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Los afanes de la vida

Mateo 6:25-34

El Señor Jesús enseña en el Sermón del Monte que la raíz de nuestros afanes no está en la falta de provisión, sino en no ver a Dios como Padre que cuida de nosotros; por eso nos llama a ajustar nuestra escala de valores y a buscar primeramente el Reino de Dios y su justicia, confiando en que todo lo demás será añadido.

Predicado13 de septiembre de 2015
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Con la ayuda del Señor ya hoy podemos llegar a la parte final del capítulo 6 del Evangelio de Mateo, y nos faltaría un capítulo más para cubrir el Sermón del Monte completo. Creo que será un gran hito para nuestra iglesia poder tener el privilegio de haberle dedicado todo este tiempo de enseñanza a cubrir el Sermón del Monte, que es una enseñanza cardinal para la vida de un creyente.

Acompáñenme al Evangelio de Mateo, capítulo 6. El pasado domingo pudimos alcanzar hasta el versículo 24, y hoy, con la ayuda del Señor, completaremos el capítulo. Esta es la porción de la Escritura que corresponde al versículo 25 en adelante y hasta el versículo 34. Es el Señor Jesucristo hablando acerca de los afanes de la vida.

Pueden buscar lo que es la porción principal que estaremos considerando: Evangelio de Mateo, capítulo 6, desde el versículo 25 y hasta el versículo 34. Lo marcan ahí en sus Biblias y nos encomendamos al Señor en oración. Ya no hay duda en nuestra mente, Señor, lo has hecho tantas veces, ¿por qué no lo harías de nuevo? Pero venimos, Señor, a manifestar dependencia ante tu presencia, pidiendo tu compañía, pidiendo que sea tu Santo Espíritu nuevamente entre nosotros, Señor.

Tenemos tu palabra, y ya es un regalo, pero también tenemos tu Santo Espíritu, Señor, ¿cómo no te estaremos agradecidos? Como hacemos siempre, Señor, te pedimos por este pueblo aquí congregado; permite que aquellos que comienzan a explorar la vida cristiana, Señor, sean edificados, sean llevados a nuevas profundidades del conocimiento tuyo.

No por un esfuerzo humano, Señor, de ellos o de nosotros, sino por la agencia sobrenatural de tu Santo Espíritu. Nos manifestamos aquí, Señor, como corazones dispuestos; aquí hay un pueblo, Señor, que quiere escuchar claramente tu voz, que quiere ser pastoreado por tu palabra, Señor, que quiere ser edificado en esta roca firme.

Santa Biblia que es para mí un tesoro aquí. Gracias, Señor, por tu alimento espiritual que ha llegado a nosotros de manera tan frecuente, tan constante, tan abundante. Y desde ahora, Señor, te pedimos que lo que hoy veamos marque diferencias en nuestros corazones, marque diferencias en nuestras formas de vida, marque diferencias en cómo nos manifestamos ante el mundo.

Permite que no sea solamente, Señor, considerar desde lejos la profundidad de tu revelación, sino que seamos sumergidos en ella.

Te encomiendo, Señor, especialmente a este pueblo que no tengo que preguntarlo, Señor; yo sé que enfrenta el afán y la ansiedad. Permite que tu palabra, Señor, nos lleve a aquella paz que sobrepasa todo entendimiento. Nos disponemos, Señor, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Acompáñenme, hermanos, Evangelio de Mateo capítulo 6. Consideremos los versículos del 25 en adelante. Después de nuestro Señor Jesucristo haber hablado acerca de la piedad en la vida privada, haber hablado acerca de la limosna, de la oración, del ayuno, después que el Señor nos llevó a considerar nuestra vida a la luz de la eternidad, ya no limitarnos a hacer tesoros en esta tierra, sino utilizar los tesoros de esta tierra para hacer tesoros en los cielos, cubre esta unidad de enseñanza.

Completa la unidad hablando de los afanes de la vida. Dice así la palabra del Señor, versículos del 25 en adelante:

Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo, que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.

— Mateo 6:25–34

Trascendencia humana y el efecto del pecado

Introducimos, hermano, esta enseñanza diciendo que el hombre es la única criatura que fue hecha a imagen y semejanza de Dios. Por eso, es también la única con capacidad de trascendencia. El hombre se proyecta hacia el futuro para considerar el día de mañana, y mirando hacia el pasado analiza lo que hizo ayer.

La trascendencia es un regalo de Dios, y junto a sus demás atributos superiores, como la moralidad o la eternidad, coloca al hombre en el más alto nivel de la creación. Pero, a consecuencia del pecado, esa capacidad ha sido trastornada, y en vez de ser usada para la gloria de Dios y en su deleite, produce en el hombre gran dolor y ansiedad.

En el Sermón del Monte, después de llevarnos a considerar la piedad en la vida privada con la generosidad, el ayuno y la oración, y animarnos a adoptar una perspectiva eterna sobre los bienes materiales, haciendo tesoros en el cielo, el Señor va más allá. Va mucho más profundo, llevándonos a ver que el afán del que somos presa no se supera teniendo una provisión más grande o unas reservas mayores, sino llegando a ver a Dios como nuestro Padre y a entender que Él tiene cuidado de nosotros.

Hermano, no busque un perro trascendente, que no lo encontrará. No busque un ave trascendente, porque no la hay. Esta capacidad que tiene el ser humano de mirar hacia el futuro solamente la tiene el ser humano, y no es malo: Dios te hizo así. Eso se llama trascendencia, hermano, es la capacidad que tienes para proyectarte.

Solamente tú en la creación usas un calendario. Los animales del campo no usan calendario. Ellos pueden ver que el tiempo pasa, pero no pueden considerar que el tiempo está pasando. La trascendencia es un regalo del Señor, es parte de la imagen que el Señor ha puesto en el hombre. El pecado no funciona en el aire, hermano; el pecado funciona en el ser humano, en las mismas cosas que Dios le ha puesto, trastornándolas, de manera que en vez de glorificar a Dios le deshonren.

Tú no eres trascendente a causa del pecado; el pecado utiliza la trascendencia que el Señor ha puesto en ti para llenarte de ansiedad.

No es malo hacer planes y proyectos; Dios te hizo así. No es malo poderte proyectar hacia el futuro y hacia el pasado; de esta manera maximizas el aprovechamiento de los dones. No es malo que puedas considerar dentro de dos meses, dentro de tres meses. Lo que es muy malo es que te dejes vencer por el pecado, y esto que es un regalo que el Señor ha puesto en ti lo utilices, en vez de glorificarle, para deshonrarle.

Me veo, hermano, obligado antes de comenzar a exponer esta parte del Sermón del Monte a comenzar con una precaución. A veces vemos la porción de la Escritura y solamente consideramos una parte, y si no consideras una parte con la otra, en vez de edificar a la iglesia lo que hace es que la destruye. Y me parece, sospecho, tiendo a pensar que quizás no solamente sea un polo del problema el asunto del afán y la ansiedad, sino que el otro polo también es tan preocupante y peligroso como este.

Y si no enseño las dos cosas, la iglesia se irá hacia un lado o se irá hacia el otro. La nota de precaución, hermano, es explicarte que no es un afán pecaminoso sorprenderte, porque el mismo Señor que nos manda considerar las aves del campo fue el mismo que te dijo en el libro de Proverbios: considera la hormiga, oh perezoso. Y quizás estos dos extremos no deberíamos huir de uno para terminar en el otro; no deberíamos salir del afán y la ansiedad para refugiarnos en la pereza.

Precaución: afán legítimo vs. afán pecaminoso

Que no es un afán pecaminoso, hermanos, le diré que trabajar con esfuerzo en esta tierra no es un asunto pecaminoso, sino necesario. Y cuando tengas dificultades para obtener sustento, no pienses que estás teniendo un afán pecaminoso; piensa que estás viviendo en una creación caída. La maldición que hay sobre la tierra, consecuencia del pecado, puedes encontrarla en el libro de Génesis, capítulo 3, versículo 18. El Señor le dijo: la tierra les producirá espinos y cardos; hasta que vuelvas a la tierra, comerás el pan con sudor, dijo el Señor.

Y no hay manera, hermano, que se pueda pasar la vida en esta tierra sin experimentar el quebranto de vivir dentro de una creación caída, y vivir dentro de una creación caída no es un afán pecaminoso. Es lo que el Señor nos ha provisto, y es lo que nos toca. Tendrás que trabajar, hermano, y tendrás que sudar, y cuando sudes no pienses: “ahí tengo que salir corriendo del afán pecaminoso”; no, recuérdate: vivo en una creación caída, y dice que la misma creación gime esperando aún la redención, la consumación de todas estas cosas.

Sorprendente, hermano, hasta los pajarillos trabajan y son muy diligentes en buscar su sustento y en armar sus nidos. Yo puedo dar testimonio de eso, hermano, porque yo tengo un National Geographic, yo lo tengo en el patio de mi casa. Yo vivo relativamente cerca del Botánico; el patio de mi casa vive lleno de pajaritos, hermano, y me he dado cuenta que estos pajaritos son muy diligentes a la hora de buscar su comida.

Yo los veo así, hermano, a veces como si tuvieran guion, como uno de esos programas de National Geographic. Los pajaritos van —no sé cuáles son, no puedo distinguirlos uno de los otros— pero ellos pasan de una rama de la mata, llegan por ejemplo y entran en la mata de guanábana. De ahí pasan a la mata de coco, se refugian en la mata de cereza y tratan de ver si el gato no está en la marquesina.

Ya hacen eso todos los días, todos los días, porque se le pone la comida al gato, pero ellos han encontrado que ahí hay una provisión. Esperan que el gato salga y van tirando saltitos, saltitos, saltitos; llegan a la comida del gato y agarran en su boca una bola de comida de gato, hermano, y salen volando con ella. Yo no sé cómo es que logran, si la trituran o qué harán, pero lo que sé es que los pajaritos no están sentados debajo de la mata esperando que el Señor mande la bolita del gato a ver si pueden tener sustento.

Salen con diligencia a buscar el sustento. En medio de eso he encontrado plumas; no he encontrado el cuerpo, hablen con el gato. Pero con esto, aunque quizás un poco chistoso, quiero enseñarles que la diligencia no es pecaminosa y que cuando el Señor te lleva a abandonar el afán y la ansiedad no es para que te refugies estando de brazos cruzados en tu casa, meciéndote en una mecedora, esperando que llegue el sustento. Dice el libro de Proverbios que el Señor bendice al diligente.

Por eso, trabajar con esfuerzo y sudar, hermano, es algo que nos toca. Hermano, es tan difícil ganarse el sustento; aunque trabajes bajo aire se suda. No piensen que solamente el trabajo del campo; el que trabaja quizás en una oficina, con los problemas del día a día, la cantidad de dilemas que hay que enfrentar: ganarse el pan, hermano, es con el sudor, no del vecino del frente, sino con el sudor de tu frente.

Es una nota de precaución antes de entrar a la exposición misma de esta porción, hermano: tener iniciativa no es un asunto pecaminoso. Cuando el Señor te llama a abandonar el afán y la ansiedad no es a que abandones todo tipo de iniciativas, no, hermano. Los grandes hombres de Dios en la historia han sido hombres de iniciativa.

Iniciativa, ambición santa y el ejemplo de Pablo

Veo que el pueblo cristiano se mueve como en ese polo: del trajín y el afán a refugiarse en ser un ermitaño y quedarse como guardado, esperando que algún día suceda. Y son muchos los creyentes que al día de hoy han confundido el abandonar el afán y la ansiedad con “yo me voy a quedar en mi casa orando, esperando que el Señor provea”. Algunos dicen, interpretando mal esta porción de la Escritura: “porque yo vivo por fe”.

Hermano, la iniciativa fue lo que demostró el apóstol Pablo. El apóstol Pablo no era un hombre que se quedaba esperando que las cosas sucedan; él quería hacer grandes cosas para el Señor. Por ejemplo, en Hechos capítulo 16, él le dijo a Bernabé: “Bernabé, vamos a dar una vuelta y a ver cómo están las iglesias que hemos sembrado”, y eso parece, hermano, como asunto salido totalmente de la cabeza de Pablo. Uno diría: antes de algo como eso hay que orar durante un año, hay que refugiarse; no.

Pablo vio una oportunidad y le dijo a Bernabé: “vamos a ver cómo están las iglesias”. He encontrado un extremo en esto: hermanos que entienden que no podemos mover un dedo ni hacia la izquierda ni hacia la derecha a menos que reciban un ángel que les diga: “salve, muy favorecido; el Señor te ha llamado para que hagas tal cosa para el Señor”. El apóstol Pablo no trabajaba así. Era frecuentemente dirigido por el Señor, pero cuando era dirigido por el Señor ya él estaba en el camino de glorificar al Señor con las iniciativas de sus planes y sus proyectos.

Algo que genera mucha confusión es que, dice la Escritura, el apóstol Pablo quería predicar en determinadas ciudades, por lo menos en dos ciudades. Él quería llegar hasta allá, y cuando se embarcaba, que iba en ese proyecto rumbo a esa ciudad, dice que el Espíritu Santo le impedía entrar. Y uno dice: “ay, está Pablo por desobediente; te faltó oración, dijiste que ibas a una ciudad a predicar y ahora el Espíritu Santo te impide entrar a la ciudad”.

Hermano, desde la perspectiva de Pablo: “yo quiero glorificar al Señor predicando en esa ciudad o en cualquier otra ciudad que el Señor me permita predicar”. No es que Pablo fue sorprendido por el Señor, que lo encontró viendo televisión en su casa; eso no era lo que Pablo estaba haciendo. Lo que Pablo estaba haciendo era impulsando iniciativas que iban a repercutir en beneficio para la iglesia del Señor.

Y el Señor le cambió a Pablo una iniciativa buena por una iniciativa mucho mejor, hermano. Con esto quiero enseñarte, antes de que tratemos el afán y la ansiedad, que trabajar con sudor no es pecaminoso, y que tener iniciativa tampoco lo es. Tampoco, hermano, es pecaminoso tener una santa ambición.

¿Y qué es tener una santa ambición? Hermanos, desear hacer grandes proyectos para Dios. Guillermo Carey, el padre de las misiones contemporáneas, predicó un sermón y le dijo a la congregación: “anhelen hacer grandes cosas para Dios y esperen grandes respuestas de Dios”. Esa pasividad donde se refugia aquel que lee Mateo 6 y dice: “yo voy a hacer como las aves”, y en vez de salir a lidiar con el gato se queda sentado en su casa, en vez de edificar al pueblo podría ser un estorbo para el avance de la causa de Cristo.

Una santa ambición no solamente es deseable, hermano, sino muy saludable. Triste es aquel que no anhela nada para su Señor; triste es aquel que es sorprendido por el Señor sin ninguna ambición para su gloria en su corazón, hermano. Yo te pregunto: si el Señor te diera los medios para hacer grandes cosas para Él, ¿qué planes y proyectos hay en tu corazón? Si el Señor se encontrara contigo y te dijera: “hermano, me gustaría…”, ¿cuál sería el camino en el cual el Señor te encontraría?

Ni el trabajo diligente, ni el esfuerzo necesario, ni la santa ambición son asuntos pecaminosos. El Señor describió el afán en dos maneras distintas. En primer lugar, hermano, la precaución. En segundo lugar: ¿cuáles son los dos afanes principales? Son los afanes que constituyen lo que el hombre le llama el estilo de vida.

Todo el mundo tiene su estilo de vida. ¿Y de qué se compone el estilo de vida? En gran medida, de lo que tú comes y de lo que tú vistes. Y ya hay hasta una red social dedicada exclusivamente a manifestar lo que usted come y lo que usted viste. Cuando tú quieres saber lo fuerte que eso es, hay una red social —la red social de más alto crecimiento ahora mismo— que se dedica casi exclusivamente a eso: “#Cenita”, y enseñar tu outfit, enseñar cómo es que tú vas a estar vestido. En gran medida de eso se trata, de eso se reduce.

Los dos afanes principales: sustento y estatus

A eso el Señor está apuntando. En primer lugar te dice que no tienes que afanarte por el sustento, porque ni el mucho trabajo —es decir, el que siembra— ni la mucha provisión resuelven el problema. Hay un pensamiento pecaminoso que te hace ver que mientras más te afanes en sembrar mejor estarás, y que mientras más grande sea tu granero más seguro estarás. Lo que el Señor te está diciendo es: por mucho que siembres o por muy grande que sea el granero, el problema no es de provisión, el problema es de identidad.

El problema del afán no se resolverá cuando tengas provisiones guardadas para dentro de tres años. El problema de la ansiedad no se resolverá cuando ajustes en ti el problema de identidad, cuando entiendas que Dios es tu Padre y que Él tiene cuidado de ti. Y si no entiendes que Dios es tu Padre y tiene cuidado de ti, podrías tener el más grande de los graneros y aun así estarás corriendo en un ansioso afán.

Cuando el Señor habla aquí de vestimenta, hermano, sería un asunto ingenuo pensar que solamente estamos diciendo “tener algo para abrigar el cuerpo”. Es que en tiempos de Jesús el estatus de un hombre se manifestaba por su vestido. Y aquel que compraba una túnica de una pieza se preguntaba: “¿yo podré, cuando esta túnica de una sola pieza se desgaste, comprar la siguiente túnica de una sola pieza, o tendré que volver a vestir con remiendos?”.

Hay libros que hablan de vestir con remiendos, de caminar hacia atrás. ¿Cuál es el afán y la ansiedad en el corazón del hombre? Pensar si puede mantener su estatus. Por eso le preocupa tanto: “ay, si pierdo ese trabajo… oye, ¿y si yo perdiera este empleo, yo podría mantener mi nivel de vida?”. El estatus, hermano, en tiempos de Cristo se manifestaba por la vestimenta; en este tiempo, principalmente por el vehículo en que tú te transportas y por el lugar o el sector donde tú vives.

Y eso comienza a manifestar en el corazón del hombre un ansioso afán: “¿y yo podré seguir transportándome como me transporto? ¿y si la gasolina sube? ¿y si me suben el seguro? ¿y si me suben tal cosa? ¿y si me quedara sin este trabajo?”. Hermano, el problema no es tener dos carros o tener cuatro casas o tener una reserva muy grande en el banco; el problema se resuelve ajustando la identidad, entender que Dios es tu Padre. Y no solamente que es tu Padre, sino que Dios quiere tener cuidado de ti.

Que el hombre dentro de la creación no es una criatura independiente que se gobierna, sino que el Señor se deleita en suplir para las aves, en suplir para los lirios, y hasta para la hierba mala. Y si Él lo hace con eso, ¿qué no hará con ustedes, hombres de poca fe?

Les recuerdo, hermano, no está mal ser previsores, no está mal tener unos ahorros. Lo que está mal es reemplazar la provisión de Dios con tus seguridades temporales. No está mal tener algo guardado para una eventualidad; el problema es cuando ves eso guardado para la eventualidad en el lugar que solamente Dios debe ocupar en el corazón del hombre.

Constantemente el Señor reprendió a Israel y le dijo: “dejen de estarse refugiando en Egipto”. Cada vez que el pueblo de Israel tenía una situación, el pueblo se abalanzaba a buscar refugio en Egipto. El Señor le dijo: “dejen de refugiarse en Egipto, porque eso es como una vara quebrada que les traspasará su propia mano”.

Hermano, el principal temor en la vida de un cristiano no debe ser perder su nivel de vida o ser pobre. El principal temor en la vida de un cristiano es ser un sin fruto. Lo que debería llenarte de una presión saludable no es tener más o menos; lo que debería llenarte de una presión saludable es: cuando yo me encuentre en la presencia del Señor, ¿qué me dirá el Señor? “¡Wow, qué bien comiste, qué lindas eran tus fotos en Instagram!” No. El Señor te va a decir: “ven, buen siervo y fiel”.

Y la preocupación que debería inundar tu corazón no debería ser si tendrás mañana los recursos; la preocupación que debería inundar tu corazón es si estás viviendo hoy, con lo que tienes, para la gloria del Señor, de forma tal que eso haga sentido de aquí y hasta la eternidad.

En primer lugar, una precaución acerca de esto: no es mala la iniciativa, no es mala la diligencia; es necesario el sudor. En segundo lugar, entiende la raíz del problema. La raíz del problema no es la falta de sustento, como que un mejor trabajo va a resolver tu ansiedad. Con un mejor salario no se resolverá tu ansiedad. Con una mejor cartera de clientes no se resolverá el problema. Viviendo en un país desarrollado tampoco se resuelve, hermano.

Ahora mismo, en esos países nórdicos que viven regularmente en abundancia, la ansiedad que hay en su corazón es tanta o mayor que en estos países tropicales, que nos dicen que vivimos en el tercer mundo. El problema no se resuelve con mejores fuentes de sustento; el problema es un asunto de identidad.

La pregunta clave no es cuánto tienes, sino quién es Dios para ti. ¿Él es tu Padre? ¿Verdaderamente lo crees? ¿Vives a la luz de esa realidad, o es solamente un asunto filosófico, algo que funciona solamente al nivel de las convicciones? Si realmente Dios es tu Padre, genuinamente puedes refugiarte en esa seguridad que da el saber que Dios no tiene su creación al abandono, sino que tiene cuidado de ella.

Que los lirios no florecen por florecer, sino que son espectáculo que llena la presencia del Señor, y que la creación completa existe para manifestar su gloria. Verás qué despropósito es que el lirio esté ocupándose de esas cosas.

Ajustar la escala de valores y reconocer el cuidado de Dios

En primer lugar, hermano, fue la precaución. En segundo lugar, los dos afanes principales: el sustento, “qué comeré”, y el abrigo, “qué vestiré”. “¿Podré cubrir mis necesidades básicas? ¿Podré seguir vistiendo como visto, seguiré manifestándome ante el mundo como el mundo entiende que yo me manifiesto, o perderé mi estilo de vida?” “Ay, que no pierda mi estilo de vida” —hermano, que no pierdas el fruto.

Y ahora dedicaré un poco de tiempo a la solución que el Señor le dio al problema. La primera solución que el Señor le dio al problema está en el versículo 25. Les dijo: “No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir”. La solución es esta: ¿no es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido?

Lo que el Señor te está diciendo es que ajustes tu escala de valoración. Quizás tienes tanta ansiedad porque estás valorando mucho aquello que no tiene tanta importancia. El Señor contrapone el vestido al cuerpo y contrapone la vida al sustento. Tú dirás: “Señor, pero yo no tengo el mejor vestido”. Pero tú tienes cuerpo, ¿verdad? Puedes glorificarme. “Señor, yo no tengo el mejor de los sustentos, yo quisiera hacer un tentado como fulano, ese sí es…” Pero tienes vida.

El problema, hermano, está ahí, en esa escala de valores, que regularmente es una escala de valores mundana. Ajusta todo esto, hermano, a la luz del llamado de Dios para tu vida. No es tanto qué es lo que tienes o qué es lo que te falta, sino si tienes lo necesario para hacer aquello que el Señor quiere que tú hagas, para glorificarle, para dar fruto.

En segundo lugar el Señor les dice, versículo 26: “Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” Entiende el valor que tienes para Dios. Hermanos, Dios no es un Creador irresponsable que dejó su creación al descuido. Dios cuida de ti.

Muchas personas tienen una idea de Dios como aquel ser Creador que hizo el mundo por el poder de su palabra, pero que se desconectó de su creación. No. Dice la Escritura que Dios sustenta su creación, y que los cabellos de tu cabeza están contados, y que no hay nada en esta tierra que no esté bajo la soberanía de Dios.

Jesús hace una contraposición con animales pequeños. Me llama la atención que no sale a considerar los animales grandes, sino los pequeños: considera eso, y si ahí funciona el diseño de Dios y su sustento, ¿por qué Él no ha de funcionar en ti?

A mí me ha calado profundamente, hermano, lo que dice el versículo 27, que es la tercera cosa. Lo primero: revisa tu escala de valores a la luz del llamado de Dios para tu vida. En segundo lugar: entiende el valor que tienes para Dios como su creación. En tercer lugar, hermano, tienes que reconocer tus limitaciones. Dice la Escritura que por mucho que te afanes no podrás añadir a tu estatura un codo.

Y eso marca un antes y un después en la ansiedad. Entiende que hay cosas que no son negociables. Hay cosas que Dios las puso así, y no intentes romper esa pared porque Dios lo puso así. Hay cosas que tú y yo no vamos a poder cambiar; Dios en su providencia las puso así.

Hermano, gran parte de abandonar el afán es dejar de tratar de ser aquello que Dios no quiere que tú seas. Tú tienes los dones que el Señor quería que tú tuvieras; y el que no los tiene, no los tiene. Tú tienes la capacidad y el nivel de habilidad que el Señor determinó que ibas a tener, y habrá gente que siempre tendrá un chin más y gente que tendrá un chin menos, pero por mucho que te afanes no podrás añadir a tu estatura un codo.

Ahí comienza la satisfacción del ser humano, hermano, con un sentido de agradecimiento y nobleza ante aquello que el Señor ha puesto así. “Ay, el Señor me hizo a mí de cinco; al otro lo hizo de siete; sí, así el Señor me hizo. Yo quisiera ser de siete pies” —hermano, el Señor no te quería hacer de siete pies, te puso así. Y lo pongo al nivel de la estatura porque es lo que más se parece a las Escrituras, pero asimismo el Señor determinó el país en el cual tú ibas a nacer, la familia en la cual tú ibas a entrar, el color de piel que ibas a tener; determinó tu sexo, determinó el tono de tu voz, el color de tus ojos. El Señor lo ha determinado soberanamente.

“Ah, pero es que yo no quiero eso; tú sabes, yo quisiera…” Allí es que está el asunto de la ansiedad, hermanos; ahí es que está el asunto. Ah, pero no sabemos todo lo que el Señor determinó: que algunos de ustedes tengan más y otros tengan menos. No todos tenemos que tener mucho. No dijo el Señor que algunos… Dice: “los pobres siempre los tendréis entre vosotros”. Los pobres sí; los ricos no es seguro, los pobres sí.

No todo eso que le llaman el “nivel de vida” es, en gran medida, la manifestación de algo que el Señor, en su sabiduría, te dio, porque hay gente que si el Señor le diera más se perderían.

Hay gente que si el Señor les hiciera más altos se perderían. Hay gente que si el Señor les hiciera más bellos se perderían, y hasta eso lo determina el Señor. Y no nos dicen que todos somos bonitos, hermano. Miren, el Señor parece que sabe que algunos son más bonitos que otros. Yo tengo base bíblica para eso, hermano.

La Biblia habla de la belleza física como una provisión del Señor. Dice que Job tenía unas hijas que eran hijas, parece, regulares a nivel de belleza, y que esas hijas murieron; y que el Señor le dio las hijas más bellas que había sobre la tierra. Ah, pues el Señor sabía que unas eran más bonitas que las otras.

Bueno, si el Señor no te hizo tan lindo como tú querías ser, Él te hizo como quería que tú fueras. Deja de generar esa ansiedad por cosas que el Señor no las determinó así. Por mucho que te afanes, hay cosas que el Señor las delimitó. Por mucho que tú intentes, por mucha diligencia que manifiestes en contra de algo que el Señor lo puso así, hermano, lo único que harás es cansarte.

Entre la receta del Señor para el afán y la ansiedad, lo primero: revisa tu escala de valores a la luz del llamado; valora el cuerpo más que el vestido, valora la vida más que lo que te estás comiendo. En segundo lugar: entiende que tienes un valor per se por ser creación de Dios, corona de su creación, dice el libro de Hebreos.

Dice que el Señor nos hizo a nosotros seres muy dignos, “poco inferior a los ángeles”, y nos vistió de gloria y de honra. Para el Señor tú no eres un invento raro; tú eres su creación especial. Y eso debería llevarte a concluir que, si tú eres su creación especial, Él va a cuidar de su creación.

Bueno, si Él cuida la hierba mala —oigan con qué nos compara—, si Él cuida la hierba mala, que eso se seca, ¿no va a cuidar de ti, hombre de poca fe? En tercer lugar, hermano, recuerda este asunto: acepta tus limitaciones como un regalo del Señor. Tú tienes la justa dimensión de cada cosa que el Señor quería que tú tuvieras.

Por eso no hay vidas cortas y vidas largas. Por eso no hay gente grande “que es mejor” o gente pequeña. Hermano, como el Señor determinó que tú fueras, disfrútalo. Acepta tus limitaciones, reconócelas. Entiende que Dios está muy atento a su creación.

La búsqueda reorientada: del afán por el estilo de vida al Reino

Aquí tengo que detenerme, hermano. Él resuelve este asunto… a mí me parece que eso, hermano, es un tiro seguro contra la ansiedad. Él sabe que el ser humano —recuerde el mandato— tiene la imagen de Dios; Él te conoce tanto, Él te hizo a su imagen. Lo que pasa es que está dañada la imagen tuya y mía, como consecuencia del pecado, pero tenemos la imagen de Dios.

Somos seres trascendentes, somos seres diligentes, somos seres que nos gusta administrar cosas, porque Dios es así. La imagen de Dios en ti hace que tú manifiestes esa búsqueda. Todo ser humano tiene una búsqueda en su corazón; el que no tiene esa búsqueda está buscando tener algo. Esa diligencia por ser algo, por hacer algo, eso es natural en el ser humano.

El Señor no condena la búsqueda; lo que hace es que la reenfoca. El Señor no anula el afán y la ansiedad diciendo “no busquen nada; quédense pasivos en sus casas, no salgan”. No. Él cambia: en vez de buscar con mucho afán el vestido y el sustento, el estilo de vida, Él te llama a verte a ti mismo como un agente del Reino de los cielos.

Él te dice: “Buscad…”. “¿Qué busquemos, Señor?” “Sí, busquen”. Miren la sabiduría de Dios, hermano: no es “ah, miren, abandonen aquello, quédense con los brazos cruzados”, porque cruzados de brazos no nos vamos a quedar. Hermano, cuando tú vienes a Cristo, Cristo no anula tu personalidad; la reenfoca.

Y aquel que era muy de moverse, cuando viene a Cristo es muy de moverse para extender el Reino de los cielos. Aquel que, antes de venir a Cristo, era muy metódico, es muy metódico para extender el Reino de los cielos. El Señor no elimina la búsqueda; lo que hace es que la reenfoca. Dice: “Buscad…” “¿Buscamos qué, Señor?”

Hermano, ya le expliqué que el afán no es necesariamente pecaminoso; lo que es pecaminoso es la actitud con la cual se afana: afanarte para autoproveerte, afanarte para autoproclamarte. Un proyecto que fue muy, muy, muy aborrecido por Dios en el Antiguo Testamento, en Génesis capítulo 11, se llama la torre de Babel.

Hermano, el problema en la torre de Babel no era que el edificio era alto. Edificios altos hay ahora más altos que la torre de Babel. El problema —la gente sale a buscar la torre de Babel y dice: “¿cuál fue el problema en la torre de Babel? Fue el material con que construyeron; hubo un cambio de tecnología en ese tiempo y se dejó de construir con una cosa para construir con otra”. Eso permitió que los hombres hicieran edificios cada vez más grandes, pero utilizaron esto no para glorificar el nombre del Señor, sino que lo utilizaron para la vanagloria.

El problema en Babel no era la altura que tenía, no era cuántos pisos tenía la torre de Babel; el problema radical en la torre de Babel era la actitud con la cual se estaba construyendo. Dice que se dijeron los hombres unos a los otros: “construyamos una torre que llegue al cielo y hagámonos un nombre”. ¡Guau!

Hermanos, es la misma razón por la cual hay tanto afán y ansiedad en la carrera profesional: “hagámonos un nombre”. El asunto no es la diligencia, hacer una torre muy alta, sino para qué la torre. ¿Cómo glorifica esa torre al Señor? “No, me glorifica a mí. Yo quiero rascarle al Señor los piojos; tan alta que llegue al cielo para hacerme un nombre”.

El problema no es el afán, hermano; el problema es un afán pecaminoso que comienza con una falta de dependencia de Dios. Por eso dice el libro de Santiago que tenemos que ser cuidadosos cómo miramos el día de mañana: no es “haremos o dejaremos de hacer”, sino “si el Señor quiere, si el Señor lo permite”. Por eso dice Proverbios que el corazón del hombre genera muchos proyectos, pero al final permanecen los designios del Señor.

No es que hagas cuál fuera el edificio muy grande; es la actitud con la cual estás edificando. Yo te pregunto: ¿para qué tú quieres crear un negocio? Bueno, la mayoría de las personas que quieren hacer un negocio… yo no he conocido a nadie que me diga: “mira, lo que pasa es que los empleados públicos no están siendo tratados con mucha justicia, no hay ambiente laboral…” No. Todo el que quiere negocio anda buscando la libertad financiera, anda buscando ser su propio jefe, hacer su propio nombre, poder poner su nombre en una pared.

Torre de Babel, hermano. Y ahí comienza el afán y la ansiedad. ¿Cómo el Señor resuelve el asunto de raíz? Dice: “Busquen, busquen…”. “¿Pero no es que estamos buscando algo?” “Busquen primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todo eso que ahora mismo se ve grande se comenzará a ver solamente como añadidura. Ya no será algo sustantivo en tu vida, sino que será un apéndice, que si está y si no está es añadidura”.

Grandes problemas en este tiempo, hermano: la falta de dependencia de Dios. Un cambio en tu carrera profesional… ¿cuál es el driver en el cambio? ¿Qué es lo que lo motiva? Casi todo el mundo: poder y dinero. “¿Por qué tú quieres cambiar de trabajo?” “Yo quiero tener una oficina en la esquina, yo quiero tener un asistente, yo quiero alguien que… yo quiero que cuando llegue me digan ‘don’”.

Es natural, hermano; no está malo desear de manera terciaria todas esas cosas. El asunto: ¿con qué intención lo deseas? ¿Cómo el Señor va a glorificar eso?

Identidad en Cristo, humillación y echar la ansiedad sobre Dios

Y ya te pregunto: aquí hay gente que quizás quiere ser rico. La pregunta clave: ¿para qué tú quieres ser rico? ¿De qué manera el nombre del Señor será más levantado cuando en ti pongamos los recursos? Alguien que quiera ser rico, que hable conmigo para que ahora lo tenga que justificar. Que me diga: “cuando yo sea rico…” Vamos a cantar como en El violinista en el tejado: “Si yo fuera rico… si yo fuera rico…”. El asunto no es el qué, sino el para qué.

Ansiosa ansiedad, hermano: tú andas buscando todas esas cosas, y la realidad, la realidad es porque tu identidad todavía no ha encontrado en Cristo su sustento, no ha encontrado en Cristo su refugio. Mientras más te llenes de Él, menos desearás todo aquello, y cuando lo desees no lo desearás para la vanagloria, sino para su gloria.

Se requiere cierta humildad. Entre los americanos, hermano, hay todo un honor en ser un hombre que se hizo a sí mismo; ellos le llaman “self-made man”, el hombre que se hace a sí mismo. Son aquellas historias: “yo vine desde abajo, yo llegué a esta ciudad sin nada, y de nada me hice alguien y me hice un nombre”. Eso entre ellos es muy celebrado; hermano, la motivación se llama vanidad.

Por eso hay sabiduría, hermano, en lo que dice la Escritura. La Escritura dice:

Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os exalte cuando fuere tiempo, echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.

— 1 Pedro 5:6–7

Pero no se queda ahí, sino que te dice cómo es que tú tienes que humillarte. Dice: “humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os exalte cuando fuere tiempo”. ¿Y cómo me humillo? ¿De qué manera me humillo? El mismo versículo lo dice: echando todas vuestras ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.

Como hombres es humillante ante Dios, hermano, soltando su ansiedad y diciendo: “Señor, tú tienes cuidado de mí. Yo tengo lo que tú has permitido que yo tenga, y tendré lo que tú entiendas, en tu sabiduría, que yo debo tener. Y si acaso tengo o no tengo, lo tendré para tu gloria”.

¿Cómo es, hermano, que tú te humillas? La gente piensa que humillarse es decir: “ah, Señor, me humillo”. No. Humillarte es dejar de buscar por tus propios medios tu propio sustento y tus propias seguridades, y echar toda tu ansiedad sobre Él, entendiendo que Él tiene cuidado de ti.

Primero: buscad. “Buscar” no es malo; lo que hay que buscar son las cosas correctas. Después dice: “primeramente”. Aquí está la clave. O sea, ¿que puedo seguir buscando mi vanidad en segundo lugar? ¿Es más…?” No, no, no es ese el sentido de la Escritura. No es “busco primero esto y después eso”; esa mentalidad de bifurcar tu vida: “de ocho a cinco para su gloria; después, para mi vanagloria”. No es así.

No es: “busquen primeramente el Reino de Dios y su justicia, y cuando lo busquen y ya lo consigan, entonces dígan: ‘bueno, ya, vivamos y muramos, que mañana moriremos’”. No, hermano. Esa no es la actitud. El asunto es que si tú buscas primero el Reino de Dios y su justicia, aquello ya no habrá que salirlo a buscar. Lo que el Señor te está diciendo es: dejen de estar perdiendo el tiempo buscando seguridades y sustentos en cosas que no lo dan. Busquen primeramente el Reino de Dios y su justicia, porque después todo lo demás se verá más pequeño.

Negarse a sí mismo y vivir para la gloria de Dios

Rápido, hermano: miren, un discípulo de Cristo renunció a eso. Lo que pasa es que mi labor como pastor es recordártelo, pero si tú te inscribiste en el Reino de los cielos, tú renunciaste a ese asunto. Dice la Escritura:

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.

— Marcos 8:34

Ese “niéguese a sí mismo” es sacar tu ego del centro y poner a Cristo. Alguien que se ha negado a sí mismo es alguien que ya se murió a buscar su propio nombre, se murió a buscar su propia gloria, se murió a tener este afán ansioso por competir en los juegos del mundo: la vanagloria de la vida, los tesoros, los ojos, los deleites de la carne.

Negarte a ti mismo es poner la gloria del Señor y sus intereses en primer lugar. “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Hermano, lo que te estoy diciendo no debe asustarte, porque todo eso fue lo que tú hiciste en primer lugar; yo solamente te lo recuerdo. Si eres un creyente verdadero, tú te has negado a ti mismo.

Luego te digo, hermano, que no hay tiempo para una doble agenda en este asunto. La vida —yo les enseñé el domingo— eso es un pestañear; esto es neblina, hermano. No hay tiempo para vivir primero para tu gloria y después para la gloria de Dios; no se puede. Pero tampoco hay tiempo. No hay dos agendas, no hay medio tiempo en el Señor; tú no puedes vivir medio tiempo para su gloria. Esto es 24/7 para la gloria del Señor.

Tiene también cierta sabiduría este asunto, hermano, y es que es esperable que si yo busco primero el interés de mi Señor, el Señor me acomode. Dice el refrán que “es mejor ser cola de león que cabeza de ratón”, hermano. Es mejor ser siervo en la casa del Señor que amo en las casas del mundo. Porque es esperable —algo que yo recuerdo— como el hijo pródigo dijo: “en la casa de mi Padre, por lo menos comida había”.

Si tú buscas el interés de tu Señor, es esperable que el Señor te dé los medios para que sigas buscando su interés. Yo les hice esa anécdota: fue el año pasado, que alguien… cuando yo entré a trabajar —bueno, en la misma empresa en la que trabajó nuestro hermano Jonathan en los últimos años— yo recuerdo que trabajaba en un área que era gasto, algo administrativo, y yo veía que la otra unidad, que era parte de producción, esa gente pedían servidores y les mandaban servidores por camión, hermano.

Y nosotros, para pedir un servidor, el asunto que había que hacer… requisición y justificarlo otra vez y demás. Y esta gente pedían servidores y les mandaban servidores. Yo pregunté: “pero cuál es el asunto, por qué ellos piden y les mandan camiones y nosotros tenemos que hacer…?” “No, lo que pasa es que ellos son producción, nosotros somos administración; nosotros en la hoja somos gasto, ellos son costo. Se entiende que lo que están pidiendo va a venir en beneficio para la empresa”.

Entonces yo dije: “mira, a mí me gustaría trabajar de aquel lado, en la parte que es costo y no gasto”. Hermano, no es qué tú quieres, sino de qué manera eso impacta los intereses del Reino.

No es desear cosas pequeñas o cosas grandes; es desear cosas que en primer lugar repercutan en el mejor interés de tu Señor, y en medio de eso tú colocas verdad tus necesidades. Esa es la dinámica, hermano: si tú eres un agente del Reino, ya tú no pides basado en la vanidad o en el ego o en la vanagloria, sino que tú pides primero cosas que van orientadas al mejor interés de tu Señor. Y un siervo productivo tiene recursos que son casi ilimitados. Dice la Escritura:

No pondrás bozal al buey que trilla.

— 1 Corintios 9:9

Añadidura, Reino y justicia en la vida cotidiana

Si tú andas buscando el Reino de Dios y su justicia, dice que todas esas cosas el Señor las añade. Porque ya no son para la vanagloria. Tengo que avanzar en esto rápido. El Señor dice “Reino de Dios”: es el dominio de Dios sobre los corazones, es la influencia de Dios. Y “su justicia” es la manifestación de eso hacia el mundo.

Bueno, no es que renuncies a tu trabajo y que te dediques solamente a trabajar en la iglesia; es que en tu oficio seas un agente del Reino de Dios y de su justicia. Yo no sé cuál es tu trabajo: quizás seas médico, quizás enfermera, quizás un contador. Que en tu oficio, hermano, tú seas un agente del Reino de Dios y de su justicia, para que todas las demás cosas entonces sean añadidas.

Hermano, me gozo en ver que el Señor tampoco rechaza la añadidura. Él no dice que están mal; no dice “es malo”, no. Dice “es añadidura”. El asunto: entiende que no es sustantivo, que si eso está o no está, no debe hacer un gran cambio en tu vida. Si está, lo disfrutas, y si no está, y el Señor así lo determinó…

Termino, hermano, aplicando un poco lo que el mismo Señor dijo. Cristo no niega el hecho de que, aun a los ojos de Dios, nosotros operamos en una creación caída. Hay creyentes que piensan: “ya yo soy cristiano; se resolvió el problema, ya toda la creación va a operar, y ya las palmas, cuando yo me mueva, va a venir una palma y me va a cubrir así porque yo soy parte ahora de…” Hermano, la realidad es que cuando tú vienes a Cristo tú sigues en este mundo caído.

Mire cómo el Señor le llama a las cosas que se hacen en esta tierra. Dice: “Así que no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán. Basta a cada día su propio mal”. “¿Cómo que su propio mal, Señor? Yo no quiero el mal”.

Hermano, usted no vive en el cielo; usted vive en la tierra. Y después de Adán para adelante, la verdad es que no hay manera de llegar de sol a sol sin experimentar la maldad. El Señor no te dice: “ya para ti está eliminada la tribulación y la maldad”. Lo que te dice es: “te la vamos a mandar de día a día; no te la vamos a mandar mensual para que no te vuelvas loco”, pero día a día, hermano, tú vas a ir experimentando su propio mal.

Cada día su propio mal y la esperanza del Reino definitivo

A mí me llamó la atención que Cristo, hermano… esa es la acera opuesta a estos predicadores de prosperidad contemporánea que anuncian solamente cosas buenas. El Señor anunció que cada día vendrá su chin de mal. O sea, es como: “guau, ¿tuviste dificultad en tu trabajo?” “Sí, me tocó ese”. “Basta a cada día su propio mal; vamos a ver el día de mañana”.

“Oye, hermano, no pudiste hoy… tuviste que comer de lo que había; sino que tuviste que tomar… basta cada día comer eso también, porque eso alimenta igual”. “No, no pude”. Sí, cada día tiene su maldad, hermano. Cristo no dijo que los días iban a ser buenos; Él ha dicho que los va a mandar de a uno, así como Él nos daba nuestro pan cada día.

La creación, hermano, te va recordando todos los días que esto es una creación caída, que esto está dañado. ¿Y para qué es así? En primer lugar, hermano, eso te hace anhelar el Reino definitivo, que las promesas del Señor se consumen. La maldad diaria hace que tú no te acomodes en este lugar, que tú digas: “mira, por más que me acomodo siempre hay algo que es ahí, como que me alcanza”. Son los espinos, hermanos, los cardos que están ahí regados en la creación.

La situación: “ay, que un compañero de trabajo…” Sí, es la maldad que te tocó hoy; vamos a ver lo que viene el día de mañana. Bueno, también esto nos recuerda las tristes consecuencias del pecado. El día tiene su propio mal por la desobediencia. Esto nos lleva a una dependencia activa del Señor. Como cada día tiene su propio mal, hermano, yo no puedo ponerme en piloto automático, sino que tengo que buscar todos los días mi propia provisión y estar resguardado en las manos del Señor.

Pero también tiene un asunto: ya que esto evidencia el verdadero carácter del hombre y hace que el santo se vuelva más santo y que el perverso se vuelva más perverso. La maldad existente en este mundo hace que se multiplique lo que hay en el corazón. Yo les dije una vez que la mayoría de los comerciantes que yo conozco que no tienen a Cristo en su corazón son gente vanidosa, altiva, que no la aguanta nadie, porque han tenido que hacer comercio en medio de mucha maldad y perversidad. Eso lo aumenta. Y aquel que ama a Dios, ¿qué hace? Se santifica.

Mientras más empuja en este mundo, hermano, con viento en contra, más dice: “Señor, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo; que llegue el momento donde no haya cada día con su propia maldad”.

Y algo más tiene todo este mal, hermano. Cuando tú ves el día malo, tú te vas a recordar que tú eres de Cristo. Él dijo: “Confiad en mí; yo he vencido al mundo”. Cristo experimentó más de treinta, treinta y tres años aproximadamente, de días malos, igual que tú, hermano. Y en todos esos días Cristo venció.

En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

— Juan 16:33

Y cuando tú ves el día malo, tú dices: “parece que soy de Cristo, parece que Cristo se está formando en mí”.

El para qué de lo que pedimos: Salmo 72 y ambición santa

Concluyo, hermano, de manera un poco rara. Quiero concluir con un salmo y quiero decirles que no desestimen que el Señor les dé algunas cosas, alguna añadidura. No desestimen ese asunto, hermano; no desestimen el asunto de que quizás sea la voluntad del Señor que algunos entre ustedes sean ricos, que algunos entre ustedes sean sabios, que algunos entre ustedes sean personas que tengan relativa paz, que algunos entre ustedes tengan salud.

No desestimen nada de eso, hermano, ni dejen de pedírselo al Señor si tienen buenas razones para pedirlo. El problema no es el qué, sino el para qué. Miren el Salmo 72: parece una de las porciones más egocéntricas de toda la Sagrada Escritura. Quien lee el Salmo 72 y se olvida del propósito dice: “este hombre se volvió loco con lo que estaba pidiendo”. ¿Y para qué pide eso? No. Líbrete el Señor.

Dice:

Oh Dios, da tus juicios al rey, y tu justicia al hijo del rey. Él juzgará a tu pueblo con justicia, y a tus afligidos con juicio.

— Salmo 72:1–2

Ajá: juicio por juicio, justicia. Para eso es que tú quieres llegar al lugar de eminencia. Tú quieres que el Señor te ponga en lugares altos, ¿para qué? ¿Para quebrar la ley o para enderezarla, o para tratar…?

Juzgará a tus afligidos con juicio.

— Salmo 72:2

Interesante: los afligidos dice que son de Dios, para tratar a tus afligidos con juicio. Hermano, tú te estás afanando mucho por tener la gerencia. ¿Y para qué? ¿Quieres el directorio grande, eso es lo que tú quieres? Es verdad que quieres el directorio grande, yo sé, yo sé que eso es lo que está detrás.

¿Va a cambiar algo el ambiente laboral en esa empresa cuando tú seas el gerente general? ¿Y si los accionistas te dieran a ti todas las acciones, qué sería diferente? “Oh, yo sería más rico”. ¿Y de qué manera eso impactaría la gloria del Señor?

“Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y las demás cosas os serán añadidas”.

“Oye, si el Señor bendijera mi negocito y me dieran el contrato… si esto fuera un hecho, ¿qué pasaría? Sería diferente… ¿qué cambiaría en el Reino?” “Nada; yo sería más rico, tú sabes, tendría más libertad, tendría más seguridad, tendría más tranquilidad para hacer la obra del Señor”. La carne, hermano, ahí en su máxima expresión, nivel 10.

Oye lo que él le pide. Dice, versículo 8:

Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra. Ante él se postrarán los moradores del desierto, y sus enemigos lamerán el polvo. Los reyes de Tarsis y de las costas traerán presentes; los reyes de Sabá y de Seba ofrecerán dones. Todos los reyes se postrarán delante de él; todas las naciones le servirán.

— Salmo 72:8–11

¡Guau, pero qué es lo que tú quieres! Pero después:

Porque él librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra. Tendrá misericordia del pobre y del menesteroso, y salvará la vida de los pobres. De engaño y de violencia redimirá sus almas, y la sangre de ellos será preciosa ante sus ojos.

— Salmo 72:12–14

No es la petición en sí, sino para qué lo pide. “Oye, Señor, si tú me dieras…” Casi todo el mundo pide la misma cosa. “Señor, dame la casa… mi casa; yo quiero tener…” La gente le llama “mi casa” porque entiende que todo el mundo debe tener la suya. “Si tuviera mi casa, Señor, si tuviera mi villa, si tú me dieras mi carro, si tú me dieras mi visa…” Todas esas cosas que tú pides, hermano… ahora la pregunta: ¿de qué manera con eso tú buscas primeramente el Reino de Dios y su justicia?

Quizás, hermano, si tú cambias la canción, si tú dejas de buscar tu propio afán pecaminoso, egoísta, y cambias esto por la gloria del Señor y pones a Cristo en el centro y no el ego, todas esas cosas llegan. Y cuando lleguen, ¡daño te hacen! Para el que está encaminado por la persona incorrecta, pero una gente que ya se murió a eso, que ya, si lo tiene, lo tiene y lo usa para la gloria del Señor, y si no lo tiene, el Señor a otro se lo habrá dado.

“Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas —no una ni dos, sino todas las otras— serán añadidas”.

Oración final por liberación del afán y despedida

Oro por la iglesia para que el Señor la cubra del afán y la ansiedad. Que nuestros hermanos del ministerio de adoración nos despidan cantando alabanza al Señor.

Mira, Señor, que he tratado de exponer tu palabra, tu sabiduría, Señor, la tuya, no la de este mundo. Mira que aquello que yo les receto a mis hermanos es la misma medicina que yo necesito tomarme. Gracias por tu palabra, Señor, porque ella no solamente sale, sino que también se queda.

Te pido, Señor, que tú cures a esta iglesia del ansioso afán, de ese afán pecaminoso, de ese desear añadir un codo a su estatura. Trae primero contentamiento, Señor, por las cosas que ya tú hiciste. Que tus seguras promesas, Señor, el hecho de que nuestra vida está escondida en ti, Señor, sean el aliento principal.

Permite, Padre, que nos interese tanto tu Reino y tu justicia y tus propios intereses, y no los nuestros, que ya lo que tengamos o dejemos de tener sean añadiduras, asuntos coyunturales, colaterales, Señor. Que lo sustantivo, lo sustantivo sea tu Reino.

Padre, te pido que permitas, por agencia de tu Santo Espíritu, que se afiance en nosotros nuestra verdadera identidad como hijos tuyos. Permite, Señor, que la dignidad del hijo, la seguridad del hijo, la cierta confianza que tiene aquel que es hijo de un buen padre, sea en eso que encontremos nuestro sustento, y no, Señor, en qué tanto sube o baja la cuenta.

Mira a mis hermanos que están teniendo aquí ansiedad y afán por un trabajo nuevo. Ayúdalos, Señor, a encontrar maneras de glorificarte a través del nuevo trabajo antes de que comiencen a desear. Mira a aquellos, Señor, que están generando ansiedad porque sus empresas crezcan. Permite, Señor, que antes que el crecimiento de su empresa y su nombre —como lo de Babel— estén buscando el Reino de Dios y su justicia.

Mira a aquellos, Señor, que se han estado afanando porque su carrera profesional está detenida. Permite que su carrera principal sea la carrera del Reino. Que lo realmente importante, Señor, no sea morir en el mismo puesto de trabajo, sino morir siendo fructíferos.

Trae, Señor, una santa ambición sobre hombres y mujeres de esta iglesia, Señor, para hacer grandes cosas para ti y esperar grandes cosas de ti. Permítenos, Señor, curarnos para hacerte útiles; permítenos morirnos, Señor, para que nazca en nosotros el nuevo hombre. Permite que mengüemos para que crezcas tú.

Para tu gloria todas estas cosas, Señor, en el nombre de Cristo. Amén. Que el Señor les cubra, hermano, que el Señor les guarde.

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