Es el Salmo 119 a partir del versículo 145. Así haya unos cuantos meses que no volvíamos al Salmo 119, recuerden que el Salmo 119 es el capítulo más largo de toda la Escritura y el capítulo completo se ocupa en un solo tema: son las excelencias de la Palabra del Señor. Y hace mucho tiempo que comenzamos esta serie basada en el Salmo 119 y ya vamos por el versículo 145, y alguien dice: “¿Pueden tener tantos versículos?” Estamos ya en la recta final. Pues solamente son 22 unidades y ya llevamos, con el favor del Señor, 19 unidades de este salmo. Hoy estaremos leyendo Salmo 119 desde el versículo 145 hasta el versículo 152 para mostrar desde esta porción de la Escritura cómo tener cercanía con el Dios de la Palabra.
Dice así la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios, Salmo 119 desde el 145 en adelante. Dice el salmista:
Clamé con todo mi corazón; respóndeme, Jehová, y guardaré tus estatutos. A ti clamé; sálvame, y guardaré tus testimonios. Me anticipé al alba, y clamé; esperé en tu palabra. Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en tus mandatos. Oye mi voz conforme a tu misericordia; oh Jehová, vivifícame conforme a tu juicio. Se acercaron a la maldad los que me persiguen; se alejaron de tu ley. Cercano estás tú, oh Jehová, y todos tus mandamientos son verdad. Hace ya mucho que he entendido tus testimonios, que para siempre los has establecido.
— Salmo 119:145-152
Puede sentarse, mis hermanos.
Leer la Biblia para conocer al Dios de la Palabra
Estaremos mirando desde esta porción de la Escritura cómo tener cercanía con el Dios de la Palabra. El propósito más alto de escudriñar las Sagradas Escrituras es acercarnos, o mejor dicho, hacernos cercanos a Dios. Los cristianos no leemos la Palabra solamente por crecer intelectualmente o por conocer la ley de Dios. Nosotros leemos la Palabra en primer lugar para conocer al Dios que nos dio la Palabra. La Palabra del Señor para nosotros no funciona aparte del hecho de que hay un Dios dador de la Palabra, y esto cambia toda la perspectiva. Usted puede leer muchos libros y ser edificado; usted lee este Libro y el propósito principal es conocer al Autor del Libro. Acabamos de cerrar en nuestro país la Feria del Libro.
Y en la Feria del Libro se hacen exposiciones, pero también se aprovecha para traer de cinco a siete autores populares, y las personas tienen la oportunidad, por primera vez en su vida, de encontrarse con el autor del libro que probablemente cambió su vida. Yo nunca he tenido esas expectativas. De hecho, los autores que yo más he admirado, quizás hasta intencionalmente he evitado conocerlos. Me gustan sus libros, pero no me gustan ellos. Murió hace unos cuantos meses Javier Marías, un autor español que yo, en mi juventud, leí gran parte de sus libros. Leí sus libros, sus novelas, leí las traducciones de libros que él mismo hizo, pues era traductor, y al mismo tiempo leí casi todos los editoriales que Javier Marías, cuando estuvieron a mi alcance, publicó en el periódico El País de España. Yo puedo decir que conozco a Javier Marías.
Y después me digo a mí mismo: no le conozco. Yo conozco su literatura. Quien es desconocido para Dios puede leer la Palabra y hasta elevar al cielo una oración mecánica, pero clamar a Dios requiere un alto nivel de convicción y, sobre todo, cercanía. Usted puede leer muchos libros y no conocer al autor, pero si usted lee este Libro y no llega a conocer al Autor, usted perdió el tiempo. El propósito más hermoso no es que usted conozca la Palabra; el propósito más hermoso es que usted conozca al Dios de la Palabra. Y si usted se aproxima a la Biblia del mismo modo que me aproximé yo a la literatura de Javier Marías, perdió su tiempo.
Porque usted puede leer la Biblia y tener provecho, pero leer la Biblia y no conocer al Dios de la Palabra sería un abierto desperdicio. Esta parte del salmo, como todas las demás, se ocupa de la Palabra del Señor, pero yo creo que en esta parte del salmo el salmista pone nuestra atención especialmente en una cercanía con el Autor de la Palabra. Hablaré de dos cosas: primero, tres clamores muy sentidos que se describen en el texto, y después dos posibles cercanías. Hablo de clamor y explico que clamar es más que orar. Doy un momento ahí para que interioricen qué le transmite a usted la palabra “clamor”: ¿quién es una persona que clama?
Y es que clamar es más que orar. Tres veces dice el salmista: “Clamé a Jehová”. Y la primera de ellas dice: “Clamé a Jehová de todo mi corazón”. Un clamor es algo mucho más sentido que una oración, ¿estamos de acuerdo? Cuando usted clama, usted no solamente está profiriendo palabras; una persona que clama es una persona que está en abierta necesidad y ha hecho del objeto de su clamor el único medio posible en el cual yo puedo encontrar mi provisión. Cualquier persona podría elevar una oración al cielo, pero para usted clamar a Jehová con todo su corazón, usted necesita conocer a Dios personalmente. Usted se encuentra con un autor en la calle y usted no le clama. Los cristianos no solamente leemos la Palabra, sino también clamamos al Dios de la Palabra que nos responda a través de la Palabra.
Cada vez estoy más persuadido de que las iglesias se parecen a sus pastores, y durante gran parte de mi vida yo fui definido como una persona que conocía las Sagradas Escrituras. Oro al Señor para que en mi segunda temporada ya sea conocido por una persona que conoce al Dios de la Palabra. Qué anhelo yo para mi congregación: que no seamos una congregación definida por nuestra erudición, que seamos una congregación definida por nuestra devoción. Quien más conecta que estudie, seamos una iglesia que clame. Estoy persuadido yo, desde la Palabra, que una de las mejores señales de vitalidad espiritual no es la erudición ni la profundidad en las Escrituras; que una de las mejores señales de la condición espiritual de un pueblo, de una iglesia o de un hombre es la manera en que le ora a su Dios.
La oración que revela nuestra comunión con Dios
La verdad, no quiero yo hacerlos a ustedes catadores de oración, pero escuche sus propias oraciones. Y la intención de su oración anunciará cómo está su comunión con Dios. No hay que ser un catador para darnos cuenta que hay oraciones que parecieran asuntos mecánicos, formales. Hay oraciones muy preciosas, pero cuando la persona está orando, la persona misma se debería preguntar: ¿acaso estoy orando a un Dios que conozco, o le estoy hablando como se le habla a un desconocido? Usted puede ser ducho en conocer la Palabra y un completo ignorante del Dios que la inspiró. Anhelo que como iglesia lleguemos a ser no un pueblo caracterizado solamente por conocer las Escrituras, sino un pueblo caracterizado porque conoce al Dios que nos dio la Palabra.
El primer clamor del salmista es un clamor en busca de respuesta. Dice él: “Clamé con todo mi corazón, respóndeme, Jehová”. Yo creo que para clamar así hacen falta varias cosas. Lo primero que usted necesita tener para clamar así es un conocimiento de un Dios personal. Hay cantidad de gente a la que yo he regalado una Biblia y tiene una Biblia, por ejemplo, y tiene una Biblia y tiene acceso al Dios personal que dio la Biblia, pero para que usted clame como está clamando el salmista, usted necesita conocerle. Ay, hermano, y puedo decirle yo a toda persona aquí congregada que Dios se revela al hombre. Que Dios es real, que Dios es más que un cuerpo de literatura, que Dios es más que una doctrina, que Dios es más que una entidad que está por encima de los cielos: que Dios es real y tiene un trato personal con su pueblo.
Y que no podemos nosotros perder el privilegio no solamente de conocer la Palabra, sino conocer al Dios que la dio. Para orar de ese modo hace falta tener la esperanza de que en Dios, y solamente en Dios, estará la respuesta de tu necesidad. Llámese usted hermano, pero yo no clamaría a nadie que no va a poder resolver mi problema. Para usted clamarle a alguien, usted necesita creer que ese alguien realmente tiene la solución a la necesidad apremiante que usted tiene en el corazón. Si realmente usted no entiende que existe un Dios personal y que ese Dios personal tiene la solución a su apremiante necesidad, usted no clama. Ay, pero qué hermoso es una persona que entiende que en Dios no solamente es realidad un Dios que se revela, sino un Dios que al mismo tiempo puede resolver mi problema y dar respuesta a mi necesidad.
Es la confianza de que Dios es bueno y puede compadecerse de nosotros. Este hombre no solamente está clamando, está clamando a Dios y le dice: “Jehová, respóndeme”. Hermanos, la búsqueda de respuestas es una de las cosas más personales que existen en la vida cristiana. Yo no puedo darte tu respuesta. En un libro no está tu respuesta. Tu respuesta está en Dios, y es hermoso cuando un creyente va a la presencia del Señor buscando su respuesta. Mientras estudiaba el salmo decía yo: ¿qué será lo que el salmista está esperando que Jehová le responda? No se revela, pero tampoco necesitamos saberlo, porque todos nosotros tenemos una necesidad que está en nuestro corazón, y esas necesidades son conocidas por Dios, y a veces ni siquiera nosotros sabemos cuál es la respuesta que nosotros necesitamos.
La respuesta personal de Dios frente a las respuestas prefabricadas
Durante muchos años yo fui caracterizado por ser una persona que tenía la respuesta a flor de labios y casi para cualquier pregunta sobre la libertad cristiana ya tenía una respuesta, una plantilla preconcebida. Ahora yo estoy persuadido de que cada creyente debe buscar en Dios su propia respuesta. De que Dios responde al corazón del hombre; que cuando Dios te responde personalmente tú te sientes satisfecho. Y que las respuestas prehechas no dan satisfacción. De hecho, la insatisfacción que tengo yo en esta temporada es que a veces le digo a la persona que estoy esperando del Señor una respuesta, y me quieren recomendar un libro. No es en un libro que está tu respuesta; tu respuesta está en Dios, y cuando Dios responda al corazón del hombre, tú y solamente tú sabes que tu Dios a ti te ha respondido.
Eso da satisfacción. Es un asunto hermoso cuando un creyente no solamente dice: “Ah, mira, es que yo tengo la respuesta”. Usted tiene los textos bíblicos, pero la respuesta es algo más que textos bíblicos. Es la Palabra de Dios hablando directamente a tu corazón y a tu necesidad. Yo no puedo compartirte mi respuesta. La manera en que Dios me habló a mí no es la manera en que Dios te va a hablar a ti. Y usted me dirá: “Pastor, pero todos tenemos la Palabra”. Pero la Palabra de Dios es nueva cada día y Dios pastorea personalmente el corazón de cada uno de sus hijos. Él no estaba buscando una lección intelectual, él no estaba buscando un estudio bíblico, estaba buscando una respuesta.
Yo bromeo con pastores amigos, digo: es que nosotros vivimos recomendando libros. Y los libros no dan la respuesta. La respuesta está en Dios. Y qué triste es una persona afligida a la que usted le regala un libro, ¿no ha pensado eso? Esta persona está agobiada, y ustedes realmente entienden que lo que la persona necesita es un principio intelectual que leyendo un libro lo va a conseguir. Los libros no satisfacen. Dios es satisfactorio. Y el salmista está diciendo: “Respóndeme, Jehová, tú eres quien me va a responder”. La respuesta de Dios es algo personal. Es algo particular, si se quiere íntimo, y es algo de Dios para ti, que cuando Dios te responda, te dé tu respuesta, todavía yo voy a estar haciendo mi pregunta.
Porque las respuestas no se comparten, hermano. Yo te puedo compartir un principio bíblico, pero la satisfacción que Dios le da a un corazón sediento solamente tendrás que buscarla tú en la presencia de tu Dios. Y cuando tu Dios te responda, tú vas a ver que tienes tu respuesta. Está muy, muy, muy hondo el asunto, hermano. Que quizás ustedes están acostumbrados a que les traigan las respuestas preconcebidas. Yo les estoy mandando a que vayan a Dios a buscar respuestas. Y si el salmista lo encontró, yo creo que podemos encontrarlo nosotros. No, no… qué satisfacción da al corazón del creyente cuando tú sabes que tu Dios a ti te ha respondido. No es una pregunta bíblica de pregunta y respuesta: “¿En qué ciudad nació?”, “¿Cuál fue el personaje bíblico?”, “¿Dónde fue que ocurrió qué milagro?” Eso no es de lo que estoy hablando. Lo que estoy hablando es que en tu corazón hay inquietud, que en tu corazón hay insatisfacción, que en tu corazón hay una búsqueda de respuesta, y que la respuesta que tú estás buscando no la tengo yo, la tiene Dios.
El Señor puede utilizar diferentes instrumentos para darte respuesta; lo que te estoy diciendo es que tu respuesta está en este momento en Dios y allá es que hay que ir a buscar. No voy a llenarte, hermano, de casos yo. De hecho, hoy preparé la mitad del material que normalmente preparo, porque lo que quiero es predicar la Escritura y que oremos al Señor. Pero conozco por lo menos dos casos en la Escritura de gente que estaba buscando de Dios respuesta, y cuando Dios le respondió, la mayoría de la gente le dijo: “¿Y eso era? ¿Y dónde está la respuesta?” Había una mujer afligida que fue al templo a orar, se llamaba Ana. Y ella, en sus lágrimas, en su aflicción, Elí le vio y le tomó por ebria y le ofendió.
Ana y la respuesta que solo Dios sabe explicar
Y ella le dijo: “Ay, mi señor, no soy una mujer ebria, soy una mujer afligida, desesperada”. Pero el Señor, en medio de su oración, a Ana le dio una respuesta que ni tú ni yo sabemos qué fue lo que Dios hizo. Y yo mismo volví a leer el texto y digo: ¿qué fue lo que el Señor le dijo a Ana?, ¿cómo fue que allí encontró satisfacción en las palabras de Elí, si Elí le acaba de ofender?, ¿cómo va a ser que ahora las palabras de Elí entonces son satisfactorias para ella? Es que donde encontró Ana satisfacción no fue en la palabra de Elí; es que Dios habló directamente al corazón de Ana. ¿Y sabe qué ocurrió cuando el Señor habló directamente al corazón de Ana?
Que dice: fue la mujer por su camino y comió, y no estuvo más triste. Y yo digo: guau, pero ¿qué es lo que tienen las palabras de Elí que lograron devolverle la alegría a un corazón afligido? Nada hay en la palabra de Elí, hay poder en la Palabra de Dios. Y cuando Dios habla directamente al corazón de su sierva, el corazón de su sierva encuentra solaz, reposo y satisfacción. Hay gente que tiene necesidades muy profundas y anda buscando una conferencia que le cambie la vida. La conferencia no cambia la vida; Dios cambia el corazón del hombre. Hay gente que tiene tristeza y anda buscando un predicador que le traiga alegría. Los predicadores no traemos alegría, los sermones no traen alegría. Dios trae alegría en el corazón de su siervo cuando su siervo ha estado clamando a Dios buscando respuesta.
Lo que yo te estaba diciendo, hermano, es que la respuesta no estaba en Elí ni en las palabras de Elí. La respuesta estaba en Dios, y Dios mandó la respuesta directamente al corazón de su sierva, y cuando su sierva tuvo solaz de Dios, entonces ella comió y no estuvo más triste. Y tú dices: “¿Y cómo fue que eso sucedió?, anda, pero tú estabas triste y ya no estás”. Yo mismo a veces quisiera explicar eso. Yo no… hermano, perdónenme el señor, ¿verdad?, llamar la atención hacia mí mismo, pero venía con Caro, y cuando venía con Caro desde la casa he tenido días de mucha aflicción y venía muy triste por diferentes razones. Y cuando venía hablando con Caro, Caro recordó una canción y me dijo: “Guau, esta canción”, y en medio de la canción, en cinco minutos yo sentí como el Señor cambió mi estado de ánimo.
Y el tema, dice, “¿Cuál es la canción? Porque yo quisiera vivirla”. Probablemente usted escucha la misma canción y no produce en usted el efecto que esa canción produjo en mi corazón. Es que el solaz de Dios es particular a cada quien, y la respuesta del salmista era para el salmista y la respuesta tuya está en la presencia de tu Dios. Yo sentí, hermano, que el Señor trajo un momento de solaz en el corazón de su siervo, y me gocé. Lo que estoy mostrando es que la respuesta no es: “Dame la tuya”. Tú no te puedes fijar en mi respuesta. Yo te puedo decir dónde están las respuestas, porque yo no creo que las respuestas estén en una canción. Yo creo que la respuesta está en Dios, y el Señor habla al corazón de su pueblo.
A través de los medios que Él quiere elegir, menciono otro caso, hermano, y me muevo. Había un hombre afligido, profundamente afligido. David estaba echado en el suelo, sus siervos le miraban y decían: “¿Y qué vamos a hacer con el rey? El rey está desbaratado. ¿Cómo lo recogemos?” Mi hermano, estaba tan desbaratado que las palabras sobraban, y que la multitud de siervos que querían consolarle no le daban satisfacción. Eso hay que respetarlo. Creo que nosotros a veces, como creyentes, podemos ser irrespetuosos del dolor de la gente porque entendemos, con un amor mal entendido, que nuestras palabras van a traer solaz. Nuestras palabras a veces hacen más daño que el bien que puedan traer, y los siervos de David le veían afligido, llorando, sin comer, y todos se debatían. Y para colmo, la razón por la cual estaba afligido era la salud de su hijo, y en un momento se murió el muchacho.
Y los siervos estaban hablando: “Bueno, y en este momento, este hombre se va a despetenconar, nos va a llevar la cabeza a todos nosotros; ¿cuál es el que se lo va a decir?” ¿Y qué ocurrió? Que David miró a sus siervos y se dio cuenta que se había muerto el muchacho, y en la respuesta de la muerte de su hijo, yo no sé cómo, y no me lo pregunten, hermano, porque eso es rarísimo, pero en la respuesta de Dios a través de la muerte de su hijo, David encontró respuesta de Dios. Y tú me dices: “David, ¿y qué respuesta es esa, que se te murió el muchacho?” Hermano, esa respuesta es un misterio, como Dios habla al corazón de su siervo. Es un lenguaje único que no tiene palabras, pero que tú dices: “Dios habló, Dios me satisfizo, Dios fue glorificado”.
David y el misterio del consuelo divino en medio de la pérdida
Mas David, viendo a sus siervos hablar entre sí, entendió que el niño había muerto, por lo que dijo David a sus siervos: “¿Ha muerto el niño?” Y ellos respondieron: “Ha muerto”. Entonces David se levantó de la tierra, se lavó y se ungió, cambió sus ropas y entró en la casa de Jehová y adoró. Después vino a su casa y pidió, y le pusieron pan, y comió. “David, tú te volviste loco”. Dígame usted, ¿qué fue lo que Dios le dijo a David? Porque yo quisiera decírselo a cuantas personas pueda. Pero cuando es el lenguaje al corazón de sus siervos, solamente lo habla Dios. Esa respuesta directa, que no es la respuesta que los siervos andan buscando, esa respuesta directa que no es la respuesta que te puede dar Elí, esa respuesta directa es un asunto tan personal, tan íntimo, tan particular, que eso hay que dejárselo directamente a tu relación con Dios. Lo que te estoy diciendo hoy, hermano, es que no va a haber un sermón que te cambie la vida; la respuesta de Dios a tu corazón te cambia la vida.
“Pastor, ¿entonces no buscamos consejos, no leemos los libros?” No es eso, hermano, salga de esa simplicidad. Mire, Dios puede utilizar los instrumentos más precarios para traer respuesta a nuestro corazón, pero la respuesta no está en el instrumento, está en Dios. Después de este clamor por respuesta, el primero: “Clamé con todo mi corazón, respóndeme, Jehová”, hermano, no pierda tiempo buscando, recorriendo hombres. No pierda tiempo buscando algo que le va a dar aliento. Su aliento, sus respuestas, su satisfacción están en Dios, y Dios se lo va a dar en el momento que quiera. Lo que hay que hacer a veces es ser humilde y esperar que el Señor traiga solaz en tu corazón.
No apresurarse. Hay un segundo clamor: un clamor por salvación. Dice él: “A ti clamé: sálvame, y guardaré tus testimonios. Sálvame, y guardaré tus testimonios”, dice él. Quizá para algunos les sea malsonante que un salmista, que se infiere que es un hombre piadoso, esté orando por salvación. Solo clarifico aquí, hermano, que salvación en la Escritura tiene dos connotaciones: el Señor te salvó de la condenación eterna, y eso ocurrió una vez para siempre, pero el Señor te sigue salvando todos los días en tus temporalidades. Y un creyente no se puede independizar de Dios cuando el Señor le salvó de la condenación eterna. Si el Señor te salvó de la condenación eterna, tú dependes del Señor todos los días para tu salvación diaria.
Nosotros no podemos ser independientes, no podemos decir: “Ya yo soy salvo, puedo vivir por la libre”. El Señor me salvó para que yo dependa de Él todos los días. Yo me gozo, hermano, en el Padre Nuestro, que el Padre Nuestro dice: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”. El Padre Nuestro no es una oración de independencia, es una oración de dependencia, y un siervo piadoso del Señor no entiende que él tiene la capacidad por sus propios medios para dar un pie sin depender del Señor, de forma tal que él en este momento dice: “Sálvame, y no te me vayas muy lejos, porque voy a necesitar que me salves mañana”. Líbranos, Señor, de ser aquellos que usan la Palabra para operar por sus propios medios. Hay personas que entienden que son sabios y que ya ellos se pueden cuidar.
No, hermano, usted puede ser ducho en la Palabra y usted necesita depender de Dios todos los días. Es importante en la vida de uno cuando uno sabe correctamente qué es lo que hay que hacer; yo lo que sé es que no tengo la capacidad. Bueno, en la mayoría de las cosas en mi vida donde yo no he podido glorificar a Dios, yo sé lo que hay que hacer. Yo lo que estoy es clamando: “Sálvame”. Mientras más sensible es el creyente, más percibe su peligro y su vulnerabilidad. ¿Sabes por qué tú no clamas “Sálvame”? Porque realmente tú crees que tú puedes protegerte. ¿Sabes por qué no hay en ti un clamor? Porque realmente tú crees que tú estás seguro.
Hay un entorno que te dice que tú estás seguro. Tú no estás seguro. En este momento tu vida corre peligro, y si tú entendieras el peligro que pende sobre ti, tú estuvieras clamando como está clamando el salmista: “Sálvame, Señor. Sálvame que perezco”, dijo Pedro, hermano, una vez.
Dependencia humilde y la falsedad de la autosuficiencia espiritual
Interesante que aquí hay como una inversión. La gente asume que Dios le oye porque ellos han guardado el mandamiento. En lo que está diciendo el salmista: él no puede guardar el mandamiento. Mira, a menos que tú me metas las manos, no puedo. Ay, hermano, no saque pecho ante la Palabra. Un estudio bíblico debe estar cargado de humildad, de recogimiento, de entender que los estándares de Dios están muy por encima de nuestras capacidades.
Y que como mucho, cuando usted ve la Palabra, si usted confiesa, lo que está comprando es más vergüenza sobre usted, y es la vergüenza de ver la altura del estándar de Dios y sus propias capacidades, de forma tal que usted no dice: “Señor, guárdame porque yo he guardado tu Palabra”, sino que usted dice: “Señor, sálvame, y cuando tú me salves, yo voy a poder guardar tu Palabra”. Es lo inverso. Hay una soberbia piadosa, hermano, en entender que demás la voluntad de Dios que yo lo hago. No, no. Ahí fue que Pedro fue humillado. Fue Pedro diciendo: “Señor, no…”, tres veces Pedro. “¿Qué, jamás, Señor?” Tres veces Pedro. Estate quieto, sé humilde y clama, clama.
Hermano, clama, lo que está diciendo es: clama, clama y clama. No crean que estamos seguros, no crean que usted sí puede, no crean que usted tiene. Usted no puede. Y mientras más maduro esté, más profundamente usted clama. Madurez cristiana no es entender que usted conoce tanto la Palabra del Señor que puede administrársela por sus propios medios. Madurez es entender que mientras más usted conoce la Palabra, más reconoce su propia incapacidad para vivir de acuerdo a ella, de forma tal que usted dice todos los días, mientras más profundo, más la amo. Un tercer clamor: un clamor insistente. Dice el 147 y el 148: “Me anticipé al alba, y clamé”.
A mí me enseñaron de niño, hermano, que el momento de la oración es temprano en la mañana. En algún momento yo pregunté: “¿Y por qué en la mañana?” Y me llené de razones por las cuales… “¿y por qué tiene que ser en la mañana?” Yo fui instruido así, hermano, de muchacho: que un creyente tiene que ir a la presencia del Señor temprano en la mañana. Mi pastor me enseñó así, pero yo, después, “¿por qué en la mañana?” Yo recuerdo esos días, hermano, que yo me levantaba, me tiraba de la cama, tenía una Biblia con letra grande, me echaba agua en la cabeza, porque yo iba a leer la Palabra y orar. Y después me dije a mí mismo: “Rafael, eso es religiosidad, ¿por qué tiene que ser temprano en la mañana? Tú puedes hacerlo en la noche. Yo soy nocturno”.
Soy del tipo de persona que lucha para levantarme y después lucha para acostarme. En la noche mejor, tengo más lucidez. A primera hora de la mañana tenemos muchas cosas que hacer; al final del día me encuentro mucho más despierto. Me dije en otra temporada: “Yo oro en todo momento; yo no necesito una hora, yo oro en el carro, oro mientras camino”. Y al final, nunca oraba, eso era. Bueno, si usted entiende su peligro, usted se anticipa a la vigilia de la mañana.
Y pone la oración en primer lugar. Ahí, ahí yo soy, hermano, el Señor me habla y me avergüenza poniéndome a predicar la Palabra en áreas donde yo mismo necesito ser ayudado. Y entonces tengo que humildemente clarificar, hermano, que no es que yo le predique esto como que yo se lo esté dando. Una de las áreas donde el Señor me recuerda mi impiedad es lo mucho que yo lucho para permanecer en la oración. Yo disfruto más fácil ir a una conferencia, a un estudio bíblico, a la intelectualidad, que ir humildemente a la presencia de mi Padre a clamar. Después de muchos años yo todavía sigo luchando.
Y después que lo hago digo: “¿Y por qué es que no lo hago más?” Yo creo que lo simbólico cuenta. Y que una persona que tiene necesidad se pone donde el Capitán lo vea. Y que cuando uno diga: “Está duro, hermano”, más temprano usted debería ir a la presencia del Señor. Y este hombre se ve que está realmente afligido porque él está diciendo: “Yo tengo unos niveles de aflicción tal que yo no puedo operar y que a veces al mediodía encuentre un momentico, ¿no? Me anticipé al alba”, dice él, “y clamé; esperé en tu Palabra”. Vuelvo y como que me repito y te digo, hermano: no intente buscar respuesta en la Biblia sin buscar primero la presencia de Dios. Que Dios no es una maquinaria. ¿Me siguen el pensamiento? No intente buscar solaz en la Palabra del Señor más rápido que en el Señor mismo. Que Dios no es una máquina. Dios no es un algoritmo. Él es una persona y te ve.
Y yo creo que avergüenza cuando tú tienes abierta necesidad y tú entiendes que en el texto de la Palabra es que tú vas a encontrar respuesta. No. El texto de la Palabra puede ser el medio que el Dios de la Palabra use para traerte respuesta.
Oración y meditación: exhalar y respirar en la presencia de Dios
Mientras trabajaba en la industria de software, casi siempre los usuarios me pedían manuales, y después que yo les hacía los manuales, no querían leer los manuales, sino que me llamaban. A mí no me gustaba escribir manuales, hermano, no me gusta. Y los manuales, ¿dónde están? Ponían el cliché: “Hay manuales”. Pero cuando los usuarios tienen el problema, “Es que está aquí, y hoy es el último día para mandar reporte y hay que mandarlo”. Nadie quiere leer el manual, te llaman directamente. “¿A dónde es que hay que darle?, ¿cuáles son los pasos?” “Mire, vaya a la página…” “No, no, no, no”.
Ay, hermano, lea el manual, pero dependa humildemente de su Dios. No sea como aquellos endurecidos que entienden que ellos van a buscar su respuesta en la Biblia: “Yo voy a hacer un estudio exhaustivo de las cartas pastorales, porque es que yo entiendo que aquí voy a salir”. Haga el estudio, probablemente encuentre poca cosa.
Ahora, anticípese a la vigilia de la mañana y ore, y después haga el estudio. Ese es el clamor insistente. Nos dice en el 147 que el salmista clamaba, y después nos dice en el 148 que después de clamar el salmista meditaba. Y qué hermoso meditar la Palabra cuando ya has clamado al Dios de la Palabra. Coge la Palabra y medita, hermano. Yo quisiera que eso ocurriera en mi estudio bíblico todos los días, pero no ocurre todos los días, pero ha ocurrido. A veces tú estás leyendo la Palabra y tú, en la Palabra, encuentras respuesta. Tú meditas la Palabra y tú sientes que la Palabra como que emerge, tú sientes que la Palabra satisface. No es lo mismo estudiar que meditar con la intención de que Dios te pueda responder.
Y con la limpia conciencia: “Señor, yo desnudé mi alma ante ti, yo clamé, y ahora yo voy a leer tu Palabra. Señor, permite que en tu Palabra yo encuentre solaz, permite que aquí encuentre reposo, permíteme encontrar una respuesta que vaya más allá de lo intelectual, permíteme encontrar profunda satisfacción”. El 149 cambia el tono en el texto, y aquí yo creo que él alude a los dos versículos anteriores. Dice el 149: “Oye mi voz conforme a tu misericordia”. No es mecánico el asunto, hermano. Hay gente que piensa: “No, el Señor me va a tener que responder, porque ya yo le metí eso, tres meses de oración”. El Señor no responde porque tú ores mucho. El Señor responde porque Él es misericordioso.
“No, mira, ya yo estoy cerca, porque ya yo me metí en oración con el Señor y le metí tres meses, he orado por ese propósito”. No es un asunto de horas-hombre. Es de misericordia. Hay gente que hasta le meten “hora extra de oración” al asunto, y “oración extraordinaria” y toda la cosa. No es hora extra, no es eso. Es misericordia. Y a veces la misericordia llega en el primer momento, y a veces llega al día siguiente, cuando te permaneces en oración. No permaneces en oración porque tú estás manipulando a Dios para que Él te responda: “Tiene que responderme, tiene que responderme, tiene que responderme”. Tú estás permaneciendo en oración porque todavía tú sigues creyendo que Dios es misericordioso y compasivo.
“Oye mi voz”, no porque te estoy presionando. Hay gente que, aprendiendo del catolicismo popular, está acostumbrada a esas manipulaciones de las deidades: “Volteas” santos y cosas; “te pongo los santos de cabeza y me tienes que responder, porque si no, no lo volteo, está de cabeza”. Tú no puedes poner a nadie de cabeza. Ahora, Dios ve su corazón y responde con misericordia. De forma tal que cuando te responda, usted no sale de ahí con un ego engrandecido donde dice: “¿Tú ves?, ahí tuve, yo sí sé orar”. Hay gente que, de la historia de Jacob, dicen que va a luchar con Dios; lo que nos enseña la historia de Jacob es que con Dios no se lucha.
Hay gente que cree que es realmente Jacob que recibió su bendición porque luchó. ¿Sabes por qué fue que Jacob recibió la bendición? Porque Dios es misericordioso. Porque el Señor se goza en nuestra dependencia. Dice el 149: “Oye mi voz conforme a tu misericordia”. Otra característica del salmo es que en el 90% de los versículos se utiliza un sinónimo de la Palabra de Dios: mandato, testimonio, juicio. Y ahora él apela a lo mismo, dice él: “Oye mi voz conforme a tu misericordia”, o sea, este triple clamor, escúchalo conforme a tu misericordia, y después dice: “Oh Jehová, vivifícame conforme a tu juicio”, un sinónimo de la Palabra del Señor. Usted necesita esas dos cosas.
Que el Señor escuche su voz cuando usted clama, y que el Señor le vivifique cuando usted lee la Palabra. Yo no sé quién fue, pero hubo un autor que dijo que esas son como las dos dinámicas espirituales: que cuando usted ha clamado, usted exhala, y que cuando usted busca su respuesta en la Palabra, usted inhala. Y que esa respiración espiritual es la dinámica natural de un creyente, que usted tiene que vivir clamando a Dios y permaneciendo en la Palabra, buscando una respuesta no intelectualmente, hermanos, sino con el corazón. Clarifico, porque alguien me va a decir: “Mira, es que tú eres antiintelectual, tú no quieres que la gente profundice en la Palabra”. No es eso, no.
Es que yo amo más a Dios que al Libro, ese es el asunto. Él es más grande que su Palabra, del mismo modo que amo más yo a Dios que a Israel, del mismo modo que amo más yo a Cristo que al templo, que a Cristo que al día de reposo; yo entiendo que Dios está por encima de su Palabra. Él nos dio su Palabra.
Dos cercanías inevitables: a la maldad o a Dios
La última parte del salmo, los dos versículos finales, nos hablan de dos posibles cercanías. Usted quiere cercanía, y hay dos caminos. Usted quiere ser cercano y va a terminar siendo cercano. El ser humano no se pone en neutro. Su alma no coge pausa. Usted no puede decirle a su alma: “Mira, ni degeneres ni regeneres, quédate ahí en el medio”. Si usted no se está regenerando, usted se está degenerando; si usted no está creciendo en intimidad con Dios, está teniendo intimidad con la maldad. Pero no hay neutro. Dice así el 150: “Se acercaron a la maldad los que me persiguen; se alejaron de tu ley”. Por definición, toda maldad en esta tierra es un alejamiento de la ley de Dios.
De forma tal que nosotros, cuando predicamos la Palabra, lo que estamos tratando es de alejar al hombre de la maldad. ¿Me siguen en eso, hermanos? No es simplemente: “Nosotros predicamos la Palabra para que la gente crezca en conocimiento”. No, es que la maldad se aleja cuando usted se acerca a la ley de Dios. “Se acercaron a la maldad los que me persiguen; se alejaron de tu ley”. Dice el 151, la otra alternativa de cercanía: “Cercano estás tú, oh Jehová, y todos tus mandamientos son verdad”. Hay gente que se aleja de la Palabra y se acerca a la maldad, y otra persona que dice: “Cercano estás tú, y todos tus mandamientos son verdad”. Dos posibles cercanías: cercanía con la maldad, y la otra cercanía, cercanía con Dios.
Recuerden, hermano, que mi objetivo es que usted tenga cercanía con Dios en la Palabra y que no utilice la Palabra para independizarse de Dios. Porque hay cantidad de creyentes que declararon su independencia y se pusieron el Libro debajo del brazo: “Yo tengo la Palabra”. Y hablan de la Biblia, hermano, como si la Biblia fuera algo como un resguardo, como algo: “No, mira, yo soy sabio, yo puedo”. Mi ánimo, hermano, es que usted no se independice, que usted diga: “Yo quiero el manual, pero yo quiero también la llamada; yo voy a querer que tú me rescates”. Dice él, en la cercanía con Dios: “Cercano estás tú, oh Jehová; todos tus mandamientos son verdad”. Una de las características de una persona que ha caminado con Dios y tiene intimidad con Dios es que entiende que todos los mandamientos de Dios son verdad.
Y cuando usted deja de percibir eso, usted no necesita tener un argumento más; usted necesita clamar más a Dios. Yo he sido insistente, hermano, en este año de que la incredulidad no es falta de argumentos, la incredulidad es falta de Dios. De hecho, si usted quiere que la Palabra del Señor tenga sentido para usted, permita que el Dios de la Palabra tenga sentido. Camine más cerca de Dios y usted dirá: “Todos tus mandamientos son verdad”. Y cuando usted se va alejando de Dios, usted siente que la Palabra del Señor comienza como a ser cuestionada y usted comienza a preguntarse, comienza a dudar. La característica de la cercanía es que dice: “Todos tus mandamientos son verdad”. No tomamos la Palabra de Dios por partes. No subordinamos su importancia, no la relativizamos.
Esa persuasión la da la intimidad con Dios. Usted puede ser ducho, conocer la Escritura, pero no tomarla en serio. Otra característica: “Hace ya mucho que he entendido tus testimonios”, y él habla de eso como algo positivo. Tener intimidad con Dios te permite llegar a percibir el permanecer en su Palabra como ganancia. Cuando tú te quejas de los años que tienes leyendo la Palabra, date cuenta de que Dios se te está alejando. Si tú te mantienes cerca de Dios, tú vas a decir: “Qué privilegio ha sido, ha sido ganancia”. Termina diciendo: “Que para siempre los has establecido”. Cuando tú tienes cercanía con Dios, tú llegas a ver los mandamientos de Dios como relevantes, como perennes, permanecen para siempre.
De forma tal que se vuelve un círculo virtuoso donde cada vez más tú quieres permanecer con Dios, cada vez más tú quieres permanecer en la Palabra. Si te vas a llevar algo, hermano, llévate esto: que la Palabra del Señor no te aleje del Señor de la Palabra.