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Como se edifica la Iglesia

Efesios 4:11-13

La iglesia crece cuando cada miembro entiende que Cristo ya ha dado vida al cuerpo, y aprende a edificar a los demás, buscando una meta corporativa: que todos lleguemos juntos a la plenitud de Cristo.

Predicado30 de diciembre de 2018
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Acompáñenme, hermanos queridos, a la sagrada Escritura, y estemos juntos en el libro de Efesios, la carta del apóstol Pablo a los efesios. Vayamos hasta el capítulo cuatro. Puede ponerse un momento sobre sus pies para leer la Escritura. Es la misma porción de la Escritura que durante diez años he estado compartiendo en el taller de membresía, y que hoy pretendo usar para cerrar este programa de predicación en nuestra iglesia, poniendo una expectativa piadosa desde este mismo texto respecto de nuestras metas, nuestras ambiciones, nuestros deseos de crecimiento.

El libro de Efesios en el capítulo cuatro, desde el versículo 11 y hasta el versículo 13, dice así la sagrada Escritura:

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.

— Efesios 4:11-13

Puede sentarse, hermanos amigos queridos. No sé si han hecho ya sus metas de Año Nuevo. Ahora mismo hay una corriente que se opone a que hagamos metas de Año Nuevo. De hecho, la broma más recurrente, ya un poco gastada, es que lo que hay que hacer es tomar las metas del año anterior, tachar el año y ponerle encima la nueva fecha. Es un poco pesimista, pero se corresponde con lo que mucha gente está sintiendo.

Las metas de Año Nuevo, en áreas como el cuidado del cuerpo, las finanzas, las diferentes relaciones y, sobre todo, el estado de nuestra alma, pueden ser un recurso útil para glorificar al Señor, evitando que perdamos el tiempo. Pero más allá de que tengamos o no metas, o metas de Año Nuevo, todos tenemos expectativas de crecimiento, aunque no sean muy específicas. Yo no conozco a nadie que, año tras año, quiera quedarse en el mismo sitio. De hecho, para mí sería raro que una persona me diga: “El año entrante, a mí me gustaría que las cosas se queden tal cual están en este mismo año”.

Hay algo adentro de todo ser humano que le hace desear aún más. Aunque las cosas no se concreten, las expectativas como que nos mantienen vivos. En la carta del apóstol Pablo a los efesios encontramos una presentación muy detallada del plan de Dios para su pueblo, desde la fundación del mundo y hasta que todas las cosas sean reunidas en Cristo. Un plan en el que el individualismo egoísta, que está muy presente en las metas de Año Nuevo, aun en los creyentes, es reemplazado por aspiraciones más corporativas o congregacionales. Este plan general es un buen punto de partida para nuestras expectativas de crecimiento. Si usted quiere crecer en este año, me gustaría que crezca según las expectativas de Dios.

Hoy veremos cuatro actitudes que contribuyen al crecimiento de la Iglesia. Quisiera incidir en sus metas de Año Nuevo. Si usted se propone crecer en el 2019, sobre todo en lo espiritual, me gustaría que entienda hoy cuál es el mecanismo de crecimiento, cómo funciona el crecimiento de la Iglesia del Señor. A esto le he llamado la “mecánica de la edificación”.

Mecánica de la edificación: perfeccionar y edificar

En segundo lugar, quisiera mostrar desde este texto que es importante tener, respecto de nuestra vida en general y sobre todo de nuestro crecimiento, una perspectiva congregacional, corporativa, no solamente individualista. Me gustaría que ustedes no solamente tengan sus metas, sino que estas sean nuestras metas. La mayor cosa que me propongo hoy, hermanos, es romper con el individualismo que ha caracterizado al hombre en nuestros días, y dar una perspectiva amplia, corporativa, congregacional, acerca de cómo nosotros crecemos.

Me gustaría también, desde este texto, mostrarle a la Iglesia una nueva manera de buscar la unidad: no tanto en nuestros afectos o nuestras preferencias, sino buscar nuestra unidad en Cristo, que Él sea el centro. Y terminaré aumentando aún más nuestra expectativa de crecimiento. Si usted tenía la meta de llegar hasta el nivel 5 de crecimiento espiritual, me gustaría mostrarle hoy que se puede llegar no solamente al nivel 5, sino al nivel 50 y hasta el 100; que las expectativas que tenemos como creyentes de crecer solamente serán satisfechas cuando tenemos la presencia del Señor, pero que nuestro techo es todavía más alto. Comienzo mostrándole a la Iglesia cuál es el mecanismo de la edificación.

Quizás un creyente diga: “En este año me propongo crecer espiritualmente en tales áreas”. Para usted crecer en cualquier departamento de la vida, necesita saber cómo es que se produce el crecimiento. Si realmente nosotros estamos en Cristo, ya hemos muerto a nuestras expectativas particulares y nuestra vida es Él. Si usted anteriormente se disponía a crecer en cualquier área a su manera particular, me gustaría mostrarle hoy que si usted está en Cristo, ahora comparte un mecanismo de crecimiento que es distinto al mecanismo de crecimiento por el cual se rige el mundo.

Esta mecánica de edificación, en el versículo 12 del capítulo cuatro del libro de Efesios, se presenta así: “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. Dos palabras ahí me gustaría que tengan presentes: la primera palabra es “perfeccionar” y la segunda palabra es “edificar”.

Está diciendo el apóstol Pablo que a la Iglesia se le ha dado un sinnúmero de dones, un sinnúmero de oficios, pero que estos oficios se podrían reunir en dos grupos principales. El primer grupo está en el versículo 11 y el otro está en el versículo 12. El primer conjunto incluye los dones de perfeccionamiento: se mencionan aquí los apóstoles, los profetas, los evangelistas, los pastores y los maestros, y después nos dicen qué hacen ellos para después entonces presentarnos qué hace el pueblo.

El mecanismo de edificación es que la Iglesia del Señor tiene dos grupos. Hay un grupo de hombres cuyos dones son de perfeccionamiento, y está el cuerpo general cuyos dones contribuyen con la edificación. Dice así: “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.

Una debilidad que comparte nuestra iglesia con muchas otras iglesias es que operamos fuera de tiempo. Por operar fuera de tiempo me refiero a que los pastores, en vez de perfeccionar para la obra, hacemos la obra y el pueblo la recibe. Si usted ha pensado en un crecimiento, está pensando que existe un pastor que va a edificar su vida. Sin embargo, como lo enseña la Escritura, los pastores y maestros no están para hacer la obra, están para capacitar al pueblo para su propia edificación.

Una iglesia que opera “en tiempo”, sus miembros han aprendido a edificarse mutuamente, y los pastores y maestros aportamos para mejorar el proceso, pero el proceso no depende de nosotros. Dice la Escritura que Él le ha dado a su pueblo pastores, maestros, evangelistas y otros más, a fin de perfeccionarle para la obra del ministerio. Mi tarea, hermanos queridos, en el año entrante no está tanto en su edificación, sino en su capacitación para que entre ustedes mismos aprendan a edificarse.

¿Cuál es el mecanismo que el Señor le ha dado al pueblo del Señor? El mecanismo que le ha dado es que hay algo que está surgiendo en nosotros, que es la vida de Cristo, que puede ser perfeccionado a través del trabajo de los pastores, pero que la Iglesia misma debería aprender a cultivar las aptitudes necesarias para su mutua edificación. Esta primera parte, que es el perfeccionamiento, puede ser una parte puntual, pero la otra, que es la edificación, es una parte permanente.

Si pudieran tener dos cosas en perspectiva: lo primero es que hay dones que son dones para perfeccionar un proceso, pero que hay un proceso mismo que ya está sucediendo. El proceso que está sucediendo, que debería estar ocurriendo, es la edificación del cuerpo de Cristo, y eso lo hacemos todos nosotros con nuestros propios dones.

Cuando uno le presenta estas cosas al pueblo del Señor, siempre surge el siguiente cuestionamiento: “Yo no creo que tenga la capacidad de edificar a ningún creyente”. Es que usted no lo ha hecho. Ahora, lo que estoy convencido a la luz del texto es que los pastores no estamos llamados a hacer el trabajo último. Nosotros podemos perfeccionar este proceso, podemos ayudar a la Iglesia en el proceso, pero la Iglesia debería estar capacitada para su propia edificación, “para la obra del ministerio”, como también se le llama.

Esto se parece mucho a los padres. Humanamente hablando, casi ningún ser humano cree que tiene la capacidad de criar. Usted le dice a una persona que jamás ha cuidado ni siquiera un perrito que va a tener hijos y que tendrá que formarlos, criarlos, cuidar de ellos, proveerles, y dice que eso es imposible.

Pero sucede que cuando el Señor a los padres les da el privilegio de concebir, parece que padres que jamás habían pensado que era posible, sí tenían capacidad de criar, sí tenían la capacidad de incidir, sí tenían la capacidad de proveer. Lo mismo pasa en el mundo espiritual.

Quiero enamorar a mi iglesia respecto de que la mecánica de la edificación de la Iglesia es que hay dones para perfeccionamiento y hay dones que son para edificación, y que la edificación debe ser mutua. Estas cosas pueden ser cultivadas, pueden ser perfeccionadas, pueden ser canalizadas, pero la vida de Cristo ahora mismo está sucediendo en su Iglesia.

Ay, hermano, quisiera quitar toda la expectativa de ti respecto de que los pastores podemos producir la vida en la Iglesia. Si realmente nosotros estamos en Cristo y hay una vida que está emergiendo, nosotros podemos canalizar esto, podemos cultivar esto, podemos perfeccionarlo, pero el mismo término de “perfeccionamiento” infiere que el proceso ya está sucediendo.

¿Cuál es este proceso que está sucediendo? Es que la vida de Cristo ha sido derramada en nosotros, que nosotros hemos sido escondidos en Cristo. Si has pensado crecer al año entrante, hermano, me gustaría que entiendas cuál es el mecanismo. El mecanismo es que tú tienes dones, que tus hermanos tienen dones, y que con estos dones todos nosotros tenemos que aprender a edificarnos.

De hecho, el término “perfeccionamiento” —“a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”— transmite una idea de poner las cosas en orden, no de producirlas. Por ejemplo, el término griego es “katartismós”. Se utilizaba para cuando una persona iba a preparar un barco para un largo viaje.

Él no iba a subirse en el barco, él no iba a dirigir el barco, pero le iba a poner todos los pertrechos que hicieran falta para que ese barco llegara y alcanzara su destino. Eso es lo que hace el liderazgo de una iglesia local. El liderazgo de una iglesia local puede trabajar en tu perfeccionamiento, pero la vida de la Iglesia es en sí la vida de la Iglesia. La vida de la Iglesia está en nosotros. Los dones de la Iglesia han sido derramados sobre cada uno de sus miembros para la mutua edificación.

Algunas traducciones transmiten ese término, por ejemplo, la Biblia de las Américas lo traduce “a fin de capacitar”, muy buena traducción. Reina-Valera lo traduce como “perfeccionar”, también es muy bueno. Hay otras que pueden traducirlo como perfeccionar, edificar, capacitar, pero ninguna de esas ideas transmite la idea de producir. Y es que donde no ha surgido la vida de Cristo, ningún líder está en la capacidad de producirla. Nosotros podemos canalizar, nosotros podemos cultivar, pero la vida de Cristo ha sido derramada en su Iglesia.

Más allá del culto dominical: contextos de edificación mutua

Quiero aquí acotar, hermanos queridos, que el contexto donde más frecuentemente sucede la edificación mutua del pueblo del Señor no es en el culto principal, no es en el culto del domingo. Algo que ha prevalecido ya en los últimos años, por un asunto de costumbre, es que los creyentes ponen toda su edificación, toda su expectativa de edificación, en la reunión dominical.

Hermano, la Iglesia es más que una reunión del domingo. La Iglesia es la vida de Cristo que está ocurriendo en nosotros. Para que suceda esta mutua edificación, para que nosotros estemos capacitados para la edificación del cuerpo de Cristo, tenemos que aprovechar otros contextos que son contextos más afines a que esto suceda.

Por ejemplo, cuando les digo a los hermanos en los talleres de membresía que todos nosotros tenemos dones para la edificación del cuerpo de Cristo, el grupo se divide en dos. Hay algunos que dicen: “Nosotros podemos cantar”, y hay otros que dicen: “Nosotros podemos predicar”. ¿Por qué? Porque son las dos cosas que más frecuentes suceden en una reunión del domingo. Sin embargo, el cuerpo de Cristo no solamente tiene hermanos que cantan y hermanos que predican.

Hay hermanos que exhortan, hay hermanos que animan, hay hermanos que invitan, hay hermanos que con una palabra de ánimo edifican tu vida. Hay unos hermanos que tienen palabra de sabiduría y también la usan. ¿En qué contexto estas cosas emergen? Emergen en contextos un poco más casuales que la reunión del domingo.

Una expectativa que quisiera poner entre ustedes de cara al año entrante, hermanos, es que entiendan que la reunión del domingo tiene un lugar en la vida de la Iglesia, pero no es la vida de la Iglesia. A veces ilustro esto como si fuera la punta de un iceberg: esa no es el iceberg completo, hermano, es la punta solamente. La reunión dominical es útil, sobre todo en dos sentidos: es útil para dar testimonio de Cristo y es útil para perfeccionar a los santos para la obra del ministerio. Pero la obra del ministerio de nuestra iglesia debe suceder permanentemente durante todos los días de la semana.

Sucede en reuniones casuales, en conversaciones telefónicas, en momentos en que nos damos ánimo. Ahora, para que esto suceda debemos ser intencionales. Estoy, en este primer momento, hermanos, tratando de explicarles cuál es la mecánica de la edificación. La mecánica de la edificación es que la Iglesia cristiana tiene líderes que perfeccionan un proceso, pero que hay un proceso que no lo comenzaron esos líderes. El proceso que no comenzaron esos líderes es la edificación del pueblo del Señor, es la manifestación de la vida de Cristo, es el cultivar todas estas cosas.

Me muevo, hermanos queridos, dentro de un momento, pero ¿cuáles son estos contextos de edificación que he estado mencionando? Debe ser intencional para aprovechar cualquier reunión casual con una actitud de edificación. Todo cambia cuando tienes la actitud.

Si tú no crees que puedas edificar a un creyente, vas a terminar no edificando a ningún creyente. Pero si entiendes que tienes dones, hermano, que tienes la capacidad de ser edificado y de edificar a tus hermanos, entonces buscas que de las reuniones más casuales emerja ahí la vida de Cristo. Entender que una palabra, hermano, entender que una mirada, entender que una actitud puede conducir una vida a los propósitos del Señor es algo muy poderoso.

Yo creo que en este tiempo sobreestimamos la predicación del domingo y subestimamos la capacidad de edificación que hay el resto de la semana. Ay, hermano querido, influyes más en la vida de tu iglesia local a través de las conversaciones casuales que a través del tiempo de exposición que tienes a la predicación dominical.

La oración los unos por los otros, el hacer juntos la obra del ministerio. Paradójicamente, hermanos queridos, en una de las cartas donde uno no esperaría recibir esto, el Señor nos mostró ahí una fotografía de qué es la vida de la Iglesia. El apóstol Pablo estaba escribiendo a la iglesia en Corinto, que tenía un problema muy grande de desorden, y él les describió qué era lo que sucedía en sus reuniones.

Es la primera carta del apóstol Pablo a los corintios, el capítulo 14. Dice el versículo 26:

¿Qué, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación.

— 1 Corintios 14:26

Él está mencionando aquí una serie de cosas que frecuentemente no emergen en un culto dominical, pero sí emergen en reuniones más casuales. Quizás esto guarda relación con lo mismo que dice el libro de los Hechos, que pasaban tiempo en el templo y también en las casas. Hay reuniones casuales que pueden ser utilizadas para edificación, pero tenemos que tener la intención de hacerlo.

Dice aquí que alguno podía traer un salmo. No es frecuente que en un culto del domingo un hermano diga: “Yo traje un salmo”. De hecho, parecería que está fuera de lugar. Pero en reuniones más casuales es frecuente que emerjan estos dones que no se hacen tan evidentes en la reunión del domingo.

Un pastor-maestro entra en el grupo de aquellos dones de perfeccionamiento, quienes lo tienen no trabajan directamente, sino por medio de los otros. Y este debe ser un punto de transición en nuestra iglesia para los próximos años. Durante diez años nosotros hemos sido caracterizados por una iglesia que pone sus expectativas de edificación, sobre todo, en el culto del domingo, y por una congregación que pone sus expectativas de edificación, sobre todo, en sus pastores y en sus maestros.

Es necesario que lleguemos a entender, para fines del crecimiento espiritual en cualquier otro sentido, que los dones de edificación están en el mismo pueblo, y que todos nosotros podemos trabajar para ser capacitados con la intención de edificarnos.

Resumen del mecanismo y llamado a la perspectiva corporativa

Resumo la mecánica de edificación y me muevo un poco más. Lo primero es que Cristo produce algo que nosotros no pudimos haber hecho: se llama la vida. Es algo que emerge. Hermano, eso se parece a un parto. Un embarazo de nueve meses. Un ginecólogo obstetra puede acompañar a esa embarazada durante nueve meses, pero no puede hacer que esa criatura que está en su vientre crezca más rápido o menos rápido, eso lo hace el Señor. Y al mismo tiempo él no puede ni detener el proceso ni puede adelantarlo. Dentro de nueve meses ese niño va a salir. Él puede hacer visitas, puede hacer programación, puede dar un seguimiento, pero no puede ni producir la vida ni determinar cuándo esa vida va a ser manifestada. Esas cosas las hace el Señor, hermano. Lo mismo pasa con la vida espiritual.

En lo interno de la Iglesia, el Señor produce en nosotros la vida. El segundo paso en el mecanismo es que los creyentes aprenden a edificarse mutuamente los unos a los otros. Y el tercer paso es que los pastores y maestros ayudamos a perfeccionar este proceso, pero sin reemplazar a la Iglesia. La cosa que más frecuentemente sucede es que los pastores terminamos reemplazando la vida de la Iglesia: hacemos todas las cosas y los hermanos no aprenden a hacerlas.

Debes aspirar, el año entrante, a crecer en la capacidad de edificar y ser edificado. Ese es el mecanismo de edificación que el Señor ha establecido. Lo otro que quiero mostrar, hermanos, para que incluyan en sus expectativas al año entrante, es que debemos tener una intención que sea corporativa y no individual. Dice el versículo 13: “hasta que todos lleguemos”.

Si has escrito tus propósitos de Año Nuevo, tú dices: “Yo quiero llegar el año entrante, a mí me gustaría ser, a mí me gustaría llegar a ser, a mí me gustaría conseguir”. Pretendo en este momento, hermanos, que cambies el “yo” por el “nosotros”: “hasta que todos lleguemos”. Qué hermoso son creyentes que han crecido en madurez a un punto tal que no aspiran tanto a su crecimiento individual, sino que aspiran al crecimiento corporativo y a la mutua edificación de su iglesia.

Qué precioso sería, hermano, que en tus metas tú digas: “Yo quisiera que mi iglesia en este año creciera en tal sentido; yo quisiera crecer para complementar mi iglesia en ese sentido”. Me atrevo a decir que el individualismo es el principal obstáculo que tenemos para nuestro crecimiento y nuestra edificación. Si ustedes van a una librería cristiana y se aproximan a las áreas de discipulado, encontrarán que casi todos los títulos de los libros han sido escritos con pronombres personales y posesivos: “Tu victoria”, “Tu crecimiento”, “Tu avance espiritual”.

Pocas veces aparecen “nuestra edificación”, “nuestro avance”, “nuestro crecimiento”. El crecimiento que llama la atención es el crecimiento propio, pero no es tan frecuente en nuestra mente el crecimiento colectivo. Pero sucede algo, hermanos queridos: cuando nosotros estamos en Cristo, ya nosotros no somos seres individuales solamente, ahora somos seres corporativos, somos parte de un cuerpo mucho más grande.

Sucede frecuentemente que una iglesia deja de crecer, pero se levantan entre ella unos cuantos obeliscos. Son unos hermanos que llegan a manifestar de manera muy evidente el carácter de Cristo, la sabiduría cristiana, el uso de sus dones, y pareciera que con esos cuantos obeliscos la iglesia entera ya está bien equipada. Hermano querido, la Iglesia cristiana no busca la edificación particular, busca la edificación corporativa. Si tú vas a crecer el año entrante y realmente lo logras, vamos a crecer; yo creceré contigo y tú crecerás conmigo.

No niego, hermano, que todo ejército necesita su paladín. Y ayuda mucho cuando algunos de nuestros hermanos descuellan en determinadas áreas y actitudes, pero esos hermanos no descuellan en esa área para convertirse ellos mismos en un ejército. De hecho, un paladín, por bueno que sea, no llega muy lejos si no tiene un ejército que le respalde.

Es necesario que en la Iglesia cristiana algunos vayan delante, hermano, pero sobre todo me gustaría recalcar la idea para el año próximo: “hasta que todos lleguemos”. No quiero yo llegar solo, yo no quiero que tú llegues solo, queremos todos llegar a estas expectativas de edificación.

Al respecto de esto, mencionaba cómo los títulos de libros particulares han estado copando la literatura cristiana. Quizás el libro más vendido después de las Escrituras y otros libros históricos que ya no se publican tanto —estoy hablando de libros vendidos recientemente, más de cuarenta millones de copias, según recuerdo— ha sido este libro: se llama “Una vida con propósito”. Es un libro muy bueno, aguánteme. No pretendo yo venir a desacreditar un libro, hermano, fue de mucha utilidad cuando lo leí.

Sin embargo, este mismo autor, antes de publicar este libro, publicó otro libro que se llamaba “Una iglesia con propósito”. Aquel libro fue útil, y fue un libro popular entre líderes, pero no llegó a tener la popularidad que tuvo “Una vida con propósito”. Cuando publicó “Una iglesia con propósito”, él estaba hablando de la edificación corporativa del pueblo del Señor, y ese libro tiene sus génesis en un librito que yo me estuve leyendo hace cerca de treinta años, que se llamaba “Señales de una iglesia viva”. Hablaba de cómo una iglesia viva se manifiesta, de cómo una iglesia viva se ve, y en base a esos propósitos que identificó, Rick Warren escribió aquel libro de “Una iglesia con propósito”, que fue popular, pero que no vendió cerca de cuarenta millones de copias. El que vendió cuarenta millones de copias fue este.

Le digo, hermano, es buen libro, léalo y será de provecho para usted. Sin embargo, llama la atención la manera en cómo Warren presentó los principios en “Una iglesia con propósito” y cómo los presentó en “Una vida con propósito”, y cómo este libro vendió millones de ejemplares. Este libro, hermanos queridos, hace sentido con las expectativas individualistas que tiene la cristiandad contemporánea.

¿Cuál es el subtítulo del libro? “¿Para qué estoy aquí en la tierra?” Claro, no “¿para qué estamos?”, sino “¿para qué estoy?”. Me interesa saber “para qué estoy yo”. Mire las recomendaciones que tiene el libro. Dice, por ejemplo, una de las personas que lo reseñó: “Asegúrate de que no estés perdido en el propósito de tu vida. Lee este libro”. Sí, yo quiero el propósito de mi vida.

Otro decía: “Es un regalo inestimable para todos los que quieren conocer su propósito y cumplir su destino”. Ese me gusta: yo quiero mi propósito y yo quiero mi destino. Decía otro, el que lo reseñó: “¿Está bien orientado el rumbo de tu vida?” Sí, a mí me interesa orientar el rumbo de mi vida, no me interesa mucho tratar de orientar el rumbo de mi iglesia porque eso es muy difícil. A mí me interesa el rumbo de mi vida. Es un libro, hermano, que le habla de cerca a las expectativas individualistas del hombre contemporáneo.

Decía otro: “Este libro le ayudará a tener un firme compromiso con la Gran Comisión y el Gran Mandamiento. Le ayudará a ser un muy buen cristiano”. Eso es lo que yo quiero ser yo, un muy buen cristiano. No está mal, hermano. De hecho, el libro, en los propósitos que tiene, es entender que fuimos creados para la Iglesia del Señor. Pero si busca cada uno de los capítulos del libro, comienza de manera personal. El primero: “¿Para qué estoy aquí en la tierra?” Sí, es lo que yo quiero saber: yo, ¿para qué estoy?

“Fuiste planeado para agradar a Dios”. Fui. Cada vez que uno va leyendo, esto te va transmitiendo un sentido de: “Yo soy especial, yo soy único”. “Fuiste hecho para la familia de Dios”. “Fuiste creado para ser como Cristo”. “Fuiste formado para servir a Dios”. “Fuiste hecho para una misión”. Hermanos, el libro no le digo, es muy bueno, pero la debilidad que encuentro es que todas estas cosas no tienen sentido si no son cosas corporativas.

¿De qué me sirve descubrir mi propósito, si no he entendido el tuyo? ¿Para qué me sirve mi crecimiento espiritual si no estoy creciendo en el sentido corporativo? Es como un equipo de béisbol que ha estado consistentemente perdiendo el campeonato, que busque al mejor bateador de cualquiera de los equipos y lo contrate. Con contratar al mejor bateador de todos los equipos no ganaría el campeonato. La Iglesia del Señor se levanta y triunfa junta, o pierde separada, pero no hay manera de que ninguno de nosotros alcancemos nuestro propósito de manera individual. Lo que dice la Escritura es: “hasta que todos lleguemos”.

El texto infiere que podemos llegar. Yo le aseguro que ya usted ha notado algún hermano suyo que usted dice: “Ese no llega”. Casi todos los creyentes tienen amplias expectativas acerca de su potencial para crecer en el Señor, pero tienen expectativas pesimistas acerca del potencial que hay en el alma de su hermano.

Una de las claves del discipulado cristiano —o dos de las claves— es que nosotros creemos en la membresía regenerada de una iglesia, y al mismo tiempo creemos en el potencial del alma del creyente. Nosotros creemos que el creyente, aparte de lo que se pueda ver en su apariencia física, tiene un potencial para la edificación. Tenemos diferentes niveles de dones y niveles de fruto del Señor, pero al mismo tiempo tenemos el mismo nivel de edificabilidad.

Por regla general, si una persona tiene a Cristo, esa persona es edificable. Algo que me ha sucedido a mí es que hay creyentes que yo los he evaluado como no edificables. Pero después he sabido que en otros contextos emergen, esos creyentes crecen y hasta dan fruto, y aquel por el cual yo juzgué como no edificable, me di cuenta que en otro lugar llegó a crecer y dio mucho fruto para la gloria del Señor. Hermanos, si Cristo está en la vida de una persona, por muy pesimista que sea la mirada que podamos hacer sobre ella, esa persona es edificable.

Lo que dice la Escritura es que todos podemos llegar: “hasta que todos lleguemos”. Quiero animarles a que cultiven una intención corporativa. Lo primero, hermano: acostúmbrese a pensar en “nosotros”. Una resolución que usted debe tener al año entrante es que, cuando hable acerca de cualquier expectativa espiritual, hable de “nosotros”. Yo quiero expectativas corporativas.

Tenga muy presente que usted es parte de un ejército. La vida cristiana es un deporte de equipo. No solamente buscamos nuestro perfeccionamiento particular, nosotros queremos aprender a jugar como equipo. Piense que sea un equipo de fútbol, que tiene que entrenar juntos y tiene que ganar juntos. El fútbol, por ejemplo, es un deporte que no es para todo el mundo. Si usted es una persona que quiere ganar solo, no juegue fútbol. Haga levantamiento de pesas, y trate de levantar hoy 200, mañana 400. Ahora, si va a jugar fútbol, usted tendrá que jugar fútbol en equipo.

La Iglesia es un cuerpo, hermanos queridos. Usted no tiene en sí mismo todos los dones. Usted será edificado a través de sus hermanos, y sus hermanos terminarán siendo edificados a través de usted.

Quiero recomendar a la Iglesia también que tenga preocupaciones y comentarios que sean piadosos acerca del estado de su iglesia. No hay una cosa que decepcione más que escuchar a una persona haciendo evaluaciones egoístas, egocéntricas y autocomplacientes respecto de la situación lastimosa en que está su iglesia. “Estos hermanos como que no crecen. De ese lado completo eso está desierto, por esa parte hace rato que no se levanta ningún fruto”. Ay, hermano, no lo haga así, por favor.

Un creyente piadoso tiene una santa preocupación respecto del estado de su iglesia, pero hay una manera carnal de manifestar esas expectativas y hay una manera que es piadosa. Una manera piadosa sería: “Me gustaría que en este año el Señor permitiera que toda esa parte —hablando de la iglesia como si fuera un terreno—, toda esa parte comenzara a reverdecer. Si el Señor permitiera que en esa parte donde todavía no hemos visto fruto, se manifieste la vida del Señor, y veamos fruto”. Esa es una manera piadosa. No es una manera quejumbrosa, no es una manera que te coloca en una posición superior.

Entonces el hermano dice: “Como que ellos no crecen. Yo siento como que ellos no van avanzando tan rápido como pudieran”. Hermano, ¿y qué hay de ti? ¿Tú sí? ¿Tú eres el obelisco que está creciendo dentro de un territorio que se mantiene desértico? Hermanos queridos, que el Señor permita que al año entrante tengamos intenciones y expectativas que sean corporativas: “hasta que todos lleguemos”.

Busquen oportunidades de perfeccionamiento que coloquen a su iglesia en mejor posición. Que haya un hermano que pueda decir: “Yo este año quisiera estudiar tal libro de la Escritura con la intención de que nuestra iglesia quede en mejor posición de entender cuál es la perspectiva del Señor y compartirla con mis hermanos”.

Un consejo que doy frecuentemente en los talleres de membresía es que se acostumbren, hermanos, a estudiar pensando en la edificación corporativa. Cuando usted lea la Escritura, no solamente la lea para su edificación, entienda que usted está edificando el cuerpo de Cristo. Un hermano que ha entendido la perspectiva de Dios en un asunto es un activo importante para edificar a su pueblo en ese mismo sentido.

De hecho, las disciplinas espirituales llegan a ser más agradables cuando entendemos la dimensión corporativa que ellas tienen. Un hermano que ha estado buscando el rostro del Señor en oración, es un hermano que está fresco en la presencia del Señor y está en mejor condición de edificar a sus hermanos. Qué hermoso es aquel que dice: “Yo este año quisiera consagrarme aún más al Señor. Quisiera buscar su rostro más en oración. Quisiera crecer aún más espiritualmente, con la intención de poder edificar a mis hermanos con los dones que el Señor me ha dado”.

Orar tiene un sentido que es distinto cuando oramos con el propósito de edificar. Leer la Escritura es diferente cuando estudiamos la Escritura con propósito de edificar. Lo que dice la Escritura es “hasta que todos lleguemos”, y no solamente algunos.

Antes de moverme, hermanos queridos, permítanme decirles algo más respecto de la edificación corporativa. Para usted poder edificar la Iglesia, usted tiene que participar en la vida de la Iglesia. Lo que veo que sucede más frecuentemente es que los hermanos han participado de un culto, han estado en una reunión de oración corporativa y se dan por satisfechos, y dicen: “Es suficiente”.

Hermano, usted no puede edificar la vida que usted no conoce. Usted no puede edificar a aquel con el cual usted no está conectado. No puede edificar si primero no se conecta: primero se conecta y después aporta. Estoy seguro que usted ha visto oportunidades de edificación para sus hermanos que están en usted, pero no están a su alcance edificarles. ¿Por qué? Porque no está conectado con ellos.

Qué desespero da ver a nuestros hermanos que están caminando precariamente en diferentes áreas, y que nosotros tenemos la manera de edificarles, pero el Señor no nos ha dado todavía la oportunidad de hacerlo, no porque Él no pueda, sino porque nosotros no hemos sido diligentes al momento de conectarnos. Es necesario contestar una llamada a sus hermanos. Es necesario que usted frecuentemente escuche la voz de sus hermanos, porque para usted aconsejar, para usted animar, para usted instruir, es necesario que esté conectado con ellos. Usted primero se conecta y después aporta.

Paradójicamente, quienes menos actitudes razonables tienen son aquellos que más desean plataformas para enseñar. Aquellos hermanos que no se conectan con los otros son los hermanos que más “tienen cosas para darle”, y tienen cosas para darle, pero no pueden dárselas. Para poder participar de la edificación corporativa de la Iglesia tiene que conectarse a la vida de la Iglesia.

La vida de la Iglesia sucede más allá del domingo. He estado mostrando, en primer lugar, cuál es el mecanismo de edificación: es un proceso funcionando que puede ser perfeccionado porque está funcionando. He estado mostrando, en segundo lugar, la necesidad de tener expectativas que sean corporativas: “que todos lleguemos”. Permítanme ahora mostrar, hermanos, lo que significa la unidad de la fe y el conocimiento que está en Cristo, buscar una unidad centrada en Cristo. Dice el versículo 13:

Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios…

— Efesios 4:13

Unidad centrada en Cristo, no en afinidades

Es la misma unidad de pensamiento. Ahora, dice el apóstol respecto de esto: “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios”. Primero: la unidad no en amor, sino la unidad de la fe. Esto debería llamar la atención a cualquier lector un poquito avispado, que se dé cuenta de que no está hablando aquí de una unidad afectiva, sino de una unidad en la fe.

La unidad de la Iglesia regularmente se presenta como asunto que es principalmente afectivo, pero no es así. La unidad es un asunto principalmente de convicciones y de causa, y a causa de las convicciones fluyen las emociones. Si como iglesia queremos ser una iglesia más unida al año entrante, no se trata, hermanos queridos, de que nosotros tengamos temperamentos más afines.

Yo hace rato que perdí la expectativa, hermano, de que nosotros podamos llegar a tener unidad basada en afinidades. Eso no sucede. El temperamento suyo y el mío son muy distintos. De hecho, yo estaba pensando, hermano, ayer; tuve un momento para caminar por ahí por Constanza, y estaba pensando: “Guau, qué personalidad complicada yo tengo”. Digo: “No debe ser difícil que una gente se conecte conmigo”. Si alguien intenta conectarse conmigo en lo temperamental, hermano, yo soy una confusión. Mi temperamento no es estándar, el suyo quizá tampoco lo sea, y si nosotros tratamos de que esta iglesia se mantenga unida en base a nuestro temperamento, hermano, no lo vamos a lograr.

La unidad de la Iglesia no es un asunto principalmente de que tú y yo somos afines y nos caemos bien. No, no puede serlo ni lo será. De lo que nosotros estamos convencidos es de que somos hijos de un mismo Padre, y entonces, hermano, por un asunto de convicción, yo voy a hacer todo lo que esté humanamente a mi alcance, y voy a depender de todos los recursos espirituales que el Señor pueda darme, para que mis emociones sean consistentes con mis convicciones. Si yo digo que tú eres mi hermano, yo voy a buscar todo el afecto que el Señor pueda darme para yo amarte, porque estoy convencido de que tú eres mi hermano.

Lo que hace falta para que haya unidad en el cuerpo del Señor no es que todos nosotros tengamos el mismo temperamento, la misma preferencia; lo que hace falta es que tengamos el mismo Señor, que tengamos el mismo Padre. Si yo estoy convencido de que tú y yo somos hijos del mismo Padre, yo voy a hacer todo lo que se me permita hacer para amarte, y tú deberías hacer lo mismo.

La unidad del pueblo del Señor no es un asunto principalmente de afectos o de emociones, es un asunto de convicciones. La unidad es en la fe, en el corazón. El centro alrededor del cual todos estamos gravitando es Cristo.

De hecho, en este texto, cuando se hablaba de la unidad de la fe, no era en el contexto de una herejía, no era de distorsiones heréticas; era que probablemente los hermanos de la iglesia en Éfeso habían buscado la unidad por vías que son secundarias. Una vía secundaria para buscar la unidad de la Iglesia es pensar que esta iglesia, si tuviéramos todos el mismo momento de vida, podríamos llevarnos mejor. Ese no es, hermano, lo que nos vincula.

Usted puede ser mi abuelita y yo puedo ser su nieto, pero si tenemos a Cristo como el Señor de nuestras vidas, usted y yo tenemos un contexto en común donde nos encontramos. No nos encontramos porque usted haya vivido las mismas experiencias generacionales que viví yo; lo que usted vivió y yo viví también es la experiencia de la conversión en Cristo. Si usted conoció a Cristo y yo también le conocí, podemos encontrarnos, aunque estemos en diferentes generaciones, temperamentos, afinidad personal, momentos de vida, formación familiar.

Cuánta formación familiar distinta hay, hermano. Miren, no hay dos familias que críen igual. Yo, cuando doy consejería prematrimonial, una de las cosas que trabajo es que la gente entienda qué está pasando con su familia, que se está casando fuera de su familia, porque siempre te casas fuera de tu contexto familiar. No hay dos familias que tengan la misma formación. Hay familias que valoran cosas de manera extraordinaria y tienen otras cosas por el suelo, y no son malas familias; es que tienen expectativas de crianza que son distintas.

Lo que unifica a la Iglesia no es la formación familiar, no es el trasfondo étnico, no son preferencias socioeconómicas o socioculturales. Hay cosas que yo he visto en el pueblo del Señor, hermano, que yo hubiese preferido no haberlas visto, pero el Señor me permitió verlas.

Yo supe de un hombre que quería hacer un concepto de iglesia. La llamaba “iglesia boutique”. Yo le pregunté: “¿Qué es una iglesia boutique?” Él me explicó lo que era una iglesia boutique. Me decía: “Una iglesia boutique es una iglesia donde las personas no vienen porque la iglesia está abierta, sino que uno busca perfiles de personas que sean afines, y nos reunimos todos nosotros para adorar al Señor porque somos comunes”.

Y mientras me explicaba, hermano, más aborrecible se me hacía el concepto completo. Él me decía: “Es muy difícil poner a la gente de acuerdo cuando tienen perfiles socioeconómicos distintos, personas que son profesionales con gente que no son profesionales, es difícil; personas que tienen bienes con los que no tienen, es difícil”. El concepto él se lo aplicó a unas cuantas personas y les pareció maravilloso.

Hermano, la peor iglesia de la que usted puede ser parte es una iglesia que fue congregada por un hombre. La Iglesia, la verdadera experiencia, es donde personas de diferentes etnias, de diferentes criterios socioculturales, de diferentes perfiles socioeconómicos, de diferentes colores de piel, de diferentes temperamentos, han sido reunidas en algo que es común, y ese algo que es común es Cristo.

La Iglesia, hermanos queridos, no es un asunto estadístico; la Iglesia es un milagro. De hecho, si usted forma parte de una iglesia, usted debe vivir frecuentemente con este asombro: “Guau, y también ellos fueron alcanzados”, como vivían en la iglesia del libro de los Hechos. Los judíos decían: “También el Espíritu Santo ha sido derramado sobre los gentiles. ¡Guau!” La Iglesia es un milagro, hermano, de que personas que no tienen el mismo color de piel, que no provienen de las mismas regiones, personas que no tienen los mismos temperamentos, personas que no tienen las mismas prioridades, que no vivieron en la misma generación, todas esas personas han sido reunidas en Cristo.

La unidad de la fe es la unidad que tenemos en Cristo a causa de haber creído en Él y de haberle conocido. Nosotros tenemos un área en común donde podemos encontrarnos. Ay, hermano, por favor, no trate de que su iglesia se parezca a usted; trate de que su iglesia se parezca a Cristo. Lo que queremos, de cara a la unidad de la Iglesia, no es que todos nosotros seamos iguales: “Guau, hermano, si tú tuvieras mi temperamento, si tú tuvieras mis inquietudes…”. No, hermano. Mientras más usted se parezca a Cristo, mientras más usted ame a Cristo, más yo le voy a amar a usted y más usted me va a amar a mí. Usted ama entrañablemente a sus hermanos porque se le parecen a Cristo.

De hecho, hay un hermano que cuando usted lo ve caminando, dice: “Mira, esa persona y yo no tenemos nada en común”. Pero usted lo ve caminando junto al Maestro, y dice: “No, si está caminando junto al Maestro, algo tenemos en común: el Maestro”. Lo que nos une, hermano, a fin de perfeccionar a los santos, es “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios”. Lo que une la Iglesia es la fe y el conocimiento del Hijo de Dios.

Para que la Iglesia crezca, hermano, tiene que unirse en torno a Cristo. Quiero desestimular expectativas irreales, porque veo que la gente tiene expectativas sobre su iglesia local que son irreales. Frecuentemente la gente le endosa a su iglesia las expectativas que no realizó en su familia, en su matrimonio. Dice: “Yo vengo de una familia conflictiva, pero quiero una iglesia que sea una iglesia de paz, una iglesia tranquila. Yo tengo un matrimonio difícil, pero yo quiero que mi iglesia sea otra cosa”. Hermanos, en este mundo caído la forma en que se toma la unidad siempre será en Cristo y a pesar de.

Usted no encontrará una iglesia que se puso de acuerdo, una iglesia que se unió porque todos se parecen a uno o a otro. Nosotros no nos vamos a unir porque podamos convertirnos en copias unos de otros. Vamos a estar juntos en esta mutua edificación porque buscaremos una unidad que está centrada en Cristo.

Dos aspectos que contribuyen a la unidad de la Iglesia: lo primero es la fe, eso es la convicción; y el otro es el conocimiento, que en la Escritura, siempre en el Nuevo Testamento, tiene una connotación de relación. Cuando usted ha conocido a alguien, es porque se ha relacionado con él de manera intensa. Mientras más se parezcan nuestras convicciones y mientras más nosotros nos parezcamos al Señor, somos más fáciles de amar y amamos con más facilidad.

He estado mostrando, hermano, en primer lugar, cuál es el mecanismo de crecimiento: un proceso que está funcionando, que puede ser perfeccionado porque está funcionando, y una mutua edificación. He estado mostrando, en segundo lugar, que tenemos que tener una expectativa de crecimiento que no sea individualista, sino congregacional: “hasta que todos lleguemos”, y también que todos podemos llegar. He estado mostrando, en tercer lugar, que debemos buscar una unidad que esté centrada en Cristo. Yo no quiero que usted se parezca a su hermano, yo quiero que se parezca a Cristo, y mientras más nos parezcamos a Cristo, más estaremos todos nosotros unidos, será más fácil amarnos.

Mientras más yo vea que usted se parece al Señor, más afecto hay en mi corazón hacia usted. Un hermano que no se parecía a Él, mientras más se le vaya pareciendo, uno dice: “Pero mira cómo se le va pareciendo a Cristo, se vuelve más fácil de amar”.

Si usted quiere, ay hermano, si usted tiene —si usted es como yo, que tenemos temperamentos que son difíciles—, le digo “difíciles” porque usted no conoce todo lo que hay en mi temperamento. Pero yo, con facilidad, hermano, puedo disfrutar una reunión de gente, pero llega un momento en que tengo que bajar el switch. Yo sé que hay gente que debe tener esa facilidad. Yo disfruto estar en una reunión grande, pero llega un momento en que tengo una urgencia en el corazón de estar en silencio, estar tranquilo.

Si usted tiene temperamentos raros, hermano, no busque gente que tenga el temperamento suyo; busque que la gente se parezca a Cristo, y mientras más nos parezcamos todos a Cristo, más fácil será amarnos, y más fácil nos será a nosotros amar.

Termino mostrándoles, hermanos, que tengamos en esto una expectativa que sea muy alta. “Señor, ¿hasta dónde tú crees que esto pueda funcionar?” Si usted me preguntara a mí, yo tengo el techo ahí; el Señor le pone el techo todavía más alto. Lo que dice es: “a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

Un techo alto: crecer hacia la plenitud de Cristo

Son muchos los creyentes que dejan de crecer porque piensan que ya llegaron. Cualquier punto de referencia que tú tengas que no sea Cristo es incorrecto. Hay, igual, hermanos que ya están en su zona de confort. Yo pretendo sacarlos de su zona de confort mostrando a Cristo.

Hay alguno que dice: “Ya es suficiente. Ya yo maduré todo lo que pude madurar, ya yo en mi vida di todos los pasos que puedo dar”. Es que te estás comparando contigo mismo en otro momento. Si tú piensas que ya llegaste es porque superaste algunos de los primeros obstáculos contra tu vida cristiana. Ahora yo te señalo a Cristo, y cuando tú veas a Cristo, encontrarás que Cristo todavía se ve más alto. Entonces tú sigues creciendo.

Ay, hermano, por favor, que tu expectativa de crecimiento no sea una versión antigua de ti mismo. Tú dices: “Yo he crecido porque hoy no me parezco a lo que yo era ayer”. Esa no es tu punto de referencia. Tu punto de referencia es un punto de referencia alto y dinámico: es Cristo, “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

Hay otros que miden según los creyentes de su entorno. Dice: “Yo aquí como que siento que he avanzado, porque yo miro que hay más evidencia en mí del carácter de Cristo que lo que hay en la media de mis hermanos. Yo creo que voy bien”. Ay, hermano, por favor, no se mida con su iglesia local, porque su iglesia local muy probablemente adolece de los mismos dolores que tiene usted. Mire a Cristo: “hasta que todos lleguemos… a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

Para seguir creciendo necesitamos estar inconformes con nosotros mismos. Un creyente que va a crecer el año entrante es un creyente que dice: “Es cierto que he dado algunos pasos, pero mientras más yo miro a Cristo me doy cuenta que hay una diferencia muy amplia entre Él y yo”. Mientras tanto, tú ves esa diferencia y sigues creciendo.

Esto puede ser desesperante. Recuerdo, por ejemplo, cuando tomaba clases de música. Iba donde el profesor Manuel, él me daba clase de solfeo cantado, y yo le recitaba alguna lección del solfeo, y él me decía: “Lo hiciste bien, pero yo creo que tú puedes hacerlo mejor”. Eso a mí me rompía la cabeza. Yo pensaba: “Si yo lo hice bien, pasemos a la siguiente. Ya lo hice”.

“Lo hiciste bien”, decía el profesor, y yo de niño, hermano, lo más tímido que había era yo. Preguntarle a un profesor, eso para mí era morirme. Pero reuní toda la valentía que pude encontrar y fui, le pregunté: “Profesor, más o menos, ¿qué tal?” “No es lo que falta”, me decía, “lo que hace falta es expresión; te hace falta que lo interpretes todavía con más intención”. Yo no entendía, hermano, pero él tenía unas expectativas acerca de lo que era el solfeo cantado que definitivamente yo no las tenía.

Hermanos, la expectativa que hay en Cristo está demasiado alta. Mientras más usted entienda que está ejecutando bien en su vida cristiana, mire a Cristo de nuevo, y cuando mire a Cristo de nuevo se va a encontrar con que Cristo está muy alto y que usted está todavía muy bajito. La medida que tenemos es una medida que, humanamente hablando, nunca será posible alcanzar, pero que al mismo tiempo siempre es posible seguir creciendo.

A mí me emociona saber que yo tengo una carrera que no se detiene. Mientras mayor crezca en el Señor, yo miro hacia arriba y todavía puedo crecer aún más. Nosotros tenemos una vida por delante para seguir creciendo. No hay un creyente que pretenda haberlo alcanzado. De hecho, decía el mismo apóstol Pablo en el libro de Filipenses:

No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.

— Filipenses 3:12

Tú sigues avanzando, tú sigues avanzando, esto es dinámico, hermano. Aunque usted crea que logró ejecutar algo bien, no ha visto a Cristo todavía tan claramente como puede ser visto.

Tanto en lo material como en lo espiritual, el Señor nos ha diseñado de forma tal que tengamos que depender de Él todos los días. Siempre hay más que podemos recibir, siempre hay más que podemos buscar. Y cuando te sientas la desesperación por la altitud que hay en este varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, y tu deplorable condición, que por mucho que avanzas sientes que nunca despega del suelo, lo único que puede resolver ese problema es la adoración al Señor.

Escúchame con atención porque no quiero confundirle. Mi ánimo para el año entrante es que usted siga creciendo tanto como el Señor le permite hacerlo, pero al mismo tiempo le advierto, hermano, que nunca vamos a poder alcanzarlo. ¿Y cómo usted resuelve esa desesperación, con los niveles de altitud que hay en Cristo y su condición humana? Lo único que puede resolver esa situación es la adoración al Señor.

El Señor ha sido levantado a un punto que es tan alto, que lo único que puede hacer el hombre, ante tal nivel de separación que hay entre él y Dios, es adorarle. Dice la Escritura que a Él, que está ahora mismo por encima de todos nosotros. El mismo apóstol Pablo enseñó:

Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

— Filipenses 2:9-11

Mientras más usted sienta su incapacidad de llegar a la estatura, al nivel de Él, siga intentándolo, pero mientras tanto adore al Señor por su grandeza.

Oración final e invitación a ser parte del edificio de Dios

Mi ánimo, hermanos queridos, para el año entrante es que tengamos expectativas congregacionales y sigamos creciendo hacia esta altura de Cristo. Oro por toda la Iglesia. Les pido que cierren sus ojos.

Es mi deseo, como tu pastor, que cada año entrante crezcamos. Es mi deseo, como tu pastor, que el año entrante nos vaya bien. Es mi anhelo, como tu pastor, que esas barreras que anteriormente habían impedido que superemos y lleguemos a esta estatura más alta, las rompamos juntos. Ay, hermano, nuestro deseo como iglesia es ser edificados.

Permítanme orar al Señor para que ponga en nosotros un sincero deseo de que todos nosotros logremos juntos, que todos lleguemos. Padre, mira esta congregación, mira el individualismo que el mundo nos proyecta y mira nuestra necesidad de crecimiento. Ay, Padre, haz este milagro de forma tal que nosotros podamos encontrarnos en Ti y crecer a un punto todavía más alto juntos.

Ay, Padre, mira a nuestros hermanos en quienes todavía no ha sido tan evidente el carácter de Cristo. Permite, Señor, que todo nuestro terreno sea terreno cultivable. Permite, Señor, que todos nuestros hermanos sean hermanos fructíferos. Permite, Padre, que como iglesia tengamos grandes victorias juntos. Rompe Tú, Señor, con el individualismo que quizás nos ha caracterizado, con las expectativas particulares de crecimiento, y danos entusiasmo respecto de crecer como iglesia. Bendice a cada persona que está congregada.

Mantén tus ojos cerrados ahí, hermano, en este último domingo del año. Si en ti todavía no se ha manifestado la vida de Cristo, no eres edificable. Si todavía tú no tienes a Cristo, no tienes la zapata; Él es el fundamento de la casa, Él es la piedra angular. Si aquí hay alguien que ha estado buscando crecimiento en cualquier área de su vida fuera de Cristo, no hay crecimiento: vas hacia abajo, no hacia arriba.

Si hay alguien que ha escuchado cómo mi iglesia se edifica y él no es parte de este edificio, yo le invito a que ponga, en este último domingo del año, su confianza en Cristo. Aunque te parezca que no es posible, si el Señor dice que lo será, las cosas serán. Si tú piensas que tu vida no es edificable por tus propios medios, jamás será posible; Él lo hace posible. Él hace que el corazón de piedra se torne en un corazón de carne. Él hace que los terrenos áridos sean terrenos cultivables. Él hace que allí donde nunca se había visto fruto, el fruto sea amplio, al ciento por uno.

Si hay alguien que no ha pedido todavía esta experiencia con el Señor, si hay alguien que ha estado lejos de las promesas del Señor, lejos de los pactos, si hay alguien que ha escuchado: “Una iglesia crece”, yo lo invito a que sea iglesia, que sea una piedra viva de este edificio que está creciendo en el Señor. Puede decirle ahí al Señor, en tu corazón, en tu mente: “Señor, perdona mis pecados, acéptame en tu pueblo, recíbeme, Señor, en tu casa. Edifícame como casa espiritual. Cambia el corazón, cambia la mente, Señor, cambia las actitudes. Recíbeme como tu hijo”.

Dice la palabra del Señor:

Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

— 1 Juan 1:9

Toma un momento ahí para que puedas orar al Señor. Qué hermoso sería que el último domingo del 2018 puedas recordarlo como el domingo en que fuiste establecido como casa espiritual, como piedra del edificio de Dios.

Ay, Señor, si hay alguien que ha orado, si hay alguien que ha puesto en Ti su confianza, que sean reales Tus promesas, Señor, de que a los que a Ti vienen Tú no les echas fuera. Bendice a Tu pueblo, Señor. Danos en el 2019 un año aún más fructífero, Señor, y aún más congregacional. Todo esto para Tu gloria, en el nombre de Cristo.

A nuestro ministerio de adoración le corresponde ahora despedirnos con alabanzas.

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