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Las bienaventuranzas - Segunda Parte

Mateo 5:6-8

Segunda parte del estudio del Sermón del Monte, donde se exponen tres bienaventuranzas más —hambre y sed de justicia, misericordia y limpieza de corazón— como cualidades sembradas por Dios que todo cristiano debe cultivar intencionalmente.

Predicado22 de febrero de 2015
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Cierren sus ojos un momento y nos encomendamos delante de él. Te presentamos, Señor, como siempre, esta oportunidad donde venimos a tu Palabra. Sabemos, Señor, que no es un ejercicio vano, que no es solamente un ejercicio recurrente. Sabemos que tu Palabra es viva y que ella es eficaz, que ella es cortante como una espada de dos filos y que penetra hasta lo profundo de nuestro hombre interior. Te encomendamos a ti, Señor, este momento donde estamos, quizás alejados de nuestros lugares habituales. Y te lo presentamos, Señor, como una oportunidad para que tu Palabra hable a cada corazón aquí congregado. Sabemos, Señor, que por nuestros propios medios no podemos entenderla, no podemos obedecerla, pero sabemos también, Señor, que tú ayudas al diligente y que cuando uno tiene la intención, tú pones tanto el querer como el hacer.

Te encomendamos específicamente, Señor, a las personas que están aquí hoy congregadas y quizá no están tan habituadas a escuchar tu Palabra. Permite que tu Palabra hable fuerte a su corazón y que tu Espíritu Santo haga que su hombre interior despierte, y no solamente despierte, Señor, sino que actúe de acuerdo a lo que es tu voluntad. Te presentamos la iglesia completa, Señor. Mira que estamos considerando las bienaventuranzas: permite que tu Palabra nos conduzca, permite que tu Palabra nos dirija. Acompáñanos en este tiempo, pastoréanos tú, Señor, por tu Palabra. En el nombre de Jesucristo, amén.

Lectura de las bienaventuranzas

Acompáñenme, hermanos, en sus Biblias, en Mateo capítulo 5. El domingo pasado comenzamos a considerar las bienaventuranzas y vimos tres de ellas. Lo que haremos hoy es que consideraremos tres bienaventuranzas adicionales. Quiero invitar a las personas que no pudieron recibir la primera parte de esta enseñanza a que se acerquen a nuestro hermano Jonathan, que él tiene todas las enseñanzas de la iglesia en audio y él se lo podría facilitar.

No tengo ya la disponibilidad de volver atrás a comenzar el Sermón del Monte desde el comienzo, sino que partiremos hoy desde el versículo 6 y, con la ayuda del Señor, llegaremos hasta el versículo 8. Pero vamos a leer las bienaventuranzas completas y después procedamos a exponerlas. Acompáñenme en sus Biblias, Mateo capítulo 5. Leeremos todas las bienaventuranzas desde el versículo 1 en adelante. Es la primera parte del Sermón del Monte, que se conoce como las bienaventuranzas. Dice así la Escritura:

Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

— Mateo 5:1-12

Les recuerdo, a modo de recapitulación, que estas bienaventuranzas componen una larga sección de la Escritura que se llama el Sermón del Monte. Las bienaventuranzas son la primera parte y se conoce así porque vez tras vez el Señor decía «bienaventurados sois, bienaventurados sois». La palabra bienaventurado quizás se pueda traducir como «feliz el hombre», o «un hombre a quien le ha ido bien», o «un hombre digno de ser celebrado». Y lo que el Señor está describiendo aquí es cuál debería de ser el carácter de las personas que llegan a componer esto que él estaba inaugurando, que se llama el reino de los cielos.

Cualidades que se cultivan, no dones que se reparten

Dice nuestra introducción que, aunque para facilitar el estudio vemos las bienaventuranzas divididas en grupos, las mismas no deberían ser tomadas de forma aislada, sino como una descripción completa de las cualidades que deberían estar presentes en el carácter de todo cristiano. Estas son cualidades sembradas por Dios y cultivadas intencionalmente por nosotros, a diferencia de los dones espirituales. En la Escritura hay dos listados de dones espirituales que son recibidos de manera particular: unos hermanos reciben unos dones y otros hermanos reciben otros dones. Las bienaventuranzas deberían ser cultivadas por todos los creyentes a la vez.

Así como las primeras tres que ya estudiamos —bienaventurados los pobres, bienaventurados los que lloran y bienaventurados los mansos— representan cualidades que deberían estar presentes en nuestro corazón, las siguientes tres extienden aún más la descripción: con la búsqueda de la vida piadosa, esto es, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia; con nuestra actitud hacia los demás, esto es, bienaventurados los misericordiosos; y con el cuidado de nuestro hombre interior, esto es, bienaventurados los de limpio corazón.

También les recuerdo que las bienaventuranzas no son solamente descripciones como para que uno salga a buscarlas. Hay un gran problema en este tiempo, y es que las personas consideran que la vida cristiana es algo que se puede practicar por sus propias fuerzas. Quizás está la tentación de que una persona escuche la mención de las bienaventuranzas y salga por sus propios medios a tratar de cultivar una vida piadosa. Eso no es posible. Cuando uno considera las bienaventuranzas, tiene que considerar aquellas cosas que el Señor siembra en el corazón de los cristianos verdaderos, y que ciertamente nosotros podemos cultivar, pero siempre tendremos que ser ayudados por el Señor.

Es como una semilla que se pone sobre la tierra. Por sus propios medios, usted no puede hacer que esa semilla germine; sin embargo, si acaso llega a ver una pequeña hoja que brota de la tierra, usted podría evitar que las gallinas se coman las hojas de la planta. Usted podría ponerle agua a la plantita para que siga avanzando, podría tener cuidado de ella, podría abonarla. Pero ningún cristiano puede lograr por sus propios medios que estas bienaventuranzas lleguen a ser mecánicamente parte de su carácter.

Tampoco deberíamos tener la tentación de ver las bienaventuranzas y aproximarnos a ellas solamente de manera superficial. Esto es decir: «bueno, las bienaventuranzas quizás son siete; yo soy manso, de esas yo tengo tres o tengo dos». No se trata de ver las bienaventuranzas para ver cuál te tocó a ti, sino que se trata de entender de qué se trata la vida cristiana, para tratar que con la ayuda del Señor todas estas cualidades lleguen a ser adornos, lleguen a ser parte consistente de nuestro carácter. Un cristiano no solamente cultiva una bienaventuranza —quizá la que él entienda que ya tiene—, sino que se dispone, con la ayuda del Señor, a que cada una de estas bienaventuranzas llegue a ser parte de su carácter.

Hambre y sed de justicia

Hoy consideraremos tres más. La primera de ellas es la que dice el Señor: bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Y nos dice la razón por la cual esta persona es bienaventurada: porque ellos serán saciados.

Cuando el Señor se dispuso a presentar esta bienaventuranza, la relacionó con dos de nuestras necesidades más presentes y recurrentes. El Señor dijo que bienaventurados los que tienen hambre y sed, no de alimentos y no de agua, sino los que tienen hambre y sed de justicia. Él relacionó la justicia con nuestras necesidades más básicas, y necesidades que son recurrentes.

Les advierto que el texto no describe necesariamente un tipo de justicia u otro tipo de justicia. Por ejemplo, hay un tipo de justicia que es la justicia imputada, que es aquella que el Señor nos declara cuando nos hacemos cristianos, y es que él declara que estamos libres ya de pecado. Hay otro tipo de justicia, que es la justicia practicada, que es la disposición que tiene un cristiano de ahí en adelante para comenzar a vivir una vida que sea agradable al Señor. Ya que el texto no nos especifica un tipo de justicia o el otro, yo le diré, hermano: agarre las dos. Siéntase bienaventurado si el Señor le ha declarado justo porque ha perdonado sus pecados, y también siéntase bienaventurado cuando tenga hambre y sed de obrar justamente delante del Señor.

El hambre falsa de justicia

Quizás, de todas las bienaventuranzas, esta es la que los no creyentes piensan con más frecuencia que ya tienen. Si usted hablara con cualquier hombre, le diría: «yo soy una persona que anhela la justicia». Quizás son las personas que ven los noticiarios de televisión y, cuando ven a aquellos que han desfalcado el Estado, aquellos que han sido acusados de delitos graves, se rasgan las vestiduras y dicen: «ese hombre debería de ser condenado».

La conversación de sobremesa del dominicano medio siempre llega a un ardor por la justicia. Y está el comentario recurrente: «en este país no se hace justicia, los delincuentes están sueltos». Hermanos, yo les diré que, aunque parezca que es así, la realidad es que el hombre natural no tiene tanta hambre y sed de justicia como dice con su boca que tiene. Porque si acaso tuvieran hambre y sed de justicia, no solamente se quejaran del narcotráfico que tiene un caso sonoro, sino que dejaran de robarse la luz. No solamente les preocuparía el hecho de que tal político ha desfalcado, sino que, si ellos tuvieran la oportunidad, ellos no desfalcarían. Y lo que ha demostrado la historia es que unos se quejan de los otros, y dada la oportunidad, todos los hombres actúan del mismo modo.

Por fuera podríamos decir que tenemos hambre de justicia, pero lo que se ha manifestado es que el hambre y la sed que tenemos no son de la justicia, sino de que seamos nosotros los que podamos hacerlo. Le pongo un caso. Recuerdo estos últimos casos sonoros que se mencionaron en el país. Cuando se describía el caso por los canales de televisión, no había un afán por la piedad ni porque el nombre del Señor estuviera vindicado, sino que lo que se decía era cuál era el estilo de vida que estas personas llevaban, cuáles eran las carteras que las mujeres usaban, cuáles eran los lugares que frecuentaban. Y eso parecía, hermano, más que un afán por la justicia, una promoción del pecado.

No parecía que el país estaba rasgando las vestiduras porque ha sucedido algo que nos ha escandalizado, sino: «qué mal que no soy yo el que pudo hacerlo, qué mal que yo no tuve los medios». Tener hambre y sed de justicia no es anhelar que determinados hombres sean puestos en la prisión —y deberíamos anhelarlo—; tener hambre y sed de justicia es algo superior y no tiene que ver con un hombre con el otro. Tiene que ver principalmente con la justicia de Dios. Cuando verdaderamente tengas hambre y sed de justicia, no solamente te molestará que determinadas personas cometan determinados delitos, sino que te molestará que el nombre de Dios ha sido mancillado, y dirás que la justicia del Señor no está prevaleciendo.

Lo que nosotros llamamos justicia, dice el Señor en Isaías 64:6, no es más que trapo de inmundicia. No tengo, hermanos, un atril o algo para buscar cada cita —me gusta siempre leerlo, pero no estoy tan cómodo—; pero si ustedes pueden anotar las citas bíblicas, les voy a invitar a que lo hagan. Así mismo dice Isaías 64:6: que lo que el hombre entiende que es justicia, realmente el Señor lo está viendo como trapo de inmundicia.

Algo que también llama la atención de todas estas cosas es que el hambre y la sed son asuntos que usted los satisface un momento y después vuelve a tenerlos. Y el Señor no está hablando aquí de que tengamos hambre y sed de justicia porque no nos vamos a quedar saciados, sino que cuando logremos hacerlo, entonces vamos a anhelarlo todavía más. Son cosas que van y vuelven de manera recurrente.

Algunos confunden esta hambre y sed de justicia con la justicia social, con un asunto externo. El hambre y sed de justicia es una obra milagrosa que hace el Espíritu Santo en el corazón del hombre, de forma tal que cuando el Señor lo hace en ti, ya no solamente llegas a criticar al que se comporta de manera desproporcionada, sino que llegas a anhelar que todas las cosas en tu vida se parezcan a las cosas que el Señor ha establecido.

Manifestaciones del hambre y sed de justicia

Me permito expresarles algunas manifestaciones de hambre y sed de justicia cuando el Espíritu Santo ha estado obrando en el corazón de un hombre. ¿Qué siente este hombre cuando tiene hambre y sed de justicia? Lo primero que comienza a manifestar son unas cosas que yo les llamo dilemas morales. Cuando el Señor comienza a obrar en tu corazón, tú comienzas a preguntarte, comienzas a vivir determinados dilemas. Son cosas que tú no sabes cómo resolver, pero a ti te parece que eso no está tan bien como debería estar. Como que hay asuntos que a ti anteriormente no te preocupaban, pero te comienzan a llamar la atención.

¿Cómo se manifiesta el hambre y la sed de justicia? Se manifiesta por una búsqueda insaciable acerca de la verdad, una fuente confiable para saber lo que es bueno. Así mismo dice el Salmo 119 en el versículo 11:

En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.

— Salmo 119:11

Hermano, que no me diga nadie que tiene hambre y sed de justicia si al mismo tiempo no tiene hambre y sed de saber qué es lo que el Señor llama bueno. No es normal que una persona me diga que tiene hambre y sed de justicia si no ha entendido cuáles son las cosas que Dios está demandando del hombre. Si en tu corazón verdaderamente hay hambre y sed de justicia, en tu corazón habrá al mismo tiempo un deseo insaciable de conocer cuál es la verdadera voluntad del Señor.

Cuando una persona quiere hacer lo correcto, inmediatamente tiende a preguntar qué es lo correcto, si alguien lo sabe. La Palabra del Señor es la fuente de la verdad, y cuando hay hambre y sed de justicia hay un deseo de conocer la Palabra de Dios, un interés en la doctrina cristiana. Hay una gran cantidad de personas que se interesan en la vida cristiana, pero no en los asuntos fundamentales. Por ejemplo, a algunas personas les llama la atención el culto público de la iglesia; a otros les llama la atención la música cristiana y cómo la iglesia canta; hay otros a quienes les llama la atención la piedad cristiana, la vida piadosa puesta en práctica como tal. Pero a una persona que tiene hambre y sed de justicia, al mismo tiempo le llama la atención la doctrina cristiana y tiene el deseo de saber qué es lo que verdaderamente Dios demanda del hombre. Cuando tú quieres hacer la voluntad del Señor, inmediatamente tendrás que apuntar hacia su Palabra.

Es común que las personas que tienen hambre y sed de justicia —porque el Señor lo ha puesto en ellas— intenten entender las implicaciones del cristianismo en las diferentes esferas de la vida. Por ejemplo, se preguntan: «yo soy un esposo, ¿qué dice el cristianismo respecto de los esposos?». Es común que las personas, cuando comienzan a tener hambre y sed de justicia, se pregunten: «yo soy una esposa, ¿qué dice la Escritura respecto de esto? ¿Qué dice la Biblia respecto de la familia? ¿Qué dice la Biblia respecto de los negocios? ¿Qué dice la Escritura que tendríamos que hacer los cristianos en determinadas situaciones? ¿Qué dice la Escritura respecto de las artes?». Es normal que cuando tengas hambre y sed de justicia comiences a anhelar ver cómo el cristianismo hace sentido en las diferentes esferas de la vida. Cuando hay hambre y sed de justicia no hay una aproximación superficial, sino que tú quieres ver toda tu existencia a la luz de lo que Dios demanda al hombre.

Es común que cuando una persona reconoce el hambre de justicia, manifieste cierta insatisfacción. Hay un caso en la Escritura de un joven al que se le llama el joven rico. Él se acercó donde el Señor y le dijo: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». El Señor le dijo: «la ley, ¿la conoces?». Él dijo: «sí, Señor, yo he estado guardando la ley desde mi juventud». El dilema es el siguiente: si este hombre había estado guardando la ley desde su juventud, ¿por qué viene donde el Señor entonces a preguntarle lo que la ley del Señor debía haberle ya respondido? La realidad es que hay una gran cantidad de personas que entienden que han estado haciendo la voluntad del Señor, pero cuando conocen al Señor verdaderamente se dan cuenta de que lo que habían estado haciendo no era de corazón la voluntad del Señor, sino que habían tenido una aproximación solamente superficial. Este joven rico manifestó que verdaderamente tenía hambre; por eso fue donde el Señor a preguntar.

El deseo de rectificar

Es común que en las personas en quienes hay hambre y sed de justicia, no solamente conozcan las Escrituras, sino que tengan el deseo de rectificar. Un hombre que conoció al Señor era un publicano, se llamaba Zaqueo. Cuando el Señor vino a su casa, parece que en Zaqueo hubo hambre y sed de justicia: él se puso de pie y dijo que a todo el que hubiera defraudado, le devolvería su dinero con creces. Es natural que cuando una persona venga a los caminos del Señor, su vida no se quede tal cual había estado, sino que hay un deseo de corresponder y actuar de acuerdo a esta nueva cosmovisión que ha tenido, a esta nueva revelación, a este nuevo entendimiento de las cosas que verdaderamente agradan al Señor. A tal punto, que yo podría decir que no hay un cristianismo sincero si no ha pasado primero por rectificar, hasta la medida de lo posible, aquellos despropósitos que en su vida se hayan cometido.

Cuando una persona venga a los caminos del Señor con hambre y sed de justicia, anhelará resarcir el mal que por sus propios medios haya creado. Hay áreas de nuestra vida, hermanos, en las que ya nosotros hemos procedido a un punto tal que quizás no tengamos los medios para rectificar; pero, dados los medios, un cristiano debería hacerlo. Si tienes hambre y sed de justicia, si acaso tienes deudas, deberías pagar. Encontrarás a un hombre que te diga: «yo debo tanto y he engañado a tantas personas que ya no tengo los medios para hacerlo». Por lo menos deberías ir donde esa persona a manifestar públicamente cuál ha sido tu falta y a decirle: «ahora yo soy un cristiano, tengo otro entendimiento; no tengo los medios para pagarte, pero si tú encuentras alguna oportunidad en la cual yo pueda resarcir mi falta, entonces yo lo haré». Cuando verdaderamente tienes hambre y sed de justicia, no solamente quieres escuchar la verdad de Dios, quieres implementar la verdad de Dios en todas las áreas de tu vida.

Serán saciados

Me emociona el hecho de que el Señor dice que cuando tengamos hambre y sed de justicia, entonces seremos saciados. Todo ser humano quiere tener una vida plena, quiere tener una vida gozosa, quiere tener una vida que sea satisfactoria. Dice el Señor que la manera en que llegamos a tener una vida que verdaderamente satisface es cuando reconocemos que tenemos hambre y sed de justicia, y en el Señor entonces somos saciados. Les recuerdo: descarten cualquier oportunidad de tener hambre y sed de justicia a menos que el Señor haga en el corazón del hombre una obra que se llama regeneración. Cualquier intención que hay en el corazón del hombre de operar rectamente solamente está buscando llamar la atención hacia sí mismo. Cuando hay verdadera hambre y sed de justicia, hay un deseo muy profundo que solamente se satisface cuando la persona termina viniendo a Cristo.

Avanzo en lo siguiente. Cuando hay hambre y sed de justicia, una persona verdaderamente tiene hambre. Y yo sospecho que muchos de ustedes, ni siquiera yo, verdaderamente hemos tenido hambre alguna vez. Déjeme decirle: tener hambre y sed de justicia no es decir que han pasado ocho horas y hace ocho horas no como. Eso no es hambre y sed de justicia. Hambre y sed de justicia es una persona que está verdaderamente hambrienta, una persona que no tiene los medios para comer, una persona que se encuentra totalmente desabastecida.

Algo que he visto es que si una persona realmente tiene hambre del Señor, no encontrará otra cosa que le satisfaga que no sea su Palabra. No sé si te ha sucedido en algún momento que tú quieres picar. Hay un momento en que tú tienes hambre, y cuando tú tienes hambre tú tratas de reservar el apetito para lo que verdaderamente da la satisfacción, y cualquier otra cosa que te encuentres en medio la dejas. Si tú puedes tomar la cosa verdadera, tú tomas verdadera comida. Advierto lo siguiente: muchos hermanos míos deberían tener hambre y sed de justicia en este momento y ser saciados por el Señor, pero no lo tienen porque quizás están comiendo otras cosas que son cosas vanas.

Hay así mismo otra historia en la Escritura, que es el hijo pródigo. Este muchacho se fue de la casa de su papá, donde había verdadera comida. Derrochó su herencia y dice que terminó comiendo algarrobas; y cuando él comía algarrobas, él recordó y comparó la algarroba que estaba comiendo con las comidas que había en la casa de su padre, y dijo: «en la casa de mi padre verdaderamente hay comida».

Hermanos que están aquí presentes: si una persona en algún momento tuvo hambre y sed de justicia y ha dejado de tenerla, es muy probable que haya estado alimentando su alma con cosas que no son la verdadera Palabra del Señor. Porque la Palabra del Señor verdaderamente satisface. El interés en estas cosas no debería ser superficial, debería ser un continuo. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, dice el Señor, porque ellos serán saciados. Todo sistema de justicia que no toma a Dios en cuenta no da una satisfacción permanente, sino que un problema crea el otro y un problema crea el otro. La verdadera satisfacción en el ser humano solamente se encuentra cuando viene al Señor, y es el Señor quien lo sacia.

Bienaventurados los misericordiosos

La segunda bienaventuranza de las que estamos viendo hoy dice así la Escritura: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Permítanme detenerme un momentito aquí. El Señor presenta una disposición, una actitud. Llama la atención que el Señor no está diciendo aquí «bienaventurados los que alimentan al pobre», «bienaventurado el que recoja el ministerio»; no, el Señor está diciendo bienaventurados los que son misericordiosos. Está hablando de una actitud que debería estar activada dentro de nuestro carácter. No está hablando de actos puntuales o particulares, sino que el Señor está hablando de la actitud principal, y la actitud principal se llama misericordia.

Diré esto, hermanos, como una autocrítica. Miren al mundo cristiano evangélico: de algún modo nos falta misericordia. Es más, sospecho que, huyendo de una doctrina católica romana que te dice que si acaso alimentas quinientos pobres entonces te ganas el cielo, cuando las personas entienden que la salvación es por gracia por medio de la fe y no por obras, entonces descuidan las obras. Lo que dice la Escritura es que, si verdaderamente eres un cristiano, lo que debería expresar tu fe son las obras. La razón de tu salvación no son las obras, pero si verdaderamente eres salvo, deberías abundar en buenas obras.

Lo digo, hermanos, con tristeza, pero la realidad es que el mundo católico —porque vende la salvación por obras— nos lleva la milla en este asunto. Quisiera yo que no fuera así, pero en República Dominicana no somos los evangélicos quienes se dedican a ayudar al menesteroso de manera más profunda en este país; son aquellos que entienden que la salvación es por obras. Hermanos, les diré: la salvación no es por obras, pero si verdaderamente eres salvo, dice el libro de Santiago: enséñame tu salvación por medio de las obras.

Qué es y qué no es la misericordia

Dice la Escritura que ser misericordioso es ser bienaventurado. La misericordia es esto: el amor expresado a quien naturalmente no se le expresaría. Alguien me dirá: «yo soy misericordioso, porque no hay un familiar mío que se encuentre desabastecido a quien yo no le ponga la mano en el bolsillo». Eso no es misericordia. Misericordia es expresar amor a aquellas personas a las que tú naturalmente no te sentirías obligado a expresarles amor. «Yo soy misericordioso, porque no hay un hijo mío que no tenga un par de zapatos puestos». Eso no es misericordia, ese es tu deber, es tu obligación como padre hacerlo. Hablamos de misericordia cuando extendemos nuestro amor a aquellas personas a las que naturalmente, sin una convicción adentro de nosotros, nosotros no lo haríamos.

Un daño tremendo le han hecho a la misericordia en el siglo pasado las teorías del desarrollo y del potencial humano. Uno escucha a las personas hablar y se invierte cantidad de estudios para ver el desarrollo humano y el potencial. Hermanos, todo ese estudio hay que hacerlo, y es verdad; pero por muchas oportunidades que haya, siempre en la sociedad habrá personas desabastecidas. Por muchos medios que haya, siempre habrá la oportunidad de hacer misericordia. Y es muy probable que el hecho de que las teorías avanzaran en el desarrollo humano haya hecho que muchas personas abandonaran esta vocación de ayudar a aquellas personas que realmente necesitan ser ayudadas a la luz de la Escritura.

Me emociona que dicen los evangelios que Cristo fue frecuentemente movido a misericordia. Los milagros del Señor no son solamente la manifestación de su poder, no son solamente señales dramáticas para que nosotros podamos entender; dice el evangelio frecuentemente que Cristo fue movido a misericordia, o sea, que algo adentro del corazón del Señor se movió. Por ejemplo, una vez iba caminando hacia un lugar y se encontró de camino con el sepelio del hijo de una viuda, y dice que cuando entendió que era el único hijo que tenía esa viuda, que esa viuda estaba quedando desabastecida, dice que el Señor fue movido a misericordia. O sea, que el Señor tenía un corazón sensible que se movía ante la necesidad. En esta semana también hemos estado viendo en la clase de escuela bíblica algo cerca de esto: que la misericordia es una característica distintiva en Dios, y nos dice: «sed misericordiosos, porque yo soy misericordioso».

Excusas para no hacer misericordia

No hacemos misericordia, hermanos, porque la gente sea buena o merecedora. La misericordia no es una meritocracia. Quiero detallarles algunos problemas contemporáneos con relación a esto. Son personas que entienden que se hace misericordia cuando alguien merece que se le haga misericordia: «esta es una persona que ha trabajado durante tantos años y que en este momento se encuentra desabastecida; tenemos que ayudarla, ese sí merece». Eso no es misericordia. Misericordia es aquel que no ha trabajado y hay que darle.

Otro problema son hermanos míos que condicionan la misericordia solamente a los creyentes. Sí, dice la Escritura que nosotros tenemos una responsabilidad hacia la familia de la fe, pero no solamente hacemos misericordia a aquellos que piensan igual que nosotros o que tienen nuestra misma convicción. Muchas de las personas que el Señor sanó no eran personas que se devolvían a dar gracias, y el Señor las sanaba. A muchas de las personas que el Señor alimentó, el Señor les decía: «ustedes vienen donde mí porque les doy pan, les doy peces, pero no tienen verdadero deseo de conocer mi palabra». Y el Señor les alimentaba. Hermanos míos que están aquí presentes: nosotros no hacemos misericordia porque se trata de un cristiano, de un hermano nuestro. Dice la Escritura que nos parecemos a Dios cuando manifestamos amor no a la gente que nos ama, sino cuando amamos a nuestros enemigos, porque así mismo es nuestro Dios, que hace salir su sol sobre justos y sobre injustos.

Otro problema de la misericordia en este tiempo es aquel que justifica la desdicha ajena. «Tú lo ves que se está muriendo de hambre, pero ese tuvo la oportunidad de hacerlo». Sí, es verdad, está en su desgracia en este momento, pero eso no lo hace menos receptor de la misericordia. Que una persona haya causado su desgracia no le exime de que la iglesia se muestre compasiva hacia esa persona. Hacemos misericordia no porque la persona lo merezca, sino porque es lo que toca, es porque el Señor nos amó primero, dice la Escritura.

Son aquellos, al mismo tiempo, que en vez de ayudar al necesitado le usan. Tengo un dolor en el corazón por una cantidad de personas que van a países como Estados Unidos y buscan jovencitos, buscan personas, los traen aquí a hacer un tour de misericordia donde los llevan al batey y se retratan con el niño que tiene mosca, con el niño desnutrido, y cada uno agarra un niño con compasión durante dos horas y lo sacan de ahí, lo llevan a otro lugar: «y ahora estos son los que no tienen comida, estos son los que están enfermos». Hermanos, la misericordia no es para hacer turismo. La misericordia no es para hacer esto como un ejercicio vano de que el hombre sienta compasión.

Misericordia no es el lugar donde tú normalmente no irías a tirarte fotos con la gente. Hacer misericordia es tener la disposición, no en un momento de un tour, sino de ayudar a las personas que en el día a día nosotros nos encontramos y padecen necesidad. Les diré: es más fácil ir a un batey y hacer misericordia que hacer misericordia con la persona que trabaja al lado tuyo, por la razón siguiente. Yo lo sé porque no es que seamos más inmisericordiosos; el problema de la misericordia es que nadie quiere tener un ombligo. Cuando tú vas a un batey y le das una paleta y le das un dulce a un niño que no tiene padres, ese niño no viene donde ti a buscarte al lugar donde tú vives. Pero cuando al pedigüeño que pasa por tu casa tú le das comida, muy probablemente la semana que viene lo vas a tener ahí, y un mes después ahí también.

Hermanos, no hay que ayudar solamente a las personas que están lejos; dice la Escritura que hay que ayudar al prójimo. La palabra prójimo significa próximo. El próximo es el que tú tienes al lado.

El engaño y la caña de pescar

Otro problema para la misericordia en este tiempo son aquellos que se excusan en la frecuencia del engaño. Miren, es verdad, cada vez que la gente quiere te da una cita estadística: «el noventa por ciento de las personas que están en la calle son engañadores». Es probable. «Casi todo el que está pidiendo en la calle lo que anda buscando es droga, se hacen las heridas». Es muy probable que así sea, pero la pregunta es que el hambre es distinta: ¿esa persona come o no come? Quizá te tiene que engañar porque por tu propio medio tú no tendrías misericordia, sino solo con un año muy elaborado: «tengo una hija con cáncer, mi mamá se está muriendo». Quizás ha aumentado el engaño al mismo tiempo porque ha aumentado la falta de compasión. Si tuvieras una predisposición a ayudar, no habría que mentirte para que ayudes.

Un consejo que yo doy, hermanos, es que traten de poner la misericordia cerca de la mano, que no haya que hacerles una historia muy larga para que ustedes se muevan a compasión; porque si hay que hacerles una historia muy larga para que se muevan a compasión, muy probablemente terminen escuchando muchas mentiras. Si una persona tiene hambre y tú puedes alimentarlo, aliméntelo. Si una persona está pidiendo y usted puede ayudar, ayude. Dice la Escritura que por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Hermanos, el Señor no estaba ahí profetizando para que evitemos; estaba advirtiéndonos: evita tú que, con la multiplicación de la maldad, alguien a quien puedas hacer una buena obra sea privado de ella.

Otros limitan la misericordia a lo que dice su ojo: «no, yo me la llevo del ojo, yo sé cuándo me está engañando y cuándo no». ¿Qué sabes tú? Los cristianos no ayudamos por un asunto de que el ojo me dice que ayude; ayudamos por un asunto de convicción. Si tú puedes hacerle bien a una persona, hazlo, no porque la persona lo merezca. Sospecho que tendremos que alimentar a muchos engañadores. Pero no estamos alimentando a las personas porque tengan una moral correcta, no estamos alimentando a la persona porque sean personas dignas; alimentamos a las personas porque hay que hacerlo. No es una cuestión de méritos.

Un gran problema, al mismo tiempo, son aquellos que regalan cañas. Dice el refrán: si una persona te pide un pez, no le des el pez, enséñale a pescar. Eso aplica en determinados casos, es verdad, hermanos. Pero hay veces que hay que dar el pez. Y la realidad es que hay una gran cantidad de personas que necesitan ser ayudadas, y tú lo que quisieras es enseñarles a trabajar; quizá tenga un problema de carácter tan fuerte que no puede ni siquiera conservar un trabajo. «Ah, pues entonces merece pasar hambre». Aliméntale.

Esto es contracorriente, hermanos, esto es un asunto que va en contra de la cultura popular; pero dice la Escritura: bienaventurados los misericordiosos. Al que puedan ayudar, ayuden a una persona, no porque esa persona tenga un carácter digno. Les pongo un caso, hermanos: miren, hay cantidad de gente que tiene adicciones, tienen problemas muy graves, y su misma esclavitud del pecado no le permite tener una vida productiva. Y cuando tú intentas enseñarle a pescar, no le enseñas a pescar, sino que se te va a robar la caña, el barco y todo. Y quizá hay que darle el pez.

¿Usted puede seguirme el razonamiento, hermano? Hay determinados casos. Uno vive eso todos los días: una cantidad de personas desabastecidas y uno quiere enseñarle un oficio, y no quiere aprender. Hay gente, hermanos, a quien usted puede enseñarle un oficio; hay otras personas a las que va a tener que darles el pez, porque tienen un carácter tan dañado por el pecado que hay que darles el pez hoy y dárselo mañana también. Y usted le dice: «ven, que te voy a enseñar a pescar», y él dice: «¿y por qué no nos comemos mejor el pez que está ahí guindando de la caña, vamos a comérnoslo?». «No, que quiero enseñarte una vida productiva». Hermanos, hay un momento para tú enseñar a pescar; hay un momento en que lo que tienes que hacer es dar el pez. Hacemos misericordia no porque la gente lo merezca; hacemos misericordia porque es cristiano.

Ejemplos de misericordia

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Doy ejemplos variados. Un compañero de trabajo o de estudio rezagado: verdad que hay gente que trabaja con nosotros que son como más lentos del grupo. Misericordia. Yo me ralentizo un poco para esperarte a ti: misericordia.

¿Han visto a estas personas cuando hay un ladrón? «Ahí hay que apedrearlo, venga, vamos a darle con la piedra que es más grande y tú no mereces más que eso». De parte del Señor: misericordia. Son casos complicados. Me decía alguien a mí: «ah, tú estás defendiendo al ladrón; ese mañana te va a asaltar a ti». Probablemente. Pero la realidad es que él no es más malo que tú ni que yo, hermanos; él no ha tenido el privilegio que tienes tú de haber conocido al Señor, y porque no ha tenido el privilegio que tienes tú, está haciendo lo que hace.

Les pongo un ejemplo. Casualmente, en días pasados, un ladrón fue a la casa y quería asaltarnos; por la misericordia del Señor, el Señor nos preservó, nos protegió. Pero había una persona trabajando allá en mi casa que me dijo: «ay, yo, ¿por qué no lo supe? Porque si yo escucho, ese no se va de aquí». Y me pongo yo a pensar: «yo sé que tú estás aquí trabajando, pero tú eres alcohólico». No es que yo quiera anotar los pecados de nadie, pero tú tienes un problema también con la bebida. Este tiene un problema con los robos y tú con la bebida; ¿cuál de los dos debería apedrear? Tú lo debes apedrear a él y él te debería machetear a ti, si acaso fuera justo, hermanos. No es justo ni aún uno, dice la Escritura. Es cómodo hacer prevalecer la justicia humana. Misericordia.

Hermanos, evitar que el pecador sea más destruido por su pecado, mostrar compasión, meter la mano por aquellos que están siendo marginados. En los grupos de personas siempre hay uno. Ahora eso se llama bullying; antes de eso decían que le daban golpes. Bullying: siempre hay uno, hermanos, que el grupo entero se pone de acuerdo para marginarlo. Quizás tú mismo has sido marginado; la paradoja es que el abusado termina siendo un abusador. En los grupos, aquel que está siendo marginado: es cristiano tú destacarlo. Miren, cuando estaba tratando este asunto, rápido caí en cuenta que en la maestría hay una matriz entre cristianos y ya hay uno que yo siento que como que ya está bajando, como rezagado, y ya el fruto de los chistes van hacia él: «ah, que este siempre se queda atrás». Hermanos, es cristiano ayudarle.

Bienaventurados los misericordiosos. Dice así mismo Colosenses capítulo 3, versículo 12, que la misericordia es el vestido de los escogidos de Dios. Lo que sucede con esta bienaventuranza, hermanos, es que cuando uno se dedica a vivir de acuerdo a ella, uno parece un poco tonto. Uno parece como una persona: «ah, que eso, tú eres medio hippie». No, hermanos. Lo que pasa es que todos nosotros hemos sido salvos por gracia, y por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos. No hagamos de la misericordia un asunto de méritos, no hagamos de la misericordia un asunto de medios. No utilicemos el desarrollo humano, el «enseñar a pescar» a la persona, para evitar hacer misericordia. Mientras tanto, usted a una persona que puede ayudarle, ayude.

Una advertencia que haré es esta, hermanos: se trata de que el pecado no aumente. Una práctica cristiana, por ejemplo, es dar comida en vez de dar dinero. ¿Por qué? Porque el dinero es más propenso a ser utilizado en drogas, en vicios; y hay veces que una persona está pidiendo dinero y tú, intentando ayudar, lo que haces es que aumentas su desgracia. Pero lo diré: no hay un ser humano que no coma y beba; o sea, todo ser humano come, todo ser humano bebe. Al que usted pueda darle agua, désela; al que usted pueda darle comida, désela. Algo práctico, hermanos, para esto: ayudar hasta donde sea sabio. No deberías endeudarte para ser misericordia, no deberías de algún modo incurrir en compromisos, dañar tu testimonio por hacer misericordia. Pero en la medida, hermanos, que usted pueda ayudar con alimentos, con comidas, con una diligencia, con una llamada a una persona, con una recomendación, hágalo; no porque la persona pueda devolverle el favor.

Buscar intencionalmente al que nadie busca

Paso al siguiente punto, pero doy la siguiente ñapa. Dice el Señor en una de sus parábolas que cuando invites gente a tu casa, no invites a la persona que te pueda corresponder, porque después te va a invitar a ti y al mismo tiempo ya te ha devuelto el favor. Dice la Escritura: invita a aquel que no te pueda corresponder. ¿Cómo podríamos nosotros vivir esto para hacer misericordia, hermanos? Hay que elegir intencionalmente buscar a quien nadie busca. Sí, hermanos, a mí también me da lucha. Yo sé que estas cosas no son fáciles; uno no siempre quisiera compartir con gente, uno quisiera compartir con gente que tenga mis valores. Pero dice la Escritura que lo que sabe hacer es no invitar a comer al que te pueda devolver el favor, sino buscar intencionalmente al que nadie busca.

Pasar tiempo con la gente que otra persona no mira. El que tiene medios, todo el mundo le busca, esa es la realidad. Pero hay personas que nadie recoge. Lo que es cristiano hacer, hacer misericordia, es hacerlo con aquellos que no te pueden devolver el favor. Les pongo el caso: miren, si a alguien de los poderosos del mundo se le queda el carro apagado, yo le aseguro que se le hacen filas ahí para ayudarle. A veces sí hay que hacerle misericordia, claro, porque ese mañana puede resolver un problema mío. Pero lo que sabe hacerlo, hermano, es aquel que no te puede devolver el favor, aquel que quizá por tu propio medio tú no lo harías. Les digo: la misericordia no sale sola, hay que salirle a buscar, hay que elegir abrir los ojos.

Casos comunes, por ejemplo: como tenemos en el país una red de pedigüeños que es inmensa, esas personas, esas redes explotan. ¿Ustedes sabían que hay gente que está detrás de eso? Esa comida, esa gente necesita ni un pan, hermanos; es muy difícil que se lo quiten después. ¿Pueden entenderme? Ellos están siendo víctimas de alguien que los está explotando, pero esa víctima que está ahí tiene un estómago y tiene boca. Hagan misericordia a esa persona porque es cristiano hacerlo. Ciertamente, por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará; esperemos que con la ayuda del Señor el tuyo no se enfríe.

Bienaventurados los de limpio corazón

La primera bienaventuranza que hemos visto hoy es bienaventurados aquellos que tienen hambre y sed de justicia: hambre y sed por la vida piadosa, hambre y sed por hacer la voluntad del Señor, una persona que se siente compelida a hacer lo que es justo. Bienaventurados los misericordiosos. Termino con la siguiente, dice la Escritura: bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Hay un paralelo para este mismo versículo, que está en el libro de Hebreos, capítulo 12, versículo 14, que dice que sin santidad nadie verá al Señor. El Señor está diciendo aquí algo que va mucho más adelante que la ética y la moral de los filósofos de su tiempo. Los filósofos del tiempo de Jesús, lo que entendían es que los hombres tenían que tener como una fachada de piedad y que con eso era suficiente. Eso quizás es lo que todos dan en la escuela: moral y cívica. Y sí, moral y cívica son grupos de cosas que tú haces y no haces, y cuando tú las haces o no las haces, entonces estás bien o estás mal. El Señor va todavía más profundo y dice: bienaventurados los de limpio corazón. Y después dice una de las sentencias más fuertes que hay en todo el tratamiento: porque ellos verán a Dios.

Hermanos, tenemos que preocuparnos como cristianos por intencionalmente apartarnos del pecado. Y, tristemente, hablar de estas cosas en muchos entornos es como atemporal. La desgracia de este tiempo es que la gente ha entendido la vida cristiana solamente como un asunto de cosas que yo hago y cosas que no hago, porque a mí me conviene. Es muy fácil ir a una iglesia, eso no tiene ningún costo; apartarse del pecado, eso tiene un gran sacrificio. Dice el Señor: bienaventurados los de limpio corazón.

Un corazón limpio no es una debilidad

¿A quién celebra la sociedad en este tiempo? Se celebra a hombres que han vivido mucho, son personas que han estado bañando mucha gente, son personas que han tenido vidas interesantes. ¿Y qué es una vida interesante, hermanos, para la sociedad contemporánea? ¿Qué era una persona con una vida interesante? Alguien que ha tenido pecados graves, personas que han vivido su vida de un pecado en otro pecado y que han probado todas las cosas. ¿Qué enseña el Salmo número 1? Dice: bienaventurado aquel que no anduvo, que no se sentó ni siquiera en la silla, dice el Salmo número 1.

Hermanos, tener corazón limpio no es una debilidad; tener corazón limpio es una bienaventuranza. Esto hay que decirlo, porque la gente a veces entiende como que «yo no tengo una vida muy interesante porque no he pecado mucho». Hermanos, dice la Escritura que es una bienaventuranza; bienaventurado aquel que no se enganchó con ninguna de esas cosas. Me preguntaba alguien en días pasados, hablando de diferentes cosas, me dice: «mira, ¿y tú probaste esto y esto y aquello?». No, ni lo he probado ni me hace falta, y le doy las gracias al Señor porque no lo probé. «Ay, yo sí lo probé, pero no me quedé enganchado». Bueno, a mí me fue mejor que a ti, porque ni siquiera tuve la oportunidad. Hermanos, ensuciar tu vida, ensuciar tu corazón, no tiene mérito. Dice la Escritura: bienaventurados los de limpio corazón. Tenemos que procurarlo intencionalmente. Es un privilegio no haber participado. No celebremos lo que celebra el mundo, celebremos lo que celebra el Señor.

Manos limpias o corazón limpio

Tengo que mencionarles algunas cosas con relación a esto. Según los fariseos, lo importante era tener las manos limpias, y si una persona se lavaba las manos, entonces ya quedaba pura. El Señor dice que lo importante no es tener las manos limpias, lo importante es tener corazón limpio. ¿Qué es el corazón? No es el músculo que está en tu caja torácica, eso no es de lo que el Señor está hablando. Cuando el Señor habla del corazón, está hablando de nuestro hombre interior, de ese ser interno que tú tienes, que yo no puedo observarlo por mis propios medios, pero que el Señor lo ve. Y es tan profundo lo que el Señor dice —bienaventurados los de limpio corazón— que es muy probable que delante de los hombres tú seas aprobado, pero ante el Señor tengas el corazón sucio.

¿Quién es el de limpio corazón, entonces? Aquella persona que se aparta del pecado y que anhela no pecar más. Él le llamaba a los fariseos sepulcros blanqueados; les decía que estaban por fuera como muy pintados, pero por dentro lo que había era putrefacción. Lo que enseñan todas las Escrituras, desde Génesis hasta Apocalipsis, es que nuestros pecados son sucios. Nuestros pecados son mugre y son cosas que nos separan de Dios. Así mismo le dijo el Señor a Israel: que sus pecados habían creado un abismo entre ellos y Dios. La bienaventuranza más contundente es esta, cuando dice el Señor que aquellos que son de limpio corazón son solamente los que logran ver al Señor. Y si deseamos ver al Señor, entonces deberíamos apartarnos del pecado.

Cómo se limpia el corazón

¿Cómo se limpia el corazón? Dice la primera carta de Pedro, capítulo 1, versículo 22, que lo que limpia el corazón es la disposición a obedecer a la verdad del Señor. Así llegamos nosotros a percibirnos por dentro y cuidamos aquellas cosas que le importan al Señor, y nos molestan aquellas cosas que le molestan al Señor. ¿Qué hay que hacer, hermanos, para limpiar el corazón? Si alguien me dijera «yo quisiera tener un corazón limpio», lo primero que tiene que hacer es entender cuáles son las cosas que ofenden al Señor, y cada vez que encuentres una de esas, entonces la quitas.

Es muy difícil que usted llegue a limpiar muy bien una casa en un solo día. Si usted ha sido descuidado en limpiar su casa y usted dispone un día: «este va a ser el día de limpieza», muy probablemente haya cosas en su casa que a simple vista usted no pueda verlas. Ahora, una persona que tiene la disposición a la limpieza no solamente limpia un día, sino que va limpiando también en el medio: cuando mueves algo y encuentras polvo, quitas el polvo; cuando abres algo y encuentras descomposición, quitas la descomposición. La actitud de un cristiano no es la limpieza de un día; la actitud de un cristiano es una limpieza permanente. ¿Cómo se llega a limpiar el corazón? Te digo de nuevo, hermanos: no solamente es una labor de un día. Es tener el ojo abierto para entender qué es lo que Dios demanda al hombre, y cada vez que el Señor te enseñe alguna parte de tu vida que no está en consonancia con lo que el Señor espera, entonces apartarte inmediatamente de eso.

Algo que también ayuda a limpiar el corazón, hermanos, es llegar a ver el pecado como Dios lo ve. Apartarse del pecado, hermanos, es algo valioso, es algo importante; pero aún hay algo todavía más importante, y es llegar a ver el pecado como Dios lo ve. Son aquellas personas que se apartan del pecado pero no han entendido lo que ese pecado significaba para Dios, sino «como ya soy un cristiano, entonces no debo practicarlo». Te apartarás del pecado verdaderamente no solamente cuando físicamente sales de él, sino cuando llegas a pensar sobre tu pecado lo mismo que piensa Dios. Cuando llegues a ver tu pecado como lo ve Dios, entonces verdaderamente llegarás a apartarte del pecado.

Llamar al pecado como Dios le llama

Un problema de este tiempo es que, en vez de apartarse del pecado, hermanos, a la gente le gusta tanto el pecado que han llegado a hacer categorías completas de pecado. A eso se le llama enfermedad. Y la persona dice: «no, yo no soy pecador, lo que pasa es que yo estoy enfermo, tú sabes, yo tengo eso». No, eso no es. Se ha dejado de ver el pecado como algo moral, sino como que es una debilidad: «yo soy así». Y acabamos: de esas cosas, ahora mismo son un padecimiento, y eso en el DSM-IV ya está diagnosticado. Cantidad de cosas que ofenden a Dios, entonces la gente entiende que son categorías o que son rasgos de su personalidad. Dice una persona, en vez de decir «mi pecado ofende a Dios y yo amo tanto mi pecado que no estoy dispuesto a abandonarlo»: «es que yo soy así, yo tengo mi personalidad, así tú sabes».

No, no es un asunto de tu personalidad; es que hay un rasgo de tu carácter que no se parece a lo que Dios quiere que se parezca. Y hasta que llegues a considerar tu pecado como lo considera Dios, estarás acariciando tu pecado y llamando a tu pecado un nombre bonito. Algo que yo he aprendido, hermanos, es a identificar pecados y a llamarle a eso como Dios le llama. No es divertimiento, no es experimentación: llama al pecado como Dios le llama. Trata de identificar cada vez que hay un pecado en la Escritura a qué se refiere la Escritura con eso: fornicación, adulterio, lascivia, blasfemia. Cada una de esas cosas: cuando tú puedes llamar a un pecado… «no, mira, se me salió una palabra ahí». No, eso la Escritura le tiene una categoría y dice: llámalo así.

Ve tu pecado como Dios lo ve y refiérete a tu pecado como el Señor lo hace; cuando te refieres a tu pecado como él se refiere, entonces llegarás a ser una persona que tenga un limpio corazón.

Un corazón sucio lo ensucia todo

Es urgente para la iglesia que haya una congregación de gente que tenga limpio corazón. Porque cuando la gente tiene lo sucio adentro, hermanos, todo le molesta. No hay persona más problemática para una iglesia cristiana que una persona que no ha limpiado su corazón, porque para él todo el mundo está sucio. Usted se da cuenta cuando hay… no, no le digo, hermanos, no se lleve del ojo solamente; dice la Escritura que tarde o temprano todas las cosas se manifiestan. Pero comúnmente, cuando a una persona todo le molesta, es que adentro de él hay algo que le hace que el mundo entero parezca que tiene un problema de ese tipo. Son las personas que encuentran pecado en todo el mundo, y lo que pasa es que adentro de él no ha limpiado su corazón. Si tú limpias tu corazón, te será tanto más fácil congregarte en una iglesia.

Verán a Dios

La promesa de esto es que los de limpio corazón llegaremos a ver al Señor. Esto apunta al futuro, hermanos, pero no anula el presente. Será imposible que tú percibas la presencia del Señor en tu vida a menos que limpies tu corazón; dice la Escritura que el Señor no tiene comunión con ese tipo de gente. ¿Tú quieres tener una conciencia de la presencia del Señor y quieres sentir su presencia en tu vida? Tú tienes que limpiar la habitación. Hermanos, tú tienes que buscar intencionalmente mantenerte limpio.

La santidad no es una opción para determinados cristianos; la santidad es lo que se demanda al cristiano más básico. ¿Cómo veremos a Dios? Dice la Escritura, es cierto, le veremos tarde o temprano tal cual él es. Pero a menos que limpies tu corazón, no podrás ahora mismo percibir su presencia. A menos que limpies tu corazón, no podrás ser sensible a su dirección. Hay decisiones que tú tienes que tomar en tu día en las que necesitas ser dirigido por el Espíritu Santo; una persona que es dirigida por el Espíritu Santo es una persona de limpio corazón. Dice así mismo la Escritura que no contristemos al Espíritu Santo. Hermanos, esto no es un asunto místico: dice la Escritura que al momento en que venimos a Cristo, el Espíritu Santo hace de nosotros su habitación. Prepara una habitación limpia, donde el Espíritu Santo no solamente se hospede de vez en cuando, sino que permanezca. Dice así mismo: no contristéis al Espíritu Santo, no entristezcan al Espíritu de Dios.

Obedecer lo que ya sabes

Cómo vemos a Dios: percibimos su presencia, somos más sensibles a su dirección, hermanos, entendemos más su voluntad. Algo que yo he visto en mi caminar cristiano es que cuando yo he resuelto glorificar al Señor en algún área de mi vida, el Señor me permite ver más. Hay personas que no entienden las Escrituras; es que ya tú entendiste parte de las Escrituras, y el Señor espera que tú obedezcas las Escrituras, y cuando obedeces las Escrituras hasta donde el Señor te las ha revelado, el Señor te permitirá ver todavía más de su revelación. ¿Tú quieres ver más de Dios, hermanos? Se te pasará la vida y no conocerás a Dios totalmente, pero mientras más pongas en práctica la voluntad del Señor para tu vida, más conocerás la voluntad del Señor para otras partes.

No quiero ser blasfemo, hermanos —se llama blasfemia cuando uno le atribuye a Dios cosas, cuando uno habla en nombre de Dios—; no quiero ser un blasfemo, digo esto como un ejemplo. Si el Señor ya te mostró algo que tú tienes que renunciar, algo que tienes que obedecer, no le pidas al Señor que te muestre otras cosas, porque el Señor te dirá: «ya te mostré un área de tu vida». Tú tienes que obedecerme, rendirle esa área de tu vida al Señor, y permitirá el Señor en su misericordia que conozcas todavía más de su voluntad.

Miren, el cristianismo no es una curiosidad, no es un asunto de museo. La doctrina cristiana no se entiende a menos que tú hayas limpiado el vaso; no se entiende la doctrina cristiana a menos que el Señor haga en ti una obra, a menos que vaya limpiando tu vida, y que tu vida vaya haciéndose un vaso más útil al Señor, y el Señor te irá revelando más y más de su voluntad. Es más, conocer más perfectamente la voluntad del Señor debería ser una motivación suficiente para que cualquier persona se aparte del pecado.

Les pregunto: ¿por qué los inconversos no entienden las Escrituras? Quizá pueden entender las letras de las Escrituras, pero no las entienden profundamente, porque el Señor no se lo ha revelado; y cuando ellos resuelvan hacer la voluntad del Señor, entonces el Señor les permitirá ver más de su voluntad.

Percibir la presencia del Señor

Cuando limpiamos nuestro corazón, reconocemos la presencia del Señor en medio de su pueblo. Mando un saludito a esta persona que siempre tiene duda de que Dios está aquí, que dijo que Dios no está aquí. Es la persona que llega con el corazón sucio al culto cristiano y dice: «el culto de hoy no estuvo bueno», y todo el mundo se gozó menos él. Como que hoy no se sintió la presencia del Señor; quizá no la sentiste tú en tu corazón porque tu corazón no estuvo dispuesto, pero aquella multitud de gente sí sintió la presencia del Señor. Aquel que no ha limpiado su corazón no debería tener una comunión; es más, debería ser como cuando tú no te has bañado.

Días pasados llegué tarde a una reunión. Sucedió, hermanos, que se me pasó la hora. Y a mí me daba tiempo de llegar a la reunión, pero el asunto es que es bastante incómodo estar con un grupo de gente cuando tú no te has echado agua al cuerpo. Yo prefiero llegar tarde a la reunión y llegar con el cuerpo limpio, para poder disfrutar de la reunión. ¿Qué tal, ahí todos se han sentido, verdad? Como en un grupo de gente en el que tú estás como cohibido. Es lo mismo que le pasa a un pecador en la presencia del Señor: no tiene libertad, no se siente bienvenido, se siente rechazado. Limpia tu corazón. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán al Señor. Hermanos, limpiar el corazón no es un asunto opcional. Es lo que los cristianos tenemos que hacer para poder entrar en la presencia del Señor.

Llamado y oración final

Tres bienaventuranzas adicionales: bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, bienaventurados los misericordiosos y bienaventurados los de limpio corazón. Que el Señor permita que estas cosas vayan adornando tu carácter más y más, y que no solamente se vea desde afuera, sino que el Señor permita cultivar en tu corazón aquellas cosas que él ha sembrado. Quiero orar por las personas que están aquí presentes, y quiero invitarte, hermano, a que le pidas esas tres cosas que hemos predicado, se las pidas al Señor en oración.

Pídele al Señor en oración que te permita tener hambre por la justicia. No un deseo superficial, no un asunto porque alguien te ha culpado, sino un deseo auténtico por la justicia, por el bien proceder, por las cosas bien hechas. Que el Señor ponga en ti un corazón hacia la misericordia; no para la salvación, porque ya la tienes, sino para que te parezcas a tu Padre celestial. Y que el Señor vuelva a avivar en nosotros este deseo de tener un corazón limpio y apartarnos totalmente del pecado. Cierra tus ojos un momento y permíteme orar al Señor.

Padre, mira estas bienaventuranzas que nos desbordan. Mira las personas que están aquí presentes, Señor, que quizás tienen todavía una aproximación a la justicia que es la justicia del hombre; permite que sea tu Espíritu Santo obrando en el corazón para que abandonemos nuestra propia justicia y comencemos, Señor, a ser saciados con las cosas que tú das. Pon hambre, Señor, en nosotros por las cosas bien hechas, por las cosas de buen nombre. Pon hambre en nosotros, Señor, y mientras más comamos la verdadera comida, que menos nos satisfagan las cosas que no son lo que tú has provisto.

Te pido especialmente, Señor, por un espíritu renovado, un ímpetu renovado hacia la misericordia. Permite, Padre, que nosotros seamos misericordiosos con aquel con quien nadie lo sería. Permite, Señor, que tengamos los medios para ayudar; pero si acaso no están los medios todavía, que llegue la actitud primero. Instala, Señor, una pasión por ayudar al pobre, ayudar al necesitado, ayudar al marginado, por recibir a aquel, Señor, que otra persona no recibiría. Y suele hacerlo, Señor, porque tú lo hiciste con nosotros. Mira a mis hermanos, Señor, que quizás no tienen tanta disposición, y mírame a mí mismo. Dando los medios, Señor, para hacer misericordia; pero sobre todo, Señor, haznos misericordiosos.

Ay, Señor, qué hermoso sería si nuestro corazón fuera un vaso cada vez más apropiado, si nuestro corazón estuviera cada vez más limpio, Señor, para recibir tu Palabra, para recibir tu presencia, para recibir tu dirección.

Hermano, si acaso has escuchado la Palabra del Señor y hay algún pecado que tengas que confesar ante el Señor, no ames más a tu pecado que a lo que el Señor pueda darte. Renuncia a tu pecado y entrega esa área de tu vida a la voluntad del Señor. Este es un buen momento, hermano, si hay cosas de las que el Señor te ha hecho consciente, si hay algún sucio nuevo que has encontrado, si hay áreas de tu vida que habían sido descuidadas. Este es un buen momento para, en vez de amar tu pecado, renunciar a eso por amor al Señor y esperar que el Señor te satisfaga en esa área de tu vida.

Ay, Padre, permítenos verte, permítenos sentirte, que seamos dirigidos por ti, Señor. Haznos vasos apropiados.

Invitación a creer

Si hay alguna persona que ha recibido las bienaventuranzas y ha sentido el llamado del Señor en su corazón, mantenga sus ojos ahí cerrados un momento. Si acaso has escuchado la predicación de la Palabra del Señor y el Señor ha estado obrando en tu corazón, no cierres tus oídos a la Palabra de Dios, no cierres tus ojos a la realidad de Dios, no cierres tu corazón a su presencia. Si tú no eres un cristiano: los cristianos llegamos a serlo primero al admitir nuestra pobreza y admitir ante el Señor que somos pecadores.

Puedes decirle ahí al Señor en oración: «Señor, he escuchado la predicación de la Palabra, he sentido tu invitación en mi corazón; te pido que perdones mis pecados, que me recibas como tu hijo, que inscribas mi nombre en el libro de la vida». No puedo orar por ti, puedo decirte cómo hacerlo. No hay una oración universal, cada quien tiene que hablarle al Señor con sus palabras. Lo que sí es universal es el arrepentimiento; lo que sí es universal es la confesión.

Puedes decirle ahí al Señor: «Señor, reconozco mi bancarrota moral ante ti, reconozco que no he hecho más que mi propia justicia, reconozco que no tengo los medios para hacerlo. Te pido, Señor, que perdones mis pecados, que me aceptes en tu presencia como tu hijo, y a partir de este momento resuelvo comenzar a vivir una vida que es agradable a ti». Eso es creer al Señor, eso es confesar a Cristo, eso es ser un cristiano. Dice la Escritura: aquel que creyere en su corazón y sea bautizado, ese será salvo. Te invito a que no solamente escuches, sino que procedas a resolver hacer la voluntad del Señor y comenzar con las aguas del bautismo.

Gracias, Señor, por tu Palabra; gracias por las bienaventuranzas. En el nombre de Jesucristo, amén.

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