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La mecánica del discipulado

Mateo 16:24-25

Ser discípulo de Cristo es mucho más que profesar la fe y congregarse: implica negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir a Jesús de manera intencional y costosa, hasta que Él sea el centro real de la vida.

Predicado3 de septiembre de 2023
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Evangelio de Mateo en el capítulo 16 leeremos un versículo de la palabra del Señor. Dice así, versículo 24:

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

— Mateo 16:24

Es un solo versículo, hermano, pero aquí hay buena estructura. Si alguien quiere conocer lo que son discípulos de Cristo, aquí está. Entonces dijo Jesús a sus discípulos: si alguno quiere venir en pos de mí, haga tres cosas: niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pueden sentarse, mis hermanos, que el Señor nos acompañe.

No es lo mismo ser un seguidor de Jesús, ni siquiera llamarse cristiano, que vivir como un discípulo. Quisiera desde esta porción de la Escritura mostrarle a la iglesia cuál es la mecánica del discipulado. ¿De qué se trata ser un discípulo de Cristo? Quisiera mostrarle a la iglesia que ser un discípulo de Cristo es más que profesar la fe cristiana, congregarse en un culto, oír las aguas del bautismo y bautizarse. Todo eso importa, es importante, vale la pena, es valioso, el Señor lo ha indicado, pero ser un discípulo de Cristo tiene otra mecánica, por llamarle de algún modo.

Así como es posible hacer ejercicios, practicar dietas varias y no tener resultado alguno, usted podría profesarse como un cristiano y que su vida siga igual. Es posible estudiar mucho y aprender poco. Y también es posible profesar ser un cristiano durante años sin que en nuestra vida se perciba ningún rasgo distintivo del carácter de Cristo.

Cristianos nominales y discípulos verdaderos

Usted se llama cristiano, muy bien, en Antioquía nos llamaron por primera vez cristianos. Pero aquello que se nos indicó en la Gran Comisión no fue: vayan por el mundo haciendo que las personas se llamen cristianos, sino: vayan por el mundo haciendo discípulos. Y un discípulo de Cristo es algo mucho más grande que un profesante.

Yo tengo la preocupación de que en este momento millones de creyentes están operando en piloto automático. Sin intención alguna participan en cultos, en actividades religiosas, están envueltos en un trajín, en cierto ciclo de su vida, esperando que tarde o temprano se va a manifestar en ellos el carácter de Cristo. No se va a manifestar el carácter de Cristo. Asisten religiosamente los domingos a la iglesia, asumen que esto es suficiente.

De hecho, el nombre con que se denominaba a los seguidores de Cristo no era cristianos; nos llamaron por primera vez en Antioquía tiempo después. Y el nombre tampoco es malo, un cristiano es un seguidor de Cristo. Sin embargo, Él les llamaba discípulos. Y nos dice el texto que si alguno quiere llegar a ser mi discípulo, venir en pos de mí, que sería lo mismo, hay tres cosas que debe hacer: negarse a sí mismo, tomar una cruz y seguirme.

La misión que enunciamos en nuestra iglesia, decimos que nosotros somos una iglesia cuya misión es hacer discípulos de Cristo que vivan en el mundo de manera distintivamente cristiana. Por eso no lo vamos a lograr congregándonos los domingos solamente. Eso tampoco yo puedo lograrlo por ti. He estado bromeando mucho con eso, hermano, pero tarde o temprano va a llegar el día, recuerde que quiero ponerme fuerte, y estoy siguiendo al maestro Juan Carlos Simó. Ya estoy siguiendo biomecánica y toda la cosa.

Estaba hablando en días pasados de la mecánica de los ejercicios, y eso yo no puedo hacerlo por Instagram. Yo puedo enunciar cosas, puedo aprender cosas, transmitir conceptos, pero la mecánica, eso se aprende haciendo. Yo juego de manera recreativa de vez en cuando, cada vez menos, baloncesto. Una cosa es tirar tiros y otra cosa es aprender la dinámica, la mecánica de tiro de forma tal que se juegue a un nivel significativo. Esto es un arte. El discipulado se aprende de un discípulo a otro, siguiendo a Cristo, y que usted esté aquí no significa que esté participando.

Asistencia, rutina y falta de aprovechamiento

Nosotros decimos que trabajamos para ser discípulos de Cristo, pero la expectativa no enunciada es que el foco está en la asistencia. Y cualquiera de ustedes se sentirá regodeado y satisfecho porque está aquí el día de hoy. Decimos que estamos trabajando para ser discípulos de Cristo y usted se va a sentir bien porque en este mes me congregué cuatro domingos, de un héroe de la fe. Hermano, asistir es un asunto bueno, podría decir y conceder que hasta necesario, pero porque usted asista los domingos a la iglesia y usted no está haciendo en su día a día aquello que le conduce a que se manifieste en usted el carácter de Cristo, con toda seguridad no llegará así a ser un maestro.

La mejor pregunta no es si ya lograste congregarte tus cuatro domingos. La mejor pregunta es: ¿qué tanto te pareces a Cristo? Y la segunda: ¿tú eres imitable? Imaginemos un caso no deseado, que tengamos que dejarte a ti solo con un nuevo creyente durante cinco años. Al final de esos cinco años, ¿ese nuevo creyente se parecerá un poco más a Cristo? Imagina el caso no deseado de que, como iglesia, no podamos tener reuniones públicas. ¿Qué pasaría con la media de los creyentes del siglo 21 si le quitan el culto del domingo?

Probablemente, si te quitan el culto del domingo, tú no sepas qué hacer con tu vida, porque toda tu vida se limita a congregarte en el culto del domingo. Al grupo de personas a las cuales Cristo les está hablando en este momento es a sus discípulos. Y Él les dice a sus discípulos: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Y yo me pregunto: todavía entre el grupo de los discípulos, ¿qué somos nosotros tuyos?

Es interesante que el Señor no asumía que porque tú fueras nominal o mecánicamente discípulo suyo, ya tú estabas bien. Que tú seas un discípulo de Cristo no significa que tú ya puedas dejar de seguirle. Lo que Cristo le está diciendo en este momento a un grupo de personas que Él llamó por su nombre, que Él tomó como discípulos, es: ustedes son nominalmente mis discípulos, pero yo quiero que sean verdaderamente discípulos míos.

Occidente, falsas expectativas y el costo real

Entonces Jesús dijo a sus discípulos. Quiero ser insistente en esto, hermano: que usted se haya bautizado no significa que usted se esté comportando como un discípulo. Que usted se esté congregando no significa que usted está creciendo. Que usted tenga años en los caminos del Señor no significa que esté teniendo aprovechamiento. Y yo quisiera, hermano, que no perdamos el tiempo, sino que lo aprovechemos.

Me doy cuenta que en el culto cristiano casi todas las invitaciones son invitaciones pasivas. Uno dice: la persona sí a Cristo, y todo el mundo asume que sabe seguir a Cristo. Es como que te digas ingeniero y tú salgas a construir edificios; o seas doctor y aparezcas de un quirófano. No. De hecho, la media de las personas cree que sabe seguir a Cristo y que sabe lo que Cristo está esperando de ella.

Yo hablo con personas que tienen hasta fecha para su conversión y dicen: en tal fecha yo me voy a convertir en un discípulo de Cristo. ¿Y tú sabes lo que es un discípulo de Cristo? ¿Tú sabes lo que Él espera de los hombres? La media de los seres humanos se cree apta para ser un discípulo de Cristo, pero tú realmente no conoces un discípulo, no digamos de Cristo, un discípulo en general; tú no sabes con qué se come eso, porque nosotros en Occidente no tenemos la institución del discipulado.

Como mucho, tú conoces un profesor y conoces un alumno, pero tú no conoces una relación de maestro-discípulo. El problema que nosotros tenemos por delante es que para llenar las expectativas de Dios en este asunto tenemos que salir de Occidente y de las expectativas occidentales que tenemos de la vida cristiana. La expectativa oriental es distinta. Ustedes, como mucho, han tenido buenos profesores, pero no han tenido maestros. De hecho, si una persona te dice: sígueme, tú te asustarías un poco.

No es que me queje, hermano, pero la media de las invitaciones son invitaciones que no tienen costo. Y, de hecho, somos nosotros los discípulos actuales de Cristo los que frecuentemente reducimos el costo del discipulado y le decimos a las personas: entrega tu vida a Cristo, sigue a Cristo, conviértete, esto realmente es fácil. Tú dices que es fácil porque tú verdaderamente no eres un discípulo. Si tú fueras verdaderamente un discípulo de Cristo, tú le advertirías a cualquier persona que esté considerando la vida cristiana que la vida cristiana nominal es una cosa, pero que el discipulado, una relación maestro-discípulo, es otra, y que ser discípulo de Cristo es un asunto costosísimo, y que a mí me ha costado la vida.

Evangelismo barato y falta de disciplinas

Solamente un verdadero discípulo de Cristo entiende el costo del discipulado. Solamente aquellos que han llegado a arañar un poco del gozo que hay en la relación maestro-discípulo con Cristo podrían decirle a otra persona lo que es ser un discípulo. Es interesante que al final de su ministerio público, de haber convivido con ellos durante tres años, el Señor les dijo a sus propios discípulos: ahora sí, salgan y hagan discípulos en todas las naciones. ¿Por qué en ese momento? Porque en ese momento ya todos ellos habían pagado el precio.

Uno de los estorbos que tenemos en el evangelismo es que hemos hecho un evangelismo atraccional, donde se trata de que buscamos un cristiano cuya expectativa es congregarse cuatro veces al año, o cuatro veces al mes, quizá durante cuarenta domingos al año. Y uno se pregunta: ¿y qué está pasando en esa vida durante cuarenta domingos? Es como que tú quisieras cultivar un matrimonio viéndote cuarenta veces al año, o criar unos hijos viéndote sesenta.

Las relaciones, donde hay que nutrirlas, requieren sacrificio, permanencia, roce, convivencia. Tú no vas a ser un discípulo de Cristo congregándote cuarenta veces al año. Entonces, Pastor, ¿dejo de congregarme? No. Somos nosotros mismos que nos hemos hecho mucho daño, porque todavía no sabemos seguir a Cristo.

Yo tengo algo, hermano, que llevo en notas. Yo fui confrontado con este tema en el 2007, antes de comenzar la iglesia. Yo entendí que los occidentales no entendemos lo que es el discipulado; estamos lejos. Cuando Cristo le dijo a un grupo de pecadores: sígueme, ellos sabían lo que significaba. Sígueme, si a ti una persona te dice: sígueme, tú no sabes lo que significa sígueme.

Se evita hablar del sacrificio, se atenúa la demanda de Dios porque realmente todavía muchos cristianos no saben lo que significa, y hablamos de esto de manera muy ingenua. Es como que te diga a una persona: mira, ponte fuerte, inscríbete al gimnasio. Eso no es: te inscribiste en el gimnasio. Es hacer los ejercicios. Y una dificultad que tendrás si te inscribes en el gimnasio es que tú no vas a saber hacer los ejercicios. Vas a tener que buscar una persona que te muestre cómo se hacen los ejercicios, y si tú no haces el ejercicio correcto, probablemente obtengas el resultado contradictorio.

Devocional, rutina y falta de intención

Estricto: cuatro horas a la semana. ¿Eso es un discípulo? No es un discípulo. No hay que hacer un estudio exhaustivo. Es interesante que los gringos todo lo miden y para cada cosa ya tienen un estudio, y los estudios dicen que los cristianos de las nuevas generaciones no tienen disciplinas espirituales. No es que haya que hacer un estudio para saber eso. Cuando yo soy su pastor y me doy cuenta de que muchos de mis hermanos realmente no abren la Biblia entre semana, y si abren la Biblia, no la abren con la intención de seguir a Cristo en una relación de discipulado, sino que la abren con la expectativa de hacer un devocional.

Un devocional es algo que me da una satisfacción humana de que yo hice algo espiritual y espero que eso, en algún momento, dé un resultado. Un discípulo de Cristo no lee la Biblia así. No hay que hacer un estudio; yo soy su pastor y sé que la generalidad de los miembros de una iglesia no asisten con la intención de ser edificados. Asisten con la intención de satisfacer un asunto en su corazón. ¿Cuál es el asunto que se satisface en su corazón? Que hoy hice o participé en una actividad espiritual.

Y yo te pregunto: si un ángel te interrumpiría en el camino y te dice: vas a congregarte con tus hermanos, ¿a qué vas hoy? Y la media de los creyentes no podría responderle: yo voy hoy a hacer lo mismo que hice ayer. ¿Por qué te vas a congregar? Lo más espiritual dirían: para recibir la palabra. ¿Realmente tú quieres recibir la palabra?

Yo pienso que si dejamos de abrir el templo el domingo en la mañana, muchos creyentes no van a saber qué hacer con su vida, y la pandemia lo demostró. Cuando no se pudieron abrir los templos, tuvimos que hacer el culto virtual porque la gente necesitaba eso los domingos. ¿Qué es lo que necesita? Ese check en el corazón que me dijo que realmente yo hice algo que va a tener eventualmente algún tipo de resultado.

Es como que una persona me diga que tiene que ir al gimnasio porque él va todos los días; no es ir al gimnasio, es aprovecharlo. Muestro algunas diferencias: un verdadero discípulo tiene una relación con Cristo; el creyente del siglo 21 tiene una rutina.

Relación viva vs. cristianismo superficial

No hablo yo, hermano, como si no fuera un creyente del siglo 21. Yo lucho con mi alma, yo no quiero seguir perdiendo el tiempo, y me pregunto a mí mismo: ¿por qué lo hago? ¿Por qué oro? ¿Por qué leo la palabra? ¿Por qué me congrego? ¿Por qué sirvo en un ministerio? Bueno, yo sirvo en este ministerio porque como en la iglesia me pidieron que lo haga y no hay nadie. Casi todo el mundo menciona al pastor: el pastor me pidió que lo hiciera. ¿Qué hay en tu corazón?

El discípulo mide su progreso con relación a su Maestro; el creyente del siglo 21 comparte el versículo diario y siente que con eso es suficiente. ¿Entonces dejamos de compartir el versículo diario? No es eso. Hermano, no se lleve de esa superficialidad; vaya a lo profundo. Mande el versículo diario y al mismo tiempo involúcrese en una relación de discipulado con Cristo.

El discípulo hace preguntas; el creyente del siglo 21 recibe sermones. Y yo soy el que produzco los sermones, eso no me satisface. Yo no soy maestro de filosofía. Yo tenía un profesor de filosofía en la universidad; se daba una frase apasionada, hermano, pero nadie estaba en eso; yo solo disfrutaba intensamente: platonismo, neoplatonismo, hablando de diferentes varillas. Él se iba en una mano en su tema y el pueblo estaba vuelto loco porque: vamos a la siguiente materia. Yo no soy un profesor de filosofía; ya yo no quiero predicar sermones solamente.

Yo quiero realmente vivir una vida de discipulado contigo, y que busquemos los retos del Señor juntos y que el carácter de Cristo se manifieste en nosotros. Y si no estamos teniendo aprovechamiento en lo que hacemos, hagamos otras cosas, provoquemos el aprovechamiento. Imagínate que tú pudieras transportarte en una máquina del tiempo y te encuentras con Cristo en el siglo primero. Si tú te encuentras con Cristo, ¿qué tú le preguntarías? ¿A qué hora es el culto? ¿Y sabes qué es lo que Él te va a contestar? ¿Qué culto?

Él te dirá: bueno, yo voy con mis discípulos a la sinagoga y se abren los rollos, ¿a eso es que tú te refieres? No, el culto. ¿Quién dirige el culto el día de hoy? ¿Cuántas son las alabanzas? ¿Quién predica? Probablemente tú ibas con Cristo a la sinagoga y Cristo no iba a predicar en la sinagoga.

A ver lo que le preguntaron los primeros discípulos a Jesús: Maestro, ¿dónde vives? Esto te muestra que una relación de discipulado no es una relación de profesor-alumno solamente. Una relación de discipulado tiene más que aprendizaje, es convivencia, y que esto no sucede la mañana del domingo. Esto sucede durante la vida. Dice: y fueron y vieron donde Él vivía y se quedaron con Él. El discípulo tiene un camino; el creyente del siglo 21 tiene un programa bien coordinado, medido, pasivo e impersonal.

Discipulado no es programa, es vida compartida

Esto se parece quizá a la sinagoga del siglo primero, pero una relación de discipulado era más que asistir a la sinagoga; era vivir al lado de Cristo. Y Cristo no tenía eso con los discípulos como que les daba la clase a tal hora. De hecho, Cristo no daba la clase; tú vivías con Él. La generalidad entiende el discipulado como aprendizaje intelectual. De hecho, le llamamos discipulado a la escuela bíblica. Eso no es discipulado, es una clase bíblica que podría ayudar al discipulado, eso es otra cosa, pero eso no es discipulado.

Usted puede asistir a la escuela bíblica y no ser un discípulo de Cristo. Le llamamos discipulado a reuniones pequeñas. Esas son reuniones de grupo pequeño, no son discipulado. Yo mismo a veces le he llamado así: ah, que vamos para el discipulado, te voy a dar el discipulado. El discipulado no se da, el discipulado se vive. Y cuando se recibe, tú a veces ni siquiera te das cuenta de que lo recibiste.

Se confunde esto, y después tú vas a querer que tengamos también un diploma. Cristo no daba diplomas; Él les decía: ahora vayan ustedes y hagan discípulos. ¿A qué tú te graduas? ¿Más o menos cuánto tiempo hay que dedicar? ¿Cuánto tiempo dura el programa? No hay un programa. Bueno, este tipo de vida disipular a la gente no le gusta.

También, ¿por qué a la gente no le gusta? Porque la media de las personas que asisten a una iglesia no quieren ser discípulos de Cristo; lo que quieren es clase media. La clase media lo que requiere es la foto, la clase media lo que requiere son los rituales, reunirte con gente que más o menos tiene tus intereses, pero eso no es ser un discípulo de Cristo. Tú podrías hacer eso y no crecer.

Y alguien me dirá: ¿y eso es necesario para ser salvo? La salvación no es por obras, es por fe. Usted puede ser salvo sin ser un discípulo. Ahora, tú no puedes tener una vida gozosa, fructífera, plena, a menos que verdaderamente seas un discípulo de Cristo. Y yo creo que usted sinceramente es salvo. Lo que yo quisiera ahora es que usted sea fructífero. Yo creo que usted es salvo, yo lo que quiero es que usted tenga gozo.

Yo veo la amplia promesa del Señor y digo: me estoy perdiendo de algo. Yo veo lo que la Escritura dice que produce Cristo en el corazón de sus discípulos y yo digo: es que yo quiero tener eso. Y para tener eso necesito más que unas cuantas reuniones de domingo, yo necesito una vida rendida a Cristo, donde estoy siguiéndole para hacer su voluntad, aunque ya en este momento nominalmente yo sea un discípulo de Cristo.

Primera condición: negarse a sí mismo

Primer paso: niéguese a sí mismo. Esto no parece, hermano, un llamado evangelístico. Esto no parece: entrégate a Cristo, esto no se parece a: todos tus problemas se van a resolver, esto no se parece a: ya, yo tengo una iglesia. Niéguese a sí mismo, le dice el Señor a sus discípulos.

Bueno, yo estoy persuadido de que hay cantidad de discípulos, discípulos nominales, que todavía no han vivido un ápice de lo que es negarse a sí mismos. De hecho, ellos viven afirmándose a ellos mismos. Y gran parte de la predicación que se escucha en los púlpitos cristianos son predicaciones no de negación, sino predicaciones de afirmación: tú estás bien, tú no estás logrando, tú lo serás, ¿cuándo lo vas a hacer?

Si alguno quiere venir en pos de mí, primera cosa: niéguese a sí mismo. Cristo infiere que el hombre, en su estado natural, no necesita autoafirmación, lo que necesita es negarse a sí mismo. Porque después de la caída todo ser humano nace con que en el centro de su vida está el ego, en el centro de nuestra vida está el yo, y todo el mundo vive para afirmar su yo y afirmar su ego.

De hecho, lo raro es que una persona se niegue a sí misma, y si alguien se niega a sí mismo ya dio el primer paso de ser un discípulo de Cristo. Eso no se logra con un sermón; yo no conozco ningún sermón que tenga la capacidad de lograr que el ego que hay en tu corazón se muera. Eso lo hace Dios con la ayuda del Espíritu Santo y una renuncia voluntaria e intencional: Señor, yo estoy muy afirmado.

La gente dice: ¿por qué no me aprovecha la palabra? Porque todavía tú estás en el centro. Cuando tú te quitas del centro, el centro se quedará vacío; después entonces tú entronas a Cristo en el centro de tu alma. Y cuando tú pones a Cristo en el centro, entonces tú comienzas a ser un discípulo de Cristo. Abandonar nuestra percepción de seguridad, de aceptación, de corrección, cuestionarnos a nosotros mismos, eso es negarse.

Ustedes creen, mis hermanos, que yo no lo vivo; yo lo vivo. Negarme a mí mismo no es cómodo. Los seres humanos vivimos creyendo que estamos bien, vivimos confiando en nuestras propias creencias, vivimos…

Quitar el yo del centro y renovar la identidad

…celebrándonos a nosotros mismos de lo bien que estamos. Y a menos que tú seas convertido por el Espíritu Santo, no vas a entender que todavía Cristo no está en el centro de tu corazón, sino que está tu ego. Y cuando tú quites el ego y pongas a Cristo, entonces vas a ser un discípulo suyo.

Esto no sucede por recibir un sermón, esto no se recibe por ir a una conferencia. Es un reconocimiento de que en el centro de nuestra vida todavía no está Cristo y, por tanto, lo demás resbala. Dices: pero damos clase bíblica, damos culto, damos tiempo devocional, le damos mucha predicación. Es que va a resbalar hasta que Cristo no tenga el centro, pues el primer paso es negarte a ti mismo.

¿Qué es negarme a mí mismo? Dejar de confiar en que yo puedo salvarme por mis propios medios. Es rechazar el protagonismo, la autopromoción. Yo diría: amarte menos, eso es negarte a ti mismo. ¿Te has sentido alguna vez en desacuerdo contigo mismo? Cuando tú estás en desacuerdo contigo mismo, te estás negando. Donde tu corazón le dice que sí, usted le dice a usted mismo: Rafael Pérez, no. Entonces, personas verán a ese hombre y dirán: ese hombre está dividido, ese hombre se está negando a sí mismo. Su ego le está respondiendo y él le responde a su ego que no.

Y luego vuelve y te responde, y tú vuelves y le dices: no. De hecho, llega un momento en que tú te rechazas a ti mismo. Es el mismo término que se usa cuando dice que Pedro negó a Cristo. Recuerdan a Pedro diciendo: yo no tengo que ver con ese hombre, y que comenzó a maldecir. Cuando tú te digas a ti mismo: yo no tengo que ver ya con el viejo Rafael Pérez, ya yo no tengo que ver con el esfuerzo de autopromoción que él hizo durante cuarenta años, ya yo estoy renunciando a mí mismo, entonces Cristo va a tener el primer lugar en tu vida. Y cuando Cristo tenga el primer lugar en tu vida, tú vas a comenzar a cosechar aquellas cosas que le llegan a un discípulo de Cristo.

Necesitamos quitarnos del centro. ¿Por qué tardas lo suficiente? ¿Por qué tardas en salir del centro para poner a Cristo en el centro? Y tú puedes ser un verdadero creyente sin tener a Cristo en el centro. Y por eso la gente siempre está cuestionando la doctrina: pero es que no me hace sentido. Claro que no te va a hacer sentido, porque tú estás en el centro.

Es que eso no me parece entendible. Claro que no te parece entendible, porque no hace sentido con tu centro. Es raro, hermano, cuando una persona le encuentre sentido a algo que no le conviene. ¿Qué es lo que hay en el centro de tu corazón? Tú mismo: ego, superyó, afirmación, autopromoción, trayectoria, prestigio, testimonio, logro, realización.

Matar eso no es fácil, porque costó mucho. Mandamos desde la niñez haciéndonos una identidad y demostrándonos a nosotros mismos que somos valiosos, que somos suficientes, que estamos salvos. Y ahora yo te digo que tú estás perdido en tus delitos y pecados, y que nada de eso es suficiente, y que tú vas a tener que desechar lo que has construido. ¿Y tú vas a desechar lo que yo he construido? ¿Tú sabes el sacrificio que me ha hecho a mí hacer este perfil?

El centro no se queda vacío. Cantidad de personas se niegan a sí mismas y ponen otra cosa. Tú puedes quitar tu versión anterior y poner una nueva versión de ti mismo, un relanzamiento, una nueva temporada. ¡Qué bien, qué bien se escucha: una nueva temporada! Te puedes cortar el pelo, te lo puedes teñir, te puedes alabar el bigote, lo que fuera; no es algo estético, es en el corazón.

Es que tú has vivido con ti mismo en el centro. Y ahora tú haces algo que es dolorosísimo, que es quitarte del centro, negarte. No puedes dejarlo vacío, sino para poner a Cristo. Yo creo que la media de creyentes no tiene más gozo porque todavía Cristo no es el centro.

Ven a Jesús como un medio, no como un fin. ¿Quién es Jesús para ti? Entonces Jesús dijo a sus discípulos: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo. Parece que el Señor reconocía que algunos de los discípulos todavía vivían en autoafirmación. Yo me doy cuenta, hermano, en las reuniones pastorales, y yo no discuto ese tipo de cosas porque yo no puedo hacerlo y yo no estoy dispuesto a abrir una llave, hermano, que yo no sé cómo eso se hace, pero yo veo a las personas que están en autoafirmación y el consejo pastoral no les hace sentido.

Yo digo: no, es que yo sé que no estamos hablando el mismo lenguaje, y yo respeto tu ego, ¿entiendes? Respeto tu ego.

Jesús como fin, no como medio

Yo respeto todo tu espacio de identidad, eso es lo que tú eres verdaderamente ahora. Si tú fueras otra cosa, esto tendría sentido para ti. Si ya Cristo estuviera en el centro, esto para ti tendría todo el sentido del mundo con claridad meridiana. Pero como tú estás todavía en el centro, yo espero que el Señor permita que tu corazón sea convertido, de forma tal que vivas un nuevo nacimiento o una nueva muerte, cualquiera de las dos, porque el Señor explica la misma cosa en términos positivos o negativos: nacer de nuevo o terminar de morirse.

A otro el Señor le dijo: tienes que nacer de nuevo. Ahora les dice a los discípulos: tienen que morir. Señor, ¿me nazco o me muero? Al final es lo mismo: nacer en Cristo o morirte a ti mismo, pero las dos cosas son necesarias.

Para muchos creyentes eso todavía no es el fin. Ellos no aman a Jesús por sí mismo. Jesús es un medio para conseguir otra cosa, es un medio para lidiar con tu frustración, pero Cristo no es tu gozo. Mira, yo necesito que me ayuden a lidiar con mis traumas, con mis frustraciones, y por eso necesito a Cristo. Tú no vas a encontrar a Cristo así. Tú vas a encontrar a Cristo cuando le quieras porque Él es bueno en sí mismo, no para lidiar con tu ego, sino para amarle a Él y adorarle como Él es.

Probablemente le encuentres un medio para lograr tus metas personales, pero no es tu meta. Dices: guau, ahora que yo estoy en Cristo, entonces a mi familia le va a ir bien. Eso no es así. ¿Cuántas personas vienen a la iglesia porque tienen un matrimonio complicado? ¿Cuántas personas vienen a la iglesia porque no están pudiendo criar sus hijos? ¿Cuántas personas están viniendo a la iglesia porque no han podido lidiar con su pasado? Eso no es Cristo. Cristo no es tu medio, Cristo es tu fin.

Él es tu meta, ¿entiendes? Él es tu meta, Él no es un camino para llegar a tu meta. Cristo no es un seguro para poder tener vida eterna, Él es tu vida. Y, ¿por qué tú amas a Cristo? Porque me está dando vida eterna. O sea, que tú vas viviendo durante esta existencia y después tú vas a vivir de cara a Él, ¿eso es lo que tú me estás diciendo? Cristo no es tu seguro de vida, Él es tu vida.

Yo me lo digo a mí mismo, hermano. Para nosotros, todavía Cristo no es verdaderamente el camino, la verdad y la vida. Es un mero intermediario que nos permite llegar a lo que nosotros entendemos que debe ser nuestra vida. Cristo es la verdad que nos permite mantener nuestra propia filosofía. Hasta que Cristo no sea Él por sí mismo el camino, la verdad y la vida, ¿cómo está eso? Caminando con la misma cosa: negarte a ti mismo.

¿Qué incluye negarme a mí mismo? Rechazar mi identidad. Bueno, eso es tan complicado, tan complicado que yo entendería que cualquier persona que conoce un poco de psicología, psiquiatría, salud mental, me diga: ese hombre se está volviendo loco. ¿Y qué va a pasar si una persona pierde su identidad? Eso será la muerte de esa persona. Es la muerte.

Habla con cualquier profesional de la salud mental, y dirá que si una persona pierde su identidad va caminando irreductiblemente hacia la muerte. Y es verdad. Pero si es en Cristo va caminando hacia la vida en Cristo.

Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.

— Mateo 16:25

Yo no estoy dejando mi identidad para quedarme en blanco. Yo estoy dejando mi identidad para asumir otra identidad mucho más grande que la identidad que tenía antes, y es la identidad de Cristo: más de Él y menos de mí mismo.

¿Qué incluye esa identidad que tú has hecho probablemente durante 50 años, durante 60 o hasta 70? Eso que tú atesoras, eso que tú dices: es mi originalidad, es mi personalidad, eso es lo que yo soy. ¿Qué es lo que tú eres? Toda persona llega a forjar su identidad: un conjunto de creencias, una razón primaria por la cual él mismo se considera importante, unas expectativas que le mantienen en movimiento. Y para saber si te estás negando a ti mismo, tú deberías ver cuánto ha cambiado en tus expectativas, en tu discurso de autoafirmación y en tus creencias.

Tú te das cuenta que te moriste porque ya tú no te autoafirmas. De hecho, tú dudas de ti mismo. Tú dices: yo antes hablaba así de mí mismo, en este momento tengo amplias dudas; se me está minando mi identidad anterior.

El ejemplo de Pablo y nuestro tema favorito

Yo creo que aquí encaja el sentido de lo que decía el apóstol Pablo, que él había sinceramente llegado a considerar como pérdida aquello que anteriormente le era ganancia. Porque Saulo de Tarso tenía una identidad muy fuerte, petrificada. Y en su identidad había influjos de su etnia, había influjos de sus oficios, de su intelecto, de su capacidad. Cuando él dice que él era un maestro entre los judíos, es que Pablo había estado, Saulo había estado siendo instruido desde pequeño, y para los judíos eso era una carrera profesional.

Tenían como tres niveles distintos y cada vez llegaban menos, menos, menos, y él llegó a la cúspide de esa carrera. Y después que llegó a la cúspide e invirtió en eso cantidad de tiempo, él dice: todo lo que para mí era ganancia, ahora lo he estimado por pérdida.

Tú sabes que realmente estás siendo un discípulo de Cristo porque hay algo que diste por pérdida. ¿Qué es lo que te define? ¿Cuál es tu tema de conversación? Yo me río, hermano, en los ambientes de emprendedurismo, de negocio y demás, porque la gente siempre anda buscando traer la conversación a su tema. Yo quiero que se me hable de esto porque aquí es que yo brillo. O sea, colóquenme en la posición donde me dé la luz. Se están hablando diferentes temas, pero yo quiero que se hable de mi tema, yo quiero que se hable de aquello que a mí me da protagonismo.

Y cuando decimos: vamos a hablar del tema, ¿cuál era el tema? El tema que me coloca a mí en la posición de autoafirmarme. Tú te das cuenta que te moriste cuando tú quieres hablar de Cristo más que de ti mismo. Tu oficio, tu carrera, tus logros, tu familia, tus posesiones; cuando todavía tú eres dominado por esas cosas, tú te das cuenta que estás muy vivo.

Y si habláramos, mira, a mí me encanta, y yo veo, hermano, a la gente cómo forza el tema para llegar allá. Estamos hablando de cualquier asunto, pero: mira, a mí me encanta la naturaleza, el campo y los animales. Yo estoy loco por decirte que tengo una finca. Sí, y no estamos hablando de eso, pero yo quiero que tú lo sepas.

O: mira, discúlpame que llegue tarde, es que me recibieron tantos, llegaron tantos clientes a última hora y yo no podía dejar de atenderlos, porque yo soy muy responsable con mi negocio, y mi negocio está en crecimiento y en este momento tengo un problema tal cosa y estoy buscando ampliar. Pero tranquilo, preserve eso para otro momento.

Es el hombre sin Dios. El hombre sin Dios anda buscando llamar la atención a sus cosas, no hacia Cristo. Oh, yo sé que realmente me negué a mí mismo, porque ya cuando me merece el tema de yo dominar la conversación con mi tema, yo no quiero traer mi tema, yo quiero esperar para hablar de Cristo. ¿Cuáles son señales tuyas, hermano? Tú te das cuenta que te desconoces y que los demás te desconocen. Tú no eres la misma persona, ya tú no eres la misma mujer, tú no eres el mismo hombre.

Tú has cambiado. Sí, mi identidad está desapareciendo y está emergiendo una nueva identidad. Me negué a mí mismo para que Cristo pueda reinar en mi corazón. De eso se trata ser un discípulo.

Negarse no es cambiar modas externas

No es un asunto secundario o externo. Hay gente que piensa que negarse a sí mismo es tomar algunas cosas estrafalarias, decir: yo no participo en eso, mientras yo me entrego a todo lo demás. Yo recuerdo que en los 90 negarse a sí mismo, la gente entendía que era que todo el mundo quería hacerse el mismo corte de pelo, que eran las rayitas y la cosa, y: como yo soy evangélico, yo no me pelo así. Me negué a mí mismo, soy un héroe de la fe. Sí, tú evitaste un corte de pelo o determinada moda, los pantalones, lo derizado, la bebida alcohólica; te negaste a eso mientras te concediste la amargura. Eso que Cristo pide no es eso.

No, yo soy cristiano, yo no bailo. O sea, tú te abstienes del baile, pero te consigues sentirte moralmente superior que los demás. Eso, tú cambiaste un pecado por el otro. Lo que estamos diciendo: negarse a sí mismo no es elegir unas cosas estrafalarias, para entonces decir que ya lo estamos logrando.

No hablo de esto, hermano, para provocar risas ni para burlarme de otras expresiones cristianas. Eso es lo que en el campo decían “cucús”: son estas personas que visten de manera estrafalaria con una ropa que nadie usa, y como ya entienden que usan esa ropa, entonces entienden que son santos, más santos que todos los demás. ¿Y por qué tú crees que tú eres mejor? Porque tú usas un pantalón más ancho, porque usas la moda que nadie usa.

De hecho, lo que estás haciendo es llamar la atención con eso hacia ti mismo. No es que me burlo, hermano; lo que te quería demostrar es dónde terminamos las personas cuando quitamos nuestra identidad del centro y la dejamos vacía: va a venir otra cosa. Va a venir la ropa, va a venir tu santidad, va a venir tu ministerio, va a venir tu familia, va a venir tu crianza. Algo legítimo, pero que no es Cristo, ocupará el lugar. El centro no se queda vacío.

Niéguese a sí mismo, pero no te quedes ahí. Había uno, que era un hombre rico, que vino a Cristo. Y el Señor le dijo: tus mandamientos conoces. Y él dice: Señor, yo los he guardado todos desde mi juventud. Yo estoy esperando el diploma. Y Él le dice: los mandamientos conoces, y él le dice: Señor, son nueve de ahora, desde mi juventud.

Este, que conocemos como el joven rico, había cumplido nominalmente todos los mandamientos, mientras en su corazón se había entregado a la avaricia. El Señor le dice: pero te falta una cosa. Ay, hermano, el Señor tiene la capacidad, para un buen dominicano, de darnos por el pelado, donde Él te va a pedir la cosita, la cosita esa, esa cosita que tú tienes guardada en el corazón, que Él no se la va a pedir a nadie más, pero te la pide a ti.

Recuerdan a la samaritana. Ella decía: pero no estamos hablando de eso. No, no estamos hablando de eso, pero tráeme el marido, dice Él. No, yo no tengo marido. Y no estamos hablando de eso tampoco. De eso es que tenemos que hablar, de la cosita aquella guardada que tú tienes.

Al joven rico el Señor le dijo: guau, lo estás cumpliendo todo, una cosita te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás riqueza en los cielos. Y dice que se fue muy triste porque era muy rico, estaba muy atado, y su riqueza era lo que estaba en el centro de su corazón. Y yo diré: Señor, pero tú a los otros discípulos no les pediste eso. Es que el Señor te va a pedir aquello que está reemplazando su lugar en tu corazón, y el requerimiento es distinto para cada cual.

La “cosita” que Dios te pide

Hermano, por prudencia, yo no voy a decir lo que el Señor me ha pedido a mí, pero yo estoy seguro de que lo que Él me pidió a mí no te lo pidió a ti. Y lo que Él le pidió a otro no te lo pidió a ti. Hay gente que, lo que Dios les pide, entonces lo estandarizan.

Yo no he hecho un estudio de eso, hermano, pero yo estoy persuadido de que el deslizado en los 90 comenzó con una hermana que el Señor trató en su corazón y le dijo: mira, eso es tu dios, tu cabello, tu alisado, ese es tu ornamento, esos son tus dioses. Y que el Señor le dijo a esa: no te deslices el cabello. Ah, entonces el Señor espera que nadie se planche los moños. ¿A ti qué el Señor te está diciendo?

¿El Señor espera que todo el mundo renuncie a sus bienes? No a todo el mundo, eres tú que debes renunciar a tus bienes. ¿El Señor está esperando que nadie haga ese trabajo? Eres tú, porque ese trabajo a ti te domina y ese es tu dios. Es el muchacho que tú tienes que sacrificar.

¿Qué estoy diciendo con esto, hermano? Que evites identificar asuntos externos para limitarte de eso, mientras tú practicas abiertamente todo lo otro. No: yo soy un buen cristiano porque yo hasta esto hago. Te falta la cosita. La cosita es particular para cada uno. Esa guardada ahí en tu corazón que nos define, eso que te da satisfacción privada.

Hay gente que su asunto es su casa, su apartamento. Hay otros, que son sus hijos, ese hijo “perfecto”, de forma tal que si ese muchacho se les descontrola se les va a caer su identidad, porque esa es su identidad. Hay otros que es el matrimonio, y entre los creyentes eso es frecuente. Tú te das cuenta del creyente que tiene el matrimonio de postalita, el matrimonio perfecto, la familia ideal, hasta que eso hace agua, y tarde o temprano todo hace agua. Y lo único que no desobra, lo único que no desencanta es la Palabra. Lo único que no desencanta es Cristo.

El ministerio. A lo mejor yo tenía 25 años, ese era el mío. Decir: yo soy un pastor joven, yo voy a dedicar mi vida a servir al Señor. En algún momento yo pensé que si yo perdía este trabajo no iba a poder hacerlo, por diferentes razones. ¿Qué va a pasar si yo no puedo pastorear una iglesia? ¿Qué va a pasar si yo no…? Este es mi ministerio, al cual yo le he dedicado mi vida.

Estábamos en reunión de pastores en días pasados. Todo el mundo hablaba con tanta pasión del ministerio: es el trabajo de mi vida, este es el llamado único, particular de Dios, este es mi privilegio. Si yo no hago este trabajo, yo no sé qué podría hacer con mi vida. Y a mí me salió como tan natural que yo les dije: bueno, si yo no pudiera hacer este trabajo, yo espero que el Señor me permita hacer otra cosa. Y todo el mundo se quedó como desconcertado.

Rafael, tú eres un pastor, tú tienes una iglesia bonita, ¿y cómo es que tú estás diciendo lo que estás diciendo? Que eso no es mi dios. Que yo amo más a Cristo que la oportunidad de servir a Cristo. Y que si no puedo ser un pastor de una iglesia yo todavía tendría una vida muy viable, porque tengo un Señor en los cielos que se llama Jesucristo, y que es el que debe ocupar lugar en mi corazón.

El matrimonio, hermano, ay. Pastor, ¿y si tiene una crisis en la familia? En este momento estamos muy bien. Hermano, gloria al Señor, excelente, pero el matrimonio no es mi dios. ¿Y qué pasa si fracaso en la familia? Yo espero que Él tenga misericordia de mí. Yo espero no fracasar, esa es la resolución. ¿Y qué pasaría entonces? Yo espero que el Señor me sostenga, porque yo no creo que el matrimonio sea más satisfactorio que Cristo.

¿Y si la empresa quiebra? ¿Qué va a pasar? Una ansiedad. ¿Y si en lo profesional no me va bien? ¿Y si tengo tal o cual caso? Ese es tu dios. Lo que te genera ansiedad, lo que te quita el sueño, lo que te da pesadilla.

Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, entrega todo eso. Entrégate. Esa es la palabra: entrégate, entrégate, que ya no lo promueva. Entrégate.

Lo segundo: tome su cruz. Cambió mi entendimiento respecto de esa parte. Yo durante mucho tiempo había asumido que tomar la cruz eran las dificultades de la vida que producían en nosotros santificación y demás. Estoy persuadido, hermano, de que tomar la cruz es un eufemismo para decir: muérete.

Porque las personas que recibieron el mensaje, cuando ellos pensaban en tomar una cruz, a nadie lo clavaban y lo desenganchaban. Lo clavaban y lo enganchaban. Nadie iba a la cruz de manera temporal. La cruz era el peor de los castigos entre los romanos, tan fuerte que a sus propios ciudadanos no se les permitía que fueran crucificados. Era un asunto vergonzoso, una muerte segura. Cuando alguien te decía: toma tu cruz, no te estaban diciendo: lávenlo, déjenlo ahí durante tres horas, desclávenlo y después tráiganlo dentro de un mes y clávenlo de nuevo. No son las aflicciones temporales: tome su cruz, lo que te están diciendo es: muérete.

Es imposible que quienes escucharon “tome su cruz” asumieran que Cristo estaba hablando de aflicciones temporales. La gente habla de: no todo el mundo carga su cruz; mira, tengo un conflicto en el matrimonio, esa es tu cruz; tengo dificultad en el trabajo, esa es la tuya. Bueno, toma la cruz, muérete.

Morir a la vieja vida y dejar de jugar con la cruz

Y por estar viviendo ese jueguito de que tú te mueres, no te mueres, te mueres, no te mueres, es que no terminas siendo discípulo. Por la intermitencia. Un discípulo se muere definitivamente. Cuando Cristo tomó la cruz, Él no la tomó y dijo: miren, ahora, entonces la quito, la pongo, la quito. Él se murió y después resucitó. Y es lo mismo que pasa con uno. Y otros luego, para que tú resucites en Cristo, y para que tú resucites tú tienes que morirte. Esta es la dinámica.

De hecho, yo, en mi agenda el día de hoy, es que yo quiero, con mis hermanos, en lo que respecta al ego, en cuanto a su vieja identidad, que terminen de morirse, para que sigamos avanzando. El significado de crucifixión ya no era: “te van a crucificar, y quizá sobrevivas”. Era morirse en una muerte lenta, dolorosa y muy pública. Y eso es lo que es un creyente: un creyente es alguien que se está muriendo públicamente, y cada vez que tú te apareces ante los hombres te falta un pedazo.

Entonces, fulano, pero eso no se te mueve. ¿Y ahí, qué es lo que pasa? Ya eso se murió, y ahora estoy esperando que se muera la otra parte. Pero ya tú no deseas lo que deseabas, ya tú no comes lo que comías, ya tú no vives lo que vivías. Es que yo me estoy muriendo por partes, paulatinamente, y mi meta es definitivamente morirme y nacer de nuevo en Cristo.

Hay que morirse para nacer. ¿Qué es lo que pasa? Que cuando tú ignoras este asunto, eso te lleva a una vida de autoconmiseración piadosa, donde tú vas a sentir que tú eres mejor que los otros porque tú tienes dificultades, porque tú tienes enfermedad. Ay, mira, tú has visto este creyente dramático que siempre vive hablando de sus aflicciones. Lo que pasa es que él acaricia demasiado la cruz, no la usa para lo que hay que usarla: muerte.

Ay, yo tengo una vida muy difícil. Nadie entiende. Esa autoconmiseración piadosa es una manera de llamar la atención hacia nosotros mismos, y es un personaje: la gente que anda buscando la oportunidad para hablar de su dolor. Y nadie me entiende, y tú no me comprendes. Ni te quiero entender ni te voy a entender. Lo que quiero es salir corriendo de ahí, hermano, pero desde que me entiendan, la gente que te dan es una tanda de 15 años de que siempre me entiendan mi dolor y mi trauma, y la misma historia triste.

Literalmente, si tú te hubieras muerto, ese personaje ya, si Cristo estuviera en tu vida, tú tuvieras una vida plena. No tuviéramos que resolver el problema. De hecho, en los versículos siguientes, hermano, no da lugar a ninguna otra cosa. Es que eso es muerte:

Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.

— Mateo 16:25

Morirnos figuradamente es lo que decimos en el bautismo, y hoy tendremos bautismo. De hecho, cuando una persona se bautiza lo que está diciendo dramáticamente es que él se murió. El tema es que la gente se bautiza y sigue en vivo. El bautismo dramáticamente, simbólicamente, lo que está anunciando es que ya tú no eres la identidad de antes. Tú eres una nueva identidad, y de que esa persona que antes existía ya no existe, y tú lo estás diciendo a la sociedad en general, se lo estás diciendo a la familia, se lo estás diciendo a la familia de la fe; le estás diciendo: realmente ya no cuenten conmigo para lo que ustedes contaban, que yo me despedí, me estoy yendo.

Y cuando tú te levantas, simbólicamente estás diciendo: y yo resucité en Cristo, ya no es lo que yo era, es lo que soy ahora. ¿Qué pasa cuando un creyente no se termina de morir? Es un problema, hermano. Porque él es un verdadero creyente, y tiene salvación eterna, pero es un creyente carnal. Y él vive en esta bifurcación, donde mi identidad anterior y la nueva identidad se van peleando: a veces me la pongo y a veces me la quito, y a veces yo soy un cristiano y después yo soy un mundano, y después yo vivo dominado por la carne, y después viene Cristo. Y después, cuando la aflicción llega, vuelvo a Cristo. Y vive en eso, hermano.

Y un creyente que no se muere es un creyente que vive en esa intermitencia, donde nunca está completamente en Cristo ni nunca está completamente en el mundo. De hecho, yo creo que, de la locura que predico, yo digo, hermano, que hay gente que le convendría dedicarse al mundo solamente; date para allá y vive tu identidad anterior, en vez de vivir en esta vida entre adentro y afuera.

Si tú no vas a vivir en Cristo, ni te vas a morir definitivamente, entonces vive en aquello y dale para adelante. Muérete, lo que te estoy diciendo.

Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.

— Romanos 6:5‑7

Muerte, lo que te está diciendo Pablo. Pastor, yo quiero reunión, pues yo quisiera que habláramos de eso. Hermano, esto no es terapia, esto es muerte.

Muerte al viejo hombre: telarañas y araña

Recuerden que les dije que yo tuve cierto entendimiento de esto en el año 2007, y encontré algo que escribí en el 2007. Es un artículo, está en la página de la iglesia. Dice que hasta que no terminemos de morir estará bifurcada nuestra voluntad. Estaremos luchando para hacer la voluntad de Dios y también la nuestra.

El discipulado más profundo no consiste en educar al viejo hombre, sino en matarlo, dejarlo horas y horas en la cruz hasta que se desangre. El viejo hombre no se mejora ni se pinta, se destruye, y así de violento es el proceso. Pero al mismo tiempo es un proceso sumamente libertador. Si tú estás cargado, si tú estás cansado, si estás afligido, si estás cansado de cargar la cruz, deja de caminar y términate de morir. Deja de pedir fuerzas y comienza a pedir clavos.

En mi ilustración de siempre, hermano, la cancioncita que yo de niño cantaba. Ahí me encontré el día pasado con el esposo de mi maestra de escuela bíblica en el Templo Evangélico de Azua. Recuerden que yo cantaba canciones mexicanadas. Mi hermana Rayita era como la que siempre dirigía el culto. Yo iba por la puerta y me paraba, y a veces Rayita me daba una oportunidad. Me encontré con el esposo de Rayita en días pasados.

Y la canción que yo cantaba, hermano, era una mexicanada de un hombre que bebía, y que él, después que bebía, se emborrachaba y decía: “Señor, quítame la telaraña, quítame la telaraña”, como que figuradamente él hablaba del pecado como si fuera la telaraña. Y él estuvo en eso, pues volvía y bebía y cantaba:

“Quítame, quítame, quítame las telarañas, quítame, quítame, quítame las telarañas…”

El Señor le daba fuerza y volvía a beber. Dice que después vuelve el borrachito a la iglesia, eso lo mi maestra lo cantaba, y decía: “Quítale, quítale, quítale las telarañas, mátale, mátale, mátale también la araña”.

No, no nos vamos a pasar aquí 40 años matando la telaraña; vamos a matar la araña. Ay, Señor, si tú me ayudaras a… toca en mi corazón. Muerte, mátalo. El asunto es que no queremos que lo mates. Es el pecador, hermano, con el pecado: que es el pecado, lo rechaza, pero también lo acaricia. Dice: Señor, yo quiero que tú me permitas administrarlo, pero no lo mates. Dámelo que yo lo voy matando. No, no, no lo mates, que me ha costado mucho tiempo. Si tú lo puedes quitar un chin la pata, si lo puedes poner más cortito, si lo puedes poner más pequeño. No más pequeño, vamos a matarlo para darte algo más grande, algo más nuevo.

Primer paso: negarte a ti mismo. Lo segundo: morirte. Entonces, deviene lo tercero. Dice Él: y sígame.

Vamos entonces al temor. ¿Dónde está el problema y dónde también temo? Que uno le dice a la gente: sígueme, sigue a Cristo, sigue a Cristo, pero a nadie se le dice: muérete a ti mismo, niégate a ti mismo, sino: sigue a Cristo. Y después nos preguntamos por qué el asunto no avanza.

Seguir a Cristo no es suficiente. Tú sigues a Cristo cuando te has negado, cuando estás muerto. Cuando tú te quedas vacío, cuando tú te quedas desubicado, cuando te quedas sin identidad, tú encuentras a Cristo. Esta es la clave del discipulado: no es seguir cualquier cosa, es seguir a una persona en específico, y la persona en específico es Jesús, Jesucristo.

La gente se va detrás de cualquier cosa que brille. Y cuando se quede el centro vacío, cuando la persona se queda sin identidad, entonces se mete ahí una religión, mete una serie de doctrinas, mete unas prácticas, un perfil. No es eso, es Cristo. Si alguno quiere venir en pos de mí… y después termina diciendo: sígame. Es seguir a Cristo.

Seguir a Cristo, no solo disciplinas ni programas

Lo digo: la cosa que brilla a veces es la música. Hay gente que viene a la iglesia y no viene buscando a Cristo. De hecho, nosotros podríamos intencionalmente ocultar a Cristo y la gente va a seguir viniendo, porque la gente no quiere a Cristo. ¿Sabes qué es lo que quiere la gente? Quiere la música, quiere la validación, quiere la religiosidad, ese like en el corazón de que me afilié, sigo, sí, ya. Y cuando tú llegas a tu casa te vas a sentir como relajado porque fuiste a una iglesia el día de hoy. Eso es lo que la gente quiere.

De hecho, hay gente que va a lugares donde no hay Cristo, donde Cristo no es públicamente presentado, y ellos están conformes con eso, porque de entrada no estaban buscando a Cristo. Estaban buscando otra cosa: la música, el lugar de reunión, la personalidad de un maestro, personas que son aspiracionales para ti. Jesús no es el punto de partida. Jesús es el punto de partida, es la parte del medio y el final.

Y después de Cristo, Cristo es tan grande que a ti te va a faltar vida para tú encontrarte en Cristo. Su identidad es tan enorme, es un asunto que satisface tan plenamente, que a ti te va a faltar vida, de forma tal que tú dejas todo lo demás, como la parábola de la perla de gran precio, para comprar la perla de gran precio.

Negarse a uno mismo, tomar la cruz y no seguir a Cristo está incompleto. Eso se llama estoicismo, autodisciplina. Hay cantidad de gente que no es cristiana y se niega a sí misma. Yo estuve una vez en ese ambiente de finanzas personales y demás, y miren, hay gente que vive con unos niveles de dominio propio, que tú dirías de ellos: guau.

Cuando colocan a Cristo, después de que tienen un dominio propio, ¿de qué te sirve tener dominio propio, si no es para quitar tu ego y colocar a Cristo? ¿Para qué te sirve? Para llamar la atención, para mostrar que yo soy mejor que tú. El llamado no es: aprendan de mí, sigan mis técnicas; es: síganme.

No hay agenda, no hay programa, no hay horario. Señor, ¿a qué hora? Nadie preguntó la hora. Dedícame tu vida, es lo que te está diciendo. Lo que tú me estás diciendo, Señor, ¿es que dos días a la semana? Entonces, no. Lo que te estamos diciendo es que tú vas a dejar la barca; lo que te estamos diciendo es que tú vas a dejar otra cosa de menor valor y me vas a seguir.

Hay uno que le dijo: Señor, te seguiré, pero permite que yo vaya y entierre a un familiar mío. El Señor le dijo: deja que los muertos entierren a sus muertos. Dramáticamente te está diciendo: la lealtad que estoy esperando de la persona que a mí me está siguiendo, después de haberse negado a sí mismo y tomado su cruz, es la lealtad más alta. Cristo no es una gaveta de tu vida, Cristo es tu vida.

No es un asunto estandarizado. A mí no me gustan las cosas artesanales, hermano; es que yo voy a dedicarse a un restaurante artesanal. Eso a mí me parece que lo están haciendo como con un nivel de calidad muy baja. Cualquiera pone un carrito y algo artesanal. Y ya, porque entiende que artesanal es como que cualquier cosa.

No, hablo con cuidado. Hermano, el discipulado, esto no es un asunto industrial, estandarizado; esto sí es artesanal. Esto se aprende, es un arte. Tú sigues a Cristo, tú imitas a Cristo. ¿Cómo Pedro llegó a ser un discípulo? Imitando a Cristo. Él veía dónde Cristo iba, él veía cómo Cristo hablaba, él veía cuáles eran los énfasis de Cristo, y eventualmente él llegó a ser, y le dijeron: pero es que tú hablas como Él. Tú eres de uno de ellos, mírate.

Te pregunto, hermano. Si un nuevo creyente te imitara a ti, ¿tú crees que estaría imitando a Cristo? Decía Pablo: sed imitadores de mí, como yo de Cristo. Tú eres replicable. ¿Alguien puede… esta artesanía se podría replicar en ti? Esto es un asunto empírico, no es teórico.

La gente anda buscando madurez, y cree que madurez son unos cuantos libros, leer la bibliografía. No hay bibliografía. Cantidad de creyentes no tenían Biblia y tenían el carácter de Cristo. Es vida. Es un asunto eminentemente práctico, no es qué tanto tú sabes, es qué tanto tú te pareces.

Salir del piloto automático: vivir con propósito

Un pequeño paso: yo quisiera sacar a la iglesia del piloto automático. Y el piloto automático es que 40 domingos al año van a permitir que el carácter de Cristo se manifieste en ti. No se va a manifestar. ¿Cómo tú sales del piloto automático? Pregúntate reiterada e insistentemente: ¿para qué?

Yo quiero que salgas del piloto automático, y para salir del piloto automático te debes preguntar frecuentemente: ¿para qué? Hoy iré a la iglesia, ¿para qué? Pastor, ¿entonces no quieres que yo vaya? No, yo quiero que usted vaya, pero que tenga un poderoso para qué, con conciencia, con intención.

Voy a leer la Biblia. Ok, yo quisiera leer la Biblia completa en un año. ¿Para qué? ¿Tú tienes algún propósito en tu lectura? ¿Andas buscando algún aprovechamiento? ¿Quieres algo con eso? Voy a pasar tiempo con otros creyentes, ¿para qué? ¿Realmente tú quisieras que eso sea una comunidad de discipulado, donde se elimine la aspereza, donde te ayuden a matar tu yo y que tú le ayudes a matar el de ellos, y nos estemos muriendo juntos para que nazca Cristo en nosotros? ¿O lo que vamos a estar es dando vueltas?

Invitaré hoy un amigo a la reunión de mi iglesia, ¿para qué? Serviré en un ministerio, ¿para qué vas a servir en un ministerio? Contribuiré económicamente con mi iglesia local, ¿para qué? Me levantaré más temprano a orar, ¿para qué?

Cuando no hay intención en el asunto, no hay discipulado. Tú te das cuenta que están funcionando los ejercicios. Recuerda la mecánica de tiro, recuerda la práctica adecuada del discipulado, la mecánica del discipulado. Tú te das cuenta que todo está funcionando porque hay un nivel de dificultad, hay un nivel de estrés. Si esto está siendo tan sencillo que parece un flyer, un brochure, probablemente no está teniendo ningún tipo de aprovechamiento, estás desperdiciando tu tiempo en el Señor.

Que el Señor te dé un para qué potente, y que, después de que tú seas un creyente, y seas realmente salvo, tú llegues a ser un discípulo de Cristo.

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