Que pongamos nuestras almas en la mano del Señor, pongamos nuestra mente en sus manos, pongamos nuestro corazón con toda nuestra voluntad en sus manos también. No seamos altivos pensando que nosotros podemos recibir la palabra del Señor y salir a cumplirla por nuestros propios medios, sino seamos humildes. Vayamos a la presencia del Señor a encomendarnos antes de abrir el libro, antes de considerar lo que Dios demanda del hombre. Con agradecimiento primero, Señor, porque aquí estamos, con expectativas después, Señor, porque tú ya antes lo has hecho, y al mismo tiempo con profundo recogimiento y humildad, sabiendo nuestra verdadera condición, Señor, que somos poco, que somos débiles, que somos, Señor, inclinados a la maldad. Nos presentamos ante tu presencia para recibir el pan de tu palabra.
Permite, Señor, que tu palabra hoy expuesta sea recibida en buena tierra. Permítenos, Señor, ver pronto el fruto de la exposición de tu palabra, el fruto de sembrar esta buena semilla en corazones. Te pedimos, Señor, que vayas no solamente colocando la palabra, sino también trabajando el espacio para que en estos corazones, Señor, germine tu voluntad. Siembra hoy, Señor, tu palabra en corazones y permite que pronto, Señor, nos regocijemos cuando veamos su fruto. Permite, Padre, que esta última sección del Sermón del Monte sea recibida por la iglesia local como han sido recibidas cada una de las anteriores. Tenemos expectativa de fe, Señor, dependemos de ti en oración, manifestamos que con nuestras propias fuerzas, Señor, seremos solamente oidores, pero que si tu Santo Espíritu es con nosotros, Señor, también podremos poner por obra aquello que hemos escuchado. Acompáñanos, Señor, pastoreanos tú, dirígenos tú.
Mira esta gran oportunidad, Señor: un pueblo y tu palabra. Permite que estas dos cosas hoy se encuentren para tu gloria, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Gracias al Señor, hermanos, ya entramos al último de los capítulos en el Evangelio de Mateo que cubren el Sermón del Monte. Comenzamos considerando el capítulo 5, y gracias al Señor ya lo cubrimos completo; luego el capítulo 6, y ya lo cubrimos completo también, y ahora avanzamos hacia la última parte del Sermón del Monte, que es el capítulo 7 en el Evangelio de Mateo. Pueden buscar allí en sus Biblias Mateo, capítulo 7, y estaremos hoy exponiendo desde el versículo 1 y hasta el versículo 5. Son muchos los autores que han identificado que en esta última parte del Sermón del Monte nuestro Señor se ocupa acerca del cristiano y sus relaciones.
Lectura del texto y mala interpretación común
E introduce esta sección hablando acerca de nuestra actitud ante el pecado ajeno. ¿Cuál debería ser el proceder de un cristiano ante las faltas de los otros? ¿Cómo deberíamos asumir este hecho de que no solamente nosotros caemos, sino que nuestros hermanos también lo hacen? ¿Y cómo reaccionar en el momento?
Acompáñenme al Evangelio de Mateo en el capítulo 7. Consideremos desde el versículo 1 y hasta el versículo 5 con la ayuda del Señor. Dice la Escritura:
No juzguéis, es el Señor hablando, no juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os será medido. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
— Mateo 7:1-5
Me imagino que habrán escuchado estos versículos, o por lo menos el primero. Este primer versículo mal interpretado es tristemente célebre. Quizás sea uno de los versículos más conocidos de todo el Sermón del Monte y está armado en el “top ten” de los versículos que el pecador siempre tiene en los bolsillos. “No juzguéis para que no seáis juzgados”, eso tiene, mano, un atractivo casi irresistible para el hombre que no ha nacido de nuevo. Pareciera, hermano, que esto es la quinta esencia de todo el Evangelio.
Mal expuesto, es el refugio de aquellos que, en vez de considerar todo el consejo de Dios, toman pequeñas porciones de la Escritura no para parecerse a Cristo, sino para evitar parecerse a Cristo. Dice nuestra introducción que el hombre natural, al juzgar el pecado ajeno, utiliza reglas mucho más estrictas que las que usa para medir el pecado propio. Se hace de la vista gorda ante las faltas suyas, pero está muy atento ante el desliz del vecino. Asimismo, pretende ir por la vida rescatando a otros en aquellas áreas en las que él mismo necesita urgentemente ser ayudado.
Esa es la actitud que el Señor enuncia y corrige al comenzar esta última sección del Sermón del Monte. Una lectura superficial hace que el lector simple concluya en que todos los juicios están fuera de lugar y nadie puede juzgar a nadie, pero al analizarlo detenidamente veremos que el propósito del Señor no es anular los juicios, sino corregir las actitudes incorrectas. Y que, en vez de evitar que juzguemos a otros o les ayudemos a corregir sus pasos, su enfoque es a que estemos preparados para hacerlo. Veremos cuál debe ser nuestra actitud ante la falta ajena y que la compasión que mostramos ante el hermano que cae es la misma que recibiremos del Señor cuando nos llegue el momento.
La raíz humana de desviar la culpa
Sucede con esto, hermano, que es una actitud muy, muy, muy primaria en el ser humano. Ustedes van al Evangelio, se van al libro de Génesis, y se encontrarán que ante la caída, la primera actitud del ser humano no fue reconocer cada uno su pecado de manera particular e individual, sino que cada uno trató de buscar a alguien que fuera más culpable. Y cuando Dios reprendió al hombre, el hombre dijo: “No, la mujer que tú me diste fue así que pecó, de la verdad, Señor”. Y la mujer cuando fue cuestionada entonces dice: “No, yo no, la serpiente”.
Es una actitud muy primaria en el ser humano no asumir su propia falta, sino tratar de buscar a alguien que haya cometido una falta más grave que la falta propia. Me gustaría, hermanos, antes de exponer esto, primero comenzar corrigiendo, porque hay una forma incorrecta de interpretar esta enseñanza. Luego le daré algunos ejemplos de juicios legítimos que la Escritura demuestra, y con esto quiero enseñar que el propósito del Señor no era eliminar el juicio, sino corregir una actitud. Más adelante trataremos de considerar algunas expresiones de doble estándar, de doble vara: vara pequeña y vara grande. Y terminaremos, con la ayuda del Señor, analizando cómo podemos nosotros sacar la viga de nuestro propio ojo y la necesidad que tenemos de estar también dispuestos a ayudar a nuestros hermanos.
Consideremos primero, hermano, lo que ya ustedes conocen: la forma incorrecta de interpretar esta enseñanza. Quizás hay hasta “memes” en internet; algo que se repite mucho es la expresión “solo Dios puede juzgarme” o “no me juzgues”. Eso es muy, muy fuerte: “no me juzgues, que nadie me juzgue”. Algunos hasta admiten que Dios puede juzgarles, pero lo que quisieran es que nadie les juzgue aquí. La manera más frecuente como se interpreta esta porción de la Escritura es aislando el primer versículo de toda su sección.
Hermano, la Escritura no es una serie de versículos independientes, como si fueran diferentes partes de una gran cadena. La Escritura es el mensaje de Dios para su pueblo. Y, regularmente, una persona no transmite todo un mensaje cuando pone el punto y seguido. Es más, gran parte de las confusiones vienen cuando una persona toma una parte de una conversación y la extrae del resto. Si nos quedáramos con el primer versículo, entonces tendríamos el enunciado: el Señor dijo “no juzguéis para que no seáis juzgados”. Pero el primer versículo no le hace honor a todo el consejo de Dios al respecto de esto.
El consejo completo de Dios sobre juzgar
Para entenderlo tenemos que ver el versículo 1, el versículo 2, el 4, el 5 y todo el consejo del Señor al respecto de este asunto. Tomar un solo versículo, hermano, de manera aislada, o tomar una serie de versículos y concatenarlos de la manera que nos sea favorable, no es la manera en que un cristiano debe interpretar las Escrituras.
Quizá lo primero es eso: aislar el versículo porque es cómodo. El hombre quisiera llegar a estar como por encima del bien y del mal, como el “tío Alberto”, la canción de Serrat, como que ya nadie podía cuestionarle. Sin embargo, esto ignora todo el consejo de Dios y es algo bastante histórico. Si ustedes buscan en sus Biblias, hay un libro completo en la Escritura que se llama el libro de los Jueces. El Señor dijo que levantó cada cierto tiempo un juez en Israel y que el peor momento en la tierra de Israel era cuando cada uno hacía lo que bien le parecía.
O sea que no me digan que el Señor evita el juicio, porque Él mismo nos puso en Su sagrada Escritura un libro completo acerca de los jueces. Y gran parte de la Escritura lo que es, es un código legal con la intención de que el pueblo sea juzgado. Al mismo tiempo hay porciones de la Escritura que nos mandan directamente a que tenemos que juzgar y emitir un juicio correcto.
Por ejemplo, dice el Evangelio de Juan en el capítulo 7 y en el versículo 24 —es el Señor también hablando—:
No juzguéis según las apariencias, dice el Señor, sino juzgad con justo juicio.
— Juan 7:24
Hermano, si acaso nos quedáramos en el primer versículo de Mateo 7, entonces tenemos aquí una directa contradicción, porque el mismo Señor que te está diciendo que no juzgues para que no seas juzgado es el mismo que eventualmente te dice que no juzgues con un mal juicio, sin embargo, que sí juzgues con juicio justo. Mano, Dios es un Dios perfecto y Él no se contradice; la contradicción está en el hombre. Si acaso aquí hay una aparente contradicción, es porque las personas no han tomado el consejo completo, solamente tomaron un versículo y de ahí concluyeron que nadie tiene la capacidad de juzgar a nadie.
Al mismo tiempo tenemos casos en las Escrituras donde los apóstoles juzgaron. Por ejemplo, el apóstol Pablo corrigió a la iglesia de Corinto precisamente por su falta de buen juicio, y le dice en Primera a los Corintios capítulo 5 a la iglesia una fuerte reprensión porque había casos de inmoralidad que la iglesia no había juzgado. Y el apóstol Pablo dice: eso es tan grave que yo desde aquí ya sí juzgué y he determinado que ese sea expulsado de la iglesia local.
Historia de la división en versículos y otros malentendidos
No es correcto decir que nadie puede juzgar; primero porque es un asunto histórico, porque contradice otras ordenanzas del Señor donde directamente nos manda a ejercitar el buen juicio; porque contradice al mismo tiempo la historia apostólica, donde el apóstol estaba juzgando casos en la iglesia local; y, al mismo tiempo, porque el buen juicio se presenta en la Escritura como un signo de madurez.
Dice asimismo la primera carta de Pablo a los Corintios, en el capítulo 2 y en el versículo 15. Él está hablando acerca de discernir espiritualmente. Leo desde el versículo 14:
Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.
— 1 Corintios 2:14
Y dice el 15:
En cambio, el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie.
— 1 Corintios 2:15
O sea, a la luz de la palabra del Señor, con esto quiero mostrar, hermano, primero, que esta controversia que hay y este refugio de que nadie puede ser juzgado no es más que una falsa interpretación, una mala interpretación, tomando una enseñanza del Señor y cortando solamente el primer versículo.
No se sienta mal por eso, hermano, porque inicialmente la Biblia no tenía ni siquiera esos versículos. Algo sucede muy interesante: la persona piensa que la Biblia siempre estuvo dividida en capítulos y versículos, y no es así. Los capítulos, los versículos y los epígrafes, que son las palabras que aparecen arriba introduciendo la sección, son algo relativamente nuevo. Inicialmente, esto no era como que el Señor hablaba por versículos, decía: “Versículo 1: les enseño esto; versículo 2: les enseño lo otro”. El Señor hablaba de un discurso corrido y general.
Eventualmente esto fue transcrito por sus discípulos, por los apóstoles, y después, años después, siglos después, esto fue entonces, para fines de comodidad y para que podamos localizar porciones de la Escritura, dividido en capítulos y versículos. Inicialmente esto era solamente un rollo largo. Y en ese rollo largo era parecido a la correspondencia nuestra. Si yo te mando un correo, yo no te pongo en el email: “versículo 1, versículo 2, versículo 3”. Yo te escribo un párrafo. El Señor hablaba por discursos, sus discursos fueron transcritos en párrafos, y eventualmente fueron separados en capítulos y versículos.
Por eso, hermano, tomar un versículo aislado no le hace honor al mensaje de Dios, sino que lo que hace es que se presta para confusión. Primera manera en que esto se puede interpretar mal es aislando el primer versículo. La segunda manera es tomando la parte B como un “haz y deja hacer”. Así como algunos dicen: “nadie puede juzgarme”, otros se refugian aquí para decir: “yo no juzgo a nadie, por tanto puedo hacer lo que a mí me parezca”. “Ya que yo no me meto en la vida de nadie, por ponerlo en lenguaje tropical, que nadie se meta en la vida mía. Ya que yo no ando mirando cómo nadie se comporta, que nadie considere mi propio comportamiento. Ya que yo no he juzgado tu proceder, entonces no juzgues tú tampoco el mío”.
Quién nos juzga realmente y el caso de la mujer adúltera
Tampoco es la intención de la Escritura. No puedo, hermano, detenerme en cada una de las formas en que he visto esto, pero tengo que mencionar otra. Muchos entienden que “no juzguéis para no ser juzgados” es: “no me juzgues a mí y yo no te juzgo a ti”. Pero en la parte B el Señor está hablando de Él mismo. A la luz de los cinco versículos se da cuenta que el Señor lo que está diciendo es: cuando tú juzgues a los otros con esa actitud, yo te juzgaré también a ti con la misma. Si tú mides al otro con esa vara, yo entonces te mediré también a ti con esa vara. El Señor no te está diciendo: “júzgame y yo te juzgo, no me juzgues y no te juzgo”, sino el Señor te está diciendo: “si tú juzgas a los otros con tales niveles de exigencia, espera de mí que te responda con lo propio”.
La realidad, hermano, es que todos nosotros seremos juzgados por Cristo y todos nosotros somos medidos por Cristo. No hay tal cosa como la ausencia de un juicio. El Señor habla de juicio y dice que Él es el Juez.
Quizás, hermano, el caso por excelencia para poder explicar esto es Juan capítulo 8, el caso de la mujer adúltera. Y, así como el incrédulo se refugia en un versículo, también se refugia en esta enseñanza dramática. Esta es una porción muy atractiva, hermano, para quien quiere entender mal la Escritura. Aquellos que dicen “solo Dios puede juzgarme” o “nadie puede juzgarme”, también dicen: “cuando al Señor le trajeron una mujer adúltera, el Señor no tiró la piedra; el Señor no la juzgó”. Momento. Quiero demostrar que el Señor juzgó a la mujer adúltera: la juzgó como pecadora, y que el Señor no dejó a la mujer adúltera donde estaba.
Creo que, hermanos, no me detengo a veces a explicarlo porque es una porción muy conocida, pero vamos a leerla. Dice Juan 8:
Y por la mañana, volviendo al templo, todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por sus conciencias, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.
— Juan 8:2-11
Sería fácil, hermano, quedarnos allí donde nadie tiró la piedra y resumir en lo mismo que dicen los incrédulos: que el Señor no la juzgó. Pero lea un poco más a ver si Jesús la juzgó o no la juzgó. Él dijo: “Ni yo te condeno; vete y no peques más”. ¿Cómo que “no peques más”? O sea, ¿tú estás diciendo que era pecado lo que estaba haciendo? Sí. ¿Tú estás diciendo que era condenable lo que estaba haciendo? Sí. En este momento el Señor no está anulando el juicio ni promoviendo el pecado; el Señor está mostrando mayor gracia.
Lo mismo ha sucedido contigo, lo mismo ha sucedido conmigo, hermano. El Señor tenía la autoridad, el único que tenía la autoridad para tirar la piedra era Él, y Él le dijo: “Ni yo te condeno”. Pero no la dejó ahí, sino que le dijo: “Vete y no peques más”. A ese “vete y no peques más” es que el pecador no quiere llegar. Él suspende la historia en el momento en que nadie pudo tirar la piedra. Pero el manuscrito completo muestra que el Señor juzgó y juzgó a esa y la condenó en el sentido de evaluar su pecado, aunque no le aplicó la pena.
Gracia, justificación y corrección de actitudes críticas
Él dijo: “Tú merecías condenación, yo no te doy lo que te corresponde. En vez de darte piedra, te doy gracia”. Eso es lo mismo que ha sucedido con nosotros. Eso se llama justificación. Un creyente no es mejor que un pecador; ambos son pecadores. La única diferencia es que el Señor nos ha dicho: “Yo no te condeno”, y después nos dice: “Vete y no peques más”.
Con esto quiero explicar, hermano, que la intención del Señor en el Sermón del Monte no es anular el juicio o suspender cualquier actitud crítica hacia el pecado, sino combatir una actitud de un corazón caído que le hace entender que es más que los demás, que le hace entender que el pecado del otro es muy gravoso, pero que por el pecado propio son cosas pequeñas.
Primero les he mostrado la forma incorrecta de interpretar esta enseñanza, aislándola de su unidad completa y también de todo el consejo de Dios. En segundo lugar, permítame mostrarle algunos ejemplos de juicios legítimos que la Escritura no solamente permite, sino que nos alienta a que debamos hacerlo.
Dice Gálatas capítulo 1 y versículo 8 que debemos juzgar y evitar a los que predican falsas doctrinas:
Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.
— Gálatas 1:8
No voy a buscar cada una de las porciones, pero pueden anotarlas. Gálatas 1:8 nos dice a nosotros que tenemos que discernir y juzgar, y ser sabios. No es: “bueno, que cualquiera predique lo que le parezca, esa es falsa doctrina, nadie me juzgue”. Sí dice la Escritura que nosotros debemos juzgar la enseñanza que recibimos. Los bereanos juzgaron la enseñanza de Pablo. Dice que el apóstol Pablo fue donde los bereanos, pero los bereanos fueron más diligentes que los de Tesalónica, y que cuando el apóstol Pablo les predicaba, ellos decían: “Pablo, eso está muy bueno, hablamos mañana”. Iban a su casa, veían las Escrituras, hermano, y consideraban si acaso lo que Pablo estaba enseñando tenía consonancia con las sagradas Escrituras.
Es usado frecuentemente esto por falsos maestros para poner la congregación en un modo pasivo. Y a veces utilizan hasta formas de autoridad espurias para difundir falsas enseñanzas: “Yo soy un pastor, tú no puedes juzgarme”. Algunos se llaman ahora apóstoles: “Yo soy un apóstol, tú no puedes juzgar la enseñanza del apóstol”. Hermano, sea cuidadoso con esto, porque un cristiano sabio juzga todas las cosas. No recibe la información como una autoridad última. La autoridad última es la regla, que es la palabra del Señor. Cualquier hombre que ha trazado la palabra del Señor tendrá autoridad, siempre y cuando sea fiel a la palabra del Señor.
No hay tal cosa como que un título coloque a una persona en un nivel donde no sea juzgada. Todo cristiano sabio, cuando recibe la enseñanza de la palabra del Señor, juzga a la luz de la palabra del Señor. Por eso es que usted tiene que tener su Biblia y leerla, hermano. Venir a recibir sermón solamente no es sabio, porque ustedes deben venir a recibir un sermón y a discernir un sermón.
Juicios legítimos en la vida de la iglesia
Un maestro sabio no solamente enseña la Escritura, no solamente enseña a la congregación a recibir la Escritura, sino que también prepara a la congregación para discernir la Escritura. El hermano no solamente recibirá la enseñanza del maestro de su iglesia; un creyente está expuesto a cantidades de enseñanza, ya sea de manera didáctica o de manera práctica. Y usted tiene que examinar esto para no terminar en el error.
La Escritura permite y es legítimo juzgar a los que predican falsas doctrinas como falsos maestros, y declararlos anatema. También dice la Escritura que tenemos que juzgar —eso está en Romanos capítulo 16, versículo 17 al 18— a los que causan divisiones en la iglesia:
Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos.
— Romanos 16:17
Hermano, eso es sumamente peligroso. Satanás ataca al pueblo del Señor en dos maneras distintas: primero con falsas enseñanzas y después con controversias innecesarias. Y hay personas que se cuelan en el pueblo del Señor para crear controversia. “No me juzgue, que nadie me juzgue, solo Dios puede juzgarme”. Claro, a la luz de la palabra del Señor eres juzgado como un divisor, como un incendiario, como alguien que no ha venido a edificar al pueblo, sino a destruirlo. Dice la Escritura que tenemos que juzgar aquellos que causan división.
Hermano, para administrar la disciplina en la iglesia local hay que ejercitar el juicio de manera progresiva. Dice la Escritura que el primero que tiene que juzgar eres tú y discernir si ha habido una falta. Después buscar otro más, y después la iglesia completa tiene la autorización no solamente de juzgar, sino hasta de tener aquellos que estaban entre sus filas, eventualmente que se han desviado, como gentiles, como aquellos que no son parte del pueblo del Señor.
Pero el juicio más importante que todo creyente debe discernir es aquel que nos manda la palabra del Señor de que nos consideremos a nosotros mismos a ver si verdaderamente estamos en la fe. El juicio propio, hermano, es algo que no se puede delegar. Y todo creyente tiene que tener una actitud crítica hacia sí mismo.
El juicio propio y la doble vara en la práctica
Eso es lo que significa en gran medida negarte a ti mismo, hermano: ponerte a ti mismo en veremos. Es reconocer que mi palabra y mi juicio no es un juicio último, que mis prácticas no son prácticas comprobadas, que mis afirmaciones no son afirmaciones infalibles. Un creyente duda de sí mismo y dice: “Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso”. Yo me juzgo a mí mismo; debes juzgarte a ti mismo, dice la Escritura. ¿Cómo te juzgas? A la luz de la palabra del Señor.
Cada vez que un creyente es expuesto a las sagradas Escrituras, hay un paredón, hermano, hay un juicio. La Escritura te va a condenar, y tú mismo a veces tienes que reprenderte. Muchas veces tú tienes que poner los cinco dedos y ponerlos contra ti, y decir: “Soy un pecador, el Señor me ha confrontado con mi pecado, he sido avergonzado a la luz de la palabra del Señor. Dios ha evidenciado mi falta”. Nosotros no leemos la Escritura de manera pasiva; la leemos de manera crítica con nosotros mismos. Yo veo la regla de Dios y me veo a mí mismo, y cuando encuentro diferencias, digo: “Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso”.
Un creyente es crítico, no principalmente hacia los demás, sino principalmente hacia sí mismo. Ya no voy a llevar esto todavía de manera más práctica. En primer lugar, he tratado de corregir la enseñanza incorrecta; después mostrar algunos ejemplos de juicios legítimos. Pero no debo quedarme aquí, hermano, sino también avanzar a lo que dice la Escritura: que con la vara con que nosotros medimos a los demás, el Señor también con esa vara nos medirá.
Doy algunas expresiones, hermanos, de cómo funciona a veces este doble estándar en la iglesia local. Te pregunto, hermano: cuando tú has cometido alguna falta, ¿te gustaría que esa falta sea divulgada, o te gustaría que el Señor extienda un manto de gracia y que cubra multitud de faltas? Yo desearía, hermano, que cuando yo he sido reprendido, como frecuentemente lo soy, en asuntos, hermanos, donde me avergüenzo de mí mismo, yo quisiera que el Señor guardara absoluto silencio y que eso no saliera, hermano, entre el Señor, Su palabra que me reprendió, y gloria al Señor por eso. Yo quisiera que eso fuera así.
Difundir el pecado ajeno y el uso sabio de Mateo 18
Sin embargo, el hombre natural tiene una tentación, tiene una predisposición, no solamente a juzgar al otro, sino a involucrar a terceros en el juicio, y a hacer un juicio moral de buscar la manera de desacreditar. “Antes yo lo encontré, yo creía que de testimonio, pero fue su hermano…”. Espérate, trata de no llevarlo hacia allá todavía. “Ah, pues tú estás respaldando el pecado”. No, no se trata de eso.
La disciplina de la iglesia, hermano, tiene una sabiduría, y es que siempre trata de buscar la honra y de salvaguardar los asuntos, porque la verdad es que el Señor, en su misericordia, Él te perdona y dice que Él manda eso a lo profundo del mar. Pero los hombres tenemos ciertas dificultades para olvidar el pecado ajeno. El propio, rápido, hermano, no; pero el ajeno toma un tiempecito.
Dice la Escritura en Mateo 18 que, cuando un hermano ha faltado contra ti, tú no deberías buscar un megáfono para darle parte al pueblo, sino que tú deberías ir en privado ante el hermano. ¿Y por qué así, en privado? ¿Por qué no podías ir con cinco de una vez? Porque si buscas cinco de una vez, lo estás desacreditando. Dice que debes ir en privado ante tu hermano y tratar de restaurarle.
Escuche cuál es el proceso; dice para qué se hace ese proceso. Cuidando esta naturaleza caída nuestra, que nos hace derribar moralmente a los demás. Si alguien te ha faltado, dice la Escritura, debes ir primero en privado y tratar de restaurarle. Y si no te recibiera, dice la Escritura, busca a otro más, y después, si no le recibe, entonces dale parte a la iglesia. Es decir, cada vez se va como extendiendo, pero no de golpe.
¿Cuál es el principio rector en esto? Que los hombres tenemos cierta dificultad para olvidar el pecado ajeno; por eso, mientras menos te lo veas, mejor. Es más, hermano, que si usted pudiera ponerse como los caballos, así, para no enterarse de controversias ya resueltas, sobre todo ya resueltas, mejor es que no salga a preguntar. Escuché a alguien una vez que le preguntó a un pastor en una de esas rondas de preguntas que se estilan: “Pastor, ¿cuál ha sido su momento más vergonzoso?”. Y uno piensa: “¿Y para qué tú quieres saber eso?”. Eso no es sabio.
Porque la realidad es que cuando yo te comparta y abra eso, hermano, el Señor tiene la capacidad de ver mi corazón y amarme; pero tú no. Entonces, para no hacerte daño de nuevo, hermano, no es hipocresía; estoy hablando de asuntos resueltos. No hay que estar rescatando el pasado, no hay que estar hurgando. Hay hermanos tuyos que tienen una historia sin Cristo, hermano, que usted no quiere enterarse de ese asunto. No quieras saber ese asunto, no quieras ver cómo era el hermano antes de venir a Cristo.
Morbo espiritual y clasificar pecados ajenos
Hay un testimonio legítimo, pero hay un morbo que hay por dentro que te hace acariciar esas cosas. No es sabio estar hurgando en las gavetas, hermano. Si el Señor echó eso a lo profundo del mar, asómate tú lo mismo y deja eso por ahí guardado. Hay cosas que uno no las está buscando y las ve; bueno, eso no se puede evitar, pero no hay que salir a preguntar.
Expresiones, hermano, de doble estándar: la primera, que lo tuyo se trate en silencio, en absoluto silencio entre tú y Dios, y que ni siquiera los ángeles que están en su presencia se enteren. Pero que lo ajeno, no: eso hay que darle parte a la iglesia, eso hay que buscar la congregación, hay que difundirlo. Es expresión, hermano, de una doble vara, de un doble estándar en cuanto al juicio sobre el pecado.
Hay cierta tendencia en el hombre natural a evitar crecer espiritualmente, pero para verse más grande él disminuye a los demás. Y es aquel que hace rato que no hace ningún esfuerzo para que su alma se parezca a Cristo, para el bien de su vida de sombra interior, para su madurez, para su desarrollo espiritual, y en vez de crecer él trata de quedarse en el nivel cinco, y aquel que estaba en nivel siete ponerlo en nivel dos. “Yo no he madurado, pero con la boca logro verme más grande”.
Hermano, esa es una tentación: resaltar las faltas de los demás para presumir nosotros superioridad espiritual. Dice asimismo Isaías 65:5, cuando dijo:
Apartaos de mí, no te acerques, porque soy más santo que tú.
— Isaías 65:5
Es la manera de marcarle a cada uno su falta para enseñar que tú eres más bueno de lo que realmente eres. No es sabio ni es legítimo. Y la exageración del agravio recibido es, hermano, lo más común. Yo he visto que la gente que es más sensible con el agravio, la gente con más facilidad ofende, pero no se da cuenta. “Ay, me han puesto un dedo encima”. Y tú no te has dado cuenta que tú has puesto cuatro dedos encima.
Sensibilidad al agravio y clasificación de pecados
“Me han puesto un dedo”; a veces hay que decirle: “Ay, pero también me siento ofendido; tú a mí también me has agraviado. Nos hemos agraviado ambos, ¿no?” No por un asunto de: “mira, tú me hiciste, yo te hice”, sino para tratar de hacerle entender, porque regularmente aquellos que tienen una extrema sensibilidad ante alguien que les ponga un dedo son la gente que le ponen los pies encima al otro sin ningún problema. Exageran aquel que falta pero no se ven ellos mismos lo ofensivos que son, lo altivos que pueden llegar a ser.
Invito a aquellos que clasifican los pecados, que dicen: “Yo ese pecado no lo he cometido. Yo no puedo hacer esto, esto, esto, pero ese no, ese no, yo nunca lo haría”. Regularmente todos tenemos un pecado que nos domina con facilidad, y hay un asunto que te somete a ti frecuentemente. Todo tú sabes cuál es aquel en lo cual, hermano, tú estás comiendo con las damas como si fuera tablero, y tú dices: “En ese pecado yo jamás lo cometeré y jamás lo he cometido”. Ese que te sale a ti casi público. Hay gente, hermano, que tienen como son, como en esa área de su vida que eso no le atrae, eso no le afecta, eso no les daña.
Pero hay personas —por poner pecados que se mencionan—, hay gente que el alcohol no es un problema; el humo nunca les ha atraído. Hay gente que no tiene una pasión tan desbordada como otros sobre determinados asuntos. Hay otros que el dinero no es lo suyo. Hay otros, hermano, que lo ajeno no les llama la atención; dicen: “Eso yo nunca le he puesto un dedo a lo ajeno”. Pero esto, esto, hermano, era el joven aquel que vino donde el Señor y le dijo: “Eso yo lo he guardado todo desde mi juventud”. Y el Señor entonces sacó el otro listado y le dijo: “Oye, ¿y qué tal esto?”.
Pueden ver cómo eso funciona. O sea, tú haces un listado de pecados, tú haces tu propia clasificación, y aquel en lo cual tú tienes amplio dominio y donde tú nunca has sido avergonzado, tú dices: “Ese es el mío. Ahí es que yo soy santo. En ese yo me he concentrado en ser santo, en ese pecado en específico”. Hermano, eso es una manera de tú salvaguardarte mientras sales a destacar los pecados de los demás. Es un doble estándar.
Predisposición a opinar y la actitud de Jesús
Una predisposición que tienen algunos a emitir su opinión sobre una caída ajena. Me llama la atención, hermanos, que cuando le trajeron la mujer adúltera, el Señor guardó silencio. Dice que se puso a hacer dibujitos en tierra. Algunos dicen que el Señor —dicen algunos comentaristas— que lo que Él estaba haciendo era escribiendo los pecados de los otros. No se sabe a ciencia cierta lo que hacía el Señor; yo lo que sé, hermano, es que el Señor no tuvo una predisposición a responder.
Si te la traen a ti, la mujer sorprendida en adulterio, quizás rápido tú buscas el palito y dices: “No, esa…”. Huyendo, ¿no? Hermano, dice que el Señor se inclinó: “Me la trajeron”. Y después que le llamaron: “Señor, ¿qué es lo que vamos a hacer?”, dice que se incorporó. Yo cuando leí ese asunto, hermano, esta semana mientras me preparaba para responder la Escritura, yo he resuelto asumir esa actitud. “Fulano hizo tal cosa”. Me voy a poner a escribir.
No, hermano, la verdad es que el pueblo evangélico está minado de ese tipo de controversias innecesarias. Es como una farándula evangélica, un chisme sobre lo último que hizo fulano, lo último que predicó el otro, “¿supiste lo que dijo el otro, supiste lo que dijo el otro?”. Yo me voy a poner a escribir, hermano, y cuando me pregunten dos veces, voy a seguir escribiendo. ¿Puede seguirme cuál es el razonamiento? No sentir esta inclinación a unirte como las fieras, como los animales de carroña, a unirte: “Sí, vamos a ver si yo también puedo”.
Qué triste, hermano. Yo prediqué hace poco acerca de los edomitas, como el Señor les confrontó por la actitud que tuvieron ante la caída de Israel. Dice que, en vez de restaurar, en vez de ayudarle, en vez de cubrirle, lo que hicieron, hermano, fue que se unieron a los enemigos de Israel para dañarle. Ahora yo te pregunto, hermano: ¿y si fueras tú?, ¿si fueras tú sorprendido en un pecado grave? Si fuera el testimonio tuyo el que estuviera en los medios de comunicación, ¿cómo tú esperarías que tus hermanos reaccionaran? ¿Cómo te gustaría que reaccionaran?
Yo esperaría que mis hermanos no “retuitearan” ese asunto. Yo esperaría que en Facebook no le dieran a “compartir”. Yo esperaría que mis hermanos —a todo el mundo le gusta Nuria en el 9, hasta que no sale un familiar suyo— a todo el mundo le gusta el morbo y la musiquita de fondo. Un creyente tiene que ser muy cuidadoso de eso, hermano, porque si tú estás muy pronto a emitir un juicio, muy probablemente así mismo esté el Señor presto a emitir juicio contra ti.
Entre bomberos, hermano, no pisemos la manguera. La verdad es que hay pecados que se han hecho evidentes, pero los tuyos todavía están ahí, aunque no se hayan hecho evidentes. Eso no significa que no estén. Todos nosotros, hermanos, nos descarriamos como ovejas; cada cual se apartó por su camino. Que alguien haya sido menos discreto que tú no hace que sea menos pecador o más pecador.
Elitismo doctrinal y comunión condicionada
Expresiones de doble estándar, hermano. Hay unos llamados que parecen positivos, pero en el fondo son elitistas: “Oye, vamos a hacer una clasificación de las iglesias que son bíblicas. Yo voy a predicar lo que son iglesias bíblicas, las que predicamos la sana doctrina”. ¿Y todas las iglesias no debemos predicar la sana doctrina? Sí. Y normalmente se quedan ahí tres o cuatro iglesias, que son como las que más se parecen a ellos: “Nosotros somos las iglesias, los paladines”.
Hermano, ten cuidado con eso. Porque en esa clasificación lo que hay es altivez de espíritu y un deseo de decir: “Los que se parecen a nosotros, sí; y los que no, no”. No me diga nadie que ha hecho una clasificación de iglesias bíblicas y solamente consiguió cinco. ¿Pueden seguirme con eso? O sea, no puede ser que tú y tres más sean los únicos. Por eso hay que ser cuidadoso. Y cuando no lo incluyo en el listado, entonces uno lo hace así, si me incluyo en el listado, así sí. Eso muestra el corazón.
Son maneras, hermano, como el hombre natural busca la forma de expresarse y manifestar su superioridad moral. Maneras de condicionar la hermandad cristiana a tu criterio, normalmente con caprichos. La realidad, hermano, es que para tú considerar una iglesia como una iglesia aceptable y a otra como una iglesia desviada, eso no es tan sencillo como que usen pandero o no lo usen.
Menciono el pandero, hermano, porque entre nosotros eso no es controversia, pero hay otras cosas que no son el pandero que muchas iglesias piensan que hasta que no guarden eso, entonces no tendremos comunión. Es el conflicto: “Yo te hablo de la iglesia, y todavía están usando el pandero. Ay, cuándo acaban de dejar de usarlo para que tengamos comunión”. Y la comunión cristiana está supeditada al pandero. Menciono el pandero como una curiosidad, hermano, pero ponle a esto doctrina terciaria, asuntos controversiales.
No se debe evitar dar la diestra de hermandad por asuntos terciarios. En esto, quizás san Agustín fue sabio; él dijo: “En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; y en todo, caridad”. Hay cosas, hermanos, que son controversiales. Asuntos, por ejemplo, de escatología. Hay congregaciones que entienden —menciono escatología, hermano— que si el Señor va a venir en las nubes o la iglesia va a ascender a encontrarse con Él en las nubes. Nosotros todos creemos que Cristo viene. Y si creemos que Cristo viene, ya sea que venga en nubes espesas o como sea, no entremos en esas minucias porque no nos vamos a poner de acuerdo.
Controversias secundarias y espíritu de servicio
La administración de la mesa del Señor: hay tremenda controversia. Gente que entiende, por ejemplo, desde la Reforma, que se debería administrar un pan que sea absolutamente exento de levadura; que se podrían usar galletitas; que si el vino debe ser vino fermentado o no fermentado. Hermano, terminan distorsionando la ordenanza. No dañemos eso. El nombre: le debemos llamar, por ejemplo, aquí casi nunca lo tomamos como “cena”, pues entendemos que la cena del Señor, si lo hacemos de mañana, sería la cena del Señor. Pero le llamamos “mesa del Señor”. Y ¿por qué no le llamamos “comunión”, como también se le llama? ¿Y por qué no le llamamos “Santa Cena”? No entremos en controversia por asuntos terciarios, porque la verdad es que no vamos a disfrutar si salimos a buscar los caprichitos.
De nuevo, hermano, le digo: si usted ve que ofende a alguien, yo particularmente también he tomado esa resolución. Yo estaba dando una conferencia en la Iglesia Evangélica Dominicana acerca de cantos congregacionales. Y se me acerca una hermana —después me enteré que era, guau, qué hermana más amable— la esposa del pastor fundador de Templo Evangélico, de Iglesia Evangélica Americana, ahí en la México. Su esposo ya murió hace muchos años. Y ella, con tanto cariño, hermano, me dice: “Pastor, usted está enseñando eso del canto congregacional, pero no le llame ‘canto’, llámele ‘himnos congregacionales’”.
Yo tenía dos opciones, hermano. Yo podría decirle que David le llamaba “cántico”, por ejemplo. Yo podría ponerme a argumentar. Pero yo preferí decirle: “Gracias, hermana. Mire, yo no sabía que eso a usted le parecía malsonante. Pero si a usted le parece así, a partir de ese momento, la segunda tanda fue ‘himnos congregacionales’”. Ya. Es lo mismo. O sea, no hay que estar haciendo controversia por asuntos, porque entonces cuando te hacen rogar para discutir asuntos secundarios, lo que estás tratando de demostrar es que tú sabes más que los otros.
El más grande, hermano, el que más soporta, el más grande es el que más se humilla, el que se agacha. No condiciona la hermandad por asuntos de vocabulario. Triste, hermano, no quisiera ver en nuestra iglesia eso, pero cuando alguien cae seguido aparece alguien que dice, con hasta cierta satisfacción: “Yo lo sabía”, o “Son cosas esperables”, o “Así yo lo vi”. Hermano, ten cuidado en eso, porque eso no favorece ni glorifica al Señor.
La imagen de la viga y la paja
Les he mostrado, en primer lugar, formas incorrectas de juzgar, algunos juicios que son legítimos y expresiones de doble estándar. Quiero concentrarme, dedicarle algunos minutos a la parte que encuentro más central de todo esto, y es la importancia de sacar la paja, o más bien sacar la viga. Dice el Señor:
¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
— Mateo 7:3-5
Fíjense la sabiduría que tiene toda esta enseñanza. El Señor no lo dejó ahí, sino que le dice eso. Mano, una característica casi infalible —casi eso es seguro que lo tiene— de una persona que anda buscando ser un bombero para rescatar todo fuego, es que a él mismo se le está quemando la casa. Y yo no saqué eso bien, hermano, pero casi todo el que está ducho en un pecado quiere ofrecerse para ayudar, y no está mal ofrecerse, hermano. No es incorrecto hacerlo; podría ser una expresión de amor. Sin embargo, seamos cuidadosos en esto.
Quienes dan rienda suelta al chisme, a la murmuración, siempre dicen estar preocupados por el testimonio de alguien. “Es el testimonio de la iglesia, el testimonio de la persona, el nombre de Cristo”. Siempre tienen una preocupación que es muy legítima, hermano. Pero si es muy legítima, debería ser un poquito más silenciosa. Eso es como lo que le da permiso: “Mira, no es algo en contra de él, sino que estoy preocupado por la salud de la iglesia”. Seamos sabios.
Algo que he visto —perdónenme, hermano, es que la gripe se me ha…— algo que he visto, hermano, es que la mejor manera de ayudar a hacer que los demás mejoren en algunas áreas específicas es mejorando nosotros mismos y guardando absoluto silencio. Tú quieres que tu iglesia sea más santa en un área; tú mismo trata de ser más santo en esa área y guarda absoluto silencio. Quizás el Señor en su providencia, al ver el testimonio tuyo, haga que alguien se acerque a ti y te pregunte: “Hermano, ¿de qué manera tú has logrado glorificar al Señor en esa área de tu vida?”.
Santidad personal y peligro al restaurar
Tú quieres que tu iglesia sea más santa en esa área, hermano. Trata de ser tú más santo y guarda absoluto silencio. A menos que seas un pastor, hermano, para cualquier persona es una indiscreción; te estás metiendo en el corazón de alguien. Dice que un pastor está llamado a vigilar la congregación. Hermano, usted no está llamado a ir a la casa: “Déjame visitar al hermano en su casa para ver cómo está su asunto familiar, para ver cómo yo puedo ayudarlo”. Hermano, eso es chisme, murmuración; es morbo.
“Déjame tratar de llevar la conversación a un área donde yo sé que podría enterarme de cómo tal cosa”. Hermano, si el Señor no le ha dado la gracia de cuidar al pueblo del Señor especialmente, no se meta en eso, que va a salir mal. De nuevo le digo: los pastores estamos abocados a vigilar el rebaño, y no es que quisiéramos; vemos cosas de las cuales uno tiene que ocuparse. Hay cosas que uno tiene que ver. Pero un creyente no está llamado a hacer eso. Tú no tienes que tener una actitud de Inquisición, y esa actitud de Inquisición es al mismo tiempo una actitud diabólica.
Dice la Escritura que Satanás es el acusador, el que anda buscando cúmulos y haciendo fardos de pruebas contra los santos. Es Satanás, hermano. No se una a ese asunto, porque regularmente eso contribuye a la destrucción del cuerpo de Cristo.
Mirar poder ayudar a otros es una justa motivación para buscar la santidad personal. No es algo de poca importancia querer buscar la propia santidad con la intención de ayudar a los otros a vivir en santidad. Eso es algo loable. Yo no quisiera desestimular, hermanos, que tú tengas el propósito de bendecir a tu iglesia mejorando en esa área de tu vida de forma tal que tú puedas ser ejemplo.
Le pongo un caso. Es común, hermano, que quienes han tenido malas decisiones en su vida quieran enmendar eso con la intención de poder eventualmente ayudar a sus propios hijos o ayudar a otros hermanos nuevos creyentes. Gloria al Señor por esa actitud, porque es una actitud que honra al Señor. Precisamente, hermano, la gran necesidad que hay en el pueblo del Señor es que haya maestros, pero maestros cualificados. Y lo que descalifica a una persona para el liderazgo cristiano casi siempre son asuntos morales. Por eso que una persona quiera cuidar su testimonio, cuidar su integridad de forma tal que sea útil al Señor, que quiera sacar la viga de su ojo, no es algo que se debería tener como asunto secundario; eso debería ser aplaudido.
Conocer la Biblia solamente, hermano, no es suficiente; también hay que tener un testimonio para que tengas autoridad y lo puedas enseñar. Cuando Pablo se quejó de la iglesia en Corinto porque eran como niños, no era porque conocían poco la Biblia; era porque no tenían el testimonio necesario que evidenciara su madurez espiritual.
Motivo primario de santidad y advertencia de Gálatas 6
Sin embargo, les diré, hermano, que esto no debería ser tu causa principal. La causa principal para la búsqueda de la santidad debería ser agradar a nuestro Señor, debería ser nosotros estar en paz con Dios. No debería ser: “Yo voy a buscar la santidad para yo poder tener autoridad para poder ayudar a los otros”. No. No debería ser el caso, hermano. El caso primario debería ser nosotros buscar parecernos a Cristo, solamente por el simple deseo de parecernos a Cristo.
Con relación al deseo que a veces se manifiesta en estas cosas, les diré que dice Gálatas capítulo 6 que debemos ser en extremo cuidadosos, hermanos, cuando intentamos ayudar a alguien. Y esto a veces se subestima. La verdad, hermano, es que ayudar a gente que está cometiendo un pecado es muy peligroso, porque tú mismo eres vendido al pecado. Es un pecador tratando de ayudar a otro pecador, hermano. Es como mandar a una persona que ha sido sacada del bajo mundo, mandarla ahí como misionero; eso no debería ser su lugar. No podemos amarrar —como decía el refrán— al perro con salchicha. No podemos poner a una persona que está cojeando en un área y esperar que ayude en esa misma área.
Con extremo cuidado, hermano, eso es lo que hay que hacer. Lo que le quiero decir con esto es que quitar la paja del ojo del hermano no es un asunto inocente; fácilmente te quedas tú enredado entre las patas de los caballos. Son muchos los que se han querido meter a bomberos de que “apagan fuego” y no salen.
Sea sabio en eso, hermano, de tratar de salir corriendo de que “voy a restaurar al otro, ayudarle”. Hágalo por un deber cristiano, pero no tenga la inclinación a jugar con fuego, porque usted es de papel. Usted tiene la misma naturaleza.
Dice el libro de Gálatas, en el capítulo 6, versículo 1:
Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.
— Gálatas 6:1
Entonces le digo, hermano: mire que el ministerio de la restauración es, para mí, las Grandes Ligas de la vida cristiana. Normalmente, cuando tú intentas ayudar a una persona, mira de qué te estás exponiendo. La soberbia; no hay cosa más contagiosa que la soberbia. Reúnete con un soberbio; tú mismo vas a querer hablar duro, y tú mismo vas a querer caminar como por encima de los hombres. Eso se contagia. Sea cuidadoso con ese asunto.
Restaurar desde la identificación, no desde la superioridad
“Ve tú y restaura a la oveja; quizá no vuelve”. “Ah, pero es que ustedes creen…” No sobredimensiones tu asunto; no te creas invencible ante esas cosas. Sí hay que hacerlo, se hace, hermano, pero con temor y temblor, porque yo mismo puedo terminar. “¿Y cómo fue que tú hiciste el negocio aquel? ¿De qué manera fue que tú vendías? ¿Y cuánto era que vendías? ¿Y quién era que te lo compraba?” El apóstol Pablo le dijo a Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo y de tu doctrina”. No le dijo solo “ten cuidado de tu doctrina”; le dijo “ten cuidado de ti mismo”.
Sea cuidadoso, hermano. Dice ahí que lo haga con espíritu de mansedumbre y considerándote a ti mismo. O sea, no te expongas innecesariamente. Pero un creyente verdadero sufre el pecado ajeno, y lo hace siempre con una triste identificación. No es como que lo sufro como: “Ay, eso me molesta, yo nunca he percibido ese olor, ay, quiten eso”. No, hermano. “Siento tu pecado, lamento que hayas caído; yo mismo también puedo caer, yo mismo puedo ser sorprendido”. He venido con amor a restaurarte, pero tengo cuidado de mí mismo, he sido engañado; mi intención no es caer contigo.
Me recuerda una anécdota, para mí fue muy memorable, de una de las películas que proyectamos en el Festival de Cine de este año, que era “Prueba de Fuego”. Había uno de los bomberos que estaba animando a su compañero para que luchara por su matrimonio. Y él le decía: “Mira, eso es como la pimienta y la sal, que no se debe separar”, y le daba tanta palabra de ánimo a su compañero bombero para que luchara por su matrimonio. Pero su compañero bombero no entendía por qué él tenía esa carga de cuidarle a él en su matrimonio, pero tampoco le decía cuál era la razón.
Eventualmente, en la película, de refilón, el compañero bombero que está siendo ayudado se entera, y él tiene que decirle: “Mira, yo te he ayudado; yo quiero que tú luches por tu matrimonio porque yo, cuando tuve la oportunidad de luchar por el mío, no luché. Yo, por negligencia, perdí mi familia, y lo que te quiero evitar a ti es que vayas por el mismo derrotero por el cual yo estuve transitando”. Esa es la manera en que un pecador ayuda a otro pecador. No es: “Me avergüenzo de tu pecado, eso que estás haciendo es algo que yo nunca haría, soy superior a ti”. No, hermano. Es desde abajo: “Mira, yo, que soy pecador igual que tú, de pecador a pecador, he venido a decirte que quiero ayudarte a que no coseches el mismo mal que he cosechado yo”.
Así es que un pecador ayuda, hermano; es con una profunda identificación. Lo hace con compasión, lo hace con paciencia, no lo hace con premura, no lo hace rechazando al otro, porque él mismo puede ser rechazado.
Oración final por humildad y restauración
Les he dicho, en primer lugar, hermanos, que no debemos entender mal esta porción de la Escritura, que debemos cuidar nuestro corazón de una actitud innecesariamente crítica, una actitud que puede terminar en un elitismo, una actitud que puede hacer que, en vez de restaurar, nos dañemos a nosotros mismos. Les he mencionado algunos ejemplos —como la falsa doctrina, los que causan divisiones, la disciplina en la iglesia y el juicio propio— que debemos no evitar, sino cultivar intencionalmente. Algunas expresiones de doble estándar, de doble vara con las cuales debemos tener cuidado, y también, hermano, la profunda necesidad de cuidarnos a nosotros mismos cuando intentamos ayudar a alguien.
Quisiera orar por la iglesia para que el Señor nos cure de este asunto también. Así como oramos hace una semana para que el Señor nos curara de la afán, de la ansiedad, vamos a orar al Señor con humildad como iglesia, para que el Señor nos cuide del juicio extremadamente crítico. Para que el Señor nos cuide de esta actitud de exagerar lo que el hermano está haciendo y pasar nosotros la mano por las cosas propias. Sobre todo, oremos al Señor para que estemos en la capacidad, si acaso fuere necesario —oiga la expresión—, oremos al Señor para que estemos en capacidad, si acaso fuere necesario, de poder restaurar a un hermano caído. No salir a buscar: “Démelo a mí, ese se lo restauro yo”, sino, si acaso fuera necesario, y el Señor nos da mayor gracia, que podamos, con compasión, con amor y con mansedumbre, restaurar a un hermano.
Oremos al Señor.
Pedimos primero, Señor, por la viga que está en nuestro propio ojo. Admitimos, Señor, que somos tan desviados como el que más, que quizá, por nuestro pecaminoso cuidado, Señor, todavía nuestro pecado no se ha hecho manifiesto, pero que está ahí. Y vemos, Señor, pecado manifiesto en los hermanos; los señalamos; anhelamos santidad para toda la iglesia. Te pido, como pastor de esta congregación, Señor, que nos cures de este profundo mal: de descalificar a los otros, de hacer clasificaciones espurias, de aislar a nuestros hermanos que han caído, que han faltado.
Permite que ésta sea una iglesia que, en vez de aislar, reciba. Que, en vez de dar la última pedrada, la estocada final, sea la iglesia que restaure. Te pido, Padre, que nos cuides al mismo tiempo al hacerlo. Mira nuestro pecado, Señor, que nos hace querer unirnos a las filas de acusadores. Te pido, Señor, como pastor de esta iglesia, que permitas que la santidad no sea un asunto accesorio, que sea nuestra realidad, Señor, que sea nuestro deseo. Y que el amor, Padre, sea sin fingimiento.
Al mismo tiempo, Señor, te pedimos por aquellos que quizá más temprano que tarde se ha hecho manifiesto su pecado. Trae para ellos un nuevo momento. Permite, Señor, que en vez de estar vestidos con manto de vergüenza, sean, Señor, vestidos, revestidos por ti de un manto de honra. Te pedimos, Padre, que como iglesia seamos una iglesia humilde en esto, una iglesia, Señor, que en vez de llenarse de soberbia vaya a lo más profundo y que recuerde su pasado y hasta su presente.
Trae, Señor, no tolerancia, sino, Señor, un poco de paciencia. Permite que nuestros hermanos, Señor, que todavía no están dando pasos firmes, los den pronto, y que aquellos, Señor, que les ven dar sus primeros pasos no se desesperen. Permítenos, Señor, ser pacientes para con otros y esperar la misma paciencia de tu parte. Gracias, Señor, por tu sabiduría; gracias por tu palabra; gracias por tu corrección. Todo esto en el nombre de Jesucristo.
Amén, Señor.