Nos disponemos ahora a escuchar el consejo de la Palabra de Dios. Les invito a que busquen en sus Biblias. Algunos de ustedes tienen el programa con el bosquejo, BT1, el programa de Tagora; hay algunos disponibles que se les podría hacer llegar. Levanten sus manitas los que les falta alguno y Tagora se lo hace llegar. Allá, a Néstor le falta uno. En el centro del programa está la enseñanza de hoy con la cita bíblica y cada una de sus partes, para que no solamente puedan recibirla hoy, sino que puedan también meditar en ella durante la semana.
Los invito a que me acompañen en el libro de Nehemías, en el capítulo 8. Estaremos hablando de “Cómo recibir con provecho la Palabra de Dios”. Libro de Nehemías, capítulo 8, y desde el versículo 1. Espere un momentito para que puedan buscarlo. Capítulo 8 del libro de Nehemías, leeremos desde el versículo 1. “Cómo recibir con provecho la Palabra de Dios”. Doy un momentito para que lo busquen y, al mismo tiempo, busquen una persona que no tenga una Biblia para que compartan con ellos el consejo de la Palabra de Dios. “Cómo recibir con provecho la Palabra de Dios”. Primero vamos a leer muchos versículos y después entonces vamos a volver versículo por versículo y veremos preciosas verdades que contiene cada uno de ellos.
Leemos desde el versículo 1 y hasta el versículo 12, capítulo 8 del libro de Nehemías. Dice así la Palabra del Señor:
Venido el mes séptimo, los hijos de Israel estaban en sus ciudades. Y se juntó todo el pueblo como un solo hombre en la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, y dijeron a Esdras el escriba que trajese el libro de la ley de Moisés, la cual Jehová había dado a Israel. Y el sacerdote Esdras trajo la ley delante de la congregación, así de hombres como de mujeres y de todos los que podían entender, el primer día del mes séptimo. Y leyó en el libro delante de la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de hombres y mujeres y de todos los que podían entender; y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley. Y el escriba Esdras estaba sobre un púlpito de madera que habían hecho para ello, y junto a él estaban Matatías, Sema, Anías, Urías, Hilcías y Maasías, a su mano derecha; y a su mano izquierda, Pedaías, Misael, Malquías, Hasum, Hasbadana, Zacarías y Mesulam. Abrió, pues, Esdras el libro a ojos de todo el pueblo, porque estaba más alto que todo el pueblo; y cuando lo abrió, todo el pueblo estuvo atento. Bendijo entonces Esdras a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo respondió: ¡Amén! ¡Amén!, alzando sus manos; y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra. Y los levitas Jesúa, Bani, Serebías, Jamín, Acub, Sabetai, Hodías, Maasías, Kelita, Azarías, Jozabad, Hanán y Pelaías, hacían entender al pueblo la ley; y el pueblo estaba atento en su lugar. Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura. Y Nehemías el gobernador, y el sacerdote Esdras escriba, y los levitas que hacían entender al pueblo, dijeron a todo el pueblo: Día santo es a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis, ni lloréis. Porque todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la ley. Luego les dijo: Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado; porque día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza. Los levitas, pues, hacían callar a todo el pueblo, diciendo: Callad, porque es día santo, y no os entristezcáis. Y todo el pueblo se fue a comer y a beber, y a obsequiar porciones, y a gozar de grande alegría; porque habían entendido las palabras que les habían enseñado.
— Nehemías 8:1-12
Y vemos aquí un acontecimiento extraordinario: cómo la lectura de las palabras de la ley de Dios produjo un gran avivamiento en medio del pueblo. Fue un acontecimiento extraordinario tanto por cómo se hizo, como por sus efectos. Quiero leerles esto a nivel de introducción, dice así: cuando se habla de avivamiento, algunas personas piensan en manifestaciones sobrenaturales, pero quizás lo más importante de los grandes avivamientos de la historia ha sido un renovado interés por la Palabra de Dios, por su estudio, por su entendimiento y por su aplicación en la vida de una comunidad.
Cada domingo, millones de personas entran en contacto con la Palabra de Dios, pero no todos reaccionan del mismo modo. En la historia de Nehemías podemos aprender cómo recibir la Palabra de Dios de forma tal que tengamos en ello buen provecho. Yo hice un cálculo: ¿cuántos domingos le quedan a este año? Haciendo ese cálculo, hermanos, a este año le quedan aproximadamente 51 domingos. Esto significa que muchos de ustedes estarán entrando en contacto directo por más de 50 domingos con la Palabra del Señor, y no una vez, sino que muchos de ustedes, algunos, dos veces.
Frecuencia de exposición y poco impacto visible
Agreguemos a esto que, entre semana, pueden participar en un estudio bíblico, que pueden escuchar quizás a algún predicador en otra parte, pueden escuchar a Luis Palau, a John Piper, a otros; quizás la mayoría de ustedes entrarán en contacto directo más de 200 veces con la Palabra del Señor en este año. Hice los cálculos del año pasado, hermanos: más de 150 ocasiones fueron las veces que en Pez Mundial se abrió la Palabra del Señor y se explicó claramente, también de ley del entendimiento.
Sin embargo, me preocupa, porque veo que el impacto de la Palabra de Dios en la vida de la gente como que no es tan significativo. Hay personas que leen libros; algunos son dados a la lectura, les gusta leer unos libros, otros leen por obligación, pero no todo el mundo que lee tiene el mismo nivel de comprensión. No todo el mundo pone sus ojos en un libro con el mismo aprovechamiento. Es la misma palabra, el mismo libro, para dos personas: para una el libro está totalmente seco y para otra el libro está totalmente lleno de significados.
Lo mismo pasa con la enseñanza. Las mismas dos personas vienen a la casa del Señor y escuchan al Señor; una de ellas se va a su casa alegre, gozosa, porque ha entendido, se ha alegrado, y otro se va con indiferencia. En el mismo grupo de personas podría suceder que, en el mismo grupo, uno se duerma y el otro celebre. En esta lectura de la ley de Dios ante el pueblo del Señor podemos aprender algunos principios que nos ayuden no solamente a recibir mensajes, sino a recibir mensajes y hacer algo con ellos, a recibir mensajes y tener en eso un mayor aprovechamiento.
Yo tengo preocupación por eso, porque uno de los mejores libros que he leído en mi vida, ¿saben cómo se llamaba? “Cómo leer un libro”. Era un libro de texto en el que el autor enseñaba cómo leer los libros. Imagínese qué paradoja: es un libro de cómo leer un libro. Lo mismo utilizan algunos psicólogos escolares que enseñan cómo tomar el examen. Yo no sé si les ha pasado: para tomar un examen de resultados te ponen una hoja, regularmente 8 ½ por 11, a veces 8 ½ por 14, se llenan. Si es selección múltiple se ponen bolitas así completas, se ponen palabras. Hay una literatura, incluso escolar, que decía que saber examinarse es casi el 30% de la puntuación que podría tener el alumno.
Entonces me pregunto: ¿por qué razón no enseñamos a la gente, no solamente a escuchar los sermones, sino cómo aprovechar esos sermones? ¿Por qué razón no enseñamos a la gente, no solamente a decir “Palabra de Dios”, sino también a disponer el corazón para recibirla?
Expectativa y anhelo por la Palabra
Vamos a tratar de diseñar hoy, tomando en cuenta que hay muchos mensajes de Dios que recibirás en el año, cómo tener mayor aprovechamiento cuando entramos en contacto con la Palabra del Señor. Leímos todo el pasaje; veamos ahora punto por punto. El versículo 1 dice que fue todo el pueblo el que dijo a Esdras, el escriba, que trajese el libro de la ley. Bueno, a nivel expositivo, como primer punto, quiero decirte que debe existir un anhelo por recibirla.
Te pregunto: ¿con qué expectativa te manifiestas tú cuando se está por abrir el libro de la ley de Dios? ¿Lo tomas como una labor rutinaria, como un asunto que se hace vez tras vez, o acaso se te abren los ojos, se te brillan y dices: “Caramba, van a leer el libro de la ley de Dios”? La mitad del provecho, la mitad del aprovechamiento de la Palabra del Señor depende no tanto de quién fue que predicó, no tanto del tema, sino de la actitud que tenía la persona cuando estaba entrando en contacto con la Palabra del Señor.
Expectativa. Tengo que hacer énfasis porque Pez Mundial está compuesto por dos grupos de personas: algunos que conocieron al Señor hace muchos años y otros que están comenzando ahora a entrar en contacto con la Palabra del Señor. De esos dos grupos, el grupo más beneficiado es el de los nuevos creyentes. ¿Tú sabes por qué? Porque aquellos que tienen años de caminar con el Señor y que ven abrirse el libro domingo tras domingo y otra vez y ya conocen esa historia, ya conocen ese versículo, muchas veces han perdido algo que se llama expectativa.
El nuevo creyente todavía tiene expectativa. Todavía cree que Dios puede hablarle. Todavía cree que Dios puede consolarle. Todavía, hermano, cuando escucha que se va a abrir el libro, se abre el alma de par en par y se predica la Palabra del Señor y dice: “Quiero escucharle”. He contado esta historia muchas veces, pero la digo otra vez. Cuando yo entré a la UASD a estudiar la misma materia, que se llamaba “campo de la ingeniería electromecánica”, y cuando llegué a matricularme en campo de ingeniería electromecánica, el grupo estaba recibiendo esa materia a las 7:00 de la mañana. No sé si en la UASD todavía dan materias a las 7, pero era a las 7:00 de la mañana.
En ese grupo estábamos todos los “pinos”. Los “pinos” son aquellos que están llegando a la universidad; todos se conocían porque tenían una carpeta nueva. Todo el mundo tenía su carpeta, ese era el pino. Te daban los pinos ahí, dando “campo de ingeniería electromecánica”. Llegamos, y ya no era pino este que estaba ahí: no llevaba carpeta nueva, tenía un cuaderno de años, y me dijo: “Mira, yo he dado esta materia ya, y hace un tiempo yo no la pasé, pero yo sé todo lo que van a hablar ya. Él va a llegar, va a decir tal cosa, va a hacer tal chiste, va a poner tal tarea; yo tengo la tarea hecha, mírenla aquí, si quieren cójanla”.
Todos nosotros, pinos al fin, entramos al aula. El profesor llegó, comenzó a dar la clase, a saludar, a decir tal cosa, a comentar. Daba la cátedra, y nosotros, pinos, comenzamos a hacer apuntes.
Bueno, para no hacerlo muy largo, al final del semestre, no sé si pasa todo el tiempo, pero pasamos casi todos. Ahora, yo sé cuál grupo no pasó: el que no pasó fue el mismo estudiante que anteriormente había reprobado, el mismo que se la sabía toda, el mismo que decía que sabía lo que el profesor iba a hacer. Ese se quemó dos veces. El pino pasó; el que antes había sido reprobado, reprobó de nuevo. Hermanos, en la expectativa está la mitad del aprovechamiento.
Qué interesante: el pueblo le dijo a Esdras: “Tráenos el libro de la ley, porque estamos celebrando”. Te pregunto a ti, hermano que estás aquí: ¿con qué expectativa vienes cuando se abre la Palabra del Señor? Tú deberías desear esto como se desea la carne en una fiesta. El pueblo estaba animado y lo que el pueblo pidió decir fue: “Trae la ley y léanla”.
Qué aprovechamiento tiene la persona que manda a buscar al predicador, la persona que manda a buscar la Palabra del Señor. En nosotros debe existir el anhelo de recibirla. Esto tiene que ver con tu expectativa, tiene que ver con tu disposición. ¿Qué disposición, hermano? Que cuando se va a escuchar la Palabra del Señor tú tienes que ir pensando en tu mente: “Ahora me dispongo a aprender la Palabra del Señor”.
Disposición, centralidad y comunidad
Disposición es arreglar las cosas por dentro; es una actitud que se manifiesta cuando se va a leer la Palabra del Señor. Hermanos, dije que ustedes deben tener expectativa: “Yo creo que Dios hoy puede hablarme”. Tú dirás en tu pensamiento, lo haces cuando llegas al templo y dices: “Ahora me dispongo a escuchar la Palabra del Señor”. Disposición es como poner el ánimo en eso; no quedarse ahí esperando a ver qué pasa, sino decir: “Yo vine a recibir esto”.
Esto tiene mucho que ver, hermanos, con la centralidad de la Palabra de Dios. Tengo que hacer énfasis en esto vez tras vez. La parte más importante en un culto cristiano es la predicación de la Palabra del Señor. Y no es porque el que predica sea yo o sea cualquier otro. No se trata del predicador; se trata de la Palabra. No hay una cosa más importante del culto cristiano que la instrucción de la Palabra del Señor, y punto.
Si tú vas al culto un día y no te predican, tú deberías decir: “Hermano, denme algo, ábranme la Biblia, deme aunque sea un texto, yo no me voy así. Yo me bañé, me puse ropa, vine a la casa de Dios, yo tengo que llevarme algo de la Palabra”. Oye, hermano, por tu bien: que se queden las ofrendas, que se queden las alabanzas introductorias, que se queden los cantos congregacionales, pero que te prediquen la Palabra. Hermano, no te atrevas a ir a la casa del Señor sin llevarte el pensamiento de Dios en tu mente. Pide, hermano, que te prediquen la Palabra de Dios. Esta es la centralidad.
Hay congregaciones que han pecado en esto porque han querido “modernizar” el culto, y a veces ya no le llaman sermón, le llaman “reflexión”, y terminan haciendo cualquier cosa menos abrir la Biblia. Y no es que yo no pueda hacer una breve reflexión de vez en cuando; hay ocasiones que ameritan algo breve. Siempre he visto muy imprudentes estas personas que van a una funeraria a intentar un modelo de culto completo, cuando lo que la gente quiere es un abrazo, un consuelo, y les dan un sermón de media hora. No es el momento. Una funeraria es para una breve reflexión, un texto, una esperanza.
Pero, por favor, cuando vengan a la casa de Dios, vengan a escuchar el sermón de la Palabra de Dios. Eso es como si te invitan a una marquesina y en la entrada te dicen: “¿Dónde está la comida? Tráela”. Lo que aprovecha el cuerpo es la comida; lo que aprovecha el alma es la Palabra de Dios. Cómela, mándala a buscar, como hizo ese pueblo. Recalco: fue el pueblo que dijo a Esdras: “Ven y háblanos, búscanos el libro de la ley”. Hay un anhelo en recibirla.
Aparte de esto, en segundo lugar, debemos preferir recibir la Palabra en comunidad. Dice ahí en el versículo 1 que se juntó todo el pueblo como un solo hombre. ¿Sabes qué es un pueblo como un solo hombre, hermano? Es que la gente no está dispersa; todo el mundo está en lo mismo. Juntarse “como un solo hombre” es que la gente está unida, muchas personas oyendo lo mismo, concentrados en lo mismo. Eso es estar “como un solo hombre”: no que uno está por allá hablando, otro en un grupito allá, no; estaba todo el pueblo unido en una sola actitud, y la actitud era recibir con anhelo la Palabra de Dios.
Y no solamente se habían juntado como un solo hombre, había una actitud del corazón: todo el mundo estaba en lo mismo. Dice la Escritura “sintiendo una misma cosa”. Es lo que dice Filipenses: “Sintiendo lo mismo”. Aquí en Nehemías se ve la iglesia, el pueblo de Dios, centrado en eso: se está predicando la Palabra del Señor y hay un anhelo general en la comunidad.
Niños, atención y herramientas que ayudan
No solo eso: había hombres, mujeres y niños, y dice ahí que estaba reunido todo el que podía entender. Padres que están presentes, no se acostumbren a pensar que la predicación es un asunto exclusivo de adultos. Enseñen a sus hijos que deben disponerse a entender la Palabra de Dios. Yo entiendo que cualquier persona que pasó de los 12 años ya tiene la madurez intelectual necesaria para recibir la Palabra del Señor con todo el mundo.
Así como ustedes les enseñan a sus hijos a que cuando van al colegio van, se sientan, atienden la pizarra y toman nota, enseñen a sus hijos a venir a la casa del Señor y, sentados junto con toda la iglesia, escuchar la predicación de su Palabra. Es lamentable porque se ha entendido, erróneamente, que la predicación de la Palabra del Señor es un asunto para adultos. No, hermanos: desde niños, adolescentes, jóvenes, mujeres, hombres, todo el mundo puede recibir el consejo de la Palabra del Señor y entenderlo.
Por muy “profunda” que sea la enseñanza, no debería ser tan complicada como para que no la entienda un niño. Todo el mundo puede entenderla siempre y cuando se disponga en serio. Es lamentable, pero a veces los padres traen sus hijos a la iglesia y no les inculcan esto. Es más, ni ellos mismos lo modelan. Esto es algo que hay que trabajarlo: enséñales que se sienten, que luchen por entender, que pregunten luego. Si no comienzas temprano a inculcarles esto, nunca lo vas a lograr. La Palabra del Señor no es solo para ancianos, no es solo para adultos; es para todo el que pueda entender.
Debemos preferir escuchar la Palabra de Dios en comunidad. Dice la Escritura en el Salmo: “Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía… porque allí envía Jehová bendición y vida eterna”. Donde hay dos o tres reunidos en su nombre, allí está el Señor. Ahora mismo, a esta misma hora del día, debe haber por lo menos cuatro predicadores en el telecable proclamando la Palabra del Señor, pero hay una bendición especial en recibir la Palabra del Señor en comunidad, con tus hermanos, “como un solo hombre”.
Esto, al mismo tiempo, tiene algo muy saludable. Hay personas que no entienden bien algún punto, pero como están en su casa solos, no hay nadie que esté al lado que les pueda sacar rápido de un error y se confunden. Es importante leer la Biblia en comunidad, hermano, porque en la comunidad hay una bendición especial: no solamente porque el Señor obra de manera particular cuando nos reunimos, sino porque hay un componente de salud doctrinal, de corrección mutua. Vamos rápido.
Atención intencional y ejemplo del liderazgo
Vamos al punto 3: debemos recibir la Palabra con atención. Dice el texto que los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley. ¿Te ha pasado, hermano, que estás viendo una buena película, y la película entra en un momento clave, y tú quieres pararte a hacer algo, y no quieres perderte ni un segundo, y estás loco porque no pongan anuncios? Es que uno no quiere perder el hilo de las cosas.
Bueno, la predicación de la Palabra del Señor no es una sucesión de ideas sueltas, aisladas, sin relación. Es una secuencia organizada. Si tú te pierdes una parte, puede que te quedes sin entender el sentido completo. Desde que se comienza a predicar hasta que se termina hay una concatenación de ideas; una va detrás de la otra. Ellos estaban allí, todos, tratando de entender. No había micrófonos, no había amplificadores, pero me los imagino a todos un poco inclinados, atentos, tratando de que ni una palabra se les escapara. Los oídos estaban atentos.
Hay cosas que a veces compiten por nuestra atención. Es normal que, a veces, la iglesia esté reunida y haya un ruido en algún lugar. Un cristiano maduro, en la medida de lo posible y siguiendo la norma de la prudencia, debería aprender a manejar esas distracciones: “Eso fue una silla que se cayó”, “eso fue tal cosa”, y seguir atendiendo. No dejes que estas cosas te roben la atención. La atención es un asunto intencional.
Aunque se caiga algo al lado tuyo, identifícalo mentalmente: “Ah, fue tal cosa”, y sigue tranquilo. Lo mismo con los niños. Es una bendición tener a los pequeños en la iglesia, pero cuando hay un niño pequeño, los adultos tenemos que ser adultos. Entendemos que los vemos correteando a veces, pero no pierdan ustedes la atención. Y enséñenle al niño a atender. A veces el padre, para que el niño no llore, se pone a jugar con el celular o a hacerle cosquillas. El tiempo de hacerle gracias al niño no es el tiempo de atender la Palabra del Señor.
Y qué buen ejemplo tiene un niño cuando está tratando de llamar la atención y ve que todo el mundo está atendiendo la Palabra del Señor. Puedo asegurar que cuando ese niño sea adolescente comenzará también a atender. Un niño caminando o algo que se cayó, y ya ves, hermano, que la gente se desconcentra tanto que casi se para a ver. Mantente atento a la Palabra del Señor.
Tercer punto: debemos recibirla con atención. Todo tu entendimiento concentrado en un solo punto. Hermanos, no se desvíen. Luego de que una persona entra, por ejemplo, a mitad del culto, a veces pasa que llegan tarde y comienzan a saludar a todo el mundo. Para eso estaban los 30 minutos antes, cuando tenemos la Escuela Bíblica. Hay un tiempo entre la escuela y el culto; el culto comienza a las 9 o a las 10, y esos 30 minutos son para que nos demos besos y abrazos. Pero si llegas a la predicación, no interrumpas el culto para saludar. Podemos ayudarnos todos en esto: llega en silencio, busca tu silla, entra a aprender junto con los demás, no te disperses, para que aproveches la Palabra del Señor.
Punto 4: los líderes y hermanos maduros deben servir de ejemplo. Miren que a la mano izquierda de Esdras y a la mano derecha estaban todos los líderes espirituales de la congregación. Todo el liderazgo estaba allí, aprendiendo a atender el consejo de Dios, y cuando se iba predicando, estaban oyendo. Qué feo es ver, aunque no creo que sea nuestro caso, pero lo he visto: iglesias donde los maestros, cuando no están predicando, entonces se distraen, hablan, se paran.
Aquí Esdras estaba leyendo, y ellos estaban guardando una reverencia extraordinaria. Se sientan y no se distraen. Las mismas personas que participan aquí, ya sea en la adoración, en la oración, en diferentes partes, cuando les toca sentarse, a veces se les olvida que también deben atender. Cuando se está predicando la Palabra del Señor, debemos manifestar atención, estemos delante o estemos sentados, y el liderazgo de una iglesia debe ser ejemplo en eso.
Herramientas, formas y reacciones correctas
Punto 5: las herramientas deben ser usadas como medios para facilitar la enseñanza, pero no deben convertirse en un fin en sí mismas. Había una herramienta que se construyó para Esdras para facilitar el proceso. ¿Cuál fue la herramienta? El púlpito. ¿Qué es un púlpito? Es una plataforma donde se sube el que predica y puede ver mejor a las personas, y las personas le ven a él. En la enseñanza hay un contacto visual: tú quieres ver, quieres oír.
Así que se le fabricó una plataforma en la cual él se levantó. Pero la plataforma no era la ley; la ley era la ley. La eficacia de la plataforma era que la ley se escuchara con más claridad. Les digo esto porque, a pesar de que nuestras iglesias también tienen mucha parafernalia, hay personas que van a templos y se quedan fascinados con el edificio, con las esculturas, con los vitrales, con la cruz que sube y baja, con la pantalla gigante.
Yo estuve en un templo en Santa Bárbara, California, y eso estaba bien bonito, hermano: esculturas por aquí, vitrales por allá, bancos tallados, una cruz que salía de la pared. Y hay gente que va a esos templos y se quedan mirando la cruz, mirando la decoración, mirando el diseño. Todo eso debería ser herramienta, pero no el centro. Si usted fue a la casa del Señor y se concentró en el banco o en la iluminación, perdió el tiempo.
Así mismo hay quienes piensan que si no hay “piano”, no hay culto. No, el culto no depende del piano. El piano es un medio de ayuda, pero no es imprescindible. Algunos piensan que si no hay “pulpito” específico, tampoco. Es lo mismo, hermano. Si se deja de tocar la guitarra en la alabanza, pero se canta la verdad de Dios, la canción sigue teniendo valor. Los evangélicos hemos tenido, desde siempre, un instrumento maravilloso: el himnario. El himnario tiene la ventaja de que se canta sin música y se escucha igual, porque lo importante no es la guitarra, lo importante es la letra.
Si pusimos una guitarra fue para que nos ayude a cantar mejor, pero el mensaje sigue siendo el contenido. Y si se va la luz, la letra de la canción queda. La música ayuda, siempre subordinada al mensaje. No está mal que tengamos dos guitarras, una batería, un bajo, un piano. Pero hay gente que cuando escucha todo eso se va con la armonía, con el “solo” del bajo, y se le olvida lo que se está cantando.
Las herramientas deben ser utilizadas como un medio para facilitar la enseñanza, pero no son un fin en sí mismas. Si usted viene a la casa del Señor y se concentró solamente en la melodía y no llegó a la esencia de la canción, perdió el tiempo. Aproveche cada momento del culto cristiano para buscar la sustancia. A veces una canción en tono menor te pone medio triste, pero lo importante no es si el tono es alto o bajo, lo importante es lo que se está diciendo. El objetivo de cada acorde en una canción cristiana es transportar el mensaje de la Palabra de Dios y, si no lo hizo, perdimos el tiempo.
Lo mismo pasa con la enseñanza. Hay personas que se ponen a analizar el estilo del predicador, los chistes de la introducción, la estructura del bosquejo. Lo importante es que se entienda. Micrófonos, bocinas, guitarras, proyectores, todo eso son instrumentos que nos ayudan a entender mejor la Palabra del Señor, pero si todo eso desapareciera, todavía habría iglesia, porque nos bastaría una congregación reunida bajo una mata de mango para leer la Palabra del Señor y aprovecharla.
Punto 6: al recibir la Palabra podemos reaccionar de diferentes formas. Y aquí es donde me emocioné preparando esto. Yo llamé a Carol y le dije: “Mira, depende de cómo reaccionamos a la Palabra de Dios; esto es precioso”. El culto cristiano es un culto racional. Dice la Escritura que es “vuestro culto racional”. Esto es un asunto del entendimiento. Al culto cristiano no se viene solamente con el cuerpo. A un concierto de rock tú puedes ir con el cuerpo. Es una música que se siente, que te retumba. Pero al culto cristiano se viene con el cuerpo y con el entendimiento.
Tristemente, algunos han confundido esto y piensan que lo importante es “sentir”. No está mal que haya tambores, el problema no es el tambor; el problema es que tú no vienes a sentir solamente, vienes a pensar, a razonar. Cuando uno entiende y no reacciona, algo anda mal. En Nehemías, cuando la ley fue leída, el pueblo no se quedó callado; algunos levantaron las manos, otros se humillaron porque entendieron su falta, y otros adoraron la grandeza de la revelación.
A veces yo predico y he estado escuchando también sermones de otros hermanos. Hace poco escuchaba un sermón precioso sobre el significado de cada parte del nacimiento del Señor. Yo estaba emocionado, y el hermano explicaba, y yo quería pararme. Si yo hubiera tenido un coro alrededor, me paraba y decía: “¿Ustedes están entendiendo lo que él está diciendo?”. Uno tiene que reaccionar. Decir “Amén” es bueno, siempre y cuando se diga con sentido.
Hay quienes se han acostumbrado a decir “Amén” sin saber a qué. Otros creen que el que no dice “Amén” está frío. Pero el “Amén” correcto sale cuando se ha entendido. “Amén” significa “así sea”, es una expresión de afirmación: “Estoy de acuerdo con lo que se ha dicho”. El Señor es glorioso, y tú dices: “Amén”. Eso sí tiene sentido.
No participes en ese ejercicio simplón, mecánico, de “Gloria a Dios, Aleluya”, sin entender lo que estás diciendo. Pero cuando recibas la Palabra del Señor y te emociones, y veas algo que te rompe por dentro, exprésalo si es debido. Yo me he disfrutado predicar en la Iglesia Evangélica Dominicana. Una vez estuve predicando sobre Jeremías y Babilonia, y había un hermano, Carmelo, adelante. Cuando yo predicaba, y decía algo de la Palabra de Dios, ese hermano se paraba: “¡Gloria a Dios!”. Y yo seguía predicando, hacía otra afirmación, y él: “¡Gloria a Dios!”. Y lo que le emocionaba no era mi estilo, era la Palabra de Dios.
Es correcto decir “Amén”, es correcto decir “Aleluya” cuando primero has entendido lo que se afirma. Reacciona a la Palabra del Señor.
Preocupación, lágrimas y gozo con entendimiento
Otra reacción válida es la tristeza, la preocupación santa. Me pasó una experiencia: estaba en un programa de televisión y la gente decía “Amén” a cualquier cosa, sin entender. Eso hay que dejarlo. No es correcto decir “Amén” sin saber a qué se le está diciendo. Pero, por favor, cuando tú escuches que se predica la Palabra del Señor, y entiendas, dilo con gusto: “Gloria a Dios”, “Amén”.
Hay gente que va al cine y se mete en la película. Gritan, aplauden, se paran; se identifican con el personaje. Tristemente, en la predicación de cosas contundentes, la gente a veces no reacciona. Se predica, por ejemplo, que “está establecido para los hombres que mueran una sola vez y después de esto el juicio”, y la gente se queda igual. Tú deberías pensar: “¿Acaso moriré yo sin Dios?”. Eso debería producir una profunda preocupación: “¿Yo tengo la seguridad de que voy a morir con Cristo?”.
Pero también, si se predica que el hombre muere una vez y después el juicio, tú deberías preguntar: “¿Acaso mis hijos son salvos? ¿Mi esposa, mis padres, mis hermanos?”. Cuando se predican estas verdades tan determinantes, la gente no debería quedarse como si nada. Eso debe producir en tu corazón o alegría por la salvación, o desesperación por tus seres queridos.
¿Acaso no te preocupa que los tuyos mueran sin Dios? ¿Acaso no te preocupa que terminen separados del Señor? ¿Acaso no te preguntas si tus familiares que han muerto conocieron a Cristo, si los verás en el cielo? No es sano que se te predique eso y tú te quedes como si no se hubiera dicho nada.
Debes razonar o con preocupación o con alegría, pero reacciona. Algunos lo afirman con un “Amén”, con una “Aleluya”; otros lo hacen con lágrimas. ¿Has llorado tú alguna vez, pero no por cualquier cosa, sino por la Palabra del Señor? Hay personas que lloran por cualquier cosa, son muy sensibles, y tú les pones una canción romántica y ya están llorando. No está mal ser sensible, pero aquí estoy hablando de llorar con entendimiento.
¿Ha llegado la Palabra del Señor alguna vez tan hondo que ha producido lágrimas de conciencia, de ver tu indignidad delante de Dios? Eso es precioso: llorar ante el Señor con entendimiento. Humillarse ante Él y llorar si es necesario, llorar por tu pecado, por la grandeza de su gracia, por la realidad del juicio.
Y otros, ¿qué hicieron? Otros adoraron. Dice el texto que todo el pueblo respondió “Amén, amén”, alzando sus manos, y se humillaron, y adoraron a Jehová inclinados a tierra. Algunos quizás se humillaron por la grandeza de la doctrina, por ver la perfección del plan de Dios desde Génesis hasta Apocalipsis, esa curva que pasa por Cristo y llega a la gloria futura, y dijeron: “Wow, Señor, adoro tu nombre”.
No seas indiferente a la Palabra de Dios. Emociónate con ella. Y si hay que llorar, llora con entendimiento. Y si hay que decir “Amén”, dilo con convicción. Gózate en la Palabra del Señor, disfruta estas cosas, adora su nombre.
Punto número 7: debemos esforzarnos tanto por atender como por entender. Dice que los levitas, después que Esdras leyó, iban persona por persona e iban haciéndoles entender. Bueno, si tú vienes a la casa del Señor y tú no entiendes lo que se está predicando, busca ayuda. Eso es bueno. No pienses: “Ah, yo no entendí, pero eso no importa”. No, sí importa.
Cuando yo estaba comenzando, yo estaba fascinado con la Palabra del Señor y no había día que yo no estuviera molestando a mi pastor con una pregunta. “Pastor, ¿qué significa esto? ¿Y qué es ese asunto en el libro de Daniel? ¿Qué es esa estatua con pies de barro mezclados con hierro y cabeza de oro?”. Yo le preguntaba, yo lo esperaba en la escalera para hacerle preguntas.
Recuerdo que iba donde mi mamá, que era una creyente madura, y le preguntaba. No te quedes con la duda. En Hechos vemos a un hombre que iba en su carro leyendo y no entendía. Y el Señor mandó a Felipe, y Felipe se le acercó y le dijo: “¿Entiendes lo que lees?”, y él respondió: “¿Cómo podré, si alguno no me enseñare?”. Y Felipe le puso el sentido. Eso fue lo mismo que hicieron los levitas: después que se leyó la ley, fueron y dijeron: “¿Ustedes entendieron lo que eso significa? ¿Entienden la implicación de esa afirmación?”.
Maestros, claridad y sentido
Hermano, haz preguntas. Que Pez Mundial sea una congregación donde la gente no se queda con las dudas, sino que va y pregunta. Pregúnteme a mí, miren ahí a su maestra Maribel, a su maestro Edwin, a su maestra Carolina, a su maestra Enel, a los maestros de la iglesia. Vayan donde ellos y díganles: “Mira, yo estoy leyendo, pero yo como que no entiendo qué significa eso”. Es importante atender, pero es importante también entender.
La función de los maestros de la Palabra de Dios es predicarla claramente y ponerle sentido, para que el pueblo entienda. Dice el versículo 8: “Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura”. Si tú me preguntas: “¿Quién es un gran predicador, quién es un gran maestro?”, yo te diría que un maestro grande tiene dos características: habla claramente y pone el sentido. Ya.
Algunos dirán: “Ay, pero a mí me gusta más fulano, porque cuando fulano predica yo me río mucho”. Hermano, para reírse hay circos, hay comediantes; aquí venimos es a entender la Palabra del Señor. Un gran maestro es un maestro que abre la Palabra del Señor, la lee claramente y le pone sentido. Mientras más claramente hable y mientras más acertadamente le ponga sentido, mejor predicador es.
Ay, pero es que el otro hace muchos cuentos. Eso no es lo que define a un maestro de la Palabra. Cada maestro tiene su personalidad. Si uno estudia el Nuevo Testamento, entiende que la personalidad de Marcos hizo que su Evangelio sea muy vivaz; es un Evangelio de acción. Lucas es más intelectual. Mateo enfatiza la simbología hebrea, porque escribe para judíos. Pero los cuatro hacen algo en común: leen claramente y con sentido.
Es triste cuando, en algunas congregaciones, el criterio parece ser: “Ese maestro es bueno porque me entretiene”. No, un maestro grande no es el que hace cuentos, ni el que hace chistes. No estamos aquí para entretener. Un maestro grande predica claramente y pone el sentido. Tú quieres saber si escuchaste un gran sermón, pregúntate: “¿Lo entendí claramente? ¿Entendí lo que eso significa para mí?”. Si eso sucedió, te fue bien; vete con gozo.
Los maestros cristianos no estamos para entretener. Hay gente que está aburrida en su casa y viene a la casa del Señor a ver si lo entretenemos. No. El primer calificativo de un maestro no es “me hizo reír”, ni “qué dinámico es”; el mejor maestro usa el modo que haga falta: a veces entretenido, a veces confrontacional. Paradójicamente, a veces el mejor sermón no provoca aplausos, sino piedras. Los profetas de la Biblia predicaron los mejores sermones y, muchas veces, la reacción fue rechazo.
Se ha hecho del púlpito cristiano, en algunos lugares, un escenario de luces, multimedia, efectos. Eso parece más MTV que iglesia. Esto es la casa de Dios. Aquí uno viene con la cabeza a entender. ¿Cómo sé si estoy aprovechando? Hazte la pregunta: “¿Está predicando claramente?”. Porque hay maestros que confunden, que no logran hilar dos ideas racionales. Cuando ya tú vas captando una idea, la cambian y te pierdes.
Un maestro de la Palabra predica claramente, eso es básico. Lo otro: le pone sentido. Te lo explica. Yo, cuando alguien me dice que quiere predicar, le doy una receta sencilla: un predicador es alguien que tiene algunas ideas racionales, sustentadas en la Palabra del Señor, para compartir con la congregación, y con esas ideas hace tres cosas: las presenta, las aplica y las amplifica. Y luego hace una más: se mueve, pasa al siguiente punto.
De modo que, cuando predique, primero dices lo que el texto dice; luego dices lo que eso significa; si puedes ilustrarlo y aplicarlo, hazlo, y luego muévete. No te quedes diez años en un solo punto. Pero siempre de forma clara. No estamos para impresionar.
Poder intrínseco de la Palabra y tristeza transformada en gozo
Me tocó una vez el infortunio de escuchar a un maestro que parecía haber devorado el diccionario de la Real Academia, y sacó las palabras más rebuscadas para enseñar lo mucho que él sabía de lengua española. Yo te preguntaría: ¿la gente entendió? No. Pero sonó profundo. No estamos aquí para impresionar a nadie con nuestro vocabulario, ni para que digan “wow, cuánto sabe”. No estamos aquí para llamar la atención hacia nosotros mismos. Un maestro cristiano no es una celebridad; no está aquí para construir su marca, para hacer su nombre grande. Estamos aquí para predicar el consejo de la Palabra del Señor claramente y con sentido, y ya.
Y si tú dices: “No, a mí no me basta con que me prediquen claramente y con sentido, yo quiero otra cosa”, entonces ve y busca otra cosa. Lo que tú estás buscando no es palabra de Dios, es entretenimiento. Compra una serie de televisión, ponla en tu casa. Te lo digo así, hermano, porque hay gente que quiere estar evaluando a los maestros según cómo se sintieron, y no según si entendieron. El grado de emoción que tú sientes no depende del maestro, depende mucho de ti.
Yo estoy convencido de que no hay grandes oradores tanto como hay grandes auditorios. Hay iglesias más receptivas que otras, más sensibles a la Palabra de Dios. Yo he ido a lugares donde se predica, y todo el mundo sale igual. Y yo salgo tirando brinquito, de gozo por la Palabra del Señor, y los demás salen normal. ¿Qué pasó? Parece que yo tenía hambre y ellos no. Eso fue lo que pasó.
El sazón ayuda mucho, pero cuando hay hambre, el sazón es secundario. Hay quienes dicen: “El pastor hoy no predicó”. No, hermano, es que hoy tú no estabas en disposición de entender el consejo de la Palabra del Señor. Yo he ido a iglesias donde, cuando uno predica, se siente diferente porque la gente tiene hambre, hay expectativa.
Siguiente punto: el impacto de la Palabra de Dios en el pueblo depende de ella misma y no de esfuerzos humanos adicionales. Esta es una máxima de todo maestro cristiano: la Palabra es útil en sí misma. Ella no es un ingrediente para adornar otra cosa. Hay gente que cree que la Palabra de Dios es como el orégano, que sirve para echarle a cualquier comida, para hablar de cualquier tema y al final tirar un versículo. No. La Palabra del Señor no es el orégano, la Palabra del Señor es el plato principal.
Y hay otras cosas que ayudan, pero el plato principal es la Palabra de Dios. Ella es buena en sí misma. Hay gente que, en su casa, sin que nadie le predique, con una Biblia, ha sido alcanzada por Dios, porque la Palabra es poderosa. Casos excepcionales: un preso que no puede ir a la iglesia, y la Palabra le llega escrita. La Palabra de Dios impacta por ella misma. Se ilustra a sí misma, se explica a sí misma. La mejor herramienta que tú tienes para entenderla es una concordancia, porque la Biblia se explica con la Biblia.
Hay quienes piensan que hay que “ponerle algo” a la Palabra para que funcione. No. Suéltala sola, que ella sola hace su obra, si la audiencia es buena. Es como la semilla: hay quien piensa que a la semilla hay que untarle cosas. No. Si el terreno es bueno, la semilla funciona. Si la congregación tiene hambre de Dios, la Biblia funciona. Hay otros que lo que no tienen es hambre de Dios, sino hambre de otra cosa, y por eso no tienen interés.
Miren lo que dice el texto en Nehemías: cuando la Palabra de Dios se recibió correctamente, el estado de ánimo del pueblo atravesó un cambio que iba desde la más profunda tristeza hasta el más profundo gozo. Dice que los líderes dijeron: “No lloren, porque el gozo del Señor es vuestra fuerza”. Termino con esto, hermanos: no es la intención del Señor que nadie escuche un sermón para irse llorando solamente. No. La intención del Señor es que tú escuches el sermón, y que, en medio del llanto inicial por tu pecado, su misericordia te consuele y salgas con gozo.
La intención del Señor no es que tú salgas de aquí amargado, lloroso, como si la lágrima fuera un fin. La intención es que todo el que venga a su casa, aunque llore inicialmente, salga con el corazón lleno de gozo, salga alimentado, fortalecido. Ciertamente, si eres sincero, cuando escuches su Palabra, probablemente tengas una profunda tristeza al verte en el espejo. Pero, al mismo tiempo, verás la mano del Señor que se tiende hacia ti, y saldrás de aquí con una profunda satisfacción por su gracia.
Oración final y aplicación al año nuevo
Mi oración es que en este año ustedes escuchen buenos sermones, pero más que escuchar buenos sermones, mi intención es que, en este año, ustedes tengan más hambre que en cualquier otro año. Que no sea algo que se vaya de aquí. Que se va a predicar la Palabra del Señor y la gente desde sus casas esté diciendo: “Yo quiero emocionarme con su Palabra, yo quiero servirme del Señor con la cuchara grande”.
Cierre sus ojos un momento y nos encomendamos en oración.
Permítenos, Señor, ser como ese pueblo que, en ese momento de su historia, escuchó tu Palabra y reaccionó ante ella. Permite que, mensaje tras mensaje que nuestra iglesia reciba en este año, lo reciba con expectativa, lo reciba con hambre, y que reaccione ante él con emoción santa.
Permite que en esta iglesia, Señor, la gente no solamente llore, sino que también se alegre en tu Palabra, se alegre en tu presencia. Permítenos ser buena tierra donde tu preciosa semilla funcione por ella misma. Permite, Señor, que seamos nosotros la tierra que recibe tu semilla y da fruto.
Te pido por todos los de Pez Mundial en este año 2012, Señor. Esta iglesia, unas 150 veces en el año, estará intencionalmente en contacto con la enseñanza de tu Palabra. Permite que, vez tras vez, tu Palabra aproveche. Permite que, casi como el hambriento que encuentra comida y en ella su mayor satisfacción, el hambre espiritual que tenemos nosotros encuentre en tu Palabra su respuesta.
Alimenta a tu pueblo, Señor. Permítenos aprovecharla. Gracias por la riqueza que hay en tu revelación. Permítenos ser sensibles a ella; que seamos buena tierra, porque tu semilla es buena. En el nombre de Jesús. Amén.
Que el Señor les bendiga mucho. Nos vemos el próximo domingo en nuestro culto regular. Intégrese, en la medida de lo posible, a nuestra Escuela Bíblica que comienza a las 9:00 de la mañana. Que Dios les bendiga. Dense un fuerte abrazo y nos vemos el próximo domingo.