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El tesoro escondido y la perla de gran precio

Mateo 13:44-46

Jesús presenta el reino de los cielos como un tesoro escondido y una perla de gran precio, mostrando que su valor y hermosura demandan renunciar a todo lo secundario para poseerlo.

Predicado17 de septiembre de 2023
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Esa es una parábola enorme, hermano, con muchas cosas de las cuales aprender. Pero al mismo tiempo, a veces el Señor compartía pequeñas parábolas que transmitían una sola idea de manera corta, de manera precisa, pero de manera muy memorable. Recuerden que una parábola es una enseñanza dada de manera metafórica: es utilizar algo que las personas conocían para ilustrarles algo que ellos desconocían.

Estas dos deben ser las dos parábolas más cortitas que narró el maestro. Una es la parábola del tesoro escondido y la otra es la parábola de la perla de gran precio. Como las dos parábolas ilustran la misma verdad, entonces consideraremos las dos al mismo tiempo, pero nos enfocaremos especialmente en la segunda de ellas.

Siempre que vamos a leer la palabra del Señor es bueno comenzar en oración, dependiendo del Señor: que el que nos dio su palabra sea también el que nos permita descubrir la hermosura de su revelación. Cierren sus ojos un momento y extiendan su manito así, sobre alguna persona cerca, en una actitud de que, como pueblo, como congregación, venimos a tomar de la fuente de las Escrituras. Oremos al Señor juntos.

Venimos, Padre, en una actitud de humildad, a reconocer que tu palabra nos desborda, Señor; que hay tanto para nosotros aquí, y en nuestros temores lo estamos perdiendo. Permítenos tener el mayor aprovechamiento de cada palabra que tú has dado en tu Escritura, Señor. Permite que no solo cada versículo, sino que cada palabra, Padre, pueda ser llevada a nosotros como si fueran pequeños bocados de tu revelación, y que de cada versículo, Señor, podamos extraer el mayor provecho que nos sea posible.

Mira, Señor, nuestros instrumentos limitados. Mira nuestro entendimiento: algunos, Señor, ya lo tenemos aclarado por la acción de tu Espíritu Santo, y a algunos, Padre, quizás hoy comiencen sus ojos a ser abiertos. Permítenos entender, Padre, con claridad meridiana, el mensaje de estas parábolas y las implicaciones que este mensaje tiene para nosotros. Permite, Padre, que de tu enseñanza más breve podamos tener, Señor, la mayor instrucción.

Te pido por mis hermanos que ya han creído, que están aquí hoy congregados, que puedan, Señor, considerar esta parábola y tener una mayor valoración de lo que ya han recibido de ti. Y te pido por aquellos, Padre, que aún no han creído ni te han entregado sus vidas.

Permite, Padre, que por acción milagrosa de tu Espíritu Santo puedan entender; y que cuando vean, Señor, cuando vean, no se queden donde están, sino que vayan corriendo y reciban, Señor, lo que tú quieres darles. Te pido, Padre, que hoy sea día de salvación. Permite que tu palabra predicada hoy, Señor, con la autoridad y la dignidad que ya tiene, remueva nuestro ser interior.

Te pido, Padre, por este pueblo aquí congregado. Mira cuántos oídos atentos, Señor, no a mí, sino a tu palabra. Úsame, Padre, como instrumento para transmitir con fidelidad, Señor, lo que tú quisiste transmitirles a tus discípulos. Dependiendo de ti, Señor, para la gloria tuya, contando con que tú, Señor, responderás nuestra oración y en cada minuto estarás con nosotros, acompañándonos, nos encomendamos reverentemente ante tu presencia, en el nombre de Jesús. Amén.

El tesoro escondido y la perla de gran precio

Acompáñenme en sus Biblias al capítulo 13 del Evangelio de Mateo. Leeremos los versículos 44 al 46: el tesoro escondido y la perla de gran precio, dos parábolas pequeñas de Jesús que nos transmiten ambas el mismo sentido. Dice así la palabra del Señor:

Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello, va y vende todo lo que tiene y compra aquel campo.

También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía y la compró.

— Mateo 13:44-46

Dos parábolas muy cortas narradas por el Señor. Dice nuestra introducción que estas dos cortas parábolas nos presentan facetas distintas del reino de los cielos: una nos habla de su extraordinario valor y la otra nos habla de su extraordinaria belleza. Ellas transmiten el mismo mensaje: si realmente pudiéramos captar el valor y la belleza del reino de los cielos anunciado por el Evangelio, sacrificaríamos cualquier cosa de valor secundario para poder recibirlo.

El hecho de que estas parábolas fueran dadas a un grupo pequeño, al grupo de sus discípulos, en la intimidad de su casa, y no a la multitud de los no creyentes que recibió las parábolas anteriores, muestra el propósito de la narración. El interés principal del maestro era que sus discípulos valoraran lo que ya tenían, que valoraran el regalo de la salvación en su justa dimensión, con todo su valor y con toda su belleza, y que sacrificaran cualquier cosa que hiciera falta.

Dos maneras de hallar el Evangelio

Con tal de retener el tesoro y la perla, hoy consideraremos ambas parábolas, aunque nos enfocaremos más en la segunda. Diremos que la perla preciosa debe ser buscada intencionalmente, que Dios opera un milagro en nosotros para que podamos encontrarla, y que cuando la encontremos tendremos que renunciar a otras cosas de valor secundario para poder adquirirla.

Dos parábolas cortas de Jesús, y ambas transmiten la misma idea. ¿En qué se diferencian? La diferencia está en que en la primera parábola, la parábola del tesoro escondido, este hombre no estaba buscando nada y se tropezó con eso. En esta parábola se sentirá reflejado todo aquel que encontró la salvación de Cristo sin que aparentemente la estuviera buscando. Hermano, la salvación es algo extraordinario: hay gente que iba pasando por un lugar, se predicó el Evangelio y aceptó a Cristo.

Hace un mes me encontraba con un hombre que es un nuevo creyente y yo le decía: ¿y cómo llegaste a aceptar a Cristo? Me dijo: yo estaba trabajando en el interior, salí del hotel, caminé, pasé por un lugar donde estaban predicando el Evangelio, me quedé parado allí un ratico, oí, eso me hizo sentido, y yo entregué allí mi vida a Cristo. No es raro que la gente se encuentre con la salvación como que tropezó con ella: un tesoro escondido mientras yo hacía mis oficios agrícolas.

Sin embargo, hay un segundo grupo de personas: la gente que ha estado buscando algo. Son personas que ya han encontrado alguna cosa que tiene valor y que como que les da cierta satisfacción. Estas personas ya tenían ahí algo que estaba llenando eso que todo ser humano tiene por dentro, cuya mejor descripción es un vacío. Dentro de cada ser humano hay un hoyo, hermano, y ese hoyo uno lo intenta llenar con diferentes cosas.

Hay gente que ha estado buscando diferentes piedras. Han encontrado hasta algunas piedras que tienen relativo valor, pero en su búsqueda han encontrado la piedra preciosa, y cuando encontramos la piedra preciosa, todas las demás cosas pasaron a tener una importancia secundaria. Las parábolas tienen el mismo mensaje, pero en dos contextos distintos: una nos habla del hombre que tropezó con el Evangelio, y la otra nos habla del hombre que ha estado buscando algo que él todavía no sabe lo que es, pero él sabe que le falta algo.

La perla preciosa tiene que ser buscada intencionalmente

Este segundo grupo de personas es el grupo que yo encuentro más interesante, y para el cual estaré hoy tomando el mismo bosquejo que desarrollé en el 2010 para un mensaje que prediqué en esta iglesia. Estaremos hablando específicamente acerca de la perla de gran precio: «También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía y la compró».

Este caso es distinto a la primera parábola. ¿En qué sentido es distinto? En que este hombre estaba buscando. ¿No transmiten las dos parábolas el mismo mensaje? Sí, las dos transmiten la belleza y la importancia del Evangelio, que cuando uno lo encuentra deja todo lo anterior; pero en este caso se está hablando de un hombre que estaba buscando.

El reino de los cielos fue presentado por Cristo con una parábola corta compuesta por cuatro acciones distintas: un hombre que busca, que encuentra, que vende y que compra. Veremos tres asuntos distintos. Lo primero que veremos acerca de esta parábola es que la perla preciosa tiene que ser buscada intencionalmente.

Quiero detenerme aquí un momentico porque me parece que hay mucho que aprender. Dice la Escritura que este hombre era un mercader que estaba buscando buenas perlas. La humanidad puede dividirse en esos dos grandes tramos: hay gente a la que nada le dice nada, y hay gente que lo anda buscando todo. Yo he tratado de explicarle el Evangelio a personas que no entienden ni que esto es bueno ni que esto es malo; simplemente no les interesan las perlas.

Ahora, hay un grupo de personas a las que cuando uno les predica el Evangelio, uno no lo predica en contraposición a otra cosa, porque ya ellos entienden que encontraron algo. Es muy difícil predicarle el Evangelio a la gente que ni siquiera entiende que hay que buscar algo más; a la persona a la que la vida no le da nada, que tú le preguntas y todo le da igual: no me importa, y a ningún lugar vas tampoco. Pero hay un grupo de personas que ha estado buscando algo.

Lo que quiero enseñarles inicialmente es que la perla preciosa puede y tiene que ser buscada intencionalmente. Es más, la búsqueda intencional es la característica común entre las personas que encontraron la perla preciosa. Les menciono cuatro casos.

El primer caso es el de un hombre que se llamaba Nicodemo, que dice que visitó a Jesús de noche. Nicodemo tenía cierta vergüencita, puede ser: yo soy una autoridad entre los judíos, pero este hombre está predicando algo que tiene sentido. Hay gente, hermano, a la que el Evangelio ya comenzó a hacerle sentido, pero tiene cierta presión y dice: guau, eso como que hace sentido; ¿y si es verdad lo que dice el Evangelio? Ese asunto es importante y tendrá consecuencias; yo mejor voy y lo busco de noche, a ver.

Nicodemo era un hombre que vio de lejos la perla preciosa y dijo: mira, como que esa es. Yo tengo aquí algo, pero no es tan precioso como eso. Sin embargo, tengo cierto apuro; déjame visitar a Cristo de noche. Pero Nicodemo fue. ¿Qué comparten estas cuatro personas que estaré mencionando? Que todos buscaron intencionalmente. Aunque vino de noche, Nicodemo dijo: déjame acercarme a Jesús, porque yo tengo algo que es valioso, pero parece que lo que Cristo tiene es mejor.

También hubo un hombre que se llamaba Zaqueo. Zaqueo era un hombre adinerado, y supo que Jesús iba a pasar cerca de su casa. ¿Y saben qué hizo Zaqueo? Se subió a un árbol. Un hombre viejo, hermano, subiéndose a un árbol. Imagínense, da un poco de risa: imagínenselo encima de ese árbol que está allí, porque Cristo va a pasar por el camino, y se subió Zaqueo, se subió en el árbol para poder ver a Cristo. Ese hombre buscó a Cristo intencionalmente. No se quedó en su casa diciendo: si Cristo quiere pasar por aquí, que venga, que las puertas de mi casa están abiertas. No: Zaqueo salió a la calle y se subió a un árbol. Estoy diciendo que la característica común es que todos ellos hicieron una búsqueda intencional.

Había una mujer que había tenido un problema de salud que nadie había podido resolver: le dio un flujo de sangre. Hermano, tener un flujo de sangre en una cultura religiosa como la judía era la peor enfermedad que una mujer podía tener, porque cada vez que una mujer tenía flujo de sangre quedaba, ante la ley mosaica, impura. Esta mujer decía: guau, yo vivo en una profunda impureza; la impureza no se va de mí.

Y esta mujer hizo algo, un acto sumamente subversivo y muy raro. Según los judíos, si una mujer tenía un flujo de sangre y tocaba a una persona, esa persona también quedaba tan inmunda como ella. Pero, hermano, esta mujer, que quizás nunca en su vida había tocado a nadie desde que tenía esa enfermedad, dice que se abrió camino en la calle, se coló entre la multitud, tocando a cuanto ser vivo pudo tocar. Esto era contaminación andante. Esta mujer contaminada, hermano, contaminada, salió de su casa, se metió en la multitud, tocó gente, llegó y tocó a Cristo. Y cuando tocó a Cristo, fue sana.

Dígame usted si eso no es buscar a Cristo intencionalmente. Esta mujer, hermanos, quizás hacía décadas que no tocaba a nadie, porque si tocaba, contaminaba. A ella no le importó. Quizá la identifican y la matan en el acto. Hermano, un profundo acto subversivo: esta mujer se abrió paso entre la multitud, fue y tocó a Cristo.

Había un hombre al que se le llama el joven rico. Este muchacho dice que había guardado la ley desde su juventud, y vino a Cristo corriendo, y como que chocó con Cristo: maestro, aquí estoy yo. Desde mi juventud he estado guardando todas estas cosas, pero me falta algo más. Yo tengo algunas perlas aquí, pero no creo que sean las perlas de gran precio. ¿Y saben qué le dijo Jesús al hombre rico? Vende todo lo que tienes y sígueme.

Cuatro casos, hermanos, que chocan con un cliché que la gente dice en este tiempo. ¿Y cuál es el cliché que la gente dice en este tiempo sobre el Evangelio? Yo estoy esperando que el Señor me toque; yo estoy esperando que llegue mi hora; yo estoy esperando cuando yo vea una señal de que el Señor me esté buscando. Nicodemo visitó a Jesús de noche. Zaqueo se subió encima de una mata. La mujer del flujo de sangre tocó a una multitud hasta que llegó a Cristo. El joven rico vino corriendo a donde estaba Jesús.

Muchos permanecen pasivos, a la espera de que Cristo les toque, les encuentre, los alcance. Sin embargo, el ejemplo de la Biblia es una búsqueda activa: la gente le visita, se sube a los árboles para poder verle, le toca, o viene corriendo donde él, porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.

Quizá hay gente que está aquí hoy congregada que esté esperando que Cristo se suba en el árbol. Quizás hay gente que esté esperando que Cristo salga corriendo detrás de ella y que como que tropiece con Cristo, como el joven rico. Quizás hay gente que está esperando que Cristo se abra paso dentro de la multitud para tocarle. Vengo a desmontar esta idea de la mente de la gente, esa de que hay que estar esperando un toque de Dios. Si usted tiene que encaramarse en una mata, encarámese; haga todo lo posible para que el Señor le encuentre, en una búsqueda intencional, porque el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.

Algo que yo he visto es que el Señor recompensa al buscador. No hay cosa que a mí me parezca más agradable que una persona que está luchando con la Escritura por entenderla y dice, como decía el etíope: es que yo no entiendo lo que estoy leyendo. Una persona que está haciendo el esfuerzo de decir: mira, yo no entiendo lo que se predica ahí, pero yo el domingo voy para la iglesia, porque yo quiero ponerme en contacto con la predicación; yo todavía no lo veo, pero yo quiero verlo.

Yo les diré lo que sucede con esto, porque lo he descubierto en la Escritura. Es un asunto valioso que una persona se mantenga yendo a la iglesia y diga —y son muy sinceros—: mira, todavía yo no he visto esto con claridad, pero yo quiero que me haga sentido; yo voy a estar buscándolo hasta que lo encuentre, porque el que busca, halla. Esta persona que está buscando, buscando, buscando —no esperando, no, sino buscando al Señor— tiene como una intención de encontrar la perla de gran precio.

Les diré, en cuanto a esto, lo que decía el Señor:

Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.

— Isaías 55:6

Ese mandato lo inspiró el Señor. Y el Señor, que inspiró esto, lo que está diciendo es: búsquenme, llámenme, yo estoy disponible. Hay gente que dice que no se debería hacer un llamado evangelístico, que no se debería invitar a las personas. ¿Pero qué dice la Escritura? Que cuando un hombre llama, el Señor le abre. Algunos dicen: no, no se debería hacer ningún llamado. ¿Cómo que ningún llamado, y tú no estás mirando que dice aquí que cuando tú le buscas, le vas a hallar, le puedes hallar, y que cuando tú le llamas, él está cercano para responderte?

Dónde ha sido hallado Cristo

Es el Señor el que te está diciendo: búscame. ¿Y si usted no sabe dónde buscarle? Yo le traigo ideas de dónde puede comenzar a buscar a Cristo. Le doy diferentes lugares donde Cristo ha sido encontrado.

Hay gente que encontró a Cristo leyendo la Biblia. Miren al hermano Virgilio: su hija le dijo que leyera la Biblia, y él, trabajando, leía la Biblia; y allí Virgilio se hizo cristiano, considerando las Escrituras.

Hay gente aquí que encontró a Cristo en la vida de algún amigo cristiano, y dijo: fulano es amigo mío, y él tiene algo distinto; yo todavía no sé lo que es, pero él me va a decir qué es lo que tiene. Hay gente que ha encontrado a Cristo en la vida de un amigo, que lo vio y lo consideró y le dijo: oye, pero tú eres distinto; tú como que razonas distinto. Tú y yo somos iguales por dentro, no tienes nada distinto, pero algo tienes. Hay gente que encontró a Cristo allí.

Hay personas que vinieron a Cristo porque escucharon la predicación ordenada de la palabra del Señor, y ahí el Señor les dio luz y esto como que les hizo sentido. Mire, lo primero que usted va a sentir cuando esté cerca es que esto le hace sentido: ¡oh!, ¿y yo no lo veía antes?

Hay gente que ha encontrado a Cristo en el canto congregacional. Miren el canto congregacional cuando es un canto con calidad: hay personas que repiten lo mismo —todas las promesas del Señor, todas las promesas— y dicen: ¿cómo que todas las promesas del Señor? ¿Y es que el Señor tiene promesas? Y buscan la Biblia, y ahí hay más.

Hay gente que encontró a Cristo en un estudio bíblico. Yo di una serie de estudios bíblicos en la casa de Tagra, y en ese estudio bíblico hubo salvación. Hoy hay miembros de la iglesia que vinieron como fruto de un estudio bíblico que se daba en la casa de Tagra durante meses. La gente debería desear que en su casa se den estudios bíblicos. Históricamente, hermano, uno de los medios que el Señor más ha utilizado para que la gente encuentre la perla de gran precio son los estudios bíblicos en las casas. Ir a la casa de alguien a escuchar allí la palabra del Señor: esas son maneras en que Cristo puede ser hallado. Te estoy animando a que lo hagas.

En primer lugar, te he enseñado que la perla preciosa tiene que ser buscada intencionalmente, en una búsqueda activa. Pasemos al segundo punto.

Para hallar a Cristo, Dios debe operar un milagro

Para que podamos hallar a Cristo, Dios opera en nosotros un milagro. Aquí tengo que dar diferentes escrituras; me gustaría que tengan papel y lápiz para que las consideren. No solamente hace falta que la gente esté buscando: también es necesario que el Señor haga un milagro.

Miren, las perlas son costosas. Pero las perlas no solamente son costosas, sino que no todo el mundo puede comprar una perla. Yo le puedo dar a usted el dinero que haga falta y mandarlo, y usted me dice: ¿dónde compro yo una perla? Primero, ¿quién vende perlas? Y después, ¿cómo sé yo que lo que me están vendiendo es una perla? ¿Y cómo identifico yo que eso realmente no es una imitación de perla?

Por eso no todo el mundo puede tener perlas, hermano, porque para tener perlas no solamente hace falta tener dinero. Miren, para adquirir una perla genuina se necesita, más que cualquier otra cosa, conocimiento. Yo voy y compro en la calle, ¿y qué sé yo si me están vendiendo perlas? Hay quien ve bien cuáles son y cuáles no son. Dice la Escritura:

Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.

— 1 Corintios 2:14

Mire, el principal problema que tiene la gente con el Evangelio es que ellos no entienden el Evangelio. Por diseño no entienden el Evangelio. Y quieren que el Evangelio sea un asunto como si fueran a comprar una camisa, que si S, M, L, XL. No, no es así, hermano: para uno ver la belleza y el valor del Evangelio hace falta un milagro, y eso solamente lo hace el Señor.

Ahora, lo que yo he visto es que el Señor con frecuencia hace ese milagro, y ha prometido que lo hará. Él ha dicho: yo no los dejaré solos, yo les daré el Espíritu Santo. Él ha dicho que el Espíritu Santo convencerá al hombre de pecado, de justicia y de juicio. Es más, yo como predicador, hermano, yo la tengo fácil, porque cuando yo predico la palabra, yo sé que adentro de ustedes el Señor puede estar haciendo una obra. Y ahí ves gente, hermano, que está escuchando la predicación, el Espíritu Santo le abre el entendimiento y pueden ver las perlas.

El que no sabe de eso dice: ¿cómo tú vas a gastar tu dinero en perlas? Ya lo han dicho: la ignorancia es atrevida.

Mire, esto es tan importante que es hasta medio ofensivo. Es tan importante que ofende: o sea, tú eres una persona que no puede verlo; yo quisiera que tú lo vieras, pero no puedes verlo. La impotencia que yo tuve en una reunión esta semana, hermano: yo diciéndole a esta gente lo que el Señor hace en la vida de uno, lo que el Señor cambia, y ellos: «Rafael, te felicito». ¿Cómo que me felicita? No me feliciten a mí, que no soy yo, es el Señor el que lo hace. Pero no pueden verlo.

Yo siento una impotencia, hermano, tratando de que la gente use perlas, y me dicen: ay, no, dame a mí mi blin blin, que yo no uso perlas; eso es un asunto demasiado fino. Se burlan de uno porque no ven el valor que esto tiene. Es que la ignorancia es atrevida: hay gente que se burla de las cosas de Dios.

Es tan ofensivo, hermano, que yo le voy a leer cómo el Señor considera a esa gente. Déjeme leerlo, y probablemente de esa gente tenemos aquí. Dice Mateo, capítulo 7, versículo 6. Le digo que es hasta ofensivo, pero tengo que decirlo porque lo dice la Escritura:

No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.

— Mateo 7:6

Son cerdos, dice la Escritura, cuando uno va y le trata de que vean esto y no lo entienden. Dice la Escritura: no se las echen. Por eso el Evangelio se le explica, se le predica a todo el mundo, pero uno no se dedica a explicarle el Evangelio a quien no lo va a entender, porque no lo entiende. Es como que usted trata de adornar al cerdo con las perlas: eso es ponerle las hermosuras del Evangelio, tratar de ponérselas mecánicamente al no creyente.

Yo no puedo vestir a la gente de cristiano, hermano; yo no puedo ponerle a nadie las perlas de la doctrina cristiana. Hay sermones que yo predicaré en esta iglesia que para el inconverso son locura, pero para mis hermanos son precioso adorno. Y yo intentar ponerle esa verdad del Evangelio en el cuello a un inconverso es tratar de vestir a un cerdo. Es ofensivo, lo es. Pero es que cuando tú naces de nuevo tienes ante el Señor una nueva dignidad, a un punto tal que el Evangelio y sus verdades a ti te adornan; mientras que la otra persona lo que hace es pisotearla y decir: ¿qué locura es esa?, ¿qué asunto de pésima calidad?

Lo que estoy tratando de dejar establecido es que para que podamos hallar a Cristo, Dios debe operar en nosotros un milagro. ¿Y cómo se llama este milagro? La Escritura le llama a este milagro la regeneración. Dice la palabra de Dios:

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad.

— Juan 16:13

¿Qué sucede cuando una persona está buscando a Cristo? Sucede que el Señor hace en esa persona un milagro. Ese milagro se llama regeneración. Dice que sus ojos son abiertos, que salieron del sueño, dice la Escritura. Y miren, cuando uno sale de ese sueño tiene como una vitalidad: guau, es que yo siento que soy otra persona. Eso lo llama la Escritura la nueva vida en Cristo. Es que un hombre natural no puede entender las cosas espirituales; por eso hace falta el milagro, y ese milagro lo hace el Espíritu Santo.

Y hay gente que llega hasta ahí. Hay personas que estaban buscando la perla preciosa y que ya la vieron, y están frente a la vitrina considerándola, y dicen: mira, ya yo sé que eso vale; yo sé que eso es hermoso. Yo antes me burlaba de eso porque yo no entendía; yo antes humillaba a los cristianos que adornaban su vida con esas cosas que son la doctrina del Evangelio, y yo me burlaba porque yo no entendía, estaba ciego. Guau, qué ignorante estaba yo.

Gente que está en la vitrina mirando, que hay perlas de gran precio, y dice: guau, ahí están las perlas de gran precio. ¿Y tendré yo con qué comprarlas? Están ahí, ya yo las vi por primera vez en mi vida. Entiendo el valor de una perla; ¿y podré yo comprarla?, ¿tendré con qué?

Hay gente que llegó hasta ahí: ya vio el valor de una perla, ya vio que el Evangelio es valioso, ya vio que el Evangelio es hermosura de Dios, que es adorno para la vida piadosa, y está frente a la vitrina, y ve las perlas, y ve gente que se está adornando con perlas, y dice: guau, todos ellos ponen perlas sobre su vida; ¿y podré yo poner perlas, que yo no tengo con qué comprar la perla? La persona está así, ante el lugar donde están las perlas, y dice: ¿y ahora qué hago? Y pregunta: ¿y tú tienes con qué comprar la perla? Y mete la mano en los bolsillos y dice: ¿tendré yo con qué comprar la perla? Bueno, yo tengo aquí cincuenta pesos, por dimensionarlo.

Vender todo lo que se tiene

Cincuenta pesos tengo aquí, ¿y qué? Y yo miro ahí a la gente poniéndose perlas: ¿y aspiraré yo con cincuenta pesos a vestir perlas? Hermano, ¿qué es vestir perlas? Es adornar tu vida con la hermosura de la doctrina de Cristo. Qué es vestir perlas: es permitir que tu vida vaya aumentando en valor, cambiando tu manera de pensar para que cambie tu manera de vivir. Y tú ves a un cristiano al que ya el Evangelio le ha adornado la vida, que está vestido de perlas, y dices: ¿y podré yo tener las perlas que él ya tiene? ¿Podré tener yo las perlas que están adornando la vida de este? Tengo cincuenta pesos, por dimensionarlo. Con mis cincuenta pesos no tengo con qué comprar perlas. Y se piensa ir, pero lo alcanzan en la puerta diciendo: puedes vestirte completamente de perlas.

—Pero tengo solamente cincuenta pesos.

—No hace falta dinero. Lo que hace falta es que vendas todo lo que tienes, y te vistas de perlas.

Hermano, el Evangelio es un asunto autoexcluyente: el Evangelio no cabe con otra cosa. Porque el Evangelio es tan costoso y tan hermoso, tú no puedes poner Evangelio y algo más. La gente quisiera decir: déjame ahí las perlas, pero mira este adornito tan bonito, que es un regalo de mi mamá.

Las perlas tienen una característica, dice la gente que sabe del buen vestir: que si usted se va a poner perlas, solamente perlas; o sea, no se mezclan las perlas con otra cosa. Si usted usa su asunto de plástico, compró un accesorio MK o algo de eso, y al mismo tiempo se va a poner la perla: hermano, eso y las perlas no van juntos, esas son cosas distintas. Si usted se va a vestir, buenas sus piezas; pero si espera vestir perlas, ni siquiera oro ni plata, hermano: no cabe otra cosa con las perlas. Perlas es perlas y ya.

Porque el Evangelio, hermano, la gente lo ve, lo contempla, y no hay que comprarlo, sino que hay que decirle al Señor: tráeme todo lo que tenga, dame acá, y yo te doy esto.

Miren, hay un programa de telecable en el que hay personas que asesoran en moda, y hacen un acuerdo: tú me das tu clóset y yo te doy un clóset nuevo. Y yo veo a la gente en ese programa diciendo: ay, esa blusa, es que esa… Pero es que esa blusa a ti no te sirve. Ay, sí, ¿y qué hago con la blusa que yo tengo de tal momento? Ese es el gran intercambio que sucede para que una persona se haga cristiana: va a tener que dejar atrás cosas que tenían un valor secundario, pero a las que está aferrado.

Lo más difícil no es encontrar la perla preciosa; el Señor te ayuda a encontrarla. Lo más difícil es despojarte de aquellas cosas que no lo son. «Habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía y la compró». No hace falta dinero: hace falta vender todo lo que tú tienes para vestirte de perlas.

El inconverso necesita un milagro para que sus ojos sean abiertos y pueda ver el reino, y al mismo tiempo necesita la valentía para poder entrar. Hay gente que se queda, hermano, en la puerta del reino, porque tiene algo a lo cual no quiere renunciar. Dice Cristo:

El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.

— Mateo 10:39

¿Por qué mucha gente, hermano, no acepta la hermosura del Evangelio? Porque no están dispuestos a dejar todas las otras cosas que tenían un valor secundario para ellos, pero que no combinan con las perlas.

Las perlas de valor secundario

Doy aquí algunas perlas de valor secundario, para que ustedes vean si tienen algunas.

Hay gente que tiene una formación familiar que le impide ser un cristiano devoto. Es más, miren, digo esto con cuidado: muchas buenas familias se convierten en un estorbo para que la gente vea el Evangelio, porque piensan que ya lo tienen. Hay personas que tienen al día de hoy vidas aparentemente piadosas, pero no tienen eso; lo que tienen son unos llamados valores familiares que aprendí en mi casa. Un cristiano no tiene valores familiares: un cristiano tiene el adorno de la doctrina del Señor. Hay familias cuyos valores son los valores del reino, pero que los hayas tomado en tu casa, en tu familia, no hace que esa sea la perla de gran precio.

Es más, hay gente que dice: si yo me hago cristiano, yo estaré ofendiendo a mi familia, le estoy diciendo a mis padres que lo que hicieron estuvo mal, estaré relegando lo que dijo el abuelo. Para ser un cristiano, tú tendrás que estar dispuesto a dejar atrás la formación familiar y aceptar la hermosura de la doctrina del Evangelio.

Ay, es que yo tengo un matrimonio estable. Eso no es lo que se busca. Un matrimonio estable: yo soy una persona que no necesita eso, eso es de la gente que tiene crisis familiares, mi matrimonio es muy estable. He conocido personas que dicen: tenemos ya cuarenta años de matrimonio y nunca hemos tenido ni un pleito. Eso no es la perla de gran precio. Eso es bueno, es bueno, pero no es la perla preciosa.

Un buen testimonio entre los hombres. Hay gente que es honorable; es más, ya comenzaron a llamarle don, ya es don Fulano.

¿Tú sabes el tiempo que me ha tomado a mí llegar a ser don Fulano, para que tú me digas ahora que yo tengo que guardar mi «don Fulano» y hacerme como un niño? Dice la Escritura: hacerse como un niño, que no está aferrado a nada todavía, para poder ver el reino de los cielos y entrar.

La vida acomodada, señor. Hay gente que ha trabajado durante años para tener una vida con ciertas comodidades, y uno le dice: mira, para ser de Cristo, dice la Escritura, tú no puedes ser discípulo de Cristo si tú no renuncias a todos tus bienes. Y la gente me ha preguntado: entonces, ¿para ser cristiano tengo que venderlo todo, la casa, el carro? Mira, no. Venderlo significa darle a cada cosa el lugar que le corresponde: primero el Evangelio y después cualquier otra cosa; y si falta esa cualquier otra cosa, aún el Evangelio se mantiene en pie.

Hay gente que está muy aferrada a su vida acomodada, a su patrimonio, a su ascendencia social, señor. Hay gente que dice: mira, yo antes vivía abajo y ahora yo vivo en la parte alta; antes yo vivía en una pieza, ya yo tengo mi casa propia. Señores, esas ascendencias sociales, esa gente que se ha estado moviendo: eso se convierte en un estorbo, porque la gente entiende que esa es su cosa de mayor valor.

¿Y saben? Porque el Señor le pidió a cada quien cosas distintas. Mira, a los pescadores, ¿qué les pidió Cristo? Deja el barco de peces y sígueme. Pero al joven rico el Señor le dijo: vende todo lo que tienes y sígueme. No es lo mismo. ¿Y por qué tú no me pides a mí el barco, como se lo pediste a aquel? Porque a ti lo que te ata es el barco, pero al otro le atan sus riquezas.

¿Y las metas alcanzadas? Miren, hay toda una serie de metas sociales que la gente está buscando: ya yo hice mi carrera, ya yo tengo mi medio de transporte, yo tengo mi vivienda, ya tengo mi pareja, ya yo he logrado todo eso, pero me falta algo más. Te falta dejar todo eso a un lado y hacerte de la perla de gran precio.

Padres, hijos, conocimiento humano. Dice la Escritura, en el libro de Mateo, en el capítulo 10:

El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.

— Mateo 10:37-38

Eso es venderlo: primero Dios y después todo lo demás.

Vestirse de perlas, hermanos, es un asunto gratuito para la persona que puede dejarlo todo por las perlas. Es triste, es triste, pero hay gente que al día de hoy está considerando esto y le falta valor. Y miren, la falta de valor es tan ofensiva como la incredulidad. En Apocalipsis 21 la cobardía y la incredulidad vienen de la mano, y ante Dios la cobardía es tan abominable como la idolatría. Escuchen esto:

Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos…

— Apocalipsis 21:8

Oigan, hermano, el Señor pone en la misma línea al hechicero, al idólatra, al fornicario, al homicida, al abominable, al incrédulo y al cobarde. ¿Y saben qué es un cobarde? Una persona que ve lo que hay que sacrificar y dice: yo me aferro más a esto, porque no tengo el valor de desprenderme.

Yo leí eso hace cuatro años, hermano, y cuando lo leí quedé impresionado. La cobardía. Dice la Escritura que el reino de los cielos sufre violencia, y que solamente los valientes lo arrebatan. La cobardía: esas personas que no pueden padecer por la causa de Cristo, el Señor las pone en el mismo nivel que la incredulidad.

Las perlas de imitación

Tengo que cerrar aquí, pero no puedo irme sin mencionarles la perla de imitación. ¿Cuáles son los accesorios baratos que la gente usa pensando que son perlas? Déjeme decírselo. Hay gente que cree que tomó la perla de gran precio por lo que tiene, y tengo que enseñárselo.

¿Quiénes son los que tienen esta perla de imitación? Aquellos que no han visto en el Evangelio lo que es la perla genuina, o no han tenido el valor para aceptarla. ¿Y cuáles son estas imitaciones?

Miren, las religiosidades y el ritualismo. Hay gente que está en ese jueguito de las religiosidades y el ritualismo: ay, yo voy a misa, y yo voy allá donde la Altagracia, y entonces cada cierto tiempo prendo velas, y ya yo estoy bien. Eso no es la perla de gran precio; eso se llama religiosidad y ritualismo.

La justicia del hombre. Hay gente honorable: ay, yo no soporto la injusticia. Dice la Escritura que la justicia del hombre no obra la justicia de Dios.

La sabiduría del mundo. Hay gente que ha leído mucho y tiene mucha filosofía, y cuando te hablan parece que tienen sabiduría. Dice la Escritura que esa no es la sabiduría que obra para salvación, que esa es la del mundo.

Hay gente que tiene un cristianismo superficial: yo soy cristiano. Pero estás vistiendo una perla pensando que es, y esa no es la de verdad. Ese cristianismo superficial de «yo soy cristiano, pero lo hago a mi manera, al modo mío, yo no me muero». Son personas que no se han muerto, sino que le quieren hacer lo que ellos quieren: yo me lo pongo cuando yo quiera.

Los descubrimientos científicos. Miren, hay gente que tiene que leerse todos los de la revista National Geographic, a ver cuál fue lo último. Ah, mira, y en la Mecánica Popular, déjame ver la otra, ¿cuáles son los nuevos avances? Hay revistas, hermano, que se encargan de hacer que la gente entienda que están avanzando porque tienen más ciencia. Pero el que hizo el mundo y lo sustenta fue el que trajo la hermosura del Evangelio. ¿Tú crees que porque entendiste que esta bacteria se multiplica de tal manera, ya lo sabemos, ya estamos avanzando? No, no, no. El que hizo el mundo, el que te hizo a ti, fue el mismo que trajo el Evangelio. La ciencia no es mala, pero reemplazar a Dios con la ciencia es un pecado abominable:

Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios.

— Romanos 1:21-22

¿Y cuáles son las imitaciones baratas? El espiritismo. ¿Qué es el espiritismo? Le digo lo que es el espiritismo: buscar quien te ponga a hablar con los muertos. Ay, mira, ponme a hablar con mi mamá, a ver qué me dice. Esos espiritismos; ir a los lugares, pensar que te sanan poniéndote cosas: ay, yo tengo buena mano, ven, que yo te toco y te sano. Esos espiritismos. Los horóscopos, la ouija, todas esas cosas. Hay gente que tiene la mente llena de cábalas y asuntos de brujería y piensan que esa es su perla de gran precio. Eso no es perla de gran precio; esos son asuntos hasta de mal gusto.

La meditación oriental, hermano. Mira que la meditación oriental llega por diferentes vías. Ahora hay un coaching que te dice que tú tienes que sacar en tu oficina unos minutos al día, porque tu coach te dijo que tú tienes que relajarte y repetir tales cosas, y hasta las empresas dan charlas de eso. Ahora, ¿eso es meditación oriental o es cristianismo?

Llamado

Repite esto tantas veces al día y verás cómo te va en el negocio. ¿Tú no has recibido eso, que envían esto? Eso no es cristianismo. Gente que está aquí presente: no pierdas tu tiempo buscando cosas de valor secundario. Estarás siempre insatisfecho hasta que no tengas el Evangelio. El Señor te diseñó y el Señor te hizo para que tú vivas en comunión con él. No hay nada en esta tierra que pueda competir ni con el valor ni con la hermosura del Evangelio. La perla preciosa puede llenar el lugar que ocupaban todas las demás.

Cierren sus ojos un momento, permítanme orar. Quiero orar por dos necesidades específicas. Quizás hay gente que hoy vio. Sospecho que hay gente a la que el Señor permitió ver hoy. Si tú entendiste, eso fue un milagro, porque esto es locura para los que se pierden. Si tú entendiste, el Señor estuvo ahí al lado tuyo; el Espíritu Santo estuvo ahí abriendo tu entendimiento, porque para los que se pierden esto es locura.

¿Has escuchado la predicación del Evangelio? ¿Has visto que el Señor quiere darte perlas a cambio de todo lo que tienes? Yo no sé cuál es la cosa a la que tú te estás aferrando. Es una falsa idea de ti mismo; quizás negocios; quizás tú dices que no tienes tiempo, que trabajas demasiado; quizás compromisos familiares; quizás vicios. Yo tengo que decirte que no te podrás vestir por tus propios medios: el Señor te dará las perlas y el Señor permitirá que luzcas bien con perlas. El Señor quiere vestirte.

Es tan sencillo como que le digas al Señor: Señor, en esta mañana, en este domingo, después de escuchar la predicación, hoy domingo 22 de septiembre, yo digo ante ti —porque tienes que decirlo—: Señor, yo renuncio a cualquier cosa que se esté interponiendo para que yo llegue a tener la hermosura del Evangelio. Puedes decirle y confesarle al Señor tu pecado. Le dices al Señor: Señor, yo he pecado contra ti de diferentes maneras. No tienes que hacerlo uno por uno; reconoce todos tus pecados ante el Señor, díselo, porque dice la Escritura:

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.

— 1 Juan 1:9

Tú le dices: Señor, yo te pido que perdones mis pecados y que me aceptes como tu hijo. Renuncio a todas las vestiduras superficiales que trato de ponerme, y acepto ante tu presencia y permito que me vistas de perlas. En este domingo 22, yo te acepto como mi Salvador personal. Renuncio al mundo, renuncio a vestirme de asuntos de calidad secundaria, y permito que tú me vistas. Dice el libro de Apocalipsis, dice el mismo Señor Jesucristo ya glorificado:

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

— Apocalipsis 3:20

Has escuchado el Evangelio predicado; no te queda otra cosa. Hay un dilema ahora mismo, y el dilema está entre renunciar a todo o perderlo todo. El que busca su vida la perderá, y el que la pierda por causa de mí la hallará, dice el Señor. Si tú tienes el valor hoy de renunciar al mundo y permitir que Cristo te vista: bienvenido a la familia de Dios. Yo hice esta decisión hace años en mi vida y nunca me he arrepentido. No cambio las perlas, no cambio la hermosura de la doctrina de Dios por ninguna otra cosa de valor secundario.

Oro ahora por mis hermanos que están aquí, a quienes el Señor ya les ha dado perlas y que todavía quieren volver al mundo a buscar accesorios secundarios. Hermano, que hoy le permitas al Señor que valores tu salvación en su justa dimensión. No hay cosa más valiosa en ti que la salvación. No hay cosa más valiosa en ti que la doctrina de Dios; no hay cosa que te adorne mejor que la dignidad que ella te da, el saber que el Señor ha cambiado tu forma de pensar y también ha cambiado tu forma de vivir.

Señor, permite que mis hermanos que están aquí, este rebaño pequeño que me has dado para pastorear… Oro por ellos hoy, Señor, para que puedan entender la dignidad que tiene el ser hijo tuyo. Oro por ellos, Señor: permite que puedan sentir el valor que tiene estar vestidos de perlas. Mira toda esta congregación aquí congregada, Señor.

Permite, Padre, que este domingo sea memorable, y que pronto veamos el fruto de la predicación de tu palabra, para tu gloria. Te pedimos todas estas cosas en el nombre de Jesús. Amén.

Que el Señor les bendiga, hermanos. Nos vemos el próximo miércoles para el estudio bíblico, y el sábado, todos, para el concierto en la iglesia Misión Bíblica.

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