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La primera misión Apostolica

Mateo 10:1-15

Jesús escoge y envía a los doce apóstoles en una primera misión específica a las ovejas perdidas de la casa de Israel, enseñando quiénes eran estos hombres y cómo debían llevar el mensaje dependiendo totalmente de Dios. Este llamado y estas instrucciones contienen lecciones prácticas para la iglesia en su tarea de evangelización.

Predicado17 de marzo de 2019
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Leemos, hermanos queridos, Evangelio de Mateo en el capítulo 10. El domingo pasado estuvimos considerando los últimos versículos del capítulo 9, del versículo 35 al 38, y ahora le damos continuidad leyendo el capítulo 10 desde el versículo 1 hasta el versículo 15. Es la elección de los 12 apóstoles, pero también la primera misión apostólica.

Dice así la sagrada escritura:

Entonces llamando a sus 12 discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los 12 apóstoles son éstos: Primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo, hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; Felipe, Bartolomé; Tomás, Mateo el publicano; Jacobo, hijo de Alfeo; Lebeo, por sobrenombre Tadeo; Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó. A estos 12 envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia. No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento. Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. Y al entrar en la casa, saludadla. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros. Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo, que en el día del juicio será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad.

— Mateo 10:1-15

Pueden sentarse, hermanos, amigos queridos. Los 12 apóstoles de Jesucristo componían un grupo de hombres muy variado, hombres con diferentes trasfondos, con diferentes momentos de vida, hombres con temperamentos y oficios todos diferentes, y cuyo único elemento en común era Cristo y su misión. Si no hubiesen sido llamados y, sobre todo, transformados por el Señor, con toda seguridad alguno de ellos, en vez de ser consiervos, hubiesen sido abiertos enemigos.

Por ejemplo, estaba Mateo el publicano, un recaudador de impuestos en nombre de Roma, y estaba Simón el celote, que antes de venir a Cristo había sido un revolucionario militarista, una de esas personas que intentaban imponer el Reino por medio de la violencia. Los celotes mataban a romanos y a los que trabajaban en nombre suyo, y los publicanos recaudaban impuestos en nombre de los romanos. ¿Qué cosa tenían en común Simón el celote y Mateo el publicano? Cristo.

Durante un buen tiempo todos ellos estuvieron junto al Señor, aprendieron de él, aprendieron cómo se hacía la obra del ministerio, y eventualmente fueron enviados en esta primera misión que aparece en Mateo 10. Esta misión que aparece aquí no es la gran comisión, es una misión quizá de entrenamiento, previa a la gran comisión, donde ellos iban a poder tener la primera exposición, la primera experiencia y también recibir instrucción sobre la marcha.

De la compasión por las multitudes al envío de los doce

Esta misión no es nuestra; la nuestra es la de Mateo 28: “Id por todas las partes, a todas las naciones”. Sin embargo, dado que fueron enviados por el mismo Señor que nos envió a nosotros, y que iban a dar el mismo mensaje del Evangelio, creo que hay muchas lecciones aquí que como iglesia nosotros podríamos aprender.

Comienzo donde dejamos la enseñanza el domingo pasado. El domingo pasado vimos al Señor que, después de considerar las multitudes, tuvo compasión de ellas porque estaban dispersas como ovejas que no tienen pastor. Vimos al Señor diciéndole a sus discípulos: “A la verdad, la mies es mucha y los obreros pocos”, y vimos al Señor impidiendo que los obreros se lanzaran a la obra diciéndoles: “Tienen que orar, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies”.

No sé el tiempo que transcurrió entre que ellos sintieran la emoción y que el Señor les eligiera como apóstoles, pero evidentemente ahí hay un transcurso de tiempo. Ahora nos encontramos en el capítulo 10, donde ya ellos son seleccionados para la tarea y, evidentemente, fueron la respuesta del Señor a la oración. El Señor entonces los llama y los comisiona.

En primer lugar, les estaré mostrando el conjunto de los apóstoles. Son 12. Usted y yo sabemos que son 12, pero el nombre de cada uno de ellos muy probablemente no lo conoce. La razón por la cual gran parte de estos apóstoles siguen siendo desconocidos es porque sus obras, es porque su ministerio no quedó documentado en la Escritura. De los 12, hay cuatro de ellos que conocemos relativamente bien; sabemos quiénes son sus padres, sabemos de qué ciudad provenían, tenemos documentado el encuentro que tuvieron ellos con el Señor, algunos hasta documentaron la enseñanza que de él recibieron.

Hay otros cuatro que en ese grupo conocemos algo. Quizá no sabemos cómo se llamaban sus padres, o no sabemos cómo fue su encuentro con el Señor, pero tenemos datos con los cuales podríamos conocer un poco el perfil de esos cuatro apóstoles. Sin embargo, los últimos cuatro de la lista son perfectos desconocidos. Les sabemos el nombre y que eran discípulos de Cristo primero y después apóstoles, pero no tenemos mucha bibliografía.

Perfil general del grupo apostólico

¿Qué tenían en común todos estos hombres? ¿Qué sabemos de ellos? Once eran de Galilea, de la misma región, y había uno solo que no era de Galilea, que era de otra región. El único que no era de la misma región era Judas Iscariote. Los otros once todos eran relativamente vecinos; era un grupo de personas que pertenecían a la misma región. Gran parte de ellos eran pescadores, no todos, pero muchos.

Eran variados en sus trasfondos, momentos de vida, temperamento y oficios anteriores. Ninguno de ellos tenía dones evidentes. No hay uno de los discípulos de Cristo del que tú puedas decir: “Guau, esa persona reúne el perfil de un gran líder, ahí hay uno que se proyecta como el siguiente gran maestro”. Ninguno. Ninguno tenía un trasfondo religioso, por ejemplo, de que haya sido un rabí, de que haya sido un sacerdote; no hay de eso. Ninguno de ellos era un gran orador, que usted podría decir: “Este es un pico de oro que con sus discursos va a conducir la cristiandad al siguiente momento”. Ninguno.

Lo más impresionante de ellos es que fueron llamados por el Señor y tomados como apóstoles. Eso era la cosa más impresionante, no eran sus cualidades intrínsecas, era lo que el Señor les llamó a hacer. De hecho, estos no eran los únicos discípulos de Cristo, eran 12 de sus discípulos. El Señor en un momento envió 70, por ejemplo. Estos 12 son muy conocidos porque eran el círculo más cercano y los únicos 12 que se llamaron apóstoles de Jesucristo y recibieron del Señor esta encomienda especial; los otros solamente fueron discípulos, quizás como somos discípulos tú y yo.

Lo específico que conocemos de ellos está aquí en el listado a partir del versículo 2. Comienzan a dar sus nombres, dice: “Primero, Simón llamado Pedro”. De Pedro conocemos mucho, es uno de los apóstoles más bien documentados. Conocemos mucho de Pedro porque preguntaba mucho y sus preguntas, y las respuestas del Maestro a Pedro, quedaron documentadas en los evangelios. Todos los evangelios describen las preguntas de Pedro, el temperamento de Pedro.

De hecho, el libro de los Hechos en la primera parte cubre en gran medida el ministerio público de Pedro. Y si a usted eso le parece poco, también Pedro escribió epístolas, o sea que documentó lo que había visto del Señor. Sabemos de él, por ejemplo, que en la iglesia primitiva tuvo la voz cantante, era el hombre que tomaba la iniciativa, que respondía, que representaba a sus hermanos.

Pedro, Andrés y los hijos de Zebedeo

Sabemos que tuvo esposa, según Primera de Corintios capítulo 9, al igual que otros de los apóstoles. Sabemos también que tuvo suegra, y que su suegra enfermó y el Señor la sanó. Son datos que sabemos de Pedro. Sabemos que Pedro hizo una gran renuncia para venir a Cristo, porque en algún momento lo mencionó y dijo: “¿Y qué de nosotros, que hemos dejado hijos, familia, bienes para seguirte?”. Es evidente que Pedro hizo una gran renuncia, fue pescador.

Aparecen juntos en la lista, los primeros cuatro; dos de ellos son dos parejas de hermanos. Aparece Pedro y justo después de Pedro, Andrés su hermano. Andrés y Pedro eran muy distintos. De hecho, al parecer Andrés, en lo que pasó con su vida, vivió lo que frecuentemente sucede con los hermanos menores que esperan que el hermano mayor sea el que tenga la voz cantante. Sin embargo, Andrés no es un anónimo. Fue Andrés que trajo a Pedro al Señor.

Y, a diferencia de Pedro, que hablaba a multitudes, el ministerio de Pedro siempre fue un ministerio muy explosivo, muy hacia afuera. Andrés hacía el ministerio como una hormiguita, de a uno, a uno. Él conoció al Señor y trajo a Pedro. Eventualmente, había un dilema de la alimentación de una multitud en el desierto, y él se enteró de que un niño tenía unos alimentos y dijo: “Maestro, yo conozco uno”. Unos griegos querían venir donde el Señor y él los llevó. Pedro era de encuentros multitudinarios, Andrés era diferente, de a uno, a uno.

Después de Andrés se nos menciona otro: Jacobo, hijo de Zebedeo, y después de Jacobo, su hermano Juan. Son dos parejas de hermanos. Estos hijos de Zebedeo, no sabemos mucho de Zebedeo, pero es evidente que al parecer era una figura muy reconocida entre ellos, porque a los hijos de él se les conocía como “los hijos de Zebedeo”. Y cuando tú eres conocido por el nombre del papá en ese término, es evidente que su papá se conoce en el pueblo.

Y la mamá de ellos, ¿saben cómo se conoce? “La madre de los hijos de Zebedeo”. O sea que Zebedeo era conocido entre ellos, era popular. Sabemos que Zebedeo tenía un negocio de pesca, probablemente era una persona adinerada. Era alguien que, si no participó directamente en el ministerio del Señor, por lo menos consintió que su familia se involucrara de lleno en el ministerio. Por ejemplo, su esposa, que atendía las necesidades del Señor en el ministerio con los bienes de su familia, es evidente que tenía el permiso de Zebedeo.

Y si sus dos hijos negaron el negocio familiar para seguir a Cristo, es evidente que su padre, aunque fuera indirectamente, estaba respaldando el ministerio del Señor. Vemos aquí entonces armando una familia completa, compuesta por una madre que servía al Señor, sus dos hijos y su papá que indirectamente también lo hacía. Era la familia de Zebedeo, gloria al Señor por familias de ese tipo.

Jacobo, Juan y su carácter explosivo y tierno

¿Qué sabemos sobre Jacobo? Dado que aparece de primero, probablemente Jacobo era el primero entre los hermanos, el de mayor edad. Tuvo un ministerio relativamente corto, fue el primero de los apóstoles que fue martirizado. Herodes, un gobernante, dice que le apresó y lo mató con espada. O sea que, comenzando la historia de la iglesia, inmediatamente Jacobo sale de la escena.

Me impresiona que desarrolló un ministerio apostólico muy corto, quizá el tiempo en que fue apóstol de Cristo, dos años. Y uno dice: “Guau, Señor, ¿y cómo tú inviertes todo este tiempo, todo este esfuerzo, y tú vas a permitir que muera en dos años?”. Hay ministerios muy cortos, hermanos, que alcanzan los propósitos del Señor. No se trata de que desarrolle un ministerio como su hermano, que todavía en la vejez estaba ministrando. Lo importante es que alcance en su tiempo los propósitos del Señor; algunos muy extensos, otros más cortos.

Su madre intercedió por él. En los primeros momentos de la historia del Maestro había cierta rivalidad entre los apóstoles, a ver quién iba a ser el primero. Sería esperable que sea Jacobo el primero, humanamente hablando. ¿Por qué? Porque mucha de su familia estaba involucrada y ella empujó: “No te preocupes, mi hijo, que cuando vayan los primeros, como tus hermanitos son discípulos y yo he estado aquí desde el primer momento y tu papá ha estado respaldando, tú eres tú, eres Jacobo”. Sin embargo, el que llegó a emerger como el primero entre iguales, sin ánimo de decir que uno fuera superior a otro, fue Pedro, y pareciera que temprano eso sucede.

Y la mamá quiso resolverlo por medios carnales. El Señor le dijo: “Eso no es de ustedes, no busquen los primeros lugares”. Juan, hermano de Jacobo, es el segundo en cantidad de información disponible que tenemos sobre los apóstoles. Sabemos de Juan muchísimo, sabemos cuándo fue llamado, sabemos cómo se sentía, sabemos cómo hablaba. Es uno de los personajes bíblicos más bien documentados.

Conocemos sus sentimientos. Por ejemplo, parecería que Juan entre todos los apóstoles era el más cariñoso, el más tierno. Le llaman “el apóstol del amor”. Dice que se recostaba en el Señor y era conocido como “el discípulo amado”. Y en sus cartas, hermano, exuda ternura, amor y tierno afecto: “Ámense, ámense, amor entrañable, amor entrañable”. Era un apóstol muy cariñoso.

Juan, el amor y el trueno; y los cuatro más conocidos

Paradójicamente, aun siendo tan afectivo, conjuga esto que es muy común en personas que son muy cariñosas y, al mismo tiempo, gente muy explosiva. El Señor le llamó a él y a su hermano “los hijos del trueno”. Y tú dices: “El apóstol este, que es el apóstol del amor, al mismo tiempo es el apóstol del trueno”. Sí, hay personalidades así, hermanos que son muy tiernos, pero al mismo tiempo muy explosivos.

Por ejemplo, él dijo en un momento, cuando no los recibieron en una ciudad: “Señor, oremos para que descienda fuego y consuma esa ciudad”. El proyecto no era el del amor en ese instante. Escribió un evangelio, escribió tres epístolas y escribió el Apocalipsis, o sea que él y Pablo escribieron gran parte del Nuevo Testamento. Es muy conocido como apóstol.

Les he mencionado los primeros cuatro que están en la lista. Esos son los cuatro apóstoles que, cuando usted le pregunta a alguien: “Dime el nombre de los doce apóstoles”, siempre le mencionan esos cuatro. Son los cuatro que uno más frecuentemente encuentra en los evangelios, son los cuatro más bien documentados, son los cuatro de los que uno puede recordar vívidamente su historia.

Sigue una lista de cuatro más, que estos son más o menos conocidos: Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano. De todos estos tenemos datos. Comparto lo que sabemos de Felipe. Sabemos que Felipe fue llamado por el Señor y que le reconoció inmediatamente como el Mesías; él dijo: “Ese es el Mesías”. Sabemos que trajo a Natanael, otro de los apóstoles. Sabemos que Natanael es el mismo apóstol que en otra lista aparece como Bartolomé; es el mismo apóstol. Quien le trajo a él fue Felipe, fue Felipe.

Felipe, como se evidencia en los evangelios, en cortas interacciones se muestra como un hombre muy práctico. Le faltaba la fe muchas veces, y le gustaban los cálculos. Era este tipo de persona que, ante una necesidad, antes de que le pregunten, él ya está calculando.

Felipe, Natanael, Tomás y Mateo el publicano

¿Recuerdan aquel episodio donde había que alimentar una multitud? El Señor le dijo: “Felipe, busca la logística para darle comida a esta gente”. Y él le dijo al Maestro: “Imposible; no da la distancia al pueblo, no da aquí mismo, no hay comida, no hay manera de hacerlo”. Y el Señor dice que le preguntó a él directamente para hacer algo evidente: que era evidente que Felipe tenía la predisposición a llevarse por los cálculos y poner toda expectativa en la gran provisión que el Señor podría darles.

No significa que fuera un hombre falto de fe. Al parecer, en el grupo era el mayordomo, el que se encargaba de ese tipo de cosas. En cierto momento le dijo al Señor: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Era un hombre práctico. Y el Señor le dijo: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes y todavía quieres que te muestre al Padre; quien me ha visto a mí ha visto al Padre”.

No era que Felipe fuera un incrédulo, es que hay gente, hermanos, que es gente práctica, que dice: “Si me permitieran constatarlo, si tú me permites verlo, allá no hay ningún tipo de divergencia”. Fuera de esto, hermano, no sabemos a ciencia cierta qué fue de Felipe. Eventualmente no lo confundamos con otros, porque los nombres de los apóstoles son nombres muy comunes. Hay más de un Felipe en el Nuevo Testamento, Jacobo hay, deben haber más de cinco Jacobos diferentes; lo mismo Simón, hay muchos Simón.

De Felipe no conocemos más que estas cortas interacciones. El otro es Natanael, también conocido como Bartolomé. ¿Qué sabemos de él? Una sola cosa: que cuando el Señor lo vio, le dijo: “He ahí un verdadero israelita, en quien no hay engaño”. Luego de eso no hay mucha información.

Tomás, también conocido como el Dídimo, el gemelo, ha tenido mala imagen, creo que injusta. Es conocido como un incrédulo. No es un incrédulo; creyó en el Señor. Por ejemplo, hay una expresión de Tomás de que cuando el Señor, ya la persecución había tomado un momento válido, lo estaban buscando para matarle y él tenía que ir a la casa de su amigo. El Señor dijo: “Vamos allá, a la casa de mi amigo, que está cerca de Jerusalén”. Y Tomás le dijo a sus otros condiscípulos: “Vámonos con él a Jerusalén, para que muramos con él”.

Y usted me dirá: “Mira, él se está quejando”. Hermano, estaba dispuesto a dar su vida por el Señor. Miremos desde la perspectiva que él dijo: “Yo no me voy a quedar; si van a matar al Señor, que me maten a mí con él, y vámonos todos”. Yo creo que más que incrédulo, Tomás era un realista. Era una persona que veía las cosas muy parecidas a como las veía Felipe, de manera práctica.

En otro momento le dijo al Señor: “Señor, tú estás diciendo que tú te vas; ¿cómo sabremos el camino?”. Y el Señor ahí aprovechó para animarles. Tomás era una persona que tenía preguntas, y él se las preguntaba al Maestro: “Tú estás diciendo que te vas, ¿cuál es el camino que vamos a tomar para encontrarnos contigo?”.

El asunto que le ha traído mal crédito es aquel acontecimiento cuando el Señor resucitó y se apareció a un grupo de los discípulos y él no estaba ahí. Y cuando se lo contaron, él dijo: “Yo tengo que ver sus manos y ver su costado”.

Tomás y su lucha con la fe; Mateo y su silencio sobre sí mismo

El Señor se le apareció eventualmente, le mostró las manos y el costado y le dijo, en Juan 20:29: “Porque me has visto, Tomás, creíste. Bienaventurados los que no vieron y creyeron”. Hermano, no acuse mucho a Tomás, que todos nosotros hemos tenido momentos parecidos a ese. Hay momentos donde nos ha faltado la fe, entonces no le digamos “muy incrédulo”; digamos que era un hermano que luchaba como luchamos todos nosotros.

No sabemos mucho de Tomás. Conocemos que era gemelo, no sabemos con quién, si su gemelo estaba en el grupo de los 70, tampoco sabemos si era un discípulo, lo ignoramos. No sabemos su padre, sabemos que era de Galilea como todos los once, no Judas, pero no hay mucha información.

Mateo, por ejemplo, es un caso atípico. Mateo habló muchísimo, muchísimo, pero todo lo que Mateo habló fue acerca de su Maestro, y de él no dijo nada. Mateo habló y habló y habló, documentó el evangelio completo, 28 capítulos del ministerio del Señor in extenso, y cuando él describe su propia conversión, la describe de manera muy escueta. Y yo le diría: “Pero Mateo, dame datos, ¿cómo se llamaba tu papá?, ¿qué tú estabas sintiendo?, ¿qué tú estabas mirando?, dime tus preguntas”.

Mateo habló mucho de su Maestro y muy poco de sí mismo. Sean como Mateo. Yo lo diría toda la semana, yo diría: “Mira, yo quisiera ser como Mateo, que hable mucho del Señor y poco de mí mismo”. De Mateo, él no da su biografía, él no da detalles. Lo que sabemos de él es que era un publicano, que el Señor lo levantó del banco de los tributos públicos y le salvó, que escribió uno de los evangelios.

Por lo demás, hermano, no hay mucha información. Ese grupo que les he mencionado es un grupo donde hay un poco de documentación. Ahora veamos la última parte de la lista, que es la lista donde quizá nadie quiere estar, que es la lista de los perfectos desconocidos y donde está Judas. Esta parte última de la lista es la lista más árida. Sin embargo, le diría que todos fueron apóstoles de Jesucristo.

Me emociona saber, hermano, que esto no es un asunto de qué tan conocido tú seas. Lo importante es que el Señor te tenga a ti como un apóstol suyo, lo importante es que el Señor te tenga a ti como un obrero suyo, que esté muy documentada tu vida o no, no lo sé.

Los apóstoles desconocidos y la importancia de ser conocidos por Dios

De hecho, todos nosotros de aquí a una generación seremos perfectos desconocidos. Lo que queremos es que el Señor nos conozca y que, aunque nuestro nombre pase, hermanos, sin pena ni gloria, que nuestro trabajo en el Señor no sea en vano y que el Señor nos lo recompense.

A mí no me importa tanto pasar a la historia, a mí me importa mucho que nuestra obra esté en la presencia del Señor. ¿Quiénes son estos que yo llamo perfectos desconocidos? Comienza mencionando en el listado a Jacobo, hijo de Alfeo. En otra porción se le llama Jacobo el menor, para diferenciarlo del otro Jacobo. Les digo, Jacobo era un nombre muy popular.

De él no sabemos nada. Si hay un poquito que sabemos, ¿saben qué sabemos? Sabemos más de su mamá que de él mismo. Sabemos que era hijo de una de las Marías que estuvo a la cruz del Señor, y que esa fue una de las mujeres que ungió el cuerpo de Cristo, y que uno de los hijos de ella se llamaba Jacobo, le llamaban el menor, y que era un discípulo de Cristo. Sabemos más de su mamá que de él mismo.

Sin embargo, me emociona que una mujer piadosa que dedicó su vida, al igual que la madre de los hijos de Zebedeo, a servir al Señor en su ministerio público, el Señor le concedió que un hijo suyo sea tenido entre los doce apóstoles. Esa historia, hermano, me parece de mucho aliento para las madres cristianas.

Hay personas que dicen: “Guau, ¿y qué será de mi vida?, ¿qué pasará?”. Dedíquese a servir al Señor, porque he visto desde la historia de los apóstoles hasta la historia de la iglesia que, a mujeres muy esforzadas en servir al Señor, frecuentemente el Señor les concede hijos que son muy dedicados también al servicio del Señor. No sabemos mucho de ella, hermano, pero sabemos que un hijo suyo llegó a ser un apóstol de Jesucristo, se llamaba Jacobo el menor.

Otro perfecto desconocido de los apóstoles que aparecen aquí es Lebeo, por sobrenombre Tadeo, que también es llamado Judas, Judas Tadeo, para diferenciarlo de Judas Iscariote. ¿Qué sabemos de él, hermano? Lo único que sabemos de Judas es que al Señor, en su ministerio, le hizo una pregunta. Me imagino que le habrá preguntado más, pero una de las preguntas que le hizo al Señor quedó documentada; le dijo: “Maestro, ¿cómo va a ser que tú te revelas a nosotros y no te vas a revelar a todo el mundo?”. Y ya.

Por lo demás, sabemos que se llamaba Judas, que tenía tres nombres: Judas, Tadeo, Lebeo, y que fue apóstol de Jesucristo. Simón el cananista, hermano, ¿qué sabemos de Simón el cananista? Perfecto desconocido. Es el mismo que en otra parte de la Escritura le llamaban Simón el celote. Es interesante que a los apóstoles, de manera muy intencional en la Escritura, se les recuerda su vida anterior: Mateo el publicano, Simón el celote y Judas, el que traicionó al Señor. Les ponían detrás, hermano, su coletilla.

Simón el celote y el trasfondo revolucionario; Judas Iscariote

El Señor no se avergonzaba de decir: “Yo tengo aquí uno que era publicano, como uno de mis apóstoles”. No le avergonzaba decir: “Aquí tengo uno que era celote”. No le avergonzaba decir que había tomado a Judas como apóstol suyo.

¿Quiénes eran estos celotes? De los celotes les diré que eran un grupo militarista en los tiempos de Jesús. Ellos trataban de imponer el Reino del Mesías por medio de las armas. Eran revolucionarios, también asesinos. El término “sicario” como tal viene de un grupo de los celotes que se llamaban los sicarii, y eran reconocidos porque tenían unos cuchillos curvos que escondían dentro de su vestimenta. Se colocaban donde había un soldado romano y se lo clavaban. O sea que probablemente este Simón el celote era un hombre sangriento.

Los celotes preparaban a su familia para que no lo esperen. Ellos le decían: “Si a mí me apresan, los apresan a ustedes; no cuenten con que yo me voy a entregar”. Eran violentos. Ellos entendían que iban a imponer el Reino. Decían: “Cuando nosotros logremos la plataforma militarista, después va a venir el Mesías”. Y a la luz de ser un celote, yo me imagino lo que habrá sentido Simón el celote cuando vio a su Maestro clavado en una cruz por los romanos.

Hermanos, evidentemente nació de nuevo, porque si puso “celote” tenía ese espíritu militarista; quizá hubiese reaccionado en ese momento y mata tres soldados en la cruz, pero ya él había entendido, hermano, que el Reino del Señor no era de este mundo. Evidentemente nació de nuevo Simón. Se llamó a sí mismo Simón el celote.

Llegamos al que ustedes estaban esperando, el doce de la lista: Judas Iscariote. “Y Judas Iscariote, el que también le entregó”. Me llama la atención el hecho mismo de que el Señor escogiera a Judas. Judas no fue escogido para salvación. ¿Saben para qué fue escogido Judas? Para que se cumpliera una profecía.

El profeta había dicho que al Maestro, uno cercano a él, que era como su propio hermano, lo iba a vender por treinta monedas de plata. ¿Para qué el Señor escogió a Judas? Le escogió para que tuviera la oportunidad de que uno muy cercano al suyo, el más cercano de ellos en lo afectivo quizás, alguien en el cual él puso su confianza, terminara vendiéndole. En su providencia, hermano, Judas fue escogido para cumplir una profecía.

Judas como advertencia y consuelo; y aplicaciones de los perfiles apostólicos

Sin embargo, que el Señor le escogiera debe ser de mucho estímulo para la iglesia y debió ser de mucho estímulo para los apóstoles. Esto evita que nosotros seamos en extremo rigurosos al discipular a la gente. Alguien dirá: “Estoy discipulando diez y dos de ellos volvieron atrás”. Si solo encontrara a Judas en el Nuevo Testamento, se sentiría descorazonado. Dice: “Guau, se me devolvieron tres, mira este que iba avanzando y volvió atrás”. Pero al ver a Judas, hermano, y al ver al Señor, uno de ellos se apartó. Imagínese qué será con nosotros.

Y la proporción, quizá de cada 24, uno; de cada 48, cuatro. Abrámonos siempre con tristeza, como lo es, pero entendiendo que no todo el que comienza termina, que hay algunos que terminan claudicando. El mismo apóstol Pablo al final de su ministerio dijo: “Este me dejó, el otro se fue”. Judas nos alienta que, si el Señor era el Señor, hermano, y permitió que Judas estuviera ahí y Judas le traicionara, que otros se aparten no debería ser para nosotros en extremo doloroso, porque al Señor le ocurrió.

También muestra que la obra del Señor avanza aun con elementos como este. Alguien dirá: “No, tenemos que ser muy celosos con la membresía de la iglesia, porque puede ser que alguno no sea de nosotros, pero esté entre nosotros”. Hermano, no se tire esa carga encima, porque el Señor conoce cuáles son suyos. De hecho, la parábola del trigo y la cizaña lo que dice es que eso debe crecer junto hasta el tiempo de la siega.

Admitamos la posibilidad, sin dejar de ser diligentes con la membresía de la iglesia, de que entre la membresía de una iglesia hay algunos que no son regenerados, hay algunos que están para perdición, algunos terminarán avergonzando a Cristo. Y cuando eso suceda, hermanos, digamos: “Si al Señor en su ministerio le ocurrió, también nosotros lo veremos”. No nos desesperemos ni nos descorazonemos, no nos desanimemos demasiado.

En un momento estaré mostrando las instrucciones que el Señor les dio para la tarea, pero quiero traer algunas aplicaciones. Me emociona aquí ver grupos de hermanos, madres e hijos sirviendo todos al Señor; eso es bonito. El Evangelio avanza en la familia. Y qué hermoso es ver una familia donde uno sirve al Señor, después viene el otro y sirve al Señor.

Hoy mismo tuvimos aquí una dramatización donde había muchas familias representadas sirviendo al Señor. Hermano, qué cosa más preciosa ver cómo lo que pasó en el círculo de los apóstoles también se replica en la iglesia local. Me emociona ver, hermano, que no todos tenemos los mismos dones, pero todos hacemos la misma obra. Y quizá la manera en que tú harás la obra del ministerio es distinta a la manera en que yo haré la obra del ministerio. Pedro y Andrés no hicieron lo mismo, pero los dos lo hicieron para el mismo Señor.

Diversidad de temperamentos y cambio de agendas en Cristo

Me emociona ver, hermanos, que los temperamentos no son estándar, no hay un estándar. No hay ya uno que esté precondicionado a esperar un estereotipo de obrero del Señor, personas que reúnen estas características, estas características. No se lleve de eso. Algunos son introvertidos, otros son explosivos, uno habla mucho y otros no preguntan nada, pero todos haremos la obra del Señor.

Entendamos que el Señor tiene diferentes formas en sus obreros y no nos aferremos al mismo estereotipo. Advierto eso frecuentemente. Usted entiende que todos los pastores del Señor tienen que ser como el pastor que usted conoció. Pero ese pastor que usted conoció tenía unas características únicas, y hay otro pastor con otras características que también es obrero del Señor.

Veo aquí también, hermanos queridos, que cuando venimos al Señor nuestras agendas y prioridades cambian. Simón entendía que era por la vía militar, cuando vino a Cristo entendió que todo era espiritual. Qué hermoso es un hermano que viene a Cristo en tormenta, había tenido otras agendas.

Es frecuente, por ejemplo, que en la República Dominicana hay personas que vienen a Cristo y su agenda anteriormente era, por ejemplo, la política partidista, y eran militantes en eso. Ellos entendían que era la manera en que iban a lograr sus oportunidades. Cuando vinieron a Cristo se dieron cuenta de que nuestras oportunidades están en el Señor y de que nuestro Reino no es de este mundo.

Qué hermoso es que el Señor le cambie la agenda a aquellos que el Señor ha estado llamando. Veamos ahora, del versículo 5 en adelante, cuáles fueron las instrucciones que el Señor les entregó para la tarea. Hago aquí un paréntesis y es: entendamos que esta misión de Mateo 10 no es nuestra misión. Este es un último esfuerzo de dar testimonio a la nación de Israel.

El Señor les dijo a estos doce: “A estos doce envió Jesús y les dio instrucciones diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis”. Él está hablando en este momento a apóstoles suyos, a ese grupo de doce que es un grupo singular, y le está dando una tarea muy limitada. La tarea limitada es: circunscríbanse a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Este, hermano, es un último gran esfuerzo para que Israel tenga la oportunidad de venir a Cristo. Al mismo tiempo, sea cuidadoso en no atribuirse usted lo que el Señor le dijo a sus apóstoles. Por ejemplo, los apóstoles de Jesucristo tuvieron una autoridad especial para establecer el fundamento de la iglesia. Dice la Escritura, asimismo, que ellos son columnas de la iglesia del Señor.

Singularidad de los apóstoles y sus credenciales milagrosas

Hay hermanos míos que leen esto y sienten que ellos tienen el mismo llamado que tuvo Pedro, que tuvo Juan, hasta cierto punto, hermano. Porque, después que los apóstoles desarrollaron, establecieron el fundamento de la iglesia, ellos mismos establecieron cualificaciones para otros obreros que ya no son apóstoles de Jesucristo, sino que se llaman maestros, pastores y diferentes obreros que continúan la obra, pero siempre edificando sobre el mismo fundamento que ellos establecieron.

Los apóstoles de la Escritura eran un grupo singular. Por ejemplo, a pesar de que Dios en su soberanía siempre ha hecho milagros, hizo milagros ayer y hará milagros mañana, los apóstoles de Jesucristo demostraron que eran apóstoles de Jesucristo porque hicieron los mismos milagros que él hizo. Él les dijo: “Lo mismo que yo hago, ustedes harán; harán cosas aún mayores”. Y cuando usted ve los milagros en el libro de los Hechos, verá que se dice que esos milagros eran hechos por los apóstoles.

Porque no necesariamente eran milagros para buscar el beneficio físico de la gente. Eran milagros para demostrar que ellos tenían el endoso del Señor. Lo mismo hizo Cristo. Él dijo: “Si no me creen, créanme a través de los milagros, créanme a través de mis obras”. Los milagros apostólicos eran credenciales.

Por ejemplo, en el libro de los Hechos, en el capítulo 2, se mencionan las señales que estos hombres hicieron y es muy evidente cómo se circunscribe a ellos mismos. Dice Hechos 2:43: “Y sobrevino temor a toda persona, y muchas maravillas y señales eran hechas por quién, por los apóstoles”.

Bueno, dice el libro de los Hechos que con la sombra de Pedro se sanaban los enfermos. ¿Qué estaba haciendo el Señor? Le estaba dando un endoso especial, una credencial especial, para que la gente entendiera que ellos tenían la misma autoridad que tenía él, que cuando hablaba un apóstol de Jesucristo era como si Jesucristo mismo estuviese hablando.

Comenzaré mostrando el alcance. ¿Cuál era el alcance? Las ovejas perdidas de la casa de Israel. No era un asunto de exclusión, era de prioridad, “antes id…”. O sea, no es que aquellos no van a llegar. El plan del Señor era eventualmente reunir en un solo pueblo, en Cristo, a judíos y gentiles. Pero en este momento les dijo: “Antes de cualquier cosa vayan a las ovejas perdidas”. Ese era el alcance.

Después, ¿cuál era el mensaje? Primero el contenido: “El Reino se ha acercado”. Era un mensaje sencillo. Y después las evidencias que están en el versículo 8: “Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia”. Aquí está su mensaje: un contenido y una credencial.

Contenido del mensaje y su gratuidad

El contexto, hermano, da a entender que ellos iban a entregar este mensaje principalmente en grupos pequeños, de casa en casa, de casa en casa, de casa en casa. Y el término utilizado para el mensaje es el término de proclamar íntegramente un mensaje recibido. No era instrucción, sino proclamación: “El Reino se ha acercado, el Reino se ha acercado”.

En la gran comisión están los dos elementos: está el elemento de predicación y el elemento de instrucción. En este momento era predicación. Menciona también la liberalidad con que debían hacerlo; dice, en el versículo 8 al final: “De gracia recibisteis, dad de gracia”. Es la voluntad, hermanos queridos, de que la proclamación del Evangelio sea un asunto completamente gratuito. Y en esto las iglesias del Señor tenemos que ser muy cuidadosas.

Cuando se está predicando el Evangelio no debemos dar ni siquiera la percepción de costo. La gente debe entender que el Evangelio se proclama gratuitamente. Del mismo modo que lo proclamaron a mí gratuitamente, lo proclamo yo a ti gratuitamente. El Evangelio es algo que no tiene costo.

De hecho, por esa razón, hermano, en la iglesia cristiana no se paga entrada. Somos cuidadosos hasta de un evento; si es un evento, tiene que ser un asunto muy puntual para que una iglesia bíblicamente constituida entienda que ahí puede haber costo, porque lo que dice la Escritura es que lo que recibimos gratuitamente, demoslo gratuitamente. No hay nadie que pueda decir: “Yo pagué para que se me predicara el Evangelio”. Esto es de gratis, de gracia lo recibí, asimismo lo doy de gracia.

Alguien dirá: “Pero si es así va a ser muy difícil”. Nuestro Señor demostró, hermano, que gratuitamente pudo llenar el mundo de su palabra, predicándola gratuitamente. Del mismo modo lo debemos hacer nosotros; eso se llama liberalidad.

Del 9 al 10 dice: “No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón, porque el obrero es digno de su alimento”. Una alforja es un bolsillo, es un bultito donde se guardaban pertenencias. Lo natural, una persona se va de viaje, quiere dos mudas de ropa: una la que estoy usando y otra para por lo menos poder lavar. El Señor dice: “No, no se provean de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón”.

Dependencia de Dios y provisión para el obrero

¿Cuál era la provisión del Señor? Una provisión continua, pero en dependencia. El Señor en medio les iba a dar con qué hacerlo. Sorpréndase usted, porque probablemente ningún apóstol tenía ni oro ni plata. Lo que el Señor está tratando de hacer es evitar que ellos condicionen el salir a recibir el oro y la plata.

La obra del ministerio, hermano, no la hacemos porque tengamos los recursos. La hacemos, y haciéndola vendrán los recursos. No te acuestes a esperar tener provisión e ir guardando, “yo algún día pretendo hacer la obra del ministerio; tengo dos túnicas, tengo ya dos pares de zapatos porque voy a caminar mucho, un bastón. Oye, fulano, ¿por qué no has salido? Es que me falta el bastón. ¿Y por qué todavía no vas? Es que solamente tengo un par de zapatos. ¿Y por qué no vas? Oye, ¿tú tienes alguna alforja que me preste? Porque es que yo no sé si tenga”.

Lo que el Señor les está diciendo es: “No esperen tener esas cosas, váyanse, y cuando ustedes vayan haciendo la obra del ministerio, los recursos van a ir emergiendo”. Este es el secreto mejor guardado del ministerio. El ministerio, hermano, siempre se comienza sin recursos y el Señor envía los recursos en el medio.

Tengo el convencimiento de que a la obra del Señor, tal como dijo, me parece que Hudson Taylor, “la obra del Señor, hecha a la manera del Señor, nunca le faltarán los recursos del Señor”. Usted quiere hacer la obra del ministerio, salga, y cuando usted salga, el obrero es digno de su salario. Lo que el Señor está diciendo es que él está evitando que la gente coloque objeciones.

¿Por qué más gente no hace la obra del ministerio? “No, porque es que yo no tengo los recursos, pero si yo tuviera los recursos…”. Haga la obra del ministerio y el Señor va a enviar los recursos. Dios es fiel, hermano querido.

En la agenda de Dios, la obra de la predicación tiene prioridad 1A. Yo no conozco una experiencia de gente que haya sido llamada por el Señor y esté haciendo la obra del Señor, que el Señor no le haya dado luego los medios para que la haga. El Señor siempre los va dando.

Perdóneme aquí que hago lo que no hacía Mateo, que era hablar de sí mismo, pero yo recibo reuniones frecuentemente con hermanos que quieren entrar al ministerio pastoral. Me dicen: “Pastor, yo quiero entrar al ministerio pastoral, pero estoy esperando que alguna organización me ayude. Yo estoy esperando que, si acaso, alguna familia pudiente pueda ayudarme”.

Llamado a iniciar la obra sin esperar recursos; casas como base de misión

Hermano, si el Señor te llamó, haz la obra del ministerio, y haciendo la obra del ministerio el Señor te dará los recursos para que la hagas. Si realmente tú colocas objeciones, ve a Mateo capítulo 10, versículo 9 y versículo 10: “No os proveáis”, dice aquí. Bueno, no es que sea pecaminoso tener un par de zapatos, no es pecaminoso tener dos túnicas; lo que es muy pecaminoso es decir que no estás haciendo la obra del ministerio porque Dios no te ha dado los recursos. Él te dice: “Vayan y háganlo, y yo sé que el obrero es digno de su salario”.

Menciona aquí, hermanos queridos, acerca de la dependencia del Señor. Infiere que Dios quiere proveerle: “El obrero es digno de su alimento”, dice. Recuerda: primero la obra y después el alimento. El asunto está en que la gente quiere tener la despensa llena y después hacer la obra. Primero se hace la obra y después tiene la despensa.

Las áreas de trabajo que el Señor les ha encomendado son los versículos 11 y 12: “Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. Y al entrar en la casa, saludadla”.

Varias cosas me llaman la atención de esta instrucción del Señor. Lo primero es que él infiere cómo va a avanzar la gente. Dice: “Oye, pero ¿dónde me pueden prestar un auditorio? ¿Alguien que me pueda prestar un anfiteatro? Si alguien tuviera un equipo de sonido…”. No. Vayan a una ciudad. En esa ciudad vive gente, y esa gente tiene casas. La casa, hermano, es punta de lanza en el avance de la obra del ministerio.

Si usted quiere dar testimonio, casas. Hay casas disponibles; en esas casas vive gente. Hagan ahí la obra del ministerio. ¿Cuál era el área de trabajo? Primero las casas: “Informaos quién en ella sea digno”.

En esa ciudad, aquí hay una salvedad, y es que una cosa es predicar, que se predica a todo el mundo, y otra cosa es hospedarse. El Señor les dice: “Sean cuidadosos de dónde se puedan hospedar, en un lugar donde alguien de verdad sea digno”.

Qué hermoso es cuando los hermanos hacen disposiciones, dicen: “Yo quisiera que en mi casa se comenzara la predicación”. Me decía, hablaba en días pasados con la abuela de Tomás, y ella tenía el gozo de que ella quería que su casa se comenzara a usar como iglesia. El Señor se lo concedió. Doña Lucía decía: “Yo quería que en mi casa se comenzara la iglesia”, el Señor se lo concedió.

Casas dignas y estabilidad del obrero; evitar rodar de casa en casa

Hermano, ¿sabes la alegría que usted pueda decir “En mi casa comenzó la iglesia del Señor”? Esos son regalos que el Señor te concede. Qué hermoso es, vamos a decir, hermano, que no comenzó la iglesia, pero que tu casa sea casa de salvación; que en tu casa tú sepas que ahí… Yo camino por la zona colonial de Santo Domingo y veo letreros en las casas que dicen: “Aquí nació el prócer, aquí nació tal personaje, aquí nació fulano de tal”.

Y tú podrías decir: “Y aquí nació alguien que pasó de muerte a vida, aquí alguien se encontró con el Señor”. Hermano, eso no lo pone en ninguna casa, pero el Señor lo sabe: que en tu casa alguien vino a salvación. Que tu casa sea casa de salvación.

Tú le dices al Señor: “Guau, Señor, aquí hay dos impedimentos; el primer impedimento, los medios materiales: Señor, ¿y dónde está el oro, dónde está la plata?, ¿tenemos cobres suficientes?”. El Señor dice: “No, hagan la obra, y el obrero es digno de su salario”.

Y después les dice el Señor: “Al mismo tiempo, ‘Guau, Padre, ¿dónde vamos?’ ¿Al Aerópago, tú crees?”. No al Aerópago, entren a la ciudad, busquen una casa y pregunten. Hermano, sorprendente, pero cuando usted sale a buscar lugares donde predicar, hay cantidad de gente que se ofrece. Eso es un asunto impresionante. Usted dice: “Mira, queremos comenzar un estudio bíblico en este sector, ¿habrá alguna casa?”. Hay gente que aun no han hecho profesión de fe, pero muestran dignidad, y dicen: “Mira, yo no soy un cristiano, pero háganlo en mi casa. Vengan, que yo tengo una marquesina”.

La iglesia de Lucerna comenzó en una marquesina. La iglesia donde he servido muchos años comenzó en la marquesina de una hermana, en el mismo sector. Qué hermoso es que tú digas: “Guau, en mi casa comenzó la obra del Señor. Aquí nació un prócer”. Qué cosa más extraordinaria, hermano.

Las dos objeciones les quitó: la objeción de los medios materiales y también la objeción del lugar donde predicar. Otra cosa: las casas, hermano, las casas son mejores que los anfiteatros porque en la casa vive gente. A usted le pueden prestar una cancha, pero en la cancha no vive gente. Le pueden prestar un auditorio, pero ese auditorio está vacío. En una casa, hermano, se espera que ahí viva una familia, y les dice el Señor: “Vayan a la casa”.

Y entrando, busquen dónde viva gente que tenga dignidad. Después les dice: “Posad allí hasta que salgáis”. Esto tiene mucha sabiduría del Señor. Hay que ser cuidadosos, hermano, porque no es la voluntad del Señor que estemos rodando de casa en casa. De hecho, eso se presta para controversias. Hay que ser cuidadosos. Eso de que “Hoy vamos en tu casa, mañana en la mía”, eso se presta para chismes.

Además, había aquí un asunto que era una advertencia para el obrero. Probablemente, imagínense usted, Natanael sale: “OK, llegué a esta ciudad y entré a una casa, pero ya yo tengo en esta casa una semana, y me doy cuenta que allí se come mejor que aquí”. Hermano, este va a ser el último que lo vamos a hacer en esta casa, porque yo me voy a mudar en la otra donde veo que se come mejor. No. Dice: “Posad allí”.

Permanencia en una casa y adaptación; el saludo como parte del ministerio

Además, cuando tú tienes ya arraigo en una familia, esa familia habla por ti, esa familia te cuida. Una persona que va saltando de casa en casa es muy inestable. Él les dice: “Si ustedes van a predicar, quédense en una casa”.

Por otro lado, hermano, para que la obra del Evangelio haga raíz en una ciudad, hace falta que haya testimonio permanente. Por eso yo creo mucho en los estudios bíblicos constantes; por lo menos cinco estudios bíblicos en un lugar, diez estudios bíblicos, de forma tal que los miembros de esa familia primero puedan ser expuestos a la predicación, no una vez, sino dos, sino un tiempo. Y después de una serie de estudios bíblicos, frecuentemente vemos que el Señor deja en ese lugar obra de salvación.

Lucas lo dice todavía más claro. Lucas 10:7 dice: “Comiendo y bebiendo lo que os den; no os paséis de casa en casa”. Eso dice Lucas. O sea que el obrero, hermano, está expuesto a comerse lo que le vayan a brindar. Tú no puedes decir de antemano: “Vamos a predicar el Evangelio; va a ser un proyecto para abrir…”—este es el menú, por favor. “Hermanos, les estoy dando anticipación para que se preparen a recibirme”.

Él dice: un obrero tiene que tener la capacidad, hermanos, de adaptarse a los lugares. ¿Saben que la obra no avanza más porque no tenemos esa capacidad de adaptación? Porque tú dices: “Bueno, quizá tú no eras un obrero que exige ‘Yo tengo que tener esto solamente’”, pero la realidad, hermano, es que visitar a alguien en su casa requiere determinada gracia para poder hacerlo. Una de las gracias es estar expuesto a comerte lo que te vayan a brindar. Si es una galletita, galletita; si es un chocolate, chocolate. Hermano, no ser en extremo exigente.

Tristemente, hay historias de misioneros que iban a los pueblos de casa en casa y eran necios en esto: “No, que al obrero del Señor hay que tenerle tales cosas, no, que él no come de esto, no, que él no recibe de lo otro”. Hermano, así no. La obra del Señor avanza con capacidad de resistencia.

“Al entrar en la casa, saludadla”. Hermano, no pasemos esto por alto. No es “Siéntense ahí, que les voy a predicar el Evangelio. Abran su Biblia en Juan 3:16”. No, hermano. El saludo en los orientales no era solamente “hola”, no. El saludo era una introducción. Tú llegabas a un lugar, te presentabas, te introducías. Ellos tenían todo un ceremonial del saludo.

O sea, tú entrabas, departías: “¿Cómo están?”, te preocupabas sinceramente por la gente, les traías noticias de otro lugar, recibías noticias. Y después, en esa atmósfera de camaradería donde ya se ha lubricado esa relación, donde ya hay cariño, donde hay afecto envuelto, entonces ahora, hermano, “Vamos a abrir la sagrada Escritura”.

Qué distinto, qué feo es un obrero del Evangelio que todo lo hace rápido: “Siéntense ahí, vengan, que les voy a dar el estudio bíblico, abran la Biblia, nos estamos yendo, es que no hay mucho tiempo, nos vamos”. No. Saludar, es lo que está diciendo.

La dignidad de llevar paz y la reacción ante el rechazo

Recuerden esos dos principios cuando vayan a hacer la obra del ministerio. Recuerden el principio “posad allí” y recuerden también el principio de saludar. O sea, debemos tener cierta gracia, debemos tener cierta alegría, cierto genuino interés por la gente. Qué bonito cuando tú llegas y en ese lugar se siente que tú tienes un genuino interés por la gente de ese lugar. Eso se siente; tú te das cuenta cuando alguien está viniendo solamente a predicarnos, o realmente nuestra vida le importa.

El Señor, hermano, es verdad que él fue muchas veces a Betania, pero tenía un genuino interés en la familia que vivía allí. Qué hermoso es saludar, hermano; es que tengamos en cuenta las personas que están allí viviendo.

He estado mostrando las áreas de trabajo; terminaré mostrando cuál es el resultado esperable. Dice el Señor, leo ahora los versículos del 13 al 15:

“Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros. Y si alguno no os recibiere ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo, que en el día del juicio será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad.”

El Señor está mostrando dos resultados esperables. ¿Cuál es el primer resultado esperable? Hermano, que esa casa sea digna y a esa casa llegue la paz. Te animo a que cuando hagas la obra del ministerio entiendas que el Señor te ha dado a ti algo, hermano, que es muy valioso, muy precioso y muy necesario.

Cuando vamos a un lugar a predicar, debemos entender que la predicación del Evangelio trae paz en el lugar donde se hace. Hermano, cuando tú llegas, antes de entrar a la casa tú dices: “Hoy la paz podría llegar a esta casa a causa de que aquí se va a predicar el Evangelio. Esta familia podría tener la paz que sobrepasa todo entendimiento. Esta familia podría tener paz con Dios. Alguien podría salir de su desasosiego. Alguien podría encontrar la calma”.

Antes, hermano, cuando usted vaya a la obra del ministerio, hágala con este paradigma: entender que lo que nosotros estamos dando es algo muy valioso. Entienda que lo que usted está dando, no es “un estudio bíblico”, usted está allí anunciando la paz.

El mensajero como portador de paz; lidiar con el rechazo y seguir adelante

Qué hermosos son los pies de los que traen alegres nuevas, hermanos, de los que anuncian la paz. Cuando vamos a hacer la obra del ministerio, por favor, llegue a ese lugar con la alegría del que va a saludar, pero al mismo tiempo con la dignidad de que usted llegó. Es como cuando llega un médico.

Yo escucho las historias de los primeros médicos que trabajaban aquí; iban paraje por paraje donde no había centros médicos, y cuando llegaba un médico a la comarca, hermano, eso era alegría: “Llegó la persona que me puede quitar este dolor, llegó una persona que me puede decir cuál es mi padecimiento, llegó alguien que me puede dar medicina”.

Cuando llega un predicador del Evangelio a un lugar, hermano, llegó el que anuncia la paz. Cuando usted llega con esa expectativa, primero usted entiende esto mucho más de lleno, pero al mismo tiempo la gente lo siente así. Nunca veamos esto, hermano, como si fuera algo poco digno.

Cada vez que usted predica la Palabra en un lugar, a las personas que no han conocido a Cristo, usted entienda: “Aquí hoy puede llegar la paz, soy mensajero de la paz del Señor. La gente puede encontrarse con Cristo a causa de que yo llegué a esta casa. Esta familia puede ir mejor, qué cosa más hermosa. Los problemas de esta familia podrían desaparecer a causa de que llegó un obrero del Señor”.

Entendamos, hermano, que estamos llegando al lugar y el Señor nos ha dado paz para llevar, qué cosa más preciosa. Y si no te reciben, tú lo entiendes: “Es más lo que yo vine a dar que lo que estoy recibiendo”. Tiene mucha dignidad el obrero que predica el Evangelio, si lo hace desde esa perspectiva.

Dice: “Si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros”. Entendamos, hermano, que esto que estamos dando es algo muy valioso. Si la gente no quiere recibirlo, debe haber mucha gente que quiera paz. “Ah, pero el médico vino a hacer una visita a mi casa y yo no quise recibirle”. Yo le aseguro que en ese lugar hay muchos enfermos que quisieran recibir al médico.

“El predicador del Evangelio llegó aquí y la gente no quiso recibirle”. ¡Oh, pero están las necesidades que hay! Nosotros estamos dando un mensaje que es universal. La gente necesita a Cristo. Donde quiera que tú vayas, tú encuentras gente que necesita a Cristo.

Aquí hay una advertencia, y es que no seamos necios en permanecer en un lugar más allá de lo que sea prudente. Si alguien le dijo: “Usted a mí no me predique ya, no, no venga, que no estamos muy interesados en eso”. ¡Ay, qué tristeza! Lo lamentamos mucho. No: “Yo tengo que predicarle, ven, que ahora el término…”—hasta el término que se utiliza se vuelve contraproducente. La gente dice: “Yo me lo voy a ganar”, todo se vuelve una competencia: “O es usted o es el Espíritu Santo”.

Yo soy mensajero de la paz; yo quiero traer el Evangelio, quiero traerle las buenas nuevas, quiero anunciarle que el Reino se ha acercado. Pero si no reciben el Reino, bueno, lamentable, seguimos caminando. Dice aquí: “Y si alguno no os recibiere ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa…” es imperativo.

Exposición al rechazo y práctica de repartir tratados

No se quede. Hay hermanos que viven generando controversia con eso, yendo a lugares donde la gente no quiere que usted vaya. Si usted se dio cuenta de que esta persona no quiere, qué hermoso es un lugar donde tú dices: “Mis hermanos, ya tenemos que irnos a otra parte”. “Ay, por favor, quédense una semana más, quédense dos semanas”. Qué hermosos son los lugares donde la gente está esperando que le traigan la buena nueva.

Y si en ese lugar usted se da cuenta que no hay latitud, dice la Escritura que salgan de esa ciudad. “Y sacudid el polvo de vuestros pies”. Ni aun el polvo, hermano. No te quedes emocional, material ni físicamente vinculado. Síguete moviendo, síguete moviendo. Eso es lo que te están diciendo.

La alerta que quiero hacerles, hermanos queridos, es que no nos aferremos a los lugares que no estén preparados. Hay que estar preparados para sacudirnos el polvo. Y al mismo tiempo aprendamos a lidiar con el rechazo. ¿Saben por qué no avanza más la obra del Evangelio? Porque hay demasiado temor al rechazo, a que me digan que no.

Quiero animar a la iglesia: expónganse temprano a que le digan que no. Que a de pocos le han dicho que no; cuando te dicen que no diez veces, usted comienza a hacerlo. Eso no es nada científico, hermano.

Salvando toda la diferencia, hermanos, esto damos por gracia lo que por gracia hemos recibido. Escuche, damos por gracia lo que por gracia hemos recibido. Pero si yo podría ilustrar esto con un ejemplo, aunque no es un asunto espiritual, es algo que a los vendedores le enseñan: a lidiar con el rechazo.

“¿Usted va a entrar a un lugar a la venta? ¿Usted tiene madera para ser vendedor?”. “Sí, yo creo”. “Dígalo duro, que le van a dar con la puerta en la nariz”. “Ay, ¿no habrá una posición en mercadeo, algo así?”. “¿Usted quiere hacer ventas, ventas directas, vendedor ranchero, usted quiere ir puerta por puerta? Yo lo veo como que usted se doble fácilmente, como que no resiste”.

Salga, y llega el primer día frustrado: “Uy, me aporrearon, me dijeron que no, me dijeron que no, me dijeron que no”. Él dice: “Viva eso diez veces, viva eso diez veces; usted le va a ir cogiendo el piso a la venta”, pero son muchos rechazos, muchos rechazos, muchos rechazos.

He tomado un teléfono. Yo llamo para ofrecerle un servicio; “¡Pa!”, le cuelgan: “No llame, no queremos”. Y tú: “Ay, ay, ay, ay, ay, me colgó el teléfono”. “¿Usted no quería ser vendedor?”. “Sí, yo quiero ser vendedor”.

También tenemos que entrenarnos para ser rechazados, hermanos. El ministro del Evangelio es una persona que debe habituarse a que le digan que no. De hecho, yo siento, hermano, que cuando me dicen que no, yo fui obediente. Yo mido las dos cosas, yo mido el “sí” y mido el “no”. Yo voy, predico, y la gente me dice que no. Yo digo: “Bueno, por lo menos fui obediente a la gran comisión”.

A veces me desahogo un poco, hago así, como que me desahogo; me sacudo el polvo y sigo caminando donde el próximo. Algo que el Señor me dio para vencer el temor al rechazo en la obra del Evangelio, se lo recomiendo a ustedes, hermanos, es repartir tratados. La gente dice: “Tratados, literatura impresa, trataditos, ¿eso es experiencia repartir tratado?”. No.

A mí me daban los fajos de tratados en mi iglesia, por ejemplo, un fajo de 500 tratados. Yo salía por las calles a repartir tratados, iba casa por casa. A veces iba a la cancha, iba a este centro médico que estaba ahí, ya cerró, un centro médico que estaba en el kilómetro 8 y medio de la Mella, y entraba y le daba a la gente tratados: “Permítame compartir, permítame…”.

Ejemplos personales de evangelismo y ruptura de la vergüenza

¿Cómo se llamaba el centro médico? No recuerdo bien, la Ravel; ya cerró. Me quedaba cerca, yo iba, hermano, y cuando iba: “Permítame compartir un poquito de la palabra del Señor”. La verdad, hermano, eso da duro emocionalmente. A veces no te insultan, pero te ponen la boca rara y la cara. Y tú sientes rechazo de la gente, la hostilidad, y tú dices: “Permítame compartir un tratadito, la Palabra del Señor”.

A veces, hermano, la gente agarra el tratado, y cuando tú le das el tratado, hacen así, ahí mismo, y lo tiran. Y dices tú: “Ay, mi tratadito…”. ¿Entiende lo que le quiero decir, hermano? Cuando tú vivas eso una temporada de tu vida, con más facilidad tú lo ves.

Si tu compañero de trabajo… Tú lo invitas a tu iglesia: “Te invito a mi iglesia”, y te va a decir: “Yo no voy a la iglesia evangélica, aquí somos católicos, aquí no es tal cosa, yo no creo en religiones”. Y cuando te lo digan, hermano, ya tú no vas a sentir que te lo hicieron hacia el corazón.

Aquí el Señor infiere, hermano, que nos van a decir que no muchas veces, que vamos a tener que sacudir el polvo. Yo quisiera que mi iglesia haga resistencia emocional para el rechazo. Predicar puerta a puerta; uno va a los lugares, la gente… Sí creo que hay que hacerlo.

Por ejemplo, yo iba a los lugares; íbamos de dos en dos. Y le decíamos: “Permítanos leerle una porción de la palabra del Señor”. Había gente, hermano, que nos recibía, hasta nos brindaba. Oye, qué alegría uno siente cuando uno llega a un lugar donde uno dice: “Esta casa es digna”. Había gente que decía: “Mira, a mí no me interesa mucho eso, pero vengan, entren, que lo lean”, y hasta te brindaba un juguito. Hermano, uno se bebe el juguito, no el jugo como tal, pero es un detalle que tú te das cuenta: “En este lugar la gente es digna”.

Hermanos, rompamos toda muralla de rechazo tomando iniciativas. Por ejemplo, yo durante mucho tiempo fui muy anónimo en el lugar donde trabajaba. La gente no sabía que yo era cristiano porque me daba vergüenza. Yo decía: “Oh, si yo digo que soy cristiano, van a pensar que yo soy cristiano de los que se caen y dan vueltas…”. Son prejuicios que uno tiene en la mente.

Recuerdo que en un momento yo entendí que tenía que romper el hielo. ¿Y cómo rompía el hielo? Comencé un estudio bíblico en mi casa, domingo en la tarde, para invitar a mis compañeros de trabajo y comencé a darle versículos bíblicos subrayados. Tomaba un versículo, lo escribía, lo imprimía muchas veces y le subrayaba algunas partes.

“Permíteme darte un versículo bíblico”. A la gente le encantaba eso, y frecuentemente me preguntaban: “Ay, ¿tú eres cristiano?”. “Sí, yo soy cristiano”. Rompí. Al menos, rompía. Eventualmente, algunos compañeros de trabajo me acompañaron a la iglesia, pero hay que romper el hielo de que nos digan que no.

Oración final por valentía y cierre del culto

El obrero del Evangelio eficiente es una persona que sabe que hay lugares que son dignos y que hay lugares que no lo son; que predica el Evangelio, permite que le digan que no, y cuando le cierran la puerta, él sigue caminando.

Que el Señor permita, hermanos queridos, que todas estas cosas en nosotros sean una realidad, que seamos obreros diligentes, hermanos, que el Señor nos acompañe en nuestra misión. Oro por toda la iglesia y terminaremos luego exaltando el nombre del Señor.

Oraré hoy especialmente, hermanos, para que el Señor nos permita a todos nosotros vencer el temor al rechazo.

Padre, mira mis hermanos que todavía no han dado un tratadito evangelístico. Mira mis hermanos que todavía no han girado una invitación para su iglesia. Mira mis hermanos, Señor, que todavía son muy discretos acerca de la obra. Mira aun aquellos, Señor, que dicen que no tienen los medios para hacerlo. Permite que esto se rompa en nuestra iglesia, Señor, y que se levante aquí un ejército de obreros diligentes, Señor, que hagan tu obra sin temor al rechazo y en medio de mucho esfuerzo, sobre todo, Señor, dando tú los medios para seguir haciéndolo.

Mira mis hermanos que sienten esta aprehensión de que les van a decir que no. Permite, Señor, que ellos sientan lo que tú sentías: que la gente te rechazaba, Señor, y tú seguías saliendo. Ay, Señor, que te clavaron en una cruz, resucitaste de entre los muertos y nos mandaste a nosotros a predicarles a ellos mismos. Permite, Señor, que no devolvamos mal por mal, sino por el contrario, bendiciendo, como dice tu palabra.

Despiértanos, Iglesia, Señor, un ardor acerca de poner la mano en el arado y hacer la misión. Mantén tus ojos cerrados. Y hablando acerca de la pasión que el Señor tiene para mandar obreros, aquí hay alguien que ha escuchado la predicación del Evangelio; ponga en el Señor hoy su confianza, tome una decisión por el Señor, responda al llamado del Señor. Ahí, en una oración, dile al Señor: “Señor, perdona mis pecados, recíbeme como tu hijo, abre mis ojos aún más, Señor, permíteme verte todavía de manera más clara y dame la fuerza necesaria”.

Y si tú sientes la impotencia de que no puedes por tus propios medios, dile al Señor que te dé la fuerza necesaria para hacer en tu vida su voluntad. Padre, bendice a todo mi pueblo, bendice a toda esta iglesia, Señor, todas las personas que están hoy congregadas. Bendícenos, sobre todo con diligencia, Señor, y valentía. En el nombre de Cristo, amén.

Que el Señor les bendiga, hermanos queridos. Nos despedimos con alabanza al nombre del Señor. Nos vemos el jueves desde las 6:00 de la tarde.

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