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Una Justicia Superior - Asesinato y Adulterio

Mateo 5:21-30

Cristo revela que el enojo homicida y la codicia sexual también violan la ley de Dios, llamándonos a una justicia superior que cuida las relaciones y la pureza del corazón.

Predicado14 de junio de 2015
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Les invito a que busquen, hermanos, sus Biblias. ¿Qué capítulo de la Escritura ustedes creen que estaremos considerando? Mateo 5. Hermanos, estamos en el Sermón del Monte.

A pesar de que hicimos una pausa un poco larga, recuérdense que antes de esto habíamos tenido primero el culto de resurrección, después nuestro aniversario, después el campamento, en el que tuvimos que tener enseñanzas apropiadas para el momento. Pues ya retomamos nuestra enseñanza principal en Mateo, capítulo 5. Recuerden, hermanos, que este es el hilo principal de la enseñanza que estamos exponiendo desde que comenzó el año. Comenzamos en Mateo, capítulo 1 y ya, con la ayuda del Señor, estamos quizás en el centro del Sermón del Monte. Mateo, capítulo 5; estamos hoy entrando al versículo 21.

Comenzamos considerando en Mateo 5 las bienaventuranzas, que es la primera sección del Sermón del Monte. Después estuvimos considerando dos parábolas cortas acerca del creyente como sal y como luz. Después consideramos a Cristo y su relación con la ley, Cristo y el Antiguo Testamento; eso llegaba hasta el versículo 20. Y con la ayuda del Señor estaremos considerando los versículos 21 al 30. Esta es otra sección dentro del Sermón del Monte que llega hasta Mateo capítulo 7. Esta sección usted puede reconocerla porque el Señor enseñó con una estructura que siempre decía: “Oísteis que fue dicho, pero yo os digo; oísteis que fue dicho, pero yo os digo”. Seis veces Él utilizó ese juego de palabras y en cada vez nos dio una enseñanza.

Esto se concatena con lo último que vimos en el versículo 20 de Mateo, capítulo 5, que dice:

Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos.

— Mateo 5:20

Después que el Señor dijo esa expresión, entonces compartió esos seis ejemplos en esta estructura: “Oísteis que fue dicho, más yo os digo”.

Antes de que consideremos la Escritura, les invito a que cierren sus ojos y nos encomendemos delante del Señor.

Mira, Señor, esta oportunidad que tenemos de que tu pueblo sea edificado, sea, Señor, fortalecido, de que sea animado, de que sea confrontado. Permite que sea tu Santo Espíritu y no la filosofía y las palabras humanas que hagan estas cosas. Permite que este encuentro entre tu pueblo y tu Palabra sea un encuentro que nos confronte, que sea un encuentro que nos anime, que sea un encuentro, Señor, que nos corrija.

Una justicia superior y los seis ejemplos de Jesús

Y permite, Señor, que al escuchar la reprensión, al recibir la corrección, seamos hijos obedientes, que no se aferran a sus propósitos, sino que se doblegan para caminar en torno, Señor, a lo que es tu voluntad. Te pido, Padre, que mis hermanos puedan tener una conciencia renovada en que tu ley es justa, que tu ley es perfecta, que tu ley es buena y que la intención que tú tienes para nosotros, Señor, es rodearnos de bienes a través de tu Palabra. Todo esto te lo pedimos en el nombre de Jesucristo. Amén.

Hermanos, para mí es un gusto retomar la enseñanza en Mateo, capítulo 5. Acompáñenme en sus Biblias; pueden dejarlo allí abierto, que esto es lo que estaremos exponiendo el día de hoy. Es el Señor hablándonos acerca de una justicia que es superior.

Dice nuestra introducción que inmediatamente después de que Cristo afirmara que la justicia de los ciudadanos del Reino de los Cielos debía ser mayor que la de los escribas y fariseos, presentó seis ejemplos prácticos para ejemplificarlo. Él les enseñaba demandas de la ley de Dios junto a su correcta interpretación, o sea, dada por Dios mismo, Dios hecho hombre que era Cristo; y esto lo contrastaba con la interpretación superficial y acomodaticia que hacían estos maestros de la ley.

Cada ejemplo sigue la misma estructura de: “Oísteis que fue dicho, pero yo os digo”, y cada uno de los casos presentados responde a asuntos muy actuales. Habla acerca del enojo, habla también acerca de los desórdenes sexuales como la fornicación, habla acerca del divorcio, también sobre los juramentos, acerca de la venganza y la actitud que tenemos que tener hacia los enemigos.

Todo esto evidencia la tendencia que hay en el hombre natural a aferrarse a sus prácticas pecaminosas mientras pretende cumplir formalmente con las demandas de Dios, un tipo de justicia que no llena las expectativas del Reino. Lo que el Señor está haciendo a partir de este momento es continuar lo que ya había hecho, y era decir que la ley era justa, que la ley era perfecta y que no sería abrogada, sino que sería cumplida.

Él dijo: “Yo no he venido a abrogar la ley, sino que he venido a cumplirla, y he venido a darles a ustedes la instrucción para que vivan en una justicia superior a la que vivían los maestros de la ley”. Ya les enseñé el mes pasado, no sé si ya fue antepasado, perdí la noción del tiempo, pero les enseñaba que lo que habían hecho los fariseos y los escribas es que formalmente cumplían la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. Y ellos ayudaban al pueblo a que formalmente cumplieran la ley y después hicieran con su vida lo que les diera la gana.

Era como cuando ustedes vienen a mí: yo trato de que ustedes formalmente queden bien ante la ley, de forma tal que no sean juzgados por los hombres, pero ustedes en su vida privada, en sus pensamientos, en las actitudes de su corazón, pueden seguir siendo tan carnales y mundanos como lo eran antes. El Señor llamó a ese tipo de justicia una justicia insuficiente y llamó a sus discípulos a vivir una justicia superior.

Estructura de los ejemplos y primera lectura equivocada

No encuentro prudente cubrir en un solo sermón las seis enseñanzas del Señor, sino que estaremos compartiéndolas de a dos en dos. Hoy, por ejemplo, estaremos compartiendo acerca del Señor hablando del amor a nuestros hermanos, las enemistades y esas cosas, y también estaremos viendo lo que Él dijo acerca del adulterio. En el próximo estaremos viendo lo que el Señor enseñó acerca del divorcio y los juramentos. En el siguiente entonces estaremos viendo lo que el Señor enseñó acerca de la venganza y también acerca de la actitud hacia los enemigos.

Con la ayuda del Señor, hoy estaremos considerando dos. Estas comprenden los versículos desde el 21 hasta el versículo 30. Acompáñenme en sus Biblias desde el versículo 21 al 26 para ver la primera enseñanza de nuestro Señor Jesucristo de lo que significa tener una justicia superior.

Dice así la Palabra del Señor:

Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio;

Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.

— Mateo 5:27–28

Vamos atrás, son dos; yo comencé con el segundo, debe ser en el primero. Gracias. Y sé que era que ustedes pensaban: “Ya se me van a llevar esos versículos”, yo sé que esa era la intención.

Acompáñenme en el 21, es la misma estructura:

Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio.

Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.

Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.

Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.

De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.

— Mateo 5:21–26

Las estructuras de las siguientes cinco son iguales. El Señor toma un mandamiento de la ley, una ley que ya Él dijo que es justa, una ley que ya Él dijo que es perfecta, una ley que Él ya explicó que no ha venido a abrogar, y Él da la correcta interpretación.

Esto es sorprendente, hermanos, porque esta porción de la Escritura constituye el mejor comentario bíblico que uno puede encontrar: es el autor de la ley explicando la ley. Es aquel que escribió el mandamiento que vino ahora a los hombres y les explica cuál es el espíritu del mandamiento. Es aquel que es completamente sabio, que tiene un pensamiento perfecto, aquel que dio una ley que era buena y que ha venido a enseñarle a los hombres de qué manera ellos habían estado distorsionando la ley.

En este primer caso el Señor se está refiriendo al sexto mandamiento acerca de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y Él les dice que la manera en como lo habían estado enseñando los fariseos y los escribas era que tú podías desconsiderar a tu prójimo, desconsiderar a tu hermano, siempre y cuando tú no le quites la vida. Y que si tú no llegabas al extremo de asesinarle, entonces tú eras un hombre justo delante de Dios, que habías cumplido la ley.

El enojo homicida y el espíritu del sexto mandamiento

El Señor, entonces, cuando explica el mandamiento, enseña cuál era el espíritu del mandamiento: que no se trataba solamente de que tú evitaras asesinar a tu hermano, sino que tú buscaras con la ayuda del Señor tener una buena relación con él, de apartar el enojo, de apartar la ira. Y estos asuntos son asuntos muy contemporáneos. Díganme ustedes, hermanos, ¿no son estos los pecados con los cuales uno está luchando día tras día?

El pecado del enojo, el pecado de la ira, este fervor que sale de adentro de nosotros contra alguien, que quizás no alcanza hasta quitarle la vida. Pues miren que el Señor aquí dice que la intención misma, antes de que se cometa el acto, ya es pecado. Y Él iguala el enojo, la desconsideración, el insulto; Él dice que hacerlo y matarlo, ante Él, es la misma cosa.

Quiero dividirlo de la siguiente manera: primero veamos la expresión acerca de lo que es un “necio”, después lo que es un “fatuo”. El Señor habló acerca de la reconciliación que debería existir y está contrastando la manera en que se enseñaba algo que llama mucho la atención: Él dice “pero yo os digo”.

Y ese “pero yo os digo” es muy sorprendente. El contexto en que se estaba dando esto significaba que el Señor podía decir cosas de manera distinta a todo maestro humano. Los maestros de la ley no enseñaban de ese modo. Ellos no decían nunca “yo digo”; siempre apuntaban a una autoridad que fuera superior a ellos. Por ejemplo, ellos podían decir: “La tradición dice…”. Eso históricamente se ha interpretado. Ellos podían decir: “Shammai dice…”. Ellos podían decir: “Tal maestro autorizado dijo…”. Pero nunca un maestro de la ley podía decir “yo digo”.

Y el hecho de que nuestro Señor Jesucristo, cuando enseñaba, no apuntara a una autoridad superior significa que Él mismo se constituía en su propia autoridad. Él lo que está diciendo es: “Yo no necesito citar a los grandes maestros de la historia, a la tradición, para validar mi punto de vista. Mi punto de vista es el correcto y es porque yo soy el autor de la ley”.

Esto enseña, hermanos, la autoridad de nuestro Señor Jesucristo. Él es el único que está en capacidad de interpretar correctamente el mandamiento. Por eso ningún maestro cristiano tiene la autoridad para decir: “Eso es así” en el mismo tono. Tendrá que decir: “Hermano, yo honrando las Escrituras, con el conocimiento que he amado del Señor y mis limitaciones humanas, yo entiendo que eso es así”. Pero puede ser entendido, yo puedo leer la Escritura, y si es una ordenanza directa, entonces sí, uno puede decir: “Eso no tiene error porque la ordenanza dice así”. Pero en las partes de la Escritura que deben ser interpretadas, si un maestro dice: “Esto es lo que es más consistente con la Escritura completa, esto es lo que hace más sentido y justicia a toda la revelación”, aun así está reconociendo sus límites.

Ningún maestro contemporáneo enseña de la manera que enseñaba nuestro Señor Jesucristo. Nuestro Señor Jesucristo enseñaba diciendo: “Esto es así porque yo lo digo”. Él no está apelando a una justicia superior fuera de sí; Él dice: “Yo soy el que puedo dar la correcta interpretación, y lo que yo les digo es que si ustedes no han llegado a matar a un hombre, pero fueron albergar pensamientos hostiles hacia ese hombre, de hecho lo han matado”.

Con esto, hermanos, todos nosotros quedamos acusados. Quizás tú no has tenido detrás de ti sangre en las manos de haber matado una persona, pero dice el Señor que en el momento en que te enojaste, en el momento que albergaste pensamiento homicida, en ese momento ya has violado la ley. Y esto, hermanos, hace sentido también con lo que dijo el apóstol Juan. El apóstol Juan dijo en la primera carta de Juan, le dijo a la iglesia al respecto estas cosas, lo mismo que había estado enseñando nuestro Señor Jesucristo; lo que él dijo fue:

Todo aquel que aborrece a su hermano, es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.

— 1 Juan 3:15

Los maestros de la ley te decían: “Si tú, pues, le das una golpeada de modo que él queda por muerto, pero no muere, tú eres un hombre honrado”. Los maestros decían: “Si tú acabas con su reputación, pero tú no pones la mano en su vida, entonces tú eres honrado”. Los maestros de la ley decían: “Tú puedes desconsiderarlo con palabras y con actitudes, y tú eres un buen hombre, siempre y cuando tú respetes la vida, porque la vida la dio Dios”.

El Señor lleva el mandamiento a un punto mucho más profundo. Él no está corrigiendo la ley, Él está corrigiendo las interpretaciones acomodaticias que habían hecho los maestros de la ley y está apuntando al espíritu de la ley. Y el espíritu de la ley es preservar las buenas relaciones entre los hombres.

El Señor no está diciendo: “No es que ustedes no se maten; ese no es el espíritu de la ley”. El espíritu de la ley es que ustedes vivan en paz y armonía, de que se preserven las relaciones entre las personas.

Del “no matarás” a cuidar las relaciones: necio y fatuo

Lo mismo, por ejemplo, con una ley muy curiosa que los incrédulos tienden a condenar en la Escritura: la ley del ojo por ojo y el diente por diente. Dicen: “Ah, pero la Escritura animaba a las personas: al que le quiten el diente, que le quiten el ojo”. No. La intención del Señor era que nadie perdiera el ojo y que nadie perdiera el diente. El Señor está en este momento poniendo el espíritu de la ley, y el espíritu de la ley no era simplemente tratar de evitar el asesinato, sino tratar de ayudar a que los hombres pudieran vivir en paz.

Algo que llama la atención es que los maestros de la ley apuntaban a las consecuencias temporales del pecado y sobre todo a que tú no pudieras ser juzgado. Si tú hacías una fechoría y tú enterrabas el cadáver, tú eras un hombre justo porque no te pudimos juzgar. Si tú cometías el asesinato, tú ibas a ser juzgado por los hombres, ibas a tener un juicio.

El Señor, en este momento, se está colocando Él mismo como juez de la situación, y Él dice: los hombres pueden juzgar los asuntos temporales, pero yo estoy hablando de consecuencias eternas. E incluye el componente del castigo eterno. Los maestros de la ley buscaban la manera de asegurar o evitar un juicio ante los hombres. El Señor en este momento está hablando no de un juicio temporal y que el sanedrín o los maestros te digan que estás o no estás aprobado; Él está diciendo: hay un juicio que es un juicio superior, que es el juicio ante el Padre celestial, es un juicio eterno y estas consecuencias te acompañan mucho más allá de la vida de aquí y hasta la eternidad.

Hay dos cosas que utiliza el Señor. Lo primero, el término “necio”. “Necio” son términos hebraicos y eso transmite una persona como que es hueca de mente. Un necio es alguien que no tiene razonamiento; sería un insensato, un escaso de razón. Decirle “necio” a tu hermano es como un insulto contra la inteligencia. Algunos traducen eso como “cabeza hueca” o “tonto”, algo así; es como una persona que no tiene raciocinio.

Miren qué trascendental es el Señor, que Él les dice: “Cualquiera que se enoje, lo primero, contra su hermano, será culpable; cualquiera que le diga ‘necio’ a su hermano será culpable del concilio; y cualquiera que le diga ‘fatuo’ quedará expuesto al infierno de fuego”. Todo eso equivale a matar.

Les explicamos “necio”: necio es eso, una persona sin razonamiento. Pero también Él habla de “fatuo”. Un fatuo ya se puede traducir como un canalla, una persona poco confiable; es alguien de quien hay que cuidarse. Un “necio” es alguien que no tiene nada que decir, cuya opinión no importa. Pero un “fatuo” es una persona de la que se está diciendo: “Mira, esto es un canalla, es un traicionero, es alguien de quien tú debes cuidarte”.

La necedad es como un insulto. Ahora, decirle “fatuo” es como predisponer a otras personas contra el hermano. Miren cómo Él va escalando: Él habla de un enojo: “Estoy enojado contra el hermano”. Ya lo mataste. Ahora voy a insultar al hermano, le voy a decir “necio”. Ya lo mataste. Ahora voy a predisponer a los otros contra él. Ya lo mataste, pero todavía no tengo sangre en la mano. Dice el Señor que la intención misma de hacerlo, ya con esto tú has violado el mandamiento.

Lo interesante, hermanos, en todo esto es que no son cosas que los hombres podamos cuantificar o constatar. Por eso les digo que la ley de los hombres y la ley que los fariseos y los escribas estaban tratando de cumplir era una ley que entre ellos mismos trataban de decir: “Está hecho, no está hecho”. La ley del Señor dice: “El juez soy yo; yo sí veo el enojo profundo, yo sí veo el ánimo que hay en tu corazón de predisponer a esa persona”.

Esto que comparto a continuación, hermanos, no es una receta cerrada, pero yo les quiero decir siete maneras prácticas en que ustedes quizá han estado matando a la gente. Y es la misma lista que no saca a usted de víctima; cuando uno predica estas cosas, la tendencia que hay en el hombre natural es decir: “Eso malo me lo han hecho a mí”. Ahora, lo que hace el hombre espiritual es entender: “Muy probablemente esto es lo que yo he estado haciendo contra mis hermanos”.

Siete formas prácticas de “matar” a tu hermano

Siete formas de matar a tu hermano. La primera, el Señor la ha dicho de manera clara y no hay nada más que decir: palabras hirientes. Dice la Escritura que nuestras palabras deberían ser sazonadas con sal, pero hay hermanos que intencionalmente mandan cosas que son dolorosas, hirientes, y las mandan de la manera más efectiva para herir. Y dicen: “No, que yo soy muy claro”. No, hermano, tú no eres muy claro: tú estás matando a un hermano. Cuando tú no cuidas la palabra de forma tal que sea para la edificación, sino que tú colocas la palabra en el orden necesario para que ofenda, con palabras hirientes ya eres culpable de violar el sexto mandamiento.

Sarcasmos e ironías. Ese ámbito en el que aquel que le gusta burlarse sin dar a entender que se burló, y que disfruta cuando puede burlarse de alguien y el otro ni siquiera entendió; pero si alguien lo entendió, ya él se siente satisfecho: “¿Vieron qué inteligente soy? Mi mente superior. Yo puedo burlarme; él es tan necio que ni siquiera lo entendió”. Cultivar el sarcasmo riéndose de mi hermano, dice la Escritura, es violar el sexto mandamiento. Eso es matar.

Darles cabida a opiniones infundadas; eso sería considerar al hermano “fatuo”. Una opinión infundada es tú recibir un comentario que va a dañar la moral o el testimonio de tu hermano y tú recibirlo ante esas personas como algo verdadero, sin tú haberlo constatado. Por ser hermano, toca considerarle hermano hasta que eso haya llegado a la cosa irrevocablemente juzgada. Cualquier comentario que vaya a afectar el testimonio o la moral de tu hermano, y tú recibes ese comentario como algo verdadero, estás matando al hermano.

¿Y cómo evitar eso? Sencillo, hermano: o usted no lo oye, o usted cuando oye eso le pone un freno. Hay cosas que uno no debe escucharlas. La realidad es que hay un comentario sobre un hermano que tú ves que eso se está mal encaminando la conversación, y tú como un hermano deberías detenerlo y decir: “Mira, vamos a parar el tema ahí porque me parece que ya esto no está honrando al Señor. Quizás podemos herir al hermano; el hermano no está aquí, quizá estamos siendo injustos contra él”.

O en el caso de que alguien quiere utilizarte a ti para seguir el procedimiento bíblico, tú deberías decirle: “Yo recibo tu opinión, pero no afirmo lo que estás diciendo”.

Creando barreras innecesarias. Es muy probable, hermano, que usted comparte con hermanos de otras congregaciones que no son como la suya, y por la diferencia que hay, ya sea en su personalidad, en su liturgia, en la forma que adoran al Señor, usted entienda que hay una barrera real. No hay tal barrera real; puede ser una iglesia: “Ah, bueno, que ellos son metodistas, que ellos son pentecostales”. Si ellos tienen a Cristo y en lo fundamental estamos de acuerdo, son hermanos, y toca tratarlos como hermanos. Cuando colocas una barrera innecesaria estás marginando a esa persona, porque todo el que coloca una barrera está dando a entender que él está del lado superior. Nadie coloca una barrera para auto-marginarse; todo el que coloca una barrera, la coloca para decir: “Mi lado es mejor que el tuyo; yo no quiero juntarme contigo”.

¿Usted quiere saber en un lugar quién acá se siente superior? El que busca los bloques y pone el cemento, porque si él no se sintiera superior sino inferior, él no quisiera que ahí hubiera una pared. Hermanos, cada vez que nosotros levantamos muros para dividirnos de otros hermanos nuestros, por los cuales la sangre de Cristo también ha sido eficaz, les estamos matando; estamos dejándolos fuera de la comunión.

Quizás ustedes no luchan tanto con esto, hermanos, pero yo siento que eso es como parte de la lucha de mi vida: juntarme con hermanos de unos lugares y de otros para decirles: “Este es hermano tuyo, y este es hermano tuyo; es por esto que Cristo también murió”.

Maneras de matar al hermano: aferrándote a una imagen pasada de él mismo. Miren, no es lo mismo un creyente en sus primeros años que un creyente que el Señor ya ha estado madurando. Pero a veces carnalmente hay gente que se aferra a una imagen de sus hermanos y a la opinión que tenían de sus hermanos. Esa era la opinión del 98, hermano; era la opinión del 2008. En tu hermano el Señor ha estado obrando y ha estado santificando, ha estado refinando su vida.

Y cuando te aferras a una imagen, a veces hasta intencionalmente hay gente que ya sabe que el hermano no es así, pero salen a buscar cómo fue el hermano del pasado para traerlo al presente. Esa fue la lucha que él tuvo en el pasado; tu hermano ha sido santificado por el Señor y cuando te aferras a una imagen antigua de él, lo que estás haciendo es negando la obra que el Señor hizo en tu hermano.

Predisponer, negar la obra de Dios y espíritu de homicidio

Predisponiendo a otros en su contra. Es común que cuando una persona tiene una diferencia con alguien, seguido vaya a tercerizar con otro, a hacer una triangulación. “Mira, tuve una conversación difícil con mi hermana Bethanie, una conversación difícil donde ella no me dio la razón, pero yo voy ahora donde mi hermana Mayra: ‘Mayra, tú no sabes que estuve hablando ahí con Bethanie, tú no sabes lo que me dijo…’”. ¿Qué estoy haciendo? Estoy haciendo que mi hermana Mayra haga peso conmigo y nos predispongamos contra Bethanie. Parece como sencillo, hermanos; eso es el día a día. La mayoría de los conflictos humanos arrancan por ahí.

Negando la obra de Dios en ellos. Dice la Escritura que nosotros somos vasos de honra, y los vasos de oro, hermanos, cuando se ensucian se limpian. Es más, miren, la santidad de una iglesia no se mide por qué tanto la hace el blanco, por qué tanto nadie cae en pecado, sino cuando alguien cae en pecado se mide por qué tanta disposición tiene esa iglesia de restaurar a ese que es vaso de honra del Señor, que puntualmente se ha corrompido o se ha ensuciado en su vida.

Como creyentes no estamos llamados a despreciar aquellos por los cuales el Señor murió. Un hermano tuyo ha cometido una mala decisión, un hermano tuyo ha sido sorprendido en pecado, un hermano tuyo ha deshonrado al Señor: la vajilla costosa se limpia. Cuando intentas desechar a un hermano por cosas en que el pecado le ha alcanzado, como te alcanzó a ti o como me puede alcanzar a mí, estás negando la obra de Dios en él. Con eso lo estás matando.

Lo que el Señor nos está llevando con esto es a que vayamos más allá de la simple obediencia nominal contra la ley de Dios. El pecador siempre busca bordear el límite de la ley y lo que se pregunta es qué tanto puede aproximarse al pecado sin ser hallado culpable. Ahora, los ciudadanos del Reino lo que entendemos es que tenemos que huir de todas esas conductas, y no solamente buscamos la obediencia mecánica, sino que también buscamos cuál es el espíritu de la ley.

El espíritu del sexto mandamiento de “no matarás” no es solamente que tú evites cometer un asesinato: es que tú busques, en la medida que te sea posible, que haya paz y buenas relaciones con tus hermanos. Hermanos, lo que está detrás del desprecio es un espíritu de homicidio. Quizás tú no puedes matarlo con tus manos, pero tú quieres destruir su moral, dañar su testimonio. Lo que hay detrás de eso es una actitud homicida. Dice el Señor que esa actitud tiene la misma condenación que quitarle la vida. Miren cómo el Señor explica el mandamiento y nos lleva hasta la intención.

Un caso que veo frecuentemente son aquellos que dicen que tienen un enojo contra el hermano, pero que lo que están enojados es porque la ley de Dios ha sido faltada. Ten cuidado con eso. Nosotros estamos llamados a rechazar con fervor el pecado, pero no al pecador. Y cuando tú atacas a un hermano que ha cometido determinado pecado, tú no deberías atacar al hermano per se; deberías oponerte por principio al pecado en el cual el hermano participó, pero afirmar al hermano y tratar de buscar su reconciliación.

Odiar el pecado, amar al pecador y reconciliación urgente

Se requiere un esfuerzo, hermanos, pero no es que tú seas copartícipe de ese pecado. Por principio, todo creyente está llamado a oponerse radicalmente al pecado, pero afirmar al pecador que lo ha cometido, a buscar alejarlo del pecado, hermano, tan lejos como el agua y el aceite. A buscar que el pecador no sea abandonado junto con el pecado.

Hermanos, la iglesia funciona en un mundo caído, y en un mundo caído el pecado a veces llega a la iglesia. Y la iglesia no vota el pecado con el creyente. La iglesia rechaza el pecado y afirma al creyente. Tenemos que estar preparados como iglesia, hermanos, para restaurar. Tenemos que estar preparados como iglesia para amar. Miren, las luchas de un creyente son reales. Que un hermano haya estado luchando en algún área de su vida, no quiere decir que tengamos ya que sacrificar al hermano y dejarlo fuera. Eso significaría matarlo; alejarlo de la comunión cristiana.

Hermanos, ese fue el castigo que le dieron a Caín: “Yo sé que serás errante por ahí; nadie que te encuentre”. Hacerle eso a tu hermano significaría aislarlo de la comunión, significaría matarlo. Pero también el Señor nos lleva por el lado positivo a que busquemos la reconciliación y a que la busquemos pronto.

En el pensamiento judío, un hombre podía tener una relación con Dios y esa relación con Dios ellos entendían que estaba en un mundo aparte de su relación con los hombres, de forma tal que con los hombres tú podías estar a rabazos, pero con Dios siempre estabas en paz. Lo que el Señor les enseña aquí es que los conflictos entre los hermanos interrumpen la comunión con Dios. Por eso tenemos que descartar aquel estereotipo de creyente que no tiene una buena relación en su casa, pero le sea “bien” adorar el nombre del Señor.

Dice la Escritura que si estás adorando el nombre del Señor, pero el Señor pone en tu pensamiento que hay alguien que tiene algo contra ti, deberías poner en pausa tu adoración e ir ante tu hermano a reconciliarte.

Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.

— Mateo 5:23–24

Hermanos, miren qué carga tiene el Señor acerca de la paz entre los hermanos, que Él está dispuesto hasta a sacrificar su propio sacrificio. Te dice: “No me lo ofrezcas en este momento. Ponlo ahí en pausa, ve y reconcíliate con tu hermano”. Y después nos dice: “Ve y hazlo pronto”.

Quiero enseñarle a mi iglesia que busquen una pronta reconciliación. En las reconciliaciones, mientras más temprano mejor. Mientras más cerca está la reconciliación del conflicto, mejor. Es inevitable que entre nosotros haya desavenencias, dice la Escritura, para que se manifiesten quiénes entre nosotros tienen un carácter aprobado por Dios. ¿Quiénes son los que tienen un carácter aprobado por Dios? Aquellos que buscan una pronta reconciliación y aquellos que tienen una predisposición a perdonar.

¿Qué es lo que el Señor les dice? Dice que si tu hermano tiene algo contra ti, no lo dejes para después. Dice: “Ve corriendo, y mientras están en el camino, reconcíliate con él”.

Reconciliarse pronto y la metáfora del juicio humano

¿Saben por qué tan difícil es esto, hermanos? Porque uno tiene que estar buscando reconciliación después de un año de pus, después de un año de corrupción. Es una herida que no se limpió, sino que se quedó ahí, ha estado putrefacta, y ahora para que esa herida sea curada hay que volver a rasgar las mismas cosas.

Bonito, hermanos, es solucionar un conflicto en el conflicto. Triste, desesperante, es tener que decir: “Mira, ¿tú te recuerdas que en el 2007 tú dijiste? Yo pensé, y tú asumiste…”. Desde el 2007 estamos rascando cosas viejas. Nos dice la Escritura que nos reconciliemos pronto, y lo hagamos pronto.

Más adelante, en el Nuevo Testamento, se nos anima a que evitemos las raíces de amargura, son cosas que se quedan en el corazón y van dañando la comunión de los santos. ¿Qué tanto importan para el Señor las buenas relaciones entre los hermanos? A un punto tal que Él dice que no tener buenas relaciones es violar el sexto mandamiento de “no matarás”. “Ve y reconcíliate pronto”, dice Él.

Y lo que más sorprende, hermanos, es que el Señor quita el juez humano y se coloca Él mismo como juez.

Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino; no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.

— Mateo 5:25–26

El Señor está tomando una metáfora de los juicios humanos, donde una persona que sabe que está en falta busca la manera de negociar. Más que eso, hay figuras legales contemporáneas que tienen eso, incluyen ese tipo de negociación: que las personas no tengan que llegar hasta el juez, sino que en el camino se pongan de acuerdo.

Hermanos, ¿qué enseñanza práctica tiene esta primera parte de “Oísteis que fue dicho, más yo os digo”? Que tenemos que cuidar las relaciones entre nosotros. Y si hacia un hermano tú has sentido un enojo, no le des cabida a ese enojo. Hay un deleite carnal en enojarse. Hay un placer; yo he sentido eso, hermanos, y hasta lo he cultivado. A veces da un gustico, es verdad: un enojo trabajoso en el corazón, darle vuelta, y hasta las palabras, hermanos. Entonces ahí es cuando uno dice: “No, yo me estoy desahogando”. Lo estás matando; lo estás ahorcando en tu corazón; le estás quitando la vida.

Desechemos el enojo, hermanos, desechemos las descalificaciones, desechemos las predisposiciones contra nuestros hermanos. Busca la paz, dice la Escritura, y desecha el enojo. Hazlo mientras tanto están juntos. Mientras tanto están juntos.

El Señor entonces pasa a un siguiente mandamiento. Él hablaba primero acerca de “no matarás”: qué significa “no matarás”. No solamente clavar un cuchillo; también es clavar un comentario. No solamente clavar un cuchillo; también clavar una actitud. No solamente clavar un cuchillo; también es darle rienda suelta en tu corazón al enojo contra el hermano. Dice la Escritura que cuando eso sucede, se interrumpe la comunión para que no haya estorbo en tu oración. Ponte pronto de acuerdo con tu hermano.

Del mandamiento “no cometerás adulterio” al corazón que codicia

Entonces Él explica un siguiente mandamiento, y este aplica al séptimo:

Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio;

Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.

Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

— Mateo 5:27–30

Perdónenme, me detengo en este. El otro lo dejaré para el próximo domingo.

El primero se refiere a “no matarás”; el segundo, acerca de “no cometer adulterio”. El adulterio, hermanos, se puede definir como tener cualquier tipo de falta dentro del matrimonio, cualquier violación al pacto. Regularmente se relaciona con lo sexual, y es lo más común: que el adulterio sea un asunto sexual. Pero el adulterio no solamente es un asunto físico. Es más, nuestro Señor lo enseñó así. Él dice que tiene que ver con codiciar cosas fuera de tu relación matrimonial.

Y tengo que explicarlo de este modo porque hay cantidad de hermanos que hacen lo mismo que hacían los fariseos, que decían: “Nunca he tenido sexo fuera del matrimonio. Nunca he tocado ni siquiera el dedo de una mujer que no sea mi esposa”. Pero el asunto no es solamente que no lo hayas tocado, es que lo hayas codiciado, es que lo hayas deseado; y si lo deseaste en el corazón, dice el Señor que ya lo cometiste.

Así como con el “no matarás” aquí todo el mundo sale invadido. Alguien dirá: “Yo creo que nadie queda vivo de ese mandamiento”. Cualquiera que haya visto aquí alguna novela por televisión ha estado codiciando a un protagonista; pruébelo, analice ese asunto. Aunque sea algo sutil, ha deseado. Cualquier persona en algún momento ha deseado la dinámica familiar que otro tiene, el trato que le da a la mujer de fulano: “Oye, la esposa de sotano, esa sí es una mujer”. Eso es codiciar en tu corazón.

Usted se está dando cuenta cómo el Señor, con qué magistralidad, deja a todo el mundo condenado. Esto es un asunto que después de escucharlo uno solo puede decir: “Señor, misericordia, misericordia, porque aquí hay un homicida, aquí hay un adúltero”. Eso es lo que queda, hermanos, después de este asunto.

El Señor está enseñando aquí. Miren, el adulterio era un pecado tan grave en el Antiguo Testamento que para este pecado no había sacrificio. Los adúlteros en el Antiguo Testamento no tenían sacrificio; eran personas que eran cortadas del pueblo. Por eso Job dijo: “Yo he hecho pacto con mis ojos”. O sea, yo he hecho un pacto con lo que yo veo.

Les he dicho, hermanos, que vamos para allá. No ignoremos la codicia sexual, pero no limitemos el pecado a la codicia sexual. Hay una codicia que vamos a ver que va hacia el trato. Quizás hay una hermana que dice: “Yo nunca he deseado sexualmente a ningún hombre que no sea mi marido”. Pero quizás tú has deseado el trato que el vecino le da a la suya, o la atención, o “ese hombre sí es detallista”. Ahí es que Satanás comienza a tomar ocasión. “No, porque mi marido es un hombre poco detallista, un hombre tosco; mira el marido de fulana, ese sí… mira el trato”.

Miren cómo el Señor está informando la realidad de que yo me imagino aquí a todos los que estaban escuchando diciendo: “Ese soy yo”. El Señor tenía esa capacidad, hermanos, de hacer que ningún hombre se afirmara en sí mismo, que todo hombre se viera culpado. Después de uno escuchar la explicación del mandamiento, uno dice: “Aquí hay pecado”.

Dice la Escritura que no deberíamos proveer para esos deseos. Pero nosotros vivimos en una cultura que nos provee deseos constantemente.

Cultura saturada de sensualidad y medidas radicales

Les he dicho que no solo entremos en el asunto sexual. Miren, nosotros vivimos en una sociedad que está permeada de la sensualidad. Y la realidad, hermanos, no es que haya que hacer esfuerzos trascendentales en este tiempo para cultivar la santidad en ese aspecto; la realidad es que uno tendría que vivir en una cueva en este tiempo para dejar de luchar contra eso. Nosotros vivimos en una sociedad que ha sido permeada por toda la sensualidad.

Hermanos, y no es algo solamente de los hombres; a veces se enseña que es que los hombres son los que… No, hermanos. La sociedad completa, hombres y mujeres, estamos siendo bombardeados por eso. No me diga nadie que no. Yo puedo ver a un cristiano en este tiempo cinco minutos de televisión sin tener un control en la mano; no se puede, sin tener que mirar hacia otro lugar, aunque sea temporalmente, porque lo que te van transmitiendo no es compatible con tus convicciones.

No hay nadie que pueda ver en este tiempo una película en un cine durante dos horas, una hora y media, y por momentos no tener que taparse los ojos, los oídos y hasta en determinadas ocasiones salir de la sala, porque lo que ahí está sucediendo son cosas aborrecibles delante del Señor.

Claro, cuando uno dice eso en este tiempo parece un puritano, como: “Ah, no, que eso era de antes”. YouTube, sí, hermanos, mire: imagínese que el Señor, que el Espíritu Santo, como que está al lado suyo, y dice que nos anhela celosamente. Y usted se dará cuenta que la música que suena en las emisoras es una música que uno tiene que tener cuidado de ella, a un punto tal que siempre se debate: ¿los cristianos deberíamos o no deberíamos escuchar música secular?

Mire, si usted está dispuesto a pelear con ese radio, a un punto tal que cuando le mandan una serie de mensajes usted los rebote y diga: “Eso no es verdad; eso no es todo lo verdadero, todo lo de buen nombre. Si hay virtud alguna, si es algo digno de alabanza, en eso pienso”. Si usted no puede hacer eso, y puede echar el pleito con la FM, no la escuche. Porque un cristiano cuando escucha eso, hermanos, tiene que luchar intencionalmente, porque si no, usted va a comprar el pensamiento.

No hay un cristiano que se aproxime al teatro, vaya a una obra de teatro, y usted se dará cuenta que esa obra de teatro usted, como hermano suyo, no va. Usted puede ir solo, pero no con un hermano suyo, porque si fuera un hermano suyo, ambos quedarían avergonzados. Quizás, como incrédulo, usted puede ir y ver esa obra y sentirse bien, pero si usted va con un hermano suyo de la iglesia, que está al lado suyo, y el hermano está viéndote a ti y tú lo estás viendo a él, tú le dirías: “Hermano, ninguno de los dos deberíamos estar mirando esta cosa. Vámonos de aquí que este no es nuestro lugar”.

Usted se da cuenta que son artes que están hechos para cultivarlos en solitario. Yo me di cuenta, hermanos: hay cosas que yo las vería, pero si tengo a mi esposa al lado, yo lo pensaría dos veces. Usted se da cuenta que usted solo tiene más límite para el pecado, pero a veces el pecado aprovecha la soledad. Por eso yo les animo, a la gente: hay cosas que no están hechas para verlas solo; véalas con alguien que pueda ayudarle, alguien que esté vivo espiritualmente, alguien que le dé con el codo al lado: “Eh, cámbialo, cámbialo, vamos a dejar eso”.

Sí, hermanos, porque el adulterio está a la puerta, y si lo codiciaste, lo cometiste. De nuevo, hermanos, miren, esto ante el mundo parece locura. Es la realidad: la ley de Dios para ellos es locura. Pero el que ha nacido de nuevo sabe que hay que tomar medidas.

Y las medidas son tan trascendentales que dice el Señor que tenemos que estar dispuestos a tomar decisiones radicales para luchar contra el adulterio. Él habla acerca de la mano derecha y del ojo derecho porque los judíos entendían que las partes derechas del cuerpo eran las partes más importantes. No era un asunto como que la mano derecha se llama pecadora porque la izquierda no; no es un asunto de partes del cuerpo. Lo que Él está diciendo es: ustedes tienen que estar dispuestos a sacrificar la cosa que para ustedes sea más importante, con el propósito de poder vivir una vida en santidad y apartarse del adulterio. Decisiones radicales para enfrentar el pecado.

No quiero ser, no puedo ser exhaustivo, hermanos, pero miren: hay creyentes que, para evitar el adulterio, tendrán que decirles que no a determinados trabajos. “No conviene ese trabajo; yo no creo que es un trabajo donde no se va a terminar desencadenando cosas, y yo no soy muy fuerte, hermano”. Échese a muerto siempre. Mire, no luche contra la carne, que eso es demasiado. Siempre entienda que ustedes son pequeños.

El hermano que se entiende que es muy fuerte y dice: “No, yo puedo vencer”, hermano, échelo a muerto. Es mejor echarse a muerto y ser fuerte que echarse a fuerte siendo un muerto. O sea, es mejor usted decir: “Yo no puedo contra nada, a mí ni me lo enseñen, que yo al pecado soy vendido” que usted decir: “No, yo tengo capacidad de eso”. Eso no es madurez, hermanos; eso es carnalidad. Algunos dicen: “Yo soy maduro, yo puedo verlo artísticamente”. No, hermano, es la carne; no le busque apellidos.

Renuncias prácticas, imagen propia y no incentivar pecado

Pero sacar tu mano derecha quizá signifique renunciar a determinados trabajos o a determinados proyectos. “Ay, pero ese es mi trabajo; de eso es que yo como”. Tú elige tu deleite temporal o tu destino eterno. Ahí es que está el asunto de la carne, hermanos, que la carne siempre enciende la imposibilidad, desde el huerto del Edén eso viene siendo así. Satanás tienta y después, cuando tienta, presenta el mandamiento de Dios como algo imposible: “Dios quiere que se mueran de hambre; eso es lo que está matando al pueblo. Si ustedes no hacen esto, se van a morir”. ¿Qué es morir? Ni morir: aquí hay árboles, aquí hay otras frutas, hay otras cosas más.

Pero Satanás siempre enseña esa imposibilidad de hacer el mandamiento de Dios para que el hombre ni siquiera lo intente. “Ah, tú me dices que si yo tengo que renunciar…” Sí, hermanos, miren, pongo casos. No son casos puntuales, pero hay quizá hermanas que en su trabajo están siendo zarandeadas tan intensamente que digan: “Mira, ese trabajo no glorifica al Señor”. Hay ambientes laborales que son ambientes cargados de sensualidad. Es más, hay oficios donde un cristiano, para participar en eso, debería hacerlo bajo oración, bajo dependencia del Señor y con otro creyente al lado con el cual tenga que rendir cuentas, porque si no, esas cosas venden.

El hermano te dice: “Mira, estoy por considerar tal trabajo”, y tú dices: “Bueno, hermano, mira, considera esto, esto y esto. ¿Y tú crees que eso es posible?”. Sí, es posible que tú glorifiques al Señor en ese trabajo, pero tú vas a estar siempre en una lucha que te va a desangrar espiritualmente hablando.

Negocios, oportunidades: “Ay, que ese es mi negocio, de eso vivo”. Hermano, si eso está siendo una causa para el adulterio, huye de ese negocio, que el Señor buscará otro medio para proveerte. Porque ese es el asunto: la gente piensa como que el Señor tiene que proveerte solamente a través de esa oportunidad. No. El Señor puede darte otro trabajo, el Señor puede darte otro oficio.

Yo he sabido de casos de hermanos que han venido a Cristo y han hecho patrimonio en oficios que son cuestionables, y cuando vienen, entonces se quedan: “No, que ese es mi trabajo”. Ese era tu trabajo. Las cosas viejas pasaron, hermano; ese era el trabajo tuyo en el viejo hombre. Ahora, en Cristo, tú tienes otro trabajo.

Quizá lo más fuerte en este tiempo, para la gente, es despojarse de esa imagen que tiene de ellos mismos. He escuchado el comentario; dicen: “Es que yo soy así”. Así de pecador es que tú eres, así de carnal es que tú eres, así de amante de ti mismo. Es que tú no te quieres desprender de esa impresión de ti mismo, porque el Señor está haciendo en ti un nuevo hombre. Dice la Escritura que menos que te niegues a ti mismo no podrás ser discípulo de Cristo, y negarte a ti mismo a veces significa rebotar esa imagen anterior que tú tenías.

Miren, el adulterio y la fornicación no son asuntos que solamente hay que evitar practicarlos; también hay que evitar incentivarlos en los otros. Hermanos, ¿qué tan presente está esto? Miren, en los trabajos siempre hay uno que es el que está llenando esa cosa. En los trabajos casi nunca el jefe es adultera; se llena ese vacío. Hay cantidad de mujeres que llegan a su trabajo, y en su trabajo hay un hombre que está subiendo su autoestima, hay un hombre que la está haciendo sentir especial, hay un hombre que le está dando un trato preferencial. Hermanos, eso es adulterio.

Usted sabía: “No, pero yo no he dormido con ninguno”. No ha dormido con ninguno, pero cuando le da la mente, le da la mente. Sí, hermano. Yo, es más, no quiero… a mí a veces me da lucha reírme cuando digo estas cosas; mi intención no es provocar el chiste, sino alertar. Ese que te da la menta, que te hace así cuando te da la menta, él está codiciando una cosa en su corazón.

Pero también está esa que se está vistiendo de una manera… Les digo, hermanos, porque es verdad. Miren, las mujeres son más dadas al trato, aunque también a lo sensual. Los hombres somos más dados a lo físico. Hay un hombre que decía: “Esa es mi personalidad, yo soy así con todas las mujeres”. Así de adúltero. Suspendan esas cosas, hermanos, que son actitudes que no agradan al Señor.

Y en eso nosotros vivimos en una sociedad tan dañada por el pecado que hay que poner fronteras que quizás en otro tiempo eran innecesarias, pero ahora mismo hay que ser cuidadosos hasta en la manera en que se da un saludo. Porque el saludo que tú estás dando en tu intención no necesariamente es el saludo que el otro está recibiendo en su intención.

Vestimenta, límites en relaciones y lenguajes del amor

Esa hermana que viene: “Ay, tanto tiempo que no nos vemos”, y le da un abrazo, y le brinca, y hace que la boca no se suspenda del suelo. Eso, hermanos, esas cosas se dejan. Lo mismo, miren, la manera de vestir. Un hombre cristiano nunca debería vestir de manera que provoque cosas en el sexo opuesto.

Ahí viene la gente y te dice: “Ah, pero yo no soy culpable si en otro se le despierta algo en su corazón”. Sí, a veces sí, sobre todo por la intención que lo tiene. Es poco cuando te ves en el espejo, te ves que se te está marcando el cuerpo. Critíquenme desde aquí, hermanos; hay gente que coge cosas… yo digo: esa camisa no vino de ese modo. Te das cuenta que estás haciendo que se despierten cosas.

Lo mismo la vestimenta, hermanos. Miren, hay prendas que despiertan cosas. Y si tú estás haciendo que otro adultere, tú eres copartícipe de ese pecado. “Ah, que yo no he dormido con nadie”. Cada vez que te pones la falda esa, que tú sabes cuál es; cada vez que te pones el pantalón ese, que tú sabes cuál es; cada vez que te pones la ropa esa que mandaste a modificar para despertar a los demás, la cosa que tú sabes que despierta, estás cometiendo el pecado.

Lo que he animado en otra ocasión, vuelvo y lo animo: hermanos, usted tiene un pacto matrimonial. Evite a toda costa tener una relación íntima con una persona que no sea su esposa. “No, que somos amigos, no, que él y yo sabemos lo que hay”. No, no, no; eso no es solamente así. “Ah, que somos compañeros de trabajo y por eso siempre comemos juntos”. No. Usted puede llevar su cantinita de vez en cuando; el compañero de trabajo va para allá con otro compañero de trabajo. Y entonces va por aquí con otro compañero de trabajo. No siempre hay que andar en el mismo vehículo.

No quiero alentar en manos al fariseísmo de: “No, que yo no monto mujeres en mi carro”. Usted puede montar mujeres en su carro; en la medida de lo posible trate de tener otras personas ahí. En la medida de lo posible, si usted puede, trate de no hacer de eso una costumbre de que siempre tenga que estar solo en un vehículo cerrado con otra persona del sexo opuesto, con los cristales ahumados de más y música que se pone y cosas que se dicen. Tarde o temprano suceden cosas.

Hay que huir del pecado. Yo he escuchado de personas que no dan bola, hombres que no dan bola. A mí me parece un extremo; sin embargo, yo no hago una costumbre de tener bolas fijas con mujeres del sexo opuesto. Si usted va a tenerlas, pídale permiso a su esposa; ella puede entenderlo: “Mi amor, mira, hay una compañera de trabajo que no tiene vehículo; ella me ha pedido que la lleve. Yo te voy a pedir que tú sepas quién es”. Ahí hay otro cuidado.

De nuevo, usted dice: “No, yo sé lo que hay en mi corazón”. Usted no sabe lo que hay en el corazón del otro. Y sobre todo el testimonio, hermanos. Miren, Satanás utiliza eso como ocasión de caer: “Mira, la hermana fulana, pero ella con él es que come todos los días y se van juntos y eso… no sabemos lo que hay”. Sí, ustedes saben lo que hay, pero cuiden lo que hay en su corazón.

Lo mismo, hermanos: que nadie te llene lo que tu esposa o tu esposo debe llenarte. Y si tu esposo o tu esposa no te va llenando, deja el hueco vacío y espera que el Señor eventualmente lo llene. Porque el adulterio, de nuevo les digo, no es solamente el acto sexual. Un hombre no debería dejar que una mujer, que no sea su familiar, esté combinándole ropa, por ejemplo: “Mira, que a ti te queda bien esto”. No deje eso ahí. Después pueden seguirme. Son detalles sencillos; no todo el mundo le mueve las mismas cosas.

Hay un librito muy bueno que lo escribió el doctor Chapman, que se llama “Los cinco lenguajes del amor”, y él explica que todo el mundo tiene una necesidad principal. Hay personas que les llena mucho que alguien les dé tiempo de calidad, por ejemplo. Y cuando tú te das cuenta que alguien que no es tu esposa o tu esposo te está dando tiempo extraordinario, ten cuidado, porque te está llenando.

Hay personas que les llena mucho el toque físico. Debe ser cuidadoso, porque debes tratar de que nadie que no sea tu esposo o tu esposa te llene físicamente. No es solamente el acto sexual; ese tocar el cabello, esos abrazos, esos son cosas que son reservadas para el matrimonio.

Hay otros que lo que les llenan son los regalos. Por eso no es apropiado que les lleves presentes a hombres que no sean tu marido. Y tú dices: “¿Y qué tiene eso de malo?”. La pregunta que hace un cristiano no es qué tiene de malo, sino cómo eso glorifica al Señor. La mejor pregunta no es la excusa carnal: “¿Qué tiene de malo?”. Lo que tiene quizá es que no tiene algo de bueno; no busques qué tanta maldad hay en algo, sino cuánta virtud hay.

Lo mismo, un hombre que le va a llevar un regalo a una mujer que no es su esposa: “Ah, que cumpleaños”. Incluye a tu esposa en eso. Tú le dices: “Mi amor, mira, la secretaria de tal lugar cumple años; quisiéramos nosotros darle un regalo”. Ya ahí hay otra historia; ya no es que fulano de tal me trajo un presente, sino que “ellos me están dando un presente”. Hay cosas que tocan también.

Yo no sé si aquí hay hermanos que tengan secretaria, pero eso hay que cuidarlo. Por ejemplo, es peligroso, hermanos, usted dejar con una… Hay lugares… Yo tengo una gran carga con eso porque tengo una empresa pequeña. Y ustedes saben que en las empresas pequeñas no siempre es factible tener muchas personas. El hermano Félix Guzmán, el esposo de Patricia, ha trabajado conmigo ya durante año y algo. Si no fuera varón, no trabajara conmigo al nivel que trabaja. Primero, mi oficina está en mi casa. En una habitación trabajamos espalda con espalda en pocos metros cuadrados. O sea, por mucho que se cuide, roces suceden. Son asuntos prácticos, hermanos.

Y el tema no es decir: “Eso es pecaminoso, que trabajen en un espacio cerrado”. No, hermanos. No es que es pecaminoso; es que el adulterio es un pecado tan dañino y tan trascendental que si hay que cortar la mano derecha y sacar el ojo derecho, sáquenlos, si con eso usted glorifica al Señor en esa área de su vida.

Oísteis que fue dicho: “No cometerás adulterio”. No solamente si son encontrados en un cuarto en la misma cama lo cometieron. No, hermanos. El mismo deseo que hay en el corazón, y si eso se incentiva, es pecado.

Hermanas de nuestra iglesia: que nadie llene en tu corazón lo que debe llenar tu esposo. Hermanos de nuestra iglesia: que ninguna otra mujer se relacione contigo como debiera hacerlo tu esposa.

Los solteros y la preparación para un pacto puro

Cierro ahora con los solteros. Me dicen: “Ah, pero adulterio es dentro de los matrimonios; si yo no tengo un pacto matrimonial…”. Sí. Hermano, la intención del Señor es precisamente condenar esa actitud de codicia. Algunos dirán: “Eso no es adulterio, porque si fuera entre solteros sería fornicación”. No, el adulterio aquí es aplicado al corazón. La intención del mandamiento es enseñarte que debes huir de eso. Y si tú eres soltero, algún día tú tendrás un pacto matrimonial, y es necesario que desde ahora vayas desarrollando las prácticas cristianas que te permitirán que tu pacto matrimonial sea un lecho sin mansilla, como dice el Señor.

O sea, un creyente soltero también cuida ese asunto. Una creyente soltera también cuida ese asunto, aunque no esté casada. Él dice: “Yo eventualmente estaré casado, y yo quisiera que cuando yo entre al matrimonio no tenga que suspender una gran cantidad de prácticas que de hecho estaban ofendiendo al Señor, porque eran prácticas de promiscuidad”. Y tengo que buscar la pureza en lo sexual desde la soltería.

Me dijo el hermano Ray que los pastores decimos que vamos a terminar, pero que después falta la mitad del sermón. Ya es un versículo, hermanos; les doy un versículo y cerramos. Acompáñenme a Filipenses, capítulo 2.

Y en lo que lo buscan, hermanos, les diré que el Espíritu Santo es quien ayuda. Dice así mismo Romanos 8:13. Les diré que el apóstol Pablo puso su cuerpo en servidumbre; dijo él. Eso está en 1 Corintios 9:27. Pero miren lo que dice Filipenses, capítulo 2. Estaremos leyendo del versículo 12 y 13. Dice el apóstol Pablo a los filipenses:

Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

— Filipenses 2:12–13

La pregunta es la siguiente, hermanos. Dice el apóstol Pablo que en los creyentes el Señor produce dos cosas: un querer hacerlo y un poder hacerlo. La pregunta no es, hermano, si tú has estado lejos de la fornicación, lejos del adulterio, lejos de la ira, lejos del enojo, sino si tú quieres vivir realmente como dice ahí que hay que vivir.

¿Deseas la santidad? Examen serio del corazón

Pues yo tengo una gran carga, porque pienso que hay una gran cantidad de personas que no son creyentes que están mezclados en las iglesias, y uno está tratando de discipular personas que no pueden hacerlo. Pero si en tu corazón está el deseo por la santidad, si en tu corazón está el deseo de huir del adulterio, si en tu corazón está el deseo de huir de las contiendas, huir del odio, huir de la ira, el Señor no solamente pone en ti el querer, sino que también pone la capacidad de que tal cosa se haga.

Si tú has escuchado esto, hermano, estamos introduciendo temas que son muy complicados. Hemos comenzado con el enojo, hemos comenzado con el adulterio. Pero si a ti estas cosas te parecen tan descabelladas, a un punto tal que ni siquiera tienes el deseo, mírate con temor, hermano. No es mi deseo, no es mi deseo ofender; pero ábrete a la posibilidad de que quizás tú ni siquiera seas cristiano. Porque un cristiano verdadero ama la santidad.

Si a ti esto te parece como descabellado, a un punto tal que tú dices: “Eso va por aquí y yo voy por allá”, muy probablemente Cristo no esté en tu corazón. Quizá tú no tienes el Espíritu Santo. Ten cuidado porque puede ser que te estés engañando a ti mismo, que por eso la vida cristiana no te haga sentido. Porque un creyente verdadero, aunque esté participando en determinado pecado, algo en su corazón debería reprenderlo. Dice la Escritura que el Espíritu Santo nos anhela celosamente.

Cierta cosa hemos visto: dos de seis. Si estas dos te han parecido a ti como cosa de otro planeta, cosa extraordinaria, puede ser que tú no tengas ni siquiera el querer en el corazón. Un creyente verdadero, a pesar de que en este momento no está haciendo la voluntad del Señor en esa área de su vida, por lo menos debería manifestar el profundo deseo de que en todas las áreas de su vida prevalezca la voluntad del Señor.

Si la santidad ahora mismo no es una realidad en tu vida, si eres un creyente verdadero, por lo menos debería ser un profundo deseo el vivir una vida en santidad.

Oración final: relaciones, pureza y poder de Dios

Oremos al Señor para que todas estas cosas sean realidad en nosotros.

Te pido, Señor, en primer lugar, acerca de las relaciones entre hermanos. Permítenos tratar a nuestros hermanos con dignidad. Recuérdanos, Señor, que son hermanos. Sobre todo permítenos dar la diestra, Señor, con confianza, que todos tengamos aquí, Señor, un trato privilegiado de hermanos. Que en esta iglesia se respire hermandad, Señor. Quita los pequeños grupos, quita, Señor, las pequeñas islas, quita, Señor, las barreras innecesarias, y comienza a permitir, Padre, que prevalezca aquí la unión, la cordialidad, la bendición en vez de la maldición.

Asimismo, Señor, te pido porque mis hermanos tengan una pasión renovada por tener la pureza sexual en sus vidas, en sus matrimonios. Míranos, aquellos, Señor, que ya tenemos un pacto matrimonial; que seamos celosos en cuidar estas cosas, en defendernos, Señor, de los ataques del diablo. Danos, Señor, estrategias para vencer. Danos recursos, danos constancia, Señor. Cuida nuestros ojos, cuida nuestros oídos, cuida nuestras manos. Preserva, Señor, los vínculos matrimoniales. Y que si hay que arrancar manos y ojos, Señor, que por amor a tu nombre sacrifiquemos cosas de valor muy alto por aquella cosa que tiene un valor supremo.

Señor, mira aquí quizás hermanos míos por los cuales tú moriste, Señor, y en los cuales hay vida. Permite que este querer sea en ellos avivado, que haya, Señor, un interés renovado por la vida cristiana práctica, y al mismo tiempo, Señor, que el poder se haga más palpable, que crean, Señor, que en tu nombre pueden vencer, y que puedan testificar, Señor, que para tu gloria han vencido.

Levanta, Señor, entre nosotros una iglesia fuerte en todas estas áreas, que ame tu ley, Señor, como dice el Salmo 119. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Que el Señor les guarde, hermanos. Nos vemos miércoles en el estudio bíblico y también jueves de aquel lado. Que el Señor les guarde.

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