Y antes de exponer las sagradas Escrituras, les invito a que oremos juntos al Señor y pongamos en sus manos nuestra mente, nuestro corazón.
Gracias, Padre, porque tenemos este privilegio de tener tu palabra en medio nuestro. Después de haber, Señor, celebrado tu nombre, después de haberte alabado por medio de canciones, ahora venimos también, Señor, a adorarte con nuestra obediencia. Permítenos, Señor, entender tu palabra porque queremos obedecerla. Sabemos, Señor, que en ella está nuestra felicidad, que en ella está nuestro gozo. ¿A dónde iremos, Señor, sino a ti, si sólo tú tienes palabra de vida para tu pueblo? Después de una semana, Señor, de poner nuestra mente en diferentes cosas, ahora, Señor, ponemos nuestra mente en la sabiduría de tu palabra, en la sabiduría que viene de lo alto.
Como te hemos pedido antes, Señor, permite que en este momento en que se encuentra tu sabiduría con nuestros pensamientos, que prevalezca tu sabiduría. Permite, Señor, que sea tu palabra poniendo orden en nuestra mente, poniendo orden en nuestra emoción. Permítenos, Señor, ser enmendados, ser corregidos, ser exhortados. Que tu palabra, Señor, caiga en buen lugar. Y permite que como iglesia veamos el fruto, Señor, de la palabra que se siembra. Ponemos en tu mano, Señor, nuestra mente, ponemos en tu mano nuestro corazón, el centro de nuestra voluntad. Permite, Padre, que mientras tu palabra va haciendo su obra, asimismo vayamos sintiendo brisa fresca de tu Santo Espíritu, ayudándonos a entenderla y capacitándonos, Señor, para cumplirla. Permítenos parecernos más a ti.
En el nombre de Jesucristo. Amén.
Acompáñenme, hermanos, al Evangelio de Mateo, capítulo 7. En esta parte del Sermón del Monte, que ya es la última sección, hemos estado considerando nuestras relaciones a la luz de la voluntad del Señor. Hemos visto primero nuestras relaciones con nuestros hermanos que quizás han cometido alguna falta y cuál debería ser nuestra actitud. Hemos considerado también nuestra relación con aquellos con los cuales hemos compartido el mensaje de la palabra del Señor y no lo han recibido. Y hoy tenemos la oportunidad de considerar nuestra relación con Dios.
Pónganse un momento sobre sus pies para que leamos la palabra del Señor. Evangelio de Mateo en el capítulo 7. Consideremos desde el versículo 7 y hasta el versículo 11.
Dice el Señor en el Sermón del Monte:
Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.
Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?
¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos,
¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros,
así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.
— Mateo 7:7-12
Pueden ocupar sus asientos, hermanos queridos.
Dice nuestra introducción que ya antes el Señor nos enseñó cómo orar. Hermano, el absoluto milagro que ha sucedido para que tú, siendo un hombre pecador, puedas llegar a la presencia de Dios y no ser consumido. Quizás lo hacemos tan frecuentemente, hermano, que hemos perdido la conciencia de que Dios es un Dios santo. Y el Dios del monte Sinaí no es distinto al Dios del Sermón del Monte. Lo que es distinto entre el Sermón del Monte y el monte Sinaí es que en el Sermón del Monte ya estaba la propiciación de Cristo, que nos permitiría acercarnos al Padre. Pero el Dios del monte Sinaí me interesa que ustedes lo conozcan: es un Dios absolutamente santo, que por amor al pecador estableció límites.
Quizá tú te preguntas por qué razón el Señor le dijo al pueblo que no subiera la montaña. Porque el pueblo era un pueblo de pecadores y Dios era un Dios santo. Es más, que para yo poder recibir los truenos de Dios, tuvieron que santificarse. Hermano, la oración es un asunto —les enseñé, creo que en este mismo año— un asunto extremadamente peligroso. Somos pecadores entrando en la presencia de un Dios santo y saliendo de la presencia de un Dios santo aún con vida. Dice la Escritura que si no fuera por su misericordia, ya nosotros hubiésemos sido consumidos. Quisiera que conozcan, hermano, al Dios que se está revelando en el Sermón del Monte, que no es un Dios distinto.
Del Sinaí al trono de gracia: la cercanía sorprendente de Dios
Es el mismo Dios, no un Dios distante, sino un Dios sorprendentemente cercano, que nos dice: “Acercaos confiadamente”. Me gusta la palabra “confiadamente”, y me dice que no es el trono de la justicia, sino el trono de la gracia. Si el Señor nos estuviera invitando a que nos acerquemos a su trono de justicia, yo diría: hermano, no vaya usted ni voy yo; no nos acerquemos nosotros. Él nos habla de su trono como el trono de la gracia, porque si vamos al trono de la justicia, ninguno de nosotros seríamos aprobados.
Bueno, ¿qué es lo que ha sucedido desde el monte Sinaí hasta el Sermón del Monte para que el trono dejara de ser el trono de la justicia y se convirtiera en el trono de la gracia? Lo que ha sucedido en medio, hermano, es que ha venido Cristo, y Cristo ha propiciado, Cristo ha hecho posible que pecadores puedan llegar al trono de la gracia, y lo que nos correspondía no es lo que nos da. Lo que nos da a nosotros son los méritos de Cristo.
Y yo siempre les cuento, hermano, no porque alguien me dijo “ay, que tú eras tan mal estudiante”; no era que yo era tan mal estudiante, es que tuve muchas experiencias donde no me fue bien en los estudios. Y una de ellas fue un examen de matemáticas donde yo cometí grandes despropósitos y me di cuenta de que no me había ido bien en el examen de matemáticas. No fue que me fijé mucho, hermano, pero yo vi que la gente requirió más de una página para desarrollar sus ejercicios, y yo en un solo examen de una página respondí todos los ejercicios.
Y cuando entregué el examen, el profesor me preguntó: “¿Y dónde está el desarrollo?”. Y yo le dije: “Profe, ahí está, ahí está el examen”. El profesor todavía no había entregado el examen, y yo le dije: “Profe, yo quisiera hablar contigo, yo quisiera hablar con usted acerca del examen”. Y el profesor me dijo que de los exámenes no se habla, porque los exámenes hablan solos.
Bueno, la realidad es que si a mí me miden de acuerdo al examen, yo tengo que hablar con el profesor. “Profe, vamos a hablar del examen”, porque yo no tenía ninguna duda de que yo iba a reprobar. “No se preocupe, estudiante, que usted va a ser evaluado con justicia”. El problema no es que sea evaluado con injusticia, es que si me evalúan con justicia, seré reprobado. El problema del hombre no es que el Señor vaya a cometer un error cuando le esté midiendo, el problema del hombre es que si nosotros nos acercáramos al trono de justicia de Dios, todos seríamos desaprobados.
Pero Dios, misericordiosamente, nos dice: “Acercaos confiadamente al trono de la gracia”. La primera cosa que me gustaría destacar en esta porción del Sermón del Monte es que estamos tratando con un Dios que ha ofrecido gracia y que, en vez de rechazarnos, nos dice: “Pidan”.
“Busquen y llamen”. ¿Qué aprendemos sobre nuestro Dios, hermano? Que sorprendentemente está cerca de nosotros. Asimismo dice el libro de Romanos y dice Gálatas; leo por lo menos Romanos, capítulo 8, dice el Señor: ¿con qué expresión es que nos llama a nosotros a que le pidamos? La expresión con la cual el Señor nos dice a nosotros que le pidamos, Romanos capítulo 8 y versículo 15, dice:
Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor,
sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!
— Romanos 8:15
Cuando escuchen del Dios del Sermón del Monte, sepan que no es un Dios lejano, sino un Dios que les dice: “Ey, como hijos, acérquense a mi presencia”. Y yo me pregunté: ¿qué es lo que ha sucedido? Es el mismo Dios que nos decía en el Sinaí que no nos acerquemos para que no seamos consumidos. Sí, es el mismo Dios. ¿Y qué es lo que ha sucedido? Ha sucedido un milagro, hermano, y el Sermón del Monte incluye esta parte. A mí me parece sorprendente porque coloca la relación de Dios con el hombre en otro contexto: ya no es el Dios que había permanecido distante, no por causa de Él, porque dice la Escritura que lo que había separado al hombre de Dios era la multitud de sus pecados, sino que es el Dios que misericordiosamente ha propiciado y se ha acercado al hombre.
Primera cosa, hermanos, que sabemos de Dios aquí: que Dios es sorprendentemente cercano, a un punto tal que cada vez que usted vaya a su presencia recuérdese de esto. Es un Dios absolutamente cercano, de forma tal que cada vez que usted vaya a su presencia recuérdese que, por la misericordia del Señor, nosotros, que antes estábamos a la falda del monte, ahora podemos acercarnos al trono de la gracia.
¿Hay algo más, hermano, que podemos aprender acerca de esto? Ese “Abba, Padre” es sorprendente. “Abba, Padre”, hermano, eso es una expresión de cariño, es como un… alguien me dijo que no es exactamente como “papito”, pero es algo muy cercano, es como cuando tú le dices “papi”. “Abba, Padre”, eso es como “querido Padre”, es “tierno Padre”, no un padre distante que no me mira a los ojos, sino “querido Padre, papacito”, si se puede decir. Oigan cómo Él nos enseñó a orar: nos enseñó a decir “Padre”. ¿Qué es lo que ha sucedido?
Que nosotros, que anteriormente habíamos estado alejados de Dios por causa de nuestros pecados, a causa del sacrificio de Cristo ahora hemos sido acercados. ¿Qué otra cosa aprendemos sobre Dios? Aprendemos que Dios está interesado y que no es indiferente. Lo que frecuentemente ocupa la mente del pecador no es solo que Dios está lejos de él, sino lo que dice: “Dios no está interesado en mí”. Y para Dios mostrarnos que tiene sobre su criatura un profundo interés, Él dice: “Pero ustedes están interesados en sus hijos. Y si ustedes, que son malos, tan interesados en sus hijos, les dan buenas cosas, ¿no estoy yo interesado lo mismo?”. Vemos un Dios sorprendentemente cercano, vemos un Dios al mismo tiempo interesado y no indiferente, y vemos un Dios que está interesado en darnos buenas cosas.
Un Dios dadivoso, vemos un Dios que es poderoso, pero también vemos un Dios que es bueno. Él dice: “Ustedes son malos y yo soy bueno”. Y cuando Dios dice de sí mismo que es bueno, ese término “bueno” tiene una connotación de bondad, una connotación de sabiduría, una connotación, hermano, de perfección de carácter, a un punto tal que Él dice: “Lo que yo les dé a ustedes, eso que les doy a ustedes les conviene, no solamente porque quiera dárselo. Tú no eres bueno simplemente porque les das cosas a tus hijos, tú eres bueno porque les das a tus hijos aquellas cosas que a tus hijos realmente les convienen”.
Si pudiera decir, hermano, qué aprendemos sobre Dios en esto, diré: eso me sobrecoge. Me sobrecoge el hecho de que podamos ser cercanos a Él. Me sobrecoge el hecho de que Dios esté interesado en su creación. Me sobrecoge el hecho de que Él quiera darnos unas cosas que Él quiera, no lo que nosotros queramos, sino que Él quiere darnos esas buenas cosas.
Y más, sobre todo, el hecho de que en el Señor se combinen estas dos cosas: absoluto poder, pero al mismo tiempo absoluta bondad y buena intención para sus hijos. ¿Qué aprendemos sobre nosotros mismos? Algo que no es bueno: Él dice “ustedes son malos”. Y quizá, hermano, no quiero abundar demasiado ahí porque tengo que entrar a otra parte, pero el Señor está diciendo: “Ustedes son malos”. Oigan cómo Él nos define. Pero a pesar de eso, “ustedes que son malos quieren darles buenas cosas a sus hijos”. Quizá aprendemos sobre el hombre que, a causa de nuestra caída, nuestras obras siempre son malas, pero aún así hay cierta intención de hacer algunas cosas buenas, y entre esas intenciones está el proveer para los nuestros.
La oración como relación entre Padre e hijo
Quizá podamos explorar un poco más, hermano, acerca de lo que aprendemos sobre la oración. No se nos enseña la oración como una fórmula mecánica, es más que eso. Se ha abierto ante mí, hermano, una nueva perspectiva de la oración: llegar a entender que la oración no es solamente ir a la presencia del Señor para pronunciar unas palabras. El Señor enseña la oración como el maravilloso encuentro entre un padre y un hijo. La oración no es solamente ir al Padre a decir palabras; la oración es este encuentro entre un padre y un hijo. Y es un encuentro agradable con Dios.
Yo quisiera ilustrarle esto, hermano, pero sé que muy probablemente la relación que has tenido con tu padre natural quizá no sea la mejor. Pero imagínate que tu padre natural, en efecto, hubiese sido un buen padre, a un punto tal que tú anhelaras ir a su casa, y que cuando tú te sintieras en la casa del padre, sintieras todo lo que un hijo debería sentir cuando va a la casa de su padre: debería sentir un ambiente agradable, un ambiente seguro, ternura.
Y que esto no tenga que ver con tu accionar, sino que tenga que ver con tu relación. Me llama la atención, hermano, que el Señor no se presenta aquí como un legislador, sino como un padre, porque la relación buena que yo tenga con el legislador dependerá de que yo haya cumplido o no haya cumplido la ley. Pero si el Señor se presenta como un Padre bueno, la relación que yo tengo con Él no depende, sobre todo, de lo bien o mal que yo haya actuado, sino que depende de un espíritu de adopción.
Eso significa que, a pesar de que nosotros no seamos buenos, aún podemos ir delante de nuestro Padre celestial, y nuestro Padre celestial nos recibe. Estos son asuntos asombrosos, hermano, porque si acaso el amor de Dios hacia sus hijos dependiera del accionar de sus hijos, tendríamos serias dudas de que el encuentro sea un encuentro agradable. Me recuerda el hijo pródigo, que se fue de la casa de su padre y estaba pensando si regresaba.
Cuando regresó, no regresó, hermano, porque tuvo un currículum de buenas obras. Él regresó apelando al carácter de su padre. Cuando el Señor nos manda a orar, nos invita a orar —más que mandato, el Señor nos invita a orar— no porque “qué buenos ustedes son y estoy deseoso de que, como son tan buenos, vengan a mi presencia”. El Señor nos invita a orar y nos dice: “Hijos míos son, y si son hijos míos, entonces tienen derecho a entrar a mi presencia”.
Luego aprendemos de la oración, hermanos, que es más que una fórmula: es una relación con Dios. Lo que aprendemos sobre la oración, hermano, es que es un encuentro agradable, no por nuestros méritos, sino por nuestra relación.
Y en medio de esto hay tres invitaciones del Padre que están en presente indicativo, que tenemos que considerar. La primera invitación que Él nos hace es una invitación a pedir. Él dice: “Pedid”. Somos nosotros los que necesitamos pedir, pero encontramos al Padre tomando la iniciativa también de invitarnos a que pidamos.
Pónganse ustedes, hermano, en esta relación: ¿quién es que necesita de Dios? Soy yo. ¿Quién es que tiene lo que necesito? Es Dios. Pero Dios, que tomó la iniciativa de una redención, al mismo tiempo también toma la iniciativa en oración. Y Él no se queda de manera indiferente a ver “si el hombre un día me ora”, sino que Él te dice: “Ey, vengan a mi presencia y pidan”.
Y cuando pedimos, hermano, como no es una relación de Padre-hijo, en esto no hay vergüenza. ¿Qué pasa con los hijos y los padres? Que los hijos les pedimos a los padres cosas que quizá no le pediríamos a un desconocido porque nos daría vergüenza. Pero si es mi padre, entonces le pido.
Y hay razones por las cuales tenemos que pedirle a Dios. Lo primero, hermano, es que tenemos que pedir porque al pedir y recibir se cultiva una relación. Hay una diferencia entre transacción y relación. Dios, el Padre, no quiere tener una transacción de provisión con sus hijos. Dios, el Padre, quiere tener una relación con sus hijos, de forma tal que esa relación termina en provisión.
Y otra pregunta, hermano: ¿quién es Dios para ti? ¿Quizás tú lo ves como el Ser todopoderoso que responde tus oraciones? Ese no es el Dios del Sermón del Monte solamente. El Dios del Sermón del Monte es un Dios que te dice: “Pídanme”. Y cuando me pidan, recuerden que yo soy su Padre. Dios no quiere que tú lo veas solamente como aquel que tiene el poder de hacer cosas con el poder de su palabra, aquel que puede hacer que las realidades cambien, aquel que puede conceder cosas. No es el rey que está sentado en su trono y cuando vienen los súbditos entonces responde cosas, aunque no conozca el nombre del súbdito. No. Tenemos un Dios que se ha presentado en una relación de Padre, y al pedirle a Dios, en pasos, estamos cultivando una relación.
Pedir, buscar y tocar: cultivando cercanía y dependencia
Hermano, la razón por la cual un cristiano ora es porque un cristiano quiere ser conocido, entre el trono de la gracia del Señor, como un hijo de Dios. Mientras preparaba esto me preguntaba, hermano: ¿cómo trataré yo a Cristo cuando me encuentre en la gloria? ¿Será conocida mi voz en el trono de la gracia? Cuando tú vayas a la presencia del Señor, ¿será la primera vez que vas a hablar con Cristo? ¿O quizás en esta tierra has cultivado una relación con Cristo de orar y recibir, a un punto tal que ya tienes confianza?
Bueno, mientras menos usted pida, la primera vez que usted le pida quizás le pida con vergüenza. Pero cuando el Señor le responda, usted va a venir la segunda vez, ya va a venir más cercano. Oramos, hermano, porque la oración nos hace cercanos a Dios, a un punto tal que un creyente debe anhelar ser conocido como un visitante frecuente del trono de la gracia, que cuando se encuentre en su presencia no sea la primera vez. Que no sea: “¡Guau, Señor! Estamos ante el trono del Señor, ante el trono de la gracia”. ¿Es tu voz escuchada, o la primera vez que comienzas a orar será cuando estés físicamente en su presencia?
Hermano, comencemos a orar desde ahora, porque la oración cultiva una relación filial entre nuestro Padre celestial y sus hijos. Pedir no es solamente recibir, pedir es al mismo tiempo cultivar. Pida un favor una vez: usted puede pedirlo como un desconocido. Pero si pide favores frecuentemente, aunque sea por necesidad, se hacen amigos. Vayan frecuentemente al trono de la gracia del Señor y no solamente recibirán del Señor grandes favores, sino que podrán llegar a ser conocidos como hijos de Dios.
Necesitamos pedir al mismo tiempo, hermano, porque cuando pedimos manifestamos carencias y manifestamos dependencia. Todo eso termina en humildad. La razón más frecuente por la cual los creyentes no cultivamos más la vida de oración no es tanto porque dudemos que Dios responde, sino porque dentro de nosotros hay una naturaleza caída que nos hace buscar nuestra provisión por nuestros propios medios. Y en esa provisión por mis propios medios entonces hay una vanagloria. Dice la Escritura que Dios resiste a los soberbios, pero que da gracia a los humildes. Un cristiano tiene que cultivar la oración porque cuando un cristiano ora,
se está humillando ante el Señor, está diciendo: “Tú tienes y yo no tengo. Yo soy limitado y tú no lo eres”. Lo hacemos también, hermano, porque así estamos más prestos a agradecer. Yo sé que todos nosotros agradecemos, hermano, pero cuando usted ha llevado ante el Señor motivos de oración concretos y el Señor ha respondido, su agradecimiento no es un agradecimiento etéreo. ¿Cuál es el agradecimiento del mal agradecido? “Gracias, Señor, porque tú me has dado todo lo que yo tengo”. Ese es el agradecimiento del mal agradecido.
Pero el agradecimiento de un cristiano que ha derramado su súplica delante del Señor es: “Gracias, Señor, porque aquí tú has provisto. Gracias, Señor, porque ahí tú has provisto”. No es que todas estas cosas yo me las estuve proveyendo para mí mismo, sino que es el Señor que ha respondido mis oraciones y ha respondido, y para cada una de esas cosas, la oración de agradecimiento del mal agradecido, de aquel que no ha orado, es siempre una oración general: “Gracias por la vida, Señor; gracias por los hijos; gracias por mi trabajo; gracias por mi salud”.
La oración de agradecimiento de aquel que ha orado es aquella que agradece al Señor cosas puntuales porque ha pedido delante del Señor asuntos específicos.
Pero también tengo que advertir: es peligroso no orar. Y ya sea, hermano, por un modo o por el otro, yo tengo en esto gran preocupación por mi iglesia. Cuando un creyente deja de orar, dice el libro de Santiago que lo que se apodera de su corazón es sumamente peligroso. Miren, les tengo que leer, hermano, miren lo que dice el libro de Santiago. Dice Santiago que nosotros no recibimos porque no pedimos. Escuchen qué dice Santiago: él dice que cuando ustedes no han pedido, ¿qué es lo que se va a apoderar de ustedes? Él dice: “Ustedes arden de envidia”.
Guau, escuchen lo que dice Santiago. Les respeto estas cosas: ¿qué es lo que sucede cuando una iglesia no ora? Busquen el libro de Santiago, hermano, tenemos que verlo. Versículo 2 del capítulo 4. La respuesta de todos estos problemas es que no estamos pidiendo. Y escuchen: usted va a decir “bueno, yo me voy a ir en automático, voy a dejar de orar, voy a dejar de pedirle al Señor; ¿qué es lo que va a pasar con mi corazón?”. Esta es la descripción vívida de lo que pasa cuando un creyente deja de orar. Por eso les digo: es peligroso no orar. No pedir, hermano, no solamente está mal, sino que nuestra alma corre peligro. Escuchen lo que sucede cuando un creyente no pide. Dice:
Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar;
combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.
— Santiago 4:2
Hermano, es peligroso no pedir, porque cuando no pidas te vas a llenar de codicia. Es peligroso no pedir delante de Dios, porque cuando tú no pides te vas a llenar de violencia. Es peligroso no pedir porque cuando dejes de pedir te vas a llenar de envidia. Es peligroso no pedir porque cuando no pidas te vas a llenar de impotencia y de luchas vanas. Hermano, no pedir no es solamente un estado neutral, es un estado de descomposición del alma. Es peligroso no pedir.
Y puede ser otra razón, hermano, por la cual tenemos que pedir: es que pedir nos cura de la vanagloria, de pensar que nosotros mismos hemos procurado nuestros bienes y nuestro beneficio. Lo primero que el Señor nos dice a nosotros es “pidan”. Y ese “pidan” es “pidan de nuevo”, no una sola vez. “Pidan” es un imperativo en presente indicativo: háganlo y háganlo pronto.
Yo te pregunto, hermano: ¿cuántos motivos de oración activos tú tienes ante la presencia del Señor? “Bueno, yo siempre voy al Señor y oro”. No: el Señor no te dice solamente que vayas y ores. Otra cosa es esta, hermano, otro peligro: ir a la presencia del Señor solamente como “te alabo”, sin ir a pedir. No: vaya y pida cosas específicas, cosas con las cuales usted no puede lidiar en su propia vida. Pida por su familia, pida por su trabajo, pida por su iglesia, pida por su salud, pida por su sueño; pero pida con palabras, de forma tal que esas peticiones eventualmente se conviertan en motivos de acción de gracias.
Buscar y llamar: entrar confiados en la casa del Padre
El Señor sobre todo nos dice: “Pidan, porque van a recibir”. Después Él dice: “Buscad”. Y esa búsqueda, hermano, podemos hacerla porque es nuestro Padre. Y cuando buscamos su presencia no somos imprudentes. El estado de una persona que está buscando no es el de una persona que está indiferente; es una persona que no solamente está pidiendo “ay, por favor”, sino que salió a buscar. Y esa búsqueda, hermano, es sobre todo en Dios, ya que podemos llegar a conocer aún más a Dios de lo que lo conocemos. Podemos conocerle más profundamente, más correctamente, más completamente. Es el estado de una persona que todavía tiene cierta hambre de recibir algo de Dios.
Y podríamos hablar de sus bienes, hermanos, pero sobre todo de su presencia. El Señor nos llama primero a que pidamos y después a que busquemos. En tercer lugar nos dice: “Llamad”. Y ese “llamad”, hermano, es una entrada sin ser inoportunos. Usted sabe la confianza que usted tiene con alguien, usted quiere saber si usted tiene una relación estrecha y definida: pregúntese, “¿yo puedo aparecerme en su casa sin ser inoportuno?”. ¿A cuántas casas usted puede ir y tocar sin anunciarse una semana antes? “Yo estaba pasando por aquí y entré”. Eso solo se hace en aquellas casas en las cuales usted tiene confianza.
El Señor está hablando de su presencia, está hablando de sí mismo. No solamente nos dice que pidamos, no solamente nos dice que busquemos, sino que también en este momento nos está diciendo: “Llamen y se les abrirá”. No serán inoportunos cuando ustedes toquen.
La realidad, hermano, es que muchas veces uno, si es sincero, tiene ciertas limitantes al ir a la presencia del Señor. Un caso, por ejemplo, hermano: es difícil pensar que podemos tocar la puerta del Señor cuando hemos cometido determinado pecado. Nos sentimos sucios, nos sentimos alejados de su presencia. Él te dice: “Toquen, que se les va a abrir”. Apelo de nuevo a la misma comparación que hizo el Señor: por sucio que esté un hijo, un hijo no se deja del otro lado de la puerta.
Por el despropósito que haya cometido un hijo, un hijo no se deja del otro lado de la puerta. El Señor está diciendo: “Ey, cuando ustedes sientan que se quedaron del otro lado de la puerta, toquen, y se les abre”. Quizás, hermano, tú te has ausentado de la casa. Hay temporadas en la vida de un cristiano en las que pierde el contacto con su Dios, a un punto tal que él puede llegar hasta pensar que ha perdido la familiaridad. Hace tiempo que no vas a su presencia, hace tiempo que no eres conocido; ¿tu voz se escucha en el cielo?, ¿tu voz es una voz reconocible, o hay que salir a ver quién está llamando?
Cuando estés en una temporada, hermano, de esas en las cuales tú sientas que te has ausentado de su casa, dice el Señor: “Toquen, y se les abrirá”. Hay veces, hermano, en que uno no se ha comportado a la altura de la familia de Dios, a la altura del llamado de Dios, y uno pregunta: “¿Puedo tocar?”. Y dice el Señor: Él no solamente nos invita a pedir, no solamente nos invita a buscar; al mismo tiempo Él nos invita a entrar. Y un creyente debe anhelar todas esas cosas.
Ahora pongo un punto de comparación que me parece que es muy relevante para nosotros como iglesia, sobre todo por el momento en que están gran parte de las familias que están aquí presentes. Miren, yo he visto a mis hermanos, de hace tres años para acá, correr intensamente de un lado al otro para proveer para los suyos. Yo les he visto manifestar una diligencia, hermano, que me ha dejado absorto, sorprendido. Yo digo: “Guau”. Algunos han tomado trabajos adicionales, algunos han hecho diligencias adicionales, algunos están haciendo grandes sacrificios personales. Y cuando yo hablo con ellos, me dicen: “Es que estamos teniendo hijos; un niño tan pequeño, hay que proveer para los nuestros”. Gloria al Señor por todo eso.
He estado hablando con parejas de nuestra iglesia; yo les he preguntado frecuentemente estas semanas, a la luz de lo que voy a predicar, les pregunto: “¿A qué hora están comenzando el día?”. Muchos están comenzando el día a las 5 de la mañana, a las 5:30, 6. Yo les pregunto: “¿Y cómo es su mañana?” A las 5 suena el despertador, corriendo a atender al niño, a la niña, para salir corriendo, dejarlo en el colegio. ¿Y qué es lo que sucede, hermano? Que hay una diligencia especial
que viene emanada con la paternidad, como un sentido de responsabilidad. Y eso no solamente entre nosotros, hermano; cualquier persona con un poco de cordura, cuando llega a procrear, como que llega a tener cierto peso, cierta responsabilidad especial.
Bueno, pues esa es precisamente la comparación que el Señor está haciendo. Él dice:
Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos,
¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
— Mateo 7:11
¿Qué es lo que un padre trata de darle a su hijo, hermano? La mejor alimentación. Yo he tenido dos conversaciones donde me explican lo que son los DHA y la colina, y determinados nutrientes que tiene tal leche que la otra no lo tiene. Y yo digo: “¿Y qué es lo que pasa?”. Es que cuando usted quiere proveer para lo suyo, usted termina buscando la mejor alimentación.
Conversación entre padres frecuentemente es: “¿Cuál leche te han puesto a ti, hermano?”, “Oye, pero aparece esa otra leche”. Son pocos los padres que, cuando les ponen una leche especial al niño, le siguen dando la misma leche de siempre. ¿Y qué es lo que pasa? Dejan de hacer otras cosas para salir a buscar esa leche.
Vean qué ejemplo más apropiado ha puesto el Señor con relación a su intención de proveerles. “Pero si ustedes se vuelven locos tratando de buscarles a los suyos —pongo un ejemplo— la mejor alimentación, ¿cuánto más su Padre celestial, que es bueno, no les dará a ustedes las cosas que están pidiendo?”
La mejor educación. Los sacrificios que hace un padre para decir: “No es que yo no quiero que él estudie en ese colegio, sino en el otro”. Ir a una universidad, hay que buscar la universidad, hay que pagar, hay que buscar. Yo he visto padres, hermano, haciendo esfuerzos; se están dejando de vivir para que sus hijos lleguen a tener tres puntos más de oportunidades en la vida a través de sus estudios. Y si esos somos nosotros, que somos malos, que podemos darle a nuestros hijos la mejor alimentación y la mejor educación, ¿cuánto más nuestro Padre celestial no querrá darnos a nosotros todas las cosas que nos convienen?
La mejor seguridad que les sea posible, el mejor cuidado. Esto es relevante, hermano, porque no está diciendo: “Si ustedes, en las áreas donde ustedes se cuidan mucho —y ustedes son malos— lo hacen, ¿qué confianza podemos tener de que nuestro Padre celestial hará por nosotros todas estas cosas?”
Dios quiere que pidamos: provisión y relación
La realidad más fuerte, hermano, que me parece más asombrosa, es que Él no está diciendo simplemente “yo les daré”, sino que está diciendo “pidan”. Y en esto hay una gran lección para nosotros, porque estas preguntas le llegan al hombre de vez en cuando. Nos dicen: “¿Y por qué Dios no nos provee? Pero si Dios es todopoderoso, ¿por qué Él no nos da todas las cosas que necesitamos y ya?”
Sorprendente, hermano: hay cosas que el Señor ha condicionado a que el pueblo le pida esas cosas al Señor en oración. Escuchen esto, hermano, es sorprendente: hay cosas que Dios, que es soberano, ha condicionado. “Aquello yo quiero darlo, ya yo estoy diciendo que lo quiero dar, pero yo lo voy a dar cuando ustedes me las pidan”.
¿Y qué es lo que pasa? ¿Por qué Dios es así? Es que Dios es Dios. Él es real, Él es una persona, y Él quiere tener una relación con su pueblo. Y cuando el pueblo coloca a Dios en el lugar de “proveedor”, pero no en el lugar de “Padre amoroso que quiere relacionarse con los suyos”, entonces hemos desvirtuado la relación con Dios, y ya solamente estamos apelando a sus beneficios.
El Señor te está diciendo: “Pídanme”, y yo lo quiero repetir. Él no dice: “Yo lo voy a dar y ya”; Él dice: “Yo quiero que ustedes lo pidan”. Es que cuando tú pides no solamente consigues provisión, sino que al mismo tiempo tú cultivas una relación con Dios.
Y no solamente creces en bienes, sino que también creces en cercanía. Dios no solamente quiere darte regalos; al mismo tiempo Él quiere entregarte sus regalos mientras estás pidiendo. Es como el padre que quiere agradar a sus hijos, pero Él espera que sus hijos manifiesten el interés.
Díganme, hermano, no es lo mismo. Es el mismo regalo: tú cómprale a tu hijo la pelota que tú crees que él necesita, que ni siquiera te está pidiendo, a que tú escuches que tu hijo quiere la pelota. Y tú, en el momento específico, cuando le conviene, y cuando tú entiendes que es la mejor manera de agradarle, tú le estás dando la pelota que tu hijo está esperando.
Mal haría un padre si solamente proveyera para los suyos. Bien hace un padre cuando también, aparte de proveer, se relaciona con los suyos. Y me parece, hermano, que nuestro Dios, en el Sermón del Monte, está diciendo que quiere tener con nosotros una relación. Esa es una oportunidad que como pueblo deberíamos de aprovechar.
Por asuntos de tiempo, no quiero dedicarme a decirles, pero yo he encontrado por lo menos cinco cosas que el Señor ha dicho que Él puede hacer y que quiere hacer, pero que también ha dicho que hará cuando el pueblo ore para que esas cosas se hagan. La primera la ven aquí: que es la provisión material. Lo otro es la salvación. A mí me sorprende, hermano, que Dios, que soberanamente obra su salvación, quiera que nosotros oremos para que avance su reino, que el pueblo ore por la salvación, por el avance del reino.
Uno pudiera decir: “Pero si Dios va a salvar, que salve como quiera”. No: es que el Señor quiere salvar y quiere que nosotros participemos en esto, a través del deseo genuino de que venga su reino, de que se haga su voluntad. Al mismo tiempo, hermano, hay bienes materiales; sí, el Señor quiere cuidar tus necesidades, pero el Señor quiere que tú ores por esas necesidades.
El llamado principal que le puedo hacer, hermano, en estos versículos del Sermón del Monte, es que no solamente consideremos que nuestro Dios puede, sino que nuestro Dios quiere. Dios quiere relacionarse con nosotros. Que no solamente veamos a Dios como el Dios poderoso que tiene riquezas en gloria, sino que veamos a este Dios tierno que quiere relacionarse con nosotros y que nos invita a orar como Padre, como “padrecito”.
Practiquemos estas cosas más y comencemos desde ahora mismo a orar al Señor por necesidades que tengamos, apelando a que Él es bueno, a que Él quiere hacerlo. Y que cuando lo hagamos, hermano, anhelemos construir una relación.
Oración congregacional: ejercitando el derecho de hijos
Cierren sus ojos ahí un momento y permítanme orar por las necesidades de la iglesia. Mantén tus ojos ahí cerrados, hermano, y creo que como iglesia, hoy más que nunca tenemos necesidades de oración.
Señor, aquí estamos en tu presencia. Padre, estamos en tu presencia. Por tu misericordia hemos sido llamados hijos. Apelamos, Padre, a esto; si se le puede llamar como “derecho”, quizás sea tan inapropiado, pero apelamos a este sentido, Señor, de pertenencia que nos compele a venir a tu presencia.
Tal y como somos nosotros como iglesia, Señor, venimos pidiendo ante tu presencia, ante la presencia del Padre. Padre querido, Abba Padre. Padre amoroso, Padre cercano. Tú que has dicho que quieres darnos todas estas cosas. Venimos a tu presencia, Señor, y lo primero que manifestamos es que lo que más nos interesa es fortalecer una relación contigo de cercanía. No solamente queremos adorar al Creador distante que hace el cielo y la tierra por el poder de su palabra, queremos recostarnos en su regazo. Queremos tomar, Señor, la mejor parte.
No solamente apelamos a tu provisión; apelamos, Señor, a tu deseo de tener comunión con tu pueblo. Padre, pido por mis hermanos que están aquí, que quizás, al igual que yo, por temporadas han menguado su ruego en oración ante tu presencia. Padre, no te pido solamente que les proveas; te pido, Señor, que puedan tener una relación cercana contigo, una relación de Padre a hijo.
Utilicemos, Señor, nuestras necesidades para relacionarnos contigo, para conocerte más, para venir a tu presencia. Señor, trae en esta iglesia una temporada de relaciones fructíferas con su Dios. Permite que la voz de los miembros de esta iglesia, Señor, sea una voz conocida en el cielo, reconocible. Y cuando nos encontremos en tu presencia, Señor, tengamos una historia de ruego frecuente y de frecuentes motivos de acción de gracias puntuales y precisos por las cosas que ya nos has concedido.
Guau, Señor, que cuando nos encontremos contigo en gloria no sea la primera vez que tengamos un motivo de conversación, que podamos hablar, Señor, del pasado y recordar cómo has provisto para nosotros.
Te invito ahí, hermano, a que en oración le digas al Señor: “Abba, Padre”. A que ejerzas el derecho que tienen los hijos de entrar a la casa y caminar hacia las habitaciones de su Dios, figuradamente hablando.
Gracias, Padre, porque podemos movernos con libertad en tu presencia, no por nuestros méritos, sino por nuestra relación. Gracias, Señor, porque tenemos libre acceso ahora contigo en la montaña, y en vez de alejarnos, nos acercas. Gracias, Señor, por esta gran diferencia. Gracias por los méritos de Cristo, Señor, que nos han acercado.
Mantén tus ojos ahí cerrados, hermano, y tengo que pedirte encarecidamente no solamente que estrenes hoy este derecho, que desempolves hoy este derecho, hermano, sino que lo cultives especialmente en esta semana. Permítenos, Señor, entrar y salir frecuentemente de tu presencia el lunes, entrar y salir frecuentemente de tu presencia, Señor, el martes, miércoles, jueves, viernes. Durante toda esta semana.
Permite que de esta iglesia suba un clamor, Señor, especialmente en octubre, y que podamos, Señor, asimismo testificar con precisión de las maneras en que tú has estado proveyendo para tus hijos.
Si acaso, hermano, has menguado la oración, si acaso, hermano, has descuidado tus hábitos devocionales, este domingo es un buen momento para recomenzar. Trae, Señor, nuevos alientos, trae, Señor, nuevas convicciones. Trae, Señor, también testimonio, trae cercanía. Permite que las voces de los miembros de esta iglesia sean voces reconocidas en los cielos. Trae, Señor, especial provisión.
Tercera realidad, ahora: si aquí hay personas que todavía no tienen una relación estrecha con el Señor… Ser hijo de Dios no es un decir, es un derecho, es una potestad. Si aquí hay personas que todavía no se saben hijos de Dios, si aquí hay personas que todavía no tienen la convicción de ser aceptos ante su presencia, lo que tengo que decirte es: pecador, no te expongas; Dios es santo.
Solamente por los méritos de Cristo, solamente por su sangre que ha sido puesta sobre nosotros, podemos ir a la presencia del Padre. Dice la Escritura:
A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.
— Juan 1:11-12
Si tú no tienes la plena convicción de ser hijo, si estás todavía a nivel de criatura, hoy es día de salvación. Puedes decirle al Señor ahí, en oración: antes de pedir por cosas triviales, pide por una relación verdadera con Dios, pide por una relación de Padre a hijo.
Dile ahí en oración: “Tu palabra dice que a los que te recibieron… te recibo. Tu palabra dice que para los que creen en tu nombre… creo en tu nombre”.
Dile al Señor ahí que te reciba como hijo suyo. Dile: “Perdona mis pecados, perdona las iniquidades que me habían mantenido lejos del monte”. Dice la Escritura:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados
y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Dice la Escritura que aunque tus pecados sean rojos, rojos como el carmesí, vendrán a ser blancos. Tu corazón vendrá a ser blanco. Pídele al Señor ahí que eche tus pecados a lo profundo del mar, que cumpla la promesa que Él ha hecho, que no se recordará más de ellos. Dile: “Perdona mis pecados, acéptame, dame la potestad de ser llamado hijo tuyo”.
No le pidas al Señor bienes primero; pídele una relación de Padre e hijo, y tendrás al Padre y tendrás los bienes.
Si has hecho esta oración, no es una fórmula mágica; es una entrega sincera de convicción ante el Señor. Él ha dicho que todo lo que el Padre le da vendrá hacia Él, y al que a Él viene, Él no le echa fuera. Bienvenido a la familia de Dios. Es el Espíritu Santo que pone convencimiento de pecado, de juicio, de justicia, el que regenera.
Dice la Escritura:
El que creyere y fuere bautizado será salvo.
— Marcos 16:16
Dice Hechos, capítulo 2, que los que habían creído, los que recibieron su palabra, fueron bautizados y añadidos a su iglesia. Termino orando por toda esta congregación.
Trae, Señor, la convicción de la mejor parte. Permítenos cultivar nuestro derecho de hijos, Señor, y cómo no, Señor, al mismo tiempo respóndenos como Padre ante nuestras carencias y necesidades. Manifestamos, Señor, que la cosa más extraordinaria que tenemos es una relación contigo, cercana, para tu gloria, en el nombre de Cristo.
Amén.
Que el Señor les bendiga, hermano, que el Señor les provea.