Vamos a dar un momentito para que puedan los niños pasar y los más grandecitos acomodarse. Pueden buscar sus Biblias, hermanos, en el Evangelio de Mateo, en el capítulo 7. Desde ahora quiero invitarles, hermano, para el próximo domingo, a que no dejen de venir y, si está a su alcance, traiga algún familiar, traiga algún amigo para que escuche la palabra del Señor. Hoy estaremos exponiendo la última parte de la enseñanza como tal del Sermón del Monte y, con la ayuda del Señor, esperamos concluir el próximo domingo. Quisiéramos concluir predicando la palabra del Señor no solamente para nuestra iglesia local, sino también para la familia extendida, para amistades, para vecinos. Haga un esfuerzo para traer una persona más a los caminos del Señor, traer una persona más a la casa del Señor.
Y si usted está aquí hoy, entonces no falte el próximo domingo, venga y concluyamos juntos el Sermón del Monte. Estamos en Mateo capítulo 7. Veamos esta porción de la Escritura y, antes de hacerlo, hermano, como hacemos siempre, encomendémonos al Señor en oración.
Gracias, Señor, por este privilegio que tenemos de poder considerar tu sabiduría, tu palabra. Permite que esta solemne exhortación que tú diste, Señor, para esta audiencia, replique en nosotros. Que podamos sentir, Señor, no solamente entender tu palabra, sino sentir tu intención en ella, Señor. Que cuando te escuchemos hablar, Padre, a través de nuestras Biblias, escuchemos literalmente tu voz llamándonos, Señor, tu voz encomendándonos, tu voz llenándonos de urgencia, Señor.
Permite que tu palabra hable fuerte hoy en nuestros corazones, en nuestros hombres interiores. Que seamos edificados en ella y que cosas, Señor, en nuestro día a día cambien. Desde ahora te pido, Señor, que si acaso hay alguna persona que está aquí hoy presente, y que por alguna razón, Señor, había tenido solamente una profesión superficial de la fe, hoy pueda ser, Padre, sembrada esa persona en ti. Que no sea un asunto de escuchar y apartarse, sino de escuchar y acercarse, de poner raíces, Señor. Acompáñanos tú a través de tu palabra, en el nombre de Jesús. Amén.
Dice la Sagrada Escritura, hermanos, Evangelio de Mateo, capítulo 7. Leamos desde el versículo 21 y hasta el versículo 23. Dice así la palabra del Señor:
No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.
— Mateo 7:21-23
Esta porción de la Escritura es complementaria a lo último que vimos en el Evangelio de Mateo. Estábamos viendo anteriormente el peligro de los falsos maestros. Decíamos en nuestra introducción que así como en la parte anterior, estos son los versículos del 15 al 20 de esta sección del Sermón del Monte, el Señor se refirió al peligro que representaban los falsos maestros, los falsos profetas. En esta sección, los versículos del 21 al 23, se refiere al peligro de ser engañados, no por otros, sino por nosotros mismos.
El enfoque del autoengaño y la ilustración del “conocer”
Esta advertencia debería ser tomada aún con mucho más cuidado que la anterior, pues regularmente estamos mucho más prestos a reconocer las faltas ajenas que a reconocer las faltas propias. El foco ahora no está puesto en los otros, sino en nosotros mismos. El caso descrito es de unos que pretenden tener una relación con Dios y no han sido conocidos por Él, con el agravante de que no siempre son abiertos farsantes o simuladores, sino que podrían estar sinceramente perdidos.
En esta sección del Sermón del Monte, hermano, me gustaría ir todavía más hondo de lo que vimos hace tres domingos atrás sobre los falsos profetas. Si veíamos en aquel momento que era peligroso el ser influenciados para apartarnos del Señor por un falso profeta, ahora vemos que el peligro puede estar aún dentro de nosotros y que es probable que, de aquellos que están entre nosotros, haya algunos que se estén engañando a sí mismos. Que digan “Señor, Señor” y que el Señor no les conozca a ellos.
Antes de seguir en la Escritura, hermano, permítame compartirles una experiencia. Conocí una persona de la cual necesitaba que esa persona hiciera algo a favor mío, pero la persona no me conocía a mí. Sin embargo, al ver a esta persona y hablar con ella, me di cuenta de que tenía algo en común con otras personas que yo sí conozco. Habían trabajado en otra ocasión, habían sido cercanos. No se lo manifesté, pero inmediatamente llamé a la persona que yo sí conozco. Cuando me reúno con la persona le pregunto: ¿Conoces a fulano de tal? “Sí, claro que le conozco, trabajamos juntos”.
No solamente me dijo que lo conocía, sino que me dijo de qué pueblo venía, de qué familia. Físicamente me le describió y me dijo: “Es una persona que se hace así, así”, hasta su temperamento. Y cuando me iba hablando, los ojos me iban como creciendo y yo decía: “Sí, sí, sí, es él”. Después que me dio toda la descripción, desde el lugar donde trabajaron juntos, en qué año fue, de qué pueblo viene, cuál es su familia, físicamente cómo es y cuál es su temperamento, entonces yo le dije: “Pues le conoces, ¿podrías hacer una llamada a favor mío?”. “No puedo hacerlo realmente, yo le recuerdo, yo sé quién es él, trabajamos juntos hace muchos años, pero yo no creo que él se recuerde de mí”.
El detalle, hermano, no es que uno conozca a alguien, sino que ese alguien importante conozca a uno. Este caso que les describo muy probablemente sea el caso de muchos llamados cristianos en este tiempo que pueden describir a Dios. Pueden hablar de Él, te dicen cómo es Dios, dónde Él está, te hablan de su santidad, de su grandeza, te hablan de sus grandes obras. Es más, hasta conocen el carácter, el temperamento, la voluntad de Dios. Conocen a Dios claramente, debidamente, correctamente; lo que dicen de Dios es verdad.
Ahora, la pregunta no es lo que tú puedas decir de Dios, es lo que Dios pueda decir de ti. La carga en esta sección del Sermón del Monte está en el autoengaño. Aquellos que pueden decir con vehemencia “Señor, Señor”, pero que cuando se vean en la presencia del Señor, quizás no sean reconocidos. Es una gran cosa que conozcas a Dios, pero la cosa más grande es que Dios te conozca a ti. Es un privilegio poder describir a Dios con perfección, pero el privilegio más grande es que el Señor te conozca a ti.
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre”. Permítame comenzar, hermanos, describiendo la falsa pretensión que tendrán estos que irán a la presencia del Señor y serán desconocidos por el Señor. En primer lugar, ese “Señor, Señor” no es incorrecto. La realidad, hermanos, es que así es que uno se refiere a Dios. El problema aquí no es que sea incorrecto llamar con vehemencia al Señor; así es que debe ser llamado. Es más, todo creyente verdadero llama a Cristo “Señor”.
Dice la Escritura que un creyente auténtico confiesa con su boca que Jesús es el Señor y que con el corazón cree para arrepentimiento. No está mal llamar “Señor, Señor”, lo que está muy mal es creer que con “Señor, Señor” podremos tener acceso a la presencia del Padre. Los discípulos le llamaban así. Es más, cuando se hace con entendimiento el llamar “Señor, Señor”, esto es hasta una evidencia de madurez. Significa que has entendido su lugar y el lugar tuyo. Cuando alguien dice “Señor, Señor”, eso para un judío, repetir dos veces el nombre, era una señal de vehemencia, era como de profundo sentimiento.
“Señor, Señor”: vehemencia sin obediencia
“Señor, Señor”, eso significa: no solamente yo lo creo así, sino que yo estoy con vehemencia manifestándolo. Por ejemplo, cuando Judas entregó al Señor con beso, dice que le saludó dos veces: “Maestro, Maestro”. Hermano querido que está aquí presente, no es mi deseo desanimarte, pero tengo que advertirte que la profesión superficial del señorío de Cristo no salva. El hecho de que mecánicamente puedas pronunciar su nombre no te acerca. Sin embargo, es una gran cosa que puedas decir “Señor, Señor”; significa que entendiste, que estás dispuesto a obedecer su voluntad, eso es lo que implica el señorío.
La advertencia del Señor no está en decir algo incorrecto, sino en decir algo superficialmente. No es la doctrina; sí, hay que decir “Señor, Señor”, pero hay que creer profundamente en el corazón, no porque nosotros lo dispongamos, sino porque el Espíritu Santo ha operado. Hay un punto tal que hemos sido persuadidos de eso: que Jesús es el Señor. Y si solamente tienes un acercamiento superficial a su señorío, y eso no está en el interior de tu corazón, no tiene ninguna validez para los fines de salvación.
Me llama la atención que Él dice: “No todo el que me dice…”. Tú puedes decirme a mí “Señor, Señor, Cristo es mi Señor”. El asunto no es a mí, porque yo no puedo ver tu corazón. Él está diciendo: cuando digas “Señor, Señor”, ya no será delante de los hombres, sino “todo el que me dice a mí”. En este momento Él mismo se está poniendo como su interlocutor. Miren, como iglesia tú puedes engañarme a mí, como tu pastor puedes engañarme, pero la realidad es que eventualmente tú vas a tener que decir “Señor, Señor”, y el que te oirá no seré yo.
Tú puedes engañar a la iglesia de Cristo de forma tal que parezca que estás bajo el señorío de Cristo, y te trataremos en consecuencia como hermano. Pero llegará un momento en que no solamente tendrás que decir “Señor, Señor” delante de tus hermanos, sino que tendrás que ir a la presencia del Señor. Y cuando digas “Señor, Señor”, me gustaría que de aquel lado no te digan “Apartaos de mí, hacedor de maldad”, sino: “Ven, buen siervo y fiel”. Que tú no solamente digas duro en el cielo “Señor, Señor”, sino que en el cielo tú seas conocido.
A veces uno tiene temor en esto. En la iglesia, una no debería admitir en su membresía personas que no manifiesten un fruto de arrepentimiento. Sin embargo, hermano, la simulación puede ser tan profunda, puede ser tan extensa a través de los años que, de hecho, frecuentemente somos confundidos. Y el problema no está en que alguien logre confundir la iglesia. El problema está en que Dios no puede ser burlado, y Él no solamente escucha una profesión, sino que también conoce verdaderamente el corazón del cual sale esa profesión.
“No todo el que me dice: Señor, Señor, con vehemencia, entrará en el reino de los cielos”. El Señor está diciendo aquí que la evidencia de una relación verdadera con Él, de la cercanía, no es qué tanto nosotros podemos decir sobre Él, sino “el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. La evidencia de tener una relación correcta con el Señor no es tener la doctrina correcta, no es ni siquiera la vehemencia correcta. La mejor evidencia de que tenemos una relación con Él es que tenemos la obediencia debida a Aquel que es verdaderamente el Señor.
Miren, la evidencia más frecuente de un corazón regenerado: sí, la vehemencia está, pero no en la vehemencia solamente. Donde realmente el Espíritu Santo ha estado operando para salvación, no solamente hay una vehemencia, una profesión; hay una profesión y, al mismo tiempo, hay una resolución de obediencia. Las lágrimas nunca sobran, hermanos. No salga a buscar las lágrimas, porque con lágrimas no se abre la puerta del cielo. Donde se evidencia verdaderamente que ha habido conversión es que hay vehemencia, hay un reconocimiento del señorío de Cristo, pero también hay obediencia.
Quizás el caso que encuentro más dramático para eso en el Nuevo Testamento es la conversión de Saulo. Corazón endurecido, hombre rebelde contra Dios, perseguidor de la iglesia de Cristo. Cuando se ha encontrado por Cristo en el camino a Damasco, entonces, echado al suelo, él dice:
Señor, ¿qué quieres que yo haga?
— Hechos 9:6
Saulo: “Entra en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer”.
Si me preguntaran dónde está la evidencia de una correcta relación con Dios, no necesariamente está en la vehemencia. La vehemencia importa, pero no es vehemencia solamente; es vehemencia con obediencia. Saulo no solamente dijo “Señor”, también dijo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”. Donde hay evidencia de salvación no es solamente en bocas profesantes, sino en hombres y mujeres que tienen resolución de hacer en sus vidas la voluntad del Señor.
Es más, ese “Señor, Señor”, con las palabras que se utiliza, y no quiero extenderme en eso, creo que en este tiempo está sobrevaluado; hasta me preocupa. Son aquellos que pretenden que, con adjetivos cariñosos, pueden provocar o producir una relación correcta con Dios. Y llamar “Señor, Señor” es lo correcto. Pero lo más frecuente en nuestros días es que la persona se refiere a Dios con calificativos cariñosos, vehementes o hasta tiernos. “Este pueblo de labios me honra”, dijo Isaías, “mas su corazón está lejos de mí”.
Hermano, si usted le dice así, no se sienta mal, pero ese “Papá Dios”, ese “Ay, yo tengo una con papá”… muchas veces eso en la boca va por una parte y el corazón va por la otra. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos”. De Saulo dice: “Él, temblando y temeroso…”. No se quede temblando y temeroso. No se quede ahí: “Estoy temblando y temeroso en la presencia del Señor”. No, no se quede temblando y temeroso. Dice: “Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga?”. Y el Señor le dijo: “Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer”.
Lo que habla más fuerte, como evidencia de una correcta relación con Dios, de forma tal que tengamos la esperanza de ser conocidos por Él en su presencia, no es la vehemencia, sino la obediencia, la resolución que tenemos de hacer en nuestras vidas su perfecta voluntad. El que tenga una correcta relación con Dios no solamente dice “Señor” superficialmente, sino que está dispuesto a hacer lo que el Señor quiere.
La falsa seguridad basada en obras y ministerio
Quisiera explorar la fuente de su falsa seguridad. Dice el versículo 22:
Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
— Mateo 7:22
Mientras estudiaba esta porción de la Escritura, lo que más me sorprendió no fue el hecho de que estos hombres fueran desconocidos por Dios, sino el hecho de que ellos estaban sinceramente convencidos de que entrarían a la presencia del Señor. Si no hubieran estado sinceramente convencidos, guardan silencio, pero ellos comienzan a argumentar, se atreven a argumentar ante la presencia del Señor. Y dice que serán muchos, o sea, no serán dos o tres los casos, sino que “muchos dirán”.
Veamos la cosa misma: “Me dirán en aquel día”. Miren, el hecho de que intenten justificarse parece dar luz a eso, de que estaban sinceramente convencidos. Y entonces me llena de un temor reverente, porque probablemente entre nosotros haya gente que esté sinceramente convencida de tener la correcta relación con Dios. Que realmente entienda que es amigo de Dios, que tiene una relación con el Padre, que tiene puerta abierta a su presencia.
Entre ellos, toda su defensa estaba centrada, interesante eso, cada cosa que mencionaron estaba centrada en sus propias obras. Y ahí tú te das cuenta dónde no hay un corazón regenerado. En cada corazón donde el Señor ha operado salvación, lo primero que encuentra es que no hay nada de valioso en él por él mismo. Si acaso hay algo de valor en nosotros es la obra sobrenatural del Espíritu Santo que produce fruto para la gloria del Señor. Todo lo que mencionaron estos hombres dependía de ellos mismos, de lo que hicieron ellos.
La mayor diferencia entre un hombre regenerado y uno que está intentando salvarse por sus propias obras es que el que se está intentando salvar por sus propias obras, cuando dice sus méritos, se enseña a él mismo. “En tu nombre… en tu nombre profetizamos, echamos fuera demonios e hicimos diferentes milagros. Lo hicimos nosotros”.
Mire, cuando usted se encuentre en la presencia del Señor, no dude ni por un momento, ni por un momento piense, que por gran cosa que usted haya hecho por el Señor tendrá acceso a su presencia. Hay solamente una obra que se puede mencionar que vale la pena cuando estamos en la presencia del Señor, y es la obra singular de Cristo a favor de un pecador.
La única obra que tendrá valor en ese momento es la obra de Cristo. Por eso dice 1 Pedro, capítulo 3:
Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios.
— 1 Pedro 3:18
Bueno, si cuando te vas a la presencia del Señor tú mencionas tu ministerio, mencionas los años en Cristo, mencionas el pecado aquel del cual tú te apartaste, mencionas todo eso, no tendrás acceso por eso. Menciona a Cristo. No vaya a la presencia del Señor a decir: “Señor, en tu nombre trabajé en tal cosa…”. Enseñe a Cristo. Si hay una palabra que va a salir de su boca en la presencia del Padre, que la palabra que salga de su boca sea esa: “Cristo”.
“En tu nombre profetizamos, en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre sanamos…”. “Apartaos de mí, hacedores de maldad; nunca os conocí”. Miren, el único testimonio que importará en ese momento es el testimonio de Cristo. Cuando te vayas a la presencia del Señor, no importa cuántos hermanos tuyos puedan hablar a favor tuyo, no importará que tú lleves uno o diez ministros a favor tuyo. El único testimonio que tendrá valor en la presencia del Padre es el testimonio de Cristo. Por eso dice Cristo:
A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.
— Mateo 10:32
Si usted va a apelar a alguien en la presencia del Padre, apele a Cristo y a su testimonio. Lo único, lo único que puede satisfacer la justa ira de Dios es Cristo. Los trabajos para el Señor, los años en el Señor, tu desprendimiento hacia el Señor, tus dones hacia el Señor, tu activismo en esta tierra a favor del Señor no pueden propiciar la justa ira de Dios. Por eso dice la Escritura de Cristo:
Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.
— 1 Juan 2:2
Hermano, cuando te vayas a la presencia del Señor, no cuentes con que nada que tú hayas hecho para el Señor en esta tierra tiene mérito para fines de salvación. Y me dirá un pastor: “¿Y ahora mismo qué pasa con la recompensa? Porque por la recompensa hay que enseñar lo que hicimos…”. Mire, usted no podrá ser recompensado si no ha sido salvo. En el castigo eterno, las recompensas no tienen sentido. Las recompensas es algo que viene después de la salvación. Usted primero entra, y después veamos a ver qué le ponemos a hacer en la casa del Señor.
No que “yo quisiera, sabes, yo quiero decir lo que yo hice para el Señor, porque me dijeron que al que tiene le será dada más y al que no tiene… entonces yo quiero decir lo que hice para el Señor para que…”. Hermano, mire, es verdad, la Escritura habla de un juicio de recompensa donde a cada quien el Señor le retribuirá. Sin embargo, le diré que si usted se pierde, aunque se haya ganado el premio gordo, de poco le sirve. Tiene todos los méritos para tener recompensa, pero se perdió. Eso viene después.
Hermano, cuando usted vaya a la presencia del Señor y le pregunten, no diga otra cosa que no sea “Cristo”. No llame a otro testigo que no sea Cristo y no mencione otra obra que no sea la obra de Cristo. “Me dirán: en tu nombre hicimos esto, aquello…”; “Apartaos de mí, hacedores de maldad”. Ninguna de nuestras obras es suficiente para propiciar la santa ira de Dios.
Me muevo un poco, hermano. Estas supuestas evidencias que no llenaban la expectativa de Dios tengo que explicarlas. Esto de profetizar es enseñar. En lo judío, cuando se habla de un profeta, es alguien que habla en nombre de Dios. Mira, hay mucha gente que puede hablar en nombre de Dios de manera correcta sin tener una correcta relación con Dios. Hay tremendos maestros que al día de hoy no son conocidos en la presencia del Señor. Por eso le diré que la doctrina correcta, per se, no es evidencia de una correcta relación con Dios, aunque qué bueno tener la doctrina correcta.
Usted puede ser un pico de oro en esto, usted puede ser la persona que deslumbre, y lo que usted enseña puede ser hasta verdadero. Es más, usted podría hasta edificar al pueblo del Señor por medio de su enseñanza y hasta enseñarle la puerta a aquellos que no han creído. Decía Pablo que él mismo ponía su cuerpo en servidumbre, no viniendo a ser predicador para otros y quedar reprobado él mismo. Son muchas las personas que han llevado a otros a los caminos del Señor y ellos mismos no han entrado. Son muchos los que han edificado y ellos mismos siguen todavía en su misma perdición.
Obras espectaculares, señales y jactancia religiosa
Echar fuera demonios, hacer milagros, todas esas cosas en el Antiguo Testamento, los falsos también las hicieron. Díganme ustedes si los de Egipto no hicieron milagros. Hicieron milagros. Los milagros por sí mismos no son evidencia concluyente. Estas cosas, las tres que mencionó el Señor, tienen cosas en común. Son las mismas que presentan en estos días los hombres como señas de autenticidad. “Sí, es verdad, porque míralo ahí…”. Todas pueden ser falseadas por los hombres con habilidad o por el diablo mismo, y todas tienen un dejo de jactancia que llama la atención y a preocupación.
Mire, la verdadera salvación lo que hace es humillar al hombre y exaltar a Cristo, de forma tal que dijo el apóstol Pablo:
¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida.
— Romanos 3:27
Si acaso alguien puede ir a la presencia del Señor y jactarse de algo, entonces no ha sido salvo, porque lo que hace la salvación es que quita la jactancia. Nosotros somos salvos por gracia. No hay mérito alguno que pueda llenar la expectativa de Dios. Si acaso tú pretendes mencionar alguna obra tuya en su presencia, significa que no tienes nada para mostrar. ¿Dónde está la jactancia?
Y sin ánimo de mandar esto para otro lado, porque creo que ya queda muy clara la gravedad de este asunto, permítame mostrarles otras formas en que pueden llegar los hombres a cultivar o a manifestar esa misma falsa seguridad, ese “Señor, Señor”. ¿A qué se debe? Muchos han llegado a tener una profesión superficial, un “Señor, Señor” con la boca y no con el corazón, por descuido de hermanos míos, creyentes, al hacer discípulos.
No está malo en sí mismo, pero la realidad es que la Gran Comisión no dice que levantar la mano y pasarla al frente produce un discípulo. Vemos todos los días en muchos lugares que le dicen a la gente: “Pónganse de pie, caminen hacia adelante… ¿Eres un cristiano?”. Momento, hermano, y no está mal. Son maneras en que se puede manifestar una intención inicial. O repetir mecánicamente una oración: “Repita conmigo…”. Es más, aquí y allá algunos llegan hasta a celebrar: “Ah, repitió la oración, lo gané para Cristo”. Espérese: con la repetición mecánica de una oración nadie ha logrado entrar a la presencia del Señor.
Y claro, no se arrepienta orando, pueden ver esto. No quiero ni que se vayan al otro extremo: “Bueno, entonces no hay que orar”. Sí, si usted con la boca confiesa… pero confesar con la boca solamente no da salvación. Porque ahora encuentro personas que hasta engañan con eso de que: “No, tú haz esta oración conmigo, repite, ya tú eres un cristiano”. Usted no puede robar un alma, usted no puede saquear un alma. No puede pretender que diga: “Haz esto, primero izquierda, derecha…”. Hermano, esa perspectiva mecánica de la salvación ha llevado a muchos a tener una expectativa de que ya tienen paz con Dios. No hay paz.
Repetir mecánicamente una palabra no produce un discípulo de Cristo. Lo que dice la Gran Comisión es: “Enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado”. Ahí es donde está la clave. “No, ya repitió la oración, va al cielo, es un discípulo…”. Espérate, tú no haces un discípulo, lo hace el Espíritu Santo. Y de nuevo, hermano, no está mal si una persona sinceramente ha dado obediencia y arrepentimiento guiarle en una oración. No está mal que alguien, quizá en una actividad, pase al frente. Pero con pasar al frente y repetir una oración… “Apartaos de mí, hacedores de maldad”.
Hay otros que han llegado a tener una profesión superficial de Cristo, un “Señor, Señor”, por el desespero de algunas iglesias locales por crecer numéricamente. Esas dos cosas van como hermanadas. Primero, una iglesia que entiende que se sienta al menos por lo que tiene… “Oye, y como quisiéramos…”. Ahí escuché yo, hermano, trato de no hablar, pero lo escuché: una campaña de radio donde decían: “Vamos a salir a buscar un millón de almas para Cristo”. Un millón de almas. Yo digo: “Pero qué pretensión. Tráigame cinco discípulos el lunes que viene. Qué pretensión, o sea, ¿quiénes somos nosotros?”. Yo quisiera que el Señor nos dé no un millón, sino diez, pero ¿quiénes somos nosotros para meter eso a una tabla de Excel? O sea, la salvación es del Señor.
Por muchas iglesias desesperadas por crecimiento, han terminado incluyendo superficialmente a otros y enseñándoles a profesar un “Señor, Señor” que no nace del corazón. Hay otros que han creído que por ser bautizados o por tener un ministerio ya están listos.
Formalismo, tradición y doctrinas mal entendidas
Y repito vez tras vez en los talleres de membresía que el bautismo no es un premio al logro. Tú no eres bautizado porque tengamos la certeza de que “ya lo lograste”. Tú eres bautizado porque quieres hacer lo que conviene en tu vida, porque quieres militar en el camino del Señor. Hermano, no hay filtro alguno que evite que alguno se cuele. Judas estuvo ahí entre los discípulos de Cristo, y fue conocido entre ellos. Que alguien haya sido bautizado no asegura nada. No descanses en el bautismo: “Ya lo logré, ya estoy salvo”. Hermano, no descanses en ese asunto. Eso puede llevarte hasta a profesar un “Señor, Señor” con la boca, dejando el corazón en la casa.
Hay otros que se escudan en el formalismo de la religión tradicional, que es un sistema elaborado y complejo que crea una percepción de seguridad. Y tienen un asunto peligrosísimo, la prueba del tiempo. Te dice el católico romano: “¿Pero cómo va a ser que en 2000 años de historia…?”. Bautismo, confirmación, penitencia, eucaristía, hasta extremaunción, y que “¿no estoy seguro?”. El catolicismo romano tiene esa capacidad de embaucar al hombre con un proceso donde todo es como un “next, next”, y él dice: “No, yo estoy caminando. A mí solo me falta la extremaunción. Cuando ya… listo, a la presencia del Señor”.
Muchos me dirán en aquel tiempo: “Fuimos bautizados siendo infantes, después nos confirmaron, nos dieron primera comunión, penitencia, eucaristía, hasta la extremaunción…”. “Apartaos de mí, hacedores de maldad, nunca os conocí”.
¿Cuántos son los hermanos míos que han llegado a tener un pobre entendimiento de la doctrina de la seguridad de la salvación, que les ha llegado a negar la obra del Señor? Aquellos que decían, se llamaban “los salvos, siempre salvos”. Eso era lo que enseñaban: que ya, una vez salvos, siempre. Y un entendimiento pobre de la soteriología les llevó a decir que, sin importar lo que sea su vida, si ellos profesaron a Cristo una vez, ya están seguros.
Escuchaba yo un autor que dijo: “No, yo hice una profesión de fe en mi primera juventud; después me aparté de Cristo, viví entregado al pecado en tales cosas aberrantes, pero yo sabía que yo era salvo porque ya…”. Bueno, eso no es lo que dice la Escritura. Sí hay seguridad de nuestra salvación.
Segunda de Timoteo, capítulo 2, dice:
Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo.
— 2 Timoteo 2:19
No es solamente: “Conoce el Señor a los que son suyos”. Déjenlo ahí. “Lo importante es que ya Dios me conoció a mí en un pasado remoto. En un momento distante el Señor me conoció”. No, no es lo único que dice. Dice: “Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo”.
“No, que él vive entregado al pecado, él se deleita en el pecado, él practica el pecado, pero él hizo profesión de fe por allá por los 90. Seguro en Cristo, él tiene…”. No, no, no se lleve de ese asunto. Si hay un entendimiento pobre de la doctrina de la seguridad de la salvación, asimismo muchos tienen un mal entendimiento de la doctrina de la elección.
“Yo fui elegido por el Señor. Mira, eso no importa, yo puedo entregarme al pecado, yo puedo… hermano, yo puedo ponerle un colmado al diablo y estoy bien. Yo puedo ser mayorista del pecado, yo puedo ser… no importa, yo fui elegido por el Señor, ¿qué me va a quitar a mí? ¿Quién me podrá apartar del Señor?”. Primera de Pedro, capítulo 1, versículo 2, dice:
Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo.
— 1 Pedro 1:2
Para obedecer, en santificación, no en estado de abierto pecado, estando entregado a eso, pero él dice que él fue de los elegidos del Señor. No se lleve de eso, esos entendimientos, esos sofismas filosóficos que quieren llevar al hombre a que una profesión solamente, que haberse inscrito, es lo suficiente. No se lleve de eso.
¿Cuántos son los que están hoy escudados detrás del prestigio de una iglesia local o de un ministro dotado? “Hermano, yo no veo el alma, pero yo he visto cantidad de gente que viven en despropósito, y cuando le pregunto: ¿Y qué es de tu alma, qué es de tu vida?”. “No, yo me estoy congregando en tal iglesia, tú sabes, tal iglesia… el pastor fulano”. No es la iglesia de “pastor fulano”. “Apartaos de mí, hacedores de maldad”. Eso no salva. O sea, que tú seas miembro de una iglesia con un buen testimonio, de un ministro que sea utilizado por el Señor, eso no te exime.
Pero eso da como una aparente seguridad al hombre, que dice: “Yo aquí estoy como refugiado en esta iglesia local que tiene buen testimonio”. No es corporativamente el asunto. Dice la Escritura que:
De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.
— Romanos 14:12
En particular. No es que vengan los hermanos de la Iglesia Cristo La Roca, que vengan los de la Iglesia Evangélica Mundial… no es así. Cada cual dará a Dios cuenta de sí en particular. El prestigio de una iglesia o el testimonio de un ministro dotado no te resguarda.
Hay otros que dicen: “Yo he sido usado por el Señor, y si Dios me usa, ¿cómo va a ser…?”. Mire, una cosa es ser usado por Dios, otra cosa es ser aprobado por Dios. Porque Dios es soberano y, en su soberanía, el Señor utiliza instrumentos que tú dirías: “¿A ese lo utilizó?”. Es que son de Él. A Nabucodonosor lo llamaba “mi siervo”, y a Ciro también. “Nabucodonosor, mi siervo”, “Ciro, mi siervo”. Que tú seas utilizado por Dios para un propósito no significa que seas aprobado por Dios.
“Oye, pero ¿cómo va a ser que esta persona que ha sido utilizada por Dios para dar tanto fruto…?”. “No, que Dios no le conoció”. Bueno, estos que están aquí muy probablemente fueron utilizados por el Señor. Ser utilizado no equivale a ser aprobado. “Apartaos de mí, hacedores de maldad”.
No quisiera ver eso, pero se ha visto el envanecimiento. ¿Cuántas son las personas que están en abierta inmoralidad, en abierta pecaminosidad, practicando el pecado, y dicen: “Bueno, lo que pasa es que yo tengo ya tantos años en esto que yo pienso que soy tan útil al Señor que yo no quisiera venir ahora a…”. Tú estás envanecido. Que tengas muchos años en el Señor, que llegues a ser un instrumento del Señor, no significa que se te exima de vivir una vida de santificación delante del Señor.
Casi todos aquellos que han tenido caídas ruidosas, cuando le preguntan: “¿Y cómo usted vivió durante años en esa conducta?”, dicen: “Bueno, es que me parecía que si yo me detenía le iba a hacer daño a mucha gente…”. Están envanecidos.
Familiaridad con la iglesia y evasión del cuidado pastoral
Aquí quería llegar, hermano, y me detengo. Por favor, reciban esto con solemnidad. ¿Cómo se llega a esa falsa profesión, a ese “Señor, Señor”? Por la familiaridad a la que llegan algunos al estar entre nosotros. Ya tienen tantos años entre cristianos que, con el paso de los años, ya saben hablar como cristianos. Ya conocen el tono de voz, el tono, el tono… algunos son tan precisos que ya saben hablar como cristiano pentecostal, como cristiano reformado, como cristiano bautista. Y saben las palabras, los adjetivos que se utilizan. Y cuando te hablan tú dices: “Pero hablas como cristiano”.
Tener mucho tiempo entre cristianos no ha salvado a nadie. Hay gente que ya sabe hablar lo que conviene. Y a veces ni siquiera es un tono de voz; a veces es que saben los temas que se evitan: “Yo sé que esto es un ambiente cristiano, ya yo sé, ya yo soy potable aquí, yo sé lo que se dice, lo que no se dice y cómo se dice. Y sé responder. Y sé decir ‘amén’ a tiempo. Y sé completar el versículo”. Hay gente que ya tiene, por el tiempo entre nosotros, ya hablan como cristianos.
Conocen las Escrituras. Oye, hermano, yo conozco gente que yo digo: “Tremendo maestro, ducho. Pero, ¿y la escuela bíblica?”. Uno se dice: “Pero sí, es un creyente, ¿cómo va a ser que no es cristiano?”. Citan textos con autoridad, no los citan como una cita intelectual, sino que los citan y defienden la Escritura. Y eso no basta. Porque hasta apologistas son conocidos y conocen a otros cristianos.
Algo que he visto, hermano, y esto me preocupa sobremanera, es que esos que tienen una profesión superficial, un “Señor, Señor”, hasta han aprendido a evadir el cuidado pastoral. Saben mezclarse en una iglesia y pasar mucho tiempo allí sin nunca verse con un ministro del Señor. Y no es que yo quiero asustarlo, hermano. La realidad es que yo no me reúno con ustedes para auscultarlos, como para… pero el que está haciendo una profesión superficial de Cristo y solamente quiere como pasar el tiempo allí, la realidad es que casi nunca se ve con un pastor.
Es más, muchos tratan de rápido entrar al liderazgo para ya tener “cuidado de otros” y que otro no tenga que tener cuidado de mí. A veces con excusas superficiales. Siempre están ocupados. “Hermano, me gustaría verte…”. “¿Para qué un pastor quiere verse conmigo?”. “Para ver cómo está tu alma. La realidad, o sea, cómo estás, cómo te va en los caminos del Señor, cómo estás adorando…”.
Miren, el que solamente está profesando un “Señor, Señor”, se siente cómodo en el culto de la iglesia, pero no quiere reuniones de a uno. No, de a uno no, de a muchos. Ahora bien, ya que estamos preguntando, hermano: ¿qué sería mejor? ¿Sería mejor que un ministro te enseñe que quizás solamente estabas siendo un profesor superficial, y en amor te lleve a Cristo? ¿O tú vas a esperar lo que dice Mateo 25, versículo 32? Dice:
Y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos.
— Mateo 25:32
Hay cantidad de cabritos en medio de las iglesias locales, porque quizá no se han encontrado con un pastor que le diga: “Hermano, usted tiene naturaleza de cabra, no de oveja. Usted está criando chivos, no ovejas”. No lo pretenda, hermano, sino porque el chivo no se deja pastorear fácilmente.
Miren, no afecte su criterio, pero es real: el que solamente quiere hacer una profesión superficial quiere perderse en la multitud. Le gustan los lugares así donde él llega y se pierde, que nadie se preocupa por él ni sepa quién es. “Yo estoy aquí, yo sé aplaudir, yo me sé la letra de los himnos, yo sé buscar en la Biblia rápido…”. Eso no salva. “En tu nombre hicimos esto y esto…”. “Apartaos de mí, hacedores de maldad”.
Miren, la iglesia cristiana puede ser carnalmente atractiva para el hombre natural. La gente dice a veces: “No, que a la iglesia no le gusta al impío”. Eso no es verdad. La iglesia puede ser interesantísima para el que se está perdiendo en su delito y pecado. Por ejemplo, los hombres que tienen vocación intelectual: ¿en qué otra institución tú podrías dedicarte a leer y a leer y a leer y analizar asuntos con profundidad como en la iglesia? Y hay cantidad de gente que tiene vocación intelectual, la gente que le gusta eso, y encuentran en la iglesia una comunidad de gente que también tiene ese interés. A nosotros nos llaman “el pueblo del Libro”, y hay cantidad de intelectuales que están aquí entre nosotros, que probablemente no han nacido de nuevo, pero que les interesa eso, les interesan los libros y los autores y leer. Eso es interesante.
Hay otros, hermano, que son gente muy sensible. No les diré que es la adoración; a ellos lo que les gusta es la música cristiana. Y miren, la música de una iglesia cristiana, la iglesia más pequeña, tiene unos niveles de excelencia que es difícil usted encontrarlos en el mundo. Salga al mundo a buscarlo. ¿Dónde consigo yo, semana tras semana, un programa musical que tenga cierta cadencia, que tenga cierto orden, y en diferentes géneros y demás? Al que está muerto en su delito y pecado eso le interesa mucho. Dice: “Mira, a mí no tanto me importa lo que dicen, pero a mí me gusta cómo eso suena, y la armonía que tiene”. Y una iglesia, hermano, puede impresionar al impío con eso.
Ahora, le diré: por disfrutar de la música cristiana, nadie ha ido al Padre. La adoración es otra cosa. Un creyente verdadero adora, y aunque la música no sea la mejor, él adora. Ahora, el que está perdido todavía en su delito y pecado puede encontrar un interés carnal en la música cristiana, y en las artes cristianas como tal. Y no está mal las artes, hermano, que el Señor nos ha dado. Pero mientras más crece la musicalización de una iglesia, más interesante se vuelve la iglesia para aquellos que están muertos todavía en su delito y pecado.
Hay gente que agrega: “La verdad es que la iglesia es chulo, es chévere estar aquí”. Ay, que el Señor nos cuide, hermano, pero yo pienso que si tú no tuvieras convicción, muy probablemente solamente te interesa esa parte. Es que la iglesia… son tan cariñosos. Tú vienes, te atienden.
La comunidad cristiana. Hermano, el problema del hombre del siglo XXI es la soledad. Lo difícil que es estar un domingo en la mañana a las 11 mirando el techo en tu casa. “Yo me voy para la iglesia. En cuanto llegue, el hermano fulano se preocupa por mí, me saluda, ya lo conozco y participamos en esto”. Esa sociabilidad de la iglesia cristiana puede ser muy interesante para aquellos que están muertos en su delito y pecado.
Y qué decir del activismo. Esa gente que tú le dices: “Ese es un hombre de acción”. Esa gente que no puede estar quieta, que donde quiera que están están moviendo cosas, poniendo la mano. “Diácono, servidor…”. Y va a encontrar en eso la consumación. Hermano, el diácono en el Nuevo Testamento no es un hombre de acción. Es un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, como se describe al diácono. No es un hombre que simplemente mueve cosas. Es un hombre que lo de él es que Dios se mueve en su corazón. Los diáconos del libro de los Hechos no eran pragmáticos, hombres de acción, activistas sociales. No, eran hombres de Dios que estaban llenos de fe y del Espíritu Santo.
Sin embargo, mucha gente ha llegado al activismo cristiano y se involucra en eso de mover cosas. “Yo quiero poner la mano en esto y allí…”. Y yo me pregunto: “¿Y Dios te mueve tanto a ti el corazón como tú mueves tanto las manos como para el Señor?”. Hermano, cuando te compita… cuando la obra tuya para Dios sea más grande que la obra de Dios en ti, tu vida corre peligro. Cuando sea más lo que tú haces para Dios que lo que Dios hace en ti, tu vida corre peligro. Cuando encuentras más deleite en aquello que haces para Dios que en aquello que Dios ha hecho en ti, tu vida corre peligro.
“Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas; pero sólo una cosa es necesaria”, le dijo el Señor.
Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.
— Lucas 10:41-42
Lo que Marta estaba haciendo no era malo: estaba buscando la manera de mover los trastes, hacer la comida. Pero María estaba recostada en el Señor. Miren, a esos que tienen un “son” muy enérgico, cuando el Señor los trae a su camino, normalmente los deja en pausa un par de meses o un par de años. A Saulo lo dejaron ciego, porque si le dejan los ojos abiertos, fácil se devuelve y comienza a hacer cosas. A Pablo le dijeron: “Está ciego, entra en la ciudad, ya se te dirá lo que tienes que hacer”. Ciego ahí.
A un hombre como Pablo, hermano, hay que ponerlo en pausa primero. Por eso, cuando alguien viene a los caminos del Señor, yo siempre pienso que debe tener un periodo de reposo. Un periodo de respirar, de comer, de ser alimentado. Porque ese que lo que quiere es mover cosas en la casa del Señor, seguido va a poner la mano a la silla y a los equipos y a los instrumentos, y él va a querer limpiar. Y uno dice: “¡Wow, qué siervo tenemos!”. No, muy probablemente sea un hombre muerto en su delito y pecado que tiene una personalidad muy activa y que se ha enrolado en el servicio cristiano.
Por eso, las organizaciones paraeclesiásticas están llenas de incrédulos. Vaya a buscarlos: se va a encontrar con personas que hace rato que en su corazón no hay nada hacia Dios, pero que están con agendas llenas de cosas para Dios. La marca de un creyente verdadero es que es más lo que él reconoce como la obra de Dios en su vida que la obra de él para Dios.
Honor, legalismo y el verdadero privilegio: ser conocidos por Dios
Cierro con este: ¿qué tal los hombres honorables, la gente que les gustan las cosas correctas? Hay gente así, que naturalmente son dados al orden. Él dice: “Mira, a mí me gustan las cosas, cada cosa en su lugar. A mí no me gusta que me digan una cosa por la otra”. Es un hombre de honor. Esos hombres de honor pueden encontrar cierta satisfacción carnal en la ley de Dios. Son los mismos que terminan siendo legalistas, que vienen a la casa del Señor y lo de ellos es regir cada cosa. Y esa personalidad, muy probablemente, sea lo mismo que: “En tu nombre profetizamos, echamos fuera demonios, hicimos diferentes milagros, Señor, cuántas cosas movimos en la tierra…”. “Apartaos de mí, hacedores de maldad”.
“Yo nunca os conocí”. ¿Qué es lo que el Señor está diciendo de ellos? Me llama la atención eso, hermano. Él no te conoció. Probablemente, el deleite de un creyente no es ser reconocido como alguien que hace cosas para Dios. El deleite más grande de un creyente no es ni siquiera haber conocido profundamente a Dios. El privilegio más grande que puedes tener en esta tierra es ser tú conocido por el Señor.
Que el caso tuyo, hermano, amigo que está presente, no sea el caso mío de cuando fui donde esta persona y le pregunté por alguien que me dijo: “Yo le conozco perfectamente, yo sé dónde vive, sé cuál es su familia, sé cuál es su temperamento, sé físicamente cómo se ve, pero yo no creo que él pueda conocerme a mí”.
Gloria al Señor. Y que el Señor te permita a ti no solamente ser destacado en su camino, sino que la gloria del Señor se manifieste de forma tal que tú, siendo un hombre natural, nacido de mujer, que el Señor te llame por tu nombre. Hermoso sería así, como tú entras a la presencia del Señor, aún antes de llegar, que el Señor te llame por tu nombre.
Si a mí me dijeran una marca de alguien que verdaderamente es conocido por Dios, diría que es aquel que tiene una pasión por la oración, una pasión por estar en la presencia del Señor. Que tu voz sea conocida en el cielo, que tu voz no sea una voz rara. Que tú seas conocido por Dios; ese es el mayor deleite. Muchos hombres, como todo el mundo, conocerán a Dios. Al final, dice que todo ojo le verá. Pero qué privilegio es ser nosotros conocidos por Él.
Oro por la iglesia local. Y si aquí hay personas que están entre nosotros, pero no son de nosotros, que la palabra y la exhortación del Señor permita que abandonen esta profesión superficial, este “Señor, Señor”, y que caminen hacia la obediencia.
Llamado al arrepentimiento y advertencia sobre la apostasía
Inclinen sus ojos un momento, permítanme orar.
Por tu inmenso amor, Señor, por tu gran misericordia, te pido, Señor, solemnemente, que si aquí hay alguien que se ha manifestado como cristiano, que se ha expresado como cristiano, que ha profesado ser cristiano y no ha nacido de nuevo, que en este momento haya salvación. Que este preaviso, Señor, dado ahora, mientras todavía no hemos llegado a tu presencia, ese momento donde todos te verán y donde tú evidenciarás lo que hay verdaderamente en nuestros corazones… si acaso aquí hay gente, Señor, que no nació de nuevo, pero está entre nosotros, a un punto tal que parece de nosotros, haz evidente su falta, Señor.
Hermanos que están aquí, alguien que no ha nacido de nuevo es alguien que no tiene satisfacción en lo que el Señor ha enseñado en el Sermón del Monte. No ama las bienaventuranzas, no ama la ley del Señor, no ama su voluntad, se rebela contra ella. Congregarnos el domingo, corto tiempo, permite ver algo de lo que hay en el corazón, pero el Señor lo sabe todo.
Si aquí hay alguien que necesita convertirse verdaderamente, porque verdaderamente no había sido convertido, si aquí hay alguien que quizá fue hasta bautizado y necesita caminar de nuevo, es mejor en este momento clamar al trono de la gracia que esperar que llegue el día cuando ya no habrá oportunidad. “Buscad al Señor mientras puede ser hallado”, dice la Escritura.
Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.
— Isaías 55:6
“Vengan, hagamos cuentas”, dice el Señor.
No quiero predicar en este momento a aquellos que abiertamente están sin Cristo. Quiero predicar a aquellos que quizá “están en Cristo” por razones superficiales. Porque se sienten bien aquí, porque aquí hay un familiar suyo, porque alguien les trajo.
Arrepentíos, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio.
— Hechos 3:19
Atentos los ojos, ya cerrados, hermano. La apostasía es real. Haber militado inicialmente en los caminos del Señor no es seguridad; hay que militar todos los días. Tomar la cruz de Cristo por los 80 o por los 90 no da salvación. “Tome su cruz cada día”, dice el Señor, “y sígame”.
Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
— Lucas 9:23
Haber profesado a Cristo el año pasado no es suficiente; hay que hacerlo día tras día. Tomar tu cruz día tras día, hacer su voluntad día tras día, reconocer no solamente con palabras, sino en la práctica, su señorío, día tras día. Aquel que no toma su cruz cada día, dice, no puede ser su discípulo.
Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.
— Lucas 14:27
Si acaso reconoces en este momento que había en ti una profesión superficial, te invito a que con sinceridad de corazón ahí manifiestes tu pecado delante del Señor. Dile ahí, en oración. Te dije que nadie es salvo por plantillas, nadie es salvo mecánicamente, nadie es salvo por hacer una oración por repetirla. Eres salvo cuando en tu corazón sucede algo primero y después se manifiesta con tu boca. Pero si ha sucedido algo en tu corazón y puedes manifestarlo con tu boca, puedes decirle al Señor en oración: “Señor, reconozco mi falta. Reconozco que había estado aquí viviendo, pasando el tiempo, pero que no soy un cristiano. Yo no quiero sólo conocerte, quiero que tú me conozcas a mí. Dame el privilegio de ser llamado hijo tuyo”.
Ay, hermano, podrás engañarme a mí, amigo, podrás engañarme a mí durante un año, durante cuatro; puedes engañar a la iglesia del Señor durante 40 años, pero Dios no puede ser burlado.
No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.
— Gálatas 6:7
Si aquí hay alguien que ha sido evidenciado como uno que se estaba engañando a sí mismo, que entienda que Dios no puede ser engañado. Oro por cualquier persona que está aquí presente. Al escuchar la predicación del Evangelio, el Señor le ha movido. Llegará un momento en que no habrá opción. Una de las mayores tristezas es ver personas que no hicieron en el momento lo que tenían que hacer y se acabó el tiempo.
No esperes estar inconsciente en la cama de un hospital para esperar a ver si alguien va, si tú puedes entender y proclamar a Cristo. Búscale mientras tanto puede ser hallado. Este es día de salvación.
He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.
— 2 Corintios 6:2
“Arrepentíos y convertíos…”. “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”, dice el Señor:
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
— Apocalipsis 3:20
“Si confesamos nuestros pecados…”, dice la Escritura:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Oro por la iglesia congregada aquí. Gracias, Señor, por tu preciosa iglesia. Te pido desde ahora, Padre, que llenes esta iglesia de un entusiasmo por cultivar una relación cercana contigo. Sácanos del acartonamiento, Señor. Sácanos de esta mecanicidad. Sácanos, Señor, de esa profesión superficial. Evita que nos refugiemos en la superficialidad. Permite que cada miembro de esta iglesia, Señor, su voz sea frecuente ante tu trono, su nombre sea conocido por ti, Señor; que tú nos llames por nuestro nombre, como llama un pastor a sus ovejas.
A sus ovejas llama por nombre, y las saca.
— Juan 10:3
Llámanos por nuestro nombre, Señor, que podamos escucharte. Permítenos conocer tu voz, Padre. Bendice a cada persona que se ha congregado. Gracias, Señor, por tu palabra expuesta. Gracias, Padre, por este privilegio de, antes de vernos frente a frente, cara a cara en tu trono, poder, Señor, revisar cómo están nuestras cuentas para tu gloria, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Terminamos cantando, hermanos, como hemos estado haciendo. Nuestros hermanos del ministerio de adoración pueden ayudarnos. Quizá podamos despedir con esta preciosa canción que hoy estuvimos llevando ante el Señor y el Señor nos visitó. Creo que era “El que está sentado en su trono”.
También animo a que los talleres de membresía, que están abiertos, en nuestra iglesia local. Cualquier persona que haya puesto en Cristo su confianza, cualquier persona que quiera formalizar su membresía en nuestra iglesia local, acérquese a mí, que será un gusto recibirle e integrarle a alguno de los grupos de hermanos que se están preparando para ir a las aguas del bautismo o para ser recibidos como miembros en nuestra iglesia local.
Que el Señor bendiga a su pueblo. Despedimos nuestro culto cantando.