Les pido, hermanos, como hemos estado compartiendo ya durante un largo tiempo en nuestra iglesia el Sermón del Monte, que me acompañen al Evangelio de Mateo en el capítulo 6. Creo que todos hemos visto cuánta sabiduría hay en una sola sección de enseñanza. Tenemos ya, creo que meses, en el Sermón del Monte y alcanzamos ya la mitad del capítulo 6. Y el Señor nos ha estado acompañando primero con las bienaventuranzas, después con diferentes parábolas cortas, luego con enseñanzas acerca de la ley, ahora con relación a la justicia práctica. En esta pequeña serie dentro del sermón ya hemos visto, en primer lugar, cómo se practica la justicia con relación a las limosnas, “el creyente y las limosnas”. Hemos visto también cómo se practica la justicia con relación a la oración, “el cristiano y la oración”, y con la ayuda del Señor ahora vamos a esta serie relacionada, todos los sermones con relación a la práctica de la justicia, hablando acerca de “el cristiano y el ayuno”.
Les recuerdo que el eje central de todas estas enseñanzas, de las tres: el creyente y la limosna, el creyente y la oración, el creyente y el ayuno, es el versículo que las inaugura, el capítulo 6 y versículo 1, que dice el Señor: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos”. Y sigue siempre el mismo estribillo de que hagamos algo en secreto y nuestro Padre que ve en lo secreto entonces nos recompensará. Les recuerdo también que el propósito que se evidencia que tenía nuestro Señor Jesucristo no era alentarnos acerca de la limosna, alentarnos acerca de la oración o alentarnos acerca del ayuno, aunque queremos ser alentados respecto de las tres cosas. El Señor ya asumía que nosotros íbamos a dar limosna, que nosotros íbamos a orar y que nosotros íbamos a ayunar.
Por eso Él pasa directamente y no se detiene a estimular diciendo: “Hermano, hay una; hermano, ora; hermano, sé generoso con tus bienes materiales”, sino que el Señor pasa directamente a decirnos la manera incorrecta de hacerlo y la manera correcta. Dice así el versículo 16 en adelante del capítulo 6, leemos la Palabra del Señor:
Cuando ayunéis, no seáis austeros como los hipócritas, porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
— Mateo 6:16-18
Cuando ayunéis… el Señor infiere que ya estás ayunando. Escuchen eso: Él no dice “por favor, ayuden, hermanos, les estimulo a que ayunen”, no; dice “cuando ayunéis”, porque, de hecho, ya el Señor entiende que lo estamos haciendo. Aunque a la luz del pasaje, hermanos, se infiere que no era la intención del Señor estimular, sino corregir una mala práctica, yo tengo que estimular. Aunque a la luz del pasaje, hermanos, es evidente que el Señor está interactuando con personas que, de hecho, ya estaban ayunando, yo voy a inferir, voy a asumir que entre nosotros podría estar sucediendo lo contrario. Invertiré un poco de tiempo no solamente en corregir, que era lo que hacía el Señor, sino también en estimular.
Dice así nuestra introducción: entre las diferentes disciplinas espirituales que se mencionan en las Escrituras, disciplinas como orar, congregarnos, permanecer en las Escrituras y desprendernos con generosidad, el ayuno podría ser una de las menos frecuentadas en nuestros días. Aún así, tenemos ante nosotros el hecho de que nuestro Señor nos animó con su propio ejemplo, al comenzar su ministerio público ayunando durante cuarenta días, y que cuando enseñó al respecto asumió que ayunaríamos y, en vez de animarnos, nos instruyó sobre cómo hacerlo correctamente. Asimismo, los hijos de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, acudieron frecuentemente al ayuno y esta disciplina espiritual estuvo presente en momentos importantes de la iglesia primitiva. Bien haríamos nosotros hoy en prestar atención al ayuno y en seguir el ejemplo de los antiguos. No tiene que decir: “Bueno, yo veo el ayuno, Pastor, en estos días como una excentricidad”.
El ayuno no es para “Grandes Ligas” espirituales
Es más que eso; parece como entre los ejercicios que se hace para las Grandes Ligas de la disciplina espiritual. Como que el común de los creyentes se congrega en una iglesia, el común de los creyentes ora, el común de los creyentes oran y cantan alabanzas al Señor, y un cuerpo especializado de creyentes, que están como en nivel 4 de la madurez cristiana, son tan espirituales que aún hasta ayunan. Quizá lo primero que pretendo es bajar el nivel y enseñarles que el ayuno no es para las Grandes Ligas, sino que el común de los creyentes no solamente debe ayunar, sino que, si supiera la utilidad del ayuno, estaría programando ayuno para la próxima semana. Quisiera, hermanos, comenzar diciéndoles lo que pretendo hacer: en primer lugar, explicar en qué consiste el ayuno; en segundo lugar, explicar qué debemos evitar al ayunar; y en tercer lugar, entonces decirles algunas instrucciones prácticas de cómo hacerlo.
Primero les diré que el ayuno, hermanos, es una práctica generalizada en todas las Escrituras. En el Antiguo y en el Nuevo Testamento, los creyentes estaban ayunando; en el tiempo de Cristo, y Cristo mismo estaba ayunando. No es una práctica como de la vida antigua, no es una práctica arcaica, no es algo que hacían los profetas del Antiguo Testamento, sino que nuestro mismo Señor, nuestro Señor Jesucristo, Él mismo comenzó su ministerio público ayunando. Habló frecuentemente del ayuno, principalmente para corregir prácticas, porque en sus días no había que animar a las personas respecto de la importancia del ayuno, la gente lo asumía.
Algo que les diré también es que el ayuno viene hermanado con la oración. Es frecuente que cuando la Escritura menciona el ayuno también se mencione en períodos de oración. Y no es casual que nuestro Señor, después de poner el Padre Nuestro y un modelo de oración, entonces hable también del ayuno, porque frecuentemente el ayuno complementa la oración del creyente. Les diré también, hermanos, que el ayuno no es un asunto de abstenerse de cosas que son pecaminosas. Cuando un creyente ayuna se abstiene de algo que le es lícito y hasta conveniente, como el alimento. No ayunamos porque todo lo que estamos haciendo diariamente sea algo pecaminoso, o porque los alimentos sean pecaminosos; nos abstenemos de algo que nos es lícito con qué intención principal, con la intención principal de disciplinar el alma.
No porque los alimentos sean malos, sino porque el abuso de los alimentos puede anunciar una práctica pecaminosa que no viene a través de la boca, sino que viene desde el alma y desde el profundo corazón. Dice asimismo el apóstol Pablo en la primera carta a los Corintios, en capítulo 6 y en el versículo 12:
Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna.
— 1 Corintios 6:12
El ayuno, la carne y nuestros instintos desordenados
Para que vayamos entendiendo el ayuno: el ayuno no se trata de que cuando tú dejas de comer eres más espiritual, no. El ayuno se trata de que tu cuerpo tiene unos instintos naturales que te animan no solamente a saciar una necesidad, sino a transgredir los límites que el Señor ha establecido. Y cuando tú intencionalmente le colocas a tu naturaleza caída un límite corto, tendrás una guerra interior que te anunciará cómo está esa proporción entre el hombre espiritual y el viejo hombre. Siendo el ayuno, hermanos, regularmente no solamente una alerta, sino una alarma de cómo están las cosas al interior del corazón del creyente.
¿Usted quiere saber qué tanto prevalecen en su hombre interior los deseos naturales y qué tanta propensión tiene usted a ser vencido en la lucha con el pecado? Ayune. Y usted dirá: “Yo no quisiera saber qué tan vivo está esto, Pastor, con esa lucha”. El pecado, hermanos, no es algo que viene desde afuera; el pecado alimenta, como dice Santiago, nuestra concupiscencia. Y cosas que son lícitas, entonces comienza el pecado a avivar entre nosotros para que las distorsionemos y las llevemos a un punto en que ofendan a Dios. Y cosas muy naturales, como el instinto de alimentación, algo que es universal y recurrente del ser humano, entonces el pecado comienza a avivar el instinto de alimentación, y ya usted se sació y comió, pero usted quiere comer más, y no está satisfecho solamente con las tres comidas, sino que usted quiere comer más.
Entonces uno pregunta: ¿y por qué es que hay un instinto dentro de usted que no solamente quiere ser satisfecho, sino que quiere ser satisfecho más allá del límite de lo que el Señor ha establecido? Asimismo hay otros instintos en el ser humano. Por ejemplo, el ser humano tiene casi un instinto de posesión: todo ser humano quiere tener algo, aunque sea un lápiz, que diga: “Esto es mío”. Y el Señor te diseñó para que tengas ese instinto de posesión, de forma tal que puedas cultivar la mayordomía cristiana y glorificar al Señor con tus bienes. Sin embargo, ningún ser humano se conforma con poseer un lápiz; quiere poseer el lápiz y también el portalápiz, y la mochila y la mochila del vecino y el lápiz del primo, ese es el ser humano.
El ser humano no solamente quiere alimentarse, el ser humano no solamente quiere poseer. Por eso el abuso del instinto de la alimentación entonces nos lleva a la gula, y el abuso del instinto de adquisición entonces nos lleva al hurto, al robo, a los deseos desordenados que se mueven en el corazón. El ser humano quiere reproducirse y es natural, pero debe reproducirse dentro de los límites de Dios. Pero el pecado comienza a avivar en ti ese instinto de reproducción y comienza a reproducirse de manera que te hace daño a ti mismo y, sobre todo, causas un daño a tu Creador.
El propósito del ayuno: someter la carne y medir su fuerza
El ser humano quiere protegerse naturalmente. Cuando camina al borde de un precipicio siente algo que lo impulsa a que se aparte, que lo aleja del borde del precipicio. Pero ese instinto de protección, a veces abusando de él, entonces nos lleva a nosotros a exaltar el ego, a cuidarnos desmedidamente. ¿Para qué funciona el ayuno, hermanos? El ayuno funciona a nivel de un instinto, que es el instinto de alimentación, y le dice al hombre natural: “Durante un tiempecito prudente y saludable, cuerpo, no te ministraré comida”. Y sin necesitarlo, el simple hecho de proclamarle a tu cuerpo un ayuno, tú encontrarás una ansiedad que se comienza a manifestar en tu hombre interior.
Ahí es que tú te preguntas: “Pero ¿qué es lo que yo tengo adentro? Si acabo de comer recientemente y he comenzado un ayuno y solamente el hecho de anunciar el ayuno ya produce en mí cierta ansiedad, cierta necesidad de comer”. Es que adentro de ti no solamente hay un estómago, no solamente hay un sistema digestivo, también hay una carne, que es un deseo natural, que te compele a comer y a comer y a comer y a no frenar cuando el Señor te dice: “Frena”. Cuando un cristiano ayuna está sometiendo no su cuerpo solamente, sino su carne, ese deseo natural que hay en él, con la intención de ejercitar aquello de que “todo me es lícito, pero no todo me conviene; todo me es lícito, pero yo no me dejaré dominar por ninguna”.
Decía un escritor prominente del siglo XVI, decía Calvino acerca del ayuno: “Digamos algo sobre el ayuno, porque muchos, por querer saber cuál es su utilidad, desestiman su necesidad y algunos lo rechazan como algo superfluo; mientras, por otro lado, donde su uso no es bien comprendido, degenera fácilmente en superstición. El ayuno santo y legítimo está dirigido hacia tres propósitos. ¿Por qué lo practicamos? Tanto como una restricción de la carne para preservarla del desenfreno, o como una preparación para oraciones y meditaciones, o como un testimonio de nuestra humillación en la presencia de Dios cuando estamos deseosos de confesar nuestra culpa ante Él”. Era muy característico de la mente de Juan Calvino sistematizar las cosas, y él sistematizó el ayuno en tres propósitos principales.
Primer propósito: el ayuno cristiano. Un cristiano ayuna para limitar su carne, y no me refiero a carne como la piel que tienes sobre tus huesos, me refiero a carne a ese deseo natural que tiene el ser humano de hacer diferentes cosas. Cuando un cristiano está ayunando, él está limitando su carne, le está diciendo: “Cuerpo, tú me reclamas cosas, tú me pides cosas, pero yo te administro esas cosas en el orden y en el momento que Dios ha establecido que es lícito administrártelo”. Y tú me dirás: “Pero eso es inconveniente”. No, no es algo inconveniente, es una práctica quizás hasta previsora.
La experiencia práctica del ayuno y su relación con la oración
Sucede un fenómeno, hermano, y es que cuando uno comienza a ser consciente sobre el poder que tiene la carne sobre uno, no solamente cuida la alimentación, sino que uno cuida las manos, uno cuida los ojos y uno comienza a cuidar diferentes áreas de la vida. Pero cuando comiences a ayunar entrarás en conciencia del poder que tiene tu hombre natural sobre tu hombre espiritual. Preguntas como la siguiente afloran: “¿Haces caso? Una hora que dije que iba a ayunar y ya tengo una ansiedad inexplicable”. Sorpréndanse, pero a veces ustedes comienzan a trabajar y en ese trajín se afanan tanto que vienen a comer a las cuatro de la tarde y dicen: “¡Guau, pero se me ha ido el tiempo, yo no he comido!”.
Propóngase voluntariamente durar ayunando las mismas horas y usted verá que a los minutos comienza la ansiedad. A los minutos comienza la carne a decirte: “No nos han mandado comida; ¿será que no nos van a dar comida?, ¿será que nos quieren matar?”. “¿Pero cómo que te quiero matar?”. Sí, hermano, los instintos están adentro de uno, y el ayuno es un mecanismo que el Señor nos ha provisto para que midamos el poder que tienen sobre nosotros. Al mismo tiempo, los santos hombres de Dios históricamente se han abstenido de alimento en tiempos especiales de oración y de meditación, y también en momentos especiales donde hay que testificar ante el Señor humillación, frecuentemente para confesar sus pecados.
Quizás una manera sabia de aprender sobre el ayuno tiene que ver con diferentes testimonios de ayunos que se nos dan en las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, Moisés ayunó ante el Señor cuando iba a recibir la ley. En un momento importante como ese él no llegó allá saciado y lleno de comodidades, sino que él preparó su cuerpo espiritualmente por medio de un ayuno. Y no solamente para recibir la ley, sino que lo que le esperaba abajo era un pueblo rebelde, y gloria al Señor porque dispuso un ayuno, porque este hombre espiritualmente se preparó para lidiar con esa necesidad.
El libro de los Hechos, por ejemplo, nos da testimonio en Hechos capítulo 13 de que la iglesia primitiva era una iglesia que ayunaba. Los santos hombres de Dios en Antioquía, antes de tomar una decisión importante que iba a tener consecuencias trascendentales con el avance de la iglesia del Señor en el siglo primero, dice que estaban congregados ayunando, y que cuando estaban congregados ayunando y orando al Señor, entonces el Señor dirigió a la iglesia, especialmente por agencia de su Santo Espíritu, para tomar una decisión trascendental, y era apartar a Pablo y a Bernabé para la obra del ministerio.
La iglesia oró, la iglesia ayunó y el Señor respondió ante un dilema. Esto tiene, hermanos, una lección importante: ¿por qué acompaña el ayuno frecuentemente a la oración? Es porque en la oración sucede una dinámica en que usted habla a Dios y Dios, por algún medio, le responde al creyente. Sin embargo, un dilema que tenemos nosotros cuando estamos pidiendo algo al Señor es que la carne frecuentemente nos confunde.
El peligro de la carne confundiendo nuestras decisiones
Cuando estamos pidiendo algo al Señor, regularmente comienza la carne a enseñar sus propias respuestas “divinas” a nuestras oraciones, que sorprendentemente se parecen mucho a la misma cosa que queríamos antes de comenzar a orar. Y usted comienza a pedirle al Señor por un propósito, pero comienza la carne a alimentar respuestas y comienza la carne a decirte: “Tú lo que necesitas tomar es esta decisión, que es la decisión más fácil; tú lo que necesitas tomar es esta decisión porque el Señor te está indicando en esa dirección, que es la decisión más cómoda, que es la decisión que no confronta tu cuerpo y tu naturaleza, no confronta tu carnalidad, sino que es la decisión que lo acaricia, que lo afirma y que te dice que lo mismo que Dios te está respondiendo es lo mismo que tú estás pidiendo”.
Se parece al apóstol Pedro cuando le dijo al Señor: “Señor, que tal cosa no te suceda”, y el Señor le dijo: “Apártate de mí, Satanás”. Hermanos, ¿por qué frecuentemente acompañamos una oración para tomar una decisión importante en nuestras vidas con el ayuno? Porque el ayuno nos permite estar conscientes de que la carne nos confunde. Evita la distracción de la carne. La distracción de la carne es quizás elegir lo que nos agrada. La iglesia fue especialmente dirigida por el Espíritu Santo, hermano, y cuando usted toma control y hace conciencia de su hombre natural, de esos instintos desenfrenados que tiene el viejo hombre sobre nosotros, eso nos compele a ayunar para tener control sobre la carne, para que seamos dirigidos a cosas que no sean un autoengaño, una respuesta viciada, sino que sea una respuesta del Señor para nuestra oración.
¿Un ejemplo de esto? Bueno, la iglesia de Antioquía, le he mencionado también a Moisés cuando recibió la ley. También Ester, ¿se recuerdan a Ester? Ester tenía que tomar una decisión importante, necesitaba valor para hacer la voluntad del Señor con una obediencia radical. Invitó no solamente a ella, sino a todas sus doncellas y al pueblo completo a que se unieran en un ayuno nacional para que el Señor les diera valor, les diera fuerza para llevar una obediencia radical en momentos de mucha necesidad.
Hermanos, creo que hoy más que nunca hace falta una iglesia que ayune. Una iglesia que tendrá que tomar decisiones radicales a favor de la voluntad del Señor frecuentemente será engañada por los deseos de su carne y les dirá: “No hay que obedecer al Señor con una obediencia radical, sino que solamente podemos obedecer hasta cierta parte”. Y esa carne que está dentro de nosotros, que Santiago le llama concupiscencia, comienza a moverse.
Ejemplos bíblicos de ayuno en tiempos de aflicción
Esa concupiscencia nos dice: “No hagamos la voluntad del Señor de tal manera, sino que acomodémonos para hacer lo que nos conviene a nosotros”. Ester ayunó y el Señor le dio valor en un momento de obediencia radical. Algo que me llama la atención también es el rey David, que incluía el ayuno entre sus prácticas espirituales. En un momento delicado donde David estaba siendo calumniado, donde estaba recibiendo comentarios hirientes… ¿Te has sentido tú así, hermano? Verás que hay temporadas en la vida de uno donde comienzan a llover los comentarios de desaprobación, críticas hirientes, cuestionamientos falsos, testimonios torcidos.
Decía el rey David:
Oh Dios de mi alabanza, no calles; porque boca de impío y boca de engañador se han abierto contra mí; han hablado de mí con lengua mentirosa. Con palabras de odio me han rodeado, y pelearon contra mí sin causa. En pago de mi amor me han sido adversarios, mas yo oraba. Me devuelven mal por bien, y odio por amor.
— Salmo 109:1-5
Hermano, ¿te has sentido tú alguna vez así, como que estás siendo profundamente cuestionado, desacreditado, con comentarios hirientes, mentiras que son divulgadas contra ti? ¿Qué dice el rey David que hacía? ¿Qué hacemos los brillantes de este tiempo? Devolvemos. ¿Y qué hacemos? Tratamos de limpiar nuestro nombre, tratamos de demostrar que nosotros estamos siendo injustamente criticados. ¿Qué hace David? Dice que oraba, pero no solamente oraba.
Dice el rey David también:
Mis rodillas están debilitadas a causa del ayuno, y mi carne desfallece por falta de gordura.
— Salmo 109:24
¡Guau! David decía: “Me han calumniado, me han difamado, me han hecho daño, y todavía nada he hecho más que buscar a Dios”. ¿Y por qué, hermanos? Porque hay un instinto de supervivencia en el ser humano que hace que ante el mínimo dedo que te pongan encima tú explotes, que ante la mínima crítica tú quieras cuidar tu nombre. Cuando tú ayunas, hermano, tú estás dominando ese fuego interno que hay en el ser humano, que le hace devolver una palabra con otra palabra. Pero no solamente eso, sino que también te fortalece en la lucha espiritual.
Gloria al Señor que nos permite, a veces, no ver todo lo que sucede alrededor nuestro, hermano, pero yo les diré que no solamente somos los seres humanos que habitamos la creación. Sin ánimo de necesariamente atemorizarles, quiero, hermano, que estén conscientes de eso: consideren que en la tierra no solamente se mueve el ser humano. Dice la Escritura que hay huéspedes que son ángeles caídos que se mueven en medio de la creación y que son demonios, que llegan a poseer, llegan a influenciar, llegan a dominar al ser humano.
En un momento, los discípulos de Cristo estaban luchando contra un demonio y no pudieron expulsarlo, y el Señor les dijo que ese género no sale sino es con ayuno y oración. Hermano, la petición no es: “Señor, permítenos ver los demonios”, sino: “Señor, permítenos estar preparados para, quizás sin verlos, que seamos preservados providencialmente, porque a tiempo nos preparamos para este enfrentamiento en la lucha espiritual”.
Ayuno en Israel y en tiempos de Esdras
En Israel se ayunaba, por ejemplo, ante la pérdida de un rey; esto se aborda en 2 Samuel capítulo 1. También David ayunó ante la pérdida de un ser querido. Un ayuno colectivo que me llama la atención en las Escrituras es el ayuno que se hizo en tiempos de Esdras. En tiempos de Esdras el pecado no era ya solamente un asunto particular, sino que el pueblo se había entregado al pecado y había pecados que habían estado ocultos. El Señor comenzó a manifestarlos y, ante esta necesidad de arrepentimiento, dice que el siervo del Señor se encerró a orar y ayunar, quizás esperando que el Señor le diera la fuerza al pueblo para que haga la voluntad del Señor en áreas de la vida donde estaban acomodados.
El ejercicio que más frecuentemente sucede en la predicación cristiana es que el hombre es confrontado con su pecado, pero no tiene la capacidad para hacer la voluntad del Señor. ¿Y no se ha dado cuenta de esa impotencia, de que ya uno vio lo que conviene pero que uno está por debajo de la expectativa del Señor y no tiene las fuerzas para hacerlo? Hermano, no es innecesario, sino urgente que ayunemos para que el Señor nos dé la fuerza para abandonar pecados muy particulares. En tiempos de Esdras eran pecados que habían alcanzado las familias, y la decisión que hacía falta era una decisión trascendental. El pueblo se había estado uniendo a mujeres paganas. El Señor confrontó al pueblo en su pecado y Esdras estuvo orando, infiero yo, hermano, para que el Señor les diera la valentía a estos hombres para que glorificaran al Señor en decisiones trascendentales e importantes.
Un creyente que en un año no incluye algún ayuno es un creyente que estará viendo la voluntad del Señor, pero estará constantemente siendo solamente un observador. Él verá la voluntad del Señor pasar por sus ojos, y cuando él intente hacerla se dará cuenta que su hombre interior está en esa lucha como un columpio. Yo recuerdo a Watchman Nee explicando eso: que es como una lucha que hay en el corazón. El corazón del hombre tiene que tomar una decisión, y cuando se le pregunta va a responder el hombre espiritual, el nuevo hombre que está conforme al pensamiento de Cristo, o el viejo hombre que está viciado de acuerdo a los deseos de la carne.
Y cuando se le pregunta a tu corazón: “En esta área de tu vida, ¿harás la voluntad del Señor?”, tú intentarás levantar un dedo, y cuando tú intentes levantar un dedo, ya la carne tendrá el brazo entero levantado. Por eso ayuna un creyente, un creyente hayuna porque reconoce que necesita hacer la voluntad del Señor en áreas de su vida en las cuales él sabe que no tiene la capacidad para glorificar al Señor ahí.
Razones variadas para ayunar y la necesidad de dirección
Cristo, en preparación para su ministerio público, ayunó. Y si me permitieran darle otras razones así, picaditas y variadas, ¿por qué otras razones deberíamos ayunar? Bueno, ya les dije: ayunamos porque los deseos de nuestra carne frecuentemente nos confunden. Ayunamos, hermanos, porque dice el Señor a sus discípulos… Le preguntaron en Mateo 9: “Maestro, los discípulos de Juan ayunan, pero los tuyos no ayunan”. Y Él les dijo que ellos no ayunaban ahora porque el esposo estaba con ellos, pero eventualmente el esposo les sería quitado y entonces tendrían que ayunar.
El Señor reconocía que quizás, al estar protegidos —me imagino—, teniendo al Hijo de Dios ahí al lado suyo, una decisión, hermano, no era dilema. Le preguntaban al Maestro directamente, el Maestro iba a decir. La protección de Emmanuel estaba con ellos, Él tenía el poder para cuidar de los suyos. Él dijo: “De los que me diste, ninguno se perdió sino solamente ese que era un hijo de perdición”. El Señor podía cuidarles, el Señor podía dirigirles, pero cuando los soltara el Señor, tendrían que ayunar. Hermanos, si luchaban contra la carne con el Señor ahí, ¿no lucharían aún más cuando el Señor les fuera quitado? El Señor les dijo: “Ellos no ayunan ahora, denle un ratico, que el esposo les será quitado y verán que tendrán que ayunar”.
Ayunamos, hermanos, porque necesitamos dirección sobrenatural del Espíritu Santo. Hay veces que uno ha orado solamente por determinadas cosas y no ha visto con claridad cuál es la voluntad del Señor. Lo que más frecuentemente está sucediendo es que en el corazón hay una lucha entre el pensamiento de Dios y los deseos de la carne. En esa lucha, hermano, uno no sabe discernir. Ayunamos para limitar la carne, para que podamos ver con claridad hacia el lugar en que el Señor nos está dirigiendo.
Claro, un testimonio: cuando hay un ayuno congregacional en nuestra iglesia local muchos de ustedes piensan quizás que nuestra iglesia siempre se ha reunido en este lugar. No fue así. En un momento de amplia necesidad para nuestra iglesia, cuando nos encontrábamos, hermanos, totalmente desabastecidos en una manera material, nos faltaba la capacidad… Yo siento que nos faltaba la capacidad material porque no teníamos los recursos para disponer un lugar de reunión, no teníamos con qué amueblarlo, no teníamos con qué costearlo y el Señor proveyó. Pero nos faltaba, sobre todo, una capacidad espiritual, porque no sabíamos qué decisión convenía más entre muchas opciones: esto, aquello, lo otro.
Recuerdo que como iglesia, en el 2013, nos reunimos en un aposento alto en la calle Santiago. Estuvimos orando al Señor, estuvimos ayunando al Señor. Hermano, y más o menos en ese mismo tiempo el Señor proveyó dirección, proveyó sabiduría y también provisión material. Es frecuente que cuando una iglesia no sepa qué hacer, sepa que hay que ayunar, hermanos. Ante un dilema, hermanos, ante una decisión importante, lo que manda no es solamente oración, sino oración y al mismo tiempo un freno para los deseos de nuestra carne por medio del ayuno.
El ayuno como recordatorio de la fuerza de la carne
Ayunamos por eso, hermanos, porque deseamos ser dirigidos especialmente y sobrenaturalmente por el Espíritu Santo. Pero hay otras razones también necesarias para ayunar. Ayunamos porque el ayuno nos recuerda, y nos admite ante Dios, lo fuertemente atraídos que somos hacia los deseos de la carne. Y una de las evidencias más concretas que uno tiene de esa lucha es limitar al cuerpo. Todo el mundo piensa de sí: “No, yo soy un creyente libre en Cristo. Yo puedo hacerlo, yo puedo decidir”, pero intente. Dígale a alguno de sus instintos que no, y usted se va a dar cuenta si usted es libre.
Intente poner freno a cualquiera de sus instintos y usted verá si es libre o no es libre. El ayuno es como un freno a un instinto, el instinto de alimentación, y cuando la carne comienza a llamar la atención, nos recuerda, hermano, lo dependientes que somos de la ayuda del Señor. Una pregunta saludable sería la siguiente: ¿qué tanto influye mi carne en esta decisión? Hermano, busca algún elemento en tu vida, busca alguna decisión importante. ¿Estás decidiendo un trabajo, estás decidiendo una relación, estás decidiendo un negocio, estás decidiendo un procedimiento de salud? Hazte la siguiente pregunta: alma mía, ¿qué tanto están afectando los deseos naturales de mi carne y mi concupiscencia la decisión que estoy por tomar?
Frecuentemente serás confrontado y verás que dilemas que tienes en tu existencia no son más que eso: no es una lucha entre una decisión y otra, es la lucha entre hacer tu propia voluntad o hacer la voluntad de tu Señor. El ayuno nos permite, de algún modo, tantear eso, experimentar qué tan fuertes en Cristo somos o qué tan carnales somos todavía. Qué tan vencidos somos al pecado, qué tan vendidos somos al pecado, o qué tanta victoria estamos teniendo en el Señor.
Me muevo un poco, hermanos. Les he dicho ya en qué consiste el ayuno: consiste en limitar algo que es lícito, que es la comida, durante un tiempo prudente, con la intención de decirle a nuestra carne, no solamente al cuerpo sino la carne: “Eso que me estás pidiendo, que muy probablemente es lícito, en este momento para la gloria del Señor no te será suministrado”. Eso que me reclamas en este momento no te corresponde. No soy vencido por el pecado, no soy vendido al pecado; en Cristo tengo libertad, tengo la ayuda sobrenatural del Espíritu Santo que me permite que participe en diferentes cosas, pero que no sea dominado por ninguna de ellas.
Qué debemos evitar al ayunar
¿Qué debemos evitar al ayunar? Bueno, el Señor nos dice que debemos evitar, en primer lugar, hacerlo para los hombres. Y no me detendré ahí porque es lo mismo que aplica para la limosna y también aplica para la oración; ya en dos sermones hemos hablado al respecto. Les diré algo que quizás sea sabio: evitar hacerlo mecánicamente. Sería ayunar sin discernir. Hermano, el ayuno no es un ejercicio físico. El ayuno no es un ejercicio solamente del cuerpo, es un ejercicio que se hace con entendimiento, se hace con propósito. Una persona que ayuna solamente por ayunar está pasando hambre, no está participando en un ejercicio, en una disciplina espiritual.
Lo mismo pasa con la comunión, que sería lo inverso. Cuando el pueblo participa de la comunión no es alimentado espiritualmente porque nutrientes entren a su sistema, es alimentado espiritualmente porque convicciones son afirmadas en su mente. La comunión no funciona por ejercicio mecánico. Lo mismo sucede con el ayuno: ayunar por ayunar es pasar hambre.
Asuntos a evitar en el ayuno, hermano, es ignorar el aspecto excepcional que tiene esta disciplina. A diferencia de la oración, que es algo de lo que la Escritura nos dice que permanezcamos en oración, que oremos sin cesar, la Escritura en ninguna parte nos dice que tenemos que ayunar sin cesar, que ayunemos todos los días, sino que se ha reservado el ayuno como si fuera una práctica —no encuentro otro nombre—, le llamo una práctica excepcional. No era que los discípulos de Cristo estaban ayunando todos los días. Los fariseos sí habían hecho del ayuno una práctica, que habían puesto días de la semana específicos donde se sabía que el fariseo estaba ayunando, y eran quizás un espectáculo público: “Tal día podemos salir a ver qué tan afligidos están, salir a ver cómo se ve su rostro”.
Por eso les dice el Señor: “Pero tú, cuando ayunes, lava tu rostro, perfuma tu cabello y sal a la calle como si nada estuviera sucediendo; no hagas un espectáculo ante los hombres”. Ellos habían determinado dos días a la semana; eran sus dos días de ayuno. En la ley se establecía que había un día de ayuno nacional al año, pero ellos decían: “La ley dice que un día al año, pero como nosotros somos nivel 7, no un día al año, sino dos días a la semana”. Más, no; hay que evitar que el ayuno se convierta en una práctica mecánica o que ignoremos el carácter excepcional que tiene.
El carácter excepcional del ayuno y el peligro de manipular a Dios
¿En qué momentos ayunaba el pueblo de Israel? Bueno, una vez al año había ese ayuno nacional, el Señor lo había establecido, quizá hasta para eso, para que veamos cuál era la condición de nuestros instintos. Pero también ayunaba el pueblo en momentos de profunda necesidad: ante un momento de riesgo nacional, ante un dilema, ante una situación de pecado grave donde habían sido sorprendidos. El pueblo ayunaba, pero no era que ellos determinaban: “Yo voy a ayunar lunes, martes, miércoles y durante todo el año”, porque entonces se pierde en el ayuno ese aspecto excepcional que tiene esta disciplina espiritual.
Dije que al parecer los discípulos de Cristo, durante una temporada, no ayunaron y el Señor no los reprendió. El Señor reconoció que ellos no estaban ayunando porque en ese momento puntual no había una necesidad, pero que eventualmente llegaría la necesidad y tendrían necesariamente que ayunar. Cosas, hermanos, que tenemos que evitar en el ayuno es pretender controlar a Dios con el ayuno. Hermano, nosotros no intentamos por medio del ayuno convertirnos en criaturas soberanas. Nosotros buscamos, por medio del ayuno, acomodar nuestro hombre interior para que haga la voluntad de un Dios soberano.
No es que la criatura por medio del ayuno puede manipular al Creador. La criatura, por medio del ayuno, somete su hombre interior, somete su naturaleza caída para que haga la voluntad de su Señor. No ayunamos, hermanos, empecinados con un propósito. Ayunar durante largos días por algo que ofenda al Señor no va a hacer que eso sea menos ofensivo. Ayunar por largos días por algo que no nos conviene, que no glorifica al Señor, no hará que tu ayuno te acerque más a tu despropósito; el ayuno lo que podría es colocarte en una mejor posición para que le digas a tu carne: “Carne, que se haga su voluntad y no la nuestra”.
Para que, cuando el Señor diga: “A la izquierda”, tú no tengas que negociar una larga ruta con tu hombre interior, sino que tú puedas decir: “A la izquierda”. El ayuno no es una huelga de hambre, no es que un creyente está haciendo piquete ante la presencia del Señor: “Señor, tienes que darme tal propósito, estoy aquí en ayuno, si no me lo das me voy a morir de hambre, si no me das esto yo no suelto el ayuno, no suspendo el ayuno”. Yo he escuchado eso, hermano. Un hermano dice: “Yo le estoy ‘ayunando’ al Señor por eso, y hasta que no me dé eso no suspenderé el ayuno”. Regularmente lo que hacen es que luego se conforman con otra cosa, pues no se van a morir de hambre.
Hermano, Dios es soberano, tú no puedes manipular a Dios. Decía al respecto Martyn Lloyd-Jones que algunos piensan que Dios es como una máquina traga-monedas, que tú pones tres monedas y te permite hacer algo. Dios no es eso, Dios es Dios. Tú no ayunas para dominar a Dios, tú ayunas para dominarte a ti mismo y poder hacer la voluntad de Dios. El ayuno no es una oportunidad para dominar a Dios ni para sublevarse contra Dios.
El ayuno no es flagelación ni disciplina de fitness
Otra cosa que tenemos que evitar, hermanos, es confundir el ayuno con la flagelación católica. Es común este asunto de que la gente entiende que sacrificando el cuerpo, dándose latigazos, logra algo delante de Dios. Gloria al Señor que nos ha cuidado en República Dominicana, pero hay países de Sudamérica donde se hacen grandes festivales y se hacen hasta látigos especiales con diferentes puntas para que las personas puedan desgarrar su cuerpo y flagelarse. Hermanos, el ayuno cristiano no es la flagelación católica. No es tomar un látigo para sacrificar tu cuerpo.
Es más, que los cristianos, en la religión cristiana, afirmamos el cuerpo. Sorpréndanse: nosotros no decimos que el cuerpo sea malo, nosotros decimos que el cuerpo es un instrumento que puede ser utilizado para ofender a Dios y pecar, o puede ser dedicado al Señor como templo del Espíritu Santo. Es más, que los cristianos nos oponemos a que se dañe el cuerpo, a que se deshonre el cuerpo. ¿Por qué? Porque entendemos que el propósito del cuerpo es presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Hermanos, este es nuestro culto racional.
Por eso los cristianos históricamente nos hemos opuesto a la desmutilación, a la deformación, porque cuando se presentaba un sacrificio al Señor se le presentaba un sacrificio que fuera perfecto, que fuera sin mancha, que no estuviera adulterado, que no estuviera dañado. Imagínense ustedes qué sería esto de propiciar que la gente se martirice, se destruya. Martín Lutero dice que cuando estaba en el monasterio él buscaba la dirección del Señor dándose, flagelándose. Y yo he visto reportajes —no lo he presenciado en vivo— donde personas en Sudamérica se desgarran el cuerpo, se crucifican, buscando flagelarse. Eso no es el ayuno cristiano.
El ayuno cristiano no funciona sobre el cuerpo, no es el cuerpo como tal tu objetivo, sino el alma. No es el instrumento, sino lo que motiva al instrumento a actuar de determinado modo. En eso se diferencia. Es más, que el ayuno cristiano —he escuchado algunos médicos decir— es algo hasta saludable, que ausentarse por un período de administrarle al cuerpo alimentos hace hasta una función que, en vez de venir en detrimento del cuerpo, lo que viene es para su beneficio. Sin embargo, esa es otra cosa a evitar.
En estos tiempos del “fitness”, yo diría, hermanos, que si esto se entiende mal el ayuno pasaría de estar en el sótano a estar en el “top” de las disciplinas espirituales. La gente diría: “¡Resuelvo dos problemas al mismo tiempo! O sea, me fortalezco espiritualmente y al mismo tiempo me pongo en la onda y me pongo ‘fit’. ¡Digo: ‘Guau, tengo ya un mes de ayuno y oración, he perdido 4 libras’!”. Hermano, el ayuno, a pesar de que —de nuevo le digo, lo mencionan entre la gente que habla de los beneficios de salud— ese no es el beneficio que busca un cristiano al ayunar.
El enfoque del ayuno no es el cuerpo sino la carne
No es ayunar para perder peso, no es ayunar para desintoxicar el cuerpo. Nosotros ayunamos para refrenar los deseos naturales que tiene nuestra carne, que compelen al cuerpo a funcionar de forma tal que deshonren a su Creador. Hermano, si el enfoque del ayuno fuera el cuerpo, entonces los gimnasios estuvieran llenos de santos, porque la realidad es que las personas que cuidan el cuerpo hacen grandes sacrificios para cuidarlo. Se ausentan de comer determinadas cosas, se meten en maquinarias durante horas. Si el ayuno funcionara a nivel físico y no a nivel espiritual, entonces los fisiculturistas serían santos, si ese fuera el propósito.
Les recuerdo: un cristiano no ayuna para odiar el cuerpo, para predisponerse contra sus labios, contra su boca. Un cristiano practica el limitarse para refrenar los deseos de su carne. Les he mencionado en primer lugar en qué consiste el ayuno: consiste en abstenerse voluntariamente de algo lícito y bueno para algo que es mucho mejor, que es tener el dominio de nuestro hombre interior, que es poder tener dominio sobre nuestros instintos.
Les he mencionado algunas cosas que deberíamos evitar. Ahora, si me permiten, déjenme darles algunas recomendaciones acerca de cómo hacerlo. El Señor dijo, en primer lugar, que cuando ayunes tú no hagas de esto una fiesta pública, no tienes que anunciarlo. Y viene el mismo dilema de la oración: “¿Entonces está mal que alguien sepa que estoy ayunando?”. Bueno, el problema no es que alguien lo sepa, el problema es la actitud que hay en tu corazón al practicarlo.
Definitivamente que tu cónyuge sabrá que estás ayunando, definitivamente que quien comparte contigo en tu casa sabrá que estás orando. Lo que el Señor te está diciendo es que no haya en ti una actitud de exaltación personal por medio de una disciplina espiritual. Quizás, con prudencia, tú puedes decirle a tu esposo, a tu esposa: “Mi amor, mañana estaré absteniéndome de alimentos porque quiero ayunar. Tengo que tomar una decisión importante que vendrá en beneficio para nuestra casa, vendrá en beneficio para nuestro ministerio, vendrá en beneficio para nosotros, y creo que el Señor me está invitando a ayunar”.
Consejos prácticos para ayunar con sabiduría
De nuevo, hermanos, no hay que ayunar todos los días, no hay que ayunar todos los lunes, no hay que ayunar indefinidamente. A Israel se le recetó un ayuno nacional, un ayuno al año. Los discípulos de Cristo ayunarían cuando les hiciera falta. Los hombres del Antiguo Testamento ayunaban en momentos de decisiones importantes, de pecados que había que confesar, en momentos donde necesitaban fuerzas para hacer la voluntad del Señor. No hay tal cosa como “yo tengo mi ayuno todos los lunes”.
La oración, todos los días; la Escritura dice que oremos sin cesar. Y el ayuno, hermanos, en momentos excepcionales. Primero es esto: unge tu cabeza y lava tu rostro, actúa como de costumbre. Quizás sea sabio, si usted va a practicar un ayuno prolongado, aprovechar sus vacaciones del trabajo, aprovechar el domingo, aprovechar un sábado, porque la realidad, hermano, es que su empleador le está pagando para que vaya en condiciones físicas a trabajar. Entonces usted llega a su oficina o llega a su trabajo a hacer un trabajo físico muy probablemente y termina hasta mareándose, y sus compañeros se preguntan: “¿Qué es lo que te pasa?”. “No, no, es que estoy ayunando”. Quizás no sea sabio.
Entonces usted dice: “Tienes que entender que estoy ayunando”. No, ayune el sábado. “Pero que el sábado es mi día de descanso”. Pues dedique ese sábado a ayunar. “Ay, entonces si yo quiero hacer un ayuno largo tengo que esperar vacaciones”. Pues gloria al Señor; gloria al Señor que utilices tus vacaciones para ayunar. Pero no digas: “No, es que yo voy a estar ayunando, un ayuno de cuatro días de lunes a jueves”. Hermano, no aplica; sea sabio en esto, porque va a terminar llamando la atención hacia usted mismo. Y la gente preguntará: “¿Qué es lo que pasa?”. “No, no, no me pasa nada”. Algo te pasa, se nota.
Asuntos prácticos, hermano, que podemos hacer es atender a lo que dijo el profeta Joel, y eso me llama mucho la atención. Joel reprendió a Israel porque a Israel le gustaba practicar asuntos espirituales, pero con el corazón lejos. Ellos lo practicaban con el cuerpo. Dice Joel capítulo 2 y versículo 13:
Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente…
— Joel 2:13
Él está reprendiendo este asunto de practicar las disciplinas espirituales solamente con el cuerpo. Él dice: “¿Ustedes quieren mostrar algo? No, no se rasguen la ropa, rasguen el corazón”. Pérdida de tiempo, hermano, es practicar un ayuno que solamente es un asunto de no administrar tales comidas y esperar que “me lo voy a ganar cuando llegue la hora”. Recuerdo al Pastor Parra, hermanos, enseñándonos del ayuno. ¡Guau, qué dificultad este asunto! Retiro con la iglesia, digamos, nos reuníamos a ayunar. Recuerdo que cuando soltaban el ayuno a las tres, hermanos, éramos como lobos detrás de la comida.
Y recuerdo al Pastor Parra diciendo: “Hermanos, así no. O sea, si tú estás refrenando la carne, no te desenfrenes ahora. No es como que: ‘Mira, me voy a abstener de comer y después me la voy a desquitar y voy a estar como que…’ No, hermano, no. Después de esto seguiré con prudencia, después de esto lo haré con comedimiento. No hay que estar como: ‘No te preocupes, que hoy a las cuatro pidan pizza, que vamos a romper el ayuno’”. No es mi intención producir risas, hermanos, pero la verdad es que da risa ver cómo lo manejamos. “Vamos a ayunar y después lo vamos a romper con pollo, con pizza, tráigame comida”. Un tiempo de recogimiento de ese instinto para terminar en gula no es lo que debemos, como cristianos, buscar.
El corazón primero: Isaías 58 y el error de compensar con espiritualidad
Rasga primero tu corazón, hazlo con intención, hazlo, hermano, con discernimiento. Entiende: “Mira, estoy luchando en esta área de mi vida por hacer la voluntad del Señor, necesito fuerzas, necesito que ese hombre interior mío que me está empujando a que haga mi propio deseo sea refrenado. Entonces ayuno”. Le dijo Isaías a Israel —oye, hermano, hay que aprender de los antiguos—. En tiempos de Isaías el pueblo estaba ayunando, pero el Señor no estaba recibiendo ese ayuno. Y dice Isaías 58 desde el versículo 3:
¿Por qué dicen: Ayunamos, y no hiciste caso? Humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido. He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto y oprimís a todos vuestros trabajadores. He aquí que para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente. No ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto.
— Isaías 58:3-4
Si usted va a ayunar, hermano, no esté participando desenfrenadamente en el pecado. Eso sale con esto de que el hombre natural y carnal tiene un sistema de compensación, y él dice: “Yo deshonro al Señor hasta el punto cuatro, y después yo me sacrifico hasta el punto cuatro”. El ayuno no es una manera de compensar un mal proceder, no es una manera de dejar tus pecados donde están y aumentar tu espiritualidad.
¿Cómo es que funciona el hombre natural? El hombre natural dice: “Bueno, si usted viene de la religión tradicional le enseñaron que si usted deshonró al Señor hasta cierto nivel usted debe compensar espiritualmente hasta cierto nivel. Por ejemplo, si yo mentí, entonces yo tengo que sacrificarme con cuatro Padres Nuestros. Pero si lo que hice fue que adulteré, no son solamente cuatro Padres Nuestros; hay que ponerle una receta más amplia, que sean cuatro Padres Nuestros, tres Avemarías y una procesión, aunque sea corta”. Esa es la mente natural.
¿Qué es lo que les dice Isaías? Está diciendo: “Si ustedes están ayunando y están abundando en el pecado, practicando el pecado, traten de salir de ese asunto, traten de rechazar por lo menos ese asunto y después entonces busquen la presencia del Señor por medio de un ayuno”. Esa es la razón por la cual muchas personas piensan que quien va mucho a una iglesia es como alguien muy pecador. Dicen: “Si tienen que ir tantas veces a la iglesia eso significa que están participando en algún pecado oculto muy aberrante, porque están metidos en la iglesia de pie a cabeza”.
Hermano, no es la intención. Es el pensamiento católico romano de que usted puede compensar carnalidad con espiritualidad. Ese pensamiento prevalecía en tiempos de Isaías: que el pueblo podía abandonarse al pecado y después practicar algunos ayunos y “empataba”. Hermanos, el ayuno no es una manera de que te quedes abrazando tu pecado de siempre y entonces eleves tu espiritualidad para “pagar” tu pecado. Lo primero que debería hacer un creyente antes de retirarse al ayuno es arrepentirse de sus pecados y pedirle al Señor que le dé la fuerza, quizá a través del ayuno, para de ahora en adelante hacer en su vida la voluntad del Señor.
No compenses tu pecado como Isaías reprendió. Abandona tu pecado y entonces ayuna. La pregunta que me hacen frecuentemente —la incluyo; hay cosas que la gente no me las pregunta, Cristo tenía esa capacidad, hermanos; yo les decía el domingo pasado que a mí me asombra que el Señor predicaba y Él sabía las dudas que la gente tenía, yo no sé las dudas que ustedes tienen, pero yo puedo inferir— la duda frecuente que la gente me dice es: “Pastor, ¿y podemos ayunar otras cosas?”.
¿Puedo ayunar otras cosas que no sean comida?
“Por ejemplo, si el ayuno es una comida, ¿yo puedo ayunar la televisión?, ¿puedo ayunar el internet?, ¿puedo ayunar otras cosas?”. Y yo les respondo, hermanos: sí, usted puede ayunar otras cosas, pero tenga cuidado con los sucedáneos. Porque hay una tendencia en el hombre natural de alterar el mandamiento de Dios para hacer siempre las cosas que le son más fáciles. El Señor nos dice que el ayuno es ausentarse de comer, y amén, tú puedes tener una razón de causa mayor. Por ejemplo: “Mira, yo soy diabético, tengo un problema digestivo, tengo una úlcera en este momento en el estómago que no me permite”. Gloria al Señor que te ha dado discernimiento y podrías ayunar otras cosas.
Pero si lo que tú tienes es solamente el deseo de cambiar el mandamiento, ten cuidado, porque el creyente no se debe acostumbrar a estar trastornando el mandamiento de Dios para hacer lo que le sea más fácil. “Ah no, Pastor, lo peor que hay es dejar de comer. Yo puedo ayunar el internet”. Vamos a ver: quizá el internet no te ha vencido. El internet no es un instinto. Quizá haya un instinto de comunicación detrás de por qué la gente está tan atada a eso ahora mismo, que no se imagina la vida sin WhatsApp, sin redes. Pero un instinto como tal, básico, es alimentarse.
¿Alimentarse es un instinto? Sí, alimentarse es un instinto. Le digo de nuevo, hermanos: si usted tiene una causa mayor, un padecimiento físico, un impedimento, el creyente no rechaza el cuerpo. Hermano, si usted tiene una enfermedad… Una hermana que está gestando no debe ayunar. Ustedes pueden seguirme en el principio. No hay que exponerse innecesariamente, pero bien podría ausentarse de otras cosas que también le son lícitas, pero de las que no se va a dejar dominar. Sin embargo, si usted tiene su sistema digestivo bien y lo que tiene es dificultad para refrenarse, ayune.
Hay una sabiduría en el ayuno, hermanos. Miren, el ayuno en primer lugar es una necesidad universal. Un etíope, un egipcio, un dominicano, un guatemalteco, todos necesitamos comer y todos necesitamos, en algún sentido, ayunar. El ayuno, hermanos, es interesante porque toca una necesidad muy básica; eso está quizá en la pirámide de Maslow de las necesidades. El ser humano necesita comer, y cuando tú controlas eso, tú puedes tener, con la ayuda del Señor, dominio en otros niveles más altos. Te puede llegar a hacer victorioso en muchas otras áreas.
Pero al mismo tiempo, hermano, es un instinto muy recurrente. El ser humano come y necesita volver a comer, necesita volver a comer. Hay otras cosas que tú las satisfaces y esa necesidad vuelve a surgir dentro de un mes, dentro de una semana o hasta otro día, pero tú comes ahora y ahorita necesitas volver a comer, y volver a comer, y volver a comer. Es muy recurrente. Por eso quizá hay sabiduría en utilizar la alimentación para frenar estas cosas.
Les he mencionado primero en qué consiste el ayuno. No consiste en pasar hambre por pasar hambre, consiste, hermano, en abstenerse voluntariamente de algo que es lícito, para que no seamos dominados de esa cosa, pero tampoco de ninguna otra. ¿Pueden entender el patrón? Arrancamos por la alimentación, pero no queremos ser dominados en ningún otro instinto, en ninguna otra de las cosas que hacemos. Tomamos control de eso que es muy básico, que es universal, que es recurrente, para, con la ayuda del Señor y la ayuda del Espíritu Santo, tener dominio en muchas otras áreas.
Invitación a un ayuno congregacional y cierre
Les he dicho algunas cosas a evitar, entre ellas lo que nos decían los profetas: que no compensemos, que no lo hagamos mecánicamente, que lo hagamos con discernimiento. Y les he animado en cómo hacerlo. Ahora quisiera invitar a la congregación, hermanos. Algo que se ha visto en la historia de la iglesia es que cada vez que la iglesia ha deseado algo profundamente se humilla ante el Señor, se abstiene de alimento y el Señor le responde si es su voluntad.
Miren lo interesante: no es “lo vamos a hacer y el Señor va a tener que responder”; no. Como iglesia podríamos humillarnos y, si es la voluntad del Señor, el Señor podría concedernos según su voluntad. No quisiera apresurarme para hacerlo ahora mismo, pero el próximo domingo estaremos invitando a la iglesia a que participemos juntos en un ayuno congregacional. Tendremos la oportunidad, un día a la semana, de abstenernos de alimento, orar al Señor, en la medida de lo posible quizá reunirnos en diferentes lugares, ya sea al comenzar el ayuno o al terminarlo, y estaremos pidiéndole al Señor necesidades muy concretas para nuestra congregación.
Entre ellas, que podamos vencer en nuestra lucha con el pecado, que el Señor quiera aumentarnos como pueblo y que el Señor nos indique hacia dónde quiere llevar a nuestra iglesia en los próximos siete años. Terminemos ahora no orando y ayunando, sino solamente orando. Los hermanos del ministerio de oración nos pueden acompañar con una canción, y al final oramos al Señor para que nos acompañe. Luego nos preparamos para las cuatro de la tarde reencontrarnos en nuestro bautismo, donde también estaremos compartiendo la comunión.