Siempre orábamos a ti en oración, Señor, antes de predicar tu palabra porque sabemos que sin ti nada podemos hacer. Siempre oramos, Señor, porque sabemos que predicar tu palabra sin ser ayudado por tu Espíritu Santo es leer un discurso más. Oramos a ti, Señor, porque reconocemos que fuera de ti nada podemos hacer. Mira mis hermanos que están así congregados, Señor, y que van a ser puestos en contacto con la predicación. Mira aquellos que nos visitan, Señor, y todavía quizá no te conocen personalmente y escucharán el mensaje de tu palabra. Tú has dicho, Señor, que tu palabra es una espada de doble filo, tú has dicho, Señor, que ella es cortante, que penetra hasta los tuétanos. Permite, Señor, que hoy tu palabra nos impacte de forma contundente, permite, Señor, que hoy tu palabra, cuando sea predicada, sea puesta por obra.
Hermano, antes de predicar te pido ahí que le pidas al Señor que te ayude. Yo he tratado de interceder por ti, pero ahí en oración, hermano, pídele al Señor que te ayude. Pídele al Señor que abra tu entendimiento, pídele al Señor que refuerce tu voluntad. Dice la Escritura que el Señor nos ha enviado como ovejas en medio de lobos, y lo que hace una oveja en medio de lobos es que va corriendo a donde su Pastor. Dile al Señor que has venido corriendo a donde Él, que fuera de Él nada puedes hacer. Te doy un chance ahí para que tú mismo le pidas al Señor con tus palabras. Tú le dices, Señor, ayúdame. Tú has dicho que al que pide se le da y al que toca se le abre.
¿Quizá te ha pasado que vienes a la iglesia y no entiendes con claridad? Quizá te ha pasado que vienes a la iglesia y cuando escuchas la predicación de la palabra de Dios piensas que no tienes la fuerza para obedecerla. Pídele ahí al Señor en oración: Señor, ayúdame. Hubo un hombre una vez que le dijo al Señor: “Señor, ayuda mi incredulidad”. Antes de predicar, te invito ahí a orar tú directamente al Padre, porque esto es algo sobrenatural. Hace falta ser ayudado para llegar a cumplir la voluntad de Dios; fuera de Él nada podemos hacer. Guíanos, Señor, en este tiempo de enseñanza. Reafirma, Señor, tu palabra en mis hermanos. Te doy un chance más ahí en oración.
Preparando el corazón y la mente para la Palabra
Hermano, Rafael Pérez no tiene que decir nada para que el Señor haga una obra extraordinaria en ti. Muchas veces, mucho antes de que se abra la Escritura, ya Dios ha estado hablando al corazón de la gente. Muchas veces, mucho antes de que la Biblia sea abierta, ya Dios ha estado inquietando el corazón de los hombres. Ya tú te lo imaginas, pero ahora lo verás más claro: que la voluntad de Dios no es quizá lo que tú estás haciendo. Dice la Escritura que el saber nos compromete, que al que mucho se le da mucho se le demanda. Dice la Escritura que mientras más conoces la revelación de Dios, más te comprometes ante Dios.
Permite, Padre, que cuando tu palabra hoy se predique, se entienda y se obedezca. Oro por último por tus puntos de vista. Mira, Señor, lo que pueda pensar la gente que está aquí hoy congregada, mira, Señor, mis ideas humanas. Permite que depongamos nuestros propios conceptos y que sean reemplazados por conceptos fundamentados en tus Escrituras. Mira, Señor, las opiniones que tiene mi gente, mira, Señor, lo que ellos han entendido que es bueno. Permite que ahora entendamos, Señor, lo que tú dices que es bueno, y que cambiemos, Señor, cultura popular por revelación, que cambiemos, Señor, imaginación por revelación, que cambiemos, Señor, tradición por revelación, que cambiemos, Señor, costumbre por revelación.
Hermano, permítanme orar más delante del Señor. Mira la gente, Señor, que está aquí, que dice que ya no cambia. Mira la gente que está aquí, Señor, que dice: “Así es que yo siempre lo he hecho”. Mira la gente, Señor, que está aquí congregada y está aferrada a su forma de ser actual, Señor, aunque su forma de ser actual no sea la correcta delante de ti. Permite que cuando escuchen tu palabra, Señor, obedezcan tu palabra para que se parezcan menos a ellos mismos y que se parezcan más a ti. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesús. Amén, amén.
Abran sus Biblias, hermano, que he venido a predicarles la palabra del Señor. Y tendremos dos porciones principales hoy en la enseñanza. Dentro de sus programas está el bosquejo de hoy, y les voy a pedir que preparen su Biblia con un marcador. Hay Biblias que tienen una cintita, entonces esa cintita tú la pones allí. Pongan un marcador en el libro de Mateo en el capítulo 5.
Textos base y objetivos del sermón
Y pongan otro marcador en el libro de Lucas, en el capítulo 19. Si vamos a la herramienta, entonces vamos a disponer la herramienta. Es como que estamos cargando la verdad, vamos arreglándola. Busquen ahí en sus Biblias en el libro de Mateo, en el capítulo 5, y márquenlo allí. Y al mismo tiempo pueden buscar el libro de Lucas en el capítulo 19 y marcarlo allí también, que principalmente hoy estaremos utilizando esas dos porciones de la Escritura. Aprenderemos cómo confesar nuestros pecados ante Dios y ante nuestros hermanos, cómo es que debemos confesar nuestros pecados. Dos lecturas principales: Mateo capítulo 5 y Lucas capítulo 19. Una primero y la otra después; les pido que la tengan ahí. Yo también lo voy a buscar aquí en mi Biblia para tenerlo ya dispuesto.
¿Cómo confesar nuestros pecados ante Dios y ante nuestros hermanos? Ya tienen sus dos citas allí marcadas. Si ya lo marcaron, entonces pueden compartir su Biblia con una persona que no tenga ejemplar de las Escrituras. ¿Cómo confesar nuestros pecados ante Dios y ante nuestros hermanos? Hay dos objetivos que yo tengo en la enseñanza de hoy, hermano, son dos objetivos muy claros. Lo primero que pretendemos hoy es aprender el qué. Esto es, entender que tenemos que confesar nuestros pecados, no solamente ante Dios para perdón —solo Dios perdona pecados, y confesamos nuestros pecados ante Él para perdón— sino también ante nuestros hermanos. Esto ya no para perdón, sino para testimonio, para edificar nuestro testimonio y al mismo tiempo para nuestra santificación.
Lo segundo que estaremos viendo es el segundo objetivo: aprenderemos cómo hacerlo. Lo primero: qué confesar nuestros pecados ante Dios y ante nuestros hermanos. Y lo segundo: cómo hacerlo. Lo primero, lo que hay que hacer; y lo segundo, cómo hacerlo. Son las dos cosas que vengo a enseñarles hoy con dos pasajes de la Escritura. Para cada pasaje que marcaste en tu Biblia, entonces estaremos tratando de alcanzar con él uno de estos objetivos. Quiero darle dos versículos fuera de aquellos que ustedes buscaron y se los traje aquí. Es el libro de primera de Juan, el capítulo 1 y el versículo 9, que dice de la manera siguiente, dice así:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Dice el libro de 1 Juan en el capítulo 1 y el versículo 9 que tenemos que confesar nuestros pecados ante Dios.
Y que Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Al mismo tiempo nos dice el libro de Santiago en el capítulo 5 y en el versículo 16:
Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.
— Santiago 5:16
Dos áreas de confesión: el primer versículo, que corresponde al primer capítulo que vamos a estar estudiando hoy, nos dice que tenemos que confesar nuestros pecados a Dios. Lo segundo nos dice que tenemos que confesar nuestros pecados ante nuestros hermanos.
Quiero dar aquí una pequeña aclaración. Aquellos que vienen de un contexto católico, están acostumbrados a confesar, esto es, que en el momento que pecan entonces van donde un sacerdote o van a un lugar donde se les confiesan los pecados, y quizá se les dice que vaya y que rece un Padre Nuestro o algo por el estilo. A esa práctica se le llama confesión. Lo que la Escritura enseña como confesión es algo un poco distinto, porque no es un acto mecánico, sino que es un acto que se hace con sinceridad del corazón cuando uno va delante del Señor, y que no hace falta que exista un confesionario.
O un ministro, o un sacerdote, o un pastor para que esto suceda. Dice la Escritura que hay un solo mediador entre Dios y los hombres, y ese mediador es Jesucristo, hombre. Cuando estaré hablando de que tenemos que confesar nuestros pecados ante Dios, no significa que tengas que ir donde un sacerdote, donde un párroco, donde un pastor para confesar tus pecados. Significa que desde cualquier lugar puedes orar directamente al Padre a través de Cristo, y el Padre, por los méritos de Cristo, perdonará tus pecados. Esa es la confesión desde el punto de vista de las Escrituras, sin tomar en cuenta las tradiciones que tú hayas aprendido.
Al mismo tiempo es bueno cuando nosotros pecamos, como estaremos enseñando, acudir a un hermano, quizá un hermano con más madurez. No para que el hermano nos perdone, sino para que el hermano ore por nosotros, para que el hermano nos acompañe en este proceso y para que el hermano nos cuide. Hago esa pequeña aclaración porque quizá aquellos que vienen de un contexto católico romano están acostumbrados a ir donde un cura a repetir sus pecados, aunque no necesariamente tengan la intención de cambiar. Esto es distinto. Se trata de ir al Padre directamente a través de Cristo, y en el momento que oramos y nos arrepentimos el Padre nos perdona; e ir, tiempo quizá después, donde algún hermano a decirle: “Hermano, mire, he estado participando en este pecado y quiero que ores por mí para que el Señor me fortalezca”. Es una pequeña diferencia. A modo de introducción, les diré.
Confesión: no solo un inicio, sino un estilo de vida
Que confesar nuestro pecado no es solamente el primer paso de la vida cristiana, sino también una práctica recurrente que continuaremos desarrollando a lo largo de toda nuestra vida, con el fin de mantenernos creciendo. Esto no es para una vez. Ciertamente todo cristiano en algún momento de su vida ha confesado su pecado delante de Dios. Ahora, confesar nuestros pecados no es algo de una sola vez. Confesar nuestros pecados debe ser una práctica recurrente en nuestra vida cristiana y, a través de esta práctica, entonces cada vez vamos pareciéndonos más a Cristo. No es algo como que yo digo: “Cuando yo me convertí al Señor, yo confesé mis pecados y ya”. No. Un cristiano se mantiene confesando sus pecados ante Dios y ante sus hermanos cada vez, cada vez, cada vez, según el Señor vaya iluminando su conciencia. No es la práctica de un día.
Es la práctica de todos los días. Es más, hermano, se podría decir que uno crece espiritualmente cuando confiesa. Y lo más probable es que si hace mucho tiempo que tú no confiesas tus pecados delante de Dios y no buscas algún hermano maduro para que te ayude en ese proceso, lo más probable es que hayas dejado de crecer. El cristiano no solamente confiesa una vez, sino que un cristiano hace de esto una práctica y una actitud delante del Señor. Todos los días volvemos a confesar nuestros pecados diarios. Un temor que tienen los nuevos creyentes al momento de bautizarse es que vienen y me preguntan: “Pastor, ¿y después que uno se bautiza entonces jamás uno debe volver a pecar?”. Bueno, la intención debe ser esa.
Ahora, en este mundo contaminado en el que estamos viviendo, dice la Escritura que todos nos descarriamos como oveja. Ahora, una actitud en un cristiano es que cada vez que damos un paso hacia la izquierda o hacia la derecha en cuanto a la voluntad del Señor, confesamos ante Él nuestros pecados y el Señor nos restaura. Objetivo 1: qué confesar y ante quién. Busquen el libro de Mateo en el capítulo 5; estaremos leyendo desde el versículo 23 y hasta el versículo 26. Primera lectura: libro de Mateo en el capítulo 5; estaremos leyendo desde el versículo 23 y hasta el versículo 26. Dice así la palabra del Señor. Estamos hablando de confesar nuestros pecados, dice así:
Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,
deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino; no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.
De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.
— Mateo 5:23–26
Hermano, el Señor ha establecido que cuando nosotros venimos a presentar una ofrenda a Él, y de algún modo Él habla a nuestra conciencia y nos enseña que tenemos una deuda pendiente con alguien, de cualquier tipo, la actitud que tiene que tener un cristiano es ir donde esa persona, con la intención de confesar sus pecados y de restituir. Tengo cierta preocupación porque veo que nosotros, cristianos evangélicos, somos dados a confesar nuestros pecados ante Dios, pero ante los seres humanos seguimos de largo. Y son muchos los hermanos míos que al día de hoy tienen muchas cuentas pendientes con diferentes personas y entienden: “Ya Dios me perdonó mis pecados, esas cosas se deben dejar así”. No. Dice la Escritura que es necesario confesar nuestros pecados ante Dios para que nos perdone, pero al mismo tiempo es necesario que nos pongamos de acuerdo con nuestro adversario en el camino.
Si acaso hay alguna persona a la cual tú has defraudado, si acaso hay una persona a la cual tú le hayas faltado, es verdad, el Señor ha perdonado tus pecados, pero la intención del Señor es que vayas donde tu adversario, confieses ante él tus faltas y te pongas de acuerdo. Miren, gran parte de que el testimonio del cristiano muchas veces se ha echado por el suelo es que muchas personas obvian este procedimiento. Son muchos los que se arrepienten delante del Señor, vienen a la iglesia, oran y se olvidan de sus deudores. Son muchos los que vienen al Señor, el Señor ha perdonado sus pecados hoy, y se olvidan de que durante años han sido irrespetuosos con sus padres. Son muchos los que vienen al Señor, entregan su vida a Él y van donde su familia, sus hermanos, sus vecinos, y piensan como si nada pasó: “No, ya yo me hice cristiano, ya el Señor me perdonó los pecados y ya yo soy cristiano”, y la gente dice: “Ah sí, ahora todo el mundo desde que comete algún acto bochornoso entonces se mete a evangélico”.
Dice la Escritura que el Señor perdonó nuestros pecados, pero que es muy necesario que dejemos nuestra ofrenda al altar y vayamos donde cualquier persona que tenga cualquier cosa contra nosotros y que intentemos ponernos de acuerdo.
La conciencia: voz interna y lugar donde Dios toca
¿Cómo el Señor logra que esto suceda en nosotros? Dice la Escritura: “Y allí te acuerdas”. Mira, regularmente cuando uno viene a la casa del Señor, y a veces porque escucha una adoración, a veces porque escucha un sermón, el Señor pone en tu memoria que hay gente que tiene cosas pendientes, que hay gente con las cuales tú tienes cosas pendientes. A veces cuando estás aquí en la liturgia del culto, estás adorando al Señor, el Señor trae pensamientos a tu mente y te dice: “Mira, en tu trabajo desconsideraste a alguien. Mira, por tu casa ofendiste a otro. Mira, entre tu familia hay gente que, a pesar de que tú eres cristiano, todavía tiene la imagen de ti de aquellos tiempos cuando los ofendiste”.
Muchas veces, cuando venimos a la casa del Señor, el Señor hace que nos acordemos de nuestras faltas y nuestras deudas, y dice el Señor que lo que tenemos que hacer es ir inmediatamente a ponernos de acuerdo. Eso se llama conciencia. Miren, muchas veces cuando venimos a la iglesia del Señor, nuestra conciencia es sensibilizada y nos viene el recuerdo de una ofensa, de una falta, de una deuda, de una desconsideración. Cuando el Señor pone eso en tu mente, no es para que te hagas el loco, el Señor pone eso en tu mente para que dejes tu ofrenda en el altar y vayas a ponerte de acuerdo. Eso es la conciencia.
Quiero que ustedes hagan una definición bíblica de conciencia. Conceptualicen conciencia, no desde el punto de vista de la literatura popular, sino que conceptualicen conciencia desde el punto de vista de Dios según las Escrituras, porque esta es una definición que está fundamentada en las Escrituras. La conciencia es la parte del alma que juzga nuestros actos, que nos dice que algo es bueno o que algo es malo en relación a alguna regla que entendemos confiable. Esa regla podría ser la regla de Dios o podría ser la regla de la cultura popular. La conciencia es esa vocecita interior que cuando tú haces algo tú dices: “Ey, como que no estuvo bien”.
La conciencia es esa vocecita que, a veces, tú tratas de detener, que cuando tú has ofendido te dice: “Como que ofendiste a fulano, como que le hablaste desproporcionadamente”. La conciencia es esa partecita que Dios ha puesto en tu interior que a veces, cuando tú llegas a la casa y te recuestas así en tu almohada, como que te da y te dice: “Ey…”.
Y tú a veces quieres dormirte rápido para no escuchar tu conciencia. La conciencia es esa parte que Dios ha puesto en nuestra alma que nos permite discernir el bien y el mal. Pero, según la Biblia, nuestra conciencia nos acusa. Dice la Escritura que hay conciencias de pecado que acusan a la gente. Pero no solamente nos acusa, sino que también la conciencia se contamina. ¿Han visto lo que es un reloj que ha fallado su mecanismo? Gente dice: “No, yo tengo un reloj, pero mi reloj como que se atrasa”. Y cuando el reloj se atrasa, a veces la gente llega temprano, a veces llega tarde; la mayoría de las veces llega tarde. ¿Alguien ha tenido la experiencia de conducir un vehículo que se le haya dañado el medidor del nivel del combustible?
Miren, eso es desesperante: estar andando en un carro que tú no sabes si está en reserva o está full, que se podría quedar en cualquier momento. Eso mismo sucede cuando la conciencia se contamina. Llega un momento que tú no sabes lo que es bueno y lo que es malo. Por eso, cuando venimos al Señor, una de las primeras cosas que hace el Señor en la regeneración es como desempolvar tu conciencia. Y gente que hacía tiempo que no discernía ni lo bueno ni lo malo comienza como a pensar: “Oh sí, pero mira, yo siempre había visto eso como bueno y ahora entiendo que es malo”. Es que el Señor regula el tacómetro, es que el Señor pone dirección en la conciencia, el Señor aviva nuestros corazones.
Según la Biblia, nuestra conciencia nos acusa, se contamina y se debilita. Miren, una conciencia debilitada es una conciencia que cuando tú quieras hacer lo inadecuado, normalmente se agacha. Hay personas a las que no les duele el pecho para hacer los actos más bochornosos. Dicen: “Bueno, es que fulano…”, es que su conciencia está debilitada. Esa conciencia es una vocecita interior que quizá antes le decía: “No hagas eso, que a Dios no le agrada”, pero al día de hoy, cuando la persona lo hace, eso es como un resorte: usted jaló tanto el resorte que llegó un momento que lo destempló. Hay gente que tiene conciencias destempladas. Uno se pregunta: “¿Y cómo es que ese individuo pudo haber ofendido a su esposa, a su esposo, pudo haber ofendido a su padre, a su madre? ¿Cómo esa madre pudo haber castigado a su hijo hasta ese nivel?”. Hermano, es que la conciencia se destempla.
Dice la Escritura, en el libro de primera a los Corintios, capítulo 8, versículo 7, que la conciencia se debilita. Al mismo tiempo nos dice que se corrompe y que se cauteriza. Le decía el apóstol Pablo a Timoteo que hay hombres que tienen la conciencia cauterizada. Hermano, una conciencia cauterizada… El “cauter” era un sello con que le ponían las estampas a los animales en el campo. ¿Han visto cómo le ponen las estampas a los animales en el campo? Buscan la bestia y calientan un metal y con ese metal caliente entonces lo ponen sobre la piel.
Y ahí le ponen la inicial del dueño de la vaca. Y ahí, hermano, sale un callo y en ese callo la gente no siente. Hay gente que tiene su conciencia como el talón del pie. El talón del pie es la parte de nuestra piel —la piel es el órgano más grande del cuerpo— pero el talón del pie es la parte de este órgano que más fricción genera, que más entra en contacto con el terreno, que más soporta. Por eso el pie soporta más. Las heridas de los pies son heridas que no duelen tanto. La persona a veces se corta en el pie y ni siquiera se da cuenta. Es lo mismo que sucede con nuestra conciencia: nuestra conciencia a veces está cauterizada y tenemos un callo en nuestra mente y no podemos discernir lo bueno y lo malo. Y uno dice: “Pero, ¿cómo es que esa persona está vendida al pecado?”. Es que no siente, efectivamente no siente.
Hago pausas aquí. Miren, yo hablo esto y la gente normalmente está pensando en fulano y en el otro. Quizá estoy hablando de ti. Quizá es tu conciencia que se ha endurecido, quizá es tu conciencia que está destemplada, quizá es tu conciencia que se ha debilitado, quizá es tu conciencia que se ha contaminado. Quizá ya tú no puedes discernir lo bueno ni lo malo; si pudieras discernir claramente lo bueno y lo malo, tu vida estuviera rendida a Dios. Bueno, pero también dice la Escritura que la conciencia puede ser limpiada e influenciada por el Espíritu Santo. ¿Saben por qué yo predico el Evangelio? Yo no predico el Evangelio apelando solo a tu conciencia humana; yo predico el Evangelio apelando a que, cuando lo predico, el Señor puede lograr poner una luz en tu conciencia.
Hermano, si yo no predicara el Evangelio, si yo no apelara a la conciencia de nadie, un callo tenemos en la mente. Un hombre que tiene 30 años ofendiendo al Señor con sus pecados, ¿usted cree que se arrepienta así porque él decidió? No. Yo predico el Evangelio porque entiendo que muchas veces, en la predicación del Evangelio, el Señor pone nueva luz, el Señor ablanda el corazón del hombre, el Señor hace que la conciencia sienta. Hermano, hay gente que viene a la iglesia del Señor y sale de aquí con un ardor en la mente. Dice: “Me picó, me picó, me picó, como que lo sentí, ¿qué es lo que me está pasando?”. Es el Señor que está hablando a tu conciencia.
Mira, nosotros no predicamos la Biblia solamente apelando al pensamiento: “No, tú eres un hombre racional”. No, hermano. Yo sé que mucha gente tiene años vendidos al pecado, años que ese resorte se destempló, años que no reaccionan espiritualmente. Pero el Señor, por medio de su bendición misericordiosa, muchas veces cuando se predica el Evangelio Él no solamente pone la palabra, sino también la sensibilidad. Y gente que hacía años que no reaccionaba espiritualmente cuando escucha que se predicó el Evangelio dice: “Wow, pero mira, es verdad. He ofendido a mis vecinos, he ofendido a mis hijos, he ofendido a mi esposa o a mi esposo, he ofendido a mis empleadores, he ofendido a mis hermanos. Es verdad, Señor, tengo que dejar mi ofrenda en el altar e ir a arrepentirme”. Si el Señor te habla en la iglesia, deja tu ofrenda en el altar y ve a restaurar tu relación con los hombres.
Dios no recibe toda ofrenda: manos limpias y corazón puro
Alerta: miren, Dios no recibe todas las ofrendas, sino solamente aquellas ofrendas que se presentan con manos limpias y un corazón puro, con pureza de conciencia. Por eso dice el Salmo:
¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño. Él recibirá bendición de Jehová, y justicia del Dios de salvación.
— Salmo 24:3–5
Hay personas que les molesta a veces que yo como que soy muy drástico, pero nunca soy yo; es que la Escritura lo dice así. La Escritura dice que hay ofrendas que el Señor no recibe. Miren, hay gente que ha querido dar mucho dinero a la obra de Dios, pero el Señor dice: “Mira, eso que tú estás dando, eso no es ofrenda”.
No es ofrenda. Eso es dinero que tú te pones la mano, como hacían los ricos en tiempos de la viuda, dinero que ponen ahí para el Señor. Hay gente que le ha querido dar servicio al Señor. Ustedes no se imaginan la cantidad de músicos que al día de hoy quisieran que se les permita tocar en una iglesia, y son músicos con habilidad, pero lo que están dando al Señor no es ofrenda. Con tu talento, con tu dinero, con tu tiempo, el Señor no solamente espera tu ofrenda; Él espera que esa ofrenda venga de unas manos limpias y de un corazón puro. Por eso dice el Señor que tenemos que buscar la paz para que nuestras oraciones no se estorben.
Hay gente que viene a la casa del Señor y dice: “No, que yo como que no siento la presencia del Señor”. Claro, porque dice la Escritura que tus pecados han hecho una barrera entre tú y Dios. Lo primero que estoy enseñando sobre confesar: hay que confesar cada vez que el Señor hable a tu conciencia. Y muchas veces, cuando predicamos la palabra del Señor, el Señor hace que tu mente se sensibilice. El Señor hace que en áreas de tu vida donde tú todavía le has puesto ahí llave y tres candados, se rompan los candados, se abra la puerta y el Señor te enseña a ti tu suciedad. El Señor quiere que tengamos una limpia conciencia delante de Él. Él no solamente quiere nuestra ofrenda; Él quiere que nuestra ofrenda venga de una conciencia limpia.
Algunas formas en que Dios habla a nuestra conciencia. Miren, a veces Dios habla en nuestra conciencia en un acto de adoración; lo acabamos de leer. No es que el Señor está enseñando a ese hombre que vino a adorarle, pero en medio de la adoración el Señor habló a su conciencia. Tuvo misericordia de él, porque hubiera perdido su tiempo. Tuvo misericordia de él, porque lo que él vino a ofrecer, la ofrenda que haya sido —yo no sé si era una ofrenda de especias, no sé si haya sido una ofrenda de dinero, no sé si haya sido una ofrenda de talento— pero el Señor le dijo: “Para que eso prenda y yo lo pueda recibir, tú necesitas primero ponerte de acuerdo con tu hermano”. El Señor tuvo misericordia de él porque evitó que perdiera el tiempo.
Hermano, intentar adorar al Señor con las manos sucias, con el corazón contaminado, es perder el tiempo. O sea, muchas veces Dios tiene misericordia de ti recordándote: “Mira, tú estás aquí cantando y demás, pero hay algo pendiente que tú tienes que resolver”. Muchas veces, en la adoración, el Señor habla a nuestra conciencia. Una vez había un pecado en Israel y fueron donde Esdras. Los israelitas habían estado juntándose con mujeres impías, mujeres idólatras, y al Señor eso no le agradaba. Y cuando le comunicaron eso al siervo del Señor, lo que hizo fue que fue ante el Señor en oración. Y dice que Esdras fue allí delante del Señor y se humilló, y cuando él estaba orando vinieron hombres de Israel y se unieron a esa confesión, y al final de la oración dice que el Señor ya había ablandado su conciencia y los hombres determinaron glorificar al Señor con sus relaciones. Muchas veces, mientras tú haces un tiempo de oración, el Señor pone ahí un pensamiento: “Wow, estoy aquí hablando con Dios, pero mira, allí mentí”.
Muchas veces, en los tiempos de oración devocional, cuando vienes ahí delante del Señor hablando, el Señor te confronta y te avergüenza. Hermano, y para un cristiano devoto no hay una cosa más placentera que cuando el Señor en oración le confronta con su pecado. Momentos que le agradezco yo al Señor son momentos donde yo estoy adorando y he tenido que irme en lágrimas delante de Él confesando la suciedad de mi corazón. No hay una cosa más agradable para un cristiano que cuando el Señor en su misericordia, en medio de una oración, le confronta.
¿Qué otros medios utiliza el Señor para hablar a nuestra conciencia? A veces leemos la Escritura y uno dice: “Eso fue para mí”. Mira, hay veces que, como la Biblia dice, fue como a mí que me estaban hablando, señores.
En otra ocasión, el mismo Esdras le buscaron un púlpito, le dijeron: “Esdras, abre la ley, enséñanos”, y Esdras abrió la ley. Al final, hermano, ahí estaban los gritos conmovidos, la gente llorando así delante del Señor. Y ellos: “¡Wow, ven que nos han permitido entender claramente y lo lejos que estamos nosotros de la voluntad de Dios!”. Hermano, cuando se predica la palabra del Señor, muchas veces el Señor permite que por la predicación tu conciencia sea tocada, y Él te dice: “Deja tu ofrenda frente al altar y ve y ponte de acuerdo con tu hermano”. Lamento decirles que la predicación cristiana no es una predicación de ilustración; nosotros no predicamos para que tú seas humanamente más sabio. Nosotros predicamos para que tú entiendas, a través de la conciencia, qué Dios te hable y tú te parezcas más al Señor. El cristiano no viene aquí solamente a acaparar conocimiento. El cristiano viene aquí a hacer una labor de comparar.
¿Qué es lo que hace un cristiano cuando viene a la iglesia? No es: “Déjame aprenderme el sermón así palabra por palabra”. No. Lo que el cristiano viene es a ver: ¿dónde dice el cronómetro de Dios que yo debería estar, dónde está la agujita y dónde estoy yo? Estoy allá en E. Escuchamos la palabra del Señor en la predicación y lo que hacemos es nivelar. Hermano, la Biblia es nuestra regla, es un nivel. Han visto un nivel: un nivel se pone ahí. Hay veces que el cuadro parece que está derecho y tú lo ves desde lejos y te parece derecho, pero tú traes el nivel y lo pones sobre el cuadro, y ves que la burbujita se inclina un poco más hacia la derecha que hacia la izquierda, y dices: “Wow, el ojo me engañó”.
Así a veces vienes a la casa del Señor y piensas que tu vida ya está nivelada con Dios, pero cuando se predica la palabra del Señor, cuando se pone el nivel de su palabra, te das cuenta que hacia un lado o hacia el otro te desnivelaste, y el Señor te dice: “Rafael Pérez, dirección en tu vida porque estás perdiendo la simetría de Dios”.
¿Cómo habla el Señor a tu conciencia? Muchas veces en una conversación casual. Miren, los discípulos del Señor, después de la crucifixión, terminaron muy confundidos. Y muchos de ellos estaban como perdiendo la ruta, y como que estaban turbados. Iban caminando dos de ellos y en el camino se encontraron con el Señor y no lo distinguieron, y el Señor comenzó a conversar con ellos.
Y les decía: “¿Y ustedes no vieron qué es lo que ha pasado? ¿Y no que resucitó Jesús?”. Era el mismo Jesús. Y en esa conversación casual el Señor les dijo: “¿No vieron la ley, los profetas?”. Y después estaba tan buena la conversación que ellos dijeron: “Maestro, pero ven con nosotros”, y Él estuvo un ratico más. Y después se fue, y ellos entendieron que era el Señor. ¿Y saben qué dijeron? “¿Acaso no ardía nuestro corazón mientras Él nos hablaba?”. Hay veces que en una conversación casual el Señor permite que tu corazón arda. Muchas veces, en una conversación así, que tú te encuentras con un hermano, están hablando ahí un poco de todo, y en esa conversación el Señor te confronta con tu pecado y tú: “Oh, pero mira…”.
“Deja tu ofrenda en el altar y ve allá y resuelve lo que está pendiente”. ¿Cómo el Señor habla a tu conciencia? Mostrándote un ejemplo. Miren, nadie ve el pecado propio; es un asunto paradójico. Se requiere, hermano, tener mucha humildad para reconocer su pecado propio. Tu mismo pecado, tu mismo pecado está dentro de ti y tú no lo ves. Eso es como la nariz. Intenta verte la nariz; nadie se ve la nariz. Dicen: “Atiéndete la punta, que la nariz está sucia”. “Ajá, no me la veo”. Pero a veces tú buscas el espejo, y te limpias, te limpias.
Había una persona que se le olvidaba; era una persona que tenía poca memoria, y a veces se montaba en la guagua y llegaba al trabajo en tubo y con rolitos y demás porque no se veía. No se ve. Yo pensé que… no te ves tú mismo. Pero desde fuera… Hubo un hombre que no veía su pecado, y para él la cosa estaba de lo más normal. Era David. David había cometido pecado, vivía tranquilo, y él no veía su pecado. David con musiquita en el palacio y todo bien. Y ¿saben qué hizo el Señor? Le mandó el profeta Natán. El profeta Natán le hizo una historia. Está ahí, hermano, en el libro de 2 Samuel, capítulo 12. Natán fue donde David: “David, rey, hubo un hombre que era muy pobre, y había otro que era muy adinerado, y el pobre tenía una ovejita que era lo único que él tenía, y el rico no sacrificó de los suyos, sino…”. Y le hizo una historia: la misma historia de la vida se la contó, su misma historia.
Pero en medio de la historia David saltó y dijo: “A ese hombre hay que matarlo, ese es un pecador”. Y después le dijo Natán —miren, de las cosas de la Biblia, yo no sé de dónde Natán consiguió los pantalones así para decirle al rey—: “Ese eres tú”. Yo me lo imagino así, temblando. David, cuando le hicieron su historia como si fuera un tercero, dijo: “Ese hombre hay que matarlo”. Y después que le hizo la historia y que David así dijo que ese era un perverso que hay que matarlo, ahí David… ahí salió Natán. Hermano, qué valentía tuvo el profeta: le dijo: “Rey, ese eres tú”. Hay veces que el Señor permite que tú veas a otro practicando tu mismo pecado, y cuando tú ves al otro practicando tu mismo pecado dices: “Qué feo se ve”.
Hay veces que el bebedor va a ser bebedor hasta que no ve un borracho, porque la gente borracha no se ve a sí misma. Cuando ve a un borracho siguiéndose de lado y tú dices: “Wow, pero mira, ese hombre que es honorable, mira ese hombre que la sociedad lo considera como un hombre de bien, míralo hablando disparate, míralo ofendiendo, míralo hablando, poniéndolo a mito como habla el borracho, poniendo la mano al cuerpo, míralo manoteando al otro, qué feo se ve, y así mismo estaba yo ayer. Ay, Señor, ten misericordia de mí”. A veces el Señor te muestra tu pecado para ablandar tu conciencia mostrándote el ejemplo de los otros.
¿Cómo más el Señor? Miren, hay veces que el Señor no manda a nadie, sino que él va directamente. Cuando Adán y Eva pecaron, el Señor fue directamente. ¿Y saben lo que le preguntó? “Adán, ¿dónde estás tú?”. Y Adán respondió: “Señor, yo escuché tu voz en el huerto y tuve miedo, y me escondí”. “¿Y quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol prohibido?”. Hermano, yo me imagino a Adán: “Ay, el Señor me vio”. Hay veces que tú te estás escondiendo de Dios. Miren, hay gente que no quiere venir a la iglesia, que no quiere leer la Biblia, para no encontrarse con Dios cara a cara. Hay veces que uno se encuentra con Dios cara a cara y el Señor te pregunta: “Rafael Pérez, ¿dónde estás tú?”. “Aquí estoy, Señor… es que yo tengo miedo porque estaba desnudo y me…”. “¿Y quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Acaso has hecho lo que te dije que no tenías que hacer?”. “Ahí sí, Señor”. Entonces el Señor busca y lo viste. No dice que Él dejó a Adán y Eva desnudos; no, el Señor les puso una vestidura, los restauró.
Hermano, lo que te quiero decir es que a veces el Señor directamente tiene encuentros con los hombres. Hay hombres con quienes el Señor directamente ha tenido que ir, donde ellos; Saulo de Tarso, el Señor se encontró con él de frente. Chocó con el Señor; él no sabía con quién se estaba metiendo. Hay gente, hermano, que tiene la conciencia tan dura, los callos son tan fuertes, que si el Señor no se encuentra con ellos directamente, con su majestad los humilla. Si no, no se arrepentirían. Hermano, todas son estas formas a través de las cuales el Señor habla a tu conciencia.
¿Qué es la confesión? Miren, es reconocer sinceramente aquella falta que Dios revela a nuestra conciencia ante quien la hemos cometido. Si fue ante Dios, tú vas ante Dios. Dame un segundito. Los pecados, hermano, son en diferentes esferas. Muchas veces pecamos ante Dios —siempre pecamos ante Dios, sin importar que haya sido ante un hombre—, pero muchas veces en nuestros pecados afectamos a un tercero.
¿Ante quién confesamos los pecados? Bueno, si el pecado solamente está entre tú y tu Dios, ante Dios, y ya se acabó ahí. Eso es lo más rápido, hermano, eso es… espíritu. Ahora, si tú no solamente ofendiste a Dios, sino que ofendiste a Dios y ofendiste a un hombre, dice la Escritura que hay que confesar tu pecado también ante ese hombre, y en la medida de lo posible, en la medida de lo posible, no solamente confesar, sino, de ser necesario, también hay que devolver. Restituir.
Miren, esa restitución es lo que la gente quiere guardar del arrepentimiento. La gente se quiere convertir al Señor y, si fuiste ladrón, entonces quédate con lo que te robaste. Dice el Señor que, si fuiste ladrón, tú le devuelvas a la gente lo que le robaste. Aclaración aquí: quizá tú no te consideras un ladrón porque tú no le has robado sus bienes a nadie. Por ejemplo, hay gente que le ha robado honra a gente. Dice la Escritura: “No debáis nada a nadie… al que honra, honra”. Hay gente a la que tú le has debido dar honra y tú le has comido su honra. Hay gente que quizá se comió la honra de sus padres: “No, porque mi papá y mi mamá son así, yo no tengo que honrarlos”. “Honra a tu padre y a tu madre”, dice el Señor. Hay gente que tiene deudas de honra. Hay gente que le robó oportunidades a los otros: “No, yo no le quité un peso, pero le quité la oportunidad; le serruché el palo”.
Hay cristianos que serruchan el palo; somos buenos serruchando el palo, cortarle ahí para que el otro se caiga. Hay gente que puso la zancadilla: “No, yo no le robé nada, pero cuando él iba… ay, se cayó. ¿Y quién fue?”. “No debáis nada a nadie”, dice la Escritura. Y si tú a alguien le has quitado algo, lo que tienes que hacer es confesarle a esa persona que le faltaste y restituirle. Dice el libro de Hebreos que toca hacerlo con sinceridad de corazón. O sea, no es mecánico. Esta es la diferencia entre la confesión cristiana, la confesión según la Biblia, y la confesión tradicional católica; que la confesión tradicional católica es que tú haces un listado, vas donde el cura y le confiesas, y él te dice que hagas unos Padres Nuestros, y tú vas… dime, en la mañana vas a confesar lo mismo con los mismos Padres Nuestros.
Esta confesión es una confesión de un corazón arrepentido, que yo reconozco por qué te fallé, te lo devuelvo y te pido que me perdones. Asunto es confesar y restituir. Miren, el libro de Levítico, en el capítulo 5 y en el versículo 6, da un listado claro de cosas que hay que devolver. Dice el libro de Levítico que, si hemos dado falso testimonio o hemos ocultado información a alguien, ve rápido donde esa persona. ¿Qué es un falso testimonio? Alguien que te pide una recomendación sobre alguien: “¿Y tú qué crees de fulano?”. “No, mira, ese…”, porque te convenía. “Ay, no, mira, no le den la oportunidad, que esa es una persona de tal forma…”. Eso es falso testimonio. Decir que viste lo que no viste es falso testimonio.
Si a una persona tú le has afectado porque dijiste cosas de esa persona que no eran reales, eso es falso testimonio. Dice la Escritura que a veces también pecamos ocultando información. Y tú sabes… “No, yo ni oigo, ni veo, ni huelo, ni hablo”. Hay gente que apaga los sentidos, oculta información, dice la Escritura, en detrimento de esa persona. Ve donde él y confiésalo. En cualquier inmundicia, dice la Escritura, que hayamos cometido con o sin intención. Dice el libro de Levítico que cuando nosotros pecamos sin intención, y el Señor hace que nuestro pecado se vea, en ese momento hay que confesarlo. Hay veces que pecamos y ni nos damos cuenta. Hermano, si no te diste cuenta, si el Señor no habla a tu conciencia, pues eres exonerado. Pero si el Señor permitió que tú entendieras que fallaste, aunque no lo hicieras con intención, inmediatamente confiesa.
Juramento ligero, dice el libro de Levítico; si has participado de juramento ligero, confiesa. Robos, fraudes, actos ilegales. Miren, dice la Escritura que en el momento cuando uno se hace cristiano uno tiene que dejar toda aquella obra de la carne. Eso no puede ser que nos convirtamos al Señor y todavía nos robemos la luz. Bueno, no es que te la corten la luz porque quizá no conseguiste con qué pagarla, pero es feo que a un cristiano vengan a citarle el cable que se enganchó. Mire, una de las cosas más difíciles de ser cristiano en esta sociedad es que hay muchos actos que ya son actos que son permitidos, se han considerado como buenos y válidos. Por eso ser cristiano es difícil. Un cristiano que hace negocios, hermano, tiene la de perder. Es muy difícil, pero con la ayuda del Señor, yo entiendo que el Señor ayuda a uno cuando uno quiere hacer su voluntad. Pero en los negocios, por ejemplo, hay veces que “hay que dar cosas por la izquierda”, ¿han escuchado eso? “No, tú tienes que dar cosas por la izquierda para que eso pase”. Un cristiano no da cosas por la izquierda.
Yo conozco cristianos que tienen construcciones detenidas porque sometieron los planos, y cuando sometieron los planos les están pidiendo dinero. No. Los cristianos no damos dinero por la izquierda. “¿Y entonces, Rafael, no construimos la casa?”. Cuando el Señor lo permita. Pero eso sí, damos testimonio de que nosotros no construimos la casa dando dinero por debajo. Mojar la mano para que nos dejen entrar, hacer cotizaciones con cosas por debajo… Hermano, los cristianos no hacemos nada de eso. Robos, fraude y actos ilegales, nada de eso lo hace un cristiano. Y cuando tú has participado de eso, tú confiesas tu pecado delante del Señor, delante de la persona a que lo hayas hecho, y te arrepientes.
¿Cuáles son las consecuencias de no hacerlo? “¿Y si yo no lo hago, qué pasa?”. Mira, si tú no lo haces, lo más probable es que la gente murmure contra ti y contra la iglesia. ¿Han visto esa cosa? “No, fulano dice que es cristiano evangélico, pero él tal cosa…”. Hermano, a algún cristiano le da lo mismo: “A mí no me importa lo que la gente diga, yo vivo para mí”. Un cristiano no vive para él; vive para glorificar a Cristo. Eso de: “No, que yo soy así, de mí que digan lo que quieran”, no. Un cristiano no permite que la gente diga de él lo que quiera. Cuando de un cristiano la gente anda poniendo su testimonio por el suelo, el cristiano va donde la persona y dice: “¿Cómo es que tú has llegado a pensar eso sobre mí?”.
Porque cuando hablan mal de nosotros, están hablando mal de Cristo. Es el nombre del Señor que es puesto por el suelo. Se endurece, hermano. Ese endurecimiento, cada vez que tu conciencia te habla y tú la apagas, se pone dura. Cada vez que el Señor te toca la mente y tú lo ignoras, se te pone dura la conciencia. ¿Cómo la gente llega a tener una conciencia tan endurecida para participar en muchos actos bochornosos? Miren, nadie llega a las Grandes Ligas del pecado de un momento a otro. No es que de un momento a otro: “Plan, llegué y aquí estoy”. No. Poco a poco. Poco a poco, la conciencia se va endureciendo. Llega un momento, hermano, que no tienes conciencia, sino un bloque de ocho en la cabeza.
No sientes. El endurecimiento es un proceso. Cada vez que el Señor toca tu conciencia y tú sigues de largo, tu conciencia se endurece. Las recaídas. Dice el libro de Salmos: “Un abismo llama a otro abismo a la voz de tus cascadas”. Lo más probable es que cuando tú participas en un pecado y no lo confiesas, vuelvas y lo repitas. Hermano, la caída no tiene fondo, el abismo no tiene fondo. ¿Qué tan bajo se puede caer en esta vida? No sabemos, no hay tope. Por eso, hermano, cuando tú te caigas, lo primero que tienes que hacer es confesar tu pecado delante del Señor para no seguir cayendo más profundo.
La mentira trae lo otro, y lo otro, y lo otro. Miren, en el pecado de David contra Betsabé se ve claramente lo que es un abismo llamando a otro abismo. Lo primero: el rey se quedó en su palacio y así, estaba medio perezoso. Ahí está la pereza. Luego entonces miró por su ventana y vio una mujer desnuda. Después, con la mujer desnuda no solamente la codició, sino que la mandó a buscar. Y después que la mandó a buscar, la mujer desnuda… no solamente se conformó con quedarse ahí con la pereza y quedarse codiciando, sino que la poseyó, la hizo suya, una mujer ajena. Y después que cometió fornicación con esa mujer, entonces hizo conspiración para matar al esposo de esa mujer, y efectivamente mató al esposo de esa mujer. Y uno se pregunta: “David, ¿hasta dónde es que vas a llegar cayendo con tu pecado?”.
Un abismo llama a otro abismo. Hermano, los pecados hay que confesarlos rápido y salir, porque es que si no uno se queda en eso ahí dando vueltas. Da lucha, da lucha. Hermano, eso no es cómodo. No, no es cómodo. Hay veces que cometemos pecados contra gente que amamos mucho, y uno dice: “¿Y acaso debo yo confesarle mi pecado a mis hijos? Ay, mis hijos, ¿qué van a pensar de mí? Van a pensar que no soy un hombre de Dios”. “Ay, mira esto que yo he hecho, cómo he defraudado a mis hijos; les dije una cosa por la otra, y ¿qué van a pensar ellos de su papá? Van a pensar que su papá no es perfecto”. Sí, van a pensar que su papá no es perfecto, pero un hombre que quiere restaurar su vida delante de Dios va donde sus hijos y les dice: “Mira, hijo, yo en un momento de mi vida hice esto, hice esto, hice aquello. Yo confieso que eso no le agradaba a Dios, yo reconozco que les fallé”.
“¿Y a mi esposa? ¿Acaso debo yo confesar ese pecado que cometí contra mi esposa?”. Sí, hay que confesarlo, porque si no lo confiesas lo más probable es que ese pecado que fue un hecho aislado en un momento se convierta en una práctica en tu vida. Dice la Escritura, hermano mío, que jugar con el pecado es jugar con fuego. Dice el libro de Proverbios: “¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos ardan?”. Les he hecho la historia en otro momento de lo que es jugar con fuego; el fuego llega un momento que no se detiene. Comienza con una pequeña llama, y esa llama hay que apagarla en el momento en que sucede; si no se apaga la llama, después se va a quemar la casa entera y se quemarán las casas que están al lado. La destrucción viene cuando no confesamos nuestros pecados a tiempo.
Dice la Escritura, en el libro de Romanos, capítulo 12, versículo 2:
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento…
Hermano, si no confiesas tu pecado se hace de tu pecado una práctica. Lo más probable es que las cosas del mundo te parezcan normales, y te vas a ver participando en cosas que el mundo considera normales, y tú así, cómodo, participando en esto, porque te amoldaste al mundo. Ya no te molesta. Cuando hacemos de la confesión una práctica nos aseguramos de que no nos acostumbremos, de que la boca no se nos haga al sabor del pecado, de que no tomemos la forma del mundo. Un cristiano mundano es un cristiano que ignoró las alertas que Dios puso en su conciencia.
Un cristiano mundano es un cristiano al que el Señor le habló a su mente y siguió de largo. Un cristiano carnal es eso.
El ejemplo de Zaqueo: cómo confesar y restituir
Segunda parte, hermano. Ya vimos qué es lo que hay que hacer. ¿Qué es lo que hay que hacer? Confesar, cada vez que el Señor te lo ponga ahí. Eso es lo que hay que hacer: confesar rápido. Y ahora, ¿cómo confieso, Rafael? ¿Cómo es que esto se hace? Miren, esta es la parte agria; lo otro era informativo, esto es práctico. Es la historia del encuentro en el libro de Lucas, en el capítulo 19. Veamos un pecador arrepentido: la conversión de Zaqueo. Leemos esta historia:
Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad.
Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico,
procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura.
Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí.
Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.
Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador.
Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.
Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham.
Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.
— Lucas 19:1–10
Hermano, Zaqueo no solamente se convirtió y siguió de largo. Él dijo: “Ay, Señor, qué bueno, tú estás en mi casa”. No. Dijo: “Señor, ya que tú estás en mi casa y que yo he visto que soy pecador, al que yo haya defraudado se lo devuelvo cuadruplicado”. Un cristiano no solamente se convierte y sigue de largo. Un cristiano se convierte y devuelve.
¿Cómo debemos hacerlo, hermano? ¿Cómo es que debemos hacerlo? “Si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado”. Tres principios para confesar y restituir, siguiendo el ejemplo de Zaqueo. ¿Cómo tenemos que confesar? Prontamente, en el momento. No es: “Señor, si tú me das dos años más o menos yo podría calcular a ver a quién fue que yo engañé y se lo devuelvo…”. No. Zaqueo, en el momento.
En el momento que reconoció su pecado delante del Señor, en el mismo momento hizo restitución. No guardes la confesión para un día. Mientras más tiempo pase, más peligro estás corriendo. Mientras más pase el tiempo, más tu pecado va a estar pudriendo tu interior, más tu mente se va a ir contaminando. ¿Cómo debemos hacerlo? Completamente. “Se lo devuelvo…”, o sea, no es: “Mira, yo te voy a dar…”. No. Completamente, en la medida de lo posible.
“Rafael, si ya yo gasté lo que me robé, ¿qué hago?”. Un acuerdo de pago. Mira a ver si te lo perdonan, pero confiésalo completo, no digas: “No, yo solamente tengo para devolver diez, yo voy a decir que fue diez lo que cogí”. No. Tú tienes que decir que cogiste cien, y de esos cien solamente quedan diez. “¿Usted quiere estos diez?”. No le agregues al pecado la mentira.
Generosamente, en la medida de lo posible. Miren, según la ley de los judíos no había que devolverlo cuadruplicado, sino solamente la quinta parte, pero dice la Escritura que Zaqueo quería no solamente devolver, sino devolver generosamente. Me gusta que él dio la mitad de sus bienes a los pobres, y el Señor recibió su ofrenda, pero también se arrepintió delante del Señor. Una ofrenda que viene de unas manos limpias y de un corazón puro. O sea, no fue solamente que Zaqueo dijo: “Yo soy rico, voy a dar la mitad a los pobres”. No. “Voy a dar la mitad a los pobres, pero voy a confesar mis pecados. Voy a reconocer que he estado estafando”.
Estoy terminando con esto, hermano, pero no quiero que se vayan sin darle algún consejo pastoral al respecto.
Consejos pastorales para confesar a otros
Asuntos a tomar en cuenta. Mira, ya sea contra tus hijos, ya sea contra tu esposa, ya sea contra tus vecinos, contra tus empleadores, ya sea contra tu iglesia, contra tus hermanos, si has defraudado a cualquier persona, te animo a hacerlo pronto, a hacerlo completamente, a hacerlo generosamente. Pero trata de no ser muy ceremonial. Hay gente que cada vez que va a confesar su pecado quiere que le hagan un cumpleaños, y que: “No, que nos vamos a encontrar, y yo te voy allá y yo…”. No, hermano, eso no es así. Normalmente la gente agrega pecado sobre pecado y después quieren complicarse con la confesión. Rituarios, dan mucha vuelta. No, hermano. Tú vas donde el que tú defraudaste: “Fulano, mira, yo estuve participando en chismes contra ti”.
“Yo no voy a entrar en detalles, pero alguien vino aquí, me dijo tal cosa, yo participé. De hecho, te difamé, de hecho te murmuré”. ¿Qué es murmurar? Es decir cosas en contra de alguien. Tú vas donde esa persona y: “Fulano, mira…”, sin dar muchas vueltas. Esto a mí me da lucha, pero toca. Es así, rápido: “Mira, yo lo que vengo a decirte es que yo he estado pecando, porque yo estuve murmurando contra ti”.
O le dices: “Mira, yo te eché un embuste. Eso que yo te dije no era verdad. No cuentes con eso, que eso no es así. Fue mentira lo que te dije. Perdóname, yo reconozco que fallé”.
“O mira, ese proyecto, no vamos a poder cumplir con ese compromiso; vamos a tener que…”. Evita ser muy ceremonial. Hazlo. Evita entrar en detalles innecesarios. Hermano, hay gente que el Señor perdona su pecado y después quieren venir a entrar en todos los detalles. Escuché tristemente, tristemente, a un predicador hablando de que él era cristiano, pero que él tenía mujeres, y que le gustaban, y que él hacía lo otro con la mujer, y que él se encontraba por ahí. No hay que entrar en detalles. No hay que entrar en detalles con su mujer y sus hijos. “Ay, hermanos, hay que entrar en detalles: que eran de esta forma, que lo hacían en tal lugar, que se encontraban…”. No hay que entrar en detalles.
Solamente tú dices el pecado que fue: “Mira, yo cometí adulterio”. Ya. “Y sucedió así, yo reconozco que he sido un pecador; lo que te pido es que me perdones. Yo estoy orando al Señor y dependo del Señor”. Ya. No hay que entrar en detalles de que si fue así, si fue asá. Hermano, no hay que dibujar el pecado. ¿Cómo así? Nadie agarra el pecado con las dos manos de que: “Mira, fue así y no…”. No. El pecado tú lo agarras así: “Mira, esto fue lo que fue, un ratón que encontré”, y se bota. O sea, no es que estás entrando en detalles del pecado.
Evita acusar a otro o justificarte. Hay gente que no sabe confesarse sin echarle tierra a los demás. Cada quien confesará el suyo. “Ah, ¿y había más gente ahí contigo?”. “Mira, no me preguntes a mí quién estaba conmigo. Yo lo que voy a decirte es que yo estaba ahí y lo hice yo, ya. El otro, cuando el Señor hable a su conciencia, que lo confiese él. Yo no tengo que estar confesando los pecados de nadie ni estar echándole tierra”. Tampoco te justifiques. Hay gente que quiere comenzar con los atenuantes: “Ay, mira, que yo estaba sola, yo estaba solo… Ay, que yo estaba enfermo… Ay, que yo tenía necesidad… Ay, que yo necesitaba comprar la leche de mis hijos…”. Hermanos, robo es robo. Eso no hay que justificarlo, ya.
Evita agregar a tu pecado la vanagloria. Triste el hombre que después que peca entonces quiere usar su pecado como para celebrarse. Pero hay gente que han hecho giras de campaña evangelística para anunciar que fueron delincuentes, que mataron, que cuántos mataron, que esto y lo otro. Yo escuchaba a un hermano en días pasados —le digo hermano porque él dice que es cristiano— que lo estaban entrevistando y él estaba dando los detalles de cómo era que los mataba, que mató el primero cuando tenía 14 años, que él era el segundo de un delincuente famoso, y que él era un matón, y que él tenía respeto, y que la mafia de ahora no es como la de antes, que los de antes sí eran… Y yo: “Ven acá, pero este hombre como que…”.
Él como que está añorando aquello. Si tú vas a confesar tu pecado, no hagas de eso una celebración de ti mismo; celebra a Cristo. Me gusta el endemoniado gadareno; el Señor lo restauró y le dijo: “Ve a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti”. Eso es lo que uno dice cuando comparte su testimonio; eso es lo que uno tiene que hacer.
Finalmente, miren, a veces confesamos nuestros pecados ante nuestros hermanos aunque no hayamos pecado contra ellos. Lo hacemos con el fin de recibir su consejo, su cuidado y sus oraciones. Es muy saludable que después que tú has pecado te acerques a un hermano, aunque haya sido solamente ante Dios, y tú digas: “Mira, hermano, Satanás me ha estado tentando en tal área de mi vida. Yo necesito que tú ores conmigo, yo necesito que tú estés atento a mí, necesito que tú me cuides; que cuando tú veas que yo estoy como por caerme, que tú me metas la mano, porque tú sabes que yo cojeo por ahí”.
Un cristiano se cuida. Tú buscas un hermano que tenga la madurez necesaria para tú confiar en él. Y tus hermanos te cuidan. “Mira, yo he estado participando en ese pecado; ya yo me arrepentí ante el Señor, lo confesé. Yo lo que te voy a pedir es que tú me aconsejes en la medida de lo posible, que tú me cuides”. ¿Qué es cuidarte? Que, si tú sabes que el hermano ha estado participando en asuntos de robos y de sustraer lo ajeno, que no lo pongamos a contar las ofrendas. Eso es… Es un caso curioso, es un caso que pocas veces se ve, ¿verdad?, pero son cosas. Si tú has tenido líos de falda, tú le digas: “Mira, cuando tú veas que yo me esté quedando hablando mucho con mujeres, ten cuidado de mí. No me dejes manejar solo con ellas”.
Qué bonito es un compañero de trabajo cristiano que te dice: “Mira, cuando vayamos a fiestas, yo antes de ser cristiano era alcohólico; yo me daba unos tragos y se me volvía la mente loca, muchacho. Yo te lo estoy diciendo para que cuando tú vayas conmigo a la fiesta, cuando tú veas que me brinden, tú me agarres, porque es que yo tengo la predisposición”. Eso es lo que uno hace. Estoy seguro, lo decía Pablo a los hermanos de Roma: “Pero estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros”. Dice la Escritura: “Ay del solo que, cuando cae, no tiene quien le levante”. Cierren sus ojos y oramos al Señor.
Llamado al arrepentimiento y a actuar según la luz recibida
Quizá tu conciencia ha sido hoy tocada. Quizá hacía rato que tú no te abrías a la posibilidad de hacer la voluntad de Dios en esa área de tu vida. Quizá hacía mucho que tú no revisabas, y hoy el Señor te ha enseñado la suciedad que hay en tu corazón. Eso no es casualidad; eso es el Espíritu Santo que vino sobre tu vida y comenzó a revelar lo que tú tienes por dentro. Quizá comenzó a llamarte la atención la mentira que has estado viviendo. Quizá en esta mañana el Señor ha confrontado tu corazón. Hermano, lo que uno hace cuando el Señor le pone la luz en la mente es que uno actúa de acuerdo a esa luz.
Dice la Escritura que estamos en la oscuridad del pecado. Cuando el Señor te pone la lámpara, tú lo que haces es que con esa lámpara caminas hacia la puerta. La voluntad del Señor no es que te quedes ahí mirando el pecado; la voluntad del Señor es que utilices la lámpara para salir del pecado. El Señor no solamente quiere que tú veas tu suciedad; el Señor quiere que tú veas la puerta y salgas de tu suciedad.
Lo que leí al principio, lo repito al final:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Eres privilegiado si el Señor ha podido hoy poner ante tus ojos tu pecado, si pudiste verte la nariz. Si el Señor permitió que hoy vieras que la mejilla está sucia, eso es un milagro. Hay cosas que naturalmente no se ven, a menos que el Espíritu Santo nos ayude y nos ponga el espejo. Si el Señor te confrontó, arrepiéntete. Yo no puedo arrepentirme por nadie, pero quizá tienes 20 años participando en un pecado ahí, ocultando cosas y viviendo en una mentira. Quizá tienes 10 años participando en un fraude. Quizá tienes 5 con la conciencia entumecida. Quizá ya hiciste de la mentira tu modus vivendi, tu modus operandi. Dice la Escritura que el padre de la mentira es Satanás. Dice la Escritura que el engañador es el diablo. Dice la Escritura que Cristo es la verdad; dice que Él es el camino, que Él es la verdad y que Él es la vida.
Si el Señor ha traído a ti la lámpara y hoy pudiste ver tu pecado, no hay otra cosa que hacer que, en este mismo momento, arrepentirte delante del Señor y tomar la medida para restituir a cualquier persona que hayas defraudado. Si has defraudado hijos, confiesa delante de hijos. Si has defraudado a tus hermanos, confiesa delante de tus hermanos. Si has defraudado a tus padres, este es el momento de decirles: “Papá, mira, yo te traté de forma irrespetuosa. Mamá, no te di la honra que te correspondía”. Este es el momento de alinear tu vida con Dios. Es una gran oportunidad.
Si el Señor habló hoy a tu conciencia, el Señor ha tenido misericordia de ti. Confiesa tus pecados y arrepiéntete. Te doy un chance ahí confesando tu pecado. Como les dije, no hay que ser muy ceremonioso. Es tan sencillo como decirle al Señor: “Señor, mira, ahí yo he estado participando hasta hoy”. Es decirle al Señor: “Mira, Señor, en eso yo he estado pecando hasta hoy. Reconozco mi pecado delante de ti. Te pido que me perdones, y en este momento me aparto”.
La pregunta clave aquí: si eso en lo que has estado pecando ha involucrado a un tercero, si has afectado a alguien más, y es prudente hacerlo, si es sabio y prudente ir donde esa persona, decide en este momento no dar muchas vueltas para hacer esa llamadita. No vas a dar muchas vueltas para hacer esa visita, ir donde esa persona con la intención de devolverle, de restituirle.
Si tú no eres un cristiano, los cristianos somos personas que reconocemos nuestro pecado delante del Señor. Lo hacemos por primera vez cuando aceptamos a Cristo como nuestro Salvador y lo seguiremos haciendo hasta que vida tengamos. Si tú nunca habías confesado tus pecados delante del Señor, este es el momento. Quizá no recuerdas ahora mismo todo donde has fallado; el Señor con el tiempo irá iluminando esa parte de tu conciencia. Pero podrías decir hoy: “Señor, por lo que sé, soy un pecador. Te pido que perdones mis pecados, que inscribas mi nombre en el libro de la vida, y resuelvo en este momento comenzar a vivir de una manera agradable a ti. Me aparto de esta vergüenza, Señor”.
Oración final y llamado a libertad
Ay, hermano, permítanme interceder un momento más. Dice la Escritura que el pecado es una atadura. Quizá estás atado con cadenas al pecado por un poder que es más fuerte que tú. Pero hay un poder que es más fuerte que tu pecado. El Señor vino a libertar a los cautivos, el Señor vino a darte vida, el Señor vino a romper las cadenas que te ataban a este mundo. El Señor vino a darte libertad. ¿Cuál es tu vicio oculto? Quizá vienes aquí muy perfumado, pero has estado participando de algún vicio oculto. Quizá aquí hay personas que vienen a la iglesia y adoran al Señor, pero desde su casa ven pornografía. Quizá hay personas que vienen a la iglesia del Señor, pero al mismo tiempo están poniendo los ojos en mujeres que no les corresponden, o en hombres que no les corresponden. Quizá vienes hoy a la casa del Señor, pero todavía estás atado a algunos vicios. Podría ser la bebida, podría ser el cigarro, podrían ser las drogas. En Cristo hay poder para libertar a los cautivos; Él no solamente quiere perdonar, Él quiere también levantarte.
Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para dos cosas: para perdonarte, y al mismo tiempo para limpiar esa maldad, para liberarte de ella. Confiesa hoy tus pecados delante del Señor.
Gracias, Padre, por tu palabra predicada. Gracias por tu lámpara, Señor, que ha sido puesta a nuestros pies, como dice el Salmo 119. Permítenos, Señor, no confesar hoy solamente, sino hacer de esto nuestra forma de vida para crecer en ti, para tu gloria. En el nombre de Jesús. Amén.
El Señor les bendiga mucho. Y los niños ahora vienen hacia acá con una participación especial con los niños. Despedimos hoy nuestro culto.