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Ana 3 Lecciones de gratitud

1 Samuel 1

A partir de la historia de Ana, este sermón muestra cómo la verdadera gratitud nace de reconocer nuestra profunda necesidad, cultivar la oración y aprender el desprendimiento ante Dios.

Predicado3 de enero de 2016
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Vamos a acomodarnos para que reflexionemos en la palabra del Señor. Primer libro de Samuel, en el capítulo 1. Dentro de un momento, nuestro hermano Edwin estará dirigiéndonos con motivo de Acción de Gracias. Voluntariamente, cada persona que quisiera glorificar al Señor por algo de manera puntual que el Señor haya hecho en este año podrá hacerlo.

Vamos a esperar que puedan acomodarse. Pueden ir buscando, hermanos, sus Biblias. El primer libro de Samuel, en el capítulo 1. Primer libro de Samuel, capítulo 1. No sé si era un error que había en el programa, pero ahí es donde estamos; pueden buscar sus Biblias, primer libro de Samuel, en el capítulo 1, para que leamos la palabra del Señor. Qué bueno, eso era lo que estábamos esperando: que estemos todos juntos para leer.

Pueden ponerse por un momento en pies para que leamos la palabra del Señor. Es una historia que ya conocemos. Ya en otro momento la hemos expuesto en nuestra iglesia con otros motivos, quizás en otras ocasiones. Ya antes hemos hablado acerca del nacimiento de Samuel y la manera en cómo el Señor proveyó para su madre. Veamos ahora solamente un aspecto de esta historia, que es el aspecto de la gratitud.

Hubo un varón de Ramatín de Sofim, del monte de Efraín, que se llamaba Elcana, hijo de Jeroham, hijo de Eliú, hijo de Toú, hijo de Zuf, efrateo. Y tenía él dos mujeres: el nombre de una era Ana, y el de la otra Penina; y Penina tenía hijos, mas Ana no los tenía. Y todos los años aquel varón subía de su ciudad para adorar y para ofrecer sacrificios a Jehová de los ejércitos en Silo, donde estaban dos hijos de Elí, Ofni y Finees, sacerdotes de Jehová. Y cuando llegaba el día en que Elcana ofrecía sacrificio, daba a Penina su mujer, a todos sus hijos y a todas sus hijas, a cada uno su parte. Pero a Ana daba una parte escogida, porque amaba a Ana, aunque Jehová no le había concedido tener hijos. Y su rival la irritaba enojándola y entristeciéndola, porque Jehová no le había concedido tener hijos. Así hacía cada año; cuando subía a la casa de Jehová, la irritaba así; por lo cual Ana lloraba, y no comía. Y Elcana su marido le dijo: Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Y por qué está afligido tu corazón? ¿No te soy yo mejor que diez hijos?

— 1 Samuel 1:1–8

Ana ora en su aflicción y el Señor responde

Y se levantó Ana después que hubo comido y bebido en Silo; y mientras el sacerdote Elí estaba sentado en una silla junto a un pilar del templo de Jehová, ella, con amargura de alma, oró a Jehová y lloró abundantemente. E hizo voto diciendo:

Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza.

— 1 Samuel 1:11

Mientras ella oraba largamente delante de Jehová, Elí estaba observando la boca de ella. Pero Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios y su voz no se oía, y Elí la tuvo por ebria. Entonces le dijo Elí: “¿Hasta cuándo estarás ebria? Digiere tu vino”. Y Ana le respondió diciendo: “No, señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu. No he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová. No tengas a tu sierva por una mujer impía, porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta ahora”.

Elí respondió y dijo: “Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho”. Y ella dijo: “Halle tu sierva gracia delante de tus ojos”. Y se fue la mujer por su camino, y comió, y no estuvo más triste.

Y levantándose de mañana, adoraron delante de Jehová, y volvieron y fueron a su casa en Ramá. Y Elcana se llegó a Ana su mujer, y Jehová se acordó de ella. Aconteció que al cumplirse el tiempo, después de haber concebido Ana, dio a luz un hijo, y le puso por nombre Samuel, diciendo: Por cuanto lo pedí a Jehová.

— 1 Samuel 1:19–20

Después subió el varón Elcana con toda su familia para ofrecer a Jehová el sacrificio acostumbrado y su voto. Pero Ana no subió, sino dijo a su marido: “Yo no subiré hasta que el niño sea destetado, para que lo lleve y sea presentado delante de Jehová, y se quede allá para siempre”. Y Elcana su marido le respondió: “Haz lo que bien te parezca; quédate hasta que lo destetes. Solamente que cumpla Jehová su palabra”. Y se quedó la mujer y crió a su hijo hasta que lo destetó.

Después que lo hubo destetado, lo llevó consigo, con tres becerros, un efa de harina y una vasija de vino, y lo trajo a la casa de Jehová en Silo; y el niño era pequeño. Y matando el becerro, trajeron al niño a Elí. Y ella dijo: “Oh, señor mío, vive tu alma, señor mío, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti orando a Jehová. Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová; todos los días que viva será de Jehová”. Y adoró allí a Jehová.

Gloria al Señor por su palabra. Pueden sentarse, hermanos.

Me gustaría solamente destacar tres lecciones de la historia de Ana acerca de la gratitud. Si acaso el Señor nos permite cultivar un propósito específico en este año para nuestra iglesia local, quizá debería ser ese: ser una iglesia agradecida con el Señor. No centrarnos solamente en nuestras necesidades, sino recordar cuando el Señor ha suplido nuestras necesidades, para que nuestra boca esté presta a agradecer al Señor por las cosas que hace en medio de su pueblo.

Y si acaso hay una necesidad de la cual carece no nuestra iglesia local, sino el pueblo del Señor en general, y no solamente en este tiempo, sino en su generalidad a través de todas las épocas, es que el Señor provee más de lo que el pueblo da gracias.

Primera lección: la gratitud y la necesidad van juntas

Siempre está dispuesta la mano del Señor para proveer, pero no siempre está dispuesto el pueblo del Señor para agradecer. Son nuevas las misericordias del Señor cada mañana, pero no necesariamente son nuevas las manifestaciones de gratitud ante el Señor todos los días. Ha sido más fiel el Señor en darnos que nosotros en agradecerle. Ha sido más lo que hemos recibido del Señor que las expresiones de gratitud que han salido de nosotros hacia Él.

En consecuencia, quizás si vemos la historia de Ana podemos extraer aquí tres sencillas lecciones de gratitud para anidar en nuestro corazón y parecernos a ella. En primer lugar, me gustaría mostrarles que desde el versículo 1 hasta el versículo 8 se muestra que la mayor gratitud está relacionada con la mayor necesidad. Esta mujer fue agradecida porque pudo reconocer que la necesidad que ella tenía era del nivel Dios y que solamente el Señor podía proveer para su necesidad. Ella entendió que la necesidad que tenía solamente el Señor podía suplirla.

La esterilidad, hermanos, era un caso grave en la antigüedad, y todavía lo sigue siendo al día de hoy. La vida sigue siendo un milagro, sigue siendo un regalo del Señor. Concebir, tener hijos, hermanos, no es algo trivial; es un precioso regalo que el Señor le da a sus hijos. Quizá la mayor impotencia del ser humano es cuando quiere tener hijos y no puede, y ahí tiene que reconocer que el dador de la vida es Dios y que solamente por la provisión del Señor nosotros podemos tener hijos dados por Él.

Esta mujer fue una mujer agradecida porque reconoció que su necesidad era muy grande. Y lo que se ve a lo largo de todas las Escrituras es que aquellos que han tenido la más profunda carencia han sido los que han tenido el mayor corazón dispuesto para agradecer al Señor en consecuencia.

Aquí vemos también, hermanos, que las carencias tienen para nosotros un propósito. Ese propósito es que nos desbordemos en motivos de Acción de Gracias para el Señor. Dice el malagradecido: “¿Por qué el Señor no ha dispuesto la creación de forma tal que no haya carencias, sino que estén cubiertas todas nuestras necesidades?”. Esto el Señor lo explicó dramáticamente a través de la curación de un niño, a través de sanar a un niño que estaba enfermo, que no tenía la visión. Estaban buscando los hombres si había pecado él o habían pecado sus padres. El Señor les dijo: “Ni pecó él ni pecaron sus padres; esto ha sucedido para que las obras de Dios se manifiesten en él”.

A la luz de la Escritura vemos que hay necesidades que tú tienes y esas son las necesidades que el Señor ha permitido, y la razón por la cual el Señor ha provisto esas necesidades es para que puedas clamar al trono de la gracia y, eventualmente, derramarte en agradecimiento con motivo de Acción de Gracias. Quien realmente entiende que su necesidad es grande realmente agradece.

La mujer pecadora y el fariseo: entender la necesidad para poder agradecer

Quizás hace sentido aquí aquella historia que leímos al principio de nuestro culto, de esa mujer cuyos pecados habían sido perdonados y se derramó en agradecimiento delante del Señor con un perfume muy caro. El fariseo, en cuya casa el Señor había entrado, no entendía esta expresión de agradecimiento de esta mujer, pero el Señor sí la entendía. La única diferencia entre el fariseo y esa mujer que lavó los pies del Señor con sus cabellos es que la mujer realmente había entendido su necesidad y el fariseo no.

Si el fariseo entendiera lo lejos que estaba de Dios y entendiera quién era aquel que estaba sentado en su casa, y lo que podía proveerle, no hubiera permitido apenas que esta mujer llegara, sino que él mismo se hubiera unido con la mujer. O, antes de eso, él mismo hubiera lavado los pies del Señor. Para ser agradecido delante del Señor, lo que tenemos que reconocer primero son nuestras profundas carencias.

Por esto advierto, hermanos, que hay cierto peligro en la comodidad. Más que a la carencia, yo le tengo más miedo a la comodidad, hermanos, porque cuando el ser humano se acomoda tiende a olvidarse de Dios. Por eso, cada vez que usted reciba algún tipo de provisión del Señor, tome eso con pinzas y con cuidado. No venga a ser que la provisión termine alejándole del Proveedor.

Fue lo que el Señor le dijo a Israel en Deuteronomio: no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se multipliquen, y todo lo que tienes se aumente, y se enorgullezca tu corazón y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre. La razón por la cual le tengo más miedo a la comodidad que a la carencia es porque Israel abandonó a Dios en los tiempos de abundancia, no en los tiempos de necesidad. En los tiempos de necesidad clamó, pero en el tiempo de abundancia se olvidó, hermanos.

Quiero decirles, en primer lugar, que el más profundo agradecimiento está relacionado con el reconocimiento de la más profunda carencia. Y si vas a cultivar un corazón agradecido, tienes que comenzar manifestando ante el Señor tus verdaderas necesidades. Primera lección, hermanos: la gratitud y la necesidad vienen hermanadas. Por eso, paradójicamente, los pueblos donde hay más agradecimiento al Señor no son los pueblos donde hay más comodidad. Donde hay más fervor por el Señor no son los países donde hay más abundancia; donde hay más pasión y fervor al Señor es allí donde hay más carencia.

A la luz de esto, hermanos, yo diré que podremos ver nosotros hasta nuestras más profundas necesidades como oportunidades para que el Señor moldee nuestro corazón.

Segunda lección: para ser agradecidos, hay que cultivar la oración

La segunda lección de gratitud es la siguiente: para ser agradecidos tenemos que cultivar la oración. Si me preguntaran por qué el pueblo del Señor no agradece más en sus cultos, la respuesta sería: porque el pueblo del Señor no ha orado tanto como debería de orar. ¿Por qué no hay más motivación de gracias en el pueblo del Señor? Porque no hay más motivos de oración subiendo ante su presencia.

Ana pudo relacionar la provisión del Señor con el Señor mismo y no con sus propios medios o los de su marido, porque había derramado antes su corazón ante Él. Tú quieres cultivar la gratitud, cultiva la oración. Tú quieres aprender a dar gracias, aprende a orar. Lo que se manifiesta en esta historia es que Ana había derramado su corazón ante el Señor, a un punto tal que cuando el Señor proveyó no quedó duda alguna en su mente de que aquello no era solamente un fenómeno natural, no era solamente algo del destino, algo que llegó de manera fortuita, sino que pudo relacionar la provisión con el Señor.

Si alguien me pregunta: “¿Hasta cuándo deberíamos orar?”, yo diría: hasta que no quede duda en tu mente de que cuando el Señor responda ha sido el Señor quien ha respondido. ¿Hasta cuándo deberías orar? Hasta que derrames tu corazón delante del Señor. Lo que he visto es que quien no ora termina confiando en sus propias fuerzas y podría agradecer hasta de manera superficial por su provisión, por la manera en que el Señor le ha acomodado, por lo que el Señor le ha permitido tener. Pero quien ha orado antes de tener no tiene duda alguna de que quien realmente ha provisto es el Señor.

¿Quieres cultivar el agradecimiento? Cultiva la oración. ¿Quieres derramar tu corazón en Acción de Gracias? Derrama tu corazón en oración. Un creyente agradecido es un creyente que ha orado. Dice en el versículo 10: ella, con amargura de alma, oró a Jehová.

Y aquí hay una pregunta de rigor, hermanos: ¿qué haces tú cuando tienes amargura de alma? ¿Qué haces tú cuando la realidad no es la realidad que tú quisieras tener? ¿Qué haces tú cuando llegan las tristezas? Si tú eres como yo, tú tiendes a salir a buscar brazos que romper y a buscar cuestiones, a tratar de buscar la causa y la solución a tu problema. Quizá lo que debió haber hecho Ana era acusar a su marido. Ella pudo haberse amargado contra la gente, pero no lo hizo. Dice que su amargura ella la convirtió en un ruego ante el Señor. En vez de amargarse y quedarse amargada, ella se desahogó ante el Señor.

¿Cuándo fue la última vez que tú fuiste a desahogarte ante la presencia del Señor, para convertir tu amargura en gozo? No solamente ella fue, dice, con corazón amargo, pero aun así se desbordó. Dice que allí hizo un voto delante del Señor, un pacto solemne, de forma tal que si el Señor le respondía ella tendría que honrar ese voto.

Solemnidad, constancia y derramar el alma en la oración

Yo pienso, hermanos, que quizás podamos en este año darle un poco más de solemnidad a nuestros tiempos de oración. Te pregunto: ¿cómo tú oras? La gente me dice, cuando les pregunto: “¿Cómo está tu tiempo de oración?”, y me responden: “Yo oro por los alimentos. Señor, gracias por la comida, gracias porque tú has provisto, gracias, en el nombre de Jesús, amén”. Dale un poco más de solemnidad a tus oraciones.

Por ejemplo, yo he encontrado que cuando las oraciones se anotan, como que tienen más formalidad, como que es un ruego en el cual queda testimonio. Ana no solamente oró, sino que tomó un voto, hizo una resolución firme de que cuando el Señor le proveyera ella sería agradecida. Una razón para anotar tus oraciones es que te comprometas ante el Señor a dar gracias. Hay que tener un corazón muy duro para haber anotado un motivo de oración a principio del 2015, orar por eso enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre; que el Señor haya provisto y que en enero no venir a decir: “Yo estuve de enero a diciembre escribiendo con mis manos todos los días uno o varios motivos de oración, y el Señor ha respondido”.

Dale más solemnidad a tus oraciones. Quizá tenga que ver con seleccionar un momento del día específico. Yo quisiera, hermanos, poderles predicar desde mi testimonio perfecto, pero no es así. Algo que yo he lamentado es que no siempre he tenido momentos de oración específicos. Pero algo que sí puedo testificar es que mis momentos más fructíferos en la presencia del Señor han sido aquellos momentos que han sido previamente delimitados y diseñados. No los momentos cuando yo me paré de repente y dije: “Recuerda, Rafael, que eres un cristiano y debes orar”, y me paré a orar porque debí haberlo hecho, sino aquellos momentos donde el día antes yo dispuse el momento del día en que me iba a encontrar con mi Señor para abrir mi corazón ante Él con mis súplicas y mis necesidades.

¿Quieres darle más formalidad a tu tiempo de oración? No dejes la oración como aquello que sucede en cualquier momento del día, sino selecciona un momento del día para encontrarte con el Señor. Cuando tienes algo importante que hablar con alguien, tú no lo dejas como asunto de “a ver en qué momento del día aparece”, sino que le citas. Quiero animarte a que le des formalidad a tu tiempo de oración, de forma tal que quede constancia de que tu súplica ha subido delante del Señor.

No solamente esto, sino que dice que ella oró largamente. Quienes trabajan en nuestra iglesia, quizá en ventas, en servicios, han tenido la experiencia de tener que involucrarse en conversaciones de horas, tratando de que alguien les conceda algo, dándole una vuelta al argumento, después otra vuelta al mismo argumento, razonando con la persona por aquí, razonando con la persona por allá. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a la presencia del Señor largamente a orar por la misma cosa?

Hay un pragmatismo que te dice: “Dios conoce todas las cosas y basta con que yo solo las mencione”. Estuve hablando de esto el domingo pasado. Hermanos, con cuidado, son aquellos que dicen: “Ya que Dios es todopoderoso y Dios es omnisciente, Él conoce todas las cosas; bueno, si Dios conoce las cosas, entonces dejemos hasta de orar”. Si tú te vas a escudar en los atributos de Dios para disimular tu falta de devoción, entonces ni siquiera ores, porque “Dios conoce todas las cosas”, como dicen algunos.

Y de hecho, Dios conoce todas las cosas, pero Él quiere que tú ruegues, Él quiere que tú pidas, Él se deleita en escucharte. Dice aquí que Ana no solamente vino primero con un corazón amargo y se desbordó ante el Señor, no solamente hizo un voto solemne, de forma tal que le dio constancia a lo que estaba pidiendo; dice el versículo 12: mientras ella oraba largamente delante de Jehová.

Desafío a orar largamente y derramar el alma

Me gustaría desafiarte en este año. No es un asunto de que midas el tiempo como si fuera un cronómetro frío; eso no es lo que hay que medir. Lo que hay que medir es el corazón, pero el tiempo es una expresión de eso. Y de nuevo te digo, hermano: no te engañes con esa idea que yo durante años estuve lidiando, de engañarse a uno mismo diciendo: “No importa lo mismo un minuto en la presencia del Señor que quince”. En otro momento yo dije: “Siempre estamos en la presencia del Señor”. En otro momento yo escudé mi falta de devoción diciendo: “Yo siempre estoy orando, yo voy manejando y voy hablando con el Señor, yo estoy en mi casa y estoy hablando con Él”. No, hermano.

Someta su alma a la disciplina de ir a la presencia del Señor y orar largamente por el mismo propósito. Pongo un ejemplo: algún hijo que no ha creído. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a la presencia del Señor largamente a decir: “Señor, trae convicción a mis hijos, alcánzalos con salvación”? Un cónyuge difícil. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a la presencia del Señor a orar por tu esposo o por tu esposa? Situaciones de salud. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a la presencia del Señor a pedir? Me dicen algunos: “Ya yo pedí por eso, y como yo soy muy sabio, yo pienso que debía haber pedido solo una vez, y si el Señor no me lo concedió, yo no voy a seguir pidiendo por la misma cosa”.

El apóstol Pablo pidió ante el Señor tres veces por el mismo propósito, y perdona, hermano, en esto no quiero demeritarte, pero creo que Pablo tenía un poco más de sabiduría que la media de nosotros. Y él, en su sabiduría, tres veces pidió al Señor la misma cosa.

Quiero animar, hermanos, no solamente a que vengamos con nuestro corazón amargo a la presencia del Señor en vez de ir ante el vecino o el amigo, sino a que vengamos ante el Señor; a que le demos solemnidad a nuestro momento de oración con resoluciones solemnes ante el Señor: “Señor, cuando me concedas esto, no me quedaré callado”. A que vayamos ante el Señor largamente, y no solamente por minutos, sino largamente en el mismo propósito.

También me gustaría animarles a que hagan lo que dice el versículo 13: dice que Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía, y Elí la tuvo por ebria. Entonces le dijo Elí: “¿Hasta cuándo estarás ebria? Digiere tu vino”. Y Ana le respondió: “No, señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu, no he bebido vino ni sidra, sino que derramado mi alma delante de Jehová”.

Quiero animarte, hermano, a que tus tiempos de oración sean tiempos donde derrames tu alma delante de Jehová. No es sabio medir estas cosas como si fuera una crítica de cine con un reloj, un tiempo de duración, pero yo creo que es sabio uno mirar su tiempo de oración y decir: “¿Son tiempos de oración fervientes? ¿Son tiempos de oración donde derramo el alma, o solamente son tiempos de oración transaccionales, donde yo entiendo que hay un Dios allá, y aquí estoy yo, y yo menciono mis propósitos, y suben a la presencia del Señor?”.

Mi estímulo en este año, para que seas agradecido, es que aprendas a orar. Y para aprender a orar, hermano, tenemos que estar dispuestos no solamente a manifestar palabras, sino a derramar nuestras almas delante del Señor.

Primera lección de gratitud, hermanos, es que mientras más profunda sea tu necesidad, más amplio va a ser tu agradecimiento. La segunda es que para ser agradecidos tenemos que cultivar la oración.

Tercera lección: la mejor expresión de gratitud es el desprendimiento

Termino con lo siguiente. Me gustaría mostrarles, desde el versículo 21 hasta el versículo 28, que la mejor expresión de gratitud es el desprendimiento. Dice que ella subió, hermanos, pero ya no subió solamente a dar gracias al Señor; y me llama la atención que ella se desprendió de aquella misma cosa en la cual el Señor le había respondido. ¡Qué profundo agradecimiento! Algo que enseña todo el Antiguo Testamento es que cada vez que hubo motivo de Acción de Gracias, el que estaba dando gracias se desprendía de algo.

En esto, hermanos, se nos enseña que el Proveedor es más importante que la provisión. La cosa más extraordinaria que sucedió aquí no fue simplemente que Ana llegó a tener un hijo; es que el Señor llegó a oír a Ana y le respondió. Lo más importante no es que el Señor te haya dado algo puntual, es que el Señor te ha dado algo, que tu experiencia con Él se ha profundizado. El regalo más grande que tenemos cuando el Señor nos provee es una puerta abierta al trono de la gracia del Señor y una experiencia de que el Señor, que nos proveyó una vez, puede volver a proveernos.

Por eso, un creyente agradecido no se aferra a la provisión del Señor, sino que, si tiene que agradecer con esa misma cosa, con esa misma cosa agradece. Es la convicción que tenía, por ejemplo, Abraham cuando sacrificó a Isaac. Y le digo “sacrificó”, porque en el corazón de Abraham ese muchacho murió. Lo que había en el corazón de Abraham no era la expectativa de que Dios le iba a detener la mano, lo que había en el corazón de Abraham era la expectativa de que, si él siendo viejo el Señor le permitió tener hijos, el Señor que lo hizo una vez por medios extraordinarios puede utilizar cualquier medio para darle hijos a Abraham.

Ana pudo desprenderse de su único hijo porque había entendido que Dios era su Proveedor y que el Proveedor es aún más importante que la provisión.

Quizás esta es la diferencia entre el rey Saúl y el rey David. El rey Saúl era un hombre que, hasta el último momento de su reinado, tuvo serias dudas de tener una relación con Dios. Él entendía que su prestigio dependía de sí mismo, que su seguridad dependía de sí mismo, que su trono lo cuidaba él mismo, y con uñas y dientes lo cuidaba. Por ejemplo, Saúl entendía que su gloria la tenía que buscar él mismo.

David no era así. David entendía que había sido un rey sin méritos, que había llegado a reinar sobre Israel no porque lo merecía, sino porque Dios así lo había determinado, y que su reinado no dependía de sí mismo, sino que dependía del Señor. Por eso David se desprendía con facilidad y Saúl siempre luchaba.

Un ejemplo con esto fueron los amalecitas. Cuando Saúl se quedó con un rey amalecita, lo que estaba cuidando era su propia gloria. Él decía: “Yo tengo que retener este rey, llevarlo esclavo, para manifestar a los hombres que yo tengo la capacidad de conquistar reyes”. Y el Señor le dijo: “¿No te dije que destruyeras todo? ¿Por qué te quedaste con parte del botín?”. Porque esa parte del botín era la manera en que Saúl demostraba que se veía a sí mismo como su proveedor.

David y el desprendimiento; nuestras prioridades hoy

¿Y qué hacía David? Cuando vino un hombre y le ofreció el terreno para el sacrificio, David le dijo: “No, véndemelo, porque yo no ofreceré al Señor sacrificio que nada me cueste”. Y cuando su propio hijo se rebeló, ¿saben qué hizo el rey David? Dice que él salió de la ciudad. Primero, él nunca luchó por el trono. El Señor le permitió reinar por los medios del Señor, y cuando logró reinar hubo rebelión. Lo que hace el rey David es que abandona la ciudad de Jerusalén y le deja el trono a Absalón: “Absalón, reina tú”.

Y se va a las afueras. ¿Qué mueve a David a abandonar el trono y dejarle el paso abierto a Absalón? Lo que le mueve es que él no ha conocido el trono de Israel como su seguridad; él ha conocido al Dios de Israel que pone reyes sobre Israel. Y si la voluntad del Señor es que David reine sobre Israel, reinará con Absalón o sin Absalón.

Tú quieres aprender a desprenderte, tienes que conocer a Dios como tu Proveedor. Tú quieres ser agradecido, tienes que cultivar el desprendimiento. Hay puntos concretos donde un hombre debe aprender a desprenderse. Por ejemplo, lo más básico: un creyente debe aprender a desprenderse en el mérito. Y relaciona cualquier mérito que tenga, cualquier buena obra, atribuye eso al Señor, y lo hace rápido. La gente te felicita por algo, te celebra, y tú atribuyes esa gloria al Señor.

También un creyente debe aprender a desprenderse de su tiempo. Algo que yo he tenido en los últimos años es que veo que algunas provisiones del Señor arropan a las personas, y aquel que anteriormente era un creyente ferviente y devoto, cuando el Señor le prospera, entonces se vuelve un creyente ajetreado. Aquel que, cuando estaba en su más profunda carencia, tenía todo el tiempo para servir al Señor, cuando el Señor le prospera, entonces llega a tener una agenda complicada, y tiene que “ver” al Señor para encontrarse con Él.

Quieres que el Señor te lleve a desprenderte a un punto tal que, si el Señor te da un negocio, tú pongas al Señor primero que el negocio; que si el Señor te ha dado hijos… Y no quiero recalcar esto como si estuviera en contra de la paternidad, hermanos, nada más alejado de la realidad. Mire, un padre cristiano tiene un compromiso con sus hijos ante el Señor. Sin embargo, le diré que usted primero tiene un Señor y después tiene unos hijos.

Te pregunto: tú me dices, “Yo no tengo tiempo ya para servir al Señor porque el Señor me ha dado hijos”. ¿Y cuál sería el caso si tú no tuvieras hijos? ¿Tú tendrías tiempo para el Señor? Entonces quizás hubiera sido mejor que el Señor no te diera hijos. Un padre creyente aprende a servir al Señor con hijos o sin hijos. Y si el Señor te ha dado uno, te ha dado dos o te ha dado cuatro, entiende que todo eso ha sido la provisión del Señor. Pon primero al Señor y después a los hijos. Hasta de los hijos, hermanos, hay que aprender a desprenderse un poco para servir al Señor.

Recursos materiales y crecimiento en gratitud

Con los recursos materiales, hermanos, no está mal manifestarlos. Y una pregunta que un creyente debe hacerse con relación a esto es la siguiente: ¿ha crecido la expresión de mi gratitud al Señor del mismo modo que ha crecido mi patrimonio? Así como he sido prosperado, ¿al mismo tiempo me he desprendido ante el Señor?

La tercera lección que aprendemos de Ana, hermanos, es que la mejor expresión de gratitud es el desprendimiento. Lo que ella hizo fue que se desprendió de Samuel. Y cuando ella se desprendió de Samuel, entonces no solamente llegó a ser la mujer a la que el Señor le dio un hijo, llegó a ser la mujer a la que el Señor le dio un hijo que llegó a ser el más grande juez sobre Israel. Gloria al Señor, porque cuando uno se desprende, el Señor hace cosas aún más grandes para nuestro bienestar y también para el bienestar de los otros.

Que el Señor nos permita convertir nuestra necesidad en gratitud, ser agradecidos hasta por las necesidades que el Señor nos permita; cultivar la oración para que tengamos motivos de Acción de Gracias; y que el Señor nos permita expresar nuestra gratitud por medio del desprendimiento.

Permítanme, le damos paso a nuestro hermano Edwin, pero permítanme primero orar por nuestra iglesia local, para que el Señor permita que sea una iglesia desprendida, sobre todo con su tiempo. Oramos al Señor.

Oración por una iglesia agradecida, orante y desprendida

No venimos, Señor, a pedirte cosas nuevas; venimos a reconocer las cosas que ya tú nos has dado. Venimos a reconocer, Señor, que tenemos cosas del tipo Ana; tenemos más de lo que merecemos y cantidad de bienes que por tu gracia nos has dado, comenzando por el bien de la vida y luego por la salvación de nuestras almas, que por nuestros propios medios no pudimos haberlo hecho.

Reconocemos, Señor, que si profunda era nuestra necesidad, amplia ha sido tu provisión, y amplio debe ser nuestro agradecimiento a aquel Dios que generosamente ha provisto. Te pido, Señor, por mis hermanos. No deberíamos pedirte esto, pero lo pedimos. Te pedimos, Señor, por nuestra iglesia: permite que éste sea un año de encontrarnos contigo en oración, que sea un año de derramar corazones ante tu presencia, que sea un año, Señor, de anotar nuestras oraciones en un cuaderno, que sea un año, Señor, donde demos testimonio de una iglesia que derrama su corazón ante el Señor y así mismo puede ver tu gloria y dar las gracias.

Y te pido especialmente, Señor, que pongas desprendimiento en mis hermanos. Mira aquellos, Señor, que tú has prosperado y hoy tienen trabajos; permite que te coloquen a ti primero que al trabajo. Mira aquellos, Señor, que tú has prosperado y hoy tienen negocios; permite que te coloquen a ti y después al negocio. Mira aquellos, Señor, que han sido ampliamente bendecidos y tienen hijos; permite, Señor, que siempre sirvan al Señor que les dio hijos. Mira aquellos padres a quienes tú les has dado diferentes bienes; que amen más al Dios que da los bienes que a los bienes que ha dado Dios.

Te pido, como pastor de esta iglesia, Padre, en esta primera instrucción en este 2016, permite que este sea un año, Señor, de cultivar cosas a través de la oración; que donde antes poníamos las manos, Señor, ahora pongamos el clamor; que confiemos más en tus fuerzas que en las nuestras. Y que al final, Señor, de diciembre, cuando nos encontremos aquí el primer día de enero, vengamos todavía, Señor, con más motivos de oración que ahora, y podamos decir: “Señor, gracias, tú has provisto”, y honremos ante tu presencia nuestros votos.

Para tu gloria todas estas cosas, en el nombre de Jesús.

Amén.

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