Puede ponerse un momento ahí sobre sus pies. Evangelio de Mateo en el capítulo 10, a partir del versículo 16. Tenemos ya tres exposiciones de la Escritura en esta misma parte del Evangelio de Mateo. Hemos estado viendo la necesidad de obreros, hemos estado viendo cómo el Señor envió a sus obreros y ahora estaremos viendo las precauciones que el Señor les entregó para la misión. Comenzamos hace unas cuantas semanas con la última parte del capítulo 9, donde vimos al Señor diciendo que la mies es mucha y los obreros pocos; luego vimos al Señor eligiendo doce discípulos suyos como apóstoles, apóstoles de Jesucristo, y enviándoles en su primera misión apostólica. Hoy veremos en el Evangelio de Mateo, ahora, a partir del capítulo 10, versículo 16, las advertencias que el Señor les hizo sobre las persecuciones venideras.
Dice así la palabra del Señor, Evangelio de Mateo, capítulo 10 del versículo 16 en adelante:
He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios y en las sinagogas os azotarán; y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis, porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros. El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir.
Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo. Cuando os persigan en esta ciudad, huid a otra; porque de cierto os digo que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del Hombre. El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?
— Mateo 10:16-25
Puede sentarse, hermanos amados. Esta porción de la Escritura se ocupa acerca de las persecuciones venideras, y me parece muy propio que veamos las persecuciones como venideras, porque muchos de nosotros no reconocemos al día de hoy que haya tal fragor de persecución como la hubo en los primeros días. Sin embargo, la persecución es cíclica; ella permanece, a veces de manera más velada, a veces de manera más explícita, pero los obreros del Señor siempre hemos estado en peligro.
Dice nuestra introducción que cuando el Señor envió a sus apóstoles en la primera misión les advirtió claramente que estaban emprendiendo un trabajo peligroso. Algunas veces serían recibidos y otras no, pero tarde o temprano terminarían siendo perseguidos, por lo que se hacía necesario estar alerta y preparados. No fueron instruidos para evitar la persecución, tampoco para entregarse a ella, sino para cumplir con su trabajo caminando por una delgada línea entre la exposición y el cuidado, en la que necesitarían ejercitar el discernimiento y la prudencia. El consejo del Señor sobre este aspecto puede ser visto en dos partes. Primero estaremos viendo la realidad de la persecución, y me gustaría que mis hermanos sean muy conscientes al respecto del peligro que corremos en este mundo.
Imagen de ovejas, lobos, serpientes y palomas
Y, en segundo lugar, estaré mostrando cuál es el propósito de la persecución, por qué el Señor la permite. Si hoy al final de este culto ustedes son más conscientes al respecto del peligro y, al mismo tiempo, tienen mejor entendimiento al respecto de la persecución, creo que habremos alcanzado el propósito. Comienza el Señor en el versículo 16 presentándonos una imagen muy sencilla, pero a la vez muy profunda; dice Él: “He aquí, yo os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas”. Es una imagen compuesta, se mencionan cuatro dotas animales diferentes, y tres de ellos para que en cada uno entendamos una actitud. Comienza el Señor diciéndonos: yo os envío como ovejas, pero están en medio de lobos. El Señor está poniendo en nosotros un sentido de protección, de precaución, de no entender, hermano, que en el mundo estamos cómodos.
En esta primera imagen, en el “He aquí, yo os envío como ovejas en medio de lobos”, el Señor está hablando acerca de evitar la ingenuidad. Un creyente ingenuo es un creyente que camina en este mundo como en Belén, con los pastores, como si nada está sucediendo. Un creyente ingenuo es un creyente que camina, entra y sale, y él entiende que siempre está seguro. Un creyente ingenuo es aquel que camina en medio de los lobos y entiende: realmente, ellos nunca me han hecho daño, ellos no pretenden dañarme. Un creyente ingenuo es aquel creyente que entiende: el camino cristiano es realmente fácil.
De hecho, cuando yo vine a los caminos del Señor no me dieron esta advertencia, pero hoy me parece muy necesario que todo el que está comenzando a militar entienda: usted es oveja y el mundo está lleno de lobos. El mundo es un lugar peligroso, es un lugar hostil. Entonces el Señor muestra la imagen de otro animal para que podamos prever lo que podría ser de nosotros y que nos cuidemos, que no seamos imprudentes. Dice Él: “sed, pues, prudentes como serpientes”. Yo no imaginaría, hermano, utilizar la serpiente para describir un cristiano, parece una contradicción. La serpiente está relacionada con la maldad. El Señor nos dice: ustedes son ovejas, están caminando en medio de lobos, por favor, no sean ingenuos.
Sino que tengan la actitud de una serpiente. Y después, para que no nos quedemos establecidos en la actitud de la serpiente y no nos entreguemos a la maldad, entonces el Señor nos pone otro animal más y nos dice: a pesar de que tienen que ser prudentes como serpiente, al mismo tiempo manténganse sencillos como una paloma. ¿Qué es un obrero del Señor? Es una persona que conjuga en sí mismo la vulnerabilidad de una oveja, la prudencia de una serpiente y la pureza y sencillez de una paloma. No haga uno solamente, sino tome la imagen y permita que le transmita todo el sentimiento que el Señor pretendía transmitir.
Comienzo hablando por un momento acerca de la ingenuidad. Estoy preocupado porque, hermano, a menos que usted entienda que su vida corre peligro, usted no se protegerá. Doy ejemplos de algunas actitudes ingenuas: son estos hermanos que entienden que pueden participar en el mundo de todo lo que el banquete de la cultura ofrece sin ningún tipo de consecuencias. Es un creyente que dice: yo puedo exponer mis ojos, puedo exponer mis oídos, puedo exponer mi cuerpo, yo puedo entrar y puedo salir, yo puedo hacer realmente en el mundo mi hogar. Hermano, dice la Escritura que nosotros somos ovejas en medio de lobos; no seamos ingenuos.
Un creyente ingenuo que no entiende que está rodeado de lobos es aquel que entiende que el mundo realmente va a terminar celebrándole de ellos. A mí ya me han llegado algunos aplausos. Hermanos queridos, no es posible que aceptes a Cristo y vivas para su gloria en un mundo caído, y el mundo te celebre. Esto es una expectativa que no se realiza. De hecho, lo bueno que hay en ti el mundo no puede entenderlo, no puede asimilarlo. Es un creyente que dice: dado que nosotros tendremos el fruto del Espíritu Santo —amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad— el mundo nos lanzará vítores. No, hermano querido. Esas actitudes de nosotros, para el mundo, primero, no tienen sentido.
El choque con el mundo y evitar el yugo desigual
Y cualquier cosa que es la obra del Espíritu Santo en nosotros ellos la leen como un logro, y lo que produce es envidia. Un creyente ingenuo es aquel que está esperando que el mundo le celebrará por su carácter. Hermano, cualquier obra que el Señor haya hecho en usted, que de forma extraordinaria le haya pasado primero de muerte a vida y después le ha estado refinando, el mundo lo ve como debilidad. Y el carácter cristiano, que para nosotros, hermanos, es una preciosa joya, para aquellos que no han nacido de nuevo son actitudes de hombres débiles y de mujeres que no tienen entereza, y lo que nosotros le llamamos virtud ellos le llaman carencia.
Hablemos por un momento de nuestra esperanza. Hermano, la Escritura le llama a esto “gloriosa esperanza”. ¿Sabe cómo el mundo le llama a nuestra esperanza? Le llama ingenuidad. Nosotros decimos que nos está reservada la corona de justicia; nosotros decimos que nuestra vida está segura en el Señor; nosotros hablamos de la vida eterna. ¿Y sabe lo que el mundo dice? “Ustedes están perdiendo el tiempo”. Hermano, evite la ingenuidad de entender que el mundo terminará celebrándole. La Escritura menciona que nuestra vida en Cristo es una senda angosta, es una senda estrecha, no es la senda que el mundo ha conocido.
¿Qué es un creyente ingenuo? Son aquellos que han llegado a entender que podemos relacionarnos con los incrédulos en condición de iguales, y no hay problema. Y tú le dices: hermano querido, tú eres oveja, ellos son lobos. Y te dicen: no, yo, de hecho, puedo ser el mejor amigo de un lobo y no hay problema alguno en esto. Hermano, no es correcto. No tienen la misma naturaleza, no tienen la misma dieta alimenticia; tú eres su dieta alimenticia. Entonces me dirás: sí, no hay ningún problema, podemos relacionarnos con el mundo en condición de igual. Hermano, entiende, el Señor te dijo: “Yo les estoy enviando como ovejas en medio de lobos”.
Sin embargo, yo le digo a esto, pero exhortando a mis hermanos: hermano, no os unáis en yugo desigual con los incrédulos. No es posible que tu mejor amigo sea una persona que no ama a Cristo. No es posible que tengas relaciones de negocio con personas que no tienen tus mismas convicciones. Y los hermanos me dicen: “Realmente, yo creo que estás exagerando; los lobos no son tan violentos como parece”. Me recuerda mucho un documental que fue popular hace unos años, se llamaba, creo, “Grizzly Man”. Era un hombre que se dedicó a vivir en medio de osos salvajes. Él primero comenzó estudiándolos, después terminó acercándose, les tomaba fotos, hacía video, y llegó un momento que se acercó y no se lo comieron.
Él salió de entre los osos y regresó de nuevo a civilización, y le dijo a todos los hombres: “Ustedes están equivocados acerca del comportamiento animal. Realmente los osos no comen hombres. Yo viví entre ellos, comieron de mi mano, los abracé”, y trajo cantidad de fotografías donde los abrazaba. Después comenzó un proyecto de conservación donde se instalaba a vivir en medio de ellos, y eventualmente no volvió a aparecer. Bueno, tú puedes persuadirme de que el oso no se va a comer al ser humano, de que su dieta ha cambiado, de que su comportamiento puede ser mejorado; es un asunto de naturaleza, no de preferencia.
“Ah, pero mis hermanos me dicen: realmente los hombres sin Dios es igual, lo único es que yo sirvo uno, él sirve otro”. Hermano querido, el Señor nos dijo: “Yo os envío como ovejas en medio de lobos”. Tristemente, muchos hermanos míos han tenido que aprender esto por experiencia. Usted puede aprender por revelación, leyendo la Escritura, o usted puede experimentarlo. Y cuando usted lo experimente, entonces quizá usted diga: “Mira, parece que era verdad que los lobos se comían las ovejas”.
Después el Señor nos llama a que, para salir de la ingenuidad, cultivemos la prudencia. Dice Él: “Sed, pues, prudentes como serpientes”. Hermano, para hacer la obra del Señor en medio de un mundo caído, un creyente no puede ser ingenuo, tiene que ser prudente. Un creyente prudente es aquel que ve el comportamiento de la serpiente y, sin entregarse a la maldad, ve cosas que puede replicar. Por ejemplo, la serpiente es un animal muy sagaz, anticipa las cosas antes que sucedan. Es un animal en extremo silencioso; no hace ruido, no se le nota.
Frecuentemente muestran que el comportamiento de la serpiente es sigiloso para capturar la presa, pero ella es sigilosa también para no dejarse capturar. La serpiente es un animal sumamente cauto; no subestima su presa ni descuida su atención sobre su depredador. Ser prudentes como serpiente, hermano querido, es no caminar en medio de este mundo como que si todo vale, como si todo es normal; es entender que tenemos que medir nuestros movimientos, que tenemos que pensar con anticipación, que no debemos sobreexponernos. El comportamiento de un cristiano en este mundo, hermano querido, es el de un embajador de Cristo. Un embajador es una persona que tiene el porte y tiene el trato necesario para que, en medio de la más amplia crisis, pueda hacer su trabajo.
El embajador de Cristo: prudencia y sencillez
Los hermanos que tienen interés en el mundo diplomático miren cómo opera un embajador en medio de un conflicto entre dos naciones. Él trata de salir de esa nación en el último momento posible. Y hay tensión, hermano, y hay hostilidades, pero el embajador trata de campear el temporal y mantenerse sobre el terreno haciendo su trabajo. Ese es el comportamiento de un obrero del Señor en medio de este mundo. Es una persona que no se sobreexpone, es una persona que no se adelanta a los acontecimientos, es una persona que mide todos sus pasos para hacer la tarea que el Señor le ha mandado a hacer.
Hay hermanos que dicen: “Es que yo no he podido hacer la obra que el Señor me ha encomendado”. Quizás porque no han sido tan sigilosos y cautelosos y prudentes como una serpiente. Y para cuidarnos, hermanos queridos, de no replicar la maldad, entonces el Señor termina esta rica imagen hablando acerca de la paloma, dice Él: “Sencillos como palomas”. Es una gran tentación, hermano, operar como los incrédulos. De hecho, el enemigo de tu alma trabaja para que tú compartas su naturaleza. Un creyente debería actuar con la sigilosidad de una serpiente sin llegar a ser una serpiente; mantenerse tan cauto como una serpiente, pero al mismo tiempo manteniendo el carácter de una paloma. Es una tensión en medio de este mundo.
El propósito de Satanás es hacer que tú tengas un comportamiento maligno. Pero sin tú tener un comportamiento maligno deberías ser sumamente inteligente en tus aproximaciones al mundo, sin llenarte de malicia y de maldad. Deberías ser muy cauto, tan cauto como son los impíos cuando quieren alcanzar su propósito. El Señor ya nos dio la imagen, nos dio la imagen de una serpiente y una paloma. Señor, quizá pudiera ilustrar esto, hermano, tomando el caso del comportamiento de alguien perverso, pero al mismo tiempo que manifiesta genialidad. Es la genialidad que manifiesta quizás una persona cuando está intentando sustraer los bienes de una casa. Un ladrón calcula, estudia, mide, entra, camina por allí, estima, mide tiempos, y después comete maldad.
Dice la Escritura que nosotros seamos sencillos como palomas; o sea, mantén la pureza, hermano querido, pero sé al mismo tiempo previsor, calculador, para poder compartir el mensaje y hacer la obra del Señor. Es evidente que el Maestro estaba buscando hacer un alto contraste entre dos animales que son contradictorios. ¿Qué tiene que ver una serpiente con una paloma? Nada. Hermano, que debemos tener actitudes de uno y actitudes del otro. Quiero invitarles, hermanos, a que eviten algunas actitudes en pro de la sencillez.
Por ejemplo, no es sabio que cuando tú llegas a un lugar, de entrada, comiences llamando la atención hacia tu fe. Veo hermanos míos que llegan la primera semana a su trabajo y, antes de tener la oportunidad de que la gente conozca su nombre, dicen: “Yo quiero que ustedes todos sepan que yo soy cristiano evangélico, no hago esto, no hago lo otro, no veo esto, no veo aquello”. Espérate, hermano. Introdúcete primero como una serpiente, después muestra el resultado de tu fe.
¿Qué es lo que hace un creyente cuando llega así a su lugar de trabajo? Que predispone a la gente hacia él. O sea, ¿qué tú estás llegando aquí, lo que tú quieres no es trabajar? Pues, si tú quieres no hagas el trabajo, tampoco trabajes en otro lugar, porque… Hermano, hermoso sería si tú llegaras de manera muy sigilosa a tu trabajo, hicieras el trabajo con tal nivel de diligencia y, al mismo tiempo, con tales niveles de virtud y de piedad, de forma tal que te digan: “Pero tú eres cristiano, para la gloria del Señor”. Es distinto.
En cambio, esta persona que, a causa de su fe, lo que hace es generar controversia, genera tensiones. Hermanos, un creyente está llamado a no ser un elemento de tensión a menos que sea necesaria la tensión. Tarde o temprano, eso es una olla que está en ebullición; espera, hermano, que los acontecimientos lleguen, pero no los aceleres.
Me emociona, por ejemplo, que mi Señor Jesucristo fue tan diligente, hermano, pero al mismo tiempo tan sabio y prudente. En algún momento vinieron a hacerle rey y Él dijo: “No, no me busquen”. Señor, pero vamos a acelerar esto, que esto llegue a su última consecuencia. En ese momento Él dijo: “Aún no ha llegado mi hora”. En otro momento le iban a apedrear y Él milagrosamente caminó en medio de la multitud. Yo infiero que evitó ser apedreado, caminó por el centro de ellos y se fue. “Señor, pero si tú ibas a la cruz, ¿no es lo mismo que terminen en una cruz que apedreado?” No, es que en la cruz que yo voy a terminar no hay que acelerar los acontecimientos.
El apóstol Pablo, a veces por predicar, lo dejaron apedreado por muerto a las afueras de la ciudad, y en otro momento, cuando estaba comenzando su ministerio, arreció la persecución y él dijo: “Bájenme por el muro de atrás en una canasta”. ¿Dice que Pablo tiene miedo? No, no es que tiene miedo, hermano, es que no hay que exponerse sin necesidad. Lo que prima no es martirizarse; lo que prima es hacer la obra del Señor en el lugar donde el Señor nos ha colocado. Y yo sospecho que muchos hermanos míos abandonan el terreno más temprano de lo que debieron.
Guardarse de los hombres y vigilancia práctica
Son aquellos que dicen: “Ay, aquí me están cuestionando cosas de mi fe, yo no puedo trabajar en este lugar”. ¿Cómo que no? Claro que podemos trabajar, vamos a darle para adelante, hasta que el Señor nos lo permita. Un creyente, como un embajador, en el último momento el embajador sale. Hermano, frecuentemente es el último que se va del cuerpo diplomático; cuando ya no se pudo, no se pudo. Pero mientras tanto, hermano, en medio de hostilidad, prudentes como serpientes, puros, hermanos, sencillos como palomas y tan vulnerables como una oveja, pero dependiendo del Señor y no sobreexponiéndose sin necesidad.
Después el Señor remata la imagen haciendo un llamado todavía más directo. Dice Él, versículo 17: “Y guardaos de los hombres”. “Guardaos” es la palabra “prosejete” aquí, hermano querido; no te está diciendo “evita a los hombres”, lo que te está diciendo es: está en una actitud de precaución. De hecho, el Señor nos mandó al mundo. Él dijo: “Padre, así como tú me enviaste al mundo, yo los envío al mundo; no te pido que los saques del mundo. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Yo sé que el mundo los aborrecerá”. Después le dijo: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. No te pido que los saques del mundo, no te pido que los quites del mundo, sino que los cuides, Señor”.
Un creyente está llamado a caminar en medio del mundo, pero siempre con actitud de quien se está guardando. Es una persona que puede interactuar, puede vivir con utilidad, él no está llamado a acelerar la hostilidad, pero él se está guardando. Él no se entrega completamente, es un obrero vigilante. Ay, hermano, en tu escuela, en tu universidad, en tu lugar de trabajo, en tu negocio, en tu actividad de comercio, cuando estés proveyendo un servicio, mantén siempre una actitud vigilante. Es una persona que está ahí, ahí, ahí, ahí, pero él está cuidándose, no venga a ser derribado. Vigilancia.
¿Cuáles son estas actitudes de un obrero vigilante, hermano? Quiero aplicar esto dándote algunas recomendaciones prácticas. Mira, sé muy cuidadoso al tener conversaciones sobre tu iglesia, sobre la vida cristiana, con personas que no aman a Cristo. Por regla general, no es prudente, por ejemplo, hablar acerca de la necesidad de tus hermanos en la fe con personas que no tienen las mismas convicciones. Da tus luchas espirituales, da tus dilemas; hay cosas que un creyente tiene que tener, se llama discreción. Qué triste es un creyente que todo lo piensa y todo lo habla.
Al día de hoy se celebra como virtud lo que el mundo llama “ser indiscreto”, una persona que siempre tú sabes lo que está pensando, siempre tú sabes lo que está sintiendo. Un creyente es una persona que tiene control de sus emociones porque él no se quiere exponer sin necesidad. Por ejemplo, por regla general, uno debería cuidar que, si mis familiares no son creyentes, ellos no entienden necesariamente aspectos de la vida cristiana, que lo que yo pueda decirles sea ocasión de caer para ellos. Administremos la conversación.
Un obrero vigilante, hermano, es muy cuidadoso en su trabajo para no dar ocasión a los que se oponen. Si tú te has empleado en un lugar, trata de ser el mejor empleado, porque cuando tú bajes en tu rendimiento les vas a dar una ocasión para cuestionar tu fe y para sacarte del medio, y quizá tú eres una lámpara encendida en ese lugar. José en Egipto, hermano, él tenía una fe que era diferente, pero al mismo tiempo él tenía un rendimiento que era extraordinario. Y es verdad que la fe de él no era la fe de los egipcios, pero los egipcios tenían que decir: “Definitivamente este hombre es distinto”.
Daniel en Babilonia, dice la Escritura que tenía un espíritu superior, y es verdad, hermano, que le molestaba a los babilonios, que la presencia misma de Daniel era hostil para ellos. Andaban mirando a Daniel, hermano, a ver si oraba o no oraba, a ver si se inclinaba o no se inclinaba, y Daniel hacía la voluntad de su Señor y, al mismo tiempo, hacía bien su trabajo. ¿Conspiraron contra él? Lo hallaron en el horno de fuego, hermano, y cuando lo fueron buscando: “Daniel, siervo del Dios viviente, ¿estás ahí?” Claro.
Daniel no solamente tenía una pasión por su Señor, al mismo tiempo hacía bien su trabajo. En su sabiduría superaba a todos los sabios de Babilonia. Un creyente en su trabajo, un creyente en su negocio, un creyente en su familia debería manifestar unos niveles de excelencia tan altos que no le da ocasión de caer a los impíos. Qué triste es un hermano que el Señor le colocó en una empresa para dar testimonio, y salió por bajo rendimiento. Dijo: “¡Wow, el Señor me trajo aquí!”. Hermano, no lo dude: cuando un hermano mío llega a una alta posición en una empresa, es motivo de oración que el Señor le preserve ahí tanto tiempo como sea necesario para que dé testimonio de la manera que el Señor se lo permita. No que, hermano, el Señor lo trajo a ese lugar, pero lo despidieron al día siguiente porque no rindió, no dio la talla. Hermano, pídale al Señor que le ayude a rendir de manera especial y a ser una luz encendida en el lugar donde lo ha puesto.
Ciclos de persecución en la historia y su realidad presente
Advierto aquí, hermanos queridos, que las persecuciones son cíclicas. Pero cuando baja la evidencia de la persecución, no bajes la guardia. En el ministerio de Cristo, por ejemplo, la persecución no fue constante. Recuerden que nuestro Señor Jesucristo inicialmente era muy celebrado, era muy recibido. La primera etapa: no persecución, te celebran: “¡Guau, qué bueno que estás aquí, bienvenido, háblanos más!”. La segunda etapa comenzaron los abiertos cuestionamientos, y después la tercera etapa: abierta persecución, y los mismos que inicialmente tenían vítores al Señor eran los mismos que estaban gritando y pidiendo por su cabeza.
En la iglesia primitiva pasó lo mismo. Si ustedes leen los primeros capítulos del libro de los Hechos dice que la ciudad completa estaba a favor de los cristianos. Y después avanzan un poco más, y ya les están persiguiendo; y avanzan un poco más, y ya tienen que estar huyendo. No quiero dar ahora una clase de historia, hermano, pero la historia contemporánea usted puede verla. Si usted estudia los Estados Unidos se dará cuenta que hace escasos años los cristianos en Estados Unidos… Estados Unidos quizás era el mejor lugar para vivir. Decían que era una ciudad sobre una colina que iba a ser luz para todas las naciones.
Cuando usted estudia la historia de los Estados Unidos se dará cuenta que inicialmente las posiciones de los cristianos, la vida de los cristianos, la contribución de los cristianos eran aplaudidas y muy celebradas. Pasaron cien años, vino el liberalismo y comenzó a cuestionar, a cuestionar, a cuestionar, y al día de hoy ya no es liberalismo, es secularismo, y los cristianos sienten que les está faltando el oxígeno.
Ahora mismo un cristiano piensa en ir a vivir para Estados Unidos y lo piensa dos veces. Dice: “Bueno, es que yo no sé si yo quisiera convivir con tal nivel de hostilidad”. Nosotros aquí ahora mismo, hermanos, es cierto que la persecución no ha llegado a reciar a un nivel tanto que tú sientas que te tienen por el cuello, pero de todos modos: “Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios y aun en sus sinagogas os azotarán”. Todo esto se cumplió en tiempo de los apóstoles. Cristo fue llevado a los concilios, Cristo fue llevado ante las autoridades civiles. Los apóstoles fueron llevados ante los concilios, los apóstoles fueron llevados ante las autoridades civiles. Pablo estuvo ante Félix, ante Festo y ante Nerón, y al mismo tiempo los judíos, las sinagogas, le azotaban.
En la historia de la iglesia eso vuelve y se cumple, vuelve y se cumple, vuelve y se cumple. Son ciclos de persecución. No ha habido un momento en la historia después de Cristo que podamos decir que estamos seguros en este mundo, hermano, y que el mundo puede ser nuestro hogar. Yo le aseguro que dondequiera que ustedes están operando ya han sentido la persecución.
En primer lugar, hermano, he estado mostrando la realidad de que seremos perseguidos y la necesidad de no ser ingenuos, sino cautos, prudentes y al mismo tiempo puros. Que el Señor nos ayude a vivir a la luz de esas tres cosas: decir: “Guau, Señor, dame el sigilo, dame la prudencia, pero al mismo tiempo mantén mi corazón puro. Señor, que yo pueda tener una actitud muy cuidadosa, pero no me convierta en cínico, no me convierta en un malvado, no me convierta en un calculador”.
Permítame mostrar ahora cuál puede ser el propósito de la persecución. Dice desde el versículo 18 en adelante: “Y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles”. El primer propósito que tiene la persecución es el testimonio del Señor. ¿Para qué somos perseguidos? Porque la persecución da enormes oportunidades para dar testimonio de Cristo. No busque la persecución, hermano. Fíjese que esto tiene un dilema donde el Señor te dice: “Sé prudente, no te expongas”, pero después te dice: “Y serán llevados”. Él está diciendo que tarde o temprano tú vas a ser colocado en una posición donde sientas la persecución, pero no hay que mandarla a buscar.
Ha habido momentos en la historia de la iglesia donde hermanos han pretendido hacerse mártires por sus propios medios y decir: “Aquí hay un cristiano, que alguien me persiga, por favor”. No, no hay que buscarlo; lo interesante es que un mártir es un testigo. Entienda que, dando testimonio del Señor, usted puede ser perseguido, pero no hay que buscar la persecución. Sin embargo, cuando usted, sin buscar la persecución, la persecución le llega, aquí hay una oportunidad para testificar.
Dice aquí: “Cuando os entreguen”, o sea que el Señor infiere que realmente vamos a ser entregados, vamos a ser perseguidos. Al respecto, entonces lo primero que tengo que decirle es que el Señor proveerá las dos cosas: Él proveerá la ocasión y al mismo tiempo Él nos proveerá del contenido. La ocasión es la persecución; no hay que salir a buscar, va a llegar un momento donde la gente le preguntará a usted acerca de su fe, donde le cuestionará a usted a causa de su fe, donde se le opondrá a usted por motivo de su fe, y es el momento para usted dar testimonio del Señor. “Ay, por favor, opónganse; ay, por favor, persíganme; ay, por favor, cuestionenme”. Hermano, no lo busque, el Señor proveerá la ocasión: “Cuando os entreguen…”.
El Espíritu Santo y la palabra oportuna en la persecución
Y si Él proveerá la ocasión, algunos hermanos míos podrían traer nueva preocupación, y es decir: “Yo no sé hablar, yo no sé debatir, yo no soy un apologista, yo no soy una persona que tenga facilidad de palabras, tampoco tengo mucho que decir”. Dice el Señor: no se preocupen por eso. “Mas cuando os entreguen” —cuando tengan la ocasión, cuando se les provea la ocasión— “no os preocupéis por cómo o qué hablaréis, porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar”. El Señor está diciendo que cuando llegue la ocasión Él nos dará el contenido. Nos dirá cómo decirlo y nos dirá qué decir también.
En este sentido, no tema ansioso. Todo cristiano, hermano, recibe la providencia, la provisión del Espíritu Santo para dar testimonio del Señor. Asimismo le llamaba el apóstol Pablo a eso; le decía “la suministración del Espíritu de Jesucristo”. Hay un momento donde usted va a hablar del Señor y usted quizá no sepa qué decir; el Señor le dará la palabra correcta, el Señor le enseñará por dónde hilar. Uno debe depender del Espíritu Santo para dar testimonio.
Hago aquí una salvedad. Hermano, lo que no estamos hablando es acerca de la instrucción a los cristianos en la casa del Señor; estamos hablando de ocasiones donde somos colocados en estrecho y el impío te pide razón de tu esperanza, y tú dices: “¿Cómo yo puedo responder?”. A veces, hermano, el Señor provee ahí la palabra oportuna que hace el efecto que el Señor quiere que se cause. No depende de nosotros, depende de que el Espíritu Santo nos lo dará.
Si tú dices: “Soy corto de palabra”, dice que el Espíritu Santo nos enseñará el “cómo” y, si tú eres corto de mensaje, dice que también te dará el “qué hablaréis”, ambas cosas serán suministradas por el Señor oportunamente. Dice: “En aquella hora”. Alguien me dirá: “Pero es que yo no sé cómo voy a enfrentarlo”. Recuerda: en aquella hora el Señor te lo dará.
Muestro ejemplos prácticos de cómo esto sucede. Imaginemos que tú estás en un entorno laboral donde están hablando de determinados temas, “Ah, pero fulano es cristiano, vamos a preguntarle a él”. No están preguntando porque tengan dudas, muy probablemente están preguntando para avergonzarte, muy probablemente están preguntando para dejarte sin palabras, para arrinconarte. Y, con gracia, el Señor ahí puede darte, de manera muy sencilla, una palabra que no llama la atención hacia ti, sino que llama la atención hacia Él, y que si acaso ahí había pueblo, el Señor termina levantándolo.
Frecuentemente, en los entornos laborales, hermanos, los cristianos nos convertimos en pelotica de ping‑pong, donde todo el mundo quiere batear al cristiano. “Aquí hay un cristiano, pregúntenle a él, aquí hay uno, díganle a él, aquí hay uno”. Y a veces uno se sienta amilanado y dice: “No, es que yo no sé qué decir”. Ora al Señor ahí en silencio, hermano; guarda silencio como una serpiente. Ten el cuidado de una oveja en medio de lobos, y mantén, hermano, la mansedumbre, mantén la pureza de una paloma, y pídele al Señor que te dé ahí una palabra. No es una palabra… Escuchen esto, hermanos: cuando en esos grupos uno es hostigado, no es para que uno salga de que “mira, los avergoncé, los dejé a todos sin palabras”. ¿Sabe para qué es? Para que en medio de esa tensión quizá entre diez que te están persiguiendo, ahí haya dos que el Señor ha determinado para salvación.
Y cuando tú hablas la palabra oportuna, esos dos son levantados y vienen y te preguntan. Recuerdo haber testificado con algunos de los empleos que tuve. En algún momento me acorralaron y yo no respondí, hermano, con tanta gracia como quizás debía; fui más serpiente que paloma en ese momento. Pero lo que les dije fue: “Que me dejen en paz, que me dejen tranquilo”. Yo les dije: “Aquí estamos trabajando de 8 a 5, esto no es para hablar de religión. Pero si ustedes están realmente interesados, hablemos después del trabajo”. Y, efectivamente, uno y después el otro se me acercaron, dos hermanos. Reconozco que fui más serpiente, porque ya, hermano, uno se desespera.
Me recuerda aquel muchacho que era ciego de nacimiento y el Señor lo sanó, y cuando lo sanó vinieron, hermano, esas autoridades. Vinieron donde él, pudieron haber determinado que le dieran treinta azotes a ese muchacho solamente por no decir la palabra correcta; pudieron haberlo acusado con engaño y hasta disponer de su vida. Usted sabe lo que yo estoy comenzando a ver ahora mismo: “Yo no quiero morirme”. Y vienen y le preguntan: “Dime, ¿cómo te sanó?”. ¿Y qué tú le respondes? “Explícanos, ¿qué fue lo que te hizo, qué te hizo?”. Y yo me imagino a ese muchacho, hermano, ahí arrinconado.
El testimonio en medio del acoso y la atención de las multitudes
Hermano, hay que sentir lo que es la hostilidad de la autoridad; o sea, una persona que tiene autoridad, que quizá tiene vestiduras especiales, que usted sabe que tiene unos lugares especiales en la sinagoga, que te están haciendo dos rondas de preguntas. Ya te preguntaron y vuelven y te preguntan. Yo imagino a ese muchacho ahí acorralado, temblando: “Ya yo les dije a ustedes que yo no sé”. Y le preguntan: “Pero ¿qué fue lo que te hizo?”. Yo me lo imagino ahí tembloroso, y él dijo: “Una sola cosa sé: que habiendo yo sido ciego, ahora veo”. Hermoso cuando tú ves un creyente que está ahí acorralado y ya no tiene nada que decir, y el Señor le da una palabra oportuna que quizás no llama la atención hacia él, pero que permite que alguien que está ahí presente y está escuchando sea alcanzado con salvación.
Me recuerda, hermano, a Esteban, cuando estaba siendo apedreado. Ahí recibía la vergüenza, recibía los azotes, recibía las piedras, hermano; y dice que el Señor le permitió ver el cielo abierto y testificar. Y entre eso que testificó, ahí estaba Saulo. ¿Para qué sirve la hostilidad, para qué sirve la persecución? Para colocarnos en una posición donde vamos a dar testimonio acerca de nuestro Señor Jesucristo. La persecución hace, hermano, que las audiencias se polaricen; dondequiera que haya alguien que está siendo perseguido, hay audiencia. La gente está esperando: cómo va a reaccionar, qué va a decir. Qué hermoso sería si ahí el Espíritu Santo te suministra qué decir, hermano, y que lo que tú dices salga con la pureza de las palomas, hermano, con la prudencia de la serpiente y al mismo tiempo con el carácter de una oveja. Tú quizás no sabes qué decir, pero cuando tú lo dices ahí el Señor hace su obra.
Primera cosa que produce la persecución: son oportunidades para testificar. Cada vez que tú sientes la vergüenza y dices: “Ay, me están preguntando algo para avergonzarme”, piensa al mismo tiempo: quizá entre los que me preguntan hay alguien que el Señor podría estar alcanzando. Quizá entre los que me avergüenzan hay alguien que el Señor podría abrir sus ojos.
Yo le dije a ese compañero de trabajo, era un grupito. La gente en grupo funciona distinto que individual. Cuando la gente opera en bola, opera en grupo, se siente como más fuerte para actuar. Pero tú le dices… Yo le dije en ese momento: “Miren, si ustedes quieren hablar acerca de mi fe, para mí sería un gusto, después de las cinco de la tarde”. Yo estaba entrando a ese trabajo, hermano; o sea, yo estaba llegando. Y uno de ellos se me acercó, y se me acercó otro después. Y cuando se me acercó ya no se veía tan agresivo, ya no se veía tan ofensivo, y realmente las preguntas que tenían eran preguntas pertinentes. Hermano, yo tengo que reconocer que no fue un asunto que yo lo diseñé; en el desespero yo sentí que el Señor me dio esa salida para poder soportar la hostilidad.
Hermano, espera que el Espíritu Santo puede socorrerte. Hay alguien que dice: “Es que yo todavía no sé todas las respuestas”. Tú no tienes que saber todas las respuestas; el Espíritu Santo te dará en el momento una respuesta oportuna con el propósito de que des testimonio del nombre de tu Señor. “El Espíritu habla en vosotros”, dice el escritor. ¡Qué cosa más hermosa!
Segunda cosa que hace la persecución, hermano: si lo primero es darnos oportunidades maravillosas que nosotros no podemos generar… Mira, la persecución produce unos niveles de atención que son extraordinarios. Cuando tú estás siendo ahí asediado, la gente está mirando: “¿Lo van a comer? ¿Lo van a comer? ¿Algo va a pasar?”. Y tienen los oídos muy abiertos, hermano, y los ojos abiertos de par en par. Y hay veces que ese versículo que surge en ese momento, hay veces que esa palabra, el Señor la utiliza para llegar, hermano, a esos ojos que están abiertos de par en par, a esos oídos que están abiertos, a esa alma que está abierta, para llegar en ese momento de mucha tensión. La persecución nos permite testificar. Primera cosa.
Ah, yo quiero moverme, hermano, pero me surgen cosas que creo que puede edificarse. Hay veces que injustamente tú eres acusado, hay veces que te quitan un derecho, y tú dices: “No, yo quiero mi derecho”. Piensa que dondequiera que un derecho se te está quitando hay una oportunidad para dar testimonio del Señor. Hay veces que lo que podría ser un conflicto con un vecino es una oportunidad para dar testimonio de Cristo a la residencia al completo. Hay veces que podría ser una zancadilla laboral, es una oportunidad para dar testimonio de Cristo a una empresa completa. Hay veces que lo que puede ser perder un interés comercial en los negocios podría ser una oportunidad para que muchos otros comerciantes vean los niveles de pulcritud y de integridad con la cual opera un cristiano.
Un creyente que no ve la persecución a la luz del testimonio siempre se está quejando: “Mira lo que me están haciendo, que me quitaron un derecho”. Por eso dice la Escritura que, si te quieren quitar la camisa, dale la ropa entera, porque frecuentemente en medio de esas cosas hay oportunidad para dar testimonio de Cristo. Mírenlo desde esa perspectiva.
Refinamiento del corazón y lealtad suprema a Cristo
Segunda cosa que hace la persecución: la persecución produce refinamiento. Dicen así los versículos del 21 al 22: “El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres y los harán morir. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo”.
Hermano, no deseamos ser perseguidos, pero la realidad es que la persecución mueve, mueve, mueve, hasta que muestra dónde está tu corazón, dónde está tu más alta fidelidad. Lleva al creyente a afirmar su identidad única en Cristo. Cuando tú eres perseguido en un lugar a causa del nombre del Señor, tú terminas refugiándote en Cristo; tú entiendes que ninguna otra vinculación puede darte a ti más identidad que la identidad que te da tu Señor. Hace que un creyente, ahí, en la persecución… Es que tú te das cuenta que realmente tú eres del Señor. De hecho, después de un tiempo de persecución donde tú sentiste que solamente por la poderosa mano del Señor pudiste resistir, tú llegas a fortalecerte en la fe. Es decir: “Verdaderamente yo soy de Cristo”.
Si yo fui zarandeado, si yo fui movido de un lugar al otro y todavía estoy aquí, yo soy del Señor. Persecución tras persecución, el creyente queda más refinado. ¿Qué produce la persecución? Un refinamiento; una perseverancia hasta el fin que confirma que somos suyos.
La persecución pondrá a Cristo por encima de cualquier vinculación familiar. Miren, uno de los escollos cuando uno comienza a militar en la vida cristiana es que la gente está esperando una doble fidelidad. Dice: “No, pero que tú eres de nosotros, tú eres de nuestra familia”. Y al mismo tiempo tú dices: “Pero es que yo ahora soy del Señor”. Esa lucha entre si tú eres de tu familia o tú eres del Señor, eso solamente lo gana Cristo, hermano. Pero llega un momento que tus mismos familiares dicen: “Definitivamente él es de Cristo”.
Hasta que no hay tensión en la familia a causa del nombre del Señor, hermano, no se siente todavía como que está siendo atado, pero llega un momento que la persecución se arrecia y un creyente tiene que decirle a su familia: “Yo quiero permanecer con ustedes; yo quiero ser el mejor esposo que pueda ser, yo quiero ser la mejor esposa que pueda ser, yo quiero ser mejor hijo que en cualquier temporada de mi vida, yo quiero ser mejor padre que en cualquiera de mis momentos. Pero primero Cristo y después mis hijos; pero primero Cristo y después mi padre; pero primero Cristo y después mi esposa; pero primero Cristo y después mi marido”.
Cuando un creyente, asediado por la familia directa, hermano, tiene una oportunidad para seguir amando a su familia, pero para decir: “Primero Cristo y después ustedes”. Y llega un momento que nuestros familiares no creyentes entienden. Dicen: “Hay que dejarle a su Señor tranquilo, porque si queremos conservarlo con nosotros hay que permitir que él siga con su Señor”.
Es frecuente que hermanas cristianas —digo hermanas, porque hermano, hay que entender a veces lo que opera en una persona que no tiene a Cristo— cuando uno nace de nuevo, uno tiene una pasión por el Señor que no necesariamente sus familiares lo entienden. Tus padres no siempre entienden eso. “¿Y por qué cada vez que habla de la hora le brillan los ojos? Un muchacho que siempre era medio apático, y ahora esa pasión que él tiene…”. Pero cuidado, “se nos está volviendo loco”.
Sorpréndanse que los familiares de Cristo, cuando Él estaba en la cúspide de su ministerio, fueron a buscarle porque decían que estaba fuera de sí. O sea, los familiares del Señor fueron a buscarle, dice el libro de Marcos, porque entendían que estaba loco. ¿Y saben qué dijo el Señor? Le dijeron: “Ahí están tu madre y tus hermanos que te están buscando”. ¿Saben lo que Él dijo? “Mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre”.
Llega un momento que todo creyente estará desafiado en sus relaciones familiares, donde tus familiares te van a decir: “No, papi, pero tú quieres más al Señor que a mí”. “Ay sí, mi hijo, es verdad”. Y tú dices: “Ay, pero mis hijos, ¿qué van a pensar?”. Van a pensar que tú eres un mejor padre a causa de que tú amas a Cristo más que a ellos. Va a llegar un momento que tus padres te van a decir: “No, pero ahora realmente tu Padre es celestial”. Y, a causa de eso, tú eres un mejor hijo para ellos. Va a llegar un momento que tu esposa te va a decir: “Y entonces, ahora tú solamente… es tu amor por el Señor, ¿y yo?”. “A causa de que estoy en Cristo soy mejor esposo”. Y va a llegar un momento que un cónyuge te va a decir: “No, Cristo o yo. Oye, no me pongas en esa situación”.
Pero yo le pido a Cristo que sigamos juntos. Entienden el asunto. Ahora, si un creyente ha puesto en estrecho, hermano, primero su Señor y después cualquier otra cosa… Y yo le aseguro, hermano, que hasta que no se rompe ese ombligo familiar, que tu familia llega a entender que definitivamente tu fidelidad al Señor es la mayor fidelidad que hay en tu vida, tú no has sido tan refinado como puedes serlo. ¿Sabes por qué la gente no avanza más en los caminos del Señor? Porque siempre tiene un ombligo de agua que le está deteniendo. “Yo quiero comprometerme con los caminos del Señor, tú sabes, pero cada vez que me detengo siento como una pesada mano que me está halando”. ¿Y qué es lo que pasa? Que no han entendido que ya yo soy de Cristo, hermano. Cristo primero, después la familia.
Dolor familiar, costo del discipulado y perseverancia
Hago en esto, hermano, un comentario que me causa dolor hacerlo. Hay veces que el mayor dolor no lo causan nuestros mismos familiares naturales, sino familiares creyentes no muy comprometidos. Y tú amas al Señor, pero tienes un familiar que también es cristiano, y él te dice: “Pero, hermano, tú estás muy en serio, tú estás muy comprometido, espérate”, y es un cristiano que te lo está diciendo. Eso desespera.
¿Cuántos son los esposos creyentes que son un peso muerto para el avance espiritual de su familia? ¿Cuántas son las mujeres poco sabias que, en vez de nutrir espiritualmente a los suyos, lo que andan es buscando la manera de que no se comprometan mucho? Hermanos, si a los incrédulos nosotros podemos decirles “primero Cristo, después ustedes”, yo creo que a los creyentes con doble razón, peso y autoridad podemos decirles: “Primero Cristo y después la familia”.
Hermano, esto te entristecerá. No pienses que el dolor va a estar solamente en nuestros familiares naturales, que ven que en nuestro corazón hay un nuevo orden de prioridades. También hay tristeza porque ellos… nosotros los amamos sinceramente, pero ellos deben entender que primero Cristo, después ellos. Pero no podemos evitar sentir el dolor.
Yo te aseguro que si tú viniste a Cristo las reuniones familiares ya no serán las mismas. Tú vas a recordar las reuniones familiares hace cinco años, cuando todos estábamos en la misma condición, y es que nuestros ojos estaban cerrados a la realidad de Dios. Ahora tú eres un hombre, una mujer de ojos abiertos en medio de una familia que sigue con los ojos cerrados, y tú sigues yendo a la reunión familiar, pero ya en la reunión familiar no hay la misma empatía que había antes. Y la gente te dice: “Tú has cambiado”. Es verdad.
“Ah, pero entonces, a causa de mi fe, ahora las reuniones familiares no son las mismas”. Eso es así, hermano. Y tus mismos familiares eventualmente van a terminar maldiciendo a tu Señor. Cuando maldigan a tu Señor tú les vas a decir: “No, con mi Señor no. Primero mi Señor y después la familia”.
La unidad familiar se fragmentará. Cuando usted es un creyente y sus familiares no lo son, la vinculación no es plena; hay una parte de ti que ellos no pueden ver, aunque quisieran. Y tú dices: “Ay, pero es mi mamá, ¿tú no sabes lo difícil que es que tu mamá, la persona que te trajo al mundo, ahora tú tienes una naturaleza que ella no pudo haber engendrado, ni puede comprender, ni puede conocer?”. Y tú tienes que tener la mejor relación que se pueda con tu madre, pero tu madre no ama a Cristo, ella no entiende ahora una nueva naturaleza. Y dice: “Es mi hijo, es mío, pero yo no le entiendo”. Es doloroso.
Nuestras agendas ya no van a estar sincronizadas, y las familias se resienten. De hecho, hermano querido, hay un duelo cuando alguien viene a Cristo, hay un duelo familiar, y es que dicen: “Lo perdimos”. Y a veces el Señor permite que la familia, a pesar de esto, porque el Señor, hermano, a pesar de todas las cosas, el Señor ama la familia y quiere que el creyente permanezca; y a veces el Señor permite que, después de ese duelo, haya relaciones que sean hasta mejores que las de antes, pero no será la misma. Si tú viniste a Cristo, ahora tu familia va a tener que reconocerte como un cristiano y recibirte de nuevo como un cristiano.
Ámbito: una persona que se va de su familia para el extranjero, cuando viene ya tiene otra cosmovisión. “Fulano, pero es que ya tú no eres el mismo, ese país te cambió”. Venir a Cristo te cambia. Si Nueva York cambia a la gente en diez años, hermano, Cristo le cambia en un día. Y llegas hablando términos diferentes, llegas con deseos diferentes, y llegas con agendas diferentes. Y dicen: “Fulano, pero ya yo no sé ni cómo agradarte”. A veces exageran: “No, pero yo no sé ni qué cocinarte, porque ya tú no comes nada, ya tú no hablas de nada, ya tú no vas a ningún lugar. ¿Y qué es lo que tú haces con los cristianos?”. Ay, hermano, es difícil.
Por eso es que la gente no entiende, hermano, el costo de ser un discípulo de Cristo. Una persona viene a Cristo, eso es lo que significa el bautismo, hermano: que tú te moriste. Es hermoso, porque la familia vuelve y te recibe, pero ya recibe a otra persona. Llegan a respetar tu fe. Algo que yo le doy las gracias al Señor, hermano, es que me permitió torear la situación con mi padre. Por ejemplo, mi padre no es un creyente al día de hoy, y cuando yo era un adolescente temía cerca de las expectativas de mi padre y mi realidad, porque yo amaba a Cristo y él no.
Pasaron los años, hermano. Yo le oré al Señor que me diera una buena relación con mi padre. En este momento, yo le digo que mi papá y yo nos saludamos; no es que nos demos de a besitos. Él sigue con un entendimiento, yo mando, yo tengo otro. Pero él ha tenido que entender que primero mi Dios y después cualquier vinculación familiar.
Quiero animar a mis creyentes que todavía están viviendo en esta tensión familiar, donde sus familiares viven cuestionando. Debe llegar un momento que tú le digas a tus familiares: “Por favor, entiendan que yo soy un cristiano, yo amo al Señor, yo tengo un nuevo deseo que ustedes no necesariamente entienden, pero que yo espero que por lo menos respeten. Yo quiero ser el mejor hijo que pueda ser, quiero ser el mejor esposo que pueda ser, la mejor esposa que pueda ser, el mejor padre que pueda ser. Pero primero yo voy a amar y servir a mi Señor, y después a cualquiera de ustedes”. Es una fidelidad absoluta.
El costo frente al Estado y el aborrecimiento universal
¿Para qué sirve la persecución, hermano? Sirve para que se polaricen esas tensiones: “El hermano entregará la muerte al hermano, el padre al hijo, y los hijos se levantarán contra los padres y los harán morir, y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, ése será salvo”.
Hay cantidades de gente que dicen y tienen un sincero deseo de seguir a Cristo, hermano, pero realmente no han sido salvos. Y tú te das cuenta de que no han sido salvos porque, cuando hay que romper una relación valiosa, no la rompen. Alguien vino al Señor, el Señor, y le dijo: “Te seguiré dondequiera que vayas”. “Primero permite que entierre a mi padre”. Y Él le dijo: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; ven tú y sígueme”.
Y tú dices: “¿Es que el Señor se opone a los padres?”. No, hermano. Es tanta la pasión del Señor por la familia que le dice a los cónyuges casados con no creyentes: permanezcan con ellos, ámenles, tengan buen testimonio; quizás con su testimonio el Señor puede salvarlos. Sin embargo, si alguien te dice: “Renuncia a tu fe para estar conmigo”, tú le dices: “No hay nada que pueda rivalizar en este momento la fidelidad que yo tengo hacia mi Señor Jesucristo”.
En el siglo primero, el problema estaba con los emperadores romanos, porque ellos decían que el emperador era “el señor”. ¿Y sabe qué decían los cristianos? “Cristo es el Señor”. O sea, que si tenemos que echarnos el Estado entero encima a causa de nuestra fe, primero Cristo y después el César. La persecución sirve para testificar; la persecución sirve para refinar.
Cuando tú sientas la persecución en tu casa y haya esa sensación de que tú dices: “Guau, esta relación se va a quebrar si yo sigo a Cristo”, sigue en Cristo, hermano; que quizá después el Señor te da una mejor relación que la que tenías antes con esa persona. Dice aquí que no solamente nuestros familiares, sino que todos: “Seréis aborrecidos de todos”. Hasta que de verdad no te han aborrecido, tú todavía no amas tanto al Señor como puedes amarle.
Hermano, hasta que de verdad tú no llegas a entender que definitivamente tú eres aborrecible para ellos, tú no terminas viviendo la máxima fidelidad por tu Señor. Perdóneme el ejemplo burdo. Es un ejemplo, hermano, que espero no hacer más daño que bien. Pero en Guatemala, en Centroamérica, esas pandillas, ¿saben lo que hacen con las personas que ellos reclutan? Dicen: “Realmente, tú que quieres ser pandillero con nosotros, tú quieres ser de nosotros, tú tienes que volverte aborrecible para la sociedad, porque nosotros somos una subcultura en la sociedad”. Se han visto esos delincuentes que tienen toda la cara tatuada. Esas pandillas, las maras, tatúan todo su cuerpo, todo su rostro para que cuando alguien te vea, te diga: “Yo no puedo, tú me eres aborrecible, tú me molestas”.
Y ellos después te dicen: “Solamente yo te amo, esta es tu familia, porque nosotros sí te amamos”. Cuando alguien viene a Cristo, su rostro no es desfigurado, hermano, es hermoseado; cuando alguien viene a Cristo, su corazón no es dañado, sino que es limpiado. Y cuando tú llegas en estas condiciones delante de la gente, la gente te dice: “Yo no puedo amarte en esa condición”. Entonces tú tienes que decir: “Yo conozco a alguien que definitivamente sí me ama, me ha amado con amor eterno, ha hecho en mí esta preciosa obra, es mi Señor Jesucristo”. Y cuando todos te aborrecen, tú dices: “Todavía el Señor a mí me ama”.
¿Para qué sirve la persecución? Para que tú experimentes el aborrecimiento de la gente de forma tal que quedes abierto para el amor de tu Señor. A menos que mucha gente te diga que no, tú no vas a entender lo hermoso que es que Jesucristo te haya dicho que sí. La gente no experimenta más el amor de Dios porque todavía tiene gente que diga que le ama. Y yo te insisto por aquí: hasta que tú no sientes que tu empleador realmente no te ama… Hay gente que piensa que un empleador le ama, hasta que… Sí, hasta mientras tanto tú llenas los objetivos te ama, y después tú dices: “No, esperen, de verdad usted no me ama a mí, usted no me ama”.
Hay gente que cree de verdad, de verdad, de verdad que su país le ama. Dice: “No, este país a mí… Usted aquí en este país hay gente que le ama a usted, pero el país no puede amar a nadie, no tiene sentimientos”. Hasta que tú no pruebas que alguien en quien tú contabas, que esa persona dijera que te amaba… Hasta que tú no sientes que los vínculos se rompen, tú no estás listo para ser amado por Cristo.
La persecución sirve para que la gente te aborrezca, que cuando tú abras tus brazos te refugies en el precioso amor de tu Señor. Hasta que mucha gente no te dice que no, tú no entiendes lo precioso que es que el Señor te haya amado con amor eterno, hermano, y te haya traído hacia sí mismo. “Seréis aborrecidos por todos”, dice el Señor. La persecución nos refina, hace evidente el poder de Dios para preservarnos. “Yo soy aborrecido por todos, hasta mi familia me dejó, y todavía estoy aquí”. ¿Qué es lo que pasa? Que el Señor me rescató, hermano. Que donde otros no me ayudaron, el Señor me ayudó; por su misericordia estoy aquí.
José, hermano. La historia de José es la historia de ser aborrecido por todos. Ustedes van a ver a José, que primero lo aborrecieron sus hermanos y después su mismo padre dijo: “¿Y ahora tú quieres hacerte señor de nosotros?”. Y cuando lo vendieron por esclavo en Egipto, y él se dio cuenta de que tampoco en Egipto lo amaban, él llegó a entender el amor del Señor: “Ustedes quisieron hacerme mal, pero el Señor lo tornó para bien”. Un creyente que prueba esa perseverancia de los santos, hermano, un creyente que dice: “En un mundo hostil, donde la gente ya yo probé que verdaderamente no me ama, donde yo no encuentro otro que me fortalezca que no sea mi Señor, todavía estoy aquí. Definitivamente yo soy suyo”.
Expansión del Evangelio y identificación con el Maestro
La perseverancia de los santos, hermano: cómo el creyente, en medio de la persecución, llega hasta el final y confirma que es del Señor. Dice el versículo 23: la expansión. “Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra, porque de cierto os digo que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel hasta que venga el Hijo del Hombre”. Aquí vuelvo y digo, hermano: no hay que buscar ser odiado. “Ódienme”. No, hermano, no lo busque. No hay que buscar ser perseguido, no hay que buscar ser apedreado. Sin embargo, cuando la persecución es recia, que usted diga: “Mira, definitivamente en este lugar ya no hay pueblo”. El Señor ya le da el permiso para sacudirse el polvo, como les enseñé hace dos semanas. Dice que siga predicando en otro lugar.
En todo esto, lo que es constante es que no debemos dejar de testificar. Te están persiguiendo, testifica. Te están… hay oposición, testifica. No pudiste en la ciudad, sigue testificando en la otra. La persecución ha producido una gran expansión para el Evangelio. Hay hermanos que han visto esto como que si fuera un castigo del Señor; el argumento que te dicen en el libro de los Hechos es que el Señor le dijo a los discípulos que vayan a todas las naciones, y ellos se quedaron en Jerusalén. Entonces, como se quedaron en Jerusalén, el Señor mandó la persecución para que ellos sigan expandiéndose. No creo, hermano, que sea un castigo. Yo creo que la persecución es un medio de gracia y una advertencia del Señor de que hay pueblo en otra parte. Cuando en un lugar no se puede, sigue testificando en otro lugar, sigue testificando en otro lugar.
Termino mostrando los versículos 24 y 25, y es lo más hermoso que ocurre bajo la persecución. Lo más hermoso cuando hay persecución es poder identificarnos profundamente con el Maestro. Dice: “El discípulo no es más que su maestro ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como su maestro y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?”.
Cuando tú eres perseguido, cuando eres aborrecido, cuando tú te das cuenta que son lobos y tú eres oveja, tú te das cuenta que definitivamente tú te estás identificando con el Señor. Qué hermoso sería si, cuando lleguemos al cielo, tengamos con Cristo tema de conversación. Que Él te diga: “¿Te persiguieron a ti?”. “Sí, Señor”. “A mí también”. Esto hace, hermanos, que no te conmiseres acerca de tu persecución. Que tú digas: “Guau, mira, en este trabajo…”. Le digo, hermano, hasta el último momento traté de dar testimonio. Si eso se vuelve inviable a un punto tal que usted sienta que va a deshonrar a su Señor, muévase a otra parte. Sin embargo, sienta que la hostilidad que usted sintió, la sintió el Maestro también.
Dice el apóstol Pedro que se nos ha concedido padecer igual que el Maestro. Un cristiano no debería ver la persecución como algo raro, como algo vergonzoso, como algo inmoral. Lo que nosotros estamos sintiendo lo está sintiendo también el Señor. Y, de hecho, hermanos, ser solidarios en la persecución es un asunto muy bonito. Se imagina el caso de que… aquí el Señor pone dos casos: pone el Señor y su siervo. Imagínese usted, hermano, que al Señor lo azotaran y el siervo dijera: “No, a mí no me azoten, que yo…” ¿Qué está diciendo él? “Yo soy mejor que el Señor”.
De hecho, humanamente hablando, hermano, esas cosas son muy ofensivas. Si el general del ejército sale, usted sale también. Y si al general lo esposaron, subido, usted se la pone también. En los equipos deportivos, así mismo, en el béisbol, hermano, si uno es golpeado, somos todos golpeados; hay solidaridad. Dice: “Si al Maestro le hicieron esto, ¿cómo van ustedes a pretender vivir vidas tan cómodas? Si al Señor se lo hicieron, ¿son ustedes mejores que el Señor?”. Hermano, si somos perseguidos, entendamos que son dos cosas: se nos ha concedido el privilegio de experimentar, por un momento, los padecimientos de nuestro Señor. Cuando te lo hagan, digan: “Lo que pasa es que yo soy parte de esta casa. Si al dueño de la casa le hicieron esto y me lo hacen a mí, yo soy parte de esta casa. Si al Señor le hicieron esto y me lo hacen a mí, entonces yo soy su siervo”.
La persecución, hermano, sirve para que nos identifiquemos profundamente con nuestro Señor. Tragedia sería llegar al cielo y que, cuando hablemos con el Señor, digamos que a Él le lanzaron piedras y a nosotros flores. Probablemente Él tome eso como traición.
Cierro aquí, hermano. Yo tuve una vez un empleado; si él me celebraba la competencia, a mí me molestaba. No era un asunto agresivo, pero yo decía: “Pero si nosotros estamos compitiendo, tú tienes que estar con mi equipo”. La competencia ganaba los contratos, hermanos, y él lo aplaudía y después los aplaudía. ¿Entienden el asunto? Y me decía: “No, Rafa, lo que pasa es que yo me regocijo porque yo soy amigo de todo el mundo”. A mí todas las personas que son “amigos de todo el mundo”… Yo entiendo que tú tengas un profundo regocijo porque tú seas amigo de todo el mundo, pero entiende que tú eres parte de este equipo; o sea, no me celebres la competencia.
Hermano, si realmente tú eres de Cristo y el mundo lo celebra como igual, el mundo lo ve a usted como un igual, el mundo espera de usted lo mismo que espera de un igual, muy probablemente usted es de la competencia, usted no es de Cristo. Ahora, que el mundo nos trate como trató al Maestro significa que nosotros somos de este equipo, hermano; significa que nosotros somos suyos. Se nos ha concedido.
Oro por todos ustedes, hermanos, para que en la persecución testifiquen y se identifiquen con el Maestro. Bendice tú a tu pueblo, Señor. Bendice este equipo que tú has reclutado, bendice, Señor, este ejército que tú has enviado, bendice, Señor, estas ovejas que tú has mandado a caminar en medio de lobos. Señor, afirma nuestra identidad en medio de las pruebas; permite que sepamos que somos tuyos. Mira mis hermanos, Padre, que están lidiando con tensiones en sus familias; permite que en esas tensiones Cristo sea glorificado. Mira mis hermanos que están viviendo, Señor, con tensiones en sus negocios; permite que en esas tensiones Cristo sea glorificado. Permite, Padre, que en las tensiones en el lugar de estudio, en el lugar de trabajo, podamos, Señor, con dignidad, con esmero, con tesón, decir: “Este es nuestro ejército, y no nos avergüenza”. Todo esto para tu gloria y por los méritos de Cristo. Amén.
Que el Señor les bendiga, hermanos queridos. Despedimos exaltando con alabanzas el nombre del Señor.