Les invito a que, ahí donde están, cierren sus ojos un momento y nos encomendemos delante del Señor.
Gracias, Padre, porque tenemos este privilegio y este libre acceso a tu Palabra. Gracias, Señor, porque no solamente tenemos las Sagradas Escrituras, sino que también tenemos tu Santo Espíritu, que es nuestro ayudador, que nos ayuda a entenderla y nos ayuda a obedecerla. Gracias, Señor, porque podemos hoy dar testimonio de que tu presencia ha estado en medio de tu pueblo y de que, de una manera o de otra, nuestros hermanos han visto tu mano interviniendo a favor suyo y en sus vidas.
Te pedimos, Padre, especialmente por esta grata oportunidad en la que podemos exponernos al mensaje de tu Palabra, con la expectativa, Señor, de que cale hondo en nuestro corazón. Te encomendamos aquí a la congregación que ya creyó y que tiene en ti puesta su confianza, y te encomendamos también, Señor, a aquellas personas que están hoy en medio nuestro y que todavía no han tomado la resolución de poner en ti toda su confianza, de ir a las aguas del bautismo para admitir, Señor, que en ti han creído y que son verdaderos cristianos.
Permite que tu Palabra predicada haga en nosotros su buen efecto: que algunos, Señor, seamos animados, y que otros sean atraídos por tu Palabra a tus caminos. Te damos gracias específicamente, Señor, porque las bienaventuranzas han estado en la mente de nuestra iglesia ya por dos semanas. Permite que también en esta semana el mensaje de las bienaventuranzas —mensaje dado por tu Hijo cuando estaba en medio nuestro— cale hondo en nuestro corazón. Acompáñanos en este tiempo, Señor; pastorea tu iglesia a través de tu Palabra. En el nombre de Jesucristo, amén.
Lectura de las bienaventuranzas
Acompáñenme, hermanos, al libro de Mateo, capítulo 5. Ya por tres domingos hemos considerado, con la ayuda del Señor, las bienaventuranzas, en grupos de tres en tres, y hoy terminaremos con dos.
Lo que haremos es, tal como hemos hecho antes, leer las bienaventuranzas completas y después pasar a exponer aquellas que tenemos todavía pendientes. Tenemos pendiente «bienaventurados los pacificadores» y también «bienaventurados los que padecen persecución a causa de la justicia». Para recapitular leeremos el capítulo 5 desde el versículo 1 hasta el versículo 12 completo, y después entonces nos concentraremos en los versículos particulares. Dice así la Palabra del Señor:
Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.
— Mateo 5:1-12
Dice nuestra introducción a esta última sección de las bienaventuranzas que, después de considerar las primeras seis —esto es, bienaventurados los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos y los de limpio corazón—, podemos considerar las últimas dos: bienaventurados los pacificadores, que es otra de las cualidades que debería adornar nuestro carácter, y por último las consecuencias esperables de vivir contra la corriente de un mundo caído, bienaventurados los que sufren persecución.
No es una agenda utópica: solo soy el mensajero
Veremos que las bienaventuranzas no son una agenda utópica. Esto no es un sueño, tampoco son recomendaciones idealistas no aplicables, sino que son un llamado costoso a un estilo de vida radicalmente distinto al del mundo. Tanto, que quienes, impulsados por el Espíritu Santo, nos dedicamos a cultivarlas, deberíamos prepararnos para ser perseguidos y buscar aliento en las promesas. ¿Cuál es la promesa? Que, a pesar de lo difícil que puedan llegar a estar las cosas, el reino es nuestro y grande es nuestro galardón.
El Señor se ha encargado de que cada vez que voy a exponer esta bienaventuranza, de algún modo, me clave los punzones y me recuerde que no soy digno de predicar estos sermones. Yo había pensado que esta materia la manejaba de manera extraordinaria, pero la realidad, hermanos, es que aquí no hay nada que traer: yo fracasé, me declaro incapaz, las bienaventuranzas me superan. Cada vez que me he preparado para exponerlas, de tres en tres o de dos en dos, el Señor se encarga de enseñarme que el conocimiento que yo tenía acerca de lo que era ser bienaventurado no era tal, y que si acaso yo pensaba que lo era, fracasé. Necesito cultivar esto más profundamente, y mientras más lo entiendo, más lejos me descubro de la voluntad del Señor. Si esto no estuviera escrito, con la autoridad que tiene, yo ni siquiera lo predicara. Ahora, como yo no soy la autoridad, sino que solamente soy el mensajero, voy a exponer la bienaventuranza tratando de que sea de provecho para ustedes y también para mí.
Yo recuerdo una historia que leí hace mucho tiempo, de esas historias que a veces uno no sabe qué es verdad y qué es ficción. En una de las primeras visitas que hizo Albert Einstein a Estados Unidos le asignaron un chofer, y este lo acompañaba a todos los lugares. Cada vez que iba a una universidad a dar una conferencia, el chofer iba con él; cada vez que tenía una reunión para hacer una exposición acerca de la teoría de la relatividad, el chofer iba con él.
Llegó un punto tal que un día llegaron a un lugar donde no conocían al profesor Einstein, y el chofer despejó la fórmula de la relatividad, y la gente lo recibió con una ovación de pie. Pensaron que ante ellos estaba el doctor Albert Einstein, pero realmente no era el doctor, sino el mensajero. Había escuchado esto tantas veces que explicaba la teoría de la relatividad como si fuera algo suyo, pero era solamente el mensajero, era solamente el chofer, era solamente quien llevaba al profesor Einstein de un lugar a otro.
Lo mismo digo con esto, hermanos: yo vengo a predicar las bienaventuranzas y solo las menciono como algo que ha predicado el Señor y que nos ha sobrecogido a todos nosotros. El Señor es la autoridad en las bienaventuranzas; esta no es una autoridad propia, esto no es un testimonio personal, sino que son mensajes que el Señor nos ha dejado y que deberíamos todos nosotros tratar de cultivar.
Bienaventurados los pacificadores
Pasemos al primero de ellos. Estoy en el versículo 9:
Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
— Mateo 5:9
Así como el Señor se encargó de enseñarnos qué era un pobre en espíritu y que eso era una bienaventuranza, y los que lloran, y los mansos, ahora el Señor se dedica a invitarnos a vivir siendo pacificadores, y nos enseña esto como algo deseable, como algo que deberíamos cultivar.
Les recuerdo lo que dije en la primera introducción de estos sermones: las bienaventuranzas no son solamente cualidades que están ahí, a ver si tú las tienes, sino que son lo que el Señor espera que adorne el carácter de cada cristiano. Y no es algo que uno sale a buscar por sus propios medios, sino que las bienaventuranzas son cualidades que el Señor siembra en el corazón de los verdaderos cristianos. Nosotros podemos cultivarlas, pero es el Espíritu Santo quien pone eso en ti.
Todo cristiano es apto para vivir las bienaventuranzas: el Señor ha puesto en él esta semilla, la semilla del evangelio. Sin embargo, no todos los cristianos manifiestan por igual todas las áreas de las bienaventuranzas, y esto es porque necesitan ser cultivadas, con la ayuda del Espíritu Santo. Al Señor le place cultivar la mansedumbre, o cultivar ese reconocimiento interior de que tú no tienes nada y que él lo tiene todo —pobre en espíritu—. Del mismo modo, el Señor espera sembrar en ti la semilla de lo que significa ser un pacificador, y espera que tú te dispongas a cultivar esta bienaventuranza.
Me llama la atención, y a modo de consideraciones generales les diré, que el Señor no se detiene en asuntos puntuales, sino que habla plenamente de lo que es la paz y nos llama a ser pacificadores a nivel general. Digo esto porque veo con preocupación cómo muchas personas invitan a los otros a vivir en paz, pero en determinados aspectos de la existencia; quieren que no haya conflicto en determinadas áreas. Pero el Señor nos llama de manera global y nos dice: bienaventurados los pacificadores.
De manera plena. Y si me preguntaran: «Pastor, ¿en qué áreas hay que ser pacificador o buscar la ausencia de conflicto?», sin ánimo de ser exhaustivo yo le diré que la primera relación que tiene todo ser humano es su relación con Dios. Hay una paz que uno llega a tener en su relación con Dios. Hay otra área donde hay conflicto en el ser humano, y son los conflictos interiores de su corazón. Dice el libro de Santiago, capítulo 4, versículo 1:
¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?
— Santiago 4:1
O sea que el Señor apunta también a que hay una guerra que está en el interior del ser humano, en su corazón. Y todas estas cosas se expresan además en el conflicto con nuestros hermanos. Dice la Escritura: bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. No en un asunto puntual específico, sino un pacificador en general: una persona que tiene paz con Dios, una persona que tiene paz en su corazón, y al mismo tiempo una persona que cultiva la paz en sus relaciones y con sus hermanos.
Esta paz debe ser una paz verdadera, y no solamente una falsa proclamación. Han escuchado ustedes quizás hablar acerca de las utopías de otro tiempo y del fracaso que todas ellas han tenido. Era común en el siglo pasado que las personas quisieran vivir en comunidades utópicas, quizás en las afueras, que se mudara un grupo a una comuna y dijeran: «Vamos a vivir nosotros cincuenta, vamos a cultivar tomates y vamos a vivir en paz». Y llegando a la realidad, todas esas comunas terminaron. Se mudaban cincuenta porque entendían que habían hecho una buena selección de personas que podían vivir en paz, pero el mundo vive en guerra, y esa guerra se les metía en su pequeña comuna. Tenían más problemas que los que habían dejado atrás en la sociedad de la cual habían salido.
Quizás han escuchado acerca del idealismo del siglo pasado: que cuando hagamos tal cosa, entonces el problema de la paz quedará resuelto; cuando tengamos una liga de naciones, cuando tengamos la reducción de la pobreza. Quizás alguno de ustedes hasta fue activista, del comunismo, del proletariado, contra la clase opresora, contra la bota yanqui que nos explota, y todas estas cosas. Les traigo la utopía del siglo pasado, hermanos, porque nos decían que la paz vendría. Quizás como lo cantaba Alí Primera en «Casas de cartón»: qué triste vive la esperanza en las casas de cartón; viene bajando el obrero, casi arrastrando los pasos por el peso del sufrir; mira que es mucho el sufrir, mira que pesa el sufrir; arriba deja la mujer preñada, abajo está la ciudad, y se pierde en su gris.
La realidad es que todas estas utopías del siglo pasado que nos decían que el problema de la paz era que había un opresor con una bota grande que aplastaba al pueblo, lo que demostraron es que mucha de esa gente al día de hoy tiene la bota puesta. Aquellos que estaban siendo oprimidos, al día de hoy son los opresores, y realmente no hay paz en el mundo, sino que solamente se cambió la ecuación. Yo no conozco tanto, pero quizás algunos de ustedes también combatían al imperio y a la voz opresora y todas aquellas cosas; muchos de ellos viven al día de hoy dentro del imperio, y no hay paz.
Bienaventurados los pacificadores. No aquellos que hablan superficialmente de una paz que está por llegar y de un idealismo, sino aquellas personas que verdaderamente han conocido lo que es la paz. Y eso es lo que pienso hoy enseñarles: la paz de Cristo es una paz radical. No es solamente el asunto superficial de levantar una pancarta —«no a la guerra, sí a la paz»—, sino una paz que uno llega a experimentar cuando ha sido cambiado verdaderamente de adentro hacia afuera. No es una paz que avanza cuando uno levanta una pancarta muy alta. La realidad es que nosotros somos llamados pacificadores porque, cuando uno conoce a Cristo, el problema principal del ser humano queda resuelto.
Si me preguntaran por qué hay guerras, por qué hay injusticias, por qué los hombres explotan a los otros, les diría que no es un problema de los obreros contra los patronos, del proletariado contra los capitalistas. Es un problema que hay en el corazón de cada hombre, y ese problema se llama pecado. «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros?», dice Santiago, y después se lo responde: «¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?». Las guerras no vienen por injusticias del imperio contra los pueblos latinoamericanos; las guerras vienen porque adentro de nosotros hay maldad. Y cuando el Señor ha resuelto nuestro problema de pecado, entonces nosotros somos llamados pacificadores, porque verdaderamente la paz de Dios gobierna nuestros corazones.
Dice asimismo la Escritura:
Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo.
— Colosenses 3:15
Hermano querido, uno puede ser llamado pacificador cuando el problema interno que hay en el corazón del hombre ha sido resuelto. Cuando la paz de Dios gobierna tu corazón, ya no es una pancarta superficial o un estribillo que tú proclamas, sino que realmente tú vives en paz y llegas a expresar esa paz, no de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera.
Aplicaciones prácticas de ser un pacificador
De nuevo le digo, hermano: no trate de llamarse pacificador a menos que el Señor haya cambiado su corazón de adentro para afuera, porque esto no es un ejercicio material, es la consecuencia natural de que el problema del pecado que había en el corazón del hombre ha sido resuelto. Pero deben existir aplicaciones prácticas: si realmente el Señor ha traído paz y la paz de Dios gobierna tu corazón, esto debería expresarse hacia fuera. Sería inconsecuente que una persona esté siendo gobernada por la paz de Dios y en sus relaciones no se anuncie esa paz.
¿Cuáles son las aplicaciones prácticas de que la paz de Dios gobierne en nuestros corazones a un punto tal que podamos ser llamados pacificadores? Quizás ya el Señor está gobernando tu corazón, pero has sido descuidado en la expresión hacia afuera.
Renunciar a predisponer a alguien contra su hermano. Quiero ser muy puntual en esto. Esto me recuerda la carta de Santiago, que es una carta muy práctica; en la escuela bíblica la estaremos estudiando próximamente. Si la paz de Dios gobierna en tu corazón, no haces ningún intento de predisponer a un hermano contra otro. Y tú me dices: «Pastor, pero yo no hago eso». Alguien te habla a ti del hermano A y le hablas del hermano B, y le dices: «Mira, él es así, él es muy bueno, pero él tiene tal situación», sin que tuvieras tú que mencionarlo. «¿Ah, entonces usaba tatuajes?». «Ay, sí, pero mira, él no… mejor no te digo nada de él, yo voy a esperar que tú mismo lo conozcas». Y ya lo predispusiste. Según el libro de Proverbios, hay maldición para aquel que causa conflictos entre los hermanos. Si realmente la paz de Dios gobierna tu corazón, deberíamos renunciar absolutamente a cualquier intento de predisponer a una persona contra otra.
Buscar intencionalmente la armonía, a un punto tal que la falta de armonía nos haga un ruido interno que no nos deje quietos. Yo no tengo buen oído, hermanos, pero tengo un amigo —no estamos tan cerca últimamente— que es una persona muy conocedora, un maestro del violín, y él tiene la capacidad de que la falta de armonía en una pieza musical le hace un ruido interno tal que tiene que taparse los oídos y decir: «Quiten eso, que me molesta». Ha cultivado tanto la armonía que cuando siente que se perdió el tiempo, cuando siente que una nota con la otra no funcionan juntas, eso le produce un sufrimiento interno, le molesta demasiado. Dice la Escritura: «Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía». Si la paz de Dios gobierna tu corazón a un punto tal que eres llamado pacificador, cualquier problema de armonía en la iglesia cristiana te va a hacer un ruido tan grande como el del músico que prefiere dejar de tocar y dice: «Vamos parando, para ver si agarramos el tiempo y recuperamos la armonía».
Una predisposición a la reconciliación, y esto se manifiesta dando el primer paso. Llama la atención que lo que la Escritura enseña sobre la reconciliación en el Nuevo Testamento es disruptivo con relación al mundo. El mundo te enseña que si alguien te ofendió, deberías estar de brazos cruzados esperando que algún día esa persona venga a ti a buscar la reconciliación. ¿Qué dice el evangelio? Si tu hermano peca contra ti, ve tú y busca a tu hermano. Debe haber en todo cristiano en quien la paz de Dios gobierna su corazón una predisposición a buscar activamente la reconciliación. Han visto ustedes a esa persona que se queda en su soberbia, inundada de su ira: «Yo estoy esperando que me vengan a pedir disculpas, estoy esperando que vengan a quitarme el agravio». ¿Qué dice la Escritura que hace un cristiano? Un cristiano está predispuesto a reconciliarse, y él da el primer paso.
Aprender a perdonar por convicción y esperar que en algún momento suceda el sentimiento. Está aquella persona que dice: «No, yo no te perdono porque…». Mire, hay veces que usted va a perdonar por convicción y le dice a su hermano: «Yo no sé, hermano, no te puedo decir con sinceridad que en mi corazón haya todavía una efervescencia favorable hacia ti; mis convicciones y mis sentimientos no se han puesto de acuerdo, pero por convicción te perdono. Te perdono, y oro al Señor para que aleje de mi corazón cualquier sentimiento negativo, cualquier pensamiento hostil hacia ti. No te garantizo que en este momento haya una efervescencia favorable en mi corazón hacia ti, pero te perdono por mi convicción, porque estoy llamado a perdonarte. Hermano, no tienes ni que pedírmelo: estás perdonado. Ayúdame a orar al Señor para que podamos restablecer nuestros afectos, para que podamos de nuevo disfrutar de estar juntos. Pero te perdono por convicción, no por lo que mi corazón me diga, sino por lo que mi Señor me enseña».
Dominar la lengua. Yo no encontraba la manera de acomodarlo; hay veces que uno tiene la oportunidad de enseñar algo pero no ve cómo darle armonía en el bosquejo. Pero tengo que decirle que para uno ser un pacificador hay que dominar la lengua. Gran parte de los conflictos en las relaciones, hermanos, es porque alguno no amarró su lengua a tiempo y habló de más. Pacificador es aquel que pudo haber dicho algo y se calló, y dijo: «Mira, yo lo estoy por decir… no lo digo, no lo digo, porque mi comentario no va a traer paz». Guardé silencio, y mi silencio trajo paz.
Renunciar a cualquier actitud beligerante. Dice la Escritura que nuestras palabras sean sazonadas con sal. Yo tengo una queja, porque hay hermanos míos a quienes veo como que tienen una predisposición a la beligerancia. Yo mismo he tenido que tener cuidado de mí, porque hay veces que uno dice una cosa con sus palabras, pero la actitud con que lo dice es una actitud beligerante. Bienaventurados los pacificadores: aquellos que, cuando van a exponer un punto de vista, lo colocan con tanta elegancia que pueden decir lo que van a decir cuidando de no ofender a este ni a aquel, y esperando que esto no sea malsonante para el otro. Gloria al Señor por aquel hermano que, cuando habla o emite una opinión, es un pacificador. Hay gente, hermanos, que no ofende tanto por lo que dice, sino por cómo lo dice. Quiera el Señor que se manifieste en nosotros este dominio del hombre interior, a un punto tal que seamos llamados pacificadores.
Esto es importante, hermanos. Miren tan importante que el libro de Hebreos, en el capítulo 12, relaciona la paz con la santidad al mismo nivel:
Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor; mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados.
— Hebreos 12:14-15
Y eso es una realidad. La amargura es esa mala salida que tuviste con un hermano, ese encontronazo que se quedó en tu corazón y creció. Dice la Escritura en Hebreos que eso puede estorbarte e impedir que alcances la gracia, y coloca la santidad al mismo nivel que la paz. Es grave ante el Señor una persona que no cultiva la paz: está en la misma categoría que los borrachos, los homicidas y los adúlteros. «Ay, es que yo no soy un pecador». ¿Y estás tú cultivando la paz? Dice la Escritura: cultiva la santidad y también la paz, sin las cuales nadie verá al Señor. Bienaventurados los pacificadores; tenemos que buscarlo intencionalmente.
Les he hablado principalmente acerca de la paz en las relaciones personales, pero un cristiano también tiene una predisposición a reconciliar a los hombres con Dios. Es más: el perfil que se nos da a nosotros en el Nuevo Testamento es el de embajadores. Dice Isaías que hermosos son los pies de aquellos que anuncian la paz. O sea que todo cristiano tiene que verse a sí mismo como embajador, una persona que tiene la capacidad de hacer relaciones en nombre de alguien. En los talleres de membresía, en uno de ellos se habla acerca del evangelismo, y yo les explico a mis hermanos que un embajador es una persona que ha sido autorizada a relacionarse en nombre de otro, a un punto tal que tú no tienes que llamar a esa persona, sino que tú mismo puedes entablar la relación. Dice el apóstol que el Señor nos llama embajadores, como si Dios mismo rogase por medio de nosotros: os rogamos, reconciliaos con Dios.
Estamos llamados nosotros a ser pacificadores, porque la paz nos define, y al mismo tiempo andamos buscando constantemente oportunidades de reconciliar a los hombres con Dios, de llevar paz al corazón de los hombres, al mismo tiempo que reina la paz en sus relaciones interpersonales. Bienaventurados los pacificadores.
Déjenme darles la ñapa antes de pasar a la última. No trate de ser un pacificador por sus propios medios. El primer paso para usted llegar a ser un pacificador es que la paz de Dios gobierne su corazón. Si la paz de Dios no gobierna tu corazón, por tus propios medios no podrás gobernar tu lengua; si la paz de Dios no gobierna tu corazón, por tus propios medios no vas a buscar la reconciliación en tus relaciones interpersonales; si la paz de Dios no gobierna tu corazón, de nada sirve que tú hables de traer paz. Primero la paz de Dios gobierna tu corazón, y eventualmente se manifiesta hacia fuera.
Bienaventurados los que padecen persecución
Pasemos a la siguiente:
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
— Mateo 5:10
Lo que vino a continuación no es otra bienaventuranza, sino una amplificación de la misma bienaventuranza. El Señor la vuelve a recapitular y dice: «Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros». Esta última bienaventuranza el Señor la proclamó primero en tercera persona y después la amplificó en segunda persona.
Me llamó la atención que las bienaventuranzas terminan con la misma promesa con la que comienzan. Por ejemplo, la primera dice: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos», y la última dice lo mismo en el versículo 10: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». El tema central de todas las bienaventuranzas es el reino de los cielos: de quién es el reino de los cielos, quién hereda el reino de los cielos, quién tiene las cualidades para ser un habitante digno en el reino de los cielos. Terminan del mismo modo en que comienzan. Y en esta última el Señor nos dice que estemos preparados porque vamos a tener persecución, y nos enseña también cómo asumirla.
Lo que no es persecución
Introduzco esta bienaventuranza, hermanos, quitando cualquier prejuicio acerca de lo que es la persecución, porque tengo el temor de que, al vivir nosotros con tanta libertad, podamos reducir la persecución a un simple capricho. Cuando uno lee esta bienaventuranza, todo el mundo siente que está siendo perseguido: «Bienaventurados los que son perseguidos». «¡Ay, ese soy yo, hermano!». Miren, de la persecución cristiana quizás nosotros no hemos experimentado ni siquiera un uno por ciento. Si usted busca en la historia de la Iglesia lo que ha sido la persecución contra los cristianos, se da cuenta de que usted vive en un idilio. Nosotros vivimos aquí con tanta libertad que encontramos que cualquier pellizquito es persecución. Persecución no es eso, hermano; persecución no son cosas superficiales.
Los apóstoles y nuestro Señor Jesucristo, esos sí fueron perseguidos, hermanos; y otros que habitan ahora mismo en regiones del mundo donde hay gran hostilidad, esos están siendo perseguidos. Que a usted alguien le puso la boquita larga y le hizo un chip, eso no es persecución, hermano; eso son caprichos. Yo digo esto porque siento que los cristianos en este tiempo somos tan sensibles que todo nos parece persecución por causa de la justicia. «¡Ay, me están persiguiendo!». No, hermano, esos son caprichitos, cosas menores. Es cierto que tarde o temprano seremos perseguidos, pero tengo que decirte lo que no es persecución, porque cuando te llegue la verdadera persecución te vas a morir del susto. Si tú estás entendiendo que cualquier pellizquito contra un cristiano es persecución por causa de la justicia, cuando te llegue la verdadera te vas a morir. Persecución no son caprichos.
Tengo que introducir esta última bienaventuranza quizás de manera negativa: qué no es persecución.
El avance del pecado en el mundo. Algunos me dirán: «Estamos siendo perseguidos porque el pecado del mundo está avanzando». Que avance el pecado en el mundo no es persecución. «Es que pusieron un nuevo drink cerca de mi casa; estoy siendo perseguido». Hermano, cuando te lo amarren y te metan en el drink amarrado, estabas siendo perseguido; pero que abran un drink en la esquina, eso no es persecución. Somos tan sensibles a veces que entendemos que cualquier expresión de la maldad es que estamos siendo perseguidos por causa de la justicia. No, hermano.
Uno quisiera que, en vez de avanzar la maldad, prevalezca la justicia, y que haya menos bares en Santo Domingo; pero que abran una nueva banca, que abran un nuevo drink, eso no es persecución. Como no te obliguen a meterte ahí dentro y te embriaguen contra tu voluntad, entonces sí podría decirse que estás siendo perseguido por causa de la justicia. De nuevo, no es que estemos a favor de que eso prevalezca; lo que le tengo que decir es que eso no es persecución. Escucho constantemente: «Ay, sí, porque la promiscuidad sexual, es que hay ahora matrimonio entre homosexuales». Hermano, eso es aberrante ante el Señor, pero que los homosexuales se casen no es persecución. Cuando te obliguen a ti, o te impidan el matrimonio entre un hombre y una mujer, entonces hablamos de persecución. Eso es que avanza el pecado, la promiscuidad; son señales de los últimos tiempos y cosas esperables. De nuevo, recuerde, hermano, que no es que estemos a favor de nada de eso; lo que tengo que decir es que eso no es persecución por causa de la justicia.
Conflictos interpersonales comunes. Es lo normal que usted, en el edificio donde reside, tenga problemas entre los condóminos. «Ay, estoy siendo perseguido por causa de la justicia». No, esos conflictos también los tienen los impíos en sus condominios. «Es que en mi junta de vecinos la gente no se pone de acuerdo». No es porque tú eres cristiano; ahí hay juntas de vecinos compuestas solamente por incrédulos y tienen los mismos problemas. Son asuntos de la vida, hermano, cosas que suceden. Un jefe difícil es difícil para todos; no vayamos a pensar que solamente los cristianos tenemos jefes difíciles. Ahora, cuando se le obligue a usted a hacer cosas contrarias al Señor, esos son otros cien pesos.
Buscarse uno mismo la persecución. Hay hermanos míos que salen a buscarla. Dice la Escritura que nuestra oración debería ser que vivamos quieta y reposadamente. No hay que salir a buscar la persecución. «Es que yo quiero ser perseguido». Hermano, no sea así. Si la persecución no ha llegado, aprovecha el contexto para predicar el evangelio, para vivir la vida cristiana, pero no anheles ser perseguido. Seremos perseguidos, pero no es algo que anhelamos. Veo también en hermanos míos cierto asunto de hacerse la víctima y de granjearse una persecución por sus propios medios. Estaba aconsejando a un querido hermano que fue a Cuba y se dedicó a decir tres cosas contra Fidel, y llamaron a capítulo a la gente que lo había invitado. ¿Estamos llamados nosotros a eso, hermano? Un hermano fue invitado a predicar y, en vez de predicar el evangelio, se dedicó a oponerse al régimen. Ese es otro llamado. ¿Usted vio a Pablo criticando a Nerón o a Domiciano, a alguna de esa gente? Ese no es el llamado de un cristiano. «Ay, sí, ahora me impidieron la entrada, estoy siendo perseguido». No: ese se granjeó su persecución por su falta de tacto y por no predicar el evangelio.
Yo quisiera siempre predicar de manera positiva; ahora estoy diciendo lo que no es persecución, porque sí hay persecución, hermanos, por causa de la justicia y por causa de Cristo. Pero eso no lo es.
Que no le den un trabajo por causa de su fe. «Hermano, hay trabajos determinados que no me los han dado por causa de mi fe. Usted aplicó para ese trabajo y, porque usted era cristiano evangélico, prefirieron no dárselo». Hermano, eso tampoco es persecución. Esa gente lo que está haciendo es cuidándote el alma: ellos saben que un cristiano evangélico estaría expuesto ahí a cosas que él no haría. Una curiosidad: mi primer trabajo en tecnología fue con un abogado a quien aprecio mucho todavía el día de hoy; pero había otro amigo mío que trabajaba con otra persona en otra empresa de tecnología, y él me dijo: «Mira, aquí pagan más de lo que te están pagando a ti; mándame un currículum». Cuando yo fui a la reunión, me hicieron diferentes preguntas y al final me preguntaron asuntos de la fe, y a mí me sorprendió. Yo concluí que no me dieron el trabajo porque yo era cristiano. «¡Ay, estoy siendo perseguido por causa de la justicia, porque ese trabajo que tiene tan buen salario no me lo dieron!». Después yo me enteré de que el propietario de esa empresa era un malvado, porque tenían negocios de pornografía por internet y asuntos así, y él parece que entendió que yo, siendo cristiano, no era el hombre para ese trabajo. Esa persona me estaba amando. No me dieron el trabajo, y yo dije: «Estoy siendo perseguido». No: estaba siendo cuidado providencialmente. Que no te den un trabajo por tus convicciones cristianas no es que te estén persiguiendo, hermano; lo que pasa es que saben que hay cosas que un cristiano no hace. Así que no te hagas la víctima.
Los avatares de la vida. Yo sospecho que la mayoría de nosotros todavía no hemos enfrentado verdadera persecución por causa de la justicia. Este es un mundo de altas y bajas. Hay gente a la que le va bien y otros a los que no les va tan bien. Hay dos personas: una trabaja con constancia, con dedicación y con sacrificio, y hay otra que trabaja con constancia, con dedicación y con sacrificio, y por los avatares de la vida a una le va bien y a la otra le va mal. «Es que yo soy muy pobre porque yo soy cristiano». No, hermano; hay gente que es impía y también es pobre. «Es que yo tengo mucha necesidad, pero lo que pasa es que yo no transijo mis valores». No, hermano; hay impíos que están dispuestos a hacer lo que tú no haces y también les va mal. Que una persona tenga necesidades y carencias materiales no significa necesariamente que eso sea persecución por causa de la justicia; significa que no le fue bien, por la razón que fuera. Hay personas que dicen: «Yo trabajé tantos años en tal lugar y no salí de ahí rico porque yo soy serio». Hay delincuentes que trabajaron ahí también y tampoco se hicieron ricos. Es verdad que hay veces que, por causa de hacer la voluntad del Señor, tendremos que sacrificar cosas, pero no necesariamente eso es siempre persecución por causa de la justicia.
El fanatismo religioso. Uno no está llamado a ir al mundo a quitarle a la fuerza sus pecados. Pero hay un hermano que leyó que el Señor entró al templo y volteó las mesas, y entonces se metió en el drink que le mencioné ahorita y le botó la bebida a la gente. Y se fue preso. «Ay, ¿y eso no es persecución por causa de la justicia?». No, hermano, eso no es persecución por causa de la justicia; eso es fanatismo religioso. Estamos llamados a oponernos a todas las manifestaciones de la maldad, pero usted no está obligado a voltearle a nadie su whisky, ni a quitarle la bebida de la mano y apartarlo. Usted puede darle un buen consejo, usted puede orar por ellos, pero nosotros no estamos llamados a eso. El apóstol Pablo se metió en un templo de esos paganos y vio los ídolos, y no rompió ninguno.
«Ay, hermano, es que cuando yo dejé el catolicismo romano yo fui donde mi mamá y le rompí los ídolos». ¿Los ídolos son suyos? ¿Los compró usted? Solo le hizo daño a su mamá. No me malentiendan: estamos opuestos a cualquier tipo de idolatría, a cualquier expresión de ella, pero si el día tal la gente sale con la virgencita y todo ese asunto, no hay que pincharle la guagua, no hay que tirarle, no hay que impedirle la entrada. Nada de eso, hermano; y si usted lo hace, se está granjeando la consecuencia por su fanatismo. Eso no es ser perseguido por causa de la justicia.
El activismo político. Ahora la gente lo confunde con el activismo religioso. Hay gente que defiende causas políticas y, cuando les viene la dificultad… No está mal defender causas políticas, hermanos, pero hay que diferenciar una cosa de la otra. Yo a veces, por la emoción, no quisiera dejarme llevar y hacerle un flaco favor a la cosa, así que digo esto con cuidado: miren, Martin Luther King no es un mártir. Él era un pastor protestante que al mismo tiempo hacía su trabajo religioso y al mismo tiempo defendía otras causas políticas, y por sus causas políticas fue agredido. No como el apóstol Pablo, a quien dejaron por muerto, y era predicando el evangelio que le sucedió. ¿Estaba mal lo que hacía Martin Luther King? No, no estaba mal. Yo no estoy solo en esto: alguien exponía esta situación y decía que en tiempos de los nazis en Alemania muchos cristianos fueron perseguidos por causa de la justicia —se les impedía congregarse, se les impedía desarrollar su vida cristiana normal, se les pedía que hicieran cosas abiertamente ofensivas al Señor—; esos fueron perseguidos. Pero hubo muchos otros hermanos que fueron perseguidos por un activismo contra un régimen político. Una cosa es un mártir y otra cosa es un activista.
No está mal, hermano, que usted salga a la calle a defender el cuatro por ciento, o el asunto de la cementera en Los Haitises, o Loma Miranda, y nada de eso. Pero si usted coge su bandera para ir defendiendo eso, no venga a decir aquí que por lo del cuatro por ciento un guardia le dio un asunto y usted está siendo perseguido. Ahí no aplica la promesa del Señor. Hay que ponerse la diferencia, hermano. Como cristianos, nosotros somos ciudadanos de un país, y usted como ciudadano puede estar invitado a ir a levantar pancartas, pero eso no es ser perseguido por causa de la justicia. Usted está siendo perseguido porque se opuso a una política o a la otra. Puede hacerlo; lo que está mal es confundir eso con ser perseguido por causa de la justicia.
Perseguidos por causa de Cristo
Me llama la atención que el Señor, para evitarnos cualquier duda, amplificó la bienaventuranza. Yo a veces leo la Escritura y veo la sabiduría de Dios, hermanos, explicando y contextualizando aquellas cosas que podrían crear confusión. Dice el Señor en el versículo 11: «Bienaventurados sois cuando por mi causa…». Oigan, interesante. Lo primero es que no cualquier tipo de persecución que sufre un cristiano es persecución por causa de la justicia. La que es por causa de la justicia es aquella en la que usted es perseguido, no por lo que usted es, sino por lo que usted representa: por el nombre del Señor, por la causa de Cristo. Si es por la causa de Cristo, entonces eso es ser perseguido por causa de la justicia.
«Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen». Ahora yo le pregunto, hermano: cuando el vecino te trató mal, ¿te trató mal por la causa de Cristo, o te trató mal porque quizás tú te pusiste pesado en la reunión de la junta de vecinos? En el trabajo te marginaron: ¿te marginaron porque tú eres una persona que siempre es beligerante y siempre anda buscándole la quinta pata al gato, o te persiguieron porque tú estás dando un testimonio cristiano? La persecución por causa de la justicia es aquella que nos granjeamos, no por nuestros intereses particulares o locales, sino por los intereses de la causa de nuestro Señor Jesucristo. Y cuando experimentamos ese tipo de persecución, dice la Escritura que somos bienaventurados. No es cualquier quítame esta paja que agravia a Rafael Pérez, sino que, siendo embajador de Cristo y haciendo las funciones que son naturales de mi investidura, representando a Cristo, cuando soy perseguido por causa de Cristo, entonces soy bienaventurado. Y a esos el Señor les dice: «Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo».
El tipo de persecución que el Señor describe es el mismo tipo de persecución que él experimentó cuando estuvo en medio nuestro. ¿Qué hicieron con nuestro Señor Jesucristo? Lo vituperaron con palabras, lo persiguieron físicamente, y dijeron toda clase de mal contra él mintiendo; eso se llama calumnias, asuntos que son falsos. Dice Juan, capítulo 15, versículo 18:
Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.
— Juan 15:18-20
Una pregunta clave, hermanos, ante cualquier tipo de aflicción que un cristiano esté experimentando en esta tierra, debe ser la siguiente: ¿esta aflicción me llegó por problemas que yo me he granjeado, por mi mal carácter, por mi imprudencia, por mi falta de sabiduría; o me ha llegado por una causa directamente relacionada con la causa de Cristo? Si tú no puedes encontrar una correspondencia entre tu vilipendio y la causa de Cristo, de forma tal que sea innegable que la persecución no es por lo que Rafael dijo, no es por su carácter, no es por sus preferencias, sino que es por el nombre de Cristo, no le llames a eso bienaventuranza. «Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros». Y aclara aquí que ese mal que dicen contra vosotros debe ser mintiendo. Aquí está la promesa de nuevo: «Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros».
Que conste: en esta bienaventuranza el Señor nos dice que hay verdadera persecución por la causa de Cristo. Les pongo el caso de hermanos nuestros que por predicar el evangelio han sido amenazados de muerte. ¿A ti te ha amenazado alguien de muerte alguna vez por predicar el evangelio? Muy probablemente no. Pero hay partes del mundo donde, cuando el evangelio se predica, la persona corre gran riesgo. La hostilidad y la indiferencia de los dominicanos hacia el evangelio no es persecución por causa de la justicia, hermanos. Usted va a una persona, le predica, y la persona le manifiesta indiferencia. «¡Ay, que me persiguieron!». No te están persiguiendo; lo que te hicieron fue ignorarte, y tú tienes toda la libertad de sacudirte el polvo y predicarle al vecino de al lado. Eso no es persecución por causa de la justicia. Persecución por causa de la justicia son amenazas de muerte, cárcel, ocasiones de caer que te ponen para que avergüences el nombre de Cristo. Han visto a esa persona que la emprende contra un cristiano, no por lo que el cristiano es, sino por la manera en que el cristiano vive, y quieren que el cristiano caiga para avergonzarlo. Eso sí podría ser persecución por causa de la justicia.
Gozaos: grande es vuestro galardón
Entre la amplificación que hace el Señor hay una actitud: dice que tengamos gozo y que tengamos alegría. Si tenemos gozo en la persecución, deberíamos tratar de no tomar venganza, de no guardar rencor, y de considerar la recompensa. Y con esto termino: dice el Señor que nuestro galardón es grande.
Hay toda una escuela de hermanos míos que dicen que está mal anhelar las recompensas. Yo no sé, la verdad, cómo sustentan estas cosas, porque la Escritura está llena de un llamado a anhelar la recompensa. Con el perdón de mi madre —yo sé que ella le tiene cariño a este poema—, hay una poesía que he mencionado antes que dice: «No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte». Hermano, eso no es verdad. A mí, particularmente, me mueve la recompensa poderosamente. «No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo». ¿Cómo que no? Sí, Señor, muéveme. Y le digo, hermano, eso me mueve a mí y mueve a mucha gente más, incluido Cristo. Hay cosas que en el poema funcionan, hermano, pero no es tan sencillo llevarlas a la realidad. «Muéveme, Señor, de tal manera que, aunque no existiera cielo, yo te amara, y aunque no existiera infierno, te temiera». Hermano, eso funciona en el poema; pero a mí me mueve el temor, el temor de pasar la existencia fuera del Señor me mueve, y el ser recompensado por mi Señor también me mueve.
Y no soy yo el único que es movido por la recompensa. Mire, de nuestro Señor Jesucristo dice Hebreos 12, versículo 2, que a él le movió a caminar hacia la cruz el gozo puesto delante de él. El apóstol Pablo decía que él podía padecer persecución porque esperaba la corona de gloria que le estaba reservada, su galardón. De Moisés dice que soportó los vilipendios en el camino porque tenía los ojos puestos en el galardón, que era más grande que cualquier tesoro que le pudieran dar en la tierra de Egipto. Y le diré, hermano, que hubo uno que negó a Cristo porque dejó de contar con una recompensa. ¿Saben cuándo fue que Judas vendió a nuestro Señor Jesucristo? Judas le robaba al Señor; y cuando Judas se dio cuenta de que el reino no era un reino material y de que Cristo iba a ser crucificado, vendió a Cristo a precio de vaca muerta. Dijo: «Ya que no voy a poder seguirle robando, ya que no hay una expectativa material», y fue y vendió a nuestro Señor Jesucristo. O sea que cuando uno le quita los ojos a la recompensa, muy probablemente se granjee su recompensa por sus propios medios.
Que te mueva, hermano, el galardón del Señor. No quiero moverme en arena movediza: la Escritura no dice de manera concreta ni puntual cuál es. Siempre habla de un galardón, siempre habla de una recompensa, siempre habla de que seremos retribuidos, pero nunca da detalles muy puntuales. Yo no sé, por ejemplo, si en el cielo habrá diferentes sectores; la Escritura no habla de eso. Nos dice que seremos recompensados, que tendremos un galardón grande, que tenemos tesoros en los cielos, que el Señor le dará a cada uno según lo que sembró, pero no dice de manera puntual cuál es la recompensa, si será una recompensa material o una recompensa de gozo. Yo no sé, hermano, pero yo sé que hay recompensa.
Y no le voy a explicar de manera puntual si algunos vivirán en Jerusalén, otros en los altos de Jerusalén, otros más para allá, en los cerros de Jerusalén. Yo no sé, hermano, si será así como yo lo imagino. El Señor no describió de manera puntual cuál es la recompensa, que a ti te va a tocar una mansión grande o una habitación. No, yo no sé; pero yo sé que hay recompensa, y la deseo.
Sí sé que el Señor describió por medio de una parábola el momento en que estará dando recompensas, y cuando las personas venían a él, las recompensaba de dos maneras. Lo recompensaba con un elogio, y eso, hermano, debe ser algo que emocione: que cuando tú seas recibido en el cielo el Señor te llame y te diga: «Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor». Hermano, eso emociona: que tú seas recibido por el Señor y el Señor haga constar que ha visto tu trabajo, que notó lo que tú hiciste y que te destaque entre tus hermanos. Eso debería hacerle a uno anhelar trabajar para nuestro Señor.
Pero al mismo tiempo, hermanos, parece que tendremos niveles de responsabilidad de acuerdo con nuestra mayordomía. Dice la misma parábola que a aquel que con poco había producido mucho, el Señor le dijo: «Denle todavía más». Y parece que cuando uno esté en el cielo, en la presencia del Señor, allá tendremos cosas para hacer, y nuestro nivel de responsabilidad estará determinado por cuán fieles fuimos glorificando al Señor ahora mismo con aquellas cosas que hemos recibido. De nuevo, hermano, no quiero ponerle una expectativa que la Escritura no da. La Escritura habla, por ejemplo, de calles de oro, de un mar de cristal, pero todas esas cosas son muy poéticas; no necesariamente son calles literalmente de oro ni un mar literalmente de cristal. Sin embargo, le diré, hermano, que el Señor sabrá recompensar a cada quien con su justicia, y que es un asunto legítimo esperar ante el Señor ser recompensado.
Leo de nuevo la bienaventuranza y con esto cierro:
Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.
— Mateo 5:11-12
Que esto le mueva, hermano; que esto le mueva. «Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos». Y también nos gozamos porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de nosotros. Oremos al Señor para que nos mueva la recompensa y para que las bienaventuranzas, más que un asunto que solamente se menciona, se hagan realidad en nosotros.
Oración final
Cierren sus ojos ahí; encomiendo a la iglesia en oración. Dice Colosenses 3:15: «Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones».
¿Hay aquí alguna persona presente en cuyo corazón todavía la paz de Dios no gobierna? Si hay alguna persona presente que todavía en su corazón tiene guerras, grandes temores, incertidumbres, un ruido interno muy fuerte, falta de armonía, inquietudes, falta de estabilidad: que la paz de Dios gobierne tu corazón. Eso sucede cuando el Señor viene a habitar en tu corazón. Dice la Escritura que cuando venimos a él, el Señor nos da una paz que sobrepasa todo entendimiento. Si la paz de Dios aún no gobierna tu corazón, yo te invito a invitar al Señor a que venga a tu corazón para que gobierne toda tu vida, y a que le digas ahí al Señor en oración: «Padre, yo he escuchado la predicación de las bienaventuranzas; yo quiero ser llamado pacificador, yo quiero ser hijo tuyo».
Dice la Escritura que si confesamos nuestros pecados ante el Señor, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados. Así se suspende la guerra que hay con él, el conflicto que tenemos con Dios; y dice que nos limpia de toda maldad. Dile al Señor: «Señor, yo confieso que soy un pecador, que necesito tu paz, que necesito que tú gobiernes mi hombre interior. Yo quiero ser llamado hijo tuyo; confieso mis pecados». Dile al Señor y confiésate como un pecador; dile que perdone tus pecados y que ponga adentro de tu vida su tabernáculo. Que la paz de Dios gobierne vuestros corazones.
Si ya eres un cristiano y todavía sientes que hay conflictos interpersonales innecesarios, que a pesar de que la paz del Señor ya está llenando tu corazón todavía no se ha hecho presente hacia fuera, yo te invito a pedirle ahí en oración al Señor: «Señor, permite que no solamente yo sienta una paz, sino que yo sea reconocido como un pacificador».
Que en mi familia, que en mi trabajo, que en el sector donde vivo la gente reconozca que hay algo que está funcionando adentro mío y que se comienza a expresar hacia fuera.
Hermano, si acaso estás siendo perseguido a causa de la justicia, permíteme orar por ti.
Mira, Señor, a aquellos de mis hermanos cuyos esposos o esposas están poniendo oposición para que ellos te sirvan a ti. Haz un milagro en esos matrimonios, Señor, para que prevalezca tu voluntad y ellos dejen de ser perseguidos por sus cónyuges. Mira a aquellos de mis hermanos que quizás, Señor, están teniendo hostilidad en su casa de forma tal que les impide defender la causa para la cual han sido llamados. Mira a aquellos de mis hermanos que quizás están corriendo riesgo. Pero sobre todo, Señor, junto a mi iglesia te pido por aquellos de mis hermanos que están viviendo su fe ahora mismo en partes del mundo donde hay abierta persecución.
Interrumpo un momento el clamor ante el Señor, hermano, para decirte que en este momento hay algún hermano tuyo que está viviendo en un lugar donde quizás, dentro de corto tiempo, su vida sea demandada por causa de la justicia y por el nombre de nuestro Señor Jesucristo.
Te pedimos, Señor, nosotros que vivimos en relativa paz y relativa tranquilidad, por aquellos hermanos nuestros en el norte de África, Señor, en la India, en diferentes partes del mundo, que están sufriendo abierta hostilidad. Y en vez de pedir, Señor, te damos gracias porque hemos podido vivir nosotros en Santo Domingo, República Dominicana, con relativa paz. Permite, Padre, que cualquiera de mis hermanos que tenga que pagar un alto precio por servirte a ti ponga sus ojos en la recompensa. Que sepamos, Señor, que fiel es el que prometió; y que así como los héroes de la fe fueron animados por algo que saludaban desde lejos y que todavía no era concreto, pero sabían que fiel es el que prometió, si acaso alguno de mis hermanos tiene que padecer abierta persecución por causa de la justicia, por causa de tu nombre, Señor, lo padezca con gozo y alegría, de buena gana, sabiendo que su galardón es grande. Todo esto te lo pedimos en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Que el Señor les bendiga, que el Señor les guarde, hermanos, y que sigamos meditando en las bienaventuranzas.