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Cuatro actividades para la navidad

Juan 1:14

La Navidad no se trata solamente de un niño en un pesebre, sino de la Encarnación del Verbo, que se hizo hombre, habitó entre nosotros, manifestó su gloria y nos reveló la perfecta combinación de gracia y verdad. Este sermón nos llama a cultivar cuatro actitudes para celebrar una Navidad completa: perspectiva, reflexión, deleite y exaltación.

Predicado2 de diciembre de 2018
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Pido que me acompañen en la Sagrada Escritura y consideremos un versículo del Evangelio de Juan. Pueden abrir sus Biblias, ponerse en pie por un momento. Estaremos leyendo el Evangelio de Juan en el capítulo 1 y en el versículo 14. Es el Evangelio de Juan, capítulo 1, versículo 14. Pretendo mostrarle hoy a la iglesia, a la congregación aquí reunida, cuatro actitudes que me gustaría que ustedes cultivaran en esta época de Navidad.

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

— Juan 1:14

Podemos leer el mismo versículo todos juntos: dice así la Escritura: “Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Pueden sentarse, hermanos, amigos queridos.

Dice nuestra introducción que en un mundo cada vez más secularizado, donde toda referencia a Dios y sus obras ha sido virtualmente quitada de la esfera pública, donde la gente en el día de hoy lo que menos celebra es a Jesús en Navidad, necesitamos volver al texto. De hecho, Navidad al día de hoy tiene que ver más con Santa Claus, los duendes, los venados, que con el pesebre, los ángeles y las estrellas. En un mundo donde los anuncios de Coca‑Cola evocan más la imaginería popular acerca de lo que es la Navidad que la historia bíblica documentada en los evangelios, nosotros como creyentes debemos poner nuestros ojos en Cristo.

El contexto secular y la necesidad de preparar actitudes

En este contexto, es un milagro, es un hecho maravilloso, que en algunos lugares todavía se recuerde el hecho histórico del nacimiento del Señor; ya esto es ganancia. Sin embargo, nosotros como cristianos estamos llamados a ir más allá de las celebraciones culturales y hasta de la recreación de las escenas bíblicas. Debemos fortalecer y preservar nuestras convicciones, y para lograrlo necesitamos preparar nuestras actitudes.

Así como cuando un atleta va a la carrera, su entrenador prepara su mente y le dice: “Mantente enfocado en la carrera, no te dejes amedrentar, pon tus ojos en la meta”, de la misma manera, el creyente necesita dirección. Así como cuando un ejército camina hacia la batalla, un general se pone en pie y le dice al ejército: “Esta batalla es nuestra, no nos disgreguemos, mantengamos el ímpetu, luchemos hasta el final”, así debemos ser exhortados. Del mismo modo, creo muy conveniente preparar a mi iglesia, sobre todo para esto que se ha convertido en una batalla: la celebración popular de la Navidad.

Si antes de comenzar a celebrar hemos dispuesto cómo lo haremos, es esperable que celebremos mejor. Hoy veremos, en primer lugar, la necesidad de tener una perspectiva amplia de la Encarnación, mirando más allá de un pesebre. En segundo lugar, estaremos reflexionando en el hecho dramático de que un Dios absolutamente santo se hizo humano y estuvo entre los hombres. Luego nos deleitaremos en su gloria y terminaremos exaltándole por su provisión de gracia y también de verdad. Con esto compartiré cuatro actitudes con la iglesia.

Cuatro actitudes para una Navidad completa

La primera actitud: perspectiva, mirar más allá de un pesebre. La segunda actitud: reflexión, él se hizo hombre, se hizo humano. La tercera actitud: deleite, al ver su gloria. Y la cuarta actitud: exaltación de su nombre por su provisión de gracia y de verdad. “Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

Esta misma historia aparece tanto en el Evangelio de Mateo como en el Evangelio de Lucas. Sin embargo, en el Evangelio de Juan tenemos una perspectiva de la Encarnación de Cristo que infiero que es mucho más desarrollada. Me permito decir que es mucho más madura, y es la expectativa del nacimiento de Cristo que me gustaría que tenga nuestra iglesia local. Muchas personas, al día de hoy, están centradas en la celebración de un niño, y dejan ahí su entendimiento.

Quiero corregir la perspectiva de la iglesia y decirle que Navidad no se trata solamente del alumbramiento de Dios. Navidad se trata de la Encarnación. La Escritura no solamente celebra al niño que nació; después celebra cuando quizás Cristo tenía doce años y los maestros de la ley se maravillaban acerca de su sabiduría. Tiempo atrás, cuando todavía estuvo en el vientre, Elisabet glorificó el nombre del Señor y le exaltó porque su Salvador había venido. Y más tarde, todos los hombres se regocijaron en su integridad moral, en su sabiduría práctica, en el conocimiento que tenía, en la manera en que enseñaba como aquel que tiene autoridad.

Más adelante, en su glorificación, hermanos, todos los hombres tendremos que reconocer que él es digno de recibir la gloria por los siglos de los siglos. Iglesia, la primera actitud que me gustaría que mantuvieran presente en esta Navidad es la actitud de que nuestro Señor no se quedó en un pesebre. Me gustaría que nuestro entendimiento trascendiera ese acontecimiento, que fue real, pero que no se quedó allí.

Más allá del pesebre: una perspectiva amplia

Toda la celebración del mundo en Navidad llega hasta el pesebre donde él nació. Me gustaría que usted entienda, como dice Juan, que lo que estamos celebrando no es simplemente que ha venido un niño. Lo que estamos celebrando es que el Verbo se hizo carne, que Cristo se identificó plenamente con nosotros. Estamos celebrando a un Salvador que al día de hoy no es un niño; estamos celebrando a un Cristo que está glorificado, que está en este momento a la diestra del Padre.

Y es mi convencimiento de que los cristianos no podemos celebrar solamente a un niño en Navidad, tenemos que celebrar a un hombre que fue a la cruz y murió por nuestros pecados. Si como cristianos llegamos hasta donde llega el mundo, hemos perdido la perspectiva de la Navidad. Primera actitud que me gustaría que mantuvieran presente: aunque los anuncios digan otra cosa, aunque las películas lleguen solamente ahí, aunque el mundo se emocione porque está celebrando al “niño Dios”, me gustaría que, como iglesia, maduremos al respecto y entendamos la Encarnación de nuestro Señor.

Juan habla de “aquel Verbo”, que el mismo Evangelio de Juan, en el capítulo 1, versículo 3, dice que “todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho; en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Ese Verbo se hizo carne. El Evangelio de Juan ya no dice “se hizo niño”; está hablando de que él compartió plenamente nuestra naturaleza para concretar su obra yendo a la cruz en nuestro lugar.

Primera actitud, hermano: una perspectiva completa. Cuando el mundo llegue hasta el pesebre, entienda que él estuvo en el pesebre escaso tiempo, que él creció, demostró todas sus virtudes, nos admiramos de él, fue a la cruz, fue levantado de entre los muertos y en este momento está reinando en el trono de Dios.

Un Dios santo que habitó entre nosotros

La segunda actitud que me gustaría que mantuviéramos presente como iglesia en Navidad es reflexionar acerca del hecho dramático de que un Dios absolutamente santo se hizo humano. Esto se ve muy rápido: dice la Escritura que “habitó entre nosotros”. Para cualquier sistema religioso, esto fuera un problema de difícil interpretación. ¿Cómo podemos conciliar el hecho de que un Dios absolutamente santo y perfecto haya venido a esta tierra a convivir con hombres como nosotros, pecadores y entregados a la maldad?

Lo más sobrecogedor en Navidad no es que ha venido un niño, sino que el Salvador que hizo el cielo y la tierra con el poder de su palabra eventualmente se encarnó, y no se encarnó solamente por un tiempo breve, sino que durante treinta y tres años estuvo encarnado en medio de nosotros. Él, que es absolutamente santo, con sus ojos tuvo que ver la maldad, tuvo que compartir con nosotros.

Hermanos queridos, a nosotros mismos a veces nos es difícil compartir con otros. Casi todos los adultos en este momento están cómodos con un grupo de relaciones que ya llenan sus expectativas, y cuando tienen que compartir con gente que no es de su entorno, las personas no se sienten bien. Imagínense ustedes cómo se debió haber sentido aquel cuyas manos nunca practicaron pecado, cuyos ojos nunca se entregaron a la maldad, aquel que tiene una naturaleza completamente íntegra, aquel que es tres veces santo, cuando tuvo que entrar a un mundo caído y perverso y relacionarse con hombres como nosotros.

Me gustaría que en este diciembre la iglesia reflexione que, en un momento de la historia, nuestro Salvador estuvo aquí y participó en medio de nosotros. Estamos hablando de un Dios que no se queda sobre las nubes, sino que desciende para rescatar criaturas perversas. “Todos se descarriaron como oveja”, dice la Escritura, “cada cual se apartó por su camino”; y a pesar de todo esto, nuestro Señor “habitó entre nosotros”.

El pesebre, el trono y la paciencia de Dios

La cosa más extraordinaria en Navidad no es que nació un niño; la cosa más extraordinaria en Navidad es que el Dios absolutamente santo entró en contacto con pecadores como nosotros. Primera actitud, hermano: en cuanto entendamos que nuestro Señor no se quedó en un pesebre, tendremos una perspectiva amplia y estaremos preparados para soportar el mensaje del mundo. Nuestro Señor en un pesebre ya no está ahí.

De hecho, aclaro aquí, hermanos queridos, que lo que enseña la Escritura es que los magos llegaron tiempo después y muy probablemente lo vieron en la casa, no en el pesebre. El mundo prefiere dejar a Cristo en un pesebre; nosotros lo tenemos en el trono, a la diestra del Padre. La segunda actitud que estoy difundiendo para que la mantengamos muy presente: hermano, por favor reflexione. Dios es santo, ya se encarnó y estuvo aquí, estuvo entre nosotros.

Hermano, me emociona saber que el Señor puede estar entre nosotros. Él puede entender tu dolor, él puede entender tu necesidad, pero sobre todo ha visto tu maldad. Él “habitó entre nosotros”, hermanos, y nos soportó. Me emociona pensar que en Navidad estamos hablando de la paciencia, de la longanimidad de Dios, de su capacidad de soportar a los pecadores durante un tiempo. No fue una visita rápida; fue una convivencia prolongada en medio de un mundo caído.

La tercera actitud que estoy difundiendo para que mantengamos muy presente es deleitarnos en su gloria. El texto dice: “y vimos su gloria”. Navidad es un tiempo para que nos deleitemos en la gloria del Señor; todos los que lo vieron se maravillaron.

Deleite en la gloria del Hijo

Navidad es una buena oportunidad para deleitarnos en la perfección moral de nuestro Señor. Él no conoció pecado, hermano. Navidad es un tiempo para maravillarnos de la sabiduría que viene de lo alto, que él nos la trajo. En él vimos la gloria. Navidad es un tiempo para recordar, hermano, su carácter, su disposición, todos sus atributos, y para maravillarnos en la gloria del Señor.

Aprovecha este tiempo de Navidad, hermano querido, para sentirte por un momento sobrecogido y deleitarte en que “vimos su gloria”. Y si aquí hay alguien que no ha visto todavía la gloria del Señor reflejada en Cristo, que Navidad sea un tiempo donde el Señor le permita verlo. Que el Señor nos dé oportunidades para mostrar la gloria de Cristo, para percibir la gloria de Cristo, para imbuirnos de su magnificencia. Que estemos predispuestos a ver su grandeza, especialmente en Navidad.

“Y vimos su gloria”, hermano. Qué hermoso sería que toda persona que está aquí presente pueda ver en su vida la gloria del Señor: “y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre”. Primera actitud es la actitud de perspectiva: nuestro Salvador no está en un pesebre. Segunda actitud es la actitud de reflexión: qué cosa tan extraordinaria que él, siendo absolutamente todo, estuviera entre nosotros, que no somos absolutamente nada. Tercera actitud: deleitarse en su gloria, gozarse en él.

En la cuarta actitud quiero detenerme un poco más. Es exaltarle por esta magnífica combinación que solamente se dio en nuestro Salvador: “Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Si él estuviera lleno de verdad solamente, sería una razón para temer especialmente; y si estuviera lleno solo de gracia, sería una oportunidad para decepcionarnos.

La perfecta combinación de gracia y verdad

Nosotros no tenemos un Salvador que sea solamente “gracioso”; tenemos un Salvador que es absolutamente verdadero y también lleno de gracia, y esa combinación solamente se ha dado en nuestro Señor Jesucristo. Los hombres quisieran tener un Dios que esté lleno de gracia solamente, pero cuando nuestro Dios encarnó y estuvo entre nosotros, tenía ambas características. Es una dulce proporción que nos permite ver que él retuvo toda su deidad y al mismo tiempo expresó toda su misericordia.

La verdad de Dios es su justicia: lo que él dice que es verdad, es verdad. Cuando Cristo vino, él no redujo el estándar. Los hombres quizás estaban esperando que viniera un Salvador y dijera: “Vamos a dejar en el olvido toda la justicia anterior, toda la ley anterior, todo lo que anteriormente yo les dije que era bueno; a partir de este momento, por lo que antes les juzgué, ahora se lo concedo”. Eso no fue lo que hizo Cristo.

Cristo actuó en medio de nosotros lleno de verdad, y estuvo al mismo tiempo lleno de gracia. Y esa combinación de un Dios absolutamente justo y verdadero y al mismo tiempo absolutamente lleno de gracia llega a un punto tal que no nos decepciona. Si él hubiese venido y dijera: “Dejemos todo como está, todo fue una ilusión pasajera, mi justicia ya no basta, he bajado el estándar para que ustedes puedan pasar”, ese no fuera nuestro Salvador Jesucristo.

Nuestro Salvador Jesucristo mantuvo el estándar más alto de justicia y verdad y al mismo tiempo mostró la mayor abundancia de misericordia y de gracia. Y ambas alas, hermanos, expresan completamente lo que es su ministerio. Con esto hago una invitación a todos los que están aquí presentes a que entiendan la salvación del Señor. Cuando el Señor te salva, él no ignora tus pecados. Cuando el Señor te salva, él no niega lo que es verdadero. Cuando tu Dios te salva, lo que él hace es que, apelando a su misericordia y manteniendo toda su verdad, cumple en nuestro lugar aquello que nosotros mismos, por nuestros propios medios, nunca íbamos a poder cumplir.

“Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. El lugar donde más hermosamente se ve la gracia y la verdad es la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Cuando él estaba en la cruz, estaba diciendo: “Toda mi justicia es cierta”, y al mismo tiempo: “Toda mi misericordia es verdadera”. Cuando Cristo estaba clavado en la cruz, él estaba diciendo: “Yo me tomo en serio las cosas que he dicho”, y al mismo tiempo, “me tomo muy en serio mi disposición de salvar a todo lo que el Padre me ha dado”.

La cruz: manifestación de gracia y verdad, y oración final

Cuando Cristo estaba en una cruz, se podría decir que en un lado estaba la verdad y en el otro lado estaba la gracia. La cruz de Cristo es una manifestación extraordinaria, casi poética, de lo que es tener gracia y verdad: decir que lo que es justo es justo, que lo que es verdadero es verdadero, pero al mismo tiempo que extiendo mi misericordia. Me gustaría que mi iglesia mantenga en esta Navidad la perspectiva de que, en base a eso, nuestro Dios merece la exaltación, dado que él, cuando estuvo entre nosotros, no solamente estuvo lleno de verdad, sino que también estuvo lleno de gracia.

Es una oportunidad para que la iglesia se desborde en Navidad, especialmente en alabanza. “Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Leo unos versículos más y oro por toda la iglesia. Es el versículo 18: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”.

A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

— Juan 1:18

Es mi oración que cada persona que está aquí hoy congregada, especialmente en esta Navidad, por la misericordia del Señor pueda ver a Cristo lleno de gloria, lleno de gracia y también lleno de verdad. Ahí donde están, extiendan su manita a algunas personas que tengan cerca y permítanme orar por toda la congregación.

Padre, estamos aquí como iglesia para celebrar una Navidad completa. Permite que cada persona que está aquí congregada, Señor, entienda el alto valor que tiene la Navidad para nosotros. Permite, Señor, que cada persona aquí congregada entienda por un momento la alta humillación que experimentaste cuando te hiciste hombre, cuando te hiciste humano, cuando tú mandaste a tu Hijo a encarnarse. Ayúdanos, Señor, a contemplar esa humillación.

Pero, sobre todo, Señor, permite que aquellos que todavía no han visto tu gloria, que en esta Navidad tu luz refulgente les alumbre de una manera aún más especial. Bendice, Señor, toda esta congregación aquí reunida. Sobre todo, Señor, permite que aquellos que no lo han hecho experimenten por primera vez, en esta temporada, esta preciosa combinación que solamente en ti ha sido posible: que sientan, Señor, toda tu verdad y que sientan también absolutamente toda tu gracia. Permite, Señor, que cuando tu justicia nos deslumbra, al mismo tiempo nos acerque tu misericordia.

Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesús. Amén. Que el Señor les bendiga, que el Señor les guarde. Nuestro ministerio de alabanza nos despide con una canción.

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