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Las prioridades del Discipulo

Mateo 10:34-39

Jesús reordena las prioridades del corazón del discípulo: por encima de la familia, de la autocomplacencia y de la búsqueda de la vida según el mundo, Cristo debe ocupar el primer lugar.

Predicado28 de abril de 2019
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Que el Señor les bendiga, hermanos queridos y amigos. Es un gusto compartir la Escritura; acompáñenme y estemos juntos en el Evangelio de Mateo, capítulo 10. Demos continuidad a esta extensa exposición de Mateo 10, que comenzamos hace ya algunas cuantas semanas y que, con la ayuda del Señor, nos tomará quizás un sermón más; habremos completado ya Mateo capítulo 10. Póngase un momento sobre sus pies y leamos Mateo 10 desde el versículo 34 y hasta el versículo 39. Son “las prioridades del discípulo”.

No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.

— Mateo 10:34-39

Puede sentarse, hermanos amados. En este capítulo 10 de El Evangelio de Mateo, después de dar instrucciones a sus discípulos sobre cómo emprender la tarea de la evangelización, la obra del ministerio —esto lo vimos hace unas cuantas semanas, son los versículos que van del 1 al 15—, después de advertirle a los discípulos acerca de las persecuciones venideras —un texto que estuvimos viendo hace dos semanas, los versículos 16 al 25— y después de enseñarle a sus discípulos cómo testificar sin temor —esto es lo último que vimos de este texto, del 26 al 33—, ahora el Maestro pone la atención en algo mucho más inmediato, en algo mucho más frecuente y en algo mucho más accionable para todos ellos.

Ya no es tanto acerca de las persecuciones venideras, algo que probablemente lo experimentarían pronto o tarde. Ahora es acerca de las prioridades de su corazón. No se trata tanto de cosas que están fuera de nosotros, sino de asuntos que están internos. Solamente recapitulo mostrándole que una de las cosas que está persiguiendo el Maestro a través de esta exposición es que sus discípulos no se distraigan de forma tal que le sean muy útiles en la tarea de la evangelización. Siendo así, un discípulo de Cristo no puede tener su lealtad dividida: su Señor debe ocupar el primer lugar y cualquier otra lealtad será desplazada.

Antes, el peligro estaba fuera, con la persecución. Ahora el peligro está dentro. Se presentan tres cosas para que sean recolocadas. Primero, el Maestro enseña sobre las relaciones familiares, de modo tal que podamos recolocar nuestras relaciones familiares. Después, el Maestro muestra la satisfacción natural de nuestros deseos y la autocomplacencia para que sea recolocada la autocomplacencia. Y también el Maestro muestra la búsqueda de vida en los términos del mundo, para que esa búsqueda de lo que el mundo le llama “vida” también sea recolocada en un orden de prioridad. En todas estas cosas, Cristo debe estar primero y cualquier otra cosa en un orden secundario o terciario.

Hoy veremos las prioridades de un discípulo de Cristo. Quisiera que cuando exponga este texto sea el Espíritu Santo trayendo a nosotros luz, porque es muy fácil conformarse. Usted le pregunta a cualquier creyente: “¿Amas a tu Señor?”, y se explayará en expresiones acerca de su amor al Señor. Ahora usted ve cómo se expresa en maneras prácticas el amor de ese creyente a su Señor, y encontrará que muchas otras cosas son mucho más y mucho mejor atendidas que su propio Señor.

Cristo y las expectativas familiares: paz o espada

No he venido hoy a hablar de asuntos de palabra; he venido a hablar acerca de acciones. En cuanto a nuestras acciones, nuestro compromiso debería ser revisado. Comienza el Señor hablando acerca de las relaciones familiares; desde el versículo 34 comienza diciendo: “No penséis…”. Es evidente que ya sus discípulos pensaban algo acerca de las relaciones familiares. Es evidente que los discípulos de Cristo ya tenían alguna expectativa de lo que Cristo le haría a la familia. Es esperable que, al igual que pasa con nosotros, ellos no tuvieran todo su conocimiento de la instrucción y revelación del Maestro, sino que algunas cosas ellos ya las tuvieran aprendidas.

Ahora el Señor les dice: “No penséis…”, o sea, ustedes pueden estar siendo llevados a pensar en algo; no piensen que será así. Es evidente: las expectativas de los discípulos no eran las expectativas correctas. Es esperable que ellos, siendo judíos, tuvieran las expectativas que tiene un judío acerca de la familia. ¿Cuáles eran las expectativas que tenía un judío acerca de la familia? Se parece mucho a las expectativas que tiene la familia latinoamericana. De hecho, los latinos en este sentido nos parecemos mucho a los judíos. La diferencia es que en el judaísmo era un patriarcado y entre nosotros es un matriarcado; entre ellos, el padre era muy celebrado; entre nosotros, la madre es muy celebrada, pero somos relaciones familiares muy parecidas.

Por ejemplo, los judíos veían la familia de los hijos como una extensión de su propia familia, y si el patriarca tenía unas convicciones, es esperable que toda la familia descendiente suya tuviera las mismas convicciones. ¿Cómo veían los judíos la familia? Los padres tenían una gran influencia sobre todos sus hijos, incluidos los hijos adultos. Fíjense que aquí dice el Señor que pondrá disensión entre el hombre contra su padre; no el niño, sino el hombre. ¿Cómo era una familia judía al respecto de las expectativas familiares? Dejar la religión de la familia es una afrenta casi imborrable. Y si una persona claudicaba de la religión familiar, esta persona era separada y se perdía gran parte de la vinculación que tenía anteriormente con sus parientes.

De hecho, cuando un hijo tenía unas convicciones diferentes, hacer que las condiciones de la familia se afectara toda su dinámica, porque la dinámica familiar giraba alrededor de la religión. Ahora el Señor, en este contexto de fuerte vinculación familiar, les dice: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada”. Las expectativas de nuestro tiempo son muy parecidas a las expectativas de ellos. Todavía usted le pregunta a una persona qué lugar ocupa su familia y le dirá: “La familia es sagrada”. De hecho, en un trabajo, por ejemplo, si una persona se disculpa por un compromiso familiar, eso es un asunto casi irrebatible. Alguien dice: “Yo no puedo trabajar esa jornada porque tengo un compromiso familiar”, y eso es más fuerte aún que un compromiso de salud.

Nadie quisiera rebatir un compromiso familiar. Nadie quisiera atentar contra lo sagrado de la familia. Si una persona habla de su familia, hablará de su familia como su posesión más valiosa, como su tesoro más deseado, como la cosa más importante que tiene. De hecho, aun entre los creyentes, usted le pregunta a un creyente y él le dirá: “Dios primero”, pero en sus acciones será distinto. Estas expectativas también parecen muy contradictorias, porque hemos dicho siempre que el Señor es el príncipe de paz, y ahora él dice que no ha venido a traer paz sino espada.

Es evidente que él quiere crear un efecto: quiere tomar algo que nosotros amamos mucho, como nuestra familia natural, y bien intencionalmente menciona una espada. Yo no quisiera que “espada” se mencionara en asuntos de relaciones familiares, pero el Señor lo menciona intencionalmente. Es evidente que él quería venir a generar un efecto en el corazón de ellos. Él está diciendo: ustedes aman a su familia, ustedes aman a sus padres, aman sus madres, ustedes aman a sus hijos; es necesario que me amen a mí primero, después a cada uno de ellos. Estas cosas, hermanos queridos, es sencillo dejarlas como están: las personas vienen a Cristo y tienen expectativas que son irreales.

Cristo está diciendo: “No penséis que he venido para traer paz”. De hecho, el mensaje que casi todo el mundo recibe es: “Cuando tú vengas a Cristo, los problemas en tu familia se van a resolver”. A veces es lo contrario. A veces, a causa de que has venido a Cristo, tendrás en tu familia los problemas multiplicados, porque tendrás los problemas de antes y ahora los problemas que surgirán a causa de tus nuevas convicciones. De hecho, decirle a una persona: “Ven a Cristo y tus problemas familiares desaparecerán”, primero no es bíblico y después tampoco es correcto, porque frecuentemente lo que Cristo hace es traer disensión en las familias. Sin embargo, todavía la gente tiene expectativas idealistas acerca de lo que Cristo le hará a su familia.

Disensión necesaria y fidelidad a Cristo sobre la familia

En esto hay una aparente contradicción: Cristo se presenta como un agente trastornador y ellos estaban esperando que el Mesías iba a inaugurar un reino de paz que iba a reconciliar a los hijos con los padres. Quiero llamar a la iglesia a que sea muy cuidadosa cuando invita a una persona a que venga a Cristo. Venir a Cristo no es una tarea fácil; venir a Cristo no es un asunto simple. Venir a Cristo frecuentemente significa que tu vida, durante una larga temporada, estará llena de dificultades. Cristo no presentó la evangelización como una tarea sencilla. Él lo anunció temprano en su agenda, y está diciendo: “En mi agenda esto será difícil; en mi agenda he venido a traer disensión”, y esas cosas son esperables.

Esta expresión debe ser entendida en su contexto. El Señor no está hablando necesariamente de que habrá una espada literal; está creando un efecto: es la contraposición entre paz y espada, es conflicto y resolución del conflicto. El Señor está diciendo que su presencia en una familia no necesariamente genera las expectativas que ellos estaban esperando. Aquí pongo una nota, hermano: recuerdo que hace tres semanas hablábamos de que vendrían persecuciones de nuestra propia familia. Por ejemplo, en el versículo 21 del mismo capítulo dice: “El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo, y los hijos se levantarán contra los padres y los harán morir”.

Ahora el Señor no está hablando acerca de persecuciones familiares; el Señor está hablando ahora de fidelidades, está hablando de prioridades, está hablando del orden de tu corazón. El texto aquí no es acerca de que tu familia te perseguirá. El texto es que en un momento tendrás que elegir entre mantener la prioridad familiar o mantener la prioridad a tu Maestro. El problema ahora no está fuera; el problema ahora está adentro. Es un llamado a los discípulos a no aferrarse a sus relaciones cuando sus convicciones les separen. Este conflicto es más peligroso que la persecución, pues cuando somos perseguidos tenemos una razón para refugiarnos en Cristo; la tentación aquí será alejarnos de Cristo para estar aferrados a la familia.

De hecho, un creyente que es perseguido en su casa tiene una razón y él dice: “Bueno, yo quería estar con ustedes, pero ya que me persiguen, tengo que separarme”. Sin embargo, frecuentemente el problema no está en que tu familia te persigue, sino en que tu familia te ama, y el escollo que atiende para servir al Señor no es tanto que en tu casa te estén tirando piedras, sino que en tu casa te están lanzando flores. El Señor está diciendo: ¿cuál es el orden de prioridad? ¿Amarás más a tus familiares o amarás más a tu Dios? Primero tu Dios y después los familiares.

Esta disensión que se menciona aquí, hermanos queridos, es una realidad todavía. Menciono que no es algo para salir a buscarlo; no son cosas para provocar ni para deleitarse, sino para entenderlas y esperarlas. Aquí no te están diciendo: “Comienza a generar conflictos en tu casa, saca la espada”; no es lo que está diciendo. Lo que sí está diciendo es: a causa de que me trajiste a tu vida, muy probablemente a tu vida llegarán las tribulaciones; a causa de que me has traído a tu familia, es probable que en tu familia haya disensiones. No es un llamado aquí para provocarlo; es un llamado para entenderlo, para estar preparados, es un llamado para estar listo a renunciar.

Estas disensiones se manifiestan en diferentes maneras, pero cuando una persona se convierte a Cristo, si es un hombre, frecuentemente llega a tener una perspectiva más alta de lo que es ser un hombre a la luz de la palabra del Señor, y eso en su casa genera diferencias. Cuando una mujer viene a los caminos del Señor, su vida comienza a asumir el rol de una mujer cristiana, de una mujer que glorifica al Señor, primero en su matrimonio y después a su marido, le atiende, y ese cambio de roles genera dificultades. Es común cuando otros familiares sienten que nos están perdiendo, y de hecho nos están perdiendo.

Yo tengo cierto temor, porque a veces las familias más unidas, creyentes y no creyentes, son la familia que más se convierte en un estorbo para el avance de Cristo. Entre ellos se quieren tanto, tienen tantas tradiciones y tienen tantas vinculaciones que servir a Cristo se vuelve imposible. Advierto a mis hermanos que vienen de familias que son muy nucleadas, muy unidas, que tienen tradiciones muy fuertes, que cuando usted venga a Cristo, usted eventualmente tendrá que elegir entre ser fiel a las tradiciones familiares o ser fiel al Señor que usted ha llamado.

Preguntas para examinar el lugar de Dios frente a la familia

Es normal que estas cosas sucedan: cuando usted viene a Cristo, cambia su dinámica; cuando usted viene a Cristo, cambian sus preferencias; cuando usted viene a Cristo, cambian sus convicciones. Y anteriormente, la misma familia donde usted era amado lo ve como una persona ajena a ella y toma el cambio de sus prioridades como una traición. Recuerdo, hermanos queridos, que estas no son cosas para provocar ni para deleitarse; son cosas para entender y son cosas para esperar. Nosotros no deberíamos tomar la iniciativa de crear conflictos; deberíamos servir al Señor y poner al Señor en nuestro más alto nivel de prioridad, y eventualmente estas cosas podrían suceder.

Aquí el énfasis no está en el amor de ellos hacia nosotros, sino en el amor de nosotros hacia ellos y también en el amor hacia Dios. No te está hablando de si tu familia te va a amar; te está hablando de que tú probablemente ames más a tu familia que a tu Dios. ¿Cómo podemos resolver este asunto? Alguien me dice: “Yo tengo hijos, tengo… ¿qué hago con mis hijos? La Escritura me dice que debo amar a mis hijos”. Sí: primero al Señor y después los hijos. Alguien me dice: “¿Y mi madre? La Escritura dice que yo debo amar a mi madre”. Sí: primero al Señor y después a tu madre. Es un asunto de prioridad.

De hecho, no se trata de amar menos a tu familia; se trata de amar más a tu Dios. Una persona dirá: “Yo quiero hacer la voluntad del Señor; en este sentido, ¿qué hago? ¿Amo menos a mis hijos?”. No: ama mucho más a tu Dios, de forma tal que, indudablemente, el nivel de prioridad esté primero Dios y después los hijos. Alguien me dirá: “¿Y qué hago con mi cónyuge? ¿Debería yo rechazar a mi cónyuge, acusar mi fe?”. No; deberías amar aún más a tu Dios que lo que amas a tu cónyuge. Cuando ames aún más a tu Dios que a él, estarán mucho mejor establecidos el orden de prioridad.

En estas cosas a veces, hermanos, se vuelve un poco subjetivo y es fácil conformarse diciendo: “Ya lo tengo, ya lo soy”. Quiero darle algunas preguntas: un buen indicador del lugar que Dios tiene en tu vida son tus familiares. De hecho, yo estoy convencido, hermano, de que uno de los propósitos que tiene la familia natural es servir de barómetro, servir de indicador acerca de cómo está nuestro afecto hacia Dios. Dado que tú tienes gente que amas, dado que tú tienes familia, dado que tienes hijos, dado que tienes padres, podrías muy fácilmente medir cómo está tu devoción hacia el Señor.

¿Tienes hijos? Te preguntaré: ¿cuántas veces al día piensas en ellos, hablas de ellos? Es virtualmente imposible que una persona tenga niños, sobre todo niños pequeños, y sus relacionados no sepan que tiene hijos. De hecho, a veces lo saben hasta demasiado. Es natural que si tienes hijos, tus niños emerjan en tus conversaciones. Eso también me genera siempre una impresión muy negativa cuando conozco a una persona y parece que esta persona no tiene vínculos familiares. Si conoces a alguien, inmediatamente quieres saber: ¿tiene padre? Cuando tiene padre dices: “Sí, tiene papá, tiene mamá”. Tiene hermanos: “Sí, tiene hermanos”. ¿Tiene hijos, esposo, esposa?

Si tú conoces a una persona que pareciera que no tiene ninguna vinculación familiar, genera hasta una impresión negativa. Es natural que nuestras relaciones emerjan. Ahora te pregunto: ¿tienes hijos? Si tienes hijos, es muy probable que todos tus relacionados sepan que los tienes; hablas de ellos, piensas en ellos. Ahora te pregunto: ¿qué tanto piensas tu Dios, qué tanto ocupa de tu espacio mental tu Dios, qué tanto ocupa de tu espacio de conversación tu Dios?

El barómetro de las redes, los hijos y el lugar de Dios

Estaba en días pasados analizando que es muy probable que si una persona tiene niños pequeños y una red social, usted puede rehacer la vida de esos niños los primeros cinco años solamente tomando en cuenta las fotografías. Usted puede ir a buscar cuándo cumplió años, puede buscar cuáles son sus juguetes, puede buscar cuáles son sus preferencias. Usted encontrará lo que comen, usted encontrará lo que hacen, si ya camina o no camina, si ya verbaliza, vocaliza, si no vocaliza todavía, si aprendió a leer o aprendió a escribir, si ya se graduó, si tiene habilidades manuales, si tiene inclinación a las artes o inclinación a los números. De todas esas cosas usted puede saber de un niño sin hablar con su padre. ¿Saben por qué? Porque el padre ya lo compartió.

Ahora, ¿cómo va a ser que hablemos tanto de nuestros hijos, que tanto nos satisfagan ellos, que hablemos tanto de ellos, y nuestro Dios quede en un lugar donde las personas realmente se sorprendan y nos pregunten: “¿Acaso tú tienes hijos?”. No: lo que la gente te pregunta es: “¿Y tú eres cristiano?”. Primero Dios, hermanos queridos, y después los hijos. “El que ama a padre o a madre más que a mí no es digno de mí; y el que ama a hijo o hija más que a mí no es digno de mí”.

Estuve mirando en esta semana: debutó en Grandes Ligas el hijo de Vladimir Guerrero, Vladimir Guerrero Jr. Yo dejé de ver béisbol en el año 93, la Serie Mundial que ganó Toronto con Roberto Alomar. Desde entonces no había vuelto a ver béisbol. Sin embargo, hermano, un dominicano, hijo de otro dominicano, que los dos jugaron para el mismo equipo, eso es un asunto que hay que ver el juego; vi el juego de béisbol. La cámara enseñaba más las reacciones del papá que las mismas reacciones del hijo. Se hicieron hasta documentales donde presentaban fotos de ellos, los dos uniformados; el niño, siendo niño, con un bate, el mismo uniforme de los Expos de Montreal; el papá también con el uniforme y el bate, los dos con la misma actitud, y ahora el hijo está jugando en Grandes Ligas y el padre estaba en un palco especial. Y cada vez que el hijo hace una jugada lo enseñaban, y uno podía mirar en su rostro la emoción.

Hermanos, nuestros hijos nos emocionan, nuestros hijos producen en nosotros un profundo deleite. Y otra pregunta: ¿dónde está tu Dios? ¿Qué es lo que inspira tus planes, aviva tus sueños y conduce tus acciones? Bueno, frecuentemente la gente le dirá: “Hay dos cosas que mueven: mueven los hijos y mueven los padres”. Hay personas que, en gran medida, el “driver” de su vida es complacer a su papá, es satisfacer a su mamá. Cada vez que logran algo importante quieren llevárselo: “Papi, mira lo que hice; mamá, mira lo que hice”. Hay padres que quieren profundamente mostrar sus logros a sus hijos.

Ahora dice la Escritura que si amas a tu padre o a tu madre más que a él, no eres digno de él. El asunto, hermano, no es lo que decimos, sino dónde van tus pensamientos, dónde van tus sueños. Una de las cosas que más aviva a las personas —estaba mirando historias de dominicanos que viven en el exterior—: son personas que dejan su país y se van a trabajar a factorías, a pegar botones, a hacer labores muy manuales y arduas en un país que no es el suyo, con un idioma que no es el suyo y un clima que de seguro tampoco es el suyo. Y usted le pregunta: “Fulano, ¿cómo es que tú puedes soportar este frío? ¿Cómo es que tú puedes soportar estas condiciones? ¿Cómo es que tú puedes soportar este país que no es el tuyo durante tanto tiempo?”. Y él dirá: “Yo estoy trabajando para comprarle su casa a mi mamá; yo estoy trabajando por el futuro de mis hijos”.

El amor familiar frente al ágape debido a Dios

Son cosas que impulsan la pasión de cada quien. Hermano, si tú quieres saber en qué lugar están tus vinculaciones familiares y en qué lugar está tu Dios, pregúntate dónde está tu deleite, dónde está tu pensamiento, qué es lo que impulsa tus sueños. Qué grandes sacrificios hacen los padres para estar con sus hijos, y qué fácil es conformarnos en nuestra relación con el Señor. Son casos heroicos donde uno encuentra una persona que dice: “Yo tuve que dejar ese trabajo para poder estar con mi familia”, pero yo no conozco a nadie —no es frecuente— que haya dejado trabajos para poder dedicarse más al servicio del Señor; son casos excepcionales.

Yo no conozco a nadie que le dice: “Mira, vas a atender este trabajo y vas a mejorar en un 30% tus ingresos, pero vas a tener que dejar de ver a tus hijos y los verás una vez al mes”. Casi nadie aceptaría ese trabajo. Pero frecuentemente te ofrecen una oferta laboral donde tienes que sacrificar tu tiempo para el Señor, y es muy fácil decir: “Claro que sí, porque el Señor está en todas partes”. Hermano, con qué facilidad le damos prioridad a los asuntos familiares y qué fácil es desvincularnos cuando son los compromisos del Señor. Casi me estoy moviendo al otro orden de prioridad, hermano, pero me llama la atención que cuando el Señor menciona la palabra “amor” no utiliza el término esperable.

En griego hay tres términos con que se describe el amor. El más frecuente cuando se habla de amor familiar es “filia”, o sea, un amor de vinculación. Y frecuentemente cuando se habla del amor a Dios —hablando del amor de Dios por nosotros, el amor con el cual espera ser correspondido— se habla de “ágape”. Y quizás la expresión más alta acerca de afecto es esa: ágape. Es un término muy reservado en el Nuevo Testamento, y casi siempre cuando se utiliza, se utiliza para describir la relación con Dios: “De tal manera amó Dios al mundo…”. El ágape de Dios, el amor sacrificado, el amor comprometido.

Es interesante que cuando el Señor menciona aquí la vinculación de familiares, cuando dice “el que ama padre o madre más que a mí”, él no pone ahí “el que ‘filia’ a su padre”, que es el amor de la familia, sino “el que ‘ágape’ a su padre, el que ‘ágape’ a su hijo”. El Señor aquí no está provocando; él está diciendo: “Yo veo que ustedes cuidan de sus hijos”. De hecho, aquí no se infiere; la Escritura asume que ya nosotros amamos a nuestra familia, y le amamos tanto que utiliza el término que utiliza para describir el amor de Dios hacia nosotros.

Primer orden de prioridad, hermano: primero Cristo y después los hijos; primero Cristo y después los padres; primero Cristo y después cualquier relación familiar. Y usted puede observar esto porque usted tiene una familia: pregúntese de manera objetiva a cuál de los dos está yendo su corazón. Segundo orden de prioridad pone el Señor en el versículo 38: el primero que tenemos que revisar es el orden que tiene nuestra familia; hablemos ahora acerca no del amor hacia nuestros familiares, sino del amor hacia nosotros mismos, la autocomplacencia.

Tomar la cruz y negarse a sí mismo: contra la autocomplacencia

Dice así el versículo 38: “Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí”. Qué distinto es el llamado del Señor al llamado que hacen los creyentes frecuentemente para que otros vengan a Cristo: “Ven al Señor, que esto es sencillo”. Él dice: venir a mí es tomar tu cruz. A diferencia de las persecuciones que nos llegan, a diferencia de las tribulaciones distintas, a diferencia de las disensiones que ocurren, este asunto de tomar la cruz es algo que nosotros deberíamos hacer voluntariamente y podemos tomar la iniciativa.

Estuve desaconsejando desde hace dos semanas acerca de que un creyente no debería granjearse persecuciones; uno no debería anhelar ser perseguido. Ahora, si somos perseguidos, confiemos en el Señor. Del mismo modo, nosotros no deberíamos desear tener tribulaciones familiares, pero si en algún momento tenemos que elegir entre Cristo o la familia natural, primero Cristo. Sin embargo, en este aspecto, usted sí debería elegir personalmente: usted debería elegir cargar su cruz y seguirle. Es algo que usted sí puede hacer. Aquí no es algo a esperar; no te están diciendo: “Bueno, quizás en algún momento tengas que cargar una cruz”. No; lo que sí te está diciendo es: deberías disponerte a cargar una cruz.

Aquí hago una advertencia, y es que mis hermanos que están experimentando grandes aflicciones en diferentes áreas de su vida pueden llegar a creer, pueden llegar a pensar, pueden llegar a asumir y concluir que ya están, de hecho, cargando una cruz. Ellos dicen: “Bueno, mi dolor y mi tribulación, ya eso es la cruz que estoy cargando”. No. No está hablando aquí de tribulación; no está hablando aquí de esas aflicciones. Cargar una cruz es un asunto que tú decides hacer. Las tribulaciones vienen a ti, las persecuciones vienen a ti, pero cuando tú cargas una cruz… A Cristo no lo pusieron en una cruz contra su voluntad; él se puso en una cruz.

Para entender lo que es cargar la cruz de Cristo ustedes deben entender que Cristo, la cruz, él no fue “dado” a la cruz; él mismo se entregó. Él dijo: “A mí nadie me quita mi vida; yo mismo la pongo en rescate por muchos”. Cargar la cruz de Cristo es hacer cosas voluntariamente, no por imposición, que demuestran que le amamos más a él que a nosotros mismos. De hecho, en muchos aspectos tú no puedes ser obligado a negar tu ego; tú tienes que elegir cargar la cruz de Cristo. Por eso dice aquí que “el que no toma su cruz”… No dice “el que recibe la cruz”; no es el que se deja poner en una cruz, sino “el que no toma la cruz”.

Hay asuntos que un creyente hace voluntariamente para honrar a su Señor. De hecho, hermano, hay una gran cantidad de cosas intencionales y voluntarias y hasta legítimas a las cuales un discípulo de Cristo se abstiene por amor a su Señor. Frecuentemente los hermanos piensan que un creyente solamente debe abstenerse de aquellas cosas que son pecaminosas. Hay cantidad de cosas que a ti te son legítimas, no son pecaminosas, pero de todos modos, por un orden de prioridad en tu corazón, tú te abstienes, porque tú primero eres siervo del Señor y después cualquier cosa.

Negarse a sí mismo en un mundo de autoestima y autopromoción

Hay asuntos en los cuales tú vas a elegir no participar, no necesariamente porque sean pecaminosos, sino porque son elementos que te distraen de tu trabajo principal. ¿Cuál es el trabajo principal? La misión que el Señor nos ha encomendado. De hecho, deberíamos entender tomar la cruz de Cristo en el contexto de la misión cristiana. Él está diciendo: “Yo estoy por enviarles a ustedes, estoy por enviarles a repartir, a hacer la labor de la evangelización”. Hacer la labor de evangelización es algo para lo cual ustedes deberían sacrificarse en otras áreas para poder hacerlo. Un hermano que no cargue la cruz de Cristo es un hermano que no es útil para la tarea que Cristo le ha encomendado.

Es interesante que Lucas le añade a la expresión “cargar la cruz” dos elementos. Él decía: “Si alguno quiere ser mi discípulo…” Lucas pone: “Niéguese a sí mismo”, después pone: “Tome su cruz”, y le añade: “Tome su cruz cada día, y sígame”. O sea que Lucas añade el elemento de que cargar la cruz de Cristo es negarse a uno mismo. ¿Cómo vive la persona antes de venir a Cristo? Tú vives en autoafirmación. De hecho, la filosofía popular, la psicología popular positiva, lo que nos dice el estándar del mundo en este tiempo es: debemos amarnos a nosotros mismos.

De hecho, una persona realizada en este tiempo es una persona que tiene la valentía y la interesa para decir: “Yo me amo”. Hace 30 años, que una persona dijera “yo me amo” estaba casi de psicólogo. De hecho, que alguien tuviera la entereza de decir públicamente: “Yo soy una persona que me amo a mí mismo”, dirían: “No, esa persona está entregada a su vanidad, está entregada a su autocomplacencia; es un psicópata casi mental”. Al día de hoy, una persona que dice “yo me amo” recibe los aplausos; le dicen: “Tú eres el estándar de lo que el mundo espera en este momento”.

Lo que la Escritura dice no es que nos amemos a nosotros mismos, sino que nos neguemos a nosotros mismos, tomemos nuestra cruz cada día y sigamos a Cristo. Es distinto. ¿Cuál es el estándar del mundo al respecto de estas cosas? El estándar del mundo es amarnos a nosotros mismos, afirmarnos a nosotros mismos, promovernos nosotros mismos. No ha habido otra generación tan abierta a la autopromoción como esta. Cosas que anteriormente eran vergonzosas —como que la gente hable de sí misma permanentemente—, al día de hoy quien no habla de sí mismo pareciera que está relegado y que no tiene autoestima.

Hermano, la autoestima desde la perspectiva del Señor no se trata de amarnos a nosotros mismos; se trata de tener la identidad correcta y de amar a los demás. De hecho, las personas dicen: “No, que esa persona tiene baja autoestima”. Es casi imposible; es muy poco probable que una persona llegue a tener “baja autoestima”, porque el amor propio no se lo permite. Lo que la gente le llama “baja autoestima” frecuentemente es un deseo muy alto de ser amado, de ser celebrado, de ser promovido, y al no recibir estas cosas, entonces las personas se deprimen. Dicen: “Guau, se deprimió porque tiene baja autoestima”. No; no se deprimió porque tiene baja autoestima; tiene autoestima personal tan alta y tiene tanta necesidad de reconocimiento público que, al no tenerlo, está deprimido.

El ego, la lucha interior y la negación diaria

Lo que tiene es un deseo muy fuerte de ser atendido. La gente dice: “A mí no me importa lo que la gente diga de mí”. Si no te importara, no me lo dijeras. “No me importa lo que los hombres piensan”; te importa tanto que tú quieres que yo lo sepa. De hecho, si una persona realmente estuviera entregada a esto, fuera un cristiano negando su ego. Si alguien llegara a tener este nivel de autoabandono, este nivel de negación, este nivel de anonimato, al cual está llamado un cristiano, yo le diría: el Espíritu Santo está trabajando en él; de hecho, sería mi hermano.

Lo que tiene la mayoría de las personas no es auto negación, sino autopromoción, el amarse a sí mismo. Hay hermanos míos que dicen: “Bueno, pero dice la Escritura que debes amar al prójimo como a ti mismo; o sea, que para yo poderte amar a ti, yo debería amarme a mí primero”. No. La Escritura no te dice que te ames a ti. La Escritura asume que ya tú te estás amando a un punto tal que te pone como ejemplo. Lo que la Escritura asume es que ya tú te estás amando a ti mismo a un punto tal que te puede decir: “Ama al que tienes al lado como tú te estás amando ya a ti mismo”. La Escritura no infiere que tú tienes falta de amor propio; la Escritura dice que tú tienes un amor propio tan grande que deberías negarte a ti mismo, tomar la cruz de Cristo y seguirle.

Si en el primer aspecto el Señor está recolocando la prioridad con relación al amor que le damos a nuestra familia, ahora el Señor está recolocando la prioridad con relación al amor que nos damos a nosotros mismos. Le escribí a un amigo no creyente en días pasados y le puse: “¿Y tú, cómo estás? Hace tiempo no sé de ti”. Y me respondió: “Aquí estoy, andando de viaje; me estoy mimando”. O sea, sus vacaciones. Él dice: “Me estoy dando tiempo de calidad”. No: no le estoy dando tiempo de calidad a alguien, no estoy amando a alguien, no me estoy entregando; no. “Yo me estoy dando tiempo de calidad, tiempo para mí mismo”. Ese es el estándar del mundo.

¿Cuál es el estándar del Señor? “El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí”. Hermano, para vencer esta autocomplacencia tenemos que hacer que el Señor, y no nosotros mismos, sea el centro de nuestro amor, sea lo que más nos nutre, lo que más nos satisfaga. ¿Qué es lo que enseña la Escritura? Que deberíamos amar a Cristo más que a nosotros mismos y deberíamos amar a nuestros hermanos del mismo modo que nos amamos a nosotros. Ese es el orden correcto de prioridad para que la autocomplacencia en nuestro corazón se destruya.

Hermano, yo no conozco a nadie que logre esto por sus propios medios. De hecho, usted sabe que están los cambios del Señor porque usted lucha con el ego, usted lucha con el yo. Hay una lucha natural de nosotros por ser celebrados; todo ser humano quiere eso, y tú dices: “No, yo no”. De hecho, si un hermano mío me dice que no quiere eso, me preocupa, porque si él entiende que ya no quiere eso, o ya él tiene un cuerpo glorificado, una nueva naturaleza, o probablemente se esté engañando a sí mismo.

Perder la vida según el mundo para hallarla en Cristo

Hermano, no hay un ser humano nacido de mujer que no esté buscando el aplauso de alguien. No hay un ser humano nacido de mujer que no esté buscando tener una vida cómoda. No hay un ser humano nacido de mujer que no esté centrado en su autocomplacencia, en su gratificación. No hay un ser humano nacido de mujer que no mida año tras año y que no tenga expectativa. Alguien te dice: “Yo no espero nada de la vida, yo no espero nada, yo no tengo…” No; no es verdad.

De hecho, debería reconocer qué estás esperando para que, en el nombre del Señor y en el poder del Espíritu Santo, puedas tener una victoria contra ti mismo. Este enemigo que está dentro de nosotros es el ego, es el yo, y es uno de los asuntos más necesarios para crecer espiritualmente. Cuando usted está viendo la familia del Señor, usted tiene el ego, el yo, en 120, y cuando usted viene a Cristo se niega a sí mismo y se humilla. Eso es lo que es humillarse. Las personas dicen: “¿Qué es humillarse según los términos bíblicos?”. ¿Es cargarse uno mismo de vergüenza, es decir que no servimos?” No; no es eso. Es tomar control de este ser interior de nosotros que hace que buscar su propia complacencia, su gratificación, sea el sentido de la vida. La Escritura dice: niégate a ti mismo y sigue a Cristo.

¿Cómo vamos a ser útiles en la misión que el Señor nos ha encomendado? Seremos útiles cuando coloquemos nuestra familia en el lugar correcto y seremos útiles cuando coloquemos el ego y la autocomplacencia en el lugar correcto. Para hacerlo, hermano, Cristo debe ser amado, y debemos dejarnos ser amados por él. Hacer de Cristo, de su persona, la causa de nuestro sacrificio es muy difícil. Autosacrificarse cuando uno no se está sacrificando por nadie es imposible; una mamá se autosacrifica porque está esperando que en algún momento su hijo va a reconocer que tuvo una mamá.

Un cristiano se sacrifica porque sabe que su Señor le está mirando: “Señor, yo lo hago para ti, lo hago en tu nombre, lo hago en tu ayuda y lo hago para tu gloria”. Hacer que complacer a Cristo sea el propósito de nuestras acciones, así como el propósito de las acciones de Cristo era complacer al Padre. El Padre, en algún momento, dijo: “He aquí mi Hijo amado en quien tengo complacencia”. Hermano, que el Señor se sienta complacido con nosotros, ese debería ser el propósito de nuestras vidas, es algo que hace que el ego, que el yo, sea dominado.

Entender que él nos está viendo, hermano. Estos asuntos son los dos componentes de un discípulo. Primero lo leo de nuevo, el 38: “Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí”. Uno es tomar una cruz —algo que es difícil, algo que no es humanamente gratificante, pero que es muy necesario— y otro es seguir a Cristo. Si usted hace una de esas dos cosas, no está siendo un discípulo completo. Hay hermanos que dicen: “Yo soy discípulo de Cristo porque lo estoy siguiendo”. Hermano, si no está el elemento autosacrificial, no hay discipulado.

El costo del discipulado y la verdadera vida en Cristo

Y usted dice: “Guau, yo estoy muy sacrificado, pero no lo estoy siguiendo”. Hermano, si no hay un seguimiento constante al Maestro, tampoco hay un discípulo. El discípulo reúne las dos condiciones: un discípulo tiene una capacidad de sacrificio, y al mismo tiempo tiene un constante seguimiento a Jesús. Alguien me dice: “Pastor, yo quiero saber si yo estoy avanzando o no en el discipulado cristiano”. Pregúntese: ¿se me está haciendo difícil, o no se me está haciendo difícil? ¿Estoy luchando contra mí mismo, estoy luchando contra los vínculos familiares? “No, en esas cosas ninguna de las dos estoy luchando”. Muy probablemente no has colocado todavía al Señor en el lugar donde estaba anteriormente el ego.

Cuando el Señor esté reinando en tu vida, cuando el Señor esté atendiendo ese lugar, van a comenzar esas dos cosas que te van a anunciar que definitivamente estás avanzando. Primer asunto para ordenar la prioridad: la familia. Hermano, no será sencillo, pero con la ayuda del Señor se logra. Segundo asunto: el ego, el yo, morirnos todos los días a nosotros mismos, no sentir satisfacción en nosotros mismos, renunciar. Miren, estas renuncias que un creyente debería hacer, hermano: una renuncia a la autopromoción, una renuncia al reconocimiento de los hombres, un compromiso en que quien sea celebrado sea Cristo.

Si acaso en nosotros hay algo que va a ser aplaudido, que sea para la gloria suya y no para la nuestra. Esto es parte de negarnos a nosotros mismos. Lo último que el Señor reordenó en las prioridades, después de las prioridades de nuestro corazón hacia la familia y hacia nosotros mismos, ahora es Cristo y nuestras expectativas de vida. Es el versículo 39, el último versículo de esta parte. Dice él: “El que halla su vida la perderá, y el que pierde su vida por causa de mí la hallará”.

¿Qué asunto llama nuestra atención, qué asunto ocupa nuestra resistencia? La búsqueda de “vida”: “Me estoy buscando la vida”, “buscarse una vida”. ¿A qué estamos dedicados los hombres en esta tierra? A buscarnos la vida. El Señor da a entender que algunos supuestamente la encontraron; dice aquí: “El que halla su vida…”, o sea, el Señor supone que algunos supuestamente encontraron la vida. Y de hecho, no hay ningún ser humano que no sienta que está logrando algo en esta tierra.

Una de las connotaciones que tiene la vida en perdición es la falta de entendimiento. La gente que vive sin Dios realmente entiende que está teniendo una vida relevante, que está teniendo una vida de significado. Dice el libro de Efesios, en el capítulo 4, del 17 en adelante: “Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente”. La gente entiende que fuera de Cristo está teniendo la gran vida; la Escritura la llama que están viviendo en la vanidad de su mente.

De hecho, tú hablas con una persona y le dices: “Entrega tu vida a Cristo para que ganes tu vida”, y la persona dice: “Ya yo tengo una gran vida”. Sí, tienes una gran vida —desde tu perspectiva— porque estás viviendo en la vanidad de tu mente. Dice el mismo texto: “Que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente; teniendo el entendimiento entenebrecido…”. Sí, tú entiendes que te estás dando la gran vida en este momento, que has ganado la gran cosa y que tienes la vida más relevante sobre esta tierra, porque tienes el entendimiento entenebrecido.

Vanidad, ignorancia y dureza: lo que el mundo llama “gran vida”

Una de las primeras cosas que sucede cuando venimos a Cristo es que nos damos cuenta que hemos perdido una gran cantidad de tiempo buscando donde no había y haciendo una vida que no tiene ningún valor, comparada con la vida que el Señor nos quiere dar. Dice aquí: “Ajenos a la vida de Dios, por la ignorancia que en ellos hay…”. La gente dice: “Ya yo tengo una gran vida”; las personas, antes de venir a Cristo, miden y dicen: “Guau, pero es que si yo viniera a Cristo, yo tendría que renunciar a esta gran vida que tengo para recibir aquello que él me está dando; y esto es muy grande y aquello es muy pequeño”. La Escritura enseña que si acaso tú piensas que tienes una gran vida es porque has vivido ajeno a la vida de Dios, por la ignorancia.

Y después termina diciendo: “…por la dureza de su corazón”. Ciertamente, la mayoría de los hombres dice que ya ha encontrado una vida, que ya tiene una vida, que tiene una realización, que dice: “Yo no puedo ahora entregar mi vida a Cristo, yo no puedo convertirme a él, porque tendría que hacer una gran renuncia”. Yo te pregunto: ¿renunciar a qué? Sí, renunciar a la iniquidad, como dice Romanos 3; renunciar a la vanidad de tu mente, como dice Efesios 4; renunciar a tener un entendimiento entenebrecido; renunciar a estar ajeno a la vida de Dios. Esa es la renuncia que una persona hace cuando viene a Cristo.

Lo que había anteriormente no era vida, era ilusión; lo que anteriormente había no era vida, era vanidad. Si tú encuentras que encontraste una vida en esta tierra, la perdiste. Eso es lo que enseña el Señor. Y si por su causa pierdes tu vida, desde la perspectiva humana, entonces la ganaste. Lo que el Señor está enseñando aquí es un orden de prioridad. Él dice: ya no es la vida que tú entiendes que te tienes que buscar; ahora es la vida que yo te puedo dar, es la vida que está en mí.

Yo le pregunto y le respondo, hermano: ¿cómo son los caminos a través de los cuales las personas tratan de encontrar lo que llaman vida? Son los mismos caminos que ya mostró el Señor desde el versículo 34 al 37 y en el 38. La mayoría de las personas entienden que tienen una gran vida porque tienen relaciones significativas y porque pueden vivir en autocomplacencia. Ellos dicen: “Yo creo que tengo una gran vida porque tengo una familia bonita, y al mismo tiempo puedo hacer mi viaje, puedo comprar mi carro, puedo comprar mi casa. Como ya yo tengo mi casa y tengo mi familia y tengo al mismo tiempo unos cuantos bienes de los cuales yo puedo vivir, yo creo que tengo una gran vida”.

Eso es la gran vida desde la perspectiva de los hombres: ¿qué es tener una gran vida en los términos del mundo? Una existencia de deleites. De hecho, hermano, a veces hasta escucho creyentes hablar de “la vida que se da” esa gente, como si fuera un asunto relevante. Y dicen: “Guau, fulano sí se está dando una vida, míralo cómo vive”. Hermano, lo que enseña la Escritura es que ese no se está dando una gran vida, sino que está perdiendo su vida.

La “gran vida” fotografiable versus la vida abundante en Cristo

De hecho, una de las cosas que no debemos aprender del discipulado cristiano es celebrar las cosas incorrectas. Nosotros no podemos celebrar la vanidad, la tentación, la vida disoluta, la vida donde está lleno de placeres terrenales, como si esa fuera la gran vida, porque dice la Escritura que esa no es la manera de obtener la vida, sino de perderla. Yo comparto tu naturaleza, hermano. A veces uno ve noticias, cada cierto tiempo las revistas de negocios publican el “top” de las fortunas del mundo. En días pasados, cuando se quemó la Catedral de Notre Dame, alguien me llamó y me dijo: “¿Tú viste los millones que se recaudaron por esa Catedral?”. Y la persona estaba calculando: “Con eso yo podría hacer esto, aquello, aquello…”, y me mencionó un barrio completo; me dijo: “Mira, con eso yo compraría todo ese barrio”.

Y yo me preocupé, porque digo: “Fulano, pero si somos creyentes, nosotros estamos teniendo deleite en las mismas cosas que ellos están entendiendo deleite, proyectando ‘la gran vida’ como si fuera el acceso a tener medios materiales”. ¿A qué el mundo le llama tener una gran vida? Tener una gran vida es la abundancia de deleites, la abundancia de bienes, son supuestas seguridades. Cuando una persona dice: “Ya; cuando yo llego en mi vida al punto en que estoy en la etapa de seguridades, ya eso significa, humanamente hablando, que triunfé”. Si alguien dice de su vida: “Mira, ya yo no solamente vivo para el diario, sino que tengo unos cuantos meses de previsión por delante; tengo activos que pueden ya sustentarme la vida; el estilo de vida que tengo ahora mismo yo podría dejar de trabajar y no afecto mi nivel de vida”; esa persona recibe los aplausos: “Lo lograste”.

Ahora métele alguna seguridad más, como un seguro internacional. Yo sé, hermano, es que yo sé que tú no tienes un seguro internacional, porque tú todavía no te estás dando “la gran vida”, según los términos del mundo. ¿En qué momento la gente comienza a pensar en esa seguridad? Y que no estoy pensando en un seguro de vida; usted primero resuelve las cosas más básicas, y después llega a tener ya un pasaporte con visas a determinado lugar, o países donde te quieren dar la residencia solamente por patrimonio que tú tengas. ¿Sabes que hay gente que le dan eso? Hay personas que tienen tantos bienes, que no es que ellos solicitan un país, sino que un país les dice: “Si tú pones tu residencia con nosotros, tendrás una escala tributaria todavía mejor”.

Eso es una escala de gran vida, según los términos del mundo, una vida muy fotografiable. Yo se lo menciono: en días pasados, hermano, la marca GoPro está en quiebra a nivel mundial porque se dieron cuenta que la gente compraba la cámara porque iba a tener una vida muy dinámica, y después compraba la cámara de esas cámaras de acción. Los anuncios te decían que cuando tú tengas una cámara de esas, te vas a estar tirando en parapente, en paracaídas, rodando en motocicleta; y la persona compraba la cámara GoPro y lo que salían era a matar una silla. Y decían: “Oye, pero es que yo puedo comprar la cámara, pero no puedo comprar la vida; la GoPro debería darme la vida”. Y la persona se desanimaba a comprar el producto y no lo renovaba; la promesa no se cumplía.

La vida espiritual y trascendente que solo da Jesús

Eso es lo que es “gran vida”: una vida muy fotografiable, una vida muy “instagrammeable”. La gran variedad es que tu comida sea tan buena como se ve en la foto. ¿Qué es la gran vida, según los términos del mundo? Es eso: una vida que todo el mundo quiere tener lo que tú tienes, y al acceso a eso hay para muy pocas personas. Dice el Señor que el que halla su vida en esos términos la está perdiendo. Oye, hermano, si yo lograra hoy, por lo menos en la mente, que lo que está mirando la foto no sea lo que tú debes desear, que las expectativas de vida del mundo no son la vida que el Señor te quiere dar, yo creo que ya hemos logrado algo. El camino al discipulado está en entender que hay otras prioridades, que otras cosas son más valiosas que esas.

Ese reconocimiento de los hombres, esa vibrante vida social… Una persona dice: “Guau, tú tienes una gran vida porque tú tienes una vibrante vida social; guau, fulano, yo veo tu calendario: está poblado de actividades, y dondequiera te están requiriendo”. Eso es lo que es tener una gran vida. Interesante, hermano, es que aparentemente nosotros, en este momento, estamos perdiendo nuestra vida, y es lo que el mundo nos dice: “Fulano, tú estás perdiendo tus oportunidades, tú estás perdiendo tu juventud, tú estás perdiendo la oportunidad de disfrutar ahora mismo”. Hermano, lo que la Escritura enseña es que cuando tú sientes que la estás perdiendo, es cuando tú la estás ganando.

Y que si realmente entiendes que has ganado “la gran vida” en este momento, ya la perdiste. “Vida” en el Nuevo Testamento, hermano querido, no se refiere solamente a vida física. Cuando la Escritura dice aquí “el que halla su vida”, no está hablando solamente de nuestra existencia temporal. Cuando la Escritura habla de vida, es un término muy rico: incluye la vida natural —tener vida, estar vivo—; la Escritura también incluye la vida integral, o sea, tú no solamente eres cuerpo, tú también eres alma, también tienes una parte inmaterial que tiene que ser nutrida y despertada.

La Escritura no solamente enseña que tú tienes una gran vida porque estás muy saludable físicamente; tienes una gran vida porque todos tus instintos están despertados, porque todas tus facultades que estaban muertas ahora son despertadas. Vida en la Escritura no es solamente vida física, también es vida espiritual. Y también la Escritura, cuando habla de vida, tiene una connotación de significado, una connotación de trascendencia. Alguien que dice “Guau, eso es vida”, no es “vida” solamente porque está físicamente vivo; no solamente es vida porque está espiritualmente vivo; es vida porque es una vida que vale la pena, es algo como quien dice: “Eso vale la pena, eso tiene significado, eso es trascendente”.

La vida eterna ahora, no solo en el cielo

Y ese conjunto de vida —que no solamente es vida natural, sino que es vida espiritual y, al mismo tiempo, trascendencia— solamente puede ser encontrado en Jesús. ¿Qué es vida en los términos de Dios? Es tener comunión con él. Dice, asimismo, Juan 17:3: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti…”. Una persona que no tiene comunión con Dios, por muchas relaciones vibrantes que tenga en su vida en este momento, le hace falta la relación más importante. Alguien te dirá: “Guau, yo tengo la gran vida, porque mucha gente a mí me conoce, yo conozco a mucha gente”. Yo le digo: “Te has perdido la gran vida, porque la persona que debió haberte conocido todavía no te conoce”.

Alguien te dirá: “Yo me estoy dando la gran vida, porque yo tengo un nivel de acceso a placeres temporales que pocos hombres lo tienen sobre esta tierra”. Yo te digo: “Qué lamentable que puedas aproximarte a esa fuente de deleite y placer y solamente puedas aproximarte con tu cuerpo, porque la parte inmaterial de ti todavía continúa muerta en tus delitos y pecados”. ¿Qué es vida desde la perspectiva del Señor? No solamente poder, con nuestras papilas gustativas, con los ojos o con los oídos, experimentar determinados asuntos a través de los sentidos; vida del Señor es tener nuestro hombre espiritual despertado y presto, en vez de cautivo, tenerlo libertado. Y esas cosas solamente se consiguen en el Señor.

Alguien te dirá: “Yo me estoy dando la gran vida”, y tú puedes decirle: “Y continúas muerto en tus delitos y pecados”. Por eso dijo el Señor que “¿de qué le vale a un hombre ganar el mundo y perder su alma?”. Vida desde la expectativa del Señor no era solamente como lo ven algunos hermanos míos, que dicen: “Bueno, en algún momento estaremos en el cielo, y cuando estemos en el cielo se va a demostrar que nosotros, en el cielo, nos vamos a dar la gran vida”. No es así, hermano; de hecho, podemos decir con convicción ahora mismo que la vida que tenemos en Cristo hoy, ahora mismo, en este momento, es infinitamente superior a cualquier tipo de vida que hubiéramos nosotros tenido antes.

La vida de un creyente no es algo que está reservado solamente para lo que vamos a experimentar en el cielo; en este momento yo estoy más vivo que nunca. En Cristo tengo más vida que nunca. Si tú vas a experimentar 300 veces más placer a través del 10% de tu ser, no tienes más vida que una persona que está experimentando, quizás humanamente hablando, la mitad de lo que experimentas tú, pero está viviendo con una naturaleza regenerada, con unos ojos despertados, con unos instintos que están siendo nutridos desde el cielo.

Conclusión: prioridades del discípulo y oración por la iglesia

Un creyente que tiene vida no solamente es un creyente que tiene vida eterna —y los hermanos hablan a veces de la vida que tenemos en Cristo como que es que después de la muerte nos vamos a levantar—; hermano, esa es una perspectiva muy pobre. Cuando los creyentes hablamos de vida, lo que estamos diciendo es que nosotros tenemos vida. “El que halla su vida la perderá, y el que pierde su vida por causa de mí la hallará”. Nosotros decimos que en Cristo nosotros hemos hallado vida, porque antes estábamos físicamente vivos, y ahora estamos física y espiritualmente vivos. Decimos que en Cristo estamos más vivos que nunca, y tenemos un nivel de vida más alto que la vida que jamás pudimos experimentar, porque antes teníamos un deleite temporal, que eran los deleites del pecado, y ahora, en Cristo, tenemos un deleite que es un deleite permanente y que se va incrementando a través del tiempo.

Y decimos que estamos más vivos que nunca porque el enemigo principal que hace que el deleite, la satisfacción de vida entre los hombres sea muy limitado —que es la muerte—, decimos que para nosotros ya no tiene ningún sentido. Nosotros, en Cristo, estamos más vivos que nunca, porque en él tenemos comunión, en él tenemos deleite y en él tenemos esperanza. Hermanos, alguien me dirá: “Sí, pastor, yo lo sé”. Yo le diré: “Hermano, no lo dé por hecho. Asuma como que estas cosas usted todavía no las sabía, y luche por ellas todos los días”. Cada vez que usted sienta que su vida se está desperdiciando, recuérdese que en Cristo hay una vida, y que esta vida ha sido añadida, que es una vida incomparable con cualquier nivel de vida que los hombres le digan que en este mundo se puede llegar a tener.

El orden de prioridad de nuestras vidas es ese: primero Cristo y después la familia; primero Cristo y después nuestra satisfacción; y primero Cristo y después la búsqueda de vida según los términos del mundo. Oro por la iglesia para que, luego de haber expuesto estas cosas, sea el Señor ordenándonos y colocando en nosotros su orden de prioridad. Mantén tus ojos ahí cerrados, hermano, y permíteme orar en este mismo orden.

Padre, mira la iglesia congregada. Mírame a mí, mira a mis hermanos, Señor; mira esta lucha por fidelidad que hay en nuestro corazón: están nuestros hijos, están nuestros padres, y estás tú. Ay, Señor, permite que en nuestra vida sea muy evidente, Señor, que tú tienes el primer lugar. Reordena, Señor, las prioridades de las madres aquí congregadas; reordena, Señor, las prioridades de los hijos aquí congregados; reordena las prioridades, Señor, de las esposas, de los esposos aquí congregados. Permite, Señor, que todos nuestros relacionados vean que hay alguien que está por encima de todos ellos, que está muy lejos y que ninguno de ellos podrá jamás alcanzarlo. Toma tú, Señor, el primer lugar en las relaciones de nuestro corazón.

Mantén tus ojos ahí cerrados, hermano, y permíteme orar por esta lucha interna por autocomplacernos que estamos experimentando nosotros. Padre, mira esta tendencia de nuestro hombre natural de amarnos a nosotros mismos, afirmarnos a nosotros mismos y promovernos a nosotros mismos. Rompe con el ego, Señor, rompe con el yo y colócate tú en el centro; entrónate en nuestros corazones, Señor. Permite que el orden sea revertido, Señor: primero tú y después nosotros. Padre, mira nuestros pensamientos, cómo van hacia nosotros mismos, hacia nuestra satisfacción todos los días. Permite que nuestros pensamientos ahora se eleven, Señor, que salgan de nosotros.

Padre, mira a mis hermanos que en este momento están siendo atados a esta autocomplacencia y a buscar en ellos mismos su satisfacción. Permite, Señor, que nuestra satisfacción más grande esté en ti, no en nosotros; que nuestro tesoro más grande, Señor, esté en ti y no en nosotros mismos; que perdamos nuestra vida, Señor, para encontrarla en ti.

Ay, Padre, yo lucho como luchan mis hermanos acerca de buscarnos una vida en esta tierra. Enséñanos, Señor, recuérdanos que ya la tenemos, para definir las tentaciones de buscarnos nuestra vida por un ascenso, de buscarnos nuestra vida por una promoción, de buscarnos nuestra vida por un bien material, de buscarnos nuestra vida, Señor, en una realización en esta tierra, en que nuestro nombre sea recordado, en que nuestro nombre sea relevado, en que nuestros prestigios sean conocidos, en que nuestras capacidades, Señor, sean celebradas. Permite, Señor, que si buscamos algo en esta tierra lo busquemos para tu gloria, no para la nuestra, porque ya todo lo que podíamos hallar lo encontramos en ti.

Padre, muévenos en cuanto al discipulado: tú primero, Señor, y después cualquier cosa. Mantén tus ojos cerrados ahí. Si hay alguien aquí —los creyentes luchamos con esto, pero ya Cristo venció por nosotros—, si hay alguien que todavía no tiene la seguridad de que Cristo es suyo, de que su posesión más valiosa está en otra parte, de que ha ganado la vida eterna, yo lo invito a que ponga hoy en el Señor su confianza. Dice la Escritura que si confesamos nuestros pecados, el Señor es fiel y justo. Dice la Escritura: “El que halla su vida la perderá, y el que pierde su vida por causa de mí la hallará”. ¿Querrá el Señor que haya alguien aquí que hoy esté por perder su vida para ganar su vida?

Si has estado aquí escuchando que hay una vida que se pierde y una que se gana, renuncia en oración al Señor a la vida anterior para que ganes la vida eterna, la vida permanente, la vida completa que él nos está ofreciendo. Dile al Señor ahí: “Padre, he estado buscando mi vida en otras partes y la he perdido. Dame, Señor, esa escala de vida que puedes dar; dame, Señor, ese estándar de vida que se ha mencionado; dame, Señor, esa seguridad de vida que aquí se ha mencionado. Permíteme conocerte a ti, Señor, porque esta es la vida eterna: que te conozcan a ti y a Jesucristo, a quien has enviado”.

Gracias, Padre, por este momento en tu presencia; gracias por este momento en tu Palabra. Ayúdanos tú, Señor, con estos retos diarios. En el nombre de Jesucristo. Amén. Dios nos ayuda a todos, hermanos queridos; nos despedimos con alabanzas al Señor.

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