Hermanos míos, que el Señor les guarde. Qué bueno que podemos, después de haber cantado al Señor alabanzas, después de haber hecho aquello para lo cual fuimos creados, que fue exaltar el nombre de nuestro Señor, ahora de nuevo encontrarnos con su Palabra. Ya hemos compartido tres enseñanzas y también dos talleres alrededor del Reino de los cielos. En la primera de la serie vimos la introducción al reino: vimos que su reino es eterno y que el Reino de los cielos avanza en medio nuestro. En la segunda vimos que es como un grano de mostaza, algo que en apariencia tiene poco sentido y hasta es insignificante, pero que eventualmente crece y produce su fruto; que crece lentamente, pero con un crecimiento real.
También vimos ayer que el terreno es del Señor y que es el Señor quien siembra su semilla; que nosotros podemos ser utilizados como instrumentos, pero que en cada corazón donde el Señor está trabajando se percibe cierta intencionalidad de Dios. No hay absurdos, no hay coincidencias en la salvación. Si tú fuiste salvo, realmente fuiste salvo por un designio del Señor, y en el cielo hay testimonio de eso.
Pues hoy tenemos que cerrar, y les pido que me acompañen nuevamente a Mateo capítulo 13. Consideremos ahora no una parábola, sino dos parábolas pequeñas. Y sucedió, hermanos, que el Señor permitió que fuera así, porque no fue algo que se determinó: en los estudios bíblicos de los miércoles hemos estado considerando Mateo 13, y coincidió que justo cuando llegó la fecha del campamento estamos estudiando Mateo 13 los miércoles. O sea, ya hay hermanos aquí que han considerado todas estas parábolas, aunque quizá no con tanta profundidad. El Señor determina las cosas así; parece que él quiso dar como un entrenamiento y después un repaso. Si usted fue del grupo de quizás seis personas que estuvo conmigo el miércoles antepasado, cuando estuvimos considerando la perla de gran precio y el tesoro escondido, pues yo le invito a que busquemos nuevamente Mateo 13 y que consideremos estas dos parábolas de nuestro Señor Jesucristo. Son de las siete parábolas de Mateo 13, y son de las últimas.
Es Mateo capítulo 13, desde el versículo 44 hasta el versículo 46: las parábolas del tesoro escondido y de la perla de gran precio. Lo que haremos será leer las Escrituras y luego oraremos al Señor para exponerlas. Dice así la Palabra de nuestro Señor; es nuestro Señor Jesucristo mismo quien está enseñando. Y note ese «además»: significa que ya dijo algo, que ya narró todas las parábolas anteriores. Entonces él dice ahora, ya como para finalizar:
Además, el Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.
— Mateo 13:44
Parece que nuestro Señor entendió que se trataba de algo muy sencillo y lo dejó hasta ahí. Hay otras parábolas más elaboradas, que él mismo explica. Aquí él entendió que el significado se entendía de manera sencilla, pero inmediatamente después narró una parábola similar: la parábola de la perla de gran precio, en el versículo 45. O sea, el «además» significa que esto viene después de lo que ya les dije, y el «también» significa que esto va concatenado.
También el Reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.
— Mateo 13:45-46
Ahí nuestro Señor ya narró dos parábolas. Orémosle a él para que nos acompañe en este tiempo de enseñanza.
Te damos gracias, Señor, porque tenemos nuevamente el privilegio de encontrarnos con las Sagradas Escrituras. Permite, Señor, que al considerar dos mil años después estas enseñanzas con las cuales tú estuviste alentando a tus discípulos, nosotros en este tiempo también seamos alentados. Te pido por cada persona aquí presente en la cual tu reino está creciendo; te pido por cada persona aquí congregada en la cual la semilla ha estado creciendo. Permite, Señor, que al considerar estas dos pequeñas parábolas tengan una valoración especial de la gran obra que tú estás haciendo en sus vidas. Permite, Señor, que al considerar el valor del reino sientan esa emoción especial que siente todo cristiano al saberse salvo, al saber que tiene por gracia algo que por sus propios medios nunca pudo haber hallado.
Permite, Señor, que lo que haya al final de hoy sea ese agradecimiento, porque tenemos el tesoro escondido y la perla de gran precio. Todo esto, Señor, te lo pedimos en el nombre de Jesucristo. Amén.
Yo no he venido a venderle el reino
Hermano, yo no he venido ahora a venderle el reino. La realidad es que una de las cosas más incómodas es encontrarse con una persona que quiere venderle un solar, porque él quiere convencerlo a usted de que el solar que él tiene es el solar que a usted más le conviene. Sucede con los vendedores de propiedades, que no tienen propiedades ilimitadas, sino que tienen una cartera de propiedades y tienen muchos clientes, pero no hay tantas propiedades como clientes posibles. Y cuando él se encuentra con un cliente, tiene que tratar de persuadirlo de que ese es el apartamento que a él le conviene, y quizá no es el apartamento que a usted le conviene, pero él necesita venderlo. Quizás no es el solar que usted está buscando, pero es el solar que él entiende que usted necesita, porque quiere venderlo. Yo no he venido a vender un solar.
La realidad, hermanos, es que cuando nuestro Señor estaba narrando estas parábolas, no las estaba narrando con el interés de que los incrédulos abrieran los ojos a la realidad del reino, sino con el interés especial de que los discípulos de Cristo, que ya eran parte del reino, entendieran el valor singular que tiene el Reino de los cielos. Si usted quiere ver esto y quiere constatarlo en las Escrituras, vayamos a Mateo 13 y leamos el versículo 36. Nuestro Señor Jesucristo estaba compartiendo un sinnúmero de parábolas, entre ellas la parábola de la semilla de mostaza, que consideramos ayer, y la audiencia que tenía era una audiencia muy diversa: dice que había una multitud reunida y el Señor estuvo enseñando a esa multitud. Sin embargo, en el versículo 36 nos dice:
Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la parábola.
— Mateo 13:36
El Señor le explicó una parábola, le explicó otra parábola, y después le dio parábolas nuevas que eran solamente para sus discípulos. Hermano, estas dos parábolas que yo estaré explicando hoy no las explicó con el interés particular de que el que no ha abierto los ojos al reino los abra —aunque el Señor puede utilizarlas para ese propósito—, sino con el interés de que aquellas personas que ya son parte del Reino de los cielos entiendan el valor singular que tiene llegar a ser cristiano, llegar a ser salvo por gracia y llegar a tener un lugar en el reino de nuestro Señor Jesucristo. Cristo en este momento está enseñando a sus discípulos.
Ahora, la pregunta es: ¿para qué Cristo les está hablando a sus discípulos acerca de un tesoro escondido y de una perla de gran precio, si son cosas que ellos ya tenían? Hermanos, es que el evangelio no solamente se le predica a los incrédulos; el evangelio es necesario que también se le predique a los creyentes. El evangelio no es aquella cosa inicial que se predica para que vengan al reino. El evangelio es aquello que se le predica a los creyentes y a las personas que todavía no han creído: a unos para salvación y a otros para afirmación. El Señor en este momento está afirmando a sus discípulos, para que entiendan que el reino no es poca cosa; que puede ser que crezca lentamente, como una semilla de mostaza, pero que tiene un valor singular, que debería convertirse en el tesoro más grande de cualquiera de los hombres.
Me gustaría, hermanos, que analicemos en primer lugar las cosas que estas dos parábolas tienen diferentes, y luego las cosas que tienen iguales. Primero busquemos las diferencias entre una parábola y la otra, y luego entonces veamos los elementos comunes que tiene cada una. El primer elemento distintivo entre la parábola del tesoro escondido y la de la perla de gran precio es la representación que tiene el creyente en cada una de ellas. En la primera parábola, el creyente está representado con una persona que se encontró un tesoro; en la segunda es comparado con un mercader que estaba buscando una perla en específico. En ambas parábolas se está hablando del creyente, pero en una se representa al creyente como alguien que estaba quizás caminando por un lugar y tropezó con el reino. Yo he supuesto, hermano, que quizás era un agricultor, porque aunque la Escritura no lo dice, nadie deja un tesoro ahí como a flor de tierra: los tesoros se entierran. Cada vez que yo he leído esta parábola imagino que quizás era un agricultor jornalero que estaba trabajando la tierra y tropezó con eso que estaba ahí enterrado. En la segunda no es una persona que tropieza, sino una persona que ha estado intencionalmente buscando; es un mercader experimentado que está buscando una perla singular.
Dos maneras de llegar al reino
Con esto comienzo a aplicarlo. Miren, hay dos tipos de creyentes. Hay creyentes cuya actitud hacia el Reino de los cielos fue que estaban caminando por ahí y como que se encontraron con eso. Y hay otros que tenían años buscando algo singular y encontraron providencialmente a Cristo. La realidad, hermanos, es que hay personas que el Señor ha salvado que ni siquiera estaban buscando eso, sino que iban por ahí caminando y como que tropezaron con el reino. Yo siempre he pensado que hay gente que ha tropezado con el reino: no estaba en su agenda, no era algo que estaban deseando, no era algo que ellos podían ver, no era algo de lo cual habían percibido la necesidad.
Recuerdo el testimonio de una persona que me dijo que llegó a ser cristiano porque estaba vendiendo algo en el campo. Era de esos vendedores rancheros; estaba vendiendo algo, escuchó que se estaba predicando el evangelio, entró y se convirtió. No era que esa persona había marcado un día en su agenda, no era que esa persona estaba esperando el día para convertirse. Esta persona estaba pasando, escuchó que estaban predicando el Reino de los cielos, entró y encontró el tesoro escondido.
Hay otras personas que han llegado a ser cristianos después de una búsqueda intencional. Son aquellos que ya habían estado percibiendo alguna necesidad, que no podían describir cuál era la respuesta para esa necesidad, pero en su corazón había una necesidad. Era gente que ya había estado buscando. Y esa necesidad percibida se manifiesta de diferentes maneras. Hay personas que han venido a Cristo después de estar experimentando en diferentes falsas religiones. Usted ve a esas personas que son como muy espirituales y dicen: «Yo soy muy espiritual, y si aparece eso yo lo cojo, y de eso también, y de eso también». Son personas que están siempre como buscando algo que les satisfaga de manera permanente, de manera profunda. Son como el mercader que estaba buscando una perla en específico, que no podía describirla, pero sabía que iba a encontrar una perla específica.
Esta búsqueda intencional está también en entregarse a los deleites temporales. He conocido este hombre que dice: «Yo tengo una vida que es muy corta; yo tengo que experimentar con mi vida tantas cosas como me sea posible mientras pueda experimentarlas».
La necesidad que nadie sabe describir
Y te dicen: «Ya yo probé con esto, ya yo hice lo otro, ya yo hice también aquello, y si aparece algo que pueda desafiarme, también yo quiero hacerlo». El deleite temporal es una de las cosas con las cuales las personas tratan de llenar en su vida la necesidad percibida que tienen de Dios.
La sorpresa, hermanos, es que nadie puede describir con sus propias palabras qué es lo que está buscando. Una característica del Reino de los cielos es que es un reino indescriptible. Nadie puede decir que está buscando a Cristo, porque no podría con palabras describir la plenitud que Cristo da; nadie podría ir donde un psicólogo y decirle: «Psicólogo, yo quisiera que usted me permita percibir una emoción que tenga estas y estas características». Ellos no pueden hacerlo. Él no sabía cuál era la perla que estaba buscando, pero cuando encontró esa perla, quedó convencido de que esa era la perla que verdaderamente necesitaba.
Son muchas las personas que han venido a Cristo después de una búsqueda intencional en los placeres temporales, después de una búsqueda intencional en falsas religiones, después de haber estado explorando en lo que la Escritura llama la vanagloria de la vida. ¿Qué es la vanagloria de la vida? Es involucrarte en cosas que tú entiendes que eventualmente te van a dar una satisfacción puntual. La vanagloria de la vida, por ejemplo, es la fama y el reconocimiento de los hombres. Es esta persona que anhela ser famosa, y tú le dices: «¿Por qué tú quieres ser famosa?». «Pues yo siento que eso llena algo en mí». Y mientras más famosa es, más famosa quiere ser. Y tú le dices: «¿En qué momento eso te va a dar una satisfacción concreta, una satisfacción profunda?». Y dice: «Mira, lo que sucede es que cada vez me satisface menos».
Estoy enseñando dos cosas: personas que se han tropezado con Cristo sin estarlo buscando, y personas que han estado buscando algo que no sabían que era Cristo y encontraron a Cristo. ¿Y qué tal de aquellos que se han refugiado en las relaciones trascendentes? Son las personas que dicen: «Mira, yo valoro mucho la familia, y la familia a mí me satisface de manera muy profunda». Hermano, ni siquiera la familia, que fue la primera institución creada por Dios, puede llenar la profunda necesidad que hay en el corazón del ser humano. La familia es muy satisfactoria, pero por muy integrada que esté tu familia, por muy estables que sean tus relaciones familiares, nada puede competir con el brillo que tiene la presencia de Dios en el corazón del hombre. La perla de gran precio tiene un valor singular e incomparable.
¿Qué es distinto en estas parábolas? Primero, la representación del creyente: uno es alguien que tropezó con un tesoro y otro es alguien que estaba buscando una perla que no podía describir, pero que sabía que existía. Sucede algo en el corazón del hombre: el hombre no sabe que eso se llama Cristo, pero sabe que debe existir algo que verdaderamente llene el hueco que hay en el corazón. El razonamiento es el siguiente: dada la necesidad, debería existir la solución; dado el hueco, debería existir algo que lo llene. Las personas no saben que es Cristo, pero cuando ven su corazón vacío dicen: «Debe existir algo que verdaderamente llene las profundas necesidades del corazón del ser humano».
¿Qué más es distinto en estas dos parábolas? Quizás la actitud inicial. Señores, no es que una sea superior a la otra, pero la realidad es que hay personas que han venido a Cristo después de la más absoluta indiferencia a las cosas espirituales. Personas que no habían estado leyendo la Biblia, que no habían estado buscando de Dios, que no habían escuchado música cristiana, han venido a Cristo y como que llegaron así, y uno dice: «¿Y tú qué haces aquí? Porque yo nunca te vi manifestar ni siquiera una actitud». Es verdad, hermano: hay conversiones que sorprenden. Porque hay gente que cuando dice «yo he llegado a Cristo, yo soy parte del reino», uno dice: «Mira, yo como que me lo sospechaba; yo te veía buscando en diferentes lugares, yo veía que tú tenías cierta intencionalidad». Pero hay gente, hermano, que cuando uno se la encuentra en el reino dice: «¿Y tú qué haces aquí?». Y él mismo dice: «Mira, yo mismo no sé cómo llegué, pero aquí estoy y no pretendo salir». Son dos actitudes distintas: la actitud del buscador y la actitud de aquel que como que se tropezó.
Abundancia, singularidad y las formas del gozo
Pero también, hermano, cada una de estas parábolas nos manifiesta diferentes aspectos acerca del valor singular del reino. Una es como un cofre, y además un cofre lleno de prendas, lleno de monedas, lleno de cosas muy valiosas; y mientras más usted busca en el cofre, más cosas encuentra. Esto nos habla de la abundancia que tiene la vida cristiana, porque no hay otra cosa que llene tantas áreas del ser humano como la vida cristiana.
La vida cristiana tendrá un impacto sobre ti como persona, tendrá un impacto en tus relaciones, tendrá un impacto en cómo tú ves la vida, tendrá un impacto en tu trabajo. Hermano, no hay un área del ser humano que no sea impactada con la verdad del evangelio; por eso el evangelio es tan abundante. Tú necesitas respuestas para áreas muy puntuales y específicas de la vida, y en Cristo tú tienes respuesta. Es como un tesoro que, cuando se abre, comienzan a salir diferentes cosas que cada vez van llenando y llenando al ser humano. Esto nos muestra un aspecto del reino: la abundancia de riquezas espirituales. Pero la otra parábola, la parábola de la perla, nos enseña también que el reino tiene un valor singular e inigualable. No hay dos perlas que sean iguales. ¿Por qué Cristo es tan singular, hermano? Porque lo que usted encuentra en Cristo no lo podría encontrar en ningún otro lugar. Una nos enseña la abundancia; la otra nos enseña la singularidad que tiene este valor.
Quiero pasar al siguiente punto, hermano, pero al mismo tiempo encuentro aquí una pequeña diferencia que es útil y que uno puede identificar cuando lee una parábola y la otra. En la parábola del tesoro escondido, el versículo 44 dice: «El cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene». Esa expresión, «gozoso por ello», es como una persona que salió dando brincos: «¡Lo encontré, lo encontré, lo encontré!». Como un gozo, como una efervescencia. Y el otro, el de la perla preciosa, dice: «Habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró». ¿Y será que este no tenía gozo? No, no hay nadie que tenga la perla y no tenga gozo. Sin embargo, no todo el mundo expresa el gozo de la salvación del mismo modo. Hay quienes al ser salvos sienten que van caminando en un solo pie y dicen «¡wow!», y hay otros que son salvos y en su silencio, hermano, el gozo les viene por dentro. No todo el mundo manifiesta la misma efervescencia con relación a las cosas espirituales: hay personas que no pueden detenerse de saltar y hay otras que en su discreción tienen la emoción de que tienen la perla de gran precio.
En ambas parábolas el reino estaba oculto
Me muevo a lo segundo. Les he mostrado en primer lugar las cosas que son distintas en una parábola y en la otra, la parábola del tesoro escondido y la parábola de la perla de gran precio. Ahora déjenme mostrarles los elementos que ambas tienen en común.
En primer lugar, hermano, en ambas parábolas el reino había estado oculto. Este que encontró el tesoro escondido no sabía dónde estaba ese tesoro. No dice que tenía un mapa, ¿verdad? En ninguna parte se nos dice que fuera un tesoro encontrado por medio de un mapa. Este hombre, ya fuera que estuviera cultivando la tierra o que estuviera caminando por ese terreno, dice que se encontró con ese tesoro. No fue algo que él determinó, no fue algo que él podía haber salido a buscar; fue algo que él se encontró. Y el mercader que estaba buscando perlas tampoco sabía dónde estaba esa perla de gran precio; dice que se encontró con ella y la compró.
Aquí hay una realidad espiritual, hermano, que yo quisiera que ustedes entiendan. Nadie fue cristiano porque por sus propios medios salió a buscar el Reino de los cielos. Tú no eres creyente porque tuviste la astucia. Hay gente que piensa que es un asunto de inteligencia. Hermano, usted no es más inteligente que la media de los pecadores. Tú, por tu propio raciocinio, no pudiste haber entendido a Cristo. Aquí quiero desarticular cualquier expectativa que tengan mis hermanos acerca de que son cristianos porque son más inteligentes que el común de los mortales. Hay gente que es más inteligente que tú y está muerta en sus delitos y pecados ahora mismo. Hay personas que tienen más capacidad, más intuición que tú para determinadas cosas, y están el día de hoy muertas en sus delitos y pecados. Este hombre no encontró el tesoro escondido porque fuera más inteligente que sus vecinos; encontró el tesoro escondido porque el Señor le permitió encontrarlo. Por eso la salvación, hermano, a pesar de que hay una decisión que toma el hombre, lo más correcto es decir: «El Señor me encontró». No es «yo me salvé», es «yo he sido salvado».
No es «yo tengo la capacidad de buscar las cosas espirituales», sino «el Señor, por su misericordia, a mí me alcanzó». Este mercader no sabía quién era el que tenía la perla; es más, él quizá tampoco sabía las características especiales que tenía esa perla. Este hombre no sabía que existía un tesoro. Ambos fueron sorprendidos por el evangelio. Me gustaría decirles a las personas que están aquí y no son creyentes que todo creyente ha sido sorprendido por el evangelio, y vio estas cosas porque el Señor le permitió verlas.
Quiero dar demostraciones bíblicas de que verdaderamente una persona no puede encontrar ni el tesoro ni esta perla de gran precio por sus propios medios. Esto está oculto para nosotros. Acompáñenme rápido a la primera carta a los corintios, capítulo 1 y versículo 18. Miren qué dice el apóstol Pablo acerca de la palabra de la cruz. Ayer le mencioné esto de refilón, pero hoy quiero explicárselo. Con esto quiero demostrarles, hermanos, que ninguno de ustedes consiguió el tesoro porque fuera habilidoso; con esto quiero demostrarles que ninguno de ustedes consiguió la perla de gran precio porque tuviera un ojo especial para ver ese tipo de cosas. Dice la Palabra del Señor:
Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.
— 1 Corintios 1:18
Miren qué dice también inmediatamente después, en el capítulo 2 y el versículo 14:
Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.
— 1 Corintios 2:14
Amado hermano que estás aquí presente: si acaso tú hoy eres cristiano, significa que tú pudiste ver el Reino de los cielos, que tú pudiste percibir el valor que esto tiene; y si tú pudiste percibir el valor que esto tiene, significa que el Señor te permitió verlo. La cosa más sencilla es esta: hay dos extremos, o esto para ti es ganancia, o esto es locura. La Escritura no miente. Los incrédulos soportan un mensaje, pero cuando escuchan a uno predicar esto, les parece que uno está hablando locuras.
La mayoría de las personas que no están inscritas en el reino entienden que los creyentes somos un grupo de personas emocionadas con unas cosas espirituales, y que esa emoción nos hace ver algo donde no hay nada. La realidad, hermano, es que para los que se pierden esto carece absolutamente de sentido, y la única manera en que tú puedes ver el Reino de los cielos es si el Señor misericordiosamente te abrió los ojos.
Si esto no te basta, hermano, mira lo que el Señor le dijo a Nicodemo en el Evangelio de Juan, capítulo 3. Nicodemo quería entrar en el reino. Es muy interesante, porque Nicodemo era una persona que tenía un interés; parecía un mercader que estaba buscando. Leo desde el versículo 2 para que ustedes vean:
Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.
— Juan 3:2-3
Nicodemo dijo: «Óyeme, pero es que aquí parece que hay un valor singular; hay que ir a verlo, aunque sea de noche». Y miren lo que el Señor le respondió: al Reino de Dios, hermano, no es que no puede entrar; el Señor dice que no puede ni siquiera verlo. Dice la Escritura que Cristo es el camino, él es la verdad y él es la vida, y nadie va al Padre sino por él; pero nosotros no podemos encontrar la puerta, no podemos encontrar el camino por nuestros propios medios. Con esto lo reitero, hermano: la soberanía de Dios en su salvación. Ustedes no pudieron ser creyentes por sus propios medios, porque no tenían la capacidad, humanamente hablando, para ver el reino. ¿Qué hay igual en cada una de estas parábolas? Lo que hay igual es que en ambas las personas fueron sorprendidas por la esperanza del evangelio.
Personas que están aquí presentes hoy y no son creyentes: te desestimulo a que escribas tu conversión en la agenda. Eso no es algo que tú puedes poner: «Bueno, para el 5 de agosto, más o menos, como para el 4 de junio; yo pienso que tal fin de semana es para mi salvación». Hay gente que está esperando como que se le va a poner una alfombra y ese día lo va a hacer como si fuera una fiesta y va a decir: «Ese día yo me convertí». Hermano, uno no se convierte: uno es convertido. Uno no lo encuentra: a uno lo sorprenden. Esto no se presupuesta, hermano; esto es algo que aparece de rápido.
El primer elemento común, entonces, es que ambos encontraron algo que no estaban buscando, porque no podían ver el reino por sus propios medios. Y hay que tener cuidado de cómo uno habla respecto de su salvación. Le pongo un caso: hay una beca que es muy famosa, la beca Fulbright. ¿A quién le dan esa beca? Es de las becas más sorprendentes que a una persona le pueden dar. ¿Pero usted elige ser becado? Es muy interesante lo que pasa con las becas Fulbright, porque hay un comité internacional que selecciona a los candidatos, y usted no puede postularse: usted tiene que esperar que alguien lo seleccione. Sin embargo, cuando usted ha sido seleccionado, puede hacer su bulto, su maleta, y caer en cualquier parte del mundo donde vaya a cursar su programa de estudio. Pero tú no puedes decir «yo conseguí la beca»: a usted lo eligieron para esa beca, y usted resolvió irse a estudiar con la beca Fulbright. No es que una persona dice: «Mira, yo más o menos para el año entrante, pienso que para esta fecha, yo voy a estar becado».
Eso es lo mismo que pasa con la salvación. El hombre no determina el momento de su salvación. Hay cantidad de incrédulos que se engañan a sí mismos diciendo: «Yo no soy cristiano porque yo no lo he decidido». Hermano, tú no eres cristiano porque quizás todavía el Señor en su misericordia no ha abierto tus ojos, o porque el Señor abrió tus ojos y tú has permanecido en tu ignorancia.
Una decisión calculada, no superficial
Pero no es tanto lo que depende de ti. Tú puedes aprender matemática, álgebra y hasta música por tus propios medios; tú no puedes aprender a ser cristiano y a entrar en el reino por tus propios medios. Y el que lo intenta termina en vergüenza.
Elementos que son comunes en cada una de estas parábolas: les mencioné el primero, ¿cuál es el segundo? Ambos tomaron una decisión calculada, intencional y no superficial. Mire, yo tengo mucha aprensión con estas personas que quieren venir a Cristo como si fueran a cambiarse de ropa. Estos hombres encontraron algo que no podían buscar por sus propios medios, pero cuando lo encontraron, fueron y tomaron una decisión importante. Ellos hicieron un cálculo. Ellos dijeron: «Yo he encontrado esto, que lo vale todo; yo tengo algo que no vale tanto como eso, y el cálculo que yo hago es que renuncio a esto, que vale menos, por aquello que lo vale absolutamente todo».
Ser cristiano no es una emoción de un momento. Es necesario tomar una decisión, hermano, pero no es una decisión superficial. Y como creyentes deberíamos desestimular a los inconversos, cuando vienen a los caminos del Señor, de ver esto solamente como una decisión superficial. No es superficial. Es una decisión pronta, que se tiene que manifestar con cierta urgencia. —Natalia, dale una vueltica, mi amor, para que no se me distraiga la gente.— Eso es así.
No perciban, hermanos, que yo estoy como desinvitando a la gente del reino. Ese no es el plan; lo que pasa es que yo no soy vendedor de solares. Pueden entender la diferencia. Dice la Escritura que hay fiesta en los cielos cuando un pecador se arrepiente; mi anhelo es el mismo anhelo de Cristo, que todos los hombres procedan al arrepentimiento. Sin embargo, no quiero engañarlos a ustedes haciéndoles creer que yo tengo la capacidad de traerlos al reino. Yo no puedo hacer eso.
Yo puedo explicar el reino, yo puedo explicar el valor que estas cosas tienen. Pero cada hombre tiene que tomar una decisión que es calculada y una decisión que es intencional, y en esto se manifiesta cierta urgencia, es verdad, pero no es superficial: es una decisión costosa. Pero tampoco es un costo relativo. ¿Y qué es lo que quiero decir con esto? Por ejemplo, no es algo donde tú dices: «Si yo renuncio a tal cosa, yo puedo ser cristiano, ¿o no? Óyeme, pero es que yo tengo ahí veinte cabezas de vaca; si yo vendo las veinte cabezas de vaca y renuncio a eso, ¿yo puedo ser cristiano?». No. Usted va a ser un incrédulo con veinte cabezas de vaca menos.
Pueden ver la diferencia. No es como que tú dices: «¿Cuánto cuesta? Yo puedo comprarlo». No, tú no podías comprarlo. El evangelio requiere absolutamente todo, pero absolutamente todo lo que tú tienes no compensa el valor que tiene el reino. Y aquellas personas que quieren hacer con Cristo una transacción monetaria son las mismas que eventualmente vienen a reclamarle a Cristo, porque entienden que han sacrificado mucho y han recibido poco. La realidad, hermano, es que ninguno de nosotros tiene con qué comprar el Reino de los cielos. Dice la Escritura que esto es algo que se hereda, algo que se recibe por gracia; pero nosotros sí tenemos la decisión de, cuando hemos recibido el reino, renunciar con la ayuda del Espíritu Santo a diferentes cosas.
Tú no puedes renunciar a nada para llegar a ser cristiano, pero si eres un cristiano verdadero, eventualmente necesitarás hacer renuncias. Pero no una renuncia como con un dolor. Esta gente, ninguno de los dos, manifestó como que se le estaba cayendo un pedazo; dice que ambos vendieron todo lo que tenían, pero ninguno lo hizo en medio de una queja profunda, en medio de un «ay, ay, me estoy muriendo». Si una persona está teniendo demasiada lucha para renunciar al pecado, para renunciar a la mundanalidad, para renunciar a la mente carnal, para hacerse cristiano, muy probablemente está tratando de ser cristiano por sus propios medios. Porque al cristiano verdadero el Señor no solamente lo invita, sino que le da el poder para vencer el pecado, vencer el mundo y vencer la carne.
La renuncia gozosa del creyente verdadero
No es una lucha carnal, hermano. No es algo donde la persona dice: «Ahora yo tengo que renunciar a tal cosa; ¿y ahora qué, que en la iglesia quieren que yo renuncie a eso?». Hermano, si tú dices «quieren en la iglesia», significa que tú mismo no quieres; y si tú mismo no quieres, si en ti no hay un deseo auténtico hacia el Señor, muy probablemente tú no seas un cristiano verdadero. Es más, yo pienso que los creyentes hemos perdido históricamente mucho tiempo tratando de que los inconversos vivan la vida cristiana. Hay cantidad de gente que no tiene el deseo de hacer en su vida la voluntad del Señor, y uno quiere que renuncien a tal cosa. No le pidas que renuncie si él no entiende el valor del reino, porque si entendiera el valor del reino, renunciaría con dificultad, pero con satisfacción.
Si quieres ver a un hombre que renunció quizás con dificultad, pero con satisfacción, hay una porción de la Escritura que yo les he leído otras veces. Es el apóstol Pablo, que decía:
Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, por causa de Cristo.
— Filipenses 3:7-8
Pablo no nos está diciendo: «Ay, ahora me están pidiendo que renuncie a eso». Pablo estaba renunciando de buena gana y con satisfacción, porque entendía que lo que estaba obteniendo era algo mucho más grande que todo lo que había tenido anteriormente.
Amigo que estás aquí: un cristiano verdadero no es una persona que renuncia con un dolor profundo del corazón; es una persona que renuncia como alguien a quien le han dado un trabajo. Yo he conocido casos de ese tipo, personas a quienes reclutan para un trabajo en el extranjero y tienen que tomar en menos de un mes una decisión trascendental: «Te contratamos ahora en Inglaterra», y tú tienes que mudarte, tienes que mudar a tu familia, tienes que aceptar ahora otro país, tienes que tener otras costumbres. Y a estas personas, hermano, les duele un poquito; le hacen una fiesta, sueltan un poquito de lágrimas porque «ay, me voy» y demás, pero en su corazón hay cierta satisfacción, porque saben: «Yo voy para Inglaterra, y me van a pagar en euros».
Es verdad, hermano, que hay ciertas renuncias y cierta tristeza: «Ay, voy a tener que dejar a mi familia, mi país y mi nación», y la foto y toda la cosa, y hay una tristeza. Pero en medio hay un gozo que sale por dentro y dice: «Para Inglaterra que voy, y voy a tener un trabajo mejor». Quiero decir con esto que ciertamente en todo creyente hay una renuncia absoluta, pero en un creyente verdadero esa renuncia absoluta es una renuncia que se hace con gozo. Siempre cuesta, hermano, pero no es un asunto como si le estuvieran dando latigazos. Y si una persona está renunciando a las cosas materiales, está renunciando al pecado, está renunciando a la vanagloria de la vida, se está negando a sí misma, y está teniendo en esto unas dificultades extraordinarias, yo le diría: «Mira, reconsidera, porque muy probablemente estás tratando de enrolarte por tus propios medios en la vida cristiana». Porque los creyentes no solamente recibimos los preceptos de Dios, sino la capacidad de hacer la voluntad de Dios.
Ambos renunciaron a cuanto tenían; renunciaron a todo. No es una renuncia de este asunto del listado, donde las personas te dicen: «No, si tú vas a ser cristiano, entonces no puedes hacer esto, no puedes hacer aquello, no puedes hacer lo otro». La realidad, hermano, es que un cristiano verdadero no quiere hacer eso, ni quiere hacer aquello, ni quiere hacer lo otro. ¿Me siguen en el mismo pensamiento? La diferencia es que una persona que ha heredado verdaderamente el Reino de los cielos no es una persona aferrada a las cosas de este mundo. Puede sentir cierta renuncia, pero no es una renuncia con un dolor que sea como para morirse. Dice la Palabra del Señor en el libro de Mateo, cuando el Señor le estaba enseñando a sus discípulos:
El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.
— Mateo 10:37-39
Amigo que estás aquí presente: ser cristiano no es una transacción comercial. No es algo donde tú dices: «Bueno, yo tengo aquí tal cosa, yo tengo aquí mi pecado, yo tengo aquí mi estilo de vida que ofende a Dios, y yo voy a sacrificar todo eso —lo que ellos llaman comodidad—, y ahora yo voy a militar como cristiano». No es así. Tú eres invitado soberanamente a ser parte de un reino del cual no podías por tus propios medios llegar a ser parte. Y cuando renuncias, tú sabes que estás dejando cosas que tienen valor delante de los hombres, pero sabes que estás recibiendo algo que es absolutamente valioso.
El reino es valioso por sí mismo
Me llama la atención en ambos, y con esto quiero terminar, que ellos percibieron que el reino era valioso por sí mismo. Hay un gran problema en este tiempo, y es que las personas se enrolan en el reino tratando de conseguir un beneficio ulterior. Y dicen: «Yo voy a venir a Cristo para reconstituir mi familia; yo voy a venir a Cristo para que me comience a ir bien en la vida. Yo vi a un creyente al que, cuando vino a Cristo, le comenzó a ir bien; entonces yo voy a venir a Cristo para que me vaya bien». Hermano, el reino es valioso por sí mismo.
Este hombre de la parábola no dijo: «Yo voy a comprar esta perla porque cuando yo tenga esta perla podré venderla y conseguir otra cosa». No. Él entendió que la perla tenía un valor por sí misma. Hermano que estás aquí presente, yo te quiero decir que la cosa más importante que tú tienes es una relación con Dios, es la salvación, y que cualquier otra cosa es añadidura; pero si la añadidura no llega, el reino es valioso por sí mismo. Y estas personas que entienden que el Señor tiene que darles algo más para que su salvación sea valiosa son las mismas personas que terminan negando a Cristo. Un creyente tiene que sentir en su corazón que su vida vale la pena solamente por el hecho de saberse ciudadano del Reino de los cielos. Dice la Escritura:
Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
— Mateo 6:33
Oigan: primeramente. Porque el reino de Dios y su justicia es valioso por sí mismo. La vida cristiana no es un medio para conseguir beneficios carnales y materiales. La vida cristiana es importante, es valiosa, brilla por sí misma. No hay nada que pueda compararse, nada que el Señor pueda darte adicional a lo que ya te dio que pueda hacer que tu vida sea más plena de lo que es ahora mismo.
Les narro la historia de un hombre. Era Judas, uno de los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Judas seguía a Cristo, hermano, porque él entendía que Cristo eventualmente iba a establecer un reino material y que él iba a ser rico. Y mientras venían esas riquezas, dice la Escritura que le iba robando alguna moneda de la bolsa al Señor. En el reino que entendía Judas había monedas de oro, y el Señor tenía una bolsa con la cual se desenvolvía, y dice que Judas le robaba. Llegó un momento en que nuestro Señor comenzó a hablar de que era necesario que el Hijo del Hombre fuera a la cruz y muriera, y a Judas esas ideas en la cabeza comenzaron a chocarle. Él decía: «Este es el que me va a hacer rico a mí, ¿y dice que va a terminar en una cruz?».
Oye, qué problema. Yo me imagino a Judas, un carnal que quería heredar el Reino de los cielos por beneficios materiales; yo me imagino a Judas en esa disyuntiva. Él decía: «Ya no voy a ser absolutamente rico, porque él dice que lo que va a terminar es en la cruz; pero si va a terminar en la cruz, tampoco tendré acceso a la bolsa a la cual tenía acceso anteriormente». Oye, qué dilema tenía Judas en la cabeza. Al final, Judas, hermano, fue y vendió al Señor por unas cuantas monedas de plata. Él entendió que podía tener más beneficios vendiendo a Cristo que siendo parte del reino de Cristo.
Hermano, yo no sé qué añadidura hay hoy en tu corazón. Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, porque el reino es valioso por sí mismo. Quizá la añadidura que tú has estado buscando es que algo en tu familia cambie. El Señor es poderoso para transformar familias, pero puede ser que tú entres a la gloria y al reino eterno del Señor —ya no a esto temporal donde vivimos ahora mismo, sino a su presencia eterna— y que entres con una familia con problemas. La solución de tu conflicto familiar es una añadidura que el Señor se goza en darles a los creyentes; pero si no te la da, hermano, ya tú tienes algo que es valioso por sí mismo.
Mejorar tu situación económica es algo que regularmente sucede en la vida de los creyentes, sobre todo porque un creyente aprende a tener contentamiento, y cuando una persona está contentada ya no tiene un hambre por la riqueza como aquella persona que no tiene nada. Les doy un secretico: ¿saben por qué el que es rico muy probablemente mañana siga siendo rico, materialmente hablando? Es porque ya no tiene hambre por la riqueza; él ya tuvo eso. El que tiene hambre, hermano, casi nunca llega a concretar algo, porque tiene tanta hambre y tanta avaricia por las cosas que no las concreta. Un creyente regularmente prospera en la vida porque está contentado, ya ve todo lo demás como añadidura, y dice: «Dos pesos más o dos pesos menos no le añadirán ni le quitarán nada a mi salvación». ¿Cuál es tu añadidura, hermano? Quizá es acomodarte materialmente un poco más. El Señor puede acomodarte, pero no está garantizado. El reino es valioso por sí mismo.
¿Cuál es tu beneficio, hermano? ¿Qué es lo que estás buscando? Me gustaría que entiendas que las añadiduras no son seguras, porque el reino sí lo es; y que lo que ya tú tienes en la mano es algo absolutamente valioso, algo que tú no podías haber comprado por tus propios medios.
Le pido que cierre sus ojos un momento. Quizás aquí hay personas que, al escuchar la explicación de esta parábola —a pesar de que no es mi interés vender un solar—, el Señor ya está sembrando la semilla en su corazón. Tengan sus ojos cerrados un momento. No estoy orando todavía; quiero animar a las personas que quizás han sentido el llamado de Dios a su corazón, que quizás han tropezado en este campamento con el tesoro escondido, que quizás han encontrado por medio de la predicación la perla preciosa, y se hacen la siguiente pregunta: «¿Puedo yo ser cristiano? ¿Puedo yo permanecer en los caminos del Señor? ¿Tendré yo la fuerza para honrar a Dios en esa área determinada de mi vida?». La respuesta es un absoluto no. Pero dice la Escritura que poderoso es Dios para guardarnos sin caída; dice la Escritura que aquel que comenzó en nosotros la buena obra será fiel para completarla hasta el final; dice la Escritura: «No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino».
Si tú has entendido la predicación de la Palabra, ha sucedido en ti un fenómeno espiritual, porque para ti esto anteriormente era locura. Si tú has sentido el deseo de ser parte de este reino, un vivo deseo, como un anhelo y una expectativa de «acaso yo podré ser», significa que el Espíritu Santo está poniendo esos agradables deseos en tu corazón, porque para el hombre natural eso es locura. Si tú has escuchado esto y quieres escuchar todavía más, significa que el Señor te está llevando a la verdad. Dice la Escritura que es el Espíritu Santo quien convence al hombre de pecado, de justicia y de juicio; también dice que el Espíritu Santo nos llevará a la verdad. Si tú has sentido las cuerdas de amor del Señor que te están atrayendo, si tú estás tropezando en este momento con el tesoro, si estás viendo por primera vez el valor de la perla, yo te quiero animar a que confíes, no en tu capacidad, sino en el poder que tiene Dios de hacer que hombres pecadores lleguen a ser hombres santos.
Llamado y oración final
Y de hacer que ciudadanos de esta tierra lleguen a ser ciudadanos del Reino de los cielos. Mantenga sus ojos cerrados ahora y permítame orar. Yo no puedo orar por ti; así como no podía venderte el reino, tampoco puedo añadirte a él. Si tú te tropezaste, significa que el Señor quiere dártelo; él te ha encontrado, y tú puedes decirle ahí al Señor, en tus palabras: «Señor, yo he escuchado la predicación acerca del reino; esto yo lo he entendido, cosa que anteriormente no entendía, ahora lo entiendo». Puedes admitir ahí tu falta ante el Señor y decirle: «Señor, por mis propios medios yo no tengo la capacidad para glorificarte en mi vida, para honrarte». Y dile ahí al Señor: «Yo te pido, Padre, en este momento, que perdones mis pecados».
El primer pecado que tiene el ser humano es haber vivido una vida de espaldas a Dios. Dile: «Yo te pido que me perdones por haber vivido de espaldas a ti, por no haberte dado la gloria que tu nombre precioso amerita, por haber vivido como si tú no existieras. Te pido que perdones ese y todos mis pecados». No los menciones uno por nombre, uno detrás del otro, porque son muchos; el Señor conoce tu corazón. Dile: «Señor, yo te pido que perdones mis pecados, en plural; perdónalos todos, que me aceptes como conciudadano del reino, que inscribas mi nombre en el libro de la vida». Aprovecha y dile: «Señor, yo te pido que tú me fortalezcas para hacer tu voluntad, para renunciar a cualquier cosa que yo entienda que es valiosa, con tal de heredar la vida eterna».
Si tú has hecho esta oración, tú no llegaste al reino por esa oración; tú llegaste al reino porque el Señor te trajo al reino. Pero esta oración manifiesta ante el Señor que tú de verdad quieres que se haga en ti esta buena obra. Bienvenido a la familia de Dios. Mantén tus ojos cerrados ahora; oro ahora por los creyentes que están aquí presentes, que ya tienen el tesoro escondido y la perla de gran precio, pero que todavía siguen con una búsqueda incesante, buscando algo más. Hermano que estás aquí presente, permíteme orar por ti.
Señor, yo te pido que tú llenes a los súbditos de tu reino que están aquí congregados; que tú los llenes de un contentamiento especial. Que tú permitas, Señor, que mis hermanos sientan una satisfacción tan profunda, tan completa y tan especial como el valor del evangelio. Que sientan que en su vida ya no hace falta nada más; que cualquier otra cosa, Señor, sea añadidura, pero que en el asunto fundamental todo lo demás sea accesorio. Permite, Padre, que aquellos que ya tienen la perla de gran precio no la tengan por poca cosa. Permite que aquellos que todavía no tienen el empleo que están buscando entiendan que tienen salvación; permite que aquellos, Señor, que todavía no tienen la familia que entienden que deberían tener, entiendan que tienen el tesoro escondido; permite, Señor, que aquellos que todavía en su vida no tienen la realización que esperaban tener entiendan que tienen la perla de gran precio, el tesoro escondido. Permite que la salvación, Señor, produzca en nosotros un deleite tan completo, tan profundo y tan especial, que todo, absolutamente todo lo demás, no parezca ganancia. Todo esto para la gloria tuya, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Que el Señor les bendiga, hermanos; que el Señor les guarde. Les dejo por aquí al equipo de campamento.