Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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Las bienaventuranzas- Primera Parte

Mateo 5:1-5

Las tres primeras bienaventuranzas describen el carácter del ciudadano del reino: el que reconoce su bancarrota espiritual delante de Dios, el que conserva un corazón sensible que todavía llora, y el que cede sus derechos para que avance el testimonio de Cristo.

Predicado15 de febrero de 2015
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Este año hemos comenzado exponiendo el Evangelio de Mateo desde el capítulo 1, y ya vamos por el capítulo 5. Comenzamos mirando el anuncio del nacimiento y el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, en los capítulos 1 y 2 de Mateo. Luego vimos su bautismo por Juan el Bautista, en el capítulo 3, y más tarde la tentación del Señor en el desierto, en el capítulo 4. Ahora entramos a la sección que se conoce como el sermón del monte. Es una sección relativamente extensa: comienza en el capítulo 5 de Mateo y viene a terminar en el capítulo 7. Es como el centro de la enseñanza didáctica de nuestro Señor Jesucristo.

Doy un chance para que todos puedan buscar Mateo capítulo 5. Si ya buscaron ahí sus biblias, pueden dejarlo marcado y ponerse sobre sus pies un momento para que oremos al Señor. Primero leeremos y luego oraremos. Leeremos la primera parte de este sermón, la sección que se conoce como las bienaventuranzas.

Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

— Mateo 5:1-12

Oramos al Señor. Gracias, Señor, por esta oportunidad que le das a nuestra iglesia local de considerar estas bienaventuranzas. Gracias porque son enseñanzas que tú mismo, cuando te encarnaste, nos diste, y salieron de tu propia boca. Permite, Padre, que este amplio discurso sea recibido por nuestra iglesia local como verdadera comida. Permite que desafíe, Señor, diferentes áreas de nuestro caminar cristiano, y que cuando veamos el contraste, caminemos hacia mostrar con cada vez más fidelidad lo que tú quieres que mostremos.

Mira las personas aquí congregadas, Señor. Danos el pan de tu palabra, danos este verdadero alimento espiritual. Permite que tu palabra sea saboreada en nuestras bocas, que no sea solamente un asunto que se ve, que se considera y que sigue de largo, sino palabra atesorada en nuestro corazón. Te pido especialmente por aquellos de mis hermanos que ya han aceptado tu palabra y son parte de este reino: permite que, cuando vean lo que tú demandas, se sientan compelidos a parecerse aún más a lo que tú quieres que se parezcan. Permite que como iglesia crezcamos al considerar tu palabra, en el nombre de Jesús, amén. Pueden ocupar sus asientos.

El consejo del barbero

Dice nuestra introducción que el sermón del monte, que también puede ser llamado la enseñanza de la montaña, constituye el núcleo central de la enseñanza discursiva de Jesús, dado especialmente para sus discípulos, ante una multitud de personas que también estuvo presente. Está compuesto por instrucciones directas, por parábolas, explicaciones sobre la ley, advertencias y una serie de consejos misceláneos. La primera sección del sermón del monte se conoce como las bienaventuranzas, y son una descripción de cómo debería ser el carácter y el testimonio de los ciudadanos del reino. Hoy veremos las primeras tres: bienaventurados los pobres en espíritu, los que lloran y los mansos, y la forma en que estas bienaventuranzas desafían lo que nosotros entendemos que debería ser la vida cristiana.

Era mi intención inicial considerar todas las bienaventuranzas en un solo sermón. Ese era mi propósito inicial; yo tenía ya el material preparado para cubrirlas todas de manera corta, de manera concisa. Pero a veces suceden unas coincidencias afortunadas en las que nosotros los cristianos tenemos que ver la mano del Señor. Ayer fui a repasar lo que iba a enseñar. Yo normalmente voy preparando el sermón durante la semana, y cuando llega el domingo vuelvo a estudiar y trato de complementar con otras fuentes. Cuando ya tenía el armazón de lo que iba a predicar, fui donde mi barbero a recortarme. Cuando llegué donde Felipe, que también es hermano, me tocó la fortuna de una de esas coincidencias que yo veo que son provisión del Señor: él iba a exponer hoy la misma porción de la escritura que yo iba a predicar.

Miren qué afortunada coincidencia. Cuando estamos hablando, él me dice que va a predicar mañana las bienaventuranzas, y yo le digo: pues yo también voy a predicar las bienaventuranzas. Entonces me dice: ¿y cómo las vas a predicar tú? Le digo: bueno, yo tengo la intención de tomar todas las bienaventuranzas como si fueran una cadena y explicarlas todas juntas. Cuando él me escucha, me dice: no, pero ¿cómo va a ser? Las bienaventuranzas no se predican así; eso se predica una bienaventuranza cada domingo. Le digo: no, Felipe, mira, yo no tengo tanto tiempo disponible, porque mi meta es que para Semana Santa yo tenga a los hermanos en Mateo hablándoles de la pasión de Cristo, y no puedo detenerme domingo tras domingo en una bienaventuranza. Y me dice: no, mira, eso no se predica de otra manera, eso se predica una bienaventuranza cada domingo.

Entonces él tiene muchos libros. Ahí donde uno se sienta, en la barbería, tiene muchos libros guardados, y paró a los clientes: párate, párate, mira. Cuando el doctor Martyn Lloyd-Jones predicó las bienaventuranzas en Inglaterra, esos fueron como cuarenta sermones. Mira, esas son las bienaventuranzas. Y me sacó el libro. Entonces me dice: así es que se predican las bienaventuranzas, ¿cómo es eso de un solo sermón para todas? Eso es una bienaventuranza cada domingo. Yo quiero ser un hermano humilde y recibir la dirección del Señor, y no me voy a aventurar a predicar todas las bienaventuranzas, sino que por lo menos seleccioné tres. Hay que dejarse dirigir por el Señor, hermano, porque solamente el Señor sabrá la bendición que tiene para nuestra iglesia, quizá si no vemos todas las bienaventuranzas juntas, sino que vamos viendo partes cada domingo. Con la ayuda del Señor, el próximo domingo consideraremos otras.

Una enseñanza para los discípulos

Algo acerca de esto, hermanos, antes de comenzar a considerar estas tres que he seleccionado con temor y temblor, porque Felipe quería que fuera una bienaventuranza cada domingo. Les diré que esta parte de la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo fue dada específicamente para sus discípulos. Así mismo dice cuando comienza: viendo la multitud, subió al monte, y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Con esto les diré que una multitud de personas presenció a nuestro Señor Jesucristo cuando él estaba predicando las bienaventuranzas, pero fue una enseñanza dada por Cristo con la intención expresa de que fuera recibida por sus discípulos. Es como cuando usted asume una clase como oyente: hay personas que deben tomar esa clase porque fueron las que se matricularon en ella, pero usted puede participar ahí como oyente y también tener algún tipo de provecho. Nuestro Señor Jesucristo, cuando dio las bienaventuranzas, las estaba dando específicamente para sus discípulos, y estaba tratando de enseñarles a ellos cómo se vive adecuadamente dentro del reino de los cielos.

Es muy probable que no haya sido esto un sermón en el sentido de esa palabra. Ya les expliqué a los hermanos el miércoles pasado que no necesariamente significa que fue una enseñanza dada por el Señor en una sola tanda. Es probable que nuestro Señor haya subido a esa zona a tener un tiempo de enseñanza intensiva con sus discípulos, donde les dio enseñanzas de una cosa y enseñanzas de otra, y después Mateo las compiló como una sola sección. Quizá podría llamarse de manera más apropiada, como dice John Stott, la enseñanza en la montaña, y no el sermón del monte. Esto porque decir «sermón del monte» da la impresión de que fue un sermón de cuarenta minutos, como el que uno predica, donde se comienza con una cosa y se termina con la otra. Muy probablemente haya sido una serie intensiva de enseñanzas dada por nuestro Señor específicamente para sus discípulos, y eligió para darlas una sección del territorio que era una montaña.

En cuanto a esto, también les diré que me llama la atención que la multitud se reunió también para escuchar a nuestro Señor enseñando. Hay veces que las personas tienen la idea de que solamente los milagros de nuestro Señor Jesucristo tenían la capacidad de convocar multitudes, pero llama la atención que también la enseñanza didáctica de nuestro Señor era algo tan interesante que lograba convocar a la gente. Y aunque el Señor en este momento aparentemente no está multiplicando panes, no está multiplicando peces, no está haciendo que los cojos caminen y que los ciegos vean, de todos modos las multitudes se congregaban para verlo enseñando. Ese es el impacto que tiene la palabra del Señor, y la confianza que nosotros tenemos: la palabra del Señor, cuando es predicada, se vuelve muy interesante, viva, y no solamente esto, sino que puede transformar verdaderamente al ser humano.

Algo que también tengo que decirles como preámbulo es lo que significa la palabra «bienaventuranza». Esta primera sección del sermón del monte se llama las bienaventuranzas porque el Señor dice vez tras vez «bienaventurado el hombre, bienaventurado el hombre», pero quizás uno no sabe de forma precisa lo que significa la palabra bienaventurado. Algunas traducciones lo traducen como «feliz el hombre», o «le ha ido bien al hombre», y quizás ese es el sentido exacto que tiene la expresión.

Pero no en el sentido de felicidad de sonrisa, sino de un hombre que es digno de ser felicitado. Es como cuando uno ve a una persona a la que le ha ido muy bien y le dice: caramba, fulano, a ti sí te ha ido bien. Y esa persona no puede negarlo, sino que dice: verdaderamente me ha ido bien. Eso es un bienaventurado. Es alguien de quien uno dice: guau, fulano, a ti sí se te ha ido verdaderamente bien en la vida. Lo que está diciendo nuestro Señor Jesucristo es: bien le ha ido, feliz es, digno de ser celebrado. Tengan alta estima al que llora, al que sufre persecución, al que es pobre en espíritu, y todas estas cosas que estaremos explicando a continuación.

Bienaventurados los pobres en espíritu

Comenzaré por la primera de las bienaventuranzas. Dice así nuestro Señor Jesucristo, abriendo la boca, les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

— Mateo 5:3

El tema central de las bienaventuranzas es una descripción de cómo se debe vivir en el reino que el Señor ha inaugurado. Es un reino ahora mismo espiritual. Ahora mismo el reino de nuestro Señor no es un reino físico que tenga un trono físico en algún lugar y esté delimitado por un territorio, sino que es un reino espiritual del cual somos parte todas aquellas personas que hemos aceptado la soberanía de nuestro Señor como rey. Así como se le dice a las personas que solicitan la ciudadanía en Estados Unidos que conozcan lo que es la vida americana, lo que ellos llaman el American way; así como se le induce a cualquier persona que esté entrando en una ciudad, se le dice: mira, así es que aquí se vive. El Señor le está diciendo a sus discípulos: ustedes van a ser ciudadanos dignos del reino, este es el tipo de ciudadanos que se está buscando, este es el carácter que deben tener.

Les diré a modo de introducción de esta bienaventuranza que no se está hablando aquí de una pobreza material. El catolicismo romano, en tiempos de San Francisco de Asís, hizo del desprendimiento material como si fuera una virtud, y le enseñó a la persona que bienaventurados eran aquellos que podían despojarse de sus riquezas materiales. Pero la escritura es muy clara y nos está diciendo aquí que la bienaventuranza no se trata de la pobreza física. Bienaventurados los que son pobres, pero no es que son pobres porque no tienen dos pesos en la cartera, sino que son pobres en espíritu.

¿Qué es ser un pobre en espíritu? Un pobre en espíritu es aquella persona que puede dejar de un lado la soberbia y con humildad puede reconocer delante del Señor cuál es su verdadera condición. Y dice la escritura que si un hombre puede reconocer delante de Dios cuál es su verdadera condición, ese es un hombre bienaventurado, y de ese hombre es el reino de los cielos. ¿A qué se refiere esta bienaventuranza? Está hablando del principal obstáculo que tienen los hombres para entrar al reino, que es la presunción. Cantidad de personas no entran en el reino de los cielos porque entienden que ya ellos están enriquecidos, que ya tienen las cosas que necesitan, y como ya tienen las cosas que necesitan, entonces no necesitan entrar en el reino de los cielos.

¿A quiénes les está predicando Cristo? Este sermón se está predicando a un grupo de personas que tenían la mayor presunción espiritual del mundo antiguo: los judíos. Los judíos entendían: nosotros sí somos ricos, porque somos hijos de Abraham; nosotros sí somos ricos, porque nosotros guardamos la ley. Y dice el Señor: bienaventurados aquellos que no entienden que son ricos y pueden reconocer cuál es su verdadera condición, porque cuando reconocen su pobreza, entonces heredan el reino de los cielos. Algo que se ha visto, hermanos, y que se demuestra en la escritura, es que para heredar el reino de los cielos se comienza admitiendo cuál es nuestra verdadera condición.

¿Cuál es el obstáculo que hay ahora mismo? Hay cantidad de personas que reciben el mensaje del evangelio, pero no lo reciben como la cosa absolutamente necesaria, sino como una cosa más. ¿Por qué no avanza más la iglesia del Señor? Porque cuando los hombres escuchan la predicación del reino entienden: eso también yo podría ponerlo dentro de mi estante, al lado de tal cosa que yo también puse. Es más, algunas personas han querido poner la fe cristiana en el mismo lugar del estante de su vida donde pusieron, por ejemplo, su carrera profesional. Así como yo tengo mi carrera, así como tengo mi carro, así como tengo mi casa, así como tengo mi familia, yo también tengo mi fe. Hermano, la fe cristiana no es una cosa más que se pone dentro de todas las otras cosas; es la cosa absolutamente necesaria. Y aquellos que pueden admitir delante del Señor su verdadera condición espiritual, entonces son bienaventurados.

Algo que he venido a decirles, hermanos, es que la fe cristiana no es solamente una mejora, un rediseño o una decoración. La fe cristiana es una reconstrucción. Cuando Cristo viene a tu vida, no viene a mejorarla. Cristo vino a darte una vida. Y a menos que tú puedas comenzar en el punto cero, tú nunca vas a llegar a ser un verdadero cristiano. Cristo no vino a decorar tu vida, Cristo no vino a pedirte: permíteme acceso para colocar a la derecha los muebles que antes estaban a la izquierda. Dice la escritura que él es nuestra vida. Y si una persona no entiende cuál es su verdadera condición ante Dios, que es bancarrota espiritual, nunca podrá heredar el reino de los cielos. Bienaventurados, por eso, los pobres.

Cuando camino por Gascue me sorprendo, porque hay una gran cantidad de casonas. Son casas muy preciosas, son casas bien diseñadas, son casas decoradas; usted las ve por fuera y son casas maravillosas. ¿Y por qué no son destruidas esas casas? Porque tienen un valor emocional muy fuerte en esas familias, no quieren destruir esa casa, esa casa significa algo. Pero tienen un gran problema, y es que casi todas esas casas tienen fundamentos que no son sólidos, y por mucho que se quiera, antes de hacer cualquier cosa valiosa ahí, es necesario romper todo aquello para comenzar a edificar. Esa es la situación de la vida de muchas personas al día de hoy, que son vidas que desde afuera llaman la atención.

La gente que vivía en Gascue ahora mismo vive en otras partes, y las casas tienen un valor emocional. Hermano, cuando tú vengas a Cristo con tu casa artesonada, lo que va a hacer el Señor es que va a destruir tu vida, y cuando él destruya tu vida, él va a comenzar a reconstituirla y te va a dar lo que es una verdadera vida. Y a menos que reconozcas cuál es tu verdadera condición ante Dios, nunca podrás recibir tal cosa. Tú no puedes poner sobre una casa destruida un nivel más que sea el cristianismo. El cristianismo es el fundamento de la vida de un hombre, y a menos que reconozcas tu bancarrota espiritual delante de Dios, nunca podrás heredar el reino de los cielos.

Hay cantidad de personas que vienen a la iglesia y cuando escuchan la predicación piensan que esto es algo más, o que ya ellos lo tienen. Yo le pregunté a un médico cuál era su peor paciente, y me respondió: otro médico. ¿Creen que saben por qué? Porque él quiere que venga dinero de mí solamente para que yo le convalide su receta; ya él sabe lo que le duele, ya él sabe lo que está pasando, ya él sabe cuál es la farmacología que le toca, pero quiere que yo se lo diga. No, tú no puedes venir a Cristo a que Cristo convalide tus recetas. Tienes que venir a Cristo reconociendo: Cristo, soy absolutamente pobre espiritualmente, no tengo nada que darte, no hay nada de valor en mí, renuncio a cualquier pretensión. Y cuando renuncio a cualquier pretensión, entonces estoy en condiciones de entrar al reino de los cielos.

Solo los pobres en espíritu, dice la escritura, tiemblan ante la palabra de Dios. Dice así mismo Isaías capítulo 66:

Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.

— Isaías 66:2

Hay personas que escuchan la palabra del Señor, hermano, pero cuando la escuchan, eso es un sermón más. Pero hay otros que, cuando escuchan la palabra del Señor, no es un sermón más de las muchas cosas que han escuchado, sino que tiemblan ante la palabra del Señor. Dice al mismo tiempo el libro de los Salmos:

Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias.

— Salmo 34:6

Hermanos, ¿por qué no hay más salvación? ¿Por qué más personas no proceden al arrepentimiento? Porque su pretensión de que ya tienen lo que necesitan no les permite reconocer delante de Dios su verdadera condición. Y si reconocieran su verdadera condición, les aseguro que serían enriquecidos. Bienaventurados los pobres.

La pobreza espiritual como actitud diaria

Algo que le tengo que decir a mi iglesia es que la pobreza espiritual no es solamente un asunto puntual que se reconoce en el primer momento de la vida cristiana. La pobreza espiritual debe ser nuestra admisión diaria, algo permanente, una actitud del corazón. Le preguntaron a un hombre muy, muy rico: ¿cómo ha logrado durante sesenta años seguir siendo rico? Vino una gran crisis y usted siguió siendo rico; todas las empresas de su rubro quebraron y usted siguió siendo rico. ¿Cuál es su fórmula mágica para, en medio de las dificultades de la economía, seguir siendo rico? Y él les respondió de manera sencilla: la manera de permanecer siendo rico es seguir siendo pobre. Cuando tú creas que ya eres rico, entonces dejarás de serlo. Cuando tú entiendas que ya tienes lo que te hace falta, entonces dejarás de buscarlo. La manera en que sigues siendo rico es manteniéndote siendo pobre.

Hermanos que están aquí presentes: el cristianismo no fue una cosa que te impresionó en el momento inicial de tu vida y después se volvió una cosa más. A menos que sigas anhelando las cosas espirituales con el mismo ardor con que las anhelabas cuando comenzaste en los caminos del Señor, tarde o temprano volverás a ser pobre. Hoy eres un cristiano y disfrutas de la palabra del Señor; cuando dejes de anhelar las cosas del Señor como tu prenda más valiosa, entonces estarás en el camino correcto para pronto llegar a ser pobre.

Quiero animar a mis hermanos a que admitan ante el Señor que todavía no tienen lo suficiente. Yo no sé en qué momento estás de tu vida cristiana, pero un cristiano sabio va todos los días a la presencia del Señor y le dice: Señor, dame más y más de tu presencia, porque todavía no tengo lo suficiente. Un cristiano sabio no deja de buscar el pan nuestro de cada día; el cristiano siempre va a la presencia del Señor como si fuera la primera vez. No llega un momento en la vida cristiana en el que ya tú caminas solo, en el que dices: mira, ya yo puedo dejar de alimentarme, ya yo puedo dejar de cultivarme, ya yo me fui solo. No, hermano, tienes que admitir diariamente tu pobreza ante el Señor, y cuando tengas hambre todos los días, serás bienaventurado. Bienaventurados los pobres.

La actitud correcta ante el Señor con relación a los bienes espirituales es: yo no tengo nada. Y tú dirás: ya yo tengo cuarenta años en los caminos del Señor. Bienaventurados los pobres. Hermano, nunca, nunca, nunca, nunca te alejes de la fuente de tu provisión. Nunca dejes a Dios de lado.

Son cosas que llegan a la mente, hermano, pero que tengo que relacionar. Una vez estaba reunido con quien fue durante muchos años rector de APEC, un señor que se ha codeado aquí con mucha gente rica y que conoce mucho de política y de cosas muy curiosas. Y estaba hablando de unos multifamiliares que se hicieron una vez, creo que por Nagua, en una pequeña comunidad.

Era una comunidad de agricultores, gente acostumbrada a vivir de la tierra; de eso comían, de eso subsistían. Vivían en la extrema pobreza, no tenían las normas más básicas de salubridad, y Balaguer les construyó unos multifamiliares. Cuando Balaguer les construyó los multifamiliares, encontraron que al corto tiempo en la escalera tenían los burros amarrados, y era un apartamento de tres habitaciones, y en todas las habitaciones vivían cerdos. Un multifamiliar bonito, y lo estaban utilizando para criar cerdos. Les preguntaron: pero estos son asuntos para vivir, esto aquí no es para que estén criando puercos, porque el hedor no se aguanta. Y ellos dijeron: de esto nosotros vivimos, y yo no quisiera tener ni mi puerco ni mi burro muy lejos de mi casa.

Les digo, hermanos, que quizá no sea el mejor ejemplo ni la ilustración más adecuada, pero yo les diré que para esa persona su puerco y su burro son sus medios de subsistencia. ¿Y si me roban el burro? ¿Y si me roban la puerca? Hermano, tu medio de subsistencia no lo tengas nunca muy lejos. El Señor es tu pan, el Señor es tu verdadera comida. Un cristiano tiene que admitir ante el Señor: Señor, yo sigo siendo pobre.

Hay unas cartas en la escritura que el Señor le escribió a diferentes iglesias. Estas cartas están en Apocalipsis; no tienen que buscarlas, yo les voy a leer dos mensajes así, rápido. Una de ellas, por ejemplo, el Señor la escribió a la iglesia de Esmirna, en el capítulo 2. Y el Señor animó a esa iglesia con estas palabras:

Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico).

— Apocalipsis 2:9

Oigan cómo el Señor la anima: yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza, pero después le dice: pero tú eres rico. ¿Qué pasa con esa iglesia? Era una iglesia que, a pesar de que el Señor la había enriquecido, todavía se comportaba espiritualmente como si fuera una iglesia pobre, como una iglesia que necesitaba, una iglesia que anhelaba la provisión del Señor. Y después le escribió a otra iglesia más, la iglesia de Laodicea. Eso está en el capítulo 3, en el versículo 17:

Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.

— Apocalipsis 3:17

Hermano, cuando en los asuntos espirituales tú digas, lleno de soberbia, «lo logré», perdiste. Cuando tú digas «lo tengo», lo perdiste. Bienaventurados aquellos que admitieron ante el Señor inicialmente su pobreza y siguen todos los días diciendo: Señor, todavía soy pobre; Señor, todavía quiero más; Señor, aliméntame todavía más. Que tengan hambre de pobre, que tengan hábitos de pobre.

A eso algunas personas le llaman el primer amor. Dicen, cuando ven un nuevo creyente que viene a la iglesia y que tiene ese fervor, esa pasión, ese deseo de las escrituras, ese deseo de congregarse: es el primer amor, dale un tiempecito y se le pasa. Bienaventurado aquel que permanece en su primer amor. Bienaventurado aquel que todavía recibe la palabra del Señor como la recibió la primera vez. Bienaventurado aquel que no ha perdido el paladar a la bienaventuranza que le da el Señor. Bienaventurados los pobres. No debe ser esto, hermanos, solamente un asunto de un momento; debe ser esta nuestra actitud permanente.

Cuando crees que ya lo tienes, lo perdiste

Miren, es muy fácil terminar en la presunción espiritual. Es fácil decir «lo logré». Es fácil llegar a entender que ya tenemos. Es fácil a veces validarse ante el Señor con cosas inadecuadas. La actitud que debemos tener nosotros, la actitud que debe tener un buen siervo, es tal como dice así mismo la escritura en Lucas capítulo 17:

Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.

— Lucas 17:10

Si llega un momento en tu vida cristiana en que tú digas «lo logré, porque ya yo he comido, ya yo he servido al Señor», di al final del día: siervo inútil soy, porque no he hecho más de lo que tenía que haber hecho; lo que debía hacer, hice.

Es fácil llegar a presumir de lo que tenemos. Les doy un ejemplo. Hace cerca de quince años se popularizó una canción dentro de las iglesias que era la canción «Renuévame». Yo no lo voy a considerar mucho, hermanos, solamente les diré una parte: «Renuévame, Señor Jesús, ya no quiero ser igual; renuévame, Señor Jesús, pon en mí tu corazón, porque todo lo que hay dentro de mí necesita ser cambiado, Señor». Ah, caramba, la controversia llegó. Cantidad de gente peleando: ¿cómo va a ser? ¿Cómo cantar «renuévame», cómo que todo lo que hay dentro de mí necesita ser cambiado? No, no, no. Una controversia, hermano, en las iglesias.

Las iglesias estaban en que no se podía cantar «renuévame porque todo lo que hay dentro de mí», sino «porque algunas cosas de las que hay en mi corazón necesitan ser cambiadas». Renuévame, Señor, porque algunas cosas de las que hay dentro de mí, algunas cosas muy puntuales, dicho sea de paso, necesitan ser cambiadas. Hermano, si el Señor quiere renovarte, que te renueve completo. Si el Señor quiere reconstruirte, que te reconstruya. Si el Señor quiere lavarte completo, que te lave completo. Si el Señor quiere quitarte todo lo que tú entendías que ya era valioso y darte cosas aún más valiosas, que lo haga.

El Señor en un momento intentó lavar los pies de Pedro y Pedro le dijo: no, Señor, no me laves los pies. El Señor le dijo: mira, Pedro, si no te lavara los pies, tú no tuvieras parte conmigo. Y Pedro le dijo: Señor, no solamente los pies, lávame las manos, la cabeza y el cuerpo entero. Embadúrname, Señor, enjabóname por todos lados.

Hermanos que están aquí presentes: quien es pobre espiritualmente es una persona que no presume ante el Señor, que no dice «lo he logrado», que no dice «ya yo soy un cristiano maduro, ya tengo tantos años en los caminos del Señor». Es una persona que en el año cuarenta de su trajinar cristiano todavía se considera un nuevo creyente.

Quiero celebrar la actitud del nuevo creyente en creyentes maduros. Son aquellos que dicen: tengo quizás cuarenta años ya en la familia del Señor, pero todavía veo los evangelios y se me abren los ojos. Yo le oro al Señor porque vuelva a poner en mi corazón aquella pasión que había en los años noventa, cuando no llegaba la luz y yo prendía una lamparita así para leer los evangelios, y cuando leía los evangelios veía que eso era verdadera comida. Un día pasado leí los evangelios y dije: ya, yo eso me lo sé. Y me preocupé. Que no deje de latir tu corazón ante la palabra del Señor. Que no dejes de tener la actitud de un turista ante las escrituras. Un turista, cuando camina, todo le sorprende: hay una piedra, foto; hay gente, foto; hay frutas, foto. Cuando tú dejes de tener la actitud de un turista ante la revelación de Dios, perdiste.

Bienaventurados los pobres. Gloria al Señor por su palabra. Hermano, hay actitudes con las que hay que tener cuidado. Ten cuidado cuando comiences a compararte con otros hombres, entre ellos tus hermanos. Cuando tú comienzas a mirar tu desempeño espiritual y a mirar al hermano que tienes al lado y dices: mira, este y yo comenzamos juntos, y yo estoy en el paso tres y él está en el paso dos; hermano, perdiste. Abandona todo tipo de presunción espiritual. Cuando llegas a entender que conoces las escrituras más que los otros, perdiste. Hermano, cuando comiences a considerar tu pecado como poca cosa, perdiste. Hay personas que después de años en el Señor comienzan a racionalizar su pecado y sus debilidades, y dicen: no, yo antes pensaba que eso aborrecía al Señor, pero ya yo he madurado y ya yo entiendo que eso es algo normal. Hermano, perdiste. En el momento en que entiendas que lo tienes, ya no lo tienes.

Bienaventurados los que son pobres y permanecen siendo pobres. Miren, Pepín Corripio dice una máxima muy famosa: cuidemos los chelines, porque los billetes grandes se cuidan solos. Cuidemos, hermano, las pequeñas cosas que nos da el Señor, atesorémoslas como verdadera comida, de forma tal que las cosas grandes no nos sorprendan. Hermano, cuando tú estés de acuerdo contigo mismo, perdiste. Cuando entiendas que ya lo que dice el Señor lo tienes, porque yo soy un cristiano maduro y yo puedo, perdiste, hermano; todavía la palabra del Señor tiene autoridad sobre ti.

Una preocupación grande tengo yo con aquellos hermanos míos que después de años en el Señor son difíciles de pastorear. Algo que yo he visto: al nuevo creyente tú le señalas algo de su vida cristiana y enseguida revisa y dice: sí, gracias, hermano. Pero a aquellos que tienen años tú les destacas algo en su caminar cristiano y dicen: no, yo siempre he sido así. Así, hermano, perdiste. En el momento en que te lo creas, perdiste. Bienaventurados los pobres, los que pueden con humildad reconocer delante del Señor su verdadera condición.

Bienaventurados los que lloran

Paso a la segunda. La primera bienaventuranza es la persona que reconoce con humildad su verdadera condición delante de Dios. Estás en bancarrota espiritual, eres pobre, no tienes nada que darle al Señor, y a menos que lo reconozcas, el Señor nunca hará en ti la buena obra. El Señor hace su buena obra porque dice la escritura que da mayor gracia a los humildes y resiste a los soberbios. Los que entienden que lo tienen, no lo tienen; y a menos que te reconozcas pobre, no podrás entrar.

Segunda bienaventuranza. Quizá fue sabio el consejo de Felipe; ahora lo pienso, hermano, porque solamente hemos visto la primera y ya tengo un tiempecito en esto. Lo voy a llamar para agradecerle. Sí, quizá fue sabio el consejo, pues imagínate, ya estuviéramos por la séptima bienaventuranza y todavía estamos en la primera.

Segunda bienaventuranza. Guau, hermano, esta sí me dio duro a mí. Hay palabras en la escritura que tú sientes como puñales que te atraviesan; a veces, cuando leo la escritura, siento como que la palabra del Señor me pudiera atravesar. Yo sentí que esta me puyó, hermano. Oigan lo que dice la escritura:

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

— Mateo 5:4

¿Quiénes son los que lloran? Es muy interesante, porque en el momento en que el Señor predicó esto, él estaba predicando en una cultura que es la cultura de la fuerza. Los romanos eran personas aguerridas, y entre ellos llorar era mal visto, era señal de debilidad, era un problema del carácter: si tú llorabas, eras débil. Bienaventurados los que lloran. Hermano, recuérdense que todas estas cosas son asuntos espirituales. Así como estábamos hablando de la pobreza espiritual, el lloro tampoco es de llorones. Bienaventurado aquel hombre cuyo corazón es un corazón tierno. Bienaventurado aquel hombre cuyo corazón no está endurecido. Bienaventurado aquel hombre que todavía siente. Bienaventurado aquel que no ha reprimido esas intenciones providenciales que hay en su corazón y que le hacen sentirse afligido ante las cosas que no están bien. Bienaventurados los que lloran, dice la escritura.

Tengo que aplicar esto en dos vertientes posibles. Lo primero son las personas que tienen una falsa expectativa de lo que es la vida cristiana, y les enseñan que la vida de un cristiano es una vida de alegría sin causa: ven a Cristo y serás feliz, ven a Cristo y se solucionarán todos tus problemas, ven a Cristo y todo estará bien. Hermano, dice la escritura que cuando estamos entrando en el reino, los que lloran somos bienaventurados. La real expectativa de la vida cristiana es que la vida cristiana, en gran medida, es un camino de lágrimas. Así mismo lo dice la escritura. Escuchen la expectativa de vida cristiana que tenía el apóstol Pablo:

Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.

— Romanos 8:18

Y Lucas, cuando escribió esta enseñanza, dijo «bienaventurados los que lloráis ahora», y le puso ese «ahora»: bienaventurados los que ahora están llorando, porque eventualmente recibirán consolación. Hermano, yo no quiero desalentar a ninguno de ustedes, pero probablemente aquí hay gente que se inscribió en la vida cristiana con una expectativa errada. La vida cristiana no necesariamente es una vida de carcajadas; tú tienes que estar preparado para tener una vida cristiana que probablemente transcurra entre tribulación y lágrimas. Y dice también Romanos:

Y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.

— Romanos 8:23

Es el apóstol Pablo, que gemía dentro de sí.

Quiero darles motivos puntuales por los cuales un hombre sensibilizado por el Espíritu Santo llora. Recuerden, hermano, que estas no son cosas que se manifiestan naturalmente, sino que suceden en el corazón de uno: cuando uno viene a los caminos del Señor, el Señor cambia el corazón de piedra y lo torna un corazón sensible, un corazón de carne. Hay personas que han venido a los caminos del Señor después de haber pasado tiempos reprimiendo sus emociones, demostrando que son fuertes, que pueden sobreponerse, y el Señor les enternece el corazón. Sucede que cuando uno viene a Cristo comienza a sentir cosas, y a veces son como pequeñas cosquillitas, y uno lo siente y dice: es que yo estoy sintiendo cosas que antes no sentía. Lo que sucede es que el corazón, espiritualmente hablando, nuestro hombre interior, se va tornando tierno. Y hay cosas que antes no te desagradaban y ahora te desagradan; hay cosas que antes tú no sentías y ahora las sientes.

Por qué lloran los cristianos

Hay cosas que son como pequeños registros que el Señor va poniendo, y tú comienzas a sentir hasta que eventualmente llegas a ser una persona que siente. Sentir es un privilegio: significa que estás vivo. Y dice la escritura que hay otros que están tan endurecidos que tienen la conciencia cauterizada, y que ya ante la maldad no sienten nada, y ante la bondad tampoco. Lo que hace el pecado, hermano, es que crea una capa en el corazón del hombre, que es como si fuera el talón de un pie: caminan sobre espinas y no sienten nada, ven los despropósitos y no les dan nada. Cuando tú vienes a los caminos del Señor, tú comienzas a sentir. Por eso un cristiano es cuidadoso, hermano, porque al cristiano las cosas que anteriormente no le daban nada ahora le escandalizan. Y lo que anteriormente tú entendías que era algo normal, ahora te parece que no es normal, que es anormal.

Bienaventurados los que lloran, porque el Espíritu Santo ha hecho que su corazón se vuelva tierno. Bienaventurados los que lloran, porque significa que realmente están vivos. Bienaventurados aquellos que no se han endurecido, que no se han vuelto personas sin ningún tipo de registro emocional.

¿Por qué lloran los cristianos, hermano? La razón más básica: cuando uno viene a los caminos del Señor, el primer llanto que tú vas a tener en la vida cristiana lo vas a tener por cosas que el Señor te va a pedir que renuncies, y tú, como un niño, vas a estar aferrado a eso y el Señor te lo va a quitar. Ese quizás sea el llantico más superficial que lloran los cristianos. Cuando uno viene a los caminos del Señor, el Señor le quita cosas, hermano, y uno renuncia a ellas, pero a veces renuncia a ellas en medio de llanto, en medio de dolor, en medio de sufrimiento: Señor, yo no quiero que tú te lo lleves, pero si tienes que llevártelo, llévatelo. Es como cuando a un niño tú le quitas un juguete y le dices: bueno, te lo voy a devolver en un ratico. Ese es quizá el primer llanto de la vida cristiana, cuando el Señor comienza a quitarte cosas a las que estabas aferradito pero que no te convenían.

Pero todo va avanzando, hermano. Miren, mientras más avanza uno en la vida cristiana, menos lugar de uno se vuelve el mundo, y cada vez te molesta más el mundo, a un punto tal que tú quisieras salir del mundo. Y si no fuera porque el Señor dijo expresamente «Padre, no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes; ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo; santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad», si no fuera por eso, hermano, uno se mudaría a una villa bendición y saldría de esto. Uno quisiera vivir en un residencial donde solamente viviéramos cristianos y se cantara la palabra del Señor y no hubiera chismes; aunque terminaríamos matándonos unos a otros, quizá, porque estamos en la carne. Pero es el anhelo de mucha gente: una vida cristiana ausente del mundo. Porque la razón, hermanos, es que mientras más ames las cosas espirituales, más desagradables se te volverán las cosas del mundo.

¿Por qué lloran los cristianos? Hermano, porque mientras más tú cultives las cosas espirituales, más desagradables se te volverán las cosas comunes del mundo. Por eso uno como cristiano tiene que ser cuidadoso, porque a veces uno quiere salir corriendo. Lo que antes a ti no te escandalizaba, ahora te escandaliza; lo que antes no te preocupaba, ahora te preocupa. Y lo que pasa es que ahora eres más sensible que antes; tu nivel de tolerancia a la mundanalidad se va volviendo cada vez menor.

¿Por qué lloran los cristianos? Ay, hermano, hay una lágrima bendita, que es la lágrima de contrición por nuestro propio pecado. Hay veces que tú has estado escuchando la palabra del Señor y la palabra te confronta a un punto tal que tienes que llorar ante su presencia: Señor, he amado más los propósitos del diablo que tu verdad, perdóname. Bendito el hombre que llora por su pecado. Bendito aquel que se arrepiente. Bendito el hombre que, cuando el Señor le confronta por sus pecados, de sus ojos salen lágrimas. Significa que está vivo y que ama más al Señor que a la maldad. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Era aquella mujer que vino ante el Señor, y dice que tomó sus cabellos, y sus lágrimas mojaron los pies del Señor. Bienaventurados aquellos que pueden ir ante el Señor y derramar lágrimas.

¿Sientes tú contrición por tu propio pecado? ¿Entiendes que tu pecado ofende a Dios? ¿Entiendes que tu pecado es algo desagradable ante el Señor? ¿Te sientes avergonzado? ¿Cuándo fue la última vez que lloraste porque el Señor te reprendió en una actitud pecaminosa? Bienaventurados los que lloran.

Ahora cambio la pregunta: ¿y cómo reaccionas tú ante los pecados ajenos? Muy triste, hermano, pero hay creyentes que en vez de llorar por los pecados de su hermano, se alegran. En vez de ponerse las manos en la cabeza y llorar al ver a su hermano en un despropósito, hay gente que se alegra y dice: ay, míralo ahí. Yo sufro por mi hermano todos los días. Cada vez que hay un despropósito aquí con alguna de estas iglesias, con los medios de comunicación, con una persona que sale en público, hay una multitud de cristianos criticando eso, y yo siento como que dentro de su corazón hay una alegría escondida.

Yo me pregunto: ¿tú estás sufriendo por el pecado de tu hermano? ¿Tú te estás lamentando porque el nombre del Señor ha sido mancillado, o realmente tú te estás poniendo un poco alegre en el fondo tuyo? A veces lo que hay no son las cosas del Señor; hay veces que lo que hay es un instinto de hermano mayor que te dice: ese es peor que yo, y se llamaba cristiano. Hermano, ¿te lamentas tú por los pecados de los otros? Dice que el justo Lot, cuando vivía en Sodoma, vivía angustiado por esa situación. El apóstol Pablo reprendió a la iglesia en Corinto porque había un caso de inmoralidad, donde un hijo tenía la mujer de su padre, y le dijo a la iglesia: ustedes, en vez de envaneceros, tenían que haber sentido aflicción.

¿Y cómo te sientes tú cuando alguien niega la fe? El Señor nos cuide, hermano, pero hay gente que apostata del cristianismo, y aquellos que ayer caminaban con nosotros pie a pie ya no están. Tú vas caminando los caminos del Señor y vas dejando gente atrás; algunos que antes no estaban, están, y algunos que estaban, no están. ¿Cómo te sientes tú cuando alguien abandona los caminos del Señor? ¿Sientes tú una aflicción genuina por su alma? ¿Sientes lamento? Bienaventurados los que lloran. Y cuando nosotros no nos comportamos a la altura del llamado del Señor, tenemos que llorar. Es el caso de Pedro, que cuando supo que había negado al Señor, dice que se afligió. Y otro motivo más: la situación del mundo.

Dice que el Señor, cuando vio a Jerusalén desde las alturas, dijo: Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas; y lloró por la situación de la ciudad. Hermano, llorar significa sensibilidad espiritual. Así como ser pobre en espíritu significa un reconocimiento de tu verdadera condición delante del Señor, a un punto tal que tú pides ser ayudado, llorar ante el Señor es una buena señal de que tu corazón no se ha endurecido y de que todavía siente. Quiera el Señor permitir que esta sea una iglesia sensible. Una iglesia que no vea las cosas que ofenden al Señor como cosas normales; una iglesia que se escandalice ante lo que ofende al Señor; una iglesia que llore por lo que Dios llora y que se alegre por lo que Dios se alegra.

Bienaventurados los mansos

Termino con la tercera de las bienaventuranzas.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

— Mateo 5:5

¿Quién es un manso? Hay mucha confusión acerca de lo que es la mansedumbre y hay muchos malentendidos de lo que significa ser manso. Y me permitirán definirlo. Un manso es aquel hombre que, con la ayuda del Señor, puede tener control de su hombre interior a un punto tal que no se desproporciona, no se exaspera.

Hay dos hombres en la escritura que son llamados mansos. Jesús fue llamado manso. ¿Recuerdan a Jesús cuando iba hacia la cruz, que se burlaban de él, lo agredían y él no respondía? ¿Ustedes creen que Cristo era un hombre débil o debilitado? No, no, no, hermano. En un momento vinieron los soldados a apresarlo y cuando vieron al Señor cayeron a tierra como muertos. O sea, el Señor no era un hombre débil; era un hombre manso, alguien a quien los factores externos no le hacían perder el control de su hombre interior ni dejar de obedecer a su Padre.

Moisés llegó a ser manso; Moisés no era manso. Cogió tanta lucha con el Señor en el desierto, hermano, que terminó aprendiendo mansedumbre. Moisés era un violento, era un asesino. ¿No recuerdan que Moisés, cuando vio a otro hombre, fue con las manos y lo mató? Entonces, no digan que Moisés era manso desde siempre. No, ese aprendió mansedumbre en el desierto. A veces uno aprende mansedumbre, hermano, dando tantas veces contra la pared. Tú te das cuenta de que sin la ayuda del Señor no se hace la voluntad del Señor, y coges tanta lucha por hacerlo tú donde el Señor, hasta que te rompes la mano y terminas diciendo: Señor, dale tú, porque yo no puedo. Eso es un hombre manso.

Ahora, esto es una paradoja con relación al mundo, porque el mundo nos enseña que los agresivos son los que son exitosos. Han creado toda una cultura que te enseña que tú tienes que ser agresivo, que tú no puedes dejar que la gente se te imponga, que tú tienes que reclamar tus derechos, hermano, que tú tienes que empoderarte para reclamar tus derechos. Hay toda una filosofía del empoderamiento. Pues no puede ser manso.

Ay, bienaventurados los mansos, dice la escritura. Esto a mí me ha dado duro, porque yo pensaba que yo era manso, y me he dado cuenta de que no, que lo que tengo es una capa externa, un layer que está encima de mi personalidad. Me hago la pinturita de manso por fuera, porque lo que hago es que no reacciono, pero por dentro me muerdo la lengua. Eso no es mansedumbre; eso es estar consumiéndome. Miren al Señor, hermano, que él caminaba hacia la cruz, hacía la voluntad del Padre, no reaccionaba, y al final dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Ese era manso.

Me llama la atención que había tres pueblos allí y los tres se burlaban de la mansedumbre. Los judíos eran gente bronca, hermanos, militaristas. Miren, antes de Cristo se levantó un grupo entre los judíos que llamaban los macabeos, que quisieron sublevarse. Roma destruyó todo eso. Toda esa región se llamaba la región de Judea, y los romanos cogieron tantas luchas con el militarismo judío que terminaron despoblando a los judíos de esa ciudad y le pusieron otro nombre: le llamaron Palestina, para que no quedara por ahí ni siquiera vestigio de quién era esa tierra. Al final aparece todavía en la historia que esa gente se sublevó, agarraron una colina y los romanos casi no podían con ellos. Los judíos eran militaristas. Es más, los judíos entendían que cuando viniera el mesías sería un mesías militar, que iba a imponerse a Roma por la fuerza. Y ahora les sale el mesías y les dice: bienaventurados los mansos. ¿Cómo que los mansos? Ese era el judío, hermano, era militarista.

Y los romanos eran la fuerza bruta. Era la gente del coliseo romano, de imponerse. El orgullo de un romano era su fortaleza. Y los griegos, los helénicos, parecían mansos, pero no, hermano.

Eran intelectualmente fuertes. Es el ámbito de esas personas que físicamente no son imponentes, pero que con la boca lo logran: con la ironía, con la burla, con el humor negro, con la comparación desproporcionada. Así eran los griegos, hermanos. Los griegos no eran mansos; esos eran broncos intelectualmente. Así hay cantidad de gente que dice: no, yo soy un hombre manso, porque yo no uso las manos. ¿Y la boca? Cuando tú hablas, ¿tú no piensas que tus palabras destruyen? Destruyen edificios. «No, yo a nadie le pongo un dedo encima», y con la boca, y con la lengua, y con los ojos, hermano. Hay gente que es violenta con los ojos y con los movimientos de la boca. Hay gestos con la boca que son violentos. «No, yo soy manso porque yo a nadie le he puesto un dedo encima», y la boca, cuando se la doblas en ocho, ¿eso no es violencia?

Bienaventurados los mansos. Hermanos, miren, uno como cristiano es más fácil leerlo que decirlo. Esa es la porción de la escritura que hay que subrayar. Es más fácil predicarlo, porque yo mismo estoy luchando con este asunto. Es más fácil imponerse, es más fácil reclamar siempre tu derecho.

Hay cosas que se confunden con mansedumbre. Hay gente que es perezosa, pasiva, introvertida, y dice: no, yo soy manso. Eso no es manso nada; eso es pereza, y eso no es mansedumbre, tumba ese asunto. «No, yo soy una persona mansa». No, hermano, tú lo que eres es una persona que siempre tiene medio sueño y te estás durmiendo. Eso no es mansedumbre. «Es que él no habla mucho». Eso es que es introvertido, pero ahí en su introversión está explotando por dentro; eso no es manso. Hay gente que piensa que ser manso es como no tener criterio propio, como esa gente a la que se la llevan donde vaya el viento: fulano, ¿y tú qué? Sí, yo voy también. Ah, él se deja llevar dondequiera que la gente va, ese es manso. No, eso no es manso, eso es que no tiene criterio y se lo llevan donde vaya el viento.

Otro entiende que un manso es una persona que no expresa lo que siente. Los nazis alemanes eran inexpresivos; esa gente eran cara cuadrada y no te decían si estaban contentos o si estaban enojados, pero eran violentos, inexpresivamente violentos, y tú los veías con su cara cuadrada ahí. ¿Y qué pasa? Violencia por dentro, hermano, el deseo de explotar a los demás. Una persona inexpresiva no es una persona mansa. El manso es aquel que no solamente por fuera, sino por dentro, fluye hacia la voluntad del Señor.

Yo les explicaba a los hermanos el miércoles pasado una imagen que alguien me dio y que me fue muy útil para entender qué es un hombre manso. Es como un caballo domesticado, que tiene todo su vigor, tiene toda su fuerza, tiene toda su energía, pero la canaliza en una sola dirección, que es la voluntad de su señor.

Ceder los derechos para que avance el testimonio

¿Quién es un hombre manso bíblicamente hablando? Es aquel que no se deja exasperar por el entorno, sino que camina hacia la voluntad del Señor como un caballo domesticado: le haces ruido alrededor y él va hacia donde dice su señor que tiene que ir. Un cristiano manso es aquel que puede caminar hacia la voluntad del Señor sin dejarse sacar. ¿Y quién no es manso? Aquel que cada vez que le ponen la mano salta: ¿quién me tocó?, ¿quién me tocó? Cuidado, no me toques. Hay gente que camina así: no me toques, no me toques. Eso no es manso; se deja exasperar por toda cosa.

Una persona mansa es alguien a quien ya no le afecta tanto lo que dicen de él, que ya no reclama tanto sus derechos para que se glorifique al Señor, que está dispuesto a ceder. Hermano, ceder, ceder, ceder es algo raro en nuestra cultura. Por eso el cristiano va a contracorriente, y por eso yo les digo que estamos todavía en la etapa inicial de entender lo que es la mansedumbre. Ese asunto hay que vivirlo.

«Yo me lo merezco». No puede ser manso una persona que todavía está esperando que los hombres reconozcan su condición, sus méritos, sus derechos. Un manso es una persona que está dispuesta a ceder. ¿Saben quién demostró mansedumbre? Abraham, porque cuando Lot quiso territorio, Abraham cedió su derecho: elige tú, porque yo tengo algo más grande, que es la voluntad de mi Señor. Ese es un cristiano manso: una persona que está dispuesta a ceder sus derechos para que prevalezca no su propia voluntad, sino la voluntad de su Señor.

Y lo que me sorprende es lo siguiente que se nos enseña aquí. El mundo te dice que si tú eres agresivo, tú llegarás a dominar. Dice la escritura que los mansos heredarán la tierra.

Ahora vamos a ponerlo práctico, hermano. ¿Qué tal cuando alguien te quita el parqueo? ¿Duras manso o no eres manso? «Es mi parqueo, esa es mi propiedad». ¿Y cuando alguien barre para el frente de tu casa? ¿Y cuando no te dan lo que te corresponde en el trabajo? «Son mis derechos». Es difícil ser cristiano, hermano, la realidad, porque un cristiano tiene que vivir cediendo. Les digo, es más fácil predicar la mansedumbre que vivirla. Yo mismo ya marqué eso como pendiente, hermano; yo no lo voy a dar por dado, sino que le pido al Señor que me dé en eso algo complementario, como un reforzamiento.

Esa es una de las bienaventuranzas que uno tiene que sembrar para experimentar mansedumbre. Te pregunto: ¿estás tú dispuesto a renunciar a alguna cosa? Cuando alguien te quita algo que es tuyo, ¿tú lo cedes? «No, hermano, es que uno no puede dejar que lo exploten, porque después le cogen el gusto y siempre le hacen lo mismo». Sí, es que tú no eres manso. Cuando tú te mueras a un punto tal que ya no reclames tanto tu derecho, entonces. Me llama la atención Pablo, hermano: a Pablo lo dejaban por muerto, salía de la ciudad y se iba a otra, porque a Pablo no le interesaba tanto devolver la piedra que le dieron; a Pablo le interesaba que la palabra del Señor caminara.

Yo te pregunto: ¿cuándo fue la última vez que tú cediste un poquito tu derecho para que avanzara un poquito tu testimonio? ¿Cuándo fue la última vez que dejaste que te maltrataran hasta cierto punto, con la intención de que prevaleciera no tu nombre, sino el nombre del Señor? ¿Cuándo fue que perdiste algo que era de valor para ti con la intención de que el nombre del Señor no fuera echado por el suelo? ¿Cuándo fue la última vez que tú dijiste: es mejor que avance el testimonio de Cristo a que avance el que yo soy guapo y que a mí nadie me quita lo mío? Hasta que no estés dispuesto a ceder un poco en tus derechos, en lo que tú entiendes que te corresponde, para que avance la voluntad del Señor y prevalezca su gloria, nunca serás llamado manso. Pero dice la escritura que los mansos heredarán la tierra.

Termino con lo siguiente. Al ver las bienaventuranzas uno tiene dos opciones; esto sobrecoge a cualquiera. No hay un cristiano sincero que lea las bienaventuranzas y no se sienta reprendido. Ahora, les diré, hermanos, que estas cosas no funcionan solas. Las bienaventuranzas son aquellas cosas que uno se dispone a buscar y que el Espíritu Santo permite que salgan de dentro de nosotros. Quiera el Señor ayudarte a reconocer tu pobreza, quiera el Señor hacer que tu corazón sea sensible, y quiera el Señor lograr que abandones un poquito la agresividad y que te vuelvas una persona un poquito más mansa. Y con esto no sientas que estás perdiendo algo, sino que heredarás el reino de los cielos.

Oro por la iglesia, para que el Señor permita que se manifieste en ella su voluntad. Mira, Padre, esta porción de la escritura que nos sobrecoge a todos. Guau, Padre, ¿cómo no pedirte que mis hermanos vuelvan a reconocer su condición ante ti? Mira aquello que sienten que ya saben, Señor: que reconozcan que no saben nada. Mira aquello que entienden que ya tienen, Señor: que admitan que no tienen nada. Mira aquellos que piensan que están cerca de lograrlo: Señor, enséñales que están en las fases introductorias de la vida cristiana. Mira aquellos que sienten que están por terminar: Señor, enséñales que ni siquiera han pasado los primeros niveles. Y llévanos tú, Señor, a ser verdaderamente ricos.

Permítenos asumir, Señor, la pobreza como nuestra realidad, para que siempre anhelemos tener más: más de ti, Señor, más de tu conocimiento, más de tu presencia, más de lo que hay en ti, más de tu vida en nosotros. Ay, Señor, enternece nuestro corazón. Mira aquellos de mis hermanos que con el paso del tiempo han vuelto a endurecer su corazón. Mira aquellos que han dejado de sentir la voz del Espíritu Santo reprendiéndoles por sus pecados. Mírame a mí, Señor, que quizá ya no siento como antes tu voz hablando desde tu palabra. Que volvamos, Señor, a sentirte; que volvamos a llorar con sinceridad ante tu presencia; que volvamos, Padre, a tener un corazón de carne y no un corazón de piedra.

Te pido que vuelvas a sensibilizar el corazón de mis hermanos, que tu palabra todavía, Señor, les deslumbre, que sean como niños, Padre, que sean como niños, que pregunten mucho, Señor, que tengan mucha curiosidad. Haznos a nosotros una iglesia de gente que siente. Padre, cómo no pedírtelo: toma tú el control de nuestro hombre interior. Mira, Señor, que necesito mansedumbre, que la necesitan mis hermanos, hombres y mujeres mansos. Míralos mañana en su trabajo, Señor, cuando tengan que reclamar un derecho; permite que entiendan, Padre, que ya en ti son más que vencedores, que todo esto es temporal, y que vale más que avance el reino a que avancen nuestros derechos particulares. Pon en nosotros la capacidad de renunciar a nuestros derechos de buena gana.

Para que avance, Señor, el testimonio de tu nombre; que reclamemos tus derechos y no los nuestros. Haznos, Señor, una iglesia de gente mansa. Permite, Padre, que el sermón del monte pastoree nuestra iglesia y que sea verdadero alimento. Gracias, Padre, porque a través de diferentes personas tú las utilizas como instrumento para bendecir aún más a tu pueblo. Gracias por Felipe; bendícelo también a él en su congregación. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesús, amén.

Que el Señor les guarde, hermanos. Que el Señor permita que esto sea realidad para ustedes. Las hermanas se ven el martes, después nos vemos todos el miércoles, y el próximo domingo en nuestro bautismo. Que el Señor les guarde.

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