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Como se practica la justicia - El cristiano y la adoración

Mateo 6:16-18

El Señor asume que sus hijos ayunan y nos enseña no tanto a animarnos a hacerlo, sino a practicar el ayuno correctamente, refrenando los deseos de la carne para discernir y obedecer la voluntad de Dios.

Predicado2 de agosto de 2015
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Gracias, Señor, porque hemos sido ya edificados en este culto. Gracias, Señor, porque tú no solamente utilizas tu Palabra y la usas siempre, también utilizas, Señor, una herramienta para afilar a la otra herramienta, y a través de tu obra en la vida de nuestros hermanos, también tu obra en nuestras vidas va avanzando. Permite, Señor, que domingo tras domingo tengamos acción de gracias, que domingo tras domingo, Señor, tengamos testimonios frescos, que domingo tras domingo tengamos evidencias, Señor, concretas de tu obra en medio de tu pueblo; que podamos testificar que tu iglesia está viva, Señor, que tu iglesia se está moviendo, que tu iglesia va avanzando. Nos encomendamos ahora, Señor, y ponemos en oración nuestras almas: necesitamos de ti, Señor, necesitamos ser alimentados, necesitamos ser corregidos, necesitamos, Señor, ser disciplinados. Permite que tu Palabra haga en nosotros esta gran obra.

Permite que la santificación avance en nuestras vidas, que nos parezcamos cada vez más a ti, Señor. Mira esta oportunidad gloriosa, Señor, de que una congregación completa sea expuesta a tu Palabra; permite que sea tu Palabra prevaleciendo, Señor, sobre opiniones; que sea tu Palabra prevaleciendo contra tradiciones; que sea, Señor, tu Palabra prevaleciendo contra nuestros individuales puntos de vista. Permítenos, Señor, ser humillados ante la magnificencia de tu revelación; permite que nuestra mente, Señor, sea inundada con tu Palabra. Permite, Señor, que durante la semana versículos, principios bíblicos, desafíos de las Escrituras nos acompañen; permite, Señor, que hoy podamos salir de aquí llenos de tu Palabra y de tu presencia. Oh Padre, no solamente queremos ver; permite que no sea solamente ir a un museo, Señor, permítenos también obedecer y permite que este pueblo hoy sea preparado especialmente por tu Espíritu Santo para poner por obra tu voluntad, que podamos decir, Señor, como dijo Samuel: habla, Señor, que tu siervo escucha.

Queremos hacerla, Señor, queremos cumplirla, queremos obedecer. Acompáñanos tú, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Introducción: la justicia práctica y el ayuno

Les pido, hermanos, como hemos estado compartiendo ya durante un largo tiempo en nuestra iglesia el sermón del monte, que me acompañen al Evangelio de Mateo en el capítulo 6. No hace falta ya, hermanos, que yo se lo diga, pues creo que todos hemos visto cuánta sabiduría hay en un solo sermón de nuestro Señor Jesucristo, cuánta sabiduría hay en una sola sección de enseñanza. Tenemos ya, creo, que meses en el sermón del monte y alcanzamos ya la mitad del capítulo 6, y el Señor nos ha estado acompañando primero con las bienaventuranzas, después con diferentes parábolas cortas, luego con enseñanzas acerca de la ley, ahora con relación a la justicia práctica.

Y en esta pequeña serie dentro del sermón ya hemos visto, en primer lugar, cómo se practica la justicia con relación a las limosnas: el creyente y las limosnas. Hemos visto también cómo se practica la justicia con relación a la oración: el cristiano y la oración. Y con la ayuda del Señor, ahora cerramos esta serie, relacionando todos los sermones con la práctica de la justicia, hablando acerca de el cristiano y el ayuno. Les recuerdo que el eje central de todas estas enseñanzas —de las tres: el creyente y la limosna, el creyente y la oración, el creyente y el ayuno— es el versículo que las inaugura, el capítulo 6 y versículo 1:

Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

— Mateo 6:1

Y sigue siempre el mismo estribillo de que hagamos algo en secreto, y nuestro Padre, que ve en lo secreto, entonces nos recompensará. Les recuerdo también que el propósito que se evidencia que tenía nuestro Señor Jesucristo no era alentarnos acerca de la limosna, alentarnos acerca de la oración o alentarnos acerca del ayuno. Y queremos ser alentados al respecto de las tres cosas; el Señor ya asumía que nosotros íbamos a dar limosna, que nosotros íbamos a orar y que nosotros íbamos a ayunar. Por eso él pasa directamente y no se detiene a estimular, a decirte: “Hermano, ayuna, hermano, ora, oh hermano, sé generoso con tus bienes materiales”, sino que el Señor pasa directamente a decirnos la manera incorrecta de hacerlo y la manera correcta.

Dice así el versículo 16 en adelante del capítulo 6; leemos la Palabra del Señor:

Cuando ayunéis, no seáis austeros como los hipócritas, porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público.

— Mateo 6:16-18

Aunque a la luz del pasaje, hermanos, se infiere que no era la intención del Señor estimular, sino corregir una mala práctica, yo tengo que estimular. Aunque a la luz del pasaje, hermanos, es evidente que el Señor está interactuando con personas que, de hecho, ya estaban ayunando, yo voy a inferir, voy a asumir que entre nosotros podría estar sucediendo lo contrario. Invertiré un poco de tiempo no solamente en corregir, que era lo que hacía el Señor, sino también en estimular.

Dice así nuestra introducción: entre las diferentes disciplinas espirituales que se mencionan en las Escrituras —disciplinas como orar, congregarnos, permanecer en las Escrituras y desprendernos con generosidad— el ayuno podría ser una de las menos frecuentadas en nuestros días. Aun así, tenemos ante nosotros el hecho de que nuestro Señor nos animó con su propio ejemplo al comenzar su ministerio público ayunando durante cuarenta días, y que cuando enseñó al respecto asumió que ayunaríamos y, en vez de animarnos, nos instruyó sobre cómo hacerlo correctamente.

Asimismo, los hijos de Dios, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, acudieron frecuentemente al ayuno, y esta disciplina espiritual estuvo presente en momentos importantes de la iglesia primitiva. Bien haríamos nosotros hoy en prestar atención al ayuno y en seguir el ejemplo de los antiguos. No tienen que decir: “Bueno, yo lo veo”, el ayuno aparece en nuestros días casi como una excentricidad. Es más que eso: parece como entre los ejercicios que se hacen para “las Grandes Ligas” de la disciplina espiritual.

El ayuno no es para “las Grandes Ligas”: definición y propósito

Como que el común de los creyentes se congrega en una iglesia, el común de los creyentes ora, el común de los creyentes ora y canta alabanzas al Señor, y un cuerpo especializado de creyentes, que están como en el nivel 4 de la vida cristiana, son tan espirituales que aún hasta ayunan. Quizá lo primero que pretendo es bajar el nivel y enseñarles que el ayuno no es para “las Grandes Ligas”, sino que el común de los creyentes no solamente debe ayunar, sino que, si supiera la utilidad del ayuno, estaría programando ayuno para la próxima semana. Quisiera, hermanos, comenzar diciéndoles lo que pretendo hacer: en primer lugar, explicar en qué consiste el ayuno; en segundo lugar, explicar qué debemos evitar al ayunar; y en tercer lugar, entonces decirles algunas instrucciones prácticas de cómo hacerlo.

Primero les diré que el ayuno, hermanos, es una práctica generalizada en todas las Escrituras. En el Antiguo y en el Nuevo Testamento los creyentes estaban ayunando, en el tiempo de Cristo se ayunaba y Cristo mismo estaba ayunando. No es una práctica como de la vida antigua, no es una práctica arcaica, no es algo que hacían solo los profetas del Antiguo Testamento, sino que nuestro mismo Señor, nuestro Señor Jesucristo, él mismo comenzó su ministerio público ayunando. Habló frecuentemente del ayuno, principalmente para corregir prácticas, porque en sus días no había que animar a las personas al respecto de la importancia del ayuno, la gente lo asumía.

Algo que les diré también es que el ayuno viene hermanado a la oración. Es frecuente que cuando la Escritura menciona el ayuno también mencione períodos de oración, y no es casual que nuestro Señor, después de poner el Padre Nuestro y un modelo de oración, entonces hable también del ayuno, porque frecuentemente el ayuno complementa la oración del creyente.

Les diré también, hermanos, que el ayuno no es un asunto de abstenerse de cosas que son pecaminosas. Cuando un creyente ayuna se abstiene de algo que le es lícito y hasta conveniente, como el alimento. No ayunamos porque todo lo que estamos haciendo diariamente es algo pecaminoso, ni porque los alimentos sean pecaminosos; nos abstenemos de algo que nos es lícito, ¿con qué intención principal? Con la intención principal de disciplinar el alma. No porque los alimentos sean malos, sino porque el abuso de los alimentos pueda anunciar una práctica pecaminosa que no viene a través de la boca, sino que viene desde el alma y desde el profundo corazón.

Dice asimismo el apóstol Pablo, en la primera carta a los corintios, en el capítulo 6 y en el versículo 12:

Todas las cosas me son lícitas; mas no todas me convienen; todas las cosas me son lícitas; mas yo no me dejaré dominar por ninguna.

— 1 Corintios 6:12

Y para que vayamos entendiendo el ayuno: el ayuno no se trata de que cuando tú dejas de comer eres más espiritual, no. El ayuno se trata de que tu cuerpo tiene unos instintos naturales que te animan no solamente a saciar una necesidad, sino a transgredir los límites que el Señor ha establecido. Y cuando tú intencionalmente le colocas a tu naturaleza caída un límite corto, tendrás una guerra interior que te anunciará cómo está esa proporción entre el hombre espiritual y el viejo hombre.

El ayuno como alarma sobre la carne y sus instintos

Siendo el ayuno, hermanos, regularmente no solamente una alerta, sino una alarma de cómo están las cosas al interior del corazón del creyente. ¿Usted quiere saber qué tanto prevalecen en su hombre interior los deseos naturales y qué tanta propensión tiene usted a ser vencido en la lucha con el pecado? Ayune. Yo no quisiera saber qué tan vivo está en usted esta lucha; el pecado, hermanos, no es algo que viene desde afuera. El pecado alimenta, como dice Santiago, nuestra concupiscencia, y cosas que son lícitas entonces comienza el pecado a avivar entre nosotros para que las dispongamos y las llevemos a un punto en que ofendan a Dios.

Y cosas muy naturales, como el instinto de alimentación —algo que es universal y recurrente del ser humano— entonces el pecado comienza a avivar el instinto de alimentación y ya usted se sació y comió, pero quiere comer más; y no está satisfecho solamente con mitigarle al cuerpo tres comidas, sino que usted quiere comer más. Entonces, pregunta: ¿por qué es que hay un instinto dentro de usted que no solamente quiere ser satisfecho, sino que quiere ser satisfecho más allá del límite de lo que el Señor ha establecido?

Asimismo hay otros límites en el ser humano. Por ejemplo, el ser humano tiene casi el instinto de posesión: todo ser humano quiere tener algo, aunque sea un lápiz, que diga: “Esto es mío”. Y el Señor te diseñó para que tengas ese instinto de posesión de forma tal que puedas cultivar la mayordomía cristiana y glorificar al Señor con tus bienes; sin embargo, ningún ser humano se conforma con poseer un lápiz. Usted quiere poseer el lápiz y también el portalápiz y la mochila, y la mochila del vecino y el lápiz del primo; ese es el ser humano. El ser humano no solamente quiere alimentarse, el ser humano no solamente quiere poseer; por eso el abuso del instinto de alimentación entonces nos lleva a la gula, y el abuso del instinto de adquisición entonces nos lleva al hurto, al robo, a los deseos codiciosos.

El ser humano quiere reproducirse y es natural, pero debe reproducirse dentro de los límites de Dios; pero el pecado comienza a avivar en ti ese instinto de reproducción y comienzas a reproducirte de manera que te hace daño a ti mismo, y sobre todo que haces un daño a tu Creador. El ser humano quiere protegerse naturalmente. Cuando camina al borde de un precipicio siente algo que lo impele, que lo aparta del borde del precipicio; pero ese instinto de protección, a veces abusando de él, entonces nos lleva a nosotros a exaltar el ego, a cuidarnos desmedidamente.

¿Para qué funciona, hermanos, el ayuno? El ayuno funciona a nivel de un instinto, que es ese instinto de alimentación, y le dice al hombre natural: “Durante un tiempecito prudente y saludable, cuerpo, no te administraré comida”. Y sin necesitarlo, el simple hecho de proclamarle a tu cuerpo un ayuno, tú encontrarás una ansiedad que se comienza a manifestar en tu hombre interior. Y allá tú te preguntas: “Pero, ¿qué es lo que yo tengo adentro? No he comenzado todavía, he comenzado un ayuno y solamente el hecho de anunciar el ayuno ya se produce en mí cierta ansiedad, cierta necesidad de comer”. Es que adentro de lo tuyo no solamente hay un estómago, no solamente un sistema digestivo, también hay una carne: ese deseo natural que te compele a comer, a comer y a comer, y a no frenar cuando el Señor te dice: “Frena”.

Testimonio de la ansiedad al ayunar y enseñanza de Calvino

Cuando un cristiano ayuna está sometiendo no su cuerpo, sino su carne, ese deseo natural que hay en él, con la intención de ejercitar aquello de que “todo me es lícito, pero no todo me conviene; todo me es lícito, pero yo no me dejaré dominar por ninguna de esas cosas”. Decía un escritor prominente del siglo XVI, decía Calvino acerca del ayuno:

“Digamos algo sobre el ayuno, porque muchos, por querer saber cuál es su utilidad, desestiman su necesidad, y algunos lo rechazan como algo superfluo; mientras, por otro lado, donde su uso no es bien comprendido, degenera fácilmente en superstición. El ayuno santo y legítimo está dirigido hacia tres propósitos. Porque lo practicamos tanto como una restricción de la carne para preservarla del desenfreno, o como una preparación para oraciones y meditaciones piadosas, o como un testimonio de nuestra humillación en la presencia de Dios cuando estamos deseosos de confesar nuestra culpa ante Él.”

Era muy característico de la mente de Juan Calvino sistematizar las cosas, y él sistematizó el ayuno en tres propósitos principales. Primer propósito: el ayuno cristiano. Un cristiano ayuna para limitar su carne, y no me refiero a carne como a la piel que tienes sobre tus huesos; me refiero a carne: a ese deseo natural que tiene el ser humano de hacer diferentes cosas. Cuando un cristiano está ayunando, él está limitando su carne, le está diciendo: “Cuerpo, tú me reclamas cosas, tú me pides cosas, pero yo te administro esas cosas en el orden y en el momento que Dios ha establecido que es lícito administrarlas”.

Y tú me dirás: “Pero eso es inconveniente”. No, no es algo inconveniente; es una práctica quizá hasta previsoria. Sucede un fenómeno, hermanos, y es que cuando uno comienza a ser consciente sobre el poder que tiene la carne sobre uno, no solamente cuida la alimentación, sino que cuida las manos, cuida los ojos y uno comienza a cuidar diferentes áreas de la vida. Pero cuando comiences a ayunar entrarás en conciencia del poder que tiene tu hombre natural sobre tu hombre espiritual. Preguntas como la siguiente haces: “Caramba, sólo hace una hora que dije que iba a ayunar y ya tengo una ansiedad inexplicable”.

Sorpréndanse: pero a ver si ustedes comienzan a trabajar y en ese trajín, afanados, viene la hora de comer, las 4 de la tarde, y dicen: “¡Guau!, pero a mí se me ha ido el tiempo, yo no he comido; yo tengo ya como doce horas que no le he administrado alimento al cuerpo, y el cuerpo no me lo ha pedido. ¿Qué es lo que pasa? Estoy muy afanado”. Propóngase voluntariamente durar ayunando las mismas horas y usted verá que a los minutos comienza la ansiedad, a los minutos comienza la carne a decirte: “Oye, no me han dado comida; ¿y será que no nos van a dar comida? ¿Y será que nos quieren matar?”. “¿Pero cómo que te quieren matar?” Sí, hermanos, los instintos están adentro de uno, y el ayuno es un mecanismo que el Señor nos ha provisto para que midamos el poder que tienen sobre nosotros.

Ejemplos bíblicos de ayuno: Moisés, la iglesia primitiva, Ester

Al mismo tiempo, los santos hombres de Dios, históricamente, se han abstenido de alimento en tiempos especiales de oración y de meditación, y también en momentos especiales donde hay que testificar ante el Señor humillación, frecuentemente para confesar sus pecados. Quizás una manera sabia de aprender sobre el ayuno tiene que ver con diferentes testimonios de ayunos que se nos dan en las Sagradas Escrituras.

Por ejemplo, Moisés ayunó ante el Señor cuando iba a recibir la ley, y en un momento importante como ese él no llegó allá saciado y lleno de comodidades, sino que preparó su cuerpo espiritualmente por medio de un ayuno. Y no solamente para recibir la ley, sino que lo que le esperaba abajo era un pueblo rebelde, y gloria al Señor porque dispuso un ayuno, porque este hombre espiritualmente se preparó para lidiar con esa necesidad.

El libro de los Hechos, por ejemplo, nos da testimonio en Hechos capítulo 13 de que la iglesia primitiva era una iglesia que ayunaba. Por ejemplo, los santos hombres de Dios en Antioquía, antes de tomar una decisión importante que iba a tener consecuencias trascendentales en el avance de la iglesia del Señor en el siglo primero, dice que estaban congregados ayunando, y que cuando estaban congregados ayunando y orando al Señor, entonces el Señor dirigió a la iglesia especialmente por agencia de su Santo Espíritu para tomar una decisión trascendental: era apartar a Pablo y a Bernabé para la obra del ministerio.

La iglesia oró, la iglesia ayunó, y el Señor respondió ante un dilema. Esto tiene, hermanos, una lección importante: ¿por qué acompaña el ayuno frecuentemente a la oración? Es porque en la oración sucede una dinámica en que usted habla a Dios, y Dios por algún medio le responde al creyente. Sin embargo, un dilema que tenemos nosotros cuando estamos pidiendo algo al Señor es que la carne frecuentemente nos confunde, y cuando estamos pidiendo algo al Señor regularmente comienza la carne a enseñarnos respuestas “divinas” a nuestras oraciones que, sorprendentemente, se parecen mucho a las mismas cosas que queríamos antes de comenzar a orar.

Y usted comienza a pedirle al Señor por un propósito, pero la carne comienza a alimentar respuestas, y comienza la carne a decirte: “Tú lo que necesitas es tomar esta decisión, que es la decisión más fácil; tú lo que necesitas es tomar esta decisión, porque el Señor te está ‘indicando’ en esa dirección, que es la decisión más cómoda, la decisión que no confronta tu cuerpo y tu naturaleza, no confronta tu carnalidad, sino que es la decisión que lo acaricia, que lo afirma y que te dice que lo mismo que Dios te está respondiendo es lo mismo que tú estás pidiendo”.

Se parece al apóstol Pedro cuando le dijo al Señor: “Señor, que tal cosa no te suceda”, y el Señor le dijo: “Apártate de mí, Satanás”. Hermanos, ¿por qué frecuentemente acompañamos una oración para tomar una decisión importante en nuestras vidas con el ayuno? Porque el ayuno nos permite estar conscientes de que la carne nos confunde, evita la distracción de la carne. La distracción de la carne es quizá elegir lo que nos agrada. La iglesia fue especialmente dirigida por el Espíritu Santo; hermanos, cuando usted toma control y hace conciencia de su hombre natural, de esos instintos desenfrenados que tiene el viejo hombre sobre nosotros, eso nos compele a ayunar para tener control sobre la carne, que seamos dirigidos a cosas que no sean un autoengaño, una respuesta viciada, sino que sea una respuesta del Señor para nuestra oración.

¿Un ejemplo de esto? Bueno, la iglesia de Antioquía. Les he mencionado también a Moisés cuando recibió la ley. También Ester: ¿se recuerdan a Ester? Ester tenía que tomar una decisión importante; necesitaba valor para hacer la voluntad del Señor con una obediencia radical. Ella invitó, no solamente a ella, sino a todas sus doncellas y al pueblo completo a que se unan en un ayuno nacional para que el Señor les dé valor, les dé fuerza para llevar una obediencia radical en momentos de mucha necesidad.

Hermanos, creo que hoy más que nunca hace falta una iglesia que ayune; una iglesia que tendrá que tomar decisiones radicales a favor de la voluntad del Señor. Frecuentemente será engañada por los deseos de su carne y les dirá: “No hay que obedecer al Señor con una obediencia radical, sino que solamente podemos obedecer hasta cierta parte”. Y esa carne que está dentro de nosotros, que Santiago le llama concupiscencia, comienza a moverse y nos dice: “No hagamos la voluntad del Señor de tal manera, sino que acomodémonos para hacer lo que nos conviene a nosotros”. Ester ayunó y el Señor le dio valor en un momento de obediencia radical.

El ayuno en medio de ataques y lucha espiritual

Algo que me llamó la atención, hermanos: el rey David incluía el ayuno entre sus prácticas espirituales. Y en un momento delicado, donde David estaba siendo calumniado, donde estaba recibiendo comentarios hirientes —¿te has sentido tú así, hermano?— vienen temporadas en la vida de uno donde comienzan a llover comentarios de desaprobación, críticas hirientes, cuestionamientos falsos, testimonios torcidos. Decía el rey David:

Oh Dios de mi alabanza, no calles; porque boca de impío y boca de engañador se han abierto contra mí; han hablado de mí con lengua mentirosa. Con palabras de odio me han rodeado, y pelearon contra mí sin causa. En pago de mi amor me han sido adversarios; mas yo oraba. Me devuelven mal por bien, y odio por amor.

— Salmo 109:1-5

Hermano, ¿te has sentido tú alguna vez así, como que estás siendo profundamente cuestionado, desacreditado, con comentarios hirientes, mentiras que son arrojadas contra ti? ¿Qué dice el rey David que hacía? Nosotros, ¿qué hacemos, los brillantes de este tiempo? Devolvemos. ¿Y qué hacemos? Tratamos de limpiar nuestro nombre. ¿Y qué hacemos? Tratamos de demostrar que nosotros estamos siendo injustamente criticados. ¿Qué hace el rey David? Dice que él oraba, pero no solamente oraba; dice también:

Mis rodillas están debilitadas a causa del ayuno, y mi carne desfallece por falta de gordura.

— Salmo 109:24

¡Guau! David ayunaba, o sea, ¡qué difícil situación estaba viviendo este hombre!, y todavía ayunaba. ¿Y por qué, hermanos? Porque hay un instinto de supervivencia en el ser humano que te hace que ante el mínimo dedo que te ponen encima tú explotes; que ante la mínima crítica tú quieras cuidar tu nombre. Cuando tú ayunas, hermano, tú estás dominando ese fuego interno que hay en el ser humano que le hace devolver una palabra con otra palabra. Pero no solamente eso, sino que también fortaleces tu vida espiritual; gloria al Señor que nos permita a veces no ver lo que sucede alrededor nuestro.

Hermano, pero yo les diré que no solamente somos los seres humanos que habitamos la creación. Sin ánimo de innecesariamente atemorizarlo, quiero que estén conscientes de eso: consideren que en la tierra no solamente se mueve el ser humano. Dice la Escritura que hay huéspedes que son ángeles caídos que se mueven en medio de la creación, y que son demonios que llegan a poseer, llegan a influenciar, llegan a dominar al ser humano. En un momento los discípulos de Cristo estaban luchando contra un demonio y no pudieron expulsarlo, y el Señor les dijo que ese género no sale sino es con ayuno y oración.

Pero este género no sale sino con oración y ayuno.

— Mateo 17:21 (tradición textual)

Hermanos, la oración no es: “Señor, permítenos ver los demonios”, sino: “Señor, permítenos estar preparados para, quizá sin verlos, ser preservados providencialmente, porque temprano nos preparáramos para este enfrentamiento en la lucha espiritual”.

En Israel se ayunaba, por ejemplo, ante la pérdida de un rey, como vemos en 2 Samuel capítulo 1, y también David ayunó ante la pérdida de un ser querido. Un ayuno colectivo que me llama la atención en las Escrituras es el ayuno que se hizo en tiempos de Esdras. Hermanos, en tiempo de Esdras el pecado no era ya solamente un asunto particular, sino que el pueblo se había entregado al pecado, y había pecados que habían estado ocultos. El Señor comenzó a manifestarlos, y ante esta necesidad de arrepentimiento dice que el siervo del Señor se encerró a orar y ayunar, quizá esperando que el Señor le dé la fuerza al pueblo para que haga la voluntad del Señor en áreas de la vida donde estaban acomodados.

El ejercicio que más frecuentemente sucede en la predicación cristiana es que el hombre es confrontado con su pecado, pero no tiene la capacidad para hacer la voluntad del Señor. ¿Y no se ha dado cuenta de esta impotencia de que ya uno vio lo que conviene, pero que uno está por debajo de la expectativa del Señor y no tiene las fuerzas para hacerlo? Hermanos, no es innecesario, sino urgente: tenemos que ayunar para que el Señor nos dé la fuerza para abandonar pecados muy particulares. En tiempo de Esdras eran pecados que habían alcanzado a las familias, y la decisión que hacía falta era una decisión trascendental. El pueblo se había estado uniendo a mujeres paganas, el Señor confrontó al pueblo con su pecado, y Esdras estuvo orando —infiero yo, hermanos— para que el Señor le dé la valentía a estos hombres para que glorifiquen al Señor en decisiones trascendentales e importantes.

Un creyente que en un año no incluye algún ayuno es un creyente que estará viendo la voluntad del Señor, pero estará constantemente solamente siendo un observador, y él verá la voluntad del Señor pasar por los ojos, y cuando él intenta hacerlo se dará cuenta de que su hombre espiritual está luchando contra su hombre carnal.

La lucha interior: el columpio entre el hombre nuevo y el viejo

Esa lucha es como un columpio. Yo recuerdo a Bachmann explicando eso: él dice que es como una lucha que hay en el corazón. Y el corazón del hombre tiene que tomar una decisión, y cuando se le pregunta va a responder el hombre espiritual, el nuevo hombre que está conforme al pensamiento de Cristo, y el viejo hombre que está viciado de acuerdo a los deseos de la carne. Y cuando se le pregunta a tu corazón: “En esta área de tu vida, ¿harás la voluntad del Señor?”, tú intentarás levantar un dedo, y cuando tú intentes levantar un dedo ya la carne tendrá el brazo entero levantado.

¿Por qué ayuna un creyente? Un creyente ayuna porque reconoce que necesita hacer la voluntad del Señor en áreas de su vida en las cuales él sabe que no tiene la capacidad para glorificar al Señor ahí. Cristo, en preparación para su ministerio público, ayunó; y si me permitieran darle otras razones, así “picaditas” y variadas, ¿por qué otras razones deberíamos ayunar?

Bueno, ya les dije: ayunamos porque los deseos de nuestra carne frecuentemente nos confunden. Ayunamos, hermanos, porque el Señor les dijo a sus discípulos —le preguntaron en Mateo 9—: “Maestro, los discípulos de Juan ayunan, pero los tuyos no ayunan”, y él les dijo que no ayunaban ahora, pero eventualmente el esposo les sería quitado y tendrían que ayunar.

Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¿Acaso pueden estar de luto los que están de bodas, entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.

— Mateo 9:14-15

El Señor reconocía que quizá al estar protegidos —me imagino— tenían al Hijo de Dios ahí, al lado suyo. Una decisión, hermanos, no era un dilema: le preguntamos al Maestro directamente, el Maestro iba a decidir; la protección de Emmanuel, él tenía el poder para cuidar de los suyos. Él dijo: “De los que me diste, ninguno se perdió, sino solamente ese que era un hijo de perdición”. El Señor podía cuidarles, el Señor podía dirigirles; pero cuando les soltara el Señor, podrían engañarse. Hermanos, si luchaban contra la carne con el Señor ahí, ¿no lucharían aún más cuando el Señor les fuera quitado? El Señor les dijo: “Ellos no ayunan ahora; denle un ratito, que el esposo les será quitado y verán que tendrán que ayunar”.

Ayunamos, hermanos, porque necesitamos dirección sobrenatural del Espíritu Santo. Hay veces que uno ha orado solamente por determinadas cosas y no ha visto con claridad cuál es la voluntad del Señor. Lo que más frecuentemente está sucediendo es que en el corazón hay una lucha entre el pensamiento de Dios y los deseos de la carne, y en esa lucha, hermanos, uno no sabe discernir. Ayunamos para limitar la carne, para que podamos ver con claridad hacia el lugar en que el Señor nos está diciendo: “Por aquí”.

Un testimonio nuestro: cuando hubo un ayuno congregacional en nuestra iglesia local, muchos de ustedes piensan quizá que nuestra iglesia siempre se ha reunido en este lugar. No fue así. En un momento de amplia necesidad para nuestra iglesia, cuando nos encontramos, hermanos, totalmente desabastecidos humanamente hablando, sin la capacidad… Nos faltaba —yo siento que nos faltaba— la capacidad material porque no teníamos los recursos para disponer un lugar de reunión, no teníamos con qué amueblarlo, no teníamos con qué costearlo, y el Señor proveyó; pero nos faltaba, sobre todo, capacidad espiritual, porque no sabíamos qué decisión convenía más entre muchas opciones: “¿Conviene esto, conviene aquello?”.

Recuerdo que como iglesia, en el 2013, nos reunimos en un aposento alto en la calle Santiago, y estuvimos orando al Señor, estuvimos ayunando al Señor. Hermanos, y más o menos en ese mismo tiempo el Señor proveyó dirección, proveyó sabiduría y también provisión material. Es frecuente que cuando una iglesia no sepa qué hacer, sepa que hay que ayunar. Hermanos, ante un dilema, ante una decisión importante, lo que manda no es solamente oración, sino una oración y, al mismo tiempo, un freno para los deseos de nuestra carne por medio del ayuno.

El ayuno revela nuestra dependencia y debe ser excepcional

Ayunamos por eso, hermanos, porque deseamos ser dirigidos, no solamente de manera natural, sino de manera sobrenatural por el Espíritu Santo. Pero hay razones también necesarias para ayunar, hermanos: ayunamos porque el ayuno nos recuerda, y admite ante Dios lo fuertemente atraídos que somos hacia los deseos de la carne. Y una de las evidencias más concretas que uno tiene de esa lucha es limitar al cuerpo. Todo el mundo piensa: “Yo soy un creyente libre en Cristo, yo puedo hacer lo que intente”. Intente poner freno a alguno de sus instintos, y usted se va a dar cuenta si usted es libre.

Intente poner freno a cualquiera de sus instintos y usted verá si es libre o no es libre. El ayuno, como un freno a un instinto preciso —la alimentación— y cuando la carne comienza a llamar la atención nos recuerda, hermanos, lo dependientes que somos de la ayuda del Señor. Una pregunta saludable sería la siguiente: “¿Qué tanto influyen mis deseos naturales de la carne, mi concupiscencia, en la decisión que estoy por tomar?”. Frecuentemente serás confrontado y verás que dilemas que tienen tu existencia no son más que, no es una lucha entre una decisión y otra; es la lucha entre hacer tu propia voluntad o hacer la voluntad de tu Señor.

El ayuno nos permite, de algún modo, tantear eso; experimentar qué tan fuertes en Cristo somos o qué tan carnales somos todavía, qué tan vencidos somos por el pecado, qué tan vendidos somos al pecado, o qué tanta victoria estamos teniendo en el Señor.

Me muevo un poco, hermanos. Les he dicho ya en qué consiste el ayuno: consiste en limitar algo que es lícito, que es la comida, durante un tiempo prudente, con la intención de decirle a nuestra carne —no solamente al cuerpo, sino a la carne—: “Eso que me estás pidiendo, que muy probablemente es lícito en este momento, para la gloria del Señor, no te será suministrado. Eso que me reclamas en este momento no te corresponde. No soy vencido por el pecado, no soy vendido al pecado; en Cristo tengo libertad, tengo la ayuda sobrenatural del Espíritu Santo y me permite participar en diferentes cosas, pero que no sea dominado por ninguna de ellas”.

¿Qué debemos evitar al ayunar? Bueno, el Señor nos dice que debemos evitar, en primer lugar, hacerlo para los hombres. Y no me detendré mucho ahí, porque es lo mismo que aplica para la limosna y también aplica para la oración; ya en dos sermones hemos hablado al respecto. Les diré algo que quizá sea sabio: es evitar hacerlo mecánicamente. Sería ayunar sin discernir. Hermanos, el ayuno no es un ejercicio físico; el ayuno no es un ejercicio solamente del cuerpo: es un ejercicio que se hace con entendimiento, se hace con propósito. Una persona que ayuna solamente por ayunar está pasando hambre; no está participando en un ejercicio, en una disciplina espiritual.

Lo mismo pasa con la comunión, que sería lo inverso. Cuando el pueblo participa de la comunión no es alimentado espiritualmente porque nutrientes entran a sus sistemas; es alimentado espiritualmente porque convicciones son afirmadas en su mente. La comunión no funciona por ejercicio mecánico; lo mismo sucede con el ayuno. Ayunar por ayunar es pasar hambre. Otro asunto que debemos evitar en el ayuno, hermanos, es ignorar el aspecto excepcional que tiene esta disciplina.

Evitar la mecanización, el legalismo y manipular a Dios

A diferencia de la oración, que es algo que la Escritura nos dice que permanezcamos en oración, que oremos sin cesar, la Escritura en ninguna parte nos dice que tenemos que ayunar sin cesar, que ayunar todos los días, sino que se ha reservado el ayuno como si fuera una práctica —no encuentro otro nombre— le llamo una práctica excepcional. No era que los discípulos de Cristo estaban ayunando todos los días. Los fariseos sí habían hecho una práctica: habían puesto días de la semana específicos donde se sabía que el fariseo estaba ayunando, y eran quizá un espectáculo público. Tal día podíamos salir a ver qué tan afligidos están, salir a ver cómo se ve su rostro. Por eso les dice el Señor: “Cuando ayunen ustedes…” Tú, cuando ayunes, lava tu rostro, perfuma tu cabello y sal a la calle como si nada estuviera sucediendo. No hagas un espectáculo ante los hombres.

Ellos habían determinado dos días a la semana; eran sus dos días de ayuno. En la ley se establecía que había un día de ayuno nacional al año, pero ellos decían: “La ley dice que un día al año, pero como nosotros somos el nivel 7, no un día al año sino dos días a la semana”. Lo que hay que evitar es que el ayuno se convierta en una práctica mecánica, o ignorar el aspecto excepcional que tiene el ayuno.

¿En qué momentos ayunaba el pueblo de Israel? Bueno, una vez al año había que ayunar; el Señor lo había establecido quizá hasta para eso, para que veamos cuál era la condición de nuestros instintos. Pero también ayunaba el pueblo en momentos de profunda necesidad: ante un momento de riesgo nacional, ante un dilema, ante una situación de pecado grave donde hemos sido sorprendidos, el pueblo ayunaba. Pero no era que ustedes determinaran: “No, yo voy a ayunar el lunes, los martes, los miércoles y durante todo el año”. Entonces se pierde en el ayuno ese aspecto excepcional que tiene esta disciplina espiritual.

Les dije que, al parecer, los discípulos de Cristo durante la temporada no ayunaron, y el Señor no los reprendió. El Señor reconoció que ellos no estaban ayunando porque en ese momento puntual no había una necesidad, pero que eventualmente llegaría la necesidad y tendrían necesariamente que ayunar.

Cosas, hermanos, que tenemos que evitar en el ayuno es pretender controlar a Dios con el ayuno. Hermanos, nosotros no intentamos, por medio del ayuno, convertirnos en criaturas soberanas; nosotros buscamos, por medio del ayuno, acomodar nuestro hombre interior para que haga la voluntad de un Dios soberano. No es que la criatura, por medio del ayuno, pueda manipular al Creador. La criatura, por medio del ayuno, somete su hombre interior, somete su naturaleza caída para que haga la voluntad de su Señor.

No ayunamos, hermanos, empecinados con un propósito: ayunar durante largos días por algo que ofende al Señor no va a hacer que sea menos ofensivo. Ayunar por largos días por algo que no me conviene, que no glorifica al Señor, no hará que tu ayuno te acerque más a tu despropósito; el ayuno lo que podría es colocarte en una mejor posición para que le digas a tu carne: “Carne, que se haga su voluntad y no la nuestra”. Para que cuando el Señor diga “a la izquierda”, tú no tengas que negociar una larga ruta con tu hombre interior, sino que tú puedas decirle: “A la izquierda”.

El ayuno no es una huelga de hambre; no es que un creyente está haciendo piquete ante la presencia del Señor: “Señor, tienes que darme tal propósito; estoy aquí en ayuno, hasta que si no me voy a morir de hambre si no me das esto”. Hermanos, desestimen todo eso; ese no es el ayuno espiritual. El ayuno espiritual no es una oportunidad para dar rienda suelta a la carne; el ayuno espiritual es una oportunidad para refrenar los deseos de nuestra carne.

Contraste con prácticas supersticiosas y la flagelación

Quizás, quienes vienen —siempre hago este contraste, hermanos, porque la realidad es que cada iglesia sirve en un contexto. Si yo estuviera sirviendo en un contexto oriental quizá estuviera hablando del budismo, del animismo y todas estas cosas, pero la realidad es que nosotros servimos en un contexto donde la mayoría de las personas fueron expuestas al mundo de una religión tradicional. Y en la religión tradicional se entiende que por medio de esfuerzos el hombre puede conseguir cosas de Dios.

Así, el católico devoto pone a San Antonio de cabeza y entiende que está más cerca de recibir un milagro. Cosa que a mí me parece… Si tú reverencias los santos, por lo menos no me lo pongas de cabeza. Pero ponen a San Antonio de cabeza, le dicen que hasta que no les dé el milagro no lo voltean.

En cuanto a los creyentes evangélicos: cuando ayunamos no estamos tratando de poner a Dios de cabeza, de que “si no me voy a morir de hambre, si no me da eso no suelto el ayuno, no suspendo el ayuno”. Yo he escuchado eso, hermano: hermanos que dicen: “Yo le estoy agradando al Señor por esto, y hasta que no me dé eso no suspenderé el ayuno”. Regularmente lo que hacen es que se conforman con otra cosa, porque se van a morir de hambre. Hermanos, Dios es soberano; tú no puedes manipular a Dios. Decía al respecto Martín Lutero que muchos piensan que Dios es como una máquina traga monedas: que tú pones tres monedas y te permite hacer algo. Dios no es eso; Dios es Dios. Tú no ayunas para dominar a Dios, tú ayunas para dominarte a ti mismo y poder hacer la voluntad de Dios. El ayuno no es una oportunidad para dominar o para sublevarse contra Dios.

Otra cosa que tenemos que evitar, hermanos, es confundir el ayuno con la flagelación católica. Es común este asunto de que la gente entiende que sacrificando el cuerpo, maltratándolo, la flagelación… Gloria al Señor que nos ha cuidado en República Dominicana, pero hay países de Sudamérica donde se hacen grandes festivales y se hacen hasta áticos especiales con diferentes puntas para que las personas puedan desgarrar su cuerpo y flagelarse. Hermanos, el ayuno cristiano no es la flagelación católica; no es tomar un látigo para sacrificar tu cuerpo.

Es más: la religión cristiana es una religión que afirma el cuerpo. Sorpréndanse: nosotros no nos oponemos, no decimos que el cuerpo sea malo. Nosotros decimos que el cuerpo es un instrumento que puede ser utilizado para ofender a Dios y pecar, o puede ser dedicado al Señor como templo del Espíritu Santo. Es más: los cristianos nos oponemos a que se dañe el cuerpo, a que se deshonre el cuerpo. ¿Por qué? Porque entendemos que el cuerpo, el propósito del mismo, es presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable al Señor. Hermanos, este es nuestro culto racional.

Por eso es que los cristianos históricamente nos hemos opuesto a la mutilación, a la deformación, porque cuando se presentaba un sacrificio al Señor se le presentaba un sacrificio que fuera perfecto, que fuera sin manchas, que no estuviera adulterado, que no estuviera dañado. Imagínese usted qué sería esto de propiciar que la gente se martirice, se dé. Martín Lutero dice que cuando estaba en el monasterio él buscaba la dirección del Señor dándose golpes, flagelándose, y he visto reportajes —no lo he presenciado en vivo, pero he visto reportajes— donde personas en Sudamérica se desgarran el cuerpo, se crucifican buscando esa flagelación. Eso no es el ayuno cristiano.

El ayuno cristiano no funciona sobre el cuerpo; no es el cuerpo como tal tu objetivo, sino el alma; no es el instrumento, sino lo que motiva al instrumento a actuar en determinado modo. En eso se diferencia. Es más, el ayuno cristiano —he escuchado algunos médicos decir que es algo hasta saludable, que ausentarse por un período de administrarle al cuerpo alimentos hace hasta una función que, en vez de venir en detrimento del cuerpo, lo que viene es para su beneficio. Sin embargo, esa es otra cosa a evitar.

El ayuno no es fitness ni dieta espiritual

En estos tiempos del “fitness”, yo diría, hermanos, que si esto se entiende mal, el ayuno pasaría de estar en el sótano a estar en el top de las disciplinas espirituales. La gente dice: “Resuelvo dos problemas al mismo tiempo: me fortalezco espiritualmente y al mismo tiempo me pongo en la onda, me pongo ‘fitness’”. Y dicen: “¡Guau!, tengo ya un mes de ayuno y oración, he perdido cuatro libras”. Hermanos, el ayuno —a pesar de que, de nuevo les digo, he visto esto entre los adventistas que hablan siempre del beneficio para la salud del ayuno— este no es el beneficio que busca un cristiano al ayunar. No es ayunar para perder peso, no es ayunar para desintoxicar el cuerpo; no ayunamos para eso. Ayunamos para refrenar los deseos naturales que tiene nuestra carne, que compelen al cuerpo a funcionar de forma tal que deshonre a su Creador.

Hermanos, si el enfoque del ayuno fuera el cuerpo, entonces los gimnasios tuvieran lleno de santos; porque la realidad es que las personas que cuidan el cuerpo hacen grandes sacrificios para cuidarlo. Se ausentan de comer determinadas cosas, se sacrifican en maquinarias durante horas. Si el ayuno funcionara a nivel físico y no a nivel espiritual, entonces los fisiculturistas serían santos, si ese fuera el propósito.

Les recuerdo: un cristiano no ayuna para odiar el cuerpo, para predisponerse contra sus labios, contra su boca. Un cristiano practica el limitarse para refrenar los deseos de su carne. Les he mencionado en primer lugar en qué consiste el ayuno: consiste en abstenerse voluntariamente de algo lícito y bueno para algo que es mucho mejor: tener el dominio de nuestro hombre interior, poder tener dominio sobre nuestros instintos. Les he mencionado algunas cosas que deberíamos evitar. Ahora, si me permiten, voy a dar algunas recomendaciones acerca de cómo hacerlo.

El Señor dijo, en primer lugar, que cuando ayunes tú no hagas de esto una fiesta pública; no tienes que anunciarlo. Viene el mismo dilema de la oración: “¿Entonces está mal que alguien sepa que estoy ayunando?”. Bueno, el problema no es que alguien lo sepa; el problema es la actitud que hay en tu corazón al practicarlo. Definitivamente que tu cónyuge sabrá que estás ayunando; definitivamente que quien duerme contigo sabrá que estás ayunando. Lo que el Señor te está diciendo es que no haya en ti una actitud de exaltación personal por medio de una disciplina espiritual.

Quizás, con prudencia, tú puedes decirle a tu esposo, a tu esposa: “Mi amor, mañana estaré absteniéndome de alimentos porque quiero ayunar; tengo que tomar una decisión importante que vendrá en beneficio para nuestra casa, vendrá en beneficio para nuestro ministerio, vendrá en beneficio para nosotros, y creo que el Señor me está invitando a ayunar”. De nuevo, hermanos, no hay que ayunar todos los días, no hay que ayunar todos los lunes, no hay que ayunar indefinidamente. A Israel se le recetó un ayuno nacional, un ayuno al año. Los discípulos de Cristo ayunarían cuando les hiciera falta. Los hombres del Antiguo Testamento ayunaban en momentos de decisiones importantes, de pecados que había que confesar, en momentos donde necesitaban fuerzas para hacer la voluntad del Señor. No hay tal cosa como “el ayuno todos los lunes”. Hay oración todos los días, lectura de la Escritura todos los días y ayuno, hermanos, en momentos excepcionales.

Cómo ayunar con prudencia y con el corazón rasgado

Primero es esto: “Unge tu cabeza y lava tu rostro”; actúa como de costumbre. Quizá sea sabio, si usted va a practicar un ayuno prolongado, aprovechar sus vacaciones del trabajo, aprovechar el domingo, aprovechar un sábado, porque la realidad, hermanos, es que su empleador le está pagando para que vaya en condiciones físicas a trabajar. Entonces usted llega a su oficina o llega a su trabajo a hacer un trabajo, muy probablemente termina mareado, su trabajo físico afectado y demás; quizá no sea sabio. “Ah, tienen que entenderme que estoy ayunando”. No. Ayune el sábado.

“Pero el sábado es mi día de descanso”. Sí, ese día de descanso también puede ser un día de ayuno. “No, Pastor, es que si yo quiero un ayuno largo tengo que coger las vacaciones”. Bueno, gloria al Señor, o sea, gloria al Señor que utilizas tus vacaciones para ayunar. Pero, digamos, no es que tú vas a estar ayunando cuatro días de lunes a jueves, mareado en tu trabajo, sin rendir. No, hermano, eso no aplica. Sé sabio en esto, porque vas a terminar llamando la atención hacia ti mismo: “¿Y qué es lo que pasa?”. “No, no, no me pasa nada”. Algo te pasa: se te nota.

Asuntos prácticos, hermanos, que podemos hacer es atender a lo que dijo el profeta Joel; eso me llama mucho la atención. Joel reprendió a Israel porque a Israel le gustaba practicar asuntos espirituales, pero con el corazón lejos. Joel lo practicaban con el cuerpo. Dice Joel capítulo 2 y versículo 13:

Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente.

— Joel 2:13

Él está reprendiendo este asunto de practicar las disciplinas espirituales solamente con el cuerpo; él dice: “¿Ustedes quieren ayunar? No se rasguen la ropa, rasguen el corazón”. Pérdida de tiempo, hermanos, es practicar un ayuno que sea solamente un asunto de no administrar tales comidas y esperar que se te “logre” cuando llegue la hora, y entonces: “Ahí voy”.

Recuerdo al pastor Parra, hermanos, enseñándonos el ayuno. ¡Guau, qué dificultad este asunto! Retiro con la iglesia: “Vamos a reunirnos a ayunar”. Recuerdo que cuando soltaban el ayuno a las 3, hermanos, éramos como lobos detrás de la comida, y recuerdo al pastor Parra diciendo: “Hermanos, así no”. O sea, si tú estás evitando la carne, no te desenfrenes ahora. No es como que: “Mira, me voy a ausentar de comer, y después me la voy a matar; voy a estar como Hulk”. No, hermano, no. Después de esto seguiré con prudencia; después de esto lo haré con comedimiento. No hay que estar como en una fiesta de comida: “No te preocupes, que hoy a las cuatro pidan pizza, que vamos a romper el ayuno”. No es así.

No digo esto con intención de producir las risas, hermanos, pero la verdad produce risa, o sea, como que: “Vamos a ayunar, y después lo vamos a romper con pollo, con pizza; tráiganme comida, hermano”. Un tiempo de recogimiento, de ejercicio espiritual, para terminar en gula. No, no es lo que debemos hacer como cristianos. Busca primero rasgar tu corazón. Hazlo con intención, hazlo con discernimiento; entiende: “Mira, estoy luchando en esta área de mi vida por hacer la voluntad del Señor; necesito fuerzas, necesito que ese hombre interior mío que me está peleando para que haga mi propio deseo sea refrenado”. Entonces, ayuna.

Le dijo Isaías a Israel —oye, hermanos, hay que aprender de los antiguos— en tiempos de Isaías el pueblo estaba ayunando, pero el Señor no estaba recibiendo ese ayuno. Dice Isaías 58, desde el versículo 3:

¿Por qué dicen: Ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido? He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto, y oprimís a todos vuestros trabajadores. He aquí que para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente. No ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto.

— Isaías 58:3-4

Si usted va a ayunar, hermano, no esté participando desenfrenadamente en el pecado. ¿Qué es lo que pasaba? El hombre natural y carnal tiene un sistema de compensación, y él dice: “Yo deshonro al Señor hasta el punto cuatro, y después yo me sacrifico hasta el punto cuatro”. El ayuno no es una manera de compensar un mal proceder; no es una manera de dejar tu pecado donde estaba y aumentar la “espiritualidad”.

Ayuno y arrepentimiento: no compensar pecado con espiritualidad

¿Cómo es que funciona el hombre natural? El hombre natural dice: “Bueno, si usted viene de la religión tradicional, le enseñaron que si usted deshonró al Señor hasta cierto nivel, usted debe compensar espiritualmente hasta cierto nivel”. Por ejemplo: “Si yo mentí, entonces tengo que sacrificarme con cuatro Padres Nuestros; pero si lo que hice fue más grave…” Entonces ya no solamente son cuatro Padres Nuestros, y decimos: “Vamos a ponerle una receta más amplia: que sean cuatro Padres Nuestros, tres Avemarías y una procesión, aunque sea corta”. Esa es la mente natural.

¿Qué es lo que le dice Isaías? Él está diciendo: “Si ustedes ayunan y están abundando en el pecado, están practicando el pecado, traten de salir de ese asunto, de rechazar por lo menos ese asunto, y después entonces busquen la presencia del Señor por medio de un ayuno”. Esa es la razón por la cual muchas personas piensan que quien va mucho a la iglesia es como alguien muy pecador: “Como va tanto, si tiene que ir tantas veces a la iglesia, eso significa que está participando en algún pecado oculto muy aberrante, porque está metido en la iglesia de pie a cabeza”. Hermanos, no es esa la intención, pero es el pensamiento católico romano: que usted puede compensar carnalidad con espiritualidad.

Ese pensamiento prevalecía en tiempo de Isaías: que el pueblo podía abandonarse al pecado y después practicar algunos ayunos, y “empataba”. Hermanos, el ayuno no es una manera de que te quedes abrazando tu pecado de siempre y entonces eleves tu espiritualidad para pagar tu pecado con espiritualidad. Lo primero que debe hacer un creyente antes de retirarse al ayuno es arrepentirse de sus pecados y pedirle al Señor que le dé la fuerza, quizá a través del ayuno, para de ahí en adelante hacer en su vida la voluntad del Señor.

No compenses tu pecado como Isaías reprendió; abandona tu pecado y entonces ayuna. La pregunta que me hacen frecuentemente —la incluyo. Cristo tenía esa capacidad, hermanos; yo les decía el domingo pasado que a mí me asombra que el Señor predicaba y él sabía las dudas que la gente tenía. Yo no sé las dudas que ustedes tienen, pero puedo inferir la duda frecuente que la gente me dice. “Pastor, ¿y podemos ayunar otras cosas?”.

“Por ejemplo: si el ayuno es de comida, ¿yo puedo ayunar la televisión, puedo ayunar el internet, puedo ayunar otras cosas?”. Yo les digo, hermanos: sí, usted puede ayunar otras cosas, pero tenga cuidado con los sucedáneos. Porque hay una tendencia en el hombre natural de alterar el mandamiento de Dios para hacer siempre las cosas que le son más fáciles.

El Señor nos dice que el ayuno es ausentarse de comer, y al menos que usted tenga una razón de causa mayor —por ejemplo: “Mire, yo soy diabético, tengo un problema digestivo, tengo una úlcera en este momento en el estómago que no lo permite”— gloria al Señor que de verdad tiene ese impedimento y que se haya dado el discernimiento, y podrías ayunar otras cosas. Pero si lo que tú tienes es solamente el deseo de cambiar el mandamiento, ten cuidado, porque el creyente no se debe acostumbrar a estar trastornando el mandamiento de Dios para hacer lo que le sea más fácil.

Ayunar comida y, si es necesario, otras cosas lícitas

“Ah, no, lo peor es la comida; yo también podría ayunar el internet, y vamos a ver qué ayunar el internet…” El internet quizá no te ha vencido; el internet no es un instinto. Quizá haya un instinto de comunicación; uno ve a la gente tan atada a eso ahora mismo que pensaría que hablar por WhatsApp es un instinto. No, hermanos, eso no es un instinto. Alimentarse sí es un instinto.

Les digo de nuevo, hermanos: si usted tiene una causa mayor, un padecimiento físico, un impedimento —el creyente no rechaza el cuerpo—, hermano, usted tiene una enfermedad. Una hermana que está gestando no debe ayunar. Ustedes pueden seguirme en el principio: no hay que exponerse innecesariamente, pero bien podría ausentarse de otras cosas que también le son lícitas, pero que no se va a dejar dominar de ellas.

Sin embargo, si usted tiene su sistema digestivo bien y lo que tiene es dificultad, ayune. Hay una sabiduría en el ayuno, hermanos: miren, el ayuno en primer lugar es una necesidad universal. Un etíope, un egipcio, un dominicano, un guatemalteco, todos necesitamos comer, y todos necesitamos ayunar. El ayuno, hermanos, es interesante porque toca una necesidad muy básica; quizá si usted busca en los psicólogos licenciados las pirámides de las necesidades, eso está en el nivel más básico: el ser humano necesita comer. Y cuando tú controlas eso, tú puedes tener victorias en los niveles más altos.

Pero al mismo tiempo, hermanos, esto es un instinto muy recurrente. El ser humano come y necesita volver a comer, necesita volver a comer. Hay otras cosas que usted las satisface, y vuelve a percibir la necesidad dentro de un mes, dentro de una semana o hasta el otro día; usted come ahora y, ahorita, necesita volver a comer y volver a comer y volver a comer. Es muy recurrente; por eso quizá hay sabiduría en utilizar la alimentación para frenar estas cosas.

Les he mencionado, primero, en qué consiste el ayuno: no consiste en pasar hambre por pasar hambre; consiste en ausentarse voluntariamente de algo que es lícito para que no seamos dominados de esa cosa ni de ninguna otra. ¿Pueden entender el patrón? Arrancamos por la alimentación, pero no queremos ser dominados en ningún otro instinto, en ninguna otra de las cosas que hacemos. Tomamos control de eso que es muy básico, que es universal, que es recurrente, para, con la ayuda del Señor, tener dominio y la ayuda del Espíritu Santo en muchas otras áreas.

Les he dicho algunas cosas que debemos evitar, entre ellas lo que nos decían los profetas: que no compensemos, que no lo hagamos mecánicamente, sino que lo hagamos con discernimiento. Y les he animado sobre cómo hacerlo.

Invitación a un ayuno congregacional y oración final

Ahora, quisiera invitar a la congregación. Hermanos, algo que se ha visto en la historia de la iglesia es que cada vez que la iglesia ha deseado algo profundamente, se humilla ante el Señor, se abstiene de alimento, y el Señor le responde si es su voluntad. Miren lo interesante: no es “lo vamos a hacer, y el Señor va a tener que responder”. No, no, no. Como iglesia podríamos humillarnos, y si es la voluntad del Señor, el Señor podría concedernos según su voluntad.

No quisiera apresurarme para hacerlo ahora mismo, pero el próximo domingo estaremos invitando a la iglesia a que participemos juntos en un ayuno congregacional. Tendremos la oportunidad, un día a la semana, de ausentarnos de alimento, orar al Señor, en la medida de lo posible quizá reunirnos en diferentes lugares, ya sea al comenzar el ayuno o al terminarlo, y estaremos pidiéndole al Señor necesidades muy concretas para nuestra congregación. Entre ellas, que podamos vencer en nuestra lucha con el pecado, que el Señor quiera aumentarnos como pueblo y que el Señor nos indique hacia dónde quiere llevar a nuestra iglesia en los próximos siete años.

Terminemos ahora no orando y ayunando, sino solamente orando. Los hermanos del ministerio de adoración nos pueden acompañar con una canción; al final oramos al Señor para que él nos acompañe, y desde ahora nos preparamos para las 4:00 de la tarde, reencontrarnos en nuestro bautismo, donde también estaremos compartiendo la comunión.

Gracias, Señor, por la sabiduría de tu Palabra. Gracias, Señor, porque vemos esta preocupación que hay en ti de que seamos no avergonzados, sino victoriosos en diferentes áreas de nuestras vidas. Te pido, Señor, encarecidamente que comiences a crear urgencia en nuestra congregación por vencer en áreas donde estamos siendo avergonzados. Señor, necesito ayunar; mis hermanos también sé que necesitan ayunar, porque necesitamos ser dirigidos especialmente por tu Santo Espíritu, porque necesitamos, Señor, silenciar —aunque sea temporalmente— los deseos de nuestra carne para poder tener discernimiento y oído abierto, Señor, en lo que es tu voluntad.

Desde ahora, Padre, te encomendamos aquel momento glorioso en que nuestra iglesia, ya sea junta físicamente, junta en un mismo espíritu, estará congregacionalmente ayunando. Te pido, Señor, que en esta semana comiences a prepararnos, quizá creando urgencia acerca de la necesidad; permite que esta sea una iglesia, Señor, victoriosa, que sea una iglesia que venza, Señor, individualmente, que venza congregacionalmente. Desde ahora te pedimos, Señor, para que en ese tiempo de ayuno nos des discernimiento especial de hacia dónde quieres llevar a nuestra iglesia en los próximos años.

Todo esto te lo pedimos para tu gloria, en el nombre de Jesús. Amén.

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