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Cuidado ante los falsos profetas

Mateo 7:15-20

El Señor nos manda a guardarnos de los falsos profetas, que parecen ovejas pero por dentro son lobos rapaces, y a discernirlos por el fruto que producen en su doctrina y en su vida.

Predicado10 de enero de 2016
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Y acompáñenme en el capítulo 7. Ya terminaron los sermones de temporada, hermano, ya las festividades especiales en las cuales hacemos una pausa; entonces volvemos a Mateo, al sermón del monte, con la intención de, en los próximos sermones, poder concluir esta porción del Evangelio de Mateo. No piense ni por un momento, hermano, que hemos pasado aquí más tiempo del necesario; yo quisiera no disponer solamente quizás un trimestre para exponer el sermón del monte, sino dedicarme un año completo a esto. Hay tanta sabiduría en la palabra del Señor que sería imprudente acelerar el paso sin necesidad. Mientras más usted pueda reposar en la palabra del Señor, considerar sus diferentes aspectos, más bendecido será. No es que hemos ido lento, hermano, es que nuestro Dios es muy grande.

Y su mente, a nosotros, nos deslumbra; nosotros somos muy pequeños y su revelación, a veces, nos sobrecoge. Si usted ve el avance del año pasado, lo que avanzamos en Mateo parecería poco, pero no es poco, hermano. Es el tiempo que requiere la palabra del Señor para estudiarla con diligencia. Veamos ahora la parte final del sermón del monte. Quizás, si el Señor lo permite, en unos dos sermones más podemos ya concluirlo, pero hoy estaremos considerando desde el versículo 15 hasta el versículo 20.

Lo último que consideramos del sermón del monte fue esta confrontación del Señor acerca de una puerta o la otra. Y les decía en aquel momento que ya la enseñanza principal del sermón del monte había terminado; el Señor está ahora concluyendo. Pero hasta la conclusión de un sermón de nuestro Maestro, hermano, es algo que a nosotros nos deleita. La sabiduría del Señor es tan grande que hasta cuando está despidiéndose a nosotros nos deslumbra; esa es su sabiduría. Un saludo del Señor tiene sabiduría; imagínense lo que es toda una despedida. Y el sermón del monte, después de haber dado cátedras acerca de la sabiduría de Dios y haber demostrado lo lejos que estábamos nosotros acerca de su pensamiento, ahora lo está despidiendo. Ya vimos lo primero, que es confrontarnos acerca de tomar un camino o el otro, y ahora consideremos la segunda parte.

Siempre encomendándonos al Señor antes en oración. Cierra tus postreros ojos, hermano, y pidamos la ayuda del Señor. Demostremos humildad en esto. Pida ahí en oración, antes de que yo ore por ti, pide tú al Señor: “Señor, dame sabiduría, dame diligencia. Dame sensibilidad a tu palabra, abre mis oídos, mis ojos, mi corazón. Permite que tu luz llegue a mí, abre mis ojos”. Dile al Señor, aunque sea ahí figuradamente: “Permíteme entender”. Pídele, hermano, con tu palabra al Señor, dile que te ayude Él a considerar su palabra con provecho. Dile así mismo: “Permíteme, Señor, aprovechar este tiempo en tu palabra. Confronta, Señor, exhorta, advierte tú, Padre. Yo solamente puedo, Señor, mostrar esto, pero es tu palabra, tu sabiduría, es tu advertencia”.

Mira que tengo, como pastor de esta iglesia, Señor, sé lo necesario de estos versículos. Sé la urgencia, puedo, Señor, percibir la urgencia. Llena tu corazón y, así mismo, yo como pastor de esta tu iglesia siento la urgencia. Me preocupan mis hermanos, me preocupan sus almas, Señor, que no sean desviados, que no sean engañados; que permanezcan, Señor, dando fruto; que permanezcan sanos en tu palabra; que permanezcan firmes, Señor, en lo que han creído. Mira cómo los falsos profetas, maestros falsos, apóstoles se multiplican. Señor, permite que esta iglesia no solamente sea una iglesia bien formada, que sea una iglesia prevenida, que sea una iglesia cauta.

Mira la carga que tengo en este año hacia esta iglesia local, Señor, protégenos como iglesia. Permítenos resistir las escaramuzas del diablo, Señor, permite que esta iglesia se mantenga firme en lo que ha creído. Sabemos que tú nos defiendes, Señor, sabemos que no es nuestra fuerza; lo que te pedimos es tu ayuda en esto. Reconocemos que la necesitamos. Gracias, Padre, por esta porción del sermón del monte que nos disponemos a considerar. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Acompáñame, hermanos, al Evangelio de Mateo, capítulo 7, y leamos los versículos del 15 al 20. Luego los introduciremos y pasaremos a exponerlo parte por parte. Dice así la palabra de nuestro Señor, Evangelio de Mateo capítulo 7 a partir del versículo 15:

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.

— Mateo 7:15-20

Dice nuestra introducción que en el último tramo del sermón del monte —estos son los versículos desde el 13 hasta el 27— el Señor da varias enseñanzas cortas en una estructura de polos opuestos. Por ejemplo, muestra dos puertas y dos caminos, uno ancho y uno estrecho. Dos perfiles: el del lobo y el de la oveja. Dos árboles: uno con buen fruto y uno con fruto malo. Dos formas de profesar a Cristo: una forma real y una forma superficial. Y dos fundamentos: fundamentar nuestra vida en la roca o fundamentarla sobre la arena.

En esta que hoy consideraremos, su atención está en el peligro que representan los falsos profetas para la iglesia local. Es significativo el hecho de que el Maestro no se limitara a enseñar a sus discípulos y poner un fundamento, sino que también se dedicara a prevenir y asegurar, para que no sean movidos fácilmente. Ese mismo debería ser nuestro proceder en estos días: enseñar a la iglesia a guardar todo lo que se nos ha mandado mientras la prevenimos para que no sea ingenua, sino cauta.

Qué es un profeta y diferencia entre falso profeta y hermano confundido

Si el Señor lo hizo, yo también tengo que hacerlo. Es más, mientras consideraba estos versículos, hermanos, sentí cierta urgencia de no solamente poner un fundamento en esta iglesia, sino también poner las vallas que haya necesario poner. Así como un agricultor no se conforma solamente con sembrar, sino que pone algún tipo de entramado para que su cosecha no se pierda a consecuencia de las gallinas que están por allí caminando, me parece que como maestro mi llamado no debe ser solamente poner un fundamento, sino poner la advertencia y la urgencia necesaria en mis hermanos de la importancia de estar preparados para defender su fe.

Son muchos los creyentes que año tras año vuelven atrás o son distorsionados en sus convicciones a causa de los falsos maestros. El Señor está hablando aquí acerca de falsos profetas, y urgencias de este tipo se repiten en todo el Nuevo Testamento. Por ejemplo, se nos habla también de falsos maestros, se nos habla también de falsos apóstoles y se nos habla hasta de falsos cristos que serán levantados. El futuro que el Señor estaba augurando para su iglesia, hermano, era un futuro de adversidad, no para que generemos en esto una ansiedad pecaminosa, sino para que estemos preparados para presentar defensa.

Me gustaría mostrar principalmente dos cosas en estos versículos que van desde el versículo 15 hasta el versículo 20. En primer lugar, quisiera enseñarle a la iglesia el peligro de los falsos profetas y decirle que esto es real. Y en segundo lugar, decirle a la iglesia la forma en que se puede constatar la autenticidad de alguien que dice hablar en el nombre del Señor, decirle que esto es posible.

Pero antes, hermano, déjeme decirle: ¿qué es un profeta? Está en el imaginario de muchas personas que un profeta siempre es una gente que está dando nuevos augurios, alguien que está diciendo cosas que se van a cumplir en el futuro. Pero a la luz del Nuevo Testamento vemos que un profeta no siempre estaba diciendo lo que se iba a cumplir en el futuro. Profeta, quizá la mejor definición a la luz de toda la Escritura, es cualquier persona que dice hablar en nombre de Dios o representarle, diga cosas nuevas o diga las cosas que se han dicho siempre.

Ciertamente, en el Antiguo Testamento los profetas también decían lo que el Señor estaba por hacer en el futuro, pero regularmente la ocasión del profeta verdadero no era hablar sobre el futuro, sino recordar el pasado y decirles: “Recuerden la senda antigua, recuerden de dónde el Señor nos ha sacado”.

Antes de exponer, hermano, también tengo que hacer una rápida diferenciación entre un falso profeta y un hermano errado. Son cosas distintas. No eleven el nivel de urgencia a un punto tal que ustedes terminen desmeritando al hermano, descartándolo, porque el hermano se desvió. Una cosa es un hermano que está desviado porque no ha tenido el conocimiento necesario o porque alguien no le ha enseñado cuál es la voluntad del Señor al respecto de algo, y otra cosa es un falso profeta.

Quizá la diferenciación en esto está en la intencionalidad. A la luz de esto, un falso profeta no es un hermano que está confundido; no es alguien que de hecho quiere mentir sin saberlo. Es alguien que, de hecho, tiene una intención dañina. Una cosa es el hermano que se desvió, que quizás no puede trazar tan correctamente como debe determinada doctrina, y otra cosa es aquel que se desvió y amó su desvarío y se quedó allá y quiere desviar a los otros. Quizá la diferencia principal entre un falso profeta y un hermano confundido está en la intencionalidad, en la conciencia del error y, sobre todo, en la falta de arrepentimiento. Un hermano que está confundido, cuando ha encontrado que está desviado y el Señor le manda, por algún medio de gracia, la luz, lo que hace es que se arrepiente.

Veamos la primera parte, hermano: el peligro del falso profeta, que es real. Dice el Señor: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”. Quiero ir, hermano, parte por parte. Lo primero es lo que el Señor te está mandando a hacer. Para hacer bien un mandado, no solamente hay que ser diligente, hay que escuchar bien lo que el Señor está mandando a hacer. Y yo pienso que algunos hermanos no han escuchado bien a qué el Señor les ha mandado, dada la manera en que están haciendo el mandado.

Mandato: guardarse, no salir a pelear

El Señor no te está mandando aquí a que luches contra los falsos profetas, no te está mandando aquí ni siquiera a desenmascararlos. Te está mandando a que te guardes. Me dirás: “Pastor, entonces no hay que desenmascararlos”. El Señor te está mandando aquí, por lo menos en esta exposición de Mateo 7 del 15 al 20, a que te guardes. Y a mí me parece que los evangélicos hemos demostrado, a veces, más lo ofensivo que lo defensivo, más intención de defender la fe que de guardarnos. Y en ese ánimo de “defender la fe” yo pienso que algunos están siendo imprudentes.

Nuestra actitud, hermano, siempre ha de ser defensiva en estos asuntos. El Señor no te está diciendo aquí: “Agarra el lobo”. No te está diciendo: “Agarra el falso profeta”. El Señor te está diciendo: “Guárdate”. Tamaña cosa sería pedirle a una oveja que luche contra el lobo: “Ey, faja tú, ovejita, trata tú de pelear”. La oveja es un animalito indefenso, que la única manera en que una oveja puede defenderse es tratando de estar muy cerca de su pastor. Pero no tiene en ella misma los medios para luchar contra un lobo, que nos dice aquí que es rapaz; o sea, no solamente un lobo que tiene una naturaleza, sino que al mismo tiempo tiene la intencionalidad de dañar.

Hermano, te digo solemnemente: el llamado del Señor para tu vida no es a que levantes aquí las armas y que te dediques a desenmascarar falsos maestros y a ver qué fulano está predicando, qué sutanito está diciendo. El llamado solemne del Señor para su iglesia es: “Guárdense”. Entiéndanlo bien para que hagan bien el mandado.

Pedro repite lo mismo. Él dice: “Estad siempre preparados…” ¿para qué? ¿Para el pleito? ¿Para pelear, Pedro, verdad? No, no, no. Él dice: “Para presentar defensa”, y después dice: “Con mansedumbre y reverencia, ante todo aquel que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”. Oigan lo que dice el apóstol Pedro: él dice, “No salgan ustedes a buscar el pleito; no salgan ustedes a decir: ‘¿Quién quiere pelear conmigo, a ver si mi fe es suficiente?’”. Él dice: “Estén preparados, porque quizás tengan que, con mansedumbre y reverencia, decir que la fe en la cual ustedes han creído realmente es sostenible”.

Hermano querido, el llamado del Señor para nosotros es que nos guardemos. Y en esto, hermano, hay que ser cuidadoso, sobre todo porque la vanidad y el espíritu contencioso son tan nefastos como el error mismo. Y son muchos los que se han dedicado a “defender la fe” con agresividad y a “medir fuerzas”, que han terminado en vanidad, han terminado en ostentación, y en eso se parecen a los falsos maestros, porque es la misma cosa que los mueve a ellos.

El error doctrinal, hermano, es peligroso. Yo siempre le digo a mis hermanos que con esto se lidia como un médico infectólogo. Él está llamado a hacerlo; su vocación es servir, pero no quisiera tener que hacerlo. Él se expone por necesidad, pero un hospital, hermano, no es un lugar ligero; eso no es un jardín de infantes. A los hospitales se va por necesidad. Es más, si usted no tiene que ir, no vaya. Luchar contra el error, hermano, es un peligro; esto es un peligro real. El Señor te está diciendo: “Guárdate”.

Hay cierta vanidad que a mí me parece que deberíamos nosotros descartar totalmente, una vanidad que nos lleva a querer ganar una discusión, a querer demostrar erudición, ese gusanillo que se mueve por dentro, hermano, cuando tú estás debatiendo con alguien que es parte quizá de una falsa religión y tú quieres demostrar que el cristianismo es la verdad. Ten cuidado, porque en esa demostración puedes tú mismo quedar descartado. Reconoce que tú y yo no podemos rescatar al verdadero falso profeta. Nosotros podemos, con el amor del Señor y porque debemos hacerlo, y dependiendo del Señor siempre, tratar de rescatar al hermano que ha sido confundido, porque tiene él una naturaleza que es la naturaleza regenerada; pero al que no ha sido regenerado tú y yo no podemos rescatarlo.

Por eso la apologética cristiana no es evangelismo; la apologética cristiana es para defender la iglesia misma, no es para salir a buscar a aquellos que no han creído y traerles, por medio de elementos retóricos, para que vengan a la fe. No, hermano, con esa gente lo que hacemos es que nos guardamos; y si el Señor da los medios, les enseñamos el Evangelio. No estamos llamados nosotros a luchar contra ellos; el Señor que lo haga. Estamos llamados a guardarnos.

Ingenuidad y falsa autoconfianza del creyente

Tengo que mostrar, hermano, ante esto, no solamente que nuestra actitud siempre debe ser defensiva; también que tenemos que estar advertidos en contra de cierta ingenuidad que se ha hecho popular en el cristianismo contemporáneo. Es como este cristiano naïve, que todo es como “paz”, todo bien, todas las cosas valen; que piensa que todo es igual. Cierta ingenuidad con autoconfianza mezclada, que lleva a los hermanos a tener una guardia muy baja.

Por ejemplo, esa ingenuidad a veces se manifiesta en esto que dicen: “Bueno, yo sé que en el fondo todos estamos muy de acuerdo, ¿no?”. En el fondo no todos estamos de acuerdo. Eso es ingenuidad, eso es inmadurez. Son aquellos que dicen: “Lo importante es que estén buscando; que busquen, que busquen. Que si están buscando… Mira, él está participando en tal cosa, pero lo importante es que está buscando”. No, hermano; si está buscando y está buscando donde no hay agua, muy probablemente está peor que donde comenzó.

Es la ingenuidad de los que dicen que al final todas las religiones están de acuerdo, todo coincide al final, “lo que pasa es que yo estoy en Occidente, tú estás en Oriente; quizá tu contexto cultural te ha condicionado”. Mire, el cristianismo no comenzó aquí. O sea, yo no soy cristiano porque Cristo nació allá en La Vega. Hermano, no; no fue en Jima que nació Cristo. La realidad es que uno no es cristiano por contextos geográficos; uno es cristiano porque ha llegado a convencerse de que Cristo es la verdad. Pero aquellos que te dicen: “No, mira, yo sé que él lee de tal religión, pero yo sé que al final está buscando de Dios y todos están de acuerdo”, no.

Dice Pablo en Romanos que nosotros hemos sido enseñados en una “forma de doctrina” determinada. Me gustaría que en este año, hermano, usted deje la ingenuidad y usted abra los ojos a la realidad de que eso es error. Y aunque mi llamado no es que tomes las armas y salgas a la calle a tirar los tiros, mi llamado es que usted mismo se guarde. ¿Cómo usted se guarda? Estando alerta de que esto es verdad, de que hay error y que hay falsos maestros, y de que aunque parezca que todo es “ingenuo”, parezcan ovejas, en el fondo son lobos.

Ese peligro es la ingenuidad de ese creyente naïve que piensa que todo está bien y que nunca hay error, todo es como lo “light”, que todos somos lo mismo. No, no es todo igual.

Hay otros que pecan de una autoconfianza. “Guardaos”, dice el Señor. Hermano, si usted tiene que guardarse, primero guárdese de ser un ingenuo; después, guárdese de ser en extremo confiado. ¿Han visto aquellos que manifiestan su autoconfianza diciendo: “Yo soy un creyente maduro y a mí eso no me afecta. Yo puedo exponerme a esa forma de doctrina distorsionada, porque ya yo soy muy maduro. Tú sabes, ya yo puedo discernir. Yo, cuando dicen eso, entonces yo lo proceso y lo digiero”? No, hermano. “Guardaos”, dice el Señor.

Y esa autoconfianza a veces se manifiesta en aquellos que dicen: “Yo, con el tiempo, puedo cambiar a ese líder. Ese es un maestro distorsionado, yo me voy a poner aquí, pues yo con el tiempo creo que puedo llevarlo a la sana doctrina”. Esa es una iglesia distorsionada en su doctrina fundamental y yo creo que debo permanecer aquí porque con el tiempo yo lo voy a ir llevando a ellos a la sana doctrina. Casi todo el que termina y se refugia en aquello que dice 1 Tesalonicenses 5:21, “Examinadlo todo; retened lo bueno”, lo que ellos no saben es que el 22 dice: “Absteneos de toda especie de mal”. Lo dejan ahí: “Examinadlo todo, retened lo bueno”.

Examínalo todo, hermano, no es llenar tu mente de toda la basura que te puedes encontrar. De todas las clases de doctrina que te puedes encontrar y quédate con lo que tú entiendas que valga la pena. “Examinadlo todo” es estar dispuesto a discernir las cosas, no rechazarlas solamente como el aire, sino discernirlas. Pero cuando ya has discernido, sólo un loco sigue bebiendo el veneno intencionalmente. Si usted vio la etiqueta y vio que eso hace daño, deje de consumirlo.

Con esto le quiero transmitir la carga de “guardaos”. Primero, guárdese de ser ingenuo, entendiendo que todo vale. Después, guárdese de la autoconfianza de entender que usted tiene sabiduría para resistir el error. Si usted sabe que eso hace daño, apártese. Si usted sabe que eso está distorsionado, no lo consuma.

Miren que precisamente 1 Tesalonicenses 5, hablando de los falsos profetas, cuando habla de los falsos profetas les dice el apóstol Pablo a los hermanos de Tesalónica: “Sí, examinen todo lo que están diciendo y retengan lo que es bueno”, pero después dice inmediatamente: “Absteneos de toda especie de mal”. O sea, si usted entendió que eso no es del Señor, si usted entendió que de ahí no viene el agua que salta para vida eterna, si usted entiende que de ahí no es que el Señor está hablando, no siga escuchando eso mismo.

Endoso, presencia y responsabilidad al exponerse al error

Miren, a veces la sola permanencia de un creyente en un asunto de error es ocasión de caer para mucha gente. Por eso dice la Escritura, de manera tan tajante: “Con eso que, llamándose cristiano, son esto, esto, esto… con esos ustedes no se junten ni siquiera coman”, porque a veces tu sola presencia en un lugar lo está endosando. Y eso es lo que no han entendido muchos hermanos míos evangélicos, que entienden que todo foro vale y que si yo me siento con fulano, yo no estoy haciendo causa común, que “es distinto”. Mire, cuando usted está sentado con uno que, llamándose cristiano, está predicando asuntos de error, usted está endosando, aunque sea indirectamente. Eso está siendo ocasión de caer no solamente para usted y los suyos, sino para mucha gente más que, al verlo usted ahí sentado, va a entender que eso es verdad.

Quiero poner carga en mis hermanos acerca de que no es necesario solamente tener un fundamento, hay que guardar el fundamento. Y para guardarlo, abra los ojos, hermano, y deje la ingenuidad. Y lo otro es: abandone eso de ser sabio en su propia opinión y estarse exponiendo innecesariamente a la falsa pretensión que tiene esta gente. Dicen que son profetas, dicen que hablan en nombre de Dios, pero el Señor mismo dice que son falsos.

Me parece que quizá considerando los profetas del Antiguo Testamento esto que puede parecer abstracto puede parecer más concreto. Quizá si te lo digo solamente: “Hay falsos profetas”, no te estás sintiendo advertido, pero quizá considerando por lo menos algunos casos puntuales del Antiguo Testamento tú podrías hacer más concreta esta advertencia. ¿Qué era lo que hacía el falso profeta en el Antiguo Testamento, que hablaba supuestamente en nombre de Dios?

Bueno, el Señor había determinado un castigo, y ellos venían al pueblo, y decían: “El castigo no viene”. Es Ananías, por ejemplo. Jeremías le está diciendo a Israel: “Nos vamos, el Señor nos va a desterrar, el Señor nos va a castigar, el castigo es largo”. Jeremías dijo: “Setenta años de castigo”. Cuando viene la deportación, viene Ananías. Jeremías andaba figuradamente, para enseñar simbólicamente lo que iba a hacer el Señor. Tenía un yugo, de los que le ponen a los chivos, y el profeta se dormía, se levantaba con ese yugo. Viene Ananías, le dice: “No, Jeremías, son solamente dos; no son setenta”. Y el yugo que él llevaba se lo rompe el yugo en la mano.

Jeremías, hermano, le dijo: “Está bien, Ananías, si tú dices que son dos, también me conviene”, y se fue. El Señor le dijo: “Ve, devuélvete, y dile que a él le queda un año; él se muere en un año. Y que setenta serán los años de la deportación”. ¿Cuáles son los falsos profetas de este tiempo? Aquellos que, cuando los hombres van caminando hacia la destrucción, dicen: “Todo está bien, no hay problema. Tú estás bien, no hay castigo”. Ese es el falso profeta, hermano.

Y mire, digo esto y yo me he sentido peleando últimamente en el sermón algo que yo había vencido ya. No me gusta. Perdón, no me gusta, hermano, no me gusta ese asunto. O sea, ¿no creen ustedes que uno…? El Señor está airado, no yo contra mí; el Señor, imagínese usted. Además, no me gusta ese asunto. Pero yo veo, al día de hoy, que cada vez somos supuestamente más las iglesias evangélicas, y que cada vez más los cristianos, las iglesias están llenas de gente que va de camino a la perdición, y hay uno que les está diciendo: “Tú estás bien, esto está encaminado. Tú no eres tan malo como la gente está diciendo. Te están bajando la autoestima; está bien. El Señor te ama, está todo bien”.

El profeta Ananías era el que le decía a Israel lo que Israel quería escuchar. Un verdadero representante de Dios tiene cuidado hasta en cómo aconseja. Bueno, yo quisiera cada vez que me encuentro en el ritmo pastoral con una persona en necesidad decirle que la cosa se va a solucionar, pero lo único que yo puedo decirle es: “Mira, muy probablemente eso va para largo. No esperes respuestas sencillas; muy probablemente sea la voluntad del Señor que tú te mueras de eso”. No se lo voy a decir así, hermano, no; pero le quiero decir la realidad.

El Señor me dé gracia para ponerlo. Lo único que yo puedo decirle a una persona es: “El Señor está en control. Si el Señor ha dicho dos años, setenta serán; dos o setenta, pero el Señor es soberano. Y tú, hermano, en su mano está tu vida, y en su mano están los tiempos”. Un verdadero representante del Señor no anda desdiciendo a su Señor. Si hay hermanos que el Señor ha afligido, hermano, y no quiero venir yo a intervenir en lo que el Señor está haciendo en su vida, porque qué sé yo si esa aflicción es lo que va a salvar su alma. Qué sé yo si lo que el Señor está refinando en su vida a través del dolor. Yo puedo consolar, hermano, yo puedo enseñar las promesas del Señor, yo puedo enseñar que el Señor está en control. Pero eso de que de setenta a dos, hermano, no; eso es del falso profeta, el que hace eso.

Tú quieres saber cuándo estás ante un falso profeta; cuando tú vengas con la aflicción, enseguida va a ser en extremo optimista en relación a tu mejoría. “Todo va a cambiar, todo va a mejorar, este es tu año; las cosas ya van encaminadas, tú vas a ver”. Muy probablemente son setenta, y aun Dios sigue siendo bueno. Muy probablemente son setenta y esos setenta han sido determinados por el Señor.

Un verdadero representante de Dios no intenta ganarse el favor del pueblo adulando. La realidad es que Ananías decía eso, y cuando él decía eso el pueblo lo aplaudía. A Jeremías le daban con el palo, lo echaban en la cisterna. Jeremías, hermano, padeció ser un representante del Señor. Un verdadero representante del Señor no es en extremo optimista con el bienestar del pueblo. La verdad, hermano, es que lo que te podemos decir es que probablemente mejore, probablemente no, pero el Señor está en control y Él será glorificado. “Bástate mi gracia”, le dijeron a Saulo, le dijeron a Pablo.

Un verdadero representante de Dios, hermano, comprende que hay heridas que son heridas necesarias, expresiones del amor de Dios dolorosamente irrevocables, de las que tenemos que aprender a que nos baste su gracia. Si es realmente representante de Dios, él sabe que hay heridas que el Señor ahora mismo no ha querido sanar. Bueno, la queja del Señor con los profetas de Israel era precisamente esa. Le decía así mismo Jeremías, como comenzó su ministerio. Le decía el Señor a él: “Ellos curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: ‘Paz, paz’, y no hay paz”.

Profetas que hablan de su corazón y halagan al pueblo

¿Qué es lo que le dice? “Ellos están curando la herida; esa herida no es el momento de curarla”, dijo el Señor. Bueno, el profeta en ese momento… El Señor hasta le impidió que orara por el pueblo. ¿Dice, qué es lo que pasa? ¿Es que Dios dejó de ser Dios? No, hermano; que Dios es soberano, y el profeta es el representante de Dios. No te ha llamado a decirle a su Señor lo que su Señor tiene que hacer.

Imagínese el problema que sería usted en su empresa, si usted es representante de la empresa y, para ganarse un cliente, usted cambia las políticas de la empresa, usted cambia los precios, usted cambia las especificaciones. Imagínate que tú tienes que salir a representar la empresa y tú cambias las especificaciones; “Ah, tengo récord de ventas”. Muy probablemente, cuando vuelvas, serás despedido. Alguien que habla en nombre del Señor no anda creando falsas expectativas ni reduciendo, por su propio medio, las consecuencias del pecado.

¿Qué era lo que hacían los falsos profetas del Antiguo Testamento? Dice Ezequiel capítulo 13 versículo 2:

Hijo de hombre, profetiza contra los profetas de Israel que profetizan, y di a los que profetizan de su propio corazón: Oíd palabra de Jehová.

— Ezequiel 13:2

¿Qué es lo que hacen los falsos maestros? Los falsos maestros lo que hacen es que hablan de lo que está en su corazón. Por eso, hermano, como su corazón está lleno de avidez, de vanidad, de expectativas de grandilocuencia, su corazón lo que está lleno es de soberbia. Casi todos lo que andan predicando es prosperidad material, viajes, carros, reconocimiento de los hombres. Es lo mismo que dicen todos: hablan de su propio corazón.

Un profeta del Señor no anda hablando de su propio corazón; dice lo que el Señor dijo que había que decir. Yo quizá digo algo así para cerrar este asunto: que el falso profeta le dice a la gente lo que la gente quiere oír. Como los brujos. Sí, esa es la realidad, hermano, como los brujos. Usted va donde un brujo, el brujo le lee la taza y demás, y le va a decir cosas que todo el mundo quiere oír. El horóscopo, nadie lo batea. Un carro de pollero, el horóscopo; nunca un horóscopo que diga: “Te mueres pronto en un carro; te viene un año difícil, viene enfermedad”. No; el horóscopo todo es así, un asunto.

Una vez los reyes en Israel, tanto el rey del norte como el rey del sur, se pusieron de acuerdo que iban a ir a la guerra, y mandaron a buscar los profetas. Cuando fueron, hubo cuatrocientos profetas que hicieron un “cumpleaños profético” y venían, como en turno, diciendo cada uno una cosa, y decía el otro lado. Todo, hermano, era algarabía y victoria. “El Señor te ha entregado al enemigo, está dado; denle pa’lante”, le decían los reyes. Digan los profetas: “¿Debemos ir o no debemos ir?”. ¿Cómo tú le dices a un rey que está loco por la guerra que no vaya, si ya en su corazón lo que hay es guerra?

Cuatrocientos, hermano, hubo. Uno se mandó a hacer unos cuernos, se los puso, y quedaba así, que venía… Sí, hermano; los falsos profetas son así de dramáticos: “Dale ahí, reclama, dilo más fuerte, hasta que lo digas; eso va a ser tu propiedad”. Así es que son los falsos profetas. Envuelven a la gente en esas cosas. Se mandó a hacer unos cuernos y decía que así mismo iba a empujar al enemigo. Y le dice el otro rey: uno de los reyes le dice al otro: “¿No hay otro profeta por ahí?”. “Hay uno, pero ese nunca me ha dicho cosa buena. Hay un tal por ahí, que ese… Por eso nunca…”. Es como: “No dañemos el asunto trayendo a fulano”.

Pero usted analiza lo del rey, y es verdad. O sea, para venir el profeta y va a desmoralizar al pueblo, porque imagínese, uno va para la guerra, y lo menos que uno quiere escuchar es que van a perder. Bueno, mandaron a buscar al profeta Micaías, hermano, y cuando él vino le dijeron: “Dime, Micaías”. Micaías parece que habló con Zedequías; le dijo: “No, dele pa’lante al rey, que usted va a vencer”. Y le dijo: “Yo sé que tú no estás diciendo la verdad. Ajá, háblame la verdad, Micaías”. Y cuando se lo dijo, entonces el rey se quejó: “No ve, yo te dije que nunca me ha dicho nada bueno”.

Ahora, los cuatrocientos, más el profeta que se mandó a hacer los cuernos, eran profetas falsos. Y lo que sucedió fue que Israel perdió. El Señor, hermano, el Señor guarda a sus hombres, no necesariamente diciendo lo que la gente quiere oír. No hay un falso profeta, no hay un falso maestro ni un falso apóstol que confronte; todos lo que dicen es lo que la gente quiere oír: “Tú estás bien, tu vida va pa’lante, todo está mejorando. Mira, pero me estoy secando; no es peor, está, se murió ya; esa es la realidad”. Hermano, la verdad es que un falso profeta siempre te dice lo que tú quieres oír. Lo que te dice un profeta del Señor es que Dios está en control y que puede ser que te seques, y aun así tu vida valió la pena; y en el Señor, en sus manos, están los tiempos.

Nunca reprenden. Vaya y busque esas iglesias que son iglesias efervescentes, una gente que usted lo ve, y busque una reprensión; nunca hay reprensión. Nunca hay confrontación. Nunca se expresa el desacuerdo, ni en doctrina ni en conducta. La realidad, hermano, es que en esas iglesias todo vale. Usted puede creer lo que quiera, siempre y cuando no lo diga muy duro; quédese ahí. Y usted puede vivir como usted quiera, siempre y cuando en la iglesia usted parezca un cristiano. En esas iglesias todo vale. Ante esos profetas, todas las cosas están bien, porque ellos son así. La realidad es que miden según sus propias condiciones.

Esa gente, que dice… la gente está acostumbrada a ir donde ellos y pedir “palabras”: “Pastor, deme una palabra”. Eso es como un shock, un “dame una palabra: paz y seguridad”, porque nunca dicen “destrucción repentina”. Esa es la realidad. Hacen a la iglesia esperar siempre eso, como esa palabra, esas proclamas. A veces hablan unas proclamas, una cosa: “Este es el año de la victoria; este es el año de la prosperidad; este es el año de la salud”.

Lo que realmente promete Dios frente a las proclamas vacías

“Este es el año de la victoria”. Puede ser que para ti lo sea, y puede ser que para ti sea el año de la vergüenza, donde Dios tendrá victoria. “Este será el año de la prosperidad”. Muy probablemente será la carencia donde más prosperado tú serás. “Este es el año de la salud”. Muy probablemente lo que venga son padecimientos que te conduzcan más directamente a entender el corazón del Señor, como sucedió con Job.

¿Qué es lo que dicen los falsos profetas, hermano? Los falsos profetas son aquellos que dicen a la gente lo que la gente quiere oír. Cierro aquí, hermano, esta parte, y sobre todo doy aquí una ñapa. La realidad, hermano, con una característica de esos falsos profetas es que siempre salen ellos mismos. Un verdadero profeta de Dios, realmente un profeta de Dios, no quisiera hacerlo; no está loco por profetizar.

Jonás, paradójicamente, eso parece como de las paradojas de Dios, pero el profeta verdadero fue Jonás, que no quería ir. Los profetas falsos se mandan ellos mismos y viven locos por decir cosas, locos por enseñar. Un profeta de Dios, como Moisés, que pone mil excusas para no hacerlo, porque sabe que representar a Dios, hermano, no es un flyer. Representar al Dios soberano, que no le dice al hombre lo que el hombre quiere, sino que habla según sus soberanos designios, no es fácil.

Aquellos profetas que iban donde los reyes y le decían: “Rey, dice el Señor…”. Wow, aquel que tuvo que confrontar al rey David, decirle: “David, eres tú”. Ese es el profeta del Señor. ¿Eso es fácil? No, no es fácil. La realidad es que un verdadero profeta de Dios no es alguien que esté siempre presto a decir cosas, siempre presto a intervenir, siempre presto a decir “una palabra”. Es un hombre que está recluido ahí, y el Señor tiene que moverlo soberanamente para que lo haga; lo hace en obediencia. No anda profetizando a cada rato: “Dice el Señor…”. No habla en nombre del Señor así; lo hace porque lleva la carga del Señor, por obediencia al Señor.

Por eso le digo —y me dijo entonces Jehová—: “Falsamente profetizan los profetas en mi nombre; no los envié, no les mandé, ni les hablé. Visión mentirosa, adivinación, vanidad y engaño de su corazón”. Eso es lo que ellos profetizan. “Guardaos de los falsos profetas”, dice el Señor.

En primer lugar, les he estado advirtiendo, primero, de que no sean ingenuos, después de que no se expongan innecesariamente. Déjeme decirle que el peligro de ellos, hermano, es real. No solamente son lobos, dice: “Son lobos rapaces”. Y lo más peligroso es que aparecen como ovejas, y que, aunque se puede identificarlos, no es tan sencillo. Uno no debería confiar demasiado en sus propios ojos, porque parecen ovejas, dice el Señor.

En esto, le diré que por eso hace falta no solamente que alguien se levante y diga que tiene los dones, sino el testimonio; y eso hay que esperar el tiempo. No me parece que los dones haya que tomarlos a la ligera, sino reposarlos, y hay que esperar la trayectoria. Importante pregunta: “¿De dónde eso viene?”. Ay, que parece una oveja, es como nosotros. No solamente ellos tienen la capacidad de destruir, hermano, ellos tienen el vivo deseo de hacerlo.

Si el Señor los hubiera descrito simplemente como “lobos”, yo les diría: “Bueno, hay lobos que están saciados, que no quieren”. Dice: “Son lobos rapaces”. Eso es lo que es algo rapaz: de una inclinación al robo, al hurto, a la rapiña. Son así: son lobos. Lobo, usted lo sabe, hermano: la naturaleza está ahí. Pero una cosa es cuando le ve los dientes; dice: “No solamente es un lobo, sino que se le ven los dientes”.

Hermano, tu alma está corriendo peligro. Uno va hablando de estas cosas, corre peligro la vida de uno. Rápido así, hermano, miren formas prácticas de guardarse. No he venido, mi asunto aquí, hermano, no es darte “un tira piedra”. El asunto, hermano, es preparar tus piernas, señalarte dónde está el lugar donde aguarecerte, cómo guardarte.

Nunca, hermano, nunca está de más profundizar más en la sana doctrina. Por eso, aunque yo lo que espero del Señor es que cada vez nuestro púlpito sea más denso, mi deseo, hermano, no es que todo sea más ligero; que cada vez sea más denso. Usted tiene que acostumbrar su mente, disciplinarse para profundizar en la palabra del Señor. Sería más sencillo solamente como picar, como usar versículos al aire y demás. Profundice, hermano, profundice en las Escrituras.

Cómo guardarse en la práctica: doctrina, consumo y sufrimiento

Evite exponerse innecesariamente. Ahora mismo los falsos maestros, falsos profetas, los falsos apóstoles tienen tantos medios para llegar a tus oídos, hermano. Tienes que estar muy alerta. La realidad es que estamos en un ecosistema donde hay tantas cosas, donde hay tanta cosa distinta, que la verdad, hermano, uno tiene que ser cuidadoso para seleccionar. Por la boca entra cualquier cosa, pero usted no se come cualquier cosa en la calle. Usted tiene cierto criterio, por lo menos del suelo; lo mínimo. Usted sabe que del suelo no se lo come, pero yo veo a algunos hermanos que “lo del suelo, espiritualmente hablando”, se lo comen.

No pueden andar leyéndolo todo, escuchándolo todo. No; tienen que discernirlo todo, todo lo que sea necesario discernir. El llamado no es a tener una mente enciclopédica de todo lo que hay en el medio. El llamado, hermano, es al discernimiento, no a que te dediques a recoger todo lo que hay en el medio.

Abandonemos la cultura de consumo, hermano, que prevalece en nuestros días, la cultura de consumo del que siempre anda buscando a alguien más que le dé algo más: “Satisfáceme más, dame algo que me satisfaga más”. Abandonemos eso. Mire, no quiero ser como los sectarios, que dicen: “Solamente en su iglesia”. No, no, hermano, ese no es el asunto. Pero ni solamente en su iglesia, pero tampoco en todas. No solamente tu pastor, no, hermano. No solamente tu pastor, pero tampoco le abras el oído a todo el mundo.

Ten cierto cuidado de tu mente y de lo que tú te expones, sobre todo si estás comenzando a caminar en la fe, hermano. Ten cuidado en eso, porque fácilmente serás confundido. Es urgente, hermano, urgente, urgente, urgente; hay que llenarse en sus necesidades, hay que llenarse de Cristo, porque quien no se llena de Cristo va a encontrar un falso maestro que lo llene de otra cosa.

La realidad por la cual Cristo pudo prevalecer en el desierto, ante todo tipo de tentaciones, es porque Él estaba lleno del Señor. Y cuando vino el hambre, Él supo, y lo que le trajeron, hermano, eran necesidades reales; pero Él sabía que solamente Cristo llenaba profundamente su necesidad. Un falso maestro siempre anda buscando llenar de manera rápida, de manera acelerada, lo que Cristo todavía no ha traído a tu vida.

Entiende que solamente en Cristo —como dijeron sus discípulos: “¿A quién iremos, Señor, sino a ti, si solamente tú tienes palabra de vida para mí?”— uno se sacia. Quien no se halla en Cristo encontrará a un hombre que llenará, aunque sea artificialmente, eso que solamente Cristo puede llenar.

Disponte de antemano, hermano, a sufrir la sana doctrina. Mire, cuando usted ha resuelto sufrir la sana doctrina, ante los momentos álgidos de la vida, en esos momentos, hermano, que son momentos definitorios; en esos momentos donde ahí es que se demuestra lo que uno es, en esos momentos donde se evidencia nuestra fe, hay que disponerse a sufrir de antemano.

Porque si no, cuando llega el momento del sufrimiento, va a venir Ananías y te dirá: “No, no hay que sufrir”. Hay que vivir a la luz de la voluntad del Señor, hay que negarse a uno mismo. Van a llegar decisiones en tu vida que son decisiones difíciles, dolorosas, pero que glorifican al Señor, y tú encontrarás un falso profeta que te va a enseñar un camino más corto. Y tú vas a tener que decir: “Yo, cuando me inscribí en este camino, me inscribí con la intención de sufrir la sana doctrina. Y ese ‘shortcut’ que tú me estás dando, yo sé que me satisface. Yo sé que esa filosofía que tú me estás dando trae una solución temporal a mi problema, pero yo sé que solamente la voluntad de Dios es buena, es agradable y, sobre todo, es perfecta”.

Dispónte de antemano a sufrir ese asunto. O sea, cuando venga el momento donde tengas que demostrar que eres un cristiano tomando decisiones que son decisiones que afectan tus intereses carnales, haber dispuesto eso de entrada, de antemano, es más fácil. Es difícil, hermano, tener que comenzar a decidir honrar al Señor cuando ya tú tienes la oferta de un camino más corto.

¿Cuántas son las personas que han tenido que tomar decisiones en su vida, que son decisiones difíciles, que los hombres no entienden? Es más, muchos cristianos superficiales tampoco entienden. Porque el problema no es hacer la voluntad del Señor en este tiempo; es que hay un ejército de impíos que se oponen a la voluntad del Señor, pero también un ejército de supuestos cristianos que, cuando tú les dices por dónde va la voluntad del Señor, andan buscando una solución más ligera.

Hay cantidad de áreas donde un cristiano resiste, de manera estoica, la providencia del Señor, porque entiende que eso es perfecto, que eso es agradable y que, aunque él no puede en este momento percibirlo con la papila gustativa, eso es bueno. Y si el sabor ahora mismo no me está llegando al paladar, el problema no está en Cristo, el problema está en mí, que no puedo discernir el sabor de lo que es bueno.

Hay algo que ayuda, hermano, para resistir al falso profeta: que usted se prepare de antemano para padecer con la sana doctrina. Si usted realmente se prepara para padecer, el falso profeta —que lo que viene a buscar siempre es ahorrar padecimiento— viene a buscar que en esta existencia temporal usted viva aquí deshonrando al Señor. Lo que usted debe hacer es disponerse de antemano.

Hablo aquí, hermano, y quiero hablarle a los hombres, precisamente, y a personas que tienen responsabilidades, madres, gente que tiene responsabilidades por otros que están bajo su supervisión. Cuídelos. Una responsabilidad de un hombre serio es que, así como toma en serio la palabra del Señor, él dice: “En esto, opino; se ha expuesto mi familia, mis hijos, mi esposa. ¿Cuál influencia van a tener?”. Una madre anda buscando quién es que va a llenar la mente de sus hijos. Hermano, el mundo… El mundo no es ingenuo. El mundo anda buscando la destrucción suya, de su familia. Sean, en eso, cuidadosos.

Discernir por los frutos, no por las apariencias

Cultiven el discernimiento. En primer lugar, les he dicho, hermano, al respecto de estas cosas, que el peligro es real de los falsos profetas y hay que estar prevenidos. Ahora déjeme decirle que la forma en que se puede constatar la autenticidad, esto es posible. Rápido así, hermano, dice: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?”. Se está comparando aquí determinadas cosas que son muy deleitosas, y te dice: “De eso no sale; de ahí no”.

Entonces, buscando, hermano, algo de botánica para poderle describir eso, “abrojo”, lo más cercano —aunque no es lo mismo, pero lo que más se parece a eso— es la guásabara. Ustedes conocen la guásabara. El abrojo se parece un poco a la guásabara, brinca así; son plantas espinosas que se les enganchan a los animales cuando van caminando. Usted camina y eso, como que se le agarra. El Señor seleccionó con mucho cuidado el tipo de plantas con que iba a describir ese asunto: son ese tipo de plantas que están ahí, como sueltas, que usted no sabe que están ahí hasta que se le enganchan. Usted no cuenta con la guásabara hasta que usted la siente. Así mismo es la influencia de los falsos profetas.

Dice que no se recoge de eso buen fruto. ¿Cómo podemos constatar la autenticidad de alguien que dice hablar en nombre del Señor? Lo primero es que el fruto es más importante que la apariencia. Pero los hombres somos vendidos a la apariencia. El problema en nosotros está, hermano, en que realmente el ser humano, en microsegundos, ya se hace una opinión. Pero para esto no se puede hacer una opinión en microsegundos.

Por ejemplo, la percepción que tú tienes de alguien, el discernimiento que tú haces, el juicio es un mecanismo de defensa que el Señor puso en ti. Tú ves a un ser humano que viene hacia ti de manera agresiva y tú lo catalogas como delincuente rápido. Y eso está denigrando, pero es un mecanismo de defensa: viene hacia ti; no puede ser un hombre de Dios, puede ser un santo, pero si viene con una actitud agresiva… Anda por ahí una imagen de una gente con un cuchillo y una flor detrás. Si yo veo el cuchillo, delincuente; si veo flores… El ser humano discierne rápido las cosas.

Pero para esto, hermano, ese microdiscernimiento que nosotros tenemos no nos es útil, porque el fruto no se discierne tan rápido como las apariencias. Usted, con mirar, piensa que conoce a su hermano, aunque no lo conozca; pero así somos. Ahora, para el fruto hay que sentarse y esperarlo. Y eso nos dice que tenemos que estar entonces doblemente prevenidos. Primero, no podemos descartarlo tan rápido; pero tampoco podemos entregarlo tan rápido, ni descartarlo ni aprobarlo.

El fruto, hermano, es algo que toma tiempo, y el Señor en eso, cada vez que habló acerca de la cizaña, cada vez que habló de los falsos profetas, le quitó a la iglesia ese asunto de ir como a apagar un fuego y de andar corriendo porque, si no, nos destruimos los unos a los otros. Si ante la mínima duda estamos llamando “falso maestro” ya, entonces sería un problema. El Señor te está diciendo aquí “de fruto”, algo que hay que esperar que se manifieste.

Ahora, yo le digo lo que se manifiesta. El fruto, hermano, de un sistema de enseñanza no lo compre ligero. Por ejemplo, yo no estoy… Alguien me dice: “Mira, yo soy cristiano”; Dios te bendiga, hermano. Lo que él haga en su vida cotidiana, mi dieta es la de cualquiera, pero otra cosa es que pretenda llenar mi mente de lo que él entiende que es conocimiento de Dios. Para eso, hermano, hay que llegar a cierto nivel de confianza donde uno constata que realmente eso es de Dios. Hay que mirar el fruto, dice: “Por sus frutos”.

Mire, una planta se puede confundir con otra por su tamaño, por sus hojas, pero nunca por su fruto. Hay plantas que se parecen mucho, mucho, mucho. Y usted dice: “Mira, eso es plátano”. No; las hojas se parecen, pero no es plátano. “Eso es cereza”. No, no es cereza. Las plantas por sus ramas, por su follaje, por su fisionomía, por lo externo, se puede confundir, hermano. Pero por el fruto no es tan fácil. Y le diré entonces: hay gente que dice: “No, que eso es una mata de mango”. “No, no; eso no es mango. No salga a buscarlo, no coma de eso, que eso no es mango”.

Lo más importante de una doctrina no es lo hermosa que es, lo atractiva que es; es el resultado que esa doctrina produce. Si usted quiere saber si es un representante de Dios o no, no se lleve tanto de su apariencia, que se va a confundir muy fácil. Sin importar que el árbol sea muy grande… Hay gente que ve un árbol frondoso: “Eso tiene que ser de Dios; si es tan grande, algo bueno debe haber ahí”. Tenga cuidado, hermano; puede ser, pero… Le digo: esté con cuidado, hermano, porque el ser humano está vendido a la imagen. Nuestra mente… Hay que hacer un esfuerzo intencional para no dejarse deleitar por eso, no dejarse deslumbrar: “Un árbol tan frondoso, ¿cómo va a ser que su fruto no es bueno?”. No se lleve del follaje, hermano; el fruto.

Sin importar que el árbol sea muy común. “Oh, pero que esto sea tanto, que esto sea mucho, no significa que sea bueno”. Cambrón, allá en el sur; vara de sello, jonda, tañer… “Ah, no; la vara honda es mejor que la jaoba porque de eso hay más”. No haga muebles de vara honda ni de cambrón. Le estoy diciendo con esto, hermano, que algo esté muy difundido no significa que sea muy bueno. “Oh, pero…” —me dice la gente— “¿Cómo va a ser? Dice que eso no es de Dios, pero cómo, si hay tanto, son como las piedras en la calle”. Así mismo; no coma de eso. Una cosa es la piedra; otra cosa es el pan.

Le digo, hermano, que algo sea popular no quiere decir que algo sea bueno o agradable al Señor. Despierte ese asunto. Hay otra cosa: “Eso es tan exótico que tiene que ser bueno”. Es verdad, hay plantas que son muy bonitas y son venenosas, producen alergia, erupciones y cosas de ese tipo. El resultado más esperable en esto, hermano, es el fruto. El fruto ni siquiera solamente de la enseñanza del profeta, sino el fruto en su carácter mismo.

O sea, pregunte… Por eso usted debe, si va a poner en manos de alguien su mente, su corazón, la mano de uno que dice hablar en nombre del Señor, tratar de conocerle. No por televisión, porque por televisión uno no conoce a la gente. Trate de conocerle, conocerle ahí. Por ejemplo, algo que es importante: ¿esa persona, por lo menos, está buscando la santidad? ¿O está entregada a la mundanalidad? Porque hay gente que ahora mismo está expuesta a unos representantes de Dios que están abiertas a la mundanalidad, y todavía ellos siguen entendiendo: “No, eso es compatible”. Mire el fruto de su doctrina en su vida.

Es esperable, por ejemplo, que alguien que hable en nombre del Señor busque la santidad, porque Dios es Santo. Búsquele la humildad, porque ha entendido lo que es Dios. Pero si ves una persona que está destilando vanagloria, ¿cómo va a ser que eso sea de Dios? ¿A quién exalta? ¿Se exalta él mismo, exalta su auditorio o exalta a Cristo? Un verdadero maestro exalta a Cristo; está vendido a Cristo. Él no puede transaccionar a favor de un hombre; de quién depende.

Algo así, rápido, hermano, tú tienes que buscar. Dice: “Mira, son muchos los puntos donde yo puedo mirar”. Cuando Pablo estuvo alentando a Tito y a Timoteo acerca de cómo ver hombres que sean idóneos, era puntual a la familia. “Ah, mira, este dice hablar en nombre del Señor, y su familia, ¿qué tal? ¿Qué piensa él al respecto? ¿En qué tal su…?”. No quiero poner ejemplos rupestres como quien dice, pero… ¿Cómo va a ser, dijo, un hombre de Dios que ya lleva tres divorcios, y vuelve y repite las mismas cosas, abiertas inmoralidades, desorden por todos lados? Y uno dice todavía: “Sí, es que el Señor le llamó, él dice que ese es su llamado”. No, hermano.

Naturaleza y destino de los árboles: advertencia final

Esa cosa de “hombre de Dios” en medio de nosotros… Dice la Escritura que hay cosas que descalifican a una persona para ser instrumento del Señor: abiertas inmoralidades. Algo en esto, hermano, es que mire su consistencia. Mire, la consistencia es importante en esto, porque el fruto, temporada tras temporada, viene, pero el fruto es el mismo. Hay gente que está esperando que las habillas produzcan mangos. El problema de un falso maestro, hermano, no es ni siquiera su enseñanza, es su naturaleza caída. No se quede esperando que de ahí caigan mangos. Es la naturaleza de habilla. Hay gente que está esperando: “Yo espero que eso cambie, que al final no siempre sea así”. No; hay naturaleza. Las plantas no mutan. No es común que, por mucho esfuerzo, eso mute. Dice, por eso, en el versículo 17 y 18:

Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar buenos frutos.

— Mateo 7:17-18

Miren, hay temporadas con fruto más robusto que otras, es verdad. Hay veces que los mangos son mangos más robustos, por la sequía, por diferentes cosas, pero no vaya a buscar las habillas en el mango ni el mango en las habillas. Puede ser que la cosecha sea poca; puede ser que el fruto sea poquito, pero mango es mango, hermano, y seguirá siendo mango. Hay hermanos que por una razón u otra… Mire, ahora mismo están malos; hay plantas que se malogran, y eso afecta su productividad. Le cayó una plaga y tal. El asunto no es eso, es si ahí hay la naturaleza correcta. Y si hay la naturaleza correcta, habrá el fruto correcto; pero si hay el fruto incorrecto, no salga a esperar que eso “grandes cosas” cambie y mejore.

Por eso me parece que a veces uno, como creyente, es muy lento en quitar el oído de un lugar porque está esperando que mejore. Realmente usted está esperando sacar limones de ahí, cerezas de ahí. Eso no es un frutal.

Las primeras cosechas de cualquier hombre de Dios serán cosechas de poco fruto, eso es esperable. Más los agricultores saben. Y hay gente que en su vida nunca da mucho fruto, eso es así. Hay árboles más fructíferos que otros. Ahora, no busques que cambie su naturaleza, no busques que el que ahora mismo produce un fruto de un tipo, produzca un fruto del otro tipo. Eso no muta; es permanente.

Sobre todo, hermano, tengo que decir lo siguiente: se puede simular ser un profeta. Es más, la iglesia tiene medios para constatarlo, y puede ser que la iglesia sea confundida; pero la realidad es que Dios no puede ser engañado. Y ante el avance de la maldad en el mundo y del engaño, uno a veces dice: “Eso no tiene remedio, eso nunca va a cambiar”. Sí, el Señor dice que va a cambiar. Dice Él, no digo yo. Él dice:

Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Así que por sus frutos los conoceréis.

— Mateo 7:19-20

Lo que el Señor está diciendo aquí es: el destino de esos está en mis manos. Ahora, no se vayan detrás de ellos; ustedes saben para dónde van caminando.

Iglesia, quiero animarte en este año a que no seas ingenua, iglesia, que estés prevenida. Quiere el Señor permitirnos, después de esto, quizá dentro de unos meses, considerar la carta de Judas y ver, de manera todavía mucho más detenida, cómo puede la iglesia guardarse ante el avance de la falsa doctrina. Pero por ahora quiero dejar a la iglesia cargada al respecto de eso. Quiero animarte, hermano, que estás oyendo, que estás recibiendo como que viene de parte del Señor, y el ánimo que te quiero dar para esto es que si eso es algo que no hace sentido a la luz de lo que estamos viendo en la Palabra, no esperes que eso cambie; quita el oído.

Otra ñapa aquí, hermano: alguien me dirá: “Pastor, pero esas son cosas que no son asuntos fundamentales, que no son… todavía no han negado a Cristo”. Digo esto junto, hermano: la realidad es que toda iglesia madura, eso es verdad; toda iglesia madura. Una iglesia no se queda donde está. Si usted busca nuestra iglesia, debería, si usted busca nuestra iglesia de año en año, encontrar que como iglesia hemos madurado en nuestras prácticas ministeriales, en cómo trazamos determinadas doctrinas, nuestro entendimiento de determinadas partes del carácter de Dios. Uno va madurando, eso es esperable.

Pero donde hay una resolución, hermano, de no santificarse, de no abandonar el error, de no buscar ajustar, lo mejor que usted puede hacer es salir de ahí. Y si puede, con amor, si puede advertir a alguien, hágalo, hermano, porque el peligro de la falsa doctrina no es solamente que son lobos, sino que son lobos rapaces.

Permítanme orar por nuestra iglesia, para que el Señor nos cuide, que el Señor nos guarde, y que no permita —sin ánimo, hermano, de ser en esto contenciosos, de salir a apagar el fuego que no nos toca, ni de salir a buscar el pleito donde no hemos sido convocados—, dice que el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido. No contencioso. Sin ánimo de ser contenciosos, que el Señor en este año también nos dé los medios para ayudar a que nosotros y los nuestros cada vez nos conformemos más a la forma de doctrina que se conforma a la revelación de Dios en su palabra.

Oración final de protección contra el error

Gracias, Padre, por tu advertencia. Gracias por el sermón del monte también, pero gracias, Señor, por la advertencia. Te pido por mis hermanos que están aquí hoy, Señor, que están siendo afirmados en tu palabra. Permite que no solamente estemos sembrando; te pido también, Padre, que tú levantes buenas empalizadas para proteger la siembra, que tú cuides a mis hermanos de la distorsión, del error, de la vergüenza; sobre todo, cuídanos, Señor, de aquellos que nos quieren llevar de nuevo al lugar del cual nosotros venimos: al lugar de vanidad, al lugar de ostentación, al lugar, Señor, de superficialidad, al lugar de inmoralidad. Wow, Padre, si tú, con tu poder, dando tu vida, la vida de tu Hijo, nos trajiste hasta aquí, cuídanos de aquellos que nos quieren devolver, Señor, en base a carnalidades.

Mantén tus ojos ahí cerrados, hermano. Le pido al Señor, al mismo tiempo, en este momento, por mi iglesia: mira lo que estamos sufriendo en diferentes áreas; permítenos resistir a aquel falso profeta que viene a augurarnos, Señor, lo que tú no nos has dado. Permítenos recibir lo que tú nos has dado, Señor, como la provisión tuya; que resistamos como Job, Señor, y retengamos nuestra integridad. Permite que en este momento donde la iglesia está siendo atribulada, cuando escuche la oferta, Señor, de aquel que le invita a salir más pronto, en dos años en vez de setenta, diga: “Si el Señor dijo setenta, nos gozaremos setenta; dependeremos de Él”.

Ay, Padre, cómo no pedírtelo. Mira las áreas de nuestra vida donde todavía no hemos encontrado una profunda satisfacción en ti. Mira a mis hermanos, Señor, que todavía, en áreas de su vida… Mírame a mí. Mira los vacíos, Señor, donde todavía no hemos permitido que tu Santo Espíritu nos llene. Llena nuestra iglesia con tu Santo Espíritu de una manera tan profunda, de una manera tan completa, de una manera tan especial, que cuando los falsos vengan a nosotros sea ruido. Permite que cuando la vanidad se nos ofrezca, Señor, la plenitud sea tan grande que no haga sentido.

Lo que te podemos pedir como iglesia para guardarnos es que estemos tan llenos de ti, Señor, de tu presencia en nosotros, en cada recoveco de nuestra alma, que no haya espacio, Padre, ni siquiera para considerar la oferta. Llena tu pueblo, Señor, llena tu iglesia, derrama tu Santo Espíritu en medio nuestro. Todo esto para tu gloria. En el nombre de Cristo. Amén.

Que el Señor nos guarde, hermano.

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