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Las recompensas del obrero

Mateo 10:40-42

El Señor se identifica profundamente con sus obreros y promete recompensas eternas para todo el que participe, directa o indirectamente, en su obra, aun en lo más pequeño.

Predicado5 de mayo de 2019
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Evangelio de Mateo en el capítulo 10, los versículos finales. Estaremos, con la ayuda del Señor, leyendo 40, 41 y 42, los versículos finales del capítulo 10 del Evangelio de Mateo. Pónganse un momento por favor sobre sus pies para leer la Escritura. Es el Evangelio de Mateo en el capítulo 10, los versículos finales. Después de varias semanas, hoy, con la ayuda del Señor, hemos llegado hasta el final de este capítulo 10, donde el Señor ha estado dando instrucciones al respecto de cómo desarrollar su obra, para los obreros.

Evangelio de Mateo, capítulo 10, 40, 41 y 42. Dice así la sagrada Escritura. Es el Señor hablando y dice: el que a vosotros recibe, a mí me recibe, y el que me recibe a mí recibe al que me envió.

El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.

— Mateo 10:40-42

Pueden sentarse, hermanos, amigos queridos. Quisiera animarles hoy a pensar en la recompensa. Les digo, a modo de introducción, que pensar en la recompensa no es solamente apropiado para los discípulos del Señor, sino muy necesario. Esta es la única manera en que podemos tener una vida victoriosa sobre las tentaciones del tiempo presente. Esto de poner los ojos en el más allá, en la recompensa, podría darnos una vida victoriosa.

Quisiera evitar hoy que mi iglesia pierda la oportunidad de utilizar estos recursos temporales y terrenales para hacer cosas que son mucho más grandes. No habrán dos dispensaciones como esta, hermanos. De aquí a poco, de aquí a un pestañear, de aquí a escasos años, todos nos veremos delante del tribunal del Señor, y ya no habrá oportunidad de volver a vivir una vida sacrificada temporalmente con la expectativa de recibir una recompensa eterna. La oportunidad es hoy. Quien no está acumulando hoy tesoros en el cielo, tiene su proyecto y su corazón en esta tierra. Si usted al día de hoy activamente, de manera expectante, dinámicamente, no está trabajando para hacer su tesoro en otra parte, con toda seguridad está buscando su tesoro en esta tierra.

Mientras afirmábamos que la salvación es por gracia, que es un don del Señor, que no puede ser adquirido ni aumentado por las obras, tal cual vimos en la parábola de los obreros de la viña, que a todos sus obreros el Señor les dio un talento, figuradamente hablando, una salvación muy grande, reconocemos también que tenemos una misión. Fuimos llamados a trabajar por el Señor y, aunque la salvación es igual para todos, las recompensas adicionales admiten grados. Estas instrucciones que fueron dadas por el Señor en Mateo capítulo 10 terminan hablando acerca de esas recompensas. Quisiera poner hoy la mirada de mi iglesia en algo que está por venir, en algo que estamos por recibir: son recompensas eternas en el Señor.

Ahora el Señor dice que no solamente los apóstoles, sino cualquiera que contribuyera con el trabajo de ellos, sería igualmente recompensado. Hoy pondremos la mirada de la iglesia en esas recompensas. Quisiera que usted hoy se dé el permiso, hermano, de anhelar grandes cosas que el Señor tiene reservado para nosotros. Quisiera que ustedes vivieran su vida acariciando la oportunidad de que eventualmente estarán en la presencia del Señor y que el Señor está mirando nuestras obras. Me gustaría mostrarles a todos los hermanos que están aquí congregados que no hace falta tener los primeros lugares para hacer grandes contribuciones por la causa de Cristo, y que toda contribución, de hecho, hasta un vaso de agua, será por el Señor muy bien recompensado.

Cristo identificado con sus obreros

Comenzaré con el versículo 40, mostrando la profunda identificación que tiene Cristo con sus discípulos. Dice él: el que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. Comienzo diciéndole a la iglesia que la tarea del ministerio, la obra que el Señor nos ha encomendado, es una obra superior a cualquier otra tarea humana. Y, a menos que usted lo vea desde esa perspectiva, no será posible que haga una transición en su corazón. La transición que estoy deseando que usted haga es que deje de hacer cosas que son pasajeras y temporales para poner su expectativa, sus sueños, su energía, su atención, en las cosas que tienen recompensa eterna.

Dice el Señor que él está profundamente identificado con nosotros: el que a vosotros recibe, a mí me recibe. Esta expresión hacía mucho sentido para el mundo de los judíos porque ellos conocían estas figuras. Ellos le llamaban un shalíaj, era un enviado, una persona que tenía la misma autoridad, la misma distinción y que había que darle el mismo trato que aquel personaje que le había enviado. Por ejemplo, el sanedrín era un tribunal judío que estaba compuesto por diferentes hombres y cuando este tribunal del sanedrín deliberaba, enviaba emisarios con las resoluciones del sanedrín. Estos enviados, estos emisarios del sanedrín, cuando hablaban, tenían que ser tenidos como si el mismo sanedrín en pleno estaba allí mismo reunido. Cuando ellos hablaban era como si el sanedrín estaba hablando, y cuando ellos eran distinguidos era como si el sanedrín completo estuviera siendo distinguido.

Dice el Señor: el que les recibe a ustedes, a mí está recibiendo. Él está profundamente identificado con nuestra labor. De hecho, esto es lo que hace posible lo que él mostró anteriormente. Decía él, escasos versículos atrás, en el versículo 9: no os proveáis de oro, ni de plata, ni de cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento. La vocación del Señor es que sus obreros no se apalanquen para hacer la obra en sus ahorros, no se apalanquen para hacer la obra en sus bienes propios, sino que entiendan que donde quiera que ellos fueran el Señor mismo está yendo, y que donde quiera que los reciban al Señor mismo lo estaban recibiendo.

De hecho, nuestro Señor Jesucristo no hizo su ministerio en esta tierra basado en sus recursos materiales. Lo hizo basado en su dignidad y en sus recursos espirituales, y por donde quiera que el Señor caminó, por donde quiera emergieron los recursos. ¿Por qué? Porque el Señor lo estaba necesitando. Él dice ahora: donde quiera que vayan ustedes es como si yo mismo estuviera allí caminando. Esto nos ayuda, hermano, a lidiar con el temor de rechazo, a lidiar con la ansiedad respecto de si podremos hacer la obra del Señor. Entendamos que es como si el Señor mismo estuviera haciendo la obra en este tiempo. Cuando miro el ministerio terrenal de mi Señor Jesucristo, me doy cuenta que todos los recursos necesarios estuvieron disponibles. Y cuando miramos la obra que tenemos que hacer nosotros hoy para el Señor, entendamos que todos los recursos estarán a disposición. Es como si el Señor mismo estuviera en medio de nosotros.

También esto nos ayuda a lidiar con el temor de rechazo. Los discípulos del Señor podrán pensar: ¿y qué sucederá cuando nos rechacen? Es como si estuvieras rechazando al Señor. De hecho, resuenan en mí las palabras que el Señor le dijo a Samuel: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan, porque no te han desechado a ti, sino que a mí me han desechado para que no reine sobre ellos”. Si alguien en este momento está rechazando el mensaje de nosotros, está rechazando también el mensaje del Señor.

Hay maneras en que un emisario debía ser recibido. ¿Qué era esto de recibir una persona? Las normas de la hospitalidad en el Antiguo Testamento hacían que una persona, ante la duda, le diera un buen trato. Si vendrías en nombre del rey, yo no quisiera tener que lidiar con decirle al rey que no recibí bien a su emisario. O sea que, ante la duda, te voy a dar el trato de que eres el emisario del rey. Esto significaba confiar en su investidura. Recibirle era confiar que ellos estaban siendo enviados por el Señor en su carta credencial, la seriedad del que le envía. Esto significaba confiar en el mensaje que ellos estaban dando y, al mismo tiempo, esto significaba proveerle de todos los medios para que su labor sea bien completada. Si el rey te está enviando, yo te voy a dar el hospedaje, te voy a dar alimentación, te voy a dar los medios de transporte y todo lo que haga falta para que se haga la tarea que el rey está enviando. El Señor está diciendo: si los reciben ustedes, a mí me están recibiendo.

La obra es proyecto de Dios y las recompensas adicionales

Quisiera que la iglesia recuerde eso: que Cristo está profundamente implicado en su misión. Yo no quisiera ver la tarea de la evangelización como un asunto que el Señor nos dejó a nosotros. No, es como si el Señor mismo estuviera aquí obrando con nosotros, y de hecho lo está haciendo. Él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. La tarea de la evangelización no es un asunto que nos lo dieron para hacerlo en nuestros propios medios. El Señor personalmente está implicado.

Me emociona también que, así como Cristo se veía vinculado al Padre, ahora él nos vincula a él. Es una continuidad, una tarea que primero estaba en el Padre, después vino en Cristo y después en nosotros. Esto nos da un motivo de confianza. La iglesia es el proyecto de Dios revelado en Cristo y extendido por nosotros. No es el proyecto de nosotros, es el proyecto de Dios.

Hermanos queridos, he estado animando en toda esta serie de sermones a la iglesia a involucrarse en la tarea del ministerio, y quisiera mostrar al hermano que la tarea no es de nosotros. Esta es la tarea de Dios revelada en Cristo y delegada en nosotros. La tarea no es nuestra, la tarea es de él. Dios está haciendo su obra. El que a vosotros recibe, a mí me recibe, y el que me recibe a mí recibe al que me envió. No nos está rechazando a nosotros, están rechazando al Señor.

Donde quiero detenerme más es en el versículo 41 y mostrar la forma indirecta en que algunos participan de esta misma obra. Dice: el que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. Es evidente, hermano, que no todos tendremos las mismas oportunidades de involucrarnos en la obra del ministerio, pero todos podemos ser recompensados al colaborar con la obra del ministerio. Por mucho que usted y yo nos esforcemos, nosotros no somos apóstoles de Jesucristo. Jesucristo tuvo un número singular de doce hombres que utilizó. Sin embargo, nosotros podemos extender la tarea de esos doce hombres y, por eso, esta tarea en extensión también puede ser nuestra, y del mismo modo las recompensas.

Esta es la razón por la cual la gran comisión es también la gran comisión para nosotros. Porque, aunque fue dada a doce hombres, la iglesia completa, directa o indirectamente, participa en el avance de la tarea de la evangelización. Y cuando estamos haciendo, tenemos la confianza de que no solamente será recompensado el que la hace directamente, sino también el que indirectamente participa.

El texto infiere que los obreros serán recompensados. Dedicaré un tiempo hoy, hermano, a hablar de la recompensa. Comienzo haciendo una diferenciación: una cosa es la salvación y otra cosa es una recompensa adicional. Hace dos domingos estuve exponiendo la parábola de los obreros de la viña. El Señor, hablando de la salvación, les dice: sin importar que usted haya llegado de último, usted tendrá su misma salvación. En ese sentido todo es igual. Pero al mismo tiempo hay una gran cantidad de evidencia bíblica de que en el juicio del Señor, el Señor también considerará de manera particular nuestras diferentes contribuciones y también nuestro sacrificio.

Cristo hizo una diferenciación. De hecho, Mateo 19, si me acompañan, es un solo versículo que ya expuse hace un tiempo. Lo leo ahora como referencia. Es Mateo 19, las respuestas que el Señor le dio a Pedro.

Versículo 29: recuerden la pregunta de Pedro: “¿Qué, pues, tendremos?” Ahora miren la respuesta del Señor en el capítulo 19, versículo 29:

Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.

— Mateo 19:29

Estas son dos cosas. Una cosa es la vida eterna, que todo creyente verdadero la heredará, y otra cosa son las recompensas adicionales, que el Señor se las dará a cada quien según su criterio de justicia. He visto que muchos de mis hermanos tienen una perspectiva de la existencia futura de los creyentes un poco socialista. Ellos piensan que al final todos recibiremos lo mismo y que estaremos en la presencia del Señor, y que no habrá tal cosa como mayor reconocimiento, mayor responsabilidad. La Escritura, hermano, la evidencia es abrumadora en el sentido contrario. Todo verdadero creyente será salvo y, a la salvación, no hay manera en que usted pueda hacer que su salvación sea más o menos concreta. La salvación es por gracia, a través de la fe. El Señor la imputa, el Señor la da, el Señor la otorga. Usted no puede ganar su salvación ni puede hacer que sea más o menos salvo.

Sin embargo, ustedes pueden encontrar evidencia bíblica de que algunos serán más o menos reconocidos. Una cosa es la salvación y otra cosa son nuestras recompensas. De hecho, aquí se ve claramente que el Señor está diciendo que recibiremos cien veces más de algunas cosas, y después menciona la vida eterna. Ay, hermano, por favor, no se refugie solamente en que ya usted tiene la vida eterna. Trabaje al mismo tiempo para tener del Señor reconocimiento y recompensa según el grado de sacrificio y entrega que usted tenga para su obra.

Evidencia bíblica de grados de recompensa

¿Cuáles son las evidencias bíblicas de que hay niveles, hay grados de recompensas adicionales? Aclaro, hermano, que no estamos hablando aquí de una salvación por obra, no estamos hablando aquí de ganar la salvación, de asegurar la salvación. La salvación está ganada, fue asegurada por Cristo. Estoy hablando ahora de dedicar, después de haber sido salvos, nuestra vida a trabajar para el Señor, contando con que el Señor lo está mirando y que el Señor lo recompensará.

De hecho, el temor que yo tengo es el contrario. Yo siento que mis hermanos no anhelan tanto sus recompensas, no anhelan tanto trabajar por el Señor porque entienden que las cosas ya están dadas. Y es un razonamiento que yo hasta entendería si usted no ve la evidencia bíblica: dado que todos somos salvos y que estaremos en el Señor en la misma posición, ¿de qué vale nuestro trabajo?, ¿de qué vale nuestro esfuerzo?, ¿si tendremos la misma recompensa que los apóstoles de Cristo, de qué valió que ellos siguieran al Señor? No, hermano. Justo aquí, en el capítulo 19, en el versículo antes, el Señor les dijo:

De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

— Mateo 19:28

O sea que, comenzando por los apóstoles, ya vemos que hay diferencia.

Entonces aquí comienza el hombre natural a luchar con estas cosas y a decir: bueno, si hay diferencia, entonces algunos van a tener más que yo. Hermano, trate de estar entre los primeros. De hecho, yo esperaría que cuando tengamos un cuerpo regenerado, una naturaleza perfecta, podamos lidiar mejor con estas cosas sin que se produzcan celos, sin que se produzcan contiendas. Y yo esperaría que usted sea el primero que, cuando vea que su hermano justamente sea recompensado por el Señor y reconocido por él, usted diga: gloria al Señor, es verdad, mi hermano trabajó más que yo.

¿Cuál es la evidencia bíblica al respecto de que hay niveles de recompensa? En el mismo Evangelio de Mateo, cuando el Señor estaba hablando de las bienaventuranzas, hablaba de que algunos padecerían especialmente. Y él dijo que quienes padecen recibirán un “grande galardón”. Parece que hay niveles. Mateo 6, el Señor estaba hablando acerca de acumular tesoros en el cielo, algo que puede ir en incremento, algo que puede ir en aumento, algo que no se queda donde está, sino que usted está acumulando.

Me llamó mucho la atención esta semana leer la historia, por ejemplo, de Cornelio, y le dijo el Señor a Cornelio en Hechos capítulo 10 y versículo 4 que sus oraciones y sus limosnas habían subido para memoria delante de Dios.

Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios.

— Hechos 10:4

Hermano, los evangélicos hemos tratado históricamente de separarnos de ese asunto y decirle a la gente: la limosna no importa, no importa la “cotorra” para el Señor. Hermano, eso no es bíblico. Lo que es bíblico es decir que sus limosnas no pueden agenciar la salvación. Sin embargo, hermano querido, el nivel de desprendimiento y sacrificio es visto y recompensado justamente por nuestro Dios. De hecho, lo contrario sería una doctrina malvada: decirle a las personas que se sacrifican en diferentes grados y que tengan el mismo resultado. Nosotros lo que decimos es que la salvación es igual para todo el mundo, pero que eventualmente el Señor, a cada uno, además de su salvación, también le reconocerá.

Colosenses 3 dice que hagamos todas las cosas como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibiremos la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servimos.

Sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.

— Colosenses 3:24

Hebreos hace un listado enorme de héroes de la fe. Y si hay héroes de la fe, si hay hermanos que alcanzaron por su fe un alto nivel de reconocimiento, hermano, le aseguro que con su generación vivieron otros hombres, pero no tuvieron la misma distinción delante del Señor. Yo esperaría que usted, cuando llegue al tribunal del Señor y al justo juicio de su Dios, a sí mismo sea reconocido y recompensado. Qué hermoso es saber que, desde la perspectiva del Señor, hermano, hay algunos que alcanzan un nivel mucho más honroso. Todos somos salvos por fe, gloria al Señor, por su sacrificio.

Pero al mismo tiempo algunos alcanzan, por su desprendimiento, por su entrega al Señor, por su dedicación a la obra, un nivel mucho más alto de reconocimiento de parte del Señor. De hecho, las parábolas infieren esas cosas. Si usted lee la parábola de las minas, se dará cuenta que aquel que administró bien recibió más para administrar. Y en la parábola de los talentos, dice reiteradamente: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor”. Usted me dirá: ¿todos fueron recompensados del mismo modo? No, hermano. Todos los que trabajaron recibieron reconocimiento, pero algunos fueron reconocidos a un nivel mucho más alto.

Me gustaría que usted trabaje en esta tierra, dedique esta existencia pasajera y terrenal a poner su tesoro en el más allá, a poner su reconocimiento en el Señor, a entender, hermano, que todo lo que hacemos para él, el Señor está mirando. El mismo apóstol Juan, en Segunda de Juan capítulo 1, habla de evitar perder el fruto de nuestro trabajo y habla también de recibir “galardón completo”.

Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo.

— 2 Juan 1:8

Qué fructífero es un creyente que dice: yo quiero un galardón completo. Qué hermosos son, hermano, los que entienden: mi trabajo tiene fruto. Y qué poco motiva a aquellos que dicen: ya todas las cosas están dadas; trabaje o no trabaje para el Señor, es lo mismo. No, hermano, no es lo mismo. El Señor está mirando.

Si puedo dar más evidencia: el apóstol Pablo explicó a los corintios que tarde o temprano todas nuestras obras serán probadas por fuego y, en algunos, el fuego cuando pruebe su obra, su obra desaparecerá. Sin embargo, dice él, retendrán la salvación. O sea que nuestra salvación no está determinada ni limitada por lo que hagamos para el Señor. Sin embargo, lo que hagamos para el Señor por él será visto y será muy bien recompensado.

Coronas, autoridad y juicio de recompensa

Yo sé que ustedes quisieran saber cuál es el paquete de recompensas. ¿A poco no se sentirían más motivados? Son figuradas, hermanos, pero yo le aseguro que cuando la Escritura dice que recibiremos corona, no está hablando de un accesorio de vestir. Las coronas en la antigüedad significaban dominio, significaban autoridad, significaban delegación, significaban que una persona regía sobre un espacio. Cuando el Señor te está diciendo que recibiremos corona, no está hablando tanto de una posición material, está hablando de un lugar de reconocimiento, de un lugar de responsabilidad.

Y, de hecho, hermano, esta es la razón por la cual todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. ¿Somos salvos, para qué vamos a ir a su tribunal? Porque dice Apocalipsis 22:12:

He aquí, yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.

— Apocalipsis 22:12

Hermano, hay un juicio de recompensa donde estaremos delante del Señor, y el Señor a cada uno lo reconocerá.

Si pudiera englobar el paquete de recompensas, sin ánimo de ser en esto categórico, porque todo es muy figurado, hermano, sin embargo, aunque sea figurado no podemos dejar de ver que vale la pena. Que sea figurado no nos hace dejar de ver que hay grados de recompensa, y aunque sea figurado, hermano, podemos comenzar desde ahora a regocijarnos. ¿Qué incluye el paquete? Yo le diré: incluye reconocimiento. Bueno, todo el mundo quiere ser reconocido, no lo dude. Todo el mundo quiere que alguien le dé una palmadita y le diga: lo hiciste bien. Hay gente que imagina que cuando lleguemos a la presencia del Señor él va a decir: todos lo hicieron bien, no importa lo que hayan hecho. Pues no, hermano. Todos seremos salvos, y eso da gloria al Señor. Pero al mismo tiempo algunos trabajaron más que otros, y eso da reconocimiento, y es justo el reconocimiento. Y yo esperaría que todos nosotros podamos reconocer que algunos trabajaron más que otros.

Segundo aspecto que encuentro, al combinar toda la evidencia bíblica de la recompensa, es que no solamente hay reconocimiento. Al mismo tiempo hay niveles de autoridad. No imagine la existencia futura como un asunto etéreo, como un asunto solamente espiritual. Dice la Escritura que descenderá la nueva Jerusalén, que habrá una nueva creación, hermanos, y esta creación tendremos que administrarla con mayordomía, del mismo modo como administraron nuestros primeros padres. Y cuando haya que administrar esta creación, algunos tendrán más responsabilidad administrativa que otros: sobre poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré.

¿Qué puede incluir todo esto? Retribución, responsabilidad. Hermano, voy a hacer un esfuerzo de que usted lo anhele. Lo que quisiera es que entienda que las cosas no serán iguales y que vale la pena, al día de hoy, invertir nuestra existencia pasajera y temporal para conseguir una recompensa mucho más alta y un nivel de reconocimiento y responsabilidad de parte de nuestro Señor.

Vuelvo a Mateo 10: “El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá”. Hay cantidad de personas en las Escrituras que quizá no hicieron el trabajo directamente, pero ayudaron a que el trabajo se hiciera. Hay cantidad de personas que quizás no se involucraron en la primera fila del ejército, pero por lo menos cargaron agua para que el ejército hiciera el trabajo. Qué hermoso saber que los unos y los otros por el Señor serán recompensados.

Recuerdo este personaje, uno de los personajes de la historia que yo encuentro más interesante, es de Portugal: Felipe… perdón, es reconocido como Enrique el Navegante, aunque no hay evidencia de que haya navegado mucho. De hecho, según los historiadores, quizá solamente se montó en un barco una vez en su vida para un trayecto muy corto. Sin embargo, es reconocido como Enrique el Navegante. ¿Por qué “el Navegante”, por qué el mote? Porque quizás fue el hombre que más trabajó para que Portugal, su nación, llegara a ocupar los primeros lugares en la exploración.

Recompensas para los que sostienen a los obreros

Él directamente no fue un navegante. Él directamente no ocupó las naves. Sin embargo, dedicó cincuenta años de su vida a investigar las técnicas de navegación, a entrevistarse con marineros, a buscar mapas, a buscar libros, a diseñar naves cada vez más grandes. Dicen los historiadores que, en tiempo de Enrique el Navegante, Portugal pasó de ser una nación de pescadores a una nación de navegantes. Antes de Enrique, su única expectativa en el mar era la pesca; después de Enrique, ellos entendían que llegaban a ser grandes navegantes. Se comenzó a buscar técnicas de navegación, investigación de navegación, rutas de navegación, y después de su muerte –él no vio ninguna expedición importante–, pero en los próximos cincuenta años Portugal pasó de estar detrás a estar delante en la exploración marítima.

¿Cuántos hermanos en la iglesia han demostrado ser quizá no navegantes, pero personas que ayudaron a la navegación? Recuerdo el Antiguo Testamento, por ejemplo, a Abdías. Abdías no fue ni Elías ni fue Eliseo. Sin embargo, se interesa por la obra de los profetas. Cuando los profetas del Señor estaban siendo perseguidos, eran buscados para matarles, dice la Escritura que él buscó a cien de los profetas del Señor, los escondió en cuevas y al mismo tiempo les abasteció de comida y de agua para que los profetas del Señor no murieran y pudieran hacer el trabajo. Estoy seguro que al día, por el Señor, fue bien recompensado. Elías y la viuda de Sarepta: recuerdan cuando el pueblo se estaba muriendo de hambre, esta viuda sustentó en su escasez al profeta.

Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.

— 1 Reyes 17:14

¿Y por qué el Señor cuidó especialmente de esta viuda? Porque la viuda, al guardar, al cuidar, al atender al profeta del Señor, recibió recompensa de profeta. Eventualmente su hijo murió y el Señor se lo resucitó.

Con esto muestro, hermano querido, que el Señor está atento a sus obreros, que el Señor ve el involucramiento de cada uno. Eliseo eventualmente se encontró con una viuda, la viuda de un profeta, y esta vino donde Eliseo, el sucesor de Elías, y dijo: “Señor, mi marido, que era temeroso de Dios, ha muerto, y ahora los acreedores han venido para llevarse mis hijos a serlos esclavos”. Ella no está reclamando una deuda, ella está diciendo: “Mi marido era temeroso de Dios, tú le conocías, era un profeta”. El Señor hizo un milagro, hermano querido: no solamente satisfizo la necesidad inmediata de la mujer, sino que le dio con qué pagar todas sus deudas. El que reciba un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá.

Después se encontró el profeta con otra mujer, no una viuda, sino la sunamita. Y esta mujer, de motu propio, le dijo a su marido: “Aquí está el profeta del Señor, que frecuentemente viene por aquí; hagamos una habitación encima de nuestra casa, para que cuando venga el profeta del Señor, con nosotros, en nuestra casa, pueda quedarse en su habitación”. Le pusieron una habitación, le pusieron una mesita, allí vivía el profeta del Señor. El profeta le dijo a su criado: “¿Qué podemos hacer por esta mujer, que ha cuidado a siervos del Señor?” Él le dijo: lo único que le falta es que no tiene un hijo, y el Señor se lo concedió. Eventualmente el niño enfermó y murió, y el Señor se lo resucitó. El que recibe un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá.

Estoy animando en este momento a mis hermanos que me dicen: “El Señor a mí no me ha llamado quizás a ser un ministro de la Palabra; el Señor no me ha llamado a mí a ser un misionero; el Señor no me ha llamado a mí, quizás directamente, a cuidar una congregación”. Sin embargo, el Señor te ha ayudado a ti a empujar la misma labor que todos ellos están impulsando, y de una manera directa o indirecta, todos por el Señor igual seremos recompensados.

Recuerdo a Bernabé, hermano, el primero en la iglesia primitiva en vender una heredad. Primero entre nosotros. También estoy seguro que el Señor lo vio. ¿Dirá el Señor: no importa que Bernabé vendiera su heredad, eso no importa, de hecho esa heredad era del Señor? Sí, todos nuestros bienes son del Señor, pero algunos se sacrifican más intensamente que otros. A veces, hermano, nos refugiamos en ese sofisma de que todos mis recursos son del Señor, pero algunos lo ponen de manera más evidente a la disposición del Señor que otros.

Yo podría decir, hermano, que algunos bienes son más líquidos para la gloria del Señor que otros. Hay unos que dicen: “No, todos mis recursos son del Señor”. Sí, lo que estamos diciendo es que hay recursos que son más directamente sacrificados para que el Señor sea glorificado, y el Señor todas estas cosas las ve. Las iglesias de Macedonia dice que abundaron en su generosidad, y Gayo es mencionado por más de un apóstol. Dice que resaltó entre los primeros por su hospitalidad, porque cuando llegaban los obreros él les recibía; cuando llegaban los obreros él les atendía. Hermano, la hospitalidad es vista por el Señor.

Un vaso de agua fría y los pequeñitos

Hay hermanos que me dirán: “Yo no tengo los dones para exponer la Escritura, yo no tengo los dones para comenzar nuevas iglesias, yo no tengo esta disposición de salir e ir a otros lugares”. Hermano, todo lo que usted tenga, hasta un vaso de agua, por el Señor es bien recibido y al mismo tiempo será muy bien recompensado. Poner los ojos en las recompensas eternas podría ayudarnos a vivir una existencia temporal más sacrificial. Entender que el Señor está mirando podría llevarnos a un nivel de desprendimiento que repercuta en un avance más acelerado de la causa de Cristo.

¿Cuántos son los recursos que al día de hoy están estancados en inversiones que no directamente glorificarán al Señor, que podían ser activados para que el nombre de nuestro Señor sea extendido? Alguien dirá: “¿Qué recompensa tendré, qué harán con eso conmigo, no cuenta?” Pero el Señor le mirará y el Señor le recompensará. De hecho, como iglesia, hermano, tenemos que ser cuidadosos, porque nosotros no tenemos nada para ofrecerle a nadie. Es el Señor que tiene que darnos a todos.

Por mucho que reconozcamos tu sacrificio, hermano, ¿de qué sirve que un hombre te reconozca, que un hombre te sacrifique? Ahora, qué hermoso es que recibas del Señor tu reconocimiento, y él cuando te vea te diga: “Ven, buen siervo y fiel; sobre poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré”. Qué hermoso sería si se cumple en nosotros la promesa de que “quien siembra escasamente, escasamente segará; y el que siembra abundantemente, abundantemente segará”.

De hecho, hermano, désese el permiso de entender que las recompensas del Señor también alcanzan nuestra existencia temporal. He visto que aquellos que se constituyen en canal de bendición para que los proyectos del Señor con sus medios avancen, cada vez tienen más de los recursos del Señor. A veces me he sentido limitado de predicar estas cosas porque no quisiera producir yo gente que, por avaricia, haga la obra del Señor. Sin embargo, le diré, hermano, que no conozco a nadie que haya hecho con sacrificio la obra del Señor, que bien cuidado no haya sido por su Maestro.

A veces uno se siente hasta un poco atemorizado de hablar de estas cosas, porque no quisiera producir una carnalidad, pero seríamos injustos si no dijéramos que el Señor a sus obreros les trata bien, y que no hay nadie que se haya sacrificado que el Señor no se lo haya reconocido. Y lo hace en la tierra, hermano, y lo hace en la vida eterna. En los dos lugares vale la pena.

¿Por qué cien veces más? Porque si le estás siendo útil al Señor, ¿dónde yo quisiera poner los recursos sino en ti? En el mundo de las inversiones, hombres que tienen más de una empresa saben dónde van a poner sus recursos. Si tú tienes diez unidades de negocio, te das cuenta que hay tres de ellas que están rindiendo al ciento por uno y hay otras que están rindiendo al diez por uno. ¿Dónde irán los recursos? A las que están rindiendo al ciento por uno. ¿Tú quieres administrar más de los recursos del Señor? Usa, para su gloria, lo que tienes ahora mismo. Estoy seguro que el Señor lo mirará, que te dará en esta tierra un nivel de responsabilidad, y cuenta con que tendrás recompensas eternas.

Hay hermanos que dicen: “¿Cómo podría contribuir con la obra del Señor?” Por mucha eficiencia que busquemos en involucrar hermanos en el ministerio –y hacemos diligentes esfuerzos–, de hecho estaba mirando la distribución de servidores de este mes, hermano, y creo que vamos a tener un récord absoluto en cantidad de hermanos que estarán directamente involucrados en la obra en una cosa o en la otra. Algunos darán clases, otros harán manualidades, otros harán merienda, otros trabajarán en el ministerio de adoración, hay otros que darán estudios bíblicos en las casas, hay otros que recibirán a la gente en la puerta. Pero ministerio directo tenemos mucho.

El hermano que dice: “Ah, es que yo todavía no tengo un ministerio”, genera ansiedad en eso, hermano, porque queremos oportunidades para glorificar a nuestro Señor, para utilizar los dones que él nos ha dado. Sin embargo, también hay maneras indirectas en que se puede contribuir. Cuántos son los hermanos que dicen: “Yo quizás no he ido nunca a una obra misionera, pero todos los días están las misiones en mi oración. Yo quizá no estoy en la línea del frente, pero yo estoy animando, estoy orando, estoy respaldando el ministerio de todos nuestros hermanos”.

Yo anhelaría que usted quiera ser un primero, hermano, pero entienda que un ejército no solamente necesita militares. A veces también necesita el cuarto de guerra: los estrategas que están disponiendo las cosas de forma tal que el ejército gane la batalla. La obra del Señor no solamente necesita hermanos que ocupen los primeros lugares, también necesita hermanos en la retaguardia que se aseguren de que los que están en los primeros lugares tengan todos los medios para seguir haciendo, para la gloria del Señor y beneficio de todo el reino, aquellas cosas que hacen.

Ser buenos segundos y sostén del ministerio

Usted puede orar, usted puede animar, usted puede respaldar a los obreros, puede contribuir con sus recursos materiales. De hecho, el solo estímulo de un creyente ayuda mucho a un obrero que está haciendo la tarea. Frecuentemente he visto que una persona que es fructífera en un ministerio tiene detrás suyo otros más que, con su aliento, le están impulsando. Y qué hermosos son esos. Si ese ayudó al obrero, puede contar también con su recompensa.

Estaba pensando, hermano, hace un tiempo: guau, Señor, y le daba las gracias porque me ha permitido hacer este precioso ministerio. Pero pensaba yo: guau, ¿y si el Señor me cesara en mi labor, hermano?, ¿y si mañana yo no pudiera hacer el ministerio pastoral? En mi corazón, hermano, yo estoy comprometido, en mi corazón, en mi corazón. El Señor dispondrá otras cosas; un mínimo de veinticinco años con esta iglesia local. Pero yo me preguntaba: Señor, ¿y si acaso no pudiera yo seguirlo haciendo por la razón que fuera?

Yo le pediría al Señor, hermano, que me dé el estímulo, la fuerza y el ánimo para impulsar por lo menos a cinco, para ayudar a que cinco hagan la misma labor. Le aseguro, hermano, que tendré del Señor la misma recompensa y también igual nivel de satisfacción. No anhele tanto los primeros lugares. A veces hay que saber ser un buen segundo. ¿Sabe por qué no avanza más la obra del ministerio? Porque todo el mundo quiere ser un primero. Hermano, ser un segundo con ánimo, ser un segundo con recursos, ser un segundo con oración, ser un segundo con estímulo es tan importante como ser un primero.

Algo que he encontrado de manera consistente en la antigüedad es que casi cada ministro fructífero tenía un ejército de hermanos que le respaldaba en su oración. Le aseguro que si usted quizá no está poniendo la mano al arado en su ministerio, pero usted le está acompañando con su fervor, con su oración, usted tendrá la misma recompensa que aquellos que ocuparon los primeros lugares.

Hermanos, no hay primeros lugares para todos, pero hay recompensa para todos en el Señor. Todos podemos hacer algo: ore, contribuya, estimule, anime. Casi cada obrero, no casi, normalmente cada obrero necesita un mentor, gente que está alrededor suyo que le dice: “Hermano, te estoy respaldando, hermano, estoy contigo”. Estamos comenzando ahora un proyecto de desarrollo del talento musical y algo que le he pedido a todo el que se inscribe es que debe tener un mentor. ¿Qué es un mentor? Una persona que te estimule, una persona que te anime, una persona que te pregunte, alguien que te diga: “Hermano, yo estoy contigo, yo estoy contigo. Yo quiero verte servir al Señor. Yo quiero ver que ese don se cultive y rinda mucho fruto para la gloria de mi Dios”.

Qué hermoso es aquel que asume de buen agrado el rol de quizá no ser un profeta, sino de ser aquel que recibe al profeta. Qué hermoso es aquel que quizá no mismo es un justo, pero él ayuda al justo. Qué hermoso es aquel que asume un pequeñito. Estoy seguro que el Señor, así mismo, con justicia, le recompensará.

He estado mostrando, en primer lugar, que el Señor está profundamente identificado con nosotros. Él está dirigiendo su iglesia, hermano, él está respaldando sus obreros. Él les dice: cualquiera que lo haga por ustedes, por mí lo está haciendo. Después les dice: aunque no todos sean profetas, aunque no todos sean de los primeros, todos pueden ser recompensados. Ahora me gustaría mostrar el alto valor que tiene para Cristo cualquier nivel de contribución. Dice el versículo 42:

Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.

— Mateo 10:42

Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría.

Es una curiosidad, hermano, pero yo estuve pensando: ¿y por qué agua fría?, un vaso de agua está bien. Agua fría, ¿por qué el Señor dice agua fría, un vaso de agua fría? Yo creo, hermano, que el Señor tiene sus detalles. Si lo que usted tiene para dar es un vaso de agua, dé el mejor vaso de agua que pueda dar. Si lo que usted tiene al alcance es eso, hermano, trate de que eso sea lo mejor que usted pueda ofrecer. No como yo: “Lo que tengo es agua, toma el agua y sácala tú”. No, dele un vaso de agua fría. No es que yo quiero ser en extremo detallista, hermano, pero lo que usted vaya a hacer para el Señor, hágalo grande o hágalo pequeño, trate de hacerlo con el mayor nivel que usted pueda. Si usted lo que puede dar es agua, enfríela. Que hasta eso el Señor lo mirará y lo recompensará.

A mí me emociona, hermano, el detalle del Señor, porque si tú estás sediento, con agua basta; no agua fría. Cualquiera que le dé un vaso de agua fría. ¿Cuál es el nivel mínimo necesario? Un vaso de agua fría. Yo quisiera decir que lo que tengo es tristeza, hermano, porque a veces tengo hasta molestia. Veo cantidades de hermanos míos que no alcanzan ni siquiera el estándar de un vaso de agua fría.

Bueno, si el Señor te salvó, si el Señor te pasó de muerte a vida, si el Señor te alcanzó, si el Señor te ha dado esta honrosa oportunidad… Los impíos, aunque quisieran, no pueden hacer esto; alguien dirá: “¿Y qué pasaría con aquellos que no han venido a Cristo y quieren hacer cosas de recompensa eterna?” No van a tener cómo ir a buscarla. ¿Dónde van a buscar tener mayor nivel de desprendimiento si usted está en Cristo, hermano? Usted tiene en el Señor recompensa. Dedique su vida a hacer esto. Hay hermanos míos que no hacen ni siquiera lo mínimo. ¿Qué es lo mínimo? Un vaso de agua fría.

Los pequeñitos y el valor de los sacrificios pequeños

Me emociona ver cómo el Señor dice: “A uno de estos pequeñitos”. Es reiterado en el Evangelio que el Señor habla de sus discípulos como pequeñitos. Y es que se requiere convicción para ver en los obreros del Señor la dignidad que Dios ve para nosotros. Ellos son pequeñitos. Tu hermano, para el Señor, es su obrero y él está personalmente identificado con él. De hecho, el que reciba a un cristiano, hermano, le ayuda a hacer la labor; el que recibe a un obrero le ayuda a hacer la labor del Señor. Para él eso es insignificante, se ve como un pequeñito. Sin embargo, desde la perspectiva del Señor, esos son sus gigantes, son sus obreros. ¿Saben por qué ellos son grandes? Por el Dios que está detrás de ellos.

Me llama la atención que nosotros somos grandes, hermanos, no porque en apariencia lo seamos; es por la dignidad que tiene nuestro llamado. Pero él dice: cualquiera que ayude a uno de estos pequeñitos. Se requiere sensibilidad para ayudar a los pequeñitos. El hombre natural no quiere ayudar a los pequeños. ¿Sabe a quién quiere ayudar? A los grandes. Y ahí se manifiesta una paradoja injusta en esta tierra: aquel que lo tiene todo, con mucha facilidad recibe todo. Es muy difícil que el que tiene mucho llegue a tener poco, porque es que el mismo que tiene poco quiere que él tenga mucho.

Dice: “Guau, pero a esta persona no le hace falta absolutamente nada, pero yo tengo que darle un regalo; ¿cómo va a ser que no? Claro que tengo que hacerlo porque lo tiene todo”. Ahora, se requiere un nivel de sensibilidad muy grande para ayudar a aquel que aparentemente no tiene nada, pero lo tiene todo en el Señor. Somos pobres para el mundo, pero ricos para con Dios. Hermano, pequeñito desde la perspectiva humana. Se requiere un esfuerzo intencional para entender que tu hermano, que hace un ministerio que tú entiendes que no es un ministerio muy sonoro, un ministerio que parece demasiado pequeño, él tiene para el Señor un nivel de valor que es demasiado grande.

Es un pequeñito, hermano, ayuda al pequeñito. Es lo que el Señor le está diciendo: no ayudas a tus hermanos porque ellos en apariencia sean muy grandes, sean muy poderosos, sean muy influyentes. El hombre quiere ayudar al influyente, el hombre quiere ayudar al poderoso. A veces ministros del Señor muy discretos, que hacen labores que pareciera que no vale la pena ni siquiera que se hagan, delante del Señor son sus gigantes, hermanos. Y probablemente, cuando lleguemos a la presencia del Señor, aquellos desfilarán primero. Y tú dirás: “Mira un pequeñito por dónde va”. Pequeñito para con los hombres, hermano, pero grande para con Dios.

Esto refuerza la idea de que el poder de la iglesia no está en nosotros, está en Dios, hermano. Si hay algo valioso en esta labor que usted y yo estamos abocados a hacer, es que esta labor es del Señor. Nosotros no somos grandes en términos de los hombres. Ahora, grande es el que está detrás de esta obra, grande, poderoso es el que está detrás de nosotros. Pequeñito le llama el Señor.

Tristemente, hermano, no se encuentra en la obra, de hecho, que los pequeñitos no anhelan ser ayudados. Estos pequeñitos no llaman mucho la atención. Ahora, son discípulos del Señor, hermano, y si tú ayudas a un discípulo del Señor, de cierto os digo que no perderás tu recompensa.

Observando a los pequeñitos, algo que he visto en esta preciosa obra, en la obra de la iglesia del Señor, es que los hermanos más desprendidos nunca han sido los que más tienen. A veces los que tienen un vaso de agua son los más desprendidos. Uno esperaría que aquel hermano que tiene todas las cosas básicas resueltas sea aquel hermano que ya esté pensando en comenzar a operar con desprendimiento y con generosidad. Pero frecuentemente los que primero se desprenden son aquellos que dicen: “Bueno, es que un vaso de agua nadie se lo niega, no es gran cosa, ahí está el agua”. Frecuentemente mis hermanos más desprendidos son aquellos que se parecen a la viuda, que de su pobreza dio todo lo que tenía.

Me emociona saber que, desde la perspectiva del Señor, tu contribución no es grande por su volumen, tu contribución es grande por su significado. Y el Señor conoce el corazón de cada quien. Humanamente hablando, parecería que quizá tú estás siendo la hermana o el hermano más generoso entre nosotros, pero desde la perspectiva del Señor, el Señor mira tu nivel de sacrificio, el Señor mira tu nivel de entrega.

Recuerdan aquellos ricos que daban en el templo, dice que daban de su riqueza, de su abundancia. La gente decía: “Guau, cuánto ha dado este”. No, mire lo que Dios mira. Mire lo que Dios ve. Con relación a lo que tienen, después vino la viuda y dice que de su pobreza dio todo lo que tenía. A esa el Señor la vio.

Te invito, hermano querido, a que entiendas que un vaso de agua, si tú lo tienes, da el vaso de agua, enfríalo si el Señor te da los medios. Pero entiende que aún el vaso de agua puede ser tan significativo como la heredad que vendió Bernabé. Entonces usted dice: ¿por qué? Porque el nivel de desprendimiento el Señor sí lo conoce, el nivel de significado el Señor sí lo conoce.

Algo que he visto es que los hermanos más comprometidos nunca han sido los que tienen más tiempo libre. Cuántos de mis hermanos tienen bloque de tiempo despejado y qué poco la obra del Señor se lleva ese bloque de tiempo. Frecuentemente aquellos que más se comprometen con su tiempo para empujar la causa de Cristo son los mismos hermanos que tienen agendas apretadas. Yo les diría: guau, pero estos hermanos que tienen tiempo disponible deberían dedicar más de su tiempo al Señor. Frecuentemente los más ajetreados son los más comprometidos. El Señor lo ve.

De cierto os digo: la recompensa es segura

La paradoja es que los hermanos más vigorosos no necesariamente son los hermanos más esforzados. Hay hermanos que ya en su vejez están haciendo mucho más que muchos en su juventud. Y entonces este otro hermano tiene todas sus fuerzas físicas, este hermano tiene todo su vigor, este hermano tiene toda su disponibilidad; todavía los achaques de los años no le están visitando con tanta intensidad como están visitando al otro. Pero lo otro, que tiene los achaques de los años, la debilitación de los años, a veces es más fructífero en su vejez que este hermano en su juventud. No es un asunto de vigor físico, hermano, es un asunto de desprendimiento para el Señor.

Cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, porque es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.

Termino con esta expresión, hermano, que me ha dado mucho aliento esta semana. Cuando usted ve en el Nuevo Testamento esa expresión “De cierto os digo”, no es que el Señor está infiriendo que él puede mentir. Esa expresión “De cierto os digo” es una expresión que transmite mucha seguridad. “De cierto os digo” significa que esto está garantizado. “De cierto os digo” es: pueden tener absoluta confianza. Ese “De cierto os digo” lo que está diciendo es: esto no es un “vamos a ver”, esto no es de “vamos a ver cómo vienen los tiempos”. De cierto os digo, dice el Señor. Él está diciendo: con total seguridad, con absoluta confianza, sin ninguna posibilidad de duda: no perderá su recompensa.

Hermano, puede tener la completa seguridad de que si tú estás utilizando tu existencia temporal, utilizando tus bienes materiales, utilizando tu tiempo, utilizando tu vida para el avance de la causa de Cristo, puedes tener la absoluta seguridad –“De cierto os digo”, dice el Señor– de que tu recompensa no se perderá.

Hay una expresión con la cual el apóstol Pablo terminó su ministerio. Él trató de escribirle a Timoteo y le decía: “Ya yo estoy por partir”. Le decía: “Mi depósito está seguro”. Los teólogos han roto la cabeza a ver si el depósito era la salvación, si el depósito era su cuerpo, si el depósito era su vida. Yo le diré, hermano querido: en Cristo está segura nuestra salvación, en Cristo está seguro nuestro cuerpo, en Cristo está segura nuestra herencia, en Cristo está segura también nuestra recompensa. Todo está seguro en el Señor.

Te animo, hermano querido, a que utilices todo tu tiempo para impulsar las causas de Cristo. Oro porque mis hermanos tengan la satisfacción. Imagínese esta escena: algún día todos nosotros estaremos ante la presencia del Señor y el Señor, que nos conoce a cada uno de nosotros, él nos estará llamando. Imagínese, hermano, que dice primero: “Vengan los que tienen la salvación”. Ahí vamos todos. Ahora: “Vengan los que tienen, adicional, un nivel de reconocimiento y recompensa”. Quiere el Señor que ahí también nos encontremos nosotros.

Oración por la iglesia y llamado a salvación

Oro por la iglesia, hermano, para que el Señor le ponga en su corazón una santa ambición y puedan dedicar su vida a buscar una recompensa eterna. Mantén tus ojos ahí cerrados, hermano querido. Muy probablemente estás aquí después de haber agotado un mes sirviendo en alguno de los ministerios de nuestra iglesia. El Señor lo vio, hermano. Mantén tus ojos cerrados ahí, antes de orar por ti te estimulo, te animo otra vez. Probablemente te preguntes a ti mismo: ¿qué estoy haciendo?, ¿qué puedo hacer por la causa de Cristo? No soy un primero, quizás seas un segundo: un segundo honorable, un segundo dispuesto, un segundo sacrificado y trabajador por la causa de tu Señor.

Padre, oro por mi iglesia. Tú conoces todo lo que les has dado, Señor. Padre, veo a mis hermanos a un lado y al otro y los veo, Señor, que ellos en este tiempo les va bien. Podría decir de modo general, Señor, que aun delante de los hombres son ricos. Todos tienen algo, Señor, de lo cual pueden desprenderse. Permite que su nivel de generosidad sea tan alto, Señor, como el nivel de desprendimiento de aquel que entregó su único Hijo para salvarles. Padre, danos el gozo de que un día nos encontremos delante de tu presencia y que podamos ver, Señor, que entre nosotros muchos están siendo justamente reconocidos y recompensados.

Gracias por la salvación de nuestras almas, Señor, y gracias también por estas recompensas adicionales que nos darás a cada uno según tu justicia, según tu bondad. Permite, Señor, que haya resoluciones renovadas de sacrificio, resoluciones renovadas, Señor, de desprendimiento, resoluciones renovadas, Señor, de involucramiento. Permítenos trabajar, Señor, por las recompensas que son eternas.

Mantén tus ojos cerrados ahí, hermano querido. Hoy he estado predicando especialmente para la iglesia, pero si hay alguna persona aquí que no tiene su salvación, estarás perdiendo tu vida y estarás perdiendo cualquier expectativa de recompensa. Si hay alguien aquí que todavía no tiene la seguridad de su salvación, el Señor la otorga gratuitamente. El Señor la otorga completamente. El Señor la otorga inmediatamente. Es gratuito, es inmediato, es completo. Es la salvación de tu alma.

No aspiras a ninguna recompensa si no tienes esto. Dice la Escritura:

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

— 1 Juan 1:9

Esto sucede en un momento. No hay que esperar. Es un asunto concreto, inmediato. Puedes decirle ahí al Señor, con tus palabras: “Señor, perdona mis pecados. He estado viviendo la vanidad de mi mente, he estado viviendo alejado de ti, Señor. Acéptame como tu hijo. Reconozco mis transgresiones, reconozco mis faltas. Perdona mis pecados. Inscribe mi nombre en el libro de la vida. Ay, Señor, dame esta confianza de que mi vida en ti está segura”.

Si has orado al Señor, dedica ahora tu vida, rinde tu vida para vivir para su gloria. Y no solamente tendrás salvación; al mismo tiempo tendrás más reconocimiento y también recompensa.

Bendice, Señor, esta congregación aquí reunida. Bendice tu pueblo, Señor, con hermanos que asuman la obra con entereza, con expectativas, Señor. Padre, quita nuestros ojos de las recompensas terrenales y ponlos en la gloria y en las recompensas eternas. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesús.

Nuestro ministerio de alabanza nos despide con canción.

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