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La experiencia de vivir la Palabra

Salmo 119:161-168

El salmista testifica que vivir de acuerdo a la Palabra produce temor reverente a Dios, paz abundante y poco tropiezo, y nos anima a experimentar la obediencia como un deleite contagioso.

Predicado19 de noviembre de 2023
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Les invito a que busquen la Palabra del Señor en el Salmo 119. Continuamos hoy con esta que sería la penúltima exposición de este amplio salmo, que desde hace ya varios años hemos estado exponiendo sección tras sección. Hoy, con el favor del Señor, llegamos a la penúltima sección, que ocupa los versículos desde el 161 al 168. Estaremos leyendo la Palabra del Señor en el Salmo 119, desde el versículo 161 hasta el 168, para mostrar desde aquí la experiencia de vivir en la Palabra. El Salmo 119 completo se ocupa de las excelencias de la Palabra del Señor, pero cada una de sus secciones, que funcionan como pequeños capítulos dentro del salmo mismo, destaca una parte de la Palabra del Señor o una parte de nuestra experiencia con ella.

En esta, el salmista nos describe, nos testifica y nos aúpa respecto de la experiencia que él ha tenido al vivir en la Palabra. Dice así la Sagrada Escritura, en el Salmo 119, del versículo 161 en adelante:

Príncipes me han perseguido sin causa, pero mi corazón tuvo temor de tus palabras. Me regocijo en tu palabra como el que halla muchos despojos. La mentira aborrezco y abomino; tu ley amo. Siete veces al día te alabo a causa de tus justos juicios. Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo. Tu salvación he esperado, oh Jehová, y tus mandamientos he puesto por obra. Mi alma ha guardado tus testimonios y los he amado en gran manera. He guardado tus mandamientos y tus testimonios,

— Salmo 119:161-168

Porque todos mis caminos están delante de ti. Es la experiencia de vivir en la Palabra.

Les introduzco diciendo que hace falta tener la Palabra de Dios a disposición de la gente. Por eso se hacen traducciones bíblicas, por eso se regalan Biblias, por eso las personas tienen una Biblia en su casa. Tener la Palabra a disposición es un asunto valioso, pero no solamente hace falta que tengamos la Palabra disponible, y en este momento la Palabra del Señor está muy disponible para todo el mundo. En otros tiempos era muy difícil conseguir un ejemplar de las Sagradas Escrituras. En este momento es relativamente fácil, tanto en físico como en digital; si usted no tiene una Biblia en físico, es muy fácil descargarla y tenerla en un celular.

La disposición de la Palabra, tenerla a la mano del pueblo, es el primer paso. Pero hace falta, aparte de la disposición, aparte del acceso a la Palabra, que la gente interactúe con la Palabra del Señor, que la lea, que la consuma, que permanezca en ella. Y pareciera que si las personas comienzan a leer la Palabra, entonces ya lo hemos logrado, pero no solamente hace falta que las personas comiencen a leer la Palabra. Es necesario también que haya una expectativa amplia respecto de que permanecer en ella tendrá muchos beneficios. Este elemento requiere que haya un ejército de personas que hayan vivido de acuerdo a la Palabra y que anuncien estas cosas, que estimulen a los demás.

En muchos momentos he compartido cómo yo llegué a tener interés en la literatura en general. No hablo en este momento de la Palabra del Señor, sino de los libros. Cómo yo llegué a tener entusiasmo en el mundo de los libros. Les he compartido que, cuando era muy joven, trabajé al lado de un abogado que era un gran lector. Este hombre llegaba siempre a mi oficina, que estaba al lado de la suya, y me hablaba respecto de la literatura que estaba consumiendo. Él me decía que estaba leyendo Dostoievski, y lo que él me describía, cómo se ponía su rostro, me hacía sentir que me estaba perdiendo de algo. Yo no era un gran lector. Yo había leído los libros que me asignaban en el colegio y los leía por obligatoriedad, pero nunca llegué a tener deleite en leer una gran novela o en estudiar por estudiar.

Al ver el rostro suyo cuando me hablaba de las obras de Fiódor Dostoievski, entonces yo sentí que me estaba perdiendo de algo. Él mismo, en algún momento, me facilitó una novela, y quizás fue el primer libro que yo leí, no por obligatoriedad, sino que lo leí por placer, lo leí por entusiasmo. Y lo que me llevó a leerlo no era lo que el libro decía, sino lo que el libro producía en él. Y cómo su rostro hablaba de las novelas que estaba leyendo, yo sentía que me perdía de algo.

Un entusiasmo contagioso por la Palabra

En este momento el salmista está hablando de la Palabra del Señor, pero cuando él habla de la Palabra del Señor, habla con tal nivel de expectativa que debería ser algo contagioso. Él dice que ama la Palabra, él dice que la Palabra le ha evitado el tropiezo. Él está haciendo una promoción de la Palabra y está hablando como habla alguien de algo que es su abierta pasión. Él no está diciendo simplemente: “lean la Biblia”. Él está diciendo: vivan de acuerdo a la Palabra, porque vivir de acuerdo a la Palabra tiene amplios beneficios. Lo más significativo para permanecer en ella no es tener una Biblia ni un plan de lectura, sino la expectativa positiva de que la Palabra de Dios contiene en ella más que letras e historia.

Hace falta algo más: hace falta un lector que contagie; hace falta la experiencia de que hemos vivido la Palabra y que le digamos a las personas: no solamente lea la Biblia, sino viva de acuerdo a ella, y usted verá la paz. El contexto de esta sección del salmo es que el salmo se está terminando. Yo siento que el salmista no quiere cerrar sin dejarnos saber su testimonio. Él no quisiera dejarnos en la mente quizá la sección antepenúltima, donde él decía que estaba afligido, sino que él quiere decir que realmente el Señor le libertó de su aflicción. Él no solamente quisiera que tú sepas que existe un libro, él quiere que tú sepas que él vivió de acuerdo al libro y le fue bien.

El salmista está cerrando porque quiere dejarnos como un buen sabor en la boca. Él nos quiere decir: lean la Palabra, vivan de acuerdo a la Palabra, y van a tener lo que yo tuve. ¿Qué es lo que él tuvo? Eso lo estaré compartiendo a continuación. En esta parte del salmo no hay clamor como en la anterior, aquí no hay ni siquiera una oración. El salmista está testificando, él no está clamando a Dios, él está agradeciendo a Dios por lo que Dios hizo en su alma respecto de la Palabra. Y lo que deja caer en el versículo 161 es un testimonio reciente, algo que él acaba de vivir con la Palabra. ¿Qué es lo que él dice? Que fue rescatado de un gran peligro. Dice así el versículo 161: “Príncipes me han perseguido sin causa, pero mi corazón tuvo temor de tus palabras”.

¿Cuál fue su experiencia reciente? Fue una experiencia de liberación. Y si vemos el salmo completo, hay un amplio caleidoscopio de todas las emociones humanas. Él habla de persecución, él habla de desánimo, él habla de aflicción, pero en este momento nos da, para muestra, un botón. Él dice: la Palabra de Dios funciona, y yo fui perseguido sin causa por príncipes; mas yo, en mi mente, no me he olvidado de las palabras de Dios. Esta sensación de ser perseguido, y me llama la atención que él ponga “príncipes”, anuncia un gran peligro. Hay gente poderosa que buscaba hacerle daño, y él no contrapone que él venció, que prevaleció físicamente. Él siente que su gran victoria, en medio de su gran persecución, fue el hecho de que él tuvo temor de la Palabra de Dios y no temor del hombre.

Él siente que su gran victoria en ese episodio no fue que físicamente prevaleció; él sintió que espiritualmente había prevalecido. Quisiera hablarles en este momento a todos mis hermanos que están experimentando diferentes aflicciones. La victoria principal en una aflicción es haber salido de allí y poder decir que, en medio de la aflicción, pudimos vivir de acuerdo a Dios. ¿Cuál fue su gran logro? Dice él: “Príncipes me han perseguido sin causa, pero mi corazón tuvo temor de tus palabras”. Yo creo que es hermoso cuando un creyente mira atrás y puede ver en perspectiva una gran aflicción y entender que, en ese tiempo de aflicción, él pudo haber sido afligido en el cuerpo, pudo haber sido afligido en lo económico, pudo haber sido afligido en lo emocional, pero él puede testificar que no se ha olvidado de tener temor a Dios.

La gran victoria en medio de cualquier aflicción es que podamos seguir viviendo de acuerdo a su Palabra. Ese “pero” indica una contraposición a otra cosa que era lo esperable. Lo esperable sería que él tenga temor del hombre, pero él dice: yo no tengo temor del hombre, yo tengo más temor en faltar a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios. Soy sensible, hermano, a que cuando uno no tiene aflicciones probablemente esto no sea la prioridad, pero deberíamos buscar que esta sea la prioridad. ¿Cuál es tu temor en este momento? Tú deberías poder decir: mi temor en este momento es no comportarme a la altura de la expectativa de Dios.

Temor reverente a la Palabra y temores saludables

¿Qué te aflige en este momento? ¿Te aflige más la enfermedad, o te aflige más no poder glorificar a Dios en la enfermedad? ¿Qué te aflige en este momento? ¿Te aflige la persecución, te aflige la hostilidad? Pero, ¿te aflige más centrarte tanto en tu persecución, tanto en la hostilidad que estás viviendo, que se te olvide poner a Dios en primer lugar? La victoria del salmista fue que en medio de la persecución él tuvo más temor de Dios que de los hombres.

Este temor, cuando él habla de temor a la Palabra de Dios —“pero mi corazón tuvo temor de tus palabras”— es un respeto reverente que nos lleva a actuar. Cuando se dice que debemos tener temor a la Palabra, no es como tener un miedo paralizante a la Palabra, sino un alto respeto, a tal punto que tú no puedas quedarte tranquilo, sino que tengas que actuar de acuerdo a ella. Eso es temor: un respeto reverente a la Palabra.

En cuanto a la Palabra, a mí me parece que deberíamos cultivar intencionalmente los temores correctos. Ahora, hermanos, yo quisiera hasta atemorizarles en el buen sentido del término, que usted pueda sentir como cierto miedito de no hacer algo. Temor es lo que tú sientes cuando está llegando la fecha de un compromiso y tú dices: “Guau, me queda cada vez menos tiempo y aún no lo he hecho”. En cuanto a la Palabra como creyente, deberíamos atesorar —y utilizo intencionalmente el término atesorar— algunos temores. Le quisiera recomendar por lo menos cinco temores respecto de la Palabra.

El primer temor que yo quisiera atesorar es el temor a que las circunstancias —en este caso la persecución— me distraigan y nos olvidemos de ella. A veces estamos tan afligidos que las 24 horas de nuestro día se ocupan en pensar en nuestras aflicciones, y no tiene sentido alguno. Meditar respecto de tu aflicción no te va a acercar a la liberación; meditar respecto de la Palabra de Dios en la aflicción sí me podría traer más esperanza. “Guau, este hermano está siendo especialmente afligido; tiempo por él”. ¿Por qué temes? Temo que no tenga los recursos espirituales, mentales, emocionales para poner a Dios en primer lugar. Ese es el temor que deberíamos atesorar.

Otro de los temores es el temor a la inconsistencia. Temo no vivir de acuerdo a aquello en lo cual yo digo y me afirmo que creo. Ese temor debería poner un poco nervioso a todo creyente. Temo tener este amplio conjunto de doctrinas y, al mismo tiempo, esta pequeña realidad doctrinal. Una cosa es intelectualmente tener la doctrina, la Palabra de Dios en la mente, y otra cosa es la realidad de la Palabra del Señor en nuestras vidas. Temo tener un montón de doctrinas e ideas sobre la cabeza y muy poca realización espiritual, poca materialización de la doctrina de Dios en los aspectos diarios de la vida. Temo eso.

Otro temor: el temor a ser alcanzado por las consecuencias que en ella misma, en la Palabra, se dice que alcanzarán a aquellos que no viven de acuerdo a Dios. Yo temo el hecho de tener más temor a los hombres que temor a Dios mismo. Pues dice la Palabra que horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Y el mismo Dios que nos ama es el mismo Dios que eventualmente destruirá, castigará a sus enemigos, y horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Temo eso.

Yo como que quisiera transmitirle temor, hermano, no como asustarte en lo físico, sino como poner la Palabra de Dios en el lugar que corresponde. Este es mi trabajo principal, yo me dedico a enseñar la Palabra, y yo temo haber dedicado mi vida a enseñar la Palabra y encontrarme en la presencia de Dios y ser desaprobado por el Dios que me dio la Palabra. No es que yo vivo entregado a un miedo; no, hermano. Ese temor hace que en mí se produzca un deseo de vivir de acuerdo a ella y de darme el trago difícil de hacer la voluntad de Dios cuando mi mente no quiere hacer la voluntad de Dios. Pues yo temo haber dedicado mi vida a enseñar la Palabra y, cuando me encuentre con Dios, darme cuenta de que la Palabra del Señor no se interiorizó en mí, sino que solamente tomé buche de ella, como dice un predicador de la antigüedad: “la escupí sobre la gente”.

Temo volverme insensible, impermeable, académico, filosófico. Teme eso, hermano. Teme que tú tengas un alto respeto a la Palabra, pero la veas como un asunto enciclopédico, como un asunto solamente intelectual. Yo lo escribí así mismo para testificar, porque el salmista está testificando. Yo, ya que él testifica, yo testifico que tengo tanto interés y admiración hacia las Escrituras, tanta curiosidad y asombro, que uno de mis temores principales ahora mismo es volverme el estudiante que pasa la materia y reprueba el ejercicio de la carrera. Volverme aquel que le va bien en las calificaciones porque pasa los exámenes, pero no es capaz de ejercer adecuadamente, de forma tal que la carrera contribuya en algún sentido al bienestar de los otros.

Yo supe que son muchos los directores de orquesta que llegan a perder el interés de la música, y algunos hasta la aborrecen. Piensan tanto en las minucias de cada pieza que se vuelve un tedio insoportable tener que escuchar la música que esas piezas, cuando son ejecutadas, transmiten, y lo que deberían causar en el corazón del hombre, que es regocijo, para ellos lo que produce es cansancio, hastío. Temo perder el interés. “Príncipes me han perseguido, pero mi corazón tuvo temor de tus palabras”. Hermano, hay un temor a la Palabra del Señor que ha de ser aupado.

Quizás también el temor a cambiar el consejo de Dios por el consejo popular. Cada vez que te sientas perseguido, cada vez que te sientas afligido, tú vas a tener multitud de consejeros que llevarán tu mente en diferentes direcciones. Teme a la Palabra del Señor y no al consejo de los hombres. Del 162 al 165 está su testimonio personal. ¿Cuál es su testimonio, su resumen general de su experiencia? Recuerden que es la experiencia de vivir la Palabra, el testimonio del salmista. ¿Qué dice él? Dice: “Me regocijo en tu palabra como el que halla muchos despojos”.

Mientras leía esto, me daba cuenta de que hay aquí una comparación rara para hablar del regocijo que deberíamos tener en la Palabra de Dios. La comparación es rara porque él dice que se regocija en la Palabra como el que se regocija en muchos despojos. Explico primero qué es un despojo.

La Palabra como botín de guerra y testimonio personal

Despojo es aquello que obtienen quienes participan en una guerra y ganan. Despojos son todas las cosas que un soldado toma de su enemigo: sean víveres, municiones, ropas, bienes. La dinámica de la guerra es que el vencedor toma por despojo los bienes del vencido. Y el salmista está hablando de la Palabra del Señor como si fuera para él un tesoro de guerra. Él dice: yo fui a la guerra, gané, y aquí está el botín. Recuerden que él está transmitiendo la emoción de tener la Palabra. Él dice: para mí tener la Palabra produce un regocijo similar al regocijo que produce en el soldado ganador cuando él va al terreno y recoge los despojos de la guerra.

Es la sensación de estar ante un botín, de haber adquirido de repente algo de mucho valor. Mientras yo leía esto, yo me preguntaba: ¿cómo traducir esta emoción a mis oyentes? ¿Cómo hacer que mis hermanos sientan que abrir la Palabra del Señor es como abrir los sellos de un tesoro? Él dice: cuando yo veo la Palabra, eso produce en mí un regocijo como el regocijo que produce en un soldado obtener unos bienes por los cuales quizás directamente él no trabajó, pero luchó por ellos, y aquí está la recompensa.

Era común en el mundo antiguo que los soldados fueran reclutados con la expectativa del botín. Probablemente su general no tenía con qué pagarles, pero él decía: “Si yo gano, hay botín”. Ay, hermano, yo te estoy animando a que leas la Palabra, a que luches por la Palabra, a que participes de esta guerra intelectual y espiritual con la expectativa de que obtengas un botín. Y cuando tú cuentas el botín tú deberías decir: “Guau, lo logré. Aquí estamos. Ganamos”.

Yo pensaba cómo transmitir esta emoción, y la emoción es: expectativa agradable, sorpresa, un sentido de ventaja cuando tú miras para allá y dices: “Mira el botín”, y tú dices: “Qué afortunado soy”. Y parece una actitud carnal, hermano, pero yo estoy persuadido de que es espiritual. Uno debería verse a sí mismo y ver la Palabra, y ver al común de los hombres que no tienen acceso a la Palabra ni a la sabiduría de Dios, y decirse a uno mismo: “Qué afortunado soy, qué botín maravilloso”. Una expectativa de deleite, de decir: “Guau, todo esto es nuestro”. Sí, hermano, todo esto es nuestro.

Imagínense ustedes cómo viven los hombres ajenos a la promesa de Dios, ajenos al conocimiento de Dios, especulando en cosas para las cuales no tienen posibilidad alguna de llegar a entender. Y nosotros tenemos acceso a la mente de Dios. Fue él mismo que inspiró el libro, que nos dio el libro a nosotros. Nosotros somos el pueblo del libro, nosotros somos los afortunados de que tenemos este botín. Yo creo que nunca había hablado así de la Palabra de Dios: un botín. Esto es tuyo.

Qué emoción más agradable. Esa es la traducción del sentimiento. Sin embargo, al participar tú no puedes evitar pensar que sobreviviste a un gran peligro, a una guerra, y que estos despojos que en este momento son tuyos probablemente eran del enemigo tuyo, que iba a tener por despojo los bienes tuyos. Uf.

Yo quiero llenar esto de testimonio personal, hermano, pero yo testifico que en dos momentos, dos temporadas de la vida, yo sentí que participé en una guerra y que, por la misericordia del Señor, me pude repartir botín. Cuando miro hacia atrás, yo me doy cuenta que entre la niñez y la adolescencia yo luché para, entre la niñez y la adolescencia, vivir de acuerdo al consejo de Dios, de forma tal que en esa temporada se formó en mí una identidad cristiana y yo encontré una identidad en Cristo. Entre la niñez y la adolescencia yo tenía una identidad en Cristo formada. Yo miro los resultados que tal cosa trajo sobre mí, hermano, y yo no puedo evitar otra cosa que decir: “Guau, me tocó un botín”.

Luego en la juventud —ya voy saliendo de ella, hermano, recuerden que este le reto yo—, en la adolescencia luché por tener una identidad en Cristo y en mi juventud luché por encontrar satisfacción en Cristo. Y yo miro para atrás y yo digo: sí se logró. Yo miro para atrás, hermano, y yo siento que no dañé mi juventud, no perdí mi juventud. Mi juventud, a causa de tener la Palabra de Dios, fue una juventud en la que yo puedo mirar hacia atrás y buscar recuerdos y decir: realmente valió la pena vivir de frente a Dios. Repartí botín en la adolescencia, repartí botín en la juventud, y ahora me estoy preparando, hermano, para ser un adulto pleno en Dios. Yo quiero ser un adulto que encuentre su realización en Cristo.

Pero cada temporada, hermano, tiene sus retos. Cada temporada tiene sus avatares, tiene sus batallas. Así como yo luché en mi adolescencia por encontrarme en Cristo y como luché en mi juventud para encontrar satisfacción en Cristo, ahora voy a luchar en mi adultez para encontrar mi plenitud en Cristo. Pero cada temporada es una nueva batalla y, al final de cada batalla, hay un nuevo despojo que solamente Dios sabe lo que, a la luz de la Palabra, hay guardado para mí. Esto a mí me transmite una expectativa positiva de la vida. Mientras más yo actúe de acuerdo a Dios, mientras más viva de cara a Dios y con la sabiduría de Dios, mejor me va a ir en la vida. Más satisfacción tendré en la vida, más plenitud tendré en la vida, más identidad tendré en la vida.

¿Cuál es su experiencia? Él dice que está repartiendo despojos. Testifico que quien vive de acuerdo a Dios regularmente recoge lo que el necio había atesorado para sí. Que los creyentes vamos en la tierra, hermanos, frecuentemente recogiendo los despojos del pecado. Y hay que caminar, hermano, con respeto y reverencia y con gratitud a Dios. Por favor, no se exalte. A usted le tocarán cosas en esta tierra que probablemente son cisternas que otros cavaron, son cosechas que otros sembraron, y tú vas a decir: el Señor despojó aquello y lo trajo a su pueblo, gloria al Señor por eso, porque quien actuó en sabiduría regularmente recoge despojos.

Espero no hacer gran daño transmitiendo una expectativa materialista y carnal; no, esto es en un sentido espiritual. Hermano, vivir de frente a Dios tiene ventajas. Y yo creo que la gente no busca más el consejo de Dios porque hablamos de manera tan piadosa que nadie quiere vivir de acuerdo a Dios. Y yo quiero esa vida. Si a mí me preguntaran en este momento jóvenes, y se me acercara un joven y me dijera: “¿Vale la pena vivir de acuerdo a Dios?”, yo le diría: claro que vale la pena vivir de acuerdo a Dios. Aquí hay uno que vivió su juventud de acuerdo a Dios y le fue bien. Y un adulto debería poder preguntarme: “En los retos de la adultez, ¿tú crees que en Cristo haya provisión?”. Claro que hay provisión; repartí despojos, de lo que estoy diciendo.

Después él describe su amor a la Palabra. Dice el versículo 163: “La mentira aborrezco y abomino; tu ley amo”. Esa expresión corta, hermano, pero contundente: “tu ley amo”. Él está expresando su amor a la ley de Dios. Unos cuantos sermones atrás en esta serie le expliqué a la iglesia que no deberíamos amar la Palabra en contraposición a Dios. Amamos a Dios primero, no vamos a idolatrar la Palabra, no vamos a quitar a Dios para amar el libro, así no. Pero amamos a Dios y amamos el libro, ambas cosas. Amamos a Dios y también amamos la ley de Dios. Y no amamos a Dios a pesar de su ley; amamos a Dios junto con su ley, porque su ley es algo muy bueno.

Aquel salmista contrapone esto diciendo: “La mentira aborrezco y abomino; tu ley amo”. Lo contrario a la ley de Dios es la mentira; la aborrece. Lo que es inversamente proporcional es la mentira y el engaño, y este mundo está lleno de eso. De hecho, un creyente que comienza a vivir de acuerdo a la ley de Dios cambió de sistema: se salió del sistema del engaño, de la mentira y de la simulación, y comenzó a vivir en el sistema de la realidad. Y la única manera de vivir en el sistema de las cosas reales es vivir de acuerdo a Dios. La única manera de encontrar algo real en esta tierra es buscar la mente de Dios, buscar la mente de Cristo.

La ley, la verdad y los recuerdos con Dios

Él rechaza la mentira y ama la ley de Dios. Él pudo haber comparado con otras cosas, pudo haber hecho otra antítesis, pero lo directamente contrario a la ley de Dios es la mentira. Nosotros tenemos la verdad. Por eso el mismo Cristo dijo en Juan 17:17:

Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.

— Juan 17:17

Nosotros vivimos en un mundo de engaño, en un mundo de falsedades, un mundo de mentira, un mundo de ilusiones. Y hay un cable a tierra en este mundo, y el cable a tierra es la Palabra de Dios. La Palabra de Dios nos lleva de nuevo a la mente de aquel que tiene las cosas reales. Este mundo en este momento es neblina, es ilusión. La Palabra del Señor nos rescata de la mentira, nos rescata de la vanidad. “La mentira aborrezco… tu ley amo” es un axioma del corazón creyente.

Vuelvo al argumento, hermano, de que no podemos dejar a Dios para amar la ley; tenemos que amar a Dios junto con la ley. Pero si Dios nos ha dado la ley, ¿cómo no amar la ley también? Hay un amor en nuestro corazón: la ley de Dios ocupa un lugar importante en el corazón del creyente. Lo ejemplifico con algunas cosas. Recuerde, hermano: Dios es irreemplazable, pero todo lo que Dios me ha dado yo lo voy a atesorar como algo que me lo dio Dios; es importante. Lo más importante es tener a Dios, pero si Dios me ha dado su Palabra, imagínese usted.

Es como las fotografías. Encontré —tengo un entusiasmo con mi esposa, hermano, me gusta mi esposa, saludos a ella, ¿verdad? Agarro sus puntos ahí—, pero encontré unas fotografías de Carol que ella me regaló cuando éramos novios, imagínese usted. Y encontré a Andrés, Andrés un bebé, estaba jugando con la foto, y casi me rompe la foto de Carol. Y tú dices: “Pero tú tienes a Carol, tú la tienes a ella, ¿qué te importa la foto?”. Yo amo a Carol y también la foto, porque la foto me la dio ella. Bueno, yo amo a Dios y amo su Palabra, porque Dios me dio su Palabra.

La ley de Dios es una parte importante de mi identidad, es parte de lo que yo soy. Es parte de la identidad del pueblo de Dios que nosotros somos el pueblo al cual Dios le dio su ley. Y así mismo dice la Palabra: “¿Qué otra nación hay entre ustedes que tenga leyes como estas?”. Nosotros somos el pueblo al cual le dieron la ley. No digamos: “No amemos la ley, que ya tenemos a Dios”; amemos a Dios y amemos la ley que Dios nos ha dado, como un asunto muy precioso, muy preciado, muy valioso.

Además, la Biblia misma está llena de memorias de nuestra relación con Dios. Un creyente ve la Palabra con todos sus libros, con todos sus capítulos y todos sus versículos, y eso es una bitácora de su relación con Dios. Yo tenía una Biblia parecida a esta que perdí hace muchos años de una manera… guau. Iba a predicar a una iglesia, puse la Biblia encima del carro, entré a buscar algo en el carro, encendí el carro, me fui, y la Biblia voló. Pero esa Biblia para mí era importante, no era solamente un asunto de que tenía muchos años conmigo, sino que era una Biblia que estaba muy marcada.

Yo podía ir a diferentes años y temporadas de mi relación con Dios y recordar cuando leía historias, cuando leía esto y aquello. Y a veces me preguntaba por qué este versículo me llamó la atención, y podía recordar que ese versículo me había llamado la atención porque Dios había hablado a mi corazón de manera especial a través de ese versículo. Leer la Biblia, documentar la Biblia, rayar la Biblia es una memoria de tu relación con Dios. Entonces tú dices: ¿por qué amo la Biblia? Porque cada vez que la leo puedo ver la mano de Dios sobre mi vida. No es solamente un asunto intelectual, es un testimonio de nuestra relación con Dios.

Volví a leer últimamente el libro de Génesis y la historia de los patriarcas, y no pude evitar evocar que leí esas mismas historias cuando era un adolescente, cuando era un joven, cuando era un niño. Pero ahora las mismas historias tienen como otras capas, otros ribetes, tienen más lecturas, pero al mismo tiempo tienen mucha memoria. Yo recuerdo cómo las leí primero con la mente de un niño, después cómo las leí con la mente de un joven, y ahora cómo las leo con la mente de un adulto. Amamos la ley de Dios porque es un recuerdo de nuestra relación con él.

Es como cuando vas a un lugar en el cual has vivido recuerdos muy importantes junto a alguien; volver a ese lugar evoca sentimientos en ti. Ir a la ley de Dios evoca sentimientos de mi relación con Dios. “Cuánto amo tu ley”, dice él. Recuerde: no amamos a la ley para quitar a Dios, amamos a Dios y su ley; y amamos su ley porque fue dada por Dios. Es una fotografía de nuestra relación con él. Ya no somos los mismos, es verdad; ya la persona no es la misma de las fotografías. Queremos la de ahora y queremos la de la foto, ambas cosas. Tú dices: “Pero ya yo leí la Biblia”. Léala de nuevo. Usted recordará, usted se entusiasmará de nuevo, afirmará su relación, afirmará su identidad.

La Biblia es un símbolo de su pueblo. Todo el que tiene una Biblia en la mano está anunciando algo. Qué hermoso es ver a una persona que tiene una Biblia en la mano. Si esa persona tiene una Biblia en la mano, eso simboliza algo, eso significa: aquí hay alguien que entiende. Tener una Biblia en la mano no significa que usted sea cristiano automáticamente, no es un carné, hermano, no es “ah, porque tiene una Biblia es mi hermano”; no es eso. Pero dondequiera que yo encuentro una persona leyendo la Palabra, digo: ese es de los míos, ahí hay algo. Es un símbolo del pueblo de Dios: nosotros somos el pueblo que se le ciñe el libro, somos el pueblo que lee el libro, somos el pueblo que regala el libro. Llegó la gente de la Palabra, eso somos nosotros.

Y sí, también la Palabra ha sido el instrumento usado por Dios para traernos hacia él y para edificarnos en él. El apóstol Pablo, que dedicó gran parte de su vida a estudiar las Escrituras y a predicar las Escrituras, hablaba de la ley de Dios como si fuera un “ayo”. Yo sé que en República Dominicana no le llamamos ayo, le llamamos “abuela”, le llamamos “la señora que me cuidó”, una nana. Él decía que la ley de Dios había sido un instrumento dado por Dios para cuidar de sus hijos: es como una persona que te cuidó cuando eras muy tierno, cuando eras niño. Una nana es el nombre.

La ley como nana que nos lleva a Cristo

Para Pablo, él dice: la ley de Dios para mí ha sido un ayo, una nana, la que nos trajo hasta Cristo. Y cómo yo voy a hablar mal de mi nana, cómo no voy a querer a mi nana, cómo no voy a gozarme en ella, cómo no voy a tener gratitud hacia ella. Bueno, amamos la Palabra porque fue la nana, fue el ayo usado por Dios para traernos hacia él. Así mismo dice Pablo:

De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.

— Gálatas 3:24-27

La Biblia no justifica por la fe; Cristo justifica por la fe. Pero, ¿cómo conoces a Cristo?, ¿quién te lleva a Cristo? La ley de Dios. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, ha sido nuestra nana, ha sido nuestra cuidadora, ese asistente de una familia adinerada que cuida e instruye a los niños cuando están en las edades tiernas. Ese es el ayo, y la ley de Dios ha sido para nosotros nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. ¿Para qué existe la ley? Para llevarnos a Cristo, para que seamos justificados por medio de la fe. La ley no existe para que tú atesores este libro y te llenes intelectualmente; la ley existe para llevarte a Cristo y ser justificado por la fe.

Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo; pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Él te dice: la ley no es más importante que Cristo, pero la ley te trajo a Cristo. La ley no te justifica, pero la ley te lleva al que te justifica. Hermano, amamos la ley de Dios porque es el canal que Dios utiliza para traernos hacia Cristo, y en Cristo encontramos la justificación de nuestros pecados.

En el versículo 164 el salmista habla de la frecuencia. ¿Cuál es la frecuencia? Dice: “Siete veces al día te alabo a causa de tus justos juicios”. Interesante: no es “siete veces al día alabo la Palabra”, no, porque la Palabra no siente, la Palabra no tiene personalidad. La ley como tal, el papel, no tiene sentimiento. Dios sí. Dios tiene entendimiento, Dios recibe tu alabanza. Nosotros alabamos a Dios a causa de su Palabra.

Otro asunto interesante en el texto es que él dice: “Siete veces al día te alabo… a causa de tus justos juicios”; o sea, por lo que los juicios de Dios están produciendo en mí, yo voy adorando al Señor por cada una de esas cosas. Esto es distinto de lo que ahora se habla, de cantar la Palabra de Dios como cantar los versículos. Él no está cantando la Palabra; lo que está cantando son los resultados de la Palabra. Él está glorificando a Dios por los efectos que la Palabra del Señor está haciendo en él. Y si él dice que lo hace siete veces, parece que su vida estaba llena de la Palabra de Dios.

Inmediatamente entonces nos habla de un resultado directo. “Muéstrame más o menos qué. ¿Qué es eso de ‘siete veces al día te alabo a causa de tus justos juicios’? Más o menos, ¿por qué?, dame un ejemplo. Por ejemplo, hoy, ¿por qué tú has estado dándole alabanza a Dios?”. Muy sencillo, dirá el salmista. Versículo 165: “Mucha paz tienen los que aman tu ley y no hay para ellos tropiezo”. Quizá él está recordando en este momento una ocasión en que pudo haber caído, no cayó, y a causa de no caer en este momento tiene paz. Míralo ahí.

Ay, hermano, ejemplos así prácticos son los que producen entusiasmo, los que hacen que la gente quiera leer la Biblia. Fulano, tú y yo somos amigos, pero mira, yo tuve la ocasión de hacer esto, que ahora como cristiano entiendo que deshonraba a Dios, pero Dios trajo, a través del Espíritu Santo, esta historia de la Biblia, este versículo, esta porción de la Escritura que me animó en ese momento a actuar de manera distinta a como yo hubiese actuado antes. Y a causa de que actué de la manera distinta, que es la manera de Dios, entonces en ese momento me fue bien. Evité el tropiezo y por eso estamos aquí, tú y yo, hablando. Testimonios como eso producen en otra gente el deseo de que quiera también leer la Palabra.

Bueno, ¿cuánta gente necesita paz en estos días? Uno de los bienes más preciados ahora mismo es la paz. La gente tiene desasosiego, la gente tiene intranquilidad, la gente anda buscando paz. Nosotros sabemos dónde hay. Recuerden que estoy integrándome en la junta de vecinos del residencial donde vivo, y hay un propietario que no vive en el país, sino que vive en España. Yo conseguí su teléfono, hemos hablado, y me doy cuenta de que es una persona que tiene como la necesidad —no hablo despectivamente, todos tenemos eso—, la necesidad de hablar. Y él me manda mensajes diarios, me pregunta de cosas del país, y ayer yo pensé: oye, pero el vecino como que tiene mucha necesidad de interacción.

Y no nos vamos a pasar ahora los años hablando de generalidades. Yo le pregunté al hombre: “¿Usted tiene una Biblia?”. Pues estamos hablando de muchas cosas. Le pregunté: “¿Usted tiene una Biblia?”. “Sí, yo tengo una Biblia”. “¿Y la está leyendo?”, le digo yo. Me dice: “Yo la tengo ahí; mira, hablando conmigo, escribiéndome, ahora mismo la estoy mirando”. Y yo: “Ábrala, y lea el Evangelio de Juan”. Pero digo: yo no puedo solamente decirle que la abra como una acción mecánica; tengo que hablarle de que a través de la Palabra hay sabiduría, de que en la Palabra del Señor hay paz, de que Dios nos habla. Y, con palabras sencillas, traté de estimularle no solamente a que lea la Biblia, sino que lea la Biblia con la expectativa de que en ella hay mucha paz y poco tropiezo.

¿Y quién no quiere vivir así? “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo”. Todo el mundo quiere eso, y eso está en la Palabra. Oye, lee la Biblia, ten un plan devocional, hermano querido. No es un asunto de “hora-hombre”, es un asunto de deleite y expectativa. Usted no solamente quiere que la gente lea la Palabra, usted quiere que la gente lea la Palabra y tenga la expectativa necesaria para conseguir en la Palabra aquello que la Palabra de Dios puede traer al alma del hombre, que es mucha paz y poco tropiezo.

Personas que van a cursos de liderazgo, y desde los cursos de liderazgo: “Un líder lee veinte libros al año; lee veinte libros al año y va a terminar siendo un líder”. Así no. Me encontré yo literalmente con una persona que estaba leyendo un buen libro, y me habló de literatura general, porque estaba leyendo tremendo libro. Le veo a la persona leyendo el libro, y como produce cierta empatía de lector a lector, le pregunto: “¿Qué te ha parecido el libro?”. Y me dice la persona: “Ya voy por más de la mitad”. Él está leyendo el libro ávidamente, tirando página para la izquierda, y me dice: “Ya lo llevo por más de la mitad”. Tiene tremendo libro en la mano, pero él no me habla del autor, no me habla de la historia, no me dice lo que está aprendiendo, sino que me está hablando de volumen, de que lo lleva más para allá de la mitad.

Yo le digo: “¿Y por qué lo estás leyendo?”. “Ah, es que me recomendaron que debo leer una cantidad de libros, y yo tengo como meta leer tantos libros por año, y este año ya he leído tantos, y este lo llevo más para allá de la mitad”. Él me está hablando de la labor mecánica de leer un libro, como que la labor mecánica de leer un libro va a tener algún aprovechamiento intelectual o estético o emoción alguna. Así no.

Tengo el plan de lectura bíblica, voy a leer la Biblia en un año, ya la he leído dos veces… No es que leas la Biblia en un año, y si puedes leerla, léela. Es que tengas la expectativa de que Dios te hable en su Palabra y de que en ella hay mucha paz y poco tropiezo. De hecho, tú deberías decir: “No es tanto que la llevo ya más para allá de la mitad, sino que mira, voy a volver para atrás y la leo de nuevo”, porque no es algo como de terminar por terminar para decir que la leíste, es que realmente tú quieres recrearte en la Palabra y obtener los frutos de la Palabra: mucha paz y poco tropiezo.

Paz abundante y poco tropiezo

La pregunta no es si la leí entera, la pregunta es: ¿cómo te vas sintiendo? Dime. “¿Qué tal?”. “Guau, acabo de leer el libro de Proverbios”. “¿Qué tal, qué tal?”. “Y lo leí solamente en dos días”. No es que leas el libro de Proverbios en dos días. No es que el versículo diario, o el versículo diario sígalo haciendo; el libro de Proverbios, si puede leerlo, léalo, pero sobre todo obtenga lo que la Palabra de Dios dice que puede traer a nuestro corazón: mucha paz y poco tropiezo. “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo”.

¿Cuál es el resultado directo? Mucha paz. No solamente en el sentido metafísico, sino también en el sentido práctico. Yo veo que mis hermanos siempre están hablando de la paz como metafísica, como un estado emocional de exaltación donde tú meditas y trasciendes. Sí, hay una paz así, pero también hay una paz práctica. ¿Cuál? La paz práctica de que cuando tú tropiezas poco, te duele menos, y cuando te duele menos, entonces tienes una vida más confortable. Yo quiero ambas paces, hermano. Quiero la paz metafísica que sobrepasa todo entendimiento, también quiero tener la paz de quien vive de acuerdo a la Palabra de Dios y tropieza poco. Hay una paz emocional, espiritual, que en medio de la situación a ti te abraza, pero al mismo tiempo la paz de vivir poco “liao”, de vivir con un poco de confort. Y para vivir así hay que actuar de acuerdo a Dios.

De hecho, hermano, gran parte de tus aflicciones actuales tienen que ver con que tú —o alguien más— se desvió de la Palabra de Dios. Tú dices: “¿Por qué en este momento en mi vida no hay más confort?”, y tú puedes rastrear hacia atrás, hacia atrás, hacia atrás, y encontrar un momento donde alguien no honró a Dios en una parte específica donde debió haberle honrado, o tú mismo. Yo miro para atrás y encuentro dónde comenzó mi aflicción; y mi aflicción comenzó cuando no actué de acuerdo a los principios de Dios. Por lo cual testifico que mucha paz, no poca, sino mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo. El que vive rodando por el suelo, hermano, no vive bien.

“Ah, mira, qué vida más accidentada la que tú me estás diciendo”. Mira qué persona más libre… lo que tú me estás diciendo es: “Mira qué persona tan atada”. “Mira qué persona que no tiene límite alguno”… lo que tú me estás diciendo es: “Qué hombre tan desobediente, que no coloca a Dios en el primer lugar”. De eso es que estamos hablando. “Mucha paz tienen, no poca, los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo”. ¿No se entusiasma, hermano, en hablar de la Palabra? Espero que allá en su casa estén tranquilos, que tengan todavía reflexión, porque uno se entusiasma de estas cosas. Que el Señor nos ayude, hermano, a tenerlo, no solamente a decirlo. Yo quiero eso: quiero la paz espiritual, pero también quiero la paz real de obrar durante un tramo largo de mi vida de acuerdo a los principios de Dios. Hermano, eso se logra.

Hay gente que ha vivido cuarenta años rodando, pero si tú, de aquí a los próximos diez, vives de frente a Dios, yo te aseguro que la siguiente década va a estar mejor. El diablo engaña en eso, diciendo: “No, tú no viniste a Cristo de niño, no viniste a Cristo de adolescente, no viniste de joven, ya eres un adulto”. Hermano, un adulto sigue tomando decisiones. Y las decisiones que estás tomando hoy son los frutos que tú vas a cosechar mañana. Vamos a sembrar frutos buenos, vamos a vivir de acuerdo a Dios.

Es la última parte de esta sección del salmo. El salmista nos cuenta tres cosas, tres cosas que él ha hecho. Y aquí quizá está la fotografía de un hombre obediente. Esas cosas no caben en una foto, por eso se describen con palabras; y en ese sentido, la literatura es mejor que la fotografía, porque tú no puedes retratar físicamente un sentimiento, pero puedes describirlo en palabras. ¿Cómo se ve un hombre obediente? Tómenle una foto. Un hombre obediente, ¿se ve así? ¿Cómo se ve? Dice del 166 al 168 tres cosas que el salmista había hecho, y que bien pueden describir a un hombre obediente, al hombre que obtiene mucha paz y poco tropiezo. ¿Cómo es?

Dice él: “Tu salvación he esperado, oh Jehová, y tus mandamientos he puesto por obra”. Él está esperando ser salvado, pero no está utilizando la espera, la expectativa, como una razón para la desobediencia. Mientras llega el rescate de Dios, vamos haciendo lo que podemos hacer, que es obedecer. Esto sí es una acción para el creyente. Nosotros no tenemos acceso a la providencia de Dios; Dios es soberano, Dios nos gobierna. Él hará lo que quiera hacer. Del lado nuestro, ¿qué podemos hacer nosotros? Obedecer.

Yo no puedo lograr que Dios haga algo antes o después, pero yo sí puedo lograr que Dios vea mi obediencia. Eso sí es muy accionable. Él esperó su salvación obedeciendo, no de manera pasiva. No: “Cuando el Señor me rescate, yo voy a comenzar a vivir de acuerdo a él”. No. “Yo voy a vivir de acuerdo a él y yo espero ser rescatado”, ambas cosas. “Mira, que si tú supieras lo ‘liao’ que yo estoy, tú no me estuvieras hablando de que actúe según los principios de Dios”. Tú no vas a suspender en este momento las cuerdas que te están atando, pero tú puedes en este momento, en tu corazón, tomar una decisión, y es la decisión de vivir de acuerdo a los principios de Dios aun con las ataduras encima. Y en lo que llega la salvación, vamos obedeciendo. No estamos obligados a lo imposible, hermano, y obedecer es posible.

La gente frecuentemente utiliza la aflicción para disculpar su desobediencia: “Yo lo hice porque tú no entiendes lo que yo estaba viviendo”. Yo sé. Él comienza diciendo que está siendo perseguido por los príncipes, pero que él teme a Dios y a su Palabra. Hay cosas que no están a tu alcance; déjale eso a la providencia. Hay cosas que sí están a tu alcance: eso es obediencia. Ahí está.

El retrato del hombre obediente

Ahora, igual que un poco de esperanza, hermano: miren, a veces la aflicción es doble. Tienes la aflicción de que hay cosas que te han sobrevenido, pero también la mala conciencia de que tú sabes que no estás bien con Dios. Y en medio de la aflicción, un medio de gracia es la satisfacción de que estamos haciendo, en cuanto nos compete, la voluntad de Dios en nuestras vidas. Eso trae paz.

Primera parte que retrata a un hombre obediente: un hombre obediente espera la salvación, pero haciendo lo que está a su alcance, que son los mandamientos de Dios. Segunda parte de la fotografía: dice el versículo 167: “Mi alma ha guardado tus testimonios, y los he amado en gran manera”. Qué feo se ve un creyente que obedece sin gusto. Eso parece que es bonito, y a veces es bonito por el momento, hermano, pero no podemos vivir así a perpetuidad. A veces tú vas a obedecer porque hay que obedecer, pero yo espero encontrar el deleite. Si yo voy a tener que hacer eso durante toda mi vida, día tras día, año tras año, yo voy a tratar de tomarle el gusto.

Eso para mí es un axioma en el mundo laboral: si yo voy a hacer una tarea, y yo tengo que hacerla, yo voy a tratar de hacerla con tanto gusto como pueda y tomarle el gusto a la tarea, aunque no era lo que yo quería hacer. Hay que hacerlo, y si hay que hacerlo, entonces vamos a buscarle el gusto. No, yo no puedo vivir la creación de Dios de espalda a Dios. Él es bueno y su ley es buena. Yo tengo que encontrar la manera en que eso se vuelva satisfactorio para mí. No puedo vivir siempre con la ley de Dios como “me estoy tomando la receta, el tratamiento, la medicina”. Y ella es medicina, ella es una receta y también es tratamiento, pero hay que cogerle el gusto.

Yo creo que no somos más obedientes porque no buscamos la manera de que la obediencia sea algo agradable; siempre lo vemos como algo temporal. La obediencia no es temporal, hermano. Dios seguirá siendo soberano a perpetuidad, y yo seguiré siendo su súbdito a perpetuidad. Y si yo no le tomo el gusto a obedecer a Dios ahora, no le voy a poder obedecer por la eternidad. Dice: “Guardo tus testimonios y los amo”. Él no solamente guarda, no es un nominalismo formal. ¿Ha visto usted personas que siempre tienen la jarra alta en la boca de la obediencia?: “Yo he obedecido a Dios, tengo quince años obedeciéndole”. Pues póngase para que en los próximos quince le encuentre el gusto. Usted tiene quince años obedeciendo con la cara larga: “Aquí voy yo a hacer el mandamiento de Dios, lo que mi Padre celestial me mandó hacer”. No, no, no. “He amado tu ley”, dice él. “Aquí voy yo a hacer lo que veo que agrada mi alma y me conviene”.

El versículo 168 habló a mi corazón de manera especial esta semana: “He guardado tus mandamientos y tus testimonios, porque todos mis caminos están delante de ti”. Qué sensación, hermano, que da el saber que Dios está mirando. Él guardó sus testimonios viviendo de frente a Dios. No por costumbre, no por tradición: una relación real, en obediencia, al Dios que te creó y que te está mirando.

La historia de Agar ha sido un medio usado por Dios para hablar a mi corazón en este tiempo. Agar, en casa de Abraham, había estado escuchando acerca de que el patriarca tenía un Dios, y ella quizá pensaba que eso era una tradición, que eso era un ídolo, que era una cosa parecida. Pero ella se dio cuenta de que el Dios que tenía su señor hablaba, estaba vivo y, sobre todo, que la veía. Guau, hermano, qué sensación da saber que Dios está mirando.

No podemos obedecer a Dios solamente por razones de conveniencia, por razones prácticas, porque cuando lo hacemos tenemos despojo, tenemos un botín. No solamente las razones prácticas. Obedecimos a Dios porque creemos que él tiene deleite en mirar a sus hijos obedecer. Hay un deleite que tenemos los padres, hermano, cuando nuestros hijos no saben que les estamos mirando y ellos hacen lo que hay que hacer. ¡Qué gustico da eso! Tú quieres exaltar al muchacho, tú quieres agradarlo, tú quieres reconocerlo, tú quieres llenarle de bienes. Tú dices: “Él lo hizo y él no sabía que yo lo estaba mirando, pero yo llegué a ver su obediencia, y cuando vi su obediencia produjo en mí entusiasmo”. Y si eso somos nosotros, ¿qué será nuestro Padre celestial cuando se da cuenta de que en lo secreto le estamos sirviendo? ¿Y qué de nosotros cuando sabemos que en lo secreto él está mirando?

No es solamente un asunto de costumbre, no es solamente un asunto de conveniencia, no es solamente de: “Yo soy cristiano, actúo así”. Es que yo creo que 24/7 los ojos de Dios están sobre los justos y él tiene deleite en ellos, y yo quiero que él tenga deleite en mí. La obediencia completa requiere tener presente que Dios está mirando, que mis caminos están delante de ti, como dice el salmista. Oh, hermano, qué gozo da cuando tú dices: “Mi vida completa Dios puede mirar. Señor, mírame por aquí, mírame por allá, mírame en mi casa, mírame en mi trabajo, mírame cuando nadie me está mirando, Señor, y aquí estás tú. Y cuando tú me mires aquí, que aquí también tú tengas deleite; que tú tengas deleite en mí en la esfera pública y también deleite de mí en la esfera privada”. Eso trae satisfacción completa.

Dice él: “Porque todos mis caminos están delante de ti”. Yo vivo a la luz de Dios. Vivir así, hermanos, eso es plenitud. Eso es plenitud: vivir como que Dios te está mirando y saber que él tiene deleite en lo que está viendo. Y qué triste aquel que vive por departamentos, donde dice: “En esta parte de mi vida yo me relaciono con Dios, pero en esta parte, por favor, Dios no mire, porque en esta parte es donde yo hago mis otras cosas”. Hermano, no hagas las “otras cosas”. Viva en todas las esferas de su vida como dice el salmista: “Porque todos mis caminos están delante de ti”.

Es mi oración y mi deseo para mi iglesia que tengan mucha paz, poco tropiezo. Que no solamente lean la Palabra con un plan de lectura bíblica, que no solamente tengan una Biblia en su casa, sino que, cuando ustedes le vayan a hablar a alguien de la Palabra de Dios, le hablen como en algún momento alguien habló a mí de Fiódor Dostoievski y de las novelas que estaba leyendo y me produjo entusiasmo. Que nuestra experiencia con la Palabra del Señor no solamente sea satisfactoria para nosotros, sino que sea una experiencia tan satisfactoria para nosotros que se vuelva contagiosa para las personas que nos están mirando.

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