Es Génesis, el capítulo 34. Y es un capítulo que, antes de leerlo, le advertiré que la historia no es una historia alegre, no es una historia positiva. Pero al mismo tiempo creo que esta historia termina en esperanza y que sí hay sabiduría para nosotros. Es una historia conocida; yo mismo antes la he expuesto, pero me he sentido dirigido por el Señor a volver a traer el tema, la iglesia, y la advertencia al respecto de cuando permitimos, como creyentes, como parte del pueblo del Señor, que el mundo entre a nuestra casa. Este es uno de los capítulos más tristes de Génesis. Génesis 34 dice así la palabra del Señor:
Salió Dina, la hija de Lea, la cual esta había dado a luz a Jacob, a ver las hijas del país.
Seguiré leyendo en un momento. Jacob es uno de los patriarcas. Hasta este momento había estado viviendo como errante, pero por primera vez se estableció en medio de un pueblo, compró ahí una propiedad y su familia llegó a involucrarse con la gente de este pueblo. Dice así el versículo 2:
Y la vio Siquem, hijo de Hamor heveo, príncipe de aquella tierra, y la tomó y se acostó con ella y la deshonró. Pero su alma se apegó a Dina, la hija de Lea, y se enamoró de la joven y habló al corazón de ella. Y habló Siquem a Hamor su padre, diciendo: Tómame por mujer a esta joven. Pero oyó Jacob que Siquem había mancillado a Dina su hija; y estando sus hijos con su ganado en el campo, calló Jacob hasta que ellos viniesen. Y se dirigió Hamor padre de Siquem a Jacob para hablar con él. Y los hijos de Jacob vinieron del campo cuando lo supieron; y se entristecieron los varones, y se enojaron mucho, porque hizo vileza en Israel acostándose con la hija de Jacob, lo que no debía haber hecho. Y Hamor habló con ellos, diciendo: El alma de mi hijo Siquem se ha apegado a vuestra hija; os ruego que se la deis por mujer. Y emparentad con nosotros; dadnos vuestras hijas, y tomad vosotros las nuestras. Y habitad con nosotros; porque la tierra estará delante de vosotros; morad y negociad en ella, y tomad en ella posesión.
— Génesis 34:2–10
Siquem también dijo al padre de Dina y a los hermanos de ella: Halle yo gracia en vuestros ojos, y daré lo que me dijereis. Aumentad a cargo mío mucha dote y dones, y yo daré cuanto me dijereis; y dadme la joven por mujer.
Pero respondieron los hijos de Jacob a Siquem y a Hamor su padre con palabras engañosas, por cuanto había mancillado a Dina su hermana. Y les dijeron: No podemos hacer esto de dar nuestra hermana a hombre incircunciso, porque entre nosotros es abominación. Mas con esta condición os complaceremos: si habéis de ser como nosotros, que se circuncide entre vosotros todo varón, entonces os daremos nuestras hijas y tomaremos nosotros las vuestras, y habitaremos con vosotros y seremos un solo pueblo. Ese versículo es importante, tomando en cuenta la promesa del Señor y el plan de redención.
Entonces os daremos nuestras hijas y tomaremos nosotros las vuestras, y habitaremos con vosotros y seremos un solo pueblo. Mas si no nos prestareis oído para circuncidaros, tomaremos nuestra hija y nos iremos. Y parecieron bien sus palabras a Hamor, y a Siquem hijo de Hamor. Y no tardó el joven en hacer aquello, porque la hija de Jacob le había agradado, y él era el más distinguido entre toda la casa de su padre. Entonces Hamor y Siquem su hijo vinieron a la puerta de su ciudad y hablaron a los varones de su ciudad, diciendo:
Estos varones son pacíficos con nosotros, y habitarán en el país, y traficarán en él; pues he aquí la tierra es bastante ancha para ellos; nosotros tomaremos sus hijas por mujeres, y les daremos las nuestras.
— Génesis 34:21
Un solo pueblo con el mundo: la propuesta peligrosa
Más con esta condición consentirán estos hombres en habitar con nosotros, para que seamos un pueblo, que se circuncide todo varón entre nosotros, así como ellos son circuncidados. Su ganado, sus bienes y todas sus bestias serán nuestros; solamente convengamos con ellos, y habitarán con nosotros. Y obedecieron a Hamor y a Siquem su hijo todos los que salían por la puerta de la ciudad; y circuncidaron a todo varón, a cuantos salían por la puerta de su ciudad. Pero sucedió que al tercer día, cuando sentían ellos el mayor dolor, dos de los hijos de Jacob, Simeón y Leví, hermanos de Dina, tomaron cada uno su espada, y vinieron contra la ciudad, que estaba desprevenida, y mataron a todo varón. Y a Hamor y a Siquem su hijo los mataron a filo de espada, y tomaron a Dina de casa de Siquem, y se fueron. Y los hijos de Jacob vinieron a los muertos, y saquearon la ciudad por cuanto habían amancillado a su hermana. Tomaron sus ovejas y vacas y sus asnos, y lo que había en la ciudad y en el campo, y todos sus bienes; llevaron cautivos a todos sus niños y sus mujeres, y robaron todo lo que había en casa. Entonces dijo Jacob a Simeón y a Leví: Me habéis turbado con hacerme abominable a los moradores de esta tierra, el cananeo y el ferezeo; y teniendo yo pocos hombres, se juntarán contra mí y me atacarán, y seré destruido yo y mi casa. Pero ellos respondieron: ¿Había él de tratar a nuestra hermana como a una ramera?
— Génesis 34:22–31
Puede sentarse, hermanos. Respiren un poco, porque qué historia. Uf. Esta historia parece una historia del período de los jueces, cuando cada uno hacía lo que bien le parecía. Recuerden que yo volví a leer recientemente el libro de Génesis ya en otro momento de mi vida, con otra perspectiva, y la verdad es que tengo lecturas al respecto de esto que, siendo la misma historia que yo conocí de niño, que conocí de joven, vuelvo y la leo hoy y como que me tocan de manera diferente.
No puedo evitar pensar en Jacob y su momento de la vida. Jacob era el patriarca que había obtenido la herencia de manos de su hermano con una triquiñuela, utilizando engaño, pero que el Señor había consentido en bendecirle, y él tenía ahora la promesa de Dios. Habían pasado ya décadas desde el momento en que Jacob obtuvo la primogenitura de su hermano Esaú y la posterior bendición de su padre, porque su padre bendijo a Jacob.
Desde entonces, Jacob había sido un forastero en la tierra, al igual que sus antepasados, con una tendencia hacia el engaño y una relación con Dios real, aunque no muy profunda. Hay gente que da lectura de estos textos y asume que todo personaje bíblico era un personaje piadoso y que Dios usó a esta gente porque era buena, y no es así. Bueno es Dios. El patriarca Jacob era un hombre intermitente, que tuvo encuentros profundos con Dios, pero en él siempre emergía como una venita hacia el engaño, hacia las cosas inapropiadas.
Y ya tiene hijos grandes, y se ha sorprendido de que sus hijos se parecen a él. Esas son cosas que dan duro, porque una cosa es que yo sea engañador, una cosa es que yo tome los bienes de otro hombre y otra cosa es ver que mis hijos se parecen a mí. Hay algo en todo padre, que nosotros entendemos que podemos vivir de un modo y que nuestros hijos van a vivir de otro. Duro es cuando te das cuenta de que tú y tu casa se parecen y que aquello gentil, no muerto, también está vivo en tus hijos. Ya no solamente tú eres el hombre que defrauda, sino que tus hijos han saqueado toda una ciudad, y, al parecer, no tienen un corazón para Dios.
Sin embargo, esta historia no ha terminado, porque el capítulo siguiente el Señor vuelve a visitar a Jacob, y parece que hay en él un avivamiento y purifica a su familia y se comporta como un hombre piadoso. Pero en este momento tenemos la fotografía de Jacob en un momento de su vida donde ha podido constatar que aquello que en él ha sido característico ha pasado a la siguiente generación. Y que tiene muchos hijos, pero hijos impíos.
Yo le oraba al Señor ayer, le pedí al Señor que me dé gracia para predicar esta historia con esperanza, porque recuerden lo que le decía el domingo pasado: el diablo es el que acusa, y el evangelio es lo que nos tiene por delante. Pero al mismo tiempo haría yo un flaco favor a mi pueblo si no traigo advertencia al respecto de que nuestros pecados no solamente son asuntos personales o privados, sino que nuestro pecado también pasa a la siguiente generación. El padre perverso no tendrá un hijo piadoso. Me llama la atención el momento en la vida de Jacob.
Jacob establecido en Siquem: prosperidad sin profundidad
Ahora es un hombre de mediana edad, con hijos grandes, muy próspero, lleno de bienes. Es quizás ya uno de los hombres más ricos de la tierra, a un punto tal que cuando llegó a la ciudad de Siquem llamó la atención de los ciudadanos y dijeron: con ese hombre hay que juntarse. Y ya tiene hijos grandes y muchos bienes; es un momento en la familia donde un hombre acumula bienes y sus hijos ya están en capacidad de explotar esos bienes, donde ya no solamente hace daño él, sino que también hacen daño los hijos.
En este momento ya él había establecido la paz con su hermano Esaú. Uno de los arcos en la historia de Jacob es que se mantenía la tensión abierta con su hermano, porque él había engañado para obtener algo de su padre, y aunque su hermano vendió la primogenitura, no quedó satisfecho. Ya el Señor también le concedió tener paz con su hermano y, por primera vez, este hombre compra tierra. Es el primero entre los patriarcas que se establece en una ciudad y compra tierra para vivir allí.
Bueno, vamos a decir Abraham también compró… espérate: Abraham compró una tumba para enterrar a su difunta; pero los patriarcas vivían errantes porque ellos entendían que estaban caminando a una ciudad que Dios les daría. Este hombre se está estableciendo, es un hombre que ha sido prosperado, tiene hijos, tiene sirvientes. En el encuentro con su hermano Esaú se hace manifiesto que el hombre era muy rico, llamaba la atención, y en este momento el pecado se hace manifiesto ya no solamente en él, sino también en los suyos.
Ah, padres cristianos: estamos criando y confiando en el Señor, pero que nuestros hijos sean pequeños no significa que sean piadosos. Y muchos pecados que no se están haciendo manifiestos en nuestra casa no se hacen manifiestos porque nuestros hijos todavía no tienen el cuerpo para practicarlo, pero tarde o temprano nuestros hijos debutarán como pecadores y pecarán con toda su fuerza.
Y ahí es que los padres comienzan a decir: “Este no es mi hijo, yo no le conozco”. Ese es tu hijo, con una versión más fuerte y con un corazón no regenerado. En este momento de realización material, donde tiene bienes, tiene paz e hijos grandes, entonces se hace evidente, en forma dramática, la realidad espiritual de esta familia. Aunque nominalmente son el pueblo de la promesa, tanto él como sus hijos, en la práctica, tienen una mente mundana. Y aquí está el pueblo que Dios ha elegido para hacer de ellos una nación, con un corazón que no es un corazón para Dios.
No nos engañemos, hermanos. Nosotros podemos conocer al único Dios verdadero y nuestros hijos pueden acompañarnos a la iglesia, y durante unos años ellos van a tener un comportamiento esperable, pero tarde o temprano se manifestará lo que hay en el corazón. Y no vamos a poder agarrarlos. Dina está haciendo lo que hacen las jóvenes de la ciudad y sus hermanos están haciendo lo que hacen los muchachos de la ciudad.
Qué duro es para uno como creyente darse cuenta de que nosotros anteriormente teníamos cierto control de la casa, pero ya no podemos dominar al muchacho. Yo veo a Jacob hablándole a sus hijos varones, y les está hablando como le habla alguien que ya no puede dominar a sus hijos. El mundo había entrado a su casa o, lo que es peor, el mundo nunca había salido realmente de ellos.
Este capítulo es una transición espiritual en la historia; nos muestra que no basta con una relación formal con Dios y que la dejadez de los padres tiene consecuencias en sus hijos. Pero lo más importante: nos muestra que aun en la obra más oscura Dios puede tener misericordia de nosotros y de nuestra casa.
Tenemos que mostrar la historia triste, pero al mismo tiempo tenemos que mostrar la esperanza. Quizá tú eres un padre cristiano con hijos grandes y tú dices: “Ya para mis hijos no hay esperanza, porque no son hijos chiquitos”. Los hijos de Jacob probablemente tenían más fuerza que los hijos tuyos, y el Señor tuvo misericordia de Jacob. No estamos hablando ya de que el patriarca está con niños chiquitos de brazo; estamos hablando de hombres y mujeres hechos. Y el Señor tuvo de él misericordia.
Mostraré desde este texto tres puertas por las que entra la mundanalidad a tu casa, de forma tal que las mantengas más o menos cerradas. Figuradamente hablo. Lo que quisiera primero es advertirte, luego contarte esperanza, de forma tal que no salgas como sorprendido de tu buena fe, diciendo: “Es que yo no sé lo que pasó”. Tú sabes lo que pasó. Tus hijos te estaban mirando.
Primera puerta: exposición innecesaria al mundo
Primera puerta: del versículo 1 hasta el 5 se muestra una exposición innecesaria al mundo. En otro tiempo yo leí esta historia y decía: “Dina se expuso innecesariamente”. Ahora yo leo la historia y digo: Jacob expuso innecesariamente a todos sus hijos. Dina no llegó a la ciudad de Siquem por sus propios medios; su papá la llevó y compró ahí un terreno. Y disfrutó del compañerismo de la ciudad y parece que él alojaba la expectativa de ser un gran señor en la ciudad de Siquem. No fue Dina que expuso a su familia; fue su padre que expuso a Dina y expuso también a los varones.
De hecho, lo que está en el versículo justamente anterior, al final del capítulo 33, es que dice:
Después llegó Jacob sano y salvo a la ciudad de Siquem, que está en la tierra de Canaán, cuando venía de Padán-aram; y acampó delante de la ciudad. Y compró una parte del campo, donde plantó su tienda, de mano de los hijos de Hamor, padre de Siquem, por cien monedas.
— Génesis 33:18–19
La misma familia que terminó deshonrando a su hija. Jacob llegó sano y salvo, no por sus medios, sino por el poder de Dios. Había sucedido algo en su vida que solamente Dios podía salvarlo, y Jacob llegó sano y salvo a la ciudad de Siquem, para contrastar después cómo va a salir de Siquem. Él llegó sano y salvo.
Hermanos, esto tiene todo el sentido del mundo; nos muestra que el mundo no es un lugar neutral. La historia principal de la Escritura es que hay dos linajes, hay dos pueblos, hay dos naciones, y usted debe elegir si va a convivir con una nación o con la otra. La historia principal de la Escritura es que hay dos simientes, y esas dos simientes están luchando, y usted no puede ser neutral. Este hombre es parte de una simiente, pero quiere convivir con la otra.
Y, a diferencia de los patriarcas anteriores a él, él entiende que es posible convivir con la ciudad de Siquem, quizás salvando sus diferencias. Ya vimos un caso anterior a este, que era el caso de Lot, que puso sus tiendas hacia Sodoma y Gomorra. ¿Y cómo terminó?
La historia nos está advirtiendo que no basta con decir nominalmente “yo soy cristiano”; es necesario que nuestra familia tenga prácticas que sean distintivamente cristianas, y entender que el mundo es un lugar hostil para nuestras convicciones, y que cuando tú te acercas al mundo no solamente te estás acercando tú, estás acercando a los tuyos. Y que tu familia corre riesgo cuando tú no estableces límites.
Este hombre no tenía necesidad de habitar en Siquem, pero compró la tierra. Jacob, pero Dios te ha bendecido siendo errante; ¿para qué te estableces? El poder del Señor te ha librado siendo un extranjero, te ha librado siendo errante en la tierra; ¿para qué compras la tierra? Esa es la cosa. Cuando uno entiende, uno mismo se pregunta: “¿Y para qué lo hice?”. Yo no puedo evitar leer a Jacob de mediana edad y verme a mí mismo. Yo termino participando en cosas… “Rafael, ¿para qué lo haces? ¿Cuál es la necesidad?”.
Y la mayoría de esas cosas no son cosas pecaminosas; lo que son es peligrosas. Y si tú entendieras el riesgo, no lo haces. Él entró sano y salvo y salió malogrado y enfermo por lo menos espiritualmente. El primer paso no lo dio Dina; el primer paso lo dio Jacob. Y cuando su papá dio el primer paso, ella dio el segundo. ¿Cuál fue el segundo? Si mi papá compró la tierra, yo tengo que conocer cómo viven las hijas de la ciudad.
Yo creo que cualquier jovencita se identifica con Dina. “¿Ahora voy a vivir yo abajo de una piedra? Hay que ver cómo se visten, hay que ver lo que comen. ¿Cuáles son los restaurantes que están in? ¿Dónde son los spots donde hay que tomarse la foto para subirla a Instagram?”. Escuchen el término figurado, poético: “Salió Dina, la hija de Lea, la cual esta había dado a luz a Jacob, a ver las hijas del país”.
Ay hermanos, yo también fui joven. Y todos tenemos el deseo de ver cómo viven los hijos del país. Yo no puedo evitar sentir empatía con Dina. Yo he estado aquí caminando con este grupo de hombres en un pueblo errante y ahora, por primera vez, estamos en una ciudad, y es una ciudad interesante, y yo quiero involucrarme en la ciudad, yo quiero probar la ciudad, yo quiero ver y quiero que me vean. ¿Y qué fue lo que sucedió? Que ella vio y la vieron.
Cuando este terreno en Canaán terminó costando mucho más que cien monedas. Él lo compró por cien monedas, pero fue mucho más costoso. Costó la integridad de sus hijos, costó la deshonra de su hija. No fue cien monedas lo que se perdió; se perdió más de cien monedas. Las pérdidas morales son incuantificables. Y una decisión que parece inocente puede tener consecuencias que son terribles. Yo creo que Jacob habrá aborrecido haber comprado ese terreno en la ciudad de Siquem, porque el haber comprado el terreno dio lugar a que su hija quizá diga: “Bueno, si vamos a vivir aquí, hay que involucrarse. ¿Cómo es que se come, cómo es que se vive, cómo es que se habla?”.
Los hijos nuestros tienen un gran problema en este mundo, porque ellos saben que viven en un mundo que es distinto a como viven sus amigos, y ellos quieren vivir como viven sus amigos, como quería vivir yo. Bueno, yo tengo una situación en que yo predico y todos mis familiares están aquí, entonces yo quisiera compartir historias y la verdad es que me da muchísimo apuro. Pero yo recuerdo esos momentos, hermanos, donde yo decía: “Yo sé que yo voy a la iglesia el domingo, pero es que yo no quiero lo que quiere la gente de la iglesia; yo quiero la otra cosa. El mundo atrae, el mundo brilla”.
Y yo decía: “¿Por qué yo estoy como en dos aguas?”. Y es verdad. Y lo que utilizó el Señor para comprometerme a sus caminos fue que, en algún momento providencialmente, yo reconocí que vivía en dos aguas; porque yo era el perfecto cristiano, pero al mismo tiempo era el perfecto mundano. Y participé en cosas que al día de hoy me avergüenzo. No me regodeo de ello, pero logro tener empatía con Dina cuando Dina quiso saber cómo vivían las hijas de la ciudad: “¿Qué es lo que se hace? ¿Cómo se divierte? En la iglesia me han dicho que hay límites, pero aquí no hay límites, y uno quiere probar los límites”.
Yo hablo con los jóvenes de la iglesia y ellos creen como que es que el pastor era un tipo que… “Él no me entiende, él no sabe lo que yo vivo”. Yo viví más que la mayoría de ustedes, y tuve más que la mayoría de las oportunidades que ustedes han tenido, y probé más de las cosas del mundo de las que quisiera haber probado, y puse mis manos donde no debía estar poniéndolas. Yo quise vivir como vivían los hijos del país.
Quizá no tuve tantos medios como Salomón, porque Salomón tuvo muchos medios; pero yo probé mi corazón con muchas cosas y entendí que Cristo es satisfactorio. Al día de hoy, que hablo con los muchachos y entiendo que se lo están comiendo, viviendo como una doble vida: doble vida vivía yo. O sea, yo iba a la iglesia, era el perfecto cristiano; al mismo tiempo, entre los mundanos, yo era de los primeros. Yo quería ver cómo era que se vivía en la ciudad del país, y yo les entiendo.
Tú decides: ¿eres del pueblo de Siquem o eres del pueblo de la promesa? Si vamos a decir que vamos a seguir a Cristo, vamos a decir quiénes somos. Y si vamos a ser el pueblo de la promesa, vamos a ser el pueblo de la promesa.
Es un estrés para uno como padre, porque somos una familia que vive en esta tensión de que estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Es posible que Jacob tuviera también más conversaciones y dijera: “Ya yo he vivido gran parte de mi vida como muy errante, ¿hasta cuándo? ¿Y cuál es el problema en que nos establezcamos? ¿Y cuál es el problema de ser amigos de la gente de Siquem? De hecho, yo vengo de un estrés”, dice él, “que yo sentí que mi hermano me iba a arrancar la cabeza y no me la arrancó”. Y después de un momento así, la gente toma decisiones que son como locas. Decimos: “Yo he vivido siempre como con un asunto, yo tengo que probar algo. Además, tengo bienes”.
Es una situación cuando tú tienes bienes y no puedes explotarlos como lo explota el mundo. La gente no solamente quiere tener bienes; quiere tener bienes y también mundanalidad. Tener bienes no es el problema; el problema está en el mundo.
Guau, Dina se expuso al mundo queriendo ver las hijas del país; Jacob expuso primero a su familia y llevó la mundanalidad hacia su casa. La primera barrera para cerrar la puerta al mundo en nuestra casa es apartarnos nosotros mismos desde el corazón. Estas son las expectativas que tengo para mis hijos, y esta es mi realidad espiritual. Nosotros somos cristianos, pero ¿qué está en el fondo de mi corazón?
La Palabra dice: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros”. Si yo quisiera una iglesia que tenga un ministerio con los niños que sea muy bueno, no estamos hablando del ministerio de los niños de tu iglesia; estamos hablando de cómo está tu corazón. Jacob, es tu corazón lo que tú le vas a pasar a ellos. Y si tu corazón no es un corazón para Dios, el corazón de Dina tampoco lo será, y el corazón de Leví tampoco lo será, y el corazón de Rubén, que también termina deshonrándote, tampoco lo será.
El corazón del padre y el corazón de los hijos
Todo padre quiere una iglesia que le ayude a tener los hijos ideales. Tú no vas a tener una iglesia que te ayude a tener los hijos ideales. Tú vas a tener un corazón para Dios y les vas a pasar a tus hijos la mitad de tu corazón, y esperemos que el Señor tenga misericordia. No puedo darle mi piedad a mis hijos, no puedo darle mi devoción; como mucho puedo darle el testimonio y quizás la mitad de mi fe, pero yo voy a tener que tomar una decisión.
Yo no me engaño, hermanos. Yo sé que aquí hay niños que crecieron entre nosotros y quizá pronto serán la Dina, el Rubén y el Leví. Que el Señor les cuide. Pero al mismo tiempo yo sé que, así como digo que hay niños que han crecido entre nosotros, tenemos mucho Jacob en medio de nosotros, que son los padres que tienen la promesa nominal de Dios, una relación con Dios intermitente, y nunca se comprometen ni en una cosa ni en la otra.
Dios no está esperando que tú tengas héroes en la fe; tú no vas a tener un héroe en la fe. Quizá te toque la Dina. Con frecuencia las expectativas materiales riñen con los objetivos espirituales. Jacob no solamente tenía sus once hijos; él también tenía sirvientes que eran como si fueran sus hijos y una familia numerosa: “Yo tengo que casar a esta gente, hay que relacionarlos, esta gente no puede estar aislada”. Son preocupaciones que le llegan a los padres: “¿Y qué va a pasar con nuestros hijos? Ah, entonces su vida va a ser la iglesia, y ellos siempre van a andar así como errantes. Entonces las oportunidades de mis hijos no van a ser iguales que las oportunidades de los otros hijos. ¿Y cuál es el problema en que se relacionen con los hijos de Siquem?”.
Hermanos, es que hay dos linajes, hay dos escalas de valores diferentes, hay dos esperanzas que son distintas, y usted no puede ser de Pili y Corriente al mismo tiempo. Usted va a ser o de Dios o del mundo, una de las dos.
Yo vuelvo a las expectativas mundanas en los padres. Ellos no se dan cuenta que en la conversación se les sale a uno esa cosa, expectativa mundana. ¿Cuál es tu preocupación? “No, a mí me preocupa que Dina no se ha casado”. ¿Y no te preocupa el hecho de que Dina no ama a Dios? “No, que estos muchachos no los veo que estén por estudiar. Pastor, hable con ellos, que no están por estudiar”. O sea que los estudios son la cosa más importante en la vida del hombre. Tú tienes un ardor porque tus hijos no están estudiando, pero su fe, ¿por dónde anda? ¿Por dónde anda su devoción? ¿Por dónde anda tu pasión y tu devoción?
No quiero traer yo… hermanos, yo tengo una situación: la gente que yo pastoreo, la gente a la que yo le predico, me entiende. Entonces, porque tengo cantidad de reuniones pastorales, la gente entiende que les predico a ellos, y es verdad. Y este año me han dado con eso, como el cubo de agua: “Me están predicando a mí, me están predicando a mí”. Es que te estoy predicando porque no voy a tener un momento para hacerlo después. Lo que sucede, si quieren un asunto, véanlo por YouTube, búsquenlo, pero entiendan que tienen un pastor que quiere predicar la Palabra del Señor a gente que él conoce. Y las familias de esta iglesia, yo las conozco porque son mi familia también.
Y yo no puedo predicar la Palabra del Señor como que estoy hablando ahí, genérico, “si tú quieres allá, si quieres allá”; te estoy hablando de padre a padre, de hombre a hombre, de creyente a creyente, que tenemos un problema por delante. Y es que tenemos hijos que nominalmente son cristianos porque crecieron en medio del pueblo del Señor, pero su corazón no está dando señales de que aman a Cristo. Y yo sé que duele, porque de las cosas más valiosas que tenemos son nuestros hijos, pero duele más que te deshonren, duele más que tus hijos se comporten como perversos, como delincuentes.
Y tarde o temprano tu hijo va a debutar como incrédulo. ¿Tú estás listo para la conversación? Yo oro al Señor por los jovencitos de la iglesia para que tomen una decisión por el Señor, pero tarde o temprano los jovencitos te van a decir: “Yo no quiero a Cristo, y esto no tiene que ver contigo. Yo quiero ver cómo viven los hijos del país”. Y hablo con empatía, hermanos, porque yo también lo hice y el Señor de mí tuvo misericordia.
Recuerdo una noche que yo llegué a mi casa y me senté en la esquinita de la cama y me dije: “Pero, Edward Pérez, ¿cómo es que tú estás viviendo? ¿Estás jugando? ¿Tú vas a seguir así?”. Y recuerdo ese momento en la esquinita de la cama, y en ese momento hubo algo en mi corazón que me dijo: “Este no es mi pueblo”. Yo tengo que ser honesto: yo tenía un deleite, hermanos; yo me deleitaba en las cosas del mundo, sinceramente, me gustaban. Y después iba a la iglesia como el creyente, un líder entre ellos, de forma tal que uno mismo se engaña.
Decía: “No, es que yo estoy aquí, mando a que la gente guarde silencio, inclina su rostro”. Eso no dice nada; es el corazón. Padres materialistas, carnales, engañadores y superficiales no producirán un linaje espiritual. Tus preocupaciones, tus hijos las notan. Ellos ven cuáles son las cargas de un padre: el presupuesto, el trabajo, el negocio, cuando se cierra, Fulano de Tal que tiene… esas son las cosas que cargan el corazón de sus padres. Nuestros hijos saben hacia dónde vamos nosotros, cuál es nuestro perfil, cuál es nuestro testimonio. Tus hijos te conocen y llega un momento que tus hijos te aman mucho y no te lo dicen, pero ellos ven tu inconsistencia.
Y gran parte de las personas que no están en los caminos del Señor en este momento dicen ellos mismos que se dieron cuenta de que sus padres vivían una farsa. Y cuando tuvieron la oportunidad de ver otra cosa, lo que vieron no les gustó. “Jacob, tú tienes nominalmente la promesa, ¿verdad? Pero tus hijos no están viendo devoción”.
¿Qué anda buscando un muchacho en su juventud? ¿Qué anda buscando una Dina? Dina anda buscando aceptación, pertenencia, reconocimiento, exploración, salir de la zona segura de lo estrictamente familiar. Y los jovencitos adolescentes están buscando lo mismo. Gran parte de la música que escucha un jovencito no la escucha porque la música le gusta; la escucha porque él anda buscando la aceptación de otros jovencitos que escuchan esa misma música. La primera vez que alguien prueba el alcohol no le gusta el alcohol; el alcohol es un gusto adquirido. Tú pruebas el alcohol y la boca te lo rechaza, pero después tú vuelves y consumes, y llega un momento que tú le tomas el gusto al vicio.
No hay nadie que se lleve un cigarro o un vape para la boca la primera vez y que lo disfrute. Tú, la primera vez, te molesta, pero tú lo haces tantas veces que llega un momento… ¿y por qué tú lo haces? Porque los otros lo están haciendo.
Es raro un fumador que haya fumado la primera vez, o la segunda, o la tercera, por deleite; él fumaba porque alguien a quien él admiraba también fumaba. Por el deleite estético, por parecer adulto, por probar los límites. Ay, hermanos, les estoy advirtiendo que son cosas que están entre nosotros, y quizá tú tienes los dos ojos cerrados o uno solo, y tú piensas que esto es algo que sucede fuera. Esto sucede en medio del pueblo del Señor, hermanos, y vivimos año tras año la tristeza de ver gente que creció en la iglesia y que terminó yéndose con los hijos de Siquem.
La expresión “ver las hijas del país” no tiene una connotación pecaminosa en sí misma, sino de curiosidad; ella quería ver cómo vivían, tenía curiosidad. Tu familia va a tomar la identidad de su entorno. ¿Cuál es tu entorno? No es que tú estás viniendo a la iglesia; ¿cuál es tu entorno? Venir el domingo a la iglesia no es la tarea; ¿cuál es tu entorno? ¿Dónde está tu deleite? ¿Cuál es la gente que a ti te agrada? ¿De verdad tú quieres esa relación para tu familia?
Es costosísimo, hermano, hacerle a nuestros hijos un entorno saludable para que florezcan espiritualmente, pero lo necesitan. ¿Qué van a tomar tus hijos? Tu cultura, tus relaciones, el acceso a determinados pecados, tus referencias, tus ejemplos. Hay pecados que son los padres que los desbloquean: “Mira, ahora tenemos acceso a esto, así nuestros hijos van a tener acceso a pecar de esta manera. Guau, lo estamos logrando”. ¿Qué estamos logrando, cuando todos tengan más acceso a otras cosas?
Yo conozco los argumentos, y he tenido el tiempo de comprobar sus resultados. Yo conozco los argumentos; yo predico estas cosas y la gente atiende los argumentos. Vamos subiendo: ¿cuáles son los argumentos? “Los hijos no pueden crecer dentro de una burbuja”. Tu casa está llamada a ser una burbuja. El hogar es un entorno cerrado, de protección, de seguridad, de convicción. Tu casa es una burbuja, a menos que tú vivas “open”: “Vamos a tener un asunto abierto, te queremos, no hay frontera”. Entonces ellos van a vivir así, y cuando tengan que salir…
Así como tu casa es una burbuja en cuanto a seguridad física —ningún padre que quiera, para darle una mejor vista a sus hijos, quitarle los hierros a la ventana y decir: “Vamos a quitar los hierros; y para qué los vamos a tener así limitados, vamos a quitar la puerta también”— nadie quiere eso, porque a ti te interesa la seguridad física de tus hijos. Tus hijos necesitan tener seguridad moral y espiritual, y para eso tienen una casa y tienen unos padres. Y durante gran parte de su vida ellos van a estar dentro de una burbuja, y eso es lo normal.
Tarde o temprano esa burbuja se rompe y se esperaría que ellos salgan de ahí entendiendo por qué existía esa burbuja. Conozco los argumentos y he podido ver cuáles son los resultados. “Yo no puedo imponer mi fe en mis hijos; la salvación es personal. Yo voy a estar open hasta que tengan 35 años, 40, más o menos. Sí, porque la gente madura tarde, tú sabes; ya no se puede contar con los 18 o los 21, cuando ya tengan la madurez de elegir lo que quieran hacer con su vida”.
Pero tú sí elegiste su colegio, ¿verdad? Su idioma, su nombre, su apellido. Llamaste y decidiste. Y esos mismos padres que te decían que no le pueden imponer su fe a sus hijos, en estos momentos se están jalando los moños porque los muchachos no quieren ir para la universidad, porque los muchachos no terminan la carrera. “Pero déjalo ahí también, que vegeten hasta una vida vegetativa, hasta que tengan 50 y se mueran”. “No, pero no pude imponerme”. Se impone, hermanos, durante un tiempo.
Yo no puedo cambiar el corazón de mis hijos, es verdad. Pero el Señor, a una casa, le ha dado autoridad, de forma tal que decimos: “En esta casa, aquí se hace esto; aquí, hasta tal determinado momento…”. Yo no puedo cambiar el corazón de mis hijos, pero yo puedo establecer que aquí se ora, yo puedo establecer que aquí se lee la Palabra, yo puedo elegir un colegio que vaya alineado a mis convicciones. Eso se hace.
“No, pues ya yo atiendo a la iglesia; no necesita un colegio, hermano”. Pasarse desde las siete de la mañana hasta la tarde, todos los días, en una burbuja de perversidad, no compite con llegar un día aquí y que les demos un chin de clase bíblica. ¿Estamos dando cuánto? ¿Una hora y pico a la semana? Eso no compite.
Hermanos, lo menos que quiero yo es pararme aquí como el arreglo de “ah, es que yo sí lo estoy haciendo bien, es que yo…”. No. Yo hablo con temor y temblor de estas cosas, porque, ¿cuántos son los pastores que han estado dando grandes sermones respecto a la instrucción de los hijos y en este momento tienen hijos perversos que no aman a Dios? Que el Señor tenga misericordia de mí y también de ti. No hablo de esto desde una cúspide moral de que yo sí lo estoy logrando; no, no, no, hermanos, no, no.
Pero en esta semana yo he visto que cuando vamos así en la mesa a orar, yo veo que André hace así… y me entusiasmo. Él hace así; él habla poco, pero junta las manitos así, hermanos, y yo me entusiasmo. Hay que gozarse en las cosas espirituales y aupar las cosas espirituales en la casa.
¿Tu casa es una burbuja espiritual? Sí. Como una burbuja de seguridad, también como una burbuja económica. Yo no conozco a ningún padre —si aparece uno, desconectado social— que, teniendo cosas, quiera poner los hijos a pasar hambre, a pasar necesidad; pero el padre que puede, con sus recursos materiales, hacer una burbujita a su hijo, se la hace, del tamaño que pueda. Lo espiritual: hazlo una burbuja. “No, ellos van a escuchar música cristiana; yo voy a escuchar otra”. A mí me ha dado duro ahora que tengo hijos, hermanos. Ya yo tengo hijos que entienden; yo no puedo salir y decirle: “No, es que yo me deleito en esto; tú debes deleitarte en lo otro hasta que tengas 15 años”. Si ella va a conocer una música, es la música que yo estoy escuchando. Yo he cuidado mis oídos de manera especial, porque la que yo escuchaba antes… solo que ahora ella va conmigo; yo la busco, la llevo al colegio, y lo que yo escucho es lo que ella escucha.
¿Me siguen en esto, hermanos? Ellos necesitan un playlist de música cristiana, necesitan amigos cristianos, necesitan un padre que tenga algo más que la ropa del domingo para congregarse. Yo le pido al Señor que mis hijos puedan ver que yo soy más que un pastor, que yo amo a Cristo aunque yo no fuera pastor, que eso no es lo que me motiva, que tengo una relación con Dios real. Yo no quiero ser el Jacob que tiene la promesa pero que no se le siente; yo quiero que se me sienta la promesa y que se te sienta a ti también.
La promesa de Dios no solamente se sabe, también se siente. Y un padre nota cuando un hijo tiene pasión por Dios, y un hijo nota cuando un padre tiene pasión por Dios. Yo conozco los argumentos, hermanos, y he visto los resultados. “Ustedes son muy celosos, pero miren, hay inconversos que son hasta mejores que los cristianos. Hay que dejar que los jóvenes cometan sus errores”. ¿Incluida la violación, como víctima o como victimario? En mi barrio, el asesinato, el robo, el despojar a un pueblo completo, ¿hasta ese nivel? “No, no tanto”. Ese es el asunto: que la gente quiere la ley de Dios, pero no completa. Un chin: “¿Qué tanto?”. “Vamos a probar con drogas fuertes, vamos a poner que no sea pecado, sino que sean drogas fuertes. ¿Qué le damos primero, en fin, para que la pruebe? No, pues yo no quiero que se la den a probar fuera; yo se la voy a dar a probar yo”.
Hermanos, no le lleve a su casa mundanalidad; el mundo se la va a traer solo, no se la dé usted. Usted significa mucho. Y siempre volvemos a las cosas: “No, que la bebida alcohólica…”. Hermanos, no, no puede ser que nuestro deleite sea eso. En mi casa no hay esa práctica; nosotros no somos bebedores. Yo no tuve esa cultura, el Señor me cuidó, pero yo siento eso y tengo la personalidad que me engancho con facilidad.
Pero hoy vamos a celebrar algo: le llevan una botella de vino a Caro y la mamá bebe. Y ayer yo tuve que aplicar… yo la dejé que aplicara a ella, porque yo le pregunto, yo le pregunto. Yo me fui de verdad, yo no sé lo que ahí sucedió, hermanos, pero Caro tenía vino en la mano y yo también, y ya pronto esa niña va a entender. Eso es vino, tiene alcohol. Y yo me fui. Yo escuché que le dijo: “Mami, no te emborraches”.
Ay, hermanos, lo que te digo con esto: tus hijos te están mirando. Te están mirando y ven el doble estándar, el doble estándar. ¿Cómo va a ser que en tu casa tú te llenes de bebidas fuertes y las bebidas sean el adorno de tu casa y tú no quieres que tu hijo tenga esa debilidad? Ellos están mirando, hermanos. Lo notan.
Segunda puerta: un enredo progresivo de pecado
Sin ánimo de poner cosas al texto, yo infiero que Siquem no era un enfermo sexual de estos que ven a una mujer y dicen: “Ah, mira, ahí está Dina que me gusta, tráemela”. Quizás Siquem no era un enfermo sexual, era un joven como Dina que también estaba explorando el mundo, y se encontraron. Yo no creo que lo que hay aquí sea como que algo abiertamente organizado de violación premeditada; yo infiero que Siquem no era un enfermo; quizás era un joven inquieto de familia acomodada, de esos que entienden que se pueden llevar el mundo por delante y tomar cualquier cosa, incluidas las mujeres, sin consecuencia alguna, porque “papi resuelve”.
No me extrañaría que aquí haya una historia de “papi resuelve”; ustedes lo pueden leer: la historia que hay aquí es un hombre que dice: “Yo puedo tomarla porque puedo, y cualquier cosa papi la resuelve”. Probablemente yo les conozco a ustedes, y ustedes quizás no sean la familia del “papi resuelve” porque no tienen los medios, pero ustedes son las familias que tienen que lidiar con el pecado de otra familia, donde hay un papi que resuelve y que ha dañado los tuyos, sus mismos amigos, y en este momento tú eres la parte vulnerable.
Y tú vas a decir: “Pero fui yo que le busqué ese colegio, fui yo que la inscribí en el club, fui yo que cultivé la amistad con esa persona de manera… y ahí están mis hijos”. Y ahora que te deshonran tus hijos, tú dices: “Ahora soy la parte vulnerable”. Sí, eso es lo que estamos mirando. Siquem tenía un papá que resolvía; el papá fue a resolver.
Esta exposición al mundo tiene diferentes formas, no solamente aproximación física: es música, son modas, son actitudes, es mucho tiempo disponible, falta de supervisión del entretenimiento, de saber quiénes son sus amigos. Pregúntate al respecto de los amigos de tus hijos: ¿quiénes son sus padres? ¿Tú sabes quiénes son sus padres? Yo no creo que uno debe darle la libertad a un hijo de tener amigos y tú no sabes quiénes son sus padres, porque en gran medida esos muchachos son sus papás.
¿Cuáles son sus convicciones en esa familia? No estoy hablando del niño, estoy hablando de esa familia, porque esas son las convicciones de ese niño. ¿Cuál es el estilo de vida de esa casa? ¿Cómo se vive? ¿Cuáles son los referentes de esa familia?
Dos niños de menos de 15 años que son amigos “de la vida”, ¿qué referentes tienen? ¿A qué se dedican sus padres? “No, yo no quiero preguntar”. Pero si uno va en la guagua cívica, preguntando: “¿A qué se dedican sus padres? Este es el amigo de mi hijo, el amigo de mi hija, ¿a qué se dedican sus padres?”. “Ah, ahora hay que traerle a esta gente un currículum para que los hijos compartan”. Una cosa es ir al cumpleaños, comer bizcocho y hacer chuchugua, eso se hace, y otra cosa son los amigos, los amigos de la vida. Y un padre responsable cultiva las amistades de sus hijos.
Una cosa es ir al cumpleaños y otra cosa es: “Vamos juntándonos. Vamos para allá. Mándenlo para acá”. ¿Para dónde? “Esto es una burbuja”. ¿A qué cosas tienen acceso esos niños? No todos los niños tienen acceso a lo mismo. ¿La cabeza de esa casa tiene integridad? ¿El hijo de Fulano tiene integridad? Hay padres cristianos que se regodean de que sus hijos tengan amistad con el perverso, porque el perverso puede abrir una puerta. De verdad, ¿tú quieres que le abran la puerta de Siquem?
Es posible que esa amistad sea una amistad de destrucción. Yo no quiero tener compañerismo con los padres; yo no quiero que mis hijos tengan compañerismo con sus hijos. “No, que ellos son amigos de toda la vida, pero los papás y yo solamente nos saludamos”. ¿Quién ha dicho? “No, que el mejor amigo es el mejor amigo de mi hija”. ¿Y su papá, dónde está?
Eso, hermanos, debe ser imprescindible los primeros años, y no es que tengamos normas solamente; es criterio. Los ojos lo anuncian, que lo que ahí hay es raro. Y no es que la casa sea grande o pequeña; usted sabe los lugares donde eso viene. Porque normalmente, hermanos, lo que viene mal habido no va con el buen gusto a tal arquitectura de la casa, la música, la atmósfera. Usted sabe que “eso está raro”.
Falta de contacto con una comunidad cristiana. Tu hijo necesita socializar, tu hijo necesita sentido de pertenencia, necesita identidad, necesita afirmación, y es costosísimo. Las iglesias urbanas la tenemos difícil en eso, porque en los campos es más fácil, porque los niños están cerca de la iglesia; pero en una iglesia que no está cerca de donde tú vives, eso hace que los papás, para que los hijos puedan convivir con otros creyentes, tengan un costo altísimo.
No me quejo, hermanos… un chin, solamente, un chiste solamente; no me quejo mucho. Pero años atrás me tenían en un “turbo” que cuando había clases de música en la iglesia, cuando se comenzaron las clases de música, entonces: “No, que yo no puedo llevarlo, no tengo quién lo lleve, que hay que buscarlo en el colegio, traerlo…”. No es la clase de música, es que compartan con otros niños que tengan su misma escala de valores, su misma convicción de familia, que se parezcan entre ellos. El instrumento es lo de menos; lo que tu hijo necesita es pasar tiempo con otros niños cristianos. Quizás no salga de ahí un músico, pero puede salir alguien con corazón para Dios. Ya. Eso es todo, y me voy a quejar, hermanos.
Entonces, lo que se muestra aquí es un enredo pecaminoso, y esa es la segunda puerta: el pecado hay que suspenderlo temprano. Porque si tú no lo detienes temprano, el pecado coge fuerza. Cada vez el pecado se volvió más aborrecible, y cada vez esta familia tuvo menos sensibilidad. Hay que ser sensible temprano, de forma tal que se suspenda el proceso. ¡Qué hermoso hubiese sido si la paran en la puerta! “Dina, mi amor, no vas”. ¡Uy, qué lindo! Y tú dices: “Qué duro, que no la dejan ni ir”. No; “mi amor, no vas”. Y después que la deshonraron, ¿qué es lo que toca? O la violencia. Y después de la violencia, el saqueo. Y después del saqueo, el engaño. Y un pecado, hermanos, un abismo llama a otro abismo. Es suspenderlo temprano.
Hay que importar una vez el muchacho a tiempo: “No vas”. “Ay, se va a frustrar”. Es mejor que tú tengas un hijo frustrado que un hijo deshonrado. Es mejor, y es mejor que tú tengas un hijo frustrado a que se vuelva un saqueador, delincuente, a que se vuelva un asesino.
Entonces, ese enredo progresivo del pecado hay que salírsele temprano. Llega un punto que soltar el pecado, humanamente hablando, es costosísimo, porque el pecado hace capas y estructura pecaminosa. Les pongo un ejemplo: hay algunos insectos que pican y dejan sus línas de anestesia; el pecado es así: tú como que no sientes, pero te picó y ya está ahí. Y como una etapa requiere la siguiente y justifica la anterior.
La primera etapa: “Yo tengo que salir para conocer el mundo”. Y siempre hay un corillo de malvados que está diciendo: “Eso no es nada; esa muchacha tiene buena formación, ella tiene criterio. No abuses de eso”. Bueno, se lo dicen al muchacho que creció en la iglesia. No abuses de eso, que eso se desarma. Yo tuve temporadas en mi vida, en mi primera juventud, que yo era, en la práctica, un incrédulo, un impío, donde no tenía límite alguno. Y si salí de ahí fue porque el Señor me cuidó, no “que ahí está la iglesia desde joven”. No se lleve de eso, hermanos; él tiene un alma, él tiene un corazón, él tiene instintos que se gobiernan, a veces, por momentos.
“Pero qué, conductores, son exagerados. Ya lo que va a dar es una vuelta”. Ay, qué hermoso hubiese sido, hermanos, si apareciera yo, en uno de los momentos, y le dijera: “Mi hija, yo voy contigo. En vez de tirar un asesinato, ven que yo voy contigo, mi hija, ven”.
Mientras conocía el mundo, “me enamoré”. Eso, la gente dice: “Eso es bonito, Dios es amor; mira, las cosas se salieron de control y él me deshonró, pero yo no me lo esperaba. Tuvo mala suerte, realmente él no quiso hacer daño; son cosas de muchacho, son cosas de muchacho. Siquem no es malo; lo que pasa es que ese muchacho es así, como medio descontrolado, el papá no… él no quería hacerle daño”. Es el pecado, hermanos, es el pecado.
“Pero Siquem realmente me ama, y me pidió matrimonio”. “Ay, uy, claro; mira, eso conviene mucho. Esa es una muy buena familia. Esta ciudad lleva su nombre; se la pusieron a la ciudad. El nombre, parece, por él, Siquem. Su padre es un hombre honorable; vino a nuestra casa, habló bonito, ofrece dote y toda la cosa; oh, guau, lo que quieran. Esa gente realmente sí valen la pena. Trajeron hasta un potecito para la comida; comieron, primero habló él del pueblo el hijo. Están hablando de que están enamorados, ‘ellos están enamorados’. Son cosas de muchacho, vamos a resolverlo aquí”.
Eso es pecado. Estamos en un embrollo pecaminoso. Aceptaron circuncidarse: “Se convirtió, ya están visitando la iglesia, son cristianos”. Ay, hermanos, yo lo viví vez tras vez en la iglesia donde crecí: te traían los inconversos; “No, pero ya él tiene temor de Dios”. Bueno, cuando alguien está enamorado o tiene consecuencias, hasta temor de Dios le aparece, y lee la Biblia y toda la cosa. “No, perdone, una evangélica; esa muchacha lo convirtió”.
Guau: “Mira, hasta se circuncidó”. Y dice que el primero que se circuncidó fue él mismo. “Ya están circuncidados; y cuando llega ese momento, ya el pastor no tiene nada que decir. ¿Qué va a decir? Ya son cristianos”. El asunto, hermanos, es que a veces hay cosas que decir todavía, porque una cosa es circuncidarte y otra cosa es el corazón. Porque los hijos de Jacob estaban circuncidados también y eran perversos. Y si esos eran los hijos de Jacob, ¿qué no va a ser el que se circuncidó cuando la circuncisión es un símbolo, pero si el corazón no está circuncidado eso es estético?
Que seas cristiano, que te bautices, eso es estético si el Señor no cambió tu corazón. Y a veces el pecado va tan rápido que no da chance para uno ver si hay frutos de arrepentimiento; no, porque cuando ven a la muchacha ya está embarazada y toda la cosa: “Vamos a hacer todo rápido. ¿Qué es lo que hace el pastor preguntando tantas cosas?”.
Se circuncidó todo un pueblo, un avivamiento: “No, pero ya es verdad, nosotros logramos hacer la ciudad de David, estamos emparentados, somos un solo pueblo; Dina, cuando vino a estar la reina, ya nosotros estamos acercándonos a la promesa de Dios, Dios prometió que iba a hacer de nosotros una gran nación”. Aquí es cuando la gente forza el pecado a un punto tal que ellos entienden que las cosas más perversas son cosas piadosas.
Y después viene una venganza, que más que una venganza… ahí lo que se hace evidente es que estos muchachos es verdad que querían venganza, pero usaron a la hermana como una excusa no solamente para vengarse, sino para despojar una nación completa. Era avaricia. Parece honor, pero aquí hay honor un chin y avaricia mucho. Porque si era por venganza de honor, maten a Siquem y al papá como mucho, ¿y por qué hay que matar a todos los hombres? ¿Y por qué hay que quitarle todos los bienes? ¿Y por qué hay que hacer saqueo? Porque son depravados, y parecen que están haciendo algo honorable, pero lo que están haciendo es cosas depravadas, y tomaron un gran botín, lo que evidencia qué era lo que movía su interés.
El pecado, hermanos, cuanto más temprano mejor; mientras más chiquito, mejor. Si usted tiene hijos grandes, Jacob también los tenía; el Señor tuvo misericordia. Lo que más duro me da en toda esta historia es el silencio pecaminoso y culposo de las cabezas de esa casa. Lo más duro en toda esta historia es que Jacob no habla, y él ve la cosa como se va moviendo, y él mira y calla. Lo más doloroso que hay aquí es el silencio. En este capítulo completo de la Biblia no se menciona a Dios. No se menciona el pacto, no se menciona Dios, no se menciona juicio espiritual. Aquí todo son cosas prácticas.
Yo veo a los creyentes resolviendo cosas pecaminosas como si estuviéramos hablando de diligencias. Toda una diligencia se está haciendo aquí. El pecado que hay aquí no tiene lectura espiritual.
Tercera puerta: el silencio del padre y las preocupaciones equivocadas
Hablo ahora a los hombres. Permítanme un momento. Yo sé, ahí viene el argumento: “Pero no todas las semanas tienen que hablarle a los hombres”. Yo sé, pero hay aquí hombres, tengo que hablar a los hombres. Vivimos en una sociedad donde, como que tú no puedes… desde siempre hay que, como todas las cosas: espérate, que aquí hay hombres. Todavía tengo que hablar a los hombres, varones de esta iglesia.
Nosotros podemos delegar ciertas tareas, pero no la responsabilidad. La responsabilidad de traer lecturas espirituales y un clima espiritual a la casa es nuestra. Proveer económicamente está bien, pero espiritualmente también se provee. El impacto de un padre espiritual presente es invaluable. Qué daño hacen los padres que están ahí, son padres supuestamente cristianos, pero que no están presentes, no tienen incidencia.
Yo veo a Jacob, hermanos, y cuando habla, habla de vergüenza. Sus palabras son una radiografía de todo su corazón. ¿Qué es lo que le preocupa? No le preocupa Dios, no le preocupa tampoco el corazón de sus hijos, no le preocupa… no. A él le está preocupando su reputación, le está preocupando su seguridad y le están preocupando sus bienes materiales.
Y cuando tú tienes hombres que les preocupa su reputación, les preocupa su seguridad y les preocupan sus bienes materiales, tú tienes una familia dominada por las cosas del mundo. El mundo, tú lo tienes en tu casa. Este hombre estaba rodeado de incrédulos, de impíos; los tenía en su propia casa.
Claro, guardó silencio durante este tiempo, atendiendo a sus bienes, a su reputación y a su seguridad, que se le olvidó lo que debía hacer. Miren qué es lo que dice Jacob; dice a sus hijos, versículo 30:
Entonces dijo Jacob a Simeón y a Leví: Me habéis turbado con hacerme abominable a los moradores de esta tierra, el cananeo y el ferezeo; y teniendo yo pocos hombres, se juntarán contra mí y me atacarán, y seré destruido yo y mi casa.
— Génesis 34:30
“Me habéis turbado”. “Yo no me siento bien; la tranquilidad que a mí me ha tomado tanto tiempo tener, me la han dañado; yo estoy muy viejo para estar teniendo ahora estos problemas. Estábamos muy tranquilos; yo llegué aquí salvo y sano, me voy turbado, ahora me van a traer ustedes ese asunto. ¿Qué fue lo que hicieron?”. Ese es un impío; él es tan impío como sus hijos.
“Me habéis turbado con hacerme aborrecible a los moradores de esta tierra, el cananeo y el ferezeo”. “No, pues la gente ahora no va a querer saber de mí, ahora voy a tener que mudarme de nuevo, porque voy a ser errante”. Es que así era que ustedes estaban viviendo desde el principio. Le preocupa su seguridad: “Y teniendo yo pocos hombres…”. Jacob, ¿y cuándo ha sido por muchos hombres que a ti te han protegido? ¿No ha sido la mano de Dios, que supuestamente estaba contigo? ¿Y ahora te preocupa que tengas pocos hombres? “Teniendo yo pocos hombres, se juntarán contra mí y me atacarán, y seré destruido yo y mi casa”. “Me preocupa ahora; ustedes me han colocado en un riesgo enorme”. Y el riesgo enorme, hermanos, el riesgo moral y espiritual, es lo verdaderamente peligroso. Hay preocupaciones que son secundarias: preocupaciones por la reputación, por el nombre de la familia, por lo que la gente pensará. “Ay, que yo no quiero que le hagan bullying”. A mí me hicieron bullying, hermanos, gran parte de mi vida, y soy salvo.
Ahora pareciera que el bullying es el non plus ultra del desarrollo del niño. Yo soy el bullying caminando: yo era el muchacho que la cabeza era pública, que el cojotazo que se perdía aterrizaba en mi cabeza, y que el nombre que no encontraban se lo ponían a mí. Yo soy el bullying caminando, y soy salvo. Lo más trágico que puede pasar en tu casa no es que a tu hijo le hagan bullying; lo más trágico es que tu hijo tenga un corazón perverso. Eso es tragedia.
Preocupaciones por la carrera profesional, por el futuro matrimonio, “¿y ahora en quién se va a fijar?, ¿qué hombres se fijarán en ti?”. Eso no es el asunto. Preocupaciones por las consecuencias materiales: “Nosotros hemos trabajado mucho ahora para echar todo por la borda”. En ningún momento se refiere a Dios, no se refiere al pecado, no se refiere a la justicia. A él no le importa. No tiene preocupación ni carga espiritual por sus hijos, sino por él mismo: “Me habéis turbado”. No le importan sus hijos, tampoco; a él le importa su comodidad.
Y la respuesta de los hijos hace evidencia de cómo están las cosas. Ellos responden, versículo 31:
Pero ellos respondieron: ¿Había él de tratar a nuestra hermana como a una ramera?
— Génesis 34:31
Ahí, ¿qué íbamos a hacer? “¿Y qué tú querías que hagamos?”. Con todo, hermanos, esta historia termina en esperanza.
La esperanza: Dios vuelve a hablar en Betel
Solo leo rápido el capítulo 35, del 1 al 15:
Dijo Dios a Jacob: Levántate y sube a Betel, y quédate allí; y haz allí un altar al Dios que te apareció cuando huías de tu hermano Esaú. Entonces Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos. Y levantémonos, y subamos a Betel; y haré allí altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia, y ha estado conmigo en el camino que he andado. Así dieron a Jacob todos los dioses ajenos que había en poder de ellos, y los zarcillos que estaban en sus orejas; y Jacob los escondió debajo de la encina que estaba junto a Siquem. Y salieron, y el terror de Dios estuvo sobre las ciudades que había en sus alrededores, y no persiguieron a los hijos de Jacob. Y llegó Jacob a Luz, que está en tierra de Canaán (esta es Betel), él y todo el pueblo que con él estaba. Y edificó allí un altar, y llamó al lugar El-betel, porque allí le había aparecido Dios cuando huía de su hermano. Entonces murió Débora, ama de Rebeca, y fue sepultada al pie de Betel, debajo de una encina, la cual fue llamada Alón-bacut. Apareció otra vez Dios a Jacob, cuando había vuelto de Padan-aram, y le bendijo. Y le dijo Dios: Tu nombre es Jacob; no se llamará más tu nombre Jacob, sino Israel será tu nombre; y llamó su nombre Israel.
— Génesis 35:1–10
Hermanos, noten algo: ya Dios le había cambiado el nombre, ahora se lo recuerda, pero el cambio en el nombre significa un cambio en su corazón. Lo que hace falta en tu casa no es que tus hijos cambien; es un cambio en tu corazón. Cuando tu corazón cambie, probablemente tus hijos florezcan.
Dios le dijo a Jacob: “Levántate y sube a Betel”. Jacob no salió de esto porque él fuera bueno, porque reflexionara, porque recibiera un sermón. Él no salió de esto porque leyó dos libros; Dios lo rescató, y Dios puede rescatar tu familia. Dijo Dios a Jacob. Hay cosas para las que los consejos sobran y hay que esperar que Dios hable; y si Dios habla, las cosas cambian.
Yo no creo que mi sermón va a cambiar tu familia; yo creo que Dios puede hablar a tu corazón y cambiar tu casa. Dijo Dios a Jacob, y entonces Jacob dijo a su familia. Qué bonito cuando un hombre habla de cosas espirituales. “Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros y limpiaos y mudad vuestro vestido”. Esos dioses estaban ahí desde antes: “Ay, nosotros somos el pueblo del pacto”, llenos de dioses. Hay que limpiar.
“Y levantémonos” —en plural— “y subamos a Betel”. Ya no es Jacob solo; ahora está arrastrando a su casa. “Y haré allí altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia y ha estado conmigo en el camino que he andado”. Ya no está confiando en “que yo tengo pocos hombres”, ahora está confiando en Dios. Y así dieron a Jacob todos los dioses ajenos que había en poder de ellos; aquí todo el mundo estaba lleno de dioses ajenos. “¿Y por qué Dina lo hace así? ¿Y por qué Rubén lo hace así? ¿Y por qué Leví lo hace así?”. Porque estaban llenos de dioses.
Jacob los escondió debajo de la encina que está junto a Siquem: dejó el pecado y los ídolos, los dejó allá. Eso no va para Betel. Y salieron, y el terror de Dios estuvo sobre las ciudades que había alrededor, y no persiguieron a los hijos. Fue Dios, no Jacob.
Y llegó Jacob a Luz, esto es Betel, y edificó allí un altar y llamó al lugar El-betel, porque allí le había aparecido Dios. Y Dios aparece otra vez y le recuerda su nombre: “Israel”.
Lo que hace falta no es otro ministerio más, no es un grupo de jóvenes más dinámico, no es que haya clases de música, no es “cuándo que van a hacer tal cosa”. Lo que hace falta es esto: que tu corazón sea el corazón apropiado. Y probablemente cuando tu corazón sea el apropiado, todo lo demás también ocurra.