Que el Señor les bendiga, hermanos, amigos queridos, un gozo compartir siempre la Palabra del Señor. Les invito a que me acompañen en la sagrada Escritura y que estemos juntos en el Nuevo Testamento, en las cartas pastorales. Vayamos hasta la primera carta del apóstol Pablo a Timoteo, al capítulo cuatro. Y allí, en el capítulo cuatro, consideremos el último de los versículos. Pueden ponerse un momento sobre sus pies para que leamos este versículo de la Palabra del Señor.
Frecuentemente tengo textos más amplios para exponer y traer entendimiento a la iglesia. Hoy, por el contrario, lo que pretendo es exhortarles y para esto me auxiliaré de un solo versículo de la Palabra del Señor, tratando, con la ayuda del Señor, de tener en nuestra iglesia en esto un punto de transición.
En la primera carta de Pablo a Timoteo, en el capítulo cuatro, en el versículo 16. Primero lo leeré yo para todos ustedes y después les pediré que todos juntos también lo hagamos. Leo la Palabra del Señor, primera carta de Pablo a Timoteo, capítulo cuatro, versículo 16:
Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren.
— 1 Timoteo 4:16
Podemos ahora, todos juntos, hermanos, leer este mismo versículo: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren”. Pueden sentarse, hermanos, amigos queridos.
Pretendo desde este único versículo del Nuevo Testamento mostrarle a la iglesia tres asuntos diferentes. En primer lugar, quisiera mostrarles dos aspectos en los cuales es esperable que un siervo del Señor tenga un cuidado especial. Luego de mostrar esos dos aspectos en los cuales todo siervo del Señor debería tener un cuidado especial, quisiéramos, desde el mismo texto, ver la necesidad de persistir en esos asuntos, no solamente intentarlo una vez o darlo por hecho, sino insistir, insistir e insistir. Y después de mostrar la necesidad de persistir, terminaré mostrando el fin que obtendremos cuando lo hagamos.
Hoy tengo, hermano, el caso por delante de esos momentos donde uno es humillado por la Palabra del Señor, y aquí es que uno puede constatar que quien expone la Palabra del Señor no está exponiendo su propia agenda. Si enseñara yo a este pueblo aquellas cosas en las cuales yo mismo me sentiría cómodo, en las cuales yo mismo ya he podido alcanzar el estándar del Señor, no estaría predicando todo el consejo del Señor. Predico un texto que me humilla en más de un sentido, en el cual he estado luchando yo mismo por hacer aquí la voluntad del Señor.
Lo que he entendido es que nosotros somos un pueblo, y que frecuentemente, donde una parte del pueblo está luchando por hacer la voluntad del Señor, es esperable que la otra parte del pueblo también luche. Digo esto porque he concluido que el cuidado de nosotros mismos, hasta este momento de nuestra historia como iglesia, no ha sido aquello que nos caracterice. De nosotros se podrían decir muchas cosas que el Señor ha hecho, pero todavía una tarea pendiente, hermanos queridos, es poder hacer la obra del Señor en medio de reposo, en medio de previsión, en medio de un cuidado acerca del instrumento.
De hecho, en este año lo que he sentido es que si no pisábamos un poco el freno como iglesia, nos íbamos a quemar. Dice nuestra introducción que el cuidado que el siervo del Señor debe tener de sí mismo es tan importante como cuidar de la sana doctrina, y en algunos sentidos, un asunto prioritario.
El orden del mandato: primero tú mismo, luego la doctrina
El apóstol Pablo, cuando estuvo alentando a Timoteo en diferentes aspectos de lo que incluye este cuidado —esto es, su estado de ánimo, sus diferentes responsabilidades, sus relaciones y también su cuerpo—, concluyó recomendándole persistir, esto es, insistir reiteradamente en estos asuntos para salvarse a sí mismo y a quienes él servía. Es posible tener la doctrina correcta mientras se tienen otras áreas en un abierto descuido. Pero ese no es el camino a la piedad y, por el contrario, podría causar gran daño personal y también daño colectivo.
Hoy estaremos tomando el mismo consejo para integrarlo en la vida de nuestra iglesia. Por favor, hermanos queridos, mientras expongo este versículo del Nuevo Testamento, piensen que estoy alentando a que, como iglesia, todos nosotros nos envolvamos en una transición al respecto.
Comenzaré demostrando dos asuntos para cuidar especialmente. Le decía el apóstol Pablo, en primer lugar, a Timoteo: “Timoteo, ten cuidado de ti mismo y de la doctrina”. Pero llama la atención el hecho significativo de que el apóstol Pablo primero apuntara la atención de Timoteo a sí mismo antes de poner su atención en la doctrina. No es: “Timoteo, cuida la doctrina y si te alcanza tiempo, cuídate a ti mismo”, sino: “Timoteo, cuídate a ti mismo y también cuida la doctrina”.
Un gran daño que ha sufrido el pueblo evangélico al respecto de esto es que tenemos congregaciones que doctrinalmente están correctas, pero todavía no son caracterizadas por la piedad, porque se descuidan los asuntos prácticos. Esto es significativo porque se ve que el apóstol Pablo está alejando a Timoteo del camino que habían transitado anteriormente los filósofos.
¿Qué era lo que hacían los filósofos? Instruían a las personas acerca de un cuerpo de conocimiento, pero ellos mismos no aplicaban aquellas cosas que predicaban. Le está diciendo el apóstol Pablo: “Timoteo, no solamente crezcas en la doctrina, sino ten cuidado de ti mismo”, y justo antes le ha dicho —y les digo que— que su aprovechamiento del Señor se haga manifiesto, se haga muy evidente.
Hermanos queridos, el camino que queremos transitar como iglesia no es ser una iglesia solamente doctrinalmente correcta. Queremos ser una iglesia piadosa, una iglesia que tenga cuidado de sí misma y también de la doctrina. Es evidente que Pablo está evitando que Timoteo se dedique, entre las iglesias que estaban a su cuidado, solamente a dar recetas —esto es, “hagan, vivan, consideren”— y que él mismo se mantenga al margen de la enseñanza. Le está diciendo: “Ten cuidado de ti mismo, aún antes de cuidar de las personas que el Señor ha colocado en las iglesias a las cuales yo te estoy enviando”.
Hermano querido, nosotros tenemos una responsabilidad solemne de instruirnos los unos a los otros, de animarnos los unos a los otros, de avivar la llama de la pasión por el Señor los unos a los otros, pero para que estos “unos a los otros” tengan sentido y significado, primero tenemos que hacerlo con nosotros mismos. Será imposible que como iglesia podamos ayudar a alguien más a vivir una vida piadosa si nosotros no tenemos cuidado de nosotros mismos.
Quizás el apóstol Pablo está evitando que Timoteo delegue en otros la tarea de su cuidado personal. Lo que está diciendo es: “Timoteo, sé responsable tú por ti mismo”. Ay, hermanos, muchos instrumentos pueden ser enviados por el Señor para bendición de tu alma, pero ningún instrumento puede reemplazar la tarea solemne que tenemos todos nosotros de tener cuidado de nosotros mismos. Al respecto, hermano, de tu cuidado espiritual, ¿de quién depende? Lo que está diciendo aquí a Timoteo, que pudo habérselo dicho, pero no se lo dice, no es: “Timoteo, déjate cuidar”, lo que le dice es: “Ten cuidado de ti mismo”.
Lo que he visto en mi experiencia pastoral y también en mi experiencia como un cristiano durante muchos años es que es más fácil cuidar de los otros que cuidar de nosotros. Es más fácil tener una alta alarma acerca de los pasos que dan nuestros hermanos que cuidar nuestros propios pasos. Es más fácil considerar el desvío en la vida de los otros que poner la luz en nosotros mismos.
Pablo le estaba diciendo a Timoteo: “Timoteo, antes de intentar cuidar a la iglesia, su doctrina, cuídate a ti mismo. Trata de tener en ti mismo las cosas correctas”. Hay algunos ejemplos en este mismo capítulo, que es el capítulo cuatro de la primera carta de Pablo a Timoteo, de asuntos relativos a sí mismo, a sí mismo, en los cuales Pablo le dijo a Timoteo que prestara atención.
Por ejemplo, en el comienzo del libro, en el capítulo 1, el versículo 4, él le dice que evite las discusiones infructuosas. Estos son asuntos que dañan las relaciones. Él dice: “Timoteo, ten cuidado de ti mismo”, y apunta ahí. ¿Cuántos son los hermanos nuestros que en asunto doctrinal ya están “ok”, pero todavía son perfectamente necios cuando discuten asuntos de doctrina? Participan en discusiones infructuosas que no llevan a ninguna parte. Hermano querido, por favor, tenga cuidado de sí mismo también en eso.
Le decía en el versículo 7 de este mismo capítulo: “Ejercítate para la piedad, porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha”. Ten cuidado de ti mismo ejercitándote, capacitándote para la vida piadosa. Dice en el versículo 15 que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Es interesante, hermano, porque lo que le están diciendo a Timoteo es: “Timoteo, no es que lo que tú sabes de las sagradas Escrituras todo el mundo quede impresionado”, no. Lo que le está diciendo es que tu aprovechamiento personal de las Escrituras sea evidente para todos tus hermanos.
Y aquí es que hace sentido que “haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren”. Lo que está buscando el apóstol Pablo no es que Timoteo sea reconocido como el más grande maestro de su tiempo, como el hombre de más altas luces. Lo que él está buscando es que Timoteo tenga cuidado de sí mismo y que su aprovechamiento en el Señor sea manifiesto.
Cuidado de relaciones, juventud y cuerpo: visión integral del discípulo
Hermano, tener cuidado de nosotros mismos es la tarea principal. No se quedó solamente en el terreno intelectual. El apóstol Pablo le recomendó también que tenga cuidado con sus relaciones. Le dio instrucciones al respecto de cómo relacionarse con los ancianos, con las ancianas, con las más jóvenes. Trata de evitar el apóstol Pablo que la juventud sea un estorbo para Timoteo, sobre todo en el campo de las emociones.
Dice el versículo 12 del capítulo cuatro —y aquí hago referencia al pasaje conocido—: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza”. Ten cuidado de ti mismo. Y si le parece que todo esto, hermano, ya es suficientemente abarcador, el apóstol Pablo también le recomendó a Timoteo que cuidara de su cuerpo, y en el versículo 23 del capítulo siguiente le dice que, por asuntos de salud, trate de no beber agua corriente. Y uno dice: “Pablo, ¿qué tiene que ver que vengas a hablar de la situación estomacal de Timoteo si lo que estamos hablando son de los asuntos excelsos, la doctrina cristiana?”. Hermano querido, el cuidado del cuerpo también compete a tener cuidado de nosotros mismos.
Quiero dar una perspectiva abarcadora acerca de lo que es ser un siervo del Señor. Dice el mismo apóstol Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses, capítulo 5, versículo 23:
Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.
— 1 Tesalonicenses 5:23
Quisiera transmitir a mi iglesia la necesidad de tener una perspectiva más integral de lo que es ser un discípulo de Cristo. Un discípulo de Cristo no compete solamente al intelecto, no compete solamente a lo cerebral. Ser un discípulo de Cristo es una experiencia completa que tocará todas las áreas de tu ser. Y a la luz de la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses, capítulo 5, versículo 23, el ser completo de un ser humano compone cuerpo —esto es, la parte física—, alma —esto es, la parte inmaterial que podría estar englobando desde las emociones hasta nuestro intelecto— y dice también “espíritu”, que es la parte trascendente, lo que el Señor sopló en nosotros.
Hermano querido, como cristianos, tener cuidado de nosotros mismos no se trata solamente de tener la doctrina correcta en la mente. Se trata de tener las emociones correctas, se trata de tener una vida completa que, en todos sus aspectos, anuncie, hermano, que tenemos una nueva perspectiva. Veo aquí que para cuidar bien de nosotros mismos debemos vernos como seres integrales. De hecho, si estas tres partes pueden ser santificadas, como dice el apóstol Pablo —es decir, separadas para Dios—, como cristianos deberíamos buscar la manera de incluir todas estas partes en el discipulado.
He descubierto, hermano, a la luz de esta porción de la Escritura, que para nosotros ser exitosos en hacer la voluntad del Señor tenemos que cuidar no solamente la doctrina; tenemos que cuidar la doctrina y nosotros mismos como seres integrales. Aplicaré esto dentro de un momento.
Aspectos, por ejemplo, que la Escritura en más de una porción de la misma nos recomienda, y frecuentemente podemos pasar de largo sin considerarlos, son el cuidado de los bienes, el cuidado del tiempo, del reposo, y el cuidado de las relaciones. Si una persona va a ser un discípulo de Cristo útil, no solamente será un discípulo de Cristo útil porque tiene el cuidado de la doctrina. Será un discípulo de Cristo útil porque tiene un cuidado de cada una de esas tres cosas.
Por citar uno, hermanos queridos, hablemos acerca del cuidado del cuerpo a través del reposo. Usted encontrará en toda la Escritura que quien no reposa no puede glorificar al Señor. De hecho, hermano, una de las primeras cosas que el Señor estableció por ley desde la antigüedad fue el reposo. ¿Qué es el reposo? Es la capacidad de trabajar para el Señor, glorificarle y después hacer una pausa. Una persona que no ha reposado frecuentemente se convierte en una persona que es irritable, una persona que comete gran cantidad de errores y una persona que no honra bien sus compromisos. “Ten cuidado de ti mismo, Timoteo” quizás incluya también el hecho de cuidar de su cuerpo. ¿Por qué? Porque cuidar nuestro cuerpo es conducente a que glorifiquemos al Señor en las otras cosas.
El daño del agotamiento y la importancia del reposo
Hermanos, hay trabajos para los cuales a las personas se les prohíbe trabajar tanta cantidad de horas consecutivas, porque se ha entendido que una persona que no ha reposado no está apta para hacer ese trabajo. Yo he llegado, hermanos, al convencimiento de que la falta de reposo le hace más daño a la iglesia local que la herejía. Un hermano cansado es un peligro entre nosotros. Usted dirá: “Este es un hermano que tiene la doctrina correcta, es un hermano que ama las Escrituras”. El asunto es que siempre está cansado. Y cuando una persona está cansada, con facilidad explota, con facilidad es una persona voluble, con facilidad pierde la paciencia.
El daño que hace el cansancio es como un tiro expansivo, y uno dice: “Guau, pero esta persona podría explicar la doctrina de la soteriología con lujo de detalle, podría diseccionar la Escritura en todas sus partes”. El asunto es que hace unas jornadas que la doctrina le sirve de a poco, dada la condición de su cuerpo. “Timoteo, ten cuidado de ti mismo y de la doctrina”.
Dice Proverbios, capítulo 19, versículos 2 y 3:
El alma sin ciencia no es buena, y aquel que se apresura con los pies peca. La insensatez del hombre tuerce su camino, y luego contra Jehová se irrita su corazón.
— Proverbios 19:2–3
Tres cosas, hermano, que hace apresurarse con los pies: lo primero que hace es que te lleva a pecar; lo segundo que hace es que tuerce tu camino; lo tercero que hace es que te irrites contra Jehová.
La primera pregunta que yo hago en mi consejería pastoral es esa, hermano: “¿Cómo está tu descanso?”. Una persona viene a la reunión pastoral frecuentemente porque piensa que tiene un problema doctrinal, que tiene un problema espiritual profundo, y quizá el problema básico que tiene es la falta de sueño. “Hermano, ¿cómo dormiste? ¿Cómo está tu cuerpo?” Son las preguntas principales que deberíamos estar haciendo.
Una persona que no ha reposado tendrá muchas dificultades para adorar al Señor. Yo les he predicado de esto en otros años: qué he visto como pastor que son los asuntos conducentes a que el pueblo esté con gozo en la presencia del Señor. Y les diré: uno de los asuntos que son conducentes a que el pueblo esté con gozo en la presencia del Señor es que ese pueblo reposó. Un pueblo cansado no se enfoca, un pueblo cansado madura menos, un pueblo cansado no percibe del mismo modo la presencia del Señor. Quizás por eso dice el salmista: “Estad quietos, y reconoced que yo soy Dios”.
Ten cuidado de ti mismo, Timoteo, y de la doctrina también; pero primero ten cuidado de ti mismo. Hermano, el instrumento que nosotros tenemos para glorificar al Señor en esta tierra es el cuerpo, y el descuido en el cuerpo vendrá a menguar nuestro resultado en nuestro trabajo para el Señor. Una persona que no ha reposado no puede criar bien. ¿Han visto un padre irritado tratando de disciplinar a un hijo? Uno dice: “¿Qué porcentaje de esa reprensión se podría atribuir a la indisciplina del hijo y qué parte proporcional de esa reprensión se le podría estar atribuyendo a la situación de cansancio que tiene ese papá?”. Una persona que está cansada no cría.
Y una persona que está cansada tampoco glorifica a su empleador. ¿Cómo podemos nosotros hacer un trabajo, para el cual se nos está dando la justa recompensa en esta tierra, si nuestro cuerpo no está en condiciones óptimas? “Timoteo, ten cuidado de ti mismo y después de tu doctrina”.
¿Qué aspectos, hermano querido, no deberíamos incluir en este cuidado de nosotros mismos? Tantas cosas incluyó el apóstol Pablo, pero yo podría resumir tres que, si uno logra esas tres cosas, creo que está en mejor condición de glorificar al Señor. Hermano, si podemos incluir en nuestro cuidado el reposo, si podemos incluir en nuestro cuidado tener un presupuesto, si podemos incluir en nuestro cuidado tener una agenda, yo creo que estaremos en mejores condiciones de glorificar al Señor.
Este hermano, como que yo siento que no tiene gozo; él quizá pueda conseguir gozo. El problema que tiene es un problema de agenda. Trate de imaginarse, hermano, porque tengo un lugar donde usted se ha sentido que su cuerpo toma una parte tremenda, tengo otro lugar, esa bifurcación donde usted dice: “Guau, tenía tres compromisos en tres días, y asumí los tres. Y estoy aquí, pero con un sobresalto, y mi mente no está ahí”. Hermano querido, tú estás aquí con tu cuerpo, pero tu mente está en otra parte.
Reposo, presupuesto y agenda, yo creo que podrían marcar una gran diferencia. Estaríamos cuidándonos a nosotros mismos y estaríamos en mejor capacidad de hacer la voluntad del Señor. Doy algunas preguntas, hermano, para que vean cómo esto funciona.
Correlaciones prácticas: ira, avaricia, finanzas y descuido espiritual
Traten de recordar la última vez que tuvieron un brote de ira, que ustedes dijeron: “Guau, la verdad es que ahí se me salió la carne, operé según la carne”. Frecuentemente ese era el mismo momento cuando usted tenía agotamiento físico. Uno dice: “¿Qué es lo que pasó? Como que se me fue el temperamento de las manos”, porque notaba una posesión de sosiego y de reposo disminuida.
¿Cuándo fue la última vez, hermano querido, que la avaricia tomó ocasión en su corazón? Quizá fue el mismo momento en que usted tenía una crisis financiera. De hecho, he visto en mi consejería pastoral, hermanos queridos, asuntos que están correlacionados. No hagamos esto una ley, porque yo no soy la Palabra del Señor. Solo digo que esto es mi experiencia pastoral. Pero miren las correlaciones que yo he podido ver.
Miren, hay una correlación directa entre los desórdenes financieros y la infidelidad. Casi en el 100% de casos de infidelidad hay problemas financieros. Y uno dice: “¿Por qué tiene que ver esto?” Es que los problemas financieros llevan a las personas a un estado de agotamiento físico que termina buscando un desahogo carnal. De hecho, lo mejor que podría hacer una persona para cuidar su matrimonio, la integridad sexual de su matrimonio, es quizá tener cuidado de su presupuesto.
Yo he conocido pocos casos de infidelidad donde no medie situaciones de tensión financiera. Asuntos que he visto, hermano: casos de indisciplina, de pereza y de asuntos inconclusos frecuentemente están correlacionados con descuidos en el cuerpo. Y usted dice: “¿Qué tiene que ver eso?”. Trate de imaginar el momento de su vida donde tuvo una mejor condición física y se dará cuenta de que era más efectivo en concretar las cosas que comenzaba.
Frecuentemente he encontrado que la falta de gozo está correlacionada con un descuido de los asuntos espirituales. Y se vuelve un círculo vicioso donde usted tiene cada vez menos gozo y cada vez menos estímulo para participar de las disciplinas espirituales. “Ay, pastor, yo siento como que no, yo me veo como sin gozo, no siento el gozo, no siento la presencia del Señor”. Hermano, ¿cómo está la oración, la lectura de la Palabra? “No, yo no tengo ni siquiera deseo de orar”. Es la correlación.
Correlaciones, hermano, he visto que frecuentemente el estancamiento espiritual tiene que ver con el descuido de nuestro servicio para el Señor. Alguien se envuelve en los asuntos de la vida, deja de tener cuidado de sí mismo en ese sentido, y así mismo usted ve cómo espiritualmente se ve estancando. Por eso le dijo el apóstol Pablo a Timoteo justo en los dos versículos antes:
No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía, con la imposición de las manos del presbiterio. Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos.
— 1 Timoteo 4:14–15
Un hermano que descuida el don que el Señor le ha dado y su servicio al Señor frecuentemente es un hermano que se estanca espiritualmente. “Ten cuidado de ti mismo, en primer lugar, y en segundo lugar de tu doctrina”.
Lo que hay detrás del descuido de uno mismo, hermano querido, son asuntos que también pueden ser identificados. De hecho, el Señor expresó de qué se trataba eso. Lo que hay detrás de un pobre cuidado de uno mismo es una pobre comprensión de lo que es el Evangelio. ¿Por qué corremos de un lado al otro, hermano? Porque todavía no hemos llegado a entender cabalmente lo que significa nuestra salvación.
Si por un momento tú pudieras realizar que Cristo ya lo logró todo por nosotros, si por un momento tú pudieras realizar que ya no hay nada, ningún mérito, ningún logro que podamos agregar a la salvación de Cristo, de hecho, mientras más brille la salvación de Cristo en nuestro corazón, más disponible quedamos nosotros para otra cosa. Lo que tiene esto, donde tiene todas estas cosas sus raíces, es en una pobre comprensión del Evangelio.
¿Qué hay detrás, hermano, de un pobre cuidado de nosotros mismos? Frecuentemente hay un temor al rechazo, un temor a los hombres, una búsqueda de la validación social, de demostraciones. Lo que hay detrás de un pobre cuidado de nosotros mismos es una falta de confianza en el Señor, un temor y una ansiedad.
En Lucas, el Señor describió primero una parábola y después dio una exhortación. La parábola que dio es aquella parábola muy conocida de un hombre cuya cosecha fue buena y amplió sus graneros, y el Señor le dijo: “Necio, vienen a pedirte tu alma”. Y justamente después de esa parábola, el Señor dijo que si el Señor cuida de las aves cuidará también de nosotros.
Hermano, para llegar a tener cuidado de nosotros mismos deberíamos llegar a confiar en el poder del Evangelio, lo que el Señor ha provisto para todos nosotros.
Cuidar la doctrina: resumen bíblico y reemplazar filosofías previas
La segunda parte: él dice que tengamos cuidado de nosotros mismos y, lo segundo, de la doctrina. Bueno, tengo que, para exponer el texto, mencionar la doctrina, pero solamente daré recomendaciones generales acerca de cómo cuidar la doctrina del Señor. La doctrina, hermano, es lo que sabemos, lo que creemos, aquellas cosas que ya nosotros damos por ciertas.
Quiero darle a la iglesia también aquí un punto de transición. Hasta este momento, como iglesia, hemos crecido un poco en nuestro conocimiento del texto bíblico, de las historias, pero un creyente no solamente debería poder narrar las narrativas de la Biblia, los personajes, las historias, haber leído todos los libros. Un creyente también debería crecer en el resumen de aquello que ha estado leyendo. Se llama eso doctrina: es un resumen de nuestra comprensión de las Escrituras.
Una cosa es usted saber de qué se tratan las cartas pastorales, y otra cosa es tener la síntesis de quién es Dios, de qué es nuestra salvación, de qué es el hombre a la luz de la Escritura, de qué es la iglesia. Usted puede ver en el texto bíblico descripciones de cómo funciona una iglesia, pero también debería resumir lo que usted cree acerca de la iglesia. Una cosa es crecer en una comprensión del texto y otra cosa es sintetizar el texto.
Creo que aquí hay una gran oportunidad para nuestra escuela bíblica. Quizá en los próximos años lo que deberíamos hacer es tomar un tiempo para no tanto dar las historias bíblicas, historia por historia, sino dar por lo menos un compendio, un resumen de las principales doctrinas de la iglesia cristiana.
¿Debería saber, por ejemplo, quién es Dios para ti a la luz de la Escritura? ¿Qué es el hombre? ¿Qué es la salvación? ¿Qué es la iglesia? Y poder sustentar todas esas cosas bíblicamente. Ten cuidado de ti mismo en primer lugar y después de la doctrina.
¿Cómo podemos cuidar la doctrina? Quizás, hermano, convendría tomarse un tiempo para resumir lo que sabemos de cada una de las doctrinas bíblicas, con un nivel de seguridad. “¿Qué tanto yo conozco ahora mismo sobre Dios? ¿Quién es Dios después de haber leído la Escritura, después de haber leído los Evangelios, después de haber leído el libro de los Hechos, las cartas pastorales, después de haber visto el Antiguo Testamento? Ahora, ¿cómo resumo quién es Dios?”
Después, tómese el tiempo de revisar si usted puede sustentar esas cosas desde la Escritura misma. Que usted pueda decir: “Yo creo que Dios es bueno por esto; yo creo que Dios es santo a la luz de este texto”. Tener ese sustento, hermano querido, es algo que nos da mucha fortaleza.
Consideren también que antes de venir a Cristo todos ustedes tenían alguna filosofía de vida que es muy probable que todavía continúe operando. Tener cuidado de la doctrina, hermanos, es ver si realmente nuestra vida está sustentada en la doctrina cristiana o todavía tenemos un 80% de doctrina cristiana y un 20% de otras cosas. Hay una lucha en nuestro corazón, hermano, por tomar espacio en nuestro conocimiento, y un cristiano debe ser lo suficientemente diligente para rechazar su conocimiento anterior y reemplazar esto por conocimiento de la Palabra del Señor.
Son muchos los creyentes, por ejemplo, que todavía siguen teniendo un marco de referencia que es mágico-religioso. Hay otros que todavía tienen filosofía popular. Hay muchos otros en los cuales todavía opera el positivismo. Todas estas filosofías a veces tratan de convivir con el entendimiento doctrinal que tiene un cristiano. Por eso, hermano, necesitamos cuidarnos a nosotros mismos y también tener cuidado de la doctrina.
He estado mostrando, en primer lugar, estos dos aspectos en los cuales deberíamos tener especial cuidado: primero cuidado de nosotros y después un cuidado de nuestra doctrina. Permítanme mostrar ahora la necesidad de persistir.
Persistir en el cuidado: lucha, incomodidad y no conformarse
Como dice el versículo 16 —estoy ahora justo después del mandato—, decía el apóstol Pablo: “Persiste en ello”. Es interesante que no le dice “hazlo”, sino “persiste”. El apóstol Pablo sabía que Timoteo iba a necesitar intentarlo más de una vez.
Hermanos, hay asuntos en la vida cristiana que necesitan más de un intento, y es necesario que en nuestro corazón presupuestemos más de un intento. Usted debe resolver en su corazón hoy, decir: “Yo voy a tratar de tener un mejor cuidado de mí mismo y de mi doctrina, y voy a persistir en eso”. Lo que significa persistir es insistir, insistir e insistir.
¿Por qué persistir? Había razones para persistir. Tenía que persistir, hermano, porque cuidar de nosotros mismos y de nuestra doctrina es una tarea ardua, y es especialmente difícil allí, en aquellas áreas de nuestra vida donde nosotros no somos fuertes. Todo el mundo tiene áreas en el discipulado cristiano donde crece con facilidad, y áreas, hermano, donde uno dice: “Bueno, yo sigo esperando”.
Persiste, hermano, persiste. Lo que le está diciendo es: “Timoteo, yo sé que algunas de estas cosas, de estas recomendaciones prácticas que yo te he hecho, para ti no serán sencillas; pero por favor, no solamente lo intentes. Inténtalo, inténtalo y vuelve a intentarlo. Persiste en esto”.
Les he estado mostrando, hermanos queridos, por ejemplo, la necesidad de tener una agenda. Yo sé que para muchos de ustedes, igual que para mí, estas cosas no son cómodas. Estas cosas son gravosas, no son fáciles. Pero como cristianos, más allá de nuestra comodidad, nosotros queremos persistir en ese asunto. Queremos tener cuidado de nosotros mismos.
Sé que para muchos de mis hermanos quizá tener un presupuesto y saber hasta dónde pueden gastar no sean asuntos cómodos, y tú dices: “Guau, yo hice el presupuesto, pero ahora tengo que volver”. Hermano, persiste, persiste, persiste.
Yo sé que entrar en reposo, para muchos de mis hermanos, hay casi que amarrarlos. Son hermanos que, si fuera por ellos, se mueven, se mueven y se mueven, y dicen: “Guau, qué lucha me da a mí reposar”. Hermano, no intentes reposar, persiste. De hecho, a mí no me preocupa tanto el hecho de que tengas asuntos pendientes en cualquiera de esas áreas. Me preocupa que mi iglesia deje de luchar.
Yo no tengo tanta preocupación por que haya un cristiano que de momento haya sido desordenado en cualquiera de estos aspectos prácticos de su vida. Mi preocupación es que un creyente deje de luchar. Hermano, persiste. Eso es: insiste, insiste, insiste hasta que lo logre. Y cuando lo logre, siga insistiendo, porque si deja de insistir, entonces así mismo retrocede.
Hablaba con unos amigos en días pasados, y les decía: “Qué difícil es ser discípulo de Cristo”. Miren, cuando uno logra tener dominio de una disciplina espiritual, con frecuencia se le cae el presupuesto. Y cuando uno le dice a esa tabla de Excel: “Voy para ti, ahora voy con presupuesto”, y uno logra tener cuidado del presupuesto, entonces descuida la oración. Dice: “Guau, pero me estoy llenando de libras, estoy sin reposo, vamos a reposar”. Cuando usted logra tener una disciplina, el otro aspecto entonces dice: “Ok, ahora también hay que atender el ministerio”.
Hermano, en estas cosas hay que insistir, insistir, insistir, porque en este mundo caído las cosas que una vez se hicieron hay que volver a hacerlas. Las cosas no quedan en “ok” para siempre, sino que hay que ser persistente.
Era necesario persistir porque esta tarea es una tarea dinámica. Yo no conozco a nadie, por ejemplo, que en la disciplina de la oración, en todos los momentos de su vida, vaya en velocidad crucero. Yo conozco hermanos que persisten en la oración. Hermano, y cuando han persistido en la oración, tú les dices: “¿Ya eso te sale solo?”. Persiste.
Yo no he conocido hermanos que en asuntos doctrinales tengan un crecimiento lineal. Estos son como subidas y bajadas. Hay años donde uno dice: “Yo creo que he crecido en conocimiento de la voluntad del Señor ampliamente”. Hay años que uno siente que son áridos. Persiste, hermano, persiste, porque esto no es lineal.
Además, una razón poderosa para llamarnos a persistir es que estos son asuntos relativamente privados. Hermano, hay áreas de su vida donde usted puede ser abiertamente negligente durante décadas y sus hermanos ni siquiera lo notan, pero el Señor lo ve. Pablo está diciendo: “Persiste”, porque estas cosas tú sabes que están en tu corazón, pero con facilidad la gente no las nota. Entonces es necesario que tú tengas cuidado de ti mismo al respecto de eso.
Me muevo un momento, hermano: tenemos que persistir porque estos son asuntos que no son necesariamente pecaminosos. Y como no son necesariamente pecaminosos, no tienen el mismo sentido de urgencia. Una mala actitud, a veces, no es directamente pecaminosa, aunque conduzca al pecado.
La apatía, por ejemplo, son actitudes que campean en medio de la iglesia, y cantidad de creyentes son apáticos. Y uno dice: “¿Y eso es pecado?”. No, no ser tan entusiasta no es pecado, pero esa apatía podría ahogar el gozo del Señor en ti.
La indisciplina, hermano, en los asuntos financieros. El hermano te va a decir: “No, pero yo honro mis compromisos, aunque sea en el último momento”. Pues, hermano, es verdad que estás honrando tu compromiso, pero qué hermoso sería tener un poquito más de previsión.
Y la agenda, hermano, yo sé que usted se puede preguntar: “¿Y eso es pecaminoso, tener muchos compromisos?”. No, no es pecaminoso. Usted podría argumentar que tener cuatro trabajos no es, bíblicamente hablando, pecado. Hermano, quizá hasta parezca diligente. Pero he visto que de la diligencia a la negligencia hay una corta frontera.
Persista en todas estas cosas porque quizás no sean pecaminosas, pero después te llevan a pecar. Si quieres poner una alarma, hermano, las evidencias de que no estás persistiendo es que te conformaste. Llega un momento en que dices: “Ya, suficiente”.
Tú te das cuenta de que te conformaste cuando dices: “Es que yo soy así”. De hecho, hay hermanos que no solamente se conforman, sino que hasta lo racionalizan. Dicen: “No, es que Dios me diseñó así”. Hermano, no racionalice la maldad, que eso no es bueno. Persiste, persiste, persiste. No bajes el estándar.
En primer lugar, ten cuidado de ti mismo y después de tu doctrina; después, persiste en eso. Lo tercero es el fin que obtendremos.
La salvación en lo práctico: libertad, orden y testimonio
Dice el apóstol Pablo: “Persiste en ello, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren”. Quiero darles una perspectiva de esto, hermano, porque uno dice: “Pero Timoteo… si Pablo está escribiendo a Timoteo, oiga, Timoteo era salvo. ¿Cómo que ‘te salvarás a ti mismo’?”
Yo quisiera, hermano, que ustedes tengan una perspectiva completa de la salvación que Cristo nos ofrece. La voluntad del Señor para su pueblo no es solamente que nosotros seamos justificados, hermanos, de nuestro pecado. El Señor también quiere darnos una completa libertad. Es posible que un creyente ya tenga la justificación delante del Señor, o sea, que ya tiene salvación, ya su vida está segura en el Señor, pero todavía esté lidiando con cantidad de prácticas torcidas.
Cuando el apóstol Pablo le dice a Timoteo que “haciendo esto se salvará a sí mismo”, lo que está diciendo es: “Timoteo, cuando tú hagas estas cosas vas a poder experimentar no solamente la esperanza de tu salvación —porque el Señor te justificó, el Señor limpió tus pecados—, también vas a llegar a experimentar una completa libertad”.
Hermano, yo quisiera que ustedes lleguen a entender a cabalidad lo que significa su salvación. El Señor no nos salvó solamente para que tengamos vida eterna y esperemos que un día estaremos glorificados en su presencia. El Señor también quiere darnos victoria en los asuntos prácticos de la vida. Un creyente está llamado no solamente a tener la esperanza gloriosa; un creyente también está llamado a vivir con la libertad gloriosa de los hijos del Señor.
La salvación de un creyente no solamente incluye darle una esperanza eterna, también incluye darte sosiego, darte reposo, darte gozo, darte tranquilidad. Y son esos los asuntos que anuncian nuestra salvación y que se convierten en un testimonio para los que no han creído. Si nuestra salvación fuera solamente el perdón de nuestros pecados, “esperemos en el Señor la vida eterna”, nuestra salvación no llamaría la atención del mundo.
Nuestra salvación llama la atención del mundo porque, cuando venimos a Cristo, hermanos queridos, comenzamos a tener cuidado de nosotros mismos, de nuestra doctrina, y nuestra vida camina de manera diferente. Nuestro aprovechamiento en el Señor se hace evidente. Lo que hace evidente nuestro aprovechamiento en el Señor no es nuestra esperanza, sino los asuntos prácticos de la vida, donde dicen: “Esa persona, después que viene a Cristo, yo siento que en su vida hay como más sosiego”.
Antes de venir a Cristo, huía de un lado al otro sin tener paz. Al día de hoy yo veo que esa persona tiene paz. En otro momento era un completo desastre, parecía un bollo de hilo enredado, pero ahora que está en Cristo yo veo que esa persona, su vida, como que tiene cierta cadencia, tiene cierto orden. Hermano, ese también es un aspecto de nuestra completa salvación.
Cuando el apóstol Pablo le dice a Timoteo: “Haciendo esto te salvarás a ti mismo”, no está condicionando que Timoteo haya conocido al Señor. Lo que está diciendo es: “Haciendo esto, la salvación avanzará no solamente con la justificación de tu pecado, sino con la restauración de todas las cosas”.
Es cierto, hermano, llegará un momento que, en un abrir y cerrar de ojos, todos nuestros problemas desaparecerán. Pero el Señor tiene poder para hacer que en este tiempo presente tengamos una vida un poco más confortable, y eso también anuncia nuestra salvación.
Quisiera que como iglesia, hermano, fuéramos un pueblo que no solamente tiene la esperanza de la gloria eterna, sino un pueblo donde veamos que, año tras año, tenemos mejor cuidado de nosotros mismos y de nuestra doctrina, y esto ha repercutido en que nuestra salvación se haga aún más evidente y, al mismo tiempo, sea un testimonio para aquellos que no han creído.
La tragedia de la cristiandad es cantidad de creyentes cuya vida no parece que han conocido a Cristo. Uno se acerca a personas que nacieron de nuevo y todavía viven en los mismos líos. “Esta persona nació de nuevo”. De hecho, algunos cristianos evangélicos lo que han hecho es elaborar una falsa doctrina de eso, llamarle a eso “tribulación” y decir que están padeciendo por su fe. No, hermano, tú estás padeciendo por la falta de cuidado de ti mismo. Tú estás padeciendo por la falta de tener una agenda, tener un presupuesto y tener un mejor programa de reposo.
“Timoteo, ten cuidado de ti mismo y de tu doctrina”, porque haciendo esto te salvarás a ti mismo. Pablo está llamando a que se extienda la salvación. Lo que Pablo sabe es que la salvación va mucho más allá de la esperanza. Lo que Pablo sabe es que nuestra salvación es un asunto mucho más glorioso, es un asunto mucho más deleitoso.
O sea, hay cantidad de creyentes que están ya de brazos cruzados porque fueron salvos. No, hermanos, el Señor nos salvó y todavía nos está salvando. Qué hermoso es que, veinte años después de haber conocido a Cristo, tú te des cuenta de que hay áreas de tu vida que todavía están siendo conquistadas por el Señor.
Me recuerda esto, hermano, la conquista de la tierra prometida por el pueblo del Señor. Ellos conquistaron tanta tierra que parecía que ya tenían toda la promesa, y se levantó Caleb y dijo: “No, todavía falta esa parte. Todavía no me la han dado”. Hermano, ten cuidado de ti mismo y de tu doctrina para que el Señor también te dé esa parte.
Qué hermoso es un creyente que dice: “Esta área de mi vida, en el 2018, fue conquistada para el Señor. En otras temporadas ahí hubo vergüenza, en otras temporadas ahí hubo desorden, pero en este momento yo veo que también la salvación llegó a ese aspecto de mi existencia”.
“Timoteo, ten cuidado de ti mismo y de tu doctrina, porque haciendo esto te salvarás a ti mismo, y lo otro, salvarás también a los que te oyeren”.
Impacto en los que oyen y llamado a la iglesia a cambiar
Hermano, nuestro testimonio en estos asuntos prácticos frecuentemente es utilizado por el Señor para salvar a otros tanto, o aún más frecuentemente, que nuestro conocimiento de la doctrina. Parece casi una contradicción, pero es más impresionante para un incrédulo un creyente que anteriormente llegaba tarde a todos los lugares, que anteriormente vivía arrollado de una cosa a la otra, viviendo lo vivido, llamando para que pague… Eso es más impresionante cuando ahora ese hombre tiene orden, tiene estructura, ahora mismo tiene previsión.
Ah, no, pero aquí tenemos otro creyente, y este creyente tiene toda la teoría del mundo: tiene toda la soteriología, tiene toda la antropología bíblica y tiene toda la eclesiología. Usted dice: “¿En cuál de los dos se hace evidente la salvación del Señor?” “Timoteo, ten cuidado de ti mismo primero y también de tu doctrina”.
Hago aquí un llamado a toda la iglesia, hermanos queridos. No es mi intención rasgarme ahora las vestiduras y que vengamos a echar ceniza sobre nuestra cabeza y a dormir en cilicio, pero nuestra iglesia local no ha sido una iglesia caracterizada por tener un cuidado de estos asuntos prácticos. Yo siento que hasta cierto punto he podido transferir —porque un pastor transfiere a la iglesia, a veces, su personalidad—. Hermano querido, para los próximos años, y comenzando desde este mismo año en que ya hemos operado un poquito más de orden, queremos, como iglesia, que en todas las áreas de nuestra vida, no solamente en los momentos que estamos juntos, nosotros anunciemos que la salvación realmente ha venido a esta casa.
Queremos que, en todas las áreas de nuestra existencia, hermanos queridos, anunciemos un mayor cuidado y una mucho mejor doctrina. Oro por ustedes, hermanos, para que el Señor nos conceda que todas las áreas de nuestra vida también sean alcanzadas por la salvación.
Ahí donde están, extiendan su manito sobre algún hermano que esté cerca. Estas son temporadas del año donde la gente está haciendo planes, proyectos. Son momentos del año de pasar balance, son momentos del año donde la gente está haciendo agenda, presupuesto. Quizá ya estás calculando las cosas que vas a comprar. Qué hermoso sería, hermanos, si en este momento del año, como iglesia, disponemos operar con un poquito más de reposo y sosiego, correr menos de un lado para el otro, tener un poquito más de previsión, ser más ordenados en los dones que hemos recibido del Señor, ser buenos mayordomos, administradores de las cosas de Cristo.
Padre, te pido que tu Santo Espíritu, aleluya, Señor, contagie a esta iglesia con una pasión renovada, Señor, una persistencia en cuidar de nosotros mismos. Padre, permite que cada uno de nosotros, de manera individual, nos cuidemos en las áreas donde los otros no pueden vernos, para que nuestro aprovechamiento en ese sentido sea evidente. Padre, danos dominio propio, danos, Señor, constancia. Permite que tu iglesia crezca, Señor, en las dos áreas: que tenga el cuidado de sí misma y también de su doctrina.
Ay, hermano, mantén tus ojos ahí cerrados. Si hay alguien aquí que todavía no ha confiado en Cristo, si tus hermanos se ven todavía un poco malogrados, había un momento en que ellos estaban muertos en sus delitos y pecados, y el Señor los pasó de muerte a vida. Es cierto que todavía en nuestra vida hay oportunidades, pero también es muy cierto que el Señor ha hecho cosas que son preciosas. Que el testimonio de todos estos hermanos reunidos adorando al Señor sea usado por el Señor para alcanzar a alguien más.
Si alguien ha visto la predicación de la Palabra, si alguien ha visto que hay un camino que es más alto, si alguien ha visto que hay una sabiduría que viene desde arriba, yo lo invito a que hoy ponga en el Señor su confianza. Todo comienza con el Evangelio y avanza con el Evangelio. Te invito a que pongas en el Señor ahí tu confianza. Puedes orar en tu corazón, decirle: “Señor, perdona mis pecados. Recíbeme como tu hijo. Dame esta esperanza gloriosa que tienen tus hijos, y al mismo tiempo, Señor, transforma mi vida día tras día, que también yo tenga cuidado de mí mismo y de la doctrina”.
Bendice, Señor, ampliamente esta congregación. Bendice esta iglesia con orden, Señor. Permite que tu iglesia ahora, en lo adelante, sea caracterizada porque todos, Señor, nos regimos por una agenda, porque todos, Señor, llevamos un presupuesto y porque todos, Señor, tenemos un mejor cuidado en nuestras relaciones. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Cristo, amén.
Nuestros hermanos del ministerio de adoración nos despiden con alabanza.