Dios le bendiga, hermanos, amigos queridos. Acompáñenme en la sagrada Escritura, estemos juntos en el Evangelio de Mateo en el capítulo 10. Pónganse un momento sobre sus pies para que leamos la Escritura. Evangelio de Mateo, capítulo 10, desde el versículo 26 y hasta el 33. Hoy le damos continuidad a este capítulo de la Escritura que durante varias semanas hemos estado exponiendo. Desde la última parte del capítulo 9, el Señor mostrando que la mies era mucha y los obreros pocos; luego avanzamos a la primera parte del capítulo 10, el Señor eligiendo y enviando a sus doce apóstoles, apóstoles de Jesucristo. Luego estuvimos viendo la semana pasada acerca de las persecuciones venideras, y cómo el Señor vívidamente describió cuál sería la hostilidad que enfrentaría todo aquel que fuera al mundo a dar el mensaje del Evangelio. Y hoy, con la ayuda del Señor, continuamos esta exposición desde el versículo 26 y hasta el versículo 33.
Es muy parecido a lo que vimos el domingo pasado. Si el domingo pasado el énfasis estaba en tener una perspectiva clara al respecto de la persecución, que es real, que la viviremos, hoy el énfasis estará en tener aliento en medio de la hostilidad: cómo testificar sin temor. Dice así la Escritura, Evangelio de Mateo, capítulo 10, desde el versículo 26 en adelante. Así que, dice el Señor:
Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse. Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.
Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.
A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
— Mateo 10:26-33
Puede sentarse, hermanos, amigos queridos. Hay una expresión que es recurrente en todos estos versículos. Tres veces el Señor menciona la misma expresión, la expresión es: “no temáis”. Al principio del versículo 26 pueden ver la expresión “no temáis”. Luego, al principio del versículo 28 se repite la misma expresión: “no temáis”. Y más tarde, en el versículo 31, el Señor reitera el mismo estribillo: “no temáis”. Es evidente que el Señor está tratando de que, dada la descripción vívida que hizo de las persecuciones, los discípulos no lleguen a estar en un estado de inoperancia y no quieran salir a dar el mensaje. Por eso vez tras vez el Señor les dice: “no temáis, no temáis y no temáis”.
Proporcionalmente hablando, hermanos, es vergonzoso el número de creyentes que se entregan a vivir su fe en una manera tan discreta que se vuelven inútiles para la predicación del Evangelio. Son estos creyentes que pretenden vivir en silencio, cuando se nos mandó a proclamar un mensaje desde las azoteas. Son aquellos que permanecen paralizados ante los hombres por temor a ser destruidos y se ocupan tanto en cuidar de ellos mismos que son presa del temor a quedar desamparados. El Señor conocía la naturaleza de sus discípulos y Él sabía que si no les alentaba fuertemente con un “no temáis, no temáis, no temáis”, el mensaje que los discípulos tendrían que dar al mundo se quedaría guardado en sus mentes y corazones. El Señor sabía que, si no tenían un impulso muy fuerte, la impresión que generan los hombres a los cuales ellos darían un mensaje bloquearía el intento.
El Evangelio como mensaje revelador que provoca hostilidad
Pretendo hoy utilizar estos tres “no temáis” para mostrarle a la iglesia tres cosas. Primero, un “no temáis” para que no tengamos temor de dar el mensaje que el Señor nos ha mandado a dar. Después, un “no temáis” para que no tengamos temor a ser destruidos por los hombres. Y después, un “no temáis” para que las limitaciones del tiempo presente, este temor a ser desamparados, no nos impida hacer lo que el Señor nos ha mandado a hacer. Aquel Señor nos ha mandado a que prediquemos el Evangelio. Comienzo mostrando el temor a dar un mensaje. Dice el versículo 26: así que no los temáis, porque nada hay encubierto que no haya de ser manifestado, ni oculto que no haya de saberse.
El Señor envió a sus discípulos a predicar y les está diciendo: no teman. Cristo presentó su mensaje, esto es el Evangelio, como un agente revelador. Miren, dondequiera que la palabra del Señor es predicada, cosas son manifestadas. Dondequiera que la palabra del Señor es predicada, lo oculto se hace evidente. La experiencia recurrente es que alguien siente que se está predicando contra él o sobre él; dicen: “pero esa persona está hablando sobre mí”. Hermanos, es un asunto impresionante, pero la predicación del Evangelio, tal cual lo muestra la Escritura, produce que las cosas sean reveladas y que los hombres vean su verdadera condición. Cuando el Evangelio es predicado, uno se siente confrontado por el Señor; uno siente como si le estuvieran mirando; uno siente que está como a la intemperie, al descubierto; uno se siente desnudo.
Y sería esperable que esa sea una sensación agradable, sin embargo, no lo es. El Evangelio divide toda audiencia en dos grupos. Hay personas que, al sentir su vulnerabilidad, al sentir cuál es su verdadera condición, por una obra impresionante del Señor, se arrepienten de sus pecados, vienen al Señor en arrepentimiento y fe. Sin embargo, hay otros que, al sentir su verdadera condición, lo que se sienten es verdaderamente ofendidos. Esto es un “no temáis” muy necesario, porque la humanidad ha aceptado como civilismo que la gente practique cualquier pecado, pero que lo haga en privado. Y cuando es predicado el Evangelio, los pecados ocultos son manifestados y las personas dicen: “yo hasta este momento no sentía que eso era desagradable, ahora puedo ver cuál es mi verdadera condición delante del Señor”.
De hecho, las leyes rigen los asuntos públicos, sin embargo, la ley de Dios condena los asuntos del corazón y hasta los pensamientos. Es como una espada cortante, hermano, que atraviesa hasta los tuétanos, dice la Escritura. El Evangelio predicado siempre hará que lo encubierto sea manifestado y que lo oculto llegue a saberse. Por eso la Escritura dice “no temáis”. Yo sé que la presentación del Evangelio revelará cosas.
Ilustración del médico de Budapest y la reacción ofensiva al diagnóstico espiritual
Esto me recuerda a una anécdota de la historia de la medicina. Cuando todavía la microbiología no había avanzado mucho, hubo un médico de Budapest que, de manera empírica, pudo demostrar que las mujeres que daban a luz en los hospitales tenían muchas más probabilidades de contraer una enfermedad y morir que las mujeres que daban a luz en sus casas. Él fue contando y encontró que el 30% de las mujeres que daban a luz en un hospital enfermaban de infecciones varias y terminaban muriendo. Sin embargo, solamente el 2% de las que parían en sus casas tenían la misma situación. Su contribución fue grande, porque en ese tiempo todavía no había avanzado la ciencia a un punto tal que pudieran entender lo que estaba pasando, pero él pudo inferirlo por medios empíricos.
En su hospital, él resolvió el asunto poniendo un frasco de agua y jabón y les decía a los médicos: “cuando ustedes salgan de atender a un paciente, lávense las manos antes de atender al próximo”. Él no sabía lo que estaba pasando, pero sabía que había algo que estaba en las manos de los médicos que contagiaba a las mujeres cuando estaban dando a luz. Cuando comenzó a implementarse la práctica, descendió del 30% al 10%. Se esperaría que esto sea tenido como un gran avance de la ciencia médica, que este doctor recibiera el aplauso de la sociedad y el reconocimiento público por su gran innovación. ¿Qué fue lo que encontró el hombre? Que había bacterias en las manos que él no podía identificar cómo se llamaban, pero que podía inferir que algo había en las manos de los médicos.
Sin embargo, lo que sucedió fue muy diferente. Este médico no fue aplaudido, sino que los médicos se pusieron a una, le bloquearon y fue expulsado. “¿Cómo va a ser que este hombre venga a decirnos a nosotros, médicos, que nuestras manos están sucias? ¿Cómo va a ser que las manos de los médicos van a estar sucias? En las manos de los médicos está la salud. De hecho, en la antigüedad, lo más parecido a un médico era Dios. Las manos de un médico son puras, como las manos de Dios”. Este médico decía: “no, en sus manos hay problema, y a menos que se laven las manos la gente va a seguir muriendo”.
Hermanos, la predicación del Evangelio produce lo mismo. Nosotros les decimos a los hombres, que están muy conformes con su condición, que están muy conformes con sus pensamientos, que están muy conformes con su estilo de vida, lo que Dios realmente piensa de ellos. Y les leemos:
Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír.
— Isaías 59:2
Y tú le estás diciendo; la gente te dice: “¿tú me estás diciendo que yo estoy entonces separado de Dios? O sea, que mis manos están sucias. O sea, que las únicas manos limpias son las tuyas porque te las lavaste con jabón”. Los médicos entonces tenían que lavarse las manos. Cuando predicamos el Evangelio la gente siente que le estamos diciendo que su corazón necesita ser lavado con jabón.
Les leemos:
¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.
— Santiago 4:4
“Ah, pues los únicos amigos de Dios son ustedes”. De hecho, esta fue la condición de todos los creyentes según:
En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.
— Efesios 2:12
Eso es lo que hace la predicación del Evangelio: decirle a la gente “ustedes están sin Cristo, sin esperanza y sin Dios en el mundo”. Es un mensaje, hermano, que a aquellos que el Señor va a alcanzar con salvación les produce esperanza. Pero en otros produce una ira, una desesperación que hace que se tornen violentos. Por eso dice el Señor: no temáis a dar el mensaje. Yo sé lo que el mensaje va a provocar, no temáis; lo oculto ha de ser manifestado.
El temor natural a testificar y la obediencia por encima de la habilidad
Es esperable, hermano, que todo el que predica el Evangelio sienta un temor. No podemos negarlo, no es un mensaje cómodo de predicar. No somos inconscientes, sabemos que estamos dando un mensaje no solicitado. Frecuentemente la gente te dirá: “¿y a ti quién te preguntó? ¿Quién eres tú para meterte con mi vida? ¿Qué te importa a ti mi relación con Dios? Yo tengo una relación con Dios perfecta, mis manos están muy limpias”. Dice la Escritura que este es un mensaje revelador, y es revelador porque hace que las personas que no sabían su condición lleguen a saber cuál era.
Yo no he venido hoy a dar una charla médica, hermano, pero también sucede en la práctica de la salud que cuando una persona tiene una enfermedad catastrófica, frecuentemente agrede al médico. Están en negación. Te están diciendo: “tienes una enfermedad terminal”. “No, yo no tengo esa enfermedad. ¿Quién es usted para decir que yo estoy enfermo?”. “Yo soy el médico que ha visto las analíticas, que he visto el patrón del cuerpo, que he visto la ruta crítica y entiendo que, a menos que se haga algo urgente, quizás a usted le queden pocos meses de vida”. “¿Y quién es usted para determinar eso? ¿Usted es Dios, que usted sabe cuándo va a terminar mi vida?”. El médico está tratando de traer tu salud, pero tú estás tratando de agredirlo.
Dice el Señor que no temamos, hermano, porque le estamos diciendo al mundo que están muertos en sus delitos y pecados, y en vez de lanzarnos flores nos lanzarán piedras. Es cerrar los ojos ante la evidencia. Primer aspecto, hermano querido: dice que no temamos de dar un mensaje; la gente no va a recibir este mensaje de buen agrado. Yo quisiera a veces que la predicación del Evangelio sea un asunto selectivo, que yo pudiera predicar el Evangelio solamente aquellas personas en quienes el Señor en ese momento va a operar salvación. Qué maravilloso sería. Me recuerda aquel hombre que, cuando el Señor estaba haciendo una obra preciosa en la vida de Saulo, el Señor llamó a un discípulo, le dijo: “ve a tal casa, a tal lugar, y encontrarás a un hombre llamado Saulo”. Y el hombre le dijo: “Señor, de ese hombre yo he escuchado las grandes cosas, las terribles cosas que hace a todos los cristianos”.
Entonces Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén; y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel.
— Hechos 9:13-15
Él fue, y cuando fue, hermanos, Saulo ya tenía un corazón receptivo al Evangelio. Y qué encuentro precioso entre dos creyentes. El asunto es que el Evangelio no solamente se le predica a aquellos que están determinados para salvación. El Evangelio se le predica a todo el mundo, y cuando las personas que no vendrán a proceder a salvación escuchan el Evangelio, para ellos este es un mensaje tremendo, un mensaje inconsecuente, un asunto irracional, extremadamente ofensivo. “No temáis”, dice el Señor, “síganlo predicando; lo oculto ha de saberse, lo que estaba escondido ha de manifestarse; el Evangelio manifiesta cuál es la verdadera condición de los hombres”.
Cristo previó que sus obreros podían asumir un rol muy discreto, y es mi temor. Dada la realidad, hermano, que cuando predicamos el Evangelio la gente frecuentemente nos ignora, frecuentemente mira para otra parte, frecuentemente nos agrede, podría hacer que nos sintamos arrinconados y que hagamos una tarea que es muy discreta, y es quedarnos callados. Dice el Señor: no temáis. Versículo 27: lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas. El llamado es a proclamarlo desde las azoteas.
Proclamar desde las azoteas versus vivir un cristianismo discreto
La mayoría de los creyentes en este tiempo pretenden proclamar el Evangelio de manera tan discreta que se vuelven inútiles. Ellos dicen: “no, no desde las azoteas, mejor vamos a hacerlo desde las habitaciones, callados aquí de uno a uno”. El Señor está pensando en que, en el primer siglo, las casas eran casas de un nivel, pero tenían una escalera hacia la azotea, y la vida en la azotea: tú veías desde la azotea a las personas que caminaban por las calles, y desde una azotea tú podrías gritar a una gran cantidad de personas el mismo mensaje. Él está diciendo: súbanse a la azotea, no esperen que la gente entre a la casa. No esperen que la gente entre a las habitaciones; súbanse en el techo y grítenlo desde el techo, proclamen desde allá el Evangelio.
Recuerden la palabra “proclamadlo”. No estamos hablando aquí de un asunto privado, es gritarlo a viva voz. Recuerdo aquel precioso himno que cantamos en la Navidad: “Ve, dilo a la montaña, ve, dilo a la montaña; a todas partes y alrededor, ve, dilo a las montañas”. Es proclamarlo a viva voz. No es común que mis hermanos en este tiempo proclamen el Evangelio. Lo más frecuente es que ellos esperen que el Evangelio sea notado en ellos. En mercadeo, por ejemplo, hay una encuesta que frecuentemente se le hace a las personas. Le preguntan, de una escala del cero al diez, qué probabilidades hay de que usted recomiende esta empresa.
Quizás has recibido por teléfono o por correo una encuesta donde te preguntan: “¿qué probabilidades hay, de cero al diez, de que recomiendes este producto?”. Lo que han encontrado quienes hacen estudios de mercado es que quienes responden en una escala que va del cero al seis realmente no van a recomendar nunca el producto, y son más bien detractores. Cuando alguien les pregunta por el producto, darán una retroalimentación negativa. Los que están en una escala del siete al ocho son neutrales y mantendrán su boca cerrada. Pero los que están profundamente convencidos de la utilidad de ese producto, del servicio de esa organización, son los que están entre el nueve y el diez; a ellos les llaman “promotores”.
Hermano, ¿de qué depende que usted proclame el mensaje de Cristo? Usted tiene que estar absolutamente convencido de que este mensaje marca la diferencia. Usted tiene que estar absolutamente convencido de que este mensaje ha transformado su vida. Usted tiene que ser un testimonio viviente de que el poder del Evangelio es real porque ha cambiado su propia vida. Sin embargo, hermano, si usted no nota el poder del Evangelio operando en usted mismo, ¿qué probabilidades hay de que usted salga de la casa, se suba encima del techo y proclame el Evangelio en todas partes? Ninguna.
Mi temor es lo discreto que se vive el Evangelio en nuestros días. Recuerdo haberles comentado la anécdota porque a mí me impactó de manera muy profunda. Estaba en una empresa participando en una reunión, era algo comercial, y había cerca de siete personas en una habitación, una mesa larga en un salón de conferencias. Una de las personas con las cuales estábamos interactuando me dijo: “Rafael, ayer” —era un lunes—, “ayer domingo estuve en una iglesia evangélica”. La verdad es que no estábamos hablando de asuntos espirituales, ni nada parecido, pero dada la realidad de que esta persona me dice que ayer estuvo en una iglesia evangélica, yo no puedo hacer nada más ni nada menos que detener la conversación y preguntarle: “¡wow, celebrarlo, qué bueno, gloria al Señor!”. Le pregunto: “¿dónde estuviste?”. Y me dijo el nombre de la iglesia, y cuando me dijo el nombre de la iglesia me gocé aún más: “gloria al Señor, son hermanos muy queridos”.
Indiferencia dentro de la iglesia y las razones por las que no testificamos
Pero sé que en la iglesia donde estuvo también está congregado un hermano, una persona que está del otro lado de la mesa, sentado justo frente a mí. Y le digo: “Fulano, ella estuvo el domingo en tu iglesia”. Él estaba mirando algo en su celular y miró hacia allá y dijo: “oh, sí, estuviste en mi iglesia. ¿En cuál de los cultos, el primero o el segundo?”. Alguien estuvo en tu iglesia, en tu iglesia, sentado, adorando al Señor junto a ti, alguien que no es cristiano, alguien que visitó la iglesia cristiana por primera vez. La pregunta no debía ser “en el primero o en el segundo”. La pregunta debía ser: “¡Gloria al Señor! ¿Cómo te fue? ¿Cómo te sentiste? No te vi; ¿volverás el próximo domingo? Siéntate al lado mío. Qué bueno que estuviste en mi iglesia. Mira, déjame presentarte, déjame hablarte”. Hermano, ese era el momento de dar testimonio de Cristo.
Evidentemente esta persona no estaba en la escala del nueve en adelante; probablemente era un cuatro, porque con su actitud no solamente era neutral, él estaba siendo un detractor a la causa del Evangelio. ¿Cómo va a ser que una persona estuvo adorando al Señor, quizás por primera vez en su vida, justo al lado tuyo, te lo está diciendo y tú no lo celebras? Lo que más lamento es que podría ser esta la situación de muchos de mis hermanos que están aquí congregados en este momento, que alguien mañana les diga que estuvo en la casa del Señor y él le pregunte: “¿en el primer culto o en el segundo?”.
La mayoría de los creyentes no proclaman el Evangelio, y no lo hacen, hermano, por causas que son muy conocidas. La razón por la cual la mayoría de los creyentes no proclaman a Cristo desde las azoteas, como dice la Escritura, es que pretenden recibir al mismo tiempo el aplauso de Dios y el aplauso del mundo. Quieren ser celebrados en este tiempo y al mismo tiempo llegar a la presencia del Señor y que Él les diga: “ven, buen siervo y fiel”. Hermano, no es posible. Usted será celebrado por uno o por el otro. Usted será aborrecido por el mundo y celebrado por Cristo, o celebrado por el mundo y aborrecido por Cristo.
La razón por la cual no lo hacemos de manera más frecuente no son razones misteriosas, hermanos, son muy bien conocidas. Es que son muchos los creyentes que sostienen un entendimiento errado sobre lo que es la vida en Cristo y fuera de Cristo. Son muchos los creyentes que todavía ven su experiencia cristiana, su nuevo nacimiento, como un pequeño cambio en la dirección correcta.
Conversión: de muerte a vida, no un pequeño ajuste moral
Hermano, la Escritura no enseña el arrepentimiento y la fe en Cristo como un pequeño cambio en la dirección correcta. Enseña, hermano, que eso es pasar de muerte a vida. Es como una persona que estaba al borde de la muerte y ha sido rescatada con la mano poderosa del Señor. Eso es un testimonio andante. Es una persona que estuvo inconsciente durante gran parte de su existencia y en este momento sus ojos han sido abiertos y él ha visto la luz. Es digno de ser entrevistado. Sin embargo, si tú ves tu experiencia con Cristo solamente como un pequeño cambio en la dirección correcta, tú entenderás que las personas a las cuales vas a dar testimonio no tienen tanta necesidad como la necesidad que realmente tienen, porque tú crees que solamente es un pequeño cambio en la misma dirección.
Hermano, dice la Escritura que si tú no estás en Cristo estás muerto, y que si estás en Cristo has pasado de muerte a vida. Que cuando una persona dé testimonio de Cristo debería ver la conversión como un acto dramático, trascendental. Tú deberías hablar de ti en dos momentos: antes de Cristo y después de Cristo. Si tú ves que la vida cristiana es solamente un pequeño cambio en la dirección correcta, eres ineficiente, eres inútil en la labor de dar testimonio del Señor.
¿Cuántos son los hermanos míos que pretenden ser políticamente correctos? Los hombres en nuestros días dicen que hay tres temas de los cuales no se habla. No se habla de dinero; “si usted es una persona civilizada, por favor, en la sobremesa no venga a hablar de dinero, no se habla de dinero”. Te dicen: “no se habla de política”, y “no se habla de religión”. Lo que he visto, hermano, es que realmente se habla mucho de dinero, se habla muchísimo de política y hasta de religión, pero nosotros no hablamos.
¿Cuántas son las veces que tú has visto el tema encendido, hablando de un asunto cristiano, de un asunto de fe, de un asunto de la Biblia, y tú permaneces haciendo lo que tú estás haciendo, porque tú entiendes que “es mejor no participar para no ponerme, porque yo no quiero ser ofensivo, porque ellos no piensan igual que yo”? Yo lo sé: de dinero se habla muchísimo. De hecho, en una empresa todo el mundo anda investigando cuánto gana fulano, “¿tú crees que le aumenten este año?”, y la gente habla con mucha naturalidad: “¿tú crees que llegues a fin de mes? ¿No vas a llegar a fin de mes? ¿Tú leíste Padre rico, padre pobre? ¿Qué te pareció? Hay que poner un negocito”. La gente habla; el emprendimiento al día de hoy no es un tema del que no se habla, se habla.
Y de política, hermano, los canales de UHF están dedicados a eso. Usted enciende un televisor, en cualquier canal de UHF encontrará un escritorio con dos productos promocionales y tres personas hablando de política. Se habla mucho, hermano, de esos temas, pero a nosotros nos quieren arrinconar. Hermanos, tenemos que hablar de Cristo, y hablar de Cristo puede ser ofensivo, pero hay que hablar de Cristo. Nosotros no podemos hacer otra cosa que dar un mensaje que se nos ha mandado a comunicar.
Miedos comunes: vergüenza, falta de respuestas y falsa idea de “cartas leídas”
Yo puedo identificar más razones, porque son las mismas razones que yo experimento. Yo no hablaba de Cristo porque tenía un temor apabullante a ser avergonzado, a ser arrinconado, a que me hagan preguntas para las cuales yo no tenía respuesta. Tú dices: “¿por qué tú no testificas del Señor?”. “Porque quizá me respondan con un asunto de ciencia; yo no sé de ciencia”. Hermanos queridos, los que dieron testimonio de Cristo en el primer siglo, la mayoría de esas personas tenían menos letra humana que nosotros, pero tenían el poder del Señor. Lo hacían en el poder del Señor, hermano, y sobre todo tenían mucha obediencia; le temían más a Dios que a los hombres.
Un creyente debe estar preparado para que, en las conversaciones en las cuales participe, se quedará sin respuesta. La gente te va a avergonzar: “¿viste, te apabullé, viste que te avergoncé?”. Tú puedes dejarme a mí sin palabras, pero mi Dios tiene la última palabra. Tú puedes dejarme a mí sin argumentos, pero eso no dice nada acerca de mi Dios. Tú puedes batearme a mí a un extremo y al otro extremo, y todavía yo creo que Dios es perfectamente consistente. Yo puedo no tener los recursos retóricos para ganar una conversación, pero yo sé que el único ser que es completamente consistente y razonable es Dios. Cuando yo no pueda responder, yo me diría a mí mismo, aunque ellos no me quieran oír: “sea mi Dios veraz y todo hombre mentiroso”. Quizás en este momento me faltó el conocimiento que se requería, en este momento me faltó el denuedo, quizás me faltó la pericia para ganar una conversación.
Sin embargo, me he dado cuenta que a veces yo puedo ganar una conversación y el Evangelio no avanza, y a veces, perdiendo una conversación, el Evangelio avanzó, hermano. El Evangelio no será proclamado porque tú y yo seamos tribunos perfectos, oradores. El Evangelio será proclamado porque somos obedientes al mensaje que el Señor nos ha mandado a dar, y frecuentemente allí donde los hombres se rieron, frecuentemente se levanta alguien con salvación.
¿Por qué no proclamamos a Cristo desde las azoteas? Son hermanos míos que dicen: “es que nosotros somos cartas leídas; tú sabes, yo no, yo no hablo mucho, pero yo espero que la gente lo note en mí”. Hermano, cuando Pablo le dijo a los corintios que ellos eran cartas leídas, no estaba hablando de la predicación del Evangelio, estaba hablando de sus credenciales apostólicas. Él decía: “me están pidiendo credenciales, me están diciendo cuáles son mis credenciales”. Él decía: “si para otros yo no soy apóstol, para ustedes ciertamente lo soy, porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor”.
El sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor.
— 1 Corintios 9:2
Después les dice: “¿acaso necesitamos cartas de recomendación? ¿Acaso necesitamos alguien que nos diga que somos apóstoles del Señor? Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones”.
Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres.
— 2 Corintios 3:2
Pablo no está hablando de la predicación del Evangelio. Pablo está diciendo que, dado que ellos están en Cristo, eso es evidencia más que suficiente para que ellos creyeran que él era un apóstol del Señor. Él no les está diciendo “quédense callados y esperen que la gente lo note”. Él lo que les está diciendo es: ustedes son el testimonio del trabajo apostólico. Por favor, hermano, sea explícito.
Que se haga desde las azoteas infiere varias cosas. Infiera que tú conoces a gente que va pasando por ahí y tú le proclamas el Evangelio. Yo no tengo que entender cuál es tu necesidad particular, cuál es el dolor, cuál es la ausencia de tu corazón. Yo sé, hermano, que proclamo un Evangelio que llena absolutamente todas las necesidades de los hombres. Se ha querido ahora comparar el Evangelio como si fuera una sesión de terapia: “dime dónde te duele y yo te diré cómo el Evangelio te aplica a ti”. Yo no sé dónde te está doliendo de manera particular. Ahora, yo sé que el Evangelio, hermano querido, llena absolutamente la necesidad principal que hay en el corazón de los hombres.
El Evangelio como respuesta universal a la mayor necesidad del hombre
Y la necesidad principal que hay en el corazón de todos los hombres es la necesidad de estar en paz con Dios. Y cuando eso es resuelto hay muchos otros dolores que ya no hace falta ni siquiera resolverlos. La gente viene y te dice: “mira, enséñame cómo el Evangelio va a resolver este dolorcito particular que hay en la mano izquierda, en el dedo meñique”. Hermano querido, cuando el Evangelio resuelve el problema del corazón muy probablemente ya tú no estés mirando el dedo meñique de la mano izquierda. El Evangelio es aquello que sacia perfecta y definitivamente la necesidad principal que hay en el corazón de todos los hombres.
Proclamarlo desde las azoteas significa que yo no tengo que conocerte para decirte que tú necesitas de Dios. Hermano, esto no es vender ropa. Vender ropa es un momento difícil porque cada cuerpo es diferente. Yo no quisiera vender ropa porque yo tengo unas piezas y probablemente ese es small y tú eres medium o XL, y yo que te la quiero vender te digo: “mira, te queda bien, te queda bien, cabezón, métete ahí dentro”. El Evangelio, hermano, no hay un corazón donde el Evangelio no quepa. Nosotros practicamos un Evangelio, hermano, que esto es universal en el sentido de que encaja en todo. No importa tu color de piel, no importa tu edad, tú puedes ser un anciano, puedes ser un muchacho y el Evangelio hará sentido para ti si el Señor hace su buena obra.
Hermano querido, el Evangelio no es una camisa a la medida; el Evangelio es la buena noticia de que Cristo vino, hermano, y murió por nosotros en una cruz. Pagó una deuda, hermano. Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, nuestro Salvador; el Señor hace la obra, no porque la obra sea a tu medida, sino porque tú fuiste hecho a la medida de Dios. Nosotros fuimos hechos para tener paz con Él. La relación con Dios, hermanos, es un asunto muy natural en todo ser humano. Eso se rompió y nos ha dejado en la miseria. El Evangelio restaura todas las cosas para la gloria del Señor.
Primero, hermano, he estado hablando acerca del temor a dar un mensaje, un mensaje que será aplaudido por algunos y repelido por otros. “No temáis”, dice el Señor. Después, Él habla en el versículo 28 de otro “no temáis”. Dice:
Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.
— Mateo 10:28
Este temor a ser destruido es algo paralizante. Me llama la atención que utilizara el término “destrucción”, no utilizando el término que describe la muerte completa, sino hacer que algo, aunque todavía siga vivo, llegue a ser completamente deplorable y a no alcanzar su propósito ni su función. “Esto está destruido”. Se podría traducir asimismo como “una gran pérdida”: no teman a una gran pérdida. El Señor les está diciendo: “no teman a ser destruidos”.
Temer a Dios más que a los hombres: ¿para quién bailas?
¿Y cómo Él resuelve este temor? Diciéndonos que Dios es más temible que cualquier hombre. Dios es más poderoso que cualquiera, porque no solamente puede destruir el cuerpo, Él también puede destruir el alma. Hay algunos que leen esto y piensan que se está hablando de Satanás aquí. Él no está hablando de Satanás. Cuando Él dice “temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”, está hablando de sí mismo, está hablando de Dios. Él es el que es absolutamente poderoso, no solamente en esta existencia sino en el más allá.
Al enfrentar el temor a testificar, hermano, nuestra fidelidad siempre está siendo probada: ¿agradaremos a Dios o agradaremos a los hombres? Cuando tengas una persona a la que te sea difícil darle el testimonio de Cristo y tú pienses: “¿por qué a esta persona me es tan difícil darle testimonio del Señor?”, tú deberías preguntarte: “¿Él me impresiona más que el Señor? ¿O me impresiona más el Señor que él?”. Si el Señor me impresiona más que él, yo le daré testimonio.
¿Cuál es este temor, hermano? Es el temor a enfrentar una gran pérdida. Tú dirás: bueno, si yo le testifico a esta persona perderé tres puntos en mi imagen personal, va a tener malos comentarios acerca de mí, va a tener malos pensamientos acerca de mí. Es verdad. El temor a tener una gran pérdida muy probablemente sea el temor a perder una oportunidad, el temor a perder el trato agradable de la gente, el temor a perder una relación valiosa.
Lo que he visto, hermano, —no sé a quién le escuché eso, pero hace mucho tiempo escuché la expresión y se me quedó grabada en la mente— es que “todo el mundo baila para alguien”. Todo el mundo anda buscando la aprobación de alguien. Todo el mundo hace las cosas para ser visto, aplaudido y recompensado por alguien. Aquel ser humano que te dice: “a mí no me importa lo que la gente piensa de mí”, es al que más le importa lo que la gente piensa de él.
Todo el mundo baila para alguien. Si usted hoy salió a la calle, se vistió, se peinó, usted se vistió y se peinó para alguien. Usted estaba buscando ser visto por alguien, estaba buscando ser aplaudido por alguien y ser recompensado por alguien. Lo que el Señor está diciendo aquí en este momento es: “si ustedes van a hacerlo para alguien, háganlo como para Dios. Témanle a Él más que a los hombres”.
Me perdonan el ejemplo, que quizás es incomparable y hasta impropio, comparar un vendedor con el Evangelio. Pero en la convención de ventas se utiliza preguntarle a los vendedores: “¿qué a ti te mueve, cuál es tu temor?”. Las personas que saben de venta han entendido que realmente un buen vendedor es una persona que le tiene mucho temor a una cosa, y le preguntan: “¿a qué tú le temes, cuál es tu miedo?”. Y alguien te dirá: “yo no le temo a nadie”. Y el gerente de ventas te dirá: “tú no das para vendedor, porque estoy buscando vendedores que le tengan más temor a él que a los clientes. Yo estoy buscando a alguien que le tema más a eso que al cliente que él tendrá que enfrentar”.
Temores que impulsan o paralizan y el llamado a rendir cuentas
Y le preguntan en esas reuniones de venta: “¿a qué tú le temes?”. Esas reuniones de venta, hermanos, son reuniones agresivas. Yo he encontrado algún vendedor que le diga: “yo le tengo mucho temor a pasar hambre, por eso vendo; porque pasar hambre es algo terrible”. Otro dirá: “yo le tengo mucho temor a perder mi estilo de vida; yo salgo a la calle y vendo porque no quiero perder mi estilo de vida”. Todos ellos le temen a un hombre, le temen a algo o le temen a una situación.
Supe de un comerciante, le pregunté: “¿cómo llegaste a ser comerciante?”. Me dijo: “yo llegué a ser comerciante porque una vez entré a la oficina y vi en la puerta —habíamos cinco empleados— y cada uno tenía que pasar un carnet por una banda magnética para que una puerta abriera. Pasó el primero su carnet y la puerta abrió. Pasó el segundo su carnet y la puerta abrió. Y cuando el tercero pasó el carnet, la puerta no abrió. Él lo intentaba y decía: ‘no abre, no abre la puerta; pasa el tuyo a ver’. Y el otro vino y pasó el suyo: ‘el mío abre’. Y el seguridad le dijo: ‘deme su carnet y vaya a Recursos Humanos’”. Lo habían despedido. Y él dijo: “yo soy comerciante porque no quiero colocarme en la posición de tener que volver a pasar un carnet por la banda magnética de una puerta”. Él le tiene temor a algo.
El Señor en este momento está hablando de temores. Les dice: “yo sé que ustedes le temen a algo, le temen a los hombres. Para que no sean ineficientes a la hora de dar testimonio, ustedes deberían temerme más a mí que a los hombres”. Si hay algo que te va a mover a que abras tu boca y des testimonio de Jesucristo a alguien más, hermano, es que un día tú tendrás que encontrarte con Jesucristo y rendir cuentas respecto de todas las áreas de tu vida.
Todos en algún momento rendiremos cuentas por todas nuestras relaciones. El Señor te preguntará por cada uno de tus vecinos, te preguntará por cada uno de tus familiares, te preguntará por cada uno de tus amigos: “¿y qué pasó en esa amistad? ¿Hablaste de mí en ella?”. Y tú dirás: “no, Señor, yo nunca lo hice”. “¿Por qué?”. “Porque él pertenecía a otra religión”. “No, Señor, nunca lo hice porque él nunca me preguntó”. Hermano, en algún momento todos tendremos que rendir cuentas.
De nuevo vuelvo a la imagen: trabajar en ventas es muy estresante porque es muy objetivo, muy cuantificable. Un vendedor tiene que decir: “saliste o no saliste; lo hiciste o no lo hiciste”. En algún momento, todos nosotros daremos cuenta al Señor por cada una de las oportunidades recibidas, por cada una de las conversaciones tenidas, por la manera en que empleamos cada hora de nuestro día, toda la semana, todos los meses y durante cada año. En algún momento el Señor te preguntará: “¿qué hiciste con eso que te di?”.
El llamado de Amós: prepárate para encontrarte con tu Dios
Hermano, yo solamente encuentro una razón para dar testimonio del Señor con valentía, y es que le tengamos mucho temor a un encuentro con el Señor. Como lo dijo el Señor a Israel en:
Por tanto, de esta manera te haré a ti, oh Israel; y porque te he de hacer esto, prepárate para venir al encuentro de tu Dios, oh Israel.
— Amós 4:12
En algún momento todos estaremos ante la presencia del Señor y tendremos que demostrar si nos avergonzamos de Él o le confesamos entre nosotros, los hombres. No podemos darnos miles de excusas para no hacerlo. Alguien me dirá: “es que yo no tengo esa personalidad, tú sabes; yo no doy para hablar con la gente, a mí eso me estresa mucho”. Yo sé que te estresa mucho. Ahora imagínate que al otro lado de la línea está el Señor, que te está mirando, y tú verás si te estresa más verle a ese hombre o te estresa más ver el rostro de tu Señor.
Alguien me dirá: “porque ese no es mi llamado, tú sabes”. Al día de hoy hablamos de los llamados como si fuera la división del trabajo, un asunto de la era industrial: “no, es que yo no soy evangelista”. Hermano, el trabajo principal que tenemos todos los creyentes es confesar a Cristo, dar testimonio del Señor. “Ah, que yo no soy un líder renombrado”. No estamos hablando de que tú seas un líder renombrado. Estamos hablando de que la tarea básica que aquí se hace es dar testimonio del nombre del Señor. Es como que seas bombero y no te guste el fuego, y otro bombero diga: “a mí no me gusta el fuego tampoco”. Pero este es el trabajo que tenemos: hay que apagar el fuego. Y alguien te dirá: “ay, es que a mí eso me genera mucho estrés”. Usted tiene el oficio incorrecto, porque aquí apagamos el fuego. O usted me dirá que es marinero y no le gusta el agua.
“Es que a mí me parece Bolivia”. Bolivia, San cambio, es un país que no tiene acceso al mar y tiene un cuerpo de marinos, hermano. Usan ríos. No me quiero burlar de un país, hermano, ellos tienen una situación muy precaria, no tienen acceso al mar y están librando una lucha histórica en el Tribunal de La Haya para que se les dé acceso al mar, pero ellos tienen ahora mismo formado un cuerpo de marinos. Y tú dices: “¡guau!, y tienen embarcaciones y todas las cosas, cuando no tienen acceso al mar”. Asimismo hay cantidad de creyentes, hermanos, que están militando en los caminos del Señor y hace rato que no entran al terreno. Y tú dices: “pero tú estás llamado a dar testimonio del Señor”. “No, es que yo no soy un evangelista, tú sabes”.
El temor al desamparo y el cuidado de Dios por pajarillos y cabellos
Hermano, esa es la tarea principal de todo creyente: darle testimonio a alguien más, hablar abiertamente de nuestro Señor. “Ah, que yo no tengo los dones”. Hermano, todos tenemos que confesar a Cristo. Mientras más temamos a Dios, menos temeremos a los hombres, y mientras más temamos a los hombres, menos útiles seremos para la causa de Cristo.
He hablado ya de dos temores: primero, un temor a dar un mensaje que es hostil y que la gente quizá no quiera recibir; lo otro, un temor a perder, a ser destruidos, a perder oportunidades. Cuánta sabiduría hay en el Señor, hermano. Él detectó lo que había en nuestro corazón. “Por eso es que ustedes quizá no salgan; eviten eso, rompan con eso; témanme a mí más que a los hombres”.
El tercero de los temores que encuentro aquí, desde el versículo 29 al 31, es el temor al desamparo, a la inanición, a no ser resguardados. Es el temor a no tener los recursos o los medios. Dice el Señor:
¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.
— Mateo 10:29-31
Alguien dirá: “wow, pero es que yo quiero hacer la obra del Señor, pero es que si yo hago la obra del Señor entonces yo me voy a jalar el desamparo, yo me voy a quedar sin mi sustento”. El Señor te está diciendo: los cabellos te están contados, y aun los pajaritos de ellos yo tengo cuidado, ¿qué no será de ustedes?
Las precariedades con las que se hace la obra del Señor podrían arroparnos de temor. Recuerden que el Señor les dijo a ellos en los versículos 9 en adelante:
No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento.
— Mateo 10:9-10
Ellos podrían decir: “¡Guau, Señor!, pero es que yo tengo tanta precariedad que si yo hago la obra que tú me has mandado a hacer probablemente me muera de hambre”. Dirá alguno: “me voy a quedar sin techo, sin protección”. Dice: no, no teman.
Dos imágenes presenta el Señor para transmitirnos lo especiales que somos para Él. Dos ejércitos en el mundo a mí me impresionan de manera especial. No es que tenga una pasión por el militarismo, hermano, pero ver cómo, por ejemplo, el ejército de los Estados Unidos de América, a mí eso me impresiona: cómo cuidan sus soldados. Esos soldados tienen una confianza, hermano, de que son las fuerzas más poderosas del mundo y ellos se sienten así. Y otro: la Armada de Israel. Esas personas promueven sus soldados como si fueran héroes. Todo soldado cayó, un héroe. Y cada grupo de soldados de esos entra en batalla, siente que detrás, hermano, hay una entidad que está cuidando de ellos. Se sienten muy protegidos, se sienten muy resguardados. Todo soldado necesita ese respaldo: sentir que detrás de él hay alguien más que le está cuidando.
Dios cuenta nuestros cabellos: detalles del cuidado minucioso de nuestro Padre
Estuve leyendo acerca de inteligencia militar y, por ejemplo, esos ejércitos, cuando hay un soldado que está en el campo de batalla, alguien sabe que ese soldado está en batalla. Y el Estado que atiende a sus soldados en este momento —eso es muy conocido para muchas personas— está mirando por ellos. La vida de esos soldados es extremadamente importante, y si alguien cae en batalla, hermano, esa persona caerá en batalla, pero no quedará en batalla. Esa persona debe ser buscada allá y será enterrada en su país como un héroe de guerra. Tú dices: “¡guau!, pero estas personas no son solamente carne de cañón; realmente su vida es valiosa para alguien en ese ejército”. Sí, es verdad.
Hermano, nosotros somos el ejército de Cristo. La cosa más extraordinaria que está sucediendo en la tierra en este momento es la iglesia del Señor, la expansión del Evangelio. Y el Señor nos está mirando. Tú no tienes que tener temor de “¿guau, qué va a pasar de nosotros?”. Pasará, hermano, lo que el capitán de este ejército quiera que pase, pero un pajarito de esos no cae a tierra sin que Él lo determine.
Las dos imágenes que expone el Señor: la primera es el cuidado que Él tiene de los pajarillos. “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto?”. Uno dirá: “wow”, pero esos pajaritos, hermano, eran como cigüitas, eran muy, muy comunes en el territorio de Palestina y eran quizá la proteína más barata que alguien podría conseguir. El que no tenía con qué tener una alimentación de animales grandes podría comprar por unos cuartos pajarillos de esos. Eran baratísimos y eran muy abundantes. Y el Señor les dice: “pero ustedes no se comen los pajarillos esos que venden en el mercado a muy bajo precio, y se los comen por montones”. Dice: “¿no se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre”. O sea, sin que vuestro Padre lo sepa.
Me llama la atención cómo Él describe la manera en que estos pajaritos llegan al mercado. Yo no sé si fueron capturados con una trampita que alguien jaló una tirita y el pajarillo quedó dentro y fueron y lo vendieron al mercado. Yo no sé si tomaron una piedrecita y tumbaron el pajarito que iba volando, el pajarito terminó en el mercado. Yo lo que sé es que muchos pajaritos terminaron en el mercado y la gente iba y los compraba. Y el Señor dice: “y ninguno de ellos cayó al suelo sin que yo lo determinara”. ¿Acaso no son de muy poca importancia esos pajarillos? Pero a esos pajarillos el Señor les tiene cuidado, ¿qué no será de nosotros?
Si existe un mercado, hermano, existe una dinámica recurrente, una cadena de producción. Ellos se comían los pajarillos y tú dices: “¡guau!, pero si esos pajarillos ustedes se los están comiendo. Ustedes no saben dónde crecieron, ustedes no saben quién los capturó, dónde los capturó, si la persona hoy tomó el sol, no tomó el sol, ustedes van comiendo de eso”. Y ahí hay una dinámica que ustedes no pueden entender del todo, pero que se está desarrollando. Yo estoy manteniendo esa dinámica.
Después menciona el hecho de que Él tenga nuestros cabellos contados. Es un sentido de atención. Es cosa impresionante, hermano, porque nuestros cabellos son muchos. Hasta así tú te mires al espejo, tú dirás: “¿cuántas hebras de cabello habrán en mi cabeza?”. Y todas esas las conoce el Señor. Es una cosa muy difícil de contar, hermano, porque no todo el mundo tiene la misma cantidad de cabello y los cabellos se caen: aproximadamente tú pierdes cada día de 50 a 100, y el Señor sabe cuántos son.
Estuve investigando, hermano, y eso es sumamente curioso: por ejemplo, los pelirrojos tienden a tener menos cabellos que las personas que tienen cabello negro y castaño, y los rubios tienen más cabello que los que tienen el cabello castaño, y más que los pelirrojos. Aproximadamente un pelirrojo tiene 90,000 hebras de cabello, y si tú tienes el cabello negro o castaño tienes cerca de 105,000, pero los rubios llegan a tener hasta 140,000 hebras de cabello. Y el Señor las conoce todas, hermano.
Sacar conclusiones: valemos más que muchos pajarillos
Los folículos donde pueden nacer cabellos: usted tiene millones de folículos en la cabeza, hermano, y el Señor los conoce todos. Yo me decía a mí mismo: “pero si el Señor me tiene contados los cabellos —yo tengo el cabello crespo y lo tengo de color oscuro, y por alguna parte ya me están faltando—, y el Señor lo conoce, hermano. Si Él me tiene contada la hebra del cabello, ¿no conocerá el Señor mi presupuesto, hermano? Si el Señor mantiene contados los cabellos, ¿no conocerá Él mis necesidades alimenticias?”. Si el Señor tiene contados mis cabellos, ¿no conocerá Él mi agenda? Lo que Él está diciendo es: “yo los estoy mirando; los estoy mirando detenidamente. Ustedes no están en la tierra como si estuvieran por ahí desperdigados sin rumbo. Yo los estoy mirando y sus cabellos están contados”.
Hay hermanos que dicen: “¡guau!, pero es que yo no doy testimonio porque tengo un temor a ser desamparado”. No tengas temor a ser desamparado; el Señor cuida de mí. Yo puedo hacer la obra porque el Señor cuida de mí. Un recurso para vencer el temor a dar testimonio, hermano, es considerar la fidelidad de nuestro Dios. ¡Cuántas cosas pudieran haber ocurrido, hermano, por las cuales tú no estuvieras aquí todavía! Y tú estás aquí. El Señor ha impedido que ese pajarillo caiga al suelo.
Primer temor: un temor a dar un mensaje que puede ser hostil. Segundo temor: es el temor a perder oportunidades, es el temor a ser destruidos por los hombres. Más temor a Dios que a los hombres. Tercer temor: temor al desamparo. Si Él conoce mis cabellos, hermanos, si Él tiene el completo cuidado de todas las cosas, ¿no estará cuidando también de nosotros? ¡Claro que sí, hermano!
Él concluye esta parte del texto llevando esto a una conclusión que ya es inevitable. No hay un punto medio; es todo o es nada. Los últimos dos versículos, 32 al 33, dicen:
A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
— Mateo 10:32-33
No hay un punto medio: tú vas a confesar a Cristo y serás confesado por Él, o vas a negar a Cristo y serás negado por Él.
Formas prácticas de confesar o negar a Cristo
Mostraré ahora, hermano, algunas formas en que vas a confesar y vas a negar a Cristo. Recuerda: cada vez que tú tengas ansiedad, este temor, este dilema: “¡guau!, estas personas necesitan el Evangelio; yo puedo proclamárselo; yo no les conozco; bueno, estoy en una azotea, él va pasando por ahí; puedo proclamar el Evangelio, puedo hablarle de Cristo, puedo invitarle a mi iglesia, puedo decirle que soy un cristiano, puedo ponerme a su disposición, pero me faltan las fuerzas para hacerlo”. Aquí, hermano, tu fidelidad está siendo probada. Aquí le temes a Dios o le temes a los hombres. Le confesarás o le negarás. Es un asunto binario.
Confiesas a Cristo hablando abiertamente acerca de tu fe, sin disculpas, sin asteriscos y notas al pie de página. Qué feo es un creyente que, cuando le preguntan: “¿tú eres cristiano?”, él siempre tiene que decir: “yo soy cristiano, pero no soy cristiano de los de esto, ni soy cristiano de los de lo otro, ni soy cristiano de los que hacen esto”. No te estamos preguntando eso. Lo que te estamos preguntando es: ¿tú eres o no eres de Cristo? “Sí, yo soy de Cristo”.
Durante una temporada de mi caminar con el Señor, todo el que me preguntaba acerca de mi fe, yo tenía que darle un pie de página, hermano, que era como un párrafo largo. “¡Guau, Rafael!, ¿tú eres cristiano?”. “Sí, pero déjame decirte que yo soy cristiano pero no de los que hacen esto, no de los que hacen lo otro, no de los cristianos de los que tú conoces; yo no soy de eso”. Y alguien me preguntara: “¿y de cuáles que tú eres?”. “Es que estamos preguntando…” Era un discurso muy raro. “Tú no eres de ellos”, lo que le preguntaron a Pedro: “¿y tú no eres uno de sus discípulos? Tú hablas como ellos, yo creo que te vi con ellos”. Hermano, es decirle: “sí, yo soy del Señor”.
Si tú me preguntas más detalles, te puedo dar más detalles. Pero un creyente que siempre está disculpando su fe es un creyente que se avergüenza de su Señor. Tu problema no es atacar una denominación cristiana; tu problema está en que te avergüenzas del Señor. Cosa que me molesta a mí: ver un creyente que cada vez que le preguntan “¿tú eres cristiano?” dice: “sí, yo soy cristiano, pero soy cristiano no de los de los otros, no de los otros…”. Tú eres del Señor o no eres del Señor; eso es lo que te estamos preguntando.
Esos son momentos donde tú te darás cuenta si tú vas a negar a Cristo. Un creyente que tiene que dar cien explicaciones para decir que él es un cristiano tan particular que nadie lo entiende —o sea, tú eres tan particular que no te pareces a ningún otro cristiano—, “¿y de cuáles tú eres?”. Son aquellos que dicen: “yo soy cristiano, pero no religioso”. “Eso ah, yo sabía, porque a mí me molestan mucho los religiosos”. La gente no tiene un problema con la religión; la gente tiene un problema con Cristo. Lo que ofende al hombre verdaderamente no es ninguna religión. Lo que al hombre lo ofende es la perfección de Cristo, la santidad de Cristo, son las demandas de Cristo. La gente no tiene ningún problema con una iglesia tradicional o con la otra. El problema de la gente es que Cristo se interpone en sus deleites pecaminosos y por eso odian a Cristo profundamente.
No es “la gente no odia a Cristo, la gente ama a Cristo y odia la religión”. La gente odia a Cristo y ama la religión. Es lo inverso. Hermano, el término religión lo que significa es religare. Religión es religare, o sea, es unir dos cosas. Usted puede tratar de hacer ese religare a través de las obras, o puede hacer ese religare a través del único que lo puede hacer, que es Jesucristo. Pero eso de estar diciendo: “yo soy cristiano, pero no religioso”, eso es una manera de uno salir como con gracia de la pregunta. Hermano, te avergüenzas de Cristo.
Amar a Cristo se evidencia en servicio sacrificial y prácticas que el mundo detesta
Un creyente que ama a su Señor está dispuesto a hacer grandes sacrificios para servirle. Ese creyente que hay que estarle buscando una agenda muy especial para que sirva al Señor, unos recursos muy especiales. Tú demuestras que amas a tu Señor sirviéndole. Sírvele. Yo antes le hacía a la gente una pregunta; yo tengo una pasión por que mis hermanos sirvan a Cristo, y le he preguntado a mis hermanos: “¿tú vas a servir al Señor?”. “Bueno, es que yo no tengo el tiempo, es que me falta todo, es muy complicado ahora mismo”. La pregunta clave es: ¿tú le amas o no le amas? No es que “yo quisiera decirte no, yo tengo un problema de agenda”. Tú no tienes un problema de agenda; tú tienes un problema de afecto impropio en tu corazón. Si tú amas a Cristo, tú sirves a Cristo.
Si usted ama su familia, usted está con su familia. Si usted ama sus hijos, la pregunta no es “¿tú crees que tú tengas tiempo?”. No. La pregunta es: ¿cómo está el afecto hacia tu Señor en tu corazón? Porque donde hay afecto, hermano, donde hay afecto hay tiempo; donde hay afecto hay fuerzas; donde hay afecto hay energía; hay disponibilidad; uno se hace disponible.
“¡Ay, hermano!, yo quiero servir a Cristo, pero tú sabes que yo tengo un problema de agenda muy fuerte; tengo una vida muy complicada”. ¿Tú eres o no eres un siervo del Señor? Si tú eres un siervo del Señor, que tu agenda lo anuncie. Anunciamos, hermano, confesamos a Cristo teniendo una actitud sacrificial para servirle, que la gente lo note.
Hablar de las cruzadas se ha vuelto casi ofensivo, pero yo celebro en el tiempo las cruzadas, que hermanos míos sacrificaban su patrimonio para abastecer un ejército por la causa de Cristo. Ellos decían: “mira, hay que defender la causa de Cristo; aquí está mi patrimonio, hagámoslo”.
Muestra con gusto las prácticas de nuestra fe. Hay que dejar de avergonzarse, hermano, porque es correcto. Hay asuntos de nuestra fe que son, para el mundo, ofensivos. Que cuando uno dice esas cosas la gente dice: “¿qué? ¿Que tú haces eso?”. “Ah”. Yo me sentía perseguido a veces por mis compañeros de trabajo porque siempre traen el tema del diezmo: “ah, Rafael es evangélico, él diezma”. Y me calculaban: “la gente no habla de dinero…”. Entonces recuerdan: “él es programador, él tiene que estar en tanto; oh, si Rafael está en tanto, entonces está diezma en tanto; ¿cuánto, Rafael, tú estás diezma…?”. “Ah”, y me avergonzaban, hermano, con eso.
Desprenderme voluntariamente de mis recursos materiales por la causa de Cristo, hermano, a mí no me llena de vergüenza, me llena de gran honor. Me llena de gozo ser parte de la comunidad más desprendida que hay sobre esta tierra. Nadie se compara con la iglesia del Señor. Al mundo le molesta que nosotros nos desprendamos de nuestro presupuesto por la causa de Cristo, y le molesta aún más que nos desprendamos de nuestro tiempo por su causa. Y tú le dices: “a ti te sorprende que yo contribuya con mis diezmos allá; yo quisiera que tú veas mi agenda, y si tú vieras mis pensamientos te darías cuenta que mis pensamientos van hacia Él; que Él es, hermano, gran parte de mis sueños; que mis intereses están en otra parte. Si te ofende que yo le dé al Señor mi dinero, te debe ofender aún más que le dé mi tiempo, y te debe ofender mucho más que yo haya entregado toda mi vida por la causa de su nombre”.
Cosmovisión cristiana sobre familia, sexualidad y vejez
Al mundo, hermano, le molesta nuestra práctica, cosas que para nosotros son muy naturales, para el mundo son extremadamente ofensivas. Expón ante otros abiertamente tus convicciones. Un creyente tiene fuertes convicciones respecto de la familia, por ejemplo. En un mundo que aborrece a la familia, nosotros le decimos: “sí, los creyentes todavía nos casamos, y tenemos los hijos dentro del matrimonio, y criamos nuestros hijos, ¡guau!, y permanecemos con nuestro cónyuge, y tenemos la expectativa de envejecer y morir juntos con la misma esposa”. Son desconectados sociales, son “wow, ¿y qué va a pasar en medio?”. Y comienza la gente a buscar en su mente —su mente caída, hermano, que no ha sido amueblada todavía con las convicciones de Dios— cosas que, para nosotros, parecen lo más natural, al mundo le son aborrecibles, y te van a arrinconar a un punto tal que tú quizás no vas a decir ni siquiera que tienes familia.
La cosmovisión cristiana, hermano, necesita ser expuesta; por eso nos gusta mostrar nuestra familia. Preservar la pureza sexual, el sexo para el matrimonio; en este tiempo eso es mala palabra. “¿Qué? ¿Que sí, nosotros creemos que el sexo ha sido diseñado por el Señor para nuestro deleite dentro del pacto matrimonial? ¿Y tú vas a esperar casarte para poder…?”. Y ahí comienzan a burlarse de los jóvenes cristianos: “ah, Mira, fulano, fulano tiene que estar casado; él no puede…”. Sí, hermano, uno ha experimentado todas esas cosas, y por amor a Cristo, hermano, parece una vergüenza, pero es una manera de confesarle delante de los hombres.
Qué hermoso es un creyente que dice: “sí, yo quiero conservarme para el matrimonio; quiero tener mis hijos en el matrimonio; quiero tener mi sexualidad dentro del matrimonio, porque eso es muy consistente con las convicciones de mi fe, mis convicciones cristianas. Además, yo entiendo los múltiples beneficios que eso tiene”. Se van a estar burlando de ti, y tú estarás confesando a Cristo.
Habla acerca, por ejemplo, de los cristianos y la vejez. La cosmovisión cristiana tiene una perspectiva muy alta acerca de la vejez, y nosotros creemos mucho en socorrer a nuestros ancianos, en cuidar de ellos, en tenerlos con nosotros. Las sociedades avanzadas, para ellos los envejecientes son una pesada carga que la juventud de ahora no debería cargar con ellos. Nosotros entendemos que no son una carga, que son un regalo del Señor, hermano, y que es muy honroso cuidar de nuestros viejos. Para el mundo eso cada vez será motivo de burla. Cuando tú lo hagas, estarás confesando a Cristo.
Presenta defensa de tu fe con mansedumbre y reverencia, hermano, como dice la Escritura:
Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.
— 1 Pedro 3:15
Yo he resuelto en mi corazón, hermano, que yo no tengo que ganar una discusión para que el Evangelio avance. Frecuentemente, cuando uno pierde la discusión, Cristo gana. Uno está lidiando con incrédulos que ofenden nuestra fe, ofenden a nuestro Dios, y hay veces que uno les da argumentos que son razonables. Humanamente, las conversaciones en un mundo caído se ganan por aplausos, y ellos a veces son más agresivos que tú, a veces son más sagaces que tú, y logran acaparar las masas hacia ellos y decir: “ah, mira, avergonzaron al cristiano”. Frecuentemente, cuando nosotros padecemos vergüenza, Cristo ahí se levanta un pueblo, hermano. Me he dado cuenta que no hay que ganar una discusión. Lo que hay que hacer es presentar argumentos a favor de Cristo y, cuando el mundo nos aporree, frecuentemente el Señor se levanta ahí, alguno, por amor a su nombre.
Identificarse con el pueblo de Dios y anhelar ser confesado por Cristo
Presenta argumentos. Termino mostrando: identifícate con el pueblo del Señor. Ay, hermano, si a Él no le avergüenza llamarnos hermanos, a mí no me avergüenza llamarte a ti mi hermano. Un creyente quiere ser visto junto a sus hermanos. Tú quieres ser visto junto con el pueblo, tú quieres mostrar tu iglesia, tú quieres mostrar tus hermanos, tú quieres enseñar: “mira, él es mi hermano, esta es mi iglesia; nosotros somos del Señor”. Y alguien te dirá: “¡guau!, qué gente especiales tienen ustedes”. “Que hemos sido comprados a precio de sangre y hemos pasado de muerte a vida”. Un creyente confiesa a Cristo mostrando su iglesia, mostrando a sus hermanos, mostrándose como parte del pueblo del Señor. Dondequiera que tú encuentres un creyente verdadero, celebra eso con entusiasmo, con vivo entusiasmo. Dondequiera que tú veas que la sangre de Cristo obró salvación, celebra eso con vivo entusiasmo, hermano.
“Cualquiera que me confesare delante de los hombres, yo le confesaré delante de mi Padre celestial”. Termino aquí, hermano. Quiero evitarte una gran decepción. ¿Cuál es la gran decepción? Que, aunque en este momento tú puedes confesar a Cristo, va a llegar un momento en que tú vas a querer que Cristo te confiese a ti. Llegará un momento en que estaremos ante el tribunal de Dios. Ahora tú tienes la oportunidad de hacer que los hombres le conozcan a Él. Un día Él tendrá la oportunidad de decir que Él te conoce a ti.
Qué hermoso sería si, cuando tú estés ante el tribunal de Dios, cuando mires a Cristo, Cristo diga: “claro que le conozco; él me confesó delante de los hombres, y para mí es un gusto, un regocijo confesarle delante de mi Padre celestial”. Y qué triste sería si, cuando tú pases la tarjeta en el cielo, la puerta no abra. Oro por cualquier persona que está aquí congregada para que el Señor le dé denuedo a los creyentes, y oro para que les dé discernimiento a los que todavía no han venido a salvación.
Mantén tus ojos cerrados, se permite orar. Si aquí hay alguien que ha escuchado la predicación del Evangelio, si hay alguien que ha escuchado que Cristo necesita, en este tiempo, que Cristo espera en este tiempo ser confesado; si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, que Dios le levantó de entre los muertos, será salvo.
Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.
— Romanos 10:9
Todo creyente verdadero confesó a Cristo inicialmente, reconociendo delante de Él sus pecados y testificando delante de los hombres su arrepentimiento. Dice la Escritura:
El que creyere y fuere bautizado, será salvo.
— Marcos 16:16
Si estás aquí hoy, en medio del pueblo del Señor, y has escuchado que el Señor espera que en este tiempo demos testimonio de Él, yo te invito a que des un testimonio, a que te identifiques con Cristo para que Él se identifique contigo. En este momento tú puedes hablar de Él; llegará un momento en que Él hablará de ti.
¿Te has sentido que tu vida en este momento no está segura, tu vida eterna? Yo te invito a que te arrepientas de tus pecados, pongas en el Señor tu confianza. Dile al Señor ahí, con tus palabras —no hay plantillas, lo que hay es arrepentimiento y fe—, dile al Señor: “Señor, reconozco mis pecados; los confieso delante tuyo. Reconozco que he vivido alejado tuyo, que he vivido, Señor, para mi propia gloria y no para la tuya. Te pido que perdones mis pecados, que me aceptes, me hagas un hijo tuyo. Escribe mi nombre en el libro de la vida, que me llenes de esa paz de la que se ha dicho aquí, que tú das al corazón de todo hombre. Que pases mi vida de muerte a vida. Cambia, Señor, la destrucción por una obra de esas preciosas que tú haces”.
Si tú, con arrepentimiento y fe, has venido al Señor, tú puedes confiar en su promesa. Él ha dicho que todo lo que el Padre le ha dado vendrá a Él, y al que a Él viene Él no le echa fuera.
Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.
— Juan 6:37
Dice la Escritura que el que creyere y fuere bautizado será salvo. Será un gusto recibirte en esta iglesia local, darte los rudimentos básicos de la fe cristiana y acompañarte a las aguas del bautismo, como hizo Cristo primero como ejemplo, después todo creyente verdadero, en miles de años de historia, ha estado haciendo.
Oración final: subir a las azoteas y esperar el “bien, siervo fiel”
Ahora oro por mis hermanos para que el Señor les saque de esta vida muy discreta. Señor, haz que esta iglesia despierte hacia afuera. Señor, saca esta iglesia de los aposentos y súbela a las azoteas. Permite, Señor, que esta semana de manera especial manifestemos valentía, denuedo, Señor, en confesarte a ti delante de los hombres. Permite que esta semana, Señor, con nuestras palabras, con nuestras expresiones, con nuestras acciones, confesemos delante de los hombres que somos verdaderamente tuyos.
Ay, Padre, cómo no anhelamos que llegue ese momento cuando podamos verte a ti con confianza, Señor; cuando podamos, con confianza, ver tu rostro resplandeciente; y cuando nuestros oídos, Señor, puedan escuchar de tus labios: “ven, buen siervo y fiel; sobre poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor”.
Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.
— Mateo 25:21
Padre, anhelamos ese momento cuando tú hables de nosotros delante del Padre y que verdaderamente nos conozcas. Llénanos de valor, Señor, llénanos de empresa, llénanos de confianza. Desde ahora te pedimos, Señor, por el culto del próximo domingo: trae a alguien más, Señor. Permite que alguien repita la visita y permite, Señor, que alguien que no estaba también esté. Todo esto para tu gloria, en Jesucristo. Amén.