Ahí donde están les invito a que busquen en sus Biblias el Evangelio de Mateo, capítulo 5. Nos hemos detenido aquí a considerar todo el consejo de la palabra del Señor. Ya agotamos las bienaventuranzas durante varios sermones, en otro más agotamos las dos metáforas de la sal y de la luz, y ahora consideraremos lo que nuestro Señor Jesucristo enseña acerca del Antiguo Testamento: “Cristo y el Antiguo Testamento”. Mateo, capítulo 5. Consideraremos los versículos desde el versículo 17 y hasta el versículo 20. Pueden buscar su Biblia y dejarla allí abierta, porque esta es la porción que estaremos considerando, Mateo, capítulo 5, desde el versículo 17 hasta el versículo 20.
También quiero animarles, hermanos, a que hagan la costumbre de traer a la iglesia por lo menos un lápiz, para que anoten diferentes referencias de las escrituras que a veces, por asunto de tiempo, no nos da el chance de considerar una por una. Pero usted puede anotarlas y después considerar esos versículos en su casa. Es sabio ser como los de Berea, hermanos, que no se conformaban solamente con lo que se les decía, o lo que les decía el apóstol Pablo, sino que cuando ellos iban a sus casas confirmaban todo lo que recibían desde las escrituras. Una buena práctica es marcar en su Biblia, tomar anotaciones. Si ustedes escuchan que menciono una cita bíblica y no procedo a leerla, entonces ustedes la anotan en su programa y cuando lleguen a su casa, entonces la leen. Ahí donde están, les pido que cierren sus ojos y le pidamos al Señor en oración que nos acompañe.
Aquí están, Señor, estos corazones reunidos. Aquí está también tu palabra, Señor. Por fe sabemos que aquí estás tú, por medio del Espíritu Santo. Permite que estas tres cosas hoy funcionen en conjunto: corazones reunidos, tu palabra predicada y tu Espíritu Santo haciendo su buena obra. Permite que cada persona aquí congregada, Señor, atesore tu palabra, que sea tu Santo Espíritu aplicándola a lo profundo en nuestro interior, que sea tu Santo Espíritu, Señor, fortaleciéndonos para ponerla por obra. Te encomiendo a mis hermanos, Señor, que hoy tienen la oportunidad de relacionar cosas con cosas, de ver cómo funciona tu palabra en su conjunto. Permite que hoy haya raíz en nuestra iglesia. Permite, Señor, que haya profundidad en nuestra iglesia.
Permite, Señor, que se establezcan fundamentos. Acompáñanos en este tiempo. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Después de considerar las primeras partes del sermón del monte, que son las bienaventuranzas, la sección más amplia, después dos cortas metáforas, entonces avanzamos a otra sección del sermón del monte que va desde el versículo 17 en adelante. Es Cristo explicando acerca del Antiguo Testamento. Antes de leer la introducción, hermanos, les diré que hay algunos segmentos del sermón del monte que son más prácticos que otros y, al igual que ustedes, yo siempre prefiero los sermones que son más prácticos. Pero la vida cristiana no se trata solamente de practicar cosas, se trata también de afirmarse en cosas. Y si nos dedicáramos solamente a tratar de vivir la vida cristiana y no hiciéramos un esfuerzo de profundizar en la vida cristiana, estaríamos haciendo una labor que no sería tan loable. Un cristiano no solamente trata de vivir la palabra del Señor, sino que trata de afirmarse en la palabra del Señor.
Es como una planta. A nosotros nos preocupa que dé fruto, y para que dé fruto tiene que tener ramas y tiene que tener hojas. Pero hay una parte de la planta que no se ve y es absolutamente necesaria, que es el sistema radicular. Es necesario que las plantas crezcan en ramas, pero es necesario que las plantas crezcan hacia abajo en raíz. Y un cristiano que trata de dar frutos sin tener muchas raíces es un cristiano que pronto será derribado, es un cristiano que no permanecerá. Por eso les digo, hermanos, que la enseñanza práctica a veces es más interesante, pero la enseñanza fundamental, la enseñanza que profundiza, es absolutamente necesaria. Hay cosas que usted las va a conocer y quizá no tenga la manera de ponerlas en obra inmediatamente, pero es necesario que las conozca. Y una de esas cosas que tienen que conocer es la importancia del Antiguo Testamento.
Leamos primero la palabra del Señor y después consideremos la introducción. Mateo, capítulo 5, versículo 17 en adelante, dice así nuestro Señor Jesucristo. No aíslen esta porción de la escritura, hermanos; Cristo la predicó inmediatamente después de las bienaventuranzas y de las parábolas de la sal y de la luz. Inmediatamente después dijo el Señor:
No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasarán de la ley, hasta que todo se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
— Mateo 5:17–20
Cristo aclara el aparente choque con la Ley de Moisés
Más, cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no fuera mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Cambia el tono. Las bienaventuranzas son cortaditas, mucho más prácticas, asuntos que uno puede integrar inmediatamente, y aquí el Señor cambia un poco el tono y nos habla de un asunto fundamental. Dice así nuestra introducción: después de que Cristo presentara las bienaventuranzas y las reforzara con dos metáforas, esto es, la metáfora de la sal y la de la luz, debió haber quedado cierto desasosiego entre la multitud que le escuchaba. Ellos habían vivido toda su vida bajo la interpretación que hacían los escribas y los fariseos de la ley y los profetas, y habían relacionado la justicia con ese recto proceder. Lo que Cristo acababa de pronunciar parecía un nuevo decálogo, un nuevo código de conducta para reemplazar el anterior, dado desde otra montaña por un nuevo Moisés.
¿Significaba esto que lo anterior estaba siendo abolido? ¿Deberían ellos comenzar a vivir de acuerdo a este nuevo código, del mismo modo en que vivían bajo el anterior? Cristo conoció sus pensamientos y corrigió esta idea. No vino para abrogar la ley, sino para cumplirla. No les estaba llamando a vivir externamente una nueva ley, sino a una justicia mayor, a una relación nueva y más profunda con la voluntad de Dios que permanece para siempre. Pónganse ustedes en el lugar del auditorio que tenía Cristo. Eran personas que no habían conocido en su vida otra cosa que no fuera la ley y los profetas tal cual como les enseñaban los maestros de la ley.
Fueron personas circuncidadas desde que nacieron, eran personas que habían estado participando quizás en la instrucción a los niños en la sinagoga, eran hombres que iban constantemente donde los fariseos y escribas para confirmar que estaban haciendo las cosas adecuadas, que glorificaban al Señor. Y en este momento aparece nuestro Señor Jesucristo desde una montaña y les predica las bienaventuranzas. Lo dice la escritura, que el pensamiento de ellos era que el Señor estaba tratando de abrogar la ley. El Señor conoce el corazón de cada hombre, conoce los pensamientos y tiene un privilegio que ningún otro maestro tiene, y es que cuando él predicaba, él sabía si la gente entendía o no entendía. Él sabía si habían entendido correctamente. Hermanos, qué gran privilegio.
Hago un paréntesis aquí: qué chulería fuera, hermanos, que cuando uno predica la escritura, como uno no puede ver cada corazón, poder decir: “Este entendió, este no entendió, este se está confundiendo, aque no…”. Nuestro Señor Jesucristo tenía ese poder. Él podía no solamente exponer las escrituras, sino que él podía ver cómo la escritura funcionaba en el corazón y detectó, en su conocimiento, que el auditorio que tenía presente estaba entendiendo mal cuál era su intención. Quizás porque sabían que Moisés había dado la ley desde una montaña, quizás porque sabían que la ley seguía ese instructivo de: hagan esto, hagan esto, hagan esto. Habían relacionado las bienaventuranzas con una nueva ley y pensaron: “Ya vino Moisés y dio una ley, ya vinieron los fariseos y los escribas y nos interpretaron la ley, ahora viene éste y nos da una ley nueva”. Entonces el Señor les dice: “Yo no he venido a dar una nueva ley, yo he venido a cumplir las mismas cosas que Dios ha estado exigiendo al hombre desde la fundación del mundo”.
Haré dos cosas. Primero explicaré que la enseñanza de Cristo estaba en consonancia perfecta con el Antiguo Testamento, y después explicaré que Cristo estaba en la acera opuesta, en la acera de enfrente de los escribas y los fariseos. Primero de forma positiva: Cristo estaba en consonancia. Y después de forma negativa: Cristo estaba en confrontación con lo que enseñaban los maestros de la ley. Esta forma, hermanos, a veces a la gente no le gusta. Esto de siempre enseñar de manera positiva y decirle a las personas las cosas que están bien, y cuando uno enseña cosas correctivas, dicen: “No, no, no, no digamos lo negativo, no corrijamos nada, solamente edifiquemos”. Sucede en este tiempo: uno ve las personas desviándose de la palabra del Señor, enseñando doctrina de error, y cuando uno confronta esa doctrina, entonces la gente dice: “No, hombre, pero no hablemos de eso, hablemos solamente de la palabra del Señor”. Cristo no lo hacía así. Cristo no solamente establecía doctrinas, sino que Cristo corregía doctrinas. Cristo no solamente enseñaba aquellas cosas en las cuales estaba de acuerdo, sino que también enseñaba aquellas cosas en las cuales estaba en desacuerdo. No solamente enseñó las bienaventuranzas, sino que corrigió la doctrina de los fariseos y de los maestros de la ley.
La Ley y los Profetas: qué significa que Cristo no abroga sino que cumple
Esta parte, los versículos 17 al 20, son como una introducción a lo que viene después: “Oíste que fue dicho… ahora yo os digo”. Ese “oíste que fue dicho” se repite vez tras vez en lo que adelante, en los próximos domingos, estaremos estudiando. Él dice: “Oíste que fue dicho…” sobre los mandamientos. “Oíste que fue dicho…” acerca de los juramentos. “Oíste que fue dicho…” acerca de esto, “mas yo os digo…”. Lo que Cristo está diciendo aquí no es: “Moisés les dijo, y yo les digo…”, no. Es: “Sus maestros, fariseos y escribas, están enseñando de este modo, pero el modo en que eso debe ser enseñado es este”, y no es un modo nuevo, sino el mismo modo en que esto debía haber sido enseñado desde el comienzo de la enseñanza. Cristo no está estableciendo enseñanza nueva; Cristo está afirmando la voluntad del Señor que permanece para siempre.
En primer lugar él les dice: “No penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir”. Lo primero es esto: ¿qué significa “la ley y los profetas”? Si usted toma su Biblia, acompáñeme a lo que está detrás de Mateo. Tengan el dedo así al principio de Mateo, donde comienza Mateo, tengan el dedito en Mateo y miren ahora hacia atrás. Toda esa porción de la escritura, nosotros la conocemos como el Antiguo Testamento. Y la porción que va de Mateo hasta Apocalipsis, que es la más pequeña, la conocemos como el Nuevo Testamento.
Bueno, en tiempos de Jesús esta no era la manera en que se dividía. En los tiempos de Jesús, los judíos le llamaban a todos los libros que nosotros llamamos el Pentateuco, libros históricos, libros poéticos, profetas mayores, profetas menores. Esa es una división relativamente nueva y que nos permite ordenar el Antiguo Testamento, pero los judíos le llamaban a toda esa sección de la escritura que comienza en Génesis y termina en Malaquías “la ley y los profetas”. ¿Por qué no le llamaban Antiguo Testamento? Porque no conocían el Nuevo Testamento, no había algo para confrontarlo. Ellos le llamaban a todo el Antiguo Testamento “la ley y los profetas”. Bueno, entre los profetas hacían una pequeña división entre profetas anteriores y profetas posteriores, pero cuando un judío decía “la ley y los profetas”, estaba diciendo “todas las escrituras, todo lo que conocemos que Dios ha mandado, ya lo haya mandado por medio de Moisés, ya lo haya mandado por medio de Isaías”. Todo el consejo de Dios era lo que los judíos llamaban “la ley y los profetas”. Y cuando Cristo está, con sus palabras, refrendando el Antiguo Testamento completo, ésta es la razón por la cual los cristianos creemos en la inspiración plena de las sagradas escrituras.
Entre los judíos habían discusiones, habían maestros judíos que se podrían llamar conservadores, que decían que toda la escritura era útil, pero había algunos que decían: “No, no toda la escritura es tan útil”. Por ejemplo, decían: “No pongamos los libros de Moisés al mismo nivel donde está, por ejemplo, el libro de Jonás”. Eran discusiones de ese tipo que tenían los judíos en los tiempos de Jesús. Por ejemplo, a Jonás ellos no lo consideraban con la misma autoridad que tenía Isaías, porque Jonás les profetizó a un pueblo pagano. Y decían: “Pero ¿cómo va a ser, que me vas a poner a Jonás, que le profetizó a Nínive, al mismo tiempo en que va a aparecer Jeremías, que estuvo clamando acerca de Israel?”. Era tan fuerte el asunto, hermanos, que si no fuera porque Cristo habló de la historia de Jonás como tal y habló textualmente con sus palabras, cantidad de gente no entendería que Jonás es un libro inspirado. Cuando Cristo está diciendo acerca de “la ley y los profetas”, está validando completamente el Antiguo Testamento.
Ha venido a corregir una idea que a veces prevalece entre las iglesias, y es que las personas entienden que el Nuevo Testamento es suficiente, y que ya que tenemos el Nuevo Testamento, entonces el antiguo podemos dejarlo de lado. Es más, hasta se acostumbra a imprimir solamente el Nuevo Testamento, algo que no está mal de manera práctica, pero que no es suficiente. Los cristianos entendemos que toda la escritura es inspirada por Dios y que es útil para redargüir, para instruir en justicia, para corregir, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. Entre los judíos se discutía acerca, por ejemplo, de los mandamientos del Señor, y decían: “Hay mandamientos que son más importantes que otros”. Recuerdan aquel maestro que fue donde el Señor y le dijo: “Señor, ¿cuál es el mandamiento más importante?”. Es que entre ellos prevalecía la idea de que usted podía seleccionar un tipo de mandamiento que era el mandamiento primordial, y si cumplía ese, ya no tenía que observar ningún otro. El Señor les ha dicho: “Yo no he venido a abrogar nada de eso, sino que he venido para cumplir la ley y los profetas”.
El Señor está diciendo: “Yo he venido en total consonancia con el Antiguo Testamento, yo no he venido a traer una nueva escritura”. Y con esto se establece el punto de que no estamos sirviendo a un Dios que es contradictorio. Decir que el Antiguo Testamento es de un modo, y el Nuevo de otro, es decir entonces que servimos a un Dios que es como bipolar.
Y esto ha llevado a algunas personas a hablar acerca del Dios del Antiguo Testamento, que es el Dios como rabioso, el Dios enojado, y del Dios del Nuevo Testamento, que es el Dios lleno de amor. No hay dos Dioses, hay un Dios. Y entender el Antiguo Testamento, aquel Dios celoso, y entender el Nuevo Testamento, aquel Dios lleno de gracia, debería advertirnos a todos nosotros que no nos confundamos acerca del mensaje de gracia; que entendamos que estamos sirviendo a un Dios que es celoso, y que aquel Dios celoso es el mismo Dios con que nos encontraremos al final de los tiempos. La escritura no es por partes; la escritura funciona ella misma en su integridad.
Con esto quiero enseñarles, hermanos, en primer lugar, que Cristo afirmó la ley y los profetas, y esto manifiesta que Dios es inmutable, que sus mandamientos son atemporales, que su voluntad se mantiene vigente y que nunca cambia. Y si ha habido un problema en la historia, es que el hombre ha entendido mal el mandamiento de Dios y lo ha enseñado mal, pero Dios es el mismo, y en él no hay sombra de variación. No estamos hablando de un Dios que dice una cosa y después se contradice; estamos hablando de un Dios que establece cosas, el hombre a su conveniencia transmuta la ley de Dios, y después entonces el hombre dice: “Dios se equivocó, porque ha cambiado el mandamiento”. El Señor ha dicho: “Yo no he venido a cambiar, ni siquiera los signos de puntuación. Todo eso se cumplirá”.
Sabemos que la revelación de Dios es progresiva, hermanos, y algunas personas encuentran el Antiguo Testamento diferente al Nuevo Testamento y piensan que hay contradicción. No hay tal contradicción. El apóstol Pablo enseñó la ley y dijo que era como un ayo, que nos llevaba hasta Cristo. Un ayo es como un tutor o como una nana. No ve las malas las películas, ¿verdad? Yo casi no conozco… ayer me doy cuenta con mis amigos como que no son ricos, porque casi ninguno tuvo nana. Pero hay algunos que han tenido una nana; una nana no es una tía que me cuidó, no una prima, no. Una nana, o sea, una señora. Un ayo era un asistente que tenían los hijos de las personas de cierta categoría; tenían un asistente al lado, y este asistente les enseñaba las cosas básicas, a tal punto que el niño aprendía a comportarse por sus propios medios ante la sociedad. Y la nana le enseñaba al niño cosas de niño y, cuando la nana entonces graduaba al niño, ya le entregaba a la sociedad, y el niño podía desenvolverse por sus propios medios sin avergonzar a su familia. Dice el apóstol Pablo que la ley es nuestro ayo, que es nuestra nana, que es nuestro ayudador, que es aquella que nos permite llegar hasta Cristo y caminar de una manera que sea agradable ante el Señor. He venido a traer una perspectiva positiva de la ley.
Cristo cumple la Ley: ejemplo, muerte y revelación progresiva
Que no entendamos como que Dios se contradijo, que no entendamos como que solamente tenemos un testamento, sino que entendamos que Cristo cumplió la ley, que Cristo afirmó la ley y que la palabra y la voluntad del Señor permanecen para siempre. Y que, si acaso vemos partes de la ley que nos parecen inconsecuentes para el momento actual, entendamos que quizás el hombre está en otro momento y ya entiende cosas a un nivel tal que aquello le parece innecesario. Y es verdad, un asunto que llama mucho la atención son, por ejemplo, los sacrificios del Antiguo Testamento. Las personas se preguntan: “Pero qué raro se vivía en el Antiguo Testamento. Las personas cada vez que pecaban tenían que lavarse las manos con agua. ¿Qué tiene que ver ese lavamiento continuo?”. El Señor estaba poniendo en la mente del niño que el pecado tiene consecuencias, y llega un momento en que el Señor ya pudo explicarles que él no solamente limpiaba las manos, sino que realmente borraba el pecado del corazón. Pero para que entendamos que el Señor borraba el pecado que está en nuestro corazón, tuvieron que pasar miles de años de historia donde los hombres estaban lavando las manos.
“Ah, saltemos la ley, no nos lavemos las manos”. Si no nos lavamos las manos, no entenderemos que tenemos que lavarnos el corazón. Hermanos, he venido a enseñarles que la ley no es innecesaria, sino que la ley es un tutor que acompaña al hombre hasta que pueda entender la gracia. Dios es inmutable, su revelación es progresiva, y la inspiración de la escritura es una inspiración plena. No hay una parte de la escritura que sea prescindible, hermanos; todo esto es el consejo de Dios. Le pongo un ejemplo: Abraham no vivió bajo la ley, pero Abraham tampoco podía entender a Cristo. Miren qué interesante esto: usted dice: “Ah, porque Abraham no vivió bajo la ley…”, pero si Cristo nace en tiempos de Abraham, Abraham no entiende su necesidad de Cristo. Cientos de años después de Abraham vino la ley, la ley duró durante miles de años, y después que pasó el pueblo viviendo durante miles de años bajo la ley, vino Cristo y, con Cristo, entonces el pueblo entendió la necesidad del Salvador. Cuando Cristo vino, dice que el terreno estaba listo, porque ya en la conciencia del hombre su necesidad de un Salvador había sido establecida. La ley, hermanos, no es un lujo, la ley no es un capítulo aparte; la ley es necesaria para la vida cristiana.
Ahora permítanme decirles: Cristo dice aquí que no vino a abrogar la ley y los profetas, sino que ha venido a cumplirla. ¿A cumplirla en qué sentido? Les diré que el término “cumplir” no es solamente “terminar”, sino que es un término mucho más rico. Cuando Cristo está diciendo: “Yo vine a cumplir y no abrogar”, él no solamente está diciendo “cumplir” como “ya salí de eso”. Quiero ilustrarlo. Usted tiene una tarjeta de crédito que el banco le dio. Usted ha consumido esa tarjeta de crédito sin tener ningún tipo de medida. Ha utilizado su tarjeta de crédito de manera poco prudente, se ha enredado con esa tarjeta de crédito, le están llamando del banco y le ponen una contestadora: “Recuerde que ya ha vencido el plazo, la tarjeta de crédito tiene que pagar”. Usted tiene dos maneras de terminar con ese asunto.
Usted puede sacar la tarjeta de su cartera y, con una tijera, cortarla en cuatro y entender que ya usted terminó con la tarjeta de crédito. O usted puede ir donde el banquero y ponerse de acuerdo con él. Si usted corta la tarjeta en cuatro, usted terminó con esa tarjeta porque no cumplió su compromiso. Usted terminó con la tarjeta. Ahora, si usted va donde el banquero, entonces se pone de acuerdo con el banquero acerca de cuánto es su deuda y la manera en que usted puede pagar su deuda y en qué momento usted podría pagar la deuda, y termina pagando la deuda, usted no solamente terminó con esa tarjeta de crédito: usted cumplió su compromiso. Cristo está diciendo: “Yo no he venido a abrogar la ley, yo no he venido a romper la tarjeta, yo no he venido a romper el contrato, yo he venido a cumplir el contrato”.
¿De qué manera Cristo cumplió con la ley? El primer sentido es el sentido que dice Gálatas, capítulo 4, versículo 4: que Cristo nació bajo la ley. Y si analizan la vida de Cristo, entenderán que Cristo vivió como judío, expuesto a la misma ley ceremonial que todos los judíos. Cristo fue presentado cuando era un niño ante el templo. No es algo descabellado pensar que todo eso que se cita en la ley de Moisés, que quizá no se incluyó en el Nuevo Testamento, Cristo lo hizo. Sus familiares ofrecieron el mismo sacrificio, por ejemplo, humilde, que ponían las personas pobres; ofrecieron palominos y tortolitas y asuntos de ese tipo. Pero la vida de Cristo termina con la Pascua. ¿Recuerdan? Cristo mandando a sus discípulos a celebrar la Pascua y disponiendo cómo se celebraba. Si Cristo era el autor de la ley, si Cristo no necesitaba nada de eso, ¿para qué Cristo indica cómo se tenía que haber cumplido la ley? Es porque Cristo nació bajo la ley y cumplió la ley perfectamente.
Miren, los fariseos y escribas no solamente tenían la ley dada por Moisés, sino que la habían sistematizado en cientos de mandamientos: unos 360 mandamientos importantes y unos 250 que eran muy útiles. Y decían: “Si usted quiere ser un buen judío, usted tiene que cumplir estos 360 más el compendio de los 250”. Dice la escritura que los judíos estuvieron buscando ocasión para tentar a Cristo, ocasión para encontrarle falta, y Cristo fue encontrado sin falta. O sea, que los judíos no pudieron juzgar a Cristo, ni siquiera bajo la ley de Moisés, pero tampoco bajo su propia ley que habían creado ellos con sus propias manos. Y los romanos, cuando juzgaron a Cristo, dijeron: “Nosotros no encontramos en este hombre falta alguna”. Con esto estoy estableciendo, hermanos, que Cristo no solamente cumplió la ley, sino que Cristo es impecable. Los judíos no encontraron falta en él, los fariseos y escribas no encontraron falta en él, y tampoco la ley de Moisés lo encontró culpable. Con esto les diré que Cristo se sometió a la ley y vivió bajo la ley.
Pero esto no se limita solamente a este aspecto. También con esto les recordaré lo que les enseñé a lo largo de todo el año pasado: que en Cristo se cumplieron perfectamente las profecías, y aquellas que se llaman profecías mesiánicas están en la ley, están en los profetas. En Cristo, el simbolismo encuentra significado. Todos aquellos asuntos simbólicos que uno no entendía del todo en el Antiguo Testamento, en Cristo tienen un entendimiento completo y en Cristo se cumplen plenamente. Por eso, en Cristo el Antiguo Testamento encuentra su explicación.
Pero el asunto más trascendental en esto, hermanos, es que dice la escritura que la paga del pecado es la muerte, y, efectivamente, a su tiempo, Cristo murió por los impíos. Un pensamiento descabellado sería decir: “Quizás el Padre no debió haber expuesto a su Hijo a nacer bajo la ley, porque si su Hijo nació bajo la ley y él llevaba el pecado nuestro, el Padre sabía que su Hijo tenía irremediablemente que morir. Quizás el Padre debió haber abrogado la ley y mandado a Cristo de forma tal que Cristo nos redimiera sin tener que sufrir la cruz”. El Señor estaba orando allá en Getsemaní y le decía: “Padre, si te es posible, pasa de mí esta copa; pero que no se haga mi voluntad, sino que se haga la tuya”. ¿Cuál era la copa, hermanos? La copa de la justicia de Dios. Un Dios justo, que escribió una ley perfecta, no podía ahora poner la ley en pausa porque su Hijo se ha llevado hacia el Gólgota. No, no, no.
Escuchaba yo en días pasados a Danilo Medina con todos sus funcionarios al lado diciendo: “Hemos tenido una revolución en el sistema educativo, hay tantas aulas nuevas”. Y yo pensaba en mi corazón: “Revolución va a haber en el sistema educativo cuando los hijos de todos ustedes tengan una escuela pública. Cuando ustedes saquen a sus hijos del colegio y los inscriban en una escuela pública, entonces yo voy a entender que es una revolución”. Revolución hubo en el cielo, porque el Dios que hizo esta ley justa y perfecta, que establecía que la paga del pecado era muerte, cuando encarnó a su propio Hijo, a su Hijo unigénito, a su amado Hijo, él no puso la ley en pausa, sino que la aplicó a su Hijo totalmente. La gente me pregunta: “¿Y por qué Cristo tuvo que sufrir en la cruz?”. Porque la ley establecía que la paga del pecado es la muerte.
Y Cristo no fue un “favorcito” en la ley, digamos: “Con él no, porque es el Hijo del Padre”. “No, Padre, si te es posible, pasa de mí esta copa”. Y desde el cielo, yo creo que en su corazón se escuchó una voz que dijo: “Bueno, es que aquí están los pecados de Patricia Guzmán, aquí están los pecados de Constanza, aquí están los pecados de Maribel, aquí están los pecados de Leticia, aquí están los pecados de Mayra; y tú viniste a redimir el mundo”. “Sí, Señor, yo he dicho que voy a dar mi vida por ellos”. “No hay manera alguna en que tú des la vida por el pecado de todos ellos a menos que tú sufras el castigo que le correspondía a ellos”.
Cristo cumplió la ley porque a su tiempo murió por los impíos. La cruz no se detuvo para que Cristo sea salvado; Cristo sufrió la ley porque él dijo: “Ni siquiera los signos de puntuación se quedarán sin cumplimiento”. El Antiguo Testamento no es una cosa vieja que está ahí guardada para el pueblo de Israel; no, el Antiguo Testamento es el que nos dice la necesidad del sacrificio de Cristo, cómo Cristo cumplió la ley enfrentando la muerte, porque dice la ley que la paga del pecado es la muerte, y él cumplió la muerte en nombre de nosotros.
La gracia no es un arreglo para evitar pagar, sino el pago de un alto precio que hace posible un arreglo. La gracia no es Dios, que hizo una ley perfecta, ahora haciéndose el loco ante nuestros pecados. No, es Dios, que hizo una ley perfecta, se encarnó y se hizo hombre y pagó el precio de nuestros pecados para que un arreglo fuera posible. Lo otro era lo que Bonhoeffer llamaba “la gracia barata”: entender que la gracia es que Dios mira hacia otro lado. Hay personas que entienden la gracia como que Dios es tan bueno, que yo peco y él mira hacia otro lado. No. Cuando tú pecas, Dios mira a Cristo. No es: “Ah, yo pequé, Señor, no me lo tomes en cuenta”. No. Tu pecado tiene un costo, y ese costo es la sangre de Cristo. Y eso es lo que significa la comunión, hermanos. Cuando tú muerdes el pan, tú estás recordando: “El cuerpo de Cristo fue molido por mis pecados”. Y cuando tomas el vino, recuerdas: “La sangre de Cristo es la sangre del nuevo pacto”.
Bueno, el Antiguo Testamento es el que nos permite entender todo esto. Dijo Cristo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Yo no vine a partir en dos la tarjeta de crédito; yo vine a pagar la deuda de la tarjeta de crédito. Yo no solamente vine a mirar a otro lado, yo vine a experimentar textualmente todo lo que la ley dijo que había que hacer y la cumpliré perfectamente”.
¿En qué sentido cumplió Cristo la ley? Había un problema con la ley, y es que el hombre no podía cumplirla, en tiempos de los fariseos porque se la estaban aplicando mal. Los escribas y fariseos hacían una interpretación de la ley que distorsionaba el espíritu de la ley, y cuando hombres piadosos querían hacer la voluntad de Dios, se encontraban incapacitados para hacer la voluntad de Dios porque tenían un mal asesor legal.
La justicia mayor y el Espíritu del legislador
Bueno, eso es la muerte de cualquier comercio. Imagínense que su asesor legal le aconseje mal. Una norma fiscal en República Dominicana establece que hay que pagar las retenciones de impuestos y llenar unos formularios antes del día 20. Y si usted tiene un asesor fiscal que le dice que no, que eso se puede mandar el día 25, ¿qué va a pasar? Bueno, esa era la condición del pueblo de Israel. El pueblo de Israel iba a los fariseos y los sacerdotes y les decía: “Nosotros queremos hacer la voluntad del Señor”. “Ah, sí, hagan esto, y está todo bien”. No. Cristo cumplió la ley porque fue el único que interpretó correctamente la ley y entendió el sentido del mandamiento.
Por eso los fariseos le decían: “Ay, pero tú no haces tal cosa…”, y el Señor apuntaba no al asunto externo, sino al corazón. Cristo interpretó correctamente la ley y entendió algo que los abogados llaman “el espíritu del legislador”: cuál era la intención central que tenía ese legislador cuando hizo esa ley. Por eso el Señor les decía frecuentemente a los fariseos: “Ustedes son sepulcros blanqueados”, porque por fuera se ven muy arreglados, pero por dentro están llenos de putrefacción. “Ustedes hacen externamente ritual, pero su corazón permanece endurecido, como el corazón de los impíos”. Él les dijo: “Las prostitutas van por delante de ustedes en el reino de los cielos”. Es que Cristo interpretó correctamente qué era lo que la ley demandaba del hombre.
Abundo un poco más antes de terminar esta parte: ¿de qué manera cumple el Señor la ley? Miren, los cristianos usan una expresión que se escucha comúnmente, que dice: “No, los cristianos no tenemos que hacer la ley”. Hay que ser cuidadosos con eso, hermanos. El Señor dijo que toda palabra de su escritura tiene que cumplirse. La diferencia es que el cristiano está capacitado para cumplir la ley; eso lo establece Romanos, capítulo 8, del versículo 2 al 4, que el Espíritu Santo está dentro de nosotros y nos hace posible cumplir con las demandas de Dios. Pero no es que el cristiano está exento de obediencia. Lo que pasa es que el cristiano tiene un buen abogado que le defiende. Dice la escritura: “Abogado tenemos”. Pero nuestros pecados son pecados. Usted no puede andar en el mundo con una idea de que “No, yo estoy bajo la gracia, yo puedo pecar deportivamente”.
“Yo peco y peco porque estoy bajo la gracia”. ¿Es verdad, hermano? Abogado tenemos que nos defiende, lo que pasa es que él echa el pleito. ¿Pueden captar en esto la diferencia? No es como que un cristiano está pecando así, deportivamente: “Yo peco y peco porque estoy bajo la gracia”. No, hermano. Usted peca, y Cristo gana el caso. Dice: “Señor, ha pecado, se ha arrepentido. Echa mi sangre, ponlo a mi cuenta”. Eso es lo que el Señor hace. Pero cada pecado de un cristiano, hermano, es algo conocido ante la presencia del Señor y algo que, yo entiendo, que en el corazón de Cristo pesa. Más cuando se hace, hermanos, sin ningún tipo de lucha. Una cosa es un hermano que tropieza y cae. Otra cosa es el hermano que se tira de cabeza en el pecado. Son cosas distintas.
Por eso yo le advierto a mis hermanos: hermanos, por lo menos luchen por amor a Cristo. Tú estás siendo zarandeado, tú estás siendo tentado a pecar, hermano, por lo menos echa el pleito por amor a Cristo. Miren, hay veces que un cristiano es tentado a unos puntos tal, hermanos, que siente que fue que se abrió el infierno y que los demonios ya lo están como agarrando. Hermano, usted, por amor a Cristo, eche el pleito. Pero entiendan el sentido que esto tiene. No es decir: “Ah, no, la cruz de Cristo obra a favor de mí; el pecado arrastra conmigo”. No, no, no. Hermano, párate en dos pies ahí a luchar contra tu pecaminosidad, a luchar contra los deseos de la carne, contra la vanagloria de la vida, contra los deseos de los ojos, porque entregarse al pecado voluntariamente sería negar el sacrificio de Cristo. Sería, hermano, tener en poco el sacrificio.
Recuerden: cada pecado de un cristiano es algo que se sabe ante la presencia del Señor y que se le carga a Cristo. Hermano, no le hagamos la cuenta tan grande innecesariamente. Que por lo menos te agarren peleando, para que Cristo tenga el caso. Antes de acabar nuestro pecado, que por lo menos cuando Cristo vaya donde el Padre diga: “Mira, yo lo encontré peleando ahí, Señor. Él tenía semanas luchando con eso y al final fue vencido. Le faltó oración, le faltó madurez, le faltó conocimiento de la palabra. Ten misericordia”. Pero que no tenga que ir Cristo donde el Padre y decirle: “No, está entregado al pecado y vive como un incrédulo y se ha vendido a eso”. Dice la escritura, asimismo, que aquellos que pecan de ese modo solamente les queda una horrenda expectativa de juicio.
Cristo cumplió la ley haciendo que podamos vivir una vida agradable al Señor, pero lo más sorprendente de todo esto es lo que dice el libro de Jeremías, capítulo 31, versículo 33 en adelante.
Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.
— Jeremías 31:33
Dice la palabra del Señor, Jeremías 31:33 en adelante: “Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días…”. ¿Y cuáles son aquellos días, hermanos? La venida de Cristo y su resurrección. “Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo”. Dice el Señor que lo que hará en nuestros días es que la ley él la pondrá en nuestro corazón y la pondrá en nuestra mente. ¿Cómo funciona esto, hermanos? Que el Espíritu Santo, cuando uno viene a Cristo, habita dentro de uno y nos lleva hacia la verdad.
Por eso estamos en mejor condición que los fariseos y los escribas. Nos va mejor ahora mismo que en tiempos de los escribas y fariseos. En tiempos de los escribas y fariseos, el pueblo tenía que ir donde un maestro; y como el maestro estaba por encima de ellos, lo que decía el maestro era palabra de Dios. Hermanos, ahora mismo usted viene a la iglesia, se le predica la palabra del Señor, y el Espíritu Santo que está en mi corazón también está en el suyo, a un punto tal que si el maestro se desvía, no se desvía usted, porque el Espíritu Santo está en su corazón. Miren, una iglesia saludable no se vende a su predicador. No: “Que yo lo conozco hace mucho tiempo, desde los tiempos que era flaco, yo estoy escuchando predicándolo, es un predicador confiable…”. Hermano, no se lleve de ese asunto, eso no es verdad.
Su papá, Leofran, me enseñó unas fotos, y yo estaba mirando una foto de cuando comenzó la iglesia, hermanos, y yo estaba flaco y estaba… ¡oh! Pero… si usted dice: “No, yo conozco a ese desde los tiempos que él era flaco, yo lo vengo escuchando predicando, es un predicador confiable…”. Hermano, no se lleve de ese asunto. El Espíritu Santo está dentro suyo y es el que le lleva a toda verdad. Yo puedo ser un instrumento del Señor, pero yo bateo de foul más de lo que ustedes creen. Me pueden entender en eso. Una iglesia saludable no se entrega a su pastor de forma ciega, de que: “No, todo lo que él predique, eso es la palabra del Señor”. No. El Espíritu Santo está en tu corazón. Haga como Jetro: Jetro aconsejó a Moisés y después le dijo: “Ora tú al Señor, y si el Señor te indica, procede de ese modo”. Hermano, haga lo mismo: el Espíritu Santo está en mi corazón y está en el suyo. Una iglesia no se vende a su pastor. Eso no es crear una actitud de cuestionamiento constante; no es: “A mí no me convence…”, esa no es la idea. Pero si acaso usted escucha a su predicador que se desvía, acérquese con amor y dígale: “Hermano, mire, el Espíritu… siento como que habló a mi corazón y me dice que eso como que no es así”, porque el Espíritu Santo está en su corazón y también está en el mío.
¿De qué manera cumplió el Señor la ley? No solamente nos da la capacidad, por el Espíritu Santo, para obedecerla, sino que el Espíritu Santo nos recuerda la ley constantemente. En nuestros casos, un cristiano es confrontado por el Espíritu Santo y es llevado hacia la verdad, es confrontado en actitudes, en pecados, en expresiones, y el hermano tiene una inquietud en el corazón que uno a veces no sabe de dónde viene. Y uno dice: “Yo como que no sé lo que está mal en eso, pero hay algo como que me hace un ruido interno”. Sí, el Espíritu Santo habita dentro tuyo, y regularmente lo confirma con las escrituras. Y cuando tú encuentras la escritura, tú dices: “Esto era lo que yo estaba sintiendo”. Es el Espíritu de Dios que ha estado inquietando mi corazón.
Hago una pausa aquí, hermanos, para que tomen un poco de aire, porque yo sé que los sermones que son de raíz se requieren un poquito más de fuerza que los asuntos prácticos, pero es necesario predicar esto. O sea, no nos quedemos solamente en práctica. Tenemos un tiempecito, sí, vamos a poder cumplirlo. Pero no hagan “sete rico”, descansen un poco, pero tenemos que seguir hasta el final. Solamente estamos en la primera parte, donde él dice: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir”. Con esto les digo, hermanos, que no partan su Biblia en dos; usen todo el consejo de Dios. Entiendan de qué manera Cristo cumplió las profecías.
La ley ceremonial, territorial y moral: utilidad del Antiguo Testamento hoy
Ahora sigue la pregunta: ¿qué utilidad sigue teniendo la ley hoy? Ya han pasado unas cuantas cosas, por ejemplo, ya todo lo profético en Cristo se cumplió. Ya Cristo vino. Usted lee Isaías 53, hermanos, y no espere que eso se va a cumplir eventualmente; eso está cumplido ya.
¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.
— Isaías 53:1–3
Eso no son cosas que hay que esperar mucho tiempo. Isaías 53, por ejemplo, dice: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de él y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto, y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos”. ¿De quién se habla ahí, hermanos? No espere otro Cristo, o sea, no espere que va a venir como un recumplimiento de esa profecía; lo que se cumplió se cumplió. Pero no fue que el Padre ignoró que iba a venir un varón de dolores, experimentado en quebranto; eventualmente llegó un varón de dolores y un varón experimentado en quebranto. Eso se cumplió perfectamente en Cristo. No hay nada que se haya quedado suelto.
¿Qué utilidad sigue teniendo la ley? La ley tenía tres partes principales. Tenía la parte ceremonial, que era el preparativo para que entendamos el sacrificio de Cristo. El ceremonial era, por ejemplo, esto de tener el lavamiento del cuerpo constantemente, el sacrificio de animales: que una torta, que un palomino. Todas esas cosas apuntan a Cristo, y las escrituras mismas dicen que todo eso se cumplió.
No fue abolido. La gente dice: “No, eso fue abolido”. No lo digas que fue abolido, porque estás diciendo que Cristo partió la tarjeta de crédito en dos. Tienes que decir: “Eso fue cumplido”, porque si fue cumplido, no fue que el Señor se hizo el desconocido, sino que él lo cumplió en uno, o sea, eventualmente llegó el varón de dolores, experimentado en quebranto, y experimentó en su propio cuerpo todo el quebranto. ¿Ven la diferencia? No vamos a decir: “No, que eso es el viejo pacto, algo que ya se abolió”. No. Fue cumplido en Cristo. Toda la ley ceremonial apuntaba hacia Cristo. Dice, por ejemplo, del cordero pascual. Hermano, ¿por qué no llevamos un cordero? Porque él dice que él es nuestra Pascua y que él fue nuestro cordero ofrecido una vez y para siempre. “Ay, ¿por qué no llevamos allá los corderos?”. Porque dice que él fue nuestro cordero.
Con esto les diré que toda la ley ceremonial del Antiguo Testamento, todo eso, hermanos, se cumplió. Fue algo que el Señor dijo: “Contrato firmado, está pago. Ya no eres un deudor”. Bueno, la ley tenía otra parte, que era la ley que se podía llamar “ley territorial”. Recuerden que el Señor, eventualmente, porque eso no estuvo desde siempre, comenzó un pueblo que era un pueblo especial, un pueblo elegido para revelarse al hombre. Recuerden la promesa que le dio a Abraham: le dijo: “Yo haré de ti una nación, y en ti serán benditas todas las naciones de la tierra”. El Señor hizo desde cero una nación con la intención de que esa nación fuera un instrumento.
Pero los instrumentos no permanecen para siempre, hermanos. Los instrumentos cumplen su función y se agotan. Israel fue un instrumento utilizado por el Señor para encarnarse eventualmente y para revelarse a todos los hombres, pero la intención no era mantener ese pueblo para siempre. Dice asimismo el apóstol Pablo que de dos pueblos el Señor hizo uno solo. ¿Cuáles eran los pueblos? El pueblo gentil y el pueblo judío. El Señor los reunió en un solo pueblo: el pueblo. Por eso dice la escritura que nosotros somos real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. ¿Y quién es la nación escogida, y quién es el pueblo esencial, y quién es la nación? Es la iglesia del Señor.
Hay toda una serie, hermanos, de personas que dicen: “No, porque mira, esas cosas… el Israel, el Israel actual…”. Usted oye la noticia el día de hoy: eso es otro Israel. El Israel del Señor… yo mismo a veces hasta dudo en eso, pero tengo que confirmarlo en las escrituras. Acompáñenme a Mateo 21:43. Lo leeré desde el versículo 41 en adelante. Bueno, voy a leer desde el versículo 40, hermano.
Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le dijeron: A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a su tiempo. Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo? El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos. Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará.
— Mateo 21:40–44
Le está hablando al pueblo de Israel, esos son los labradores. Le dice: “Le dijeron: A los malos destruirá sin misericordia y arrendará su viña a otros labradores que le paguen el fruto a su tiempo. Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las escrituras: La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo? El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos. Por tanto, os digo que el reino de Dios…”. Hermano, eso es fuerte. Miren, es una de las expresiones más fuertes que yo puedo encontrar en el Nuevo Testamento completo. El Señor está en este momento desenraizando así un pueblo completo y les dice: “El reino de Dios será quitado de vosotros y será dado a gente que produzca los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado, y sobre quien ella cayere le desmenuzará”.
Bueno, y la gente todavía me dice: “¿Y qué hacemos con Israel?”. Yo le digo: “Bueno, si ellos se aferran a Cristo…”. No. Ya no hay otra manera de salvación, hermanos, que no sea por fe en nuestro Señor Jesucristo. La gente dice: “¿Qué va a pasar con Israel?”. Yo espero, como dice Pablo, que se arrepientan. Yo espero que abran los ojos al Salvador, pero dice la escritura que hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. No hay otro modo de salvación que no sea a través de Jesucristo. Me dicen: “¿Y si los judíos no abren sus ojos a Jesucristo, qué va a pasar?”. Esa piedra.
Con esto les diré, hermanos, que las leyes territoriales de Israel ya eso no aplica. Ya ni siquiera ellos viven así. Esa ley territorial les decía cómo tenía que dividirse la tierra, cómo había que vivir en la tierra, cómo había que hacer la siembra. ¿Usted cree que en Israel viven así el día de hoy? No. Es otra cosa. Cómo había que entronizar un rey, cómo había que someterse al rey, todas esas leyes que se llaman leyes territoriales aplicaban a Israel en el tiempo en que fueron dadas, pero ya, hermanos, después de Cristo, después vino el año 70, hasta el templo mismo lo destruyeron, y después vinieron, en el año ciento y pico, los ejércitos y destruyeron todo lo que ahí se entendía. A partir del año 1950, los judíos volvieron y se establecieron, hicieron una nación nueva. Pero no es que esa gente está leyendo el Antiguo Testamento, hermanos. Ya ustedes pueden entenderme: no es que en Israel ahora mismo la gente esté vuelta loca leyendo la Biblia para hacer la voluntad del Señor. Eso se llama ahora mismo Israel político. Que tenga el mismo nombre no significa que es el instrumento de Dios.
¿Qué utilidad entonces tiene la ley? Ya les hablé: la ley ceremonial fue cumplida en Cristo; la ley territorial, el reino le fue quitado a ese territorio, le fue dado a otro pueblo que al día de hoy se llama la iglesia del Señor, que está compuesta por judíos… y dice el Señor que ya no hay diferencia entre gentil y judío, entre libre y esclavo, entre varón y hembra. Es que ya no hay una diferencia étnica, una diferencia nacional: ya el Señor tiene un solo pueblo. Pero queda otra parte: la ley que se llama la ley moral.
Y lo que el Señor estableció, por ejemplo, en los diez mandamientos: “No matarás, no levantarás falso testimonio, no codiciarás…”. Todas esas cosas todavía siguen en vigencia. La ley moral del Señor se mantiene porque el Señor es inmutable. Asuntos puntuales para lo que sirve la ley al día de hoy. Lo primero es que la ley nos muestra el carácter del legislador: su sabiduría, su justicia, su perfección. Hermano, no hay nadie que lea el Antiguo Testamento y no quede deslumbrado ante el Dios perfecto que hizo esa armadura legal. Es más, que todos los sistemas legales modernos comienzan por ahí. Todas las constituciones de los pueblos, por lo menos en Occidente, arrancan por ahí; entienden que hay un sentido de la moral, un sentido de la justicia, un sentido de la posesión. Cuando uno lee el Antiguo Testamento, hermano, uno queda deslumbrado ante la sabiduría y la perfección del legislador.
¿Para qué sirve la ley? Dice asimismo el Nuevo Testamento que la ley hace evidente el pecado. Usted sabe que matar es malo, hermano, porque la ley dice: “No matarás”. Usted sabe que hay que respetar la propiedad del prójimo porque dice: “No codiciarás lo del prójimo”. La ley hace que el pecado sea evidente. Entonces algunos se preguntan: “Ah, entonces nos entregaremos a pecar para que abunde el pecado…”. Dice Pablo: “No, de ninguna manera”. Dice el apóstol Pablo: nuestra meta es que el pecado no abunde.
Al final de los tiempos, hermanos, los impíos, los impenitentes serán juzgados por la ley. Cuando vayan delante del Señor a decirle: “No, porque yo no soy pecador…”, el Señor les va a recordar lo que es la ley moral, y con su palabra quedarán entonces reprendidos. Y al mismo tiempo les diré que la ley preserva un poco su creación. Hay lugares donde todavía las personas no viven a la luz de las bienaventuranzas, pero siempre y cuando se respeten la propiedad, es una gran cosa. Siempre y cuando se respete el orden público, siempre y cuando se respete la familia, son grandes cosas, y todo eso lo enseña la ley moral de Dios.
Ni una jota ni una tilde: advertencia a maestros y fariseísmo moderno
Pasemos a la última parte. El Señor entonces les habla aquí a los maestros de la ley. Les dice el Señor, estoy ahora del versículo 18 en adelante: “Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley…” ¿Hasta cuándo, hermanos? “…hasta que todo se haya cumplido”. Por eso, cuando una persona te pregunta a ti: “¿Por qué ustedes no hacen tal parte que se lee en Dios…?”, entonces tú tienes que poder decirle con autoridad: “Porque esa parte se cumplió en Cristo, porque esa parte se agotó con Israel nacional, porque esa parte ya el Señor dijo que está cumplida: no abolida, no cancelada, sino cumplida”.
Y de lo otro, hermanos: la jota, la letra más pequeña del abecedario judío. Dice que ni una jota ni una tilde, que son los signos que se ponen encima, no es un punto, sino para acentuar una palabra, ni siquiera eso… nada de eso se quedará sin cumplimiento. Hasta que el cielo y la tierra permanezcan, todo se cumplirá. “De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos”. Aquí el Señor está hablando a los fariseos, sobre todo. Los fariseos entendían que eran más grandes. Recuerden aquel fariseo que oraba y decía: “Te doy gracias, Señor, porque yo no soy como este pecador”. Los fariseos entendían que eran hombres superiores. El Señor les está diciendo aquí: “Aquel que omite los mandamientos pequeños será llamado muy pequeño en el reino de los cielos”.
Antes de aplicar un poco esto, hermanos, hacer el esfuerzo de aplicarlo, les diré qué era lo que hacían los fariseos. Lo primero que ellos hacían es que habían hecho una ley sobre la ley. El Señor dio la ley y los profetas, ellos la sintetizaron, hicieron un nuevo ordenamiento donde eran 360 + 250 que le decían al pueblo: “Esta es como la que hay que aplicar”. Se parece a las pruebas nacionales con los compendios; eso se usa todavía. Ahí están las pruebas, entonces a la gente le dan como los compendios. Los fariseos habían hecho unos compendios de la ley donde habían resumido el asunto; le decían al pueblo: “Miren, estas son…”. Pero ¿qué pasa con eso, hermanos? Que le habían desnaturalizado la ley del Señor.
Un abogado sabe que es fácil comenzar a hilar en el razonamiento hasta que se distorsione la intención de la ley, y una ley que servía para algo termina sirviendo para otra cosa. Y una ley que estaba llamada a preservar algo termina destruyendo, porque comienzan a interpretarla. Los fariseos habían interpretado la ley de forma tal que tenían un set de mandamientos que decían: “Esto es lo que hay que cumplir”. Ellos entendían, por ejemplo, que el mandamiento más pequeño que había en toda la ley era aquel que hablaba acerca de rescatar un nido de las aves sin atentar contra un nido de aves. Le decía la ley que había que preservar los polluelos, aunque se tomara el ave más grande; tenían que preservar las aves pequeñas. Decían: “Eso es insignificante, se puede obviar eso. Ahora, ¿cuáles son las leyes que no debemos obviar?”. Bueno, la ley que habla, por ejemplo, del mantenimiento del templo: esas son importantes. Las leyes que hablan acerca de las ofrendas: esas son… Ellos tenían toda una priorización que les convenía a ellos.
Y le decían a la gente, ayudaban a las personas a cumplir la ley sin realmente cumplirla. Usted podía ser un ladrón, por ejemplo, y tener el hurto en su corazón, pero siempre y cuando usted pudiera demostrar que usted no había robado, sino que había cumplido la ley, se le aplaudía. Algo que se utilizaba frecuentemente era el asunto de sostener a los padres. Los judíos estaban llamados a cubrir a sus padres, a no dejarlos desabastecidos. Entonces ellos tenían toda una manera de convertir aquellos recursos materiales que tenían, con los cuales podían ayudar a sus familiares; ellos convertían eso en un tipo de ofrenda que no se entregaba, pero que era ofrenda. Entonces un judío tenía, por ejemplo, un patrimonio de 100 denarios. Estoy usando números como ejemplo. De esos 100 denarios, él decía: “Mira, yo tengo 100 denarios, pero lamento, yo no tengo 100, yo solamente tengo 10”. “¿Y por qué tú no ayudas a tus familiares?”. “Ay, porque soy muy pobre, yo solamente tengo 10 denarios”. “¿Pero cómo va a ser, si en tu cuenta dice que hay 100 denarios?”. “Ay, que son esos 100… hay 90 que yo los tengo pre-entregados para que sean ofrenda, y ya esos no son míos, sino que son del Señor”. Eso llamaban “corbán”; era como un tipo de voto, un asunto que era, pero al final no se desprendían de su patrimonio, pero tampoco ayudaban a sus familiares. Los fariseos ayudaban a que eso se haga, como todo ese tipo de momento en los cuales una persona podía “cumplir” la ley, pero en su corazón lo que había era avaricia.
El Señor entonces les dice a ellos: “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. ¿Qué es una justicia mayor? Es una justicia que no se ocupa solamente de cumplir externamente un mandamiento, sino que se preocupa de las intenciones que hay verdaderamente en el corazón. Los fariseos entendían que eran superiores a los demás porque aparentemente guardaban la ley, pero lo que habían hecho era distorsionar la ley del Señor. Eso es el fariseísmo.
También ellos entendían que eran como una casta separada dentro del pueblo. Ellos entendían que dentro de los judíos, ellos no se debían mezclar ni siquiera con los demás judíos, porque eran tan santos, eran tan especiales, que no tenían parte ni suerte con todo el pueblo.
Quiero darle varias aplicaciones a esto, hermanos. Primero, hago una advertencia a todos los maestros de la iglesia: enseñar es peligroso. Es más, se advierte en la escritura de aquellos que se quieren hacer maestros; entonces sus hermanos les dicen: “Miren, tengan cuidado de eso, porque al que más se le da, más se le demandará”. No hay otro grupo de hombres entre los judíos que el Señor fuera tan insistente sobre ellos como los escribas y fariseos, y es porque ellos conocían la ley. Un fariseo vivía inundado en la ley; eran las personas que transcribían la ley, que interpretaban la ley, que conocían la ley, que tenían los manuscritos, y enseñaban mal.
Hermanos, yo celebro que cualquier persona quiera enseñar las escrituras, pero les diré: un maestro cristiano tiene que ser una persona que enseñe la escritura con temor y temblor. Dice la misma escritura que “hay de aquel que hace caer a uno de estos pequeñitos, que mejor le sería atarse al cuello una piedra de molino y echarse al mar”. O sea, enseñar es un gran privilegio, hermanos, pero al mismo tiempo hay que hacerlo con mucho cuidado, porque al que enseña mal, sobre todo con mala intención como los fariseos, porque no era que ellos entendían mal; ellos sabían lo que Dios demandaba, lo que pasa es que se engañaban a sí mismos y engañaban al pueblo. Hermanos, enseñar es peligroso.
Por otro lado, quiero advertir a la iglesia local acerca de expresiones de fariseísmo que todavía se ven en nuestros días. ¿Qué hacían los fariseos? Les gustaba orar en público y con palabras rebuscadas para que los hombres los vieran. Cualquier persona que está tratando de llamar la atención hacia sí mismo en este tiempo está actuando como los fariseos.
Hacer de su piedad, por ejemplo, decir: “No, hermano, porque yo tengo que orar todos los días tanto tiempo…”. Gloria al Señor por la oración, hermano, pero no es algo para que lo festinemos y enseñemos que somos más santos que los otros hombres. Gloria al Señor por la santidad, pero no hay que estar hablando de la santidad y decir las cosas que usted ha rechazado: “No, yo vi tal cosa y no la tomé; yo sentí la tentación…”. No hay que estar llamando la atención hacia uno mismo con la santidad, con la erudición. Ha habido esta persona que le gusta ser conocido porque conoce las escrituras. Eso no tiene mucho mérito, hermano. El mérito está en obedecer las partes pequeñas de las escrituras, no solamente en enseñar que las sabe.
Expresión de fariseísmo en estos días: preocuparse solamente por lo externo. Le pongo un ejemplo, hermano: “No, porque a mí me gusta orar durante nueve horas…”. Gloria al Señor por aquel que ora durante nueve horas, pero yo le diré que una cosa es usted encarcelarse durante nueve horas, otra cosa es usted hablar con Dios. Eso es distinto. La pregunta no es: “¿Cuánto tú oras?”, sino: “¿Cuánto tú disfrutas realmente hablar con Dios?”. Hermanos, el asunto no es leer la Biblia; es hacer la voluntad del Señor. Los fariseos oraban en público, pero dice la escritura que ellos hablaban consigo mismos. Eso decía Cristo: “Él oraba consigo mismo”. O sea, no era con Dios, sino consigo mismo. Leer las escrituras y tener erudición en eso no tiene tanto mérito como entender menos y obedecer más. ¿Me entienden la diferencia?
Hay un hermano que ya entendió toda la escritura, hermano, y entiende cómo funciona en su conjunto, de Génesis hasta Apocalipsis. El periquito más pequeño, él sabe responderlo sin usar la concordancia. Pero el detalle no es, hermano, qué tanto tú conoces la escritura, sino qué tanto tú obedeces de las escrituras. Es más, yo le diría que a veces es mejor no ser tan ducho en el entendimiento y ser un poquito más diestro en la obediencia. Y decir: “Señor, mira, yo con Apocalipsis eso se me vuelve a mí como una madeja que me cansa la cabeza, pero las bienaventuranzas, yo estoy tratando de poner ese asunto en práctica”. ¿Pueden entender la diferencia, hermano? Una cosa es leer la Biblia y otra cosa es hacer la voluntad del Señor. Los fariseos leían la Biblia, pero no hacían la voluntad del Señor.
Y este, hermanos, a veces pica un poco, este que sigue a continuación: una cosa es congregarse con fidelidad en una iglesia local durante años. Hermano que dice: “Yo tengo tantos años congregándome con fidelidad, yo no he faltado un día”. Ahora, ¿tú realmente amas la iglesia local? ¿Tú realmente amas estar congregado en tu iglesia, hermano? ¿Tú realmente amas saludar a los hermanos? ¿Tú realmente amas la adoración corporativa? ¿Tú realmente celebras el pueblo del Señor cuando está junto? “Yo tengo ya 10 años congregándome”. Eso no tiene mérito, congregándote con una cara larga, congregándote mandado, huyendo para tu casa para que no te vean, congregándote y huyendo de la vida de la iglesia. Congregarse no tiene tanto mérito como participar de la vida de la iglesia. Los fariseos se congregaban. Ahora, ¿tu corazón dónde está? ¿Tu corazón está en tu iglesia local, que tú digas: “Oye, la verdad es que ésta es mi iglesia; yo amo mi gente, yo disfruto estar con ellos”? Congregarse, leer la Biblia, orar, todo es importante, pero lo importante es hacer la voluntad del Señor, hablar con Dios y amar su pueblo.
Resumo rápido las otras expresiones: cuando una iglesia se entiende superior a otra, fariseísmo. Cada iglesia tiene su carencia y tiene su fortaleza, pero cuando una iglesia entiende que por su membresía, por sus maestros, por su ministerio de adoración… “Sí, porque tenemos aquí… sí, tenemos las conferencias…” y se entienden superiores a las otras, fariseísmo. ¿Qué te hace a ti mejor que tus hermanos? Hermanos, cuando hacemos nuestro propio sistema para evitar hacer la voluntad del Señor, eso es fariseísmo. La gente que ha seleccionado algunos mandamientos, que ya tiene el brazo afinado en esos mandamientos, y los otros… dijo el Señor: hasta de los más pequeños. Tomar la escritura con pinzas para cumplir lo que nos es fácil cumplir e ignorar todo lo otro es vivir como un fariseo.
Hermanos, termino con esta: cuando ponemos nuestra comodidad o nuestros intereses por encima de las escrituras, estamos actuando como los fariseos. La gente me pregunta: “¿Y por qué el Señor, en los cuatro evangelios, reprendió tan fuertemente a los fariseos?”. Que vengan los hermanos de adoración para que terminemos el culto con ellos, que vengan acomodando eso, pero termino con esto, hermanos: la gente me pregunta: “Pastor, ¿cómo es que los fariseos recibieron tanta reprensión del Señor y no se arrepintieron?”. Es que la verdad, hermanos, es que cuando uno está acomodado, es difícil hacer la voluntad del Señor. Para un fariseo arrepentirse, se tenía que renunciar a su medio de sustento. Para un fariseo arrepentirse, tenía que renunciar a su prestigio público. Para un fariseo arrepentirse, tenía que reconocer que había vivido durante 60 años haciendo su propia voluntad y no la voluntad del Señor. Para un fariseo arrepentirse, dice la escritura que tenía que hacerse como un niño, dejar que otro que tenía menos que él, que era quizás uno de los apóstoles de Jesucristo, venga a enseñar a éste que tiene 60 años diciendo públicamente que es el gran maestro.
Cada vez que la palabra del Señor te reprende y tú pones por encima tu comodidad o tus propios intereses, entonces estás actuando como fariseo. Que el Señor nos permita abrir los ojos a la regla de Dios y que cumplamos no solamente partes puntuales de la escritura, sino todas las escrituras. Cierren sus ojos un momento. Le vamos a dar las gracias, le vamos a pedir al Señor que nos permita no ser como los fariseos.
Que si acaso tu palabra nos ha reprendido, que si acaso, Señor, tu palabra, como ella hace, ha cortado internamente nuestro hombre interior como una espada afilada, danos la humildad necesaria para reconocer nuestra falta y enmendarla. Pon en nuestra iglesia, Señor, este sentido de recogimiento, de humildad, Señor, de reconocimiento, que no nos aferremos a lo que alguna vez conocimos, sino que superemos nuestro estado anterior y nos parezcamos más a ti. Permítenos, Señor, disfrutar completamente tu palabra y te pido específicamente que pongas en nuestra iglesia local un amor renovado por cultivar todas las partes de la escritura, sabiendo, Señor, que todo lo que tú has hecho es bueno en gran manera y que, como dice tu palabra, la ley en verdad es santa, es sabia y es buena. Todo esto te lo pedimos en el nombre de Jesucristo.