Es el Evangelio de Lucas, en el capítulo 2. Estaremos leyendo a partir del versículo 41 para mostrar, desde aquí, la perspectiva doméstica de la encarnación. Quisiera mostrarle desde aquí a nuestro Señor Jesucristo, ya no en un pesebre, sino a nuestro Señor Jesucristo compartiendo con su casa, con su familia, con sus padres. Veamos a nuestro Señor Jesucristo interactuando con los padres terrenales que el Señor le dio. Es la Palabra del Señor en el libro de Lucas, en el capítulo 2, versículo 41 en adelante. Es un viaje que, siendo un niño, hizo nuestro Señor Jesucristo junto a su madre María y a José. Dice así la Escritura:
Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua; y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta. Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre. Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los conocidos; pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole. Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? Mas ellos no entendieron las palabras que les habló. Y descendió con ellos y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.
— Lucas 2:41-52
Pueden sentarse, mis hermanos. Es la perspectiva doméstica de la encarnación. Es nuestro Señor Jesucristo en su vida hogareña. Son sus padres terrenales, son situaciones domésticas, cosas que podrían suceder en una familia. Y una lectura particular, pues es la lectura en que el Salvador del mundo por tres días estuvo “perdido”, por lo menos de la vista de sus padres. Para mucha gente, María y José son personajes de Navidad. Se sacan a principios de diciembre y después del Día de Reyes, de nuevo sus historias se guardan.
Quisiera mostrarle a mi iglesia que María y José no son figuritas de Navidad. Son personas como nosotros, una familia establecida, es un hogar. Que estas personas son gente real, con vidas reales, que la encarnación no fue para ellos un asunto de una noche. Durante toda la temporada de Navidad se destaca una noche en especial donde nació el Salvador, pero eso fue una noche en la vida de ellos. El proceso de la encarnación fue un proceso que se prolongó durante todas sus vidas. Los padres terrenales del Señor comprometieron sus vidas completas al proyecto de Dios, y aquella expresión de María de un día donde ella dijo: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”, tomó forma a lo largo de varias décadas de expectativa, angustia y constante dependencia de su Dios.
Jesús en una familia real y humilde
El esposo de María era un hombre como nosotros, y yo creo que como hombres podemos identificarnos con José. Era un carpintero, tenía un oficio, una familia numerosa. Jesús no creció en un establo. Jesús no creció en un convento. Jesús creció en medio de una familia normal como las nuestras, con muchos hermanos. Yo infiero que con bullicio. Es cierto que José en algún momento como que desaparece del relato; algunos han especulado que quizás había muerto ya, pero por lo menos hasta los 12 años del Señor, que es lo que acabamos de leer, esta lectura en Lucas 2 del 41 al 52, ya José había comprometido 12 años de su vida en vivir de acuerdo a la providencia de Dios, criando un Hijo único e irrepetible, teniendo confrontaciones y retos más que ninguno de nosotros que enfrentar, pero en una casa.
Los evangelios no dan detalles directos de esta temporada de la vida del Señor, pues no es la parte más importante. Sin embargo, lo que podemos inferir es que el Maestro creció dentro de un hogar humilde. Hay cinco de sus hermanos que se mencionan por su nombre. Tuvo también hermanas, que aparecen como “las hermanas del Señor”, pero no se nos da su nombre. He estado investigando cómo eran las casas, y quizás vivían un poco apretados. Tomando en cuenta el sacrificio que ofrecieron sus padres cuando fueron a presentarle al templo, era un sacrificio de familia humilde. Puedo inferir que quizá era una familia que luchaba por llegar a fin de mes… con el Salvador ahí.
No, no quisiera dejar pasar esta perspectiva doméstica sin mostrarle que nuestro Señor Jesucristo no es un fantasma, que nuestro Señor Jesucristo no es un ser solamente extraordinario, sino que tuvo una completa humanidad igual que nosotros, y que él es perfectamente Dios, pero también perfectamente hombre. Me preguntaba yo, antes de poner este texto, qué agenda tiene Lucas. ¿Por qué Lucas documenta la historia del Salvador a los 12 años? Y he creído, he llegado a persuadirme, que Lucas nos está mostrando que nuestro Salvador fue perfectamente hombre, un hombre real, que no saltó del pesebre a los 30 años, sino que esos 30 años los vivió de la manera común y corriente como la vivimos nosotros, de forma tal que él llegó a identificarse perfectamente con el ser humano.
Por sus angustias, sus trasfondos, sus dilemas. Él se sujetó a sus padres. Me llama la atención esto, hermano: dice que él estaba sujeto a sus padres. Cumplió con todo lo que los hombres tenemos que cumplir. Al final de su ministerio tiene las aflicciones que tenemos los hijos cuando tenemos más o menos entre 40 y 50 años: ¿qué va a ser de nuestros padres?, ¿cómo podemos cuidar de ellos? Y lo vemos aún en la cruz cuidando de su mamá.
La encarnación: identificación plena con nosotros
Parte de la hermosura de la encarnación es que la encarnación no es solamente una estrella, un fenómeno asombroso, sino que la encarnación es Cristo tomando la forma de hombre para identificarse plenamente con el ser humano, viviendo todas nuestras etapas, viviendo todas nuestras transiciones y viviendo todos nuestros dilemas, de forma tal que cuando oramos a él sabemos que oramos a uno que realmente puede entendernos. Mi Salvador me entiende. Tenemos niños hoy en el auditorio; ¡qué bien, nuestro Salvador fue un niño, y él puede entender al niño como niño y al adolescente como adolescente!
Quisiera tomar los tres personajes de esta historia y hablar un poquito de María, hablar un poquito de José y hablar un poquito de Jesús, los tres personajes de esta historia. Comenzaré hablando un poquito de María y la forma impredecible en que avanzó en su vida el llamado de Dios. Una jovencita piadosa fue llamada por el Señor, elegida por él para el proceso de la encarnación, pero esto no es un proceso de una noche, no es un proceso ni siquiera de un año. La concepción y el alumbramiento, que es lo que llama la atención en Navidad, no fueron las partes más difíciles. De hecho, Simeón en el templo le dijo: la parte más difícil viene por delante.
Una espada atravesará tu propia alma. Y ella dirá, si lo pensamos, la sensación de “yo he vivido este momento” no era la parte más dura; no, la parte más dura estaba por delante. Tener que cuidar al Salvador del mundo fue una tarea única. Y no le dieron mucha información. Hay un tipo de persona que pregunta mucho y el Señor le da una encomienda y quiere todos los detalles. A María le dijeron: el Señor te ha elegido para una labor única, y María no tuvo demasiado detalle. Lo que tuvo María fue la confianza en que si Dios la había llamado, el Señor la guiaría.
No tenía ningún referente anterior. No tenía nadie para imitar. No había ninguna receta. Cualquiera le puede decir cómo se cría un hijo, pero ¿cómo se cría al Salvador del mundo? ¿Quién puede ayudar a María? No había mucha instrucción específica. Ella tendría que depender diariamente de Dios para saber cómo proceder en abierta incertidumbre. Me ha pastoreado especialmente esta perspectiva de que María se aproximó al proyecto de su vida en completa incertidumbre; que María sabía que Dios la había llamado y que si Dios la había llamado, el Señor la ampararía.
María: obediencia larga en medio de incertidumbre
Ahora, hay muchas preguntas que yo, que no soy María, quisiera hacer. ¿Cómo criarle? De hecho, al papá de Sansón en algún momento le dijeron que su hijo había sido llamado para una labor especial y él preguntó, y él dijo: “¿Qué hago? Denme los detalles”. Hay algún PDF, diríamos nosotros. La generación de nosotros pide PDF, hermano; ya la gente lo busca en YouTube: ¿un tutorial en YouTube, algún playlist? Díganme algo, ¿qué podcast puedo escuchar? Ella dependía diariamente de Dios para saber cómo proceder. ¿Se corrige o no se corrige? ¿Se reprende o no se castiga? Imagínese usted.
Max Lucado, un escritor, él escribió un libro; hay un capítulo del libro donde él escribe “25 preguntas para María”. Y él dice: si yo me encontrara con María, yo quisiera preguntarle cómo era su vida con los otros niños. ¿Había pleitos? ¿Cuándo fue la primera vez que dijo tal cosa? Los primeros dientes, ¿a qué edad caminó? Son detalles, hermano, curiosidades que los hombres tenemos, pero esa no es la parte más importante. Sin embargo, nuestro Señor vivió todas esas temporadas porque fue perfectamente hombre.
La expresión recurrente en el Evangelio es: “María guardaba todas estas cosas en su corazón”. Y María guardaba diligentemente todas estas cosas en su corazón para beneficio de nosotros, pues se documentaron aquellas cosas que se entendieron importantes para que entendamos el plan de salvación. Tuvo la gracia María de dejar que su Hijo progresivamente se revelara al mundo. Ella sabía que Jesús no era un hombre común y corriente, pero María no recibió la encomienda de publicitar a su Hijo, sino de concebirle, y Dios tarde o temprano le manifestaría.
Y no hay en María la labor que tienen muchos padres de posicionar a sus hijos como salvadores. María no andaba posicionando a Cristo. María entendía que el Señor lo haría al momento que el Señor quisiera hacerlo, y ella humildemente guardaba estas cosas en su corazón. ¡Qué figura la figura de María!
Llama la atención cómo María eventualmente se sometió humildemente a su Hijo como su Señor y su Salvador. Y María, dentro de la Iglesia primitiva, nunca tuvo una posición de preponderancia. Una mujer como María, hermano, que tenía la biografía autorizada del Señor. ¿Quién podía hablarnos del Salvador del mundo sino María? ¿Quién podía darnos los datos que nos iban a dar sino ella? De hecho, lo que nosotros sabemos en los evangelios, hay datos ahí que solamente María podía haber dado a conocer, pero nunca requirió crédito. María, dentro de la Iglesia del Señor, era una completa anónima. Era una mujer común y corriente, estaba y se menciona “entre las mujeres”, o sea que no tenía una posición de preponderancia, una posición de más importancia. Y lo último que sabemos de María es que estaba junto a la Iglesia del Señor orando, aquella que probablemente estuvo en el vientre.
¿Qué podemos aprender de esto de María, hermano? María fue la mujer no solamente que concibió, sino que manifestó una larga obediencia en la misma dirección. Y podemos nosotros imitar a María en los tramos grises. Este año, en los últimos seis meses, yo he tenido que experimentar el hecho de que tengo que hacer la voluntad del Señor, y hay momentos en que yo no sé puntualmente qué el Señor requiere de mí. Pero me pongo a ver a María y digo: María sabía menos que lo que yo sé, y logró, con fidelidad, obedecer a su Dios. Y he aprendido este año, hermano, que yo no tengo que tener todos los detalles para yo manifestar a mi Dios que yo soy su siervo y que Él es mi Señor.
Obedecer sin tener todos los detalles
Y que la actitud del corazón también importa. Frecuentemente me veo obligado a hacer cosas, al mando, donde yo digo: lo que estoy haciendo, lo hago porque Él es mi Señor y yo soy su siervo. Pero si usted me preguntara si estoy haciendo puntualmente, milimétricamente, lo que se debe hacer, le diré abiertamente: yo no lo sé. Pero yo obedezco. María era la mujer que no tenía tanta información como tenemos nosotros, pero logró obedecer al Señor constantemente, y al final de sus días yo creo que terminó con la satisfacción de que ella hizo lo que había que hacer. ¿Qué era lo que había que hacer? Ser la sierva del Señor.
Hermanos, ser siervos es poder lidiar con las áreas grises y los tramos de silencio de Dios. María es cierto que recibió un ángel que en el primer momento le informó, pero no era que María vivía rodeada de ángeles que le “secreteaban” al oído. María dependía de su Dios. Y aquí hay un dilema en este texto, donde María está angustiada. Y a mí me llama la atención: cuando aparece la angustia de ella buscando al Salvador, hermano, póngase usted en el contexto. El Salvador del mundo está entre nosotros, sus padres están angustiados, y no aparece un ejército de ángeles buscando al niño, sino que el Señor le deja a María la angustia, y a José también.
Bueno, con esto yo quiero mostrarle que con los asuntos cotidianos nosotros también podemos depender del Señor como dependía ella, que la angustia y el sufrimiento son perfectamente compatibles con nuestro llamado. Esa palabra, hermano, hay que subrayarla, y dice así mismo, ella dice: “Hijo, te buscábamos con angustia”. Yo puedo sentir a María aquí como una mamá que reprende a su hijo cuando le abre el corazón: “No me haga eso”. Es el versículo 46:
“Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo…”.
Doy un poco de contexto, hermano: en el mundo antiguo las personas no viajaban solas, sino que viajaban en caravanas. Y probablemente nuestro Señor Jesucristo andaba en una caravana de gente, y estaba con un tío, o estaba con la tía, o estaba con los primitos, o estaba con los hermanos. Y en medio del bullicio y el gentío, nuestro Señor se confundió, porque la caravana toda iba al mismo lugar. Iba de Nazaret a Jerusalén y de Jerusalén a Nazaret, y en medio de la caravana probablemente ellos pensaban: “Está atrás” o “Está adelante”, pero el Señor se les perdió.
No como ahora, hermano. No lea la Palabra del Señor con la lente contemporánea, porque usted está pensando: “Sí, una vez un hijo mío se me perdió en el súper”. No es igual. Lo mismo se pregunta la persona: “¿Y qué él comió en esos tres días?, ¿qué hizo él?”. No, era el mundo de antes, y las caravanas de judíos que visitaban Jerusalén no era como ahora. Estas personas podían encontrar mucha gente que les socorría, que les daba comida, que les acompañaba. Alguien dirá: “¿Y dónde se duchaba?”. No pregunte tanto, hermano, con el ambiente contemporáneo.
Lo que estoy mostrando es que nuestro Señor iba en una caravana de gente, y esto nos habla al respecto de su niñez, que no fue una niñez solitaria, que no fue un niño que estaba abstraído. Era un niño que estaba en contacto con la gente, que era un niño sociable. ¡Guau, hermano, qué hermoso es pensar así en nuestro Salvador!
Angustia de padres, sabiduría del Hijo
Dice el texto:
“Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles; y todos los que le oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando le vieron, es decir, le vieron sus padres, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia”.
Bueno, que los padres terrenales de nuestro Señor Jesucristo, en su proceso de cuidarle, sintieran angustia, yo creo que debe pastorear el corazón de todos los padres que estamos aquí presentes. Esa familia se puede identificar con la nuestra; la nuestra se puede identificar con la suya. ¿Qué vemos aquí de María? Vemos a María como una madre y vemos a Jesús como un hijo, y vemos a Jesús en su vida doméstica y como el Señor les ayudó.
Lo más memorable del rol de María es que María logró obedecer al Señor sin tener toda la información. Hagámoslo nosotros también. Y hablemos bien de José. ¿Qué vemos en José, hermano? Un personaje aún más anónimo que María, pero cada vez que se habla de él en la Escritura, el Señor se encargó de destacar que era un hombre justo y piadoso. Prediqué de él específicamente tiempo atrás, y lo que más recuerdo de José, de cuando me dediqué a estudiar su vida, es que uno no tiene que ser muy famoso, muy memorable, un sumo sacerdote o algo parecido para tener una vida relevante.
José era un padre como nosotros. No tenía un oficio de los oficios grandes, no era un escriba, no era un miembro del Sanedrín, no era un gran líder. Era un hombre piadoso, piadoso en lo doméstico. Yo quisiera recordarles a todos los hombres lo que les dije en aquel momento. No hay que ser un gran líder cristiano para tener ante Dios un rol relevante. Un varón no tiene necesariamente que ser un pastor, no tiene que ser un diácono. Usted puede ser un hombre piadoso en la vida doméstica, y Dios le está mirando. No todos los hombres tienen que descollar siendo empresarios, hombres de negocio, un banquero, un profesional exitoso. A veces usted puede tener un oficio muy humilde, muy digno, y encontrar gozo en el Señor en eso.
José: un padre justo en lo común de la vida
¿Qué es lo que vemos de José? Vemos de José que su situación ante el Salvador era aún más particular que la situación de María, pues al ser hombre y justo estaría en constante estrechez para cumplir su rol masculino ante el Salvador. Yo me pongo en la situación de José: ¿yo lo voy a enseñar a él o él me va a enseñar a mí? ¿Qué era lo que se debía hacer? José hizo lo que debía: proteger, cuidar, instruir, dar dirección, modelar ante su Hijo. Y aunque él le buscó con angustia durante tres días, yo veo aquí a un José, hermanos, que no habló. Se contuvo. ¿Qué le digo?
Bueno, póngase a ver usted, papá, que vive esa situación. Da hasta ganas de que el muchacho tome pela, pero del susto. “Guau, tú me tienes a mí desesperado, yo estoy… no sé qué hacer”. José se contuvo. Y en su contención yo puedo ver un elemento de madurez y sabiduría, porque el Señor habló. Y lo que el Señor le dijo a José y a María ellos debían entenderlo, pues el término, en el tiempo en que lo usó el Señor, les estaba diciendo algo. Lo que les dijo el Señor fue: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”. No es “no saben”, sino “no sabíais”; a ustedes se les dijo.
Lo que le está diciendo a José y a María es: ustedes sabían. Aquí vemos al Señor que comienza a manifestarse y comienza a manifestarse ante sus padres. Les está diciendo a sus padres, así como eventualmente le dijo a toda la ciudad: yo no soy solamente el hijo de María y José, yo soy el Salvador del mundo. En este momento también están todos los padres que escuchan: “Un ángel a ustedes les habló. ¿Ustedes no sabíais que yo tenía que estar en los negocios de mi Padre?”.
Doce años era una edad importante para un judío; esa edad de transición. A los 12 años una persona ya debía estar colocada en su oficio. Y aquí hay algo que no se debe malentender. Él está diciendo: yo me estoy colocando en mi oficio. Mi oficio no es el oficio de carpintero, el oficio de mi padre José. Entre los judíos se estilaba, era la usanza, que un padre legara su oficio a sus hijos, y es lo que está diciendo: “Yo vengo a la casa de mi Padre a atender el oficio que debo atender”. Todavía entran los maestros de la ley. José no era un maestro de la ley. Él está diciendo: “Los oficios, los trabajos de mi Padre, en los negocios de mi Padre me es necesario que yo esté”.
Yo veo aquí, hermanos, que Él comienza a manifestarse primero ante su familia natural: yo no soy un hombre común y corriente, yo estoy en el negocio de mi Padre celestial. En el versículo 41 se menciona a José cumpliendo la ley:
“Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua”.
Acoto aquí, hermano, que no todos los padres lo hacían, sino los más piadosos. Y pareciera que no era la primera vez que lo hacían, porque dice que iban todos los años. Es evidente que nuestro Señor Jesucristo, a pesar de ser Dios hecho hombre, tuvo un ejemplo de testimonio piadoso en su casa. Estos padres eran padres que cumplían la ley con rigor. “Iban sus padres todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua”.
Es esperable que en los recuerdos del Señor estuviera esta peregrinación en caravana, participar en la fiesta de la Pascua. Digo, uno tiene siempre la tentación, hermano, de llenar esto de aplicaciones familiares personales y lo estoy evitando, pero yo creo que debería hablar. No todos los padres le dan a sus hijos memorias de ese tipo. Que se mencione que desde los 12 años el Señor ya tenía años participando en estas cosas porque su familia participaba, debería hablarnos a todos los padres.
José asumió el hogar en el que crecería el Salvador del mundo y cuidó de Él como lo haría cualquier padre, porque lo vemos preocupado como nos preocupamos los padres. ¿Qué aparece aquí, hermano, y qué podemos imitar de José? Le mencioné el estar satisfechos con vidas comunes, pero al mismo tiempo obedecer al Señor en las cosas que nosotros sabemos que hay que obedecer. Es verdad que él no sabía cómo criar al Salvador del mundo, pero él sabía que los hombres judíos piadosos iban a las fiestas principales, y lo hacía. No hay que conocer todas las cosas; obedezca allí donde usted sabe.
Jesús se identifica con todas nuestras etapas
A donde quería llegar, hermano, es a la plena identificación de Jesús con el ser humano. ¿Por qué Lucas documenta esta estampa familiar? Se nos está mostrando que Jesús no solamente asumió la condición de hombre, sino que vivió intensamente todas las etapas y transiciones que vivimos y experimentamos todos los hombres. Los evangelistas tenían agenda cuando describían la historia de Jesús; era para presentarle como un Salvador, pero las tres edades principales que vivía un hombre judío en Jesús se cumplieron.
Se documentó su nacimiento y cuando fue presentado en el templo para ser circuncidado, con las ofrendas que llevaron sus padres, una ofrenda humilde, es verdad, pero se está cumpliendo con Jesús la primera etapa, la etapa fundacional en que se inauguraba a un judío; él fue presentado en el templo como todos los judíos. Se nos muestra en su nacimiento. Después, los 12 años: la plena responsabilidad ante la ley. Doce años para un judío era la edad donde un muchacho ya no podía escudarse en su papá, sino que tenía que decir: “Ya yo soy, ante la ley, responsable, ya yo tengo que obedecer por mis propios medios”. Y cuando Jesús tuvo que obedecer por sus propios medios, aparece Él eligiendo estudiar la ley con los maestros.
Y después se retoma la historia cuando el Señor tenía 30 años; y no es esto casualidad, pues 30 años, según Números capítulo 4 y versículo 3, era la edad del pleno servicio en el santuario que llegaba a tener un sacerdote. Y para Cristo hacer su rol ante nosotros, los 30 años era una edad importante. No tenemos todos los detalles de su vida, pero tenemos el año 0, el año 12 y el año 30. Vemos a Jesús que se está progresivamente manifestando, pero desde el día 1 Él era Dios hecho hombre.
Prediqué de eso, hermano, el domingo antepasado: cuando Jesús nació, le adoraron como Dios. No, no era un niño común y corriente, pero Él no se manifestó al mundo antes de tiempo. Había un momento en que Dios quería hacerlo. Y mientras llegaba este momento, en la esfera doméstica Él comienza a manifestarse. Participar en este viaje a Jerusalén fue la ocasión elegida por el Señor para recordarle a sus padres terrenales que su llamado era un llamado más alto, y sus palabras no deben ser tenidas como ofensivas o poco respetuosas; más bien son revelaciones.
¿Cuáles son las palabras del Señor? Están en rojo en algunas Biblias, es el versículo 49. Yo antes leía este texto y me parecía como un texto… no sé, ¿para qué?, ¿qué es lo que está haciendo el Señor?, como que está reprendiendo a sus padres. No les está reprendiendo; Él se está revelando ante su familia natural.
La revelación del Hijo a su familia
Revelación es que está mostrando luz, primer destello de su manifestación pública. Y yo puedo ver en esto, hermanos, cierto detalle; no lo vean como una ofensa a sus padres. De hecho, aquí yo veo hasta cierto amor. Les está diciendo: José, María, prepárense, porque en este momento, ya a los 12 años, ustedes saben que mi llamado es un llamado único, particular. Yo soy un hombre diferente. Ustedes tendrán que experimentar cosas aún más duras.
De hecho, cuando alcanzó los 30 años y comenzó su ministerio público, sus familiares lo fueron a buscar en algún momento como para cuidarle, y Él les dijo de nuevo, con otras palabras: “Es que yo estoy haciendo lo que hay que hacer; esto es lo que hay que estar haciendo”. ¿Cuáles son sus palabras y cómo deben ser tenidas? Dice Él: “¿Por qué me buscabais?”. Ahora hago yo, hermano, aquí una labor de ponerle contexto. Ese “¿por qué me buscabais?” quizás se infiere: llegará el día en que ustedes tendrán que dejarme ir. Prepárense. Extiendan su corazón.
Bueno, tener en tu casa al Salvador del mundo no es fácil, porque el Salvador del mundo eventualmente es el hombre que va a confrontar el mundo y a dividir al mundo y a morir por el mundo. “¿Por qué me buscabais?”. Llegará el día en que ustedes no van a poder buscarme. La otra palabra: “¿No sabíais?”. Ustedes estaban al tanto; esto no es una improvisación, ustedes saben. Hay algo que vivimos todos los padres naturales, porque nuestros hijos cambian, y llega un momento que tú tienes que transicionar con tus hijos. No es lo mismo tener un bebé que un niño; no es lo mismo un niño que un adolescente; no es lo mismo un adolescente que un joven; no es lo mismo un joven que un adulto.
La transición en José y María es: no es lo mismo un hombre que todavía no se ha manifestado, que cuando Él se manifieste como el Salvador del mundo va a volcar el mundo. Va a llegar un momento: ustedes me van a salir a buscar; no me busquen. Y sucedió; se documenta en la Escritura, así mismo, en los evangelios, que el Señor estaba predicando y su familia le fue a buscar y quería retenerle, y Él les dijo: “No, no me vengan a retener”.
Sus padres debían ver sus 12 años como una edad de transición: algo está pasando, hay un rol que está cambiando. Llama la atención lo que dice María en el versículo 48:
“He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia”.
Ah, yo me sentí ahí un poquito como que me dio hasta tristeza por José, hermanos, porque ella le dice: “Tu padre y yo…”, y después Él responde: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”. Y lo ponen ahí con mayúscula: “mi Padre”, me es necesario estar. José, gracias. En la transición con relación a lo que sería su ministerio público, estos tres días de angustia yo creo que fueron una suave preparación. Ustedes estarán angustiados durante tres días; angustia va a venir después.
Ustedes durante tres días sienten que no pueden buscarme, que no pueden encontrarme. Durante tres años no van a poder encontrarme. Durante tres días literales tampoco. El Señor está dando señales. El hecho de que Él esté ocupado en los negocios de su Padre también está hablando de sus roles. El oficio que yo voy a heredar no es el de carpintero, es el oficio de mi Padre celestial. Yo estoy donde trabaja mi Padre celestial. ¿Dónde es que hay que estar?, ¿dónde es la oficina donde voy? Al templo.
Menciono también, hermano, que se destacó su sabiduría. Hablando aquí de los doctores de la ley, esto que sucedía era que el Sanedrín acostumbraba, en momentos especiales como este, a discutir la ley en público, de forma tal que promovían la ley del Señor. Las personas tenían el privilegio de escucharles. No es como ahora que todas las personas tienen una Biblia y cualquiera puede leer. En aquel momento, cuando los maestros de la ley hablaban públicamente, era la oportunidad que tenía el pueblo llano de escuchar la ley de Dios. Y cuando ellos estaban debatiendo la ley, dice que llegó Jesús:
“Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley…”.
El lugar importa.
El niño en medio de los doctores de la ley
Parece que ya se estaba destacando, estaba en el centro. Dice que estaba oyéndoles y preguntándoles. Y aquí, de nuevo, nos visita la curiosidad: ¿y qué sería lo que les preguntó? No sabemos, hermano, porque no es el centro, pero evidentemente les estaba preguntando. Y lo importante está en el versículo 47:
“Y todos los que le oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas”.
Eventualmente esta misma gente va a decir que Él hablaba “como quien tiene autoridad”. Hermano, el autor de la ley, aquel que la dio, en este momento está preguntando. Me imagino que eso debió haber sido un asunto inverosímil: este niño responde con propiedad; con 12 años, esta persona conoce las conexiones de la ley, esta persona conoce el propósito del Legislador, pero lo habla con tanta apertura, confianza. El Señor se está manifestando como lo que es: es Dios hecho hombre.
Doy dos cosas más, hermanos, y oro por la iglesia. Dice el versículo 51, y aquí veo, hermano, que hay providencia del Señor en este relato, que no es desobediencia, no es altanería, no es soberbia. Nuestro Dios hecho hombre fue humilde. Lo que hay es revelación. Yo creo que volvieron de Jerusalén a Nazaret sus padres con una perspectiva diferente. María y José hablaron sobre el muchacho. Evidentemente lo que nos dijo el ángel… Yo me imagino, hermano, que esto fue tema de conversación entre José y María: “Tenemos que prepararnos, es que uno ve ahora a los 12 años y parece que un niño, hermano; 12 años de un judío ya era una persona que tenía ciertas responsabilidades ante la ley”. Me imagino a José y a María diciendo: “Lo que el ángel nos dijo, lo que Él nos dijo, esto es”.
Pero dice:
“Y descendió con ellos…”.
Él no se quedó diciendo: “No, váyanse ustedes, que me voy a quedar en el propósito”. No era, hermano, desobedecer a su familia. El propósito no era desafiar la autoridad de José. El propósito no era angustiar a María. El propósito era darles un mensaje espiritual, darles una revelación, preparar su familia para la transición que Él eventualmente viviría cuando se manifestara ante el pueblo. Y qué detalle, hermano, entenderlo primero con su familia, que no sea un susto, que no sea un cambio tan dramático, sino que ya ellos tenían en su corazón la idea de que Él comenzó ya a diferenciarse y a manifestar que no es un hombre común y corriente.
Sujeción y crecimiento de Jesús
¿Qué es lo que dice ahora? Dice:
“Y descendió con ellos” —esto es el versículo 51—, o sea, humildemente descendió con ellos. Ellos lo fueron a buscar; cuando lo encontraron, el mensaje estaba dado. Usted no ve que Él diga: “No, yo me voy a quedar aquí. Yo le aviso cuando baje, váyanse adelante”. No es eso, hermano, no es eso. Recuérdense que yo soy el Salvador del mundo. Entiendan que esto no fue un asunto anecdótico de la niñez, un asunto que ocurrió. No. Recuerden que Dios sigue hablando, pero Él vuelve, Él desciende con ellos.
Dice:
“Y descendió y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos”.
¡Guau, hermano, que el Salvador del mundo pueda sujetarse a sus padres! Yo creo que esto nos habla a todos nosotros en nuestros diferentes roles particulares. Hay alguien que dice: “No, es que tú no sabes la situación que yo estoy viviendo”. La situación que estaba viviendo Jesús, María y José, esa es la situación, y ahí se logró respetar el diseño de Dios en la familia. Alguien me dice: “Es que mis padres no son padres que son honorables, no, que mis padres no son sujetables, no puedo sujetarme a ellos”. Hermano, si Jesús, que era Dios, y con una naturaleza perfecta, se sujetó a unos padres imperfectos, porque con relación a la desproporción entre la divinidad y la naturaleza humana, la desproporción que había entre Jesús y sus padres era mucho más alta que la diferencia que hay entre tú y los tuyos, y Él logró sujetarse.
Se habla mucho de sujetarse en el matrimonio, los cónyuges, pero yo creo que hay que comenzar a predicar que se comienza por sujetarse a sus padres. Y una persona que aprende a sujetarse a sus padres está en el centro del diseño de Dios en muchas áreas de la vida. Alguien me dirá: “Es que mis padres no son como José y María”. Recuerda, hermano, que con relación a la divinidad de Cristo y sus padres terrenales, la diferencia entre José y María y Jesús es mucho más amplia que cualquier diferencia que podamos tener nosotros, y Él logró sujetarse. Sujetémonos también nosotros.
Eso era lo primero, hermano. Lo segundo: se nos describe cómo Él crecía. “Y Jesús crecía…”. Interesante, no se dice “Cristo” aquí, sino “Jesús”; no está hablando de Él en su naturaleza divina, sino en su naturaleza de hombre.
Un ser humano pleno: sabiduría, estatura y gracia
Fue ese uno de los primeros versículos que yo prediqué, hermano. Recuerdo que yo era presidente del ministerio de jóvenes de mi iglesia y me invitaron a una iglesia Asamblea de Dios central para compartir, y prediqué ese texto. Pero cuando prediqué el texto, yo lo prediqué desde una perspectiva completamente humana, animando a las personas a que crezcamos en sabiduría, a crecer en estatura y a que crezcamos en gracia. Ahora estoy persuadido de que el centro del texto —aquello también, hermano—, pero el centro del texto es mostrarnos que aquí tenemos a un ser humano pleno, que Cristo creció en todas las áreas en que debe crecer un ser humano.
¿En cuáles áreas creció Él? No fue como que apareció y ya estaba maduro. No. Creció progresivamente. ¡Qué detalle tuvo Dios, hermano! Preparó su entrada a este mundo y lo hizo progresivamente, identificándose completamente con todas las etapas de un ser humano. ¿En qué áreas creció? Dice:
“Y Jesús crecía en sabiduría…”.
Primer crecimiento: un crecimiento intelectual. Sabiduría es conocimiento más carácter. Hay gente que dice: “Él, desde niño, era así, sabio; era como un hombre en el cuerpo de un niño”. Lo que se ve aquí, hermano, es que Dios eligió en la encarnación que Él viviera todas las etapas, de forma tal que intelectualmente Él también alcanzó madurez como la que alcanzamos nosotros.
Esto para mí es más fácil mencionarlo, hermano. Yo no puedo profundizar en eso porque yo no sé cómo eso es posible: que Él sea completamente Dios y que manifestara su deidad progresivamente y que alcanzara madurez del mismo modo que alcanzamos los seres humanos, y que Él pueda ser niño y ser Dios, adolescente y ser Dios, joven y ser Dios. ¡Qué cosa más impresionante! Pero lo que nos dice el texto es que creció en sabiduría, o sea, que no fue como que desde el año cero Él ya tenía todo su uso de intelecto, sino que el Señor, guau, lo asumió.
“Crecía en estatura…”.
O sea, usted puede ver la foto del año 5, del año 6, 7, 8. No fue como que apareció grande, no. Creció en estatura. Nos están hablando de una plena identificación. Esas dos, la gente normalmente las debate: que si Él tenía todo el conocimiento desde que era un niño: “Imagínense, el niño, los reyes, y Él sabía como piensa un adulto, Él sabía del viaje, Él sabía lo que estaban haciendo”, o era un bebé, literalmente bebé. A la gente eso le sorprende: si había alcanzado todo su intelecto o parcialmente. Según la Escritura, al parecer fue un asunto progresivo.
Y también les sorprende el asunto de la estatura, porque la gente siempre piensa en Jesús como un bebé y después como adulto, pero imaginar a Jesús joven, adolescente, como que le genera cierta fricción. A mí me genera fricción: ¿cómo puede Él haber crecido “en gracia para con Dios”? ¿Qué es esto de crecer en gracia para con Dios? ¿Dios puede tener más gracia de uno? La gracia es un asunto absoluto.
He podido pensar un poco en el asunto, hermano, y lo vuelvo a responder sin ánimo de ser concluyente. Es que la gracia es un asunto de hecho, pero también tiene niveles de manifestación. Y así como tú creces en gracia ante los hombres, de forma tal que una persona te ama, una persona te manifiesta su aprecio, una persona te manifiesta su consideración, y eso puede aumentar, Dios puede hacer más evidente la gracia suya sobre la vida de cualquier persona. Y, en algún momento, el Señor no solamente manifestó progresivamente su gracia, sino que Él la llevó a la cúspide de toda la gracia manifestada en una persona, a un punto tal que en el monte de la transfiguración ya hasta no se podía separar lo que era uno y lo que era el otro, la luz de Dios en Él.
Que el Señor nos permita que esta perspectiva doméstica de la encarnación pastoree todo el corazón, de forma tal que cuando oremos realmente entendamos que Él nos entiende.