Qué bueno es ver a diferentes hermanos con diferentes dones, habilidades y talentos que son distintos, pero que todos utilizan para el mismo propósito: que el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo sea exaltado. Yo sé que todos ustedes estaban emocionados, hermanos, pero yo estaba doblemente emocionado porque la hermana Ernestina era mi maestra de escuela bíblica. Fue de mucha bendición para mi vida en años muy importantes, sobre todo aquellos años donde el Señor me alcanzó con salvación, quizá cuando tomé la resolución de bautizarme.
Yo era alumno de su clase cuando tenía la edad más o menos que tenía, por ejemplo, Larissa, que tenía Tier y que tenía Car, y recuerdo las clases con la Biblia que ella daba. A pesar de que yo en mi corazón, desde niño, había hecho profesión de fe, en esos años fue que resolví bautizarme, y le doy las gracias al Señor por mi hermana Ernestina. La veo dando fruto para el Señor años después, hermano, eso es un privilegio.
Ver una persona que ha dado fruto al Señor en una temporada y, tiempo después, uno se la encuentra en los caminos del Señor y aún continúa dando fruto para la gloria del Señor, eso es un privilegio. Así es que el Señor utiliza sus instrumentos; por eso, para servir al Señor no hay una edad puntual. El anhelo de todo creyente debe ser servir al Señor en su niñez, servirle en su adolescencia, servirle en su primera, segunda y tercera juventud, y alabar el nombre del Señor hasta que esté entrado en años, dice la Escritura.
Casi mismo somos, que somos como árbol plantado junto a las corrientes de aguas, que da su fruto a su tiempo y su hoja no cae. Y hablando de árboles, consideremos la semilla de mostaza.
La necesidad de escuchar la Palabra aunque estemos cansados
Yo sé que ustedes están un poco ya cansaditos, los ondearon algunos por el columpio, otros durante las diferentes competencias, pero el tema de nuestro campamento es “La semilla de mostaza” y yo tengo la Palabra del Señor en las manos y tengo la intención de predicarla. A pesar de que quizás están todos un poco cansados, yo también estoy un poco agotado, pero aquí tenemos la Palabra del Señor, hermano, y tenemos la intención de predicarla.
Quizás si fuera un mensaje más, yo les diría: vamos a hacer como ayer, que vamos solamente a recostarnos, nos vamos, que estamos cansados. Hermano, este es un mensaje que, aun cansado, tú necesitas escucharlo. Y si fuera solamente por las energías que tengamos en el cuerpo, por nuestro estado de ánimo, quizás no lo hiciéramos, pero la Palabra del Señor es el único mensaje que tiene la capacidad de transformar la vida de la gente.
Es la Palabra del Señor, hermano, no es un mensaje cualquiera. Es más, si usted vuelve a Santo Domingo y no se le predicó la Palabra del Señor, pida que le devuelvan su dinero, porque en un hotel usted quizá tenga todo esto y un poco más, pero aquí venimos a exponernos a la Palabra del Señor.
Por eso le pido que se ponga un momento sobre sus pies, para leer la Palabra del Señor, orar a Él y exponer las sagradas Escrituras. Acompáñenme a Mateo capítulo 13. Dos sencillos versículos, versículos 31 y 32: es la parábola de la semilla de mostaza.
Lectura bíblica y contexto de Mateo 13
Si ustedes se detienen a considerar este capítulo de las sagradas Escrituras, se darán cuenta que es un capítulo que tiene siete enseñanzas principales y todas están en forma de parábolas y tratan del mismo tema. Es un capítulo en la Escritura muy interesante para recordarlo: Mateo, capítulo 13, porque todo lo que el Señor enseñó allí gira en torno al mismo tema, y el tema es el Reino de los cielos.
Por diferentes parábolas, una parábola es una enseñanza figurada donde se te da un elemento que tú conoces para que lo relaciones con una verdad espiritual. El Señor habló de forma figurada sobre siete aspectos distintos del Reino de los cielos. Hoy solamente vamos a ver uno de estos aspectos, mañana veremos otro. El aspecto que veremos hoy es la manera sobrenatural y extraordinaria en que crece el Reino de los cielos: la parábola de la semilla de mostaza.
Abramos Mateo capítulo 13, leeremos los versículos 31 y 32. Es nuestro Señor Jesucristo que está enseñando y le decía así a la multitud:
Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.
— Mateo 13:31-32
Oración y propósito de la parábola
Ahí donde están, extiendan una manito sobre alguna persona que tengan cerca y oremos al Señor para que todos nosotros nos expongamos a la predicación de su Palabra.
Aquí está, Señor, tu Palabra. Aquí tenemos las sagradas Escrituras y aquí está el pueblo. Aquí está el pueblo, Señor, y aquí está tu Palabra. Permite que hoy suceda este milagro extraordinario, y es que el pueblo reciba con deseo tu Palabra y tu Palabra haga en nuestro corazón, como hace la buena tierra, su buen efecto. Permite, Señor, que aquellas personas que están aquí y ya, Señor, se saben parte del Reino de los cielos, puedan entender aún más este proceso sobrenatural que ha sucedido en sus vidas; y que aquellos, Señor, que son simples espectadores y que comienzan en este momento a interesarse, puedan providencialmente, Señor, entender de qué se trata el Reino, cómo crece el Reino, y que su corazón, Señor, a partir de este momento sea terreno donde tu semilla crezca y comience a dar su fruto.
Todo esto te lo pedimos para tu gloria en el nombre de Jesucristo. Amén. Puede sentarse ahí donde están, hermanos.
Son dos versículos solamente, pero creo necesario explicar, antes de comenzar a considerar los versículos mismos, el propósito que podía haber tenido nuestro Señor Jesucristo para contarle a sus discípulos y a una multitud de personas que estaban interesadas en su mensaje una parábola como esta. Es una parábola que nos habla acerca del Reino de los cielos y nos dice que es como una pequeña semilla que un sembrador salió, sembró en un terreno y eventualmente creció, se convirtió en una hortaliza y eventualmente también se convirtió en un árbol.
¿Por qué, hablando del Reino de los cielos, Él está hablando en estos términos? Lo que evidencia el Evangelio de Mateo es que, cuando uno llega al capítulo 13, ya gran parte del ministerio público de nuestro Señor Jesucristo había ocurrido. Cristo tenía quizás dos años o hasta dos años y medio, se calcula, de ministerio cuando compartió las siete parábolas del Reino. Ya había llamado a sus discípulos, ya había comisionado a los apóstoles, ya había enviado una multitud de personas a predicar que el Reino de los cielos se había acercado.
Expectativas frustradas y ánimo para los discípulos
Pasado el tiempo, este anunciado Reino de los cielos que estaba predicando nuestro Señor Jesucristo, seguía siendo un reino muy chiquito. Y la realidad, hermano, es que sonaba muy bonito cuando lo predicaba, pero cuando uno salía a buscar tal Reino que se estaba predicando, no lo encontraba. Podría suceder que sus discípulos estuvieran desmotivados al considerar que tenían este gran maestro que estaba hablando de un Reino tan sorprendente, y todavía no se había construido ni siquiera una cajita de tejamaní.
Los discípulos de Cristo, después de dos años o dos años y medio de Cristo predicar que el Reino de los cielos se había acercado, seguían sin mirar todavía con sus ojos este anunciado Reino que estaba llegando. Entonces nuestro Señor Jesucristo les cuenta la parábola de la semilla de mostaza. ¿Qué propósito tenía nuestro Señor al contarle a sus discípulos esta parábola? Muy probablemente, nuestro Señor pretendía animar a sus discípulos a considerar que, aunque el Reino de los cielos no aparentara en este momento ser una multitud de árboles, el Reino de los cielos estaba creciendo.
Y que, aunque tuvo un comienzo muy discreto con una pequeña semilla de mostaza, eventualmente crecería y el Reino terminaría haciéndose evidente. Algo que había ocurrido, hermano, es que aparentemente había fracasado la misión inicial de nuestro Señor Jesucristo. Él llamó a doce hombres, los comisionó como apóstoles, los envió; después esos hombres regresaron. Él envió setenta más, los comisionó, y estos hombres regresaron, y todavía el Reino no se veía.
Y uno dice: este es el Hijo de Dios que vino a predicar “El Reino de los cielos se ha acercado”, y después de dos años y medio, Maestro, ¿qué tú tienes para enseñarnos? Bueno, aquí tenemos un conjunto de pescadores, hombres del burgo, no muy ilustrados, personas que no tienen ninguna apariencia militar, gente que no es gente impresionante, no hay ninguna edificación todavía, no hay un trono visible, todavía no hay un contexto de prosperidad material donde la gente comience a viajar para ver este Reino que está sucediendo en medio de Palestina.
Falsas ideas sobre el Reino y corrección de Jesús
Los discípulos de nuestro Señor Jesucristo parece que abrigaban diferentes expectativas falsas acerca de cómo iba a crecer el Reino y qué era el Reino. Por ejemplo, había gente que estaba siguiendo a Jesús porque en un momento Él multiplicó los panes y los peces. Cuando Él multiplicó los panes y los peces, la gente dijo: “Este es el Rey”, y salieron a coronarlo. Cristo eventualmente les dijo: “Mi Reino no se trata de eso. Ustedes me siguen porque yo les di pan”. Él les dijo: “Miren, mi Reino se trata de algo mucho más profundo y mucho más significativo”.
Habían otros de los discípulos de Cristo que parecían entender que el Reino iba a ser implementado de manera puntual y sobrenatural; por ejemplo, que en cualquier momento, ellos que estaban caminando con Jesucristo, iba a venir una legión de ángeles, iba a destruir el Imperio romano e iban a establecer el Reino. Y creían con tanto fervor esto, que en un momento miraron un pueblo desde arriba y le dijeron: “Señor, ¿oramos para que descienda fuego?”. Es como: “Señor, ¿qué te parece si en este momento nosotros oramos aquí, desciende fuego, todos estos consumidos, y tú comienzas por fin a levantar tu Reino?”. Eran las expectativas que tenían los discípulos de Cristo.
Otros entendían que era un Reino de liberación militar. Le decían: “Señor, ¿cuándo es que tú vas a restaurar el Reino de Israel, que nosotros vamos a poder tener el esplendor que teníamos?”. Y es probable que Pedro y algunos de los condiscípulos suyos entendieran que el Reino de los cielos iba a avanzar por medio de espadas, porque yo no termino de entender cómo, pero cuando vinieron a arrestar a nuestro Señor Jesucristo, Pedro preguntó que si podía utilizar espada. Parece que los discípulos de Cristo tenían un plan B: “Señor, sigue predicando por allá, pero nosotros tenemos espadas y ejércitos por aquí guardados”.
Miren qué paradoja, hermano: nuestro Señor Jesucristo hablaba de paz y decía que era un Reino que crecía como una semilla de mostaza que Él había sembrado y que eventualmente iba a dar su fruto, y los discípulos de Cristo tenían espadas guardadas. Cuando vinieron a buscar al Maestro, dice que Pedro desenvainó una espada y cortó una oreja.
El Reino eterno y el trono de Dios
Y uno dice: Pedro, oigan qué expectativas de Reino tenían los discípulos de Cristo: un Reino militar, una rebelión, un asunto donde se iban a utilizar espadas; un Reino sobrenatural, que descendía fuego del cielo y se instalaban estas cosas. Entonces el Señor les cuenta la parábola de la semilla de mostaza y les dice: lo primero es que el Reino es el Reino de los cielos.
Quiero irlo explicando así, parte por parte. Ayer en la introducción ya les dije un poco de qué se trata el Reino de los cielos. Les explicaba que el Reino de nuestro Señor es un Reino eterno. Todavía hay hermanos que yo les pregunto en las conversaciones casuales: “¿Qué te parece a ti el Reino de los cielos? ¿Qué tú crees que es?”, y me dicen: “El Reino de los cielos es algo que nuestro Señor eventualmente vendrá y establecerá”. O sea, ellos entienden que en este momento nuestro Dios no tiene un trono, ellos entienden que en este momento nuestro Dios no tiene un reino, sino que nuestro Señor eventualmente vendrá y comenzará un Reino.
Hermano, la realidad es que el Reino de nuestro Señor es un Reino eterno, y en este momento su trono está en los cielos. Y lo que dice el libro de Apocalipsis es que eventualmente descenderá del cielo una nueva Jerusalén y el trono del Señor descenderá y será puesto en la tierra, pero el trono del Señor ha existido eternamente. Que ahora mismo no haya en el planeta tierra el trono de nuestro Señor no significa que nuestro Señor no esté reinando.
Y si quieren evidencia de esto, hermano, consideren el Salmo que les leí en esta mañana, es el Salmo 103, al final, que dice:
Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos.
— Salmos 103:19
Todavía hay hombres que piensan que Dios no reina sobre ellos voluntariamente; no, pero Dios domina sobre ti a un punto tal que Él determina gran parte de las cosas que suceden en el ser humano. No fue que Dios abandonó su creación; Dios sigue dominando sobre su creación y está esperando el momento en que la creación comience a rendirle voluntariamente adoración.
Pero Dios domina, hermano. No se mueve una nube sin que Dios determine que esa nube debe de moverse. La creación no es un plan B del Señor que fracasó y la dejó al descuido; Dios domina, dice la Escritura.
Ciudadanos del Reino y obediencia a Dios
“Jehová estableció en los cielos su trono y su reino domina sobre todos. Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis…” Escuchen, de los ángeles se dice que son poderosos, más poderosos que los hombres, pero los ángeles tienen que ejecutar la Palabra de este Rey que reina soberanamente sobre toda su creación.
Después dice: “Obedeciendo la voz de su precepto”. Alguien me pregunta: “Yo quiero ser un ciudadano del Reino de los cielos, ¿qué es lo que tengo que hacer?”. Sencillo: lo mismo que están haciendo ahora mismo los ángeles: bendecir a Jehová, obedecer su Palabra y hacer que se cumpla su precepto. El Reino de los cielos ahora mismo está funcionando. El trono del Señor está allá, y el Reino de los cielos también está funcionando ahora mismo en la tierra, sobre todas aquellas personas que hacen en su vida voluntariamente la voluntad de Dios y disponen su vida para cumplir sus preceptos.
Si acaso ha sido tu expectativa que el Reino de los cielos es un asunto que eventualmente será establecido, hermano, desmonta todo eso: Dios, en este momento, reina, te lo aseguro, porque lo dice su Palabra. Hay personas que piensan que tenemos que hacer que la Iglesia de Cristo crezca, porque cuando la Iglesia de Cristo crezca, entonces el Señor tendrá un pueblo para reinar y vendrá a reinar. Hermano, multitudes de ángeles en este momento reconocen el dominio de Dios sobre toda su creación, y multitudes de hombres en este momento en la tierra también podemos reconocer que Dios reina.
“Bendecid a Jehová, vosotros todos sus ejércitos, ministros suyos que hacéis su voluntad. Bendecid a Jehová, vosotras todas sus obras, en todos los lugares de su señorío. Bendice, alma mía, a Jehová.” Hermano, los discípulos de Cristo pensaban que nuestro Señor Jesucristo necesitaba algún tipo de emprendimiento militar para demostrar algo. Todavía hay gente que piensa que Cristo vino a la tierra a demostrar algo. Cristo no vino a demostrar nada; Él no necesita convencerse a sí mismo de que Él es poderoso. Él sabe que es todopoderoso.
En un momento, los discípulos le preguntaron y Él les dijo: “Pero ustedes se están volviendo locos. ¿Ustedes no saben que en este momento yo puedo pedir a mi Padre y mi Padre puede enviar multitudes de ángeles para defender mi causa?”. Cuando vinieron a apresarlo, les dijo a los hombres: “¿Ustedes piensan que a mí me están tomando preso? Ustedes no me quitan mi vida; yo pongo voluntariamente mi vida como sacrificio”.
La gloria eterna de Cristo y su obra acabada
Estoy diciendo todo esto para que entendamos que nosotros no estamos sirviendo a un Cristo malogrado, a un Dios debilitado, a un Dios que necesita del hombre para comenzar a reinar. Nosotros servimos al Dios que vive en este momento en gloria y es nuestra opción, voluntariamente, servir al Dios de toda la gloria. La idolatría, hermano, la ignorancia de Dios, la necedad del ser humano no hace que Dios sea menos Dios; tu Dios reina en el cielo.
Cuando tú tienes en la tierra el privilegio de abrir los ojos a la majestad de Dios y voluntariamente adorarle, tú no eres pionero en este asunto; te juntas a una multitud que eternamente está diciendo: “Santo, Santo, Santo, Dios todopoderoso”.
No hay tal cosa como un hombre de quien Dios necesite su adoración. El hombre necesita adorar a Dios porque el hombre es la criatura y Dios sigue siendo Dios. La parábola de la semilla de mostaza, hermano, fue para un grupo de hombres que quizás se parecían a nosotros, que no veían un Reino físico, pero necesitaban entender que el Reino era el Reino y que estaba creciendo en medio de ellos, aunque ellos quizás en ese momento no podían percibir la manera en que el Reino estaba avanzando.
¿Cuáles son las expectativas humanas de un reino? La expectativa humana de un reino es un reino quizá como el Reino de Egipto, que las pirámides todavía están ahí, hermano, y cada vez que se mueve arena en el antiguo Egipto aparecen más pirámides. Bueno, la realidad es que nuestro Señor Jesucristo no puso dos piedras juntas. ¿Necesitaba usted, hermano, que el Dios que hizo el planeta completo, el Dios que hizo el cosmos completo, hiciera una pequeña pirámide para enseñar que es Dios?
Nuestro Cristo caminaba sobre la tierra con la libertad de quien conoce todo, pero el Señor decía: “El Hijo del Hombre no tiene una piedra donde recostar su cabeza”, ni la necesita. Hermano, nuestro Dios, Cristo, no necesita más gloria porque Él vive rodeado de gloria.
Cristo ora al Padre y reclama la gloria eterna
Ay, pero hay quienes piensan en Cristo como el Cristo debilitado, que estaba ahí medio maltrecho y malogrado cuando Él despidió su misión entre los hombres. Miren de qué manera Cristo despidió su misión entre los hombres. Él dijo, y estoy en Juan capítulo 17: “Estas cosas habló Jesús, levantando los ojos al cielo”. O sea, Cristo está aquí, y en la Trinidad, hermanos, está Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. Dios el Hijo está en la tierra y mira hacia el cielo, desde donde Él vino, donde está su trono. Él mira hacia el cielo y dice:
Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.
— Juan 17:1-5
Cristo no estaba antes sin gloria, como el empleado del mes que hizo una gran obra en la tierra y su Padre lo premió. No. Cristo ha coexistido con el Padre eternamente, ha vivido rodeado de gloria. Lo que Él le está diciendo al Padre es: “Padre, glorifica a tu Hijo para que también tu Hijo te glorifique a ti, como le has dado potestad sobre toda carne”. Cristo tiene potestad sobre toda carne; no es: “No sobre mí”, dirá alguno. Sí, sobre ti, sí.
¿Y por qué yo no soy un cristiano? Por la misericordia del Señor. Nosotros no hemos sido consumidos, dice su Palabra. Que tú permanezcas en ignorancia no significa que tú seas fuerte para contender con Dios, significa que Dios es paciente y misericordioso. La Escritura dice que su voluntad es que ninguno se pierda, sino que todos los hombres procedan al arrepentimiento, y que no deberíamos tomar la paciencia de Dios como una aprobación de nuestro despropósito.
Dios tiene poder sobre ti, Él tiene poder sobre toda carne, lo dice aquí. “Le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste…” Y Él dice: “Yo he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. Cristo, que estaba aquí con nosotros durante un periodo de 33 años, había coexistido eternamente en la gloria del Padre.
El avance del Reino como semilla de mostaza
No es que nosotros necesitamos darle gloria, como si Él estuviera solo allá arriba. Hay gente que enseña a Cristo como que Él está solo: “Ay, Cristo está solo, y no… no lo dejen solo, hermano, no le hagan ese flaco favor al Rey”. No. Su trono está en la gloria. Lo que Él está diciendo a los discípulos es: “Miren, yo he elegido voluntariamente que mi Reino no avance como avanzan los reinos de este mundo, por medio de la imposición o el poderío militar. Yo he elegido sembrar una semilla en el corazón del hombre, hasta que esa semilla dé fruto y ese hombre comience de nuevo, voluntariamente, a rendir gloria”.
Que el Reino avance lentamente no significa que nuestro Dios no sea poderoso; lo que significa es que nuestro Dios está Él mismo lleno de gloria. Dios no necesita tu adoración. Hermano, Él no necesita tu adoración, por favor. No hagan ese flaco favor de pensar: “Ay, hermanos, por favor…”. No. Dios no necesita nuestra adoración; nosotros necesitamos adorar a Dios. Es nuestro privilegio. Él vive lleno de gloria.
¿Qué le está diciendo el Señor a los discípulos? Que el Reino es como una semilla de mostaza que se siembra en el corazón. Por eso le llamaba el Reino de los cielos. Me muevo un poco más, porque ayer hablamos un poco más abundante de eso. Me interesa detenerme en el grano como tal. Dice: “Es como un grano de mostaza”. Él dice que el grano de mostaza es la más pequeña de las semillas. Es un recurso figurado, porque pueden aparecer todavía semillas más pequeñas, pero la verdad, hermano, es que el grano de mostaza es chiquito.
Yo encontraría con qué compararlo: un grano de sal, quizá sería algo más pequeño. Además, no solamente es pequeño, sino que también tiene dentro vitalidad. Un poco lo sorprendente del grano de mostaza no solamente es que es pequeño, porque hay muchas cosas pequeñas; lo sorprendente es que de una cosa tan pequeña pueda suceder algo tan grande. Que sea pequeño, bueno, pequeño hay muchas cosas; el detalle es que al mismo tiempo es poderoso: tiene esa capacidad de germinación, de producir vida.
El Evangelio: mensaje sencillo pero poderoso
Él decía: “Esto que yo estoy haciendo, esto parece un grano de mostaza porque es un mensaje que parece insignificante”. ¿Cuál era el mensaje? El mensaje del Evangelio: “Arrepentíos y convertíos, porque el Reino ha llegado”. ¿Quién predica un Reino así, hermano? Bueno, la realidad es que ningún reino de esta tierra llega a un territorio que no es suyo y dice: “Ey, por favor, vengan, júntense con nosotros”.
Hay dos maneras de hacerlo: o usted paga, o usted da muy duro. O te habla, o te cobra y te da muy duro. Pero los reinos no avanzan así: “Por favor, vengan, vamos a juntarnos”. Hermano, para establecer un reino hace falta tener poderío militar y poder económico. Le pongo un caso. Por ejemplo, ustedes saben que gran parte de California pertenecía a México; para arriba tampoco era de los Estados Unidos de Norteamérica. Los Estados Unidos de Norteamérica se volvieron un imperio de dos maneras: con dinero y poderío militar. Ellos compraban y después defendían lo que compraron.
¿Y qué decía nuestro Señor? “Ey, el Reino de los cielos se ha acercado”. “¿Y tú quién eres?” “Yo soy el dueño del Reino”. Hermano, ¿qué dueño de Reino invita de esa manera a que la gente sea súbdita? Esa es la paradoja del Evangelio: que Él mismo, que hizo el cielo y la tierra con el poder de su Palabra, fue aquel que se hizo hombre, se humilló hasta lo sumo para decirle a aquellos que estaban rebelados contra Él: “Ha llegado el año agradable del Señor. No permanezcan en su ignorancia, vengan y voluntariamente sean súbditos de este Reino”.
Es un mensaje aparentemente insignificante, a un punto tal que muchas iglesias han entendido que es poco. Pablo decía:
Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…
— Romanos 1:16
La realidad, hermanos, es que humanamente hablando habría razones para avergonzarse: es un mensaje muy sencillo, es un mensaje que impresiona poco, dado por instrumentos debilitados, disminuidos. Una vez el apóstol Pablo estaba predicando a un rey, que era el rey Agripa, y el rey Agripa, cuando Pablo le estaba predicando el Evangelio —Pablo, hermano, estaba poniendo una semilla—, el rey le dijo: “Oye, Pablo, tú como que por poca cosa me estás tratando de persuadir de hacerme un cristiano”.
Hay algunos hermanos que piensan que lo que le ha dicho Agripa es: “Por poco me persuades, casi me hago cristiano”. Lo que él estaba diciendo no era eso; lo que él estaba diciendo es: “Pablo, con una muy poquita cosa tú estás tratando de que un rey tan grande como yo salga cristiano”. Eso es lo mismo que dice la gente hoy, hermano. Uno le predica a la gente: “Mira lo que dice Jesucristo, que ha llegado el año agradable; mira lo que dice Jesucristo, que se te ha dado la oportunidad de arrepentirte voluntariamente de tu pecado”, y la gente te dice: “Pero tú sabes que yo soy intelectual, yo he leído muchos libros, mira mi biblioteca. Tú no sabes que yo soy rico, mira todos mis carros, yo soy rico. O tú no sabes, yo soy alto, tú no encuentras personas más altivas que yo en esta tierra, y con eso es que tú me pretendes alcanzar”.
El poder está en la semilla, no en el terreno
Yo pienso, sospecho en mi fuero interno, que nosotros no somos más aguerridos haciendo la labor de sembrar la semilla porque esto es sencillo. No hay que ser un genio para predicar el Evangelio, no hay que despejar diez variables, no hay que resolver una ecuación compleja. El mensaje del Evangelio es el mensaje más sencillo, y para el hombre natural es poca cosa.
Pero nosotros, donde el Reino ha crecido, sabemos que el Evangelio es como una semilla de mostaza, pero es poder de Dios para salvación, y que esto que para los hombres parece insignificante, hermano, es la cosa más poderosa y extraordinaria que puede suceder en la vida del hombre. Tengo que decirles en esto, hermano, que el poder está en la semilla, no está en el sembrador. El poder está en la semilla, no está en el terreno.
El Evangelio es poderoso por sí mismo. Yo encuentro que, de tiempo en tiempo, la tendencia es hacer esfuerzos evangelísticos muy estratégicos, y hay que hacer casi un malabarismo como para que un pecador se arrepienta. “Vamos a ponerle esto así, y después hacemos lo otro, y después lo invitamos y después lo traemos…”. “Arrepentíos y convertíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado”, y eso es. “Oye, pero ponme algo más, como que sea más amistoso”. Hermano, este es el Evangelio: su mensaje es como una semilla de mostaza, aparentemente insignificante, pero poderoso para hacer lo que las filosofías de este mundo todavía están buscando cómo se hace.
¿Cuáles son las filosofías de este mundo, las cosas que impresionan? ¿Han escuchado hablar de la superación personal? ¿Quiénes han leído libros de superación personal? Son libros que impresionan, que emocionan: “Tú puedes, dale pa’lante, tú puedes llegar muy lejos, tú eres importante”. Y usted lee esos libros, hermano, y queda empoderado durante una semana. Dele ese libro, hermano, y entonces después huye, pero la verdad es que uno se siente caminando en el aire por un ratito. Hermano, no produce vida. Todo eso encanta a la gente, lee los libros, y después vuelve a su misma miseria de siempre.
Eso se llama autosugestión. Eso es, hermano: es vana filosofía. Nada de eso cambia la vida del hombre. La filosofía de este mundo tiene la capacidad de impresionar, pero no de producir vida en el corazón del hombre. El mensaje del Evangelio es un mensaje sencillo, aparentemente poco importante, pero es como una semilla de mostaza que crece en el corazón de la persona, eventualmente se convierte en una hortaliza y después llega a ser un árbol muy grande.
Filosofía, motivación y la locura de la predicación
Han escuchado hablar, hermano, acerca de las conferencias motivacionales. “Es que tú vayas a esa conferencia, hermanos, te van a dar un croissant, un cafecito y mucha palmadita: ‘Tú lo puedes, dale pa’lante, tú lo vas a lograr’”. Y tú sales de ahí, tú no sabes todavía qué es lo que hay que lograr, pero tú sales de ahí: “Yo lo voy a lograr, le voy a dar pa’lante, yo puedo. Me lo dijeron en la conferencia, vale dos mil pesos, y si vale cinco, sí, lo voy a lograr, estoy más cerca todavía”.
Más filosofía de este mundo. “Arrepentíos y convertíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado”. “¿Cómo es, alcanzable en este momento? Espérate y dame algo más; ¿y el croissant, dónde está?”. “Ponle algo al Evangelio, algo que sea más interesante”. No, hermano. El Señor eligió voluntariamente salvar a los hombres por lo que Pablo llamaba la locura de la predicación. Es un mensaje aparentemente muy sencillo, pero poderoso para hacer que en el ser humano suceda lo que la filosofía no logra, y es que se levante la verdadera vida.
Miren, los filósofos tienen una característica tremenda, hermano. Usted va donde un filósofo a pedirle un consejo, y él va a lograr que usted nunca salga de ahí vacío. Usted va a llegar con una pregunta y el filósofo se la va a responder su dilema de manera tan sencilla que lo va a dejar muy confundido, o de manera tan compleja que lo va a dejar aturdido.
Pero usted va donde el filósofo, él no le va a decir algo concreto ni sencillo; le va a decir algo que, si es sencillo, lo va a preocupar. “Guau”. “Oiga, señor filósofo, yo vine a preguntarle, pero tengo un problema con mi existencia”. “Tú no tienes una existencia, permanece en silencio”. “Oye, ¿qué me habrá querido decir el filósofo, que yo no tengo una existencia?”. Y quizás es lo único que el hombre dijo.
O tú llegas: “Oye, tengo un problema existencial”. “No, tú eres trascendente; entonces comienza por ahí…”. Te da una vuelta tan grande que cuando los ojos se te ponen así chiquitos, ya tú estás golpeado, tú te vas, y tú dices: “Oye, la verdad, eso es demasiado grande para yo poderlo entender”.
“Señor, yo tengo un problema existencial”. El Evangelio dice: “Arrepentíos y convertíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado. ¿Tú quieres que yo me arrepienta? Entonces el pecado que yo hago está mal”. Es el mensaje del Evangelio. ¿Qué es lo que busca el Evangelio? El Evangelio busca confrontar al hombre con su verdadera condición, y es que está en rebeldía con el Autor de la vida y quiere tener vida sin el Autor de la vida, y quiere ser relevante dejando fuera de la ecuación a Aquel que creó el cielo y la tierra con el poder de su Palabra y sustenta toda la creación.
Por eso el Evangelio es sencillo, hermano; tan sencillo como decirle al hombre: “Tú necesitas arrepentirte y tú necesitas convertirte. Necesitas reconocer tu verdadera condición”.
La semilla que parece dormir pero sigue siendo poderosa
¿Por qué el grano de mostaza, hermano? Porque la semilla puede dormir durante un tiempecito. Hay veces que uno como que se desmotiva un poco y dice: “Oye, ¿qué es lo que pasa? Hace rato como que yo no veo salvación, como que no veo nada”. No se vuelva loco, hermano; la semilla sigue siendo poderosa.
La semilla tiene una característica, que puede permanecer dormida durante mucho tiempo, pero solamente hace falta que sucedan las condiciones necesarias y la semilla germina. Yo estuve investigando, hermano, y es posible encontrar semillas que germinan después de trescientos años. ¿Les parece mucho trescientos años? Sí. Miren, hay una palma datilera que está sembrada en este momento en Jerusalén, que le llaman “La palma Matusalén”, que fue una semilla que apareció, tiene más de dos mil años guardada. La semilla cayó en la tierra, se sembró y germinó.
Y tú dices: “Oye, ya como que yo siento que… ¿qué es lo que pasa?, como que el Evangelio no es poderoso, ¿qué es lo que pasa?, como que no hay salvación…”. Hermano, el Evangelio sigue siendo tan poderoso como hace dos mil años. ¿Qué es lo que hace falta? Un corazón donde se siembre la Palabra del Señor. Y cuando la Palabra del Señor es sembrada en ese corazón, el mismo milagro que hizo que los pescadores se convirtieran en hombres que llegaron a ser apóstoles sucede en este tiempo, y el Señor vuelve a hacer el mismo milagro de siempre.
Dios sigue siendo Dios, y el Evangelio puede permanecer temporalmente bajo la tierra, pero eventualmente emerge, llega a ser hortaliza y eventualmente llega a rendir sus frutos. Y se ha demostrado, hermano, que la semilla del Reino es una semilla universal: crece en cualquier terreno.
Hay pocas hortalizas que uno pueda decir: “Mira, eso se da en Constanza, terrenos fríos; en Jarabacoa quizá se siembra eso”, y es verdad. Hay determinados cultivos que para acá funcionan, no vaya al sur a hacerlo; no. Hay otros que se dan en el sur y aquí no. Lo que ha demostrado la semilla del Evangelio, hermano, es que esto aplica a dominicanos, a chinos, a rusos, a hombres medievales, a hombres del Renacimiento, a hombres modernos, a hombres posmodernos; aplica a niños, adolescentes, ancianos.
El Evangelio funciona en todo corazón
La semilla del Evangelio ha demostrado, en dos mil años de historia, que esto puede florecer en cualquier terreno. Dale un corazón y ponle el Evangelio, y tendrás ahí una planta de mostaza. No es algo que haya que buscar de qué tipo de semilla; la semilla del Evangelio, hermano, es la misma semilla universal. En dos mil años de historia, no ha habido salvación que no sea a través de “Arrepentíos y convertíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado”. En dos mil años, hermano, no ha habido otro mensaje; sigue siendo el mismo mensaje de poder: el del Evangelio.
Me muevo un poco, hermano, a un proceso muy sencillo. Dice: “El hombre lo tomó y lo sembró, y ya”. ¿Y qué más hay que hacer para que funcione el Evangelio, hermano? Es un corazón lo que hace falta. “Oye, pero no hay que dar tres vueltas, no hay que hacer algo… ¿qué se le pone?”. Hermano, la semilla en el corazón, y funciona. El Señor presentó el avance del Reino de manera tan sencilla que, hermano, eso parece ridículamente simple: tomar el Evangelio y colocarlo en el corazón, y de ahí saldrá una semilla de mostaza.
Termino esta parte con lo siguiente: Cristo llamó a esto “su campo”. Es interesante: dijo Él que la sembró, ¿dónde? En su campo. Es interesante este asunto, hermano: el Reino es suyo y no nuestro. Tú eres suyo, no tuyo. Bueno, cada vez que el Señor está sembrando la semilla en el corazón, está sembrando la semilla en su campo, y eso tiene dos implicaciones.
Lo primero es que tú eres suyo. Es algo que el ser humano tiene que admitir: que nosotros somos criaturas suyas, dice la Escritura, “creados en Cristo Jesús para buenas obras”. Pero somos suyos. Tú no eres tuyo, tú te debes a Él. Y lo segundo es que, dondequiera que hay Reino avanzando, ese Reino es del Señor.
La Iglesia y la gloria son del Señor
En este tiempo, el instrumento —hace dos mil años que el Señor está utilizando un instrumento para que el Reino avance— son hombres que están compuestos en algo que se llama Iglesia. Pero la Iglesia es suya y no nuestra. Por eso es totalmente incorrecto llamarle a cualquier iglesia “la iglesia del pastor fulano”. Los pastores no tenemos iglesias; las iglesias son del Señor. El Reino es del Señor.
¿Y nosotros qué somos, hermanos? Siervos suyos, jornaleros en este asunto. Por eso la gloria es suya y no nuestra. Él tomó la semilla y la puso en su campo. La semilla la tomó Él. Es más, les diré que, aunque el Señor soberanamente eligió hombres para sembrar el Evangelio, cada vez que un hombre siembra el Evangelio, lo está haciendo en condición de embajador, de ministro suyo.
Dondequiera que sucede la obra de salvación hay una intencionalidad de Dios. Tú no fuiste salvo porque tal persona te predicó el Evangelio; tú fuiste salvo porque Dios dispuso que en tu corazón se sembrara la semilla y utilizó a tal hombre como instrumento. Hermano, eso debe llenarnos de un gustico así profundo: “Guau, yo soy salvo providencialmente por la soberanía de Dios, fue Dios que determinó mi salvación”. La salvación es del Señor. Por eso no hay gloria del hombre. El hombre coloca la semilla; eso es chulo, hermano, poder colocar la semilla, pero poder hay en Dios para hacer que esa semilla germine en un corazón tan duro como el tuyo.
No hay gloria para el terreno y tampoco hay gloria para el sembrador que coloca la semilla en el terreno. ¿Para quién es la gloria? Para Aquel que tiene el poder para hacer que el “dínamo” de Dios suceda en el corazón del hombre. Por eso la gloria es de Dios en la salvación, hermano; nadie le ha robado la salvación a Dios.
En esto hay que tener cuidado en cómo hablamos de nuestra conversión. La gente tiende a decir: “Yo decidí ser un cristiano”. No, hermano, dice la Escritura que tú estabas anteriormente muerto en tus delitos y pecados, y por tus propios medios tú no podías ser salvo. Si tú fuiste salvo, significa que Dios providencialmente determinó que la semilla se iba a colocar y que la semilla iba a nacer y que se iba a preservar.
Decisión humana y obra soberana de Dios
Alguien me dice: “¿Y no hay una decisión?”. Sí, hermano, hay una decisión: tú tomas la decisión de permitir que el Señor haga en ti esa obra, pero tú no tomas la decisión de hacerte esa propia obra. Tú no te levantas un domingo en la mañana y resuelves ser un cristiano, tan sencillo como eso. Tú no te inscribes en un campamento y resuelves que en ese campamento vas a ser un cristiano. No sucede así.
Si el Reino crecerá en tu corazón, crecerá porque el Señor toma la semilla y la coloca en el terreno. Por eso todos los cristianos tenemos que decir: “Suya es la gloria, suya la honra, suya la alabanza. Yo solamente soy tierra, yo solamente soy polvo. Poder hay en Dios”. Ningún hombre le puede robar a Cristo una semilla y engancharla en el corazón por su cuenta.
Hubo una vez una señora que, parece, por un extremo de prudencia, no tuvo el valor de pedir un milagro. Es verdad, hermano; a veces hay como su extrema prudencia: “Si lo pido quizá no me lo concedan…”. Intentó robarse un milagro. Y yo me imagino a esa señora en su enfermedad. Tenía un flujo de sangre, dice la Escritura. Ella trazando la ruta de cómo entrar así, de manera subrepticia, por detrás, para tocar al Señor y recibir un milagro. Y así lo hizo esa mujer.
Tenía, parece, una enfermedad que la hacía tener un flujo de sangre constante, eso significaba, hermanos, que estaba impura ante la ley judía. Y esta mujer dice que se coló detrás y tocó el borde del manto del Señor. Le tocó el borde del manto: “Él va por delante y yo como que lo toqué…”.
El Señor estaba rodeado, ha sido, de una multitud, rodeado, rodeado, rodeado, y cuando la mujer tocó el borde del manto, la mujer dice que fue sana. “Yo lo logré…”. Hermano, el Señor paró la multitud y le dijo a la gente: “Párense ahí. ¿Quién fue que me tocó?”.
“Pero, obvio”, le dicen: “Señor, pero tú estás apretujado aquí de gente, y tú preguntas quién te tocó; te tocó él, te tocó él y él también te tocó…”. No. Él supo que alguien tocó de manera diferente. El Señor supo que ahí, en esa multitud, hubo alguien que tocó con fe, hermano, que tocó con hambre, que tocó con ansias.
Nadie se salva por azar; llamado a arrepentimiento
Y Él dijo: “¿Quién fue que me tocó? Yo sé que alguien me ha tocado porque de mí salió virtud, salió de mí poder”. Y ella tuvo que decir: “Sí, fui yo que te toqué”. Hermano, en la salvación de Dios no hay semilla que cae por azar, ni semilla que cayó de manera que sorprendió a Dios. No. Si tú vas a ser salvo, serás salvo porque el Señor ha determinado colocar una semilla en tu corazón, y Él no solamente puede colocarla, sino que Él también puede germinarla.
Si aquí hay personas que me dicen: “Mira, esto está interesantísimo, me parece muy interesante ser parte del Reino. Ya entiendo que el Reino de Dios es un Reino eterno, ya yo entiendo que Dios está reinando. Yo quisiera que Él comience ahora a reinar también sobre mi vida, del mismo modo que está reinando sobre la vida de los creyentes. Yo quisiera dedicar mi vida para la honra de aquel Dios extraordinario, benevolente, que me ha creado y que ha permitido que durante treinta años, durante cuarenta años, durante cincuenta años yo viviera y no me consumiera”.
Hermano, es un milagro que tú no hayas sido consumido, porque el Dios que es omnipotente también es un Dios absolutamente santo. Y la única manera en que un Dios santo puede mirar a la criatura pecadora y no consumirla es porque también es un Dios amoroso.
La oración, hermanos, es un deporte extremo. La gente quiere tirarse en parapente, quiere tirarse de un columpio… Mire, la oración, hermano, es el deporte más extremo que yo conozco. La gente quiere tirarse en bungee, quiere tirarse de allá arriba, y que hay un paracaídas y quizás abra en el camino, tirarse por unos riscos y estar al borde de la muerte. Usted quiere practicar un deporte extremo, practique la oración.
¿Usted sabe lo que son pecadores entrando y saliendo de la presencia de un Dios airado y aún así conservar la vida? Hermano, cuando tú entras a la presencia del Señor, que tú entras al pueblo del Señor y que tú sales del pueblo del Señor y sales con vida, significa que el Señor ha extendido misericordia. El Señor es el que siembra. El Señor es el que hace que la semilla germine.
Si tú estás aquí hoy en la noche y estás pensando tomar una decisión, tú no tienes la fuerza para hacer eso. La gente dice: “No, yo me voy a convertir pronto, tú vas a ver…”. Mentira. ¿Cuándo tendrás la capacidad para convertirte? Eso es como el mismo que sale de la conferencia motivacional diciendo: “No, mañana voy a comprar un penthouse, tú vas a ver”. De dónde tú vas a salir: sal a trabajar y comienza a ganarte la vida, a ver si eventualmente puedes comprar una casita, si el Señor te lo permite.
La permanencia del creyente y la preservación de Dios
Hermano, la salvación no es una autosugestión donde el pecador dice: “Yo ahora voy a ser un cristiano y voy a permanecer por acá. Yo siento que estoy empoderado para permanecer”. Permanecerás por la misericordia del Señor y estarás todos los días al borde de la muerte.
Miren, la realidad de un cristiano es… Él narró otra parábola que era una semilla que cayó, y que vienen los pajaritos y se la comieron. Solamente el Señor puede permitir que la semilla caiga en la tierra, germine, sea una pequeña hortaliza y no vengan las gallinas y se la coman. Y que eventualmente sean las aves las que vengan a posarse en las ramas del creyente. Solamente el Señor lo permite.
Cierro con esto, hermano. Hago un llamado, un ruego a la Iglesia: que aprenda a respetar la obra de Dios. ¿Qué es respetar la obra de Dios? Miren, no todo creyente es un árbol fuerte. Hay creyentes que son pequeños brotes, que están ahora mismo levantándose y comenzando a romper la tierra, y solamente son pequeñas hojitas.
Y tú ves hojitas y dices: “¿Eso es cristiano? No, ese no es cristiano en nada, mírenlo cómo anda…”. Ten cuidado, hermano, porque esa es la obra de Dios. ¿Pueden entenderme esto? Hay otros que dicen: “No, yo no puedo ser un cristiano, pues yo no tengo la fortaleza para ser un árbol”. Cuidado. El Señor que te sembró es el Señor que te preservará y permitirá que tú seas un brote saliendo de la tierra, una hortaliza y eventualmente un árbol frondoso, en el cual vengan las aves a posarse sobre ti.
Pro Iglesia, aprendamos a respetar la obra de Dios en todos sus momentos. Aprendamos a tratar a un nuevo creyente como cristiano en todos sus derechos, porque el Señor que comenzó en él la buena obra sabemos que poderoso es para completarla hasta el final. La obra de Dios no está compuesta de robles fuertes que pueden prevalecer. No. La obra a veces está compuesta por un grupo de hojitas que están levantándose de la tierra y que están al borde de la muerte. Lo importante es ser obra de Dios.
Ese es el Reino, hermano: es una pequeña semilla de mostaza que se pone debajo de la tierra, soberanamente, por la intención del Señor. Eventualmente emerge de la tierra, crece progresivamente, a veces de manera muy lenta, pero siempre de manera consistente. Llega a ser un gran árbol y las aves de los cielos vienen y se posan sobre él.
Llamado a conversión y oración final
Cierren los ojos ahí un momento donde están y permítanme orar por las personas que están aquí presentes. Yo no tengo el poder para otorgarte la salvación, pero tengo el poder, la autorización de Dios para darte este mensaje: “Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados y vengan del Señor tiempos de refrigerio”. “Arrepentíos y convertíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado”.
Si tú has escuchado la predicación del Evangelio y la has entendido, si esto hasta te ha emocionado y te ha causado vivo interés, eso significa que el Señor providencialmente ha estado obrando en ese pequeño terreno que es tu corazón. De otro modo, la predicación de la Palabra del Señor te parecería locura. Dice la Escritura que el Evangelio, la Palabra de Dios, es locura para los que se pierden. Si en este momento no te pareció esto locura, significa que el Espíritu Santo providencialmente ha estado preparando tu corazón para colocar ahí estas preciosas semillas.
Dice la Escritura:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Tú has vivido muchos años en rebeldía contra el Reino de Dios. Tú has vivido durante mucho tiempo como si Dios no reinara soberanamente. Tú has elegido por muchos años vivir de espaldas a Dios. Te has estado mintiendo quizás a ti mismo, diciéndote: “Tengo paz con Dios, yo soy un cristiano”. “Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados”.
Es la voluntad del Señor que el Reino avance lentamente por la predicación del Evangelio utilizando instrumentos humanos, porque el Evangelio no es humano. El poder no es el poder del pastor Rafael, es el poder de Dios que comenzará a obrar en tu corazón.
Si has escuchado la predicación del Evangelio, si has escuchado la exposición de la semilla de mostaza, si el Señor ha inquietado tu vida respecto a estas cosas, yo te invito a que en esta noche —no es que vas a resolver ser un cristiano, no es solamente eso— tú puedes resolver permitir que el Señor haga en tu corazón esta buena obra. Tú le puedes decir al Señor ahí en oración, en silencio: “Padre, yo escuché esto y lo entendí. Esto me ha llamado la atención, quiero ser parte de este Reino. Te pido que perdones mis pecados, que me aceptes, Señor, no solamente como criatura, sino como hijo tuyo. Que perdones, Señor, mis rebeldías, que me permitas ser parte de este Reino. Te reconozco en este momento como mi soberano Rey y permito que hagas esta preciosa obra en mi corazón”.
Si tú has recibido al Señor hoy, bienvenido. La semilla está colocada en tu corazón y pronto verás las hojas; cosas nuevas comenzarán a salir de tu corazón. Dice la Escritura que es como ríos de agua viva. Pronto comenzarás a abrir ramas, pronto verás al Señor, no a ti mismo, al Señor haciendo en ti una buena obra, en condición de que tú no puedes explicarla por tus propios medios. Que el Señor se lleve en esto toda la gloria.
Oro por la Iglesia. Padre, mira tu Iglesia, congregada, esta manada pequeña, Señor, que quizás por ser pequeña puede sentirse tentada a entender que no es importante. Permítenos, Señor, respetar tu obra; permítenos, Señor, valorar tu obra. Desde ahora te pido, Señor, que vayas preparando y quitando corazones para la predicación de mañana; que haya personas aquí dispuestas, Señor, a entender el valor que tiene tu Reino.
Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesucristo nuestro Señor. Amén. Que el Señor les bendiga, hermanos, que el Señor les guarde. Y les dejo por aquí al equipo de campamento.