Que el Señor le bendiga, hermanos amados. Acompáñame en la Sagrada Escritura y estemos juntos en el Evangelio de Lucas, allí en el capítulo dos. Es el Evangelio de Lucas. Pueden ponerse un momento sobre sus pies para que leamos la Sagrada Escritura. Evangelio de Lucas en el capítulo dos. Estaremos leyendo desde el versículo 25 y hasta el versículo 35. Pretendo desde esta porción de la Escritura mostrarle a la iglesia del Señor lo que nuestro Señor le haría al mundo. Esto es a través de la profecía de Simeón. Pero también estaremos viendo la persona misma de Simeón: ¿cuál fue este instrumento que el Señor utilizó para tal profecía? Es el Evangelio de Lucas en el capítulo dos a partir del versículo 25 y hasta el 35.
Dice así la Sagrada Escritura:
Y he aquí, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del Niño Jesús lo trajeron al templo para hacer por él conforme al rito de la ley, él lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; Porque han visto mis ojos tu salvación, La cual has preparado en presencia de todos los pueblos, Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel. José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él. Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.
— Lucas 2:25-35
Pueden sentarse, hermanos, amigos queridos. Este personaje, Simeón, es un personaje bíblico del cual tenemos muy pocos detalles. Pero al mismo tiempo, los detalles que tenemos de él son los detalles que realmente importan. No sabemos de manera precisa qué edad tenía Simeón. No sabemos a qué tribu pertenecía. Qué tan cerca o qué tan lejos del templo él vivía, lo desconocemos.
No sabemos quién fue su padre, no tiene genealogía. Ahora, las cosas que sabemos de Simeón son las mismas cosas que deberíamos querer saber de cualquier creyente en cualquier parte del mundo. Era justo y era piadoso. Esperaba la consolación de Israel, y toda su vida, según aparece en el texto, era controlada por el Espíritu Santo. Hay pocos personajes en el texto bíblico de los cuales se diga que el Espíritu Santo estaba sobre ellos. Este es uno. Le había sido revelado por el Espíritu que no vería muerte antes de ver al Ungido del Señor, y fue movido también por el Espíritu hasta el templo para que pudiera verlo. Esa es la mejor biografía que se puede escribir sobre cualquier creyente.
Simeón: justicia, piedad y esperanza en tiempos de decadencia
A la luz de esto, es esperable que también fuera el Espíritu Santo quien moviera a Simeón a decir lo que Cristo le haría al mundo. Y de manera preclara, él pudo proclamar el efecto que tendría la manifestación del Señor sobre todos los hombres. Hoy estaremos considerando la persona de Simeón como un ejemplo para todos los que queremos agradar a Dios en tiempos de gran decadencia espiritual. Estaremos viendo también la plenitud que él experimentó con la noticia de la Encarnación, aun antes de que Cristo comenzara su ministerio público. Y donde quiero detenerme, estaremos viendo lo que él profetizó acerca del efecto que tendría Cristo sobre el mundo: esto es, ser para unos motivo de caída y para otros de levantamiento.
Esto es ser señal, y una señal contradicha, y al mismo tiempo revelar los pensamientos de muchos corazones. Comenzaré presentando la persona de Simeón y las cosas que sabemos sobre él. Comienza el texto diciéndonos que este hombre era justo y piadoso. De hecho, en la Encarnación del Señor emergen una serie de personajes relativamente anónimos que comparten esas mismas características. Ninguno de ellos eran reyes, dignatarios, hombres poderosos; todos eran hombres relativamente humildes, y mujeres también, pero lo que tenían en común, y por lo cual fueron relevantes a un punto tal que el Señor quiso documentarlo en su Palabra, es que esta gente era gente piadosa. Tome nota de esto, hermanos queridos, porque para Dios la piedad importa.
Por ejemplo, aparecen María y José. Que, a pesar de que eran descendientes del rey David, lejanos en su ciudad natal, eran gente desconocida. No eran grandes delante de los hombres. Pero lo que se dice de ellos es que eran piadosos. José era un hombre justo y piadoso. María era una jovencita piadosa. Aparecen Zacarías y Elisabet. Zacarías era sacerdote, pero la realidad es que el sacerdocio que él tenía lo compartía con un lote grande de sacerdotes, y quizás tenía en su vida pocas oportunidades de estar en el santuario. Lo que fue relevante de su sacerdocio fue que, entrando al santuario, entonces se encontró con un ángel y el Señor le dijo que su mujer Elisabet iba a concebir milagrosamente. Por eso es relevante a la luz de la Encarnación, pero si no, Zacarías hubiese pasado a la historia como los cientos de sacerdotes que también oficiaron en tiempos de él y de los cuales no tenemos noticia.
Elisabet, una mujer estéril para colmo. Pero era piadosa. Oye, hermano, qué hermoso sería si la piedad se pusiera de moda y hubiera más creyentes piadosos que creyentes famosos. Una tragedia de la cristiandad al día de hoy es que tenemos más creyentes reconocidos que creyentes reconocidos por ser justos y piadosos. No se nos dice aquí que Simeón era profeta de oficio, que Simeón profetizaba como profeta de oficio. No se nos dice aquí que Simeón era un gran líder. Lo que se nos dice es que era un hombre justo y también piadoso. Qué dos características. Oiga, hermano, qué hermoso sería si nosotros fuéramos reconocidos así.
Mientras en esta semana estudiaba el texto bíblico, hermano, yo anhelaba en mi corazón: “¡Wow, Señor, si tú permitieras que de mí se dijera que soy justo y piadoso!” Hermano, tú deberías anhelar, querer, desear profundamente en tu corazón que ese fuera tu reconocimiento. Si tuviéramos que hablar de ti, ¿qué dijéramos? “Él es muy inteligente; ella es muy emprendedora; es una mujer muy trabajadora.” Qué hermoso sería que de nosotros se dijera lo mismo que se dice de todas estas familias, todos estos hombres, todas estas mujeres: eran justos y piadosos. La justicia quizá tenga que ver con el buen proceder, pero la piedad, hermano, tiene una connotación más espiritual, más profunda. La piedad está delante de Dios.
Hay muchos hombres que son justos, son hombres que hacen las cosas correctas. Pero qué hermoso es que se diga también que son piadosos, esta doble combinación. En un mundo donde lo que no es público al parecer no existe, esto para nosotros yo creo que son buenos ejemplos. En un mundo donde si una persona no tiene muchos seguidores, muchos reconocimientos, si no atrae las multitudes, parece que no existe, el hecho de que existieran hombres y mujeres relativamente discretos pero muy reconocidos delante de la presencia del Señor es estímulo para nosotros. No importa tanto lo que yo pueda considerar sobre ti; lo que importa es que el Señor nos considere así. Y estas características todas contrastan con la gran decadencia que había en los tiempos de Simeón.
Si ustedes ven el mensaje de Juan Bautista, si ven esa generación de víboras a los cuales Juan el Bautista y nuestro Señor ministraron, se dan cuenta de que estas personas eran gente excepcional. Por favor, hermano, no se entregue al fatalismo. Hay veces que pareciera que la cristiandad está totalmente oscura. Hay gente piadosa y justa que el Señor se tiene reservada, y para Él esa gente es su especial deleite. Ese fatalismo en el cual algunos han querido refugiarse: “Ya no hay nada que buscar, ya no hay gente piadosa.” Sí los hay. Lo que pasa es que no son muy reconocidos, pero el Señor los ve. La piedad y la justicia son características que emergen ante la presencia del Señor, y Él sabe dónde están, Él sabe cuáles son, y Él sabe dónde está su deleite.
Otra característica de su persona es su esperanza. Era un hombre justo y piadoso, es lo primero; y lo segundo: esperaba la consolación de Israel. Confiaba en promesas que tenían más de tres mil años de antigüedad. Ay, hermano, si acaso este hombre Simeón confiaba en el Señor en tiempos donde por más de cuatrocientos años no hubo profecía, en tiempos donde la profecía parecía muy antigua, en tiempos donde nada sucedía, en tiempos de amplia decadencia espiritual, yo creo que nosotros en nuestro tiempo estamos en mucho mejor condición para seguir confiando y seguir esperando. Nosotros también tenemos preciosas promesas. Y si Simeón, en tiempos de decadencia espiritual y de muchos silencios, esperaba la consolación de Israel, yo creo que nosotros también podemos esperar en el Señor.
No sabemos qué edad tenía. Por lo menos las escuelas bíblicas en las que yo participé siempre me lo enseñaron como anciano, y yo no sé de dónde me salió eso. Pero hace unos años predicaba acerca de Simeón y dije que era ciego; no era ciego, hermano. Fue un error. Pero la imagen que tenemos de él es como de un hombre entrado en años, y de hecho, él le dice al Señor: “Despide a tu siervo en paz.” Pareciera que está terminando. Pero no sabemos, el texto no dice qué edad tenía Simeón. Pero si tenía cincuenta años, este hombre tenía cincuenta años aferrado a las promesas del Señor; y si tenía setenta y estaba para entregarse, él tenía setenta años esperando, quizás ya piernas y brazos temblorosos, pero aún esperaba la consolación de Israel.
La consolación de Israel y las falsas consolaciones del mundo
Hermanos, nosotros estamos esperando a Cristo y deberíamos anhelarlo, hermano, aunque todas las cosas parecieran que nos dan la señal contraria. Pero el pueblo del Señor es un pueblo expectante que está esperando su consolación. De hecho, no era popular la esperanza de consolación en tiempos de Simeón. Los judíos estaban mayoritariamente divididos en dos grandes facciones, ya como ellos habían perdido la esperanza de la consolación. Hubo una facción que entendió que debían resolver su problema de manera militarista: eran los zelotes. Los zelotes no estaban esperando la consolación de Israel. Ellos estaban buscando su propia consolación por sus propios medios.
Quizás alguno de los primeros discípulos de Cristo formaron parte de esa rama militarista entre los judíos que entendían que no había que esperar la consolación, que había que buscar la consolación. Eran revolucionarios, eran hombres peliagudos, aguerridos. Lo fueron a un punto tal que por eso, al final, Roma terminó destruyendo toda esa región de Judea y renombrándola. Los zelotes no esperaban la consolación de Israel; ellos buscaban establecer el reino por sus propias manos. Y había otros que eran los saduceos, que entendían que no había que tirar ningún tiro, que si podíamos aliarnos a la fuerza dominante, nosotros podíamos agenciarnos nuestra propia consolación.
Y entre saduceos, hombres que buscaban la afinidad con el poder de Roma, hombres que buscaban la manera de evitar cualquier trifulca, evitar cualquier problema, sino que prevaleciera la paz y el buen acuerdo, para a través de la relación con Roma entonces encontrarse consolación, y entre hombres aguerridos tenemos aquí a Simeón. Que dice: “Yo no estoy ni con los que tiran los tiros, ni tampoco estoy con los que están buscando el poder de Roma. Yo estoy esperando la consolación de Israel.” Hermano, este hombre le debe hablar fuerte al pueblo del Señor en este tiempo, a aquellos que ya están buscando su consolación en otra parte. Como iglesia, como pueblo, como cristianos, nosotros no andamos buscando el reino de Cristo por nuestras propias fuerzas. Nosotros no estamos buscando aliarnos al mundo para buscar nuestras recompensas.
Nosotros también, en este tiempo, esperamos al Señor. Y si Simeón, en medio del militarismo y la complacencia, todavía esperaba la consolación de Israel, yo creo que nosotros podemos aguardar todas nuestras promesas y su segunda venida. El término mismo, hermano, es un término precioso: “consolación”. Tiene una connotación mucho más emotiva que “liberación” o “restauración del reino”. Él no dijo: “Yo estoy esperando la restauración.” No. Él está esperando una consolación, un bálsamo. Y llama la atención que le llame “consolación” porque Israel estaba donde estaba a causa del justo castigo del Señor. Israel no estaba siendo oprimido porque había caído en una injusticia histórica de parte de Roma. Israel había sido deportado y despoblado de su territorio a causa de su pecado, y después de su pecado Simeón dice que estaba esperando la consolación.
Es que él sabía que el juicio de Dios es un juicio justo. Solamente aquel que justamente ha castigado es el mismo que puede consolar. Él no estaba esperando la reivindicación de Israel, la restauración solamente; él estaba esperando que el Dios que lo había herido era el mismo Dios que podía consolarle. El término que está utilizando es un término importante. Significa que, a pesar de su rebeldía, Dios seguía interesado en Israel. Significaba que él tenía una expectativa que era corporativa de la redención. Él no estaba esperando su salvación solamente, él estaba esperando la consolación de su pueblo.
Y aun en su expectativa sobre Israel, Simeón había llegado a una madurez acerca del propósito global de Dios de la redención que superaba en su entendimiento aun el entendimiento que tuvieron los apóstoles de Cristo treinta años después de su resurrección. Todavía, treinta años después, los primeros discípulos del Señor se debatían acerca de qué lugar debían o no debían tener los gentiles en el plan de redención del Señor.
Aun antes del concilio de Jerusalén, aun antes de que Pedro visitara la casa de Cornelio, aun antes de los grandes viajes misioneros entre los gentiles del apóstol Pablo, ya Simeón, que no vio el ministerio público de Cristo todavía, que no había visto a Cristo en una cruz, que no visitó a Cristo resucitado, ya él había entendido, tal cual dice el versículo 32: “Luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel.”
Luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel, hermano. Aun antes, oiga, que los primeros discípulos de Cristo, los apóstoles del Señor, que requirieron tres años de ministerio público y quizás treinta años después para llegar a concluir que los gentiles habían sido integrados en el plan redentor del Señor, ya Simeón entendía que era luz para los gentiles y gloria de su pueblo Israel. Oye, hermano, cuando el Espíritu Santo es quien está tratando con un hombre, llega a tener un conocimiento que no está al alcance de los comunes.
Este era un hombre dirigido por el Espíritu Santo. Lo que él está mirando no son deducciones, son revelaciones del Señor. El Señor le mostró a él que los gentiles iban a tener un lugar. Es cierto, gloria: la gloria de Israel, hermano, es Cristo, esa es su gloria. Por favor, no busque otra, que esa es la gloria de Israel, es Cristo. Hay hermanos que debaten esto: “¿Qué debemos hacer por Israel, Israel nacional? ¿Qué hacemos con Israel étnico?” Hermano, Israel tiene un lugar especial en la historia. ¿Sabe cuál es su lugar especial en la historia? Que fue el pueblo elegido por el Señor para revelarse a todas las naciones, y a través de ellos nos vino el Libertador.
Es lo mismo que enseña el apóstol Pablo, que nos dice a nosotros como gentiles: “Ustedes, por favor, no se crean la gran cosa, porque fue a través de ellos que ustedes recibieron al Libertador.” Hermano, la gloria de Israel es Cristo, y la luz de nosotros es Cristo. Simeón lo vio temprano. Ellos, hermanos, a otros les tomó décadas; ya él estaba muy claro al respecto de que los judíos tenían en Cristo también lo suyo. He mostrado que era un hombre justo y piadoso, su carácter demostrado, su esperanza, que era la consolación de Israel.
Bueno, hablemos un poquito acerca de su sensibilidad: una vida completamente dirigida por el Espíritu Santo. Era un hombre que en su entrada y su salida era Espíritu Santo, Espíritu Santo, Espíritu Santo. “Este hombre justo y piadoso esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él.” Ese término “sobre él” significa un control minucioso.
Por ejemplo, el Espíritu Santo venía sobre Sansón, pero no estaba sobre Sansón. Por momentos tomaba la vida de Sansón, y en ese momento era momento de justicia y de piedad. Pero el Espíritu Santo aparece aquí aposentado permanentemente en Simeón, hermano. Y esto es aun antes del derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés. El Espíritu Santo le dirigía, el Espíritu Santo le hablaba, el Espíritu Santo le dominaba completamente. Qué hermoso es un creyente dominado por el Espíritu Santo. Fue el Espíritu Santo que le reveló, fue el Espíritu Santo que lo movió.
Es emocionante que Simeón no infirió que, dadas las profecías, este era el Mesías. Hay gente que infirió cosas de diferentes maneras. Por ejemplo, los que vinieron desde oriente fueron traídos por una estrella; lo que llamó la atención de ellos fue la estrella. Después, cuando le preguntaron a los maestros, Herodes preguntó, ellos dijeron: “Dada la profecía, debe ser allí.” Lo que ha traído a Simeón a reconocer que este es el Señor no es una estrella, no es la profecía; es que el Espíritu Santo se lo ha revelado directamente, hermano.
Y en esto aparece a nosotros. Si alguien aquí ha visto a Cristo y ha entendido las implicaciones de Cristo, no ha visto a Cristo porque es más inteligente que la media de los hombres. “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás”, le dijo el Señor, “porque esto no te lo ha revelado carne ni sangre.” Como creyentes, tenemos que tener una expectativa sobrenatural acerca de la revelación de Cristo. Cristo fue levantado, hermano, pero nuestros ojos todavía estaban cerrados para verle, y cuando nuestra venda fue quitada de los ojos, nosotros llegamos a ver a Cristo levantado.
Él pudo estar lo más alto que pudo haber sido puesto, pero todavía nuestros ojos estaban cerrados. No es lo alto que subió Cristo, es la ceguera que había en nuestros ojos. Nuestros ojos fueron abiertos, nosotros pudimos ver a Cristo por revelación sobrenatural. Yo he tratado de mostrarle a los incrédulos las profecías que en Él se cumplieron y ellos no lo entienden, cosas que para mí son obvias. Es que la venda de los ojos es quitada, y entonces vemos que Cristo fue levantado. Y cuando vemos que Cristo fue levantado con vendas quitadas, hermano, caemos ante Él en adoración, pero si no, no podemos verle. Simeón no salió a buscar los libros; fue el Espíritu Santo que le dijo: “Ese es”, y él fue y adoró. Ay, hermano, si alguien ha visto hoy a Cristo, que adore.
Ver a Cristo por revelación y la plenitud del creyente
Nos emocionan las profecías. Podemos entender la profecía dado que tenemos los ojos abiertos. Ese es el problema que hay en una rama de la apologética, que es la apologética evidencialista: usted puede traerle la mejor evidencia al que está muerto en sus delitos y pecados, y él no lo ve. Durante mucho tiempo yo tuve mucha carga acerca de convencer a los incrédulos a través de la apologética, y yo discutía con ellos, peleaba con ellos, hermano, pero sus ojos estaban cerrados. Usted puede traer toda la evidencia, puede leerle Isaías, puede leerle Oseas, puede traer todos los profetas mayores y menores, puede llevarle a Daniel, puede mostrar que Cristo es el cumplimiento de todas las profecías, y ellos no pueden verlo. Este hombre, Simeón, lo vio porque el Espíritu Santo se lo reveló.
Oremos, hermano, para que nos parezcamos a hombres como estos, que el Espíritu Santo nos haya traído hasta Cristo, que Él nos haya traído y Él nos lo haya revelado. Hemos hablado acerca de la persona de Simeón: hombre con un carácter piadoso, justo. Hemos hablado acerca de su esperanza, clara, la consolación; y de su sensibilidad, una vida dirigida por el Espíritu Santo. Contemplemos por un momento, hermano, la plenitud que experimentó Simeón cuando llegó a ver al Salvador. Creo que cualquier creyente debería anhelar, hermano, estar a la altura de esa expectativa.
Si tú tienes a Cristo y tú no te has emocionado acerca de que ya tú tienes todo lo que hay que tener, todavía no has llegado. Lo que se produce cuando uno ha encontrado a Cristo, hermano, es un sentido de plenitud. Uno siente que por primera vez en la vida está absolutamente completo. Uno puede buscar en diferentes lugares, pero cuando llega a Cristo, uno dice: “¡Wow, ya no hay nada más que yo pueda hacer con mi vida, no hay nada que me dé importancia, no hay nada que me dé relevancia, ya yo estoy listo!” Una persona que llega a ver a Cristo es una persona que concluye como concluyó Simeón. Versículo 28 en adelante: “Él lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo: ‘Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra.’”
El término, hermano, cuando Simeón llegó a ver al Ungido del Señor, él terminó; él dijo: “Ya mi vida valió la pena, ya no hay nada que yo pueda esperar. Ya si yo estoy aquí, yo estoy como de paso. Ya todo lo que podía haber sucedido sucedió, ya mis ojos no verán nada más grande.” Qué hermosos son creyentes que han llegado a maravillarse en la dignidad, la importancia, la relevancia, la singularidad de Cristo a un punto tal que entienden que ya en su vida no pasará nada más importante que haber conocido a Cristo. Es el creyente que dice: “Ya no hay un viaje que pueda añadirme más gozo del gozo que yo encontré en Cristo. Ya no hay esperanza que pueda hacer que mi vida sea más relevante que la relevancia que yo encontré en Cristo. Ya no hay un hito, ya no hay un listón más alto, ya no hay nada más que buscar. Señor, si tú me quieres llevar en este momento, llévame, porque ya yo estoy en paz.”
Ya no hay hambre, ya no hay éxito, ya no hay triunfo, ya no hay reconocimiento. Hermano, ese es un creyente que vale la pena. Es un creyente que está en esta tierra, pero dice: “Ya di todo lo que había por poder encontrar en esta tierra. Lo encontré, y todo lo encontré en Cristo.” Es un creyente que entiende que en esta tierra, hermano, ya no va a pasar nada más relevante que su salvación. Él mira hacia atrás y dice: “Yo corrí las bases.” Yo siempre les hago los cuentos del béisbol, hermano. Yo no era tan malo como a veces yo mismo me recuerdo. Una vez di a jonrón en béisbol; estábamos jugando béisbol, hermano.
Y era tan malo que yo ni me lo creía, y me dijeron: “¡Corre, corre!” Bueno, qué sensación es correr las bases de un juego de béisbol cuando se ha dado un jonrón. Usted puede correr las bases doblado, las puede correr desesperadamente, puede saludar, puede correr tranquilo. Así corre las bases un creyente que entiende que en Cristo ha dado el jonrón de su vida, hermano, que ya no hay nada más grande. Nosotros vamos por este mundo, pero ya nuestra patria es de otra parte. Señor, despídenos. “¿Tú quieres que yo haga algo? Yo lo hago, pero ya mi vida está en ti, completa.” Su sentido de entereza, de plenitud, de concreción, hermano.
Ya él no sentía que le faltaba algo: “Estos son mis sueños, estos son mis planes.” No. “Todos mis sueños eran ver al Ungido, y todos mis planes son en Él. Señor, ya tú puedes despedir; yo estoy listo para morirme”, es lo que está diciendo. Pareciera que no se murió ahí, pero el hermano, en su mente y su corazón, ya él terminó. Ese es un creyente que nació de nuevo. Es una persona que siente que ya terminó. Ay, hermano, si todavía tú sientes que te falta algo, tú no has visto la plenitud de Cristo. Si tú, en este momento, no estás listo para que el Señor te llame a su presencia y decir: “Señor, yo puedo ir en paz, con satisfacción, con gozo, con una sonrisa”, si tú no estás listo para dejar este envase, este cadáver atrás con una sonrisa, con la sonrisa de la satisfacción de aquel que ha vivido una vida que valió la pena, tú todavía no has entendido la plenitud de Cristo.
Adoración al ver la salvación y la centralidad de Cristo
“Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra, porque han visto mis ojos tu salvación.” Primero bendijo a Dios, hermano: adoración. Miren, cuando usted ha visto a Cristo, usted tiene que adorar. Una persona que ha visto a Cristo tiene que adorar. Adorar, hermano, no es un asunto opcional. Si realmente tú has entendido lo que significa Cristo, he estado insistiendo desde que prediqué a principio de mes y ahora volví a predicar, hermano, que por favor no veamos un niño, no veamos un bebé. Simeón ahí estaba mirando la salvación completa. Él estaba mirando ahí no “ay, qué niño más lindo”; eso no es lo que está diciendo. Lo que está diciendo es: “Aquí está la salvación, aquí está la consolación, aquí está la cúspide de la revelación.”
Como dice el autor del libro de Hebreos, aquí está el fin de la historia. Cristo, hermano, es el fin de la historia. Él llegó a ver cómo todo el plan de redención es que todas las cosas fueron creadas por Él y para Él. Ver a Cristo, hermano, es llegar a verlo todo. De hecho, era un personaje que, después que vio a Cristo, ya nada le asusta, ya nada le impresiona. Tú ves las cosas y dices: “Bueno, pero ya yo vi a Cristo. Estos ojos vieron a Cristo y tú me estás diciendo que me sorprenda ante eso.” La creación ya no puede impresionarnos como nos impresionaba antes. El avance de la ciencia no puede impresionarnos como nos impresionaba antes, porque si tú has visto a Cristo, lo has visto todo.
Él es la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. Si alguien ha visto a Cristo, hermano, tiene su corazón tan lleno, a un punto tal que ya no hay avance científico, ya no hay investigación, ya no hay paisaje que le estremezca como él se sigue estremeciendo cada vez, hermano, que recuerda la cruz, cada vez que recuerda su redención. Eso ya no produce en ti lo que producía antes. Él dice: “Ya yo estoy listo.” Ay, hermano, una evidencia de que realmente hemos conocido a Cristo es que tenemos una nueva actitud hacia la vida y también una nueva actitud hacia la muerte. Si tú has conocido la plenitud de Cristo, tienes una nueva actitud hacia la muerte y una nueva actitud hacia la vida.
Ya para ti la muerte no es un tema tabú, ya no es un asunto. Para ti, hermano, ya no hay muerte como antes; tu vida ya está sentada con Él en las regiones celestiales. Ya para ti lo que eso significaba, no significa lo mismo. Él confió, hermano, ahí todavía con Cristo muy vulnerable. El Maestro siendo un bebé, lo más vulnerable que puede existir. Dios es tan grande, hermano, que Él mostró su plan eterno a través de algo tan vulnerable como un bebé. Tan poco que pesa un bebé; si no le dan comida, él muere; es absolutamente dependiente. Son tantas las cosas que podemos decir: es tan frágil, hermano, un bebé; son tantas las cosas que pueden pasar. Pero él, por convicción, en ese niño estaba viendo plenamente el cumplimiento de todos los propósitos de Cristo.
Dice: “Han visto mis ojos tu salvación”, pero no ha ido a la cruz todavía. Proyecta mirando salvación, hermano, en la concreción, en la plenitud que llegó a experimentar este hombre, él ahí está mirando la salvación, aun antes de la cruz, hermano. Él vio la salvación entre todos los pueblos aun antes de la gran comisión. Al final de su ministerio, el Señor dijo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda nación.” Él dijo que vayamos. Simeón está mirando ya que el Señor está preparando este espectáculo que es la salvación en medio de todas las naciones. Él lo está mirando, hermano.
Él vio los gentiles antes de que sucediera cualquiera de las cosas que hizo el Señor para que los gentiles fueran integrados, pero ya los veía plenamente integrados. Y me permito aquí, hermano, decir que también él vio la gloria de Israel aun antes de que el Señor le concediera a Israel todas las promesas, que estoy absolutamente convencido de que el Señor le cumplirá. Ya estaba mirando en Él la gloria de Israel. Es que confiaba plenamente, hermano, en que Cristo alcanzaría todo su propósito.
Al final del ministerio de Cristo, le preguntaron sus discípulos: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo, en esta época?” Simeón lo vio eso hace rato, hermano. La restauración de Israel, la gloria de Israel, él lo está mirando con una claridad extraordinaria. El Espíritu Santo se lo estaba revelando.
Aquí quería llegar, hermano, después de mostrar la persona, después de mostrar su plenitud; su persona, para que le imitemos: hermanos justos y piadosos, que seamos como Simeón. “Sé como Simeón”: justo y piadoso. Les mostré, en primer lugar, su persona; en segundo lugar, su plenitud. Hermano, siéntete gozoso, siéntete pleno, que no te falte nada, que si tú tienes a Cristo, hermano, tú digas: “Señor, yo estoy listo para estar en tu presencia. Si estoy aquí vivo”, como dice el apóstol Pablo, “si estoy aquí, trabajo para Él, pero mejor me sería estar en este momento en su presencia.”
Cristo puesto por designio: caída y levantamiento
Aquí quería llegar, hermano: la profecía de Simeón, lo que Cristo le haría al mundo. Él está mirando el Libertador, a Cristo, y pudo ver claramente tres cosas que Cristo le haría al mundo. Cuando hablo de “mundo”, estoy hablando del conjunto de los hombres; no estoy hablando en este momento geográficamente, estoy hablando de la humanidad en pleno, lo que Cristo le haría a la humanidad. Y las tres cosas que Cristo le haría a la humanidad muestran a Cristo operando, nunca pasivo. Yo quiero invitar a mi iglesia que cierre este año, cierre esta temporada de Navidad, mirando a Cristo como un agente activo en medio del mundo. No vean a Cristo pasivo. La Navidad mundana tiene a Cristo demasiado pasivo, hermano, todavía a nivel de “Niño Jesús”, así. No lo veas así; imagina a Cristo activamente trabajando: tres efectos, todos muy activos, todos muy potentes, y todos por designio.
¿Cómo comienza esta parte del texto, a partir del versículo 34? Después de leer: “He aquí, este está puesto…”. O sea, que lo que Cristo le hace al mundo no se lo hace por casualidad; lo hace por ordenanza, por designio, por decreto. Él fue mandado a que le hiciera eso al mundo. Oye, yo quise entusiasmar hoy a mi iglesia que entienda el poder que tiene el nombre del Señor, el poder que tiene la presencia del Señor, el impacto que Cristo tiene sobre la gente. La primera cosa que por designio Cristo le haría al mundo: “Este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel.” Es como una piedra.
Miren, Cristo es una figura polarizante; no deja a nadie indiferente. Con el mismo Señor que nosotros fuimos levantados, hay otros que se fueron de boca y tropezaron. De hecho, si Cristo ha sido proclamado, nuestros cultos nunca serán pasivos. Ay, hermano, que dicen: “Estuvimos en el culto y como que no sucedió nada. Nadie se convirtió, nadie se entregó al Señor.” Hermano, aquí Cristo está siendo proclamado, nadie saldrá de aquí indiferente. Usted saldrá en uno de dos lados: o saldrá rodando, o saldrá levantado. La proclamación de Cristo derriba o la proclamación de Cristo levanta. La proclamación de Cristo levanta, la proclamación de Cristo derriba. El mismo Señor, la misma predicación, el mismo Señor.
Que en algunos se predica y produce en ellos salvación, en otros produce condenación. De hecho, solamente un creyente que ignora el Evangelio, el poder en la predicación, la proclamación del Evangelio, las dimensiones del Evangelio, es un creyente que puede ver un culto indiferente. Yo no veo indiferencia. Cierta iglesia me invitó a predicar una campaña evangélica de tres días, y la verdad, hermano, que hubo poca evidencia, y yo mismo me preguntaba: “¡Wow! Como que no hubo efecto, no hubo impacto.” Luego pensé: sí hubo. Lo que pasa es que no hubo el efecto, el impacto que yo estaba esperando. ¿Seré yo más sabio que Cristo? ¿Seré yo más poderoso que Él? ¿Tendré yo más influencia, tendré yo más retórica, tendré yo más autoridad que Él? Nunca.
Y el mismo Señor fue a ciudades donde predicó y no hubo ningún fruto aparentemente. Y estamos predicando aquí la Escritura, y si ustedes ven que los hombres siguieron normales… Ay de ti, Corazín; ay de ti, Betsaida, que si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho entre vosotras, tiempo ha que sentadas en silicio y ceniza se habrían arrepentido. Hermano, nuestro Señor, que es absolutamente sabio, absolutamente poderoso, Él fue y predicó en ciudades donde hubo arrepentimiento, y en otras no. Y yo digo: ¿faltó Él en poder para convertir? “Por tanto, en el juicio será más tolerable el castigo para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Capernaum, que hasta los cielos eres levantada, hasta el Hades serás abatida. El que de vosotros me oye a mí, me oye; y el que de vosotros me desecha a mí, me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió.”
Hermano, Cristo no deja a nadie indiferente. La predicación del Evangelio no es un asunto neutral. Hay gente que cree que vino a la iglesia y salió igual. Sí, hay personas que llegan a la iglesia y dejan el “sí” o el “no”, lo dejan en la casa. “Yo voy, pero que no se espere que yo haga nada. Yo voy, pero solamente voy a mirar. Yo voy, pero no es que se espera de mí un compromiso. Yo no estoy en contra, tampoco estoy a favor.” Hermano, dijo el Señor: “El que conmigo no recoge, desparrama; y el que conmigo no es, contra mí es.”
Cristo es la frontera definitiva en la humanidad. Vivimos en una sociedad que busca que todas las fronteras sean drenadas, que todo se reduzca. Es malsonante al día de hoy hablar de fronteras. No quieren fronteras geográficas, no quieren fronteras sociales, no quieren fronteras económicas. Cristo es la frontera definitiva: estás en Cristo o estás en contra de Cristo. Y tú dirás: “Pero yo no elegí estar en contra.” El que conmigo no recoge, desparrama. Él está puesto para caída o está puesto para levantamiento, pero nadie después de ver esta piedra seguirá igual.
De hecho, yo predico la Palabra del Señor, hermano, con esta emoción de que esto no deja a nadie diferente. Quizás tú no expresas tu decisión, pero la tomas. Alguien vino, se predicó Cristo, y la persona dice: “No, yo no tomé ninguna decisión.” Tomaste una decisión, y el Señor la vio. En esto hay una connotación de sorpresa. Miren, cualquiera que sea el efecto que Cristo cree, la lentitud no estaba operando. Este fue puesto para caída y levantamiento, y el término original tiene una connotación como de sorpresa, como que tú estabas caminando y fuiste levantado, o estabas caminando y fuiste derribado. Pero Cristo, hermano, esto no es un asunto previsto, como: “Yo voy a decidir rechazar a Cristo.” No. Es imprevisto: “¿Hoy lo tomo o lo dejo?” Caerás o te levantarás.
Esto, hermano, es consistente con la gran comisión que nos dice que prediquemos a toda criatura, pero que bauticemos a aquellos que creen. Como iglesia no predicamos a Cristo solamente porque las personas están abrazando a Cristo; y por eso prediquémoslo cuando las personas dejan el brazo quieto. Ahí también se predica a Cristo, y ahí también se elige o se rechaza a Cristo. Primera cosa que Cristo le hace al mundo: que Cristo polariza al mundo. Es la frontera definitiva: estás en Cristo o no estás en Cristo. “Ay, pero déjame elegir.” No. Tú eliges, hermano; es todo lo contrario: se predica a Cristo para salvación o se predica a Cristo para condenación.
Cristo, señal contradicha en medio de un mundo confundido
Lo segundo que Cristo haría al mundo. Lo primero es eso: levantar o derribar. Lo segundo: una señal contradicha. No hay un hombre que haya sido más discutido en la tierra que nuestro Señor Jesucristo. No hay uno que haya producido debates tan acalorados como Cristo. La gente dice: “De religión, de pelota y de política, de eso no se discute.” De religión, en primer lugar. El problema no es religión, el problema es Cristo. Deja que Cristo sea mencionado y a la gente eso le genera un desasosiego. Tú lo ves como que está tranquilo, como que no quiere hablar, pero Cristo es extremadamente amado, extremadamente odiado. Cristo no es indiferente, hermano.
Que la gente no diga, con los dientes, “qué tanto que hablan de Cristo”. Sí, Cristo produce eso. Y hay otros que dicen: “Sí, hábleme del Maestro, hábleme de Él. ¿De qué otra cosa podemos hablar?” Cristo hace eso, hermano: una señal contradicha. En un mundo de confusión, Cristo es la única seguridad que tenemos. A través de Él podemos llegar al Padre. “Yo soy el camino, yo soy la verdad y yo soy la vida; nadie llega al Padre si no es por mí.” Él es la única señal que tenemos. En un mundo de confusión y oscuridad, la única esperanza que tenemos de que llegaremos al Padre es que le tenemos a Él, hermano.
Perdóname el ejemplo burdo, pero lo que más esto me recuerda es cuando uno ahora navega, hermano, con un GPS donde quiera que uno va, trayecto largo o corto. Hay veces que el GPS te conduce por encrucijadas donde tú dices: “Si esto se descarga, no sé cómo saldré de aquí”, y hay veces se pierde la señal del GPS, hermano. Bueno, si no tenemos a Cristo, en este mundo de oscuridad, en este mundo de tinieblas donde andamos como a tientas, no tenemos la seguridad de que vamos a llegar. Pero Cristo es la señal.
Pero es una señal que no deja a nadie diferente, es una señal contradicha. Tú vas encaminado al Padre a través de Cristo, y la gente te está diciendo: “Eso no lleva a ninguna parte, eso no es verdad; vamos a tomar otro atajo, de esa manera no es la manera. Ese camino es un camino muy viejo, o es demasiado angosto, o es demasiado largo.” Cristo es la señal, hermano, pero señal contradicha. Cristo no deja al hombre indiferente: o las personas están diciendo: “Sí, hermano, sigamos a Cristo, estemos en Él, caminemos en Él, profundicemos en Él”, o hay gente diciéndote: “Vas muy rápido; por ahí no se llega; estás perdiendo tu vida.”
Ese camino es muy solitario, muy aburrido, es un camino muy difícil. Miren, quienes contradicen la señal son tantos como los que seguimos el camino, y a veces son hasta más ruidosos que nosotros. En este mundo hay más ruido en contra de Cristo que ruido que hay por la predicación de Cristo. Ellos no son que están militando el camino; somos nosotros. Pero ellos quieren contradecirnos: “Oye, tú estás perdiendo tu tiempo, estás desperdiciando tu vida, por ahí no vas a llegar a ninguna parte; eso es un atraso.”
Que recibiste a Cristo, “perdiste quince años”. Eso se lo dijeron a alguien, hermano. Su socio le dijo eso: “Quince años de atraso económico significa eso. Cuando tú vuelvas en sí, yo voy a estar quince años por delante de ti.” Él vio a Cristo, él lo siguió a Cristo. Pero este, que era aparentemente su amigo, le dice: “Estás perdiendo quince años de tu vida. Eso va a tener un impacto económico en tu patrimonio, va a tener un impacto en tu familia. Tú vas a ver que pronto no vas a hacer como lo hacías antes.” Eso de “quince años” para el mundo, Cristo es una señal contradicha.
Nosotros estamos siguiendo este camino porque le vimos a Él. Él es la señal, hermano, pero nos están diciendo: “No le sigan, no le sigan, vas muy rápido, estás muy de lleno.” “Tú estás muy de lleno en ese asunto. Tú lo estás tomando muy en serio.” Si usted no ha escuchado ese comentario, muy probablemente usted no está siguiendo a Cristo. Porque quien sigue a Cristo tiene una multitud de opinantes. Eso me recuerda cuando yo jugaba ajedrez, hermano, uno fajado ahí tratando de pensar la jugada, y el que está afuera gritando no te deja meter la jugada en paz. Así estamos siguiendo a Cristo, y hay otros gritando directamente: “A mí no me gusta la gente que sigue ese camino, a mí no me gustan los cristianos. Son tontos, son ingenuos, o son muy creídos, que se creen ellos que son…”
Nada, que nosotros estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, y nuestros ojos han sido abiertos, hermano. Hemos visto a Cristo, hemos puesto en Él toda nuestra esperanza. No es que no nos hablen de Cristo, es que no podemos dejar de hablar de Cristo.
Son agresivos, hermano, en eso. “Tanta religión”, pero “no hables de eso.” Es que no puedo dejar de hablar. Imagínese que yo fuera ingeniero y me dijeran: “No hables de ingeniería.” Que yo fuera artista y me dijeran que no hable de los colores. Qué tanto se habla de Cristo. Es que Él es nuestra vida, hermano. Ya yo estoy perdido en Él; yo me perdí en Él; yo me entregué en Él. Mi vida es Él. Yo no puedo dejar. Ya yo no puedo concebir mi vida… si alguien me dice que no hable de Cristo, es como si me dijera que no hable de mi país; que no hable de lo que me define. “Mira, tú me caes muy bien, pero a mí me molestan las personas que son de tono de color marrón.” Cristo me define a mí. Él es. Yo tengo una naturaleza, nos dice Cristo, hermano, o sea…
Él es una señal que será contradicha. Algunos son… eso es lo que más molesta: los que son como condescendientes acerca de que estamos militando este camino. “Yo no los persigo, pero yo los entiendo a ellos. Ellos necesitan eso, son gente débiles que necesitan ese desahogo.” Hay gente que necesita su subida, como esa aparente condescendencia. Hermanos, son muy ofensivos. Cristo, hermano, no deja a nadie diferente. O le amas o le odias. O sea, tú no puedes estar en neutro con relación a Él. Si tú estás siguiendo esta señal, tú vas a tener cinco que no siguen la señal, pero están en contra de que tú la sigas.
Lo primero que Él haría, hermano: derribaría o levantaría. Lo segundo que haría Cristo: sería una señal contradicha. Tú sabes que tú estás en el camino, pero tienes cinco opinantes alrededor de ti diciéndote que no, que no sigas. Y tú hacia Cristo, y ellos que pongan la reversa.
Cristo revela lo profundo del corazón humano
Y lo último que Cristo haría, hermano, es que revelaría el pensamiento de muchos corazones. “He aquí, este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha; y una espada traspasará tu misma alma, para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.” Antes, he explicado, predicando acerca de María, he expuesto ese texto de que una espada traspasaría tu propia alma: es el dolor que va a tener que sufrir una madre al ver que su hijo estaba siendo un elemento disruptor a la sociedad. Nadie quiere tener un hijo complicado. ¿Quién quiere tener un hijo que ha dividido una ciudad? Un hijo divisor, un hijo que separa a los padres de los hijos, un hijo que separa a la sociedad en dos grupos definitivos, porque toma una frontera.
Hermano, Cristo estableció una línea, y eso es una línea, hermano, de todo o nada. Esto no es “más o menos”, de “yo creo que puedo cruzar el bache.” “Todo lo que el Padre me ha dado vendrá a mí, y al que a mí viene no le echo fuera”; y los otros, el Padre no me los dio. “¿Y qué hago con ellos?” Eso es ofensivo, hermano, ante el mundo. Y Cristo trazó esa línea. Imagínese la mamá de Cristo tener que lidiar con eso. “María, a ver si tú puedes hablar con el Señor para que salve no sé quién, que yo tengo aquí, porque le dije que Él está salvando, pero lo mío todavía no.” “¿Y por qué lo tuyo sí y lo mío no?” Miren, eso es complicado, tener un hijo Salvador.
Propónganse eso: la división. Pero por otro lado, lo que Cristo estaba haciendo, apareciendo en contradicción con toda autoridad, parecía rebelde, hermano. El Señor parecía rebelde. ¿Quién quiere tener un hijo así? Un hijo que ofende las autoridades religiosas, los padres. Quizás al que mejor le fue fue a José, hermano. No sabemos qué pasó con él, pero parece que murió antes de que Cristo comenzara su ministerio público, porque ya después no aparece en la historia. Quizás al que mejor le fue fue a José, pero María tuvo que presenciar a Cristo siendo aplaudido, y la multitud diciendo: “Crucifíquenlo, crucifíquenlo.” María tuvo que soportar ver a Cristo alimentar la multitud, multiplicar el vino, multiplicar los panes, hacer todos sus milagros, y al mismo tiempo tuvo que soportar ver una cruz siendo levantada con su hijo ahí.
Y todo eso, hermano, lo que serviría era para revelar el estado del corazón del hombre. Esa espada traspasaría su propia alma porque ver a un hijo que está siendo abiertamente rechazado, abiertamente perseguido. En un momento, ya cuando Cristo se acercaba a Jerusalén, lo estaban buscando para apresarle, a través de engaños, a través de las autoridades. Imagínense ustedes. Hay un caso muy parecido a Él, que es un ciego de nacimiento que fue curado. Y cuando el Señor sanó al ciego de nacimiento, buscaron sus familiares para meterle presión a los familiares. Imagínense la presión que experimentó la madre del Señor.
Este que ha venido ahora… Por un lado, los zelotes diciendo: “Este que ha venido hace la guerra que nosotros no pudimos hacer; este ha tumbado sin tirar un tiro.” Cristo rompió todos los patrones de la sociedad. Y los saduceos decían: “No, pero con este hombre predicando así contra Roma y contra todo el mundo, nosotros nunca vamos a tener favor de esta gente.” Cristo, hermano, era un efecto polarizante. Y todo lo que estaba haciendo, esa espada traspasaría el alma de su mamá y serviría para evidenciar el estado del corazón. Ese término tremendo que aparece ahí: “para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones”, está diciendo que Cristo hace que emerja algo que está muy profundo en el corazón del hombre, y que parece que no está ahí. Y está tan profundo eso en el corazón de la gente, que la gente parece que no lo tiene.
Y ¿sabe qué es lo que está profundo en el corazón de la gente, que la gente jura que no lo tiene? Tú ves la persona normal ahí, como que todo da igual: “No, mira, yo soy alguien bien, yo soy bueno, yo soy tranquilo, yo no soy una gente que hago mucho daño.” ¿Sabe qué es lo que hace Cristo? Que Cristo empuje, empuje, empuje, empuje, empuje, empuje, empuje, hasta que lo que hay en el corazón del hombre sale. ¿Y sabe qué hay en el corazón de los hombres? Odio contra Dios. Odian a Dios con toda su fuerza. Eso es lo que sale. Tú los ves quitándose la máscara, y Cristo comienza a empujar, empujar, empujar, y hasta aquel que inicialmente lo celebraba termina diciendo: “Crucifíquenlo, crucifíquenlo.”
Cristo hace emerger la enemistad que hay entre la criatura y el Creador. Revela los pensamientos de todos los corazones. Eso que está dentro, que es la maldad, hermano, que es el pecado. La gente pone leyes y leyes, capa sobre capa, y parecen que están bien delante de Dios. Y cuando Cristo viene, Él separa todo eso, hermano, y nos quedamos a la intemperie. Y cuando nos quedamos a la intemperie, nos damos cuenta: “Pero es que mis pecados son desagradables, estoy en putrefacción delante de Él. Él es demasiado santo, yo soy demasiado pecador.” Eso es lo que hace Cristo.
“Para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.” Cristo fue moviendo la sociedad, predicándoles, moviendo la sociedad, y inicialmente hasta aquellos que se comieron los panes y los peces también se unieron a la multitud: “Crucifíquenlo, crucifíquenlo. Es que Él es insoportable, lo que Él irradia es demasiado grotesco, Él me rechaza, yo no lo soporto.”
Todo el que estuvo con Cristo sintió eso; se sentía muy desnudo. Una samaritana estuvo con Él, y trató de hacer lo que hacen los hombres cuando están delante de la santidad de Dios: discutir de diferentes cosas. Al final salió de ahí despavorida y dijo: “Este hombre me ha revelado todo cuanto he hecho.” Bueno, eso no es cómodo. Una persona que ha venido a Cristo supo lo que es eso: sentir el peso de los ojos santos de Dios sobre uno. Por eso él entiende: “Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos; nuevas son cada mañana las misericordias del Señor.” Es lo único que nos mantiene en pie.
Muchos hombres pretenden permanecer neutrales o indiferentes ante la proclamación de Cristo, pero tarde o temprano terminan rendidos ante Él o violentamente en contra. Con Cristo, hermano, Cristo va provocando, provocando el corazón de la gente. La gente piensa, todo el mundo piensa que está bien con Él, que ama a Cristo, hasta que entiende lo que Cristo piensa sobre él, hasta que entiende cuál es su condición, hasta que entiende cuál es el sacrificio, hasta que entiende la separación. Y después entiende: “Quiten ese hombre de en medio, que es inconveniente para los poderosos y también para el pueblo llano. ¡Crucifíquenlo, crucifíquenlo! Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos.”
¿Qué es lo que Cristo le hace al mundo, hermano? Levanta o destruye. ¿Qué es lo que Cristo le hace al mundo? Es una señal que algunos seguimos y algunos contradicen. ¿Qué es lo que Cristo le hace al mundo? Lo que Cristo le hace al mundo es que revela lo que verdaderamente hay en el corazón de los hombres; y eso que verdaderamente hay en el corazón de los hombres es pecado, algo que es aborrecible delante del Señor.
Termino, hermano, con Juan 3:19:
Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
— Juan 3:19
Qué es lo que Cristo le hace al mundo: Cristo enciende la luz, hermano, y te enseña que estás desnudo.
Llamado a decidir por Cristo y oración final
Cierre sus ojos un momento. Si aquí hay alguien que ha sentido por un momento su desnudez, si aquí hay alguien que ha sentido por un momento su separación, si aquí hay alguien que se ha sentido aborrecible, inapropiado ante la presencia de un Dios que es tres veces santo; si hay alguien que está aquí hoy que vio la piedra: ¿estás levantado y no destruido? Si hay alguien que vino aquí sin el deseo de tomar una decisión, que decida hoy por Cristo. “El que no está conmigo, contra mí es; el que conmigo no recoge, desparrama.” Si alguien está aquí hoy congregado y piensa que está en neutro, no estás en neutro: estás desparramando.
Ya tomar “no decidir” es decidir. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”: plenitud, salvación, seguridad. Si alguien ha escuchado hoy la exposición de la Palabra, si alguien ha visto hoy a Cristo, que decida levantarse en vez de caer. Yo no tengo que ver una evidencia; el Señor conoce cada corazón, aun tus pensamientos más profundos. Él conoce cada corazón y conoce hacia dónde está tendiendo.
Ay, Señor, ten misericordia y permite que hoy alguien sea levantado. Padre, tú que destruyes, tú que desechas, tú que tienes poder para destruir y poder también, Señor, para hacer vivir, yo te pido que manifiestes tu gracia, que extiendas, Señor, misericordia. Que alguien hoy sea añadido, Señor, en vez de repelido. Permite, Señor, que entendamos más allá de un niño de Navidad, que entendamos la salvación y el efecto que tú has hecho sobre toda la creación. Todo esto, Señor, para tu gloria, en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, nuestro Salvador.
Ay, hermano, mantén tus ojos ahí cerrados un momento. Permíteme orar por ti para que sientas la plenitud de Cristo. Ay, Padre, permite que mi iglesia pueda sentir en un momento la concreción. Permite, Señor, que sintamos lo mismo que sintió Simeón cuando te vio. Permite, Señor, que nuestros ojos vean la salvación, que entiendan la plenitud. Señor, aviva en nuestro corazón la llama de la esperanza, que anhelemos, Señor, la concreción de todas las cosas, que venga tu reino, Señor, y se haga tu voluntad; que anhelemos el cumplimiento de todas tus promesas. Permite que este pueblo, Señor, sea un pueblo concreto, sea un pueblo terminado, sea un pueblo, Señor, con plenitud y esperanza.
Ay, Señor, cómo no. Permite, Señor, que la piedad nos defina y la justicia también. Todo esto es para tu gloria, en Jesucristo, nuestro Señor. Amén. Nuestro ministerio de adoración nos despide con alabanzas.