Qué mejor cosa que hacer en el día nacional de la Biblia que exponer la Biblia, que poner las sagradas escrituras. Esa es la mejor manera de celebrarlas: que el pueblo pueda recibir la palabra de su Señor. Pueden dejar sus Biblias allí marcadas en el capítulo 7 del Evangelio de Mateo, y encomendémonos al Señor, como acostumbramos hacerlo, esperando que sea el mismo que inspiró su palabra el que pueda permitir que su palabra germine en el interior de nuestro ser y produzca su fruto a su tiempo. Gracias, Señor, porque tenemos tu palabra; gracias, Señor, porque podemos hoy, en el día nacional de la Biblia, abrir la Biblia. Gracias, Señor, porque después de años de oscuridad tenemos ejemplares de tu palabra en medio nuestro.
Gracias, Señor, porque podemos considerarla; gracias, Señor, porque en este lugar, por lo menos, tu palabra es celebrada y tenida en alta estima. Gracias, Señor, porque ella para nosotros son cosas santas. Gracias, Señor, porque es como perlas. Acompáñanos, Señor, en este tiempo de enseñanza por medio de tu Santo Espíritu; que sea el Señor poniéndola del oído al corazón. Permite, Padre, que este pueblo, que es expuesto a tu palabra, a sí mismo sea renovado por tu palabra. Mira aquellas áreas de nuestra vida, Señor, y de nuestro hombre interior, donde quizás hace tiempo que no se les da mantenimiento; permite que tu palabra, Señor, ponga el dedo en el lugar indicado. Moldea nuestro corazón, Señor, moldea nuestro carácter para que se parezca al tuyo; no nos dejes como estamos, Señor, porque queremos ser más como tú.
Permítenos verte, Señor, en tu Escritura. Y permite, Señor, que lo que veamos pronto sea puesto también en nosotros. Acompáñanos tú, dirígenos tú, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Tal como hemos hecho, hermanos, les invito a que continuemos tal donde dejamos la Escritura el domingo pasado. El domingo pasado considerábamos el capítulo 7 del Evangelio de Mateo desde el versículo 1 hasta el versículo 5, y con la ayuda del Señor hoy expondremos el versículo 6. Lo más propicio quizás hubiese sido considerar el versículo 6 junto con el 1 hasta el 5, pero por un asunto de tiempo preferí compartirlo en dos sermones, aunque bien hace sentido incluir el versículo 6 dentro de la exposición de los versículos 1 al 5.
Lectura de Mateo 7:1–6 y propósito del versículo 6
Porque esto es una continuación de la enseñanza que nuestro Señor ha estado exponiendo. Evangelio de Mateo, capítulo 7. Dice así la palabra del Señor, leo todos los versículos desde el 1 y hasta concluir en el 6:
No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, se os medirá. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.
— Mateo 7:1–6
Dice nuestra introducción que, así como en los versículos anteriores del Sermón del Monte, todos los versículos del 1 al 5, el Señor nos llama a evitar juzgar desproporcionadamente las faltas de nuestros hermanos y nos anima a estar limpios para poder ayudar a otros, ahora en el versículo 6 nos advierte sobre aquellos que no aman las cosas santas, sino que las pisan, y en vez de recibirnos nos atacan. El llamado del Señor es contundente: deberíamos primero tener nosotros mismos la más alta valoración de la vida piadosa, considerándola como algo santo y como perlas; luego, en segundo lugar, evitar en cuanto dependa de nosotros que lo santo y valioso sea pisoteado por los incrédulos, y en tercer lugar, debemos evitar también exponernos innecesariamente.
Este versículo nos apunta a un doble propósito: primero, llevar al creyente a considerar la dignidad de su llamado y, al mismo tiempo, recordarle al incrédulo su verdadera condición ante Dios. Es evidente también que el Señor está preparando a quienes recibieron el sermón del monte con buen ánimo, de forma tal que, si al descender del monte y compartir estas buenas noticias fueran recibidos con indiferencia y hostilidad, estuvieran advertidos.
Es de esperar, hermanos, que las personas que habían recibido el Sermón del Monte de boca de nuestro Señor Jesucristo, y haya calado la palabra del Señor en buena tierra, tuvieran el corazón lleno, rebosante, y estuvieran deseosos de llegar a sus pueblos, de llegar a sus casas, para compartir con sus amigos y con sus familiares las grandes cosas que aprendieron del Señor en la montaña. Sin embargo, era de esperar que cuando ellos descendieran de la montaña y compartieran lo que habían recibido del Señor, lo que recibieran de sus familiares, amigos y compueblanos no fuera un corazón dispuesto, sino indiferencia y quizás, más que indiferencia, una abierta hostilidad.
El impacto diferente de la palabra en creyentes e incrédulos
A modo de preámbulo e introducción, tengo que decirles a ustedes mismos, hermanos, que el efecto que produce la palabra del Señor en los creyentes, a un punto tal que lo atesoramos como la cosa más valiosa, no es necesariamente el efecto que produce la palabra del Señor en el impío. Así como nosotros podemos, por la ayuda del Espíritu Santo, emocionarnos y deleitarnos ante la sabiduría de Dios depositada en las sagradas escrituras, cuando tratamos de compartir esto, quizás con nuestros mismos familiares, no produce esto en ellos la misma emoción. Y lo que nosotros esperaríamos que fuera deleite, nos responden con hostilidad.
Tengo que decirles, hermanos, en primer lugar, y es mi propósito, animarles a tener la mayor valoración de la piedad, de la vida santa, de la vida del reino del Señor, aunque los hombres no respondan del mismo modo. En segundo lugar, tengo que animarles a evitar que lo santo, lo valioso, sea pisoteado por los incrédulos. Y después, hermanos, tengo que advertirles que no es sabio exponernos más allá de lo que es absolutamente necesario.
Notamos nosotros en el Sermón del Monte, hermanos, que el Señor también piensa advertirles; quizás el Señor está preparando a quienes lo recibieron para bajar del monte. No sé si ustedes han tenido la oportunidad de asistir a una conferencia o un lugar donde reciben tanta información y tantas cosas nuevas que están deseosos de que se termine para poner aquellas cosas en práctica. Quizás han tenido la oportunidad de ir al cine, ver una película, y ya están pensando a qué persona le recomendarán que vea esa película. Quizás han tenido la oportunidad de leer un buen libro y tienen el deseo de comprar diez libros más para regalarles el libro a amigos y a familiares.
Quizás han tenido la oportunidad de ser expuestos a la palabra del Señor y han compartido con alguien el mismo mensaje, y lo que reciben es un témpano de hielo, o en vez de afirmación, persecución. En primer lugar, hermanos, he venido a decirles que, sin importar lo que digan los impíos, es menester que un creyente considere la palabra del Señor y la vida piadosa como algo santo y como perlas. No me preocupa tanto que los impíos se burlen de la sabiduría de Dios; me preocupa que mis propios hermanos no estén considerando la sabiduría de Dios como debe ser considerada. No me preocupa tanto, hermanos, que sus vecinos o hasta sus familiares directos no quieran recibir el mensaje; me preocupa que ustedes mismos quizás no estén presentando el mensaje como el mensaje debe ser presentado.
El Señor comenzó llamándonos a considerar lo que hemos recibido como algo santo, y esto marca toda la diferencia, hermano, con relación al mensaje de Dios. Quiero establecer en esta congregación que la exposición de las sagradas escrituras no es una charla más. Es más, veo una triste tendencia entre los predicadores en hablar de esto como si fueran “charlistas” o simples conferencistas. Hermano, lo que tenemos ante nosotros es cosa santa, y la palabra del Señor debe ser recibida por el creyente como cosa santa. Esto no es un simple curso o un simple entrenamiento; es la exposición de las sagradas escrituras.
Está muy mal que el impío considere esto, hermano, como algo que se puede pisotear, pero está todavía más mal que los creyentes no admiren la sabiduría de Dios como la sabiduría de Dios necesita ser admirada. Debemos considerarlo como algo santo, algo dedicado a Dios, algo que es para un uso exclusivo, algo que está fuera del alcance del hombre común. Quizás es el mismo término con que se describían los utensilios del templo en el Antiguo Testamento. Si a usted le faltaba un cucharón en su casa, usted no iba al santuario del Señor a pedir que se le preste un cucharón, porque era algo santo, dedicado exclusivamente para el Señor, y así mismo se administraba. Y usted no tenía que pedirlo porque el sacerdote no iba a dejar ni siquiera que usted entrara al lugar donde se guardaban los utensilios de la casa del Señor.
Lo santo y las perlas: valorar adecuadamente el Evangelio
No sé si están siguiendo, hermanos, la línea de pensamiento, pero lo que quiero decirles es que el problema no está en que el impío considere esto como algo que puede ser pisoteado; el problema está en que usted permita que el impío pisotee la palabra del Señor. ¿A qué hace referencia, qué sentido tiene, cuando el Señor le dice que no le demos lo santo a los cerdos? Nuevamente, hermano, la primera consideración que usted debe tener es que la palabra del Señor es algo santo, y usted debería ser cuidadoso al administrar la palabra del Señor.
Cada vez que la palabra del Señor se expresa figuradamente, la Escritura la enseña como algo valioso. Quizás lo más sencillo es la semilla: un agricultor no desperdicia semilla porque sabe que la semilla cuesta. La enseña como perlas: hermano, un joyero no desperdicia perlas porque sabe que las perlas cuestan. Primera consideración que un cristiano debe tener de la palabra del Señor es que la palabra del Señor es lo santo, algo, hermano, que para lidiar con ella, para trabajar con ella, para exponernos a ella, deberíamos tener absoluta preparación.
Por eso siempre es sabio, hermano, cuando uno viene a la casa del Señor preparar su corazón y preparar sus manos. Estamos por exponernos a lo santo y queremos que nuestro corazón sea un corazón digno para recibir la palabra del Señor. Pero no solamente llama a su palabra “lo santo”, a su mensaje lo santo; también Él se refiere a ella como si fuera algo absolutamente valioso y singular. Es como si fueran perlas.
Lo que sucede con las perlas, hermanos, es que para valorarlas y adquirirlas hace falta cierto conocimiento exclusivo. No todo el mundo está en capacidad de valorar perlas, ni siquiera de comprar perlas. Le pongo un ejemplo: si a ustedes les dieran hoy el dinero que hiciera falta para que salgan y compren perlas, ¿dónde irían a comprar perlas? Quizás alguno dirá: “En Villa Consuelo, de seguro que consigo perlas”. Son muchos los que dirían: “Quizás a Encajes Rosario: ‘¿Ustedes tienen perlas? Yo tengo mucho dinero, aquí ustedes pueden venderme perlas’”. Hermano, comprar perlas, valorar perlas, no es un asunto sencillo. Quizás van a la joyería del chino y le dicen: “Chino, ¿usted tiene perlas?”. Para valorar y adquirir perlas hace falta cierto conocimiento exclusivo.
Pero al mismo tiempo, para identificar que alguien está exhibiendo perlas hace falta tener el mismo conocimiento. Esta es la sabiduría de Dios, hermano, y este es el deleite del Evangelio: que usted no podía valorar el Evangelio por sus propios medios, pero tampoco usted puede lograr por sus propios medios que el impío valore las cosas sagradas. La valoración de las cosas del Señor sucede por medio de un milagro que se llama regeneración, a un punto tal que tu ojo, que no podía ver perlas, llega a identificar las perlas, y tu gusto, que no había sido cultivado como para valorar las cosas sagradas, llega a valorar las cosas sagradas.
Por eso le diré, hermano, que en todas estas cosas hace falta el milagro, la intervención del Señor. Solamente por la misericordia del Señor tus ojos han sido abiertos al Evangelio, y cuando tú intentas que el vecino vea el Evangelio, el vecino ve locura. Por eso dice la Escritura que a los que se pierden, este mismo mensaje que a ti te hace todo el sentido del mundo les es locura, pero para ti es poder de Dios. A ti esto te edifica, hermano; al otro lo destruye. La sabiduría del hombre tropieza con la sabiduría de Dios, y esta es la realidad por la cual uno desarrolla tanta impotencia al tratar de compartir el Evangelio con sus familiares.
Lo que tú recibes de buen agrado, lo que a ti te hace sentido, al compartirlo con tu esposo, al compartir con tu hijo, al compartir con tu padre, quizás ellos no ven esto de la misma manera que lo ves tú. Y tú dices: “Pero son los mismos versículos, es el mismo mensaje, es la misma perla”. Hace falta, hermano, la ayuda sobrenatural del Espíritu Santo para valorar el mensaje de Dios en su justa dimensión. Pero que el impío pise esto no significa que nosotros debamos tener su mismo criterio.
Lo primero, hermano, es esto: tú tienes que considerarlo como algo santo, como algo valioso. Y si te hace falta recursos para considerar el valor del Evangelio, algo que ayuda es que tú consideres qué fue lo que lo hizo posible. Bueno, lo que hizo posible que tú pudieras abrir los ojos al Evangelio, lo que hizo posible que tú pudieras pasar de muerte a vida es lo que dice la palabra del Señor:
Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.
— 1 Pedro 1:18–19
Hermano, si tú quieres saber si es valioso lo que usted tiene, piense que esto costó la encarnación de Cristo y el sacrificio de Cristo. Si usted quiere saber si es valioso comprar una perla, pregunte cuál es el proceso en el cual se cultiva una perla, cuál es el proceso en el cual se consigue una perla; no se consigue una perla en la tierra cualquiera. Si usted quiere saber lo valiosa que es su salvación, no considere solamente que un día usted dijo “sí” al mensaje de Dios, sino considere qué tuvo que suceder para que usted pudiera decirle que sí al mensaje de Dios: preciosa sangre, la sangre de Jesús.
En primer lugar, hermano, le he estado diciendo que tenemos que tener nosotros la más alta valoración, y que no me preocupa tanto que el perro sea perro, que el cerdo sea cerdo, pero que el hijo del Señor considere la palabra del Señor como palabra santa y palabra preciosa. No son simples sugerencias. No es algo ligero. Un gran problema que tenemos en este tiempo, y bueno, se ha cumplido la profecía: dice la Escritura que en la tierra habrá conocimiento de la gloria del Señor, como las aguas cubren el mar. Y se ha hecho, hermano, tan posible que las personas entren en contacto con la palabra del Señor, que siento que esto se ha trivializado, y ya la gente recibe la palabra del Señor como: “Ah sí, de verdad, los domingos la dan, lo dan aquí, allí también”. Hermano, esto es la palabra del Señor.
Y si nosotros como creyentes no tenemos de esto la más alta valoración, es muy probable que por nuestra ligereza el impío la pisotee, y el impío no tenga la estima que debemos tener nosotros. Avanzo un poco más y le digo: así como el Señor nos llamó a considerarlo santo y valioso, también nos dijo que tenemos que evitar que lo santo y valioso sea pisoteado, pisoteado por los incrédulos.
Hago en esto un paréntesis, hermano: si el mismo Cristo consideró su mensaje como algo santo y valioso, ¿quiénes somos nosotros para venderlo en oferta? Aquel que dio su sangre para que esto sea posible, Él mismo considera su mensaje como algo valioso y precioso. ¿Qué autoridad tenemos nosotros para vender el mensaje del Evangelio a mitad de precio? Lo que veo, hermano, siempre es un esfuerzo como tratar de que el cerdo se vista y que el perro no se comporte como perro. La realidad, hermano, en esto, es que fue el mismo Cristo que consideró que esto que Él estaba dando no era un asunto regular, no era un asunto que se tocaba a la ligera; era la cosa más preciosa. Él pagó su sangre por esto.
Y si Cristo considera que su mensaje, su palabra, tiene la mayor estima, la mayor valoración y la mayor santidad, nosotros no somos quien para aterrizar eso al nivel humano. Quisiera, hermano, llevar a mi congregación a que cada vez que hable de la palabra del Señor, especialmente con los incrédulos, considere la palabra del Señor como la palabra del Señor. Y que esto esté en su mente, esté en su actitud: que cuando usted vaya a hablar del Evangelio, usted hable como aquello que costó la sangre de Cristo. “Ah, pero que ellos no lo entienden”. Mi problema no es que lo entiendan o no lo entiendan; mi problema es que yo tengo que tener la más alta valoración.
Por eso, hermano, al evangelizar nosotros no podemos organizar desde abajo; tenemos que organizar desde arriba. No es: “Ay, por favor, pecador, abre los ojos al mensaje”. No, no, no. Mire, pecador, tú estás muerto en pecado, y el Señor en su misericordia puede abrir tu entendimiento. “Ay, es que el pecador no se arrepintió y me siento tan triste”. Lo lamento por él, pero el perro fue perro y el cerdo fue cerdo.
La pregunta, hermano, es: ¿quiénes son los perros y quiénes son los cerdos? El Señor nos dice: “No se lo den”, es lo que nos está diciendo: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos”. Ahora, la pregunta es: ¿quiénes son los perros y quiénes son los cerdos? Si este fuera el caso, hermano, que fueran perros y cerdos todos los incrédulos, la realidad es que el Evangelio no fuera posible. Se estaría contradiciendo la Escritura con la Escritura misma, porque a la luz de la Gran Comisión está diciendo que prediquemos el Evangelio a toda criatura, sin importar su condición.
Sin embargo, a la luz de todo el Sermón del Monte, especialmente el capítulo 7, nos damos cuenta que hay personas que, al compartir con ellos el Evangelio, son pecadores contumaces, gente terca, gente que ama más las tinieblas que la luz, y en vez de proceder a Cristo se burlan de Cristo. Ese tipo de persona no es digna de recibir el mensaje del Evangelio. Y tú dices: “No, tenemos que permitir que todas las personas que se burlan de Cristo reciban”. No, porque quizás, hermano, dice la Escritura que lo santo no se le da a los perros y las perlas no se le echan a los cerdos.
¿Quiénes son los perros y quiénes son los cerdos? Son aquellas personas que, al recibir la palabra del Señor, aman más las tinieblas que la luz; en vez de respetar a Dios, se burlan de las cosas santas, hermano.
Yo me doy cuenta de que gran parte del estrés que generan mis hermanos se trata de dar testimonio a personas que no quieren recibir el testimonio. Tengo que decirles que esto no es un insulto. Al escuchar al Señor hablando de perros y cerdos, alguno dirá: “¿Y el Señor con una palabra malsonante en su boca?”. No, esto no es un insulto, hermano. Esto es una vívida descripción de la percepción que tiene Dios de la incredulidad. Dirán: “No, que el Señor está insultando”. No, no está insultando; está describiendo, y su palabra es fiel.
Si usted quiere saber qué percepción tiene Dios de la incredulidad, sobre todo de aquella incredulidad intencional donde una persona ha visto la luz y amó más las tinieblas, el Señor compara ese tipo de personas con cerdos y con perros. Y tú dices: “Ay, es que el Señor está ofendiendo”. No, el Señor está describiendo, y su testimonio es fiel. En Cristo, hermano, no hay este carácter caído que hay en nosotros, que nos hace denostar personas, que nos hace ofender. En el Señor no había tal cosa; cuando el Señor le decía “zorra”, era zorra; Él decía: “No tengo que ver, esa es una zorra”.
Bueno, yo digo: si el Señor dice que es una zorra, es una zorra. Si dice que son sepulcros blanqueados, yo tengo que creer que su testimonio es verdad: son sepulcros blanqueados. Si el Señor me dice que son ciegos y son guías de ciegos, “Ay, Señor, te pasaste un chin”. No. El Señor ha descrito con fidelidad, porque en su boca no hay mentira. Si yo te digo que son perros y son cerdos, dúdalo; pero si el Señor me dice que son cerdos y son perros, yo tengo que decir: ante Dios la incredulidad no es un asunto ligero, no es un asunto de que: “Ay, mira, él ahora mismo no ha creído”.
El pecador piensa que la incredulidad es un estado inocente, y te dice: “Yo todavía no he creído, tú sabes, yo estoy como en neutro, yo estoy en tierra de nadie”. Hermano, no hay tierra de nadie. El Señor ha dicho que el que conmigo no recoge, desparrama; tú no puedes estar a favor del Señor o estar en neutro: estás a favor o estás en contra. O has nacido de nuevo, o sigues siendo un cerdo. Su palabra es verdad.
Persona que está aquí presente, que ha visto la luz del Evangelio y todavía ama más las tinieblas que la luz, desde la perspectiva de Dios, que es una perspectiva cierta, eres un animal, un animal inmundo. Eres un perro. Cuando el Señor llama “perros”, hermano, no piense en el chihuahua que usted tiene en su casa, porque ese no es el caso.
Cuando Él dice “no le den lo santo a los perros”, ¿está pensando en “puppy”, el perrito de la casa? No, no es el perrito de la casa. El Señor está hablando de aquellos perros salvajes que andan por la calle, animales agresivos, animales que comen basura. Eso es lo que el Señor está describiendo, eso es lo que el Señor está hablando.
Hermano, yo sé que el testimonio del Señor es testimonio fiel, lo primero porque Él no habla mentira; dice que no hubo engaño en su boca. Pero después, porque yo y cualquiera de mis hermanos puede dar testimonio de que eso éramos antes de venir a Cristo: que a la luz le llamábamos tinieblas y a la cordura le llamábamos locura. Yo sé que lo que Cristo dice es verdad, primero por definición, hermano, porque lo que Él dice es verdad; pero después porque yo puedo dar testimonio de primera mano de que de allá venimos nosotros.
Bueno, todavía a veces yo siento que paso cerca del lodo, yo le siento el olorcito a lodo; a mí me atrae todavía. Tú y yo podemos dar testimonio, hermano, que de allá venimos, de donde el Señor nos ha rescatado del lodo, y tenemos que tener cuidado, porque cuando vemos el lodo… Dice Pedro: “Como la puerca lavada vuelve a revolcarse”, tenemos a veces el deseo, hermano; dice el Espíritu Santo que nos sostiene, que no echáramos mano en el lodo tal cual. A veces yo quiero ladrar, y ladro; a veces, hermano, y digo “hau”, y yo no sé de dónde sale, si es el viejo hombre que está dentro de nosotros.
Si tú dudas que lo que Cristo dice es verdad, examina tu testimonio. ¿No sientes tú todavía esa atracción al pecado, no sientes tú todavía esa pasión por el lodo que sentías antes, que si no fuera por la misericordia del Señor que te agarra, hermano…? Lo que el Señor dice, hermano, no es un insulto; lo que el Señor dice es una viva descripción de que hay perros y cerdos que tenemos que evitar.
Por eso le digo, hermano: no se detenga demasiado tratando de darle testimonio a la misma persona; hay que moverse. “Te doy testimonio y te ofende; te doy testimonio y lo que utilizas del mensaje del Señor es para burlarte de mi Dios”. En esto, hermano, yo quiero aumentar la sensibilidad de la iglesia; o sea, no podemos estar dando la palabra del Señor a gente que está utilizando la palabra del Señor para burlarse de nuestro Dios.
Una vez le dije a un incircunciso de corazón, yo predicando, y comienza a burlarse de estas cosas, y le dije: “Mira, tú sabes que es de mi papá que tú te estás burlando, porque yo soy hijo de Dios. Imagínate que yo venga a burlarme de tu mamá, de tu papá; eso tú lo verías como muy feo. Ey, para mí esto es importante: cuando tú te burlas de mis convicciones te estás burlando de mi Dios. No pienses que es algo inocente, esto no es un asunto intelectual solamente. Realmente mi corazón es de Cristo, y si alguien se burla de Cristo, yo tengo que sentirme profundamente ofendido”.
Y si te estoy dando esto, que costó toda su sangre, y lo que recibo de vuelta es mofa, burla y agresividad, tú no eres digno de este mensaje. Cerdo, sigue por ahí; perro, sigue por ahí, y buscaremos algún corazón digno para predicar el Evangelio.
Hay cosas, hermano, en las que yo quiero animarles a que eviten ese asunto, que perros debemos evitar. Hermanos, han visto esta “jauría” de perros que se reúnen para que un creyente “dé testimonio”: que venga la hermana fulana, que predique; predique, y cada vez que predica, se burlan, hacen cuentos, hacen como un corillo de todas esas cosas, y ahí está el creyente como dando: “Ah, que estoy dando testimonio de Cristo”. No, hermano, está manteniendo el mensaje como si fuera una burla.
Recuerdo en otra ocasión que los compañeros de trabajo querían hacer el mismo jueguito de reunirse todos para que yo les responda controversias. Les dije: “Miren, para mí esto es muy importante, y si alguno de ustedes quiere explorar mi fe y la vida cristiana, yo le animo a que me llame en privado, después del trabajo, y con mucho amor le doy testimonio de Cristo”. Pero venir a predicarle a aquel que lo que quiere es burlarse, hermano, que lo que quiere es hacer mofa, aquel que lo que quiere es atacar nuestra fe, son perros y cerdos, dice la Escritura. Siga de largo.
Han visto aquellos que, en vez de humillarse ante el Señor, lo que quieren es hacer caer al creyente, y siempre andan buscando la manera de: “Tengo un versículo aquí”, y buscar, hermano. Esa persona no es digna del Evangelio; siga caminando.
Perros, cerdos y controversias inútiles
Contextos abiertamente pecaminosos donde quieren, cuando vaya a dar testimonio, decir: “No, vengan ustedes, y aquí hablamos, de aquí vienen”. Entonces siempre me aparece un hermano, me dice: “No, recuerda que el Señor comía con pecadores”. No, no, no es lo mismo. El Señor era incorruptible, y nosotros, hermano, aunque hemos sido regenerados, todavía esas cosas nos atraen.
Que el Señor comiera con pecadores, hermano, no es que había ningún pecador que contaminara a Cristo. Cuando tocó un leproso enseñaba que la enfermedad no tenía poder sobre Él. Cuando Cristo comía con pecadores, gente abiertamente entregada a la maldad, esos pecadores no tenían capacidad de contaminar a Cristo. A ti sí, hermano.
“Ah, hasta yo puedo ir allá, yo doy testimonio”. Ten cuidado, hermano, que como te decía, quizás no vuelvas; quizá el olorcito de “Tampico”, cuando comienza a llover, ese olorcito a tierra, ese olorcito a tierra puede ser que te tumbe. No te expongas innecesariamente. Porque Cristo y tú no tienen el mismo carácter: en Él no hubo falta.
Ahora, veo una tendencia en mis hermanos que siempre quieren dar testimonio en asuntos donde hay una abierta contaminación, abierto pecado: “No, que hay que darle testimonio a todos los pecadores”. Salgan de ahí, vengan a Cristo. Son perros y cerdos, hermanos, en el sentido que el Señor los usa, que tenemos nosotros que evitar.
Evite también aquellos que andan buscando contiendas, discusiones y controversias. Dice Tito, en el capítulo 3 —tengo que leerles esto, hermanos, perdonen— Tito capítulo 3, escuchen lo que dice la palabra del Señor:
Pero evita las cuestiones necias, y genealogías, y contenciones y discusiones acerca de la ley, porque son vanas y sin provecho.
— Tito 3:9
Gente que empieza con el creyente, siempre como apologistas que están esperando, con los guantes puestos, la manera de pelear: “Mira, te voy a echar como dos lápices con este y este, vengan ustedes”. No, hermanos, nosotros no estamos llamados a eso. Esas controversias lo que hacen es que llaman la atención hacia el hombre, hacia el ego y hacia la carnalidad.
Pocas personas han sido salvas, hermano, por los apologistas; la realidad es que la apologética en la Escritura es para defender a la iglesia, no para hacer que el incrédulo venga al Señor. Casi ningún incrédulo ha venido a Cristo después de un pleito, de que: “Vamos a pelear tú y yo, a ponernos los guantes a ver cuál prevalece”. Hermano, dice la Escritura que desechemos esas cosas, por más de una razón.
Esa lucha, hermano, lo que crea es la percepción de que nuestro esfuerzo es un esfuerzo físico o intelectual, y que nosotros tenemos como la capacidad de poder lograr que alguien venga a Cristo con nuestro ingenio. No podemos, hermano. Están vendidas al pecado, están ciegas. Estas cosas son locura. ¿Cómo tú razonas con una persona que…? Imagínense ustedes que usted fuera contador y que su cliente dice que él no cree en las matemáticas, y usted tiene que hacerle contabilidad por partida doble: “Yo no creo en las matemáticas”. Pues no tenemos nada de qué hablar, no puedo darte mi servicio, porque cuando usted entienda que 2 + 2 = 4, usted me llama y yo le hago el cierre del año.
“No, yo quiero ir donde el médico, pero tú sabes que yo no creo nada de eso; yo pienso que eso de las bacterias, yo no creo nada de eso”. Pues no vaya al médico. “No, que yo quiero ser evangelizado, pero a mí primero hay que demostrarme que Dios existe”. Yo espero que el Señor haga primero esa preciosa obra, y cuando Él comienza a hacer esa preciosa obra, podemos hablar, hermano. Mientras tanto, no puedo entenderme con usted cuando usted está muerto.
Es que uno tiene que entender el límite que tiene este asunto. El Evangelio, la evangelización, hermano, es la soberanía de Dios sobre el corazón del hombre. Solamente por la agencia del Espíritu Santo el corazón del hombre se puede tornar de corazón de piedra en corazón de carne. Debemos evitar esas controversias y esas luchas, hermano, porque dan la percepción de que podemos producir conversión con razonamiento, y no se produce.
El razonamiento tiene su lugar, la apologética tiene su lugar, pero no para la evangelización. Dice la Escritura que tenemos que estar preparados para presentar defensa ante todo aquel que os demande razón de la esperanza que hay en nosotros. Oigan: para presentar defensa, no para coger dos piedras y comenzar a tirarlas. No. Si te pide alguien razón de tu esperanza, y te das cuenta que quiere dejar de ladrar y quiere dejar de revolcarse en el lodo, entonces hazlo por amor a esas almas.
Pero no es que tenemos que estar en una actitud de pelear. Crea esa percepción de que podemos, pero al mismo tiempo, hermano, el espíritu de contienda y la vanidad es contagioso. Póngase a debatir, y pronto se va a encontrar teniendo un deleite carnal en sus propios razonamientos. Póngase a debatir y se va a encontrar, en un “round”, que le da un golpe al otro, cuando está mirando: “Lo tengo ahí contra la pared, le estoy ganando la discusión y la gente está a favor mío”, y la carne, hermano, va así subiendo. Ten cuidado, porque lo que hace el pecador es que te lleva a su terreno.
Cuando un hombre acepta a Cristo, hermano, nosotros tenemos que decir: “Gloria al Señor por esa alma”, porque ahí ha sucedido algo que ninguno de nosotros ni solos ni juntos pudimos haber provocado: que entendiera esto y que la matemática le hiciera sentido.
Quiero desmotivar, hermano, estas discusiones que no llevan a ninguna parte. De nuevo, si alguien le pide razón de la esperanza porque está sinceramente interesado en considerar la vida cristiana, es digno, hermano.
Esto daña el testimonio de la iglesia también; nos enseña como que los creyentes somos gente conflictiva, gente que andamos buscando problemas. Ese no es el caso nuestro, hermano. Nosotros lo que queremos es edificar aquel lugar donde el Señor ya sembró su semilla. El caso de la iglesia no es salir a buscar pleitos en la calle o a tumbar pulso; el caso de la iglesia, hermano, es cuidar las almas que el Señor ha comprado a precio de sangre y tratar de edificar el cuerpo de Cristo.
Le doy más, hermano: el tono propio de un embajador. Un embajador es un hombre o una dama de la diplomacia. El embajador no es la persona que está dedicada a los pleitos; el embajador dice lo que tenga que decir y se ausenta. Dice la Escritura que nosotros somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros: “Reconciliaos con Dios”. Oiga, como si es rogar: “Ay, mira, reconcíliate con el Señor”. Pero no es: “Ven, vamos a pelear tú y yo”. “Ay, yo soy un embajador, tú sabes; además, tu problema no es conmigo, es con el Señor”.
Esta es otra razón por la cual tenemos que evitar la controversia: que no asumimos el pleito como algo propio. ¿Cuántas veces ha pasado que usted está terciando con un pecador como si el pecador tuviera un problema con usted? Ese hombre tiene un problema con Dios. O sea, yo he venido aquí a buscar la manera de interceder para que tú vengas a Cristo, y tú me vas a morder a mí. Dos personas están enemistadas, y usted quiere interceder, y el que lo quiere morder es a usted. No, pues yo he querido aquí ayudar, pero no fui yo que te ofendí; fuiste tú que ofendiste a Dios.
Quiero hilar todavía más profundo, hermano, y demostrarle que nosotros no estamos obligados a dar testimonio ante ese incrédulo que se burla de lo que le estamos dando. Y lo primero que tengo que decirle, hermano, es que el Señor también lo hizo así.
Vinieron donde Él, porque el Señor había hecho gran cantidad de milagros, había dado gran cantidad de enseñanza. Vienen donde Él y le dicen: “Haz un milagro ahí, a ver”. ¿Y saben lo que les dijo el Señor? “La generación mala y adúltera pide señal, pero señal no le será dada”.
“Ay, hombre, Señor, haz un milagrito, y a veces se convierte uno”. “Ah, pero el Señor no hacía milagros cada vez que alguien se lo pedía”. No. El Señor no hacía milagros así. Cada vez que se lo pedían, les decía: “Miren, ustedes tienen la ley y los profetas; busquen lo que ellos dan testimonio de mí”.
Él estuvo predicando, hermano, al judío; ahí estuvo predicando, los tuvo predicando, los estuvo predicando. Después se lamentó y les dijo: “Pero que os digo que desde ahora no me veréis hasta que venga el Hijo del Hombre en su reino”. Lo soltó; a un pueblo completo, hermano, el Señor lo soltó. Los judíos permanecieron en su incredulidad, y el Señor les dijo: “Está bien, yo tengo otro pueblo, yo tengo otra gente a quien darle testimonio. El reino les será quitado y será dado a otro pueblo que produzca los frutos”.
¡Wow! Y el Señor no se quedó ahí peleando. No, hermano. Él dio testimonio, Él dio evidencia; la gente permaneció en su asunto, Él se movió. Es un pueblo, hermano: Nazaret. Dice que el Señor fue a Nazaret y se burlaron de Él: “No es éste el hijo de José”. ¿Y qué hizo el Señor? Dice la Escritura que Él se maravilló de su incredulidad, y dice: “Y allí no hizo muchos milagros”, y se fue para otro pueblo.
Mano, no quisiera crear la percepción de que tenemos que ser elitistas, que tenemos que no dar la palabra del Señor. Hermano, hágalo; hágalo. El Señor dio testimonio, pero cuando no le reciban… Mateo 10, hermano, del versículo 11 al 14, el Señor les dijo: “Vayan, den testimonio”. En Mateo 10, sí hay que ir; lo que no hay que hacer es quedarse. Pero hay que ir. Dice Mateo 10, del 11 en adelante:
Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. Y al entrar en la casa, saludadla. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros. Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies.
— Mateo 10:11–14
En la evangelización, hay que sacudirse el polvo. Primero: yo vine a esta casa, yo quiero saber si es que la persona está interesada en recibir la palabra del Señor, si está interesada en Cristo. “¿No? Aquí no, aquí somos tal cosa; aquí no vengan por aquí”. “Ay, nos vemos, gracias, no se preocupen”. Y usted, con limpia conciencia, hermano, vaya a otra casa.
Entienda lo que es una casa donde sean dignos, donde haya gente que esté esperando. O sea, esa lucha de quedarnos ahí… Yo me he visto, hermano, predicando en lugares en el centro —estoy hablando de a la intemperie— y predicando, y la gente en otra cosa. Yo lo siento, hermano, pero esto vale demasiado. Costó toda la sangre de Cristo, y hay gente que lo está esperando. ¿Se va a perder usted la sangre de Cristo porque se quedó aquí con un incircunciso de corazón, esperando a ver si el Señor hace un milagro un día? El Señor lo puede hacer; vaya usted y coseche fresas en el sur, en los lugares más áridos, a ver si se dan.
“No, que yo tengo un plan para sembrar fresas, no me voy a quedar aquí hasta que nazca”. No se quede, hermano, que fácilmente no come fresas. Vaya a la tierra donde las cosas se siembran y se dan. ¿Y los apóstoles qué hicieron, hermano? Asimismo, Pablo iba a los judíos; cuando le devolvían piedras, se movía, y él les decía: “Yo fui llamado a venir aquí; no me recibieron”. Tres veces el apóstol Pablo se mudó: él fue, “¿No me quieren? Está bien, no se preocupen, quédense ahí”, y se movía.
Y esto, hermano, tiene una profunda advertencia sobre la membresía de una iglesia. No puedo dejar de mencionarlo, hermano, porque es una necesidad urgente al día de hoy. Cantidad de iglesias están teniendo inconvenientes porque han recibido en su membresía personas que no han nacido de nuevo, y veo los pastores que están tratando de adornar y ponerle un collar a los cerdos, tratando de que el perro deje de ladrar. Hermano, si esa no es su naturaleza, por mucho que usted discipline, por mucho que usted discipule, no es su naturaleza.
Si un hombre no ha nacido de nuevo, por muchas horas de consejería pastoral que se le dé, por muchos hermanos que vayan a su casa, por muchos hermanos que oren por esa persona, ese no ha nacido de nuevo. Yo encuentro los hermanos lamentándose: “Ay, que la persona vino y no permaneció, ¿y qué hago?”. Imagínate. Cuando como iglesia hayamos hecho todo lo que esté a nuestro alcance para que la buena tierra sea aprovechada, pero aquellos que no aman al Señor y se burlan de estas cosas y no ven el valor que esto tiene, no invirtamos horas, porque después lo vamos a lamentar; después lo vamos a lamentar.
El gran problema que tienen iglesias locales que reciben perros y cerdos y los tratan como oveja. Entonces, cuando la iglesia se está volviendo los unos con los otros: “¿Qué es lo que pasa con esta gente que no han nacido de nuevo?”. No, si no ha nacido de nuevo, no ha nacido de nuevo. “¿Y qué hago yo?”. Hay gente que yo quisiera prenderla espiritualmente, y con acercarle el fuego sucede en ellos indiferencia total. “¿Y qué hacemos, amigo?”. “No me siga viniendo, ve si el Señor hace la obra”.
Entienda, hermano, es un milagro. La regeneración, la salvación, no es una elección del hombre. Usted no puede hacer que un hombre sea salvo, no puede razonar al pecador para que se arrepienta; si el Espíritu Santo no convence de pecado, de justicia y de juicio, nunca habrá salvación. Por eso la membresía de iglesia, hermanos, es para gente que ha nacido de nuevo.
Cosa totalmente incorrecta es llamar “hermano” a los enemigos de Dios. El Señor, de nuevo, no está utilizando lenguaje ofensivo; está describiendo vívidamente la realidad. “Somos del linaje de Abraham, somos hijos de…” No, Él les dijo: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo”. Ten cuidado de llamar “hermano” al impío, porque muy probablemente tú digas que tu padre es ese. Tenga cuidado al decirle: “Dios te bendiga, hermano”, eso no es algo que se hace con ligereza. “Todos somos hijos de Dios”. No, la Biblia no dice que todos somos hijos de Dios.
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.
— Juan 1:12–13
Eso es una obra de Dios.
A todo el que venga, la música, y el hermano: “Para que se vayan como entusiasmando, tú sabes; a todo el que venga, cuando venga…” No, hermano, no. No le vamos a decir “perro” y “cerdo”, porque llamémoslo al Señor, pero digámosle que lean Mateo capítulo 7. O sea, lean Mateo capítulo 7. “¿Usted se ha dado cuenta de lo que usted es?”. “Ah no, dímelo tú”. “Léelo, porque a mí me da lucha decírtelo”.
No hay que entusiasmar al pecador con la vida cristiana de que “para que le vaya tomando el piso, tú sabes”. Le vamos a decir el mensaje tal cual.
Hay otros que quieren reducir las fronteras para no discriminar. Digo esto con prudencia, hermano. Miren, en gran medida las iglesias tienen talleres de membresía; eso es para alejar al superficial, porque si ser miembro de una iglesia fuera solamente poner tu nombre en un formulario, hay mucha gente que pondría su nombre en un formulario.
Ahora, yo he visto, hermano, que aquel que ha nacido de nuevo, una de las características que tiene, lo primero: tiene hambre de Dios, tiene deseo de Dios, permanece en los caminos del Señor. El superficial viene un día, llena un formulario, y el otro día no está. “Ay, pero ese pastor seguro…”. Mira, claro que lo sufro, como lloró el Señor por Jerusalén, lloro yo por ellos, pero no puedo irme detrás de ellos, porque así como el joven rico vino donde el Señor, y cuando el Señor le habló, dice que él se fue, y el Señor no se fue a buscarlo.
Si realmente una persona no ha nacido de nuevo, hermano, no hay que ponerle cuatro manos y que Paco lo agarre para que no se nos devuelva. Ten cuidado, porque muy probablemente estás tratando de retener al perro, y te muerde. Gran parte de los problemas de la iglesia local está cuando, por un incorrecto sentido del amor cristiano, quiere bautizar y recibir incrédulos en la casa del Señor.
Cuando yo tengo convencimiento de que en una persona realmente el Señor ha obrado, en él hay una pasión por la palabra del Señor, hay una pasión por la vida piadosa, yo puedo canalizar eso, yo puedo avivar eso. Yo puedo avivar el fuego, ayudarlo a avivar el fuego, hermano, pero no puedo producir el fuego. Por mucho que usted sople la nave que está apagada, hermano, la nave que está apagada no enciende. Y eso es obra del Espíritu Santo: el corazón es salvado por Dios, el corazón del hombre por el Espíritu Santo.
Por eso, cuando alguien ha nacido de nuevo, lo primero que tiene es un deseo por la palabra del Señor, un deseo por la vida en santidad, un deseo por la iglesia del Señor. Es como que la sangre de Cristo, hermano, nos constriñe, nos atrae; uno tiene el deseo de estar congregado. Esa persona que hay que presionarla para que se congregue, casi que manipularla, y decir: “Cuidado si no vienes mañana”. Parece que no ha nacido; no parece que tiene el deseo.
La realidad, hermano, es que tenemos que ser cuidadosos en la iglesia. No bajemos la frontera, no ignoremos las demandas de Dios para promover las promesas. Este asunto de todo es “las promesas de Dios”, y ¿las demandas de Dios dónde están? No. El Señor ha dado promesas, y para aquellos que han nacido de nuevo, para aquellos que son parte de su pueblo, hay preciosas promesas del Señor; y hay también demandas.
Mi tristeza es esa: que a la gente le encantan las promesas del Señor, pero ignoran abiertamente cuáles son las demandas del Señor. El Señor no solamente ha ofrecido, hermano, no solamente ha dado preciosas promesas, sino que ha hecho radicales demandas, demandas que solamente un hombre nacido de nuevo puede cumplir con la ayuda del Espíritu Santo.
Que se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.
— Tito 2:14
Vea, ser miembro de iglesia no es un asunto común; esto es lo santo. “Ay, pero yo quiero ser miembro de la iglesia”. ¿Y quieren cumplir con las demandas de Dios? “No, yo quiero ser miembro de una iglesia”. Hermano, lo que pasa es que el pecador piensa que eso le da cierto estatus espiritual: “Ya yo soy miembro de la iglesia, tú sabes”. No, hermano; esto es lo santo, tenga cuidado.
Dice la Escritura: no impongamos las manos con ligereza. Lo otro, hermano: no debemos pedirle ni demandarle un comportamiento santo a quienes no han nacido de nuevo. “Ay, que vamos a tratar de darle consejería bíblica”. Tú puedes enseñar el camino, hermano, pero si no tiene lo que lo hace caminar… No le enseñe a respirar al que no ha nacido de nuevo; no le enseñe las cosas santas. Lo santo, hermano, es para los santos.
Lo que pasa es que yo sé, hermano, suena como un poco duro. Pero lo que el Señor está demandando del hombre… La iglesia es, hermano, un pueblo santo, separado del mundo; es un asunto distinto. No es un formalismo solamente. Cuando usted llega a ser parte de la iglesia, de la santa iglesia del Señor, usted pasa a ser parte del pueblo redimido, de pueblo que ha nacido de nuevo, de gente que está espiritualmente viva.
¿Qué problema tienen ellos? Ellos son los que se hacen esos problemas, recibiendo un grupo de incrédulos en la congregación, después se están quejando de la gente. Claro, hermano, no han nacido de nuevo, no tienen el deseo de Dios.
En primer lugar, hermano, les he mencionado que tenemos que valorar nosotros mismos lo que tenemos como algo santo y como perlas. Y si tú no lo valoras, al hacer el evangelismo tú vas a soltar eso como si no valiera nada. Cuando se te predique el Evangelio, entienda que se te está dando perlas, se te está dando algo santo; no está sirviendo delante de una persona que, si lo que hace es pisotearlas, no es digna de eso.
Hermano, busque en cuanto dependa de usted que la gente no se esté burlando de su mensaje, que la gente no se esté burlando de Cristo. Y al que se burle de eso, adviértale, dígale: “Ey, esto es santo”. No predique el Evangelio en medio de jueguito y de relajo y de burlas y cosas de esas, de que: “No, como es una ‘chelcha’ aquí…”. Espérese. Usted quiere recibir el Evangelio, asuma una actitud de que va a recibir perlas y cosas santas y tómese esto en serio.
Llámeme, tú, el que quiera; llámeme para hablar del Evangelio. Pero no me pongan el Evangelio como cuento para hacer burla o hacer controversia; que no estamos para eso. Estamos para predicar con dignidad el Evangelio. Yo soy embajador de la ciudad celestial, hermano; o sea, esto no es un juego. “Ay, dáselo a cualquiera, como para entretenerse”. No. Esto no es para jugar, esto se toma en serio. Tú te quieres tomar en serio la palabra del Señor, vamos a estudiar la palabra del Señor. “No, yo quiero es burlarme, tú sabes”. No, no es digno.
Lo otro, hermano: no hay que exponerse sin necesidad. ¿Qué es exponerse sin necesidad? Intentar apartar al pecador de su pecado con la mano. Mire, eso es peligroso. Quítele a ese su ídolo, quítele su culto al ídolo, a ver. No se meta en eso, hermano, de intentar santificar a mano la gente: “Ven, que te voy a quitar tu pecado, arráncaselo ahí, lo suyo, la idolatría”. Tenga cuidado con eso, que le dan con el mismo ídolo.
“No, que yo quiero quitárselo para que se santifique”. No, usted no puede santificar manualmente la gente; no hay que exponerse. “Sabes que lo voy a presionar; le voy a quitar esto, le voy a quitar lo otro”. Hermano, manualmente no se santifica al hombre; eso viene del corazón, un deseo por la piedad, un hambre de Dios. Manualmente, hermano, no intente quitarle el pecado a nadie, que ellos aman eso, aman esa vida; están vendidos a eso. Dice la Escritura, su identidad está en eso.
Aplíquele esto a cualquier pecado. Le menciono uno: mire, un alcohólico; no intente quitarle el alcohol por sus propios medios, que usted no puede hacer eso. Eso lo hace el Señor. Quítele la botella, hermano, y va a tener problemas. Los vicios se beben al hombre.
Uno de los proverbios japoneses dice así: primero el hombre se toma un trago, después el trago se toma un trago, y después el trago se traga al hombre. Ese es el proceso en el pecado, hermano, y eso aplica para cualquier otro pecado. El hombre comienza jugando con eso, termina quemándose. “Ah, yo lo voy a rescatar del fuego por mis propios medios”. Ten cuidado, hermano, que a ti también te gustan esas cosas, aunque tú todavía no lo sepas. Hay cantidad de pecados que usted, por la misericordia del Señor, no ha tenido que explorar; pero si usted los explorara, usted sentiría el jalón.
Dice la Escritura —yo se lo leí—: el que piensa estar firme, mire que no caiga. Hermano, exponerte es bajar la guardia ante el pecador. Mire, usted trabaja rodeado de pecadores; santifíquese cada vez más, llene su mente de la palabra del Señor, porque eventualmente usted se va a unir a eso, y lo morderán. Eso es como la gente que tiene su perro grande, siempre piensa que el perro no ha mordido a nadie; “Ese perro no muerde, es un perro de este tamaño”. Lidia usted con su perro, no me lo suelte a mí.
No vaya de gracioso a lidiar, hermano, con pecadores, porque el pecador te muerde. El pecador, hermano, es agresivo; eso es algo muy fuerte. Dice la Escritura: “Si esto lo hicieron conmigo, no lo van a hacer con ustedes”.
Algo que quiero, hermano, desanimar totalmente, aunque he hablado en otras porciones de esto: no haga yugo desigual con la gente que no ama a Dios. Y eso tiene que ver con las relaciones amorosas, pero también tiene que ver con los negocios. “Y entonces yo no puedo venderle a un pecador”. No es venderle, hermano; es que no te ates en asuntos donde esté la palabra suya dependiendo de la palabra del otro, porque lo va a sentir, hermano, lo va a sentir en su propio cuerpo.
Esa doble línea, hermano, de firme: él firma, y firmo yo. Los dos estamos comprometiendo nuestra palabra juntos: “Wow, pero que yo tengo mi palabra, esa es la palabra de un cristiano; la de él no”. Y los dos estamos firmando. Tenga cuidado eso, hermano. Dicen: “Ay, pero entonces los cristianos no podemos hacer sociedades”. Sea sabio, hermano, sea sabio; no se exponga innecesariamente.
Si le puedo dar una última advertencia, hermano, es que no se martirice sin necesidad. Tenemos que estar dispuestos a pagar el mayor precio, hermano, por Cristo, pero no a que: “El que quiera venir a crucificar, agárrenme a mí”. No, ese no es el caso. Pablo sufrió latigazos, pero no fue que él estaba entregando su cuerpo al que quiera dar; “Aquí estoy”. No era el caso, hermano. Si por la causa de Cristo tenemos que padecer, que padezcamos, pero no salga a buscarlo.
Termino con lo siguiente. En el 2003 yo les leí un párrafo de esto, y tengo que repetírselo. J. C. Ryle, Juan Carlos Ryle, un ministro anglicano de siglos pasados, escribió algo un poco poético, y él le decía con esto al pecador lo poco sabio que es un pecador cuando anhela el cielo sin santidad. Todo el mundo quiere ir al cielo, hermano, pero realmente yo me pongo a preguntar: “Pecador, ¿de verdad tú quieres ir al cielo?”. “Sí, yo quiero ir al cielo”. “¿Pero de verdad tú quieres ir al cielo?”.
Él dice: supongamos que pudieras ir al cielo sin santidad, ¿qué harías? ¿Estarías allí alegre? ¿Con cuál de los santos de Dios quisieras conversar, y de qué? Sus placeres, sus gustos y su carácter no tendrían nada en común con los tuyos. ¿Cómo podrías ser feliz con ellos en el cielo, si en la tierra tú aborreciste la santidad?
Pecador, ¿de verdad tú quieres ir al cielo? ¿De verdad tú quieres ir a la presencia de Dios? Quizás aquí tú disfrutas la compañía de gente rebelde, gente vana, mundana, amante del placer y profana, pero ninguno de ellos estará en el cielo. Quizás tú evitas a los santos de Dios porque te parecen muy estrictos y serios, pero ellos son los que habitarán el cielo. Tal vez para ti orar, leer la Biblia y adorar a Dios son cosas fastidiosas, aburridas y tontas, que puedes tolerar a veces, pero sin ningún placer. Quizás consideres que ir a la iglesia el domingo es una obligación pesada, y no entiendes cómo alguien puede pasar tanto tiempo en adoración. Pero no olvides que en el cielo todo es adoración; allí nunca cesa la adoración y los cánticos de alabanza al Cordero, diciendo: “Santo, santo, santo, Señor Dios Todopoderoso”.
¿De verdad tú quieres ir al cielo sin santidad?
No deis lo santo a los cerdos, hermanos. No traten al incrédulo en su condición como si fuera santo. Valoren la palabra del Señor y dediquen su tiempo, hermano, a sembrar la palabra del Señor en buena tierra. Oro por nuestra iglesia para que nuestra iglesia tenga esa combinación de pasión por las almas y, al mismo tiempo, de sabia precaución, para que no sea pisoteada la palabra del Señor.
Oración final por la iglesia y llamado al pecador
Señor, gracias, primero, por el privilegio que tenemos, no por nuestros méritos ni por nuestras capacidades, de estar de este lado, Señor, del lado tuyo, de disfrutar de tu presencia, de deleitarnos en tu palabra, de valorar, Señor, la dignidad que tiene la congregación de los santos, de estar con otros hermanos aquí por un rato largo, Señor, porque eventualmente estaremos con ellos por la eternidad.
Te pido, Padre, como pastor de tu iglesia, que tú purifiques su membresía, la de esta iglesia, Señor, que sea una iglesia de gente que está viva, una iglesia de gente que ama tu palabra, una iglesia de gente, Señor, que ama la hermandad cristiana. Trae deleite en nosotros, Señor, por las cosas santas. Al mismo tiempo te pedimos, Señor, que nos des el discernimiento necesario, la sabiduría, para saber dónde, Señor, depositar la semilla y dónde no hacerlo, dónde vale la pena detenernos, Señor, y dónde vale la pena sacudirnos el polvo.
Ayúdanos a amar, Señor, a quien tú amas; ayúdanos a amar, Señor, lo que tú amas. Ayúdanos a desear lo que tú deseas. Trae, Señor, santidad a esta iglesia. Señor, permítenos saber la dignidad, permítenos, Señor, valorar lo que ya tenemos. Mira a mis hermanos, Señor, que tengan su vida cristiana, que tengan la piedad como la cosa más importante, como la cosa más santa, como la cosa más valiosa.
Al mismo tiempo, Señor, te pedimos que nos cuides en este mundo de gente que ladra, en este mundo de gente hostil a tu palabra, Señor. Que cuando el mundo nos rechace, Señor, aun así valoremos lo que tenemos; que no dependamos, Señor, de la opinión de los impíos para entender que lo que tenemos es santo.
Te pido por mis hermanos que han estado sufriendo persecución quizás innecesariamente. Enséñales, Señor, hasta dónde es sabio en su trabajo dar testimonio o guardar silencio. Enséñales, Señor, hasta dónde es sabio en sus familias dar testimonio o guardar silencio. Enséñales, Señor, hasta dónde es sabio dar un estudio bíblico en una casa o salir de allí.
Mantenga sus ojos ahí cerrados, y aquí hay personas que encontraron alguna emoción en esto. Bienvenido. Si hay algunas personas a quienes esto les hizo sentido y todavía no se consideran creyentes, bienvenido. Si hay alguna persona que estas cosas van generando en él algún interés y él no sabe por qué, yo tengo que decirle que lo que sucede es que el Espíritu de Dios nos lleva a toda verdad. El Espíritu Santo convence de pecado, de justicia y de juicio.
Si esto hizo algún sentido para ti, significa que el Espíritu Santo ha estado hablando a tu corazón; no son mis palabras. Yo no tengo la capacidad de hacer que la sabiduría de Dios sea percibida por una mente caída y reprobada. Si tú has entendido la sabiduría de Dios, significa que el Señor lo ha permitido.
Él dice que nos atrae con cuerdas de amor. Mantén tus ojos ahí cerrados, hermano, y te pido que intercedas. Pecador que estás aquí, incrédulo que estás presente, persona que había detenido tu paso para no dar este paso de fe por el Señor: si tú has entendido esto, si escuchaste mi voz, dice el Señor, no endurezcáis vuestros corazones. Esta es la condenación: que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Si el Señor te ha permitido entender, significa que el Señor te está llamando. Solamente un hombre que comienza a ser regenerado entiende la sabiduría de Dios. Dice la Escritura que si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Dice la Escritura también que si venimos a Él, no nos rechazará.
Tan sencillo como que hagas lo mismo que hemos hecho todos los cristianos en algún momento de nuestra vida: aceptar a Jesucristo como tu Salvador, reconocer que Él es el Cristo, el Hijo de Dios. Él no es un hombre común y corriente; Jesús es el Cristo. Confesar tu pecado ante su presencia, dar un testimonio entre los hombres en las aguas del bautismo.
Dile al Señor: “Señor, yo te recibo como mi Salvador. Reconozco mi pecado delante de ti. Te pido que me perdones, que me santifiques, que me liberes del pecado”. Hay cosas que tienes que dejar atrás, para las cuales no tienes capacidad, pero el Señor da mayor gracia. Dile al Señor: “Señor, perdona mis pecados, Señor, libérame; permíteme ser parte de tu pueblo. Ahora entiendo la dignidad que eso tiene”.
Si tú has recibido al Señor hoy como tu Salvador personal, yo te invito a que vayas a las aguas del bautismo y des un testimonio. Dice la Escritura que el que creyere y fuere bautizado será salvo. El bautismo anuncia delante de los hombres que has sido integrado a este nuevo pueblo, que has muerto al mundo y has sido integrado a la familia de Dios.
Oro por toda la iglesia. Dile al Señor ahí, hermano, en oración: “Gracias por la salvación de mi alma. Gracias por haber abierto mis ojos a tu salvación. Gracias por haberme atraído a ti con cuerdas de amor. Gracias por haber hecho por mí lo que yo mismo no pude haber hecho. Gracias porque esto tiene sentido, gracias porque en esto está mi deleite, gracias porque esta es mi pasión, gracias por tu palabra, gracias por tu sabiduría. Bajo del monte lleno de expectativa, y aunque el mundo me rechace, aun así yo diré: ‘Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso’”.
Gracias por tu palabra, Señor, en el nombre de Cristo. Amén.