. Podemos llegar a ver la crianza como una pesada carga que recibimos y hacemos por obligación, o podemos verla como un privilegio concedido por Dios, una oportunidad preciosa, relativamente corta y privada, pero muy importante. Cuando este trabajo se hace bien, sus frutos emergen en la vida adulta y repercuten en bendición para la familia y para el pueblo en general.
La historia de Moisés nos da mucho aliento en ese sentido: una madre tuvo que desprenderse de su hijo, y Dios intervino milagrosamente para darle la oportunidad de criarlo. Lo hizo, lo hizo bien, ella, y sus resultados se hicieron evidentes, primero con actitudes piadosas y luego con un reconocimiento del único Dios verdadero, en el que su formación inicial fue usada como un medio de la gracia del Señor. Hoy buscaremos dirección en esta historia para promover entre las familias el privilegio de criar.
Quizás estás acostumbrado a ver la historia de Moisés como que el Señor le rescató milagrosamente de las aguas, salvando su vida. Eso fue así, es verdad. Pero el segundo milagro que también está entretejido en esta historia es que su mamá no contaba con que podía criar a su propio hijo, y el Señor milagrosamente le permitió el privilegio de criarlo. Quizá ya conocías que el Señor milagrosamente salvó la vida de este niño; yo quisiera mostrarte hoy la perspectiva de que el Señor también milagrosamente intervino para que fuera la propia madre que le concibió la que terminara criándole.
Quizás la madre de Moisés ya, para ella, era ganancia con el hecho de que su hijo fuera rescatado de las aguas; pero el Señor hizo las cosas aún más grandes, aún más extraordinarias, aún más allá de lo que nosotros pedimos o pensamos, y no solamente salvó la vida de este niño, sino que permitió que milagrosamente su propia madre lo terminara criando. Pretendo hoy alentar a todos los que están aquí congregados para que lleguen a ver la crianza como un privilegio.
Estaré mostrando, en primer lugar, que para cualquier padre criar a sus hijos debe llegar a ser visto como provisión de Dios. Estaré mostrando, en segundo lugar, que los primeros años son la etapa más corta; es una etapa relativamente privada, es una etapa sumamente importante también. Y terminaré mostrando a la iglesia que el resultado de la crianza quizás no se vea en los primeros 12 años, pero tarde o temprano emergerá y se hará muy evidente.
La providencia en la historia de la madre de Moisés
Quisiera alentar a los padres para que no se desesperen en los primeros años buscando resultados, sino que entiendan que la crianza produce su buen fruto y llega a ser evidente, pero no necesariamente en los primeros momentos de la vida. Comienzo exponiendo los primeros versículos de cómo esta madre terminó criando a su hijo.
Dice el comienzo del capítulo dos, en el versículo dos, que cuando Moisés nació, su madre, viéndole que era hermoso, lo tuvo escondido tres meses. Llama la atención que diga que su madre creía que el niño era hermoso. ¿Cómo es hermoso el niño de toda madre? Pensaría yo. Dicen que solamente hay un niño hermoso en el mundo y que toda madre lo tiene. Llama la atención el hecho de que diga que era hermoso, pero estoy seguro de que sus instintos maternales le llevaron a preservar, a cuidar, a esconderle por tres meses, porque lo que se había decretado es que todos los niños tenían que morir.
Después entonces ella comienza a entretejer un plan. El plan fue preservar su vida colocándole dentro de una canasta, preservarle hasta cierto punto, porque cuando la canasta fuese puesta en el carrizal ya no estaba en sus manos, sino en las manos del Señor. Solamente estoy resumiendo porque quiero llegar hasta la providencia del Señor al permitirle criar. La forma en que Dios le regresó a su hijo, con toda seguridad, impactó la vida de esta madre. Había cosas que ya podía saber, había cosas que ya podía hacer y hasta cierto punto las hizo, pero había cosas que no estaban a su alcance. En estas cosas que no estaban a su alcance, el texto nos muestra que la poderosa mano de Dios está interviniendo en la historia.
Por favor, cuando se acerquen a la Escritura no vean esto solamente desde una perspectiva novelesca. Entiendan que la providencia de Dios, su poderosa mano, está hilando, está entretejiendo la historia, está interviniendo a favor nuestro y está haciendo cosas que son extraordinarias. Esto que está aquí descrito no está solamente para que nos sorprendamos y llamemos la atención; esto está aquí para llamar la atención a la poderosa mano de Dios. El Señor salvó una vida y el Señor permitió que esa vida que Él salvó fuera criada por su madre.
Todos los elementos que aparecen aquí apuntan a que fue un gran milagro del Señor. El primer elemento es que la canasta funcionara; ya eso es una gran cosa. Pero después, que unos juncos retuvieran esta canasta y el niño no corriera río abajo, es un segundo punto donde vemos que el Señor está interviniendo, es un milagro del Señor. Lo tercero es que apareciera en este justo momento la hija del faraón. Y después, que siendo la hija de faraón, en vez de destruir al niño con sus propias manos funcionaran en ella sus instintos maternales, pero sobre todo la providencia del Señor, y que en vez de destruirle entonces quisiera salvar al niño.
De hecho, el comentario expresa que en su corazón hubo cierta disyuntiva. Dice ella: “De los niños de los hebreos es este”. Yo me la imagino pensando: es un niño, es un bebé, es tierno y también es hermoso; pero fue mi padre que ha decretado que todos los niños de los hebreos debían de morir. Este dilema en su corazón que emerge a través del texto y se hace evidente, el Señor permite que se resuelva para bien y, en vez de destruir al niño, entonces le preserva.
Hermano, lo que aquí está sucediendo no son solamente hechos aislados; es la poderosa mano de Dios que está interviniendo en la historia para llamar la atención hacia Él mismo. Y si todas estas cosas parecen imposibles, entonces encontramos que la hija de faraón le hace caso a una niña de los hebreos. Y cuando la hermana de Moisés le sugiere la posibilidad de conseguirle una mujer de los hebreos para que le críe al niño, entonces ella dice que sí y determina no solamente permitirlo, sino también cubrir los costos. Si llama la atención el milagro mismo de que el niño no se ahogara en el agua, debe llamar aún más la atención el milagro que aquí ha sucedido para que una madre pudiera criar a su hijo.
Quiero motivar a los padres que están aquí hoy congregados a que vean que si acaso hay niños que ellos pueden criar, en un mundo caído, esto significa que la poderosa mano de Dios ha estado obrando. Padres que están aquí congregados, que tienen niños en sus casas: si todavía ustedes tienen el privilegio de criar, tienen que mirarse a ustedes mismos como que han sido ayudados providencialmente por Dios. Son tantas las cosas que pudieron haber sucedido para que nosotros no criemos, que criar a un niño en este tiempo debería ser visto como un regalo.
Obstáculos modernos y gratitud por el privilegio de criar
De hecho, el avance del pecado y la promiscuidad ha hecho que muchos niños ni siquiera conozcan a sus padres. ¿Cuántos son los niños que en temprana edad murieron sus padres y tampoco les conocieron? De hecho, cuando una persona sabe que va a morir y tiene niños pequeños, una de las cosas que más le preocupa, que más le duele, es que piensa: “Me perderé las etapas de mis hijos, no podré verles, no podré cuidarles”.
Utilizo este caso, que es el caso quizás más imposible, que es un padre que muere temprano y no puede criar a sus hijos, para transmitir la carga a aquellos que están vivos y todavía tienen a sus hijos: que si acaso duele no criarlos, imagínese ustedes lo que es perderse este privilegio por otras razones. ¿Cuántos son aquellos que las crisis económicas y las expectativas materiales les han limitado a un punto tal que se han visto arrinconados en la paternidad solamente a proveer? ¿Cuántos son los padres que han podido financiar la crianza de sus hijos pero no han podido criarlos con sus propias manos?
Y cómo no mencionarlo: ¿cuántos son los fracasos matrimoniales que han alejado a muchos padres de sus hijos? Estoy pensando en este momento, sobre todo, en hombres, en padres varones que se han perdido ese privilegio; porque a pesar de cualquier limitación, todavía una madre soltera tiene el precioso privilegio que el Señor le concede de criar a sus propios hijos. Con todo esto he estado mostrando que nosotros tampoco estamos seguros, que no deberíamos dar por hecho que criar a nuestros hijos nos toca.
Cualquier padre que todavía puede incidir, influenciar, impactar en la crianza de sus hijos debería, en oración, darle las gracias a Dios de que así mismo le ha sucedido. Criar a nuestros hijos, hermanos queridos, es un milagro de la providencia del Señor y deberíamos considerarlo como un regalo. Del mismo modo, sería esperable que la madre de Moisés, al recibir tal privilegio, tuviera unas actitudes especiales hacia la crianza. Si tú entiendes que es algo que no te tocaba, si entiendes que el Señor ha intervenido para que te pudieran mantener cerca de tus hijos, deberías aprovechar mejor el tiempo.
Ay, hermanos, amigos aquí congregados, si ustedes vieran la crianza como una frontera corta y no larga, yo les aseguro que habría mucho más urgencia en su corazón. Es probable que la madre de Moisés llegara a verse a ella misma como una privilegiada entre sus hermanos; rodeada de familias que perdieron a sus hijos, ella todavía tenía el suyo. Y, así mismo, es esperable que llegara ella a tener un santo sentido de urgencia: “El Señor me ha permitido criarlo, pero yo no estaré a su lado de la misma manera durante toda la vida; tengo que aprovechar bien estos años”.
Aprovechar bien el tiempo es lo que hace un padre que entiende que criar es un privilegio. Llegar a tener un sentido de urgencia es lo que hace un padre que ha entendido que sus hijos no serán siempre suyos. Llegar a tener un sentido de propósito y utilidad, dando los mejores contenidos, porque quizás de aquí a unos años ya no podré. Qué hermoso sería si los padres que estamos aquí hoy congregados, aunque no haya una hija de faraón a la cual tendremos que entregar nuestros hijos, pero sí hay un mundo que allá afuera les está esperando, si en nuestro corazón hubiese hoy un santo sentido de urgencia.
Egipto, hermanos, era una potencia estremecedora. Pensar que nuestros hijos tendrán que entrar en las entrañas del imperio, entrar en las entrañas del poder del momento, debería ponernos a nosotros en una santa preocupación, en urgencia, para darle nuestro tiempo y el mejor contenido que esté en nuestro alcance, porque llegará un momento en que no estarán nuestros hijos tan cerca. El imperio los está esperando.
Sentido de urgencia y participación de la familia extendida
Llegar a emplearse a fondo en lograr en corto tiempo su propósito, yo imagino que esta mujer, cuando volvió a tener su niño en sus manos, dijo: “El momento es ahora. Yo no contaba con que me volviera a verlo. Si el Señor solamente hubiese salvado su vida, yo le estaría eternamente agradecida; pero ahora el Señor no solamente salva la vida de mi hijo, sino que devuelve mi hijo a mis brazos. Esta es mi oportunidad”.
Padres que están aquí, abuelos que están congregados, tíos aquí presentes, por favor, si hoy todavía ustedes tienen un niño cerca, vean esto como un tesoro del Señor, como una gran oportunidad. Si han podido, con la ayuda del Señor, criar a sus hijos, sientan que el Señor en esto les ha ayudado. Quiero mostrar también que la familia extendida debería involucrarse en estos asuntos. Dice el versículo cuatro: “Y una hermana suya se puso a lo lejos, para ver lo que le acontecería”.
Hermano, todo un legado de la Escritura, todo un aprecio hay en su historia por parientes que han sido instrumentales en la formación de niños. Tenemos en la Escritura un precioso legado de tíos, de abuelas, de hermanas, que quizá los niños no son suyos, pero han sido utilizados por el Señor para la bendición de ese niño. Aparece aquí en esta historia la hermana de Moisés, que también aparece eventualmente sirviendo al Señor junto con él.
De hecho, en Latinoamérica todavía tenemos el privilegio de que la familia extendida participa. Hay naciones donde, al día de hoy, quien tuvo un niño tendrá que criar solo su niño. Todavía en Latinoamérica hay abuelas, todavía hay tíos, todavía hay hermanos, todavía hay vecinos que contribuyen y ponen un granito de arena para que esa vida sea alcanzada, para que esa vida sea preservada. ¿Cuántas son las personas que han llegado a Cristo porque un vecino les trajo? ¿Cuántas son las personas cuyo abuelo ha asumido su crianza?
Quiero en este momento alentar a toda la familia extendida que ha estado participando en el proceso de crianza de un niño. Por mencionar algunos, aparece aquí la hermana de Moisés; si van un poco más hacia adelante encontrarán a Noemí, que tomó el hijo de Rut y lo asumió como si fuera suyo y llegó a ser su nana. Este niño se llamaba Obed. Eventualmente encontrarán también la historia de Josabet, una princesa en Israel, que salvó la vida de un sobrino que llegó a ser el rey Joás. Y aparece en el Nuevo Testamento el precioso ejemplo de Loida, cuyo testimonio impactó también la vida de Timoteo.
Cómo no mencionar quizás a Mardoqueo, que asumió como suya a Ester, su prima. Y cuántos ejemplos más hay en todo el texto bíblico de niños que han sido beneficiados, no solamente por sus padres, sino por su familia extendida. Hermano querido, con esto quisiera animarles a que entiendan que criar es un asunto familiar y que la familia extendida también participa en estas cosas. Si usted es un abuelo que está aquí presente, entienda, hermano querido, que su influencia puede ser importante para alcanzar los propósitos del Señor en la vida de un niño.
Y cómo no, hermanos queridos, tener una perspectiva cristiana al respecto de la crianza: que la crianza llegue a ser vista como un privilegio. Hay expectativas incorrectas que se tienen acerca de la crianza que me gustaría hoy tomar, por lo menos dos minutos, para tratar de encauzarlas a los propósitos del Señor. ¿Cuántas son las personas que al día de hoy tienen un sueño acerca de lo que es criar hijos? Hermano querido, criar en un mundo caído es difícil.
Realismo bíblico sobre el sufrimiento en la crianza
De hecho, por norma general, aquel que ha recibido hijos del Señor debe estar preparado para sufrir intensamente. No quiero venir a dañar la fiesta, pero frecuentemente el baby shower, hermano querido, debería tener un elemento de compasión: te felicitamos por la llegada de tu niño, pero al mismo tiempo te compadecemos porque sabemos que vas a sufrir intensamente. Miren, el sufrimiento por el hijo se siente hasta más que el sufrimiento propio.
De hecho, por eso los perversos no quieren tener hijos, porque tener hijos es un asunto que debilita. Si usted va a delinquir y va a ser perverso, trate de no concebir, porque quien concibió, hermano, tiene una gran debilidad. Criar en un mundo caído, para hacerlo, debemos estar preparados para sufrir. Los padres piensan: “Bueno, ¿cuánto daño le va a hacer este mundo caído a mi niño?”. No. ¿Cuánto daño su propio pecado le hará a su propio hijo, le hará a usted y, en consecuencia, también a la creación en pleno?
Nuestros hijos nacen con un corazón caído. Dice la Escritura, decía el salmista: “En maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. Cuando nosotros concebimos, no concebimos hijos perfectos; concebimos niños que nacen con una naturaleza caída y con una potencialidad extraordinaria para la maldad. La crianza, para un cristiano, no es un sueño, hermano. Es una tarea que puede ser agradable desde la perspectiva del Señor y con la ayuda suya, pero si nosotros miráramos la crianza solamente como un asunto que tenemos que hacer y no contáramos con la providencia del Señor para ayudarnos, sería desesperante.
Otros paradigmas incorrectos son ver la crianza como una inversión, verla solamente como un malestar. Y, tristemente, algunos padres han visto la crianza hasta como una competencia. Hermanos, criar es un privilegio del Señor, algo que se hace con su ayuda, para su gloria y contando con su provisión oportuna. No es algo que lo hacemos en nuestros propios medios ni para nuestra vanagloria; lo hacemos para criarle hijos a los propósitos del Señor.
He estado mostrando, en primer lugar, que criar a nuestros hijos debe ser tenido como una provisión. Si todavía usted tiene un niño que usted pueda criar, siéntase en esto por Dios provisto. Muestro en adelante que los primeros años son la etapa más corta, relativamente privada y, al mismo tiempo, la etapa más importante. No hay dos momentos para criar. Pretendo pedirles que hagan algo, hermano, que aseguro que irá en contra de sus expectativas, de su naturaleza. Quiero pedirle a los padres que, por favor, si están criando, bajen las revoluciones.
La crianza necesita enfoque, la crianza necesita tiempo, la crianza necesita atención. Si hay alguien aquí que está criando, por favor, entienda: usted tendrá en la vida todavía muchas oportunidades más para hacer diferentes cosas, pero para criar no hay dos momentos. La crianza es ahora. Hoy la iglesia está llena de niños; deben haber quizás cien niños que están siendo atendidos. Esos niños tienen padres y sus padres están aquí. Quiero pedirles, en el nombre del Señor, que entiendan que si están criando, tienen que pisar un momento el freno.
Los primeros años: cortos, silenciosos y decisivos
Esta es una etapa relativamente corta. Los años más significativos quizás solamente son doce, y esos años pasan rápido. Moisés, por ejemplo, sabemos en la Escritura que vivió 120 años. O sea, que con relación a los años que estuvo directamente al cuidado de su madre, quizá fue un pestañear, pero qué pestañear más significativo. En el libro de los Hechos, por ejemplo, Esteban dividió su vida en tres períodos de cuarenta años: cuarenta años en Egipto, cuarenta años en Madián y cuarenta años al servicio del Señor, a la liberación de su pueblo.
Con relación a esos amplios periodos de tiempo fue tan poquito el tiempo que su madre lo tuvo directamente a su cuidado, que no parece ni siquiera mucha documentación al respecto; pasó pronto. Aclaro aquí que nuestra percepción del tiempo es distinta según la edad que tengan sus hijos. Yo les digo que el tiempo pasa volando… siempre y cuando usted no tenga que sacar a un niño apretado del pecho. Si el niño devuelve doble, eso, hermano, no es corto. Uno habla con los padres que ya criaron y dicen: “Wow, yo no lo aproveché. En un momento ya se me pusieron grandes”.
Y uno dice: “¿Usted durmió?”. Porque amanecer desvelado en la atención de un niño, eso hace que parezca eterno. Me pongo esto en balance, hermano querido, porque tenemos diferentes personas ahora. Con relación a la totalidad de una vida y al hecho irrepetible de que para criar es hoy, la ventana de tiempo de crianza de esos primeros años es un asunto que nadie más en la vida podrá hacer. ¿Cuántos padres que tienen hijos ya grandes quisieran que el Señor les devolviera por lo menos cuatro años, cuatro años de su niñez, para tratar de en esos cuatro años aprovechar el tiempo en hacer lo que al día de hoy no se puede devolver?
Padres, si estoy poniendo alguna santa urgencia, esta madre que providencialmente recibió de nuevo su hijo y sabía que eventualmente tendría que entregarlo, no se dedicó a perder el tiempo. A la luz de la historia se ve que lo hizo bien. Esta es la etapa de la que, con más facilidad, nosotros podemos perdernos. El comentario que más frecuentemente escucho son padres que dicen: “Wow, en aquel momento yo no tenía el tiempo para estar con él, y ahora me sobra el tiempo y él no quiere estar conmigo. En aquel momento estaba corriendo tras el viento de una cosa a la otra, y ahora estoy corriendo tras de él, y él no corre hacia mí sino que corre de mí”.
Pastoreo una congregación que está compuesta de parejas jóvenes que tienen en este momento niños de cinco años hacia abajo y están en los momentos más volubles de su vida. Son padres que están todavía cambiando de un trabajo a otro trabajo, son padres que están luchando con conseguir el enganche para sacar un apartamento. Son los padres que tienen uno y dos trabajos porque tienen que proveer para los suyos. Son los padres que están buscando presupuesto extra para pagar las actividades co-curriculares. Son los padres que están ahorrando porque esos muchachos hay que mandarlos para la universidad.
Padres que están aquí presentes, para usted tener hijos de aquí a veinte años en adelante que valga la pena el trabajo que se ha hecho en este momento, necesitamos estar presentes. Un padre que está en una carrera contra el tiempo por hacer patrimonio, una carrera contra el tiempo por crear oportunidades para sus hijos, que muchos de ellos, por usted no estar presente, no estarán en condición de aprovechar. Los primeros años son un tiempo corto. Padres que están aquí presentes, por favor, es necesario pisar el freno, porque si no, las revoluciones del mundo se nos comerán la crianza.
El carácter privado y silencioso de la crianza
También esta es una etapa, si en primer lugar es relativamente corta, en segundo lugar es relativamente privada. Y eso es desesperante. Miren, la crianza es un trabajo relativamente silencioso, o debería serlo. Aquel que está criando no tiene una actividad entre sus manos que sea muy popular; no tiene una actividad que genere sobrecogimiento. Usted no está construyendo un edificio; usted está criando con sus hijos en su casa, y eso no se ve.
De hecho, lo que aparece aquí en la crianza, hermano, es silencioso también. Miren cómo se introduce la historia, dice el versículo 9 al 10: “A la cual dijo la hija de Faraón: Lleva este niño y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crió”. Y ya. Pero, ¿qué ella hizo? Yo quisiera que me enseñaras aquí a Moisés en nido maternal, jardín de infantes, primera vacaciones de Moisés con su familia… No, hermanos queridos, eso queda en absoluto silencio. Y yo creo, hermanos, que el Señor nos habla a través de los silencios.
La paternidad es una tarea que es corta, pero al mismo tiempo está muy silenciosa. Todo genera muy poco ruido. El que está criando, hermano, está criando y tiene sus ojos puestos en la crianza de sus hijos y eventualmente esos hijos emergerán y, con la ayuda del Señor, harán grandes obras, y esas obras contribuirán a la bendición del pueblo, a la gloria del Señor y, por extensión, también a la bendición de sus padres. Pero los primeros años de la crianza son años que son cortos, relativamente privados, muy silenciosos.
De hecho, quien está criando, usted no lo va a ver muy en medio, porque está criando. Al igual que en la música, los silencios son tan importantes como los sonidos. Y, de hecho, vemos a Moisés, que probablemente fue quien escribió esta historia acerca de sí mismo, y no documentó mucho lo que pasó en su niñez. No es la cosa más importante. Lo que sabemos es que su mamá lo crió; eso basta. La expectativa se llena con el versículo 9 que dice: “Y la mujer tomó al niño y lo crió”. Ya.
La manera en que esto sucedió, lo que hizo, la realidad, hermano, es que lo más importante no son los pasos puntuales que haya dado, sino que lo crió. Los padres más exitosos que yo particularmente he conocido en cuanto a criar hijos para Dios han tenido métodos que son muy distintos, métodos variados, frecuentemente asuntos que no son replicables. Usted habla con un padre que fue instruido en criar niños que fueron útiles para la causa de Cristo y encontrará que, en realidad, hermano, no es que hicieron las cosas más extraordinarias del mundo.
Yo les he preguntado: “¿Qué ustedes hicieron?”. Ahora, hay dos elementos que he encontrado que están presentes en todos los procesos de crianza de personas que han sido exitosas a la luz de los propósitos del Señor. Lo primero que he visto en todos ellos es que tuvieron un sentido de urgencia; entendieron que criar era importante. Y lo otro es que tenían una perspectiva agradable de la tarea: ellos no estaban aburridos criando, criando; realmente ellos estaban deleitándose en alcanzar en esa vida los propósitos del Señor.
Este silencio que aparece aquí constituye quizás un reconocimiento prudente al buen trabajo de su madre. Lo más importante no es si le dieron la medicina en la mañana, si le dieron las tres comidas, si ya sabe las vocales; lo más importante es que ella lo crió. Y el fruto de su crianza no se vio en ese momento, se vio tiempo después. Cuando el Señor necesitó un libertador, ahí estaba Moisés.
Padres que están aquí, sobre todo madres, yo quiero animarles a que no se desesperen porque la gente no les dé aplausos respecto a su proceso de crianza. De hecho, esta urgencia por hacer evidente el trabajo de la crianza solamente trae más presión sobre los padres. Hay algunos que se dedican a hacer ruido acerca de que están criando. Yo creo que en este momento de la historia nunca antes había visto que la primera etapa de la vida de un niño sea tan pública.
Presión social, agotamiento y soledad en el proceso de criar
Ahora cada cosa se quiere difundir. No digo que no entienda documentar para su experiencia posterior, pero ahora mismo uno sabe cuándo el niño está apretado, cuándo el niño está enfermo, cuándo le salieron los dientes. Uno sabe cuáles son sus actitudes, sus habilidades. Antes esas cosas se reservaban para la vida familiar; al día de hoy, cada niño es una pequeña celebridad. Es más, no entienda que lo más importante no es si su niño al día de hoy es un héroe en los deportes, lo más importante es que se enfoque en hacer un buen trabajo de crianza y entienda que eso eventualmente emergerá y será útil para el Señor.
Es una etapa privada y, al mismo tiempo, es un asunto muy soterrado. Eso parece un desperdicio, no se ve. A veces uno ve que avanza y retrocede. Criar, hermanos, puede ser desesperante. Los niños no tienen actitudes de crecimiento que sean permanentes. Cuando uno siente que avanzaron en un área, entonces vuelven y retroceden. Es agotadora. Y la gente dice: “Pero ¿por qué tú estás tan cansado?”. Hermano, es que no es fácil. Y por favor les pediré que también consideren a los padres; a veces se entiende, y es algo que se vuelve hasta profecía autocumplida, que los hombres no nos cansamos. Hermano, hasta el compromiso cansa.
La crianza es un asunto que agota a toda la familia que está participando en esto. Agota a los hermanos, agota a los padres, agota a la madre. A veces yo le he pedido al Señor: “Qué hermoso se verá esta iglesia de aquí a quince años, cuando ya los niños no se estén apretando, cuando ya no tengamos ese tema”. Hermano, qué hermoso sería que el Señor nos permitiera ver eso. Quiero alentar a los padres: hagamos el trabajo hoy para que podamos verlo.
Es un trabajo relativamente solitario. De hecho, los padres frecuentemente anhelamos ambiente y conversación que sean de adultos, porque no gira alrededor de los niños. El entorno laboral, social y hasta familiar puede ser muy poco sensible a la necesidad que tiene quien está criando. Uno esperaría que aquellos que ya criaron sean más empáticos acerca de sus hermanos que están criando, pero la realidad es que de poco que terminan de criar llegan otros tipos de problemas que son distintos. No es que de poco que crió la vida es agradable y todo lo que hay es oro y playa. De poco que crió viene otro problema de la vida, y aunque uno entendería que habría más empatía, hermanos, no sucede. Criar es una tarea solitaria.
Pero al mismo tiempo he demostrado que es corto, que es relativamente discreto, privado. Tengo que mostrarles que es la etapa más importante. Lo que usted le aporta a la vida de un niño, eso tiene tres veces más relevancia que cualquier cosa que usted le pueda dar a un adulto. Ese trabajo que se hace desde el año cero hasta el año doce, eso rinde, hermanos, réditos en el tiempo que son impredecibles; es mucho el fruto.
De hecho, si lo miráramos desde una perspectiva cristiana, solamente, lo que dice la investigación es que el 85% de los adultos cristianos al día de hoy, en todas partes del mundo, conocieron al Señor antes de los 14 años. Es mucho menos probable, dice la investigación, que después de esa edad la persona venga a los pies del Señor. Dice la investigación que a los cinco años es el momento idóneo para el aprendizaje, es el momento donde el niño está más receptivo, es el momento donde más se le puede aportar, sobre todo a los asuntos que son irrepetibles: asuntos que tienen que ver con su personalidad, con sus actitudes, rasgos permanentes de su carácter.
Intentamos que los adultos hagan un giro, y un pequeño giro en la vida de un adulto toma años. Un niño todavía es muy receptivo, todavía se está formando. A los seis años, dice la investigación, que a esa edad se forman los valores morales para toda la vida; lo que una persona llega a entender que es bueno y es malo lo aprende en los primeros años. A los nueve años, dice que se forma la cosmovisión; cómo usted entiende que es el mundo y el entorno. A los nueve años, muy probablemente, seguirá entendiendo que así es el mundo y el entorno a los 90. A los doce años se celebra la entrada a la madurez, y a los trece años la religión, sea cual sea, frecuentemente queda establecida para toda la vida.
El problema al día de hoy es que esos son los momentos de la vida donde los padres menos están disponibles. Hermano, ¿quién le está transfiriendo la cosmovisión a sus hijos en la primera etapa? Muy probablemente la trabajadora. Muy probablemente una persona que no tiene la urgencia que debería tener usted. Y vamos entonces a los quince, cuando los padres ya están más tranquilos porque están establecidos, tienen patrimonio, tienen tiempo disponible, a tratar de hacer el trabajo que es irrepetible.
Entregar a los hijos y confiar en el fruto de la crianza
En primer lugar he estado mostrando a la iglesia que criar a nuestros hijos debe ser tenido como una provisión del Señor. Esta mujer vio dos milagros: la vida fue salvada y le devolvieron su niño. En segundo lugar he estado mostrando que los primeros años son la etapa más corta, privada e importante. El momento es hoy. Termino mostrando a la iglesia que el resultado de la crianza se hará especialmente evidente en los años posteriores.
Una persona ve a un niño y piensa: “Ese niño está mal formado”. Espérese. Que un niño es un momento, es una etapa. Lo que es permanente es lo que vendrá después. Veamos lo que sucede desde los versículos 11 hasta el 22. Dice el versículo 10: “Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó; y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué”.
Tarde o temprano, todo padre tiene que entregar sus hijos. No se van a quedar con usted para siempre. Y el padre que no quiere entregarles sus hijos, se le irán. Hasta hace un tiempo, en nuestra casa teníamos gatos, y a mí me impresionaba ver una gata que pare, tiene unos cuantos gatitos, los cuida, les limpia todos los días, les alimenta. Y eventualmente uno ve el proceso donde los gatitos comienzan a independizarse. Se va un primer gatito y la gata sale corriendo, lo agarra por aquí, lo trae, lo pone en su cajita. Y después sale otro, y ella sale corriendo, toma el gatito, lo pone en la cajita. Y después salen dos gatos al mismo tiempo, y hasta le hace una rutina: agarra a uno, agarra al otro y los trae, y los pone. Y después salen cinco, y ya no puede hacerlo.
Padres que están aquí presentes, ustedes en un momento de la vida podrán ir detrás de sus hijos, pero tarde o temprano sus hijos tendrán más fuerza que ustedes. Sus hijos tendrán una opinión más fuerte que ustedes. Sus hijos tendrán sus propios criterios, sus propios deseos, sus propias relaciones. El momento para enseñarle a los gatitos los asuntos más básicos era cuando los gatitos tenían menos aptitudes. El momento, hermano, el momento es ahora.
Dice: “Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó”. Aquí sucede una cosa, hermanos, que es el cambio de una identidad. Cuando lo está prohijando es: desvincúlate de aquello y ahora vincúlate con esto. Ya tú no eres de los hebreos, tú eres hijo de la hija de Faraón. Padre, a nuestros hijos, tarde o temprano, alguien los va a prohijar. Y lo que usted les enseñó que era bueno, ellos encontrarán otras influencias que son más grandes que usted, que les dirán que otras cosas son más buenas. Lo que usted entendía que era correcto, ellos encontrarán influencia —quizá la influencia de Egipto— que les va a decir que lo que en su casa aprendieron que era bueno, no es bueno.
En este versículo 10, hermanos, el trabajo de la mamá de Moisés terminó. Lo primero que hace la hija de Faraón es que lo prohija, le da una nueva familia, una nueva identidad. Pero después que lo prohija, le cambia el nombre. No sabemos; en la historia de los judíos, del pueblo como nación, hay tradiciones que dicen que el nombre hebreo de Moisés era Joaquín. No hay evidencia bíblica de eso, pero sabemos que el nombre egipcio que le pusieron fue Moisés. El nombre de una persona en el mundo antiguo tenía rasgos de su personalidad, rasgos de su carácter; manifestaba su identidad. Ahora ponen un nombre egipcio: tú te llamas Moisés.
Quizás cuando tus hijos vayan a la secundaria, tú comienzas a ver ese cambio en su cosmovisión. Es decir, antes me decían esto, ahora hago esto; antes esto era bueno, ahora lo bueno es lo otro. Ese cambio, hermano, esa lucha, esa tensión entre tu herencia hebrea y tu herencia egipcia, ¿quién va a ganar? Esa batalla, hermanos, ¿va a ganarla el imperio o va a ganarla una humilde mujer entre las hebreas? Lo que demostró la historia, hermano, es que la humilde mujer de entre las hebreas, por haber criado y haberlo hecho bien, superó la influencia del imperio.
Hay padres que se sienten atemorizados: “Ya mis hijos se me están yendo de las manos”. Yo les pregunto: “¿Usted sabe lo que usted hizo? ¿Lo hizo o no lo hizo? ¿Estuvo o no estuvo? ¿Formó o no formó?”. No: “Es que ya se van ahora, no sé lo que van a hacer”. El hecho de estar ahora asustado… porque aquí no vemos una mujer que está asustada, aquí vemos una mujer que entrega al muchacho con facilidad: “Aquí está, pónganle el nombre, pónganle el nombre. Digan que es hijo suyo. El asunto no es lo que yo quiero sino eventualmente lo que querrá él”. Y dice el libro de Hebreos que Moisés eligió identificarse con el pueblo del Señor antes que ser llamado hijo de la hija de Faraón.
Identidad, empatía y justicia en Moisés adulto
Pueden darle beneficio en Egipto, lo que quieran darle, hermanos, pero ese muchacho fue criado. Padres, por favor, no subestimen el poder que tiene la crianza. Esto es un privilegio, pero al mismo tiempo es un poder: criar hijos es darle una cosmovisión que puede hasta superar la cosmovisión de Egipto. Voy entonces al versículo 11. ¿Cuál fue el resultado de esta crianza? Cuando un padre llega a este momento, ya él no puede acompañar el trabajo; el trabajo se hizo.
Eso se parece a un niño que va a participar en los Juegos Olímpicos; él tiene un entrenador que está acompañando los primeros años, pero cuando él se ve ahí, en la competencia, el entrenador ya tiene que estar atrás. De hecho, hubo un caso ahí con esta atleta, una de las hermanas Williams, porque su entrenador le estaba dando instrucciones desde la banquilla y decía: “Eso es normal”. Y no es que el momento haya… Ya está sola. Si usted no la entrenó antes, no venga ahora a gritarle las instrucciones.
¿Cuántos padres andan gritando las instrucciones al niño, al niño que tiene treinta y cuarenta años? Así no. Yo los veo y digo: “Ahora no es momento de gritar las instrucciones, era cuando tenía diez, era cuando tenía siete”. “Mi hijo, casi no mi hijo”, y tú ves la ansiedad del padre que ve que el niño está haciendo lo que él no le enseñó. Es que el momento no es ahora; el momento era antes. Aquí tenemos a Moisés ahora solo, sin su mamá. Veamos cómo funciona Moisés solo, sin su mamá. Versículo 11 en adelante: “En aquellos días sucedió que, crecido ya Moisés…”.
Hay padres que tienen que reconocer que sus hijos ya crecieron. “Pastor, yo quiero que usted hable con mi niño”. ¿Cuántos años tiene el niño? Treinta y dos. “Y yo quiero que hable con él porque ese muchacho está tomando decisiones…” Uno puede, hermano, animar a un adulto, uno puede acompañar a un adulto, uno puede aconsejarle, sobre todo en la posición gravosa de darle un consejo a aquel que no lo ha requerido. Pero no podemos criar a un adulto. No podemos, hermano. No es que en esto seamos conductistas; hermano, nosotros creemos que el poder del Evangelio cambia en cualquier momento de la vida.
Pero entienda que el Señor le dio un privilegio. Usted tiene que reconocer: lo aprovechó o lo desperdició. Quizás lo primero que haya que hacer es reconocer: “Lo hice mal, no estuve con él”. Qué hermoso sería un padre que va a la presencia del Señor y dice: “Señor, ten misericordia de mi hijo, porque yo no estuve con él en los primeros años. Yo reconozco mi falta delante tuyo. Yo creo en el poder del Evangelio”. Pero qué triste es un padre que entiende que todo lo hizo bien y que está esperando los resultados de aquello que no hizo. Lo primero que debería hacer un padre que no estuvo presente quizás es reconocer, con limpia conciencia delante del Señor, que no estuvo ahí: “No lo hice, Señor”.
“En aquellos días sucedió que, crecido ya Moisés…” Ya no es Moisés de los brazos, sino Moisés ya un hombre, un hombre fornido, un hombre formado. “Salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos sus hermanos”. Oye, ese faraón tuvo dos desaciertos. Lo primero es que quería matar los niños, y viene su hija y adopta un niño. Y el otro desacierto es que después viene el niño adoptado y en vez de comportarse como un egipcio, se comporta como un hebreo.
Es que la formación es muy fuerte, hermanos queridos. Y aquí se cumple tanto el proverbio como lo que aparece en el Nuevo Testamento. Dice el Nuevo Testamento: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina y amonestación del Señor”. Y dice el libro de Proverbios: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Ah, eso es un proverbio, eso no está escrito en piedra. Sí, padres, hermanos, sí, pero sabemos que, a modo general, por norma general: instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.
Aquí aparece Moisés con su nombre egipcio, en medio de los egipcios, dentro de la familia real egipcia, pero comportándose como un hebreo. Él dice que vio que un egipcio golpeaba a unos hebreos, sus hermanos. Pero tú deberías tener satisfacción; tú eres el poderoso en esa cosa. Tú deberías decir que está bien: “Dale más duro”. Tú deberías ser tan despiadado como los egipcios. Tú eres parte de un imperio, de una civilización que mata a los niños al nacer. Tú deberías ver que un egipcio está golpeando a un hebreo, y eso debería producir en ti deleite: “Dale más duro. Ven que yo te ayudo a darle”. Pero él no tiene ese deleite; es que él no fue criado para la maldad, hermano, fue criado para la virtud.
Qué hermoso es un niño que ha sido criado para hacer las cosas correctas y, cuando tiene la oportunidad, aunque su padre no esté mirando, ahí está. La formación permanece, hermanos. Lo primero que él tiene es una identidad. ¿Cuáles fueron los resultados de la crianza que comenzaron a emerger en la segunda parte de su vida? La identidad: él sabía quién él era. Qué hermoso es un muchacho en la universidad que sabe quién es. “No, yo estoy aquí, pero yo sé quién soy; yo soy de los hebreos”.
En la universidad hay momentos donde se encuentra con todas las corrientes. Uno dice: “Wow, aquí está esto, aquello”, es como un gran mercado de ideas. Pero qué hermoso es una persona en la universidad que sabe dónde está parada. Él dice: “Yo sé quién soy; yo soy de los hebreos”. Lo otro que emerge, hermanos, es su sentido de empatía. Eso se cultiva desde la niñez. Qué triste está creciendo una generación de muchachos que no son empáticos. Empatía es la capacidad de colocarse en los zapatos del otro. ¿Cuántos muchachos al día de hoy no sienten nada ante el sufrimiento ajeno?
Moisés defendiendo a los débiles y encontrándose con Dios
Tú ves el dolor del otro y en vez de sentir carga, pena, angustia por el dolor del otro, sienten satisfacción. Esas cosas se aprenden en los primeros años; se llama empatía. En los primeros años aprenden identidad, quién eres. En lo segundo, empatía, que entiendas que el mundo no se trata de ti, que hay vida más allá de tu propio ser. Qué hermoso es un niño que ve a otros niños sufriendo y va, le pasa la mano. Yo me gocé compartiendo con unos niños en un cumpleaños el viernes pasado, y uno de ellos se cayó, y vino otro niño y le pasó la mano. Yo no le dije que le pasara la mano. Realmente él no podía hacer mucho por el golpe donde el otro se dio; se agachó y le pasó la mano en el tobillo.
Se llama empatía. Empatía es la capacidad de hacer tuyo el dolor de los otros. Lo que Moisés sintió fue que los vio en sus duras tareas. ¿Cuántas personas tienen al día de hoy… cuántos niños tienen una racionalización del dolor?: “Eso está bien, lo que pasa es que él no es de nuestra familia, a él hay que hacerle eso”. Te das cuenta cómo tratan desde a la trabajadora doméstica hasta a cualquier persona que les da un servicio en la calle, como si esa persona mereciera el maltrato. No es una cultura de agradecimiento, de empatía. Qué hermoso es un niño que en la casa hasta a la empleada doméstica quiere ayudarle: “Venga, es que yo ayudo, yo participo”. Que encuentra agradables esas cosas, eso es hermoso.
Hay padres que tienen que entender que para que eso suceda tienen que estar presentes, pero no sólo presentes; tienen que canalizarlo. Un niño te mira a ti en todo lo que tú haces, y cuando tú dices: “Sí, ayúdale, ayúdale, ayúdale”, qué hermoso es. “Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena. Al día siguiente salió y vio a dos hebreos que reñían; entonces dijo al que maltrataba al otro: ¿Por qué golpeas a tu prójimo?”. ¿Saben cómo se llama eso? Se llama justicia. ¿Y dónde aprendió Moisés justicia? ¿En Egipto? No, no. Él no lo aprendió en Egipto, lo aprendió en su casa, con su mamá.
Lo primero que aprendió: identidad, quién es él. Lo segundo que aprendió: empatía, sentir el dolor del otro como si fuera suyo. Lo tercero: justicia. “¿Por qué golpeas a tu prójimo?”. Oigan, qué difícil es enseñarle justicia a una persona que no tuvo en su casa una cosmovisión que celebrara la justicia. Es muy duro enseñarle justicia a un adulto que no fue, desde temprano, inculcado en su mente de que hay un sentido moral. Niños amorales no producen ciudadanos morales.
Qué desespero. Nosotros vivimos en un país donde todo el mundo dice que ama la justicia; aquí todo el mundo quiere dos sistemas. Quiero un policía que haga justicia y un policía que me dé el chance. Quiero un juez que haga justicia, siempre y cuando no se trate de mí. Quiero un político que sea correcto, siempre y cuando no haya que darme a mí algún tipo de favor. Escuchaba a dos políticos hablar y decían: “Pero es que los familiares de uno son lo primero que no nos dejan tranquilos, porque entienden que tú tomaste un trabajo y que esto es…”. Sí, es la verdad.
Esas cosas se aprenden desde temprano: la honradez, la justicia. Moisés aparece como un hombre con identidad, con empatía, con justicia, con una capacidad de defender y proteger a los débiles. Desde el versículo 14 en adelante: “Y él respondió: ¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Entonces Moisés tuvo miedo y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto. Oyendo Faraón acerca de este hecho, procuró matar a Moisés; pero Moisés huyó de delante de Faraón, y habitó en tierra de Madián. Y estando sentado junto al pozo, siete hijas que tenía el sacerdote de Madián vinieron a sacar agua para llenar las pilas y dar de beber a las ovejas de su padre. Mas los pastores vinieron y las echaron de allí; entonces Moisés se levantó y las defendió, y dio de beber a las ovejas”.
¿Dónde Moisés aprende que hay que defender a una mujer que le vienen a quitar lo que es suyo? De hecho, hay hombres al día de hoy que ven a otros hombres abusando de mujeres y, en vez de unirse a la parte de defender a la mujer para lograr el favor de los hombres, también abusan. Y tenemos que ver la desagradable escena de un hombre joven que ve un grupo de otros hombres, a veces agrediendo verbalmente con palabras soeces, con inmoralidad, a las mujeres; y en vez de decirle a los hombres: “Sean honorables, a las mujeres no se les trata de ese modo”, se unen a los hombres para no ser rechazados.
Moisés, siendo un errante, humanamente hablando, debía haberse unido a todos esos hombres, porque son los hombres que le pueden conseguir un trabajo; sólo los hombres le pueden dar protección. “Mas los pastores vinieron y las echaron de allí; entonces Moisés se levantó y las defendió”. ¿Y hacía qué? Tú quieres que esos pastores te den trabajo, tú estás pensando conseguir un oficio siendo errante, defendiendo la parte débil. Sí, eso se aprende también, hermano: que hay que defender a los débiles, aunque eso te agencie el rechazo de los fuertes. Eso se aprende temprano.
La cosa más hermosa que pasó con Moisés, hermano, está en el capítulo 3. Solamente lo leo: “Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto y llegó hasta Horeb, monte de Dios. Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema. Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre…”.
Medios de gracia en la crianza y oración final por las familias
“Yo soy el Dios de tu padre”. ¿Dios de quién? ¿De mi padre? ¿Quién es mi padre? ¿Faraón? El Señor está utilizando la identidad inicial que se dio a Moisés como un medio de gracia para darle ahora una relación personal con Él. “Yo soy el Dios de tu padre”. Él no tuvo problemas para saber cuál era el Dios de su padre: “Claro, mi padre hebreo. Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob”. “Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios”.
Esa identificación con el Dios de Abraham, él lo aprendió en su casa. Y ese temor a Dios, a un punto tal que él se cubre los ojos porque entiende que Dios es muy santo, también lo aprendió en su casa. Concluyo aquí diciendo que nosotros no podemos transferir nuestra fe a nuestros hijos. No podemos. No puedo hacerlo; no puede hacerlo ningún padre. Yo puedo incluir a los hijos en los amigos del Señor. El Señor puede alcanzar a mis hijos; mis hijos pueden tomar una decisión por el Señor, yo no puedo obligarlos, yo no puedo presionarlos.
Esta es la impotencia que tenemos los padres cristianos: nosotros podemos inculcar, pero sí podemos dar los medios para identificar y conocer al único Dios verdadero. Yo no puedo darle a mi hija la relación que yo tengo con Dios, pero yo puedo enseñarle que ese Dios inspiró su Palabra, que es la Biblia; que tiene una casa, que es la iglesia; que yo a ese Dios, yo particularmente, y su mamá, le servimos. Y eventualmente ese ejemplo que nosotros les dimos, el Señor podría utilizarlo para decirle: “Yo soy el Dios de tu padre”. Qué hermoso sería que a nuestros hijos el Señor pueda presentarse y decirles: “Yo soy el Dios de tu papá”.
Padre cristiano, nosotros no podemos convencer, persuadir, inculcar, hermanos, nuestras convicciones a nuestros hijos, pero podemos darles los medios para que identifiquen al Dios verdadero. Y qué hermoso sería si ese trabajo iniciara en la crianza: enseñar que hay un Dios, que hay una Palabra, que hay una iglesia. El Señor lo utiliza eventualmente como un medio de gracia para alcanzar a todos nuestros hijos. Sobre todo, hermanos queridos, que sigamos viendo la crianza como un gran privilegio. Oro por toda la iglesia, que el Señor les bendiga y que el Señor les ayude. Oro especialmente por los padres.
Luego, nuestro ministerio de adoración nos despide con alabanzas. Ahí donde están, poniendo su mano sobre una persona que tenga cerca, manifestando que estamos juntos, permítanme orar por todas las familias aquí congregadas.
Padre, gracias por cada familia congregada, pero sobre todo gracias por cada niño que hoy ha recibido instrucción en tu Palabra. Padre, mira estos padres que están aquí hoy, mira los abuelos que están aquí, mira los tutores, Señor, mira los tíos, mira los allegados a la familia, Señor, que podrían trabajar; permítenos estar conscientes, Padre, de que tú haces grandes obras en medio de nosotros. Alcanzas niños, Señor, y que esos niños alcanzan tus propósitos.
Padre, permite que cada padre y madre aquí congregada hoy pise un poco el freno y que entienda que estos son los momentos de estar con los suyos, que mañana no hay tiempo. Padre, cambia el orden de los valores; enséñales, Señor, que después de los cincuenta ellos pueden hacer patrimonio, pero que ya no habrá tiempo. Danos urgencias, Señor, en hacer lo que hay que hacer en este momento. Permite que esto, Señor, que con toda seguridad estuvo en el corazón de la madre de Moisés, esté en el corazón de todos nosotros, que somos padres que criamos por la misericordia del Señor y que tenemos una ventana de tiempo para hacerlo.
Bendice a cada padre, Señor, que está aquí hoy lidiando con hijos adultos que ya no pueden criar. Padre, permite que allí donde faltó formación familiar llegue el Evangelio. Permite, Señor, que aquellos padres que están aquí, que no tuvieron la información en el momento para hacerlo a la manera tuya, en este momento confíen más que nunca, Señor, en el poder del Evangelio. Permite, Señor, que haya pronto la historia de un hijo pródigo. Permite, Señor, que algún adulto sea alcanzado y que traiga gloria aún más grande a tu nombre.
Mira, Señor, sobre todo a la iglesia aquí congregada; mira, Señor, los matrimonios de esta iglesia que están criando; mira, Señor, mis hermanos que en este momento están agotados, Señor, que en este momento ven a otros ir más rápido y ellos por convicción van más lento. Dales constancia, Señor, dales en esto gozo, Señor, y sobre todo permite que sus ojos vean el fruto, que esos muchachos, Señor, sean de bendición para todos nosotros. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesucristo nuestro Señor.
Amén. Que el Señor les bendiga, les guarde. Nuestro ministerio de adoración nos despide con alabanza.