El Señor ha puesto en mi corazón una preocupación, y de hecho es algo de lo que voy a estar abordando la próxima semana en el final de nuestra escuela bíblica que estamos desarrollando acá a partir de las 9:30 de la mañana. Es lo concerniente al cansancio, a la turbación, a la aflicción. Y sin ánimo de que en lo personal yo sea reiterativo y repetitivo con este tema, hay una realidad que no podemos dejar de pasar por alto: el agotamiento que se evidencia en nosotros. Estamos agotados. Es un agotamiento causado por diversas situaciones, y ese agotamiento nos conduce no solo a que se refleje en lo físico, sino también en lo mental y, de manera más peligrosa, espiritualmente también.
Esta es una situación indeseable, nosotros no debemos ver esto como una normalidad. Es cierto, el Señor nos ha dicho que en el mundo tendríamos aflicción y nos llama a que confiemos en Él porque Él venció al mundo. No obstante, entiendo que no es saludable que nosotros pasemos por prolongados periodos de agotamiento y abatimiento, porque se genera una carga de estrés y de ansiedad tal que nos deja en una manera muy complicada, muy complicada. Nos hace estar en una posición vulnerable, y esa posición vulnerable, cuando estamos así tan abatidos, es una oportunidad de oro que tiene el enemigo de nuestras almas para aprovecharse de ella. Por eso, aunque tengamos que atravesar en nuestra vida, y más en este mundo caído, por situaciones de este tipo, no deberíamos tratar de permanecer en ese estado.
La solución no es ir detrás de lo que nos ofrece el mundo, la solución a esto no es ir detrás del engaño de Satanás. Porque si lo hacemos, si somos engañados, la aflicción se va a agudizar más, la ansiedad se va a exacerbar más sobre cada uno de nosotros. Y terminaremos deshonrando a nuestro Dios, terminaremos pecando. En la mañana de hoy voy a tener una breve reflexión al respecto, en cuanto a la invitación que nos hace el Señor, y he titulado el mensaje de hoy: “La gran invitación a descansar en el Señor”, para que podamos comprender que solo el Señor Jesucristo es el único camino para encontrar descanso y reposo para nuestras almas.
Lectura de la gran invitación de Jesús
Quisiera que por favor me acompañaran en Mateo capítulo 11, Mateo capítulo 11, y vamos a estar leyendo los versículos del 28 al 30. La gran invitación que Dios nos hace, que Jesucristo nos hace, a descansar en Él. Dice la Palabra de Dios:
Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.
— Mateo 11:28-30
La Reina-Valera dice “trabajados y cargados”, yo estoy leyendo con la Biblia de las Américas. ¿Pueden sentarse los que estuvieron de pie? En la mañana de hoy nuestro hermano Raúl hablaba mucho sobre lo que era el contexto de las porciones en las Escrituras. Y esto es muy bueno para que nosotros podamos entender qué es lo que el Señor ha querido decirnos y cómo nosotros podemos aplicarlo a nuestra vida. ¿Qué estamos viendo aquí? ¿Ante qué estamos?
Lo primero que acabo de decirles es que estos versículos, estos tres versículos, los versículos del 28 al 30, son de los pasajes más hermosos que nosotros podemos encontrar en las Escrituras. Es una de las porciones más alicientes que nosotros podemos tener. Es una porción que cada creyente debe memorizarla, para que de esa manera pueda tener el consuelo que nos imparten dichos versículos en la hora de la tristeza y el sufrimiento. Entonces, hermanos, ¿qué tenemos acá?
¿A quiénes invita Jesús a venir?
¿Qué tenemos acá, hermanos? Jesús le está diciendo algo a la humanidad pecadora. ¿Qué le está diciendo? ¿Él le está diciendo: aléjense de mí? ¿Le está diciendo: no vengan a mí? No. Él está extendiendo una gran invitación y es: “Venid a mí, vengan a mí”. ¿Quiénes son los que están invitados a esta exhortación que nos hace nuestro Señor? Son todos aquellos, tal y como literalmente dice el texto, todos aquellos que están trabajados y cargados. No obstante, esta porción es muy rica y, de acuerdo al contexto, vuelvo y explico, hay varias referencias a las cuales alude dicho pasaje.
La primera, que es muy acertada, porque recuérdense que a este punto del ministerio nuestro Señor Jesucristo está en el nudo, está en el cénit de su ministerio público, y ya había tenido muchísimas confrontaciones con los escribas, con los fariseos, con el establishment religioso de la época. Sin embargo, alude aquí, cuando Él dice “venid a mí todos los cargados y trabajados”, en primera gran referencia, a los judíos que estaban bajo el yugo de la ley. Que estaban siendo motivados, estaban siendo llevados por los rabinos y los maestros de la ley a una aplicación estricta de la misma, tanto la ley oral como la ley escrita, y también la misma que ellos habían creado, que estaba fuera de lo que el Señor había dicho.
Eran leyes que ellos mismos habían creado, que no estaban ni siquiera ellos mismos dispuestos a someterse, pero querían que otros sí estuvieran obligados a cumplirla. Era una carga muy pesada; por eso se habla de “yugo”, primera acepción. La segunda referencia, hermanos queridos, se hace a la del hombre que está aplastado por el peso de su pecado. “Venid a mí”, aquel hombre cuyo pecado lo abruma, cuyo pecado lo deja inutilizado, lo deja postrado. La culpa que hay en él no le permite avanzar, es también para ellos este llamado.
Pero también ese “venid a mí”, que es una referencia a la cual hace este pasaje, tiene que ver con la invitación que el Señor les tiende a aquellos que han confesado a nuestro Señor Jesucristo, a todos nosotros como creyentes que podemos estar sobrecargados y fatigados. A los tales, el Señor les dice: “Venid a mí y yo os haré descansar”. Literalmente es: yo los descansaré, yo asumiré lo que les está causando pesar.
Creyentes cansados, turbados y en peligro
Pero hay una condición sine qua non: hay que acudir al llamado, hay que estar en su presencia. No es solamente quedarme con que yo lo escuché, sino es: yo lo escuché, el Señor me invita y yo respondo en consecuencia. A esta última referencia es que nos vamos a estar enfocando en esta mañana: a todos aquellos creyentes que estamos cargados, estamos turbados, estamos bien afligidos, estamos estresados, estamos angustiados por múltiples razones. Voy a exponer algunas. Voy a decir tres cosas con respecto, brevemente, a este pasaje: a quiénes va dirigida esta invitación, qué es lo que nos causa el cansancio y terminaré enfocándome más acerca del peligro de permanecer en el estado de fatiga y de turbación rechazando la invitación que nos hace nuestro Señor.
Grave peligro. ¿A quiénes va dirigido este pasaje? ¿A quién se dirige? Se dirige a aquellos que no se creen dignos, no se dirige a aquellos que piensan que son rectos. Se dirige a aquellos que han sido trabajados, que han sido cargados, calificativos que incluyen una muchedumbre de personas en este mundo de dolor, este mundo caído, este mundo lleno de aflicción. Este mensaje va dirigido, esta invitación va dirigida a los que sienten un abatimiento profundo del cual quisieran deshacerse, ya que o ha sido causado por el pecado, o la desgracia de lo que acontece en el mundo les ha sobrevenido. Está dirigido a aquellos que son presa de la ansiedad y del remordimiento.
Todos aquellos que sufren son calificados para acudir a la invitación que nos hace nuestro Señor. Esta invitación, hermanos, no es para los que se creen inteligentes y sabios en su propia opinión, sino para aquellos que han manifestado una actitud de sencillez y dependencia, a la de los niños, tal y como nos dice la perícopa de este capítulo en el versículo 25:
En aquel tiempo, Jesús hablando dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes, y las revelaste a los niños.
— Mateo 11:25
Aquellos que son lo suficientemente humildes para reconocer su condición y que saben que fuera de Cristo no hay solución para salir de allí.
El orgullo, el autoengaño y la falsa autosuficiencia
Esta invitación no es para los fuertes, no es para los que se creen vigorosos por sí mismos, sino para aquellos que se saben cansados, que se reconocen agobiados, que se reconocen cargados, física, reitero, mental y espiritualmente. Lo más triste de todo esto, hermanos, es que muchos de nosotros estamos consumiéndonos internamente en ese cansancio. Y por el hecho de no mostrar una imagen de vulnerabilidad, y el orgullo que siempre está a la orden del día para sentarse en el trono de nuestro corazón, nos hace pensar que podemos seguir adelante por nosotros mismos, de que yo puedo con la carga, yo puedo resolver el problema. Yo estoy cansado ahora, pero eso es algo temporal, yo salgo de esta a la brevedad.
Pero también está el hecho del autoengaño. ¿Y cuál es el autoengaño en el cual incurrimos muchas veces? Pensar que, como hemos hecho una profesión de fe, de que sí hemos confesado a Cristo, todo va a estar bien. Él lo dijo: “En el mundo tendremos aflicción”. Y, de hecho, las pruebas son el mecanismo que utiliza el Señor, primero, para que nuestra fe sea refinada, pero también para que se ejercite la confianza que tenemos en el Señor. Si fuera que no hubiera pruebas, entonces nosotros viviéramos aquí en esta tierra todo color de rosa, pero no. El Señor quiere que nosotros estemos dependiendo de Él de manera continua.
Él quiere que todo nuestro caminar cristiano, toda nuestra vida, sea una vida en la cual estemos pegados a Él, como dice Juan capítulo 15, a la vid verdadera, sabiendo que separados de Él no podemos hacer nada. Por más autosuficiente, por más sabio, por más fuerte, por más vigoroso que nosotros nos creamos, a este es el público al cual el Señor le está diciendo: “Venid a mí”. Aquellos que están cargados, turbados de esa manera, aquellos que son lo suficientemente humildes para reconocer que lo están y que solo en Cristo encontrarán descanso para sus almas.
De qué estamos cansados realmente
¿De qué estamos cansados, hermanos? Reina-Valera dice “trabajados y cargados”. Hay diversas versiones con respecto a este versículo y estas dos palabras: algunos la traducen “cansados y agobiados”, “cansados y afligidos”, “fatigados y cargados”, “angustiados y preocupados”. De acuerdo al término original en griego, todas son traducciones correctas, y tanto una como la otra, trabajado y cargado, son sinónimos. Prácticamente significan lo mismo, hay una estrecha relación con eso.
Pero hay cosas que nos hacen llegar ahí. Por ejemplo, una de ellas es el afán cotidiano de tener que batallar con las realidades propias de un mundo caído. Hermano, tener que usted batallar con la realidad propia de un mundo caído, eso es algo terrible. La enfermedad. Recientemente hemos tenido muchos temas dentro de la iglesia y con personas relacionadas a nosotros que han estado en situaciones bien ahí al filo, situaciones médicas bien complicadas. Y aunque pudieran aparecer súbitamente, muchas de esas condiciones se vienen luchando con ellas desde hace un buen tiempo. Eso cansa.
Y uno viene y se pregunta: “Señor, ¿y hasta cuándo? ¿Cuándo acabamos de tener un respiro? ¿Cuándo acabamos de tener un descanso? ¿Siempre vamos a estar en eso?”. Cuando usted no cuenta con los recursos para suplir sus necesidades, usted dice: “Guau, ya se me viene todo encima, pero no sé cómo lo voy a resolver, no tengo los medios, no tengo los recursos”. Y no solamente a veces son recursos económicos, a veces son recursos humanos que no tenemos para poderlo resolver, y uno dándole mente y tratando de buscar la forma. Eso cansa.
Y la pérdida también. A veces uno entra en una secuencia, una serie de eventos desafortunados —la serie lo digo—, en la cual tú dices: “Ven acá…”. Uno no deja de compararse con Job. Hablaba con un excompañero de trabajo hace una semana, y él me decía una serie de cosas que le habían ocurrido.
Luchas diarias, ejemplos y cansancio mental
Tenía problema en su casa, la ruptura de su matrimonio, perdió su trabajo. Y él me decía: “Óyeme…”, y yo le digo: “Bueno, oraré por ti”. Él no es creyente. “Mira, yo puedo orar por ti”. Pero me sorprende y me dice: “Oye, yo estaba hablando con alguien y he estado estudiando el libro de Job para ver…”. Digo: “Gloria sea al Señor. Espero que haya llegado a la parte donde dice: ‘De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven’, y que pueda entonces arrepentirse para caminar hacia el Señor en ese arrepentimiento y en la fe que Él demanda”.
Pero todo este tipo de cosas, hermanos, cuando usted las conjuga, eso cansa, eso agota, eso agobia. Y no solamente físicamente, porque usted puede decir: “Mira, yo estoy cansado físicamente, voy a programarme, voy a tratar de dormir más horas de las que duermo, voy a tratar de hacer una agenda para tratar de relajarme”. Pero miren, lo más difícil —y se lo digo yo con conocimiento de causa— es el cansancio mental, el cansancio emocional. Y son los más peligrosos, porque eso apunta directamente a nuestra alma, apunta directamente a nuestra alma, y más adelante le voy a decir por qué es que eso es tan peligroso.
¿Qué otra cosa nos puede cansar, hermanos? La múltiple complicación en nuestro ámbito laboral, por ejemplo. Y yo hablo por mí. Muchos afanes, planes que no se concretan, expectativas que ante la administración no son cumplidas. Eventos con los cuales nosotros no tenemos control, que dependen de terceros, hasta de cuartos, pero que sin embargo nos afectan nuestro día a día. Pero eso es el caso de nosotros, afortunados que tenemos empleo. ¿Y los que no tienen? Se cansan. Se cansan de estar buscando, se cansan de estar esperando la llamada, se cansan de estar contactando al amigo.
Y los recibos y las deudas acumulándose. Eso cansa. Lo cansa. Ansiedad extrema.
Expectativas no cumplidas y falta de contentamiento
Otra cosa, hermanos, que nos cansa: la lucha en nuestro corazón para manejar la insatisfacción de nuestras expectativas no concretadas. “Mira, yo hace cinco años entendía que ahora, en el 2023, iba a estar así… ni remotamente. Mira, yo el año pasado programé, me apliqué para lograr esto, y no lo he logrado”. Y cuando usted viene y pasa ese balance, ¡mire! Y lo peor del mundo es que a veces, a nuestro alrededor, nosotros —es algo que es instintivo, por así decirlo— nos comparamos. Dice: “Mira, fulano llegó donde yo quería estar y yo no he llegado”.
Esas expectativas son complicadas. ¿Y ustedes saben qué es lo que sucede con eso? El Señor a qué nos manda: a que tengamos contentamiento. Yo hablaba ayer con un hermano, y él me decía, con respecto a una expresión que tú enseñabas esta mañana, Nicolás, con respecto a lo que es llevar la cruz, y ese hermano me decía: “Mira, el llevar la cruz lo que implica es que tú te mueres a esas cosas; que ya tus expectativas no son las expectativas que tú tenías, que pudieran ser loables, que tal vez no sean pecaminosas en el fondo, tal vez no lo son, pero no están impregnadas de lo que es apuntar nuestra visión hacia la eternidad”.
Y me decía ese hermano: “Mira, ya yo asumí esto, y ya yo sé que lo que yo pensaba hace unos años, de donde yo entendía que debía de estar con mi esfuerzo y que no lo he logrado, yo me morí a eso”.
Cuando no nos morimos a eso, esa insatisfacción genera ansiedad, genera carga mental, y usted se cansa. Porque usted dice: “Oye, ya la fecha que yo le había puesto, el reloj está avanzando y yo no lo he logrado”. Entonces usted se afana yendo detrás de eso. Pero no lo va a lograr, o tal vez no en el tiempo en el cual usted quiso que se lograra, y Dios tal vez sí se lo va a dar, en su soberanía lo tiene contemplado hacerlo más adelante. Pero nosotros luchamos, peleamos con eso, nos cansa.
La batalla contra el pecado y la carne
¿Qué más nos cansa, hermanos queridos? La batalla contra el pecado y nuestra carne, en una intención de querer hacer la voluntad de Dios en nuestra vida. ¿Ustedes quieren algo más desgastante que usted saber que tiene una debilidad, que de acuerdo a su propia concupiscencia, de acuerdo a la reminiscencia del hombre caído, del hombre corrupto que le queda ahí a usted, se siente tentado continuamente a deshonrar al Señor en un pecado específico? Y usted está consciente, y el Espíritu Santo le convence y le dice: “No, ese no es el camino”. Pero la carne te hala, tu cuerpo te hala. Y esa fricción constante desgasta.
Solamente una liberación total y completa sobre eso, una victoria definitiva sobre ese aspecto es que te puede traer el descanso. Pero la misma no será lograda por usted mismo, no será lograda por nuestros propios medios. La misma será lograda por la acción del Espíritu Santo en nuestra vida, y solamente el Espíritu Santo es más activo en nuestra vida cuando estamos en la presencia del Señor. Por eso el Señor nos dice: “Venid a mí todos aquellos que están cargados, trabajados, turbados”.
Uno puede ver esto como posibilidad: “Mira, está la posibilidad de que yo esté padeciendo la lucha contra el pecado; está la posibilidad de que yo esté luchando en mi ámbito laboral; está la posibilidad de que yo esté batallando con el afán cotidiano; está la posibilidad de que yo esté lidiando con mi insatisfacción”. Y uno puede decir: “Son posibilidades”. Y debo decirles que no, desafortunadamente no son posibilidades, son realidades. Son realidades.
Todos los que estamos aquí, de alguna u otra forma, estamos inmersos en este tipo de batallas, e incluso algunas que yo ni siquiera he mencionado, que nos cansan. Y debo decirles, sin ánimo de ser derrotista ni ser fatalista, probablemente nosotros, o hay algunos, que estén luchando con todas. Eh, mi hermano, con todas. Qué difícil.
Aflicción de espíritu y peligro de permanecer así
Y el Señor ve… déjenme ver qué pasa aquí, permítanme este inconveniente técnico… Todas estas cosas, hermanos, nos cargan mentalmente, nos cargan espiritualmente. Nos llevan a que esa carga no solamente sea en lo físico, sino en lo espiritual. Todas estas realidades juntas generan en nosotros una ansiedad y un estrés tal que nos lleva a lo que dice la Escritura: aflicción de espíritu. Todo ese tipo de cosas te dice: “Ah, pero mi espíritu está afligido, no solamente por el pecado, sino también por esto”. Y, de hecho, el asunto de que no estamos confiando lo suficientemente en el Señor en medio de esto, de que no estemos acudiendo a la invitación que nos hace el Señor, eso es pecado.
¿Y qué consecuencia tenemos? Aflicción de espíritu. ¿Y cuál es el peligro, hermano, de usted permanecer en esto? Miren, esto es muy, muy peligroso, y aquí yo quiero concentrarme. Miren, es gravísimo, es gravísimo el peligro ante el cual nos enfrentamos de permanecer en ese estado sin acudir a la invitación de nuestro Señor. Grave. Enfocarnos poniendo la vista en las cosas que nos cansan, que nos agobian, que nos cargan, poniendo la vista en el problema que nos aflige en vez de ponerla en Cristo, que es el autor y consumador de la fe, como Él dice: “Puestos los ojos en Jesús”, dice la carta a los Hebreos, “autor y consumador de la fe”.
Pero nosotros, en el ánimo de que, por nuestro propio orgullo, queramos resolver las cosas, nos enfocamos en el problema, en la situación: “Yo lo resuelvo”. Pero aun yo sé que no puedo resolverlo. Todo eso me ofusca y hace que yo espiritualmente me apague, me apague y no acuda donde tengo que acudir.
El engaño del mundo como falso alivio
Pensar satisfacer nuestra necesidad de alivio ante la aflicción causada por el estrés y la ansiedad, yendo detrás de lo que el mundo y Satanás nos ofrece, ese es el gravísimo peligro. El mundo está allí, dándonos todas las “soluciones” a nuestro problema. Todas. Para esto, múltiples. Y el enemigo de nuestra alma, utilizando a siervos a conciencia, siervos a inconsciencia, o inclusive nosotros, dándole cabida a pensamientos para que él nos pueda influenciar. En vez de acudir a Cristo, vamos a lo que el mundo nos ofrece.
Buscando cosas, como dice la propia Escritura, que no sacian. Cosas, como dijo el apóstol Juan, que pasan, no prevalecen:
El mundo pasa y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
— 1 Juan 2:17
Pero vamos allí, a ver lo que nos ofrece el mundo, lo que nos ofrece Satanás, como un sucedáneo, como una alternativa. “Ah, Señor, yo te he orado por esto, para que tú resuelvas conmigo en este trabajo, o que me saques de aquí, o que me des otro. No ha ocurrido. Déjame yo ver qué el mundo me dice, qué ventajas yo puedo utilizar para salir de esa situación. Qué alternativas yo tengo para mi cansancio, qué opción tengo yo para esa carga”. Pero la realidad es que, al final, y de manera definitiva, lo que vamos es a traer hacia nosotros más desesperanza, un abatimiento y una preocupación, una desesperación todavía más profunda.
Yo les pregunto a ustedes: ¿acaso la sed se puede quitar con agua salada, por más fría que ésta esté? ¿Acaso el que está enfermo puede mejorarse o curarse de su enfermedad, de su padecimiento, ingiriendo una sustancia tóxica, por mejor presentada que esté el envase? No. Es lo mismo, es exactamente lo mismo. El que tiene sed, lo que busca es el agua fresca. El que está enfermo, lo que busca es el medicamento orientado específicamente a tratar su mal.
El mundo lo que nos da es agua salada. Nos deja cada vez más esa sensación de que no somos saciados, exacerba nuestra insaciabilidad. El mundo lo que nos trae es veneno, hermanos queridos, lamentablemente. Cuando usted viene y toma todas estas cosas, diciéndole sí al mundo y no al Señor que nos pide que acudamos a Él, lo que está es acarreando más mal hacia usted.
Satanás pescando en aguas turbias
Decía el puritano Thomas Watson que “a Satanás le encanta pescar en las aguas turbulentas de un corazón descontento”. Cuando usted está en ese estado —por eso es lo peligroso de ese estado— usted espiritualmente está ofuscado, está obnubilado, su vista espiritual está corta. El Señor haciendo múltiples cosas alrededor suyo, glorificándose de una manera extraordinaria, pero usted no lo percibe, porque usted no ha acudido a la invitación. Usted fue directamente al camino de la presión, usted cogió el camino más fácil, usted cogió la puerta ancha.
En las Escrituras, hermanos queridos, hay un ejemplo de lo peligroso que es esto. El Señor tuvo misericordia de él, pero no siempre se dan estas cosas providenciales que nos impiden caer. En el primer libro de Samuel, capítulo 29, se narra una historia, y es la historia de que David estaba totalmente afligido, estaba exhausto, estaba cansado, estaba turbado por la persecución que le hacía Saúl. Quería matarlo, atentó contra su vida en varias ocasiones, y él, y un grupo de hombres desamparados también que se juntaron en la cueva de Adulam, en vista de eso, dice: “Óyeme, ya yo estoy cansado de seguir huyendo de Saúl, y no voy a atentar contra él porque es el ungido del Señor”.
¿Y usted sabe lo que terminó haciendo David? David, en su desesperación, terminó refugiándose en una ciudad filistea. ¿Quiénes eran los filisteos? Los enemigos del pueblo de Israel. Y él llegó, dadas sus condiciones, su competencia, a ser muy valorado por el rey de esa ciudad, el rey Aquis. Y David tuvo una obnubilación espiritual tan profunda, tan difusa, que lo último que iba a hacer David era ir a una campaña, ir a la batalla, ir a la guerra con el rey Aquis de esta ciudad filistea en contra de los israelitas, su propio pueblo, sus propios hermanos, el pueblo que había escogido el Dios a quien él le servía. Y ustedes iban a decir: “¿Cómo David va a hacer eso?”.
David, ejemplo de lo que puede pasar
Eso es un ejemplo inequívoco de lo que nosotros podemos sufrir, del peligro al cual nosotros podemos sucumbir a causa de eso: tomar lo que el mundo y Satanás nos ofrece cuando estamos abatidos. Lo que alimenta es la ansiedad, la turbación mental y de espíritu, a que rechacemos a Cristo y eventualmente estemos pecando. Lamentablemente, a veces estamos tan ofuscados, tan oscuros, que no escuchamos la voz de Dios en su invitación. Juan 5:39-40, dice el Señor —y en el 40, especialmente—:
…y no queréis venir a mí para que tengáis vida.
— Juan 5:40
El Señor, el mismo que está diciendo: “Venid a mí todos los que están cargados, trabajados, turbados, y yo los haré descansar”, dice también: “Es que no quieren venir a mí para que tengan vida”.
A fin de cuentas, hermanos queridos, ante todo esto hay una gran verdad que es tan clara como el sol del mediodía, y es que la paga del pecado es muerte. El rechazar a Cristo y aceptar el ofrecimiento que el mundo y Satanás me dan, eso es lo que va a traer: muerte. Puede traer muerte física o puede traer muerte espiritual. Como les decía, no siempre nosotros contamos con la providencia del Señor, como la tuvo David en ese momento. Hubo un grupo de los mismos líderes militares del rey Aquis que le dijeron: “Ven acá, ¿y tú vas a dejar que David coja con nosotros? Porque si después se vuelve contra nosotros…”. “No, no, no, no, no. Suéltalo”. Y el rey Aquis le dijo: “Mira, yo sé que tú te has comportado muy bien conmigo, pero mira, vete”.
No siempre nosotros, cuando estemos camino a asumir lo que Satanás nos da, vamos a encontrar una gente que nos diga: “Mira, devuélvete. Detente”. Lo grande del caso, hermanos, es que a veces nosotros estamos tan hartos que abrazamos eso, y nos cansamos más, deshonramos al Señor, y usted se da cuenta porque espiritualmente usted no está lúcido. No lo está. Y eso es lo que yo quiero advertirles, hermanos queridos: si estamos a punto de acudir al mundo o ya lo hemos hecho, devolvámonos hacia Cristo. Devuélvase. Deténgase. No siga ese camino, que es muerte.
Quietos delante de Dios en medio del cansancio
En medio del desasosiego y el cansancio, el Señor, por medio de su Palabra, nos alienta y nos estimula. Mire lo que dice el Salmo 4, versículos 4 y 5:
Temblad y no pequéis; meditad en vuestro corazón sobre vuestro lecho, y callad. Ofreced sacrificios de justicia, y confiad en el Señor.
— Salmo 4:4-5
Deténgase, cállese, quédese quieto, medite en el Señor. Si alguna decisión usted tiene que tomar, es acudir a Cristo, esa es la decisión. No hay otra, no hay otra alternativa, es acudir a Cristo. Y esta semana también, precisamente, un hermano muy querido de nosotros publicó una reflexión en una de sus redes sociales que yo inclusive la compartí con algunos de mis hermanos y dije: “¡Guau, qué cierto!”. Salmo 46:10-11:
Estad quietos y sabed que yo soy Dios; exaltado seré entre las naciones, exaltado seré en la tierra. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro baluarte es el Dios de Jacob.
— Salmo 46:10-11
Usted está cansado, usted está afligido, Jesucristo lo dice: acudan a Él. Pero, más aún, el Señor, desde el Antiguo Testamento, viene y te dice: “Quédense quietos. No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí”. Mantengámonos quietos. Eso es: desistan del camino en el cual hemos emprendido de acuerdo a lo que Satanás nos ha ofrecido. Deténgase, devuélvase, reviértalo. No persista en él. No persista, porque es muerte.
Ante todo debemos acudir a este llamado con la convicción de que nuestra satisfacción y descanso plenos no se encuentran en otro lugar que no sea la presencia del Señor. Jeremías 31:25 dice:
Porque satisfaré al alma cansada, y saciaré a toda alma entristecida.
— Jeremías 31:25
Antes de que el Señor Jesucristo dijera: “Venid a mí todos los cargados, todos los trabajados, todos los turbados”, el Señor, por medio de sus siervos, nos viene dejando ese mensaje: “Satisfaré el alma cansada y saciaré toda alma entristecida”.
Cómo debemos venir: sencillez, obediencia y yugo de Cristo
Juan Carlos Ryle reflexiona sobre esto de la siguiente forma: “Cuán sencilla es la invitación que Jesús hace a los afligidos y agobiados: ‘Venid a mí; llevad mi yugo sobre vosotros’. Él no nos impone severas condiciones, ni prescribe actos que deban ejecutarse o merecimientos que deban adquirirse previamente. Lo único que pide es que nos acerquemos a Él tales como somos, con todos nuestros pecados, y que nos sometamos a sus preceptos como tiernos niños. Parece decirnos: ‘No ocurráis a hombre alguno para obtener alivio, ni alimentéis la esperanza de que os venga auxilio de alguna otra parte. Así como sois, venid a mí, que soy manso. No al hombre, no a lo que el mundo te ofrece, no a los engaños de Satanás; es venid a mí, a Cristo’”.
Y la porción ya cerrando, el Señor nos dice: “Mi yugo es fácil y mi carga ligera”. Probablemente eso sea algo que detenga a algunos de acudir a Cristo: “¿Cuáles son las exigencias? ¿Cuáles son las demandas? Si yo acudo a Cristo, entonces, ¿y ahora qué? ¿Qué va a pasar de mí? ¿Estoy yo dispuesto a cumplir con lo que el Señor demanda? ¿Es acaso que me impone algo demasiado difícil?”.
1 Juan 5:3 lo explica de una forma más clara. Nos muestra que, si decimos amar a Dios —eso es lo primero, por ahí es que debe empezar todo, amar a Dios sobre todas las cosas, más que el mundo, más que todo—, también debemos amar sus mandamientos. Y cuando yo acudo a Él es porque estoy plenamente consciente de que ya Él será Señor sobre mi vida y ya yo no tendré el control de ella. Ya yo no estaré dirigiendo el destino de mi propia vida, sino que el capitán del barco de mi vida es Jesús, la brújula que me llevará a buen puerto es el Espíritu Santo. Entonces ahí yo tengo que someterme a Él.
Pero Él tiene sus demandas. “Si ustedes me aman, guarden mis mandamientos, amen mis mandamientos”. ¿Y qué Él dice? “Mis mandamientos no son gravosos”. No son gravosos. La Palabra del Señor es alimento para nuestras almas, es dulce a nuestro paladar, es la porción que necesitamos para ser sostenidos. Y qué mejor que nosotros manifestemos obediencia a nuestro Dios.
Responder a la invitación y entrar en su reposo
Nuestra actitud ante el cansancio y la aflicción debe ser responder positivamente, exclusivamente, a la invitación que nos hace el Señor. Hay tres imperativos en esto: Él dice “Venid”, acudan, yo estoy aquí disponible. “Aprended” que soy manso y humilde. El que se acerca a Jesús no puede ir con autosuficiencia, no puede ir con orgullo, no puede ir pensando que seguirá controlando su vida, sino que tiene que ir en plena dependencia de Él, como un niño, como un niño. Y que “tomemos su yugo”, tomemos el yugo de Él, que es ligero.
El de la carga que nos abate, el de las cargas que nos abruman, ese Cristo lo va a llevar. Él no va a imponer otro que no solamente será satisfactorio, sino que será imprescindible para nosotros poder tener la vida plena que Él quiere que nosotros tengamos. Pero, tal y como decía mi hermano Nicolás, aquí podemos tener una pequeña visión de eso: desde aquí empezamos a vivirla, la vida eterna. Pero allá arriba es que verdaderamente vamos a tener total cumplimiento: el pasar la eternidad junto a mi Señor, en lo cual el cansancio, la turbación, el trabajo, no va a tener ningún tipo de efecto sobre nosotros.
Que nuestra respuesta no sea la desobediencia propia del corazón endurecido, como dice la carta a los Hebreos:
Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación.
— Hebreos 3:15
De manera que no seamos desobedientes y que podamos entrar en el reposo de nuestro Señor. La respuesta debe ser la de ser humildes, ser mansos, sabiendo que solo en Jesucristo hay descanso para nuestras almas.