Que el Señor les bendiga, hermanos, amigos queridos. Les invito a que me acompañen en la sagrada Escritura y estemos juntos en el Evangelio de Mateo, en el capítulo 20. Consideremos una parábola de nuestro Señor. Es el Evangelio de Mateo, capítulo 20. Estaremos leyendo 16 versículos. Es la parábola de los obreros de la viña. Puede ponerse un momento sobre sus pies para que leamos la Escritura. Evangelio de Mateo, capítulo 20, desde el versículo 1 y hasta el versículo 16. Dice así la sagrada Escritura:
Porque el Reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.
Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados, y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos se fueron.
Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. Y saliendo cerca de la hora undécima halló a otros que estaban desocupados, y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo.
Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros.
Al venir los que habían ido cerca de la hora undécima recibieron cada uno un denario. Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario.
Y al recibirlo murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día.
Él, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio. ¿No conveniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo y vete; pero quiero dar a este postrero como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?
Así, los primeros serán postreros, y los postreros primeros; porque muchos son los llamados, mas pocos escogidos.
— Mateo 20:1-16
Pueden sentarse, hermanos, amigos queridos. En la última etapa del ministerio del Señor, sus discípulos fueron tentados a reclamar sus méritos. En este momento el Señor ya está quizás en la última etapa de su ministerio, es una parte que se conoce como su ministerio en Perea. Ya las multitudes le conocen, ya ha pronunciado sus grandes discursos, ha hecho sus grandes señales y hay evidencia de que definitivamente él es quien dijo que era: el Hijo de Dios.
Justo antes, en el capítulo 19, vino a visitar al Señor uno que se conoce como el joven rico, y cuando el Señor le dijo lo que esperaba de él, este muchacho se fue. El Señor le dijo: vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y heredarás la vida eterna. Inmediatamente después de la visita de ese joven rico, entonces Pedro se le acercó al Maestro y le dijo: Maestro, ¿y qué hay de nosotros? Ellos pensaban que, como habían estado junto al Maestro desde el principio, recibirían una recompensa superior a los que se estaban uniendo en la etapa final.
Su actitud es entendible desde una perspectiva muy humana. Habían hecho grandes sacrificios por seguirle, lo hicieron cuando las multitudes aún no habían llegado y su nivel de conocimiento y experiencia superaba al de cualquier “pino nuevo”. Entre los más experimentados, las luchas por méritos se hicieron evidentes. Pedro quiso saber concretamente qué tendrían los apóstoles. Recibió respuesta, pero junto al comentario de que cualquiera que haya dejado otras cosas recibiría igual recompensa que ellos.
Inmediatamente después de Pedro, se acercó al Señor la madre de los hijos de Zebedeo con sus dos hijos y le dijo: Señor, yo también quiero méritos, por favor, uno a la izquierda y el otro a la derecha. El Señor les dijo: no es dado a ustedes. En medio de este ambiente de competencia y comparación, el Maestro relató la parábola de los obreros de la viña. Lo hizo para ilustrar el principio de que muchos primeros serían postreros y los postreros serían primeros.
La parábola aplicada al aniversario de la iglesia
Hoy que celebramos las misericordias del Señor hacia nuestra iglesia por 11 años, buscaremos sabiduría en esta parábola para 11 años más. Yo siento que la iglesia ya va entrando en la adolescencia. Para algunos les parecerá mucho tiempo, a otros les parecerá poco, pero es el tiempo suficiente para que algunos hermanos míos ya comiencen a medir sus méritos. Ya será el momento de mirar atrás y decir: estamos aquí desde el primer momento. Otros se van añadiendo en esta última etapa y quizás comienzan a pesar de ellos como pinos nuevos.
Recuerdo donde estudiaba artes y oficios que existía la práctica de que los de primer año, como vivían todavía un poco desorientados, aquellos que estábamos en segundo y tercer año tratábamos de ponerles las cosas difíciles. Una práctica para castigar al pino nuevo, por ejemplo, era tomarlo en el aula y decirle: ve allá donde el profesor de electricidad en el taller y dile que nos mande la funda de electrones. Ellos se dirigían, iban al taller, le decían: profesor William, los muchachos de segundo año mandan a decirle que le mande la funda de electrones.
El profesor William, que ya sabía la práctica de penalizar al pino nuevo, le decía: siéntese ahí, cuando yo termine de dar clase, yo le busco la funda de electrones. Terminaba de dar la clase, salía, y el pino nuevo le decía: profesor William, la funda de electrones. Espérese un momento más, déjeme ver si está en el locker. Después lo mandaba donde otros maestros, y quizás el pino nuevo invertía horas buscando la funda de electrones, que no existe. Eventualmente se reía de esto y cuando llegaba otro pino nuevo, entonces él decía: este es mi momento.
Hermano querido, quiero advertir a la iglesia que estas prácticas en el Reino no son posibles. Pedro entendía que el joven rico era el pino nuevo. Los hijos de Zebedeo entendían que ellos necesitaban estar a la izquierda y a la derecha porque estaban con él desde el principio. El Señor entonces toma esta atmósfera de competencia, esta atmósfera de estimación de méritos, y describe la parábola de los obreros de la viña. Mostraré desde esta parábola primero el llamado, después los obreros y terminaré hablando de las recompensas.
Recuerden que el Señor quería crear un efecto en la mente de sus discípulos. El Señor quería provocar en ellos una expectación tal que produjera que eventualmente ellos no bloquearan la entrada a aquellos que estaban por llegar a los caminos del Señor. Sin ánimo de decirles que no había ninguna recompensa, el Señor está diciendo: muchos postreros serán hechos primeros, porque yo soy bueno. Primero, ¿cuál es el llamado? Dice en el primer versículo: “El Reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña.”
El dueño de la viña y el llamado personal
Comienza hablando del Señor de la viña, comienza hablando del dueño, y dice que él salió personalmente a buscar sus obreros. Esta es una preciosa imagen de lo que es la iglesia del Señor. ¿Qué es la iglesia del Señor? No es una multitud reunida solamente, es una multitud que ha sido reunida por las misericordias del Señor. Y si alguien hoy está en sus caminos, puede tener la convicción de que está aquí no porque él vino por sus propios medios, sino porque el Señor personalmente le ha llamado.
Me llama la atención que, a pesar de que este señor tiene mayordomos, como aparece en el versículo 8, él no mandó al mayordomo a que le buscara a sus obreros. Él salió personalmente, vez tras vez, a buscar a sus obreros. No espero que las parábolas del Señor guarden una relación directa con todas las doctrinas de la Biblia. Sin embargo, a mí me parece muy preciso que el Señor no haya delegado la tarea de buscar sus obreros en nadie más, sino que él salga personalmente y que reclute a los obreros de su viña.
El hecho de ser escogido por el Señor, hermano, es fundamental para vivir y disfrutar nuestra salvación. Un creyente que entiende que está militando por sus propios medios es un creyente que siempre estará insatisfecho. Gran parte del gozo de la salvación es saber que tenemos esta salvación tan grande por las grandes misericordias de nuestro Señor. Todo creyente verdadero tendrá que testificar que la cosa que alimenta su militancia cristiana es que él sabe que él no se reclutó por sus propios medios, sino que el Señor personalmente salió a llamarle.
Y cuando nos falta cualquier cosa en nuestro caminar con el Señor, hermano, todavía nos consuela y nos arropa la doctrina santa, doctrina preciosa, doctrina de la elección. De hecho, esto va de la mano de la perseverancia de los santos. Cuando entendemos que el Señor personalmente nos ha llamado, también confiamos en que el Señor personalmente nos preservará. Nosotros vivimos, hermanos, con estas dos doctrinas que pastorean nuestra alma: sabemos que estamos aquí por su misericordia y que por su misericordia permaneceremos en pie.
Mis hermanos que entienden que están aquí por sus propios medios son los primeros que estarán cayendo durante las primeras tribulaciones. Pero si nosotros sabíamos que éramos desempleados, jornaleros, que no teníamos ninguna esperanza, y por su misericordia estamos aquí, en su misericordia nosotros seguiremos esperando. Para entender la perseverancia de los santos hay que entender la doctrina de la elección. El Señor personalmente me ha llamado. Hay muchas cosas que yo desconozco, pero hay algo que me mantiene firme, y es que yo sé que el Señor pensó en mi nombre.
Gozo de ser escogidos y rechazo a intermediarios
Hermano, la salvación no es un accidente: “yo iba pasando por ahí y me cayó encima”. El Señor personalmente ha pensado en mí y estas cosas me mantienen en pie. ¿Quieres saber dónde está el gozo de tu salvación? El gozo de tu salvación está en que probablemente para otras cosas no fuiste electo, pero para la salvación el Señor a ti te eligió. Él salió a buscar sus obreros, hermanos, y aquí estamos nosotros. Esa es la iglesia del Señor. Y esto es lo que desconoce el mundo, por lo cual no sabe de dónde viene la celebración cristiana.
La celebración cristiana viene de que podemos ocupar espacios con muchas multitudes en esta tierra, pero el único espacio que ocupamos con la multitud de aquellos que han sido elegidos para la viña del Señor es la santa iglesia de Cristo. Y aquí está el gozo y está también nuestra dignidad. Nos faltarán muchas cosas, hermano, pero no nos falta la convicción de que el Señor a nosotros nos ha llamado. El texto demuestra el gran interés que el Señor tenía por su viña. Cuando alguien ama algo, él no delega la tarea.
Cuando el Señor quería mostrar que de verdad él amaba su iglesia, él dijo: “yo la estoy reclutando”. Yo he visto que aquellos hombres que tienen deleite especial en algunas cosas nunca delegarían esa tarea. Tercerizan cualquier cosa, pero no la salvación. Hermanos, el Señor ama tanto su iglesia y su viña que él sale a poner los ojos, a poner el llamado, a hacer transacciones específicas para reclutar hombres y mujeres para sus caminos.
Es sabio que el mayordomo apareciera quizás en el versículo 8. Eso me emociona, porque lo menos que usted quiere tener en su relación con Dios es un intermediario. Lo menos que quisiera yo es sentir que estoy aquí porque un mayordomo me trajo. Lo menos que te desearé a ti es que tú pienses que estás aquí porque otro hombre te llamó. La convicción que debe tener cada persona respecto de su salvación es que su salvación es un hecho personal.
Los mayordomos están ahí, el Señor tiene muchos mayordomos, pero es el Señor que está llamando. Qué gozo da saber, hermano, que no estamos aquí porque un pastor nos trajo, no estamos aquí porque un gran comunicador nos engatusó con sus palabras. Estamos aquí porque el dueño de la viña personalmente nos llamó. Que nos pague el de mayordomo, hermano, pero que nos llame el Señor. No estamos en contra de los mayordomos, pero no queremos en nuestra salvación intermediarios. Queremos saber y sentir que el Señor personalmente pensó en nosotros y nos llamó a nosotros.
Dejemos el mayordomo para que aparezca después. Y, de hecho, es muy sabio que el mayordomo aparezca después, porque probablemente si el mayordomo se dedicara a pagarles a los unos y a los otros un denario, la revuelta ahí no hubiese sido poca. Si al dueño de la viña le reclamaron, imagínese usted a un mayordomo. El Señor personalmente nos llamó para que cuando alguien intente reclamar él diga: “yo fui quien les llamé. Mi viña es mía, mi dinero es mío y tú también eres mi jornalero. ¿Quién eres tú para cuestionar la soberanía mía en mi salvación?”
Hermano, qué hermoso es saber que nuestra salvación no va por intermediarios. Qué gozo nos da saber que nuestra salvación es un asunto personal de nuestro Dios. Hay gente que por temporadas se sienten tristes y dicen: nadie en mí ha pensado. Si tú eres salvo, el Señor está pensando en ti. Si tú fuiste salvado, el Señor personalmente se ocupó. Hay gente que tiene vacío su corazón porque dicen: nadie se ha ocupado de mí. El Señor se ha ocupado de ti. Cuando todo te faltare, recuerda que en algún momento el Señor pensó en tu nombre, te llamó personalmente, y por su misericordia todavía estás en pie.
Jornaleros desocupados: nuestra condición antes de Cristo
Me emociona saber que es un llamado a trabajar para quienes estábamos desocupados. Lo consistente en todos estos obreros es que eran jornaleros desocupados. En la antigüedad, los hombres que tenían viñas tenían dos tipos de obreros: estaban los obreros de la casa, que eran de él, eran suyos y no se iban. Pero como la obra era tan grande, había que auxiliarse de jornaleros que echaban días.
La descripción que se hace de aquellos que el Señor está llamando no es de los siervos de la casa. Estamos hablando literalmente de gente que echaba días, personas que estaban desempleadas, desocupadas, que estaban trabajando para su sustento. Un jornalero no es una persona que tiene ahorros. Un jornalero no es una persona que tiene bienes. Un jornalero es una persona que seguramente tiene dos manos y dice: yo estoy aquí para trabajar por mi comida y quien me reclute, con él me voy.
Todas las demás imágenes, hermanos queridos, descritas para presentar a la iglesia son imágenes de trabajo activo. El Señor está buscando trabajadores. Me llama la atención que no solamente te salvó para dejarte como tú estabas: te salvó para darte un lugar de utilidad en su viña. Este sentido de la utilidad de nuestra salvación también nos entusiasma. Nosotros no fuimos salvados solamente para ser justificados y, de manera legal, pasar de muerte a vida. Nosotros fuimos salvados para tener y ocupar un lugar de dignidad y mucha utilidad en la casa del Señor.
Lo constante en todos ellos es que eran jornaleros, desempleados, mano de obra, y la mano de obra fue traída al trabajo más digno que se puede hacer sobre esta tierra. Qué hermoso es recordar nuestra condición anterior, hermano, y ver hoy el sentido de utilidad que tenemos en su casa. Un rebaño, un edificio en construcción, un viñedo, una boda en desarrollo, una ciudad, toda la metáfora de la iglesia son metáforas activas. El Señor nos llamó no solamente para declararnos salvos, el Señor nos llamó para darnos trabajo en su casa espiritual.
Y, de hecho, hermano, estar desocupado es una buena descripción de nuestra vida antes de Cristo. Si usted quiere saber lo que es la vida en Cristo, piense lo que es un desempleado antes de conseguir trabajo: vacío, inquieto. Pastoreo hermanos que están luchando por robarse el mercado laboral. Yo puedo sentir sus luchas. Qué difícil es estar desempleado, qué difícil es estar desocupado. Qué tristeza se va acumulando al corazón de aquella persona que el mercado no le está buscando.
¿Cuál era nuestra situación antes de venir a Cristo? Espiritualmente estábamos ociosos, distraídos, desempleados. No teníamos una ocupación digna, nadie había pensado en nosotros. Probablemente estabas haciendo muchas cosas, pero ninguna de las cosas que valían la pena y, por seguro estoy, que ninguna de aquellas que tienen recompensa eterna. Antes de venir a Cristo quizá tú dices: yo tenía una vida de utilidad, yo era un profesional, yo era una persona muy dedicada. Todas esas cosas, dice la Escritura, son trapos de inmundicia. Antes de venir a Cristo, nuestra situación es que éramos jornaleros desempleados.
En lo cual quizá ningún otro señor estaba pensando, y el Señor de allá nos sacó, hermano, nos dio un lugar de dignidad y utilidad en su viña. Qué cosa más preciosa. “En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.” ¿Qué encontramos aquí? Hombres desempleados que estaban buscando que alguien pensara en ellos.
Horas del día y diferentes llamados
Hay diferentes horarios que aquí se mencionan, que guardan una relación con las maneras como en Israel se calculaba el día. Ellos tenían días de 12 horas, que los calculaban desde que salía el sol hasta que el sol se ponía. Esa era la jornada laboral. El día comenzaba muy temprano, quizás desde las 6:00 de la mañana, y se prolongaba hasta las 18:00 de la tarde: 12 horas donde se hacía una jornada. Quizás la tercera hora sería a las 9:00 de la mañana, la sexta a las 12, la novena a las 3 y la undécima a las 17:00 de la tarde, y a las 18:00 se ponía el sol y se terminaba la jornada laboral.
Estos jornaleros se ponían en un lugar público y esperaban que alguien los eligiera. Ellos no podían elegirse, ellos podían colocarse, podían levantarse temprano, podían mover el cuerpo hasta la plaza pública, esperando: que venga un dueño de viña y me reclute. Aparecen algunos aquí, por ejemplo, que fueron reclutados en la primera hora: una gran cosa. Quien conoce un poco cómo se maneja la mano de obra a esos niveles puede recordar que el capataz sale. Sin ánimo de ser irrespetuoso, por lo que más se parece aquí es a la mano de obra de construcción que es frecuentemente de extranjeros.
Estas personas van a los lugares donde los extranjeros duermen, se paran allá, y ellos están todos ahí esperando: que me reclute, que me reclute. Y él dice: ven tú, ven tú y ven tú. ¿Y los otros? ¿Qué pasa con ellos? Esperen a ver si alguien más les da trabajo. El obrero de la primera hora quizás es el obrero más deseable. Por eso ustedes se van a dar cuenta de que cuando el Señor negoció con los obreros de la primera hora, les ofreció directamente un denario. Les dijo: vengan conmigo y les daré un denario.
No piensen que un denario era poco; era un dineral. Para lo que gana un jornalero, darle un denario era darle mucho dinero. Si quieren tener punto de comparación, un denario, por ejemplo, era el salario de un día de un soldado romano. O sea que le están pagando al jornalero de mano de obra que no es de la casa, que vino a echar un día, lo mismo que se le pagaba a un soldado romano. El buen samaritano, por ejemplo, cuando compró a un hombre maltratado, lo llevó a un hostal y en ese hostal, por pagar por su hospedaje, por su comida y por su cuidado, pagó dos denarios.
O sea, que atender a una persona durante un tiempo, dos denarios era suficiente. Le están pagando un denario a cada uno de ellos: un dineral. Los obreros de la primera hora estaban en la misma situación que los demás, sin embargo, fueron reclutados temprano y es esperable que ellos tuvieran un sentido de satisfacción: “me está llamando”. Entonces se repite desde la primera hora hasta la undécima, cada uno con diferentes necesidades.
En primer lugar, hermano, he estado mostrando cuál es el llamado. Hablemos ahora respecto de los obreros. Todos ellos estaban en la peor condición posible, ninguno era obrero de la casa, ninguno tenía propiedades, todos eran jornaleros. Sin embargo, entre los jornaleros, unos fueron seleccionados primero y otros después. Recuerden que el Señor está provocando a sus discípulos: tenemos, por ejemplo, a Jacobo, a Juan, a Pedro, que habían estado con el Señor desde el comienzo mismo de su ministerio. Ellos pensaban: “oh, nosotros somos de la primera hora”.
¿Y tú desde cuándo estás con el Señor? ¿Tú estás llegando ahora mismo, tú eres un joven rico que quiere seguirle? No, por favor, ve atrás, porque nosotros estamos aquí desde la primera hora. Quiero mostrarle, hermano, que el hecho de que tú hayas venido temprano no deja de ser que tú sigues siendo un peón. Tú sigues siendo un peón, una mano de obra poco cualificada, que alguien tuvo misericordia de ti y te han pagado un denario por una jornada de trabajo.
Obreros de distintas horas y gratitud
A estas personas les pagaron un dineral, hermano. Fíjense que ninguno de ellos se quejó al principio; yo tampoco me hubiera quejado. Pero imagínense que usted por trabajar un día le pagaran la quincena completa. ¿Quién se quejaría de eso? Usted diría: “este hombre se está volviendo loco, pero si me da mi denario, yo lo cojo”. Se quejaron al final, pero no al principio, porque al principio podían decir: “señores, ¿todo esto es para el mes completo?” No, es un denario por un día. Guau, qué gran recompensa me han dado.
Los de la primera hora, ellos no sabían si él volvería a salir, pero la recompensa era tan alta, hermano, un denario completo, que lo agarraron inmediatamente. Los de la tercera, sexta y novena no contaban con que serían buscados, pero cuando vinieron a buscarlos ya no les ofrecieron un denario, sino “una recompensa justa”. Sin embargo, recuérdense que tenemos que comer, y dado que hay que comer, si me van a dar una recompensa justa, yo espero que lo mínimo sea por lo menos la dieta del día. Comemos, trabajamos.
Ahora, los de la undécima hora ya habían perdido toda la esperanza. Ellos vieron que vino el camión y se llevó a cinco: “ok, no me fui en el primero, vamos a ver, todavía hay tiempo, 9 de la mañana, otro viaje. Ven tú, tú y tú. ¿Y conmigo qué pasa? No hay trabajo.” Quien llega a la undécima hora esperando ya tiene unos niveles de ansiedad, de desesperación y, esperable también, de hambre, que si aparece una cosa, aunque le digan cuando ya esté encima del camión: “ay”, se sube como sea.
Hermano, en los caminos del Señor pasa lo mismo. Hay hermanos que son reclutados temprano y otros que son reclutados tarde, pero frecuentemente los que son reclutados tarde son los que vuelan y se suben encima del camión. ¿No ves por qué hay creyentes que, recibiendo todos el mismo denario, algunos son más agradecidos que otros? Porque hay unos que tuvieron más hambre que los otros, porque hay otros que experimentaron, que sintieron más el rechazo que los demás.
Usted me dirá: ¿qué es mejor, estar en la primera hora o estar en la última? Cada una tiene sus ventajas. El que está en la primera hora está trabajando desde temprano, está contento porque bien lo reclutaron. El de la última hora no solamente tiene trabajo, ese tiene trabajo y un gozo, hermano, y unos niveles de satisfacción que dice: “guau, hoy no voy a pasar hambre”. El Señor en su misericordia a algunos les llama primero y a otros, por su gran amor, les llama después. Porque frecuentemente al que mucho se le perdona, mucho agradece.
Es el caso de aquella mujer que vino y lavó los pies del Señor cuando él estaba visitando la casa de un fariseo. El fariseo podía decir: “yo soy de los obreros de la primera hora, el Señor quiso venir a mi casa”. Y vino otra mujer, y el fariseo estaba quejándose, decía: “él no sabe quién es esa mujer que le está lavando los pies”. El Señor después le explicó directamente, le dijo: lo que pasa es que esta es de la undécima hora, ella era la que no tenía esperanza. Y sus pecados le son perdonados. Al que mucho se le ha perdonado, mucho agradece.
¿Por qué el Señor a algunos los deja para el último momento? Porque en el último momento, hermano, hay más hambre, pero también hay más gratitud. Quizá la iglesia del Señor no es una iglesia más agradecida, que se desborde más ante el Señor con alabanza, porque muchos de ustedes no fueron salvados en la undécima hora. Muchos de ustedes son los jornaleros de la primera hora. Aquellos que ya no tenían esperanza y que nadie los había buscado son frecuentemente los obreros más agradecidos.
La gran cantidad de jornaleros que el Señor buscó, hermano, habla respecto de la gran tarea de la evangelización, de los muchos obreros que el Señor está por traer a su viña. Las diferentes condiciones negociadas también anuncian las actitudes de cada grupo. Ese grupo de los que se esperan temprano frecuentemente son los creyentes más difíciles, son aquellos que entienden que realmente tienen mérito. Y, de hecho, a este grupo figuradamente pertenecían los apóstoles. Ellos eran los obreros de la primera hora.
El Señor piensa en las “otras horas” y los desechados
Me emociona al ver que mi Señor no solamente pensaba en los doce apóstoles. Él tenía su mirada puesta más allá. Les dijo en un momento: “yo no solamente tengo este redil, yo tengo otras ovejas de otro rebaño que también tengo que buscar”. Como quien dice: viene más gente. Cuando estaba orando por sus discípulos, en Juan capítulo 17, dijo: “Señor, no solamente te pido por ellos, sino por los que han de creer por el testimonio de ellos.” Cristo siempre estuvo pensando en las horas siguientes, figuradamente hablando. Cristo no solamente estaba pensando en la cosecha inicial, tenía sus ojos puestos en la undécima hora, en el momento donde vendrían los que estaban más desechados.
¿Por qué los jornaleros de la undécima hora no habían tenido trabajo y los de la primera sí? Uno pensará: ah, bueno, quizá porque eran menos fuertes, menos calificados. Si usted sale a buscar obreros, mano de obra, usted trataría de buscar los que fueran más robustos, más calificados, probablemente los que anteriormente habían trabajado con usted, que ya tenían un testimonio de diligencia, de trabajo forzado. Probablemente esos eran los mejores. Hermano, en todas las industrias hay una mano de obra desechada: gente que no da, personas que no tienen buena actitud, personas que no tienen buenos conocimientos, gente que da problemas.
Tú cuando vienes a buscar para tu equipo, tú dices: “no, ese no, que da problemas.” Los de la undécima hora son aquellas personas que el mundo mismo ya ha calificado como desechables: “no vale la pena, no trabajes con ellos”. El Señor va a llamar a aquellos que el mundo ya desechó. Aquel hombre, aquella mujer por el cual el mundo no da hoy la cuarta parte de lo que valen, donde nadie da nada por ellos, el Señor le llama, le paga su denario completo.
Me emociona saber que el Señor está llamando a los de la undécima hora: lo desechado del mundo, personas en momentos de la vida que ya no son deseables, personas con mal testimonio en sus trabajos anteriores. Miren, no hay una cosa que corra más rápido como el mal testimonio de un obrero. Entre los maestros se dicen entre ellos: “hay uno ahí, el chiquito, ese no.” Hay uno que no trabaja, hay otro que tiene mala actitud, hay otro que dispone a los demás. Y es verdad, en un equipo de jornaleros hay uno que tiene mala actitud y replica la mala actitud en los demás. Ese con su actitud tú no lo quisieras llevar en el primer viaje.
El Señor, hermano, se los lleva todos por su misericordia. Me emociona saber que la iglesia del Señor está compuesta por gente que no es la gente que usted esperaba que esté aquí, pero son aquellos a los que el Señor quiso pagarle su jornada completa. He hablado acerca del llamado, he hablado acerca de los obreros. Hablemos por un momento de la recompensa, desde el versículo 8 en adelante.
Cuando llegó la noche, se acabó el día, se acabó la jornada. De hecho, en la ley se prohibía que una persona que tenía obreros no les pagara su jornal. Se entendía que eso había que pagarlo diario, porque son jornaleros, ellos necesitan trabajar para comer. Si tú no les pagas, no comen. La ley establecía que había que pagar el jornal el mismo día. Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros.
Es evidente que este hombre quería hacer un problema. Porque si usted no quisiera que se arme el problema, usted les paga primero a los primeros. Se van en silencio, celebrando su denario, y después usted manifiesta su generosidad con los últimos, pero por lo menos ahí no se enteran. Se ve que el señor de la viña estaba buscando provocar un problema. A mí me emociona que el Señor no era un maestro pasivo, de esta gente que solamente enseña; el Señor provocaba, ponía el dedo en la llaga.
La provocación: pagar primero a los postreros
Él les decía: “yo sé lo que ustedes pensaron. Pedro, yo sé lo que pasó en tu corazón, te molestó que viniera este joven rico y que yo le hiciera la misma promesa que les hice a ustedes.” Ah, yo sé lo que pasa en el corazón de los hijos de Zebedeo, que vieron a Pedro preguntando. Cuando la gente pregunta, hermano, ese es un plural falso. “Nosotros hemos estado hablando.” Cuando la gente dice “nosotros”, muchas veces está hablando de que en el fondo es él, el que tiene algo en su corazón, y habla en nombre de otros.
Versículo 27 del capítulo anterior: “Entonces, respondiendo Pedro, le dijo: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?” Pedro dice que está hablando por los otros hermanos, pero probablemente está hablando por él. Nosotros nos hemos habituado a esa expresión de que “nosotros estamos pensando esto”, pero muchas veces somos nosotros, eres tú, el que está pensando. Y los hijos de Zebedeo, cuando vieron que Pedro estaba pensando, le dijeron a su mamá: “mami, Pedro está pensando.” Todo el mundo andaba buscando su parte, hermano, todo el mundo andaba buscando su recompensa.
Esto es un asunto muy humano, yo los entiendo a todos ellos, hermano. Yo no quiero ser injusto, yo los entiendo. Yo tengo también esos deseos de ser recompensado, de que el Señor mire nuestro esfuerzo. Recuerden que esta parábola es para que sus discípulos lo entendieran. Comienza a pagar, versículo 8: “págales el jornal, comenzando desde los postreros y hasta los primeros.”
Miren, cuando se paga dinero, eso es un problema. Yo trabajé haciendo software de nómina y demás, y recuerdo personas que tenían obreros que me decían: “póngale un reporte que ellos pongan ahí que se les pagó y que tenga la firma, pero cuando vean el monto…” Porque mira, se ponen hasta violentos. Cuando la gente ve el reporte, y de todos modos la gente se entera. En una empresa grande o pequeña, todo el mundo sabe lo que gana todo el mundo. Usted dice: ¿cómo se dan cuenta, si ellos no están en Recursos Humanos? Es que la gente se la busca, hermano.
Preguntan a veces: “Fulano, ¿te dieron a ti tu bono? ¿Cuánto te dieron?” Y seguido, si le dieron menos que al otro, en su corazón desarrolla una alegría rara, pero si no le dan lo que hay que darle, hermano, la gente desarrolla en el corazón una ira que se vuelve hasta violenta. Se ve que el Maestro estaba provocando a sus discípulos. Quería que sintieran esos viscerales en el corazón de que: ¿cómo va a ser que a los que están llegando de último les van a dar lo mismo que a nosotros?
Al venir, versículo 9, los que habían ido cerca de la hora undécima recibieron cada uno un denario. Qué felicidad, hermano: trabajar una hora y recibir una jornada completa. Nadie habló; yo tampoco hubiese hablado. Te están dando lo que tú no esperabas. Recuerdo una imagen trabajando para una empresa que el cajero de esa empresa, un cajero automático, en algún momento comenzó a soltar dinero. Y tú veías la fila que casi le daba la vuelta a la empresa, todo el mundo en silencio. Yo no sé qué fue lo que pasó, pero era como que en vez de tirar papeletas de a 500 o de a 100, tiraba de a 2000.
Y tú veías a la gente recibiendo, se iban cada uno con su montoncito de dinero y lo guardaban. ¿Saben qué pasó? Que al mes siguiente, por nómina, el banco se lo descontó. Pero me llama la atención el silencio que había en esa fila. Tú lo veías a todos muy serios, entrando su tarjeta, sacando, y se ponían su montoncito. Ninguno fue donde el banquero y dijo: “señor banquero, aquí hay un problema, me dieron cinco papeletas de 2000 y era cuatro de 100.” No, nadie lo dijo.
Lo que pasó aquí con estos obreros es que al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, o sea, casi ya poniéndose el sol, recibieron cada uno un denario. Ellos no sabían lo que les iban a dar, hermano. Recuerden que lo que el Señor les dijo fue: “yo les pagaré lo que es justo.” Guau, hermano, miren lo que significa “lo que es justo” desde la perspectiva del Señor: un denario completo.
Murmuración, agravio y envidia
Ahí no hubo problema. Lo que hubo fue silencio y, me imagino, una alegría discreta. El problema vino después. Versículo 10: “Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más.” Es lo esperable. Yo me imagino, hermano, que ahí había gente haciendo proyecciones: “mínimo cinco. Si me dan tres fue justo, si me dan dos todavía estamos ganando. Pero uno no nos pueden dar.” Ese es el ser humano, hermano, serás tú y ese soy yo, considerando la misericordia de nuestro Señor.
Ese es el ser humano natural cuando trata de dimensionar lo que es la gracia, la misericordia del Señor. Claro, yo no tengo problema con que a ellos les dieran un denario: “qué bueno que les dieron un denario completo. Wow, me da una alegría inmensa que te hayan dado tu denario completo, porque eso significa que a mí me van a dar más.” Este es el ser humano normal. Ay, hermano, pero la misericordia del Señor va más allá de lo que nosotros entendemos que es bueno.
Al venir también los primeros, versículo 10, pensaron que habían de recibir más, pero también ellos recibieron cada uno un denario. Y lo que antes parecía maravilloso, hermano, cuando lo recibieron, murmuraron contra el padre de familia, diciendo: “estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día.” Ahí está el corazón de esta parábola. Aquí está el centro del mensaje, hermano: ¿cómo te sientes tú con respecto a la misericordia del Señor?
Yo sé que los hombres naturales no entienden esto. El problema mío no está en este momento en aquellos que están muertos en delitos y pecados. El enfoque mío, mi atención, está en el pueblo del Señor: cómo procesamos nosotros la gracia. Yo sé que para el mundo esto es locura. Ellos te dicen: “¿cómo va a ser que una persona se pasó la vida dañando, se pasó la vida pecando, y ahora el Señor le justifica, borra su pecado y ya es salvo y santo?” El mundo se burla de esas cosas, y yo lo entiendo. Mi problema en este momento no está con el mundo, sino en cómo lo procesamos nosotros.
¿Qué pasa cuando aquel que trabajó poco es pasado de muerte a vida? ¿Qué pasa cuando aquel que tú mismo tenías una imagen respecto suyo, el Señor lo pasa de muerte a vida y le da la misma recompensa que a ti? ¿Cómo procesamos nosotros como creyentes la justicia del Señor? ¿Pedro, qué te parece? ¿Cómo reaccionas tú? ¿Juan, qué te parece? ¿Jacobo, qué te parece?
Versículo 13: “Respondiendo, dijo a uno de ellos…” Oye, hermano, ese “uno” el Señor sabe porqué lo señala. Yo me imagino que ese fue el que tomó la voz y dijo: “no nos están pagando como es.” Ese plural falso: “nosotros hemos hablado, nosotros nos reunimos y entendemos que eso que tú estás haciendo no está bien. ¿Cómo va a ser que a nosotros un denario solamente?” Yo me imagino que a ese mismo fue al que le respondió.
“Respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio.” Yo no te he dañado. Yo no he reducido tu jornal. Yo te estoy pagando una inmensidad de dinero. Tú eres un obrero que echa días y yo te estoy pagando como un soldado romano. Lo que te estoy pagando da no solamente para que tú comas este día, sino que por primera vez, quizá en tu vida, te da para que tú guardes. “Amigo, no te hago agravio, yo no te estoy dañando, yo te estoy favoreciendo.”
Bueno, todo aquel que ha sido salvo ha sido favorecido por el Señor. Sin embargo, cuando uno considera la misericordia del Señor hacia los otros, uno siente como si le están agraviando. Da duro eso, en todos los caminos del Señor, porque el Señor nos reparte proporcionalmente, desde nuestra perspectiva, pero en realidad hay una enorme desproporción en cómo el Señor administra sus bienes. Parece un cajero que se volvió loco. Tú dices: “Señor, y le va a dar más y más…” Y mientras más tú le das a otro, menos se parece a lo que tú me diste a mí.
“Amigo, no te hago agravio”, le dice el Señor. “¿No conveniste conmigo en un denario?” Lo impresionante del texto, hermano, es que los únicos que habían convenido en un denario eran ellos. A los otros lo que el Señor les dijo es que les daría justicia. Es impresionante que los que entendían que habían hecho el negocio de su vida porque habían ganado un denario y se fueron a trabajar, me imagino con esa felicidad, ahora tienen que escuchar: “contigo es con el único que yo tengo un acuerdo verbal. Yo te dije que te iba a dar un denario. ¿Cuánto te di? Un denario, ¿eso es?”
“Toma lo que es tuyo y vete”: choque con la gracia
“¿Y es poco?” “No, no es poco, pero a él le diste lo mismo que a mí.” “Toma lo que es tuyo y vete.” Ay, hermano, eso a mí me duele a la distancia. Porque yo lo que quiero es que me den mi denario, pero yo estoy loco por trabajar aquí mismo mañana. Si mañana me dan otro denario, yo estoy loco por echar aquí el mes, para tener 30 denarios. “Vete.” Ese “vete”, hermano, yo imagino que le dio duro.
“Toma lo que es tuyo, que fue lo que acordamos, y vete. Pero quiero dar a este postrero como a ti.” Ahí es que le arde a quienes no conocen al Señor cuando hablan de su justicia, pero ahí también nos arde a nosotros, hermano, que a los que vienen llegando de último les den las mismas recompensas. Wow, hermano, qué locura desde la perspectiva humana. Son los caminos del Señor, que aquellos que han trabajado poco y los que han trabajado mucho van a recibir el mismo denario.
“¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?” Sí, te es lícito. “¿O tienes tú envidia porque yo soy bueno?” Ahí es que quiero llegar, hermano: la envidia. Yo infiero que, si los discípulos de Cristo lidiaron con la envidia en algún momento, nosotros también tenemos que lidiar con este asunto. Si Pedro, hermano, tuvo que luchar con la envidia en su corazón, yo creo que tú y yo también vamos a tener que luchar con este asunto.
Y lo peor que podemos hacer es decir que a nosotros no nos afecta. Levante la mano quien no lucha con esto. Cuando nosotros vemos el Reino, esto no está parejo. Tú encuentras mucha discrepancia. Es evidente, hermano, que en el Reino hay uno que ha recibido más talento que tú. Hay otro que ha recibido más oportunidades que tú. Hay otro que pareciera que el Señor le hace coger menos lucha que a ti.
Tú dices: “pero si los dos servimos al mismo Padre, ¿cómo es que yo estoy aquí luchando por las necesidades más básicas y el problema de mi otro hermano es cómo puede administrar el excedente?” Hay uno que está por derribar los graneros y hacerlos más grandes, y hay otro que está esperando tener un poco de grano para poder subsistir al otro día. Y son hijos del mismo Padre. Tú dices: “estamos sirviendo al mismo Señor, y ¿cómo fue? Mi hermano está trabajando en la hora undécima y yo tuve que tirarme la jornada completa y cruzar el fragor del sol.”
Y ¿sabes lo que el Señor responde? “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?” Ese es el asunto con nuestro Señor, hermano: que él hace lo que quiere con lo de él. Eso descoloca a uno. Nosotros estamos en Cristo, pero todavía luchamos con nuestras humanidades. Y en nuestras humanidades frecuentemente quedamos descolocados y uno dice: “Señor, pero yo te estoy sirviendo, a mí también dame…”
“¿Tienes envidia porque yo soy bueno?” El Señor está mostrando su carácter. El problema tuyo, hermano, es que él es bueno. Y es tan bueno que le da a cada uno su denario. “Así, los primeros serán postreros y los postreros primeros, porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.”
Hay asuntos que no tienen ningún mérito desde la justicia del Señor, pero en nuestro corazón todavía queremos reclamar, hermano. Están ahí. Algunos quieren reclamar el trabajo que han hecho para su Señor. Dicen: “Señor, nosotros te hemos servido. Estamos aquí, mira, con las uñas estamos en esta labor del ministerio, año tras año hemos estado aquí.” Y vendrá otro hermano que tendrá que cargar menos que tú y recibirá también su denario. Y tú dirás: “guau, pero él está llegando ahora mismo y va a recibir un denario.” Sí, hermano, va a recibir su denario.
Nuestros supuestos méritos frente a la gracia
Hay otros que dicen que ellos han soportado más: “yo, nadie sabe lo que yo he soportado y a quienes he tenido que soportar por la causa de Cristo.” Eso se vuelve mérito para mí: “yo tengo puntos, soy mejor que los otros.” Hermano, a ti el Señor te ha soportado mucho más, y a ti mismo entre todos nosotros te hemos soportado mucho.
Hay algunos que piensan que es mérito haber entregado su vida a Cristo. “Yo vine, Señor, y te entregué mi vida.” Dice la Escritura: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí.” Si tú estás hoy en los caminos del Señor, tú puedes decir que has entregado tu vida a Cristo, pero la manera más técnica de decir esto es que tú has sido traído soberanamente a él. Hay gente que entiende que haber entregado su vida a Cristo le merece ser “el siervo del mes”: “pongamos mi foto.” Sí, porque “yo me convertí.”
Sé cuidadoso cómo utilizas esos términos, porque es verdad que en ti quizás hubo una resolución, hubo una decisión, pero si acaso pudiste ver, es porque tus ojos fueron descubiertos. Si acaso pudiste actuar, es porque en algún lugar donde antes no había, tú recibiste la fuerza. Si hoy tú estás en los caminos del Señor, ha sido por su misericordia y no por mérito propio. O sea que decir que has entregado tu vida a Cristo, eso no tiene demasiado mérito, no te vamos a celebrar un cumpleaños espiritual como si fuera por ti.
De hecho, hermano, yo he desarrollado cierto desasosiego con este asunto de los cumpleaños de iglesia. Porque no quiero que se tome esa ocasión para decir: “11 años tenemos” y que miremos por encima del hombro. Once años, hermano, eso no es nada. El Señor puede hacer cosas todavía más grandes. Es una tentación mirar hacia atrás y decir: “tenemos 11 años” y no decir: “por las misericordias del Señor.” A veces, hermano, esos son términos bonitos, pero detrás hay política, hay búsqueda de aplauso: “me lo merezco, apláudanme.”
Hermano, no tiene ningún mérito. Si tú tienes 11 años con nosotros, hay uno que el Señor va a alcanzar hoy mismo, y ese va a recibir el mismo denario que tú has tenido hasta ahora. Y tú: “guau, ¿y qué pasó?” Sí, hermano, que traiga el Señor diez más y que les dé el mismo denario, que se lo dé a todos. Esa es la misericordia del Señor, esa es su justicia.
Hay otros que dicen: “yo he renunciado a mis bienes por amor al Señor.” Me goza lo que decía David, hermano, que tenía una perspectiva muy diferente al respecto de cómo se usan los bienes y quién da los bienes. Nosotros podemos decir: “los bienes que tenemos son bienes nuestros”, y hemos hecho un gran sacrificio de nuestro patrimonio para servir al Señor: “yo me he despojado para que el pueblo del Señor avance y alcance sus propósitos, yo he sido muy justo, muy desprendido.”
“Yo vine al Señor y me desprendí de gran parte de mi patrimonio para edificar la casa del Señor.” Decía David: “Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos.” Hay alguien que dirá: “yo hice un gran desprendimiento de mi patrimonio por amor al Señor.” Hermano, si acaso tú tuviste algo de qué desprenderte, fue porque anteriormente el Señor te había enriquecido.
“De Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan.” Hemos usado nuestros dones. Usted sabe, hay quien dice: “es que ninguno de mis hermanos tiene la misma pasión que tengo yo.” Es verdad, miren, hay hermanos nuestros que son más diligentes que la media. Pero esa personalidad se la dio el Señor. Hay hermanos que se mueven como trompo por la causa de Cristo, y tú lo miras desde lejos y tú dices: “no, pero es que él parece que cree que le van a dar diez denarios.”
Combatiendo la envidia: deleite y privilegio
Hay hermanos que no se paran en los caminos del Señor y hacen y hacen y hacen, y siempre tienen un proyecto, y siempre algo. Y hay otros que tienen un rol como más discreto y no se mueven tanto. Y tú dices: “guau, ¿y qué es lo que pasa, que este es mejor que el otro?” No. Es que a ese el Señor le dio una personalidad distinta a la personalidad que le dio a los otros, y hasta eso lo da el Señor.
¿Cómo podemos resolver el problema de la envidia? Dos recomendaciones, hermano. Este es un mal que está en el corazón de todo hombre. No creas que porque estamos en Cristo ya no vamos a lidiar con esto. Si Pedro lo tuvo, Jacobo lo tuvo, Juan lo tuvo, nosotros también, hermano.
Primero, te invito a que encuentres deleite, sobre todo, en el hecho de que tú has sido llamado y punto. Si tú dices: “bueno, me llamó a mí a una hora, a otro lo llamó a otra hora…” Esas horas del día, figuradamente, pueden estar hablando del momento de la vida, pueden estar hablando de la circunstancia. Lo que el Señor está diciendo es: siéntete satisfecho si a ti te llamaron. “El Señor me llamó, ya.”
“Son muchos los llamados, mas pocos escogidos.” Wow, el Señor me ha escogido, ¡gloria al Señor! Yo fui escogido, hermano. Si él te escogió, encuentra en el hecho mismo de la escogencia un deleite especial, porque todo lo otro, hermano, es muy disparejo. Alguien te dirá: “yo he servido más al Señor, yo tengo fruto más evidente, tengo más años en Cristo. Yo tengo un ministerio más fructífero.” Y tú le dirás: “y yo fui escogido por el Señor.” Uf, yo tengo que repetirme eso suave, hermano.
Porque es que uno vive expuesto, por los medios de comunicación masiva. Ya no hay que salir a buscar para tú ver cómo el fruto se manifiesta, y tú ves hermanos que el Señor evidentemente les ha dado más fruto que a ti. Tú dices: “guau, pero la verdad es que ahí el Señor se desbordó.” Y tú: “yo he sido escogido.” Guau, hermano.
Mira el servicio a tu Señor como un privilegio y no como una carga. Un hermano que no ha encontrado el gozo, el gusto de servir a su Señor es un hermano que siempre está anotando, que lleva cuenta, para reclamar en algún momento: “Señor, mira lo que hice aquí.” Como tú no te deleitaste en eso, el único deleite que te queda es que el Señor te recompense.
Hermano, encuentra un deleite tal en hacer la obra de tu Señor, de forma tal que no haya en ti un deseo de que “ya me pagaron”. Tú dices: “Señor, ya el mismo privilegio de haber trabajado para tu obra, el trabajo más digno que podemos tener, ya es un pago.” “Señor, ya tú me pagaste con esto: yo trabajaré en tu viña.” Ya eso es un enorme privilegio.
Guau, Señor, ya. Y adicional a esto, ya tú me diste mi denario, mi denario y la oportunidad de trabajar en tu viña, de escuchar tu voz, de estar cerca tuyo. Ya con eso, Señor. Hermano, encuentra deleite en el servicio, porque si tú no encuentras deleite en el servicio, siempre lo vas a ver como una pesada carga y algo por lo cual hay que pagarte. Yo esperaría que tu servicio al Señor sea tu deleite, sea tu pasión.
Entiende que todos estamos edificando el mismo Reino. Algunos de manera más evidente, otros de manera más discreta. Pero si el hermano se mueve mucho y hace mucho para el Señor, él lo está haciendo para nosotros, porque es el mismo Reino, no hay dos reinos. Y si él está edificando su propio reino, la verdad es que tendrá gran pérdida. Pero si él está edificando el Reino del Señor y yo soy parte del Reino del Señor, a mí me conviene mucho que use sus dones.
De hecho, hermano, yo he llegado a tener un profundo deleite en mis hermanos a quienes el Señor les ha dado mucho. Yo veo hermanos míos de lejos que están sirviendo al Señor y digo: “Señor, cuánta gracia te doy porque me permitiste servir con un hermano como ese.” Gracias te doy, Señor, porque los dones que tú le has dado a él son tantos y son tan cruzados y tan variados.
Yo veía ayer un hermano y yo decía: “guau, la verdad es que si tú le has dado mucho.” Le dio en esto, le dio en esto, tiene demasiado. Yo no pude evitar, se lo dije a alguien: “tiene demasiado.” El Señor le ha dado. “Que el Señor lo cuide, porque tiene mucho.” Y después le digo: “Gracias, Señor, porque tú lo mandaste para acá, de forma tal que todo lo que él hace repercute directamente en tu Reino, y es un asunto que va a ser de bendición también para mí.”
Hay gente que le molesta que sus hermanos trabajen mucho. Góceselo, porque el Señor se lo dio. Fue a usted, a su iglesia. Estamos en el mismo Reino, no hay dos equipos. Todos vamos a ganar el campeonato. Si esto fuera un equipo, hermano, a todos nos darán el anillo. Gloria al Señor. Todos recibirán su denario.
Valorar el “Corolla 87” de la salvación
Guau, hermano, disfrute su denario. Yo no puedo hacer que a usted le den dos denarios, no puedo hacer que le den cinco, pero yo sí puedo hacer que usted tenga más valoración por ese denario. Lo mismo que tú has recibido, y ojalá que tú lo veas ahora de manera diferente. Que cuando tú veas tu salvación, tú digas: “la verdad es que si yo tengo mi denario y él tiene su denario, todos tenemos nuestro denario. No vamos a poder competir a ver quién tiene más, pero podemos tener más deleite que el otro.”
Yo no conozco a nadie que esté completamente satisfecho con el vehículo que tiene. Todo el que tiene su carrito tiene su dificultad. Pero yo vi —perdóname, hermano, hago el comentario—, no sé si ese es el tuyo, no es para ti. Pero yo vi a alguien negociando un Corolla del 87 el otro día, que me llenó de ánimo. Él estaba comprando un Corolla del 87. Yo estaba escuchando la negociación, y yo dije: “oh, pero él no sabe que está comprando un problema, él no sabe. Está comprando un carro viejo. Él no sabe que eso hay que cambiarle de todo.”
Yo, dentro de mí, pensaba: “no tiene carrocería, no tiene motor, no tiene accesorios, él está comprando un problema.” Hermano, él tenía un nivel de deleite con el Corolla 87 que estaba comprando que él me hizo sentir que el mío, que es del 2008, era fluorescente. Yo sentía que el mío brillaba. ¿Saben por qué? Porque para él, su Corolla 87 era todo. Era un motorcito, una oportunidad. Él estaba pensando: “ahora yo voy a poder tener más seguridad. Antes, si yo conchaba, podía llevar uno al mismo tiempo. Ahora puedo llevar cinco.” Guau, hermano, para él su Corolla 87 era el premio, él se había sacado la lotería.
Hay gente que tiene lo mismo que tú, o hasta menos, pero se deleita más. Para romper con la envidia, hermano, goce intensamente su denario. Mire la salvación de su alma y diga: “guau, yo fui de los escogidos. Yo fui de la primera hora, o fui del mediodía, o fui de la undécima, pero gracias, Señor, porque me cogiste a esa hora. Gracias, Señor, porque no saliste una sola vez. Gracias porque seguiste saliendo, gracias, Señor, porque por tu misericordia seguiste saliendo vez tras vez hasta la undécima.”
¿Hay alguien aquí en quien el Señor recientemente ha estado obrando en salvación? Gócese con venir en el último momento, del mismo modo que se gozaba con el primero. He visto que las iglesias en los primeros años atraen mucha gente, porque la gente quiere ser parte de una historia. Dicen: “guau, cuando las cosas no son dadas, yo quiero ser parte de esa iglesia.” Pero cuando la iglesia va madurando, llega un momento en que la gente defiende más sus islas de poder y sus intereses, y ya no se vuelve tan expansiva.
Quiere el Señor romper ese cerco en el corazón de nosotros, hermano, y que seamos expansivos para celebrar el talento que el Señor le ha dado, el denario que el Señor le ha dado a cada uno. El estribillo es recurrente. Usted debe encontrar ese estribillo en el versículo 16 y también al final del capítulo 19, versículo 30: “Pero muchos primeros serán postreros, y postreros serán primeros.”
Hay muchos que el Señor está salvando en esta temporada que pronto tendrán entre nosotros, hermano, quizá los primeros lugares. Yo mismo estoy esperando que eventualmente va a venir gente, no te sé, que tendrá dones tan evidentes que yo mismo voy a tener que dedicarme a empujarlos. Yo lo oro: “Señor, trae más pastores, trae más obreros.” Y yo me espero que el corazón no me engañe, que cuando yo encuentre gente que tenga más talento, que tenga más pasión, que tenga más hambre, yo mismo diga: “no, pero que esté el hombre” y yo mismo lo voy a empujar.
Te animo, hermano, a que recibas de buen agrado todo lo que el Señor está llamando. Que no metas el codo. ¿Entiendes? No metas el codo, no luches por tu espacio. Tú tienes tu denario, él también va a tener el suyo. ¿Quiénes son los postreros que serán primeros? Son los que vienen a Cristo en este último año, son los hermanos que no tienen dones tan marcados o tan evidentes, aquellos que parecía que estaban en la periferia, pero que para el Señor también son valiosos y tienen su denario.
Son los que con sus bienes no pueden hacer grandes sacrificios. Hay gente que ve a otros y dice: “guau, yo quisiera poder sacrificar, pero que yo no tengo nada. ¿Qué voy a sacrificar yo por las causas de Cristo?” Hermano, gócese en venir a Cristo con una mano delante y otra detrás, que también él le dará su denario. ¿Quiénes son los postreros que serán primeros? Son los que no tienen todavía tanto conocimiento, tanta madurez, pero su salvación es real, hermano, su salvación es real. Tienen la misma salvación que nosotros.
La hermana Maribel hoy declamó, hermano, yo me siento también entusiasmado. Tenemos un denario, el denario más valioso, y lo hemos recibido por el trabajo más digno. Traigamos a otros obreros para que se unan a nosotros. Él también tendrá el suyo.
Al terminar la jornada, sea que haya sido desde la mañana a la noche o solamente en la tarde, pero con el mismo gozo de haber sido llamados, celebraremos cantando y trabajaremos riendo. Nos dormiremos deseando que ya amanezca y volvamos, y cuando todos trabajemos por este mismo denario, unos más, otros menos, pero en la misma viña, se acabarán los pleitos y se sofocarán los celos. Estaremos entre todos edificando el mismo Reino. Oh, qué viña tan hermosa, oh, cuán valioso denario y cuán bueno es este dueño que a unos y a otros llamó. Que a él sea dada la gloria, que él gobierne en su Reino, que su justicia fluya haciendo primero al postrero.
Oración final por la iglesia y llamado a responder
Oro por la iglesia, que el Señor la edifique, especialmente por lo menos por 11 años más, hermano, y por lo que esté por delante, que el Señor sea glorificado. Padre, gracias por cada uno de los obreros que tú has traído a tu viña. Gracias, Señor, por aquellos que llegaron hace 11 años. Gracias, Señor, por los que llegaron hace cuatro. Y gracias, Señor, por aquellos que hoy tú puedas alcanzar también con salvación.
Y, Padre, ¿cómo no pedírtelo? Nosotros que ya estamos en la viña nos unimos al dueño, Señor, y pedimos que más obreros sean añadidos a tu pueblo. Padre, la obra que hiciste en los primeros, hazla también en los postreros. Permite, Señor, que alguien también reciba su denario, que alguien sea pasado de muerte a vida, que alguien, Señor, pase de condenación a esperanza.
Mantén tus ojos cerrados, hermano, y si eres obrero de la viña, únete a mí en este clamor. Pídele ahí al Señor que se mueva hoy en medio de nosotros y que reclute a alguien con salvación. Pídele al Señor ahí que se pasee en medio de nosotros y que llame a los obreros de la hora undécima. Pídele al Señor ahí que manifieste su bondad y su gracia expansiva, alcanzando hoy mismo a alguien y pasándole de muerte a vida. Alcanza, Señor, uno más con salvación. Recluta uno más, Señor, para el Reino. Venga tu Reino, hágase, Señor, tu voluntad en la tierra como en el cielo. Señor, que tu gracia corra como ríos. Que otro más sea añadido con salvación.
¿Has escuchado la predicación de la Palabra? ¿Has escuchado que el Señor buscó obreros? Yo te invito a que pongas en él hoy tu esperanza, que respondas al llamado del Señor a trabajar para su viña, que te goces porque con toda seguridad su promesa es cierta, porque verdadero y fiel es el que prometió. Recibirás un denario, recibirás la justicia, para la gloria del Señor y la gloria de su precioso nombre.
Gracias, Padre, por los aniversarios de nuestra iglesia. Muestra tu fidelidad, Señor, por lo menos por 11 años más. Permite que uno más sea añadido, Señor, y danos el gozo de poder recibir a todos los que tú estás trayendo. Todo esto por los méritos de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.