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Aprendiendo a esperar el momento

1 Samuel 16–26; Salmo 37

Dios tiene un kairós, un momento preciso para cada llamado, y el líder cristiano aprende a esperar ese tiempo con paciencia, sin impacientarse ni tener envidia.

Predicado26 de agosto de 2012
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Sí, señor, damos las gracias porque nos permite reunirnos, Padre, para celebrar culto a ti. Ahora te pedimos que tú nos hables a través de tu palabra; más que eso, Señor, permite que el pueblo escuche con atención tu palabra y la ponga por obra. Tal como te hemos pedido desde el inicio de esta serie de sermones sobre liderazgo, Señor, te pedimos ahora, que cerramos este tema, levanta líderes en nuestra iglesia, pero levanta un tipo de líder, Padre, que es el tipo de líder que necesita tu iglesia en este tiempo. Levanta líderes, Señor, que tengan capacidades, pero líderes, Señor, que sean un referente moral en esta ciudad; levanta líderes, Señor, que estén dispuestos y ahora te pedimos, levanta líderes que sean pacientes.

Bendice nuestra congregación, Señor, con líderes que tengan un corazón que se parezca al tuyo. Bendice nuestra iglesia, Señor, con líderes que puedan conducir a sus hermanos con amor, Señor, pero sobre todo que los conduzcan de acuerdo a tu voluntad y no la suya. Permite, Padre, que en esta enseñanza de hoy, del mismo modo que ha sucedido antes, este tipo de líder que te estamos pidiendo a ti que levantes en nuestra iglesia pueda ser capacitado, Señor. Pueda ser formado para que lo haga de la manera correcta, con discernimiento, Padre; permite que nosotros estemos enfocados en ti, permítenos glorificarte no solamente con nuestra atención, sino también, Señor, con nuestra disposición a obedecer. Te pedimos todo esto en el nombre de Jesús, amén.

Esta enseñanza con la que estamos cerrando es una enseñanza que he repuesto a petición de nuestro hermano Nicolás. Sí, es una enseñanza que habíamos predicado en el 2009. Entonces Nicolás siempre me preguntaba que cuándo vamos a volver a hablar de “Aprendiendo a esperar el momento”, nuestro momento. Como hemos estado hablando, un líder cristiano tiene que capacitarse en diferentes áreas; un líder cristiano tiene que tratar de edificar la parte que no se ve, decíamos el domingo. Del mismo modo, una característica de todos los líderes cristianos debe ser la paciencia, y a través de la historia de cómo el Señor levantó el liderazgo del rey David aprenderemos nosotros cómo el Señor también puede levantar nuestro liderazgo y aprender esta característica tan importante en un líder, que es la paciencia. Ese es el rasgo distintivo en el liderazgo del rey David.

Cronos y kairós: entendiendo el tiempo de Dios

La característica distintiva en el liderazgo del rey David es la paciencia. Dentro de sus programas están los bosquejos; acompáñenme inicialmente en el libro de Primera de Samuel. En el capítulo 16 estaremos leyendo desde el versículo 1 y hasta el versículo 13: “Aprendiendo a esperar el momento”. Les doy un chance para que todos puedan buscar en sus Biblias. Es el libro de Primera de Samuel, capítulo 16, desde el versículo 1 hasta el versículo 13, “Aprendiendo a esperar el momento del Señor”. Pueden buscar en sus Biblias, porque tendremos varias lecturas en el mismo libro; es la historia de cómo el Señor levantó al rey David.

Pero de Primera de Samuel, capítulo 16, quiero leerles primero un salmo que está en sus programas, es el Salmo 37, que dice de la manera siguiente:

No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad, porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán.

— Salmo 37:1–2

Es el salmista que nos invita a que no nos impacientemos, que no tengamos envidia, y esa es nuestra introducción.

De la manera siguiente, en la Biblia existen dos palabras para nombrar el tiempo. La primera de ellas, “chronos”, lo presenta en un contexto tal y como lo conocemos nosotros: el simple transcurrir de horas, minutos y segundos. Pero la otra palabra es la palabra “kairós”, y la palabra “kairós” tiene una concepción mayor: es el momento perfecto de Dios para nosotros. Pretender adelantarnos al momento de Dios es ser imprudentes. Por el contrario, si realmente estamos convencidos de que Dios nos ha llamado, debemos esperar confiadamente, aprovechar el tiempo para prepararnos y, sobre todo, entender que nuestro tiempo no depende ni de eventos circunstanciales, ni de nuestros propios esfuerzos, ni de la voluntad de los hombres, sino de Dios.

La enseñanza de hoy es un llamado a esperar con paciencia el momento de Dios para nosotros. Marquen esas dos palabras: la primera palabra es “chronos”, la segunda palabra es “kairós”. La primera palabra la Biblia la utiliza para decir, por ejemplo, que son la hora tercera, o que ya es la hora sexta. Pero cuando se habla de kairós lo que está diciendo es que Dios dijo que tal cosa se haga ahora, que llegó el momento; kairós es el tiempo de Dios, es el momento preciso. A eso yo le llamo “el momento de Dios”. Hoy estaremos aprendiendo a esperar el momento, a esperar el kairós, a esperar no el tiempo nuestro, sino el tiempo de Dios.

La unción de David: el llamado que no depende de la apariencia

Acompáñenme en el primer libro de Samuel, en el capítulo 16. Dice así la palabra del Señor; leemos desde el versículo 1 y hasta el versículo 13:

Dijo Jehová a Samuel: ¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de sus hijos me he provisto de rey. Y dijo Samuel: ¿Cómo iré? Si Saúl lo supiera, me mataría. Jehová respondió: Toma contigo una becerra de la vacada, y di: A ofrecer sacrificio a Jehová he venido. Y llamarás a Isaí al sacrificio, y yo te enseñaré lo que has de hacer; y me ungirás al que yo te dijere. Hizo, pues, Samuel como le dijo Jehová. Y luego que él llegó a Belén, los ancianos de la ciudad salieron a recibirle con miedo y dijeron: ¿Es pacífica tu venida? Él respondió: Sí, vengo a ofrecer sacrificio a Jehová; santificaos y venid conmigo al sacrificio. Y santificando él a Isaí y a sus hijos, los llamó al sacrificio. Y aconteció que cuando ellos vinieron, él vio a Eliab y dijo: De cierto delante de Jehová está su ungido. Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón. Entonces llamó Isaí a Abinadab y lo hizo pasar delante de Samuel, el cual dijo: Tampoco a éste ha escogido Jehová. Hizo luego pasar Isaí a Sama; y él dijo: Tampoco a éste ha elegido Jehová. E hizo pasar Isaí siete hijos suyos delante de Samuel; pero Samuel dijo a Isaí: Jehová no ha elegido a éstos. Entonces dijo Samuel a Isaí: ¿Son éstos todos tus hijos? Y él respondió: Queda aún el menor, que apacienta las ovejas. Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí. Envió, pues, por él, y le hizo entrar; y era rubio, hermoso de ojos y de buen parecer. Entonces Jehová dijo: Levántate y úngelo, porque éste es. Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el espíritu de Jehová vino sobre David. Se levantó luego Samuel y se volvió a Ramá.

— 1 Samuel 16:1–13

Es una historia, hermano, preciosa; es la historia de la unción del rey David. Vemos algunas características en esto que cubren el primer aspecto de esta enseñanza, pero me gustaría que mantengan muy presente el Salmo 37:

No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad, porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán.

— Salmo 37:1–2

No te impacientes ni tengas envidia. Hermano, la historia del rey David es la historia del ascenso de un hombre muy humilde al trono de Israel, pero un ascenso con múltiples retrocesos. Lo que sucedía era que cada vez que David como que avanzaba un poquito, al mismo tiempo venía un retroceso. Él tenía razones para impacientarse. Él tenía razones para tener envidia.

En el transcurso de esta historia, creo que todos ustedes se sentirán representados en sus diferentes momentos y en sus diferentes necesidades. Pienso que algunas personas podrían tener la tentación de impacientarse y sentir envidia en sus trabajos. Yo no sé si a ustedes les pasa, pero a mí me pasaba también: cada vez que había aumento en el lugar donde yo trabajaba, entonces yo me preocupaba por mi aumento, pero después que yo sabía cuánto me aumentaron a mí, inmediatamente optaba por echarle el ojo a ver cuánto le habían aumentado al otro. Y cuando lo sabía, había una emoción que se manifestaba en mí; a veces era de alegría y a veces era de decepción. No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia.

Impaciencia y envidia en la vida diaria

Yo no sé si a ustedes les pasaba como a mí, pero cuando a una persona le daban la posición siguiente, eso también me impacientaba. Yo decía: “Pero ¿cuándo es que me la van a dar a mí? Yo tengo en esta empresa ya cinco años y todavía no me han dado el ascenso, y yo he hecho todas las cosas que tenía que haber hecho”. No te impacientes ni tengas envidia.

No sé si te ha pasado lo siguiente: que tú sientes que el favor de tu supervisora o de tu supervisor inmediato no está contigo, sino que está con el de al lado. Y tú sientes que a él es que le dan las oportunidades, tú sientes que a él es que le dan los reconocimientos, tú sientes que todo es para él y no para ti. No te impacientes ni tengas envidia.

Ya bueno, quizá a ustedes no les está pasando esto en el trabajo. Pero hay otras áreas donde también uno podría impacientarse y sentir envidia. Miren, la familia es una institución que a veces tiende a ser competitiva, y quizá ya todo el mundo tiene novia y tú todavía no tienes. Y quizás a fulana ya la pidieron en matrimonio y el anillo tuyo no termina de llegar. No te impacientes ni tengas envidia.

¿Sabes qué será lo próximo? Cuando tú te casas, entonces lo próximo de la presión de la gente ya no va a ser “¿cuándo tú te vas a casar?”, sino “¿cuándo es que tú vas a tener un muchacho?”. No te impacientes ni tengas envidia. Es más, está esa presión, esa competencia, este asunto de verdad que crea mucha ansiedad. De pronto tú estás con el primer muchacho, tal como dice Rossillo, y lo próximo es “¿cuándo es que vas a tener la parejita?”. Y si la parejita entonces viene varón también, no, pero parece que no te va a llegar nunca la hembrita. Hermano, no te impacientes ni tengas envidia.

Y para que tú sigas avanzando, entonces lo próximo es: “Mira, fulano ya tiene la casa, y tú todavía no tienes la tuya. Te vas a poner viejo y no vas a tener tu casa. ¿Y cuándo es que tú vas a tener un techo propio?”. No te impacientes ni tengas envidia. Hermano, hay competencia también en el ministerio, y la gente trata de mirar, pues acá en la iglesia comienzas a ver: “Pero mira, a fulano ya le han dado la oportunidad; a él se la dieron y no me la han dado a mí todavía, y yo tengo aquí más tiempo que él”. No te impacientes ni tengas envidia.

Quizás no te identificas mucho con esto, hermano, pero si no te identificas, hay veces que uno ve el ministerio de otro que tiene fruto, y en el ministerio propio uno ve aridez. Uno dice: “Pero mira a fulano, que está haciendo las cosas”. Y lo sorprendente de esto, hermano, es que a veces las personas que menos fruto tienen son las que están convencidas de que están haciendo las cosas a la manera de Dios. En días pasados hablaba con un amigo que decía: “Mira, yo pienso que yo nunca voy a tener una iglesia grande porque es que yo predico la sana doctrina”. En su cabeza, cualquier persona que tiene una iglesia grande es porque no está predicando la sana doctrina. O sea, él quizá no ha pensado que quizás la voluntad del Señor sea que él cuide siempre las mismas ovejas, que quizás no vaya a ser un pastor de multitudes, sino que ya él se impacientó y llegó a la conclusión de que si alguien está pastoreando multitudes es porque está predicando un mensaje erróneo. No te impacientes ni tengas envidia.

Hermano, en diferentes áreas de la existencia humana se pueden sentir esas dos emociones: la impaciencia y la envidia. Aunque vivimos en un mundo muy competitivo, de nada sirve llegar primero al lugar equivocado. Todo el mundo en la vida está tratando como de llegar primero, pero yo me pregunto: ¿a dónde quieres llegar primero? ¿Quieres llegar primero a la voluntad del Señor o quieres llegar primero a cualquier sitio, a una competencia mundana? Esa competencia es la combinación entre la impaciencia y la envidia. No te impacientes ni tengas envidia. ¿Lo podemos repetir de nuevo todos juntos? No te impacientes ni tengas envidia.

¿Qué tiene que ver esto con David? Miren, tiene todo que ver con David. Es que David, en su casa, entre los hijos, estaba detrás del último. En su casa, entre los hijos, estaba tan detrás del último que cuando fue el profeta del Señor a ungir a algunos de los hijos de Isaí, a él ni siquiera lo tomaron en cuenta, y el profeta tuvo que preguntarle al papá de David: “Amigo, ¿no es que usted tiene otro hijo más? Porque al parecer, de todos los hijos que usted me ha presentado, y ya van siete, ninguno es el hijo que el Señor ha elegido”. Y este hombre entonces tuvo que decirle al profeta: “Sí, yo tengo uno más, pero es el más humilde de todos y el que está cuidando las ovejas. No te preocupes, que ese no da para rey”. Quizás él había pensado eso en su mente. No te impacientes ni tengas envidia.

El llamado: no apariencia, sino corazón; unción no es coronación

Hermano, quisiera dejarles esto así, para que ustedes se recuerden de la introducción de este sermón. Lo que dice es: no te impacientes ni tengas envidia. ¿No piensan ustedes que David, por allá cuidando las ovejas, supo que había venido el profeta del Señor y que había mandado a buscar a todos sus hermanos y que estaban desfilando todos sus hermanos, y David qué estaba haciendo? Estaba allá cuidando las ovejas de su papá. No te impacientes ni tengas envidia.

En tres partes de este sermón vamos a estar mirando: primero, que la convicción de un llamado nos permite esperar el momento con paciencia; segundo, que en lo que llega el momento nos debemos ir preparando; y por último, que el momento no depende ni de los eventos circunstanciales, ni de nuestros esfuerzos, ni de los favores de los hombres, sino de Dios.

Principio número 1: la convicción del llamado nos permite esperar el momento con paciencia. No te impacientes ni tengas envidia. Hermano, en el capítulo 16, del 1 al 13, estamos mirando aquí lo que es la unción de un rey. Para que surgiera un rey no era la coronación lo primero. El Señor determinaba cuál era el próximo, y cuando el Señor determinaba que ese era el próximo, Él mandaba a ungirlo. Pero la unción no significaba que ya iba a ser rey; la unción lo que significaba es que eventualmente el Señor iba a utilizar a este hombre para que llegara a ser el rey de Israel. No era como que te mandaban directo al palacio, sino que había una intención del Señor de que con tu vida sucediera algo. Eso es lo que significa la unción.

La unción era que le ponían aceite, y era un símbolo de que Dios estaría contigo y te utilizaría para determinado propósito. Para eso se ungía. Y en la unción de David, hermano, hay lecciones que podemos aprender, tres verdades importantes acerca de tu llamado. La primera es que no tiene que ver con tu apariencia. El Señor le dijo a Samuel: “No te fijes en su apariencia”.

Déjenme hacer una cosa: quizás si Samuel se hubiese fijado en la apariencia, cuando viene a ver también selecciona a David, porque dice que era hermoso; o sea, miren que “no te fijes en la apariencia” aplica para los siete hermanos de David, pero también aplica para David. Es como si Dios le dijera: “Samuel, no te lleves de lo que estás mirando, llévate de lo que yo te voy a decir. Yo te voy a decir cuál es; no depende de que sea rubio ni depende de que sea alto, depende de que yo elegí a ese hombre para determinado propósito”. No tiene que ver con tu apariencia.

Hermano, hay gente que está tratando de buscar oportunidades en la vida y está tratando de “producirse” para llegar a tener esa oportunidad. Mira, no depende de que estés muy producido, no depende de que tengas el aspecto que alguien recomendó. “Mira, tú tienes que tener determinado aspecto para que llegues a tener determinada posición”. Humanamente hablando, eso es así; si una persona no tiene determinado código de vestimenta, es probable que se quede detrás del último en el escalafón de determinada empresa. Pero en los caminos del Señor, en los propósitos de Dios, la cosa no tiene que ver con cómo tú te veas, tiene que ver con cómo Dios te vea.

No tiene que ver con tu apariencia externa, tiene que ver con tu apariencia interna. El hombre ve todas esas cosas, pero el Señor mira el corazón de los hombres. Hermano, si tú quieres ser usado por Dios, trata de no vestirte por fuera, sino de vestirte por dentro. Cuando Dios esté buscando un hombre, ¿qué verá en el corazón tuyo? No tiene que ver con tu apariencia física, tiene que ver con tu apariencia del corazón.

Otro asunto sobre el llamado que aprendemos en esta primera lectura es que es específico para ti. Hay gente que piensa que los llamados del Señor son como que van pasando por ahí, a ver a quién le llegan. No. Dios mandó a buscar un hombre específico, y aunque el profeta no sabía cuál era, y aunque el papá de ese hombre no entendía que debía ser él, Dios andaba buscando un hombre específico.

No hay que moverse mucho para que Dios nos vea. La lección de esto es que el llamado es específico, y eso tiene tu nombre puesto allí. Dice el proverbio popular que la gallina cuando pone un huevo lo cacarea. Y hay gente que entiende que tiene que estar donde el “capitán” lo vea, y que si acaso yo no estoy en medio, entonces no va a llegar mi momento. Hermano, mira, si el momento que tú estás esperando es el momento que Dios tiene para ti, y no aquel momento que los hombres entienden que deberían darte, si el momento que estás esperando para tu vida es el momento de Dios, no deberías desesperarte mucho, porque ese momento es específico para ti.

En el cronos de Dios, en el kairós de Dios, ahí hay un momento que tiene el nombre tuyo. De nuevo, tiene que ver con dónde está puesta tu confianza. Si tu confianza está puesta en la oportunidad de los hombres, entonces la oportunidad de los hombres puede ser para el que más se mueva, puede ser para el que más “cacaree” los huevos, puede ser para el que esté donde el capitán lo vea. Pero si el momento que estás esperando es el momento preciso de Dios para ti, el kairós de Dios para tu vida, eso es específico para ti, hermano, y tarde o temprano, eso va a llegar. David no salió a buscarlo.

Qué interesante, hermano, que una característica de todos los líderes que Dios genuinamente ha levantado es que Dios los manda a buscar. Y eso es como un pitcher, hermano, que el mánager en un momento dice: “Fulano, tú sales”, y lo entra. Y por muy caliente que tú tengas el brazo, el mánager es quien determina qué pitcher entra y qué pitcher sale. Es un llamado específico para ti.

En tercer lugar, es un fenómeno espiritual que se tiene que entender y discernir espiritualmente. Hermano, no es carnal, no es un asunto de “yo me gané eso”. Quizás los hermanos de David no entendían lo que estaba sucediendo, pero el hombre espiritual tiene que entender que el llamado de Dios para su vida es un fenómeno espiritual. Dice el libro de Segunda de Timoteo, capítulo 1:

Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos.

— 2 Timoteo 1:9

No te impacientes ni tengas envidia, ¿por qué? Porque no tiene que ver con tu apariencia, porque es específico para ti, y porque esto es un fenómeno espiritual que solamente Dios puede ponerlo. Nadie puede inventar su llamado divino.

Alerta: una cosa es ser ungido y otra cosa es ser coronado. Cuando David terminó la ceremonia, David volvió a sus funciones pastoriles. Miren qué asunto tan paradójico. O sea, este hombre ya, según los planes de Dios, era rey, pero según los planes de Dios estaba fregando, estaba cuidando ovejas. Según los planes de Dios, ese hombre estaba ungido, pero estaba en lo cotidiano de su casa.

Cuando David terminó la ceremonia, que lo mandaron a buscar específicamente porque ninguno de los siete que estaba allí se podía haber robado el llamado que Dios tenía para David, entonces David humildemente volvió a sus ovejas. Hermano, una cosa es ser ungido, otra cosa es ser coronado. Hay personas a las que Dios les dijo que las iba a usar, y piensan que inmediatamente hay que buscarles la corona, que inmediatamente hay que buscarles el puesto. Hermano, ten paciencia, porque que el Señor te diga que te va a usar no significa que te va a usar ahora. Pueden pasar mucho tiempo. Eso no es tan rápido. Mire, entre la unción de David y su coronación pasan quince años.

Quince años cuidando ovejas, quince años corriendo en el desierto, quince años, hermano. No te impacientes ni tengas envidia.

David en el palacio: preparación en lo pequeño

En lo que llega el momento nos debemos ir preparando. Acompáñenme ahora ahí mismo, a los versículos siguientes. Primer punto: la convicción. ¿Cuál es la convicción, hermano? Apárense aquí: la convicción es que si Dios dice que hay un kairós para ti, no hay nadie que te arrebate ese asunto. No hay que pelear por eso, ni hay que vivir poniendo zancadillas. Si Dios tiene un kairós para ti, nadie puede interferir en el plan de Dios para ti. Ni siquiera Isaí pudo colar a su hijo más grande.

El convencimiento del llamado nos permite esperar nuestro momento con paciencia. En lo que llega el momento, nos debemos ir preparando. Acompáñenme a la lectura siguiente, que va del 14 al 23:

El espíritu de Jehová se apartó de Saúl, y le atormentaba un espíritu malo de parte de Jehová. Y los criados de Saúl le dijeron: He aquí ahora, un espíritu malo de parte de Dios te atormenta. Diga, pues, nuestro señor a tus siervos que están delante de ti, que busquen a alguno que sepa tocar el arpa; para que cuando esté sobre ti el espíritu malo de parte de Dios, él toque con su mano y tengas alivio. Y Saúl respondió a sus criados: Buscadme, pues, ahora a alguno que toque bien, y traédmelo. Entonces uno de los criados respondió diciendo: He aquí, yo he visto a un hijo de Isaí de Belén, que sabe tocar, y es valiente y vigoroso, y hombre de guerra, prudente en sus palabras y hermoso, y Jehová está con él. Saúl envió mensajeros a Isaí, diciendo: Envíame a David tu hijo, el que está con las ovejas. Y tomó Isaí un asno cargado de pan, y una vasija de vino, y un cabrito, y lo envió a Saúl por medio de David su hijo. Y viniendo David a Saúl, estuvo delante de él; y él le amó mucho, y le hizo su paje de armas. Y Saúl envió a decir a Isaí: Yo te ruego que esté David conmigo, pues ha hallado gracia en mis ojos. Y cuando el espíritu malo de parte de Dios venía sobre Saúl, David tomaba el arpa y tocaba con su mano; y Saúl tenía alivio, y estaba mejor, y el espíritu malo se apartaba de él.

— 1 Samuel 16:14–23

¿Qué sucedió después que ungieron a David? Hermano, la verdad es que ahí no se tiró ningún fuego artificial. No hubo ningún trato especial. No lo anunciaron por Israel, no salió en la revista de sociedad aún. No sucedió nada. O sea, humanamente hablando no sucedió nada, pero espiritualmente hablando había sucedido todo: el Señor determinó que él es el próximo rey. Y quizás sus hermanos decían: “Oye, este hombre Samuel ungió a David; estará loco. Se eligió lo último, se eligió lo más pequeño. Ese muchacho no tiene actitudes, no tiene cuerpo, no tiene condiciones, no debe ser. Fue un error, fue un error”.

Hermano, en lo que llega el momento, nos debemos ir preparando. Leemos un poquito más hacia allá. Saúl seguía siendo el rey, y que el Señor lo haya desechado no significa que haya desaparecido el rey anterior. Se crean muchos conflictos, hermanos, porque la gente no entiende esto. Que el momento en que el Señor desechara a Saúl no significaba que Saúl debía dejar de ser el rey; eso lo iba a determinar el Señor. Así como cuando David fuera ungido no significaba que David sería coronado de inmediato; eso también lo iba a determinar el Señor.

Saúl seguía en el trono, pero dice aquí que el espíritu de Jehová se apartó de Saúl y lo atormentaba un espíritu malo de parte de Jehová. Entonces buscaron a alguien que supiera tocar. Y miren lo que sucede: Saúl mandó a buscar a su sucesor. Saúl mandó a buscar a su sucesor, y Saúl envió mensajeros; no fue que David llegó allá a Saúl y le dijo: “Me mandó el Señor; yo estoy ungido, así que vengo a que me vayan midiendo la ropa”. No, hermano.

Miren con qué humildad entró el rey David al palacio que iba a ser suyo: lo mandaron a buscar para que haga música. Saúl envió mensajeros a Isaí diciendo: “Envíame a David tu hijo, el que está con las ovejas”. Habrá pensado Isaí, hermano: “Pues este muchacho como que está pasando algo con él; primero viene Samuel y me manda a buscarlo, y ahora lo manda a buscar Saúl. ¿Qué es lo que pasa con este muchacho? ¿Será que está desarrollando el ‘palo’ a alguien? ¿Será que está mandando mensajes?”. Hermano, es que es la unción de Dios que estaba con él, y nadie se lo podía quitar.

Isaí tomó un asno cargado de pan, una vasija de vino y un cabrito, y lo envió a Saúl por medio de David su hijo. Y viniendo David a Saúl, estuvo delante de él, y Saúl le amó mucho y lo hizo su paje de armas. Hermano, el primer oficio que tuvo el rey David en el palacio que iba a ser suyo no fue que él era la mano derecha del rey. No, hermano. Él era la persona que iba a la cámara del rey, donde el rey dormía, a tocarle canciones. Donde te quiero decir con esto, hermano, es que tengas un poco de calma, porque probablemente lo que el Señor dijo que iba a hacer a través de ti sea un asunto que tome tiempo, y la manera en que el Señor vaya a lograr que eso suceda en ti no sea la manera con globos y con trompetas y con mucha pompa, como tú estás esperando, sino una manera humilde, donde el Señor va a lograr que tú tengas gracia ante la persona que vas a suceder, que llegues a tocar música allí.

Ahora bien, características aquí de David que se mencionan así como rápido, como un listadito, pero me gustaría que las veamos más detenidamente. Dice que tenía habilidades musicales. Parece que David aprovechó el tiempo que tenía por allá en el desierto, cuidando las ovejas, para sacar algunas canciones. Evidentemente es así, porque compuso muchos salmos. Parece que en su soledad él se animaba haciendo canciones, pero llegó a tener habilidades musicales a un punto tal que uno de los cortesanos del rey Saúl había sabido de él y lo mandó a buscar. ¿Qué hizo David, hermano, en lo que llegaba su coronación? Él se preparó y aprendió a tocar algún instrumento musical.

También dice que era valiente y vigoroso. Recuerdan que una característica que decíamos que debe tener todo líder es ser enérgico. Decíamos que un líder debe ser una persona que demuestre cierto valor, una persona que tenga cierta valentía. Y no lo decía David sobre sí mismo, sino que decían de David que era un muchacho valiente y también vigoroso. Era enérgico, hermano. Yo me pregunto: este hombre no ha peleado ninguna batalla de ejércitos, porque era pastor. Pero peleaba con animales. Esa fue la primera batalla que él echó. Él dice que cuando venían los osos y los leones, él con la mano los destrozaba.

También dice que era prudente en sus palabras, una persona prudente en sus obras, una persona que no dice lo que no tiene que decir, una persona que sabe estar en un grupo de personas y con prudencia participar. Han visto a ese hombre que no sabe estar en ningún grupo sin apabullar, que no sabe intervenir con prudencia. De David se decía que era prudente en sus palabras, y era una persona que iba a estar en la corte del rey y en la cámara más íntima del rey, hermano. Pero David, yo me imagino, veía a Saúl en sus peores momentos, lo veía a veces hasta poco producido, ahí el rey en su cámara, y David haciendo música, hermano.

Dice también que era hermoso, pero la hermosura como que no era lo principal, aunque lo ponen ahí. Pero sobre todo, la característica más sobresaliente que tenía David, dígamela, ¿cuál era? El espíritu de Jehová estaba con él. Características de David, hermano, por la formación que Dios quería darle a David: se la quería dar paradójicamente al lado del rey Saúl.

Miren, al lado del rey Saúl, David venía de ser un pastor de ovejas, un pastor valiente que peleaba con fieras, pero él también aprendió habilidades militares al lado de Saúl. Dice que Saúl lo llegó a hacer su paje de armas. Hermano, estaba al lado de él con los pertrechos militares; o sea, era como su ayudante personal al lado de Saúl. Paradójicamente eligió el Señor que David se formara allí. Pero también ahí, hermano, aprendió cómo funcionaba la corte, y en esos movimientos, estando tan cerca del rey, él aprendió cómo funciona un palacio. Él aprendió cómo se desenvuelve un rey, como que llegó a echarle el ojo a esa administración de la corte. La aprendió ahí, tocando, haciendo musiquita al lado del rey, pero al mismo tiempo aprendió a administrar un ejército.

Cuando David llegó, quedó al servicio de Saúl, que lo llegó a apreciar mucho y lo hizo su escudero, hermano, la persona que estaba con él, dice esta versión. Lo que te estoy diciendo es que probablemente esa persona de la cual tú te estás quejando mucho ahora mismo, el Señor lo que quiere es que tú dejes de quejarte y comiences a aprender. En lo laboral particularmente hay muchas oportunidades de aprendizaje que se desperdician porque nosotros elegimos criticar a las personas que Dios nos ha puesto por encima en vez de elegir aprender lo que esas personas tienen.

Miren, el jefe más rechazado por Dios de este mundo, el Saúl más grande sobre esta tierra, podría enseñarle algo al David más humilde. El Saúl más rechazado por Dios, el Saúl más sanguinario, puede enseñarle algo al David más humilde. Lo que te quiero animar a ti, hermano, es que comiences, en vez de participar en esta crítica, ¿han visto esta actitud perversa de que todo el mundo se queja de su superior? El cristiano no participa en eso. Un cristiano dice: “Mira, si el Señor ha puesto la autoridad sobre esa persona, lo más probable es que quiere que yo aprenda algo de esa persona”. Y de la persona más perversa algo bueno se puede aprender.

Dice un estribillo que no hay nadie que sea tan malo como dicen sus enemigos, ni que sea tan bueno como dicen sus amigos. Lo más probable es que esa persona de la cual tú te estás quejando, esa persona con la cual tú estás generando mucha fricción, el Señor la ha colocado ahí en su corte, la ha colocado ahí en su entorno para que algo que te va a ser útil quizá dentro de treinta años puedas tú aprender de él. Es su habilidad y es su carácter. Junto a Saúl en la corte, David refinó sus habilidades. Preparación. Pero ahora su próximo momento es el desierto; allí, con sacrificios, se refinará su carácter.

El desierto: vergüenza, fracaso e inactividad que revelan el corazón

La historia es larga, y ahora me salto un poquito. Resalto el cincuenta por ciento. Lo que pasó en medio fue que en un momento Saúl comenzó a ver que el Señor comenzaba a levantar a David, y cuando David le tocaba las canciones, Saúl le respondía con flechas. Eso sucedió una vez, y le pareció quizá muy raro. “Mira, yo le estoy tocando una melodía, y él me responde con una lanza”. Así fue. David estaba tocando una canción, y lo que hacía Saúl era que le mandaba la lanza. En dos veces intentó hacer lo mismo. Dice que David se apartó de él, pero después volvía. Y en la tercera vez que sucedió el asunto, David dijo: “Miren, parece que este asunto ya es verdad, pero yo no voy a hacer nada contra este hombre”.

Me llama la atención que nunca le devolviera la lanza. Me llama la atención eso: que no le devolviera la lanza, sino que lo que él hizo fue que llegó un momento en que se volvió insoportable el asunto y él se apartó del rey Saúl. Y cuando se apartó del rey Saúl, entonces se fue al desierto.

Y el espíritu malo de parte de Jehová vino sobre Saúl, y estando él sentado en su casa, tenía una lanza en su mano, mientras David tocaba con su mano. Y Saúl procuró clavar a David con la lanza a la pared; pero él se apartó de delante de Saúl, y la lanza hirió en la pared; y David huyó, y escapó aquella noche.

— 1 Samuel 19:9–10

En este momento, los sucesos hacen que David se vaya al desierto. En el desierto, hermano, comienzan a evidenciarse algunas características de David que normalmente no son muy tomadas en cuenta, pero son características que evidencian que en los momentos de debilidad sale lo peor de cada quien. Todo el mundo está muy tranquilito, muy impecable, pero en los momentos de necesidad tú conoces realmente el corazón de una persona. Trata de visitar a esa persona en su momento de mayor necesidad.

Miren, en el desierto quedó evidenciado que David, lo primero, era mentiroso: él tiraba embustes, hermano, de vez en cuando, para cuidarse. Se evidencia que David como que no tenía mucho inconveniente para decir una cosa por otra. Lo otro era que era engañador: se hacía el loco, a veces hasta comenzó a “buciar”, a fingirse loco y demás, todo tratando de salvar su vida. Pero al mismo tiempo era un hombre un poco impulsivo. Recuerdan lo que sucedió con Nabal: le pidió un favor, y cuando el hombre respondió mal, David dijo: “Lo voy a matar ahora mismo”.

En el desierto, huyendo de Saúl, se comenzó a evidenciar el verdadero carácter de David: es el carácter que necesita disciplina, integridad y valores. ¿Qué significa el desierto? Miren, lo primero que significa el desierto es vergüenza. Las personas que se iban al desierto eran los delincuentes; cuando una persona en Israel se iba a vivir al desierto, lo que pasaba era que tenía algunas cuentas pendientes. En la ciudad se relacionaba el desierto con la vida del forajido, con la vida del delincuente que anda huyendo de la ley.

Imagínense el caso de David, que estaba llegando ungido, y ahora tiene que ir del palacio al desierto. Hermano, qué vergüenza. Me imagino a los hermanos de David: “Isaí, ¿dónde está el chiquito?”. “No, ahora está viviendo en el desierto porque anda corriendo del rey como un delincuente”.

Lo otro, hermano, es un sentimiento de fracaso. Póngase usted en el lugar de David. Si a usted le dijeron que usted va a ser rey y usted está tocando en la cámara del rey, ¿está cerca o no está cerca? “Pues, porque yo voy a ser rey, pero estoy tocando en la cama del rey. ¿Qué es lo próximo? Lo próximo quizás es que yo sea el asistente del rey”. Hermano, lo próximo fue que el rey te aborrece y tienes que irte corriendo y escapar de la corte. Un sentimiento quizás de fracaso.

Pero me gustaría detenerme un poco aquí, hermano: la inactividad. Yo estoy convencido de que hay personas a las que el Señor les quita sus ocupaciones para que en medio de su silencio tengan que encontrarse con su verdadera realidad. A muchos de nosotros, cuando dejamos el trajín… El trajín, les pongo un ejemplo: el trajín es que tú estás afanado en algo, ahí, ahí, ahí. Y el Señor te incapacita para que tú tengas ese trajín, te manda para tu casa. Por poner un caso: te despiden del trabajo, o te dan una licencia médica.

Verdad que cuando uno está acostumbrado a un trajín y se encuentra con ese silencio, comienzan a llegarle pensamientos. Uno comienza a tener realidad, comienza a decir: “Óyeme, pero…” y comienza a tener una vida reflexiva, comienza a calcular bien. La primera vez que a mí me despidieron de un trabajo yo recuerdo esa sensación: “Ah, oye, entonces ahora yo no tengo este trabajo, y ahora…”.

Hermano, esa inactividad a veces el Señor la permite para que tú puedas verte como realmente tú eres, porque muchas veces uno confunde lo que es hacer con lo que es ser. Suena muy filosófico el asunto. Cuando se confunden esas cosas, ¿sabe lo que el Señor hace? El Señor te quita el hacer para que tú te encuentres con lo que eres. Y en el desierto, fuera de sus canciones, y en el desierto, fuera de la actividad, y en el desierto, fuera de la vida muy agitada, David tuvo que encontrarse con lo que él realmente era. Y David era un mentiroso. David era un engañador. David era una persona agresiva, una persona impulsiva. En el desierto él tuvo que verse.

En el desierto, hermano, la supervivencia lo obliga a buscar con lo que pueda y estar ahí, sobreviviendo. Pero al mismo tiempo viene la tentación y la duda. Hermano, muchas veces el Señor quita la actividad de una persona para que la persona se encuentre con lo que realmente es. Cuando te quitan el hacer, te encuentras solamente con el ser.

Pero no fue un asunto aislado en David. Todos los hombres de Dios, antes de recibir la antorcha, atravesaron un desierto. Le muestro algunos. Miren, Abraham era un hombre de ciudad, y Dios lo hizo un hombre de desierto, un nómada. El Señor le dijo: “Mira, sal de la ciudad y vete a la vida más tranquila del desierto”. En el desierto él se encontraba con Dios. Hermano, los momentos en que yo he tenido mayor intimidad con el Señor han sido los momentos cuando el Señor, en su providencia, me ha quitado la actividad. En los momentos donde tú más te encuentras con el Señor es cuando el Señor te quita eso en lo cual tú siempre estás trajinando.

Isaac, hermano, no era un hombre de desierto, y Jacob tampoco, pero donde Jacob tuvo la visión aquella que veía ángeles que subían y ángeles que bajaban fue en el desierto. José no era un hombre de desierto, era un hombre de cisternas, era un hombre de ser vendido a lugares lejanos. Cuando el Señor te manda allá, allá tú te encuentras con lo que realmente tú eres.

El desierto es tiempo de soledad, tiempo de inactividad, tiempo de ejercitar la paciencia y edificar tu carácter al mismo tiempo. Está Moisés, que era un hombre de palacio y el Señor lo llevó al desierto; está David, y está Cristo, hermano. ¿Cómo comenzó Cristo su ministerio? En el desierto. Algo característico en el ministerio de Cristo era que cada cierto tiempo Él se ausentaba y se quedaba en la soledad. Hermano, en la soledad tú dejas de hacer y te encuentras con el ser.

Muchas veces el Señor te quita el trajinar, como se lo ha quitado ahora mismo a David, para que te encuentres con la esencia de tu carácter, y te encuentres no como te ve la gente —la gente te dice una cosa— sino como Dios te ve. Esa es la diferencia entre lo que la gente ve por fuera de ti: “Mira, tú eres un cortesano, un hombre de palacio”. Sí, la gente te dice eso. Pero cuando tú llegas al desierto, donde no tienes toda esa parafernalia, donde tú no eres gerente en ningún lugar, donde tú no eres el jefe de ningún lugar, donde tú no eres el dueño de nada, donde tú no tienes nada que te represente, entonces ahí tú llegas a ver cómo realmente Dios te está mirando. Eso es lo que significa el desierto.

El momento de Dios no depende de circunstancias ni esfuerzos

Paso a la última parte: el momento no depende de eventos circunstanciales, ni de esfuerzos humanos, ni de los favores de los hombres, sino de Dios. Tengamos la última lectura en el libro de Primera de Samuel, en el capítulo 26.

En varias oportunidades David tuvo al rey Saúl en sus manos. Les resumo: un rey desechado por el Señor, un rey sanguinario, un rey que estaba persiguiendo a David injustamente, un rey que había perdido el favor del pueblo, un rey del que cualquier hombre cuerdo del pueblo decía que lo que tenía que haber sucedido con él era que saliera del reinado hace tiempo. En varias ocasiones David tuvo a Saúl en sus manos, y en cada ocasión David rechazó llegar a ser rey por sus propios medios.

Miren qué sucedió aquí:

Vinieron, pues, los de Zif a Saúl en Gabaa, diciendo: ¿No está David escondido en el collado de Hachila, al oriente del desierto? Saúl entonces se levantó y descendió al desierto de Zif, llevando consigo tres mil hombres escogidos de Israel, para buscar a David en el desierto de Zif. Y acampó Saúl en el collado de Hachila, que está al oriente del desierto, junto al camino. Y David estaba en el desierto, y vio que Saúl venía tras él al desierto. David, por tanto, envió espías, y supo con certeza que Saúl había venido. Y se levantó David, y vino al sitio donde Saúl había acampado; y vio el lugar donde dormía Saúl y Abner hijo de Ner, general de su ejército. Y estaba Saúl durmiendo en el campamento, y el pueblo estaba acampado en derredor de él. Entonces David dijo a Ahimelec heteo, y a Abisai hijo de Sarvia, hermano de Joab: ¿Quién descenderá conmigo a Saúl al campamento? Y dijo Abisai: Yo descenderé contigo. David, pues, y Abisai fueron de noche al ejército; y he aquí que Saúl estaba tendido durmiendo en el campamento, y su lanza clavada en tierra a su cabecera; y Abner y el ejército estaban tendidos alrededor de él.

— 1 Samuel 26:1–7

Hermano, justos en estas circunstancias, ¿qué usted hace? Bueno, lo primero es que con más necesidad uno se dedica a oír la voz de Dios. Uno comienza a decir: “¿Eso es de Dios?”. David tenía años corriendo en el desierto, escondiéndose de este rey perverso. ¿Qué usted hace? Lo primero que usted hace es que ve esto como provisión de Dios y comienza a entender. Dice: “Mira, es que esto se ve como el momento de Dios”.

Uno se soba las manos y dice: “Hermano, este es mi momento. A mí me ungieron ya para que yo sea el rey, y yo tengo tiempo huyendo de este hombre injustamente, y este hombre el espíritu de Dios ya no está con él; el Señor lo abandonó. Es un rey sanguinario”. Y ahí ve uno, como señal, que la lanza está ahí, como diciendo: “Agárrala, toma la lanza, lleva la cabeza, mátalo”.

Entonces dice Abisai a David, hermano, óiganlo:

Entonces dijo Abisai a David: Hoy ha entregado Dios a tu enemigo en tu mano; ahora, pues, déjame que lo hiera con la lanza, y lo enclavaré en la tierra de un golpe, y no le daré segundo golpe.

— 1 Samuel 26:8

Hermano, uno se ríe de eso, pero miren, en los momentos de necesidad uno comienza a escuchar la “voz de Dios” en cualquier cosa. Hay decisiones imprudentes que se han tomado porque uno dice: “Todos los números dan, esto se ve como la mano de Dios”, y el consejo que recibe de su compañero dice que eso viene de Dios, lo confirma, y uno dice: “Pues no hay nada que buscar, hoy ha entregado Dios a tu enemigo en tu mano”.

Hago pausa de nuevo: “Tu enemigo”. Hermano, quizás la necesidad que tú estás buscando, ahí tú ves algo que tú estás deseando en lo profundo de tu corazón, y Satanás lo pone delante de ti, y tú dices: “No, mira, eso Dios me lo mandó”. No, espérate, aguántate. Si Dios te lo mandó, no hay que forzar. Si Dios te lo mandó, eso te va a llegar. Si realmente el llamado es de Dios y tú estás esperando un llamado que es de Dios, hay que esperarlo con paciencia.

Si tú estás esperando el llamado de Dios, no depende de eventos circunstanciales, ni de nuestros esfuerzos, ni de los favores de los hombres; depende de Dios. Ahora, lo que le dice Abisai: “Ahora, pues, déjame que lo hiera con la lanza y lo enclavaré en la tierra de un golpe, y no le daré segundo golpe. Yo lo mato de un solo golpe”.

Hago una pausa, hermano. Mire, muchas veces el liderazgo está en torno a la azuzada de la gente que tú tienes al lado, porque te quieren impulsar para que tomes decisiones que son imprudentes. El mismo deseo que yo entiendo, humanamente, que tenía David de tomar aquí una acción contra Saúl lo tiene Abisai y lo tiene mucha gente más en el pueblo, y lo están empujando para que lo haga. Hermano, muchas veces la santidad está en tú no hacer lo que los hombres te están animando “justamente” a que tú hagas. Muchas veces la santidad está en hacer cosas que son contrarias al sentido común de los hombres.

Muchas veces, hermano, tú vas a tener que tomar decisiones que ante los hombres te van a hacer ver como una persona perversa, y te van a decir: “Mira, tú eres egoísta, tú eres débil, tú tienes que…”; muchas veces la santidad está, hermano, en tú pasar por bobo delante de los hombres, pero hacer la voluntad de Dios. Te van a decir: “Pero mira, Dios te lo puso ahí, eso es para que tú ahora… Tú no ves, tú tienes el derecho, tú eres el que tiene que hacerlo”.

Y David respondió a Abisai: No lo mates, porque ¿quién extenderá su mano contra el ungido de Jehová, y será inocente? Dijo además David: Vive Jehová, que si Jehová no lo hiriere, o su día llegue para que muera, o descendiendo en batalla perezca, guárdeme Jehová de extender mi mano contra el ungido de Jehová. Pero toma ahora la lanza que está a su cabecera, y la vasija de agua, y vámonos.

— 1 Samuel 26:9–11

Yo me imagino que David también quería hacerlo, hermano, pero prevaleció la unción de Dios sobre ese hombre por encima del deseo que David tenía. Primó la prudencia. Él dijo: “Pide Jehová que si Jehová no lo hiere, o si su día llega para que muera, o descendiendo en batalla perezca, guárdeme Jehová de extender mi mano contra el ungido de Jehová”.

Cuando estás esperando, mira lo que él dice: “Si Jehová no lo mata, o si alguien en una batalla lo mata, o si descendiendo en batalla perece, yo nunca voy a extender mi mano sobre el ungido de Jehová. Toma ahora la lanza que está en su cabecera y la vasija de agua, y vámonos”. Y dice:

Se llevó, pues, David la lanza y la vasija de agua de la cabecera de Saúl, y se fueron; y no hubo nadie que viese, ni entendiese, ni velase, pues todos dormían, porque un profundo sueño enviado de Jehová había caído sobre ellos.

— 1 Samuel 26:12

Hermano, lo sorprendente de esto es que el sueñito aquel lo mandó Jehová. Jehová está probando a David, a ver si David, que puede antever lo que es su salida, va a esperar a que Dios le dé su salida. Eso es lo que Dios está probando en David, hermano.

Muchas veces te pasan cosas, y Dios las coloca delante de tus ojos para ver si tú las tomas. Son cosas que quizás tú mereces, son cosas para las cuales entiendes que estás capacitado, pero el Señor permite que aparezcan ante ti —el sueño lo mandó Jehová, dice ahí— para ver si tú vas a tomar las cosas por tus propios medios humanos o vas a esperar a que sea Dios quien determine esas cosas para ti.

Tengo que ir ya hacia el final, hermano, pero te diré que solamente Dios puede determinar tu momento. Ni David, ni los filisteos, ni sus sirvientes pudieron terminar con el momento de Saúl. Ni siquiera él mismo pudo abandonar el reino antes de tiempo por sus propias fuerzas. ¿Saben cómo fue que murió Saúl?

Y los filisteos volvieron a hacer guerra a Israel; y Saúl salió contra ellos, y fue herido por los arqueros. Entonces dijo Saúl a su escudero: Saca tu espada, y atravíesame con ella, para que no vengan estos incircuncisos, y me atraviesen, y hagan escarnio de mí. Pero su escudero no quería, porque tenía mucho miedo. Entonces Saúl tomó la espada, y se echó sobre ella. Y viendo su escudero que Saúl había muerto, él también se echó sobre su espada y murió con él.

— 1 Samuel 31:3–5

Miren, estaba peleando, como dijo David: “A menos que lo maten en una batalla, yo nunca voy a extender mi mano”. En la batalla lo hirieron, pero los filisteos no pudieron matar al rey Saúl. No pudieron matarlo porque Dios no había determinado que había llegado su momento de salir. Son cosas de Dios. Este hombre era tan “grande” en su manera de mandar, que cuando lo hirieron él dijo: “Mira, que no me maten ellos”, y agarró su espada y se la clavó. Pero el Señor tampoco había determinado que era el momento de Saúl, y ¿saben qué pasó? Que cuando se clavó la espada, no se murió. Y después que se clavó la espada tuvo que decirle a su sirviente: “Mira, fulano, ven tú y tírame encima para morirme, porque no termino de morir”. Hermano, ni siquiera Saúl pudo determinar su momento.

Dice la Escritura en el libro de Daniel:

Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos.

— Daniel 2:21

Hermano, no te impacientes ni tengas envidia. Yo estoy convencido de que muchos de ustedes el Señor ha determinado que lleguen a ser grandes líderes comerciales. Mire, yo estoy convencido de que muchos de ustedes serán empresarios prósperos en este país. Estoy convencido de que muchos de ustedes serán profesionales exitosos en sus áreas. Estoy convencido de que entre nosotros tenemos ministros que van a servir al Señor desde su iglesia.

Lo que quiero animarte en todo esto, hermano, es a que no irrumpas, a que no trates de llevarte el mundo por delante, a que no trates de vivir desesperado, serruchando palos, desesperado mirando a ver quién avanzó y quién no avanzó. Estate tranquilo, como tranquilo estuvo David. A David lo mandaron a buscar en su casa para ungirlo. A David lo mandaron a buscar del palacio para que hiciera música. A David, hermano, lo mandaron al desierto y allá esperó.

¿Saben cómo terminó la vida de David? Los ancianos de Israel en un momento dijeron: “Ey, David, ven, porque nosotros queremos que tú seas nuestro rey”. No te desesperes ni tengas envidia.

Oración final: paciencia para esperar el kairós de Dios

Permítanme orar por ustedes, por sus planes, por sus proyectos. Terminamos esta serie sobre liderazgo hablando de paciencia. Les voy a animar a que tengan su manito ahí un momento, unos sobre los otros.

Yo no sé todavía a ciencia cierta, hermano, en qué área el Señor quiere que tú ejerzas liderazgo. Es muy probable que el Señor quiera levantarte a ti como una influencia positiva hacia tu familia. Quizás el Señor quiera levantarte a ti para que seas un empresario próspero. Quizás el Señor ha determinado que tú seas una autoridad civil en nuestro país, en algún departamento. No sabemos, hermano, pero probablemente tengamos aquí un alto funcionario pronto. Quizás el Señor quiera que tú le sirvas en algún hospital, en alguna escuela, como directora, como director general. Quizás sea la voluntad del Señor levantarte a ti en algún ministerio cristiano.

Hermanos, sin importar el área donde el Señor haya determinado levantarte a ti como un líder para que conduzcas a otros, yo quiero animarte a que tengas paciencia, a que no arrebates, a que no serruches, a que no destruyas a los demás con tu boca, con tus comentarios; a que no participes de este ejercicio mundano de despotricar contra los que están en autoridad, sino que tengas misericordia como la tuvo David, que reconozcas que el Señor es el que pone, que el Señor es el que quita, y que no hay nadie en esta tierra que esté ejerciendo algún nivel de dominio sin que el Señor, en su misericordia, lo haya puesto allí.

Están tus ojos ahí cerrados. Yo quiero orar para que el Señor medite un momento en lo que hemos visto hoy. Quiero animarte a ti para que el Señor te ponga en condiciones de respetar la autoridad. Quizás no es el turno tuyo todavía, sino el turno del otro; respeta el turno del otro. Quizás en tu trabajo el ascenso que viene próximo no es para ti, sino para otro; respeta el turno del otro. Entiende que si el Señor ha determinado, en su kairós, en su tiempo perfecto, que tú rindas servicio al Señor en alguna posición de autoridad, es el Señor que te va a poner, y no tú.

Trae paciencia a nuestra congregación, Señor. Trae paciencia a mis hermanos en sus familias. Mira las familias que están aquí representadas, Señor, y sus proyectos familiares. Mira las familias aquí representadas, Señor, que tienen planes y proyectos. Que no sean impacientes ni tengan envidia. Haz entender a cada miembro de una familia que está aquí, Señor, que tú tienes un momento para su familia, que tendrán lo que les haga falta cuando tú, Señor, que eres el Señor de esa familia, determines que lo tendrán.

Haz entender a los empleados que están aquí, Señor, que están hoy donde tú, por tu misericordia, les has puesto, quizás para que aprendan. Oro, Señor, por los hermanos que están aquí, que rinden sus servicios como empleados, quizás de primera línea, quizá supervisores, quizá gerentes, quizá en cualquier posición de cualquier empresa de esta ciudad. Te pido, Señor, que les pongas paciencia. Permite que traten, Señor, a sus jefes, por perversos que sean, con la misma dignidad con que trataba el ungido David al coronado Saúl.

Mira, mis hermanos que tienen trabajos difíciles, Señor, que tú los has puesto. ¡Guau, Padre! Están teniendo un trabajo similar al que tenía David en la corte de este sanguinario rey Saúl. Te pido por mis hermanos que tienen situaciones en su trabajo; permite que respeten, Señor, para que cuando ellos sean puestos en autoridad, asimismo sean respetados.

Te pido por aquellos, Padre, que tienen evidentemente un llamado de parte tuya. Permite que no entren al ministerio, Señor, arrebatando. Permite que entren, Señor, al ministerio siendo llamados por ti. Trae paciencia, Señor. Mira esta competencia mundana, Padre, que nos hace siempre desear tener lo que tienen otros. Mira esta competencia mundana, Señor, que nos hace medirnos con los demás, a ver qué tan exitosos somos en los cánones del mundo. No te impacientes ni tengas envidia.

Y por último, Señor, te pido por mis hermanos que se sienten miserables porque están mirando la bonanza del perverso. Te pido por mis hermanos que ven gente que está haciendo las cosas de la manera que a ti no te agrada, y quisieran ellos tener lo que tiene esa gente, Señor. No te impacientes ni tengas envidia.

No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad, porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán.

— Salmo 37:1–2

Danos contentamiento, Señor, con lo que tenemos. Danos paciencia para esperar tu momento y no el nuestro. Levanta, Señor, en nuestra iglesia líderes; permítenos tener la satisfacción de ver, Padre, que aquellos que habían estado estudiando pronto lleguen al mercado laboral y lleguen a destacarse allá, pero que no sean impacientes ni tengan envidia. Permite que aquellos que han estado esperando, Señor, un aumento, una nueva posición, o un reconocimiento de su superior, esperen con paciencia, Señor, que no se impacienten ni tengan envidia.

Permite que aquellos que han estado esperando algún bien en su familia, quizá un techo propio, quizá un carro propio, quizá hacer un viaje, permíteles, Señor, que no se impacienten ni tengan envidia. Permítenos, Padre, por tu amor y misericordia, esperar tu kairós en nuestro chronos. Permítenos esperar tu momento, Señor. Permítenos esperar tu momento. Permite, Padre, que los líderes que te estamos pidiendo en nuestra iglesia sean líderes que esperen tu momento, para la gloria tuya. En el nombre de Jesús, amén.

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