Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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Una justicia superior

Mateo 5:38-48

Cristo cierra el sermón del monte corrigiendo dos distorsiones de la ley: la venganza y el odio al enemigo. La ley del talión fue dada para contener la violencia, no para autorizarla; y el creyente, que ha muerto a sí mismo, puede ceder voluntariamente su justo derecho para que avance la gloria de Dios.

Predicado28 de junio de 2015
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Hermanos, por la misericordia del Señor, hoy cubrimos otra sección más del sermón del monte. También el Señor, de su gracia, nos ha permitido cerrar Mateo capítulo 5. Si se han dado cuenta, el sermón del monte es una amplia extensión de enseñanzas que tiene diferentes subsegmentos. Ya con esto habremos cubierto tres de los segmentos del sermón del monte: comenzamos con las bienaventuranzas, que quizá sea la parte más conocida; también dos parábolas cortas acerca del cristiano y el mundo, la sal y la luz; y después esta otra sección de enseñanzas de «oísteis que fue dicho… mas yo os digo», que incluye seis y las hemos estado viendo de dos en dos. Vamos a orarle al Señor para que nos acompañe en este tiempo de enseñanza.

Gracias, Padre, porque tenemos de nuevo tu Palabra y el pueblo juntos. Gracias porque tenemos el privilegio de que nuestra mente sea corregida, Señor, de que nuestros pensamientos se parezcan a los tuyos. Gracias, Padre, porque tú nos has compartido un poco de tu mente para que entendamos con perfección. Permite, Señor, que nuestra mente caída, que nuestro corazón torcido, al ser confrontado con tu Palabra, que es perfecta, con tu Palabra, Señor, que es recta, en aquellas áreas de oscuridad sea iluminado. Gracias porque tenemos tu Palabra y tu Palabra es como una lámpara a nuestros pies. Señor, gracias porque en ella hemos puesto nuestra confianza. Creemos, Señor, que esto que estamos hoy exponiendo verdaderamente tiene el poder para transformar nuestra manera de pensar. Permite que hoy, Señor, las actitudes viejas sean puestas de lado, que hoy, Señor, haya resoluciones de obediencia.

Qué hermoso es, Padre, cuando el pueblo entiende; qué hermoso es, Señor, cuando el pueblo obedece. Permite que tu Palabra, Señor, haga hoy en nosotros ese efecto. Da el entendimiento, da la fortaleza de carácter, Señor, permítenos caminar en la obediencia. En Cristo nuestro Señor, amén.

Una justicia superior

Hoy estaremos viendo, dentro de esta sección del sermón del monte que se podría titular «una justicia superior», acerca de la venganza y del amor a los enemigos. Dice nuestra introducción que, después de hablar sobre el enojo, sobre los desórdenes sexuales, sobre el divorcio y sobre los juramentos, nuestro Señor concluye este segmento de su enseñanza en el sermón del monte con instrucciones acerca de una justicia superior, hablando sobre la venganza y sobre el amor a los enemigos.

De todo el sermón del monte, esta quizá sea la parte más conocida, pues es la que con más frecuencia utilizan los incrédulos. Ya sea para cuestionar la viabilidad de la vida cristiana —ellos dicen que la vida cristiana no es viable, porque si hay que vivir a la luz de esa realidad, esto se anula; dadas las exigencias de Cristo, dicen que nadie puede cumplir eso—. Pero por otro lado, también los incrédulos utilizan esta sección del sermón del monte para pretender colocar a los creyentes en una posición de servidumbre. Eso es lo que te dicen: ya que tú eres un creyente, debes ponerme la siguiente mejilla; tengo la intención de darte por la izquierda y de darte por la derecha, y tienes que aguantarlo porque eres cristiano. Los impíos nos recuerdan constantemente que nos debemos a esto.

Hoy veremos cómo proceder en cuanto a la venganza y cómo actuar ante los que nos maldicen, aborrecen, ultrajan y persiguen. Veremos que el propósito no es fortalecer al malvado en su condición, sino doblegarnos a nosotros mismos voluntariamente para que con todo esto prevalezca la gloria de Dios. Acompáñenme a Mateo capítulo 5 y concluyamos este capítulo con los versículos que teníamos pendientes.

La lectura del texto

Se extienden desde el 38 y hasta el 48. Es la última parte del capítulo 5 de Mateo. Dice así la Palabra del Señor:

Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

— Mateo 5:38-48

Dos enseñanzas adicionales de nuestro Señor Jesucristo. Con esto completamos el grupo de seis. Primero, cómo proceder en cuanto a la venganza; segundo, cómo manifestar amor hacia nuestros enemigos.

Les digo, hermanos, como preámbulo, que este versículo es muy conocido por los incrédulos: eso de que si nos dan en una mejilla pongamos también la otra. A veces sospecho que la Biblia del impío tiene solamente tres versículos. Hay como tres versículos que componen toda la Biblia del impío. El primero: Salomón tenía muchas mujeres. El segundo: todo impío conoce que el Señor convirtió el agua en vino. Y el tercero: todo impío conoce también que el creyente tiene que poner una mejilla cuando le han dado por la otra. Es como que la Biblia solamente tiene esos tres versículos. Me propongo explicarlo, hermanos.

Ya ustedes conocen el contexto. El Señor está enseñando el sermón del monte, ha estado dando una serie de discursos muy variada, y en esta sección está corrigiendo malas interpretaciones de la ley de Moisés que habían estado haciendo los maestros de la ley de su tiempo. El Señor ya les ha explicado —y creo que he podido mostrarlo en la Escritura— que no está contradiciendo a Moisés. El Señor no está en contra del profeta; el Señor está en contra de los maestros de la ley que habían pervertido el mandamiento, que habían tomado lo que es bueno, que es la ley de Dios, que es perfecta, lo que es agradable, lo que es justo, y lo habían tergiversado para su propia conveniencia.

La ley del talión: proporcionalidad, no violencia

La estructura que estamos siguiendo en estas seis es: primero enseñarles cuál era el mandamiento; después, cómo había sido distorsionado; y después tratar de inferir, a la luz de toda la Escritura, cuál es el espíritu verdadero de la ley. Comencemos con la venganza. «Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente». ¿Qué es esto de ojo por ojo y diente por diente? Eso se llama la ley del talión. Y usted me dirá: ¿y eso está en la Escritura? Sí, está en la ley. A eso se le llama el principio de proporcionalidad.

Ahora yo le pregunto: ¿cuál era la intención de «ojo por ojo y diente por diente»? Lo he explicado en otra ocasión: la intención era que nadie perdiera el ojo y que nadie perdiera el diente.

¿Acaso la intención del ojo por ojo, diente por diente, era hacer una sociedad violenta? ¿Era la intención hacer que los hombres siempre anduvieran quitándole el diente al otro o quitándole el ojo? En realidad, hermanos, sería algo muy tonto, porque si a usted le han quitado un diente y a usted le devuelven el diente ajeno, a usted eso no le sirve de nada: ahora hay dos personas sin dientes. Analicen la lógica que tiene. Si a usted le quitan su ojo y yo le quito el ojo al otro, ¿acaso quitarle su ojo me devuelve a mí mi propio ojo? La voluntad, hermanos, no era reactiva, sino preventiva. Eso se llama el principio de proporcionalidad, y evitaba que los poderosos abusaran de los más débiles.

En una sociedad donde no existieran leyes, donde no existieran magistrados, aquellos que tienen el poder, ante la mínima ofensa, devolverían tanta agresividad que desaparecerían al débil. Si el Señor no estableciera una ley con un principio de proporcionalidad, lo que estaría ocurriendo es lo que ocurría cuando no existía esa ley: que los poderosos eran intocables y los débiles siempre eran explotados. ¿Qué está diciendo el Señor? El Señor está diciendo que si una persona ha sido agredida debe ser compensada proporcionalmente, pero no de la manera en que yo entiendo que debo ser recompensado.

Y si ustedes quieren entender cuál era el estado del hombre después de la caída y antes de que el Señor estableciera principios como este, acompáñenme a una poesía del Antiguo Testamento. Miren, después de la caída hubo una generación que se llamaban los cainitas. ¿Ustedes quieren escuchar cómo sonaba la música en tiempo de los cainitas? Miren más o menos cómo era la poesía, Génesis capítulo 4. ¿De qué cantaba esta gente? Escuchen cómo sonaba un poema después de la caída del hombre, en tiempo de los descendientes de Caín, Génesis capítulo 4, versículos 23 al 24. Aquí tenemos a alguien que hizo arte, alguien que hizo poesía; se llamaba Lamec. Escuchen lo que decía Lamec:

Y dijo Lamec a sus mujeres: Ada y Zila, oíd mi voz; mujeres de Lamec, escuchad mi dicho: Que un varón mataré por mi herida, y un joven por mi golpe. Si siete veces será vengado Caín, Lamec en verdad setenta veces siete lo será.

— Génesis 4:23-24

O sea, el que me hiere, lo mato. Bueno, si se quita la ley del talión, si se quita el principio de proporcionalidad, lo que sucede es que quien tiene la capacidad de vengarse setenta veces siete se venga setenta veces siete. Por eso el Señor estableció esta ley. El Señor estableció esta ley para asegurar que las personas que habían sido defraudadas fueran recompensadas, pero en una proporción justa. Al mismo tiempo, el Señor estaba buscando quitar la venganza de la mano del agredido y ponerla en la mano de un juez, pues cuando busca venganza el hombre no es ni justo ni es racional.

¿Qué pasa cuando a ti te agreden? ¿Qué es lo que tú quieres hacer? Tú quieres devolver el golpe, pero no el mismo golpe que te dieron: tú quieres devolver el golpe dos veces. Te pusieron un dedo, tú quieres dar con el puño; te pusieron el puño, tú quieres darle con un objeto. Ese es el ser humano, hermanos. El ser humano, en cuanto a la venganza, no es racional ni es justo: es despiadado y desproporcional. Y el «ojo por ojo y diente por diente» era una manera visual, una manera muy vívida, de enseñar que las cosas tenían que ser proporcionales. Pero en los tiempos de Moisés tampoco un hombre podía ir con un palito a sacarle el ojo al otro.

Tenía que ir delante de un juez, y el juez era el que tenía que aplicar la ley. Si tú me has matado mi vaca, me vas a tener que comprar una vaca, pero no era yo quien podía demandar la vaca: te tenías que ir con un juez, y el juez era el que iba a decir cuánto tenías que pagarme por mi vaca. El Señor estaba quitando la venganza de las manos del agredido y la estaba poniendo en la mano de un juez; era el juez quien tenía que determinarlo.

Lo que cuesta perder la proporcionalidad

Yo quería, hermanos, que viéramos cuáles son las implicaciones de no tener proporcionalidad en la agresión. Pregúntese cómo comenzó la Primera Guerra Mundial. El origen es precisamente una efeméride: 28 de junio de 1914. Fue asesinado el hijo de un poderoso de aquel tiempo, Francisco Fernando de Austria. ¿Y qué pasó? Que cuando asesinaron a Francisco Fernando de Austria, su padre quedó tan airado que comenzó a reclamar sus derechos; esperó un mes, y después de un mes comenzaron las agresiones que desencadenaron en la Primera Guerra Mundial. Miles y miles y miles de personas perdieron la vida porque al hijo de un poderoso de aquel tiempo se le quitó la vida. ¿Eso es proporcional?

«Ojo por ojo y diente por diente», hermanos, no es un asunto despiadado como quieren enseñar los impíos. Es la manera de asegurar que los derechos de los grandes y los derechos de los pequeños sean respetados. Después de esto se comenzó un proyecto que era la Liga de las Naciones, donde se estaba buscando apuntar a la misma ley de Dios: que cuando una persona es agredida no pueda salir a poner los cañones, sino que tenga que ir donde una institución para que se determine cuál es la proporcionalidad que eso debería tener.

¿Cuál era el principio del ojo por ojo y diente por diente? Permitir un proceso de conciliación que sea justo y que sea racional, porque la venganza de los hombres no tiene fin. ¿Han visto estas familias que tienen rencillas y rencores viejos? Alguien mató a alguien, después se mata al otro, y este mata al otro. Eso nunca se termina. Sí, hay familias, hermanos, que han estado teniendo esas tensiones históricas, unas venganzas en el corazón porque alguien me dañó, y yo tengo también que dañarlo a él. Lo que el Señor estaba buscando era contener la violencia, haciéndole ver al agresor que su acto tendría consecuencias. Si no existieran leyes de ese tipo, hermanos, la persona que tenía la capacidad de hacer, hacía. Pero si había un ojo por ojo y diente por diente, te decía: quizás ese no tenga la capacidad para sacarte tu ojo, pero el magistrado sí.

Por eso dice la Escritura que las leyes y los magistrados han sido puestos por Dios. Es más, dice la Escritura que tengamos cuidado, porque no de balde el magistrado lleva la espada. Un cristiano nunca podría llamarse un anarquista; un cristiano nunca se opone a la institucionalidad y al orden, porque por llamado del Señor y por la gracia suya es que esas instituciones han prevalecido.

Cómo lo distorsionaron los escribas y fariseos

Ahora la pregunta es: ¿qué uso habían hecho de este mandamiento los escribas y fariseos? Ya que el propósito y la intención del Señor era la proporcionalidad; ya que el propósito del Señor era quitar la venganza de la mano del hombre y llevarla ante un juez; ya que la voluntad del Señor era permitir un proceso de conciliación justo y racional; ya que el propósito del Señor era contener la violencia, ¿qué habían estado enseñando los fariseos, qué habían estado enseñando los maestros de la ley?

Bueno, lo que habían estado enseñando es que era un asunto honrado, un asunto honorable, que un hombre buscara venganza por sus propios medios. Y en vez de buscar la intención del legislador, lo que hicieron fue distorsionar el mandamiento. Ellos estimulaban la venganza, justificaban la enemistad, sacaron a los jueces de la ecuación y le enseñaban al pueblo judío que era algo lícito que en su corazón cultivaran el odio hacia las personas que les habían quitado su reino. Esto era un asunto subversivo. Lo que Cristo le estaba enseñando a los judíos era que no había que anidar esos deseos de retaliación y venganza contra el reino que los estaba explotando a ellos.

Los judíos tenían en su corazón la expectativa de que eventualmente iba a llegar un Mesías y que ese Mesías iba a destruir al explotador. El Mesías llegó, y les está diciendo: «Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Ahora yo, que soy el Mesías, les digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra».

Yo me imagino que eso fue un balde de agua fría, porque gran parte de los discípulos de Cristo… por lo menos se menciona un caso: uno era celote. Los celotes eran guerrilleros, eran judíos aguerridos. Ellos lo que buscaban era la manera de restaurar sus derechos por medio de la violencia. Los celotes eran la extrema derecha judía; ellos llevaban al pueblo a hacer revueltas civiles, se armaban, eran militaristas. Y a estos discípulos celotes el Señor les está diciendo: no resistáis al malo, y a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.

Obediencia voluntaria, no servidumbre

Ahora hay preguntas que responder, hermanos. Si uno se dedicara a salir a vivir esto, la verdad es, ¿qué vida tendríamos? Si pasáramos directamente sin hacer una labor reflexiva para saber cuál es la voluntad del Señor… El propósito de la instrucción del Maestro no era que el malvado demandara una sumisión del creyente. Los creyentes no son objetos del malvado. Si el Señor estuviera haciendo esto, lo que estaría haciendo es hacernos copartícipes del pecado del malvado: si este robó, permítanle robar la casa siguiente; si este insultó, que insulte también al otro. Esa no sería una manera cristiana de proceder, porque estaríamos haciendo que no prevalezca la virtud, sino que prevalezca la maldad.

Lo que el Señor está haciendo es un llamado supremo al perdón y a sacrificarnos nosotros en busca de la conciliación. No deberíamos animar al impío a que lo demande; es más, un impío no podría demandar esto del creyente. La obediencia a este radical mandamiento del Señor es una obediencia voluntaria. Y se debe también tener en cuenta que el cristiano tiene una prerrogativa: yo no puedo venir a ti a demandártelo porque eres cristiano y decirte que tienes que hacerlo. No, hermanos, un cristiano tiene derechos.

Es más, al Señor Jesucristo a él le tocó vivir este asunto. Cuando él va camino a la cruz, vino uno y le dio una bofetada al Señor, y el Señor le dijo: ¿por qué me pegas? ¿He hecho algo malo? Si he hecho algo malo, llévame donde el que me juzgue; pero ¿por qué me das? Una vez apresaron a los apóstoles, y cuando los apresaron se enteraron de que ahí había ciudadanos romanos, y cuando vinieron a soltarlos, el apóstol les dijo: no, ustedes nos apresaron y nos azotaron; que vengan los magistrados a soltarnos. Pablo lo hizo. El propósito no es hacer del creyente un masoquista, ni hacer del agresor dos agresores.

El propósito, hermanos, es que los creyentes tengamos la disposición, en determinados casos, para que la gloria del Señor avance, de estar dispuestos a ceder los derechos que legítimamente nos corresponden. Tengo que decir lo siguiente, hermanos: miren, la disposición que tengamos los cristianos a perdonar no elimina las consecuencias del pecado. Cuando una persona falta, se falta a sí mismo, falta a su prójimo, falta a la sociedad y falta también a Dios. Son muchos los casos de creyentes que han perdonado a sus agresores en heridas, hermanos, que solamente por el amor cristiano eso se hace. Pero que el creyente le perdone no significa que se deba sacar de la cárcel.

Una cosa es que el creyente te perdone por un asunto, y otra cosa es que tu pecado tiene consecuencias. En gran parte de los casos, hermanos, vale la pena dejar al malvado detrás de donde el magistrado lo puso, en vez de, por un amor cristiano, tratar de que las cárceles se abran y que salgan los delincuentes a delinquir. El cristiano tiene que tener la disposición a perdonar, pero esto no anula las consecuencias del pecado. El asesino debe ir preso. El abusador debe ser contenido. Es más, si no se hiciera, hermanos, lo que nosotros estaríamos haciendo es difundirle más la maldad.

Lo que pasa es que, humanamente hablando, es más fácil llevarlo al caso extremo y decir: ah, pero entonces ustedes están de acuerdo con que a los violadores los suelten, con que los ladrones estén por la calle. Esa no es la intención del Señor, hermanos, no se vaya tan lejos. A veces quizás es tan sencillo como los problemas familiares, como las rencillas entre hermanos, como asuntos donde no ha sido la sociedad la víctima, sino tú. Y tú tienes que tomar la decisión de perdonar para que avance la gloria del Señor en esa relación puntual.

Esa manera de caricaturizar la ley de Dios y llevarla al extremo para enseñar que es insoportable es la manera mundana de pervertir el mandamiento. Hubo un creyente, era León Tolstói, que interpretó esto como un pacifismo extremo, y él se oponía a que existieran magistrados, se oponía a que existieran cárceles, se oponía a que los hombres fueran condenados. Él decía que tenemos que dar siempre la mejilla, en una interpretación radical del mandamiento, y terminó frustrado. Cuando le tocó a él, se dio cuenta: mira, a veces sí ayuda mucho que haya un magistrado que le agarre la mano al otro.

Es un romanticismo pensar que el malvado cambia cuando uno sufre. No, él no cambia; el malvado se vuelve más malvado. Hay personas que lo que hacen es que se refuerzan: mira, robé y no me van a hacer nada, no me van a venir a buscar, pues vamos mañana. Violé y no me vienen a buscar, no me van a hacer nada, pues vamos a hacerlo. Tomé, me llevé la propiedad privada, y no me van a hacer nada, entonces sigamos haciéndolo.

No, no lleguemos, hermanos, a un asunto filosófico. Llevemos la parte práctica, que es a lo que el Señor se está refiriendo: a que abandonemos esas rencillas y esos deseos en cosas que a veces hasta son ofensas insignificantes, y uno exagera el derecho que uno tiene esperando que el otro venga donde uno. No es fácil, hermanos, porque uno lo experimenta en el día a día. Cuando tú te sientes airado, cuando entiendes que a ti se te tiene que resarcir un derecho, esperas que las personas vengan. Todo ser humano opera así. Todo el que ha sido faltado está esperando, haciéndose historias maravillosas en su mente, donde el que me faltó va a venir y me va a pedir perdón, y yo, con espíritu magnánimo, le voy a perdonar en ese momento. Lo que el Señor está llamando aquí es a perdonar primero.

¿Qué les diré al respecto de esto, hermanos? Que la justa compensación es el mandamiento. Y si esto no lo mantuviéramos como un principio general, tal cual el Señor está enseñando, la verdad es que ni siquiera los negocios serían viables. ¿Usted cree que el que coge fiado quiere pagar? Imagínense, hermanos, ese asunto de que usted va a trabajar aquí de ocho a cinco, y usted viene: ay, yo no te voy a pagar este mes, porque, sabes, tú eres cristiano, ¿verdad? Ven el mes próximo. Ah, está bien, la otra mejilla. No, hermanos, ese no es el propósito del mandamiento; no lo ridiculice. El propósito de la ley es sublime. Las consecuencias del pecado son reales; sin embargo, los creyentes, para que avance la gloria del Señor, podemos sacrificar nuestro justo derecho de manera voluntaria.

Negarse a sí mismo: quitar el yo del trono

¿Y para qué sirve todo esto, hermanos? ¿No tiene un propósito espiritual más grande? La realidad es que el hombre natural ha exagerado su derecho y las cosas que le corresponden, y ha colocado al yo y al ego, hermanos, en el trono de su corazón, a un punto tal que quien le pone la mano al yo y al ego, yo lo destruyo. Ese es el hombre carnal. Sin embargo, el hombre espiritual ha quitado el yo y el ego del trono y ha puesto a Cristo. En ese sentido decía el Señor: «Si alguno quiere ser mi discípulo, tome su cruz cada día, niéguese a sí mismo y sígame».

¿Qué es negarse a sí mismo, hermanos? Eso de no hacer que tu derecho prevalezca con tanta energía; de no entender que el mundo tiene que doblarse para complacerte a ti; de no entender que tu ofensa es la ofensa más grande del mundo y que, si tú has sido ofendido, toda la creación debería colapsar hasta que alguien venga donde ti a pedirte perdón. Lo que el Señor está estableciendo en esto, hermanos, es que muramos.

Que no nos importe tanto. ¿Te han faltado? A mí también. ¿Te han defraudado? A mí también. El asunto de esto, hermanos, no es aumentar la morbosidad de la maldad para que el impío tenga cancha abierta; tampoco es hacer de los creyentes un objeto, un saco de boxeo para que todo el mundo venga a maltratarte. No. El creyente, hermanos, es un ser que tiene dignidad, que Dios le ha dado. No es la voluntad del Señor que un creyente sea constantemente avergonzado, constantemente abofeteado. La voluntad del Señor es que el creyente entienda que tiene un derecho, y que él decida voluntariamente deponer su derecho, su justa compensación, para que avance el nombre del Señor. Ese es el principio que tiene el mandamiento.

¿Qué más le puedo decir al respecto de esto, hermanos? ¿Que es beneficioso? Sí lo es. Mira, para uno ser un instrumento del Señor, uno tiene que aprender a negarse a uno mismo a un punto tal que uno pueda resistir la ofensa. Un creyente que siempre anda buscando que el otro venga a disculparse, que venga a pedir perdón, es un creyente poco útil para que el Señor se glorifique. La realidad, hermanos, es que nosotros testificamos de Cristo entendiendo esa disposición a no vengarnos, a no reclamar tanto lo que entendemos que nos corresponde.

Cuatro agravios: honor, propiedad, poder y confianza

Miren las diferentes expresiones que dice el Señor. Por lo menos son cuatro áreas, hermanos, y son cuatro áreas muy sensibles de la experiencia humana. Lo primero: dar la otra mejilla.

Los judíos tenían una manera de golpear a quien despreciaban que era muy vergonzosa. Ustedes han escuchado cómo dicen aquí: le dieron una galleta con el revés de la mano, y esa es la mayor ofensa. Eso no es nuevo, hermanos, los judíos lo hacían: daban con la mano al revés. Darle a una persona un golpe en la mejilla así era el mayor desprecio, la mayor vergüenza que una persona podía sufrir. Esa era la mayor herida moral que una persona podía tener. Es un agravio contra el honor. No era solamente un golpe. Un golpe es un golpe: bueno, me dieron. Pero una cosa es que te den ese golpe; ese golpe significaba: tú eres el ser más despreciable que yo puedo entender, te he faltado el honor. Hay golpes, y la galleta occidental, hermanos, parece que tiene ahí su origen.

Esas galletas no solamente son dolorosas físicamente; son moralmente dolorosas. Me dio por mi cara: eso es el honor. Ay, mi honor, mi honor, mi honor. Es una demostración de desprecio. El Señor lo que te está diciendo es: cuando tú seas sometido a una demostración de desprecio, ¿tú te moriste, o todavía tú necesitas dar dos galletas para no quedarte con esa? No; el Señor te dice que por amor —no a ti, sino por amor al que te envió— tú podrías sufrir el agravio.

¿Cómo podríamos experimentarlo y llevarlo a la práctica? Cuando eres difamado, cuando eres desacreditado, cuando sobre ti se levantan rumores. ¿Y qué es lo que dice el hombre natural? «¿Usted sabe quién soy yo?». Esa es la expresión: ¿sabes quién soy yo? Nadie eres tú. Uno se murió a sí mismo; uno es esclavo del Señor. Eso es lo que nosotros somos, hermanos.

¿Para qué sirve todo esto? No es solamente un asunto de masoquismo, un asunto sádico de «golpéenme, golpéenme, que yo lo disfruto». No, no se disfruta, hermanos, pero sirve para que tú entiendas que tú tienes que morirte. A nuestro Señor se lo hicieron: lo escupieron. Escupir a una persona en el rostro es una demostración de desprecio. Dice que tomaron una vara de caña y le daban por la cabeza al Señor, así, con una vara de caña, al Creador del universo, hermanos.

El Señor está describiendo aquí diferentes agravios que son muy sensibles para la experiencia humana. El primero es ese: un agravio contra el honor; me dio en la mejilla, y darle la otra mejilla, eso era. Me tocó, tengo que vengarme. Pero también está hablando aquí de un agravio contra la propiedad. Te quitan algo que es tuyo. Y el Señor, de su sabiduría, pone este agravio contra la propiedad en la cosa más personal que alguien puede tener: su vestimenta. Que te quiten ese ruedo viejo que tú tienes ahí, y tú peleas: pero mi ropa, mi ropa. A mucha gente la han matado porque le quitan objetos personales en la calle; eso es muy fuerte, un anillo, un reloj que tiene un valor emocional. Dice el Señor aquí que, si vienen a quitártelo, dale también la capa. Era prohibido según la ley quitarle a un hombre su capa, porque el Señor decía: ese es su abrigo, con eso es que él se cubre.

Él dice: mira, si vienen a quitarla, también dásela. De nuevo, hermanos, esto no es algo para que uno se lo predique al impío. El Señor está hablándoles aquí a los creyentes, porque si no le estaría diciendo al impío: cuando tú asaltes a un creyente y te lleves el radio, él también te entrega el televisor. Hermanos, eso sería inviable. Si tú, creyente, te llevas el radio, ahora que se lleve el carro, que se lo lleve también, así de buenos son ellos. No, hermanos, con eso no se glorifica al Señor. La intención de Cristo no era hacer que la maldad abundara. La intención de Cristo era buscar la manera de que los creyentes demostraran, por acciones puntuales, que se habían muerto al mundo y que tenían una causa mayor que defender.

Hay otro agravio: los abusos de poder. Y eso a mí me da duro. Cuando un poderoso oprime, y dices, ¿por qué tú lo haces?, y te contestan: es que es un general. Eso es fuerte, hermanos. Ustedes vieron lo del sobrino, ese funcionario que salió, ¿y por qué lo hacía? Porque él decía: yo soy sobrino del ministro. La gente se escandalizó, porque es verdad, los abusos de poder son asuntos que generan indignación en el ser humano. Ahí estaba yo recortándome, y estaban los cuentos. Yo fui a un restaurante y pedí algo, y la joven me dijo que el bar de sushi estaba cerrado. Vino otro y le prepararon el suyo, y yo dije: ¿y por qué el mío no? Uno se siente con una rabia interna al ver esa desconsideración: vino otro y lo atendieron, y a él no.

Miren, en el mundo antiguo, no sé si lo comenzaron los romanos, pero los romanos lo hacían. Ellos tenían que transportar cosas; no había un medio de transporte como hoy, que hay grandes camiones. Los romanos no tenían eso y tenían que transportar las cargas de un lugar al otro: a veces los suministros de guerra, a veces las provisiones de comida. Y era un derecho que cualquier autoridad romana podía decirle a cualquier ciudadano: usted tiene que cargar con eso una milla. Y era gravoso, hermanos, porque ese no era su trabajo, pero era un derecho que tenían ellos y era legal hacerlo. Venía un soldado y le decía: mire, ahí está la carga, ahí está la milla suya.

¿Y por qué yo tengo que hacerlo? Porque él es un soldado. El Señor está diciendo: cuando te pongan a cargar la milla que te toca, no cargues solamente lo que te toca; carga dos millas. Y eso podemos aplicarlo, porque ya los poderosos, ya los gobernantes, nos van a poner a cargar, hermanos. Cambian las escalas de tributación, nos ponen a pagar un anticipo. Bueno, los impuestos son gravosos, y no se pagan porque sean cómodos, hermanos; se pagan porque tenemos que pagarlos, y son cosas que nos tocan. Dice el Señor: háganlo hasta un poquito más. ¡Y qué fuerte, hermanos, pedirle a los judíos que le cargaran a los romanos un poco más la carga! A ellos, que esperaban la libertad del yugo romano. Y ahora les viene a decir que hay que cargar la milla extra.

Les he mencionado agravios que se sienten mucho: un agravio contra el honor, contra las posesiones, los abusos de poder. Y ahora el abuso de confianza. ¿Qué le parece a usted de eso? Aquel a quien tú ayudaste y te defraudó. Aquel que te vino a pedir prestado y no devolvió. Aquel que viene donde ti a buscar, y tú sabes cuál es su intención. Dice el Señor: al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses; al que te pida, dale. ¿No te ha tocado a ti ayudar a una persona que te muerde la mano? Dar una mano amiga y recibir de allá para acá la bofetada; mostrarte afable y recibir desconsideración. Ayudar a una persona y que ella…

Sí, hermanos, la verdad es que esto no es para los incrédulos; esto es para alguien que está muerto. Solamente un creyente puede tener una obediencia radical a un punto tal que le diga: me has defraudado, pero aun así te perdono, y si acaso puedo ayudarte. A lo que Cristo nos está llamando en este momento son actos donde nosotros demostramos que la realidad es que morimos. Eso no es fácil hacerlo. De nuevo, no debemos relajarlo a un punto tal de entender que los creyentes están obligados: si yo le pido prestado, tiene que prestarme. No; él puede glorificar al Señor prestándote. Si yo le doy la trompada, tiene que darme otra. No; él puede elegir glorificar al Señor dando la otra. Si yo le quito su ropa, tiene que darme todo su clóset. No; ¿podría el creyente glorificar al Señor al hacerlo?

Preguntas para ceder con sabiduría

Quizás algunas preguntas de lugar nos podrían dar sabiduría, a ver si es sabio hacerlo o no hacerlo. ¿Qué es lo que estamos haciendo? Cediendo derechos. Yo entiendo que tengo una dignidad, tú me has deshonrado, y yo cedo. Yo entiendo que tengo un poquito de patrimonio, un poquito de propiedad, tú te has llevado un poquito, y yo cedo. Yo entiendo que tú tienes poder y yo no lo tengo, y tú usas tu poder, y cuando tú lo usas, yo cedo. Eso es lo que el Señor está enseñando, hermanos. ¿Es sabio ceder?

Una pregunta básica que tendrías que hacerte es la siguiente: ¿yo estoy cediendo un derecho propio, o —cuidadito— estoy cediendo un derecho ajeno? Un creyente puede permitir voluntariamente, para glorificar al Señor, ser defraudado; pero yo no puedo permitir que tú defraudes a mi empleador. Ah, que yo me estoy llevando tal cosa, y tú eres creyente, tú tienes que dármelo. Espérate, que eso primero no es mío. Recuérdense que la maldad ha llegado a un punto tal que van a llegar por el lado: ah, esos cristianos, todito. No, espérate, déjame ver si esto es realmente mío. Porque una cosa es ceder mi derecho en algo que es legítimamente mío, y otra cosa es algo que no es mío.

Otra pregunta que quizás te puede dar sabiduría: cuando yo ceda, ¿estaré contribuyendo a la gloria de Dios? ¿El Señor será glorificado de esta manera? Por ejemplo, alguien te ofendió, y tú vas y te reconcilias. Bueno, quizás el Señor se glorifica ahí, sí es cierto. El ladrón vino y se llevó el radio, y le dices: toma, dale también el plasma. ¿Se glorificará al Señor con eso? ¿Con eso yo voy a enseñar que yo soy cristiano? No estás glorificando al Señor. ¿Pueden ver, hermanos? Porque no debemos caer en un ridículo de: ven, hay un ladrón, qué bueno que llegó. No, hermanos. Dice la Escritura, asimismo, que si el impío te pretende engañar, no se lo permitas, porque con eso tú no le ayudas.

Es como aquel que te viene a pedir para drogarse, para emborracharse. Cuando tú das los medios para que el otro se ahogue, no estás glorificando al Señor. Otra pregunta: al hacerlo, ¿me hago copartícipe de ese pecado? Son preguntas de lugar que hay que hacerse. Hay gente que quiere venir a defraudar, como si hubiera cancha abierta para que defraudes. No, porque si yo lo hago, estaré haciéndome copartícipe de ese pecado. Un cristiano se pone del lado de las cosas legales, de las cosas legítimas.

Cuando yo ceda mi derecho, ¿ayudo a la edificación del alma de esa persona, o contribuyo con su destrucción? Nos dicen constantemente: a mí nadie me puede juzgar, porque cuando al Señor le trajeron la mujer adúltera, él dijo: el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra; y cuando todos se fueron, él le dijo: pues yo tampoco te juzgo. El Señor no le dijo «yo no puedo juzgarte». Él podía juzgarla, y de hecho la había juzgado como pecadora. Lo que él le dijo fue: yo, que soy el que puede tomar la piedra, porque soy el único que está aquí que no tiene pecado, yo sí tengo la piedra en la mano, y yo elijo no apedrearte. Y después le dijo a la adúltera: vete y no peques más. El mundo deja eso ahí y dice que nadie puede apedrear, que nadie puede juzgar a nadie. Sí, Cristo juzga a todos, y después que la juzga y la perdona, le dice: vete y no peques más.

La pregunta sería, hermanos: cuando tú cedas tu derecho en esa área donde has sido robado, donde has sido defraudado, donde has sido humillado, ¿tú estás contribuyendo a que el malvado sea más altivo, sea más soberbio? ¿Estás contribuyendo a que se degenere más? A veces, hermanos, tú contribuyes llevándolo a que lo metan preso; tú contribuyes a que sea restaurado, en vez de celebrar su maldad.

Son preguntas de lugar antes de uno decidir. ¿Esto contribuirá a que esta persona deje de pecar? ¿Yo podría decirle «vete y no peques más»? Me insultó. ¿Está bien que tú me insultaras? No, hermanos, no está bien que te insultara. Hurtó. ¿Está bien que hurtara? No, no está bien. Defraudó. No, no está bien defraudar. Agredió. ¿Está bien que agrediera? No. Los creyentes no nos podemos poner del lado del agresor. Sin embargo, el creyente que ha sido agredido, el creyente que ha sido faltado, puede elegir deponer su yo para que la gloria del Señor se manifieste.

La ley del amor: amad a vuestros enemigos

Después él continúa con otro mandamiento que guarda cierta relación: habla acerca de amar a los enemigos, algo que también ha creado mucha confusión. Repito, hermanos: el mandamiento anterior, la ley, se mantiene; debe haber un principio de proporcionalidad en la recompensa. Pero también un creyente puede ceder su derecho para que la gloria del Señor se manifieste.

¿Cuál es la siguiente? La ley del amor. «Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo». Yo le pregunto: ¿la ley decía eso? No. La ley te decía que tenías que amar al prójimo; lo demás es un añadido de ellos. Ellos infirieron que, ya que hay que amar a alguien, hay que odiar a alguien. Ese razonamiento, en la mente binaria de los maestros de la ley, era: ya que tenemos que amar con fervor al prójimo, entonces vamos a odiar a todo el que quede fuera. Esa era la mente judía, hermanos. El mandamiento decía que había que amar al prójimo, y ellos infirieron que si hay que amar al prójimo, podemos odiar a todos los demás.

¿Cómo pervirtieron el mandamiento? Lo primero, que le pusieron un pedacito adicional muy favorable. Y lo segundo, que circunscribieron al prójimo solamente al que fuera judío. Prójimo viene de próximo, el que me queda al lado. Y si otra persona me queda al lado, el Señor dice: si te queda al lado, ámalo. Ellos decían: si es judío, yo tengo que amarlo; pero si es un samaritano, puedo tratarlo como a un perro. Y de hecho así le decían. Si es judío, yo tengo que recibirlo, pero si es gentil, yo puedo despreciarlo porque es gentil.

¿Qué es lo que el Señor les está diciendo? «Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen». Y después les dice: «Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos».

¿Cuáles son las conclusiones que hay en esto, aparte de las confusiones que tenían los fariseos? Lo primero, hermanos, es que no hay que ponerle el pedacito adicional. Hay que amar al prójimo, y amar al prójimo es amar al que tú tengas al lado, y puede ser dominicano, puede ser ruso, puede ser tu familiar directo o puede ser un desconocido, pero tú tienes que amarlo. ¿Por qué? Porque te queda al lado. Eso es amar al prójimo.

Lo segundo que tengo que decirles al respecto de esto, hermanos, es que el amor cristiano no es una efervescencia romántica, como el mundo lo enseña. La gente enseña que el amor es tener un romanticismo hacia alguien, como unos fervores de afecto que me suben hacia esa persona y estoy derretido por hacerle bien. Hermanos, no. Ese no es el amor cristiano. El amor cristiano a veces se hace con dificultad, se hace sufriendo. Yo siempre les digo que cuando el Señor estaba en Getsemaní orando por los discípulos, no era mariposas en el estómago lo que estaba sintiendo, como diciendo: estoy loco porque llegue mañana y sentir el clavo en la mano derecha y después en la mano izquierda, y la corona de espinas, y que me escupan, y cómo me pondrán los clavos en los pies.

No, hermanos. El amor de Cristo era: yo los he amado y los amaré hasta el final. «En esto consiste el amor de Dios», dice la Escritura: no en que nosotros le amamos a él, sino en que él nos amó primero y se entregó a sí mismo por nosotros. Cuando el Señor nos estaba amando camino a Getsemaní, no era que iba vuelto loco con nosotros, dándonos besitos y piropos, ay, qué bonito. No, hermanos; el Señor iba llorando, iba sudando, iba derramando lágrimas de sangre, y ahí, en lágrimas de sangre, él estaba amando. Y si eso va así, pues nosotros también podemos amar a veces mordiéndonos la lengua, a veces con la cara cuadrada. Así se puede amar. Duro. Mira, este me ha ofendido, este fue el que me robó, pero aquí lo tengo ante mí, y en vez de yo darle, lo que hago es que le sirvo.

El amor cristiano, hermanos, no es una efervescencia romántica; el amor cristiano es una decisión de actuar puntualmente en beneficio de las personas que se están amando. Tampoco significa necesariamente el amor cristiano aprobación. Amar al impío no es aprobarlo en su despropósito. La gente dice: no, si tú me amas, no me juzgues. No, yo puedo amarte y desaprobar tu conducta. Amar a una persona, hermanos, es tener la predisposición de actuar con acciones concretas que son favorables a esa persona, aunque la persona y yo nos encontremos a años luz porque no haya manera en que yo pueda estar de acuerdo con su despropósito.

Nos dicen en este tiempo que la iglesia es homofóbica. Lo primero, hermanos: ¿qué es una fobia? Una fobia es cuando una persona le tiene miedo a las arañas y no entra a una habitación porque ahí hay una araña; eso es una fobia. Una fobia, hermanos, es una persona que no se puede montar en un ascensor. Yo estaba escuchando que hay un director de una junta agropecuaria que tiene fobia a los ascensores; cuando va a un lugar, sube por las escaleras. Quizás sea un tipo de claustrofobia, pero no se monta en un ascensor. Eso es fobia, hermanos.

Un creyente se sienta al lado de un homosexual y no se le cae un pedazo; un creyente trabaja con un homosexual y no se le cae ningún pedazo. Ahora, tú tienes que decirme que tu preferencia es buena. Eso no es una fobia; eso es que yo soy un ser racional igual que tú, y así como tú has entendido que eso es bueno, yo entiendo, a la luz de la Palabra del Señor, que eso es algo no celebrable. Ah, no, tú tienes que decir que esto es bueno. Para yo decir que es bueno, entonces yo tengo que sacrificar mi entendimiento.

El amor cristiano no significa necesariamente aprobación. Cuando la Escritura dice «porque de tal manera amó Dios al mundo», no está diciendo que el Señor esté en este momento aprobando el despropósito del mundo. Dice que ha dado a su Hijo unigénito «para que todo aquel que en él cree no se pierda». Ah, ¿pues se puede perder? Sí. ¿Y ese es tu amor? Sí, te amo, dando a mi Hijo, para que no te pierdas. Este es el amor cristiano; el amor cristiano son acciones concretas.

No se dejen confundir, hermanos, por esos sofismas de que si tú amas a una persona tú no puedes juzgarla. El amor cristiano es un amor racional que busca lo mejor para el ser amado, que no busca su destrucción, que busca que sea edificado. Es un amor que puede ser muy paciente, pero nunca irracional. Un padre ama a su hijo, y cuando el hijo tiene un mal comportamiento, no es que no puede reprenderlo porque lo ama; cuando lo reprende, lo está amando.

Bendecir, hacer bien y orar

¿Y cómo entonces podemos amar a los enemigos? Primero, que amemos al enemigo no significa que compartimos su despropósito. Tenemos que entender que un enemigo, hermanos, no es alguien como el antagonista de los superhéroes. Un enemigo es alguien que se te opone, alguien que te ha afectado, alguien que te ha dañado, una persona a quien tú no quisieras tener cerca, naturalmente hablando, pero que por un amor cristiano tú puedes tenerla. Y como nosotros no íbamos a saber cómo hacerlo, el Señor nos enseñó cómo hacerlo. Es como si dijera: si usted no sabe lo que es esto, se hace de esta manera.

Ustedes pueden bendecirlo. ¿Y qué es bendecir? Bendecir significa bien decir, decir bien. ¿Y de ese ser que me ha maltratado yo puedo decir algo bueno? Sí. Miren, todos los hombres, todos los ladrones, los borrachos, los matricidas, los parricidas, los que se echan con varones, los que se echan con mujeres, todos fueron hechos a la imagen de Dios, y en todo ser humano hay algo bueno. ¿Y qué es bendecir? Elegir eso en vez de denostar. Tú puedes no afirmar su conducta; o sea, bendecir al malvado no es decir que su maldad es buena. Bendecir al malvado es decir: tiene dos ojos, y los ojos están en los lugares donde tenían que estar. Tiene nariz, tiene boca. Lo menos que usted puede decir es que Dios lo hizo, hermanos, y eso es lo menos.

La imagen de Dios está aun en la criatura más malvada. Por ejemplo, no es poco común encontrarse un malvado diligente. Hay gente que tiene diligencia para la maldad, hermanos: se levantan temprano a delinquir. Hay gente que tiene creatividad, y uno dice: mira, yo no comparto lo que hace, pero es creativo, por la manera en que logró hacer eso, salirse por aquí para salirse con la suya por allá. Hay gente que tiene una creatividad, hermanos. Así como dice Pablo a Timoteo «ejercítate para la piedad», hay gente que se ejercita para la maldad y busca de manera creativa cómo pecar. Y dice la Escritura, asimismo, que son «inventores de males»; pero el hecho de que sean inventores, quitémosle lo de males: inventores, aplauso. El Señor te hizo con inventiva, te hizo ser creativo; que lo uses para la maldad es otra cosa.

Bendecir a un malvado, hermanos, no significa decirle que su pecado es bueno, no significa decirle que su acto es un acto loable. Bendecir al malvado es elegir decirle que es un ser humano creado por Dios. La imagen de Dios está en él: un ser racional, un ser moral. Cometemos injusticia al pensar que los pecadores no tienen cosa buena. Hermanos, en todo ser humano está la imagen de Dios, aunque en algunos está tan deteriorada que hay que buscarla casi como si fuera un asunto arqueológico; pero en todo ser humano está la imagen de Dios.

Después nos dice que le hagamos bien. Siempre y cuando se pueda, hermanos, en la medida de lo posible, porque no estamos llamados a imponer nuestros actos. Yo lo he intentado en la cosa más sencilla, por ejemplo, ayudar a alguien a cruzar la calle, si se deja cruzar. Ayudar a una persona en un problema que tiene, si se deja ayudar. O sea, un creyente no está llamado a imponer la ayuda. Dice la Escritura: haced bien a los que os hacen mal, siempre y cuando sea posible.

Pero hay algo que siempre podemos hacer y que tiene un efecto sanador en el corazón del hombre: usted siempre puede orar. Porque si a usted lo están maltratando, y cada vez que se le acerca le vuelve a dar, llega un momento en que, por más que tú quieras, no vas a poder hacerle el bien de cerca. Pero de lejos usted puede orar por la persona, y que el Señor lo escuche y remotamente lo ayude. Hay veces que no es sabio, hermanos, seguir tratando de ayudar al malvado; uno puede decirle: mira, yo te suelto, tú por allá y yo por aquí, yo seguiré orando por ti. Pero en esa oración, cuando tú oras por el malvado, el Señor no solamente escucha que alguien oró por el malvado; al mismo tiempo el Señor utiliza esa oración como un medio para trabajar en tu propio corazón. Una práctica que yo he adoptado, hermanos, en los últimos tiempos, en relaciones difíciles, con gente con las cuales hay fricción, es un cuaderno de oración. Hermanos, cuando usted haya orado veinte días consecutivos por quien le dañó, por más que usted no quiera, el corazón comienza a mejorar.

Dice el Señor: amen a vuestros enemigos, y háganlo de la manera siguiente: bendiciendo a los que los maldicen, haciéndoles bien a los que los aborrecen, y orando por los que los ultrajan y persiguen. No estamos llamados nosotros a dejarnos ultrajar. Hay veces que hay que sacar el cuerpo y orar de lejos. ¿Usted puede entender el razonamiento? No es «ultrájame más»; no, hermanos. Mire, usted siga por allá, y yo oraré de lejos.

Para que seáis hijos de vuestro Padre

Pero después el Señor da la razón, y esta razón nos desbarata a todos, hermanos. Aquí, ¿quién tenía autoridad moral para decirnos algo así? Si hay alguien que podía dar un sermón de ese tipo, era Cristo. Ningún otro hombre que no fuera el Hijo de Dios, que murió por el pecado de todos nosotros, tenía la autoridad moral para enseñar cosas de ese tipo, y poder decir: ¿y tú a quién has aguantado? ¿Y a ti quién te ha humillado? Tú, desde que tienes capacidad, has estado pecando contra mí, y yo te he soportado; tú has estado defraudando desde que has tenido la capacidad, y yo te he soportado.

El Señor les dijo: «Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos». Uno acostumbra a pensar que el justo es uno y el injusto es el otro. El injusto somos nosotros, y los malos también somos nosotros. Antes de todo eso están las realidades de Dios: antes de que tú abrieras los ojos ya estaba la lluvia; antes de que tus ojos sirvieran para ver cualquier cosa, ya el sol salía para que tú no anduvieras en tinieblas. Es cómodo pensar que siempre el injusto es el otro: mi Dios es tan bueno que hace que salga su sol sobre mis enemigos, mi Dios es tan bueno que hace llover sobre mis enemigos. No; los enemigos somos todos, y los injustos somos todos.

Me recuerda esto, hermanos, al Padrenuestro. ¿Qué dice el Padrenuestro? Padre nuestro que estás en los cielos, primero, santificado sea tu nombre; venga tu reino, hágase tu voluntad en el cielo y en la tierra; perdona nuestros pecados…

¿Cómo es que viene? Perdóname mis pecados, y ya, no. «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores».

Y cuando Pablo le escribió a Filemón: a Filemón se le había ido su esclavo. Yo no sé si el esclavo se llevó un par de pesos, no sé si le dio un golpe a alguien para irse; pero al final, ese esclavo, Onésimo, conoció a Cristo en la cárcel, y Pablo se lo devolvió. Cuando se lo mandó, le dice: mira, yo te estoy escribiendo por este que yo engendré en mis prisiones, y yo te pido que lo recibas por un amor cristiano. Y después le pone una posdata y le dice: si tú no quieres recibirlo por un asunto económico, si él te defraudó en algo, si acaso se te robó algo, yo te lo pago. Y después de todas esas cosas, él le dice: pero si acaso dudas de no hacerlo por un amor cristiano, de no hacerlo porque el Señor te recibió a ti, de no hacerlo porque te robó, recuérdate que tú mismo te me debes a mí.

Oiga, hermanos: el Señor no está diciendo «amen a sus enemigos» y ya. Es como si dijera: si tienen dudas, recuerden que ustedes a mí me ofendieron, que ustedes a mí me defraudaron, que ustedes a mí me faltaron, y aquí están. «Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos».

Y termina con lo siguiente: «Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?». Y es la verdad, hermanos: si tú siempre amas al que te ama a ti, ¿qué recompensa? Eso no tiene ningún mérito, ¿no hacen también lo mismo los publicanos? «Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto». ¿Y cómo somos perfectos? Teniendo una justicia que sea superior a la media.

El llamado y la oración final

¿Cuál es el llamado con esto, hermanos? Miren, yo no puedo obligarte a reconciliarte. Yo no puedo obligarte a que recibas al que te ofendió. Yo no puedo obligarte a que perdones a tu hermano. ¿Quién soy yo para hacerlo? Hermanos, yo mismo estoy luchando con esas cosas. Ahí ustedes ven que yo tengo que ponerle candado a mi cuadernito de oración, porque tengo cierta sospecha de que alguien se vaya a encontrar con las cosas que yo le estaba orando al Señor.

Pero bueno, ustedes ven las cosas por las que uno llora y se dan cuenta de que son las mismas necesidades que ustedes tienen: la necesidad de no tener una disposición contraria, de amar a los que nos persiguen. Ese es el día a día. Ahora, hay alguien que sí puede pedírtelo, y ese alguien que puede pedírtelo es el mismo que desde hace años te ha estado dando a ti lo mismo. Si Cristo nos ha mostrado su gracia, si el Señor nos ha mostrado su paciencia, si el Señor ha tenido acciones concretas hacia nosotros cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, ¿no podrás tú perdonar a tu marido? ¿No podrás tú reconciliarte con él? ¿No podrás tú ser misericordioso con tu hermano? ¿No podrás tú tener un favor, aunque no te salga el fervor de adentro?

¿No podrás tú poner la otra mejilla de vez en cuando? No hay que sentirlo, hermanos, para hacerlo. ¿No podrás tú dar la milla adicional? Que el Señor te ayude a que hagas esto un poquito más. Esa es la resolución de un creyente: hacer todo esto que hay que hacer, y hacer un poco más. ¿Qué hacéis ustedes de más? Que hagamos todos un poquito más. Oro por la iglesia, para que el Señor permita que haya reconciliación, para que el Señor nos permita tener buenas relaciones con nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo. Y si acaso el Señor te ha enseñado que en tu corazón hay una oportunidad para perdonar, yo te invito a que le ores a él del mismo modo que nos enseñó a orar en el Padrenuestro.

Padre nuestro que estás en los cielos. Santo eres, Señor. Excelso y magnífico es tu nombre. Santo es tu nombre, grande es tu nombre. Tu poder es infinito, Señor; tu misericordia, inmensa. Tú eres Creador del cielo y de la tierra, lo has hecho todo por el poder de tu palabra. Dios perfecto, Dios justo, Dios bueno, siete veces santo, tardo para la ira, amplio en misericordia. Que venga tu voluntad, Señor, y prevalezca en medio de tu iglesia. Que tu reino se haga manifiesto por medio de acciones puntuales. Que seamos instrumentos nosotros como iglesia, Señor, para que tu reino avance. Ay, Señor, te pido por mí, te pido por mis hermanos, que estamos luchando en áreas concretas para sacar el ego y ponerte a ti.

Ver aquellas áreas, Señor, donde estamos luchando con este hombre viejo que se opone a que prevalezca tu voluntad, y estamos exigiendo derechos, exigiendo agresivamente lo que nos corresponde. Permítenos cargar esta cruz, Señor, morirnos a nosotros mismos, seguirte a ti. ¿Cómo no pedirte, Señor, que perdones nuestras faltas, comenzando con esta gran falta de pedirles a los otros lo que ni siquiera nosotros mismos podemos darte a ti? Que tratemos, Señor, al que nos faltó del mismo modo que tú nos has tratado. Como tú has hecho correr tu misericordia, como has olvidado nuestro pecado, permítenos olvidar la falta, la ofensa, la desconsideración, el agravio contra la moral, Señor, el agravio contra nosotros, la galleta inversa.

Que no seamos tan afanosos, Señor, en defender derechos. Llena esta iglesia de misericordia, Padre; llena esta iglesia de un amor racional; llena esta iglesia de actos humanamente subversivos, Señor, para que todo esto demuestre no que somos buenos, sino que somos hijos de nuestro Padre celestial. Que la gloria no sea nuestra, Señor, sino que sea de nuestro Padre. Padre, te pido por mis hermanos, que tendrán esta semana oportunidades en sus trabajos de dar la otra mejilla: permite que voluntariamente la den. Te pido por mis hermanos que tendrán oportunidades, Señor, de cargar la milla extra en sus trabajos, en sus casas: que carguen la milla extra. Señor, que tengan la disposición de volver a ayudar.

Y en aquello que toca nuestra propiedad, en lo que nos haya afectado, Señor, permítenos glorificarte cediendo un poco para que tu testimonio avance. Que seamos instrumentos, Señor, para el avance de tu reino. Todo esto te lo pedimos en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, amén. Que el Señor les guarde, hermanos, y que el Señor les ayude.

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