Que el Señor le bendiga, hermanos amados. Acompáñenme en la sagrada Escritura, estemos juntos en el libro de los Salmos. Puede ponerse un momento sobre sus pies para que leamos 28 versículos del Salmo 73. Pueden acompañarme en la sagrada Escritura al libro de los Salmos, capítulo 73. Leeremos los 28 versículos de este salmo, para buscar aquí dirección del Señor acerca de cómo mantenernos en pie. Libro de los Salmos, capítulo 23… perdónenme, libro de los Salmos, capítulo 73. Es un salmo escrito por Asaf. Asaf dirigía la alabanza en el mejor momento de Israel, en tiempos de David; también compuso salmos, coordinó todo el sistema de la adoración del pueblo del Señor y era, en grandes rasgos, un hombre muy piadoso. Él escribió este salmo en un momento de mucha turbación personal, en un momento de mucha aflicción.
Dejó documentada su experiencia, no solamente porque él así lo quisiera, sino porque el Señor entendió que esto era también de utilidad para su pueblo y permitió que se compusiera en el salterio. Dice así la palabra del Señor, Salmo 73 a partir del versículo 1. Es un salmo de Asaf:
Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón. En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos. Porque no tienen congojas por su muerte, pues su vigor está entero. No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres. Por tanto, la soberbia los corona; se cubren de vestido de violencia. Los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón. Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería. Ponen su boca contra el cielo, y su lengua pasea la tierra. Por eso Dios hará volver a su pueblo aquí, y aguas en abundancia serán extraídas para ellos. Y dicen: ¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo? He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzan riquezas. Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, y lavado mis manos en inocencia; pues he sido azotado todo el día, y castigado todas las mañanas. Si dijera yo: Hablaré como ellos, he aquí, a la generación de tus hijos engañaría. Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos. Ciertamente los has puesto en deslizaderos; en asolamientos los harás caer. ¡Cómo han sido asolados de repente! Perecieron, se consumieron de terrores. Como sueño del que despierta, así, Señor, cuando despertares, menospreciarás su apariencia. Se llenó de amargura mi alma, y en mi corazón sentía punzadas. Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti. Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria. ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta. Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras.
— Salmo 73:1‑28
Que el Señor bendiga su palabra, hermano. Puede sentarse.
El falso ideal del creyente imperturbable
La imagen de un creyente que camina imperturbable en medio del mundo, sin mirar ni a izquierda ni a derecha y sin perder el ritmo ni el balance, es incorrecta y también perjudicial. Ese creyente que parece que ni siquiera el polvo le alcanza los pies, ese creyente que va por el mundo y pareciera que siempre es un creyente victorioso, un creyente fuerte, que nunca la duda le visita y nunca la aflicción toca su puerta, no se corresponde en nada con el ejemplo de los creyentes que vemos en toda la Escritura. Ellos crean un falso estándar, una falsa expectativa que, al no cumplirse, en vez de alentarnos, nos desanima. El creyente de la vida real está en una carrera de obstáculos y atracciones, encuentra a su paso momentos en los que aparentemente se le termina el camino y letreros brillantes que le harán mirar hacia los lados. Sabe que, si no fuera por la intervención del Señor, ya hubiera resbalado.
Por eso el Salmo 73 es un salmo tan alentador: es el testimonio de uno que casi perdió el equilibrio y nos cuenta cómo pudo mantenerse en pie. Este es un salmo muy real, pero a la vez muy piadoso. No es un desahogo egocéntrico, sino que comienza exaltando a Dios. No busca empatía mostrando la caída como algo normal o esperable; por el contrario, el autor quiere que nos mantengamos en pie. Es impresionante la forma sencilla y profunda en la que se presentan las diferentes etapas de un proceso de aflicción. Primero, un enunciado del problema que el salmista enfrentó; esos son los primeros tres versículos, él describe el problema. Luego, una vívida descripción de todo lo que él vio, hermano, todo lo que le estaba llamando la atención, todo aquello que brillaba ante sus ojos, él lo describió con claridad.
Después, no solamente describió lo que estaba mirando, sino que describió también el efecto que esas cosas estaban produciendo en él. Él dijo: “Yo veía esas cosas y me sentía de este modo”. Después cambia; en el versículo 15 comienza a mostrar la manera en que encontró la salida, después sus reflexiones al respecto y termina con sus conclusiones. Algún comentarista dijo que este salmo es como una escalera hacia abajo: desde el versículo 1 hasta el 14 el salmista va descendiendo, descendiendo, descendiendo, y después es como una escalera hacia arriba, del 15 en adelante va ascendiendo, ascendiendo, ascendiendo. Primero él está entregado a la desesperanza y después, en medio, algo cambia la situación y él comienza a ascender en esperanza.
Creo que en este salmo podemos nosotros también aprender cómo mantenernos en pie. Hay otros salmos parecidos a este en la Escritura; de hecho, gran parte de la Escritura se ocupa de este dilema que enfrentamos los creyentes, y es ver la aparente prosperidad de los impíos. El Salmo 37 tiene el mismo tema, pero es un salmo mucho más positivo. Es un salmo donde no se describe el momento triste, donde no se describe el momento oscuro, sino que solamente pasa a dar instrucciones acerca de no desesperarnos por la situación de los impíos. A diferencia del 73, en el 37 el salmista es muy positivo y muy didáctico.
Comparación con otros salmos y la honestidad de Asaf
Normalmente para ilustrar el punto leo un versículo del Salmo 37, que es muy parecido al 73, pero tiene sus diferencias. Por ejemplo, el 37 dice: “No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad”; por el contrario, el 73 dice: “En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies, por poco se resbalaron mis pasos, porque tuve envidia de los arrogantes”. Te parece un poco también al Salmo 49, pero el 49 es más impersonal; aquí vemos la jornada completa. Este es un salmo mucho más personal, es un testimonio, tiene mucho realismo. Me emociona que no es un salmo de restauración después de una caída, sino un salmo acerca de evitar la caída.
Y, de hecho, hermano, no se deleite mucho en esas historias de un creyente que siempre anda como arrastrándose por el suelo; deleítese en aquel creyente que, por la misericordia del Señor, se mantiene en pie. El Señor puede restaurarnos aún antes y aún después de la caída, pero la manera más preciosa que yo encuentro es como en el Salmo 73, cuando el salmista dice: “Por poco se resbalaron mis pasos”. Estaré mostrando todas las partes de este salmo. Iré muy rápido, hermano, porque son 28 versículos y esto es una película completa. De hecho, yo creo que estos son de los salmos que, como en estas obras de teatro, quedan un “break” en medio; es un salmo como que uno debería tomarse un breve respiro, uno debería llegar hasta el 14, ahí hacer una pausa, y después seguir. Esto parece una obra, hermano; es muy descriptivo de lo que un creyente siente caminando en medio de un mundo caído.
Comienza el salmista mostrando el problema que enfrentó, pero antes de mencionar el problema que enfrentó, él comienza dando una conclusión para evitar confusión. Él no comienza llamando la atención hacia la situación que estaba experimentando, él comienza resumiendo y le dice a sus interlocutores: “Antes de hablarles de mi experiencia, antes de decirles las profundidades de la experiencia humana que yo tuve que visitar, yo quiero que quede muy claro que ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón”. Él comienza exaltando al Señor y disminuyéndose a sí mismo. Después entonces él dirá: “En cuanto a mí, por poco se resbalaron mis pies”.
Encuentro muy sabio, hermano, que cuando nosotros vayamos a hablar y encontrar la manera de hablar con piedad de nuestras aflicciones, comencemos exaltando el nombre del Señor. No es honroso, no es bonito, no es maduro ni es piadoso un creyente que, en medio de la aflicción, se da el permiso de verbalizar, de vocalizar todas las cosas que está mirando, todas las cosas que está sintiendo. Eso no es algo que glorifica al Señor; lo que glorifica al Señor es decir, en medio de la tribulación: “Ciertamente bueno es Dios para con Israel, y para con los de limpio corazón”.
Cómo hablar de nuestras aflicciones y nombrar el pecado
Este es un ejemplo para ser cuidadosos al momento de expresar nuestras confusiones. Asegurémonos primero de glorificar al Señor, evitemos dar la apariencia de que estamos haciendo coro a los perversos. Y, sobre todo, evitemos el desahogo egocéntrico en el cual algunos se han refugiado, que no lleva a ninguna parte. Hay hermanos míos que han dicho: “Así como en los salmos los salmistas podían dar rienda suelta a sus sentimientos y decir cómo se estaban sintiendo, yo creo que nosotros también deberíamos hacerlo”. Sea cuidadoso, hermano, porque en los momentos de aflicción un creyente puede aterrizar a unos niveles tan vergonzosos que esas cosas deberían ser reservadas solamente para nuestra intimidad con Dios y el compañerismo con creyentes muy maduros.
Este asunto de estar diciendo siempre cómo nos sentimos, nuestra confusión, nuestras dudas, y andar por ahí hablando como si fuéramos incrédulos, no glorifica al Señor. Algunos han tomado como ejemplo el libro de los Salmos; sin embargo, yo les diré a aquellos que los salmistas tuvieron mucho cuidado de no ofender a su Dios, tal como se ve en el 73. Aun en los salmos imprecatorios, los salmistas no dijeron: “Nosotros queremos tomarle con nuestras manos y destruirlo”; no. Lo que ellos dicen es: “Señor, intervén, Señor, queremos que tú lo hagas”. Los salmos no son “desahogos” como la gente le llama, porque eso no glorifica al Señor. Los salmos son experiencias muy humanas, pero sirven para dos cosas: primero, para exaltar el nombre del Señor, y después para discipular al pueblo del Señor. Los salmos prosiguen en un propósito que es doxológico y didáctico, no es solamente un asunto para sentirnos bien.
Si todo esto no es suficiente, le diré también que en los salmos no están todos los pensamientos de los hombres; están aquellos pensamientos que el Señor entendió que eran útiles para edificar al pueblo general del Señor. Aquí no tenemos todo el pensamiento de Asaf, todo el pensamiento de David, todo el pensamiento de los hijos de Coré; no. El Señor seleccionó de los salmos aquellos que son más propicios para la exaltación de su nombre y para nuestra edificación. Cuando él está anunciando el pecado, comienza primero diciendo, para que no haya confusión, que él está seguro de que Dios es bueno. Después, algo que él hace es que le pone un nombre a su pecado, y yo creo, hermano, que esto tiene un elemento de madurez, porque cuando uno está lidiando con un pecado, ayuda mucho llamarle al pecado por su nombre.
Él no le dijo a su pecado solamente “tribulación” o “congoja”; él lo puso muy claro, él dijo, versículo 3: “Porque tuve envidia de los arrogantes”. El pecado se llama envidia. Bueno, nuestras aflicciones no son iguales, pero ayuda mucho con tu aflicción particular que tú busques un nombre bíblico para ese pecado: eso se llama ira, eso se llama envidia, eso se llama lujuria, eso se llama adulterio. Es lo contrario de lo que la gente dice: “No, yo lo que estoy es molesto”. No es “molesto”; es envidia loca de mi corazón. Yo estoy lidiando con esto con términos que son correctos. La descripción que él hace de su problema es: “Tuve envidia de los arrogantes viendo la prosperidad de los impíos”. Ese es el enunciado. Después entonces comienza a hacer una descripción vívida de lo que él estaba mirando.
Lo que Asaf vio: la aparente prosperidad de los impíos
¿Qué fue lo que vio Asaf, hermano? Lo que Asaf vio al considerar a los malvados es que los malvados vivían una vida despreocupada, sin sufrimiento, y estaban vigorosos. Dice él: “No tienen congoja por su muerte; pues su vigor está entero”. Las personas que no aman al Señor tienen lo que parece una ventaja con relación al creyente, y es que ellos viven el día a día, porque esa es la tribulación del creyente: un creyente no es una persona que solamente mira el día a día; un creyente mira más allá de la tumba, el creyente proyecta toda su vida y mira el porvenir. Hay personas que viven para el día a día, y por eso ellos dicen que son felices. Uno les dice: “Pero algún día te vas a morir”, y ellos dicen: “Yo sé, algún día; mientras tanto, estamos aquí disfrutando”.
Esa expresión que utiliza él, donde dice: “Su vigor está entero”, después la lleva más profunda y dice en el 5: “No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres”. Hago aquí la misma advertencia, hermano: cuando yo describa esto, por favor no diga que sí con ligereza, porque el mismo salmista eventualmente entiende que lo que él vio era mentira. Sin embargo, en ese momento, lo que era mentira él lo entendía como verdad. Desde la perspectiva de Asaf, en ese momento es verdad: “Ellos no tienen congoja por su muerte y su vigor está entero”; desde la perspectiva carnal, mundana, que él permitió que se inundara en su mente, en este momento él puede decir: “No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres”. Eso hace sentido, sin embargo, no se corresponde con una perspectiva completa de la vida, que fue la que eventualmente llegó a tener.
La irresponsabilidad de la reflexión, hermano, es una gran tentación para nosotros: vivir como si no hay Dios o no hay mañana. Cualquier creyente cuando ve al mundo viviendo así dice: “Yo quiero vivir como viven ellos”. Él habla luego de su soberbia y su violencia, dice: “Por tanto, la soberbia los corona; se cubren de vestido de violencia”. Son las cosas que uno ve en el día a día, son las cosas que se celebran, son las cosas que pueblan la música popular. Alguien dirá: “No, yo no me junto con gente así”; no es un asunto de que usted pase tiempo con ellos físicamente solamente.
La música, la literatura, el cine, las series de televisión están pobladas de esas cosas, y cuando uno las ve, tarde o temprano esas cosas llegan a inundar la mente de uno y uno llega a tener envidia de los impíos. Dice él: “Los ojos se les saltan de gordura”. Antes, estar gordo era algo bueno, o sea, en la antigüedad una persona que tenía tanta gordura que los ojos le estaban saliendo era un personaje que estaba bien. Decía la gente: “Está gordo, colorado”; oigan, la expresión: la gordura era tan fuerte que, dice, así como hoy la gente dice: “Wow, tienes los ojos como atrás, eso es que está pasando mucho trabajo”; esto dice: “Tienes los ojos adelante”, así se le están saliendo los ojos de lo gordos que están.
Mundanalidad hoy: redes, ostentación y el efecto en el corazón
Es la evaluación que se hace del malvado cuando uno no se ha detenido a mirar los planes de su Dios. Asaf, al mirar a los malvados, lo que él vio era que les estaba yendo tan bien que se les estaban saliendo los ojos. Luego más dice él: “Logran con creces los antojos de su corazón; se mofan y hablan con maldad de hacer violencia. Hablan con altanería. Ponen su boca contra el cielo y su lengua pasea la tierra”. Los malvados parecen intocables, están por encima de la justicia, están por encima de cualquier forma de autoridad, están por encima de la opinión de cualquiera de los hombres, están por encima de cualquier norma ética o moral; son personas que entienden que para ellos no hay ley, y cuando uno ve su comportamiento, uno dice: “Es verdad”.
Uno se pregunta dónde Asaf pudo haber visto todo eso. Ese es el asunto, hermano: cuando ve a los creyentes padeciendo tanto y, segundo, eso fue Asaf que quizá se dedicó a dar una vuelta. Uno dice: “Tú ves, Asaf, tú no debiste ir donde los filisteos, eso seguro fue donde los sirios”. Hermano, no hay que irse muy lejos para ver estas cosas. Sí, puede ser en los pueblos vecinos, probablemente él se dedicó a verlos; pero también había impíos que habitaban en Israel. También él se dedicó a ver el comportamiento de los impíos. No hay que ir muy lejos, hermano, para que la mundanalidad nos alcance. Yo no sé dónde Asaf vio la mundanalidad, hermano, pero yo sí sé dónde la vemos nosotros.
Usted sale y usted lo encuentra. Sí, antes había un canal de televisión que se llamaba Entertainment Television, yo no sé si eso existe ahora; si existe, financieramente debe estar bien golpeado, porque ya no hay que ir a la televisión. Usted puede ver en las redes sociales cómo viven los famosos, cómo duermen. Antes había algo que ayudaba, y es que el rico se juntaba con el rico y el pobre se juntaba con el pobre, y usted comía con gente que comía lo mismo que usted comía. Y para usted ver gente que comía cosas diferentes tenía que ir muy lejos. Al día de hoy, como decía un economista, “la tierra es plana”, y el acceso a la ostentación está al alcance de todo el mundo, y bebemos de esas cosas.
Las redes sociales, el contacto con otros pueblos, la música, las series de televisión. Yo le digo a usted, hermano, que algo que me permite predicarle es que yo comparto su naturaleza. Cuando a usted se le va el gozo, usted se pone tres capítulos de una serie de Netflix, le da seguimiento a un youtuber y después se pasa tres veces una red social, y usted dice: “Como que no tengo gozo, como que yo siento que mi esperanza se me fue, como que yo siento que estoy perdiendo el tiempo”. Hermano, eso es como nos visita la mundanalidad. No hay que ir muy lejos. Hay veces que usted, pasando el radio en el carro, escucha una canción; esa canción le dejó un estribillo, y ese estribillo terminó inundando su mente y le llevó el gozo. No es para vivir en un delirio de persecución y guardarnos en una cueva, es para entender cómo es que llegamos a ver el comportamiento de los impíos.
La voluntad de Dios en nuestra exposición al mundo
Y le digo esto con cuidado: es la voluntad del Señor que lo veamos. Pareciera que la voluntad del Señor para nosotros es que vivamos en una nube; no. El Señor, cuando estaba orando por nosotros, le dijo al Padre: “Padre, ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los cuides. Así como me enviaste al mundo, yo los envío al mundo”. El Señor, en su sabiduría y su soberanía, ha permitido que seamos expuestos a este nivel de ostentación de la maldad, que tarde o temprano terminará afectando nuestro pensamiento.
Donde nosotros somos influenciados en nuestros días: hay una reunión de negocios donde usted va a ir a hablar de algo comercial, pero lo que se habla en esa reunión de negocios, hermano, es muy variopinto, y desde la ropa que tiene la gente que está ahí, hasta los platos que piden, las bebidas que ostentan y las historias que hacen. Usted va a volver a su casa y usted muy probablemente no volverá igual. ¿Dónde y cómo ves abierta la ostentación al día de hoy? Hermano, digo esto con cuidado para que no aterricemos esto al nivel más bajo, del cual casi uno nunca puede salir, pero en este país es poco probable que usted no esté relacionado con alguien que esté probando de las mieles del poder, una persona que esté en estos niveles tan encumbrados que tú dices: “Guau, por mucho que yo trabaje, nunca voy a poder acceder al nivel de ostentación que tienen ellos, porque cuando yo doy cinco pasos, ellos han dado cincuenta”.
Los cuentos y lo que uno ve es que vas a estos lugares y hay lugares donde llegan estos vehículos altos, y en los lugares donde se desarrolla la reunión ni siquiera son apagados, y usted dirá: “No, yo soy un hombre de Dios, yo me moriría con esas cosas”. Mire, yo no le tengo tanto miedo a un creyente atribulado como a un creyente atribulado que subestima el poder que tiene el mundo para atraernos. No piense, hermano, que ya usted no es susceptible a esas cosas. Hay conversaciones que le afectan, hay cuentas de Instagram que le afectan, hay videos que le afectan, hay noticias que aunque usted no quiera van a sacar de sitio su corazón. Esto es atractivo para nosotros, hermano. Es como caminar en esos lugares donde se practica el pecado y la ostentación.
El efecto de “beber” la mundanalidad: sed, dudas y desánimo
Yo nunca he estado allá, hermano, pero una vez, yendo a un viaje con Caro, íbamos a una ciudad, alguien se puso malo en un avión y hubo que aterrizar en Las Vegas. Hermano, es impresionante. Yo vi Las Vegas de noche desde un avión y eso parece… yo no he visto una ciudad que brille tanto. Son tantos los colores y tantas las cosas que te dicen “vengan, vengan, vengan”. La ostentación, el pecado, las cosas que brillan pueblan el mundo, y nosotros estamos en medio del mundo. Un creyente, tarde o temprano, va caminando rumbo al Señor y hace así: mira por un momento y, si no fuera por la misericordia del Señor que con su mano poderosa lo hala, no solamente mira, hermano, sino que también entra.
A mí no me preocupa tanto un creyente que está siendo atribulado; me preocupa un creyente que dice que estas cosas no le afectan, porque si tú no entiendes el peligro que esas cosas tienen, no solamente las vas a mirar, sino que también vas a terminar participando. ¿Cuál fue el efecto que esto produjo en él? Comienza en el versículo 10 diciendo; ya él dijo lo que vio, ahora escuchen lo que lo que él vio causó en él. Dice el versículo 10: “Por eso Dios hará volver a su pueblo aquí, y aguas en abundancia serán extraídas para ellos”. Aquí el salmista usa un recurso figurado que es de relativa dificultad; la Reina-Valera 60 traduce: “Aguas en abundancia serán extraídas para ellos”. La Biblia textual lo traduce: “Por eso, mi pueblo va hacia ellos y bebe sus aguas abundantemente”. La imagen que el salmista está colocando aquí es una persona que tiene sed y es llevada a un lugar donde hay mucha agua.
De que aquel salmista tiene sed de ostentación, sed de violencia, sed de acceder a las mismas cosas que están accediendo los otros, un deseo interno muy poderoso de satisfacer los deseos de su corazón, y él dice: “Y me han puesto en un lugar donde hay agua”. Lo traduce la Nueva Traducción Viviente: “Entonces la gente se desanima y se confunde al tragarse todas esas palabras”. Es como cuando usted pide el combo súper agrandado en un lugar de comida rápida, que le dan unas bebidas, hermano, que no parecen para humanos. Y eso aquí, en otro país el súper agrandado es casi un “chupi”.
Cuando usted pide una Coca Cola en un súper agrandado, el recipiente que tiene en la mano no parece un vaso de media; bueno, lo que estaba diciendo aquí el salmista es: “Nos están dando la mundanalidad en un combo de los grandes”. Y dice: “Bebe”. Hermano, por muy fuerte que usted sea, tarde o temprano se va a pegar dos sorbos profundos de lo que el mundo está ofreciendo, y usted va por ahí caminando y usted dice: “Yo vine aquí a una reunión, a cerrar un contrato”, pero cuando usted está en su casa dice: “¿Qué es lo que estoy sintiendo? ¿Qué es lo que todavía estoy deseando? ¿Qué es lo que está pasando?”. “No, pero yo no hice nada”; no, no ha hecho nada, es que ha sido llevado al lugar donde hay muchas aguas, y en usted ha sido provocada mucha sed. Dice él: “Por eso, mi pueblo va hacia ellos y bebe de sus aguas abundantemente; entonces la gente se desanima y se confunde al tragarse todas esas palabras”.
De la duda sobre Dios a la sensación de que la santidad es en vano
Aguas en abundancia serán extraídas para ellos. El salmista muestra toda la tentación de la mundanalidad como si fuera una bebida y nosotros en inanición, deseando beber de eso, y él dice: “Sí, algunos tragos de eso, y mucha agua será servida para el pueblo del Señor”. Lo primero que usted va a sentir cuando se bebe eso que el mundo está ofreciendo es que Dios no está en control. Dice el 11: “Y dicen: ¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo?”. Él está hablando aquí como están hablando los impíos o está diciendo: “Dios no está atento, Dios no está en control, Dios ni siquiera está mirando; si estuviera mirando, esta gente no estuviera haciendo lo que están haciendo”. Lo primero que produce, hermano, beberse esa mundanalidad, beberse eso que el mundo está ofreciendo, es llegar a pensar que Dios no está en control.
Dice el 12: “He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas”. Él salta diciendo: “Dios no está en control, Dios no está mirando”. Después, del 13 al 14, llega a ver la pureza y la santidad como si fueran un desperdicio, dice él: “Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón”. Si usted es un creyente y usted no se ha sentido así en algún momento, me preocupa. Si usted es creyente y usted siempre ha sentido que la vida cristiana es superior a la vida de los hombres sin nunca haber sido tentado a pensar que realmente el camino de los malvados es mejor, muy probablemente usted no está luchando. Y si usted no está luchando, muy probablemente es porque está siendo arrastrado.
Es normal que tarde o temprano un creyente se preocupe: “¿Realmente los sacrificios que he hecho por amor a mi Señor valen la pena? Estas cosas a las cuales yo voluntariamente me he limitado y no me las he permitido… cuidado si yo he exagerado mi rigor y en mi celo me he ido más allá de lo que Dios está esperando. Cuidado si yo he sido mal instruido y le he llamado a lo malo bueno y a lo bueno malo; cuidado si el que estaba errado era yo”. Tarde o temprano, beber de esas cosas te hace cuestionarte si tus decisiones por el Señor, de consagración, de santidad, de piedad, han valido la pena. Dice él: “Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón y lavado mis manos en inocencia, pues he sido azotado todo el día y castigado todas las mañanas”.
Lo que produjo en él el estar mirando esas cosas fue este sentimiento. Es lo que he visto en mi experiencia, hermano: cuando uno llena sus ojos, sus oídos, cuando uno se deja persuadir de las cosas del mundo, uno deja de pensar que Dios está en control, y uno deja de pensar que la vida piadosa vale la pena. Uno llega a desear participar en las cosas que ellos están deseando; llega entonces a estos sofismas donde llega a cuestionarse si realmente puede vivir como un impío y tener la recompensa de los justos. Pareciera que aquí terminó el asunto: el hombre vio, deseó, mostró esto como un río del cual estaban sirviendo muchas aguas, y pareciera que se quedó aquí. Pero a mí me emociona que estamos ahora en el punto más bajo de la escalera, y ahora el salmista comienza a ascender. Muestro la forma en que él providencialmente encontró la salida; del 15 en adelante el salmo comienza a cambiar.
Primer medio de gracia: el amor a la generación de los hijos de Dios
Dice el 15: “Si dijera yo: Hablaré como ellos, he aquí, a la generación de tus hijos engañaría”. No puedo evitar ver en este salmo la perseverancia de los santos y cómo el Señor, de manera providencial, hace que los creyentes, aun en otro tiempo de mayor oscuridad, seamos providencialmente rescatados. Yo me pregunto: este hombre que parece que ya se bebió dos sorbos de lo que el mundo está ofreciendo, y que ya está deseando hablar como ellos, ¿cómo no termina participando? ¿Cómo se mantiene en balance? ¿Cómo se mantiene todavía en pie? El primer medio de gracia que utilizó Dios para sacar a Asaf y evitar la caída fue que el Señor puso en sus recuerdos, en su pensamiento, la generación de los hijos del Señor.
Evitar hacer caer a sus hermanos fue para él un aliento para mantenerse en pie. Algo que le digo a mi iglesia, hermano querido, es que frecuentemente el Señor utilizará el recuerdo del efecto que causará tu mundanalidad en tus hermanos para alejarte todavía más de aquellas cosas que te estaban distrayendo. Es evidente que Asaf amaba al pueblo del Señor. Lo que Asaf está diciendo es: “Yo soy Asaf, un instrumento del Señor, una persona que le he sido útil al Señor. Cuando me ponga yo a hablar como los impíos, eso sería una traición para la generación de los hijos de Dios”. Esa expresión ahí, “a la generación de tus hijos engañaría”, también puede ser traducida como: “Sería una traición contra mis hermanos”.
Algo que he visto, hermanos, es que el amor por el pueblo del Señor es un muro de contención contra el pecado. El amor por tus hermanos, el tener historia, el tener arraigo, el tener herencia entre los justos, el tener hermanos que te están mirando, es un medio que el Señor utiliza para que, cuando seas muy atraído por esas luces brillantes, en vez de participar, te alejes. Cuántos creyentes han estado casi al punto de caer, y el Señor les recordó que había hermanos que les estaban mirando, y por no hacer caer a aquellos hermanos, sólo por el amor que tenían a sus hermanos, pudieron contenerse y no entregarse hasta lo profundo.
El peligro de estar solo y de publicitar nuestras crisis
El ejemplo de los creyentes puede ser un estímulo para no caer. ¿Cuál es, hermano, el más peligroso? Aquel que siente que nadie le está mirando, aquel que siente que no es ejemplo para nadie. Qué fácil es entregarse al pecado cuando tú no eres ejemplo para nadie, pero cuánto cuida su caminar y su testimonio aquel creyente que tiene parte en el pueblo del Señor. Por eso es el peligro, hermano, de estar solo: cuando tú no le dueles a nadie, cuando tu testimonio a nadie le importa, cuando tú puedes estar entre los impíos y nadie te nota. Un medio de gracia fue el que utilizó el Señor con Pedro cuando estaba entre los impíos y le dijeron: “Pero tú no eres de ellos”, y él dijo: “No, que no soy de ellos”. “Claro, tú hablas como ellos, te pareces a ellos, yo te vi que estabas con ellos”. El haber sido visto entre el pueblo del Señor, hermano, a veces el Señor utiliza hasta a los impíos para alejarnos de ellos mismos.
Parte de cristianos: hay hermanos míos que han estado al punto de caer y alguien les dice: “Pero tú eres cristiano”, y él responde: “¿Y qué te importa que soy cristiano? Yo estoy haciendo lo mismo que tú haces”. “No, es que los cristianos no hacen eso”. Qué peligro corre un creyente que no tiene un testimonio que cuidar, qué peligro corre un creyente que no tiene los ojos de nadie sobre él. Hay gente que le llama a eso “simulación”; yo prefiero hablar de amor y de seguridad. Es como un padre que está a punto de hacer algo y él dice: “¿Qué pensarán de mí mis hijos?”. Es como un hijo que está a punto de hacer algo y dice: “¿Qué pensarán de mí mis padres?”.
Qué hermoso es un creyente que dice: “¿Qué pensará de mí mi iglesia? ¿Qué dirán los nuevos creyentes de mi congregación cuando me vean a mí hablando, pensando y actuando como un impío?”. El amor al pueblo del Señor fue un medio de gracia que utilizó el Señor para salvar a Asaf del momento de la caída. Entregarse, hermano, hablar como los impíos es una forma de traición. No sé si le ha tocado el caso triste de escuchar a un creyente, en su desesperanza, hablar como hablan los impíos, y uno dice: “Guau, hay evidencia de que el Señor ha regenerado a este hombre, ha regenerado a esta hermana, les ha pasado de muerte a vida, pero está en un momento de tal nublazón que se da el permiso de hablar como hablan los impíos”. A veces hace un daño que, aun después de su restauración, el daño sigue visitando a los otros.
Digo aquí con cuidado, hermano, que hay una diferencia entre publicar y publicitar nuestras luchas. Hay algo que destruye, que es publicitar nuestras luchas delante de cualquiera, y hay algo que edifica, que es compartirlas en un contexto de piedad. Es un asunto muy distinto tú dedicarte a decir: “Yo no creo ya en el Señor, yo creo que he perdido mi tiempo, yo creo que esto no valió la pena”. Aunque tú lo estés sintiendo, no lo digas, hermano; guárdalo en tu corazón, porque mañana el Señor te puede dar luz y esas palabras pueden ser piedra de tropiezo para otros. Las cosas que yo he sentido, hermano, en mis momentos de debilidad, me avergonzaría decirlas; el Señor guarda nuestras cosas, hermano, y las manda a lo profundo de la mar, porque la gente las recuerda.
Segundo medio de gracia: entrar al santuario de Dios
Qué triste es aquel que hoy entre nosotros es un paladín, es un primero, y el testimonio que tenemos es que tres meses atrás estuvo en una crisis y se dedicó a decir, a hablar y a actuar como todos los impíos. Es verdad que el Señor le restaura, hermano, pero qué feo testimonio ante tus hermanos. “Si dijera yo: Hablaré como ellos, he aquí, a la generación de tus hijos engañaría”. Después dice él, en el proceso: “Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí”. Él no está diciendo que fue un asunto sencillo, hermano. Miren, la tribulación del justo son asuntos que a veces duran temporadas. Esos casos como de milagro inmediato, que tú estás dos horas en un momento de turbación y después ya, en la tarde, es maravilloso, hermano, sí, eso puede suceder.
Pero hay veces que eso dura semanas; hay creyentes, hombres piadosos del Señor, que han tenido temporadas: un trimestre, seis meses, un año. No hagamos de eso una fiesta, y no lo entreguemos como que es lo normal. No es deseable, hermano, pero hay veces que la tribulación se puede extender; sea cuidadoso, en esa temporada, de guardar silencio. Me emociona lo que dice también el salmista, dice él: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón”, y después dice: “Delante de ti, oh Jehová”. Nuestro Dios, hermano, es verdad que nosotros estamos confundidos, pero nuestro Dios sigue siendo santo. Sea cuidadoso con lo que usted dice en medio de su turbación, y esa turbación puede ser larga.
No sabemos cuánto tiempo estuvo en esto Asaf, no se describe en la Escritura si fue un asunto de un mes o de una semana; sin embargo, ya que lo describe como un duro trabajo, es evidente que se prolongó durante un tiempo. Sin embargo, no fue tanto el tiempo ni tan insoportable como para vencerle: aún pudo mantenerse en pie. ¡Gloria al Señor! El primer medio que el Señor utilizó para mostrarle la salida fue pensar en el testimonio que él tenía ante sus hermanos y el daño que podía hacerles; evitar hacer caer a sus hermanos fue un medio de gracia. Después dice él, en el versículo siguiente, versículo 17, aquí fue que cambió la situación. Dice él: “Hasta que entrando en el santuario de Dios comprendí el fin de ellos”. Esa palabra es importante.
Él estaba diciendo cantidad de cosas que no eran verdad, él estaba mirando cantidad de mentiras como si fueran ciertas. ¿Qué fue lo que cambió la situación en Asaf? Dice él: “Hasta que entré”. Entrar en el santuario del Señor, hermano: primero pensar en sus hermanos; después, entrar en el santuario. Cuando entró en el santuario, dice él que entendió. Pensar en sus hermanos le frenó, pero entrar en el santuario le dio un nivel de comprensión más alto. ¿Qué hay en el santuario del Señor que nos hace comprender estas cosas? Frecuentemente, cuando uno está siendo zarandeado, el consejo que le dan en general, hermano, es: “Lo que pasa es que tú tienes que orar”. Hay veces que tú estás tan cansado, tan drenado, tan descorazonado que tú no tienes recursos espirituales ni siquiera para doblar tus rodillas y orar.
Lo que recibimos al reunirnos: alabanza, palabra, comunión, perspectiva
Hay veces que un creyente se encuentra tan debilitado y en tal nivel de asolamiento que él ora, hermano, y las oraciones él siente que no se proyectan un metro más allá de sus labios. Alguien te dirá: “Dedícate a leer la Biblia”. Hay momentos de tribulación donde la Biblia, hermano, pareciera que es sólo hojas, y tú lees las promesas del Señor en la Biblia y tú como que no encuentras allí esperanza. De hecho, hermano, de las cosas que yo encuentro más malvadas es una persona que está sufriendo y entonces tú le regalas un libro. Una gente tiene la “güata” aquí y tú le regalas un libro, está gordito, y tú miras tu tribulación y tú miras el libro… es un poco desconsiderado, ¿verdad? “Mira, léete ese libro”. “¿Tú crees que en este momento tengo tranquilidad mental para estar leyéndolo ahí?”.
No digo esto para todos, hermano; hay gente que sí tiene esa disciplina. Pero cuando tú estás siendo muy atribulado, hay veces que tú no quieres ni siquiera permanecer en la Palabra. “Hermano, tienes que ayunar”. “Pero tú no estás oyendo, que yo siento que la carne se me está desbaratando encima”. Entrar al santuario es un medio de gracia muy hermoso, porque cuando uno entra al santuario del Señor, todas las cosas que naturalmente uno no quiere hacer, uno encuentra un lugar donde esas cosas ya están funcionando. Hay veces que tú solo no tienes la entereza de ponerte a clamar a tu Dios, pero cuando tú entras al santuario, al pueblo del Señor, tú encuentras que el pueblo del Señor está desbordado en alabanza, y participar como un pueblo que está alabando es más fácil que levantar tu alabanza al Señor en tu casa. Cuando tú vienes a la casa del Señor, es probable que tú seas expuesto a las promesas del Señor, a la palabra del Señor.
En el antiguo pacto, las Escrituras estaban en el santuario; la gente no las tenía en su casa, y cuando venían al santuario podían escuchar la palabra. Quizá en tu casa tú no tengas en este momento el vigor espiritual para permanecer en la Palabra, pero tú vienes al santuario del Señor, y aquí la Palabra del Señor está siendo ofrecida. Cuando vienes al santuario del Señor, tú puedes ver la comunión de los santos, hermano, y eso es un asunto impresionante: tú estás aquí en medio del santuario, y desde que tú entras, el sólo ver a tus hermanos es algo que ya en ti va produciendo un efecto, y donde antes no había fuerzas, el Señor entonces comienza a darlas. ¿Qué es lo que encontramos en el santuario que puede cambiar nuestra perspectiva y hacer que dejemos de llamar bueno a lo que es malo? En el santuario, cuando entramos, hay ejemplos recientes del poder del evangelio.
Tú estás esperando que el Señor intervenga en tu vida de manera extraordinaria, pero tú ves que este hoy mismo fue pasado de muerte a vida, y tú dices: “El Señor todavía no ha dado respuesta a mi aflicción, pero yo veo que todavía en el Señor hay poder para salvar, y si el Señor lo hizo por él, también el Señor puede hacerlo por mí”. En el santuario tú escuchas noticias, las intervenciones del Señor inmediatas a favor de otro de tus hermanos, y tú dices: “El Señor lo hizo en él, todavía no lo ha hecho en mí, pero yo veo que el Señor lo está haciendo, y el ver que el Señor lo hizo es algo que a mí me motiva”. Todo el que está esperando una cosa, cuando a otro le llega, celebra. “Hermano, todavía el Señor no me ha dado lo que yo estoy esperando, pero ya el Señor te lo dio a ti, y cuando te lo ha dado a ti, entonces yo lo celebro como si fuera mío”.
El santuario como lugar de refugio y la fuerza del ejemplo
La situación más triste es un creyente cuando está solo, en desesperanza, y no tiene noticias recientes de lo que el Señor está haciendo. El pueblo del Señor es una congregación que celebra sus obras pasadas y sus obras recientes. El ver gente, hermano, que está pasando de muerte a vida, ya eso, mientras se resuelve tu situación, es un potente motivo de aliento que te puede alejar de la caída. Todo el que es afligido tiene un lugar donde le gusta refugiarse. Hay gente que dice: “Cuando a mí se me complica la vida, cuando yo tengo que irme para mi campo, y cuando yo llego a mi campo y camino en mi lugar, yo como que me siento en mi espacio”. Hay una mujer que tiene situaciones al día de hoy insoportables, dice: “No, es que yo tengo que ir donde mami, porque cuando voy a la casa de mami…”. Hay hombres que dicen: “Yo tengo que ir donde mi mamá, donde mi papá, tengo que dar una vuelta, volver a mis orígenes, volver”.
Hermano, cuando tú vuelves a la casa del Señor, tú puedes decir: “Aquí yo pertenezco”. Y el mundo se te está cayendo, pero este lugar es como una ciudad de refugio; esto es solaz para tu alma en este momento. Entrar al santuario del Señor para uno que pertenece a ese lugar, hermano, es como entrar a su casa, es entrar al lugar donde él no es un extraño. De hecho, hermano, a mí algo que me da mucha satisfacción en medio de momentos donde tengo que “campear el temporal” es que en la iglesia del Señor es un lugar donde yo puedo bajar la guardia. Un creyente camina en este mundo, anda siempre en un modo defensivo; siempre anda cuidándose, siempre anda, hermano. Este es un lugar donde uno puede entregarse a la mano del Señor. Es un lugar muy seguro, es un lugar donde uno no esperaría que la mundanalidad alcance; tristemente, a veces, hermano, entra por aquí, pero no es lo que nos define. El pueblo del Señor es definido por otras cosas.
Aquí celebramos lo inverso de lo que el mundo celebra. Tú pasas ocho horas al día conviviendo con gente que no celebra lo que tú celebras, pero este momentito que tú tienes en el santuario… el mundo celebra el materialismo; aquí celebramos el desprendimiento. El mundo celebra el aquí y el ahora; nosotros celebramos tener una perspectiva eterna. El mundo compite por quién entre ellos será el más grande; aquí todos nos ponemos a una para exaltar el nombre de nuestro Señor. Si hay un lugar donde nosotros nos podemos sentir seguros, he aquí el santuario. Entrar al santuario fue lo que cambió su perspectiva. No sé de manera puntual qué fue lo que sucedió, pero sé que eso sucedió en el santuario. Dice él: “Hasta que entrando en el santuario de Dios comprendí el fin de ellos”.
Aquí hay una paradoja, y es que mientras más tú necesitas de Dios, menos fuerza tú tienes para buscarle. Abusa un poco de eso, hermano: a veces déjate llevar por el impulso de que tus hermanos están buscando al Señor. Hay veces que tú no tienes ese fervor, pero tú estás al lado de alguien que tiene esa pasión por el Señor, y te anima. Por eso funcionan los gimnasios. La gente subestima el poder de un buen ejemplo, la gente piensa como que no, que al gimnasio solamente es tentación. No; cuando tú necesitas hacer ejercicio físico, ver a otras personas que están en la misma cosa te dice: “Pero yo también puedo unirme”.
Cambio de perspectiva: del engaño a ver el fin de los impíos
Yo pasé por el botánico la semana pasada, hermano. Yo no les conozco por su nombre, pero por ahí hay gente que camina en donde yo camino, y hace como tres meses que yo no voy por allá. Y cuando los vi caminar, yo dije: “Guau, yo no conozco su nombre, pero a ese yo siempre lo veía”, y después vi a otro y a otro. Me animé; llegué a mi casa y busqué mis tenis. Yo no les conozco por nombre, pero en cuanto al ejercicio físico, esa es mi gente: no nos conocemos, pero tú vas caminando y tú los ves, y cuando no pasan, te hacen falta. Lo mismo pasa con el pueblo del Señor; hay veces que tú te encuentras muy desanimado, pero tú entras al santuario y cuando entras dices: “Guau, aquí está mi gente, están adorando, todavía están adorando al Señor; no, pero yo también voy a adorar al Señor con ellos”. Lo que solo te es difícil, a veces la atracción del pueblo del Señor en el santuario te ayuda y te evita la caída.
¿Cuál fue el nuevo entendimiento que él tuvo? Está del 18 en adelante. Dice él qué fue lo que entendió. Escuchen qué distinto es del 18 en adelante al 4 al 9. Del 4 al 9 él dice: “Porque no tienen congoja por su muerte, pues su vigor está entero; después, no pasan trabajos como los otros mortales; después, la soberbia los corona; se cubren de violencia su vestido; los ojos se les saltan de gordura”. ¿Y qué dice él ahora, que cambió su perspectiva en el santuario? Del 18 en adelante dice: “Ciertamente los has puesto en deslizaderos; en asolamientos los harás caer”. Pero él decía que anteriormente Dios no estaba atento ni estaba mirando. Eso es lo que hace la mundanalidad, hermano: saca a Dios de la ecuación. Dice él: “¡Cómo han sido asolados! De repente perecieron, se consumieron de terrores. Como sueño del que despierta, así, Señor, cuando despertares menospreciarás su apariencia”.
Lo que antes él había visto de un modo, ahora cambia su perspectiva. Lo que produjo este nuevo entendimiento, estar en el santuario, fue descubrir que lo que él había visto antes no era real. Es evidente, a la luz del versículo 18, que los impíos no lograron estar allí por sus propios medios. Lo que él dice es que fueron puestos por Dios, dice: “Ciertamente los has puesto”. Hay veces que uno ve al impío mofándose de Dios en su comodidad y llega a entender que el impío logró esa comodidad porque el Señor le ha permitido estar ahí. El impío está donde el Señor le ha permitido estar. Y no está ahí en comodidad como nosotros lo vemos; está ahí puesto para su destrucción, tal cual dice la misma Escritura en el libro de Proverbios, capítulo 16: “Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, y aun al impío para el día malo”.
El propósito de la eminencia del impío y la compasión del justo
No quiero abusar de esto, hermano, pero he visto en la Escritura, a lo largo de toda la revelación del Señor, que la razón por la cual al impío el Señor le coloca en eminencia… lo digo con cuidado, porque no quiero burlarme; debemos verlo hasta con misericordia. Pero el Señor a veces permite que el impío se eleve mucho para que después se dé una caída, y se vea evidente su destrucción. ¿Para qué el Señor levanta y permite que se levante el perverso? Para que su destrucción sea más ruidosa. Entendamos la justicia de nuestro Dios. De hecho, hermano querido, he entendido que la razón por la cual el infierno será tan doloroso para ellos es el nivel de vida que el Señor les permitió en esta tierra. El Señor permite a veces que el impío se acomode para después quitarle la alfombra, para que sienta la justicia de nuestro Dios.
Si el impío estuviera arrancando la tierra en este tiempo, hermano, el porvenir diría: “Estoy en lo mismo que estaba antes”. A veces el Señor levanta al malvado solamente para hacer más dramática su destrucción. ¿Qué es lo que dice él aquí? Él dice: “Ciertamente los has puesto en deslizaderos”. Él dice: “Ellos no están cómodos; el Señor los ha levantado, pero están en peligro y no lo saben”. En su ignorancia no saben el peligro que están corriendo, pero están ahora mismo en la cuesta de una colina, y con un poco de brisa entonces se caen.
¿Cuál fue su nuevo entendimiento? Que ellos no estaban en un lugar estable. Antes, él decía: “Qué envidia”; ahora dice: “Ellos deberían producir preocupación”. Si ellos vieran cuál es su verdadera condición, se darían cuenta de que ellos no son dignos de ser envidiados; deberían generarnos preocupación. De hecho, hermano, cuando usted vea esas vidas de ricos y famosos, no las vea con envidia, véalas con compasión. Entienda que lo que parece que es una posición más alta es un deslizadero más grande, y que cuando caigan de ahí, hermano, su destrucción será muy ruinosa. No envidie lo que no es digno de ser envidiado.
¿Cuál fue el nuevo entendimiento que llegó a tener? Que ellos ni se burlaron de Dios ni lo inquietaron en el sentido de que puedan tocar su soberanía. Dice: “Cuando despertares, menospreciarás su apariencia”. Ellos no están aquí ofendiendo en el sentido de desestabilizar a Dios; la verdad es que Dios, hermano, no está siendo sacado de su lugar por la rebelión de ellos. Dios está en su tranquilidad, y cuando quiera lo hará. Desde el 18 al 20, aquí el salmista habla desde un nuevo entendimiento, pero después describe cuáles fueron sus reflexiones al respecto. Y todo esto, hermano, yo lo convertí en principios que me gustaría vivir a la luz de ellos y que mi iglesia viviera también.
Reflexiones en retrospectiva: amargura, torpeza y fidelidad de Dios
Del 21 al 26 describe él sus reflexiones al respecto. Fíjense que él comienza a hablar en retrospectiva; ya no está hablando de una situación presente, sino que está hablando de la situación de ese momento de oscuridad. Imaginen que el Señor permitió que tú salieras al otro lado, y cuando tú cruzas, comienzas a describir ahora en retrospectiva lo que tú viviste y lo que tú aprendiste de lo que viviste. Hermano, la tribulación del justo tiene propósito. Yo espero que cuando el Señor te permita cruzar al otro lado, tú no solamente digas: “Ok, ya estoy del otro lado”, sino que cuando tú mires hacia atrás, tú puedas hablar del pasado con sabiduría. Lo que hace él ahora, del 21 al 26, es que comienza a reflexionar en retrospectiva de lo que vivió.
Lo que él dice primero, versículo 21: “Se llenó de amargura mi alma, y en mi corazón sentía punzadas”. Lo que él dice es: “Guau, yo estaba lleno de amargura”. Yo convertí esto en una lección; la lección es la siguiente: la exposición al mundo y los pensamientos naturales pueden llenarnos de amargura. Estemos alerta. Repito, hermano, no es para que huyas del mundo, es para que veas al mundo con cuidado. Es como el sol: hay un nivel de sol que es adecuado al cuerpo; de hecho, hay vitaminas que así se sintetizan, y partes de tu organismo que así hacen su función normal. Sin embargo, exponerse demasiado al sol puede producir una insolación, y lo que hasta cierto punto es bueno y saludable, cuando abusas de eso podría traer gran daño sobre tu cuerpo.
Lo mismo pasa con el mundo: hay un nivel saludable de exposición al mundo, y hay una sobreexposición que hace que tus convicciones sean drenadas, que tu gozo desaparezca. Esta es la lección, hermano: la exposición al mundo y los pensamientos naturales pueden llenarnos de amargura. Versículo 22, otra lección: “Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti”. La lección que traigo de aquí es que el nivel de embotamiento espiritual al que podemos llegar es comparable al de las bestias. Seamos cuidadosos. Un hombre regenerado puede llevarse por ese derrotero y terminar hablando como los impíos, actuando como los impíos y haciendo un gran daño. Puede terminar como una bestia. Uno dice: “Guau, pero esta persona a quien el Señor pasó de muerte a vida está teniendo un comportamiento animal, como una bestia”. Dice él que era.
Estamos hablando de Asaf, hermano, que cuando miró retrospectiva dijo: “Guau, pero es que cómo era que yo pensaba que estaba mirando; es que el problema es que no estaba mirando”. La tercera lección, hermano, esta fue la que más me emocionó en la semana. Dice él:
“Con todo…”.
Y ese “con todo”, hermano, incluye su turbación, los tragos de agua que se pudo beber, el zarandeo que sintió, la desesperación, las palabras que pudo haber proferido. Dice: “Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha, me has guiado según tu consejo”.
La lección que saco de aquí es que aunque no podamos verlo, el Señor siempre está con nosotros, aun en nuestra oscuridad. Algo que utiliza Satanás es ese momento de nublazón para decirte: “Como tú no ves el sol, eso significa que Dios no está; eso significa que Dios no está contigo”. Hermano, dice él: “Con todo, yo siempre estuve contigo”.
Cómo salimos de la nube: mano de Dios y perspectiva eterna
Lo más extraordinario de nuestra salvación es que en nuestro momento de mayor debilidad nuestro Dios sigue siendo fuerte. En esos momentos que no son gloriosos ni son loables, ni son los momentos que quisiéramos difundir, aun en ese momento Dios estaba allí, hermano. Él dice: “Guau, mira, con todo lo que yo sentí, con todo lo que yo pensé, con todo lo que yo pude haber dicho, con todo eso que yo estoy ahora mismo recordando como un momento vergonzoso, de un comportamiento animal, cuando yo me comportaba como una bestia, ahí estaba el Señor conmigo, como si yo fuera su bestia”. Me impresiona, hermano: la gracia del Señor, su poder para salvar. Satanás te engaña y te va a decir que cuando tú estás dudando, ah, ya Dios no está contigo; ahí está el Señor.
De hecho, la siguiente lección es que no salimos de esta oscura nube por nuestros medios, somos sacados por la providencia del Señor. Lo que él dice aquí es: “Me tomaste de la mano derecha, me has guiado según tu consejo”. Hermano, en esos momentos de turbación, no cuentes con que tú vas a salir de ahí porque tú eres más sabio o más fuerte. Son medios de gracia, hermano; el Señor que te pasó de muerte a vida es el mismo que te pasa de la nube al sol, es el mismo que te pasa de la tribulación y la angustia al gozo y a la liberación. Nuestro Dios puede salvarnos. Si Dios, hermano, está contigo, Él puede rescatarte.
Muchos, en esos momentos de turbación, cuando tú no sabes cómo entrar, cuando tú sientes que se te acabó el camino, cuando tú sientes que ya te estás comportando como los perversos, ayuda mucho saber, hermano, que nuestro Dios puede tomarnos por la mano derecha. De hecho, hay veces que un creyente va a decir: “Ya yo perdí la expectativa de salir de aquí por mis propios medios; ahora yo cuento con que el Señor intervendrá”. Mantener el balance, hermano, requiere una perspectiva eterna. La segunda parte del versículo 24 nos muestra que Asaf no solamente está testificando que el Señor intervino hoy; él está contando con que el Señor le va a seguir acompañando mañana. El poder que tiene la mundanalidad es hacer que uno piense en el aquí y el ahora.
Me doy cuenta, hermano, que cuando me pego otro trago del mundo, yo comienzo a pensar que se me está haciendo tarde. Yo no sé para qué, hermano, pero si me dedico a juntarme con los impíos, a ver lo que viven los impíos, yo siento como que estoy perdiendo el tiempo: “No, yo tengo que buscar cuáles son mis opciones; se me está haciendo tarde”. ¿Qué se te está haciendo tarde, qué significa eso a la luz de una perspectiva eterna? Si la eternidad está por delante, ¿qué es “tarde” con relación a la eternidad? Hay creyentes que están frustrados porque dicen: “Yo pensaba que en este momento de mi vida…” Eso es lo que hace la mundanalidad: hace que tú sientas como que no hay camino por delante. Él sentía que había perdido su vida, hermano. Ahora dice con convicción: “Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria”.
Señal de restauración: adoración renovada y deseo por Dios
A Asaf le retornó una perspectiva eterna. El mundo hace que tú mires solamente el día presente; venir al santuario y entrar en la presencia del Señor hace que tengas perspectiva para hoy, para mañana y de aquí hasta la eternidad. Lo que está diciendo Asaf es: “Esto no es algo sólo para hoy; para mañana, el Señor me recibirá en gloria”. Le retornó una perspectiva eterna. Otra lección, hermano: ¿cómo tú sabes que estás saliendo y que estás seguro? ¿Cómo sabemos que ya estamos en pie, que hemos retomado el balance? Algo que he visto, y se hace evidente en la vida de Asaf, es que cuando el Señor te ha tomado por tu mano derecha y te ha guiado, y te ha sacado de esa densa nube, una de las cosas que tú comienzas a experimentar es que de nuevo tienes una pasión renovada por adorarle, por exaltarle, por glorificar el nombre del Señor.
Cuando uno está tan afligido, hermano, llega un momento en que las manos como que no se pueden levantar. Llega un momento en que uno adora, pero siente como que uno está ausente; los pensamientos dan vueltas. Ahora, que ha sido restaurado, ahora que la escalera va hacia arriba, escuche lo que él dice: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre”. Una de las mejores señales de vigor espiritual es la exaltación del nombre del Señor. Tú te das cuenta que espiritualmente estás fuerte cuando tienes ese deseo renovado de adorar a tu Dios con libertad. Asaf, este gran músico de Israel, este gran adorador, este hermano que llenó el santuario de música, volvió a ser lo mismo que hacía antes: exaltar el nombre del Señor.
Qué hermoso es un hermano que exalta al Señor después de un momento de tribulación, cuando él siente que el Señor ha cambiado su tristeza en baile. Concluye entonces, después de sus reflexiones, ¿cuál es la conclusión general de todo esto? Hermano, es un asunto de proximidad. La lección general de todo esto es: “Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta”. Lo que está diciendo es: “No debo irme muy lejos de la presencia de mi Dios. Estoy muy seguro cuando estoy en la casa de mi Dios; no debo irme muy lejos. Mis pensamientos no debo permitir que se vayan muy lejos; mientras más permito que me separe de mi Dios, más riesgo está corriendo mi alma”. Dice él su conclusión general: “He aquí, los que se alejan de ti perecerán; tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta”.
El bien verdadero: acercarse a Dios, refugiarse en Él
Hermano, apartarnos del Señor es muerte, es destrucción. Nosotros estamos vivos porque hemos sido acercados a Él. “Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras”. ¿Cuál es su conclusión? Hermano, corremos un gran peligro cuando nos alejamos de Dios. Asaf se dará cuenta de que estar en medio del pueblo del Señor, participar en ejercicios espirituales, vivir contrarrestando la mundanalidad con la verdad, vale la pena. Mientras más cerca estamos de Dios, más segura está nuestra alma.
Concluyo leyendo este último versículo en una traducción muy textual. Dice textualmente ese versículo 28: “La proximidad de Elohim es mi dicha; en Yahvé Adonai he puesto mi refugio”. Que el Señor nos ayude, hermanos queridos, que cuando usted camine en medio de las cosas brillantes de este mundo pasajero, usted pueda tener la convicción que permitió que Asaf saliera del hoyo. Oro por la iglesia, oro por mis hermanos.
Padre, míranos aquí a nosotros, como estamos a veces tambaleantes. Por poco resbalaron nuestros pies, Señor. Mira tu pueblo, cómo a veces es movido, Señor, movido. Mira mis hermanos, Señor, que sienten que encima de ellos en este momento está la pesada nube. Mira, Padre, cómo nos sentimos; a veces espiritualmente nos falta el oxígeno, nos sentimos abrumados. Señor, mira la mundanalidad que nos arropa y nos hace llamarle a lo malo bueno y a lo bueno malo. Mira nuestros pensamientos, Señor, que combaten adentro de nosotros. Mira nuestras perspectivas, cómo a veces achican y otras veces agrandan.
Permite, Señor, que esta visita al santuario cambie perspectivas. Permite, Señor, que el simple hecho de ver a nuestros hermanos aquí, que todavía están en pie, cambie perspectivas. Permite, Señor, que al considerar la reunión de los santos veamos esto como la cosa más especial en esta tierra; en medio de este mundo lleno de mundanalidad, Señor, hay espacios donde tus santos se reúnen. Permite que la visita al santuario cambie nuestras perspectivas. Fortalece a mis hermanos, Señor, que están en este momento dubitativos; fortalece a aquellos que están cansados de luchar, Señor.
Petición por restauración y llamado a refugiarse en Cristo
Recoge aun a aquellos, Señor, que ya miraron y se desviaron; restáurales, Señor. Hay hermanos que estaban a punto de caer; permite que se detengan ahí. Especialmente por ti, Padre, hoy te pedimos que no lo hagan. Devuelve, Señor, al que ya emprendió el viaje hacia atrás. Restaura, Señor, al que está por caerse. Fortalece a los débiles, Señor. Cambia las perspectivas. Permite, Señor, que donde había un pueblo amilanado, sin ganas de adorar, se levante una multitud, Señor, que con gozo eleve su canto.
El que ha escuchado la palabra del Señor, animar al pueblo del Señor, y no se siente parte de su pueblo, si tú no sientes que en el santuario está tu espacio, si tú no te sientes parte de esta multitud de los limpios de corazón, pon en el Señor hoy tu confianza. Entrega al Señor tu vida. Busca hoy del Señor. Clama. En la ciudad de refugio había un altar, y ahí el que tomaba el cuerno podía ser restaurado. Que sea para ti hoy esto una visita al altar del Señor y aferrarte a su misericordia. Que sea para ti esto no sólo una visita a un lugar físico, sino una visita a la ciudad de refugio espiritual. Acércate a la ciudad del Señor.
Si tu vida no tenía satisfacción, si en tu vida había desolación, ven al Señor, que en el Señor hay perspectivas más altas y también hay esperanza. Dile al Señor: “Perdona mis pecados, recíbeme como tu hijo. Escribe mi nombre en el libro de la vida. Hazme parte de la gente que tiene esperanza. Dame un nuevo corazón, Señor, dame una nueva perspectiva. Hazme, Señor, uno de los tuyos”.
Ora ahí al Señor con convicción, con tus palabras. Él dice que el que a Él viene no le echa fuera. Bendice a tu iglesia, Señor. Gracias por este momento en tu santuario. Gracias por este momento en tu presencia. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Que el Señor les bendiga, hermanos queridos, que el Señor les anime, que el Señor les ayude. Nos despedimos con alabanza.