El Evangelio de Mateo, capítulo 5, ya concluimos la sección de las bienaventuranzas el domingo pasado. Yo tenía la intención, era mi plan original, de que tuviéramos ya mucho más avanzado en Mateo, pero me he quedado instalado en el sermón del monte como un inversor de cuatro baterías en quinta planta, y no quiero descender del sermón del monte ahora mismo, hermanos, por la razón siguiente. Cuando uno va a entender las Escrituras, una de las cosas que requiere más tiempo es poder recrearse en el contexto en que esto sucedió, poder entender el medio ambiente en el cual vive la verdad, qué era lo que estaba sucediendo en el momento.
Y ya que hemos invertido tres domingos en explicar cuál ha sido el contexto histórico del sermón del monte, ya ustedes lo conocen. Entonces no desaprovechemos la oportunidad con la intención de avanzar y buscar otra porción de la Escritura, sino que quedémonos ahí para cerrar esta porción, porque ya tenemos gran parte del trabajo hecho. Ya conocemos el sermón del monte, ya conocemos para qué fue dado, en qué momento fue dado, quiénes estaban allí presentes cuando lo estaban recibiendo. Qué necesidades podían haber tenido, y lo que veremos a continuación son dos metáforas cortas con que el Señor describió, ahora no el carácter de los ciudadanos del reino de los cielos, sino cuál es el testimonio del creyente en el mundo.
Así como hemos visto durante tres domingos cuáles son los rasgos característicos de un cristiano, que definen a un cristiano, vimos que un cristiano es definido por su pobreza en espíritu, es definido por su sensibilidad a un punto tal que puede llegar a manifestar lágrimas. Hemos visto que un cristiano está llamado a la mansedumbre, está llamado a tener hambre y sed por la justicia, a ser misericordioso. Ahora veremos cómo todas estas cosas no deberían ser solamente cualidades que nos adornen a nosotros en lo privado, sino que deberían manifestarse en lo público. Ahora es el testimonio del creyente en el mundo.
Acompáñenme a Mateo en el capítulo 5 y consideremos los versículos desde el 13 hasta el 16. El Señor diciéndonos, llamándonos a ser sal y ser luz. No leeré ya de nuevo todas las bienaventuranzas, pero recuerden que este es el mismo discurso. Después del Señor comunicar las bienaventuranzas que van desde el versículo 1 y hasta el versículo 12, ahora cierra la sección con una aplicación práctica y dos lecciones para que la enseñanza sea mucho más memorable. Nos dice que estamos llamados a ser sal y llamados a ser luz. Leamos la palabra del Señor para después encomendarnos ante Él. Pónganse sobre sus pies para que leamos la Biblia.
Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.
Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.
Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.
Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
— Mateo 5:13-16
Cierren sus ojos ahí de pie un momento y pidámosle al Señor. Después, Padre, de considerar cada una de las bienaventuranzas, después de entender claramente qué es lo que tú esperas de nuestras vidas, pasamos ahora a considerar estas metáforas y te pedimos que tú, que las pronunciaste con tus palabras, a través de tu Santo Espíritu pongas en nosotros su correcto entendimiento. Pero más que el entendimiento, Señor, pon la urgencia necesaria para que no nos conformemos con conocer la bienaventuranza, sino que salgamos a las calles, a las plazas, a vivir de esta manera delante de los hombres. Acompáñanos, dirígenos en este tiempo de enseñanza, utiliza, Señor, este contexto para que alguna persona al mismo tiempo abra los ojos a la realidad tuya. En el nombre de Jesucristo. Amén. Pueden ocupar sus asientos y dispongámonos a considerar los versículos del 13 al 16.
Dice nuestra introducción: inmediatamente después de predicar las bienaventuranzas, o sea, de proclamar cada una de las ocho bienaventuranzas, que son ellas una descripción del carácter de los ciudadanos del reino, Cristo presentó dos cortas metáforas de la influencia que llegamos a tener en el mundo al vivir de acuerdo a esta nueva realidad. Para hacerlo, utilizó dos de los elementos más valiosos en cualquier casa del mundo antiguo: una lámpara y un poco de sal. Estas dos metáforas no deben ser tomadas de forma aislada, su significado debe ser tomado a la luz del sermón del monte y especialmente de la sección que le antecede.
Esto es lo que hemos predicado en los últimos tres domingos: no trabajamos para “hacer sal” o “ser luz”, trabajamos para integrar en nuestras vidas las bienaventuranzas, y en consecuencia de ello llegamos a ser sal y llegamos a ser luz.
Las metáforas al servicio de las bienaventuranzas
Antes de exponer la sección, a modo de preámbulo, les diré que yo mismo he expuesto anteriormente las bienaventuranzas y también he expuesto esta sección de metáforas, ser sal y ser luz, pero nunca lo había hecho de manera combinada. Ahora entiendo que hay todavía más fruto cuando uno no solamente ve estas metáforas de qué es ser sal en el mundo y qué es ser luz, sino cuando uno integra esto con las bienaventuranzas que se dieron justo antes. No son dos sermones particulares, es la misma esencia, es la misma unidad; el Señor lo que está haciendo ahora es aplicar lo que ya antes predicó.
Y nuestro Señor, ya que Él es un gran maestro, no se conformaba solamente con explicar cosas. Todo maestro busca tres asuntos cuando está enseñando: un maestro busca ser entendido, eso lo hacen todas las personas que exponen la palabra del Señor, busca que el pueblo entienda. El Señor ya procuró esto con las bienaventuranzas, hasta dedicándose a amplificar una de ellas. Pero no solamente se aspira a ser entendido, también se aspira a que la enseñanza sea recordada y después que la enseñanza es recordada, que la enseñanza sea vivida.
Lo que el Señor hace por medio de estas dos cortas metáforas es tratar de que estas bienaventuranzas que Él ha estado exponiendo quizás durante un largo tiempo no se queden solamente como simples sugerencias. Él les da las herramientas para que las bienaventuranzas sean memorables, de forma tal que cada vez que estén en su casa y vean una lámpara, recuerden las bienaventuranzas, y cada vez que lleguen a su casa y puedan ver la sal, recuerden del mismo modo la enseñanza.
Lo que haré es introducir las metáforas a modo general, sal y luz, luego veremos qué significa ser luz y qué significa ser sal. Comencemos con lo primero: la introducción a las metáforas. ¿Qué utilidad tenía esto? Algunos hermanos se me confunden con las figuras de dicción que hay en el Nuevo Testamento; no todas son iguales ni persiguen el mismo propósito. El Señor no solamente enseñó de manera directa, sino que a veces enseñaba de manera figurada. Enseñar de manera figurada es utilizar el símil, es utilizar la metáfora, es utilizar la parábola, pero cada una de estas figuras no están ahí solamente como adorno, ni porque el Señor pretende por medio de la retórica impresionar, sino que persiguen un propósito específico.
Por ejemplo, las parábolas son mucho más enrevesadas que las metáforas. Cuando el Señor hablaba por parábola estaba tratando de que el mensaje fuera escuchado por todo el mundo, pero que no fuera entendido por los superficiales. El Señor veía las multitudes, y cuando quería darle una enseñanza específicamente a las personas que estaban comprometidas, les hablaba por parábolas para que el superficial no entendiera y para que el que estaba comprometido pregunte. Sucede con las parábolas que son tan elaboradas que uno tiene que estar muy atento y tener ahí todos sus sentidos para poder captar su significado. Y si una persona solamente estaba esperando pan y esperando peces, quizás su mente no estaba en parábolas, ese no entendía.
La metáfora, por el contrario, no persigue ser enrevesada, sino que la metáfora es muy sencilla y relaciona algo que es desconocido con algo que es muy familiar. Quizás las personas no estaban tan en contacto con las bienaventuranzas y no podían recordar las lecciones, pero el Señor relacionaba algo desconocido con algo que les era familiar: la sal, todos la conocían; la luz, todos la conocían. Entonces el Señor relacionaba lo desconocido con lo conocido. El propósito de la metáfora, a diferencia de la parábola, no es que el significado sea difícil de entender, sino que las personas puedan relacionar verdades abstractas con fenómenos concretos.
La palabra del Señor figuradamente nos dice que Él saborea, hermano, pero la verdad es que esto es algo intelectual. Ahora, la sal usted la conoce, la luz se percibe. Entonces estamos tomando algo que es abstracto y lo estamos poniendo al lado de algo que es concreto. Ese es el propósito de una metáfora: hacer que esto sea memorable, que se fije en la mente de sus discípulos. Comienzo diciendo parte por parte. Dice el versículo 13: “Vosotros sois”. Si acaso alguien tenía dudas de que las bienaventuranzas no eran para todo el mundo, que con esto lo confirme. Con esto queda no solamente demostrado sino confirmado que el propósito que el Señor tenía no era que los impíos vivieran a la luz de las bienaventuranzas, sino que los cristianos se comporten como ciudadanos del reino del Señor.
El Señor no estaba en ese momento tratando de evangelizar, sino que estaba dando bienaventuranzas que eran para sus discípulos. Y después que dio la bienaventuranza entonces lo confirma y les dice: “Vosotros sois”.
Iglesia y mundo: dos realidades distintas
Esto es sencillo decirlo, hermano, pero marca un mar de diferencia. No es lo mismo ser un cristiano que ser un incrédulo, no es lo mismo la iglesia que el mundo, no es lo mismo ser un discípulo de Cristo que un simple seguidor superficial que le tocó ver a Cristo en el sermón de la montaña. El Señor está hablando en este momento para sus “vosotros”. Vosotros, o sea, no todos ellos, sino ustedes que me están escuchando, ustedes que están recibiendo las bienaventuranzas de primera mano: ustedes son.
Las personas aspiran a que las verdades espirituales adornen a todo el mundo, y no es así. Las verdades espirituales adornan la vida de aquellas personas que han nacido de nuevo y que son discípulos de Cristo. Que todo el mundo escuche a Jesús, sí, pero Jesús en este momento está hablando a sus discípulos y les dice: “Vosotros sois”. ¿Y por qué no todo el mundo es? Marquen esta diferencia, hermanos, porque las bienaventuranzas que durante tres domingos prediqué no son asuntos para que los viva el mundo, son asuntos para que los cristianos las expresen al mundo.
La influencia del Espíritu Santo en la vida de uno termina siendo que uno llega a ser luz. “Vosotros sois la sal de la tierra”, dijo el Señor. “Vosotros” está haciendo una particularidad: la iglesia y el mundo son necesariamente distintos. Estas dos metáforas describen también cuál es la situación del mundo. Nosotros somos luz y nosotros somos sal, ¿y el mundo qué es?
Bueno, el Señor no viene aquí a predicar esto como para exaltarlos a ustedes, no es para que uno se sienta: “Ay, yo sí soy”. No es el propósito. El propósito es que uno entienda la necesidad de ver dos mundos de manera distinta y entender claramente qué es iglesia y qué es mundo, para que la iglesia haga su labor en el mundo. El Señor llama a la iglesia y le dice: “Vosotros sois”, y con las dos metáforas Él describe cuál es la verdadera condición del mundo. ¿Cuál es esta verdadera condición? Lo primero es que el mundo está en un estado de putrefacción permanente, cada vez se deteriora más.
Si usted quiere saber qué fue lo que usted dejó atrás, lo que usted dejó atrás es un sistema que se está destruyendo a sí mismo, que está viviendo ante la presencia del Señor en rebelión. Si usted salió del mundo y hoy es un cristiano, usted tiene que entender que lo que ha dejado atrás es un sistema putrefacto, y que dentro del sistema putrefacto usted sigue participando de él, pero ya no es parte del sistema. Dentro del sistema usted es el agente activo que impide que la putrefacción avance más rápido.
Hermano, creo que no encontraré palabras, aunque me mantenga hablando, para marcar la diferencia que hay entre ser iglesia y ser mundo ante el Señor. El mundo se pudre y la iglesia preserva. Esa es la condición del mundo que la metáfora de la sal nos significa. La otra metáfora nos dice que la iglesia es luz, ¿y entonces el mundo qué es? Es tinieblas. Y la situación del mundo es que la gente anda a tientas, improvisando soluciones, tratando de agarrarse de algo.
Hermano, si tú eres un cristiano verdadero, tú tienes que ver en esta diferenciación que hizo el Señor el alto privilegio que tú tienes. No solamente que tú eres sal y tú eres luz, es que fuiste sacado de tinieblas. Nosotros, que antes andábamos a tientas, ahora podemos tener dirección, como dice el Salmo 119: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”. Antes de detallar lo que somos, hermanos, déjenme decirles lo que no somos: ni nos estamos pudriendo ni andamos a tientas.
Aquel que está ahora mismo en el mundo debería entender cuál es su condición. Dice la Escritura que los impíos, le decía Pablo a Timoteo, “irán de mal en peor”, dañándose ellos y dañando a los otros. Pero nosotros nos renovamos todos los días. La iglesia no es el mundo, el mundo se está pudriendo y es la iglesia quien preserva el mundo. La iglesia no es tinieblas; el mundo tiene los ojos cerrados, dice la Escritura, nosotros tenemos los ojos abiertos.
Un cristiano que quiere que el mundo se parezca a la iglesia, la verdad es que es un cristiano mundano. Y esta universalidad que nos quieren enseñar, como que “nada es nada”, lo que significa es que tú no quieres entender la diferencia que hay ante el Señor: algo es algo. Una cosa son las tinieblas y otra cosa es la luz, una cosa es la putrefacción y otra cosa es la sal. Hay dos mundos, no hay uno: o vives a la luz del reino o vives en el sistema en el que vivías anteriormente. No se puede estar en las dos partes al mismo tiempo. Vosotros sois.
Ser sal y luz como condición, no como esfuerzo extraordinario
Voy a entrar ahora a responder las áreas, a poner la luz, pero todavía estoy en el preámbulo. Es necesario que se entienda que los cristianos no tenemos que hacer asuntos extraordinarios para ser sal y ser luz, es solamente ser cristianos. La sal no es algo que tú digas: “Ahora es que yo voy a ser sal, ahora es que voy a hacerlo”. Hermano, no hay que hacer un show. La verdad es que el Señor espera que la sal y la luz sean como el asunto normal.
No está diciendo aquí: “Hagan un esfuerzo extraordinario, llénense de valor para ser sal o ser luz”. Si verdaderamente eres un cristiano, ya lo eres. El Señor no está diciendo aquí: “Salgan a buscar la luz, salgan a buscar sabor”. Él te dice: “Vosotros sois”. Yo creo que descendemos a la iglesia cuando uno no le dice a la iglesia que la iglesia quizá ya tiene esto, aunque sea en semilla. Yo les he enseñado las bienaventuranzas como semilla, eso está sembrado en tu corazón. Eso debe manifestarse. O si fuera una llama, hermano, ¿usted ha prendido fuego alguna vez?
Cuando uno jugaba, que uno encendía con fósforos, a veces había una pequeña llamita y tú tratabas de que eso prenda. Pero el fuego ya está ahí. En todo cristiano genuino las bienaventuranzas están ahí; uno trabaja para que la bienaventuranza se manifieste plenamente, uno trabaja para que el hambre y la sed de justicia todavía sean más palpables. Pero si tú eres un cristiano genuino, no hay que decirte: “Trata de buscar luz, trata de buscar sal”. Ya “vosotros sois”.
No hay que hacer un asunto sobrehumano: “Así alumbre vuestra luz”. Ya casi paso a la sal, hermano, pero les diré que podemos confiar nosotros en el poder del Evangelio. No necesitamos algo adicional para impactar al mundo, ya nosotros somos sal y somos luz. Es más, todo el contexto de esto: el Señor no nos está mandando a iluminarnos o a saborizarnos. El Señor te dice: evita que la sal pierda su sabor. El Señor te dice: evita que la luz se esconda, porque ya eres luz.
Es más, mire lo que pasa en la vida de una persona que viene a Cristo: a veces ellos mismos tienen que tratar de tapar la luz que está saliendo de ellos, porque es algo que es tan intenso, tan de golpe, que deslumbra. Entonces ellos mismos son los que a veces se ponen un biombo para tratar de no deslumbrar al impío. Es natural que del cristiano salga luz y es natural que del cristiano salga sabor. Lo que sería excepcional es que no lo hiciera, y si no lo hiciera, no es un cristiano genuino.
Es más, muchos de mis hermanos son ellos los que tapan la luz. El Señor quiere mandar luz a través de ellos y son ellos los que están como tratando de disimular la piedad, de matizar la enseñanza, de suavizar las exigencias del Señor. Son ellos, hermanos, los que están tratando de difuminar la luz. Pero la luz sale de ti, hermano, y sale a borbotones si eres un cristiano genuino, y la sal sale.
Pasemos a considerar las dos cortas metáforas. La primera: el Señor dice que somos sal. “Vosotros sois la sal de la tierra”. No te está diciendo que “salga de la tierra”, hermano, sino que seas sal. Es como aquel predicador que estaba predicando acerca de Abraham y decía: “Hermano, nosotros somos sal de la tierra, somos sal de la comunidad, somos sal del barrio, así como el Señor le dijo a Abraham: Sal de tu tierra y de tu parentela”. No son las mismas dos cosas, hermano, son distintas. La sal que saboriza, la sal que condimenta, es la sal que preserva.
La función de la sal: condimentar, preservar y despertar sed
¿Por qué dice la Escritura que somos sal? Si el mundo está en deterioro, ¿por qué dice la Escritura que nosotros somos sal? No quiero dar un significado enrevesado para eso, hermano, pero en el mundo antiguo la sal tenía tres funciones principales. Lo primero era que condimentaba, acentuaba el sabor. No es lo mismo comer con su punto de sal que comer sin sal. Si usted ha ido donde el doctor Wilfredo Mañón y le ha puesto la dieta: “Nada de sal”, hermano, eso es un castigo.
Estábamos en papelitos, con una dieta de nada de sal y uno se da cuenta de las necesidades de la sal. Comer sin sal es una experiencia difícil. Pero la sal no solamente saboriza, sino que la sal tiene otra función: la sal preserva los alimentos. Todavía en algunas partes de nuestro país las personas, cuando se usaba antes más, cuando no había tantos sistemas de refrigeración, acostumbraban a tender sus carnes al sol para deshidratarlas, muy impregnadas de sal, y la carne podía permanecer durante meses. Así se conservaba con sal. La sal tiene esa capacidad, no solamente de condimentar sino también de preservar las cosas.
No eternamente, pero reduce la capacidad de deterioro. Matizo esto, hermanos: los cristianos del mundo, nosotros no podemos impedir que el mundo sea destruido. La verdad es que bíblicamente esto termina destruido. Si ustedes leen las Escrituras, este asunto va caminando hacia un despeñadero, y lo que va a pasar al final de este asunto es que va a ser destruido todo este firmamento con fuego, y la iglesia será sacada de esto. Y después que todo esto sea destruido, dice la Escritura, que del cielo va a bajar una Jerusalén celestial.
Sin embargo, nosotros no queremos que eso sea tan rápido como podría suceder. La sal no tiene la capacidad de darle vida a algo; la sal lo que puede es tratar de que no se descomponga tan rápido, que el gusano no avance tan rápido. ¿Cuál es la función de la iglesia en el mundo? Por solamente estar presente nosotros detenemos el deterioro. El Evangelio es lo único que puede regenerar la vida; la sal puede preservar, pero solamente el Evangelio transforma.
Sin embargo, dice la Escritura que nosotros somos sal. También en el mundo antiguo se utilizaba la sal para producir sed. También se utiliza ahora mismo, principalmente en el ganado; cuando una persona come sal, bebe más agua, busca agua. Ese era uno de los usos que tenía. Muy probablemente el Señor estaba apuntando al uso de la sal como preservante, al uso de la sal para evitar deterioro, muy probablemente estaba pensando en eso.
La sal era tan valiosa en el mundo antiguo —yo le decía esto a los hermanos uno de los miércoles— que el término “salario”, para hablar de la paga de un empleado, viene de la sal. Porque los romanos estilaban, como parte de la paga de un soldado, darle una parte en efectivo y otra parte en sal. ¿Por qué se le daba en sal? Porque la sal era una moneda universal, en todas las partes se necesitaba. Cuando un soldado llegaba a un pueblo que no era el suyo, quizá no le recibían su moneda, pero todo el mundo necesitaba sal, y él cambiaba su sal por dinero.
Era tan valiosa la sal en el mundo antiguo que se utilizaba como una moneda de cambio. De ahí viene el término “salario”, para hablar de la paga de un empleado. Lo sorprendente de todo esto, hermano, es que el mundo no ama a la iglesia, pero la iglesia preserva el mundo. ¿Cuál es la paradoja en todo esto? Que las bienaventuranzas terminan en persecución. Dice: “Bienaventurados cuando por mi causa seáis perseguidos”, pero dice que la iglesia preserva el mundo. Es la paradoja del Evangelio: la gente no quiere a la iglesia, pero si la iglesia sale del mundo, el mundo desaparece.
Dice Tesalonicenses asimismo que el espíritu del anticristo, que es quien está tratando de dañar todo el sistema, ya opera en los hijos de perdición y ya está operando en el mundo. Pero en el mundo hay algo que lo detiene, y eso que detiene es la iglesia, a un punto tal que cuando la iglesia sea sacada del mundo, hermano, la corrupción que va a haber en esta tierra será tanta que terminará deteriorándose completamente.
También les advierto: el mundo se deteriora, pero la iglesia no quiere que el mundo se deteriore. He visto con preocupación muchos hermanos míos que, cuando ven la maldad en el mundo multiplicarse, ellos aplauden; dicen: “Es que es bueno, esas son señales del fin”. Hermano, nosotros no anhelamos que esto se consuma hoy.
Ser sal en la ciudad: ejemplos concretos
Si realmente eres una persona que ha nacido de nuevo, tu deseo es llorar por la ciudad, como lloraba el Señor por Jerusalén. Sabemos que el mundo está en deterioro, sabemos que termina en destrucción, pero no anhelamos innecesariamente que el mundo sea consumido en este momento. Les pongo un ejemplo: miren las ciudades. Roma, los historiadores concuerdan casi de manera universal que lo que destruyó a Roma fue el pecado. No le dicen “pecado moral”, sino la maldad: la violencia, la injusticia, el quitarle a las personas lo que tenían.
Roma se envolvió en una inmoralidad tal que al final terminó cayendo la ciudad. Gran parte de los cristianos habían salido ya de Roma, se habían ido; unos al desierto, otros a otras partes. Pero cuando a Roma le llegó ya la desgracia, cuando Roma fue destruida, dice que los cristianos lloraron la caída de Roma, a un punto tal que Agustín de Hipona escribió un libro que se llama “La ciudad de Dios”, lamentando la situación en que quedó la ciudad de Roma.
El apóstol Pablo, cuando llegó a Atenas, dice que vio la ciudad completa entregada a la idolatría, y dice que él gemía al ver esa condición. Él no se alegraba diciendo: “¡Wow!, entonces el Señor nos va a llevar pronto porque están llenos de ídolos”, no. Pablo sufría el pecado de la ciudad. ¿Qué te dirá, hermano? Que verás cómo pasa el tiempo, cómo al mismo tiempo crecerá la iglesia y cómo se multiplicará la maldad en el mundo. Y no deberías alegrarte por la situación del mundo, sino que deberías sentirlo a un punto tal que te lleve a hacer la función que el Señor ha puesto a la iglesia dentro del mundo: ser sal.
Si la sal es valiosa, si la sal preserva, ¿de qué manera puntualmente el cristiano es sal? Recuerda, hermano, tú no tienes la capacidad por tus propios medios de eliminar el pecado, no tienes la capacidad de retroceder la corrupción, solamente el Evangelio hace eso. Ahora, sí tienes la capacidad de preservar. ¿De qué manera el cristiano es utilizado en el mundo para preservar la tierra, para que no se destruya tan rápidamente, de forma patente? Quiero mencionar algunas formas puntuales.
A veces tú no tienes la capacidad —bueno, nunca la tienes— de producir en el hombre convicción de pecado por medio de un buen consejo, pero un cristiano aparta al malvado de su destino. Una persona está caminando hacia su destrucción y una palabra oportuna de un cristiano, por un consejo, puede ser utilizado por el Señor para que esa destrucción no le llegue hoy; quizá le llegará dentro de un mes o dentro de diez años. Pero un cristiano puede salvar la vida de una persona que está caminando hacia una mala decisión.
Dice el libro de Proverbios que no aconsejes al necio en su asunto, porque terminará yéndose contra ti. Pero en cuanto dependa de nosotros, demos buenos consejos a las personas y oremos al Señor para que, si nuestro consejo no es utilizado para que las personas vengan a Cristo, por lo menos que el Señor utilice el consejo para que las personas no se destruyan muy rápido.
¿De qué manera un cristiano puede ser sal en el lugar donde el Señor lo ha puesto y preservar al mundo de una destrucción muy pronta, una destrucción patente? El cristiano puede, siempre y cuando esté a su alcance, evitar que la ley sea violada, y mucho menos que sea violada para su favor. Un cristiano anhela que el régimen se mantenga, que las estructuras institucionales se mantengan sólidas. Dice asimismo el Salmo: “Si se destruyen los fundamentos, ¿qué puede hacer el justo?” Y usted me dirá: “Esas leyes son civiles, hermano”. Pero es mejor un mundo que tiene leyes civiles y una autoridad que hace que la ley se cumpla que un mundo donde no se respeta ninguna ley.
Es más, el gobierno como tal se enseña en el libro de Romanos como una provisión del Señor en su gracia común. Y dice la Escritura que el magistrado ha sido puesto para castigar al malvado. Por eso los cristianos, en una sociedad, siempre estamos llamados a estar del lado que conserva la institucionalidad. Nunca nos oponemos a que no haya autoridad. Nuestro llamado no es la anarquía, hermano, no vamos a destruir a la policía. La anarquía no es nuestro llamado. Entendemos todas esas cosas como instrumentos del Señor para preservar el mundo y nosotros trabajamos a favor de ello.
Cada vez que tú pones tu mano a favor de que la ley no sea violada, hermano—especialmente cuando es a favor tuyo— estás siendo sal. Eso es muy común. Aquí, como sucede en otros países, que los procedimientos son largos. Y esos procedimientos largos, siempre hay una persona que los hace cortos, y a veces el precio es: “Acepta, tírame algo”. Ahí tú decides si eres parte del mundo.
Alguien que conozco está por construir una casa hace mucho tiempo y no ha terminado de construir la casa porque en Obras Públicas no le aprueban el plano, y los planos están en orden. Él dice: “No voy a pagar porque me aprueben los planos de la casa”. “Ah, pues entonces tú no vas a construir tu casa”. Muy probablemente no. Ese es el precio, hermano. Uno se sale del mundo, evita que la corrupción avance muchas veces sacrificándose.
Yo también manejo, hermano, y uno sabe que hay manera de obtener ventajas. Estoy trabajando en ese asunto, ¿me entienden? Todo el mundo camina hacia el puente donde tú sabes que hay que hacer la fila desde atrás. Entonces alguien dice: “Oye, pero esto es rápido, yo en vez de salir y entro más adelante”. Son maneras en que uno evita que el mundo se deteriore, porque ¿qué pasa cuando tú lo haces? Cinco van detrás tuyo. Un cristiano, hermano, que no encontremos hermanos nuestros detrás de una ambulancia huyendo en su carro, que no lo encontremos.
La presencia incómoda pero necesaria de la sal
Son asuntos prácticos, usted es sal. Debe hacer cosas que, cuando usted se para, todo el mundo se está yendo en rojo, porque ya pasaron las diez de la noche y ¿quién ha dicho que las leyes de tránsito son hasta las diez de la noche? “Pero yo creo que ya no se para en el rojo”. Y el que está atrás, cuando te ve pararte, se detiene también. Estoy evitando que el mundo se deteriore.
A veces no te pitan, hermano, sino que se te paran al lado, pero por el hecho de que tú te paraste a esperar la luz verde, el que está a tu lado esperó junto a ti. Maneras puntuales de ser sal en el mundo. De nuevo, hermano, eso sirve para que la persona se regenere, no sirve para eso, pero evita que la sociedad se destruya más aceleradamente.
Tenemos que aprender a condenar el pecado con franqueza. Es difícil hacerlo, por ejemplo, hay personas que están al lado tuyo, deshonrando al Señor en sus vidas, dañándose ellos y ofendiendo a Dios, y un cristiano tendrá que abrir la boca a favor del Señor y decirle a la persona: “Oye, yo sé que tú estás comprometido con eso y tú le estás dando para adelante, pero permíteme decirte que eso no agrada a Dios ni te conviene a ti”. ¿Te van a hacer caso? Muy probablemente no, hermano, pero yo soy sal.
Gran parte de estas cosas no funcionan porque uno siempre espera unos resultados extraordinarios, como: “Mira, yo voy a tomar una decisión que me va a sacrificar un poco, pero va a producir un resultado extraordinario”. El resultado a veces es mínimo, hermano. Pero si todos nosotros nos disponemos a ser sal, yo creo que entre todos podemos sazonar un chin este país.
Maneras de ser sal, hermano. Mire, un cristiano que viva a la luz de las bienaventuranzas evita a toda costa que en sus dominios se ofenda a Dios. Yo no puedo meterme —yo les dije en el segundo de los sermones— que no estamos llamados a meternos en el drink a quitarle a la gente el alcohol, a botar el whisky. Pero en tu casa no.
Se puede entender la diferencia. Usted puede ir allá al drink a emborracharse, usted puede ir al prostíbulo a echarse a perder, usted puede vivir su vida afuera, pero en mi casa no. Usted viene para mi casa, aquí no. Porque estos son mis dominios. Yo no puedo ir a tu casa a taparte el pecado, pero yo puedo evitar que en mis dominios se deshonre al Señor.
Un cristiano, por ejemplo, en su casa no anda brindando alcohol. Y usted me dirá: “No, que lo que para ti es una copa de vino, para aquel que es esclavo del alcohol es ocasión de caer”. Y tú me dirás: “No, Pastor, en la Biblia hay vino”. Es verdad, hermano, en la Biblia hay muchas cosas: hay vino, hay fuego, hay látigo, hay cantidad de cosas que están en la Biblia. Que algo esté en la Biblia no significa que sea bueno, principalmente para el incrédulo.
El pequeño trago que para ti, que tienes dominio propio, no te hace nada, al vecino que tiene una propensión a eso, cuando se lo das, lo desborda. Por eso, una manera práctica, hermano, se lo digo: eso hay que hacerlo literalmente, yo lo hago, hermano, y se lo aconsejo a usted que lo haga también. Nunca brinde alcohol en su casa, bebidas fuertes, nada de eso. “Ah, pero que es una fiesta triste”. Triste sería que de la casa de un evangélico una persona saliera de ahí arrastrando las piernas.
Sería vergonzoso que se diga: “No, que en tal mundo hubo una trifulca en la casa de Rafael, se jalaron ahí y estaban bebiendo botella”. Hermano, triste sería que en tu casa pase eso, y tú vas a decir: “No, pero yo no estaba bebiendo”. Pero era en tu casa. Se lo digo así, pero eso es costoso hacerlo.
Yo le pongo ese caso, pero hay casos puntuales. Es costoso hacerlo. Algo que yo les he recomendado a todos mis hermanos en la consejería prematrimonial: en una boda de cristianos no se brinda alcohol. ¿Pero qué pasaría que en el momento solemne donde dos personas se unieron en matrimonio siempre haya un cuento de un tío que se le fueron los tragos a la cabeza y bailó pegado con fulana, y el marido se levantó y lo jaló, en la boda de un cristiano? Hermano, evitemos eso, son cosas que hacen mucho daño.
Entonces uno, como cristiano, es sal. ¿Cómo lo hace? Tratando de que en mi casa eso no suceda. Una práctica muy común entre los hogares cristianos que tristemente se ha ido perdiendo —así se pierde el sabor de la sal— pero era común que cuando las personas venían y traían mujeres y cosas a la casa, los evangélicos tenían que dormir en habitaciones separadas. ¿Se entiende? No peleando con la tía, sino: “Recuerde que su tía es cristiana. Usted puede vivir allá en los hoteles, puede vivir en la cabaña, pero aquí usted duerme allá y ella en el mueble”.
“Tía, pero nosotros vivimos así afuera”. “Por aquí no”. Es la sabiduría que hay en eso: ser sal, hermano, maneras prácticas de ser sal. Lo mismo si la empresa es tuya. En tu empresa debe prevalecer la justicia. Y tú dices: “Pero todas las empresas tienen negocio de este tipo, lo hacen así”, pero en la mía no. Ahí es que le digo, hermano, que se pone costosa la bienaventuranza, porque es muy bonito vivir esto en lo privado, en lo que tiene que ver conmigo. Pero cuando uno sale de lo privado y entra en la ciudad, se complica.
Hay cantidad de industrias aquí donde solamente con la ayuda del Señor un santo prospera. Son negocios que están hechos con corrupción, son negocios que tienen un entramado. No es imposible, pero con la ayuda del Señor solamente un cristiano en ese negocio prospera. Les he dado maneras puntuales en que uno puede ser sal, hermano. A veces tú no tienes la capacidad de regenerar al hombre, pero tienes la capacidad de quedarte callado en un lugar.
Un sitio donde, por ejemplo, se está murmurando contra alguien y tú llegas; la gente ve que tú no te estás ocupando del asunto y dicen: “Vamos, que llegó fulano”. Gloria al Señor por ese silencio providencial. No digo esto para exaltación personal, hermano, pero el Señor —como decía el apóstol Pablo: “Perdónenme un momento esta locura”— cuando mis compañeros de trabajo sabían que yo llegaba, quitaban la pornografía del monitor: “Llegó Rafa”, y se burlaban de mí como: “No, es que él no puede ver eso, quítenlo, quítenlo”. Gloria al Señor que me puso ahí para ser sal.
La presencia de un cristiano en el mundo debe limitar conversaciones. La presencia de un cristiano en el mundo debe reducir la pecaminosidad. La simple presencia de un cristiano en el mundo debe ser un poco molesta. No, hermano, no es que tú vayas y apagues el monitor de nadie, no. Pero el hecho de que tú estés ahí debe tener un efecto, tu testimonio.
Luz del mundo: ciudad en el monte y lámpara en la casa
Recuerdo siempre, hermano, y a mí me marcó, lo que es ser sal. Cuando mis compañeros de trabajo vivían conmigo, yo decía: “No, que vamos para un billar, que esos lugares yo no voy, no me gusta el ambiente”. “Ah, ¿pero tú piensas que te vas a derretir si entras?” “No, es que yo no quiero estar ahí”. Pero todo era cristiano muy seguro. Yo fui con ellos a un billar, hermano, y cuando fui ellos terminaron avergonzados.
La música que se escucha ahí no es la música que ponen en la radio, sino una música específica. Yo los conocía, hombres casados de matrimonios bonitos, y los veía ahí andando del brazo con mujeres; hay como todo un ecosistema en esos lugares de perdición. Ellos se sentían avergonzados, como que me veían y se limitaban. Después decían que no iban conmigo a esos lugares; decían: “Porque tú no bebes”. No es verdad, hermano, que uno no bebe, pero ellos amanecían diciendo: “No, tú no vas, porque es verdad, no es lo mismo tú beber con el que está bebiendo contigo y embriagándose, que con un cuerdo en medio de los locos que tenga los ojos abiertos”.
Gloria al Señor por mis hermanos que el Señor utiliza para hacer sal en medio del mundo, que no solamente viven las bienaventuranzas de manera privada, de manera particular —“yo estoy aquí, yo tengo mis convicciones”— sino que sus convicciones son aterrizadas en la ciudad.
Dice la Escritura que la sal, asimismo, dice: “Vosotros sois la sal de la tierra”. Lo que preserva la tierra. “Pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres”, pisoteada. Hay cristianos, hermano, que por su contaminación se han vuelto inoperantes en el mundo. A un punto tal que ya no solamente son “insal”, son gente sin sabor y sin color, que están ahí insípidos; su fe no pica.
La fe de un cristiano hasta cierto punto debe picar. Uno debe orar al Señor para que su vida esté sazonada con sal, a un punto tal que al incrédulo le guste el saborcito, hermano, pero no mucho, no de a mucho. Y eso tiene que lanzarlo, la gente le tiene miedo a la sal. Yo he visto gente con la sal en la comida, con todos unos trucos de que: “Comete una papa, haz esto, haz lo otro”, hermano, un lío. Es mejor que quede bajita de sal que quede alta, porque cuando queda alta la gente lo siente.
Que el cristiano se sienta en el mundo, que nuestra presencia en la ciudad se sienta. Si la sal perdiera el sabor… La sal es un elemento muy estable, no es común que pierda su capacidad. Lo que sucedía en el mundo antiguo es que no habían refinerías y lo que la gente usaba por sal no era sal, no era cloruro de sodio puro. Era un compuesto, un polvo blancuzco que tenía cloruro de sodio, pero no era sal pura. Entonces a veces prevalecía el otro elemento. Por ejemplo, podría ser sal —cloruro de sodio— mezclado con cal. A veces prevalecía la cal a un punto tal que tú no te vas a comer ese asunto.
¿Y qué se hacía? Se echaba a la tierra para que los hombres la pisoteen, con el agravante —ya esto se lo doy de ñapa— de que la sal destruye las cosas donde cae. Por ejemplo, en la antigüedad se utilizaba que cuando un pueblo conquistaba a otro, para que no se volviera a sembrar en toda esa tierra, lo llenaban de sal. Era tan fuerte el efecto de la sal. Dice asimismo el libro de Jueces, capítulo 9, versículo 45:
Y Abimelec peleó contra la ciudad todo aquel día, y tomó la ciudad y mató al pueblo que estaba en ella, y asoló la ciudad, y la sembró de sal.
— Jueces 9:45
Cuando tú no quieres que nazca ni la hierba mala, tú la siembras de sal. Hay personas que no solamente se han vuelto inoperables en el mundo, insípidos, sino que su mal testimonio ha impedido que en algún lugar donde podría crecer la palabra, crezca. Es común que personas que el Señor está inquietando en su corazón, cuando ven aquel que era sal y fue echado fuera, impidan que ahí, por el mal testimonio de ese que dejó de ser sal, nazca algo.
Que el Señor te permita, hermano, ser sal. Paso ahora a la luz. Lo primero: la falta de sal… recuerden eso. La sal no es que detenga la maldad; la maldad seguirá creciendo, y al mismo tiempo crecerá el reino de los cielos. La sal no tiene la capacidad de regenerar la vida, lo que hace es que el cadáver se deteriore más lentamente. Pero es útil.
Pasemos a la luz. Dice la Escritura:
Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.
Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.
— Mateo 5:14-15
Ahora la metáfora cambia, pero mantiene el mismo principio. Recuerden que todo esto tiene que ver con las bienaventuranzas. El Señor les está diciendo: no vivan las bienaventuranzas solamente para ustedes, sino vívanlas dentro del mundo. Sazonen el mundo con las bienaventuranzas: con su mansedumbre, con su condición de ser pacificadores, con su limpio corazón, amando la justicia, reconociendo con humildad su condición ante el Señor.
Ahora nos dice que seamos luz. ¿Por qué luz? Hermanos, así como la sal era valiosa, al punto tal que la raíz de “salario” viene de “sal”, la luz no lo era menos. En el mundo antiguo no había energía eléctrica. Cuando el sol se ocultaba, la vida se detenía, a menos que alguien tuviera una lámpara.
Luz corporativa y luz íntima: ciudad y hogar
¿Por qué era importante la luz en el mundo antiguo? La luz permitía que la vida de algún modo continuara y que no se viviera en tinieblas. Pero el Señor está hablando aquí de la luz en dos contextos particulares. Primero, una ciudad iluminada en una colina, y después una luz que está en una casa. Son dos contextos distintos; algunas personas se confunden y dicen: “Bueno, son tres metáforas y no dos: está la metáfora de la sal, la metáfora de la ciudad y la metáfora de la luz”. No, son dos metáforas.
El Señor está hablando aquí de la luz en una ciudad que llama la atención desde lejos, y está hablando de la luz que está en una habitación de una casa, que ilumina el interior. La luz era tan importante en el mundo antiguo porque producirla no era tan sencillo como ahora. Ahora, por ejemplo, hay fósforos, hay pilotos automáticos. La estufa anteriormente encendía un fuego desde otro fuego. Había que cuidar la lámpara que no se apague, ponerle aceite antes que la mecha se consuma. Era tan necesaria una lámpara en una casa por todas estas cosas.
Quiero adentrarme en dos imágenes. Dice la Escritura que somos una ciudad que está sobre un monte. Imagínate, hermano, que tú estás caminando en un lugar donde no hay energía eléctrica, las casas son iluminadas por mechones; en las ciudades a veces se ponían antorchas para iluminar. Tú no sabes hacia dónde vas, pero estás a lo lejos, y a lo lejos estás viendo que allá hay como la luz de una ciudad, y es el conjunto de todas las lámparas que están en las casas, de los mechones que están por las calles. Desde lejos puedes llegar a la ciudad solamente guiándote por el reflejo de la luz que puedes ver.
Dice la Escritura que la iglesia es como una ciudad que está encendida sobre la montaña, de forma tal que muchas personas lograrán encontrar la dirección por la presencia de la luz en la ciudad. Quizás en esto nos habla del testimonio corporativo de la iglesia, viviendo a la luz de las bienaventuranzas. Pero también la metáfora se aterriza, no solamente como una ciudad que está encendida y se ve desde lejos, sino como una lámpara que está ahora, no afuera, sino adentro de una casa.
Nos dice: “No se enciende tampoco una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa”. Con esto me permito decirles, hermano, que el testimonio de la iglesia es un testimonio hasta cierto punto corporativo, cuando todos juntos vivimos a la luz del Evangelio. Pero también un cristiano tiene que ser luz en sus contextos más privados.
Hay gente que prefiere uno o lo otro. Anhelamos las dos cosas, hermanos: que todas nuestras luces juntas, en la adoración al Señor corporativa, sean una gran luz que alumbra al mundo, y anhelamos también que en nuestras casas la luz de Cristo brille y que sirva para nosotros en la intimidad y también para toda la familia.
Estas casas que se están hablando de iluminar no son casas como las de ustedes. Las casas de Palestina en los tiempos de Jesús, la mayoría eran casas de una habitación, casas relativamente pequeñas con ventanas muy estrechas. Las personas no aspiraban a vivir dentro de la casa; las casas tenían una escalera que llegaba hasta el terrado, y en el terrado, cuando estaban ahí, era que las personas pasaban la tarde. Las casas eran como para guarecerse, para abrigo, para refugiarse, y adentro de la casa no llegaba mucha luz.
Se estilaba que las personas dormían con la luz, con una lámpara encendida. Esto les daba protección para su familia, les permitía moverse dentro, les permitía no estar a tientas. Imagínense ustedes lo que es estar en una casa que tiene ventanas muy cortas, donde no hay ningún tipo de luz, es incómoda la sensación de no poderte mover hacia un lado o hacia el otro.
Por otro lado, la falta de luz en una casa era hasta cierto punto una vergüenza. Las familias más pobres de todas, más pobres, más pobres, las que no podían ni siquiera encender un mechón, no tenían cómo iluminarse en la casa. Ese era el símbolo de la extrema pobreza. Por otro lado, también era algo vergonzoso que se apagara la luz en esa casa. Significaba o que no tenían dinero con qué comprar una lámpara y ponerla, o significaba que no fueron previsores y dejaron que se les terminara el combustible.
Antes usaban estas comparaciones: así como una casa no se dormía sin café —eso era como vergonzoso: “No podemos amanecer sin café, sin café y azúcar”—, en el mundo antiguo una persona que se quedaba sin aceite para su lámpara era algo que avergonzaba. Eso significaba: “Ese es un necio, una persona que no es previsora, alguien que está exponiendo a su familia, alguien que está corriendo un riesgo”. Podía venir el ladrón y, que en tu casa no haya una lámpara encendida, era peligroso.
Es más, al enemigo se le deseaba una maldición judía, era eso: “Que tu lámpara se apague”.
Ciertamente la luz de los impíos será apagada, y no resplandecerá la centella de su fuego. La luz se oscurecerá en su tienda, y se apagará sobre él su lámpara.
— Job 18:5-6
Quedarse sin luz en una casa, hermano, era un asunto tétrico. Primero era vergonzoso de fuera, peligroso, incómodo. Era algo no deseable. Dice la Escritura que nuestra luz debe alumbrar delante de los hombres, como una ciudad que está encendida, y al mismo tiempo debería alumbrar en nuestras casas y en nuestro testimonio particular.
Buenas obras: fruto visible de la luz de Cristo
Me permito darle algunos ejemplos puntuales, hermano, de cómo nosotros podemos ser luz. Primero, quizá el testimonio corporativo: ¿cómo podemos nosotros, con todas nuestras luces, ser luz? Miren, el culto de una iglesia cristiana es un testimonio al mundo. Ustedes quizás no lo notan, pero la gente que no viene a la iglesia ve un desfile de personas que caminan los domingos en la mañana con una Biblia en los brazos y van a algún lugar a rendir adoración a Dios. Somos como hormiguitas que van entrando en diferentes lugares: “Ah, mira, ahí es como una iglesia, la gente desfila hacia allá”.
Ese desfile de los cristianos, reunirse en un lugar a rendir adoración corporativa al Señor, es una luz que está alumbrando diferentes lugares, un punto tal que las personas quieren ir. El testimonio corporativo de la iglesia es la vida de iglesia. Una cosa es venir a la iglesia a participar, a generar adoración, y otra cosa se llama la vida de iglesia. Tristemente veo que las personas se conforman con la adoración corporativa.
Miren, hay una iglesia que no sucede el domingo. Yo no sé si tú eres parte de eso, pero hay una iglesia que no sucede el domingo. Hay una iglesia que sucede entre semana, por medio de una llamadita, por medio de la visita de un hermano, por medio de encontrarse dos personas en un lugar para ser cristianos. ¿Y para qué se van a encontrar? Para ser cristianos, para estar juntos, para disfrutar de la comunión de los santos. Los cristianos anhelamos estar con otros cristianos, y cuando tenemos esa oportunidad la gente pregunta: “¿Qué es lo que ustedes encuentran en eso?” Y uno dice: “Qué sé yo, eso lo pone el Señor ahí adentro de uno, y uno, cuando está con sus hermanos, uno se siente bien”.
Eso hay que experimentarlo para cogerle el gusto. Se llama vida de iglesia. Y cuando la vida de iglesia sucede en el mundo, la gente dice: “Pero, ¿qué es lo que pasa? Ustedes no nacieron juntos, no se conocen hace mucho tiempo, y ustedes quieren estar juntos”. “Vamos a to’”, que la gente dice: “La camaradería de ustedes, como que esas son tus gentes ahora, como que esa es la gente con la que tú hablas, con la que tú estás”. Es que hay algo que me reclama dentro de mí para el cuerpo de Cristo y me hace sentir bien cuando estoy con mis hermanos. Eso hay que buscarlo, hermano, se llama vida de iglesia. Eso es rozarse, estar juntos: “Hermano, tú estás aquí, yo estoy allá, y estamos juntos aquí”. No solamente estar aquí adorando al Señor el domingo. Eso es importante, adoración corporativa, pero la vida de iglesia, la llamadita entre semana, el cafecito que nos bebemos, el “tú pasas por mi casa y aquí estoy”, el “paso yo por la tuya, nos encontramos en un lugar y nos abrazamos”: esa vida de iglesia llama la atención al mundo.
Estoy dando ejemplos de cómo nosotros podemos ser luz, como una ciudad que ha sido puesta sobre una montaña y su luz se ve desde lejos, expresiones corporativas de ser luz al mundo. Pero permítanme enseñarles también algunos aspectos puntuales, de qué manera podemos encender nuestra lámpara en nuestra casa.
En esto temo, hermanos míos, que pueden tener un testimonio cristiano corporativo, pero en sus casas su lámpara está apagada. Hermano, que no se apague la lámpara del Señor en tu casa, que no solamente sean asuntos que se vean en la iglesia, en el culto, sino que en tu casa también se note que la luz del Señor llegó a ese sitio.
Ejemplos: esto no ha sido variado, quedamos. Miren, un matrimonio cristiano es algo que ante el mundo llama la atención. No le he predicado quizá a nadie, pero el hecho de que las personas vean a los cristianos vivir en vidas familiares —el mundo no celebra la familia, cuenta excepciones—; pero una familia cristiana establecida según principios bíblicos es un asunto excepcional y llama la atención del mundo como luz.
Particularicemos todavía un poco más: un hijo obediente. No hay maldición en los Proverbios para el hijo obediente, sí para el hijo desobediente. Ahora, qué hermoso es el testimonio de un hijo rebelde que, cuando vienen los cambios del Señor, en su casa se enciende una luz. Y dicen: “Las cosas antes eran distintas; el muchacho ahora como que hace caso, y ¿qué es lo que pasó?” Es que la luz se encendió en su casa, iluminó su familia.
Pero qué hermoso es también, así como un hijo obediente, un padre sabio. Que anteriormente lo único que tenía para su hijo eran críticas, mano dura, pero cuando ha venido la familia del Señor es un padre prudente, que no quiere destruir a sus hijos, sino edificarlos. Eso es una luz, hermano, que ha sido puesta en una casa: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres”.
Permítanme explicar ahora a qué se refiere el Señor con poner una luz debajo de un almud. ¿Qué es un almud, cómo un almud es un candelero? La realidad, hermano, es que la mayoría de los judíos en tiempos de Jesús eran muy pobres, que no tenían para comprar una lámpara, un candelero alto, ni con qué poner las lámparas. Se ponían en un saliente de la pared, se colocaba ahí la lámpara. Se estilaba entre los judíos que acostumbraban a comprar granos; el almud era como si fuera un cajón, con lo que se medían los cereales, un cajón con una forma diagonal, una forma piramidal.
Ese cajón estaba normalmente en el techo de la casa, con eso se medía cuando tú comprabas o vendías; era una unidad de medida, tenía la medida de un almud. Pero sucedía que la persona también tenía su almud en su casa y lo utilizaba como un porta-lámpara. Entonces las lámparas se ponían con el almud al revés y se ponía la lámpara encima, y quedaba la lámpara levantada sobre el almud.
Lo que el Señor está diciendo es: tendría que ser muy torpe para poner la lámpara debajo del almud. O sea, para poner una lámpara y cubrirla con el almud, porque entonces se va a mitigar el fuego, no va a alumbrar y tarde o temprano se apagará. Dice el Señor: “Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa”.
Así como dice que la sal puede perder su sabor y volverse inútil, es común que los hermanos que no dejan que la luz se encienda, que no dejan que la luz brille, que no dejan que la luz ilumine tanto como puede iluminar, a un punto tal, hermano, que el fuego, solamente conteniéndolo, se apaga. Naturalmente el fuego se expande; ahora el que contiene tanto el testimonio cristiano lo termina apagando.
No escondas que eres cristiano, deja que se sienta. “Ay, es que yo soy tan prudente que quiero vivir una vida tan reposada, es que tengo la lámpara tan enclaustrada que termino apagándola”. Deja que se sienta, hermano, deja que tu luz brille, y mientras más brilla tu luz, más combustión se produce y más el Señor es glorificado.
La verdadera fuente de la luz y las buenas obras
Paso al final. Recuerden que todo esto es a la luz de las bienaventuranzas. Tengo que hablar en esta mañana, hermano: tú no tienes una luz propia. El único que, dice la Escritura, habita en luz inaccesible es Cristo; o sea, la luz es de Él. Además, Él dijo asimismo, en Juan, capítulo 8, versículo 12:
Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
— Juan 8:12
Y nosotros, ¿qué somos? Se refleja su luz en nosotros, hermano. Pero no hay virtud en ti. Un cristiano tiene que aprender a ver el fruto del Espíritu Santo en él como reflejo: “Esto en mí no es natural, sino que en mí se produce porque se está reflejando algo más: es la vida de Cristo”. Nosotros no tenemos virtud propia. Por ejemplo, un cristiano no es manso porque “yo soy manso”; no es pacificador porque “yo soy pacificador”. Todo esto es el carácter de Cristo que se está manifestando en él.
Dice asimismo Efesios, capítulo 5:
Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz.
Porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad.
— Efesios 5:8-9
O sea, no hay una luz que sea como “yo soy bueno, yo soy santo”. No, todas estas cosas son Cristo, que se está reflejando en mí, a un punto tal que cuando las personas te vean a ti tú tienes que decirles: “No es mío, es de Él”. Y si quieren ver si esas cosas corresponden con las Escrituras recuerden que cuando Moisés subió al monte y vio el rostro del Señor, dice que su rostro resplandecía, había como una luz en él. Cuando los hombres le veían les era un poco molesto y él tenía que cubrirse un poco.
Hermano, ciertamente, si uno dejara que el testimonio de Cristo se manifestara en toda su expresión, sería muy incómodo para el mundo. Y uno, en misericordia, a veces como que tapa un chin, pero no tapen la luz del Señor a un punto tal que apaguen el fuego que el Señor ha encendido en ustedes.
Del mismo modo, dice la segunda carta de Pablo a los Corintios, capítulo 4, versículo 6:
Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.
— 2 Corintios 4:6
No hay en ti, hermano, algo que sea de valor propio; lo que la gente ve en ti es el testimonio de Cristo. Eso tengo que recalcarlo porque si no vamos a terminar en vanidad; vamos a pensar: “Oye, ahora yo soy manso”. No, hermano, todo esto, mientras más veas a Cristo, más el mundo verá la mansedumbre manifestada en ti, más el mundo verá las bienaventuranzas operando en ti. No son cosas que las hacemos nosotros, sino que las hace el Señor.
Después el Señor dice en Mateo, al concluir esta parte: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. La palabra clave es “delante de los hombres”.
Miren, lo que el Señor dio en el sermón del monte estaba chulísimo; Él les había dado algo precioso, pero para vivirlo en el monte. A un punto tal que uno le diría: “Señor, vamos a poner cuatro tiendas aquí, vamos a quedarnos nosotros, que vivimos a la luz de las bienaventuranzas, y vivamos aquí en mansedumbre, unos con otros, en paz unos con otros”. El Señor dice: “No, aquí no; delante de los hombres”.
Con esto, el Señor tumbó de tajo cualquier expectativa de que se convierta esto en un monasterio. Era muy “chulo” estar en el retiro con el Señor, sus discípulos, pero: “Vamos a quedarnos en el monte”. No. Ahora vamos para la ciudad y vamos a vivir esto delante de los hombres.
¿Usted quiere saber si esto es intencional? Miren, quizás a setenta kilómetros del monte donde el Señor estaba predicando las bienaventuranzas, había una comunidad que vivía en reclusión en el desierto; eran los judíos esenios, en un lugar llamado las cuevas de Qumrán, y saben cómo se hacían llamar ellos: “Los hijos de la luz”. Claro, aquí en una cueva todo el mundo en cuevas, vamos para la ciudad, para que tú veas lo que es bueno, hermano.
La vida cristiana sería muy chula si uno la viviera siempre en un contexto de retiro, en el claustro. Aquí estamos todos en retiro, en un monasterio, donde no nos tocamos con el mundo. Cristo picaba, saben por qué, porque Cristo predicaba estas cosas, no solamente en el monte, sino también a la orilla del mar. Cristo bajaba a la ciudad. Vivir estas cosas… es más, si Cristo se hubiera quedado en el monte, no lo persiguen. Cristo molestaba porque bajó a Judea, porque bajó a Jerusalén.
Había judíos que predicaban esto mismo por las cuevas; los esenios eran “perfectos”, hermano. ¿Ustedes saben cómo vivía un esenio? Uno dice: “Oye, pero esas personas tenían las bienaventuranzas por cinco”, pero en la cueva. Ahora Cristo está diciendo aquí: “Delante de los hombres”. Lo que yo he dado aquí no es un manifiesto para un monasterio, para que vivamos en reclusión a la luz de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas se viven a la luz del día y en el contexto práctico de la vida. No es un asunto íntimo solamente; yo tengo que aterrizar las bienaventuranzas.
Y el Señor menciona una palabra que tengo que explicar: dice “buenas obras”. Dice que Él quiere que los hombres vean nuestras buenas obras. ¿Qué son las buenas obras? Cuando se menciona “las buenas obras”, casi todo el mundo aterriza a ponerse la mano en el bolsillo para darle al necesitado. “Los hombres van a ver nuestras buenas obras y van a glorificar al Señor, eso es que yo tengo que dar limosna”.
Eso, si tú vienes de un contexto católico, te enseñaron que eso es “buenas obras”: la limosna al pobre que está en la escalinata del templo. Quien se pone la mano en el bolsillo está haciendo buenas obras. Y quien se pone la mano en la boca también, y quien se pone la mano en los ojos también, y quien se pone la mano en los oídos para no oír lo que no tiene que oír también.
Hermano, tus buenas obras son toda la bienaventuranzas que están ahí: un corazón limpio, mansedumbre, misericordia, hambre y sed de justicia. Cuando los hombres vean tus buenas obras, ¿qué ven? ¿Que te pusiste la mano en el bolsillo? Gloria al Señor, eso es misericordia. Te tapaste los ojos para no ver lo que no tenías que ver: gloria al Señor. Te tapaste los oídos ante una conversación imprudente: gloria al Señor, porque los hombres están viendo tus buenas obras.
Nuestra esencia no son obras nuestras, sino obras de Cristo que se están manifestando en tu vida. Lo pongo todavía más práctico, hermano: ¿cuándo fue la última vez que tú quitaste una canción en la radio porque esa canción no contribuía a que tú fueras sal?
Aterrizando la luz y la sal en lo cotidiano
Me siguen en esto, hermano, yo no estoy tratando de ponerlo más aterrizado, estoy descendiendo del monte, estoy aterrizando esto a la ciudad. Es lo más aterrizado que lo puedo poner. ¿Cuándo fue la última vez que en el radio tú cambiaste la emisora porque esa canción específica no era una canción que ayudara al propósito de que tú fueras sal en tu carro? “Porque aquí va gente conmigo. Vamos a cambiar esa canción, que es una canción que no está siendo sal”.
¿Cuándo fue la última vez que dejaste una película por mitad, que tú dijiste: “Los ojos de un cristiano no son dignos para ver esa película”? ¿Cuándo fue la última vez que dejaste una serie que tú estabas mirando porque esa se complicó? Las series comienzan chulas y después te están metiendo para lo hondo, a un punto tal que tú caminas con ellos a cualquier perversión y tú como que no te das cuenta. ¿Cuándo fue la última vez que tú te despidiste de una serie de televisión y dijiste: “Miren, sigan ustedes, que yo aquí me apeo”?
Hermano, ¿qué dijiste tú cuando estaban “Las sombras de Grey” en el cine? No quiero yo preguntar, hermano, pero qué despropósito sería que hermanos nuestros estuvieran acudiendo a ver ese tipo de cosas. Ser sal y luz. Trato de ponerlo al nivel básico, hermano, al nivel básico.
¿Cuándo fue la última vez que tú intencionalmente elegiste no hablar, no oír, que tú te saliste, que dijiste: “Miren, no, no puedo”? “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres”.
Y termino aquí: el propósito de todo esto es la gloria del Señor. No es que la gente diga: “¡Wow, qué magnífico, tú sí eres bueno!”, no; que glorifiquen al Señor. Dice en otra porción de la Escritura: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de forma tal que reciban al Señor en el día de la visitación”. Hermano, el camino del Evangelio lo asfaltamos nosotros con nuestro testimonio y después la gente cruza.
Cierro aquí, hermano. Sería cómodo esperar que todo esto funcione a nivel institucional, y ayuda. Tengo cierta carga porque nosotros, los cristianos, ahora la tendencia es el activismo, hermano. No piensen que es que me opongo a esto, yo celebro que haya instituciones cristianas que estén trabajando para que haya leyes morales, que estén trabajando para que la moralidad prevalezca en los medios, para que despropósitos pecaminosos no avancen.
Sin embargo, el pleito lo estamos poniendo nosotros en la trinchera. Póngase la mano en la cabeza, hermano, y si se hiciera una encuesta ahora mismo acerca de temas morales, usted se daría cuenta que la iglesia y el mundo no están muy lejos. Yo celebro, por ejemplo, el grupo Acción Cristiana, que está buscando que las leyes inmorales no avancen. Pero si nosotros hiciéramos encuestas en nuestras propias iglesias, nos daríamos cuenta que lo que le estamos pidiendo al Congreso ni siquiera en nuestras congregaciones es una realidad.
Que el Señor nos libre de tal vez estar pidiéndole al mundo que viva las bienaventuranzas cuando nosotros mismos no somos sal y no somos luz. Pidámosle, hermano, al Congreso que no pasen esas leyes, pero seamos nosotros los primeros en que no prevalezcan esos valores en nuestras casas, en nuestros negocios y en nuestras vidas diarias.
Pasaríamos la vergüenza del siglo, hermanos: nosotros pidiéndole al mundo, y cuando nos enseñen las encuestas nos digan: “Mira, nosotros fuimos a encuestar entre ustedes, y entre los cristianos el 30% está de acuerdo con el matrimonio entre homosexuales, ellos dicen que eso está normal”. Ajá, ¿y tú estás pidiendo por eso en público? Hermano, líbrenos el Señor de dejar de ser luz y dejar de ser sal.
El reino no avanza con el activismo, el reino avanza cuando nosotros, de manera sencilla, vivimos a la luz de las bienaventuranzas. Oro al Señor para que esto sea una realidad entre nosotros.
Ay, Señor, te pido que avives el fuego que hay en mis hermanos, esa llama que tú has encendido en nosotros, Señor, que es la llama del Evangelio. Permite que tenga, Señor, brisa fresca, oxígeno nuevo, que suceda en mis hermanos la combustión del Espíritu Santo, que se mueva en ellos a un punto tal que iluminen el lugar donde están. Quita, Señor, cualquier impureza de nuestra sal, cloruro de sodio puro, Señor, quita la cal de nosotros, quita cualquier elemento que haya en nuestra vida que esté entorpeciendo la labor que tenemos que hacer en el mundo. Cuida mis ojos y los de mis hermanos, Señor, cuida nuestros oídos.
Hermano amado que estás aquí, si en este momento tienes que tomar una resolución de no escuchar determinada música, resuélvelo. Si en este momento tienes que tomar la decisión de no seguir una serie de televisión, hazlo. Si en este momento, hermano, tienes que tomar una decisión de apartarte de determinada relación que ofende a tu Dios, sé sal. Si en este momento tienes que renunciar a una oportunidad de negocio para ser luz, sé luz.
Ay, Señor, danos la fuerza, no solamente —allá dando tu ayuda— para identificar las oportunidades, danos también la valentía, Señor, de operar a la luz de las bienaventuranzas en medio de la ciudad. Te pido, Señor, por esta iglesia, que no seamos un reclusorio donde las personas se celebran los unos a los otros, sino que vayamos a pagar el precio, Señor, de la mansedumbre, de la paz, de la paciencia, de la justicia en medio de los hombres.
Permítenos descender del monte, Señor, y llegar a la ciudad. Permite, Señor, que la iglesia evangélica Pez Mundial verdaderamente habite en medio del mundo de una manera diferente. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesucristo. Amén. Que el Señor les guarde, hermano, que el Señor les acompañe.
Recuerden que el próximo domingo tendremos al pastor Joel Betancourt, de la iglesia Misión Bíblica, predicando en nuestra iglesia. Que el Señor les bendiga.