Primera carta de Pablo a los corintios en el capítulo 7, y estaremos leyendo a partir del versículo 12, Primera de Corintios, capítulo 7. Doy un chance ahí para que todos puedan buscarlo. Primera carta de Pablo a los corintios, en el capítulo 7 estaremos leyendo del versículo 12 en adelante. Quisiera mostrarles de esta porción de la Escritura cómo amar a nuestros familiares no creyentes. Y alguien dirá: ¿y qué tiene que ver esto con la serie de Navidad? Parece un texto poco convencional para compartir en la temporada de Navidad, pero denme un momentito y quizá pueda traerle un poquito de contexto. Hemos predicado ya varios sermones relativos directamente a la Navidad. Pero como creyentes reconocemos que para nosotros el principal sentido de la Navidad es el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.
Es lo más importante. De esto hablamos siempre, es el centro de la Navidad para un cristiano. Pero la Navidad no es solamente la convicción de un creyente. Seríamos nosotros un poco torpes si dejamos de reconocer que la Navidad también es un asunto cultural y que nosotros estamos dentro de una cultura, y que parte de la cultura en Navidad es que en Navidad las familias se reúnen. Es que en Navidad las personas buscan encontrarse. Para nosotros, como cristianos, es principalmente el nacimiento del Señor, pero también es una temporada en la que estamos comprometidos a un sinnúmero de actividades en las que no podemos evitar participar. Es una temporada que nos reta especialmente en las relaciones.
Los angelitos, los encuentros, las cenas, los intercambios, todo el mundo quiere verse. Y normalmente nos visita el pensamiento: ¿qué hago, si yo soy un creyente? Muchos de ustedes viajarán a sus pueblos, se encontrarán con los abuelos, con los tíos, con los primos. Gran parte de nuestra familia natural está compuesta por personas que no son creyentes, que no tienen nuestras convicciones. Tenemos padres no creyentes, hermanos, sobrinos, hijos. Y quisiera, desde una porción de la Escritura, mostrarles que la voluntad de Dios para nosotros es que no les abandonemos, sino que busquemos la manera de hacer una influencia positiva en nuestra familia, y que una de las cosas más maduras que puede hacer un creyente en la temporada de Navidad es compartir con su familia.
Esto no es raro en nuestra iglesia. Cada temporada trato de tomar por lo menos un sermón para animar a la iglesia a que vaya a su casa, a los suyos, y les muestre las grandes cosas que el Señor ha hecho con ustedes y cómo ha tenido misericordia de nosotros. Acompáñenme a Primera de Corintios, capítulo 7, del 12 en adelante, y veamos desde aquí cómo tener sabiduría para amar a nuestros familiares que aún no han creído. Es la palabra del Señor en la primera carta de Pablo a los corintios, en el capítulo 7. Leeremos desde el versículo 12 y hasta el 16. Así, la Escritura, el apóstol Pablo, instruyendo a la iglesia al respecto de las relaciones familiares, dice así:
Y a los demás yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone. Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos. Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios. Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?
— 1 Corintios 7:12-16
Pueden sentarse, mis hermanos.
Preparándonos para Nochebuena sin abandonar a la familia
Yo quisiera preparar hoy la iglesia para la Nochebuena y el Año Nuevo. Quisiera que ustedes se aproximen a las reuniones familiares, en vez de con una cara larga, como quien dice “aquí voy, como oveja al matadero, a compartir con gente que yo no quisiera compartir”, que se aproximen con una actitud positiva, llenos de entusiasmo. Que sintamos el privilegio que tenemos nosotros de ser sal y ser luz en medio de nuestra familia natural. Quisiera que las esposas que están casadas con maridos no creyentes los acompañen en esta temporada, y que los maridos se hagan especialmente disponibles para sus esposas. Quisiera que los hijos creyentes aprovecharan la temporada para conectarse especialmente con sus padres, aun si sus padres no están en el Señor, y que los padres que tienen hijos no creyentes, en vez de rechazarles o tratarles como si fueran ciudadanos de segunda, entendieran el propósito de Dios, y el propósito de Dios es que amemos a nuestros familiares porque Él nos los dio.
Parece un pensamiento derrotista, pero admito que no todos nuestros familiares van a ser salvos, pero todos nuestros familiares han de ser amados en el Señor. Reconozco que, como creyentes, tenemos tanta hambre de dar testimonio a los nuestros y de que crean en Cristo que se nos puede olvidar la cosa más básica, y la cosa más básica es que el Señor nos salvó a nosotros para que a ellos lleguemos a amarles mejor. Yo espero que todos mis familiares sean salvos, pero aunque no todos sean salvos, yo espero que el Señor me siga dando gracia para poder manifestarles mi amor, mi cariño, mi disponibilidad. Pues estemos o no estemos en Cristo, todos mis familiares tienen la imagen de Dios.
Aquí hay un llamado, desde un texto que es poco convencional para la temporada de Navidad, pero que entiendo muy a propósito, y el llamado es evitar abandonar a la familia. Dice el apóstol reiteradamente: “y a los demás… si alguno tiene un cónyuge no creyente”, y dice una palabra que le encuentro en este momento preciosa, dice: “no le abandone”. Es evidente que esta porción de la Escritura es una sección donde hablamos, exhortamos, instruimos a la iglesia al respecto de evitar el yugo desigual, pero podemos pasar e ignorar el hecho de que hay gran cantidad de hermanos nuestros que no pueden evitar estar en relaciones matrimoniales donde su cónyuge no es creyente, y en esta temporada del año es una relación que se carga de manera especial.
La conversión altera la dinámica familiar
Si hay un momento donde se marca la diferencia entre el creyente y el no cristiano es en la temporada de Navidad. El creyente tiene unas prioridades, el no creyente tiene otras; el creyente tiene unas convicciones, al otro no le importa; el no creyente tiene una agenda, el cristiano tiene otra agenda. ¿Cómo podemos traer gracia a estas relaciones de forma tal que, en vez de abandonar a nuestra familia, la busquemos en el Señor? Aquí el apóstol Pablo está mostrando algo como una excepción. ¿Cuál es la excepción? Que hay hermanos nuestros que anhelarían estar casados con cónyuges cristianos y no pueden. Y qué impotencia, hermano, porque la salvación es del Señor. Y una de las cosas que nosotros no podemos discernir como seres humanos es por qué el Señor a algunos les salva y a otros no.
Y esto a mí me rompe la cabeza: si el Señor hizo la familia, ¿por qué no salva a todos los integrantes de la familia al mismo tiempo? No. A veces el Señor salva a un hijo, después salva a un cónyuge, después salva a un abuelo; a veces salva a los dos cónyuges y lo hace al tiempo de Dios y no al nuestro. Y en lo que Dios va haciendo su obra, hermanos, nosotros deberíamos ir amando, esa es la señal. ¿Cuál es la norma general en la Escritura? La norma general en la Escritura, por mandamiento y ejemplo, es evitar el yugo desigual, pero hay veces que usted no puede evitar que ya está casado cuando vino a Cristo. De hecho, yo me veo a mí mismo animando a mis hermanos a que eviten el yugo desigual, y digo: ¿qué hacemos con aquellos que ya lo tienen?
Yo me gozo, hermano, en que la fe cristiana es una fe que no solamente te dice cuál es la voluntad de Dios, sino que te muestra la voluntad de Dios, y hasta en asuntos donde los hombres preferirían guardar silencio, Dios habla, de forma tal que no nos deja sin respuesta. Quisiera traer empatía para aquellos que están luchando con hijos que no tienen sus convicciones. Qué duro dan estas fechas, ver hacia dónde va el corazón de tus hijos, que es muy distinto a donde va el corazón tuyo. Qué duro da la temporada cuando vemos a gente que nosotros amamos profundamente tomando decisiones que nosotros no compartimos. Qué lucha da ponerse de acuerdo con la familia.
Cuando gran parte de la familia ama al Señor y hay otra parte que no le importa nada. ¿Cómo podemos, como creyentes, traer gracia en esta temporada de Navidad? El primer llamado es: no le abandones. El apóstol Pablo asume que no siempre, en un matrimonio, los dos llegan juntos, agarraditos de la mano, a servir al Señor. No viva en poesía, que eso pocas veces sucede. A veces viene uno y después viene el otro. O a veces nunca llega, o pareciera que nunca va a llegar, y a veces llega cuando ya ni siquiera lo estamos esperando. Que en la familia la salvación no sea automática o federal solamente confirma la soberanía de Dios y que nuestra salvación es un milagro.
Que el Señor salve a un hombre y su esposa mecánicamente no le siga nos muestra que la salvación es del Señor y no nuestra. Que el Señor salve a unos padres y sus hijos permanezcan en incredulidad muestra el milagro de la salvación, pues no hay una persona que ame más a sus hijos que sus padres, y si sus padres les aman tanto y no pueden darles a Cristo, imagínate tú lo milagroso que es el fenómeno de la salvación. Dice el apóstol, cuando comienza: “digo yo, no el Señor”. Y esto ha generado mucha controversia, porque pareciera que alguien dice: bueno, pues esto no tiene la misma autoridad porque aquí está hablando Pablo y no Cristo. Solamente aclaro, hermano.
Pablo anteriormente habló de otros temas, y cuando habló de otros temas, citó textualmente las palabras de Cristo. Y en este momento él, inspirado por el Espíritu Santo, también trae palabra autoritativa para la iglesia, pero él dice: en este momento no estoy citando textualmente a Cristo. Lo que no significa que sea menos autoritario para nosotros, pues Pablo es un apóstol de Jesucristo. Lo que él está diciendo es: lo que en este momento les digo, no estoy transcribiendo las palabras del Maestro, sino diciéndoles algo en nombre del Maestro, pero que el Maestro se lo ha traído a través de mí. Es lo mismo, pues las cartas del Nuevo Testamento fueron escritas por hombres inspirados por el Espíritu Santo.
La salvación requiere conversación y consentimiento
Es evidente que la conversión trae un gran cambio en el matrimonio. Esto no es solamente una transacción normal. Es evidente que venir a Cristo es un asunto que será un incidente en la familia. Y antes de traer gracia al respecto de cómo tratar a tus familiares, a mí me gustaría tratar de traer entendimiento y convicción respecto de lo significativa que es tu salvación. Y si vas a recordar algo en esta temporada, recuerda que tú has pasado de muerte a vida, y que el apóstol Pablo asume que tu salvación será un evento importante en la vida familiar. Esto no pasará desapercibido. Yo desconfío de las personas que hablan de venir a Cristo y te dicen: “ven a Cristo, que eso no es nada, en tu familia las cosas van a seguir normal”. No seguirán normal, y el 24 de diciembre usted se va a dar cuenta.
“Ven a Cristo que todo va a ser igual”. Por ahí viene el 31, prepárense. Vienen las preguntas difíciles, vienen las decisiones difíciles. Yo no miento, hermano: si hay una temporada donde hay que ejercitar discernimiento como creyente es ahora. ¿Lo hago o no lo hago? ¿Voy o no voy? ¿Edifica o no edifica? ¿Conviene o no conviene? Uno no quisiera quedarse debajo de una piedra. Yo creo que la voluntad del Señor es que tú vayas, que participes, que no te abstraigas, pero hay que hacerlo con convicción y entendimiento. El apóstol no asume que esto es normal. Él dice: mira, venir a Cristo, convertirte al Señor es algo que cambiará la dinámica familiar. Si estás recién convertido, si esta es tu primera Navidad en el Señor, la familia lo va sintiendo ya como que “no es como antes”.
Lo primero que la gente ahora piensa dos veces. Piensan en la generalidad y después piensan: “¿y qué vamos a hacer con los cristianos? ¿Dónde los vamos a poner?”. Y eso no es malo, hermano, lo que te estoy mostrando es que no es cosa extraña. Dice el apóstol que es tan grande el cambio que esto requiere consentimiento. Dice: “y ella consiente en vivir con él”. Yo he leído eso durante muchos años, hermano, pero esta semana, cuando lo leí, entendí la profundidad del asunto. Y es que cuando una persona se convierte, no debería asumir que su familia va a entender de manera mecánica lo que ha sucedido, sino que hay que poner las cosas ahora claras.
Hay que conversar y consentir. No es simplemente pedir permiso, es consentimiento, hay una diferencia. No es un asunto de que si me van a dar el permiso o no, es el asunto de si vamos a consentir que ahora conmigo hay que convivir de una manera diferente, pues yo tengo la gracia para seguirte amando y quizá te ame mejor, pero yo quiero saber si tú vas a tener la paciencia de entender que ya las cosas no pueden ser igual. Yo quisiera mostrarles, mis hermanos, que debemos ser claros en cuanto a la realidad de nuestra salvación. Que nosotros nos hemos convertido, y que hace falta una conversación necesaria. La conversación con el cónyuge, decirle: “mi amor, yo tengo que hablar contigo”.
Yo creo que gran parte de los conflictos con cónyuges no creyentes, esposos y esposas, es que no se ha tenido la conversación. ¿Y cuál es la conversación que hay que tener? Decirle claramente: realmente en mi corazón hay una prioridad diferente, en mi mente las convicciones son distintas y en mi vida hay una realidad, y es la realidad de que el Espíritu Santo ha sido derramado en mi corazón abundantemente, de forma tal que yo no voy a ser la misma persona que antes. Probablemente seré distinto. Pero si la gente, para teñirse el pelo o cortárselo, se pone de acuerdo, imagínense lo que es seguir a Cristo. El marido que se ofende porque ella se cortó el pelo o se lo tiñó. Hermano, servir a Cristo es un asunto mucho más trascendental, abismalmente más trascendental que teñirse el pelo o cortárselo.
Y por si acaso, voy viendo un poco: el hombre se quitó el bigote o la barba. Bueno, lo que les quiero mostrar es que el apóstol no asume que seguir a Cristo es un asunto sencillo, ligero, sino que es una decisión importante, seria, importante. Requiere que tu esposo o esposa lo entienda, y que para seguir conviviendo debe haber un consentimiento, una decisión consciente de que las cosas ya no son igual, pero que estamos aquí. No quiero, hermano, dar una plantilla, pero sí querría mostrar más o menos cómo podría funcionar la conversación. Recuerden: “si él o ella consiente”, es lo que dice la Escritura.
Con mucha gracia, hermano, pero no todo el mundo consiente, y ahí es que está el problema. Hay cantidad de gente que, en silencio, no están consintiendo, y que todavía no han entendido que realmente su cónyuge tiene prioridades diferentes. Yo les invito, hermano, a que dé ese paso que puede resultar difícil, pero que trae mucha paz y claridad en el matrimonio. No asuma: explique. Probablemente lo que hay que decir es lo siguiente: “mi amor, mi vida, mi esposo, mi esposa, yo tengo que hablar contigo y decirte lo siguiente”. Y ahí no se quede como muchos, callados, hermano, porque eso hay que tenerlo.
“Mira, lo que te tengo que decir es que yo hoy he entregado mi vida a Cristo y espero ahora amarte aún mejor de cómo te he amado antes. Pero hay cosas en nuestro matrimonio que tendrán que ser distintas. Yo espero tener mucha gracia para seguirte reconociendo como la cabeza de esta casa, mientras cumplo mi responsabilidad ante Dios, o para seguir cuidando de ti de la manera tierna como Cristo cuida de su iglesia, a pesar de que tú no seas una creyente. Pero tenemos que hablarlo, yo quiero que tú me entiendas”. Hago otra pausa, un poco dramática, porque esas cosas hay que dejar que la gente las digiera.
“Ah, pero entonces sabemos lo difícil que es cuando se le convierte su esposo o su esposa, eso no es sencillo”. “Mi amor, no se trata de una iglesia local, no se trata de los pastores, no se trata de cosas humanas, es mi relación con Dios. En nuestro matrimonio ahora hay otra persona más: se llama Cristo. ¿Y qué tú esperas que yo haga?”. Bueno, lo que les estoy mostrando es que parte de tener gracia en nuestras relaciones familiares es que nuestra familia sepa que realmente somos del Señor. Porque muchos de ustedes se convirtieron y sus hijos no saben lo que ha pasado. Muchos de ustedes vinieron al Señor, y sus esposos o sus esposas han entendido que eso es que él está visitando una iglesia. No, no es que él o ella están visitando una iglesia, es que él o ella ahora tienen un corazón diferente, tienen una mente regenerada, tienen actitudes que son distintas, y esto no es un asunto de comportamiento, es una transformación verdadera, de forma tal que tú vas a tener que recibir un nuevo esposo o una nueva esposa.
Y sería muy desconsiderado no decírtelo. “¿Y qué esperas que yo haga?”. “Bueno, mi amor, mi esposa, mi esposo, mi hijo, mi hija, yo quiero que tú respetes mis convicciones, que me permitas congregarme y eventualmente servir al Señor sin descuidar mis responsabilidades familiares. Yo no puedo obligarte a que me acompañes, pero para mí sería muy agradable que, aunque sea de vez en cuando, tú vayas conmigo. Porque ahora también es importante para mí”. Eso es gracia en las relaciones familiares. Gran parte de las tensiones que hay en nuestras familias en temporadas como estas es que nuestra familia realmente no sabe lo que ha sucedido, y la gente especula. “Yo no sé si será verdad, vamos a ver. ¿Y es verdad que eres cristiano?”. “Sí”. “Y ahora dices…”. “No; es que digo: ya yo te lo quiero decir a ti directamente, vamos de frente. ¿Tú estás de acuerdo?”.
Yo creo que en ese momento, hermana, usted debe decir: “Mira, yo creo que ahora yo voy a ser la mejor esposa, la mejor versión de esposa que yo puedo ser, lo seré ahora”; y un esposo dirá: “La mejor versión de marido que yo puedo ser será ahora”. Pero tú tienes que saberlo y consentirlo. “Y a los demás digo yo, no el Señor: si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, que no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente…”. Las dos veces dice: “y él consiente”. Gran parte de las tensiones familiares es que no hay consentimiento.
De hecho, muchos cónyuges no creyentes se sienten traicionados: “Porque yo no me casé contigo para que tú seas evangélica. Tú no me preguntaste a mí si tú ibas a seguir a Cristo, ¿no?”. No, no, son decisiones importantes. Si tú te tomas en serio tu salvación, yo creo que tú debes tomarte en serio hablar con tus hijos y con tu esposo o esposa al respecto de la decisión que tú has tomado y cuáles son las consecuencias. Y en oración y dependencia de Dios deberíamos estar abiertos a que probablemente tu esposo o esposa no consienta. Pastoralmente, muévase, busque consejería pastoral al respecto, hermano, porque no hay tanto tiempo para abundar en todos los casos, pero cada caso es particular, y puedo testificar que el Señor da gracia aun en los casos más dramáticos. Son muchos los cónyuges.
No abandonar: formas sutiles de dejar a la familia
Son muchos los cónyuges que son puestos, a veces, al cajón tranca: “O vas a tener que elegir o a Cristo o a la iglesia esa, porque la gente siempre habla de la iglesia, no de Cristo”. Porque la gente piensa que es la iglesia. “O tú vas a tener que elegir la iglesia esa o ‘tu legítima familia’”. “Yo elijo mi familia y también a Cristo, las dos cosas”. Le digo que busque consejo al respecto, hermano, pero tenga la intención de adorar al Señor y poner a su familia en autos al respecto de la decisión que usted ha tomado de tomarse en serio la vida cristiana. Pero luego él dice que puede ser que consienta o no; entonces, el llamado, dos veces, es: “no le abandone”.
Y aquí es que yo quisiera cargar ahora a mi iglesia, hermano: no abandone a su familia. Esposa creyente con un marido inconverso, no le abandone. Marido creyente que está luchando, probablemente en un matrimonio que ya era difícil y ahora es más estresante a causa de que tú estás en Cristo, no le abandone. La gente piensa: “Ay, que ahora, como yo me convertí, todo será mejor en la familia”. Eso no está garantizado. Si ya el matrimonio era difícil, ahora será aún más difícil. No le abandone, es lo que dice la Palabra. Y alguien dirá: “No, yo no le he abandonado, pues yo todavía estoy aquí, hermano”. Querido, le mostraré algunos casos prácticos de abandono y lo que eso significa, pues es común que, como creyentes, abandonemos la familia y ni siquiera nos demos cuenta.
No he venido a quejarme, hermano; lo que he venido es a alentarte respecto de que aproveches este fin de año para conectarte especialmente con los tuyos. No le abandones. Una forma común de abandono entre creyentes es reemplazar nuestra familia natural con la familia espiritual y decir: “Ya yo tengo una nueva familia”. Usted sigue teniendo un papá y una mamá. Sigue teniendo hermanos e hijos. Y es común, sin que te lo digan, que familiares no creyentes de gente que viene a Cristo se sientan abandonados por sus padres, por sus hijos, por sus esposas, por sus esposos, porque no tuvieron la gracia de decirles que iban a amar a Cristo y también los iban a amar a ellos. ¿Cómo esto funciona? Es común.
Que los padres sean reemplazados por los pastores o líderes de su iglesia. Ahora se ha creado una tendencia, le llaman eso la “paternidad espiritual”. Usted sigue teniendo un papá y una mamá. “No, ya a mí no me importa mi padre, pero tengo un nuevo padre espiritual”. Mi mamá se llama Maribel, mi papá se llama Ernesto. ¿Cómo se llaman los suyos? No sé si se me entiende, hermano, respecto de esto. Hay gente que busca alguien que juegue ese rol en su vida, regularmente un hermano adulto mayor, que satisface en su vida lo que deberían satisfacer su papá y su mamá. Hermano querido, tu papá y tu mamá son tu papá y tu mamá, y si tú los tienes, búscales, aun si no son creyentes.
“Es que ya no me satisfacen igual, porque ahora yo soy cristiano y ellos no”. Vas a tener que buscar la manera de que la paternidad de tus padres te siga dando satisfacción, porque Dios te los dio. Otros reemplazan sus hermanos e hijos por la familia de la fe, y eso parece algo bonito y hasta maduro. “Es que ahora ellos son mis hermanos, estos son mis hermanos”. No haga un drama de eso, hermano, ni malinterprete las Escrituras. Hubo uno que dijo, cuando a Cristo le fueron a llevar sus hermanos, Él dijo: “Estos son mis hermanos, mi padre y mi madre, los que hacen la voluntad de Dios”. Usted no es Cristo, en primer lugar.
Y después, Cristo siempre buscó a su familia. De hecho, los hermanos de Cristo, que inicialmente no reciben su ministerio, eventualmente llegaron a entender el llamado de Dios para su hermano y a ser una parte importante en la iglesia del Señor. Primera manera de abandonar la familia: reemplazarla. No les reemplace, lo que estoy diciendo es: intégralos. Qué bueno se siente, hermano, cuando sus hermanos de la fe traen a la casa del Señor a su familia natural, aunque no sean cristianos. Qué hermoso saber de una hermana que trae a su esposo, y yo creo que eso es algo que glorifica al Señor, que testifica de la madurez de ese hermano o de esa hermana: “Él es mi esposo, ella es mi esposa, estos son mis hijos”.
Humildad, empatía y sociabilidad con la familia
No los traiga solamente para que se conviertan, ese no es el único asunto. Tráigalos, hermano, y enséñelos como algo que a usted le da satisfacción. Alguien va a decir: “Pero qué, Rafael, ahora, como que cada vez que predica tiene que hablar de su papá”. No es eso, hermano. Mi mamá, todo el mundo la conoce, que es una creyente de toda la vida; al que ustedes tienen que conocer es a Ernesto. ¿Me siguen el razonamiento, hermanos? Es un asunto de convicción. Nosotros amamos a nuestro padre, no porque sean cristianos, sino porque son nuestros padres, y amamos a nuestros hermanos naturales, no porque sean espiritualmente como nosotros, sino porque Dios nos dio a esos hermanos naturales y Dios es sabio que te dio esos hermanos.
Otra forma común de abandono: llegar a sentirte moralmente superior que tu familia natural. Tú no eres moralmente superior que tu familia natural. De hecho, en muchos sentidos, ellos son superiores a ti, y la única razón por la cual tú eres salvo es por gracia. Que tú llegues a ser cristiano no significa que moralmente eres mejor que ellos. En muchos sentidos, nuestra familia natural es mejor que nosotros, y la única diferencia entre ellos y nosotros es que nosotros hemos sido salvos por gracia. Ser salvo por gracia no te hace mejor que tu mamá, ser salvo por gracia no te hace mejor que tu papá, ser salvo por gracia no te hace mejor que tus hermanos naturales. De hecho, deberías ser humilde al respecto de tu salvación, porque si no fuera por Cristo, ellos te sacaran la milla.
Y muchos de nuestros familiares que aún no han creído, en muchos sentidos, nos superan a nosotros en cantidad de áreas. De hombre a hombre, de mujer a mujer, tu familia natural probablemente sea mejor que tú. Y si espiritualmente estás mejor, no te ofanes. Agradece humildemente que tuviste el privilegio que no tuvieron otros, porque si tú no tuvieras a Cristo, serías peor que tu papá. Si tú no tuvieras a Cristo, fueras más malvado que el más malvado de los familiares naturales que el Señor también te dio. Y en vez de sacar pecho y decir: “Yo soy cristiano, en esta familia yo soy el mejor, yo soy el bueno”, tú lo que deberías decir es: “Yo soy el peor entre ellos, y de mí el Señor tuvo misericordia”.
Otras maneras de abandonar a la familia: ocuparte, aislarte, distraerte. “No, es que yo no tengo tiempo”. No es que no haya tiempo, es que no hay convicción. “Es que yo vivo muy, muy ocupado, muy atareado”. Coja la guagua, hermano, llegue al campo y bésele la mano a sus tíos, a sus abuelos. ¿Me siguen en esto? Si usted se lleva del día a día, de la distracción, usted no va a buscar su familia. Búsqueles. Otro modo de abandono: dejar de honrar el pacto matrimonial porque ahora ellos son salvos, son cristianos. “Como ellos no son cristianos, ya no me interesa tanto el matrimonio”. No, querido, lo que se está mostrando aquí es que Dios honra a la familia y el diseño de Dios para la familia, aun si usted está casado en un matrimonio donde los dos no sean cristianos. La familia sigue siendo el proyecto de Dios y es un asunto que Dios ha santificado para Él, aun esté compuesta de familiares donde no haya creyentes o donde haya un creyente, o donde haya muchos creyentes y algunos incrédulos.
¿Qué es el pacto matrimonial? El pacto matrimonial incluye exclusividad, permanencia, interés y deleite. “No, es que ya a mí mi familia no me satisface”. Trate de buscar la manera de que sí. “Es que yo después de que vine a Cristo nos hemos distanciado tanto, mi esposo y yo ya no tenemos los mismos intereses”. Trate de buscar algunos intereses que sigan siendo en común. No podemos cobrarle a los otros que tengan que venir siempre a la cancha nuestra. El problema de los evangélicos es que siempre queremos que todo funcione como un club. En cuanto a la familia, hay que hacerlo todo a nuestra manera. “Vamos y es en nuestra manera, y si no se hace a nuestra manera me llevo la bola”. Espérese.
Negocie con la familia. Tenemos que ponernos de acuerdo, porque hay que compartir. Y no toda la vida será un culto. ¿Me siguen en esto? O sea, no todo en la vida es: “Ven al culto para que tú y yo compartamos”. Espérense, que la vida entera no puede ser un culto. Hay otras cosas también: se come, también se sale, también se viaja. Hay muchas maneras de compartir. También se visita, uno se bebe un café. A veces veo a mis hermanos como que entendieran que la única manera en que pueden compartir con su familia es si su familia juega a ser cristiana. Ellos no tienen que jugar a ser cristianos para nosotros amarles. Muchos de nosotros usamos nuestra fe para disculpar nuestras carencias, debilidades y faltas de carácter.
“Porque ahora yo soy cristiano”. Eso no es ser cristiano, eso es ser malvado. ¿Cuántas son las personas que disculpan su falta de laboriosidad en que “ahora yo soy cristiano”? Póngase a trabajar. “No, es que yo estoy enfocado al ministerio, ahora yo vivo por fe, es que ya yo no tengo que trabajar tanto, pues yo tengo mucho contentamiento”. Trabaje. Qué triste sería que el perezoso en la familia sea el cristiano, porque supuestamente es el que tiene contentamiento. No, hermano, trabaje, provea para los suyos. Dice la Escritura que el que no provee para los suyos ha negado la fe.
Hay otros que disculpan su falta de constancia porque andan siempre “escuchando la voz de Dios”: “Dios me cambió los planes”. Sea constante. “Dios me habló…”. Gente aleatoria, que nunca termina nada porque siempre dice que Dios le está cambiando los planes. Comprométase en algo y termínelo y glorifique al Señor en eso, y sirva también a su familia. Qué hermoso sería que el constante en la familia sea el creyente. Otros esconden su falta de empatía y su mala actitud social. “No, es que yo soy cristiano y ellos no”. Ese no es el problema. El problema es que usted tiene niveles considerables de falta de empatía, de actitud social. Usted no fuera cristiano y probablemente sería tan antisocial como lo está siendo ahora mismo. Está disculpando su falta de sociabilidad con un caparazón de fe.
Ser sociable cuesta mucho. Yo sé que a algunos se les da más fácil que a otros. No he encontrado otro sinónimo más suave, por eso utilizo el término “antisocial”, porque quizás no sea tanto, pero hay cantidad de gente que tiene una actitud antisocial que, cuando viene a Cristo, entonces dice: “Es que ahora yo soy cristiano”. No; si tú eres cristiano, tú deberías ser la persona más empática de tu familia. Deberías ser el más racional de tu familia, porque Cristo no vivía en una cueva. Cristo vivía en medio de la gente, interactuando con personas que no eran igual que Él, porque Él era perfecto, Él sí era santo. Y Él hablaba, Él tocaba, Él comía, y la gente decía: “¿Y cómo es que el Maestro de ustedes come con esa gente?”.
Aprender a ser más sociables por amor a Cristo
Parece que hay algo que Cristo logró en su santidad que nosotros todavía no lo hemos logrado: volverse sociable. Hablo con cuidado, hermano, pero permítanme un momento la locura de hablar de mí. Por los últimos años yo he hecho un esfuerzo intencional de volverme una persona más sociable, porque yo no quiero confundir mi fe con mi personalidad. Yo puedo tener la personalidad del tipo antisocial que se queda escondido en su cuarto, que no habla con nadie, que no saluda. Yo no creo que esa actitud deba prevalecer en mí. ¿Saben por qué? Porque yo me quiero parecer a mi Maestro.
Y el Señor no vivía en un monte esperando que la gente viniera; Él iba donde estaba la gente. Y los que me conocen a mí desde hace muchos años, hermano, saben que yo era el tipo de persona que con facilidad me quedaba embuido en mis intereses, en mi rincón, no salía, no buscaba. He aprendido hasta a hablar un poquito de disparate, hermano. No sé si se me entiende, o sea, si uno siempre tiene una conversación muy densa, muy profunda, uno no se conecta con poca gente. Si uno siempre está hablando de filosofía y letras, siempre está hablando de temas demasiado densos. Hay que hablar del día a día, hay que hablar de los deportes, del clima.
Son las conversaciones de sobremesa, hermano. No siempre: “¿Y tú qué tal? ¿Qué haces?”. “No, que estoy aquí leyendo un libro de filosofía…”. Yo propongo que el 24 tú seas, en tu familia, un poquito más empático, un poquito más social. Yo he resuelto eso, hermano: en mi familia natural, en diciembre soy yo que canto el bingo. Y lo canto bueno, hermano, yo canto un bingo bueno. Lo que te quiero decir es que uno puede extenderse y salir de esa personalidad que te ha caracterizado por los años, de que tú eres la persona poco empática, de que tú eres el que no sale, de que tú eres el que no va a nada. Hay que ir, hermano.
Yo sé que a algunos nos cuesta más que a otros, pero uno puede extender su corazón para representar a Cristo bien ante la familia natural. Y qué hermoso es cuando la familia natural dice: “Mira, ellos son cristianos, pero qué sociables son, qué interesantes son, qué agradables son”.
Hay otros que se ocultan detrás de la fe, su egocentrismo, su megalomanía. Son aquellos que sienten que la cosa siempre tiene que girar alrededor de ellos, donde si ellos no tienen la bola, entonces no se juega básquetbol. Espérate, hermano, que no siempre hay que dominar las cosas. La falta de perdón, la rebeldía, la falta de obediencia: “No, que tú no eres cristiano, no que tú eres cristiano o no lo eres, es que eres un hijo desobediente y rebelde, y lo que hay que hacer es ir donde mamá o papá y decirle: ‘Mami, papi, aquí estamos’”.
No se puede crecer en el conocimiento de Dios sin crecer y extender el corazón a la empatía. Ambas cosas cuentan. Cuando el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, estaba lleno de gracia y de verdad. Nosotros no podemos ser los que están llenos de verdad y no tienen gracia, o llenos de gracia y sin verdad. Cristo estaba lleno de gracia y de verdad. Estoy preparando mi iglesia, hermano, para que este fin de año sea un fin de año más agradable. En vez de que sea una tensión constante, busque que la diferencia sea que el creyente no abandona su familia. Le estoy mostrando: búsqueles, a pesar de que no tengan las mismas convicciones.
Reconozco, con empatía, que hay familias y hay familias, hermano, y es difícil a veces convivir, porque no todos los incrédulos son iguales. Es duro cuando tú estás rodeado de superficiales, de gente vana, de que todo lo que se va a hacer es medir, ostentar, pero esos son los casos más dramáticos. Los casos comunes no son así. Su familia, la familia que yo he conocido de ustedes, son gente muy agradable. De hecho, algunos de sus familiares naturales que no han creído son tan agradables como ustedes.
Las familias de creyentes también luchan
Que el Señor nos ayude. No abandonemos la familia. Lo que estoy mostrando, hermano: miren, hay casos, es verdad, que se vuelven insoportables y hay que romper, pero ese es el caso extremo, no es el caso normal. Muchas de nuestras relaciones familiares naturales, aun sin Cristo, son relaciones muy viables, que si les hiciéramos la diligencia, probablemente la familia estuviera en mejor posición. Menos trauma, menos tensión, más fácil. No tenga expectativas falsas. La gente dice: “No, es que si ellos fueran cristianos todo sería más fácil”. Eso no es seguro. Hay cantidad de familias donde virtualmente todos son creyentes, hermano, y eso no es fácil.
Gente que piensa: “No, mi matrimonio sería ideal, un cielo, si ella fuera creyente”. Yo estoy casado con una creyente y le digo que estar casado es un asunto de convicción, pero todo matrimonio lucha. Y los creyentes luchamos tanto como los incrédulos para permanecer casados y honrar al Señor en el matrimonio. Porque la gente mira el matrimonio de los cristianos y lo idealiza: “No, porque tú no sabes nada, porque tú estás casado con una mujer cristiana, tú te has casado con un hombre piadoso…”. Hermano, los creyentes en el matrimonio también generamos fricción y sacamos chispa. No es fácil.
Hablo de nuevo, hermano, con empatía. Miren, hay algunos incrédulos que, en determinadas áreas, a veces son hasta más llevaderos que los cristianos. Un creyente puede ser tan obtuso como el peor de los incrédulos, difícil. Mis hermanos que están casados con cónyuges inconversos dirán: “Ustedes no saben nada, pues ustedes, los dos, son cristianos”. Es duro. Es cuando usted se da cuenta de que los dos son cristianos y que, aun así, ponerse de acuerdo todavía es difícil. “Entonces, ¿qué diferencia puede haber en ustedes, que los dos son cristianos?”. Las diferencias que hay en la iglesia, hermano. Aquí todo el mundo ha venido, ustedes saben lo difícil que es convivir en una iglesia local.
Las familias de creyentes no son necesariamente más fáciles para el matrimonio que las familias mixtas. Como quiera, el matrimonio se lucha, es difícil. No manipule. ¿Qué es la manipulación? Es esperar, de manera velada, que nuestros familiares se conviertan para entonces nosotros comenzar a interactuar con ellos. Qué triste sería eso. Que tu familiar se dé cuenta de que tú estabas siendo hacedor de acepción de personas. O sea, que antes de que yo tuviera tus convicciones, tú a mí no me dabas bola, y ahora que estamos en Cristo, ahora sí tú me buscas. No, hermano, eso sería vergonzoso.
Qué hermoso sería que tu familia diga: “Mira, yo reconozco que aun antes de que yo viniera a Cristo, tú hiciste la diligencia, tú me buscaste, tú me esperaste. Buscaste la manera de conectarte conmigo. No me abandonaste”. Que ellos, sin la ayuda del Espíritu Santo, puedan amarnos a nosotros debería llamar nuestra atención. Sí, porque todo el mundo piensa que soporta mucho; hermano, todos estamos siendo soportados en la vida. Todo el mundo piensa que está dando mucho. A nosotros nos dan mucho también. Nuestros familiares también sufren con nosotros.
“No, que tú no sabes, yo tengo unos padres difíciles”. Y tus padres también tienen un hijo difícil. Las relaciones entre hermanos no son fáciles, hermanos; hay que trabajarlas. Pero hay del solo, dice la Escritura. “No le abandone”. Primera cosa, hermano, que usted debe recordar: no le abandone. Lo segundo: entienda la bendición de permanecer a su lado. Dice el versículo 14, y también el 16: “Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos”. Y dice el 16: “Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?”.
Estoy mostrando, hermano, que hay bendición en permanecer cerca de tu familia. Este es uno de los versículos difíciles de entender. Porque, ¿qué es eso de que un marido santifica a su esposa y la esposa santifica a su marido? ¿Qué es eso? Para entender la carga del texto hay que entender las diferentes connotaciones del término “santidad” o “santificación”. Por ejemplo, los cristianos hablamos de la santidad de la vida. Nosotros decimos: la santidad de la vida humana. ¿Qué significa eso? Que hay que respetar la vida humana como algo que Dios ha reservado para sí mismo, que un hombre no puede despojar a otro de su vida, porque la vida la da Dios, y que todo ser humano tiene la imagen de Dios, por eso tiene una dignidad esencial.
Eso es la santidad de la vida. Cuando, como creyentes, hablamos de la santidad de la vida no decimos que todo el mundo es salvo; lo que estamos diciendo es que todo el mundo tiene dignidad. ¿Por qué? Porque tiene la imagen de Dios, Dios le dio la vida. Eso es lo que es la santidad de la vida. El término “santidad” tiene diferentes connotaciones. Santificar significa apartar, preservar, hacer que algo sea apropiado, mejorarlo, por decirlo de algún modo. Si piensan en lo que Dios hace con nosotros cuando venimos a Cristo: no solo nos justifica, sino que también nos santifica.
Ser sal y luz que preserva y mejora
¿Y qué es lo que hace el Señor cuando nos santifica? Que nos va mejorando progresivamente. Lo que está diciendo Pablo es: si tú permaneces con él o con ella, él podría mejorar progresivamente a través de tu influencia sobre él. El creyente podría santificar al inconverso para preservación. Lo que no puede hacer es regenerarle o justificarle para salvación. El hecho de que tú estés en tu familia significa que tú eres sal y luz en esa familia, y que a esa familia le podría ir mejor a causa de que tú estás ahí. Tú vas a decir: “¿Y yo puedo mecánicamente salvar a mi hijo? ¿Puedo mecánicamente salvar a mi padre? ¿Puedo salvar a mi cónyuge?”. No puedes salvarle, pero la vida de ellos puede ser mejor a causa de que tú sigas estando allí.
Y yo creo que el Señor se goza en preservar su creación repartiendo a sus hijos en diferentes partes. “Mira, agarren ustedes golpes en ese pedazo ahí, fortalezcan esa familia, mejorenla”. Seamos una influencia positiva. Yo me gozo, hermano, en que los creyentes siempre entendemos que podemos mejorar las comunidades, un barrio, una ciudad, pero casi nadie se detiene a entender que usted puede mejorar su familia. “No, vamos a revitalizar esta ciudad”. ¿Y esta familia para cuándo? Porque estamos aquí.
El término “santificación”, hermano, no significa que tú vas a salvar a tu familiar: “Ojalá se salve porque está casado contigo”. No. Ahora, tú puedes salvarle de algunas cosas, eso sí. Entonces, no puedes salvarle de la condenación eterna, pero hay asuntos de los cuales, a causa de que Dios te colocó a ti en esa familia, esa familia será preservada. ¿Cuál es el sentido? El sentido es que, aunque un cristiano debería evitar casarse con un no creyente, si vino en esa condición, como dice el 7:20, ¿cuál es la condición? Casado con un no creyente. Debería entender que su matrimonio es agradable, legítimo y honroso ante los ojos de Dios.
Que no hay vergüenza en eso. “¿Y ahora qué hago, porque mi esposa no es cristiana?”. Entienda que ese matrimonio tiene la misma dignidad que el matrimonio de dos cristianos. Ante Dios hay legitimidad, porque el matrimonio no fue dado por Dios solamente para la iglesia; el matrimonio, en la gracia común, el Señor se lo dio al ser humano, y dondequiera que los seres humanos permanecen en el vínculo matrimonial, ahí hay bendición de Dios. Hay una legitimidad, y eso es agradable, eso es santo en ese sentido.
Que no seas pesimista con respecto al impacto que tendrá el incrédulo en tu relación, sino optimista con relación a que tú eres sal y tú eres luz y que tu casa podría ir mejor a causa de que tú estás ahí. ¿De qué manera se hace evidente la santificación del cónyuge o de los hijos, como menciona el versículo 14, a causa de tener un padre creyente o un cónyuge creyente? ¿Cómo un padre puede santificar a sus hijos? Recuerde, hermano, que no estamos hablando de salvación, estamos hablando de mejoramiento.
Miren, aun antes de ser salvos, nuestros familiares pueden comenzar a vivir según el diseño de Dios para la familia porque nosotros estamos ahí. ¿Y cuál es el diseño de Dios para la familia? Que los hijos se sujeten obedientemente a sus padres y que entre los padres haya una relación de cuidado y sujeción. No hay que ser un cristiano para vivir así. Hay cantidad de inconversos que viven según el diseño de Dios para la familia. En su gracia común, el Señor se lo permitió, y quien vive así le va bien. De hecho, hay cantidad de personas que, antes de venir a Cristo, en su familia sus hijos estaban en obediencia, y tú dices: “¿Cómo tus hijos obedecían si ustedes no eran cristianos?”. Es que la obediencia al diseño de Dios se la ha regalado a toda criatura, y aun el que no es creyente tiene capacidad de vivir según el diseño de Dios, hasta cierto punto.
Hay un pesimismo en cómo la gente asume que si alguien no se ha convertido no tiene capacidad alguna, que es un bagazo. Eso no es así. Que ellos todavía no sean salvos para vida eterna no significa que no tengan capacidad para la virtud, para el altruismo, para el compañerismo, para ser familia. Hay cantidad de familias de no creyentes que, en muchos sentidos, superan a las familias de creyentes. A causa de que tú estás ahí, se podría postergar o limitar el alcance de determinados pecados. Hay cosas que no se hacen en tu familia porque esa gente te ama. Ellos no aman a Dios, pero te aman a ti. Dicen: “Mira, como tú estás aquí, vamos a no practicar este pecado, por lo menos ahora no lo vamos a practicar”.
Gloria al Señor por eso, hermano: se puso en pausa un pecado. Aun en la oficina hay creyentes que, cuando llegan, determinados pecados se ponen en pausa. Se estaba hablando de determinados temas, llega un creyente: “Espérate, que llegó fulano…”. Gloria al Señor, pusimos en pausa un pecado. Oye, usted no puede eliminarlo del todo, hermano, pero puede ralentizarlo.
Cuántas decisiones locas personas han estado por tomar y se levantó un creyente, les muestra el diseño de Dios y salva a esa persona de una decisión loca. Ellos se benefician de la gracia de Dios sobre su cónyuge, de su padre, de sus oraciones, de su testimonio. Ellos llegan a tener un conocimiento general de la ley de Dios, del pueblo de Dios y de la obra de Cristo. Hay muchos familiares de uno que todavía no han creído y, cuando vienen a los caminos del Señor, por la influencia de los creyentes, maduran más rápido, conocen la Escritura, leen la Biblia. ¿Y eso sirve para salvación? No, no sirve para salvación, pero cuando son salvos, van más rápido.
Muchos familiares del creyente abren puertas para la predicación del Evangelio, testifican a favor de los cristianos, hasta promueven la iglesia. He estado en lugares donde hablo del Señor y hay gente que se levanta a favor de que se hable del Señor, y yo le pregunto: “¿Tú eres cristiano?”. Y me dice: “No, yo no soy cristiano, pero mi abuelita es cristiana”. Gloria al Señor por la abuelita. Hay gente que dice: “Mira, yo no soy cristiano, pero yo tengo hijos creyentes, yo sé que eso vale la pena”. A veces yo he estado en situaciones, hermano, donde los incrédulos te cuestionan y se levanta un incrédulo y los pone en raya. Y tú dices: “¿Qué es lo que ha sucedido?”. Que el Evangelio ha avanzado en medio de nosotros.
Y un incrédulo corrige al otro: “Entre creyentes no se habla así, eso no es verdad, no todos los cristianos son iguales, hay cristianos que son verdaderos. Yo tengo un tío…”. Ajá, gloria al Señor por ese tío. Solamente muestro aquí, hermano, que hay un “quizá”. ¿Qué es lo que dice el versículo 16? “Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?”. Es un “quizá” que hay ahí. Su salvación es una posibilidad, no una promesa ni una ley. No te están diciendo aquí: “Si tú sigues casado con él o con ella, él va a ser salvo o ella va a ser salva”. No. Lo que te dice es: “¿Qué sabes tú…? Si quizá…”.
No atar nuestro gozo a la salvación de otros
Hay hermanos míos que leen la Escritura con cierto infantilismo, le llaman “fe grande”, pero lo que no deben es aferrarse a algo que la Escritura no promete. “No, mis hijos son hijos de la promesa…”. Yo he explicado ese texto en otra ocasión, hermano: que tu hijo sea hijo de la promesa, esa expresión no quiere decir en la Escritura que tus hijos van a ser mecánicamente salvos. Ellos podrían ser salvados, y la salvación sigue siendo del Señor. Esto es una posibilidad, no una promesa, no es una ley. Aquí hay un “quizá”.
Y con esto quiero pastorearles respecto de que no condicionen su gozo a la salvación de otra persona. Hermano mío, pareciera que esa es la única manera de tener pleno gozo en la vida: “Si el Señor le salva a un hijo, si el Señor le salva a un padre, si le salva a un cónyuge…”. Probablemente el Señor no le salve, pero tú vas a tener que buscar tu plenitud en Cristo. Pareciera, hermano, que como ya perdí la esperanza… pero no es así. Hay familiares míos de los que yo sigo esperando su salvación, pero si ellos no llegan a ser salvos, yo llegaré a la presencia del Señor y le diré: “Señor, yo estoy ok. No tengo una deuda, no tengo un cuestionamiento”.
Si el Señor les salva, yo saltaría con pies, hermano, pero mi gozo no está atado a que el Señor me salve a un familiar. Si el Señor no le salva, yo le voy a amar como quiera, como pueda. De hecho, yo a veces bromeo con ellos y les digo: “No te tengo que amar más ahora, porque no te voy a tener mañana. Lo que te vaya a dar, te lo voy a dar ahora: aquí está mi cariño, aquí está mi afecto”. Porque mis familiares creyentes, del otro lado de la línea, vamos a estar juntos. Contigo, no. De hecho, deberíamos ponernos de acuerdo para amar a fulano hoy. No sabemos el día de mañana.
No condicione su gozo a la salvación de un familiar, hermano mío. Están todavía tristes porque no se han salvado, no. Ora por ellos, pero no te aferres a esa única respuesta de Dios. Busca darles buen testimonio, intencionalmente, pero, sobre todo, busca tú vivir para la gloria de Dios. Tú no eres perfecto. Yo no quisiera acorralarme, mis hermanos, en esa manipulación de que tienes que vivir siempre “porque el incrédulo te está mirando”. Nuestros familiares no creyentes siempre encontrarán alguna objeción a nuestra vida. Sé humilde, y cuando encuentren contradicciones, tú les dices: “Sí, es que yo todavía estoy creciendo en el Señor. No, yo no soy perfecto, Cristo lo es”.
Y si terminan no siendo salvos, hablo con empatía, hermano. Yo quisiera que todos sus hijos sean salvos. Pero un padre dirá: “¿Y cómo yo seré feliz en la eternidad si mis hijos no estarán conmigo?”. Algo hará el Señor, hermano. Porque Él fue quien les hizo y Él es quien les castiga con castigo eterno. Parece que Él no se está volviendo loco en este momento y que hay algo en su perfección que hace que eso sea tolerable. Y si el Señor puede convivir con esa realidad, puedo convivir yo también.
Termino, hermano, mostrando algo del versículo 15. Y es que aun en esto hay límites. Dice el 15: “Pero si el incrédulo se separa…”. Este es el versículo que la gente como que no quisiera cuando llega a él. Hemos ido quedando en lo anterior, de que no lo abandones, hemos ido quedando en lo anterior, de que “qué sabes tú si quizá…”, pero dice el 15: “Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios”. Yo quisiera mostrar, hermano, que hay límites. Porque no mostrar los límites también hace mucho daño. Yo creo que un creyente casado con un cónyuge no creyente debería ser el mejor esposo o esposa que pueda ser. Pero a veces, aunque usted quisiera hacerlo, no se lo van a conceder.
Y yo no quisiera arrojar a mis hermanos a vivir en la esclavitud de que “todo está en la mano de un incrédulo que no recibe mi amor, no recibe mi afecto, no consiente”. “¿Y qué hago si no consiente?”. Hay límites. Y entender los límites, yo creo que podría salvar algún matrimonio. Es hermoso cuando un creyente dice: “Yo no estoy obligado a estar aquí, pero yo, en amor, elijo permanecer”. Es distinto. Muchos hermanos míos tienen una situación más difícil en su matrimonio porque sienten que son como el rehén de un incrédulo, de que “aquí estoy obligado”. Tú no estás obligado. Dice la Escritura que el Señor no te está llamando a servidumbre, a esclavitud; el Señor te está llamando a paz. Y que si el incrédulo no consiente, entonces tú no estás obligado, pero qué hermoso es un creyente que dice: “Yo hago el esfuerzo voluntariamente”.
Límites, dignidad y paz en el matrimonio
Tengo dignidad, no estoy obligado. Cambia la perspectiva: es amor, hermano, no obligación. Hablo esto con cuidado, pero hay incrédulos que son lo suficientemente perversos para utilizar nuestras convicciones para manipularnos, acorralarnos y hasta violentarnos. Un creyente no debe permitir eso. “Mira, yo tengo un corazón tierno, yo he nacido de nuevo en el Señor, yo soy creyente, pero el Señor no quiere que sus hijos vivan en esclavitud. Yo puedo hacer el esfuerzo, yo quiero hacer el esfuerzo, yo puedo amarte, le pido al Señor que me dé las fuerzas. Pero no me coloques en esa posición, pues Dios me ama”.
Un creyente no es un objeto, un creyente no es una víctima. Un creyente es una persona con dignidad, que ha sido comprada a precio de sangre, y es un privilegio para un incrédulo que el Señor le conceda vivir al lado de un hijo suyo. Y si los incrédulos no entienden el privilegio que eso tiene, hermano, usted hace el esfuerzo durante un tiempo, pero si al final él no lo desea, el creyente no está obligado a esclavitud. Hablo de esto con cuidado, hermano, porque son los temas que se evitan. Amamos tanto al pacto matrimonial que se nos olvida que hay excepciones, que hay incrédulos que no merecen estar al lado de un creyente, y que hay creyentes que, por amor al Señor, deberían no consentir ese tipo de cosas.
No es común que yo predique de esto, hermano, en la iglesia local, pero tengo que mostrar los límites. ¿Qué son los límites? Que un creyente no está llamado a vivir vejaciones, humillaciones, maltratos, violencia. “Yo entiendo que tú no tengas miedo, pero tú debes entender que mi cuerpo también tiene un valor ante mi Dios, y Dios no ama la violencia”. Son muchas las iglesias que han terminado acorraladas, hermano, en casos de violencia, porque dicen: “No, que nosotros nos oponemos al divorcio”. Espérate. Si tú no estás dispuesto a tratar a esta persona con la dignidad que toda persona tiene, no podemos permitir que tú uses a esa persona como si fuera un objeto. La persona tiene dignidad. Yo creo que estar informados al respecto de esto nos puede ayudar a mostrar gracia. No es para manipular, no es para condicionar, es para mostrar gracia, gracia para madurar como iglesia.
Al respecto de esto, es dejar de ver el divorcio como el pecado imperdonable. Esto es doloroso como una amputación, pero a veces es mejor la amputación que vivir con una situación que se terminará llevando todo el cuerpo. ¿Cómo se ve esta servidumbre? Solamente leeré algunas cosas más. El maltrato físico no se debería consentir en el matrimonio. Esto destruye la dignidad de la persona y también su cuerpo. Aguántenme con el maltrato físico, hermano, porque ahora se ha llevado el tono a un punto tal que son ridículos. Una cosa es una discusión acalorada: “No, que hubo violencia verbal…”. Violencia verbal va a haber siempre, hablo con cuidado, hermano. A veces sube el calor en una conversación y se dicen entre cosas, y después se recogen. De lo que estoy hablando, hermano, son casos objetivos de violencia, permanentes a través del tiempo, donde las personas llegan a perder dignidad.
Usted no está obligado a servidumbre, es lo que está mostrando. Mateo 5:31-32: la única excepción que hizo el Señor para el pacto matrimonial fue la fornicación. Otra cosa es que tú estés casado con un incrédulo o con una incrédula, y otra cosa es que tú consientas que se te trate como un objeto, como algo que se usa y se deja de lado. Usted no es un objeto, usted tiene dignidad, y esto hay que recobrarlo.
Porque los incrédulos dicen: “No, los cristianos no se divorcian”. Eso no es lo que dice la Palabra. Nosotros no quisiéramos estar en la situación, son casos excepcionales, pero tenemos que mostrarlo. Las burlas constantes, ataques a nuestro Dios, a nuestra fe o a nuestra iglesia, ser puestos en vergüenza: a eso hay que ponerle un stop. “Mira, topa, a mí me importa mucho…”. En un matrimonio nadie soportaría estar casado con un cónyuge que siempre se está ofendiendo con tu mamá, con tu papá, con tu familia. Llega un momento que tú dices: “No me menciones mi familia; déjame tranquilo. Déjame, porque a mi mamá me importa, a mi papá también. Yo entiendo que esos no son tus papás, son los míos”.
“No me ofendas mi Dios, por favor. Una cosa es que yo soporte en amor, que continuemos el pacto matrimonial, y otra cosa es que tú me estés esperando todos los días con una agenda de ofenderme, de humillarme, de vejarme. Así, no. Mi fe para mí es un asunto valioso, por favor, no juegues con eso”. A veces lo que hay que hacer es poner un stop, ¿me entienden? Porque hay gente que permite eso.
Otra forma de servidumbre es pretender imponerte la fe del otro, dominar tu conciencia. “Yo soy tu compañero o tu compañera, no soy tu posesión”. Usted no es una res que le ponen un sello, ¿entiende? Así como un creyente no debería tratar de traer por la fuerza al inconverso, de que “tú tienes que convertirte”, nadie debería pretender darnos otras convicciones, otra fe, pues nosotros no somos animales, no somos reses, somos seres humanos, con cierta libertad que Dios nos ha dado, y eso glorifica al Señor.
Una aclaración de lugar, hermano: esto es un caso dramático, no son los más frecuentes, pero sucede, y tenemos que mencionarlos. En la medida de lo posible, evite usted tomar la iniciativa, dice la Escritura: “Si el incrédulo se separa, sepárese”. Por favor, hermano, no le queda bien al creyente ser el que muestra la puerta. El que más debería defender la permanencia del vínculo matrimonial, aun casado con un inconverso, es un cristiano. No porque ahora van a salir meses, hermano, con la carta del divorcio bajo la manga: “No, porque el pastor ya lo enseñó en la iglesia”. No, no mencione eso.
Para mí es una norma en mi casa, hermano: yo no quiero mostrar la puerta. “No, pues nos dejamos…”. “¿Cómo que nos dejamos? No, aquí estamos”. Bueno, yo tengo la capacidad de estar peleado, hermano, y decirle a mi esposa que ella es mi esposa, que yo estoy enamorado y que aquí estamos. ¿Se me entiende? Y uno parece como que es un des-templado, un sinvergüenza. No es eso, hermano, es que yo creo en el pacto. Yo creo que si usted aprende a tener las conversaciones difíciles, será más fácil. ¿Cómo puede un creyente vivir ahora con 1 Corintios 7:15 allí, guardado, esperando? No, no es eso, hermano. Un creyente no es quien debe mostrar la puerta.
Es que la gente a veces no entiende esto, hermano, y ustedes me ven que yo ilustro eso así, pero no es para causar risa ni nada, es para que mis hermanos entiendan. Eso de estar recogiendo la ropa, eso de que “no, que yo no duermo aquí”… Eso no se usa en los caminos del Señor. “Que nos dejamos…”. No, eso no es un vocabulario que debe estar en la boca del creyente. Déjele eso a los incrédulos. Ahora, dice: “Si el incrédulo se separa, sepárese”. Te está diciendo que un cristiano debería ser el más maduro en una relación.
Aplicación navideña: ve a los tuyos y cuéntales
He estado mostrando, hermano, cómo amar a nuestros familiares no creyentes. Evita abandonarlos, entiende los múltiples beneficios que tú podrías tener en la vida de esa persona por el hecho de que estás ahí, y al mismo tiempo entiende los límites que Dios, con sabiduría, ha establecido, de forma tal que mientras tú amas no te coloques en la posición de ser tratado como objeto. Un creyente tiene dignidad, él debe amar a su familia natural, pero al mismo tiempo él es el primero que debería establecer los límites.
¿A qué te animo, hermano? Como te he predicado en otros años: que el 24, el 31 y toda esta temporada de Navidad vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti. ¿A qué te animo? Dile que sí a esa cena. Dile que sí, que tú vas. A mí me parece tan bonito, hermano, cuando la familia se sorprende de que tú les fuiste. Di que sí que tú vas a ir a la cena. Acompaña a tu esposa a ese compromiso. No se te va a caer un pedazo porque tú vayas.
“Pastor, ¿y qué, que van a poner cerveza?”. Vaya, hermano. No es por la cerveza, es por usted ir y estar ahí al lado de su esposo, su esposa, para agradarle. Haga el viaje ese que hay que hacer para ver a su padre, hágalo. Coja la guagua. “¿Ponga el arbolito, pastor? ¿Y qué tiene que ver el arbolito?”. No, que yo quería mencionar el arbolito, hermano, eso no es nada que tenga que ver con el tema. Propóngalo también, hermano, porque yo he visto a hermanos con esa necedad, que si el adorno, que si esto… Ponga el adorno. “¿Que el Santa Clo…?”. “No, que no es Santa Clo, que es Jesús…”. Está bien, pero no se muera en esa guerra.
¿Se me entiende, hermano? Esas cosas no las haga usted en su corazón si no quiere, pero si ellos lo quieren poner, ¿qué es el asunto? Que si lo otro, que el angelito, que la cosa, que si no es bíblico. No, eso es cultural, hermano, y siempre y cuando su conciencia se lo permita, y respeto eso, hermano. Habrá hermanos que su conciencia no se lo permite, y si su conciencia no, no vaya en contra. Pero hay cosas que no nos morimos al hacerlas. Aproveche la temporada para fortalecer sus vínculos familiares.
Si usted se va a ausentar, hermano, el próximo domingo para estar con su familia, yo creo que es una buena decisión. Órele desde allá y ore especialmente por su familia. Que el Señor les bendiga.