Es el capítulo 13 del libro de Hebreos. Estaremos considerando específicamente el versículo 15, pueden dejarlo allí marcado. Ya el próximo domingo retomamos nuestro programa regular de enseñanzas en el evangelio de Mateo, pero qué bueno que el Señor nos permite explorar una parte de la Escritura y también la otra, y considerar también en momentos como este otras porciones de la Escritura, más allá de la que venimos exponiendo de manera frecuente. Hoy estaremos visitando el libro de Hebreos, Hebreos capítulo 13, y específicamente un versículo, el versículo 15.
Os invito a que ahí donde están cerremos nuestros ojos y presentemos al Señor este tiempo de exposición de las Sagradas Escrituras. Nos encomendamos, Señor, a ti, nos ponemos en tus manos. Desde ahora te damos las gracias, Señor, porque tu Palabra, que es alimento para nosotros, está aquí presente. Gracias, Señor, porque hemos tenido hoy la oportunidad de hacer esto primero que ahora también estaremos instruyendo en cómo hacerlo.
Permite, Padre, que este tiempo de exposición de las Sagradas Escrituras marque diferencias en nuestras vidas. Permite, Señor, que nuestra iglesia, al considerar tu sabiduría, el pensamiento cambie, la actitud cambie, las costumbres cambien, y que en todo esto nos acerquemos cada vez más a los propósitos que tú, Señor, en tu sabiduría tienes para tu santo pueblo. Permite, Señor, que como iglesia cada vez nos acerquemos a ser más la iglesia que tú esperas que seamos, a ser más, Señor, el pueblo que tú quieres que te alabe, que cada vez podamos ser una iglesia más conforme a tu sabiduría y menos conformada a la sabiduría nuestra.
Nos humillamos, Señor, ante tu presencia. Reconocemos que sabio eres tú, Señor. Reconocemos que poderoso eres tú. Reconocemos, Señor, que soberano eres tú, Dios. Permite que las personas que están aquí congregadas, Señor, no solamente escuchen palabras, que escuchen tus palabras; que los corazones aquí presentes, Señor, sean moldeados para que se parezcan a lo que tú quieres que sean. Pastoreanos tú a través de tu Palabra. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Consideremos la sabiduría de Dios, hermanos, en el libro de Hebreos, en el capítulo 13. Yo siempre prefiero considerar una porción extensa de las Escrituras y creo, hermano, que es como más se honran las Sagradas Escrituras, tomando no solamente un versículo, sino tomando por lo menos una unidad de pensamiento, tomando una porción de la enseñanza. Así son los libros de la Escritura, son libros que tienen temas, y como más provecho uno tiene es considerando un tema completo y no solamente un versículo o no solamente una parte.
Sin embargo, hermanos, no tenemos toda la disponibilidad que haría falta, y yo le pido al Señor que quizá para el 2017 me permita exponer completo el libro de Hebreos. Pero ahora consideremos un versículo. Yo quisiera, hermano, considerar capítulos completos siempre, pero consideremos un versículo, y es el versículo 15. Dice así la Palabra del Señor, libro de Hebreos, capítulo 13, precisamente el versículo 15:
Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.
— Hebreos 13:15
Dice así la Sagrada Escritura: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios por medio de él”, esto es, por medio de Cristo, “sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”. Aquí nos dice el Señor, por medio de su Palabra, lo que tenemos que hacer. Nos dice qué tan frecuentemente debemos hacerlo y también nos dice la manera en que debemos hacerlo.
Antes, hermano, de exponer el versículo, tengo que decirle que el libro de Hebreos en el Nuevo Testamento es un libro excepcional, porque es como un puente que mezcla, une, liga el Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento. Fue un libro escrito precisamente para el pueblo judío que comenzaba a adorar al Señor y tenía que hacer esta transición del antiguo pacto de la ley al nuevo pacto de la gracia. Estos cristianos de origen judío estaban acostumbrados a adorar al Señor con un culto muy elaborado, un culto muy vistoso.
Un culto, por ejemplo, donde había sacrificios de animales, y al encontrarse con la sencillez del culto cristiano, es de esperar que estos cristianos de origen judío tuvieran la añoranza, tuvieran el deseo de no conformarse con lo que le traía el nuevo pacto, sino seguir participando de la elaboración del culto, del elaborado culto del sistema sacrificial del Antiguo Testamento. Entonces el Señor les habla por medio de este libro y les dice a estos cristianos de origen judío: ya no hace falta sacrificios de animales, ya no hace falta todo aquel ritualismo.
Sin embargo, hay algo que el pueblo del Señor es necesario que siga haciendo ahora y para siempre, y esto que tiene que seguir haciendo el pueblo del Señor es presentar al Señor sacrificio de alabanza. Dice así, hermano, la introducción a esta enseñanza: que los sacrificios del Antiguo Testamento eran tantos, se ofrecían de forma tan frecuente y en maneras tan específicas, que su instrucción, ya sea en palabras o por ejemplos, cubre casi todo el Pentateuco, que son los primeros cinco libros de la Biblia. Si usted considera Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, encontrará que en gran medida estos primeros cinco libros de la Escritura tratan acerca de cómo ofrecer ante el Señor el correcto sacrificio.
Es evidente que por medio de los sacrificios, el pueblo de Israel tendría permanentemente en su memoria quién era verdaderamente Dios, y cada vez que ellos sacrificaban tenían que recordar que estaban sacrificando a un Dios santo, a un Dios digno, a un Dios que estaba atento a las expresiones de su pueblo. Pero al mismo tiempo esto les recordaba cuál era verdaderamente la condición del hombre ante Dios. Cada vez que el pueblo sacrificaba, tenía que recordar que el pueblo era pecador, que era dependiente y que era acepto por los méritos de alguien más.
Los sacrificios del viejo pacto no eran eficaces, pues se limitaban a figurar el sacrificio perfecto que eventualmente sería ofrecido una vez y para siempre por medio de Cristo. Propósitos similares persigue la alabanza en medio de la iglesia: exalta a Dios y disminuye al hombre, teniendo siempre a Cristo como centro. Los antiguos sacrificaban esperando a Cristo, nosotros adoramos recordándole a Él.
El sentido bíblico del “sacrificio de alabanza”
Sin embargo, una buena referencia para nuestro sacrificio de alabanza es el sistema sacrificial del Antiguo Testamento. Este es el sentido del “sacrificio de alabanza”. He escuchado expositores exponer este versículo de la Escritura y hablar del sacrificio de alabanza como si fuera un sacrificio triste, como si fuera que el sacrificio de alabanza es: “ya que estamos aquí, debemos alabar al Señor, hagámoslo aunque no queramos hacerlo”. He escuchado hasta expositores que, wow, a mí me han edificado mucho, exponer esta porción de la Escritura como que el sacrificio de alabanza significa que el pueblo del Señor llegará un momento en donde no querrá adorar al Señor, pero que en ese momento, cuando el pueblo no quiera adorar al Señor, entonces debería sacrificarse para adorarle.
Y de hecho, hermano, deberíamos hacerlo. Sin embargo, no es este el propósito de Hebreos capítulo 13, versículo 15. El autor está tratando de corregir un pensamiento en la mente de judíos que ahora habían llegado a ser cristianos, de decirles: los sacrificios ya cesaron, el sacrificio perfecto fue presentado, pero es necesario que el pueblo siempre se mantenga haciendo ahora, no un ritual, ahora no sacrificio físico, sino que siga participando frecuentemente, recurrentemente, reverentemente, de expresar con su boca aquello que el Señor ya hizo una vez y para siempre. El sacrificio de alabanza no es una tristeza, el sacrificio de alabanza es algo que tenemos que hacer recurrentemente como acción de gracias al Señor.
Lo que haré, hermanos, es presentarles primero algunas características de los sacrificios del Antiguo Testamento, para que aprendamos a relacionar aquellas características con la alabanza que el pueblo del Señor debería estarle presentando hoy. En segundo lugar, consideraremos, no todos, hermanos, porque les digo: cinco libros del Antiguo Testamento tratan sobre eso, pero he seleccionado algunos sacrificios puntuales de los sacrificios antiguos para que podamos considerar nosotros los momentos apropiados para llevar alabanza al Señor.
Y en tercer lugar estaré considerando el mensaje que con más frecuencia llevaron los profetas delante del pueblo, y era que su alabanza, que su sacrificio, se había convertido en un hartonamiento y que, a pesar de que seguían sacrificando, el Señor no les estaba recibiendo.
En primer lugar, hermano, permítame presentarle algunas características de los sacrificios del Antiguo Testamento. Lo primero que tengo para decirle es que eran muchos. Es más, la vida de Israel se podría resumir en sacrificio. Un judío piadoso, ¿qué hacía durante el año? Sacrificaba, y sacrificaba mucho. Las fiestas nacionales judías se trataban específicamente de fiestas donde se presentaban sacrificios al Señor. Y si los sacrificios del antiguo pacto eran sacrificios recurrentes, hermano, la alabanza de la iglesia en este tiempo debe de serlo también.
Es más, si aquellos cada vez que se reunían se reunían para sacrificar, nosotros cada vez que nos reunimos deberíamos reunirnos para adorar. Y si en el antiguo Israel había un sacrificio continuo, en el nuevo pacto, en el nuevo Israel, debería presentarse al Señor una alabanza que sea también continua. Otra característica de estos sacrificios es que eran sacrificios personales. Usted no podía delegar su sacrificio. En el antiguo Israel no había tal cosa como sacrificio representativo en el sentido de que yo podía decirle a mi asistente: “ve y ofrece ante el Señor un sacrificio por mí”. No. Todo hombre tenía que presentar personalmente su sacrificio delante del Señor.
Y si usted se acercaba al altar, usted no solamente encontraría una hilera de animales que se habían presentado, sino una hilera de hombres que presentarían ante el Señor dichos animales. Esto tiene implicaciones sobre la alabanza. Tengo años diciéndole a mi iglesia que nuestro ministerio de adoración no viene aquí a presentar alabanza al Señor en nombre nuestro; que viene a acompañarnos a nosotros para que nosotros presentemos alabanza delante del Señor, pero que la alabanza es un asunto personal. Tú no puedes encargar la alabanza, tú no puedes delegar la alabanza; la alabanza debes presentarla delante de tu Dios personalmente.
A un punto tal que si tú vas para el templo y un ángel te interrumpiera y te dijera: “hombre, ¿hacia dónde vas?”, tú tienes que decir: “yo voy al templo del Señor a sacrificar alabanza”. En Israel era claro el propósito que tenía un hombre al visitar el templo. Le preguntaban: “¿hacia dónde vas?”. “Voy al templo a sacrificar al Señor”. Hermano, si tú no te levantaste hoy con la intención de venir al templo del Señor a adorar al Señor, estás lejos del pensamiento de Dios, porque Dios espera que su pueblo se reúna para presentar alabanza.
La alabanza no se delega ni se terceriza
Esto no es un asunto delegado, esto no es un asunto que se puede tercerizar, no es algo que se puede encomendar a unos para que lo hagan. Imagínense que en el antiguo Israel apareciera un hombre acaudalado como Salomón, que de sus animales sacrificaba gran cantidad de ellos, y dijera: “el pueblo que no sacrifique, porque yo, Salomón, he reservado tantas ovejas, tantos toros para la adoración al Señor; no hacen falta, no traigan sus sacrificios”. No. El pueblo del Señor, a pesar de que algunos podían hacer más y otros podían hacer menos, todo el pueblo del Señor tenía que alabar al Señor de acuerdo a su capacidad.
Por eso el libro de Levítico determina que aquellos que no tenían la capacidad de ofrecer animales grandes podían hacerlo con animales pequeños, y aquellos que no podían sacrificar cuadrúpedos podían sacrificar palominos. “¿Y si yo no tengo palominos, entonces qué hago?”. El Señor te recibe hasta el grano, harina podías llevar al templo y sacrificar harina delante del Señor. Esto tiene una profunda lección espiritual para la iglesia de hoy en su alabanza: algunos hermanos podrán alabar al Señor quizás con más que otros, pero todo el pueblo del Señor tiene que alabar.
Debe hacerlo continuamente, debe hacerlo personalmente. La alabanza al Señor, hermano, no es como un regalo que se le encomienda a una secretaria: “ya que hay que cumplir, ya que hay que mandar un presente, ve tú y dispones un presente para tal persona”. Esa no es la adoración que el Señor está esperando, esa no es la alabanza. O como determinada persona que conocí, que tiene un sistema ingenioso para los regalos de los amiguitos de sus niños, y es que va una vez al año y compra el mismo juguete para varón y para hembra. Y a medida que los amiguitos van cumpliendo años, ella manda al varoncito el regalo que toca al varoncito, y a la hembra el regalo que tocó a la hembrita.
Es muy práctico, “resuelve el problema”, me dice ella. “Mira, ya en el colegio los niños están esperando su juguete. Por ejemplo, en este año están esperando su piano: ya a fulano le dieron el suyo, pero está esperando mi cumpleaños para que me den mi piano”. La realidad, hermano, es que por lo menos de tiempo es un gran ahorro. Tú sales y compras una sola vez: regalo para varones, regalo para hembras, nek, nek, tú finis. Hermano, esa no es la alabanza de su pueblo que el Señor está esperando. No somos un “tajaronado” que tú pones uno detrás del otro en una hilera: “se acabó, adoramos al Señor y nos fuimos”.
Tenemos que ser cuidadosos, hermanos, en ver el culto cristiano como una transacción, o como si fuera un programa de televisión donde: “siguiente, siguiente, siguiente, adoramos y nos fuimos”. No es así. El Señor espera no una alabanza acartonada, el Señor espera una alabanza en la que tú te personas, una alabanza en la que tú te involucras. Por eso estamos haciendo el esfuerzo de poner por escrito cuáles son las alabanzas que el pueblo del Señor estará presentando delante de su Dios. Es con la intención de que tú la veas y tú puedas presentarle al Señor desde adentro.
Es que tú estés ahí sentado y digas: “¿cuáles son las que vamos a presentar hoy?, ¿qué tenemos para presentar?”. “¿Estaremos cantando que el Señor lo hizo en la cruz? Sí, yo voy a cantar que el Señor lo hizo en la cruz. ¿Estaremos recordando que a Él debemos nuestra alabanza? Sí, yo también lo estaré haciendo”. Hermano, queremos que te involucres. La maldición en el pueblo del Señor en este tiempo son los equipos profesionales que reemplazan al pueblo en su alabanza.
Hermano, no tomen una cosa como anulando la otra. Gloria al Señor porque cada vez tengamos una música más elaborada, porque cada vez tengamos personal más capacitado para esto. Sin embargo, recuérdense: los sacerdotes en el Antiguo Testamento no ofrecían por el pueblo, sino que ayudaban al pueblo a que ofrezca. Tú no podías llegar al altar y preguntarle al sumo sacerdote: “¿sacerdote, habrá por ahí alguna oveja que alguien se le quedó?, ¿alguien dejó algo?, yo vine a la casa del Señor, ¿no puede gestionar alguna?”. No. Él no gestionaba ovejas, las ovejas las buscabas tú.
Sin embargo, había algo que hacía el sacerdote, y era que decía cuál oveja sí y cuál no. Él podía poner la actitud correcta en el sacrificio, y recuérdense esto, hermano: la iglesia puede ayudarte a adorar, pero la iglesia no tiene un equipo de personas que reemplaza tu alabanza.
Si quieren armar una ilustración de estas, apunten a Cristo. Cuando Cristo purificó el templo, lo que hay detrás de esto no era la transacción comercial como tal; el problema no es que… He escuchado personas que dicen: “no, lo que pasa es que había moneda extranjera en el templo”. Ese no era el problema. El problema principal en Israel en el tiempo de Jesús, por lo cual Cristo volteó las mesas y purificó el templo, es que habían hecho de la adoración una transacción, a un punto tal que usted podía adorar sin intención de su corazón, siempre y cuando tuviera algunas monedas en el bolsillo.
Usted podía llegar al templo del Señor sin ningún animal debajo del brazo, usted podía llegar al templo del Señor sin ninguna actitud de adorar, usted podía irse de fiesta. Bueno, pues yo me pongo a pensar: personas que venían de lejos, con un animalito a cuestas, son incómodos. O, pues, arrastrando una oveja. “Yo vengo de Belén a Jerusalén, vengo aquí a ofrecer sacrificio, tengo mi animalito aquí, agárrenme la que me hace una diligencia”. Hermano, en Israel, para adorar había que tener presente que tú ibas a adorar, porque se veía, o una paloma, o más de una paloma, una jaulita o algo parecido, hermano, eso se iba a presentar delante del Señor.
Claro, apareció un genio en Israel que dijo: “oye, pero la gente viene de muy lejos, y la gente quiere adorar al Señor y le está dando lucha salir a buscar el animal perfecto”. Porque es verdad, hermano, había que hacer diligencia, no era salir y tomar un animal, había que salir a seleccionar un animal perfecto, con un listado: “esto sí, esto no, esto sí, esto no”. “Oye, pero estoy echando un día de trabajo solamente seleccionando sacrificios”. Sí, es así. Es que el Señor no solamente espera una ofrenda presentada, pero una ofrenda seleccionada y dedicada; no solamente lo que yo fui y conseguí.
Estas personas daban un servicio magistral, hermano, era menor la idea, la idea detrás de eso era maravillosa: tú podías venir de lejos con dinero y te asegurábamos que pudieras presentar un sacrificio acepto. Oye, pero Aquel que desde el cielo, durante miles de años, recibió los sacrificios, un día estuvo en la tierra. Y cuando Él estuvo en la tierra y fue al templo, lo que hizo fue que volteó las mesas, porque eran sacrificios apropiados, pero con una actitud inapropiada; eran sacrificios que cumplían, pero donde no había corazones involucrados.
Lo que tengo para decirte, iglesia, es que si acaso estás viniendo a la casa del Señor esperando que aquí estén las ovejas, que aquí estén las aves, que aquí estén las tortas, que aquí estén las harinas, y que no hay problema, “yo solamente me siento y adoro”, estás perdiendo tu tiempo. Es muy probable que el Señor esté volteando esa mesa. El Señor espera una alabanza que te cueste, no solamente económicamente. El Señor espera una alabanza que te cueste en intención, que te cueste en tiempo, que te cueste en preparación.
Por eso es bonito aquel que se prepara durante la semana para venir al templo a adorar al Señor, a alabar al Señor, que dispone cosas de forma tal que su mente esté aquí en la adoración. No ves, se pide la cosa y la gente piensa, o menciona la cosa, la gente dice: “hermano, ¿y por qué la razón por la cual no nos gusta que a la casa del Señor se venga con un celular?”. Bueno, pues aquí estamos haciendo algo que es dedicado para el Señor. Así de inapropiado es que en una ceremonia de boda una persona esté tomando una llamada, así mismo de inapropiado es que en la casa del Señor tú estés resolviendo un problema de tu negocio.
Este es el tiempo de adorar al Señor, y no queremos que el Señor voltee la mesa. Les he mencionado características del sacrificio en el Antiguo Testamento: eran sacrificios recurrentes, eran sacrificios personales que no se delegaban, eran sacrificios que requerían preparación. Ya fuera para seleccionar la oveja adecuada o para presentar la torta adecuada o la harina que el Señor había determinado que se tenía que ofrecer, todo esto requería una preparación. ¿Cómo nos preparamos nosotros para alabar, hermano?
Esto comienza desde el sábado, mínimo. Un servicio de adoración no lo preparas desde el domingo a la mañana; desde el sábado mínimo. Bonito ese hermano que está seleccionando cuál es la ropa del domingo, con qué yo me voy a presentar ante el templo. “¿Cuáles fueron las alabanzas que dijimos que íbamos a estar cantando al Señor, cuáles son?”. Bonito ese hermano que hace devocional primero y ora al Señor, y antes de salir de su casa se presenta al Señor: “Señor, me estoy moviendo hacia tu templo, voy hacia tu casa, quiero alabarte”.
Preparación, testimonio público y carácter comunitario
Bonito es aquel que viene y cuando llegó el momento de presentar al Señor, él está listo para presentar. No hay que estarlo buscando, hermano, con una grúa. Oye, a veces yo siempre tengo como una grúa, jalándole al hermano: “ven, hermano, que ya vamos a adorar al Señor”. “Ay, espérate, que estoy en algo”. “Hermano, vamos a adorar al Señor, es el momento”. Sí, eran un acto público. Entonces me dices: “ah, pero yo puedo presentar al Señor mi sacrificio de alabanza desde mi casa con un iPod puesto, yo adoro ahí al Señor”. El asunto es que el sacrificio, hermano, se daba en el templo porque queríamos verte salir con tu animalito.
Queríamos ver al hermano cuando salga de su casa con “el asunto”, tú ves que tiene algo, “yo voy con mi animalito para el templo”, eso se llama testimonio. Por eso el pueblo del Señor, cuando se congrega a adorar al Señor, es un testimonio público a esta ciudad. Bonito es que tu vecino te vea bajando del apartamento: “vecino, ¿para dónde va?”. “A adorar al Señor, hoy es domingo”. Ese es el ejercicio: yo vengo de mi casa manejando con Carolina y yo voy mirando, no solamente los míos, sino otros con su Biblia, que vienen caminando, y yo los voy armando en mi mente: “ese también va a sacrificar al Señor, ese también va a adorar al Señor”.
Nuestro Señor merece la alabanza, y ese pueblo que se reparte, hermano, en Santo Domingo, y de diferentes lugares se levanta temprano para adorar el nombre del Señor, eso es un testimonio público en esta ciudad, de que en esta ciudad hay devoción. La gente a veces ve la ciudad y dice: “todo está oscuro”. No, no todo está oscuro, aquí hay luz. Aquí hay gente que se levanta a adorar. Aquí hay personas que se paran de una cama y dicen: “presentaré sacrificio de alabanza”.
Por eso el culto cristiano es un culto público, es un culto a puertas abiertas. Santo Domingo debe saber que hay un pueblo que ofrece sacrificio a su Dios. “Oye, sacerdote, ¿qué tal si usted viene a mi casa? Aquí en el patio tengo un patio grande, usted sabe, aquí en el patio podemos hacer el sacrificio, que nadie lo vea aquí”. “No, no, no, no. Usted busca el animal en su patio, lo trae públicamente durante el templo”.
Había otro asunto en el animal, hermano, y es que cada sacrificio tenía su configuración, y de acuerdo a lo que usted llevaba, la gente podía inferir lo que estaba pasando en su corazón. Había sacrificios que eran distintos, hermano, y había gente que, cuando sacrificaba determinadas cosas, “oye, parece que sí, hay un testimonio, hay una confesión”. Por eso no debemos avergonzarnos de cantar al Señor, hermano, y cantar alabanzas, y cantar arrepentimiento, y confesar nuestros pecados en adoración.
Ya lo he mencionado de refilón, pero tengo que decirle que otra característica de los sacrificios es que eran sacrificios supervisados. La adoración en la tierra del Señor no se dejaba al descuido. Y yo, como pastor, cada vez siento una carga más fuerte sobre eso, hermano. Yo entiendo que el liderazgo de una iglesia tiene que estar muy involucrado en la adoración de esa iglesia. Yo me he reunido con nuestros hermanos de adoración, he tratado de pastorearles, se lo he dicho: “hermano, quiero estar muy presente en lo que este pueblo va a ofrecer al Señor, yo quiero saber qué es lo que vamos a ofrecer al Señor, quiero decirlo”.
Porque, hermano, yo tengo que dar cuenta por todos ustedes, y lo peor que quiero yo es verme ante la presencia del Señor y que el Señor me diga: “¿y ustedes tuvieron ahí como dos años cantando, y yo estaba en otras cosas por eso que ustedes cantaban ahí?”. Yo tener que decir: “¿y qué es?”. No, no. Sobre todo la actitud, hermano, sobre todo la actitud.
Lo que les decía a nuestros hermanos de adoración, se lo tengo que repetir. Yo durante varios domingos tuve una carga, hermano, que me sentía avergonzado, me sentí triste, me sentí muy decepcionado, porque en varias ocasiones, cuando la iglesia se reunía en hora de adoración, yo siempre me he sentado delante del pueblo, y me tocó por alguna razón sentarme detrás. Y lo que vi, hermanos, me espantó. Veía al ministerio de adoración dirigiéndose a adoración y veía hermanos jugando, jugando jueguitos; vi hermanos teniendo conversaciones, no una conversación cortita de: “oye, esta alabanza”, o algo así, o una información, sino dos hermanos estableciendo una conversación, y digo: “pero aquí estamos sacrificando al Señor y aquí hay dos personas que tienen una conversación establecida de otra cosa”.
Y cuando miro hacia el cielo, yo me imagino a Dios mirando el sacrificio de la iglesia Pez Mundial. Que el Señor nos libre, hermano, de cosas como esa. El momento del sacrificio de alabanza es un momento solemne delante del Señor. Y la solemnidad no viene de afuera hacia adentro, viene de adentro hacia afuera; no es algo que tú lo haces porque te están mirando, es algo que tú lo haces porque lo estás sintiendo. Si Dios es Dios, Dios merece de mí mi mejor sacrificio.
Que el Señor nos cuide, hermano, de dañar, de interrumpir la adoración al Señor, que el Señor nos cuide de eso. Por eso se requiere que sea supervisado. Todo el mundo quería adorar, hermano, pero se malparaba, eso se llama así: dice que una “mal parada” le vino con un asunto que no era apropiado y lo devolvieron. ¿Usted se imagina la vergüenza? Usted viene desde Belén a Jerusalén a ofrecer sacrificio, y cuando se encuentran: “no, que ese es tuerto, que ese animalito es cojo; devuélvase y traiga otro”. ¿Te imaginas?
No, yo imagino que no era fácil para el sacerdote hacer eso, hermano, pero sí, hay que discernir la ofrenda, hay que discernir la adoración, hay que asegurarse de que la adoración sea la apropiada. Hay muchas cosas más, hermanos, que se pueden decir acerca de los sacrificios del Antiguo Testamento, pero tengo que decir que todos esos sacrificios, el propósito último de ellos era señalar a Cristo. Cristo es el perfecto sacrificio.
Cristo, centro del sacrificio y de la alabanza
Tú me dices: “¿para qué el pueblo lo hacía?”. Porque el pueblo tenía que recordarse lo que les dije en la introducción: que Dios era Dios y que Dios era santo, que Dios era Dios y Dios era digno, que Dios era Dios y Dios estaba atento. Y al mismo tiempo tenían que recordarse ellos mismos que nosotros somos hombres. La adoración cristiana, la alabanza cristiana, tiene esa capacidad: exalta a Dios y disminuye al hombre. Por eso un pueblo que canta al Señor a viva voz tendrá necesariamente que ser siempre un pueblo humilde.
Tú no puedes exaltar al Señor con palabras y que eso no se te quede en tu mente. Seamos cuidadosos, porque un pueblo que guarda mucho silencio a veces es por su silencio reverente, pero muchas veces lo que hay detrás de eso es un orgullo, es una vanidad, es una autosuficiencia. Encárgate de que tus palabras, hermano, no se pierdan. Ellos se lo decían ellos mismos: “alma mía, alaba a Jehová y no olvides ninguno de sus beneficios”. ¿Cómo que “alma mía”? Era como: “ey, Rafael Pérez, adora al Señor, ¿qué locura es esa de tener tu boca cerrada cuando el pueblo está presentando un sacrificio de alabanza?”.
Una lucha que uno tiene cuando adora al Señor es la distracción: tú estás adorando al Señor y la mente se te va por un negocio inconcluso; estás adorando al Señor y la mente se te va para una diligencia que está pendiente; estás adorando al Señor y recuerdas cosas que te desenfocan. Y tú tienes que decirte a ti mismo: “alma mía, alaba a Jehová y no olvides ninguno de sus beneficios”.
Les he mencionado en primer lugar cuáles eran las características de los sacrificios del Antiguo Testamento. Permítanme mencionar algunos. Hermano, si el pueblo pecaba, el pueblo sacrificaba; y eso era algo que iba como “toca”: pecado, sacrificio, toca. Era de orden, hermano. Yo me pregunto, hermano: ¿y habrá alguien entre nosotros que sea tan bueno que permanezca domingo a domingo así ya sin pecar? ¿Habrá alguno entre nosotros, hermano, que pasará un día completo sin pecar? ¿Habrá alguno entre nosotros, hermano, que pasará una hora sin pecar?
Hermano, si tú pecas, canta alabanzas, canta tu justificación. Entonces me va a venir el pragmatismo: “no, ya el sacrificio de Cristo fue una vez y para siempre, ya el Señor murió por nosotros, Él nos perdona”. Canta tu justificación, canta tu salvación, iglesia. Tú me dirás: “pero ya el Señor lo hizo”. Pero canta. Esto es lo que le decía a estos judíos: les decía “ya ustedes dejaron los sacrificios, pero no dejen la alabanza; ya lo que los sacrificios anunciaban se consumó, pero sigan cantando al Señor”.
No hay necesidad de ofrecer otro sacrificio, lo que hay necesidad es de celebrar el sacrificio de Cristo. Por eso nosotros cantamos nuestra justificación, cantamos nuestra salvación, cantamos nuestra libertad, hermanos. Bueno, a veces el pueblo pecaba sin darse cuenta y sentía culpa, sentía una represión interna. Se daba cuenta de que defraudó, de que no se comportó a la altura del Señor. ¿Te has sentido tú de ese que no te has comportado a la altura de tu llamado? “En esa diligencia puntual yo no glorifiqué al Señor como debía haberlo hecho, no tuve la altura, no tuve la altura de un representante del reino de los cielos”.
Y viene ahí una conciencia culpable que te dice: “mira, pero tú…”. En eso, a veces más nos faltan palabras, a veces sobran; a veces faltan actitudes, a veces sobran. Yo te aseguro que en momentos del día tú te has dado cuenta de que viene ese pensamiento que te dice: “oye, pero no estoy a la altura del llamado del Señor”. Y en el caso del pueblo había un sacrificio llamado así mismo “sacrificio por la culpa”. Hermano, sacrificio de alabanza cuando hay una conciencia culpable, sacrificio de alabanza para admitir el pecado.
Había otro sacrificio que se llamaba Holocausto, eso era para que suba ante el Señor. Y el Holocausto, hermano, tenía la característica de que casi en todas las fiestas había Holocausto. Era como lo que el continuo, era el Holocausto; era como que era algo permanente, algo que estaba subiendo siempre ante el Señor, que estaba subiendo siempre ante el Señor. Bueno, ¿en tus conversaciones, en tu día a día, hay alabanzas al Señor? ¿O la alabanza al Señor es un tiempo de alabanza muy puntual en un poquito del tiempo del domingo?
¿O la alabanza al Señor es algo permanente en tu conversación casual? ¿Tú recuerdas las promesas del Señor cuando estás compartiendo con un amigo? ¿Se recuerdan unos a otros las promesas del Señor? ¿Hablan de su salvación, hablan de su libertad, hay alabanza al Señor? ¿El Señor es destacado en tu día a día? Animo a la iglesia, hermano, a hacer de la alabanza un Holocausto.
Alabanza continua y cristocéntrica
Algo que no se detenga, hermano, algo… Y tú dices: “¿y cuál es la razón?”. Que el Señor lo merece. Él es el autor de nuestra salvación. Yo les dije en días pasados, hermano, que la mayoría de los documentos apostólicos terminan en doxología. Y les mencioné el caso puntual del apóstol Pablo; quizá la carta más profunda, más densa, la más soteriológica del Nuevo Testamento, la que más habla de nuestra salvación, Romanos. ¿Y cómo termina Romanos? En el capítulo 16, dijo Pablo:
Y al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén.
— Romanos 16:27
Bueno, también había otro sacrificio, hermano, se llamaban ofrendas de paz. ¿Y qué hacía esa ofrenda de paz? Esto celebraba la comunión de Dios con su pueblo. Cuando el pueblo quería celebrar eso de que tenemos una comunión con Dios, que no hay nada que estorbe la relación con Dios, entonces el pueblo presentaba ante el Señor su sacrificio.
Algo que les diré en todas estas cosas, hermanos, es que Hebreos capítulo 13 dice, versículo 15: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios por medio de Él”, esto es, por medio de Cristo. Todas las cosas, hermanos, son cristocéntricas. Por eso tenemos que ser cuidadosos, hermanos, cuidadosos, porque en los sacrificios de alabanza del pueblo del Señor son sacrificios cristocéntricos. Hay que tener cuidado, hermano, con la adoración que es antropocéntrica, que tiene al hombre como centro.
Nosotros no venimos a destacar nuestras virtudes, nuestras calidades, ni siquiera nuestras carencias. Venimos a decir cómo el Señor suple la carencia, venimos a decir las cualidades de nuestro Señor. Por eso la alabanza cristiana es una alabanza que tiene a Cristo como centro. Fíjense que el mismo versículo dice: “ofrezcamos siempre a Dios por medio de Él sacrificio de alabanza”. Después dice: “es decir, el fruto de labios que confiesan su nombre”.
Ya les he mencionado características de los sacrificios del Antiguo Testamento, también algunos ejemplos de sacrificio. Hay aún más, hermanos. Usted busca Levítico y encontrará que hay sacrificios para casos muy puntuales, y para cada uno de esos casos puntuales, el pueblo del Señor debe tener alabanza. Permítanme concluir hablándoles quizá de lo que encuentro más urgente.
Viene el Pentateuco, vienen los libros históricos y después vienen los profetas: profetas mayores, profetas menores. El centro, el centro del mensaje profético era una represión acerca del hartamiento del sacrificio al Señor. Y si usted quiere ver a Dios corrigiendo la alabanza, hermano, si usted quiere ver a Dios midiendo el asunto y diciendo cómo es que va, considere Isaías, considere Jeremías, considere Oseas, considere Amós, considere Miqueas, eso como “para muestra un botón”.
El centro de la represión en el Antiguo Testamento era ese hartamiento de los sacrificios al Señor. El pecado del pueblo no era que dejaba de ofrecer el sacrificio, es que presentaba el sacrificio y dejaba el corazón en la casa. Estaban ahí, pero no estaban presentes. Preguntémonos: ¿mi cuerpo está aquí o también está mi ser interior? ¿Mi mente está aquí presente? Porque la represión principal del pueblo era esa. Luego de eso vienen estorbos para el sacrificio.
Por ejemplo, Isaías reprendió al pueblo. Eran mensajes, hermano, mensajes contundentes. Isaías comenzó su represión profética en el capítulo 1 diciendo al pueblo, versículo 11 en adelante:
¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de cebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos.
— Isaías 1:11
“¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy…”. Hermano, y es el Señor que está hablando, es el Señor que le está hablando a su pueblo. Considera, hermano, tu sacrificio de alabanza al día de hoy y piensa qué puede estar pensando el Señor acerca de tu sacrificio de alabanza. Líbranos, hermano, el Señor, de que tengamos que recibir de Él: “hastiado estoy”.
“De holocausto de carneros y de sebo de animales gordos”. El problema no era que el animal era flaco, el animal estaba gordo. El problema no era el peso del animal, hermano, el problema era de adentro. De nuevo, considera tu sacrificio de alabanza el día de hoy y míralo a la luz de la represión profética: ¿qué le dijo el Señor por medio de Isaías? “Hastiado estoy”. ¿Y cuál era el pecado del pueblo en tiempo de Isaías? Les dijo que tenían las manos sucias, que había pecado.
Casi siempre, cuando la alabanza al Señor como que no sube —y no me pidas que te lo explique porque esos son asuntos espirituales que con palabras es difícil—, pero uno a veces canta al Señor y la alabanza como que no es un Holocausto, como que uno siente que se queda ahí mismo, como que de la boca no se va muy lejos. Y regularmente la gente piensa que hay un instrumento desafinado; a veces es el corazón, hermano, que está desafinado.
Un pueblo en pecado no adora al Señor con un Holocausto que suba ante su presencia. Lo que le dijo Isaías al pueblo fue: “lávense las manos antes de ofrecer sacrificios al Señor”. Iglesia que está aquí presente, cuidemos el pecado en el pueblo. El Señor nos ve de manera corporativa. Recuerdo aquel momento en el pueblo de Israel cuando un hombre escondió algo debajo de su carpa, y eso que se escondió debajo de su carpa impidió la victoria del pueblo completo.
Pecado, mundanalidad y altanería en la adoración
Hermano, la alabanza, el sacrificio de alabanza, no es solamente que el animal sea el animal correcto, es que el pueblo sea el pueblo correcto. Por eso el arrepentimiento, hermano, debe primar en este asunto. Quiere el Señor que antes de tú venir —no esperes que siempre te dirija en eso—, que no tengamos necesariamente en todos los cultos que decir: “vamos a tener un tiempo previo de arrepentimiento”. No, hermano, arrepiéntase en su casa y venga al templo del Señor a adorar al Señor.
No podemos siempre ponerle como un andador al alma de la gente, como: “así entonces ahora en todos los cultos…”. No. Arrepiéntase en su casa, lávese las manos espiritualmente hablando y venga a ofrecer sacrificios al Señor, pero entienda que con la mano sucia no hay sacrificio acepto.
Jeremías, hermano. Jeremías capítulo 6, miren lo que le dijo Jeremías al pueblo, versículo 20:
¿Para qué viene a mí este incienso de Sabá, y la buena caña olorosa de tierra lejana? Vuestros holocaustos no son aceptables, ni vuestros sacrificios me agradan, dice Jehová.
— Jeremías 6:20
“¿Para qué a mí este incienso de Sabá?”. Oye, hermano, habían mandado a buscar a Sabá el incienso. Ellos creían, hermano, que estaban trayendo ante el Señor el sacrificio “premium”. “¿Para qué a mí este incienso de Sabá y la buena caña olorosa de tierra lejana? Vuestros holocaustos no son aceptables, ni vuestros sacrificios me agradan”.
Yo, humanamente hablando, yo como que no te he preparado para recibir del Señor algo como eso, de que: “¿Señor, qué te pareció la alabanza? La fuiste a buscar muy lejos”. “Sí, pero no subió. Está muy bonita, muy bonita la alabanza, un aplauso, pero llévatela, que no me agrada”. Iglesia del Señor, estemos atentos: el Señor está hablando por medio del profeta y les está diciendo que no solamente hace falta traer el animal engordado, o salir a buscar lejos nuestro sacrificio, para presentar ante Él algo que sea un olor fragante. Él dice: “casi no”.
¿Y cuál era el problema en tiempo de Jeremías? El pueblo vivía en un sincretismo, quería hacerlo a la manera de Dios y a la manera de los otros pueblos. Ya Oseas, hermano, ¿qué tal Oseas? Oseas reprendió al pueblo por su infidelidad. Me perdonan que invierta tiempo en esto, hermano, pero creo que es absolutamente necesario que el pueblo entienda. Miren qué dijo el Señor por medio de Oseas, Oseas capítulo 6, versículo 6:
Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos.
— Oseas 6:6
“Porque misericordia quiero y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos”. Oh, o sea que misericordia, conocimiento de Dios… No hace falta solamente traer el paquete, es necesario entender lo que estás haciendo para el Señor. ¿Y cuál era el problema en tiempo de Oseas? Eso se llama mundanalidad. La gente venía ante el Señor pero participaba en asuntos que eran asuntos mundanos.
Amós, hermanos, ¿qué pasó en Amós? Amós reprendió al pueblo porque en tiempo de Amós el pueblo prosperó materialmente, prosperó mucho, se llenaron de codicia, se llenaron de avaricia y también cometían abusos sobre los que tenían menos. Por eso, hermanos, es que las comodidades hay que cuidarlas, porque las comodidades tienen el potencial de hacer que nuestro corazón se aleje de Dios.
Por eso es que decía el proverbista: “pon cuchillo a tu garganta”. Hermano, hay veces que hay que limitar el cuerpo, porque al cuerpo no se le da todo lo que pide. Las comodidades tienen… Cada vez que el pueblo prospera materialmente, así mismo espiritualmente como que se va abajo. Y no quiero hacer una proporción en esto, hermano, porque eso no es siempre proporcional, pero regularmente, cuando el Señor te prospera, tú tienes que cuidar tu alma especialmente.
Dijo así el salmista, y el Señor: “no me des tanto que me olvide de ti, ni tampoco tan poco que te aborrezca”. Hay como una justa dimensión en la provisión del Señor que mantiene el alma saludable. Y Miqueas, hermano, ¿qué tal de Miqueas? Reprendió al pueblo porque sacrificaban, pero sacrificaban con altanería. En tiempo de Miqueas se trataba a Dios como un igual: “Señor”, como un “no, Señor” allá arriba.
Por eso, hermano, en el sacrificio de alabanza del pueblo del Señor debe haber siempre un recogimiento, un “yo estoy ante alguien que es digno” y hago así, porque la altanería está cerca del corazón, hermano. Llega un momento en la confianza que es tal el peligro, y eso se ve así: de tanto relacionarte con Dios va a llegar un momento en que vas a comenzar a mirar a Dios a los ojos, como que da igual. No, hermano, mírale a los pies; Él está en su trono, Él está allá y tú te inclinas. Dios es Dios.
Es sólo un versículo, hermano, pero miren cuántas cosas nos recuerda el sacrificio de alabanza. Terminaremos nuestro culto dando alabanzas al Señor. Pero, ¿qué quiero recordarte, hermano? Quiero recordarte: adoremos al Señor de forma tal que el Señor no tenga que voltear la mesa. Cantemos al Señor de forma tal que lo que Él vea le agrade. No entendamos, hermano, que porque agotamos el tiempo, “ya dieron las 12:30, cumplimos”. No, no, no, hermano, a veces no hemos cumplido.
Saquemos el acartonamiento del corazón y adoremos a nuestro Dios con sacrificio de alabanza como Él merece ser adorado. Oro por el pueblo para que el Señor le dé mayor gracia. Terminaremos hoy nuestro culto alabando a nuestro Señor.
Oración final y llamado al arrepentimiento
Gracias, Señor, porque eres tú quien has hecho todo esto posible. Celebramos, Señor, tu sacrificio en medio nuestro. Como pastor de esta iglesia, Señor, manifiesto ante tu presencia que queremos como pueblo, Señor, ser cada vez más aceptos a tu presencia, cada vez más agradables a tu presencia. Que nuestros sacrificios, Señor, sean sacrificios no solamente que cumplan, sino que sobrepasen la expectativa.
Manifestamos, Señor, que queremos como pueblo ser como el antiguo Israel en su mejor momento, cuando los sacrificios venían acompañados del corazón correcto, cuando los sacrificios, Señor, venían acompañados de las manos correctas.
Manteniendo los ojos ahí cerrados, hermanos, y pidámosle esto que es absolutamente necesario: haz evidente, Señor, el pecado oculto en esta congregación. Haz evidente, Señor, las áreas del corazón de este pueblo que están ocupadas y que no brillan como deben para que lo hagan. Haz manifiesto, Señor, el pecado oculto, no para vergüenza, sino para restauración. Trae confesión de pecado.
Hermano, te animo ahí a que le pidas al Señor en oración, si acaso el Espíritu Santo ha dado luz, si has encontrado actitudes en tu corazón desproporcionadas. Eso impide que suba la alabanza, hermano, eso hace que el Señor quite los ojos de nuestro sacrificio. “Haz evidente, Señor, dónde está la oportunidad. Muestra, Señor, dónde hay pecado, para que haya limpieza, para que haya restauración, para que este pueblo presente un sacrificio, Señor, agradable, que suba ante tu presencia”.
Hermanos, si el Señor ha confrontado tu pecado, si te ha confrontado tu maldad, por amor al pueblo del Señor —hermano, que tenemos que adorar contigo—, yo te invito hoy reverentemente a que sueltes el pecado y abraces la cruz. Si el Señor ha traído constricción, si el Señor ha manifestado en ti, te invito ahí, hermano, a que hagas lo mismo que hago yo: “que sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso”.
“Enseña, Señor, dónde está la oportunidad en este pueblo. Prepara el corazón, prepara las manos, prepara los labios, Señor, para que adoremos con libertad. Purifica este pueblo, Señor, que el sacrificio suba ante tu presencia. Gracias por tus palabras, Señor, gracias por tu sabiduría, gracias por el privilegio, Señor, de quizás ser entristecidos temporalmente para que podamos celebrar eternamente tu presencia. Todo esto para la gloria tuya, en el nombre de Cristo. Amén.”